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Nuestra flecha, la flecha del psicoanálisis, la de Lacan, la flecha de la orientación lacaniana, es como una flecha Zen, que en su vuelo, hará blanco en el corazón del ser del arquero que la lanza. El ejecutante de un instrumento musical, el intérprete, con su maestría, ¿no hace lo mismo que el analista al hacer escuchar lo que está escrito?
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Seitenzahl: 353
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Mauricio Tarrab
© Grama ediciones, 2023
Manuel Ugarte 2548 4° B (1428) CABA
Tel.: 4781–5034 • [email protected]
http://www.gramaediciones.com.ar
© Mauricio Tarrab, 2023.
Tarrab, Mauricio
El decir y lo real : hacer escuchar lo que está escrito / Mauricio Tarrab. - 1a ed. - Olivos : Grama Ediciones, 2024.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-8941-95-0
1. Interpretación Psicoanalítica. I. Título.
CDD 150
Diseño de tapa: Gustavo Macri
Establecimiento de los textos: Alejandra Glaze
Hecho el depósito que determina la ley 11.723
Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por medios gráficos, fotostáticos, electrónico o cualquier otro sin permiso del editor.
Primera edición en formato digital: febrero de 2024
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
Para Manuel que pronto leerá
Este libro reúne textos derivados de conferencias o intervenciones realizadas entre 2019 y 2022 en las Escuelas americanas de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP): la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL), la Nueva Escuela de Psicoanálisis (NEL) y la Escuela Brasilera de Psicoanálisis (EBP).
Que sean textos es debido a que Alejandra Glaze hizo no solo la corrección sino el establecimiento. Además, leyó y extrajo de ellos algunas frases que me permitieron darle a ese conjunto heterogéneo un eje y un sentido en el que reconocí mi propio trabajo de estos años. Se lo agradezco muy especialmente.
Algunos de estos textos, como “Lacan, los obsesivos y los molinos de viento de la formación analítica”, “Sin desdén sobre el sueño” y “Capturar una letra”, fueron escritos para libros colectivos –Lacan hispano, Scilicet–, o publicados en revistas, como los dos textos que están bajo el apartado “Reflexiones desde el cartel del pase”, en la Revista Lacaniana de Psicoanálisis.
Graciela Brodsky y Fabián Naparstek me invitaron a sus seminarios durante la pandemia, y las intervenciones que realicé entonces están en este volumen. Con ellos, y con Silvia Salman, hemos mantenido una conversación continua sobre el psicoanálisis, la Escuela, nuestra práctica, y otros muchos temas.
El TYA también tienen su lugar aquí con dos textos, que acompañan esa iniciativa que tuvimos y que todavía mantiene su vigencia.
El decir y lo real se precipitó como título dado que representa el centro de nuestra orientación en el psicoanálisis: el esfuerzo por decir lo indecible, por bien decirlo, por maldecirlo y bordearlo.
Buenos Aires, 14 de septiembre de 2023
Recientemente y gracias a un cartel del que formo parte, encontré una referencia de Jacques-Alain Miller –sin buscarla–, que refleja muy bien la inquietud que me provocó tener que volver sobre estos temas en este Encuentro. Es una referencia de la clase del 17 de enero de 1990 de su curso El banquete de los analistas, y aún tiene actualidad.
Hablemos del cartel: hoy mucha gente forma cartel, es algo que se extendió más allá de Francia… Nos acostumbramos tanto a él, parece tan conocido, que incluso nos disculpamos al volver a comentarlo. (2)
Es una clase dehace 30 años…, y eso sigue. Es una de las primeras cosas que quiero decir sobre el cartel y la política lacaniana: eso sigue.
En esa clase, J.-A. Miller dice que el cartel es una micro sociedad, introduciéndonos en una consideración política. Su rasgo distintivo es que es un conjunto más uno. Y aclara que es una evidencia de la teoría social que para obtener un conjunto es necesario que funcione un elemento no-semejante. Ese es un lugar de la estructura y no de una persona. Miller pone al más uno de Lacan en ese lugar de la estructura.
La expresión más uno –lo cito– “designa tanto lo que es parte de una serie, como lo que está afuera de la serie”. Es la paradoja que radica en que ese más uno al mismo tiempo que permite la serie, evita la dispersión. Son fórmulas de la teoría política, dice además Miller, y explica que cualquier sociedad puede superar el estado de dispersión, en tanto un elemento más uno permita formar el conjunto de los otros. Al más uno, que Lacan extrae de la teoría política, le da otros usos más allá de evitar el estado dispersivo. Es un uso especial, un cierto forzamiento de ese elemento no-homogéneo, en donde ya percibimos un adelanto de la función de la extimidad.
