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La fascinación que desde su aparición en 1940 ha despertado "El desierto de los tártaros", la más célebre novela de Dino Buzzati (1906-1972), proviene tanto del paisaje formal de la fábula que narra, como de la significación que oculta. La historia del oficial Giovanni Drogo, destinado a una fortaleza fronteriza sobre la que pende una amenaza aplazada e inconcreta, pero obsesivamente presente, se halla cargada de resonancias que la conectan con algunos de los más hondos problemas de la existencia, como la seguridad como valor contrapuesto a la libertad, la progresiva resignación ante el estrechamiento de las posibilidades vitales de realización, o la frustración de las expectativas de hechos excepcionales que cambien el sentido de la existencia. Otras obras de Buzzati en esta colección: "Los siete mensajeros y otros relatos". Traducción de Esther Benítez
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Seitenzahl: 303
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Dino Buzzati
El desiertode los Tártaros
Traducción de Esther Benítez
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Veintidós
Veintitrés
Veinticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Créditos
Nombrado oficial, Giovanni Drogo partió una mañana de septiembre de la ciudad para dirigirse a la Fortaleza Bastiani, su primer destino.
Mandó que le despertaran cuando todavía era de noche y vistió por primera vez el uniforme de teniente. Cuando acabó, se miró en el espejo a la luz de una lámpara de petróleo, aunque sin encontrar la alegría que había esperado. En la casa había un gran silencio, se oían sólo pequeños ruidos en una habitación vecina: su madre estaba levantándose para despedirlo.
Era el día esperado desde hacía años, el principio de su verdadera vida. Pensaba en los días sórdidos de la Academia Militar, recordó las amargas tardes de estudio cuando oía pasar fuera, por las calles, la gente libre y presumiblemente feliz, los despertares invernales en los dormitorios helados, donde se estancaba la pesadilla de los castigos. Se acordó de la angustia de contar uno por uno los días, que parecían interminables.
Ahora era por fin oficial, ya no tenía que consumirse sobre los libros ni temblar con la voz del sargento, y, sin embargo, todo eso había pasado. Todos aquellos días, que le habían parecido odiosos, se habían consumido para siempre, formando meses y años que nunca se repetirían. Sí, ahora era un oficial, tendría dinero, las mujeres hermosas quizá lo mirarían, pero en el fondo –se dio cuenta Giovanni Drogo– el tiempo mejor, la primera juventud, probablemente había acabado. Así, Drogo miraba fijamente el espejo, veía una cansada sonrisa en su rostro, al que en vano había tratado de amar.
¡Qué contrasentido! ¿Por qué no lograba sonreír con la obligada despreocupación mientras se despedía de su madre? ¿Por qué ni siquiera se fijaba en sus últimas recomendaciones y llegaba solamente a percibir el sonido de aquella voz, tan familiar y humana? ¿Por qué daba vueltas por el dormitorio con inútil nerviosismo, sin conseguir encontrar el reloj, la fusta, la gorra, que se encontraban, sin embargo, en su sitio? ¡Desde luego no partía a la guerra! Decenas de tenientes como él, sus ex camaradas, dejaban a esa misma hora la casa paterna entre alegres carcajadas, como si fueran a una fiesta. ¿Por qué no le salían de la boca, con destino a su madre, sino frases genéricas vacías de sentido, en lugar de cariñosas y tranquilizadoras palabras? La amargura de dejar por primera vez la vieja casa, donde había nacido a las esperanzas, los temores que entraña todo cambio, la emoción de despedirse de su madre, llenaban su ánimo, sí, pero sobre todo eso pesaba una insistente idea, que no conseguía identificar, como un vago presentimiento de cosas fatales, como si estuviera a punto de iniciar un viaje sin retorno.
Su amigo Francesco Vescovi lo acompañó a caballo durante el primer trecho de camino. Los cascos de los animales resonaban en las calles desiertas. Alboreaba, la ciudad aún estaba inmersa en el sueño; aquí y allá, en los últimos pisos, se abrían algunas persianas, aparecían caras cansadas, apáticos ojos miraban un momento el maravilloso nacimiento del sol.
Los dos amigos no hablaban. Drogo pensaba en cómo sería la fortaleza Bastiani, pero no conseguía imaginarla. Ni siquiera sabía con exactitud dónde se encontraba, ni cuánto camino tendría que recorrer. Alguien le había hablado de una jornada a caballo, otros de menos; nadie había estado allí, en realidad, de a quienes había preguntado.
A las puertas de la ciudad Vescovi empezó a hablar vivazmente de cosas normales, como si Drogo fuera de paseo. Después, en cierto momento:
–¿Ves aquel monte herboso? Sí, ese mismo. ¿Ves una construcción en la cima? –decía–. Es ya una parte de la Fortaleza, un reducto avanzado. Pasé por allí hace dos años, lo recuerdo, con mi tío, yendo de caza.
