El deseo homosexual - Guy Hocquenghem - E-Book

El deseo homosexual E-Book

Guy Hocquenghem

0,0

Beschreibung

Traducción del francés de Geoffroy Huard de la Marre Prólogo de René Schérer Epílogo de Paul B. Preciado Nos hallamos ante un texto pionero de la teoría queer. Mediante una insólita relectura de El Anti-Edipo del Gilles Deleuze y Félix Guattari, Hocquenghem arremete contra los estereotipados modelos de deseo sexual occidental que se derivan de la obra «canónica» de Lacan y Freud, los santos apostólicos del culto psicoanalítico. El autor también trata la relación entre el capitalismo y la sexualidad, el laberinto de la estéril de la indefectible «culpa» de no ajustarse a la heteronormatividad, la plusvalía moral que genera la privatización del ano y, en definitiva, la dinámica de las máquinas deseantes y las represalias políticas sobre las identidades fronterizas con la soberanía heterosexual. El deseo homosexual (1972) fue la primera entrega de una trilogía que completó con L'Après-Mai des faunes (1974) y Le dérive homosexuelle (1977). Todas ellas -si bien poco conocidas fuera de Francia- textos seminales de la teoría queer. Terror anal de Paul B. Preciado constituye un diálogo radical con el relato de Hocquenghem. Supone revisitar, tras más de treinta años de lucha, las posiciones primigenias de los visionarios y reivindicar su furia, si cabe con más rabia. Éste el desafío anal: un golpe de Estado en toda regla larvado en las mismísimas entrañas de la heteronormatividad. Y, sin embargo, ésa es también su terrorífica promesa...

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 265

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



«Le Désir Homosexuel de Guy Hocquenghem»

World copyright © Librairie Arthème Fayard, 2000

©Del epílogo: Beatriz Preciado

©De la traducción: Geoffroy Huard de la Marre

© Editorial Melusina, s.l.

www.melusina.com

Diseño gráfico: Jordi Llobet

Ilustración de cubierta: O.R.G.I.A.

(Organización Reversible de Géneros Intermedios y Artísticos)

Primera edición, 2009

Reservados todos los derechos.

isbn: 978-84-18403-97-2

Contenido

Contenido

Prólogo. Un desafío al siglo

Introducción

1. La paranoia anti-homosexual

El anti-físico y la ley: la naturaleza y el código

El mito del progreso de las costumbres

La paranoia anti-homosexual se intensifica

Homosexualidad y criminalidad

Homosexualidad y enfermedad

La homosexualidad «latente» contra la homosexualidad «patente»

2. Avergonzados, pervertidos, locos

Polimorfismo perverso, bisexualidad, sexo no humano

El odio hacia la mujer

La edipización de la homosexualidad

La castración, el narcisismo

Edipo y el homosexual

El presidente homosexual

El ciclo infernal de la curación

Vergüenza y homosexualidad

3. Familia, capitalismo, ano

El falo significante y el ano sublimado

Homosexualidad y ano

Homosexualidad y pérdida de identidad

Sociedad de la competencia y reino del falo

Reproducción edípica y homosexualidad

La grupalización homosexual

4. «Elección objetal» y «comportamiento» homosexuales

La «elección objetal»

«Tercer sexo» y femenino-masculino

Masoquismo y homosexualidad

La máquina de ligue

5. El combate homosexual

La revolución del deseo

¿Por qué la homosexualidad?

La trampa perversa

Contra lo piramidal

Conclusión

Epílogo

Edipo y la castración anal

Bibliografía

PrólogoUn desafío al siglo

Este libro es histórico; hace época. Una época en lo que se denomina el reconocimiento social y político de la homosexualidad. Ha contribuido, quizá sin provocarlo de manera directa, a que la homosexualidad ya no sea contada como una patología sexual que debe ser curada. Sólo por ello, merece ser reeditado y leído.

1972 es el año en el que los homosexuales empiezan a darse a conocer, a manifestarse, a manifestarse como tales. El comienzo de una gran ola que barrerá, en la mayor parte de los países de cultura europea, la reprobación que pesaba sobre la homosexualidad, el silencio prudente y púdico del cual se rodeaba.

