El deslumbrante Apolo - Pablo Mérida - E-Book

El deslumbrante Apolo E-Book

Pablo Mérida

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Beschreibung

Bajo el rostro sereno de Apolo, dios de la luz y la música, late una pasión indomable que amenaza con desbordarse. Maestro de la lira y del arco, su poder puede sanar… o destruir. En su búsqueda de equilibrio, Apolo se enfrenta a dioses y mortales, pero su verdadera batalla es interior: un combate feroz que se resume en el célebre aforismo del oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo». Descubre la historia del dios que encarna la belleza, la armonía y la contradicción, en un relato que nos sumerge en la mitología griega y en los dilemas eternos del poder y la identidad.

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Seitenzahl: 129

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Índice

Dramatis personae

1. Apolo, el dios radiante

2. Flechas fatídicas

3. Corazones heridos

4. Las llamas de la venganza

5. Condena y expiación

La pervivencia del mito

El deslumbrante Apolo

© Pablo Mérida por el texto de la novela.

© Juan Carlos Moreno por el texto de la pervivencia del mito.

© 2023, RBA Coleccionables, S.A.U.

Realización: Editec Ediciones

Diseño cubierta: Llorenç Martí

Diseño interior: tactilestudio

Ilustraciones: Pilar Mas

Fotografías: archivo RBA

Asesoría en mitología clásica: Laura Lucas

Asesoría narrativa y coordinación: Marcos Jaén Sánchez y Sandra Oñate

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OBDO736

ISBN: 978-84-1098-630-5

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

Oh Febo, el cisne te canta melodiosamente debajo de sus alas mientras va saltando en la orilla, junto al río Peneo, abundante en remolinos; y el aedo de dulce lenguaje te canta siempre el primero y el último, pulsando la melodiosa cítara.

HIMNOS HOMÉRICOS, HIMNO XXI

DRAMATIS PERSONAE

Los olímpicos

APOLO – dios del equilibrio y de la música, destacado arquero cuyas flechas tanto sanan como enferman, tiene poderes oraculares.

ÁRTEMIS – gemela de Apolo, diosa virgen de la caza y de la naturaleza.

HERA – esposa de Zeus, protectora del matrimonio y airada perseguidora de los amantes de su marido.

ATENEA – diosa de la sabiduría y la estrategia, la preferida de su padre Zeus.

Otras divinidades

LETO – diosa seducida por Zeus, hija de Ceo y Febe, el titán y la titánide de la inteligencia.

TEMIS – sabia y venerable titánide consejera de Zeus, a quien prestó su apoyo en la titanomaquia.

MOIRAS – divinidades que tejen los hilos del destino, al que ni siquiera los dioses pueden sustraerse.

EROS – hijo de Afrodita, que suscita las pasiones del amor con sus flechas siempre certeras.

DAFNE – ninfa de los árboles, hija del dios-río Peneo.

Seres mortales

MARSIAS – sátiro servidor del dios Dioniso y cortesano de Sileno, el jefe de los sátiros.

PITÓN – serpiente monstruosa que tiene el poder de ver el futuro, enviada por Hera contra Leto.

CORÓNIDE – intrépida princesa de la raza de los hombres, hija de Flegias de Orcómeno, en Beocia.

ISQUIS – joven príncipe de la raza de los hombres, hijo del rey Élato de Larisa, en Tesalia.

ASCLEPIO – primer hijo de Apolo, cuya madre es la mortal Corónide, destacado médico creador del primer centro de sanación en Epidauro.

HIPÓLITO – casto cazador, hijo del héroe ateniense Teseo y fiel seguidor de Ártemis.

ADMETO – buen soberano de la ciudad de Feras que establece una entrañable amistad con Apolo.

1

APOLO, EL DIOS RADIANTE

La niebla entorpecía el paso a los primeros rayos de sol y apenas dejaba adivinar el final de un enorme bosque de coníferas. En aquella montaña umbría, hasta los chacales parecían espectros detrás de los arbustos. Aterida de frío, Leto, la titánide hija de Ceo y Febe, se recogía en el interior de un manto gris, mientras descendía por la ladera aferrándose a las ramas para evitar resbalar. Un chasquido de madera la detuvo. Contuvo el aliento, se llevó las manos al hinchado vientre, su mirada recorrió el bosque tratando de distinguir algún rastro de la abominable bestia que la acosaba.