Habían salido ya de la ciudad. Comenzaban los campos de maíz, los prados, los rojos bosques otoñales. Por la carretera blanca, azotada por el sol, avanzaban uno al lado del otro. Giovanni y Francesco eran amigos, habían vivido juntos muchos años, con las mismas pasiones, las mismas amistades; siempre se habían visto día tras día, después Vescovi se había enriquecido; Drogo, en cambio, se había hecho militar y ahora notaba cuán lejos estaba del otro. Toda aquella vida fácil y elegante ya no le pertenecía, le esperaban cosas graves y desconocidas. Su caballo y el de Francesco –le parecía– tenían ya una andadura distinta, un trote, el suyo, menos ligero y vivo, como un fondo de ansia y fatiga, como si también el animal notase que la vida estaba a punto de cambiar.
Habían llegado a lo alto de una cuesta. Drogo se volvió a mirar la ciudad a contraluz; de los tejados se alzaban humos matutinos. Vio de lejos su casa. Identificó las ventanas de su cuarto. Probablemente las hojas estaban abiertas, las mujeres estaban ordenando. Habrían deshecho la cama, encerrado en un armario los objetos, y después atrancado las contraventanas. Durante meses y meses nadie entraría allí, salvo el paciente polvo y, en los días de sol, tenues franjas de luz. El pequeño mundo de su niñez quedaba encerrado en la oscuridad. Su madre lo conservaba así para que él, al regresar, volviera a encontrarse de nuevo, para que pudiera allí dentro seguir siendo un muchacho, incluso tras larga ausencia. Oh, desde luego, ella se hacía la ilusión de poder conservar intacta una felicidad desaparecida para siempre, de contener la huida del tiempo, de que al abrir de nuevo puertas y ventanas al regreso del hijo las cosas volverían a ser como antes.
Su amigo Vescovi se despidió cariñosamente de él y Drogo continuó solo por la carretera, acercándose a las montañas. El sol caía a plomo cuando llegó a la entrada del valle que conducía a la Fortaleza. A la derecha, en lo alto de un monte, se veía el reducto que Vescovi le había señalado. No parecía que quedase aún mucho camino.
Ansioso por llegar, Drogo, sin pararse a comer, espoleó su caballo, ya cansado por el camino, que se volvía empinado y encajonado entre escarpadas laderas. Los encuentros eran cada vez más raros. Giovanni le preguntó a un carretero cuánto tiempo faltaba para llegar a la Fortaleza.
–¿La fortaleza? –respondió el hombre–. ¿Qué fortaleza?
–La Fortaleza Bastiani –dijo Drogo.
–Por aquí no hay fortalezas –dijo el carretero–. Nunca he oído hablar de ellas.
Evidentemente estaba mal informado. Drogo reanudó su camino y advirtió una sutil inquietud a medida que avanzaba la tarde. Escrutaba los altísimos bordes del valle para descubrir la Fortaleza. Se imaginaba una especie de viejo castillo con vertiginosas murallas. Con el paso de las horas, se convencía cada vez más de que Francesco le había dado una información errada; el reducto indicado por él ya debía haber quedado muy atrás. Y se acercaba la noche.
Miradlos, a Giovanni Drogo y su caballo, qué pequeños sobre el flanco de unas montañas que cada vez resultan más grandes y salvajes. Él sigue subiendo para llegar a la Fortaleza de día, pero más ligeras que él, desde el fondo, donde retumba el torrente, más ligeras que él suben las sombras. En cierto momento se encuentran justamente a la altura de Drogo en la vertiente opuesta de la garganta, parecen disminuir su carrera por un instante, como para no desalentarlo, después se deslizan hacia arriba por riscos y peñascos, y el jinete se ha quedado debajo.
Todo el valle estaba ya lleno de tinieblas violeta, sólo las desnudas crestas herbosas, a increíble altura, estaban iluminadas por el sol, cuando Drogo se encontró repentinamente ante una construcción militar que parecía antigua y desierta, negra y gigantesca contra el purísimo cielo de la tarde. Giovanni sintió latir su corazón, ya que ésa debía de ser la Fortaleza, aunque todo, desde los muros al paisaje, exhalaba un aire inhóspito y siniestro.
Dio vueltas a su alrededor sin encontrar la entrada. Aunque ya estaba oscuro, no había ninguna ventana encendida, ni se divisaban luces de centinelas en el borde de los murallones. Sólo había un murciélago, que oscilaba contra una nube blanca. Al final Drogo probó a llamar:
–¡Eh! –gritó–. ¿No hay nadie?
De la sombra acumulada al pie de las murallas surgió entonces un hombre, una especie de vagabundo y de pobre, de barba gris y con un pequeño saco en la mano. Pero en la penumbra no se distinguía bien, sólo el blanco de sus ojos lanzaba reflejos. Drogo lo miró con agradecimiento.
–¿Qué buscas, señor?
–Busco la Fortaleza. ¿Es ésta?
–Aquí ya no hay fortaleza –dijo el desconocido con voz bonachona–. Está todo cerrado, hará unos diez años que no hay nadie.
–¿Y dónde está la Fortaleza, entonces? –preguntó Drogo, de repente irritado con aquel hombre.
–¿Qué fortaleza? ¿Aquélla, quizá? –y hablando así el desconocido extendía un brazo, como señalando algo.
