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El periodo que abarca desde 1648 hasta 1688 a menudo se malinterpreta como una época de calma y estabilidad en la que las monarquías se vieron obligadas a recuperar sus posiciones después de una convulsa primera mitad de siglo de guerras dinásticas y tumultos sociales. En realidad, los retos políticos a los que se enfrentaron las grandes monarquías no fueron menores que los de sus antecesoras: la amenaza otomana, los disturbios y conflictos desde las fronteras tanto en Ucrania como en los Cárpatos, la tendencia expansionista francesa o las disputas por el dominio de los imperios comerciales de ultramar estuvieron presentes a lo largo de todo el periodo. Durante la segunda mitad del siglo xvii, el Viejo Mundo fue atravesado por tensiones políticas y guerras que se fueron salvando con una frenética actividad diplomática y tratados que fueron configurando el equilibrio de poder. J. Stoye, prestigioso modernista de Oxford, relata de forma magistral todas estas cuestiones, pero sin reducir la historia de Europa a las intrigas palaciegas y a los centros de poder que decidían el destino político de los pueblos. Asimismo, el autor muestra cómo la diversidad y la vitalidad de la ciencia y la cultura europeas, a pesar de los incesantes estragos de la guerra, la peste y el hambre, arcarían el recorrido que el conocimiento y el arte seguirían durante los siguientes siglos.
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Seitenzahl: 764
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Siglo XXI / Serie Historia de Europa / 6
J. Stoye
El despliegue de Europa
1648-1688
Traducción: Marcial Suárez
Revisión de la traducción: Jaime Roda
El periodo que abarca desde 1648 hasta 1688 a menudo se malinterpreta como una época de calma y estabilidad en la que las monarquías se vieron obligadas a recuperar sus posiciones después de una convulsa primera mitad de siglo de guerras dinásticas y tumultos sociales. En realidad, los retos políticos a los que se enfrentaron las grandes monarquías no fueron menores que los de sus antecesoras: la amenaza otomana, los disturbios y conflictos desde las fronteras tanto en Ucrania como en los Cárpatos, la tendencia expansionista francesa o las disputas por el dominio de los imperios comerciales de ultramar estuvieron presentes a lo largo de todo el periodo. Durante la segunda mitad del siglo XVII, el Viejo Mundo fue atravesado por tensiones políticas y guerras que se fueron salvando con una frenética actividad diplomática y tratados que fueron configurando el equilibrio de poder.
J. Stoye, prestigioso modernista de Oxford, relata de forma magistral todas estas cuestiones, pero sin reducir la historia de Europa a las intrigas palaciegas y a los centros de poder que decidían el destino político de los pueblos. Asimismo, el autor muestra cómo la diversidad y la vitalidad de la ciencia y la cultura europeas, a pesar de los incesantes estragos de la guerra, la peste y el hambre, marcarían el recorrido que el conocimiento y el arte seguirían durante los siguientes siglos.
John Stoye (1917-2016) fue Fellow y Tutor en Historia Moderna en la Universidad de Oxford de 1948-1984. Tuvo varios puestos en la universidad, incluyendo el Junior Dean of Arts, Senior Tutor, Senior Dean of Arts y Vice President. Fue Emeritus Fellow desde 1984 hasta 2016. Entre sus publicaciones destacan English Travellers Abroad (1952) y The Siege of Vienna (1964).
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Título original
Europe Unfolding, 1648-1688
La edición en lengua española de esta obra ha sido autorizada por John Wiley & Sons Limited. La traducción es responsabilidad de Siglo XXI de España Editores, S. A.
© John Stoye, 1969, 2000
© Siglo XXI de España Editores, S. A., 1974, 2018
para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.sigloxxieditores.com
ISBN: 978-84-323-1926-6
PREFACIO A LA PRIMERA EDICIÓN
«El ilustre Grotius nos dice en la página 34 de sus Epístolas que los atenienses, en su Alto Tribunal, prohibían todos los prefacios y dedicatorias de introducción, porque odiaban los ornamentos artificiosos y lo que resultase superfluo en sus discursos. Nosotros tratamos de imitarles en la medida de lo posible.» Así comienza un libro titulado The Young Students-Library (La biblioteca de los jóvenes estudiantes), publicado en 1692. Yo también quiero seguir el ejemplo de los griegos, después de dar las gracias a los bondadosos amigos, parientes, colegas y editores (en Oxford, Cambridge y Londres) que me han ayudado en la redacción de estas páginas. Se trata aquí de un estudio evidentemente breve, que abarca un campo enorme y un gran número de temas, pero yo he tratado de no imponer una rígida estructura al material. Mi deseo es, más bien, el de poner de manifiesto el carácter de Europa, tal como se revela, gradualmente, durante un periodo de cuarenta años. Era aquel un panorama en el que millones de hombres tenían que buscar un medio de vida, con otros muchísimos hombres deseosos de hacer bien su trabajo. Me he quedado con una permanente impresión de grandeza, de diversidad y de riqueza, dispuesta en una organización profundamente injusta. Es fácil, pero importante, decir que el mundo no es sencillo ni pequeño.