Como en muchos otros de sus Cursos, pero en especial en El banquete de los analistas, Miller se sumerge en las aguas de la política del psicoanálisis. Y en esa clase que les menciono, aborda el problema de que las sociedades analíticas se consoliden alrededor del Padre muerto, y enfatiza la necesidad de usar la fórmula lacaniana que propone servirse del Padre. Afirma de manera contundente, retomando esa conocida fórmula para aplicarla a nuestro tema de hoy: “Se puede prescindir del Nombre-del-Padre con la condición de valerse de él –y agrega–, he aquí lo que muestra el cartel”. (3)
Concluye con la siguiente referencia: “El cartel es una de esas soluciones invisibles que Lacan inventó y situó en el principio de una Escuela, de un nuevo tipo de sociedad analítica capaz de prescindir del Nombre-del-Padre siempre que sepa valerse de él”. (4)
Esto evidencia la profunda dimensión política del asunto, y también explica por qué el cartel sigue siendo central en la política lacaniana actual. Además, aclara el motivo de su relevancia, especialmente si las Escuelas intentan conservar un espacio donde el discurso circule, representando una comunidad que no gire en torno al Padre muerto.
Podríamos preguntarnos en qué punto está la realidad efectiva de cada una de nuestras Escuelas, respecto de este principio de política lacaniana que Miller extrae de la política de Lacan.
No se puede hablar solo del cartel si se trata de pensar una política que se quiera lacaniana. Es por eso que en política hemos tenido que aprender a contar hasta tres para que algo pueda construirse.
En la cita que acabo de mencionar, Miller se refiere al cartel como “esa solución invisible”. Aunque imperceptible, discreto y sutil, permanece presente, sin el destello del pase o la solidez de la Escuela.
Pienso que en el cartel se sostiene una conversación permanente sobre el psicoanálisis que da cuerpo a nuestra comunidad, como comunidad de experiencia. Esta dinámica no solo es evidente en los carteles mismos, sino también cuando tales conversaciones se materializan, tal como sucede hoy, ocasionalmente, a veces, en la imperceptible Escuela Una. La cotidianidad a veces puede oscurecer la perspectiva, como ahora, cuando yo, desde Buenos Aires, me comunico con ustedes y, en unas horas, Anne Beraud, AE de la ECF, compartirá su testimonio con Elisa, una colega brasileña, comentándolo. Destaco estas dos actividades, pero es probable que se estén llevando a cabo otros encuentros similares simultáneamente. Sería una simplificación arriesgada atribuir todo esto solo al Zoom, esa herramienta tecnológica que utilizamos actualmente. Es más una manifestación de la dirección política que J.-A. Miller ha promovido. La “rutina”, a menudo puede minimizar la importancia de nuestras acciones. Considero que lo que realizamos hoy, lo que denominamos Encuentro, es parte de una conversación ininterrumpida sobre el psicoanálisis contemporáneo, con el objetivo de estar a la altura de sus propósitos. Y una conversación implica que eso aún nos hace hablar, y que se sostenga depende de quienes entren en esa conversación.
Lo pienso según el modelo del inconsciente, que también está ahí aunque no lo veamos, y puede manifestarse repentinamente, para indicar que hay una corriente de conversación permanente aunque a veces no se la vea. Pero cuando nos encontramos con ella, algo se produce. Y es interesante poner al cartel en la vía de una conversación, y entiendo que entrar en ella no puede ser más que por un deseo. Nadie puede ser forzado a participar en una conversación, tal como Platón ya señalaba al inicio de La República. Pero, si uno decide sumergirse en esa conversación, quizás no sepa a dónde lo llevará. Sin embargo, puede permanecer en ella, solo a condición de consentir en ser al menos un poco perturbado en sus certezas, y dispuesto a reconocer que su propio discurso podría decir cosas muy diferentes de las que él mismo pensaba.
Una conversación explícita o implícita, una conversación sobre la práctica y sobre los conceptos, sobre la política, y en especial, sobre lo que no sabemos del psicoanálisis, que a mi juicio, es en definitiva una de las cosas que nos hace seguir. No solo sobre lo que no sabemos todavía y que podríamos llegar a saber, sino sobre lo que es imposible de alcanzar por el saber. Aunque también es cierto que nunca está asegurada la conversación.
Miller ha tomado el tema en múltiples ocasiones, algunas de manera breve y otras de forma más extensa. Elegí un fragmento de una intervención en Buenos Aires en el año 1998: “¿En qué medida no convendría concebir la práctica de la conversación como la práctica esencial de los miembros de una Escuela?”. (5) Y agrega: “¿Qué es una conversación? Es la puesta en acto de la desuposición de saber de Uno. La conversación en este sentido supone siempre que el otro tiene algo que decir… La clave es preservar que siempre quede algo por decir. Encarna, lo que resta por decir”.
Y lo enfatiza: se busca que, en su intervención, nadie le cierre la boca al otro.
Es muy interesante un comentario hecho allí a partir de una afirmación de Eric Laurent, referido a la Escuela, acerca de que con la conversación se puede ir más allá del Edipo. Es decir, podría ser una forma de no necesitar de un garante del saber, y por tanto, del punto de capitón. De tal manera, dice: “Sería posible en la Escuela poner la conversación en el lugar del Nombre-del-Padre”. Impactante la claridad y la simpleza del razonamiento y de la apuesta.