Por una hendidura de las rocas próximas, ya recubiertas por la oscuridad, detrás de una caótica escalinata de crestas, a distancia incalculable, inmerso aún en el rojo sol del ocaso, como salido de un encantamiento, Giovanni Drogo vio entonces un desnudo cerro y en la cima una tira regular y geométrica, de un especial color amarillento: el perfil de la Fortaleza.
¡Oh, cuán lejana aún! Quién sabe cuántas horas de camino, y su caballo estaba ya agotado. Drogo la miraba fascinado, se preguntaba qué podría haber de deseable en aquella solitaria bicoca, casi inaccesible, tan separada del mundo. ¿Qué secretos escondía? Pero eran los últimos instantes. Ya el último sol se apartaba lentamente del remoto cerro y por los amarillos bastiones irrumpían las lívidas ráfagas de la noche que caía.
La oscuridad lo alcanzó aún de camino. El valle se había estrechado y la Fortaleza había desaparecido detrás de las montañas vecinas. No había luces, ni siquiera gritos de aves nocturnas, sólo de vez en cuando llegaba un sonido de aguas lejanas.
Probó a llamar, pero los ecos le devolvieron su voz con un timbre hostil. Ató el caballo a un tocón de árbol al borde del camino, donde habría podido encontrar hierba. Se sentó allí; con la espalda apoyada en el talud esperó que llegase el sueño, y mientras tanto pensaba en el camino que le quedaba, en la gente que encontraría en la Fortaleza, en la vida futura, sin reconocer ningún motivo de gozo. El caballo golpeaba a intervalos con los cascos sobre el terreno de un modo antipático y extraño.
De madrugada, al reanudar el camino, advirtió que en la vertiente opuesta del valle, a la misma altura, había otra carretera, y poco después distinguió algo que se movía por ella. El sol aún no había llegado hasta allá abajo y las sombras se adensaban en las curvas, impidiendo ver bien. Sin embargo, apresurando el paso, Drogo consiguió ponerse a la misma altura y comprobó que era un hombre: un oficial a caballo.
Un hombre como él, por fin; una criatura amiga con quien podría reír y bromear, hablar de la próxima vida en común, de caza, de mujeres, de la ciudad. De la ciudad que ahora le parecía a Drogo relegada a un mundo lejanísimo.
Al estrecharse mientras tanto el valle, los dos caminos se acercaban, y Giovanni Drogo vio que el otro era un capitán. Al principio no se atrevió a gritar, habría parecido inútil y poco respetuoso. Saludó, en cambio, varias veces, llevándose la diestra a la gorra, pero el otro no respondía. Evidentemente, no se había fijado en Drogo.
–¡Mi capitán! –gritó por fin Drogo, dominado por la impaciencia. Y saludó de nuevo.
–¿Qué pasa? –respondió una voz desde el otro lado.
El capitán, parándose, había saludado con corrección y ahora le preguntaba a Drogo la razón de aquel grito. No había en su pregunta ninguna severidad, pero se notaba que el oficial estaba sorprendido.
–¿Qué pasa? –resonó de nuevo la voz del capitán, esta vez levemente irritada.
Giovanni se detuvo, hizo bocina con las manos y respondió con todo resuello:
–¡Nada! ¡Deseaba saludarlo!
Era una explicación estúpida, casi ofensiva, porque podía hacer pensar en una broma. Drogo se arrepintió de ella inmediatamente. ¿En qué ridículo lío había ido a meterse, y todo porque era incapaz de bastarse a sí mismo?
–¿Quién es? –gritó de rebote el capitán.
Era la pregunta temida por Drogo. Aquella extraña conversación, de un lado a otro del valle, iba asumiendo así el tono de un interrogatorio jerárquico. Desagradable comienzo, puesto que era probable, si no seguro, que el capitán fuese alguien de la Fortaleza. En cualquier caso, era preciso responder.
–¡Teniente Drogo! –gritó Giovanni para presentarse.
El capitán no lo conocía, con toda probabilidad no podía entender el nombre a aquella distancia, pero pareció calmarse, ya que reanudó su camino haciendo un gesto de inteligencia, como diciendo que dentro de poco se encontrarían. Y, en efecto, media hora después, en un estrechamiento de la garganta, apareció un puente. Los dos caminos se unían en uno.
En el puente se encontraron los dos. Sin bajar del caballo, el capitán se acercó a Drogo y le tendió la mano. Era un hombre de unos cuarenta años o quizá más, de rostro seco y señorial. Su uniforme era de corte tosco, pero perfectamente en regla.
–Capitán Ortiz –se presentó.
Estrechándole la mano, a Drogo le pareció entrar por fin en el mundo de la Fortaleza. Aquél era el primer lazo, y después vendrían otros innumerables de todo género, que lo encerrarían en ella.
El capitán reanudó sin más el camino; Drogo lo siguió, a su lado, algo detrás por respeto jerárquico, y esperaba alguna desagradable alusión al embarazoso coloquio de poco antes. Pero el capitán callaba, quizá no tenía ganas de hablar, quizá era un tímido y no sabía por dónde empezar. Como el camino era empinado y calentaba el sol, los dos caballos avanzaban despacio.