J. W. S., mayo de 1969
PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN
Tampoco creo que a los atenienses del ilustre Grotius les hubiera gustado mucho la idea de un segundo prefacio. Aun así, déjenme expresar mi gran agradecimiento por la pervivencia de esta obra a lo largo de tantos años y por la feliz oportunidad de corregir algunos errores, borrar un poco aquí y allá y reescribir algunos pasajes, especialmente en los capítulos II, VIII y X; además de añadir muchos títulos modernos a la «Bibliografía adicional» que hay al final del libro. En esta tarea he tenido la suerte de recibir muchos buenos consejos de Laurence Brockliss, Peter Noll, David Parratt, Andrew Robinson y Tim Watson. También estoy profundamente agradecido a Richard Ollard, que trabajaba en Fontana-Collins, por haber supervisado la edición de la obra original, y a Helen Rappaport y el personal de Blackwells por su trabajo con la edición revisada. Solo una cosa más, estimados atenienses: este libro deja constancia de un breve periodo de la historia de Europa. Al describirlo, no he sido más que un espectador momentáneo de los cambios a más largo plazo que tanto interesan a los historiadores hoy en día.
J. W. S., marzo de 2000
MAPAS
CUADROS DINÁSTICOS
Nota.—A fin de mostrar claramente la red de alianzas familiares, muchos de los nombres de mujeres que aquí figuran aparecen en cursiva. Los nombres en cursiva se incluyen siempre dos veces: para indicar la sucesión, y también el enlace matrimonial con otra familia. (1), (2) y (3) se refieren al primero, al segundo o al tercer matrimonio, y a la descendencia de esos matrimonios.
I. Una nueva estabilidad en el Centro
DESCRIPCIÓN DEL ESCENARIO
Poco antes de 1648 los barcos holandeses circunnavegaban Australia por primera vez. Los rusos habían alcanzado la costa siberiana del Pacífico. Los franceses surcaban los Grandes Lagos de América del Norte. Un espléndido y nuevo mapa del mundo, que incluía ya los recientes descubrimientos, fue presentado por un editor de Ámsterdam a los diplomáticos en la ciudad alemana de Munster, precisamente cuando estos se hallaban a punto de poner fin a la Guerra de los Treinta Años. Parece, pues, que Europa, en torno a 1648, ejerció, con su iniciativa, una presión muy fuerte para obligar a los historiadores a relacionar seriamente la historia de un continente con la de todos los demás.
Y estos tenían que hacerlo, pero con una gran cautela. El imperio español en América envió menos oro a España y absorbió menos inmigrantes en la segunda mitad del siglo XVII que en la segunda mitad del XVI. La emigración de una parte de Europa a otra cobró una gran importancia. Las Compañías de las Indias Orientales holandesa e inglesa, aunque ricas y desarrolladas, contribuyeron menos a la actividad económica de ambos pueblos que sus comercios europeos. La atención a las colonias de América adquiría, lentamente, una influencia mayor en la política general europea, pero estadistas tan poderosos como Luis XIV y Guillermo III sabían poco de ellas y les prestaban escasa atención. Las más brillantes inteligencias comprobaban que datos recientes sobre una civilización altamente desarrollada, como la china, o sobre las comunidades primitivas, estaban introduciendo profundos cambios en el campo de los estudios religiosos y filosóficos; pero parece que se trataba de figuras aisladas en una sociedad en la que el clero conservador –católico, protestante y ortodoxo– dominaba todavía a los ilustrados. Los pueblos de Europa, por lo general, tenían unos conceptos de vida parroquiales y sus intereses más importantes se limitaban a Europa, a pesar de los grandes y primeros esfuerzos dedicados a la exploración de un mundo más amplio. Con pensar en él tenían bastante.