—Este es mi castigo por amarte, Zeus —murmuró para sus adentros.

Continuó avanzando, temerosa. ¿Era Pitón real o formaba parte del mundo de los sueños? Ya no era capaz de distinguirlo. Aquel océano de bruma y vegetación fantasmal había convertido su lacerante camino en un constante sobresalto. Agradeció encontrar un claro donde se arracimaban media docena de cabañas con un manantial de agua tintineante a la entrada. En la fuente, una madre canturreaba con alegría mientras llenaba un cántaro de arcilla y su hija de corta edad bebía de una vasija. Aceleró el paso hacia allí, sintiendo ya el agua fresca en la garganta y olvidando por un momento las intensas punzadas de aquel parto que ya parecía inminente.

Fue la pequeña quien advirtió su llegada. Viendo que estaba sedienta, le tendió la vasija. La madre de la niña alzó la mirada a los cielos, donde una nube acababa de oscurecer el sol, y entonces vio a la viajera que se acercaba arrastrando los pies y sujetándose el grueso vientre con el rostro desencajado. Bajo su manto nacían dos hermosas trenzas que caían sobre su pecho. Al reconocerla, la mirada de la mujer se nubló. Tomó a la niña y se alejó a la carrera, dejando que el cántaro estallara contra el suelo en mil pedazos. Recogida entre los brazos de su madre, la niña vio cómo la viajera elevaba hacia ellas una mano suplicante al llegar al manantial y comprobar que el agua había dejado de brotar.

Atravesó la aldea, donde todas las puertas y ventanas estaban cerradas, aunque, en los patios y a la entrada de las casas, los arreos estaban abandonados en mitad de la tarea, se habían dejado gallinas a medio desplumar, verduras sin acabar de pelar, sillas tumbadas, jarras volcadas. Al otro lado, en los campos, los campesinos habían dejado sueltos a los animales de tiro. Intentando esconder sus trenzas bajo el manto, Leto prosiguió su camino.

Un trueno resquebrajó las alturas. La lluvia no tardó en llegar, primero una llovizna, luego, una cortina de agua. La viajera avanzaba sobre el fango. Abría la boca hacia lo alto, pero la lluvia no servía para aplacar su sed. Cada nuevo relámpago agitaba las sombras del bosque, donde creía ver un cuerpo largo y sinuoso reptando a toda prisa hacia ella, y le hacía saltar. El sendero se había convertido en un lodazal y sus bellos tobillos se hundían a cada paso. Coronó el cerro sintiéndose al límite de sus fuerzas, incapaz de dar un paso más. Se dejó caer entre los arbustos, pero las ramas la empujaron de nuevo al camino, en pie, hundida en el fango bajo la lluvia.

—¿Hasta las peores raíces teméis sus represalias? —bramó, rabiosa.

«Que nada ni nadie, ni tierra ni isla, ni lugar alguno bajo el sol ose acoger a la madre maldita para que alumbre el fruto de su infidelidad», había decretado Hera. ¿Cómo luchar contra la voluntad de la esposa celeste? A pesar de parecer una tarea imposible, Leto había actuado movida por un imperativo superior: salvar la vida que crecía en sus entrañas. Ahora bien, había atravesado ya la Hélade de un extremo al otro sin haber conseguido dar con ese santuario. Desde aquella colina avistaba la serenidad del gran mar del este, que se extendía a sus pies. Su ánimo se derrumbó.

Descendió hacia la playa sin inmutarse por el frío cortante, por las heridas que ardían en sus piernas. El anhelo incontenible de dar vida se había apagado en su corazón, ahogado por otro deseo apremiante: poner fin al sufrimiento. Caminó sobre la arena con dificultad, hasta que, al llegar a las aguas grises y revueltas, un paso indeciso la desestabilizó. Cayó sobre sus rodillas, y así permaneció al ver que nadie la rechazaba. Las olas la acariciaron y ella se dejó caer con alivio en su abrazo. Al fin, flotando sobre las aguas, encontró su primer momento de descanso en mucho tiempo. El mar se la llevaba y ella se abandonó a la placidez del líquido vaivén.