Este manifiesto inaugural, precursor, afirma y anticipa ideas que serán las del siglo, planteamientos de casi toda reflexión, evidencias: que la homosexualidad no es una enfermedad; que no forma una categoría sexual bien definida, sino que recubre un conjunto de conductas variables, intercambiables; que no hay un tipo «homosexual», y que las «singularidades» que lo caracterizan pueden encontrarse en cualquier otro individuo que no se declara homosexual; en todo caso, que la separación «activo» y «pasivo» se ha vuelto obsoleta y ridícula, como la distribución entre hombre y mujer, como la atribución de la pasividad a lo femenino y de la actividad al carácter varonil.

Todas estas combinatorias penosamente elaboradas, estos esfuerzos de etiología clínica, El deseo homosexual los hace inútiles, vanos ejercicios escolásticos, viejas lunas. Al cambiar de mirada, al poner el deseo polimorfo en el centro e intimar a la vez su tiempo para mirar de frente a los homosexuales y al escapar del silencio al que constriñe a los homosexuales su vergüenza, marca una época, habla para una generación a la cual no dejamos de pertenecer.

Libro, pues, que compete a la historia de una idea y de un movimiento. Y, en este sentido, un libro datado, inseparable de las circunstancias de su publicación, de esta emergencia de un movimiento francés, europeo, mundial. Pero también un clásico. Es decir, un texto que se separa de esta historia y nos llega, no sólo como testimonio de un pasado cumplido, sino como la formulación de cuestiones, de múltiples cuestiones, de un problema que no ha acabado de solicitarnos, de atormentarnos. Pues, si la homosexualidad es, de una cierta manera, vista como un modo admisible de vida, podemos decir que, nosotros, el siglo, nuestro siglo que se acaba, no hemos acabado con ella.

¿Por qué hablar de homosexualidad, dirán algunos, por qué irse a defender la existencia original de un deseo homosexual que no sería patológico y que podríamos reivindicar sin hacernos ridiculizar ni proscribir?

Ahora la homosexualidad tiene buena prensa. Se evoca por todas partes a cielo abierto. Hace buenas emisiones de radio y de televisión, supone un buen comercio. Incluso es políticamente correcto inclinarse ante ella. Los maderos la respetan, aunque sólo la tocan con la punta del dedo; y nunca, al menos directamente, la incriminan.

Todas estas luchas, estas defensas, este lenguaje que utiliza Guy Hocquenghem polemizando con el psicoanálisis, encomendándose a El anti-Edipo de Deleuze y Guattari, refiriéndose muy explícitamente a los movimientos de 1968 y de un partido comunista aún bajo la obediencia de Moscú, este uso del vocablo «revolución» que la sociedad contemporánea entiende, en su casi totalidad, con dificultad, ¿no está superado? ¿no es eso otra historia? Hoy en día, no es esto lo que importa. Lo que importa es, al parecer, por parte de los que no son homosexuales, jóvenes o no, mostrar la mayor indulgencia, o más bien la más perfecta indiferencia para con aquellos que lo son —«homosexual, muy bien, esto le atañe a él, no es mi problema sino el suyo»— y, por parte de aquellos que lo son, si se proclaman, se reivindican como tales, lo que importa es saber si se llamarán preferentemente gays o queers, si vivirán o no como pareja estable. De todas maneras, ya se sabe, ni siquiera es esto lo que se nos solicita sino los problemas mucho más concretos de la enfermedad, del empleo y de la vivienda. El sexo, el deseo parecen estar ya en el segundo plano de las preocupaciones de la generación que viene.

¿Entonces qué interés puede tener un libro sobre el deseo, encima sobre el deseo homosexual, y en una perspectiva polémica, militante? Si se admite que existe, ¿por qué deberían justificarse los que son animados por él? ¿Por qué los que no se ven afectados deberían preocuparse por él, puesto que ya está bien establecido que aceptan, para los otros, su existencia?

