8,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 8,99 €
La fascinante historia de cómo cuatro pensadoras modificaron la historia intelectual del siglo XX. "El cuarteto de Oxford me tuvo enganchado durante semanas" ― Tom Stoppard, Times Literary Supplement "Una maravillosa historia de cuatro mujeres brillantes cuyo pensamiento, audaz y a contra corriente, le cambió la cara a la disciplina. Es también una deliciosa historia de amor, amistad y excentricidad" ― Cathy Mason, Literary Review En el punto álgido de la Segunda Guerra Mundial, cuatro mujeres comenzaron sus estudios en la universidad de Oxford: una católica conversa extremadamente brillante; una chica de buena familia que anhelaba escapar del asfixiante ambiente en el que había sido criada; una ferviente comunista aspirante a novelista con una lista de pretendientes más larga que su brazo, y la cuarta: una tranquila y desordenada amante de tritones y ratones que se convertiría en una gran intelectual pública de su tiempo. Se hicieron amigas de por vida. En ese momento, solo un puñado de mujeres había hecho de la filosofía su modo de vida. Pero cuando la mayoría de los hombres de Oxford fueron reclutados en la guerra, todo cambió. Mientras Elizabeth Anscombe, Philippa Foot, Mary Midgley e Iris Murdoch trabajaban para hacerse un lugar en un mundo dominado por hombres, mientras construían sus amistades y familias, mientras se acercaban y se alejaban entre ellas, siempre defendieron que algunas maneras de vivir son mejores que otras. Las diferencias en el ámbito de la filosofía moral que marcaron sus aportaciones provocó el cambio más importante en la disciplina durante más de un siglo, reemplazando la árida escolástica por una vuelta a las discusiones sobre la bondad, la virtud y el carácter. Argumentaron que el coraje, el discernimiento, la justicia y el amor son el corazón de una buena vida. Benjamin Lipscomb rastrea las vidas e ideas de estas cuatro amigas que legaron al mundo una nueva forma de pensar la ética y por tanto, un nuevo modo de reflexionar sobre nosotros mismos.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2023
EL CUARTETO DE OXFORD
EL CUARTETO DE OXFORD
Cómo Elizabeth Anscombe, Philippa Foot, Mary Midgley e Iris Murdoch revolucionaron la ética
BENJAMIN J. B. LIPSCOMB
Traducción de INGA PELLISA
El cuarteto de Oxford. Cómo Elizabeth Anscombe, Philippa Foot, Mary Midgley e Iris Murdoch revolucionaron la ética
Título original: The Women Are Up to Something
© Benjamin J. B. Lipscomb, 2021
© de esta edición, Shackleton Books, S. L., 2023.
© Traducción: Inga Pellisa
@Shackletonbooks
www.shackletonbooks.com
Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S.L.
Diseño de cubierta: Pau Taverna
Diseño y maquetación edición papel: Reverté-Aguilar
Conversión a ebook: Iglú ebooks
The Women Are Up to Something was originally published in English in 2021. This translation is published by arrengement with Oxford University Press. Shackleton books is solely responsible for this translation from the original word and Oxford University Press shall have no liability for any errors, omissions or inaccuracies or ambiguities in such translation or for any losses causes by reliance thereon.
(El cuarteto de Oxford se publicó originalmente en inglés en 2021. Esta traducción se publica mediante un acuerdo con Oxford University Press. Shackleton books es el único responsable de esta traducción del trabajo original y Oxford University Press no tendrá ninguna responsabilidad por los errores, omisiones, inexactitudes o ambigüedades en dicha traducción o por cualquier pérdida causada que dependa de la misma.)
ISBN: 978-84-1361-265-2
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.
Dedicado a Mary Lipscomb, Susan Lipscomb y Josephine Lipscomb, y a la memoria de Barbara Lipscomb
Era un fría mañana de marzo de 2010, y yo estaba justo al norte del centro de Newcastle, paseando por un camino que bordeaba la linde sur del parque de Jesmond Dene y parándome de rato en rato a mirar qué se movía por ahí. Pájaros y más pájaros, sobre todo —el río Dene es famoso por su coro matutino—, pero también algunos mamíferos: ardillas, un solitario zorro urbano. Me esperaba luego una invitación para almorzar, al oeste del desfiladero, pero a esas horas disfrutaba ya de la hospitalidad de Mary Midgley.
Le había escrito en diciembre a través de su editor preguntando si estaría dispuesta a charlar conmigo. Le explicaba que tenía en mente un libro sobre ella y tres de sus amigas: Elizabeth Anscombe, Philippa Foot e Iris Murdoch. Me había pasado años leyendo a esas cuatro filósofas sin saber que habían coincidido todas en Oxford, y estaba convencido de que debería existir un libro sobre ellas. Me interesaban no solo sus comienzos y sus amistades, sino también sus ideas: cómo desafiaron la ética antirrealista de sus contemporáneos masculinos y desarrollaron una alternativa. Le decía que estaría en Inglaterra los meses siguientes, dando clases en Londres gracias a una residencia dentro del programa de honor de mi universidad. Todavía no sabía qué debería preguntarle, pero ¿querría recibirme?
Nadie hizo más por inspirar este proyecto que Midgley. Comencé a darle vueltas mientras leía sus memorias, The Owl of Minerva. Midgley podría haber sido novelista, como su amiga Iris Murdoch. The Owl of Minerva es tan vívido, divertido y sabio como una buena novela. Y fue en sus páginas donde descubrí la historia que cuento aquí: la de cuatro mujeres de orígenes y temperamentos extremadamente distintos que hicieron algo revolucionario, y lo hicieron juntas, como amigas. En cierto punto, pensando en cómo pudo ser que Anscombe, Foot, Murdoch y ella terminasen dedicándose a la filosofía cuando casi no tenían modelos que seguir, Midgley señala: «en tiempos normales, se desperdicia gran cantidad de pensamiento femenino valioso por el simple motivo de que no llega a escucharse».1 Los tiempos en los que sus amigas y ella fueron a la universidad no tuvieron, sin embargo, nada de normales. La Segunda Guerra Mundial estaba en marcha, y dejó Oxford sin hombres. Los mejores profesores que se quedaron allí apenas contaban con alumnos masculinos avanzados, de modo que volcaron toda su atención en Midgley y sus amigas, unas de las mujeres más brillantes de Inglaterra y del resto del mundo occidental.
Le debo tanto al impulso que supusieron sus memorias, como a su propia generosidad personal. Tan pronto recibió mi carta, Midgley me respondió por correo electrónico diciendo que estaría encantada de hablar conmigo. Si me acercaba en tren desde Londres, podía visitarla en casa, en la planta baja de un adosado cerca del Dene. Y me daría de comer antes de volverme. Fijamos una fecha. Yo, pensando que como iba a entrevistar a una nonagenaria sería mejor que estuviese disponible a la hora que ella prefiriera, reservé un billete de Kings Cross a Newcastle a primera hora y otro de vuelta a última hora.
Midgley se quedó un poco sorprendida cuando le dije que estaría en la ciudad a eso de las nueve de la mañana. Había supuesto, como es lógico, que no llegaría hasta después del mediodía. Le aseguré de que me parecía estupendo hacer un poco de turismo hasta la hora que le fuese mejor; nunca había visitado el norte. La propia Midgley se encargó de diseñarme el itinerario:
Si hace buen tiempo, tendría que empezar por dar un paseo junto al río —que queda a solo cinco minutos de la estación— y contemplar los puentes, que van desde el invento de dos plantas de Stephenson, de 1842, hasta el fascinante Millennium Bridge, construido hace poco. Y si luego sube por The Side y Grey Street, podrá ver el bonito casco antiguo, clásico, rematado por un pilar enorme dedicado a la Gran Reforma de lord Grey.2
También me daba su opinión sobre los museos de arte locales, pero concluía diciendo que fuese para allá cuando quisiera. Más abajo, mencionaba el Dene.