Eso requiere también un mínimo de affectio societatis. Es decir, del consentimiento en reconocer que se permanece dentro de un marco que admita los desacuerdos, la disputa, aún las diferencias irreconciliables, salvo que sean diferencias a nivel de la ética, lo que excluye una conversación genuina. La affectio societatis no es el amor al otro ni poner la otra mejilla para recibir los golpes. Eso no lleva sino a lo peor del lazo colectivo. Tampoco es amistad, y menos aún mutualismo. La affectio societatis está más bien del lado de tolerar la incomodidad de lo heterogéneo que se obtiene al reconocer lo que no se sabe del psicoanálisis mismo.
En la conversación que queremos promover o encontrar en el psicoanálisis, en la Escuela y en sus vecindades, cada uno debería esforzarse para entrar con su propia enunciación. No es un logro fácil, pero es esencial.
Los dispositivos, como el cartel, más allá del valor formativo que tengan, y más allá de lo que se puede obtener allí en términos de saber, son la sede más o menos silenciosa o más o menos sonora de una conversación permanente que existe en las Escuelas. Quien participa en un cartel debería comprender que forma parte de esta conversación esencial para mantener vigente el psicoanálisis lacaniano en nuestra época. Y debería entender que tiene la oportunidad de ser parte de eso, allí, haciendo valer su propia enunciación. Es así como interpreto la indicación de Lacan de que si bien hay trabajo colectivo, no hay enunciación colectiva. Es una exigencia de no ceder nunca su voz al colectivo.
Esto también nos permite pensar que las Escuelas no están solo delimitadas por la pertenencia a ellas como miembros, adherentes, participantes, etcétera. Aquellos que no son miembros, si hacen valer su enunciación, participan de pleno derecho de esa conversación y de esa construcción del psicoanálisis de la orientación lacaniana, y también de la política lacaniana, a través de los carteles.
Al aplicar, a mi modo, el desarrollo de Miller mencionado al inicio sobre la teoría política, (6) desde donde extrae la noción de que el elemento más uno, el elemento no-semejante, permite la serie y al mismo tiempo evita la dispersión, ¿por qué no pensar que este conjunto variado y numeroso de no miembros que se integran a la Escuela a través de los carteles, incluidos muchos de los denominados “jóvenes” (aunque no todos lo sean), representan estos elementos no semejantes? Y que, como propongo considerar, al participar en esta conversación, también sientan que están en el banquete de los analistas.
Eso no hace desaparecer las diferencias entre miembros y no miembros. No quiero proferir una blasfemia ni que aquellos que han hecho tanto esfuerzo por ser admitidos se ofendan, o que los que custodian la entrada de la Escuela me acusen de querer barrer con las diferencias que justificadamente existen. Estoy lejos de menospreciar la necesidad de jerarquías y grados en la Escuela. No creo que la Escuela sea para todos… tampoco hago un elogio de “los jóvenes”. Las juventudes han escrito páginas trágicas en la política… Simplemente, reflexiono sobre esa lógica que mencioné anteriormente, mediante la cual Miller introduce en la política lacaniana la función de la extimidad. Ellos “están fuera de la serie y son parte de la serie”. Lacan siempre trató de preservar ese lugar del no semejante, por ejemplo, al hacer miembros de la Escuela a no analistas.
Una joven colega, que no es miembro de la Escuela y que participa de un cartel del que soy más uno, me envió en estos días un texto que va a presentar en la Jornada de Carteles de la EOL. Concluye su trabajo con esta conclusión respecto de lo que fue su interés en ese cartel. Escribe: “Tiendo a pensar, por ahora, que es menos relevante intentar delimitar los bordes de la Escuela que prestarnos a conversar qué podría ser eso que orienta la acción del psicoanálisis”. (7)
Hoy, esos “jóvenes”, tienen una función para las Escuelas, y las Escuelas, a su vez, buscan la manera de estar a la altura de lo que promueven como deseo.
Lo anterior es simplemente una reflexión sobre la actualidad y la estructura de la función del no semejante, que en el cartel adopta el nombre de más-uno.
No se puede obligar a nadie a entrar en una conversación, pero se puede “inducirlo” a intentarlo. En un texto (8) que me envió hace algunas semanas Varón Horne, toma la palabra “induçao” de Miller, y propone un significado interesante: conducir hacia adentro, hacer pasar. Se podría decir, agrego yo, inducir hasta que el otro quede enredado en la red de su propia sed de saber.
En español, el verbo “inducir” tiene significaciones parecidas: darle a alguien el motivo para hacer algo; provocar. Puede retomarse aquí el tema clásico del cartel y la elaboración provocada, que no es sin inducción, que es con los otros, y que muy bien podría contrastarse con la exigencia en el cartel de concluir con una producción singular, es decir, con una producción que uno hace solo, pero es con los otros. Y finalmente, inducir tiene una acepción en el campo de la electrostática. En electromagnetismo, inducción es “producir un efecto eléctrico o magnético entre distintos cuerpos”. Más allá de lo que signifique para la electrostática, ¿no hay algo en este concepto que nos resulta familiar en el psicoanálisis, en particular cuando pensamos en la transferencia? Y en la transferencia de trabajo, donde hay algo más que mera labor y conocimiento. Lacan, en plena pasión por la lógica, en su Seminario 16, no deja de decir que la transferencia implica algo más “ardiente” que la lógica y que el saber. Un apartado en una conversación sobre la función del más-uno, debería incluir esta palabra inducción.