Para los otros, sí; y quizá esté ahí el punto de enganche, el punto central, el desfiladero por el cual hay que entrar en este deseo; entrar en este libro escrito hace más de treinta años, por un chico enfadado, apasionado y mordaz. Este otro justamente. Este otro entre «nosotros». No hablo de mí, su amigo, ¿me atrevería a decir su «amante» de entonces? sino de este otro que son todos los lectores potenciales. Puesto que este libro, este panfleto valiente y mordaz de un chico de veinticuatro años, no se dirigía a los homosexuales en particular, aunque tuviera la intención de despertarles, y a la vez, de fustigarles en lo que se refiere a su vergüenza, a su aceptación de todos los prejuicios de una sociedad que les dejaba fuera. Estos homosexuales avergonzados, que aceptaban todo lo que estaba hecho para interpretarles, explicarles desde la mirada de los otros. Estos otros, es decir, los dominantes, los mayoritarios, los «nosotros». Pues eran ellos quienes eran otros, constitucionalmente, de forma irremediable, excluidos del deseo.

Guy, radiante, mordaz, feroz, se adueña de esta alteridad constitutiva. La vuelve y se hace un arma con ella.

Y la primera frase es el ataque que marca la tónica: «Lo que causa el problema no es el deseo homosexual sino el miedo a la homosexualidad». Sois vosotros, los que tenéis miedo, los que están atrapados en una psicosis o los que son neuróticos, no soy yo, no somos nosotros. He aquí el problema. Lo demás, los largos análisis, las largas demostraciones extraídas del lenguaje de las luchas de entonces, de los adversarios de entonces, de las armas que se forjaban contra aquellos que querían rechazar la homosexualidad y este deseo tan fuerte —tan a menudo compartido pero universalmente condenado— de tener derecho de entrada en la sociedad, nos parece de poco peso; importa menos que ese tono, que ese estilo iracundo que da a una argumentación severa —necesariamente cargada de términos clínicos en la que, durante más de un siglo, se ha encerrado a la homosexualidad— el aspecto del entusiasmo.

Debo retomar el hilo: ¿es verdad que el contexto de entonces importa menos? Incluso sólo como advertencia, El deseo homosexual tiene el gran interés de poner bajo nuestros ojos los términos en los cuales la homosexualidad, en 1970, era tratada, en el sentido de una enfermedad o de una discapacidad, culpabilizada, prohibida de palabra. De volver a recordar la actitud de una psiquiatría responsable, como motivación secreta del legislador, de este estado de cosas; en especial la responsabilidad del psicoanálisis que no ha dejado de castigar, incluso entre nosotros. No me es posible entrar en los detalles que se leerán en el texto. Sin embargo, me gustaría, como preámbulo a toda lectura, precisar a propósito dos cosas: primero, que Guy tiene cuidado en diferenciar la obra y el pensamiento de un Freud aplicado en sacar el carácter finalmente «normal» de la perversión, universalmente compartido, de sus epígonos, del «psicoanalismo»; luego que, sin embargo, había que acabar con esta liberación del deseo que Freud descubrió, aunque esté aprisionada más que nunca bajo la ley familiar del «complejo de Edipo». De ahí la ambigüedad de Freud. La necesidad de una franca ruptura con todo sistema de interpretación. El deseo homosexual no necesita de una búsqueda de sus causas, como si fuera una desviación o un bloqueo. Es el deseo homosexual que no es, en su inmensidad, su polivalencia, inmovilizable sobre un único objeto. Que justamente el objeto no basta para definir el deseo. Por eso, y es evidente, no hay que leer este libro como un libro de sexología, ni tampoco como un libro que atañe específicamente a los homosexuales.

En este sentido, sí es perfectamente inactual, en tanto que está muy alejado de las preocupaciones contemporáneas, que siempre se quedan cortas, preocupadas por clasificaciones precisas, por divisiones que responden a una lógica binaria, de investigación o de interrogación que aborrece. La idea central, directiva, aquello por lo cual todo gravita alrededor, el «pivote», para emplear una palabra de Fourier, no es un deseo específico del homosexual; es el deseo por el cual la homosexualidad es menos la calificación de una elección particular que la puerta de salida hacia afuera de las limitaciones en las que se encierra por culpa de las coacciones, de los estrechos desfiladeros por los que debe de pasar desde la infancia.

Desde luego que es completamente inactual esta idea de pensar la homosexualidad a partir de la infancia, de replantearse, a favor de la homosexualidad, toda la razón de ser de la «civilización», de la educación. De comprenderla a partir de la evacuación, por el lenguaje y las instituciones políticas, de una sexualidad confinada, bajo sus formas más conservadoras, en el ámbito tradicional de la pareja heterosexual y de la familia.