Cuando me presenté al fin en su casa, a última hora de la mañana, lo primero que hizo Midgley fue servirme el almuerzo: tostadas con queso y sopa de lentejas. Empezamos a conversar en la mesa abatible de la pequeña cocina, en la parte trasera de la casa, y luego fuimos a la biblioteca, con vistas a la calle. Se pasó la tarde ofreciéndome más té, y galletas de una lata con estampado de cuadros. Perdimos ambos la noción del tiempo; o eso, o solo estaba siendo generosa.
Mis apuntes de aquel día no son de gran utilidad. Como he dicho, todavía no sabía qué preguntarle. Pero a lo largo de los dos años y medio siguientes me recibió de nuevo dos veces. En una de ellas, me mandó a la biblioteca local con una pila de documentos de sus archivos para que pudiera escanearlos. Y las dos veces almorzamos y tomamos té y galletas.
Este libro trata de la poderosa confluencia de circunstancias y carácter: de cuatro personas que estaban en el lugar y el momento indicados —y en la compañía indicada— para llevar a cabo unos cambios transformadores y sin precedentes. ¿Cómo terminaron Anscombe, Foot, Midgley y Murdoch siguiendo todas ellas un camino apenas andado? ¿Cómo se mantuvieron unidas, distintas como eran? ¿Y cómo se las apañaron para desarrollar un conjunto de ideas que iba radicalmente en contra de lo que pensaba casi todo el mundo a su alrededor?
Porque las cuatro fueron a contracorriente en un doble sentido. Además de ser mujeres en una disciplina dominada por hombres, defendieron un enfoque ético que estaba totalmente pasado de moda. Al comienzo de sus carreras, la visión imperante entre los filósofos morales era que no había, en términos objetivos, nada bueno o malo, correcto o incorrecto, importante o irrelevante. Por el contrario, todos esos valores eran proyecciones, la fina mano de barniz que aplicábamos a un mundo, por lo demás, carente de valores. Según esta visión, no existen las verdades morales objetivas. Como afirmó el principal teórico de la época, Richard Hare: «He escogido yo mismo, hasta donde de mí depende, mi propio modo de vida, mi propia escala de valores, mis propios principios. En último término, todos debemos tomar nuestras propias decisiones, y nadie puede escoger por nosotros».3 La visión no se ceñía solo a la ética: era una visión sobre el tipo de mundo que habitamos, sobre lo que es real. Y se consideraba, en general, la única forma moderna aceptable de pensar.
Sin embargo, estas cuatro amigas diagnosticaron que se trataba de una moda intelectual. Y formularon además una alternativa: que las verdades morales existen, y que se asientan en la naturaleza característica de nuestra especie, en lo que los seres humanos necesitan objetivamente para prosperar. Se inspiraron en fuentes antiguas y olvidadas —Platón, y sobre todo Aristóteles—, pero también en Charles Darwin y en Jane Goodall, para mostrar que no somos tan excepcionales como pensamos, ni mucho menos tan ajenos al mundo. Muchas cosas en relación con estas cuatro mujeres nos intrigan. ¿Cómo concibieron, para empezar, un futuro en la filosofía?, sí, pero también: ¿qué las preparó para plantar cara a la conformidad intelectual?; y, a pesar de sus muchas diferencias, ¿cómo se alimentaron mutuamente sus respectivos proyectos? Porque fueron más que un grupúsculo; sin que ninguna terminara de pretenderlo, se convirtieron en una escuela.
Este libro contiene en realidad dos historias, por tanto. En primer lugar, la historia de cuatro mujeres, de sus amistades entrelazadas y de la lucha por hacerse un hueco como filósofas en un contexto a menudo hostil. En segundo lugar, la historia sobre dos perspectivas éticas enfrentadas. Ambas historias van unidas: la lucha de Murdoch, Anscombe, Foot y Midgley por hacerse un hueco fue, en parte, una lucha por hacer oír sus ideas.
A lo largo de los próximos nueve capítulos, seguiré las vidas entrecruzadas de estos cuatro personajes: una novelista bohemia embarcada en una búsqueda espiritual, una ferviente católica conversa madre de siete hijos, una atea criada entre privilegios y un ama de casa con hijos que terminó escribiendo el primero de sus dieciséis libros pasados ya los cincuenta. Pero, paralelamente, esbozaré el proyecto implícito que distingo en su obra.
Porque el suyo es un proyecto que precisa narración. Un proyecto progresivo, no algo que las cuatro planearan una tarde tomando el té a finales de los cuarenta, cuando andaban de vuelta en Oxford ya licenciadas. No debe extrañarnos, porque lo que terminaron alcanzando implicaba un salto imaginativo que se salía del marco de pensamiento de sus contemporáneos y predecesores. Puede que algunos grandes saltos imaginativos se produzcan de golpe, pero lo más habitual, como expone e ilustra Thomas Kuhn, es que la gente empiece por cuestionar el paradigma imperante, otorgando con ello libertad al público para considerarlo equivocado, y que luego otros ensayen alternativas o, tal vez, fragmentos de alternativas. Solo entonces comienza a ser posible desarrollarlas.4 El salto que dejaba atrás la visión que tenía fascinados a los filósofos de la primera mitad del siglo XX —una visión en la que hechos y valores tenían poco que ver unos con otros— fue un salto de este signo. Un cambio de paradigma.
Esta es la historia, pues, de cuatro mujeres que trazaron para sí mismas una ruta donde no había ninguna. Es la historia de las amistades, a veces íntimas, a veces tensas, entre cuatro personas con una historia y unos afectos compartidos, pero también con profundas diferencias. Y es la historia de cómo, relativamente desde los márgenes, avanzaron a tientas hacia un conjunto de ideas controvertidas sobre el mundo y nuestra forma de habitarlo. Esas ideas nos hacen parecer, quizás, seres un poco menos divinos, pero también nos empujan a conectar más con las criaturas dependientes y reflexivas que somos.
Han pasado doce años desde que emprendí este proyecto. Como señala Alan Jacobs, no pensamos solos. Tampoco trabajamos solos. Incluso cuando escribimos un libro, somos animales sociales. Y yo he acumulado muchas deudas.
W. David Solomon, mi Doktorvater en la Universidad de Notre Dame, fue la primera persona que me invitó a indagar en cada una de estas filósofas. Fue en su casa, en un viaje por Indiana a mediados de la década de 2000, cuando topé por primera vez con las memorias de Midgley. Me pasé toda la noche en vela leyendo. Podría extenderme mucho más sobre las aportaciones de David a este libro, pero todo eso él ya lo sabe. Espero que darle las gracias en primerísimo lugar sirva como muestra de esa deuda indecible.
Ya me interesaba la filosofía antes de conocer a mi mentor en la carrera, John Hare, pero él se convirtió para mí en el modelo de lo que es un filósofo, y me llevó a querer serlo también. Fue lo bastante magnánimo como para animarme con el proyecto, aun cuando giraba en torno a un grupo de pensadoras que se había opuesto con toda firmeza a su querido padre, Richard Hare. Entre otras cosas, me guio hasta los documentos de su padre en los archivos del Balliol College, y me abrió las puertas a una maravillosa tarde conversando con su madre, Catherine.
Cuando le dejé caer la idea a Alan Jacobs a finales de la década de 2000, me respondió algo como: «Bueno, ya era hora de que alguien escribiera ese libro», lo que me sirvió de confirmación, porque admiro su trabajo. Si a él le parecía que el proyecto valía la pena, entonces lo más probable es que no fuesen imaginaciones mías. Agradecí también mucho recibir la misma respuesta de otro par de figuras destacadas del gremio. Cuando empecé a considerar la idea de escribir este libro, busqué en Google «Anscombe Foot Midgley Murdoch» para ver qué se había publicado ya sobre el tema. Entre los primeros resultados, aparecía un post de 2008 de Kieran Setiya; se titulaba «Libros por escribir». Mi primer pensamiento fue «ay, no». Pero no había de qué preocuparse: Kieran solo estaba soltando ideas para libros que sabía que nunca llegaría a escribir, y compartiendo títulos y conceptos para quien quisiera recoger el guante. Él habría titulado este libro Las hipatias de Oxford, y me dijo que lo único que quería era una mención en los agradecimientos y un ejemplar de cortesía. Al final, mi editora y yo preferimos el título que propuso Candace Vogler cuando le mencioné el proyecto, pero dio la impresión de que el círculo se cerraba cuando supe que Kieran se había encargado de la revisión final del manuscrito para la Oxford University Press.