Durante el año de 1648 se tuvieron noticias de graves desórdenes en Moscú. En Ucrania estalló la lucha de clases entre los señores polacos y los súbditos ucranianos. Los jenízaros amotinados descuartizaron al sultán en Estambul. Una sublevación en París obligó a la reina regente y al cardenal Mazarino a introducir lo que parecían profundos cambios constitucionales, mientras, unos pocos meses después, Carlos I de Inglaterra era condenado por un tribunal revolucionario y ejecutado. Por otra parte, las tropas y los barcos españoles aplastaban una insurrección en Nápoles. En la monarquía electiva de Polonia, Ladislao IV había muerto, sin hijos, en mayo de 1648, pero la Dieta pareció favorecer el principio hereditario, eligiendo como nuevo rey, en noviembre, a su hermano Juan Casimiro. Todos estos acontecimientos pusieron al descubierto las múltiples tensiones existentes en Europa. Algunas gentes llegaron a creer en un espíritu de insubordinación general, como resultado de una corrupción que se extendía de un lugar a otro. Mas, a pesar de lo que aquellas gentes pensasen acerca de ello y los historiadores puedan decidir en cuanto a los elementos subyacentes de tal inquietud en tan diversos puntos, la noticia más importante de 1648 fue, probablemente, la de tres tratados de paz. Tomados en conjunto, ponían fin a la Guerra de los Ochenta Años entre los holandeses y el rey de España, a la Guerra de los Treinta Años de Alemania y Bohemia, y a la guerra del emperador con los reyes aliados de Suecia y Francia, y los amigos de ambas partes. La lucha franco-española continuaba, pero el Tratado de Westfalia, obra de todo un congreso de diplomáticos reunido en Munster y en Osnabrück, transformó la estructura general de Europa. Esto concedió a las regiones centrales del continente una nueva estabilidad, que finalmente tuvo más importancia que los peligrosos estremecimientos de otras partes. Por eso, uno de sus resultados fue medio siglo de rivalidad entre los Estados, más que un trastorno social o intelectual. Podríamos decir que, en muchos aspectos, fue un periodo histórico sin cambios.
Así pues, dada su situación central, el Imperio sería el gran amortiguador de choques en el interior de Europa. Sus poblaciones carecían de la fuerza coordinada para presionar hacia el Este ni hacia el Oeste, hasta que, con posterioridad a 1683, encontraron el impulso suficiente para penetrar en la Hungría otomana. Carecían del empuje y, por lo tanto, de la oportunidad de competir con los comerciantes y con los gobiernos occidentales –holandeses, ingleses y franceses– en la lucha por el imperio comercial de ultramar. Y no lograron encender el fervor intelectual que anteriormente había animado la Reforma protestante, no solo en Alemania, sino también en zonas lejanas. Después de 1648, las oportunidades de un cambio radical eran mucho mayores en la Europa del este: fuerzas y credos opuestos, islámicos y ortodoxos, así como protestantes y católicos, forcejearían, progresiva o reaccionariamente, en áreas muy extensas. De modo que, si atendemos en primer lugar al centro estable, parece indicado tener en cuenta después a los pueblos orientales, antes de dirigirnos a ese borde oceánico de Europa que los autores occidentales están acaso demasiado inclinados a considerar como el foco del mundo digno de ser conocido. En lugar de una visión histórica que presta su máxima atención a las tierras bañadas por el Atlántico y por el Mediterráneo occidental –con su extensión a emplazamientos situados al sur y luego al norte de América–, el centro de Europa se encuentra, realmente, en el antiguo Sacro Romano Imperio, con radios que alcanzan hasta el Báltico y los Cárpatos, a Estambul y a Kiev, así como a París, Londres y Madrid.