A partir de la infancia... pero no se trata en absoluto —compréndase bien— de proponer una nueva génesis a la manera psicoana­lítica (un «estadio», una fijación provisional que debe ser abandonada en la edad adulta), sino de reconocer, desde la infancia y al niño, un deseo plenamente formado, legítimo y con derecho a su ejercicio. Y el libro denuncia —entre líneas, lo concedo, pero de manera contundente— a propósito del recubrimiento del deseo por el discurso político, este abuso que consiste en negar al niño, al menor, el uso del placer, en nombre precisamente de una minoría (de edad) que le esclaviza («¡y si nosotros queremos ser corrompidos!» hace decir Guy a sus menores «protegidos»). ¡Sí! El deseo homosexual es, ante todo, cuestión de infancia.

Inactuales estas ideas, pero en el sentido que Nietzsche hizo famoso, el de Consideraciones inactuales o intempestivas, tan poco acordes con nuestra mentalidad presente como molestas.

Esta actualidad asegura una validez de los análisis de Guy Hocquenghem mucho más allá de las circunstancias de su escritura. Pues nos despiertan del sueño provocado por tantas certezas beatas en torno a una democracia por fin alcanzada y a una tolerancia generalizada.

El deseo homosexual les ataca y corroe sobre varios puntos de los cuales —para guiar la lectura— retengo tres esenciales.

Hay tanta «naturalidad» en el deseo homosexual como en el heterosexual; lo que es, hoy en día, casi siempre admitido. Pero sobre todo —lo que ahí obstaculiza nuestra manía clasificatoria— el deseo se burla de las identidades sexuales porque no le importan. Es la educación, familiar, edípica, la que repliega al individuo en la búsqueda de una identidad, escindiendo y castrando el deseo.

Paradójicamente, es el psicoanálisis, que reserva el único deseo normal a la heterosexualidad, fundadora del orden humano, de la naturalidad de la pareja, de la familia, el que otorga a la homosexualidad la gran función de socialización. Es ella la que forma el grupo, lo social. ¡Pero cuidado! La homosexualidad no sexualmente efectiva, sino «sublimada». Guy Hocquenghem se apropia de este reconocimiento, de esta confesión importante, fundamental. Le toma la palabra pero plantea la cuestión: ¿por qué sublimado, desexualizado? ¿No habría en la homosexualidad activa, por el contrario, la vía de una socialidad, de una generosidad hacia el otro que la heterosexualidad exclusiva asigna a la pareja recogida, de manera egoísta, en sí misma? El sofisma psicoanalítico consiste en transformar en exigencia absoluta, incondicional, una represión de la parte sexual del deseo para que haya socialización. Sólo garantiza la supremacía masculina, la del hombre-objeto, sobre la mujer-objeto. Esta ley no es otra que la del falocentrismo; la pirula que hace gravitar toda la sociedad humana y su sentido en torno al falo (este «significante mayor» que la interpretación estructuralista de Jacques Lacan acababa de inventar y que pesca con elocuencia El anti-Edipo).

El tercer punto, complementario, es que la homosexualidad tiene valor precisamente por no reconducir o reproducir los papeles que la sociedad heterosexual ha inventado porque sólo existen para ella. Hace falta una descentración de lo sexual, fuera del Falo, hace falta otra mirada, otra socialización que no sea por la proliferación de las parejas y de las familias. De ahí esta apología o exaltación del ano que podrá sorprender o divertir a algunos, pero que designa, más allá de cierta provocación inevitable, una sociedad no autoritaria, no jerárquica, que rechaza toda transformación del «otro» en objeto, precisamente porque hacia él conduce un deseo pleno —no mutilado, plenamente corporal y sexual— de ser poseído por él, en vez de poseerlo.

Todo esto está dicho, quizás no en estos términos, pero bien legible, dando sentido con esta referencia a un Genet que no disocia sus elecciones políticas y sus amores, a Fourier con su Nuevo mundo amoroso implicando un nuevo orden social.