Por fin el capitán Ortiz dijo:
–No he entendido su nombre hace poco, a esa distancia. ¿Droso, creo?
Giovanni respondió:
–Drogo, con g, Giovanni Drogo. También usted, mi capitán, debe disculparme por haberlo llamado hace poco. ¿Sabe? –añadió embrollándose–, a través del valle no había visto su grado.
–Efectivamente, no se podía ver –admitió Ortiz, renunciando a desmentirlo, y se rió.
Cabalgaron así un ratito, un poco turbados ambos. Después Ortiz dijo:
–Entonces, ¿adónde se dirige?
–A la Fortaleza Bastiani. ¿No es éste el camino?
–Sí, efectivamente.
Callaron, hacía calor, siempre montañas por todas partes, gigantescos montes herbosos y salvajes.
Ortiz dijo:
–¿De modo que usted viene a la Fortaleza? ¿Trae quizá un mensaje?
–No, mi capitán, voy a entrar en servicio; me han destinado.
–¿Destinado por el escalafón?
–Creo que sí, de plantilla, primer servicio.
–De modo que de plantilla, claro... Bien, bien, entonces... reciba mis felicitaciones.
–Gracias, mi capitán.
Callaron y siguieron adelante un poco más. Giovanni tenía una gran sed, una cantimplora de madera colgaba de la silla del capitán y se oía el agua que hacía chac, chac en su interior.
Ortiz preguntó:
–¿Por dos años?
–Perdone, mi capitán... ¿por dos años?
–Digo por dos años, si hará el consabido turno de dos años, ¿no?
–¿Dos años? No sé, no me han dicho el tiempo.
–Oh, está claro, dos años; todos ustedes, tenientes recién nombrados, dos años y después se van.
–¿Son normales los dos años para todos?
–Dos años, claro, valen cuatro para la antigüedad, eso es lo que les importa; si no, nadie lo pediría. Bueno, con tal de hacer carrera pronto, uno se acostumbra incluso a la Fortaleza, ¿no?
Drogo nunca lo había sabido, pero no quiso parecer un tonto; intentó una frase ambigua:
–Claro que muchos...
Ortiz no insistió, pareció que el tema no le interesaba. Pero ahora que el hielo se había roto, Giovanni probó a preguntar:
–¿Y la antigüedad en la Fortaleza es doble para todos?
–¿Para qué todos?
–Para los otros oficiales, decía.
Ortiz se rió:
–¡Ya, para todos! ¡Figúrese! Sólo para los subalternos, claro, si no, ¿quién pediría venir?
Drogo dijo:
–Yo no lo he pedido.
–¿No lo ha pedido?
–No, mi capitán; sólo hace dos días que he sabido que estaba destinado en la Fortaleza.
–Bueno, es raro, efectivamente.
Callaron de nuevo, cada uno parecía pensar en cosas distintas. Pero Ortiz dijo:
–A menos que...
Giovanni se sobresaltó:
–A sus órdenes, mi capitán.
–Decía, a menos que no hubiera ninguna otra petición, y entonces lo han destinado de oficio.
–¿Puede ocurrir eso, mi capitán?
–Claro, debe ser eso, efectivamente.
Drogo miraba la sombra neta de los dos caballos sobre el polvo del camino, las cabezas que hacían sí, sí a cada paso; sentía su cuádruple pisoteo, algún zumbar de moscardones y nada más. No se veía el final de la carretera. De vez en cuando, en una curva del valle, se divisaba enfrente, altísimo, cortado en escarpadas cuestas, el camino que trepaba en zigzag. Se llegaba allá, se miraba de nuevo hacia arriba, y allí estaba enfrente la carretera, cada vez más alta.
Drogo preguntó:
–Disculpe, mi capitán...
–Diga, diga lo que quiera.
–¿Falta aún mucho camino?
–No mucho, quizá dos horas y media, o incluso tres a este paso. Quizá para mediodía estemos allí, efectivamente.
Callaron durante un trecho; los caballos estaban completamente sudados; el del capitán estaba cansado, arrastraba las patas.
Ortiz dijo:
–¿Viene de la Academia Real, no?
–Sí, mi capitán, de la Academia.
–Ya... Dígame: ¿está aún el coronel Magnus?
–¿Coronel Magnus? No creo, no lo conozco.
El valle ahora se estrechaba, cerrando el paso a los rayos del sol. Sombrías gargantas laterales se abrían de vez en cuando, de ellas bajaban vientos gélidos, en la cumbre se divisaban abruptísimos montes en forma de cono; se habría dicho que no bastaba con dos o tres días para alcanzar las cumbres, tan altas parecían.
Ortiz dijo:
–Dígame, teniente: ¿está aún el comandante Bosco? ¿Da aún clase de tiro?
–No, señor, no creo; está Zimmermann, el comandante Zimmermann.
–Ya, Zimmermann; efectivamente, he oído hablar de él. El caso es que han pasado muchos años desde mis tiempos a ahora... Habrán cambiado todos ya.