Puede hacerse también otra elección, entre las fuerzas que tienden a un cambio y las fuerzas que se oponen a él. En el pensamiento o en las costumbres de la minoría inteligente y próspera surgen, sin duda, muchos cambios en el Oeste, entre 1650 y 1700. Imaginemos la escena en sus casas: los hombres se han aficionado a ponerse enormes pelucas sobre sus cabezas mientras permanecen sentados en su «bureau» (de nuevo diseño) para escribir en él. Tienen un reloj en la habitación que les dice la hora mucho más exactamente que los relojes antiguos. Han desechado las viejas arcas que se abrían por arriba, adoptando las cómodas. Tienen más mesas plegables, más sillas de rejilla o tapizadas, más gabinetes laqueados traídos del Lejano Oriente, que sus propios artesanos imitan con creciente habilidad. Toman café, chocolate y té, y consumen cada vez más azúcar y más tabaco. Sentados en sus mesas o en sus escritorios, aquellos empelucados caballeros escribían versos en pareados, con desprecio de otras formas de poesía, y también una prosa mucho más sencilla y pulcra que sus padres. Respecto al contenido de lo que escribían, estaban cada vez menos convencidos de que el mundo antiguo produjese mejores artistas y científicos que los «modernos», y, con toda la consideración al cristianismo revelado, eran más conscientes del elemento matemático dentro del universo físico. De todos modos, seguían constituyendo una débil minoría en comparación con los campesinos, los pastores, los guardamontes, los artesanos y el clero de las aldeas, los ciudadanos de la plebe y los servidores domésticos que tenían que ganarse la vida en aquella enorme extensión situada entre el Atlántico y los Urales. Esta mayoría experimentaba vivamente las consecuencias de la buena o de la mala suerte, pero no concebía ningún cambio en la vida de una generación respecto a la de otra generación situada inmediatamente antes o después. No era el suyo un universo de principios teológicos o matemáticos, sino, sencillamente, una existencia dominada por cosechas variables, y por la irregular, pero constante, visita de epidemias. En los años malos, sus métodos de labranza, prácticamente inalterados, y su mezcla de viejas curas y ensalmos eran igualmente inútiles. En cuanto a las potencias humanas, tenían una clarísima conciencia del señor local y del señor más distante, que era rey o príncipe, y que, tanto el uno como el otro, exigían prestaciones de servicios, rentas e impuestos, y –con sus adversarios– acaudillaban las tropas que entraban o providencialmente se desviaban por una zona determinada del país. Reyes y señores, además, nombraban y sustituían a los clérigos, y los clérigos se ocupaban de las bodas y de los entierros y daban a la parroquia una simple información acerca de las Primeras y de las Últimas cosas. En tales condiciones, es posible tener una visión más acertada de la población como conjunto si consideramos los estremecimientos políticos superficiales sobre una amplia extensión, que si atendemos exclusivamente a la minoría que podía estar explorando ideas, artes o invenciones para la generación siguiente. En este periodo es más importante mantener un enfoque relativamente estático del escenario, mientras los años pasan, que buscar los orígenes del cambio futuro.
EL SACRO IMPERIO ROMANO EN 1648
La firma de los Tratados de Westfalia no fue más que una etapa en el proceso de pacificación del imperio. La lucha terminó, inmediatamente, al este del Rin, pero España y Lorena se habían mantenido al margen de la negociación final en Munster, de modo que, al oeste del río, las fuerzas españolas, las francesas y las del duque de Lorena continuaban en acción. Sobre todo, los andrajosos mercenarios del duque hacían incursiones por todas partes, en busca de provisiones. Contribuyeron a reducir a cenizas, para unos cuantos años, el Franco Condado y partes de la Champagne, a la vez que sembraban la alarma al otro lado del Rin. Ellos fueron los responsables de los primeros esfuerzos llevados a cabo, con posterioridad a 1648, por los inquietos príncipes, con el fin de agruparse para la defensa común; alianzas de este género fueron frecuentes en la política alemana después de 1648, prefigurando la famosa Liga del Rin de 1658, y muchos acuerdos posteriores. La dificultad consistía siempre en fijar las aportaciones económicas y el número de las fuerzas que debían suministrar los Estados miembros. Por ello, las alianzas solían tener como base los antiguos «Círculos» imperiales, grupos de Estados acostumbrados a una asamblea periódica de príncipes o delegados, y al uso de cédulas de impuestos imperiales. Esta arcaica organización desempeñó tareas curiosamente complejas, con políticos conferenciando constantemente en muchas cortes o ciudades modestas, y con sus agendas multiplicándose sin cesar en una densa atmósfera de protocolos. Esto condujo a interminables y fútiles luchas sordas, así como a fricciones graves. Los historiadores alemanes del siglo XIX mascullaban con patriótica indignación cuando se enredaban entre aquellos laberintos. Sus sucesores tienden a analizar con mayor simpatía el intento de una federación activa de estados soberanos.