Pensaba también en El deseo homosexual al recorrer últimamente páginas escritas por Pasolini, casi en la misma época, en las que este último se entregaba, en Petróleo, a una extraordinaria digresión sobre la infinitud del «ser poseído» en relación con la finitud agresiva de la simple «posesión». Tanto la posesión del cuerpo como la de su mente. Así, la intempestividad de este libro, en sus brillantes y a veces hiperbólicas variaciones, provoca, induce a una suerte de posesión espiritual.

Se entiende de sobra que su lógica tiene poco o nada que ver con la madeja en la que se enreda la reflexión contemporánea de y so­bre la homosexualidad, con su humanismo rampante, atrancado entre el personalismo y lo jurídico de un «sexualmente correcto». Tacha esto de un golpe; y, sin descuidar la cuestión de los derechos, puesto que se trata de una lucha iniciada y muy real, confiere a la realidad por conquistar una dimensión completamente diferente: la de una sociedad de un nuevo tipo, que no descansa sobre la exclusión con sus falsos problemas de sujeto y objeto, su celosa protección de los cuerpos, de una esfera privada que —lejos de ser espacio de libertad— es aquélla en donde se deciden todas las formas de prohibiciones, sino sobre la inclusión, la acogida, incluso yo diría, sin falsear las intenciones de Guy ni hacer hablar a los muertos, sobre una hospitalidad universal y absoluta.

Necesitamos urgentemente esta inactualidad. Hoy en día, formulado por Guy, El deseo homosexual, con sus prolongaciones en la puesta en duda de la esfera política y del orden de la civilización, resplandece bajo un nuevo día. Entra en resonancia con todo lo que, entre nosotros, plantea problemas. No sólo la homosexualidad que quizá haya dejado, en efecto, de una cierta manera, y como problema sexual, de «dar problemas», sino con todo lo que en torno a ella, en su orbe, repugna al orden político, social, económico, ecológico, sexual, de la globalización: esta famosa «civilización» que Fourier calificaba, Guy lo recuerda, de «orden subversivo», lejos de ser la solución más adaptada al desarrollo humano, a la satisfacción de las necesidades y de los deseos.

La memoria que despierta y aguijonea esta lectura no es una nostalgia del pasado; tampoco debe ser una simple curiosidad atraída por la historia del movimiento homosexual. Aunque sea apasionante ir a buscar a las fuentes de un movimiento su inspiración primeriza, todavía no enfriada o institucionalizada. Igual que tenemos siempre interés y alegría por reabrir a Freud, por ir a la fresca fuente de una inspiración cuánto más diversificada y generosa que la de sus seguidores. Como este texto que, polemizando con el fundador de un psicoanálisis que se ha vuelto sirviente del poder, participa de un esclarecimiento de la fuente, que permite comprender mejor la necesidad absoluta de una ruptura con todo lo que recuerda a Freud y a los suyos.

El primer impulso, está claro, fue dado a El deseo homosexual por el deslumbrante, revolucionario parricidio de Gilles Deleuze y de Félix Guattari en El anti-Edipo, sustituyendo al aprisionador núcleo familiar, las «máquinas deseantes» lanzadas al aire libre. Este soplo de aire puro anima a Guy, le exalta; y se aferra a estas máquinas a continuación de sus inventores. Pero no es un simple epígono. Su escrito está lejos de ser la aplicación de una teoría, por muy presente o insistente que sea. La tiene en cuenta con toda su juventud y su fe. La completa también dándole una fuerza desconocida por los propios autores, porque es su cuerpo, su vida los que están en juego.

Por cierto, un año después Gilles, escribiendo un prefacio para Guy, esta suerte de post-scriptum a El deseo homosexual que es L’après-mai des faunes, rendirá homenaje a este joven discípulo que ha abierto un nuevo camino a su reflexión.1

Libro histórico, escribía al empezar. Quiero precisar, decir ahora que, por su mediación, se ha abierto un diálogo entre la historia y nosotros. Obliga a la historia a salir de su reserva, a justificarse porque, por muy reciente que sea, pueda parecer ya tan lejana, por­que, siempre empujados hacia delante por las exigencias de los modos y el prejuicio de la actualidad, nos olvidemos de los orígenes y ya no sepamos plantear los verdaderos problemas.