A lo largo de todo este tiempo, he recibido una gran ayuda de diversas instituciones. Me puse a trabajar en serio en 2010-11, durante un periodo sabático que me concedió el Houghton College. Le agradezco a la catedrática en aquel momento, Kristina LaCelle-Peterson, que respaldara enérgicamente mi propuesta, y a la presidenta, Shirley Mullen; al entonces decano Ron Mahurin, y a los miembros del Comité de Formación del Profesorado y del Patronato que aprobaran una dispensa anual en lugar del cuatrimestre de costumbre. Les estoy especialmente agradecido a mis colegas Carlton Fisher y Chris Stewart, cuya actitud ante los huecos que dejaría mi ausencia fue «ya nos las apañaremos», y a mi asistente en aquella época, Ed Linnecke, que descargó e imprimió montones de textos recónditos escritos por mis protagonistas y transcribió la primera entrevista que le hice a Mary Midgley. Kristina y el Comité respaldaron también mi solicitud de financiación para viajar a Inglaterra en marzo de 2011, donde tenía pensado investigar los archivos y llevar a cabo entrevistas. Lamentablemente, para cuando tuve la idea la salud de Philippa Foot estaba muy delicada, pero mi visita a Inglaterra en 2011 coincidió con un simposio en su honor en el que conocí a un buen número de personas que terminarían siendo clave: en particular, a Mary Geach Gormally y sir Anthony Kenny, que a lo largo de los años siguientes fueron más que generosos con su tiempo y sus ideas. En aquella misma visita, Pam Manix me brindó la oportunidad de conocer a Basil Mitchell, lo que fue un honor y un regalo para mí.
En 2012, pude disfrutar de una residencia de seis semanas en Inglaterra gracias al Fondo Nacional para las Humanidades, tiempo que pasé casi por entero en calidad de profesor visitante en el Somerville College, donde todo el mundo se mostró entusiasmado de ayudarme con un proyecto tan estrechamente relacionado con la historia de la facultad. Le estoy agradecido, muy en particular, a la historiadora de la institución Pauline Adams, así como a Liz Cooke, de la Somerville Association, y a la bibliotecaria Anne Manuel. Anne, en concreto, desenterró un sinfín de documentos interesantes y me invitó a unirme al personal en las dos pausas diarias del té. Muchos miembros veteranos del claustro buscaron tiempo aquel verano para conversar conmigo en la Senior Common Room, la sala de profesores del Somerville College, entre los que me gustaría destacar a Miriam Griffin, Barbara Harvey y Julie Jack. Pero hay una persona a quien le debo más que a nadie, y esa es Lesley Brown, alumna de Anscombe y albacea literaria de Foot, que apoyó mi solicitud como profesor visitante e hizo posible mi estancia en Oxford. En el transcurso de esta, Mark Rowe y Fanny Mitchell me dieron la oportunidad de conocer a la madre de Fanny, Jean Coutts Austin. Fue una conversación valiosísima, y justo a tiempo. No me perdonaría no mencionar a la señora Elphick, mi patrona en el vecindario de Jericho, que cuando estaba de buen humor me entretenía con la historia del norte de Oxford, y cuando no, echaba pestes de la «mediocridad» que se estaba adueñando del mundo. He intentado trabajar de un modo que mereciera su aprobación.
Por último (en lo tocante a instituciones), mi alma mater, el Calvin College —hoy en día, Universidad Calvin, pero no acabo de acostumbrarme—, me invitó a pasar varias semanas allí durante el verano de 2014. El Departamento de Filosofía me instaló en un despacho interior conocido como «la mónada sin ventanas» que era, en efecto, excelente para la concentración. Allí, en Grand Rapids, mantuve conversaciones especialmente fructíferas con Ruth Groenhout y con mi antiguo profesor Lee Hardy, y di una charla que se acabaría convirtiendo en el segundo capítulo de este libro.
Tuve otras oportunidades de hablar y de escribir sobre los temas que me ocupaban, y fue muy útil para empezar a poner las ideas en orden. Primero, a finales de 2011, escribí una versión del capítulo 6 para la colección de charlas docentes del Houghton College. En 2012, presenté una primerísima versión del capítulo 5 en la Universidad de Kingston, dentro del congreso bianual de la Iris Murdoch Society. En 2014, tuve el privilegio de hablar en la Universidad de Notre Dame, en el marco de un congreso en honor a David Solomon donde presenté una versión del capítulo 7. Fue muy estimulante hablar, a lo largo de aquel fin de semana, con tantas personas interesadas —¿y cómo no?— en las mismas figuras y los mismos temas, en particular mi vieja amiga Margaret Watkins y un nuevo conocido, Peter Wicks. En 2016, trabajé en una versión del capítulo 3 para un congreso sobre el Día Internacional de la Mujer en la Universidad de Durham. Aquel acto fue resultado de la inspiración y la labor de Luna Dozelal, Clare MacCumhaill y Rachael Wiseman. Clare y Rachael codirigen In Parenthesis, un proyecto imaginativo y enérgico que promueve la historia y el legado de Anscombe, Foot, Midgley y Murdoch en toda una diversidad de medios. También ellas tienen un libro en camino sobre el cuarteto, que estoy ansioso por leer. El capítulo 8 surgió a raíz de una colaboración para un Festschrift, una antología de ensayos en honor a Mary Midgley, Science and the Self, editado por Ian Kidd y Liz McKinnell. Les estoy agradecido a Ian y a Liz por su excelente trabajo como editores, y a Routledge por permitirme reproducir aquí algunos pasajes de aquel libro. Por último, invitado por Anthony O’Hear (y con la ayuda logística de Adam Ferner y James Garvey), participé en el ciclo de charlas que celebró en Londres en 2018-19 el Royal Institute of Philosophy, con una ponencia que era un resumen de este libro. Cada vez que viajé, el Houghton College corrió con los gastos.
Muchas, muchísimas personas me mandaron artículos, fotografías o recortes de prensa que me pudieran servir, o compartieron conmigo sus recuerdos y su experiencia. A algunas las he mencionado ya, pero no a todas. Temo dejarme a alguien, incluso ahora. Pero, en todo caso, gracias a Cameron Airhart, Jimmy Altham, Heather Bennett, Philip Bess, Justin Broackes, Sarah Broadie, John Campbell, Alister Chapman, Gaby Charing, Anne Chisholm, Gillian Clark, Prophecy Coles, Nicholas Denyer, Gillian Dooley, Paul Dummett, Nat Dyer, Kyla Ebels-Duggan, Joel Ernst, Michael Foot, Elisa Grimi, John Haldane, Jane Heal, Sheila Himsworth, Laura y Walter Hopkins, Lydia Howard, Glyn Hughes, Rosalind Hursthouse, Jennifer Jackson, Louis Jeffries, Ian Johnson, Jessy Jordan, Michael Kremer, Mark LaCelle-Peterson, Anton Leist, Myfanwy Lloyd, Alasdair MacIntyre, Gregory McElwain, David Midgley, Martin Midgley, Rob Miner, Anselm Mueller, André Muller, Madison Murphy, Cari y Josiah Nunziato, Meic Pearse, Michael Regan, Jean-Louis Roederer, el padre Dominic Ryan, el padre Nicholas Edmonds-Smith, Mark Satta, John Schwenkler, Caleb Seeling, James Stockton, Elijah Tangenberg, Christopher Taylor, Roger Teichmann, Honus Wagner (no el jugador de béisbol, sino el joven cooperante internacional católico), Brian Webb, Patricia Williams, John Wilson, y tres personas que me ayudaron a concretar mi visión de la infancia de Foot en el norte de Yorkshire: Robert Taylor, Stewart Ramsdale y, muy especialmente, Jan Hawthorn. Christopher Coope, John Lucas, Miranda Villiers y la baronesa Mary Warnock fueron particularmente generosos, tanto alojándome como conversando conmigo. Duele pensar que tres de ellos ya no estén con nosotros, y me alegra que Christopher llegase al menos a ver el libro.