Si, como se repite, el cartel es órgano de base de la Escuela, creo que se puede decir que el cartel es la sede de una fluida y variada conversación que se sostiene a partir de los efectos de la orientación lacaniana.
Si tomamos en serio esta palabra “indução”, se ve que también está en la base del principio Bourbaki que Lacan ha utilizado en diferentes ocasiones: “[…] alguien lo dijo, alguien lo hizo decir, alguien lo consideró importante […]”. A mi juicio, esto ya implica que una conversación está en marcha, y eso, que bien podría desarrollarse en el trabajo de un cartel, debería estimular esos intercambios horizontales que suponen reconocer una posición frente a lo que del psicoanálisis no termina de saberse. Reconocerse en esa posición es un momento fecundo de la propia formación analítica.
Durante la intervención que Ram Mandil realizó en agosto para la NEL(9) sobre el cartel, utilizó una expresión que me tomé en serio, “alguien lo dijo”, para abordar este tema del “Cartel y la política lacaniana”. Mandil señaló que una de las preocupaciones de Lacan era “cómo tratar lo real en el grupo analítico por lo colectivo”. La afirmación de Ram podría parecer obvia, pero es muy sutil. Incluye una clave en la que yo no había pensado y que subrayo para ustedes. Él dice: “Cómo tratar lo real en el grupo analítico porlo colectivo”. Enunciar esto es, en sí mismo, una clara definición de política. La política, la política en general, trata lo real que anida en el lazo social, por lo colectivo. No lo trata por la ciencia, ni por la religión, ni por el psicoanálisis. La política trata lo real por lo colectivo. Y esto es lo que está en el centro de este trío, de estos tres para el psicoanálisis que inventó Lacan: el cartel, el pase, la Escuela. Es a estos tres a los que la política lacaniana proporciona un contexto. Y es dentro de este marco que podemos reflexionar, en la vida de nuestra comunidad de experiencia, sobre las formas de abordar lo real del grupo analítico.
Es evidente lo que implica si consideramos que la política lacaniana ha determinado, con todas sus vicisitudes, la vida de nuestra comunidad analítica y la formación de varias generaciones de analistas. Esta vida se forja de esa argamaza extraña entre exterior e interior, entre lo local y lo internacional, entre pasado y futuro, entre acto y consecuencia, entre uno y los otros, entre la affectio societatis y las transferencias negativas, entre lógica colectiva y libido.
Como mencionaba anteriormente, la transferencia, ya sea de trabajo, en la relación individual con la Escuela y en el cartel, o la transferencia en el análisis, está compuesta por lógica y libido. Sin duda, el pase, que sigue vigente en nuestras Escuelas, se construye con estos mismos componentes y presenta lo más interior, privado y singular puesto a cielo abierto, incluso públicamente, lo que ha convertido este aspecto de la transmisión, realizado por nuestros AE, en algo fundamental para nosotros.
Esto no siempre fue así. Y Guy Briole (10) lo resaltó al referirse a la propuesta de Lacan en “Momento de concluir” sobre “pasar el pase por escrito”. También nos recordó que fue Jacques-Alain Miller quien inició la modalidad de transmisión que empleamos actualmente. Hay algunos grupos analíticos que piensan y practican el pase fuera del marco de la Escuela. Esto indica que las condiciones de esta articulación entre cartel, Escuela y pase están sujetas al contexto que las rodea, es decir, a políticas.
En la clase que les comento de El banquete de los analistas,(11) Miller realiza una distinción en torno a la cuestión política. Toma la tripartición: táctica, estratégia y política. Con esto, explica que la política no es la que trata solo el imposible equilibrio del lazo colectivo, sino que también implica los fines del psicoanálisis en su dimensión ética. Y creo que es un esfuerzo sostenido el de Miller por poner en sintonía la política en general con los fines más éticos del psicoanálisis. No solo en los conceptos, sino en la realidad efectiva del lazo entre los analistas, en la práctica y en la cultura.
La reiterada mención de términos como “política lacaniana” o “acción lacaniana”, hasta convertirlos en sintagmas fácilmente comprensibles, no me resulta ventajosa. Al contrario, un significante tiene una función eminentemente política cuando no se sabe bien qué quiere decir, y eso permite alojar múltiples significaciones. Pero cuando eso se transforma en algo que todos parecemos entender, ya no sirve para nada interesante.