Nos quedamos en el acontecimiento de una lucha todavía en curso. Una lucha en la que El deseo homosexual fue el gesto fundador, el primer impulso. Un gesto, para concluir con una expresión estimada por Péguy, justamente, hermoso como el desafío al siglo de su «alma carnal».2

René Schérer

1. Guy Hocquenghem, L’après-mai des faunes, prefacio de Gilles Deleuze, París, Grasset, 1974.

2. Charles Péguy, Verónica: diálogo de la historia y el alma carnal, Granada, Editorial Nuevo Inicio, 2008.

A Gérard Grandmontagne, suicidado

el 25 de septiembre de 1972 en la cárcel de Fresnes.

Introducción

Lo que causa el problema no es el deseo homosexual sino el miedo a la homosexualidad; hay que explicar por qué la misma palabra desencadena las huidas y los odios. Nos preguntaremos entonces por la manera en que el mundo heterosexual habla y fantasea sobre la «homosexualidad». La gran mayoría de los «homosexuales» no tiene ni siquiera existencia consciente. Desde la infancia, el deseo homosexual es eliminado socialmente por una serie de mecanismos familiares y educativos. La capacidad de olvido que ocultan los mecanismos sociales respecto de la pulsión homosexual basta para hacer responder a cada cual: ese problema no existe para mí.

Partiremos aquí de lo que es conveniente llamar la «homosexualidad masculina». Esto no significa que la diferencia de los sexos sea evidente, pues será finalmente puesta en tela de juicio, sino que la organización del deseo que experimentamos está basada en la dominación masculina, y es primero la construcción imaginaria edípica de la homosexualidad masculina la que se designa bajo el término «homosexualidad». Sería vano tratar una vez más de la homosexualidad femenina en los términos en los que la ideología masculina lo hace habitualmente.

Hay pulsiones del deseo que todos hemos experimentado y que, sin embargo, nunca abordamos en nuestro vivir cotidiano. Por eso no se puede aceptar tomar en consideración lo que creemos de nuestro propio deseo. Un fantástico mecanismo social borra permanentemente las huellas —que no cesan de renovarse— que dejan nuestros deseos ocultos. Sólo basta con pensar en lo que adviene de una experiencia tan universalmente difundida como la masturbación para comprender el poder de este mecanismo: todo el mundo se ha masturbado y, sin embargo, nadie habla de ello nunca, ni siquiera con sus relaciones más íntimas.

Deseo homosexual: estos términos no son evidentes de por sí. No hay subdivisión del deseo entre homosexualidad y heterosexualidad. No hay tampoco ni deseo homosexual ni deseo heterosexual en sentido propio. El deseo emerge bajo una forma múltiple, cuyos componentes sólo son separables a posteriori, en función de las manipulaciones a las que le sometemos. El deseo homosexual, al igual que el deseo heterosexual, es un recorte arbitrario en un flujo ininterrumpido y polívoco. En su forma actual, la caracterización homosexual del deseo de manera exclusiva es una engañifa del imaginario. Pero como en la homosexualidad el juego de imágenes aparece con la mayor evidencia, podemos comenzar un trabajo de deconstrucción de estas imágenes a partir de su punto más sensible. Si hay en la imagen homosexual un complejo nudo de deseo y de temor, si la evocación del fantasma homosexual es más obscena que cualquier otra y al mismo tiempo excitante, si uno no puede aparecer en un sitio como homosexual sin que las familias se alteren y mantengan a sus niños al margen, sin que una relación de horror y de deseo se instaure, es que hay para nosotros, occidentales del siglo xx, una íntima relación entre el deseo y la homosexualidad. La homosexualidad manifiesta algo del deseo que no aparece en otro sitio, y ese algo no es simplemente el acto sexual realizado con una persona del mismo sexo.

La homosexualidad atormenta al «mundo normal»; ni siquiera un Adler pudo evitar constatarlo: «Como un fantasma, como un espantajo se plantea en la sociedad el problema de la homosexualidad. A pesar de todas las condenas, el número de pervertidos parece aumentar... Las penas más severas, la actitud más conciliadora, el juicio más clemente quedan sin influencia sobre la evolución de esta anomalía».3 Así empieza el libro titulado: El problema de la homosexualidad. En su lucha continua en contra de la homosexualidad, la sociedad constata sin cesar que su condena parece reproducir la misma plaga que pretende eliminar.