Ambos pensaban ahora en algo. La carretera había salido de nuevo al sol, unas montañas sucedían a otras, ahora más pendientes y con algunas paredes de roca.
Drogo dijo:
–Ayer la vi de lejos.
–¿Qué? ¿La Fortaleza?
–Sí, la Fortaleza –hizo una pausa, y después, para mostrarse amable–: debe de ser grandiosa, ¿no? Me pareció inmensa.
–¿Grandiosa la Fortaleza? No, no, es una de las más pequeñas, una construcción viejísima; sólo de lejos hace cierto efecto.
Calló un momento, agregó:
–Viejísima, completamente superada.
–Pero es una de las principales, ¿no?
–No, no, es una fortaleza de segunda categoría –respondió Ortiz.
Parecía que disfrutaba hablando mal de ella, pero con un tono especial, como uno se divierte anotando los defectos de su hijo, seguro de que siempre serán ridículos comparados con sus ilimitados méritos.
–Es un trozo de frontera muerta –añadió Ortiz–. De modo que no la han cambiado nunca, se ha quedado siempre como hace un siglo.
–¿Cómo frontera muerta?
–Una frontera que no preocupa. Delante hay un gran desierto.
–¿Un desierto?
–Un desierto, efectivamente, piedras y tierra seca; lo llaman el desierto de los Tártaros.
Drogo preguntó:
–¿Por qué de los tártaros? ¿Había tártaros?
–Antiguamente, creo. Pero más que nada es una leyenda. Nadie debe haber pasado por allí, ni siquiera en las últimas guerras.
–¿De modo que la Fortaleza nunca sirvió para nada?
–Para nada –dijo el capitán.
Al subir cada vez más el camino, los árboles habían acabado, sólo quedaban aquí y allá escasos arbustos; lo demás eran prados requemados, rocas, desprendimientos de tierra roja.
–Perdone, mi capitán, ¿hay pueblos cerca?
–Cerca, no. Está San Rocco, pero habrá unos treinta kilómetros.
–No muchas diversiones, entonces, me imagino.
–No muchas diversiones, no muchas, efectivamente.
El aire se había vuelto más fresco, los flancos de las montañas se redondeaban, dejando presagiar las crestas finales.
–¿Y no se aburre uno, mi capitán? –preguntó Giovanni con acento confidencial, riendo, como para indicar que a él le tenía sin cuidado.
–Uno se acostumbra –respondió Ortiz, y agregó con subyacente reproche–: Yo estoy aquí desde hace casi dieciocho años. Me equivoco, dieciocho años cumplidos.
–¿Dieciocho años? –dijo Drogo, impresionado.
–Dieciocho –respondió el capitán.
Un vuelo de cuervos pasó rasante junto a los dos oficiales, se abismó en el embudo del valle.
–Cuervos –dijo el capitán.
Giovanni no respondió, estaba pensando en la vida que le esperaba, se sentía ajeno a aquel mundo, a aquella soledad, a aquellas montañas. Preguntó:
–Y de los oficiales que van a cumplir allá arriba el servicio de su primer nombramiento, ¿hay alguno que después se quede?
–Ahora, pocos –respondió Ortiz, como arrepentido de haber hablado mal de la Fortaleza, dándose cuenta de que ahora el otro exageraba–; casi ninguno, incluso. Ahora todos quieren guarniciones brillantes. Antes era un honor la Fortaleza Bastiani, ahora casi parece un castigo.
Calló Giovanni, pero el otro insistía:
–Después de todo, es una guarnición de frontera. En general hay elementos de primera. Un puesto de frontera es siempre un puesto de frontera, efectivamente.
Drogo callaba, con una repentina opresión encima. El horizonte se había ensanchado; al fondo aparecían curiosos perfiles de montañas rocosas, peñas agudas que se superponían en el cielo.
–Ahora, incluso en el ejército, las concepciones han cambiado –continuaba Ortiz–. Antes la Fortaleza Bastiani era un gran honor. Ahora dicen que es una frontera muerta; no piensan que la frontera siempre es frontera y que nunca se sabe...
Un arroyo atravesaba el camino. Se detuvieron para dar de beber a los caballos, y bajando de las sillas, caminaron un poco de arriba abajo para desentumecerse.
Ortiz dijo:
–¿Sabe lo que es efectivamente de primera? –y se rió de gusto.
–¿Qué, mi capitán?
–La cocina, ya verá cómo se come en la Fortaleza. Y eso explica la frecuencia de las inspecciones. Cada quince días, un general.
Drogo rió por cumplido. No conseguía entender si Ortiz era un cretino, si ocultaba algo o si decía semejantes cosas sin más, sin el mínimo interés.
–¡Estupendo! –dijo Giovanni–, ¡tengo un hambre!
–Oh, ya no nos falta mucho. ¿Ve aquella joroba con una mancha de grava? Allí está, exactamente detrás.
Al reanudar su camino, exactamente detrás de la joroba con una mancha de grava, los dos oficiales desembocaron en el límite de una altiplanicie que subía levemente y la Fortaleza apareció ante ellos, a unos cientos de metros.