En los tratados de 1648 se omitió, deliberadamente, un buen número de cuestiones constitucionales, que habían de ser reguladas por la próxima reunión de la Dieta Imperial. Estas omisiones revelan la subyacente solidez de la posición del emperador Fernando III, a pesar de sus derrotas durante la guerra. Francia y los más radicales príncipes alemanes habían exigido una cláusula que privase al emperador de garantizar, en vida, la elección de un sucesor: sabían que, en el pasado, la familia Habsburgo había mantenido muchas veces la Corona imperial porque el propio emperador reinante disponía y supervisaba la elección de un «rey de los romanos» (que automáticamente le sucedía como emperador en debida regla). Si el emperador moría antes de que fuese establecida su sucesión, los candidatos Habsburgo estarían mucho peor situados para sucederle. Los radicales veían en esto una oportunidad para romper los lazos entre los Habsburgo y el imperio, lo que constituyó una cuestión fundamental en la política europea entre 1500 y 1800. Unieron a esto las «Capitulaciones», una carta constitucional que todo nuevo emperador tenía que firmar. Exigieron la inclusión en los tratados de una carta revisada, destinada a recortar aún más la autoridad imperial. Fernando se salió con la suya: aquellas cuestiones fueron dejadas para la Dieta. Algunos «príncipes» también trataron en Munster de recusar las diversas prerrogativas de los «electores». ¿Por qué habían de elegir ellos solamente al rey de los romanos o al emperador? ¿Por qué había de ser su comisión permanente de delegados, en Ratisbona, la que rigiese los asuntos concernientes a otros gobernantes del Imperio? Al plantear tan delicadas cuestiones, el partido reformista convenció a los electores del interés que ellos compartían con el propio emperador. Aquella alianza era, ciertamente, fundamental, a pesar de algunos pequeños desacuerdos. Esto explica por qué cambió tan poco en 1648 la estructura del imperio, y por qué cambió tan lentamente después. En Westfalia había sido aceptada upa importante novedad: la creación de un nuevo puesto en el Colegio de Electores para Karl Ludwig, el hijo mayor superviviente del elector palatino, que perdió la batalla de White Hill en 1620. Regresó del exilio en Inglaterra, gracias a la presión holandesa y sueca, para gobernar, desde el arruinado castillo de Heidelberg, su patrimonio, que se extendía a lo largo del Rin y del Néckar; pero Maximiliano de Baviera, el victorioso adversario de su padre, conservó el Alto Palatinado (con la unión de Bohemia) y el antiguo título electoral que había pertenecido a los antepasados de Karl Ludwig. La nueva creación y la antigüedad de los electores fueron temas intensamente debatidos entonces.
En 1652, Fernando convocó la Dieta. Cuando la declaró abierta, en junio de 1653, en aquella histórica casa del Ayuntamiento de Ratisbona que ya había visto el ir y venir de tantas Dietas, se encontró con una asamblea de la mayor antigüedad. A su lado se sentaban siete electores o sus delegados: los tres gobernadores protestantes de Sajonia, Brandemburgo y el Palatinado, y los cuatro católicos de Baviera, Maguncia, Colonia y Tréveris. Al fondo de la sala, frente a Fernando, estaban los representantes de las ciudades imperiales. Una cláusula de los Tratados de Westfalia les había prometido, vagamente, más poder y el derecho a un voto que debería ser tenido en cuenta antes de que los otros Colegios presentasen una resolución de la Dieta al emperador, pero esto no se vio confirmado. Entre los electores y los humildes delegados de las ciudades se sentaban los príncipes. Estaban presentes unos setenta, y constituían, evidentemente, el elemento más numeroso y más variado de toda la Dieta. Al igual que el Colegio de Electores, el Colegio de Príncipes estaba compuesto por miembros civiles y eclesiásticos. De él formaban parte gobernantes poderosos, como la reina de Suecia y los gobernadores de los ducados del Brunswick, juntamente con los portavoces, totalmente insignificantes, de diversos grupos de condes imperiales. Un nuevo elemento estaba formado por príncipes cuyos títulos habían sido conferidos recientemente por el emperador. Casi todos eran austríacos y algunos de ellos no poseían dignidad territorial alguna en el imperio. La discusión sobre este punto era inevitable, una vez que la Dieta comenzase a deliberar. Un buen número de políticos, en Ratisbona, estaba decidido a no permitir que las mayorías se impusiesen a las minorías, de modo que la estratagema de Fernando de crear nuevos votos mediante aquel sistema parecía altamente discutible.
Los Estados del imperio se encontraban entonces intactos. Por consiguiente, en la sociedad germana se mantenían las viejas separaciones de rangos. De todas las regiones del país acudían a la Dieta los señores con sus damas, y en las fiestas en que se reunían les daban muchas oportunidades para resaltar, una y otra vez, sus posiciones sociales. Los problemas de prioridad en los estamentos privilegiados de la sociedad, como la cuestión religiosa, eran pasiones dominantes en la época. La prioridad era la medida del valor y de la reputación.