Y con razón: la sociedad capitalista fabrica lo homosexual como produce lo proletario, suscitando a cada momento su propio límite. La homosexualidad es una fabricación del mundo normal. Por supuesto, no se entiende esta frase en el sentido en que cierto liberalismo afirma, para descargar al homosexual de su culpa, que quien es culpable es la propia sociedad: posición pseudoprogresista todavía más despiadada para los homosexuales que la represión abierta. Nadie eliminará jamás la polivocidad del deseo. Pero lo que es fabricado es esta categoría psico-policíaca, la homosexualidad; este recorte abstracto del deseo que permite regentar incluso a los que se le escapan; esta introducción en la ley de lo que está fuera de la ley. La categoría en cuestión, e incluso la palabra misma, son una invención relativamente reciente. El imperialismo creciente de una sociedad que quiere dar un estatuto social a todo lo inclasificable ha creado esta particularización del desequilibrio: hasta finales del siglo xviii, a los que rechazan a Dios, a los que no saben hablar o a los que practican la sodomía se les encarcela en las mismas prisiones. Al igual que la aparición de la psiquiatría y del ma­nicomio manifiesta la capacidad de una sociedad para inventar medios específicos para clasificar lo inclasificable,4 el pensamiento moderno irá creando una nueva enfermedad, la homosexualidad. Según Havelock Ellis,5 la palabra homosexual fue inventada en 1869 por un médico alemán. El pensamiento pseudocientífico de la psiquiatría, que recortó para reinar mejor, ha transformado la intolerancia salvaje en intolerancia civilizada.

Así caracterizó al marginal, pero al caracterizarlo lo ha colocado en el centro. La prodigiosa aventura de Kinsey es rica en enseñanzas: no ha hecho más que continuar el esfuerzo de encierro de la psiquiatría moderna dándole bases materiales, sociológicas y estadísticas: en un mundo que vive de cifras, demuestra que se puede encerrar a los homosexuales en un cuatro o cinco por ciento. Y no son esos cuantos millones quienes desataron la tempestad que acompañó a la publicación del informe Kinsey, sino este descubrimiento que la ingenuidad científica no podía esconder: «Puesto que en la vida adulta sólo el 50 % de la población es exclusivamente heterosexual y, puesto que sólo el 4 % es exclusivamente homosexual, aparece que casi la mitad (46 %) de la población practica actividades heterosexuales y homosexuales a la vez, o reacciona psíquicamente respecto a personas de los dos sexos». Ya no se trata del «mariquita» que todo el mundo conoce, sino de una persona de cada dos: su vecino, o su hijo, ¿por qué no? Y el ingenuo Kinsey escribe: «El mundo no está dividido en ovejas y cabríos. No todo es negro. No todo es blanco. Rara vez la naturaleza, según un principio fundamental, tiene relación con categorías distintas. Sólo la mente humana inventa categorías y se esfuerza por colocar los hechos en casillas separadas. El mundo viviente es un continuum en todos sus aspectos. Por querer siempre discernir, caemos en lo indiscernible. ¿Por eso era tan necesario multiplicar cuestionarios y encuestas para constatar que todo el mundo es más o menos homosexual? Es verdad que se irán restableciendo los derechos de la normalidad cuantitativa con la célebre escala Kinsey, que irán numerando, según el grado de práctica homosexual, a los individuos, limitando el porcentaje al nivel de la cantidad de pulsión homosexual presente en cada individuo.