Escuché por primera vez la expresión “política lacaniana” en 1998. Jacques-Alain Miller dictó un seminario, al que pude asistir en un pequeño salón del Boulevard du Montparnasse, en París, y fue publicado con el formato de un pequeño libro imprescindible que se llamó Política lacaniana.(12) Ese seminario fue un acontecimiento, pues se desarrolló en medio de la crisis que, meses después, culminó con la ruptura de la AMP en Barcelona. En 2018 volvimos allí después de 20 años de política lacaniana.
En esas clases, se pueden encontrar varios “principios de política lacaniana”, que Jacques-Alain Miller intentó cernir para orientarse él mismo en esa crisis, deduciéndolos de la trayectoria y de la acción política de Lacan, como él lo señaló en esa ocasión, y que para parafrasear la definición de Ram Mandil, muestran modalidades de tratar lo real por lo colectivo.
Además de los principios que Miller extrae de Lacan, creo que es posible deducir un principio de política lacaniana en el esfuerzo que él mismo realizó en aquel momento, luego verificable en otras múltiples ocasiones, que a mi juicio, consiste en avanzar entre los conceptos y los acontecimientos. ¿Y por qué ese sería un principio de política lacaniana? Porque en nuestra experiencia de Escuela y en nuestra experiencia institucional, verificamos que los conceptos, aún los más firmes de la enseñanza de Lacan, están atravesados por los acontecimientos, por lo que llamamos la época, por los avatares de nuestra comunidad, por las relecturas permanentes, por las novedades.
Reconocer esta realidad en la vida de una comunidad como la nuestra, es un enorme acto antidogmático que requiere coraje. Estamos de acuerdo con que los conceptos no se formulan de una vez y para siempre. Deben ser puestos a prueba y la vida institucional se entrelaza con ellos. Conceptos y acontecimientos tropiezan y se ponen a prueba mutuamente. Esto es aplicable también a los tres conceptos que nos ocupan hoy: cartel, Escuela y pase. ¿Acaso no es evidente esto en las variaciones, crisis y reformulaciones que el pase ha experimentado y, sin duda, seguirá experimentando?
No existen verdades reveladas ni dispositivos de una vez y para siempre; esa es una marca distintiva de nuestra vida institucional, de sus sobresaltos y de cualquier política que aspire a denominarse lacaniana. Esto que digo no es un principio formulado explícitamente por Miller en aquel seminario, es una deducción personal para abordar el tema de la política lacaniana que trascienda meramente el sintagma y que encuadre la tríada cartel-Escuela-pase
Se podría decir que la política lacaniana toma en cuenta la necesidad de mantener un balance entre Escuela e Institución, y la vida de la Escuela lo demuestra: es un balance que no está asegurado. Es crucial y complicado desarrollar una política que busque preservar lo analítico dentro de lo institucional. A pesar de nuestros continuos esfuerzos, siempre debemos cuestionarnos sobre qué punto estamos. Esto se aplica a dispositivos específicos como el cartel y el pase, así como a la Escuela misma. La Escuela tiene sus fundamentos institucionales y estatutarios; los dispositivos tienen sus reglamentos; el cartel sus catálogos, que inscriben nombres propios, sus secretarías, sus actividades regulares. El pase tiene su dispositivo regulado por un reglamento para cada Escuela, y sus procedimientos son homologados por la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), lo que le hace decir a Miller en aquel seminario del ’98, que eso tiene una norma de procedimiento compartida por todas las Escuelas, y sus nominaciones, una vez homologadas por la AMP, son reconocidas en todas ellas. Pero ese aspecto completamente institucional e ineliminable en nuestras Escuelas, está al servicio de los fines del psicoanálisis mismo, tal como lo concebimos. En el caso del cartel, para preservar una enunciación que no es colectiva; y en el caso del pase, para hacer valer lo incomparable que en un psicoanálisis puede obtenerse. A eso llamo preservar lo analítico en lo institucional.
Miller nos formó en ese esfuerzo de trabajo inagotable que es la gestión de las Escuelas, los trabajadores decididos… Sí, pero también nos formó en que una Escuela es una Escuela de analizantes. Es lo que quiere demostrar en la “Teoría de Turín” cuando plantea la Escuela sujeto. Una Escuela de analizantes, es decir, de sujetos que están al tanto de que un inconsciente y un real los determina. Es la diferencia entre trabajar por la causa como si esta fuera un ideal, y trabajar por causa de la causa que nos impulsa. En eso el cartel y el pase dan una chance de preservar, en el seno de la vida de nuestras Escuelas, lo analítico en lo institucional.
La política lacaniana es una política de la enunciación.
Con una simplificación patética solemos oponer las “lógicas colectivas”, que reservamos para nuestras acciones, a la “psicología de las masas”, que dedicamos a la debilidad mental de los otros. Pero, ¿cómo sabemos que no conformamos una masa, sometidos alegremente a la identificación colectiva, más allá de nuestras buenas intenciones? El cartel da una pista para orientarse en este sentido, en la medida en que se sostenga la idea de Lacan de que no hay enunciación colectiva.