Realmente, parecía pequeña comparada con la visión de la tarde anterior. Del fuerte central, que en el fondo se parecía a un cuartel con pocas ventanas, salían dos bajos murallones almenados que lo unían con los reductos laterales, dos a cada lado. Las murallas cortaban así débilmente todo el desfiladero, de unos quinientos metros de ancho, cerrado en los costados por rocas altas y abruptas.
A la derecha, justamente bajo la pared de la montaña, la altiplanicie se hundía en una especie de puerto de montaña; por allí pasaba la vieja carretera del desfiladero, y terminaba contra las murallas.
El fuerte estaba silencioso, inmerso en el pleno sol meridiano, carente de sombras. Sus murallas (el frente no se divisaba, pues estaba orientado a septentrión) se extendían desnudas y amarillentas. Una chimenea emitía un pálido humo. A lo largo de todo el borde del edificio central, de las murallas y de los reductos se veían docenas de centinelas, con el fusil al hombro, caminando metódicos de un lado a otro, cada uno por un breve trecho. Semejantes a un movimiento pendular, escandían la marcha del tiempo, sin romper el encanto de aquella soledad que resultaba inmensa.
Las montañas se prolongaban a derecha e izquierda hasta perderse de vista en escarpadas cadenas, aparentemente inaccesibles. También ellas, al menos a esa hora, tenían un color amarillo y requemado.
Instintivamente Giovanni Drogo detuvo su caballo. Girando lentamente la vista, contemplaba los tétricos muros, sin conseguir descifrar su sentido. Pensó en una cárcel, pensó en un palacio abandonado. Un leve soplo de viento hizo ondear una bandera sobre el fuerte, que antes colgaba fláccida, confundiéndose con el mástil. Se oyó un vago eco de cornetas. Los centinelas caminaban lentos. En la explanada ante la puerta de entrada tres o cuatro hombres (no se veía a esa distancia si eran soldados) estaban cargando sacos en un carro. Pero todo se estancaba en una pereza misteriosa.
También el capitán Ortiz se había parado a mirar el edificio.
–Ahí está –dijo, aunque fuera perfectamente inútil.
Drogo pensó: «Ahora me pregunta qué me parece», y le fastidió. Pero el capitán calló.
No era imponente la Fortaleza Bastiani, con sus bajas murallas, ni hermosa en cierto modo, ni pintoresca con torres y bastiones; absolutamente nada que consolase de su desnudez, que recordase las cosas dulces de la vida. Y, sin embargo, como la noche anterior desde el fondo de la garganta, Drogo la miraba hipnotizado y en su corazón entraba una inexplicable excitación.
¿Y detrás, qué había? Al otro lado de aquel inhóspito edificio, al otro lado de las almenas, de las casamatas, de los polvorines, que cerraban la visión, ¿qué mundo se abría? ¿Cómo aparecía el reino del norte, el pedregoso desierto por el que nadie había pasado nunca? El mapa –recordaba vagamente Drogo– marcaba al otro lado de los confines una vasta zona con poquísimos nombres, pero desde lo alto de la Fortaleza se vería al menos algún pueblo, algún prado, una casa..., ¿o bien sólo la desolación de una landa deshabitada?
Se sintió repentinamente solo, y su petulancia de soldado, tan desenvuelta hasta ahora, mientras duraban las plácidas experiencias de la guarnición, con una casa cómoda, amigos alegres siempre al lado, con pequeñas aventuras en los jardines nocturnos, toda la seguridad en sí mismo le falló de golpe. Le parecía la Fortaleza uno de esos mundos desconocidos a los que nunca había pensado en serio que podría pertenecer, no porque le parecieran odiosos, sino por infinitamente alejados de su vida normal. Un mundo mucho más exigente, sin otro esplendor que el de sus geométricas leyes.
¡Oh, regresar! No cruzar siquiera el umbral de la Fortaleza y descender a la llanura, a su ciudad, a sus viejas costumbres. Éste fue el primer pensamiento de Drogo, y no importa que tal debilidad fuera vergonzosa en un soldado, estaba incluso dispuesto a confesarla si hacía falta, con tal de que lo dejaran marcharse de inmediato. Pero una densa nube se alzaba, blanca, desde el invisible horizonte del norte, sobre las escarpas, y los centinelas, imperturbables, bajo el sol a plomo, marchaban de arriba abajo como autómatas. El caballo de Drogo soltó un relincho. Después volvió a hacerse un gran silencio.
Giovanni apartó por fin los ojos de la Fortaleza y miró a su lado, al capitán, esperando una palabra amiga. También Ortiz se había quedado inmóvil y miraba intensamente las amarillas murallas. Sí, él, que vivía allí desde hacía dieciocho años, las contemplaba, casi hechizado, como si volviera a ver un prodigio. Parecía no cansarse de remirarlas y una vaga sonrisa, de alegría y tristeza al tiempo, iluminaba lentamente su rostro.