Estoy en deuda también con los archivistas y bibliotecarios que me ayudaron en mis pesquisas: Anne Rowe, Frances White, Katie Giles (al comienzo) y Dayna Miller (más recientemente) en la Universidad de Kingston; Jessica Hogg, Fallon Lee y Louise North en la BBC; Daniel Cheely, Jessica Sweeney y José Pérez-Benzo en el Collegium Institute; Marion Messenger y Portia White en la British Academy; Andrew Gray en la Universidad de Durham, y Anne Thomson en el Newnham College de Cambridge. En Oxford, conté con la ayuda de Anna Sander y Bethany Hamblen del Balliol College, Clare White del St. Anne’s College, Amanda Ingram del St. Hugh’s College, y Colin Harris de la Biblioteca Bodleiana. He mencionado ya a Anne Manuel, del Somerville College, y no me importa hacerlo otra vez. En los últimos tiempos, me he beneficiado también del trabajo detectivesco de la archivista de Somerville, Kate O’Donnell. Por último, David Stevick y Michael Green, de la biblioteca del Houghton College, que deben de haber destinado una partida enorme de su presupuesto para préstamos interbibliotecarios en mis peticiones a veces rebuscadísimas. Estoy también en deuda con ellos.
Multitud de amigos y colegas leyeron y comentaron mis propuestas, ejercicios preparatorios y fragmentos del manuscrito. Morgan Flannery revisó varias propuestas, y John Berkman, Bob Black, Christopher Coope, Christian Esh, Cathy Freytag, Luke y Mary Gormally, Dave y Lori Huth, Sunshine Sullivan y Abigail Bruxvoort-Wilson leyeron y comentaron capítulos independientes. Les debo un agradecimiento especial a cuatro personas que lo leyeron todo, desde la propuesta hasta el manuscrito, y lo comentaron a fondo. Susan Bruxvoort Lipscomb leyó cada capítulo en voz alta antes de pasárselo a nadie más. Aunque mi debilidad por las subordinadas está muy arraigada, Susan me ayudó a refrenarla. Si algún día esto se convierte en un audiolibro, se leerá (y seguirá) mucho mejor gracias a ella. Además de Susan, también mis queridos amigos Anna Schilke y Brad Wilber lo leyeron y comentaron de principio a fin. Todos ellos son escritores talentosos (¡atentos a sus libros en el futuro!), y además tienen un don para combinar aliento y crítica sincera. La versión final es mucho más sólida gracias a sus sugerencias. La cuarta persona que lo leyó y comentó todo es mi editora, Lucy Randall.
Pero no es lo único que le debo: a principios de 2020, con el mundo editorial absolutamente trastocado (como todo lo demás), Lucy decidió apostar por un autor sin una plataforma detrás que andaba escribiendo su primer libro. Luego, aquel verano, se saltó su procedimiento habitual y me fue mandando sus comentarios de cada capítulo a medida que le llegaban, como las entregas de un folletín victoriano. Fue tremendamente tranquilizador saber que, en su opinión, el libro iba por buen camino. Le agradezco su flexibilidad a la hora de guiar a alguien que escribía en un género desconocido para él. Y debo decirlo: gracias a Rob Tempio, de la Princeton University Press, por animarme a presentarle mi propuesta a Lucy.
Uno no tiene ni idea de todas las labores fastidiosas que implica publicar un libro hasta que escribe uno, pero el estrés del proceso se vio enormemente reducido gracias a la paciente profesionalidad de la asistente de Lucy, Hannah Doyle, y de mi propia asistente temporal, Katherine Stevick. Por improbable que parezca, la pandemia dejó a esta persona excepcionalmente perspicaz y detallista sin trabajo, y fue ella la que cargó con una infinidad de cosas que a mí me habrían aplastado bajo su peso. Katherine pidió permisos, recopiló la bibliografía y el índice, redactó resúmenes y mucho más. Hannah, por su parte, respondió no sé ni cuántos correos electrónicos de parte de Katherine y míos. Estoy en deuda también con todos los revisores que Lucy puso a trabajar en mi propuesta inicial y en el manuscrito final. Me alegré mucho cuando uno de los primeros desveló su identidad: el experto en Midgley Gregory McElwain. Igual que me alegró saber, como he dicho antes, que Kieran Setiya hubiera revisado el manuscrito para la Oxford University Press. Lo que no he dicho es cuánto aprecié sus alentadores y agudos comentarios. Y lo sigo haciendo.
Hay dos personas cuyas aportaciones a este libro rechazan las categorizaciones. Una es Peter J. Conradi, biógrafo autorizado de Iris Murdoch, que accedió de buen principio a recibirme, compartió conmigo docenas de anécdotas e impresiones más allá de las incluidas en su relato de 700 páginas de la vida de Murdoch, me guio hacia fuentes importantes y me escribió regularmente para ver qué tal lo llevaba. Tiempo después, leyó y comentó varios de los capítulos. Tener un doctorado en Filosofía no sirve como preparación para relatar vidas, y dado que Peter sabía tanto del arte de la biografía y de mis protagonistas, le pedí consejo a cada paso: sobre editoriales, sobre el estilo, sobre la forma de hacer entrevistas, sobre cómo gestionar unos archivos cada vez más numerosos y los detalles menos favorecedores que uno acaba encontrando en cualquier ser humano, incluso si lo admira. Si alguien no ha leído todavía Iris, de Peter, y este libro le despierta la curiosidad: que lo haga.
Y luego está Mary Midgley, la única de las protagonistas que vivió lo suficiente como para que tuviese la oportunidad de hablar con ella. Ya he hablado sobre Mary en el prefacio, de modo que me limitaré a añadir que me hizo muy feliz conocerla.
Todo libro que se precie escrito por una persona con familia ha de reconocer su aportación, o cuando menos su sufrida paciencia. Y si no es así, debería. Los libros exigen celosamente la atención de su autor, y el tiempo de las personas es finito. Puede que existan autores capaces de trabajar muchísimo sin los regalos de tiempo de sus seres amados. No fue mi caso. De manera que quiero expresarles mi amor y mi gratitud a Susan, Josephine, Ernest y Ralph, que tuvieron que lidiar con mis estancias en Inglaterra un par de temporadas a principios de la década de 2010, con mi ausencia en un viaje familiar a Idaho en 2014 y con mi encierro, día tras día, en la caseta del patio mientras le daba el último empujón al libro en el verano de 2020, y luego otra ristra de días a principios de 2021. Susan está trabajando en sus propios estudios, sobre George Eliot, la empatía y los modelos del mundo natural en la literatura, pero dedicó todo un verano, y más, a ayudarme a completar este proyecto. No sé si Iris Murdoch estaba de acuerdo con las palabras de Bradley Pearson en las primeras páginas de El príncipe negro —«Escribir es como casarse. Nadie debería comprometerse hasta que su buena fortuna le asombre»—, pero encaja tanto en mi experiencia con este libro como en la de mi matrimonio.
Mis padres y los de Susan cuidaron a veces de nuestros hijos; por ejemplo, para que Susan pudiera venir a visitarme a Oxford para nuestro decimoquinto aniversario. Preguntaron y preguntaron y no dejaron de preguntar cómo marchaba el libro, si avanzaba con él, si había encontrado ya editorial. Y también mi abuela, Barbara Lipscomb, que formó parte de la misma generación que Anscombe, Foot, Midgley y Murdoch. Estaba deseando leer el libro, o que se lo leyeran, pero murió el día que puse punto final al último capítulo. Este libro va para ella, y para las otras tres mujeres Lipscomb, todas ellas originales, perspicaces, imaginativas y testarudas: mi madre, Mary; mi esposa, Susan, y mi hija, Josephine. Sine qua non.