Intensas contracciones cada vez con mayor cadencia, un dolor insoportable, la despertaron de su letargo. Se revolvió en el agua y vio que se hundía sin remedio. El corazón le imploró un último esfuerzo para mantenerse a flote, pero sus brazos y piernas no respondían, habían claudicado. Descendió hacia las profundidades del mar, ahogándose en angustia. Sentía ya que los pulmones estaban a punto de quebrarse dentro de su pecho cuando se vio impulsada con suavidad de nuevo hacia arriba. Apenas salió a la superficie, recibió con ansiedad un torrente de aire que recorrió presto su cuerpo. Sin saber cómo, se encontraba tendida en la arena de otra costa, un lugar yermo, pedregoso, desolado, una isla mínima que arrastraba la corriente del mar como una barca a la deriva, dejando atrás la tormenta. La brisa le acariciaba las trenzas, removía el manto como si quisiera secarla, sanar sus heridas. ¿Qué poder había intercedido por ella? Recelosa aún, echó una mirada al cielo, anticipando la respuesta airada de Hera, pero no sucedió nada. El sueño acumulado termi-

nó por cubrir sus sentidos.

Despertó desasosegada, pues creyó que los marchitos matojos de la isla susurraban su nombre. Dudando si aquellas voces habían formado parte de su sueño, Leto reunió fuerzas para alzarse sobre la arena. La amable brisa de la isla llevó de nuevo a sus oídos el murmullo que la llamaba. Guiada por él, llegó a una cueva oculta entre los riscos de la playa, en cuyo interior advirtió la presencia de dos figuras imponentes. Como vacilaba antes de entrar, ellas salieron a la luz lo justo para ser vistas. El temor se disipó en el pecho de la titánide cuando reconoció a su tía Temis, la serena y sabia diosa cuyo consejo respetaba Zeus como ninguno, y a la joven Atenea, la más querida hija del soberano celeste. Si ellas se hallaban allí, no tenía solo enemigos en el Olimpo ni el padre de los dioses y los hombres la había olvidado por completo.

—Ven, hija de Ceo que pena en el Tártaro, entra en esta cueva, porque aquí no llega el sol y este lugar no es tierra ni es isla —dijo Temis, alzando la mano hacia ella.

La alegría llenó de lágrimas los ojos de Leto. Al penetrar en la sombra, creyó que allí estaría también Ilitía, la partera de los dioses, pero no alcanzó a verla.

—Su madre, Hera, la ha enviado a los confines del cielo con un falso encargo.

Leto se derrumbó mientras un nacarado y tibio flujo recorría sus muslos. Las diosas la recostaron sobre sus propios mantos y Atenea, siempre vivaz, se colocó entre sus piernas para ver que comenzaba a dibujarse la corona del bebé que pujaba por salir. Las olas estallaban contra las rocas acompasadas a los gritos de la parturienta, como si quisieran ayudarla en sus acometidas para expulsar a aquella deseada criatura de su vientre. Con gran esfuerzo, Leto alumbró una preciosa niña, que Atenea acogió entre sus brazos con alborozo. La fresca brisa isleña inundó la cueva para luego volver a salir y correr silbando por todos sus valles y collados, que, aunque escasos de vida, parecían risueños. Pálida y débil, Leto recibió a su hija en el regazo y contempló su belleza y su energía. El bebé agitaba brazos y piernas con fuerza inusitada, como si tuviera prisa por echarse a correr, por tomar la vida con sus manitas.

—Tiene el vigor de un oso —señaló Temis al contemplar aquellos movimientos.

—Por eso la llamaré Ártemis —dijo su madre.

Una bandada de preciosos cisnes llegó volando a la isla y descendió hasta las aguas frente a la cueva, donde las aves se posaron y nadaron formando delicadas figuras. Al verlas, Temis y Atenea cruzaron una mirada, pues sabían que su presencia significaba que Zeus estaba complacido.