En cuanto llegó, Drogo se presentó al comandante Matti, ayudante del coronel. El teniente de guardia, un joven desenvuelto y cordial llamado Carlo Morel, lo acompañó a través del corazón de la Fortaleza. Desde el zaguán de entrada –donde se entreveía un gran patio desierto–, los dos se encaminaron por un largo corredor, cuyo final no se lograba ver. El techo se perdía en la penumbra; de vez en cuando una pequeña faja de luz entraba por finos ventanucos.
Sólo en la planta de arriba encontraron un soldado que llevaba un fajo de papeles. Los muros desnudos y húmedos, el silencio, la escualidez de las luces... Todos allí dentro parecían haber olvidado que en alguna parte del mundo existían flores, mujeres risueñas, casas alegres y hospitalarias. Todo allí dentro era una renuncia, pero ¿a qué, por qué misterioso bien? Ahora avanzaban por el tercer piso, a lo largo de un corredor exactamente idéntico al primero. Se oía, al otro lado de unos muros, el lejano eco de una carcajada que a Drogo le pareció inverosímil.
El comandante Matti era regordete y sonreía con excesiva afabilidad. Su despacho era vasto, grande era también el escritorio, atestado ordenadamente de papeles. Había un retrato en colores del rey y el sable del comandante colgaba de un adecuado pivote de madera.
Drogo se cuadró y se presentó, mostró sus documentos personales, comenzó a explicar que no había pedido que lo destinaran a la Fortaleza (estaba decidido, en cuanto fuera posible, a pedir el traslado), pero Matti lo interrumpió.
–He conocido hace años a su padre, teniente. Un caballero ejemplar. Sin duda usted querrá hacer honor a su memoria. Presidente del Tribunal Supremo, si no me equivoco...
–No, mi comandante –dijo Drogo–. Mi padre era médico.
–Ah, ya, médico; caramba, me confundía, médico, sí, sí.
Matti pareció turbado durante un momento y Drogo notó que, llevándose a menudo la mano izquierda al cuello, trataba de ocultar una mancha de grasa, redonda, una mancha evidentemente reciente, en el pecho del uniforme.
El comandante se recobró en seguida:
–Mucho gusto en verlo por aquí –dijo–. ¿Sabe lo que ha dicho Su Majestad Pedro III?: «La Fortaleza Bastiani, centinela de mi corona», y yo agregaré que es un gran honor pertenecer a ella. ¿Acaso no está convencido, teniente?
Decía esto mecánicamente, como una fórmula aprendida hacía años, que había que sacar en determinadas ocasiones.
–Precisamente, mi comandante –dijo Giovanni–. Tiene toda la razón, pero, se lo confieso, para mí ha sido una sorpresa. Tengo familia en la ciudad, y preferiría, si es posible, quedarme allí...
–Ah, ¿conque quiere dejarnos antes aún de haber llegado, podría decirse? Le confieso que me desagrada, me desagrada...
–No es que yo quiera. No me permito discutir... Quiero decir que...
–Entendido –dijo el comandante con un suspiro, como si se tratase de una vieja historia y él supiera disculparla–. Entendido: usted se imaginaba distinta la Fortaleza y ahora se ha asustado un poco. Pero, dígame honradamente: ¿cómo puede juzgar, honradamente, si ha llegado hace unos minutos?
Drogo dijo:
–Mi comandante, no tengo nada contra la Fortaleza... Sólo que preferiría quedarme en la ciudad, o cerca, por lo menos. ¿Entiende? Le hablo confidencialmente; veo que usted comprende estas cosas, me remito a su amabilidad...
–¡Claro, claro! –exclamó Matti con una breve risa–. ¡Estamos aquí para eso! De mala gana no queremos a nadie, ni siquiera al último de los centinelas. Sólo que lo siento, me parece usted un buen muchacho...
El comandante calló un momento, como para meditar sobre la solución mejor. Entonces Drogo, volviendo un poco la cabeza a la izquierda, fijó la mirada en la ventana, abierta al patio interior. Se veía el muro frontero, amarillento como los otros y batido por el sol, con los rectángulos negros de las escasas ventanas. Había también un reloj que marcaba las dos, y, en la terraza más alta, un centinela que marchaba de un lado a otro, con el fusil al hombro. Pero sobre el final del edificio, lejana, dentro de la reverberación meridiana, asomaba una cima rocosa. Se veía sólo la última punta y no tenía en sí nada especial. Mas en aquel trozo de roca estaba, para Giovanni Drogo, la primera llamada visible de la tierra del norte, del legendario reino que amenazaba a la Fortaleza. ¿Cómo era el resto? Una luz soñolienta provenía de esa parte, entre lentas humaredas de calígine. Entonces el comandante empezó a hablar de nuevo:
–Dígame –preguntaba a Drogo–, ¿usted querría regresar inmediatamente o no le importa esperar unos meses? A nosotros, le repito, nos es indiferente... desde el punto de vista formal, por supuesto –agregó, para que la frase no sonara descortés.
–Ya que debo regresar –dijo Giovanni, agradablemente sorprendido por la inexistencia de dificultades–, ya que debo regresar, me parece que será mejor en seguida.