Así, el margen delimita la sexualidad normal y la corroe con un incesante movimiento. Todo el esfuerzo para aislar, explicar, reducir al pederasta apestado acaba colocándolo en el centro de los sueños despiertos. Daremos la razón a Sartre, sean cuales sean las críticas que conlleva su retrato psicológico de Genet. ¿Por qué la sociedad daría la palabra a los psiquiatras y nunca a los homosexuales, salvo con la triste letanía de los «casos» clínicos? «Lo que nos importa es que no nos hagan oír la voz del mismo culpable, esa voz carnal y turbadora que seduce a los jóvenes, esa voz jadeante que susurra durante el placer, esa voz canalla que cuenta una noche de amor. Es preciso que el pederasta permanezca como un objeto, flor, insecto, habitante de la antigua Sodoma o del lejano Urano, autómata que brinca en las candilejas, todo lo que queramos, pero no mi prójimo, no mi imagen, no yo mismo. Así pues es necesario elegir: si cada hombre es todo hombre, es necesario que ese descarriado no sea más que una piedra o que sea yo».6 De la diferencia nace la seguridad, pero de la propia palabra «pederasta» nace una extraña seducción: pederasca como la tarasca medieval, pederastra como Zoroastra. Estos lapsus populares, extraídos en cartas enviadas a los periódicos, son suficiente testimonio de lo que sucede cuando se pronuncia esta palabra. Notemos de paso la excepcional riqueza del vocabulario para designar al homosexual masculino: mariquita, mariconazo, maricón (indiferentemente para el masculino y el femenino), etcétera. Todo sucede como si el lenguaje se agotara en delimitar y en nombrar lo innombrable.

Y si vamos repitiendo que no hay ninguna diferencia entre los homosexuales y los heterosexuales, que tanto unos como otros se dividen en ricos y pobres, en machos y hembras, en buenos y malos, es precisamente porque hay una distancia, real, para acercar la homosexualidad a la vida normal, un esfuerzo continuamente frustrado, un abismo infranqueable que se abre a cada instante. La homosexualidad, a la vez no existe y existe: es su mismo modo de existencia el que pone en tela de juicio la certeza de la existencia.

3. A. Adler, Das Problem der Homosexualität, Leipzig, Hirzel, 1930.

4. Véase Michel Foucault, Historia de la locura en la época clásica, Madrid, Fondo de Cultura de España, 2000.

5. Véase Sexual Inversion, Filadelfia, Davis Company, 1923.

6. Jean-Paul Sartre, San Genet comediante y mártir, Buenos Aires, Losada, 2003.

1. La paranoia anti-homosexual

La constitución de la homosexualidad como categoría separada va a la par con su represión. De ahí que no nos extrañemos al descubrir que la represión anti-homosexual es en sí una expresión desviada del deseo homosexual. La actitud de lo que se ha convenido en llamar «la sociedad» es, desde este punto de vista, paranoica: sufre de un delirio de interpretación que le lleva a captar en todas partes indicios de una conspiración homosexual contra su buen funcionamiento. Martin Hoffman, sociólogo honesto y sin imaginación, ha reconocido en El universo homosexual la existencia de semejante paranoia. Una película como Escenas de caza en la Baja Baviera da buena cuenta de lo que puede producir el delirio interpretativo paranoico de un pueblo bávaro con respecto a aquél sobre el cual se concentra la libido homosexual de todos los habitantes: la caza con la que finaliza la película expulsa al representante del deseo fuera de todo lazo con la comunidad. La aparición de un homosexual reconocible o confeso conduce inmediatamente a los que le rodean a un terror pavoroso e infundado de ser violados. El intercambio entre un «maricón» y un individuo que se considera como normal nace de la tensión que suscita enseguida la interrogación de lo «normal»: ¿me desea? Como si el homosexual no eligiese nunca su objeto, como si todo individuo del sexo masculino fuera lo suficiente bueno para él. Hay sexualización espontánea de toda relación con un homosexual.

En general, la psiquiatría admite una estrecha relación entre homosexualidad y paranoia. Pero la mayoría de las veces le da la forma siguiente: el homosexual sufre a menudo de una paranoia de persecución. «Se siente amenazado.» Es una de las principales características clínicas del homosexual. La homosexualidad depende de los médicos, la palabra del homosexual sólo tiene interés y valor cuando se transmite en la pantalla psiquiátrica. Pues una inversión de perspectiva atribuye al individuo el discurso paranoico nacido dela situación. En otros términos, ¿se siente el homosexual amenazado o lo está? El discurso de la sociedad sobre la homosexualidad, interiorizado por el homosexual, es el fruto de la paranoia por la cual un modo dominante de sexualidad, la heterosexualidad familiar reproductora, expresa su angustia frente a las formas siempre renacientes de los modos sexuales eliminados. El discurso de los médicos, el de los jueces, el de los periodistas, el de los educadores, traduce el esfuerzo permanente por reprimir la libido homosexual.