Con todo su cariño apretaba Leto al bebé contra su pecho cuando volvió a sentir un punzante dolor en el vientre. Asustados, los cisnes levantaron el vuelo y desaparecieron en el horizonte. Temis puso la mano sobre el abdomen de Leto y sintió el latido de otro corazón en su seno, otra vida, que, sin embargo, parecía recelar de asomarse al mundo.

—Ártemis antecede a un gemelo —anunció.

Leto se sintió desfallecer. No creía tener fuerzas para continuar. Atenea la tomó de la mano y la miró a los ojos, y la titánide vio que la joven diosa tenía un poder capaz de agitar el universo y a través de su mano sintió que el brillo de los astros celestes le calentaba el cuerpo y le insuflaba nueva energía.

Una vez más se debatió la madre, empujando, intentando ignorar el dolor, gritando sin lograr que su hijo se moviera en su vientre. Las diosas la calmaron con néctar y la alimentaron con ambrosía antes del siguiente intento, que fue también infructuoso. Los minutos se volvieron horas y las horas se alargaron, haciendo irrespirable el aire en la cueva. La titánide resoplaba exhausta mientras su hija Ártemis alzaba sus pequeños bracitos como tratando de ofrecerle consuelo. Contagiada por la angustia, la isla surcaba las aguas cada vez más rápido, sin rumbo. Así acabó el día y luego comenzó otro.

Durante varias jornadas, las diosas no conocieron descanso ni abandonaron el lecho de la parturienta, aunque habían comprendido pronto que sin la ayuda de Ilitía aquel bebé nunca vería el mundo. Al noveno día de parto, Leto perdió la conciencia, víctima del agotamiento. Fue entonces cuando los cisnes volvieron. Se recortaron en el cielo, en su gracioso vuelo, tirando de un carro forjado en oro, que depositaron con cuidado a la puerta de la cueva. De él se apeó la ilustre madre de Zeus, la mismísima Rea, la que no hacía tanto se había alzado contra su cruel esposo Crono para dar un nuevo tiempo a la creación, el tiempo de los olímpicos que ahora regían el cosmos. Entrando en la cueva con paso resuelto, dijo:

—Guárdeme yo de alzar la mano contra mis hijos, por quienes he vivido tantas penalidades, pero no estoy dispuesta a permitir más el sufrimiento de esta madre.

Tal diciendo, tomó del lecho de la cueva pequeños guijarros redondeados por el viento salino y los encerró en ambos puños, apretándolos con fuerza. Al abrirlos de nuevo, sobre sus palmas centellearon bellas cuentas de ámbar.

—Madre —dijo entonces—, engarza estas cuentas con restallantes eslabones de los preciosos metales que albergas en tus entrañas. Las diosas celestiales aguardan este collar para llevárselo a Hera como regalo y festejar con ella para distraerla. Entre tanto, Iris, la mensajera, vuela ya en busca de Ilitía.

Al oír su invocación, las rocas del suelo se resquebrajaron y, de las profundidades de la sima, una lengua de tierra se alzó para recoger las cuentas de sus manos. Gea, la Madre Tierra, tampoco soportaba ya el dolor de aquel parto.

Leto se despertó a la sombra de una palmera, donde Ilitía confortaba al bebé aplicando sus cálidas manos sobre la tripa de la madre. La isla navegaba en una región de mareas calmas y espesas brumas que se veían lejanas. Susurrándole al oído, la partera tranquilizó a Leto, le explicó cómo afrontar las contracciones con serenidad, cómo ayudar a su bebé a salir sin dolor. Con aquella asistencia delicada, la titánide sintió que recuperaba las fuerzas y la esperanza. Su hijo emergería a la vida, que lo esperaba con tanta ansia. Con ese ánimo, volvió a intentarlo, y entonces dio a luz a un bebé tan hermoso como su hermana, pero de sexo varón. Cuando Ilitía lo alzó para mostrárselo a su madre, el mar se había silenciado. Una nube que pasaba frente al sol se apartó en ese mismo momento y pareció que toda la luz del astro rey se concentraba en un solo haz más allá del cual no había nada, y que ese haz caía sobre la isla y hacía resplandecer al recién nacido.