Decidí muy pronto, en el proceso de escritura, que debía referirme a mis protagonistas por sus apellidos. Es un viejo dilema. Iris Murdoch le escribió a su productora de la BBC mientras preparaba una charla sobre la mística francesa Simone Weil para preguntarle: «¿Es tomarse demasiadas confianzas si la llamo Simone?».5 Los nombres de pila podrían haber convertido a las protagonistas en personajes más cercanos, y con ello habría sorteado también el problema de los apellidos de soltera y de casada, pero después de consultarlo con personas de las que me fío, decidí que sí era tomarse demasiadas confianzas, al menos para mí. De modo que tendría que resolver el problema de los apellidos cambiantes. Todas ellas —Elizabeth Anscombe, Philippa Foot, Mary Midgley y Iris Murdoch— se casaron, pero Anscombe y Murdoch conservaron sus apellidos de soltera; no solo en el ámbito profesional, sino también en el personal. Foot y Midgley, por el contrario, adoptaron los apellidos de sus respectivos maridos. Dado que esta biografía grupal se remonta a sus años de universidad, e incluso a su infancia, Foot debía llamarse Bosanquet hasta 1945 y Midgley, Scrutton hasta 1950. Espero evitar confusiones señalándolo aquí. Un último comentario al respecto: sí que uso los nombres de pila en un contexto particular (pero recurrente). He preferido mantenerlos cuando escribo de las protagonistas en relación con su madre, padre o marido, o cuando lo hago de su madre y su padre; esto es, cuando dos personas comparten apellido. Cambio en esos pasajes al nombre de pila.
La gente me pregunta, ¿cómo soporta uno estar vivo, si todo es tan frío, tan vano e inútil? Bueno, desde el punto de vista académico, creo que lo es, pero eso no significa que podamos vivir la vida de esa manera.
—Richard Dawkins, en The Guardian, 3 de octubre de 1998
Fueron aquellas imágenes las que la rompieron en dos.
Septiembre de 1945. La guerra había terminado, terminado de verdad, por fin. Philippa Foot y su marido Michael habían pasado el Día de la Victoria en Londres, pero ya estaban de vuelta en el lugar en el que Philippa se sentía más como en casa: Oxford. Si hasta entonces se habían andado con pies de plomo en lo que respectaba al futuro, para no esperar demasiado de él ni demasiado rápido, ahora todo empezaba a alinearse.6
Se habían casado tan pronto pudieron organizar sus planes para el otoño: una ceremonia el día de San Juan en el registro civil de Caxton Hall, en Westminster. La compañera de cuarto de Philippa, Anne Cobbe, hizo de testigo. No fue la gran boda que sus padres habrían escogido para ella, pero en mitad de aquel ansioso entusiasmo por mirar de nuevo al futuro, nadie se puso a juzgar. Además, ¿para qué posponerlo? Philippa solo disponía de cierto tiempo aquellos últimos meses en el Chatham House, y aunque Michael seguía delicado, no había ninguna garantía de que no volviesen a convocarlo para prestar un último servicio en el Cuerpo de Inteligencia del Ejército antes de la desmovilización. Disfrutaron de una corta luna de miel en West Country, región del suroeste de Inglaterra, y luego de una semana de vacaciones a medias en Oxfordshire —Philippa impartía un curso de verano en la Asociación Educativa de Obreros— antes de volver a Londres para aguardar el final del verano, preparar la mudanza, planificar. Y ahora, aquí estaban: en una casita del siglo XVIII, justo delante de los muros del New College. Según decían, Halley vivía allí cuando descubrió el cometa. Casa.
El año anterior había sido una carrera terrible y frenética: Michael capturado en Francia en agosto de 1944, a la fuga y apresado de nuevo brutalmente, con el cráneo y la columna fracturados; entregado a los Aliados en un canje de prisioneros meses después, su supervivencia pendiendo de un hilo. Pero sobrevivió: se reencontraron a finales de febrero; Michael convaleciente en su piso, a unas manzanas de Victoria Station, donde Philippa lo ayudó a recobrar poco a poco la salud. Cuando fue posible pensar más allá de la guerra, Philippa empezó a plantear la posibilidad de que la dispensaran de su puesto para volver a Oxford con Michael. En 1942, le habían ofrecido una plaza de doctorado en el Somerville College, la facultad en la que se había licenciado; la oferta seguía en pie. Y Michael podría retomar sus estudios interrumpidos.
Esa primavera, mientras Michael iba recuperando sus fuerzas —mientras aprendía de nuevo a caminar, prácticamente—, Philippa tenía mil frentes: trabajar, ayudar en un grupo de investigación sobre la reconstrucción económica de la posguerra, cuidar de Michael, mandar solicitudes de beca, organizar la boda y demás. Estaban al tanto —todo el país lo estaba— de las primeras grabaciones y las primeras fotos en prensa de los campos de concentración nazis, pero andaban con la cabeza y los días tan ocupados que no tuvieron tiempo de lo que el creciente clamor popular consideraba un deber moral: enfrentarse cara a cara con las imágenes de Buchenwald y Bergen-Belsen.
Aquellas primeras grabaciones de los campos de concentración fueron un cataclismo. El público británico no había estado expuesto a nada ni remotamente similar desde el fin de la Gran Guerra. El Ministerio de Información no había permitido que se publicaran imágenes gráficas durante el conflicto; para salvaguardar la moral, pero también para preservar la confianza de la ciudadanía. El recuerdo de la propaganda de la Primera Guerra Mundial sobre «La violación de Bélgica» —y el escepticismo que generó después— seguía escociendo. En el caso de las grabaciones, los periodistas debatían incluso si tal cosa podía ser cierta. Las fuentes sobre el terreno eran fiables, pero ¿de verdad los nazis eran capaces de eso? 7
Para prevenir el descreimiento, el 21 de abril el Gobierno británico envió a Buchenwald a una delegación de parlamentarios de diverso signo político. La mayoría no llegó a recuperarse nunca plenamente de la experiencia. Las grabaciones realizadas durante la visita fueron la fuente de todos los noticiarios documentales que salieron a la luz a finales de abril; el más contundente, el de Pathé: Atrocidades alemanas, narrado por la parlamentaria conservadora Mavis Tate. El sello de autenticidad que aportaban las imágenes de Tate y de otros parlamentarios, junto con el vínculo empático que esta y los cámaras alentaban entre prisioneros y espectadores (son «como usted y como yo», declaraba Tate enfáticamente) dieron lugar, no al descreimiento, sino a una experiencia que marcaría a toda una generación. «Créanme si les digo —aseguraba— que la realidad era indeciblemente peor que estas imágenes.» Y los espectadores la creyeron. Pese a que algunos dueños de cines temían que la gente, tras ver aquel contenido horrendo, se marchara de la sala al terminar el noticiario, aquello no les supuso ningún perjuicio económico. Durante semanas, las colas daban la vuelta a la manzana, y los noticiarios siguieron proyectándose mucho más tiempo del habitual. Hermione, condesa de Ranfurly, vio las imágenes en Londres a mediados de julio, dos meses y medio después de que se dieran a conocer. Su reacción es representativa de muchas de las que se recogieron por aquella época en la prensa popular y en los diarios remitidos a Mass Observation:*1 «Un horror increíble. Más allá de la atrocidad y la maldad más descabelladas que hayamos concebido nunca. Estaba tan alterada que tuve que salir antes de que terminara».8
Pero entre la celebración del Día de la Victoria en Londres, la organización de la luna de miel y los planes para regresar a Oxford, Philippa no se fijó en las imágenes de los campos —no las miró de verdad, como diría su amiga Iris Murdoch— hasta que Michael y ella estuvieron instalados en su nueva residencia. Y, entonces, un día, también ella fue al cine y vio las pilas de cuerpos, los restos carbonizados en los hornos, o retorcidos en la alambrada de espino electrificada, los supervivientes demacrados dando traspiés, aturdidos, los adolescentes aferrados a los cuencos de sopa aguada que habían repartido, respingando instintivamente cuando alguien se les acercaba. Y, como tantos otros, salió conmocionada.