Las maniobras políticas no tardaron en poner de manifiesto la fuerza de los conservadores. La apertura de la Dieta había sido aplazada, en parte porque Fernando invitó a los electores a que se reuniesen con él previamente en Praga, con el fin de encomendarles que eligiesen a su hijo mayor, llamado también Fernando, como rey de los romanos. Francia, mucho más débil que en 1648, no tenía fuerza para intervenir; los cuatro electores católicos eran amigos. Sajonia, como siempre, seguía siendo leal a los Habsburgo. El elector palatino se conformó con una halagüeña bienvenida, después de los duros años de exilio. Sobre todo, Fernando se atrajo a Federico Guillermo de Brandemburgo, al apoyarle contra Suecia. Se negó a reconocer formalmente el reciente derecho de la reina de Suecia a sus nuevas posesiones dentro del Imperio, ni a admitir a sus delegados en la próxima Dieta, hasta que el gobierno sueco accediese a retirarse de las zonas de la Pomerania reivindicadas por Brandemburgo. Los ministros de Cristina acabaron cediendo, y los electores prometieron votar a Fernando IV como rey de los romanos. La elección tuvo lugar en Augsburgo; la coronación, en Ratisbona, y solo después los funcionarios de los Habsburgo autorizaron la iniciación de la Dieta. Los reformadores, que habían tratado de aplazar la elección del próximo emperador hasta después de la muerte de Fernando III y de reelaborar las capitulaciones antes de elegirle, estaban derrotados.
El desarrollo de la Dieta favoreció también a los que no deseaban cambio alguno. Los tratados westfalianos habían estipulado que se introdujesen reformas legales y judiciales. La Dieta formuló propuestas destinadas a mejorar la actuación judicial de los tribunales imperiales, pero aquellas propuestas nunca se hicieron realidad. La justificable esperanza de las ciudades imperiales de disponer de un voto efectivo en los procedimientos de la Dieta se desvaneció muy pronto. Los príncipes que pretendían atacar los privilegios y la preeminencia de los electores fueron derrotados también, tras arduos debates. En la cuestión de los impuestos, en cambio, fue el gobierno de los Habsburgo el que se vio derrotado por el peso de la oposición. Esta se negó a aceptar que los votos de una mayoría favorable a la exacción de impuestos imperiales pudieran maniatar a una minoría que se oponía a ella.
Los tratados de 1648 habían decidido que una mayoría en la Dieta –o en el Colegio de Electores– no podría imponerse a una minoría en cuestiones de religión. Afirmaban, sencillamente, los soberanos derechos de todos los gobernantes germanos. Y la Dieta de 1653 suprimía ahora hasta la menor oportunidad de crear un eficaz sistema de impuestos para el Imperio como conjunto. La Constitución, por lo tanto, impedía el adecuado ejercicio de una autoridad soberana, tanto por parte del emperador como de la propia Dieta. Por otra parte, los gobernantes, grandes y pequeños, habían conquistado, al fin, su libertad. Sentían veneración por el Sacro Imperio Romano germano, porque hizo improbable una autocracia imperial, y la autocracia era la pesadilla que tanto les había preocupado desde las victorias del emperador Fernando II, en la década de 1620 y en la de 1630. Y, a partir de 1648, influyó en sus juicios políticos durante treinta años. Pero los teóricos políticos que declaraban absurda la constitución del Imperio, y los muchos panfletarios que lamentaban la impotencia militar germana, perdían el tiempo. Era cierto que los peligros de una intervención extranjera aumentaban, porque el Imperio carecía de un gobierno central, a no ser sobre el papel, pero la libertad bien valía aquel precio. Esto constituye un difícil problema histórico. La destrucción de las libertades dentro de los estados germanos a medida que los príncipes sometían las asambleas locales de las clases privilegiadas era, en realidad, una victoria para la tendencia general hacia el absolutismo que frecuentemente ha sido considerado como el tema par excellence del siglo. Pero, en algunos aspectos, este movimiento era muy restringido. Estaba contrarrestado por la lucha por las libertades provinciales, o principescas, o municipales, en el marco de las constituciones federales, en una inmensa zona de la Europa central, que incluía el Imperio, los Cantones Suizos, las Provincias Unidas y Polonia.
El afortunado golpe de Fernando III, que tuvo como resultado la coronación de su hijo Fernando, no tardó en ser anulado. Fernando IV murió en diciembre de 1654. En esa fecha el gobierno de los Habsburgo no se atrevió a proponer la elección del hijo más joven del emperador, Leopoldo. Las circunstancias eran ahora mucho menos favorables.