Hace algunos años, Miller planteó fuertemente una política de la enunciación cuando vio necesario hacer lugar a lo que se llamó los recién llegados. La política de la enunciación es una enorme y eficaz aplanadora de las jerarquías, en especial si estas se encuentran un poco rígidas en sus lugares institucionales, y en especial, si esa enunciación se autoriza en la relación que cada uno tiene con el inconsciente.
Frente a eso que nos determina, nadie puede erigirse en un maestro. Pero sí puede hacer valer el saber-verdad que ha obtenido hasta allí de su experiencia del análisis, y mostrar el punto en el que se encuentra en su formación. La fórmula “todos analizantes” puede leerse así: todos iguales frente a la experiencia del inconsciente y de lo real. ¿Será ese, aquel punto del grupo al que Lacan indica misteriosamente que hay que identificarse?
Sería esencial que cada uno reconozca desde qué lugar habla: cada uno, los practicantes, los AME, los AE, y todos los que se acercan a nuestra Escuela de las más variadas maneras. El cartel puede y debe alojar eso, y hacerlo valer, y la Escuela debe brindar los medios para que eso suceda. Y creo que más allá del trabajo incesante que las gestiones hacen por el cartel, es porque el cartel aloja esa enunciación que mantiene su impactante vigencia en las Escuelas. La vigencia del cartel nos sorprende porque traza un campo una y otra vez, un campo en donde algo de la formación analítica en nuestro formato-informe-de-formación-permanente se desarrolla.
La afirmación “No hay enunciación colectiva”, en mi opinión, propone un reto: hazlo a tu manera, pero asegúrate de que las cartas que pongas en juego sean las tuyas. Solo esas son las que valen.
Para poner en acto una política de la enunciación, hay que tener una teoría de la extimidad que pueda aplicarse al grupo analítico, para que el grupo analítico no se haga consistente. Y la política lacaniana toma en cuenta la tesis de la extimidad. Desde la función del más uno en un cartel, hasta el concepto de “éxtimo” en el cartel del pase, que exige la intervención de un colega de otra Escuela para discutir el caso nominado, todos estos elementos enfatizan esta tesis. Incluso la AMP, al ser éxtima respecto a las Escuelas, y la Escuela Una, agujereando a la AMP. Todos nuestros dispositivos ponen en acto la tesis de la extimidad, es decir, la tesis que indica que hay que reconocer y soportar que lo más exterior es también lo más íntimo. Sin eso la política se deriva inevitablemente hacia la consistencia. Por otra parte, la tesis de la extimidad, apunta a que lo local no se deslice inevitablemente por su ladera preferida hacia la comodidad, finalmente insoportable, del pequeño grupo.
Hay una apuesta por el pase en nuestras Escuelas.
Para nosotros hay pase conyen la Escuela, y eso tiene incidencias para el mismo pase y para la Escuela, ya desde la “Proposición…”. La primera incidencia del pase en la Escuela de Lacan produjo el rechazo a las consecuencias de la “Proposición…”. Una cosa es el pase como ideal, y otra cosa es el pase como realidad efectiva.
Para que el pase se pueda sostener como una realidad efectiva, debe ser algo más que un ideal, y debe encarnarse en una comunidad de experiencia, en una affectio societatis. Y en un contexto de lo que se puede llamar de confianza lúcida, sin la cual eso no funciona.
El pase tiene una potencia antigrupal y anti-identificatoria, y en esto el pase en la Escuela debe tener una incidencia anti-jerárquica. Entre otras cosas, eso hace que el pase siempre sea un problema. Cuando no lo sea, cuando lo supongamos además garantizado, nos encontraremos ante un verdadero momento crítico.
Mientras que para el cartel enfatizamos la idea de que no existe una enunciación colectiva, hay una incidencia del pase en la Escuela al recordar que va contra la lógica de las identificaciones. El pase es anti-identificatorio. Eso no significa que uno no tenga que estar identificado a nada. Lacan lo decía al advertir que si uno no está identificado en la vida social, está para internar. Pero en la Escuela, y justamente con el pase, se da la paradoja de que si alguien viene al dispositivo que llamamos “dispositivo del pase” a decir que se ha librado de las identificaciones más importantes que lo sostenían, que se las ha sacado de encima una a una en la marcha de su análisis, y viene a dar testimonio de eso, a ese supuestamente “desidentificado” no lo hacemos internar. Reconocemos que, tras haber superado su infierno personal sin perderse en su soledad, decide regresar a la Escuela para decirlo. Y en ciertas ocasiones, si su relato es convincente, se lo nombra Analista de la Escuela (AE).
Algo en la Escuela de Lacan va necesariamente contra la lógica de las configuraciones sociales,y el pase nos lo recuerda. Por ello, siempre hay que estar advertidos de que llevar el psicoanálisis a la política no es lo mismo que llevar la política a una Escuela de psicoanálisis.