–De acuerdo, de acuerdo –lo tranquilizó el comandante–. Pero ahora le explico: si usted quiere marcharse en seguida, entonces lo mejor será que se haga pasar por enfermo. Vaya usted un par de días a la enfermería, en observación, y el médico le dará un certificado. Por otra parte, hay muchos que no aguantan la altura...
–¿Es necesario hacerse pasar por enfermo? –preguntó Drogo, a quien no le gustaba aquella ficción.
–Necesario no, pero lo simplifica todo. Si no, tendría usted que hacer una petición de traslado por escrito, hay que mandar esa petición al Mando Supremo, el Mando Supremo tiene que responder, se requieren por lo menos dos semanas. Y, sobre todo, tiene que ocuparse de ello el coronel, y yo preferiría evitarlo. En el fondo estas cosas le desagradan, se aflige, ésa es la palabra, se aflige, como si ofendieran a su Fortaleza. Mire, si yo fuera usted, voy a serle sincero, preferiría evitar...
–Pero, mi comandante, perdone –observó Drogo–, no sabía yo eso. Si el marcharme me puede perjudicar, entonces es otro asunto.
–Ni se le ocurra, teniente, no me ha entendido usted. En ningún caso va a sufrir su carrera. Se trata sólo, ¿cómo decirlo?, de un matiz... Es cierto, y se lo he dicho de inmediato, que al coronel la cosa no le va a gustar. Pero si usted está realmente decidido...
–No, no –dijo Drogo–, si las cosas son como usted dice, quizá sea mejor el certificado médico.
–A menos que... –dijo Matti con una sonrisa insinuante, dejando la frase en suspenso.
–A menos, ¿qué?
–A menos que usted se acomode a quedarse aquí cuatro meses, lo cual sería la mejor solución.
–¿Cuatro meses? –preguntó Drogo, ya bastante desilusionado, tras la perspectiva de poder marcharse en seguida.
–Cuatro meses –confirmó Matti–. El procedimiento es mucho más regular. Ahora le explico: dos veces al año nos hacen a todos un reconocimiento médico, está prescrito formalmente. El próximo será dentro de cuatro meses. Me parece la mejor ocasión para usted. Y el certificado será negativo; a eso, si usted quiere, me comprometo yo. Puede estar absolutamente tranquilo.
»Amén de eso –prosiguió el comandante, tras una pausa–, amén de eso, cuatro meses son cuatro meses y bastan para un informe personal. Puede estar seguro de que el coronel se lo hará. Y usted sabe el valor que eso puede tener para su carrera. Pero, entendámonos, entendámonos bien: se trata de un simple consejo mío, usted es absolutamente libre...
–Sí, mi comandante –dijo Drogo–, lo entiendo perfectamente.
–El servicio aquí no es fatigoso –subrayó el comandante–, casi siempre servicio de guardia. Y el Reducto Nuevo, que es un poco más comprometido, no se le confiará al principio. Nada de trabajo, no tenga miedo, si acaso más bien se aburrirá.
Pero Drogo no escuchaba apenas las explicaciones de Matti, atraído extrañamente por el recuadro de la ventana, con aquel trocito de roca que asomaba por el muro de enfrente. Un vago sentimiento que no lograba descifrar se insinuaba en su alma; quizá una cosa estúpida y absurda, una sugestión sin sentido.
Al mismo tiempo se sentía un tanto tranquilizado.
Aún le urgía marcharse, pero ya sin la angustia de antes. Casi se avergonzaba de las aprensiones experimentadas a la llegada. ¿Es que no podía estar a la altura de todos los demás? Una partida inmediata –pensaba ahora– podía equivaler a una confesión de inferioridad. Así, el amor propio luchaba con el deseo de la vieja existencia familiar.
–Mi comandante –dijo Drogo–, le agradezco sus consejos, pero déjeme pensarlo hasta mañana.
–Muy bien –dijo Matti, con evidente satisfacción–. ¿Y esta noche? ¿Quiere que lo vea el coronel en el comedor, o prefiere dejar la cosa pendiente?
–Bueno –respondió Giovanni–, me parece inútil esconderme, y mucho más si luego tengo que quedarme cuatro meses.
–Mejor –dijo el comandante–. Así se animará. Ya verá qué gente tan simpática, todos oficiales de primera.
Matti sonrió, y Drogo comprendió que había llegado el momento de irse. Pero antes preguntó:
–Mi comandante –preguntó con voz aparentemente tranquila–, ¿puedo echar un vistazo al norte, ver qué hay al otro lado de las murallas?
–¿Al otro lado de las murallas? No sabía que le interesasen los panoramas –respondió el mayor.
–Sólo un vistazo, mi comandante, sólo por curiosidad. He oído decir que hay un desierto, y nunca he visto uno.
–No vale la pena, teniente. Un paisaje monótono, no tiene nada de hermoso. Hágame caso, ¡no piense más en ello!
–No insisto, mi comandante –dijo Drogo–. No creía que fuera un problema.
El comandante Matti unió, como para rezar, las puntas de sus dedos gordezuelos:
–Me ha pedido usted lo único que no puedo concederle –dijo–. A las murallas y a los cuerpos de guardia sólo pueden ir los militares de servicio; hay que conocer el santo y seña.