FANÁTICOS Y ESTADISTAS
El convenio de 1555 había roto con el pasado medieval del Imperio, al conferir a los Estados luteranos una autoridad legal de la que anteriormente solo gozaban los gobernantes católicos; pero, por la llamada «reserva eclesiástica», esto no les permitía continuar anexionándose tierras de la Iglesia. Según los protestantes, los gobernantes católicos tampoco podían hostilizar, dentro de sus dominios, a Estados que se hubieran convertido ya al luteranismo; esta era una interpretación protestante de la llamada «declaración fernandina», una garantía dada por el emperador Fernando I. Otros credos, el calvinista o el de cualquier secta, no contaban con reconocimiento legal de ninguna clase. Pero, en el curso de un siglo, dos grandes familias electorales, la de Brandemburgo y la del Palatinado, y algunos otros príncipes abrazaron la doctrina calvinista. Las limitaciones impuestas a los gobernantes en 1555 para actuar según sus deseos, secularizando tierras de la Iglesia o disciplinando a Estados que no se atenían a su propia práctica religiosa, habían saltado, hechas añicos. Entre 1620 y 1640, católicos y protestantes se entregaban, en uno u otro momento, a fascinantes proyectos de futuras ganancias, ganancias que entonces se hallaban lejos de su alcance a causa de los infortunios de la guerra. Con posterioridad a 1640, solo el pequeño, pero activo grupo de fanáticos de ambos bandos no llegó a comprender que era necesario un nuevo compromiso para preservar la paz. La posibilidad de llegar a un acuerdo surgió cuando los gobiernos francés y sueco, tras lograr en Munster y en Osnabrück vitales concesiones de territorio en el Imperio, se negaron a escuchar a los fanáticos; el nuncio pontificio en Munster (que luego sería el papa Alejandro VII) se sintió ofendido por la actitud del cardenal Mazarino, y los protestantes desterrados de Bohemia no fueron menos ásperos con los duros suecos. Pero lo más importante era que la corte de Viena había elegido por entonces una línea de política realista, que rechazaba las exigencias católicas más militantes respecto a Alemania.
En 1648, los ministros de los Habsburgo insistieron en que la autoridad de Fernando III sobre los países hereditarios de los Habsburgo se mantuviese intacta, y los protestantes accedieron. Ningún tipo de concesiones protectoras de los protestantes en Alemania limitaba el derecho de Fernando III a imponer la uniformidad católica en Bohemia, en Moravia y en los ducados austríacos. Por otra parte, sacrificó los intereses católicos al dar «satisfacción» en la Alemania septentrional a los Estados protestantes –Suecia, Brandemburgo, Mecklemburgo y los duques de Brunswick–. Con este fin, accedió a la secularización de muchos obispados y de otras fundaciones, renunciando para siempre al principio de «reserva eclesiástica». Estas mutuas concesiones tuvieron como resultado práctico la salvaguardia de una esfera de predominio de los Habsburgo y de los católicos en la Europa central, pero dieron al protestantismo una seguridad absoluta en una amplia franja de territorios que se extendían, tierra adentro, desde las costas del Báltico y del mar del Norte. La primera estaba apoyada, en cualquier caso, por la católica Baviera, y la otra por Sajonia, que seguía siendo el bastión del luteranismo ortodoxo. Después de tremendas y arduas negociaciones –influidas, naturalmente, por las batallas y los asedios todavía en curso–, las partes alcanzaron un acuerdo más amplio. Esto era de capital importancia. Declararon que las condiciones existentes el 1 de enero de 1624 serían el criterio para resolver judicialmente todas las disputas locales entre ambas confesiones por cuestiones de propiedad, por el uso de edificios eclesiásticos, por el grado de tolerancia extendido a las minorías, etc. En lugares donde los disidentes no podían alegar que gozasen de derechos legales en 1624, el gobernante seguía estando autorizado a hacer observar la conformidad pública; pero el tratado le obligaba a ofrecer una tolerancia limitada, o a dar a los disidentes –si prefería expulsarles– un plazo razonable para disponer de sus tierras y de sus bienes.