Más tarde, fue al Keble College a hablar con su mentor, Donald MacKinnon. No había nadie cuyo consejo apreciara más y, desde 1943, siempre que pasaba por Oxford iba a visitarlo. Se sentaron una vez más el uno frente al otro; él en su maltrecha butaca y ella en la buena, reservada para alumnos e invitados. Para MacKinnon, un silencio prolongado no era nunca un problema, así que dejó que se prolongara este también. Philippa dijo al fin: «Nada volverá a ser lo mismo». Él le devolvió la mirada: «No. Nada volverá a ser lo mismo».9
Mientras hablaban, y mientras recorría el pasillo sombrío de vuelta de las estancias de MacKinnon, en una de las torres neogóticas de Keble, Philippa fue tomando una resolución. Le interesaban infinidad de cosas. En la nueva solicitud para Somerville, había esbozado un proyecto titulado «La idea de sustancia en Locke y Kant». Pero ahora tenía también algo que decir sobre ética.
Nada en la filosofía moral de su tiempo servía para afrontar lo que acababa de ver. Y si la filosofía quería tener algún sentido debía ser capaz de responder a aquel horror.
El problema de la filosofía moral en la época de Foot —aunque no tenía todavía las palabras para definirlo— es que era cautiva de una visión, discutible, de lo que es real y lo que no. Una visión que se remonta a siglos atrás en el imaginario occidental moderno: hasta la primera Edad Moderna y la Revolución científica. En los años de entreguerras había adquirido una expresión especialmente clara y enérgica de la mano de un grupo de intelectuales austriacos que se autodenominaban el Círculo de Viena, así como de un joven catedrático de Oxford que viajó a Viena y volvió con el fervor de un converso. No se ha desvanecido aún. Está por todas partes: la dicotomía entre hechos y valores.
Cada tres años, la OCDE promueve un informe de evaluación educativa (el informe PISA) en 79 países. Los resultados más recientes, de 2018, se publicaron a finales de 2019. Los países participantes acostumbran a examinarlos desde todos los ángulos posibles en busca de motivos de celebración o de reforma. Sin embargo, un detalle de este último informe despertó una cantidad de atención poco habitual y generó titulares del tipo: «Solo el 9% de los jóvenes de 15 años saben distinguir entre hechos y opiniones».10 La revista Forbes, el New York Times y otras cabeceras de primera línea publicaron artículos llenos de inquietud destacando esta conclusión. La cifra del 9% es una media internacional. En Reino Unido y Estados Unidos, los estudiantes salieron un poco mejor parados: un 11,5% y un 13,5%, respectivamente. Esta distinción es materia corriente en sus escuelas, pero salta a la vista que es difícil enseñarla de un modo efectivo. Así que tal vez el problema no esté en los alumnos ni en los profesores, sino en la distinción en sí.
Tal y como acostumbra a presentarse en los planes de estudio y en las hojas de ejercicios (gran parte disponibles online), el concepto de «hecho» fusiona verdad y verificabilidad. «Un hecho hace referencia a algo cierto o real, respaldado por evidencias, documentación, etcétera.» «Un hecho es algo que es cierto, información real. Podemos probarlo.» Un apunte: «hecho» es un «término de logro». No existen los hechos falsos, por convincentes que sean las pruebas. Los hechos son ciertos, por definición.11
El resto de las definiciones que circulan, en general, no difieren demasiado de estas. Algunas vinculan los hechos a una «realidad objetiva» o afirman que los hechos no son debatibles; parecen desarrollos distintos del mismo concepto. Decir que los hechos son objetivamente reales equivale a decir (1) que son ciertos y (2) que se pueden confirmar por parte de observadores distintos, pese a sus diferencias. Son como objetos, están ahí para quien quiera verlos.
Entre las definiciones de su término opuesto, «opinión», hay más variedad. Las opiniones, dicen algunos autores, son una cuestión de sentimiento: «una opinión es la expresión de los sentimientos de una persona, que no pueden probarse». Otras veces, sin embargo, aluden a una «creencia personal» o a una «postura personal» o a una «percepción». Pero hay una idea común entre estas definiciones: las opiniones son una expresión de la subjetividad, la perspectiva característica de cada individuo. Como dice más de un autor, son una expresión del «sesgo». He aquí el contraste con la objetividad, la independencia de la perspectiva, que tienen los hechos.12
¿De dónde sale esta distinción?
Cierta distinción entre ideas más o menos autorizadas —una gradación de confianza— se remonta por lo menos a Platón. La diferenciación entre hecho y opinión, sin embargo, es más reciente. Surgió en Estados Unidos en la época de entreguerras, vinculada a un nuevo movimiento que pretendía fomentar el «pensamiento crítico» como parte de un civismo responsable. Se suponía que el pensamiento crítico era un escudo frente a la publicidad y la propaganda, y esta era una preocupación pujante tras la experiencia de la Primera Guerra Mundial y, en particular, tras la publicación de los manuales de instrucciones, alegremente inmorales, de Edward Bernays: Cristalizando la opinión pública (1923) y Propaganda (1928). Bernays partía de sus experiencias como creador de propaganda para Estados Unidos en la guerra y la posguerra —y del aparato teórico que presentaba Walter Lippman en La opinión pública— para erigirse como el primer consultor de relaciones públicas. En sus libros, explicaba cómo manipular a grupos de población llevándolos a conectar con productos u organizaciones mediante símbolos psicológicamente potentes. (Tal vez convenga señalar que era sobrino segundo de Sigmund Freud.) Los libros eran llamativos, seductores, sorprendentes. Reclamaban una respuesta. Y los educadores y pedagogos acataron.
En 1940, Horace Morse y George McCune publicaron sus «Textos seleccionados para la evaluación de aptitudes de estudio», más tarde rebautizados como «Textos seleccionados para la evaluación de aptitudes de estudio y pensamiento crítico».13 Les pedían a los estudiantes, entre otras cosas, que distinguiesen entre hechos y opiniones. Puede que fuese el primer manual de estas características; sí fue, desde luego, el primero influyente. El vínculo entre la distinción hecho/opinión y el pensamiento crítico sigue presente en las lecciones actuales en torno a la cuestión, aun cuando no se mencionen las palabras «pensamiento crítico»: «es […] imperativo que los alumnos aprendan a discernir los hilos de lo que es verdad de lo que es mera creencia si queremos que vadeen con éxito el aluvión de medios con el que se encontrarán a lo largo de la vida. Ya sea en las noticias, en la publicidad o en un libro de historia, distinguir entre lo que es un hecho y lo que es una opinión es clave para convertirse en una persona autónoma con las dotes críticas necesarias para que no la manipulen fácilmente».14 Ser capaz de distinguir entre hechos y opiniones es estar listo para el civismo responsable. Confundir una opinión con un hecho es ser fácil de embaucar, es tomar el humo y los espejos —la persuasión, la propaganda— por la realidad.
La distinción tiene una utilidad evidente. En un entorno mediático polarizado y manipulador (nada nuevo bajo el sol), es sin duda valioso enseñarle a la gente a buscar e identificar puntos de partida susceptibles de ser compartidos —afirmaciones que, cabe esperar, las partes contrarias acepten— y a distinguirlos de conjeturas plausibles, interpretaciones contrapuestas y propaganda pura y dura.15 Por difícil que resulte —en los tribunales, en el periodismo o en un debate en directo— alcanzar una mayor objetividad es una meta válida.