El problema de las identificaciones en la Escuela es el que se produce cuando uno supone que sabe de qué color es el disco que porta en su espalda. Somos prisioneros, como aquellos prisioneros del apólogo de Lacan, y hay que recordar entonces que lo que les permite salir juntos de esa prisión, es que cada uno acepte que no sabe de qué color es el disco que lo identifica, y que solo puede saberlo por los otros, ¡esos otros que tampoco saben cuál es el de ellos! Si cada uno supone saber la verdad del disco que lo identifica, entonces, ¿para qué está en una Escuela de psicoanálisis? Para eso sirven las asociaciones profesionales. No es por la identificación colectiva por donde hay una chance, y esa es, a mi juicio, la incidencia mayor del pase en la Escuela.
El final del análisis es una experiencia de separación, separación de ese Otro al que uno se identificó, de ese fantasma que daba sustento a lo que nos hacía languidecer y al goce que nos perturbaba, y en el mejor de los casos, uno se arregla un poco mejor con eso en la vida. Lacan se refirió a este momento del análisis como “destitución subjetiva”, o más adelante, “desabonamiento del inconsciente”, mostrando que quien termina un análisis y se deshace del ancla que fue la transferencia, necesita también amarrarse a algo. En su Curso Donc, Miller formula la hipótesis entre divertida y clínica de que Lacan inventó el pase para ofrecer un Otro a aquellos que pasaban por ese trance desidentificatorio. Se los leo porque tiene algo de humor y de ironía, y ubica con precisión una de las dimensiones de la relación entre la Escuela y el pase: “[…] comprendemos la importancia de recomponer un Otro para los analistas… porque sin ese Otro los analistas se vuelven locos, y pueden incluso tener la tendencia a creer que ellos son el Otro. Este Otro para los analistas es lo que llamamos una Escuela”. (13)
Si el pase tiene incidencias en la Escuela, la Escuela tiene también incidencias en los AE. Para decirlo de otro modo, la Escuela les da a los AE no solo un Otro sino también un banquito, una banqueta adonde subirse durante un tiempo mientras los exprime hasta la última gota. La demanda de la Escuela puede ser insoportable, y lacanianamente necesaria para el AE.
Retomo justamente aquí otra afirmación de Ram Mandil en la intervención que ya mencioné. Ram decía: “El saber hacer ahí con el sinthoma cobra valor de Escuela”. Y me pregunté: ¿por qué eso sería así?, ¿por qué algo tan singular cobraría valor de Escuela? Porque con ese “saber hacer ahí” no se puede formar un colectivo, resaltando la inconsistencia de lo colectivo. Tal vez sea por esta razón que adquiere el valor de Escuela. El AE es la interpretación, decía Lacan, porque el AE le demuestra a la Escuela que no es un todo consistente, sino que tiene en su seno al menos un elemento heterogéneo.
El pase agujerea la Escuela. Lo hace de muchas maneras, pero hay dos que quiero destacar: por un lado, en cuanto a la selección de los analistas y, por otro, en cuanto a la inconsistencia de la Escuela, que ya he mencionado previamente.
Decía hace un rato que “para poner en acto una política de la enunciación hay que tener una teoría de la extimidad que pueda aplicarse al grupo analítico, para que el grupo analítico no se haga consistente”.
Les doy un ejemplo con una anécdota que a mí me enseñó mucho. En el año 2000, en Buenos Aires, se fundó la Escuela Una, que indudablemente fue una manera de descompletar a la AMP dos años después de la crisis de Barcelona. Luego de esa fundación, se eligió un órgano para acompañar esos primeros pasos que se llamó Comité de Acción, que aún hoy sigue existiendo con otros modos de selección y otros objetivos. Aquel primer Comité de Acción se eligió por votación entre todos los miembros autopropuestos de todas las Escuelas de la AMP presentes en la Asamblea. Inmediatamente terminado ese acto, Miller convocó a una reunión a quienes habíamos sido elegidos para ese Comité y a los AE que estaban en ejercicio: recuerdo que entre los AE estaban a P. Monribot, D. Laurent, M.-H. Roch, G. Dargenton, G. Belaga y no me acuerdo si había alguien más. Era una escena que reunía a personas seleccionadas con dos lógicas completamente distintas: por un lado, aquellos elegidos por una Asamblea, sujeta a todas las influencias e incidencias de una selección democrática. Por otro, por la selección del pase. Con todos presentes, Miller señaló a los que habíamos sido electos por la Asamblea y comentó algo así: “A ustedes se los puede reunir en un conjunto, pero eso no se puede hacer con los AE”. ¿Cómo se construye un conjunto con los trozos de real singular que cada uno había cernido en el pase? Eso no puede hacer un conjunto, aunque sí puede hacer una serie abierta. Y esa serie que constituye la realidad efectiva del pase en la Escuela cumple una función de extimidad en nuestra política, lo contrario que la lógica de la psicología de masas. Se puede decir que el pase tiene para la Escuela la incidencia de una interpretación. Es su función política.
La incidencia mayor del pase en la comunidad de la Escuela está en los análisis, es decir, en la experiencia, y en los analistas, es decir, en su práctica. La práctica que llamamos de orientación lacaniana, el psicoanálisis que practicamos, está atravesado por la práctica del pase, a pesar de las crisis que este pueda atravesar.