Sin embargo, la manera en que se presenta a los niños la distinción hecho/opinión es una maraña confusa. Para empezar, ninguno de los elementos que conforman la definición de «hecho» se emplea como criterio para hacer estos ejercicios. Recordemos que los hechos se definen, convencionalmente, como (1) verdades (2) que se pueden demostrar. La primera parte no aporta nada, no obstante, porque la única manera de decidir que algo es verdad pasa por examinar los fundamentos para creerlo. No hay forma de validar una afirmación y luego comprobar si es cierta. De manera que la verdad no es, en resumidas cuentas, un criterio. El verdadero criterio es la verificabilidad. O debería serlo.
Los autores de planes de estudio rara vez ahondan demasiado en lo que podría considerarse una verificación adecuada. Sabio por su parte, tal vez, porque cualquier cosa que dijeran los enfangaría en antiguos y complejos debates. ¿Es una verificación filosófica de los argumentos? ¿Qué tal una demostración matemática? ¿La deducción de la explicación más sencilla? ¿La búsqueda de indicios experimentales? ¿El testimonio de un testigo fiable? Todo lo que dijesen al respecto contaría sin remedio como, en fin, opinión. De modo que, tal y como ocurre con la idea de verdad, los autores evitan recurrir también a la idea de verificación, y prefieren centrarse en tests lingüísticos que distinguen los enunciados fácticos de los no fácticos por medio de las clases de adjetivos que usan unos y otros. Los niños no aprenden, pues, a analizar los respectivos méritos de estos enunciados, sino a juzgarlos por la manera en que vienen expresados.16
Esto nos lleva a los tests en sí. Muchos autores proporcionan prácticas listas de palabras «clave» o «indicativas» que pueden ser de ayuda a los lectores para distinguir hechos y opiniones sobre el terreno, como esos manuales para aficionados a la ornitología. En uno de estos tests se les pide a los niños que busquen adjetivos en relación con la «cantidad, tamaño, edad, forma, color, origen, material»: «información sobre algo que sea constatable». Esos son los rasgos distintivos del hecho común. La opinión silvestre, por el contrario, la identificamos con adjetivos como «bonito», «feo», «mejor», «peor», «caro», «cansado», «rico» o «asqueroso». Todos ellos describen «cómo nos hace sentir algo».17 Y hay otra lista de «palabras clave» de afirmaciones opinativas que es aún más reveladora: «debería, pensar, mejor, peor, bueno, correcto, mal, mejor, creer, sentir, rasgos de carácter». Viendo estas listas, y los ejercicios de clasificación que las acompañan, salta a la vista la conclusión a la que se espera que lleguen los niños. Los programas de enseñanza arrancan a menudo con ejemplos fáciles que les sirvan para entender la distinción. Las opiniones son enunciados del estilo «el sol es bonito», «el pastel está delicioso» o «el viernes es el mejor día de la semana». Pero la aplicación es evidente, y es que cualquier enunciado valorativo equivale a una opinión, por fundamentado que esté: «Abraham Lincoln era elocuente», «Ella está en mejor forma que yo», «Está mal asesinar deliberadamente a alguien inocente».
Sin embargo, creer esto equivale a creer que no tiene sentido razonar sobre cuestiones valorativas, pues se diluye la distinción entre bien y mal fundamentado, valorativo y no valorativo, real e irreal. Creer esto es estar preso de una visión. Y en esta visión, los juicios entre bien y mal, mejor y peor, deber y no deber, correcto e incorrecto son todos ellos respuestas subjetivas, como el apetito y la náusea. (Nadie se para a razonar si sus náuseas están fundamentadas.)18 En esta visión, nada se considera una valoración correcta, porque no está en manos de una valoración el ser correcta. En esta visión, los valores jamás podrán ser hechos.
Esa era la visión a la que se resistía Foot, sin comprender aún qué era, mientras intentaba procesar lo que había visto en aquel cine. Se trata, recordemos, de una visión antigua, surgida en los comienzos de la Edad Moderna.
El punto de partida fue el alejamiento que se produjo en la filosofía de la naturaleza (o, como la llamamos ahora, la «ciencia») respecto de la visión aristotélica del mundo natural. Aristóteles tenía también una «visión» en el sentido que le estoy dando al término: un conjunto de premisas, apenas formuladas explícitamente, que moldean y constriñen nuestra imaginación intelectual.19 El tipo de visión que, retorciendo ligeramente la metáfora, enmarca nuestro pensamiento.
Como empiezan a apreciar tanto científicos como historiadores, Aristóteles fue un investigador empírico de primer orden,20 pero su planteamiento del orden natural es muy distinto del planteamiento sistemático de los modernos. Nosotros tendemos a considerar y formular nuestras teorías en términos de cuerpos materiales inertes bajo la acción de fuerzas externas. Nuestro paradigma, desde comienzos de la Edad Moderna, ha sido el de unas bolas de billar sobre una mesa. Aristóteles, por el contrario, fue un biólogo de principio a fin. Incluso cuando estudiaba la física (con lo que se refería al estudio de la naturaleza en general; physis significa «naturaleza») y, en particular, la ética o la ciencia política, pensaba en términos de organismos, como las plantas.
Las plantas también son cuerpos materiales. Sin embargo, ese material está vivo. Empieza siendo una semilla o un embrión y, luego, si las condiciones son las propicias, se desarrolla de manera autónoma hasta que alcanza la madurez y se reproduce. Finalmente, termina por languidecer y morir, y su material se incorpora a otros seres vivos. Un sinfín de cosas pueden interrumpir en algún punto este proceso, pero esta es la progresión habitual: lo que ocurrirá si (como decimos aún hoy día) «la naturaleza sigue su curso». Impresionado ante el poder explicativo de este patrón, Aristóteles lo generalizó y lo aplicó a la interpretación de todos los fenómenos naturales: todo lo que había en la naturaleza, pensó, está en alguna fase del arco de desarrollo autónomo que va de la inmadurez a la madurez y, de ahí, a la senectud y a la muerte. Dice, así pues, que los cuerpos pesados tratan de alcanzar el centro de la Tierra, cosa que suena absurda a los oídos modernos. (Pero decimos todavía que «las plantas buscan el sol», lo cual no parece absurdo. En este punto seguimos siendo aristotélicos.) La filosofía natural de Aristóteles es un ejemplo práctico de cómo un patrón explicativo convincente se convierte en paradigma. Dicen que a un hombre con un martillo todo le parece un clavo. A Aristóteles, después de comprender el patrón cíclico de la vida autónoma, todo le parecía una especie de tomatera.
La visión que fueron adoptando progresivamente los filósofos de la naturaleza de los siglos XVI y XVII, y que nos legaron a nosotros, es muy distinta. Muestra la realidad material —de la que está hecha el mundo— como algo inerte, que no se dirige a ninguna parte ni tiene objetivo alguno. Está ahí inmóvil (o prosigue el camino que lleve) hasta que algo externo le transmite energía, como un taco de billar golpeando la bola. El mundo es materia en movimiento, impulsado desde fuera por fuerzas externas.