El cartel y el pase mantienen cierta vecindad que hay que cuidar si queremos preservar la incomodidad de lo heterogéneo en la Escuela, frente a las identificaciones que nos igualan y que inevitablemente nos amasan.
* Conferencia presentada en el Encuentro de Carteles de la Escuela Brasilera de Psicoanálisis-BA, el 12 de diciembre de 2020.
1. Miller, J.-A., El banquete de los analistas, Paidós, Buenos Aires, 2000.
2 . Ibíd., p. 142.
3 . Ibíd., p. 142.
4 . Ibíd.
5 . Miller, J.-A., “Seminario de investigación sobre el post-analítico”, El peso de los ideales, Colección Orientación Lacaniana - Paidós, Buenos Aires, 1999.
6 . Miller, J.-A., El banquete de los analistas, óp. cit.
7 . Mariana Calatroni. Inédito.
8 . Horne, B. V., “Há cartel sem crise?”, Os carteles novas leituras, EBP, Salvador de Bahía, 2021.
9 . Mandil, R., “Escola, cartel e passe”, Os carteles. Novas leituras, EBP, 2021.
10 . Guy Briole, intervención en la NEL 11/01/2021. Inédita.
11 . Miller, J.-A., El banquete de los analistas, óp. cit.
12 . Miller, J.-A., Política lacaniana, Colección Diva, Buenos Aires, 1999.
13 . Miller, J.-A., Donc, Paidós, Buenos Aires, 2011, p. 23.
Hola a todos. Agradezco esta nueva oportunidad de conversar sobre algunos temas en el marco de este Seminario de textos políticos, del que he tenido algunas noticias. Agradezco a Raquel Cors y a María Elena Lora, quienes me han hecho la invitación formal y amistosa, y a ustedes que están aquí, si se pudiera saber que significa aquíen este tiempo de Coom y pandemia. Sin embargo, la NEL siempre ha tenido un aquí tan flexible como extenso que la caracteriza en su variedad.
Me enviaron algunos textos con el propósito de orientarme, cosa que siempre me resulta fundamental “para afinar la puntería”, como solemos decir, y tener una sintonía con lo que se está trabajando hoy en la NEL.
El Boletín del mes de marzo comienza mencionando “el hecho del 2021”, y me refiero a ese trabajo arduo que ha dado una apertura a un nuevo comienzo para la NEL. En esa publicación no solo se da la bienvenida a cada uno a participar de ese recomienzo, sino que se transmite ya la idea de que hay un programa de trabajo. Entonces me pregunté cómo acompañar hoy ese impulso con ustedes, una vez que ya compartimos el año pasado una interesante conversación sobre el cartel.
Entiendo que a diferencia de aquel sesgo de trabajo que bien podría resumirse en aquella frase de nuestro amigo Ram Mandil: “La política es la forma de tratar lo real por lo colectivo”, al elegir este tema –“Una orientación, múltiples consentimientos”– ustedes abren en el Seminario de textos políticos otro sesgo. Leo este título, y por lo tanto lo modifico, lo interpreto, forcejeo con él para entenderlo o para extraerle algo que me sitúe. Con este título se pueden interrogar algunos aspectos políticos, no desde la perspectiva de la relación entre Escuela e Institución, sino desde la relación entre la Escuela y cada uno de sus miembros. Es decir, se centra en la relación que cada uno tiene con la Escuela en tanto algo de la vida de la Escuela ya lo determina, y eso aún antes de formar parte de ella formalmente.
En uno de los textos que me enviaron, Raquel y María Elena dicen: “Como no hay política sin clínica, damos el siguiente paso”. Entonces las sigo para retomar desde ese sesgo la cuestión de lo nuevo que allí se anuncia.
Jacques-Alain Miller dice: “[…] todo en un análisis está por obtenerse, como si nada por otra parte se hubiera establecido”. (15) Es una posición abierta a lo que vendrá, y si la tomamos de manera extrema, cuestiona al menos tres términos a los que está aferrado el psicoanálisis desde Freud y con Lacan, y el de cada uno de nosotros como practicante. Me explico: si hay que tomar todo como si nada estuviera establecido, como si todo estuviera por obtenerse… entonces hay que ser muy cuidadosos respecto de qué hacemos con la repetición, con la estructura y con la historia. ¿Las ignoramos? La repetición permite aislar la estructura. Y la historia ha sido, desde Freud, la clave para leer a ambas.
A esa determinación extrema del destino escrito en el inconsciente freudiano, viene a contrariarla ahora el azar, esa contingencia que fatigamos… En el análisis todo está por obtenerse… Y agrega: “Esa es, para mi, la orientación a lo singular”. Pero en esa indicación, no se trata de esa tentación por lo nuevo que desconoce el camino recorrido y las marcas que nos llevan hasta allí. Se trata más bien de reescribir a partir de allí.
¿Se puede aplicar esta fórmula a la vida de una Escuela? ¿Por qué no hacerse esa pregunta cuando se está en un recomienzo? La clave con la que me gustó pensar esto está en el nombre mismo de la NEL