Hay muchos motivos detrás de la formación de esta visión nueva. Tenemos, para empezar, la ortodoxia asfixiante de la cultura universitaria del tardomedievo y la primera Edad Moderna, que había reemplazado hacía mucho los debates aguerridos y el visionario desarrollo de sistemas de Tomás de Aquino por la defensa incondicional de un puñado de textos sancionados, entre los que se incluían, irónicamente, los del propio Tomás de Aquino.21
Pero este resentimiento hacia una cultura universitaria opresiva no fue el único motivo que llevó a reevaluar la autoridad de Aristóteles. Tuvo lugar también el descubrimiento europeo de las Américas, con el que todos los mapas del mundo quedaron obsoletos en el acto. Pero, igualmente importante, trajo consigo unos fenómenos biológicos y antropológicos desconocidos para Aristóteles y sus seguidores medievales, y todo lo que habían escrito estos autores pasó a parecer provinciano. ¿Qué autoridad podía tener un filósofo cuyas teorías no contemplaban el Nuevo Mundo? Entretanto, la imprenta de Gutenberg redujo los obstáculos para que los autores llevasen sus ideas a los lectores, y redujo los obstáculos para que los lectores les echasen un vistazo. Cuando la imprenta de tipos móviles arrojó cientos de millones de volúmenes, solo en el siglo XVI, la cacofonía de voces fue imposible de ignorar. La reacción de Michel de Montaigne a finales del siglo XVI es emblemática: «¿Qué sé yo?», se preguntaba. (Bien poco, concluyó.) En estas condiciones, cada vez eran menos los intelectuales dispuestos a depositar su fe en un autor que llevaba casi dos mil años muerto. El antiaristotelismo empezó a prender en la elite intelectual europea, de un modo equiparable y opuesto al aristotelismo dogmático de las universidades. Se creó un vacío que podrían llenar nuevas visiones.22
Cuando los intelectuales de Europa abandonaron las universidades, ¿adónde fueron? Porque esto explica en parte la visión que abrazaron. Eran hombres de mundo, en su mayoría: diplomáticos, doctores, ricos ociosos, soldados de fortuna. Muchos contaban con el mecenazgo de la monarquía y la pequeña nobleza, como los artistas del Alto Renacimiento y el Barroco. Y muchos, también, empezaron a reunirse para compartir y poner a prueba sus ideas en sociedades informales al margen de las universidades. E incluso cuando no se organizaban de manera explícita, se conocían mejor entre ellos que ningún otro grupo de innovadores en épocas anteriores, gracias a la cultura de la imprenta.
Estas figuras cosmopolitas abrazaron de buen grado la sentencia de Bacon: el conocimiento es poder. Y desde sus posiciones cercanas al poder, vieron el conocimiento como un medio para manipular el mundo con fines humanos, para «la mejora del estado del hombre».23 En caso de que uno pretenda manipular el mundo, lo tiene más fácil si este no está empeñado en alcanzar sus propios y contradictorios fines. Pero encontramos motivos más claros detrás de esta nueva visión «mecánica» de la naturaleza en una idea que hemos visto antes, examinando las lecciones de hecho/opinión: la objetividad.
En la cacofonía de voces que era la nueva cultura de la imprenta, algunos reaccionaron como Montaigne: con un genial escepticismo frente a todos aquellos reclamos que rivalizaban por su atención como los bocaditos gratuitos que reparten en un mercado. Pero ¿y para esos hombres que anhelaban el poder o para los que, como Descartes, compartían con Aristóteles el deseo de comprender, sencillamente? A ellos el escepticismo no les bastaba. Lo que buscaban era un medio —un método— con el que imponerse a todas esas impresiones e interpretaciones contradictorias: un método de alcanzar la objetividad.
Es una idea consabida que el método de la hipótesis y la experimentación nos ayuda a buscar la objetividad. Cuando distintos observadores obtienen los mismos resultados, eso nos acerca a una descripción del mundo que no depende del punto de vista: una descripción que todos podemos compartir. Si un sinfín de observadores, desde un sinfín de puntos de vista, ven lo mismo, eso nos indica que está ahí, ante nuestros ojos: que es objetivamente real.
Pero la idea cobró ímpetu propio. Si nuestro objetivo es dar con descripciones del mundo ajenas al punto de vista, ¿por qué no probar a eliminar la perspectiva humana de raíz y a describir el mundo de un modo que no haga referencia alguna al aspecto que tienen las cosas, su sonido, gusto o tacto, para nadie? Podríamos identificar, por ejemplo, características del mundo que se correlacionan con, y parecen suscitar, percepciones de color —¿este vestido en azul y negro o blanco y dorado?—, pero que podemos describir sin hacer referencia al color. Este fue el siguiente paso en el camino de la objetividad; el esfuerzo por erradicar la subjetividad humana, la descripción del mundo de manera que un murciélago inteligente pudiera entender.
Así pues, los filósofos de la naturaleza de comienzos de la Edad Moderna —Galileo, el primero— se embarcaron en un programa que tenía por objetivo desterrar del discurso científico toda referencia a aspectos cualitativos de la experiencia humana: colores, sabores, olores, sonidos y demás. Empezaron a distinguir entre esas «cualidades secundarias» y las «cualidades primarias» (número, forma, tamaño, posición, movimiento) y se propusieron generar descripciones del mundo en términos, por entero, de estas últimas. Lo que tienen en común las cualidades primarias, al margen de que no están vinculadas de un modo tan obvio y directo con las sensaciones, es que son fácilmente cuantificables. De ahí que el ideal de la matematización convergiera con el ideal de la experimentación y la ciencia aplicada para la mejora del estado humano; las tres conectadas de un modo u otro al ideal rector de la objetividad, tema primordial en las grandes tragedias de Shakespeare, la obsesión de la época.*2
Pero ¿qué tiene que ver todo esto con la ética, con los valores? Aquí está: que tanto si era su intención como si no (Bacon, al menos, parece feliz con el resultado), los partidarios de esta distinción entre cualidades primarias y secundarias terminaron por excluir algo más que los colores y los olores del lenguaje de la ciencia. Excluyeron también todo discurso en torno a un propósito motor, a un objetivo natural, al curso de la naturaleza (a la existencia misma de un curso).
El resultado quedó sobredeterminado. Como hemos visto, toda una generación de intelectuales abrazó mecánicamente el antiaristotelismo. En 1686, Leibniz —cual socialista demócrata en los Estados Unidos de McCarthy— sintió la necesidad de defender su integridad después de hacer un mínimo uso de una idea aristotélica, alegando enérgicamente que él no era ningún oscurantista y que había «dedicado mucho tiempo a las experiencias de física y a las demostraciones de geometría».24 Pero no hay nada más íntimamente ligado al pensamiento de Aristóteles que la teleología natural (la causa final). Es más, esta causa final era difícil de recoger en el lenguaje de las matemáticas, ahora predilecto. Es difícil formular una descripción matemática de las bolas de billar desplazándose por la mesa, pero factible, sin embargo, con suficiente inventiva (y, sobre todo, con la ayuda del nuevo cálculo). Pero ¿y la descripción matemática de un conjunto de entidades procurando alcanzar sus objetivos entrelazados, objetivos que lograrán en la medida en que no surjan conflictos ni accidentes imprevistos? No es que una situación así se pueda describir con números (aunque los científicos sociales contemporáneos lo hagan.) La visión aristotélica es mucho más resistente a la matematización. Entretanto, iba apareciendo en el horizonte una perspectiva prometedora, gracias al trabajo de Galileo, Kepler y otros más: la perspectiva de una descripción matemática global de la naturaleza. Una descripción que excluía los fines y propósitos naturales.
De aquí surgieron dos problemas para la ética. Primero, la teoría ética heredada seguía siendo la de Aristóteles, y era indisociable de su visión del mundo natural. Según el Estagirita, existe un ideal para la vida humana, un estado en el que actualizamos nuestro potencial natural. El cometido de la ética consiste en describir este ideal hasta donde sea posible (el propio Aristóteles afirma que una representación matemática precisa del ideal es inviable.) Una vez comprendido cuál es, los animales racionales pueden encaminarse a él. Sin embargo, en la atmósfera antiaristotélica que imperaba en la primera Edad Moderna, esta teoría, así como su vocabulario de virtudes (cualidades que ayudan a las personas a alcanzar el ideal) y vicios (cualidades que truncan su consecución), había dejado de ser aceptable y debía reemplazarse con algo nuevo.25
A un nivel más profundo, la exclusión de las causas finales de esta nueva visión de la naturaleza hizo que la tarea de reemplazar la ética aristotélica resultara abrumadora, puede que irrealizable, incluso. En la nueva visión, el mundo está compuesto de materia inerte. En pos de la simplificación (esto es, en pos de la matematización), la materia se plantea toda ella idéntica. Es un mundo hecho de pegotes de una masa indistinguible, que solo se mueven o alteran su movimiento en respuesta a un impulso exterior. Se sitúan en cantidades y disposiciones diversas en un campo (el universo), en el que de vez en cuando colisionan y se transfieren energía unos a otros conforme a unas leyes invariables y representables matemáticamente. Los valores no forman parte de esta descripción del mundo.