El efecto de esta elección de 1624 como pauta fue muy señalado en diversas zonas. Por ejemplo, el luteranismo revivió en Wurttemberg, bajo la restaurada autoridad del duque Eberhart III. La secularización, en aquel momento, de las tierras de la Iglesia, perdidas por los católicos durante la Reforma, pero recuperadas después de 1627, y perdidas definitivamente en 1648, fue un hito en la historia de la Alemania meridional. La elección de 1624, y no de 1618 o 1630, demuestra también que este nuevo acuerdo religioso era un compromiso, acordado velis nolis por los protagonistas, después de una laboriosa estimación de la fuerza de unos y de otros, así como de la disposición a arriesgar una ruptura total en el regateo de la paz. Los estadistas habían acabado venciendo a los idealistas clericales, y sus cálculos preveían una situación suficientemente sólida para resistir las peligrosísimas amenazas que se le opusieran con posterioridad a 1648. La Iglesia católica logró después algunos coups sorprendentes, al atraerse a gobernantes individuales como el duque Juan Federico de Hannover, e incluso al elector Augusto I de Sajonia; pero los tratados westfalianos les privaban de todo derecho a imponer un nuevo credo a sus súbditos. De igual modo, los luteranos habían tratado de conseguir que los negociadores abandonasen la demanda de los gobernantes calvinistas en el sentido de que su confesión se situase sobre un pie de igualdad con el catolicismo y el luteranismo. Es verdad que fracasaron, pero, en las décadas siguientes, se dieron muchos casos de fieles calvinistas perseguidos por el clero luterano. Sin embargo, esta fricción nunca dio origen a una disputa importante. Había tantas ciudades (sobre todo, las ciudades imperiales) y comarcas donde las denominaciones opuestas coexistían, tantos ejemplos de estados que diferían confesionalmente de sus gobernantes, a la vez que, por lo general; era tan pequeña la distancia que un hombre tenía que recorrer para llegar a una comunidad que profesase la fe de su elección, que las condiciones en el interior del Imperio eran, por lo menos en este sentido, más civilizadas de lo que lo habían sido durante la guerra.
Fue, naturalmente, una solución autoritaria, a la vez que un compromiso. Después de 1648 se promulgó o repromulgó un buen número de «ordenanzas eclesiásticas» por toda Alemania. Estas ordenanzas demuestran que, en los Estados luteranos, calvinistas y católicos, funcionarios, legos adictos a cada credo ayudaban al clero en la imposición de la asistencia a los servicios religiosos y a la puntual toma de la comunión. El Estado y la Iglesia, en estrecha alianza, luchaban en todas partes contra la apostasía de los que pertenecían a la Iglesia estatal; los clérigos predicaban obediencia al gobierno, y estaban, a su vez, protegidos contra la crítica popular. En cambio, disputaban entre sí con acritud y obstinación.
La protesta del papa Inocencio X contra los Tratados de Westfalia en su carta abierta, De Zelo, redactada a finales de 1648, pero publicada en 1651, revelaba indignación y pesar. Sin embargo, la estructura de la Iglesia católica seguía encajando perfectamente en una sociedad alemana conservadoramente ordenada después de la guerra. Seguían otorgándose sedes episcopales, con demasiada frecuencia, a príncipes de los Habsburgo y de los Wittelsbach, así como a las más nobles familias de la Renania. Un gran número de capítulos catedralicios, ricamente dotados, permanecían intactos, y en ellos se asignaban siempre muchos sitiales a hombres de ilustre nacimiento, que tenían que demostrar la limpieza de su progenie; y los capítulos elegían a los obispos. Los nobles protestantes del Norte tenían un interés semejante por las pocas y antiguas fundaciones donde el Estado dejó una dotación intacta, pero estaban mucho peor situados que sus contemporáneos católicos, cuyas familias sangraban las rentas de las catedrales, de los monasterios y de los conventos en Colonia, Lieja, Estrasburgo, Maguncia, Wurzburgo, Bamberg, Eichstätt y en otras partes. A un nivel infinitamente más bajo, un gran número de pobres vicarios de coro y servidores del altar trabajaba en aquellas iglesias católicas presididas por los capítulos de nobles; correspondían a los plebeyos y procedían de las familias plebeyas, en el extremo del mundo. Un cuerpo de sacerdotes enérgicos e ilustrados se mantenía firme entre aquellos grupos, y algunos de ellos ingresaban en los capítulos. La sociedad luterana estaba constituida de un modo muy diferente. Si nuestros atlas históricos muestran una gran cantidad de líneas que vanamente intentan señalar las fronteras de los principados germanos en el siglo XVII, una frontera cultural más importante separaba de los luteranos y de los calvinistas a los católicos del Imperio. En la sociedad protestante, los clérigos eran, generalmente, hijos de clérigos, reforzados con hijos de burgueses, mientras los nobles desempeñaban un papel mucho menor en los asuntos eclesiásticos. Eran, sobre todo, los hijos menores de las familias de los ciudadanos luteranos respetables los que elegían, por lo general entre el servicio del Estado y el clero; el prestigio de los clérigos solía gozar de alta consideración. En conjunto, las iglesias protestantes de la Europa septentrional, del sudoeste de Alemania y de la Suiza protestante, los clanes o dinastías de clérigos y la estrecha alianza de los pastores con los ciudadanos eran los rasgos distintivos de la sociedad contemporánea, mientras que, en las regiones católicas, los nobles tendían a dominar la jerarquía.
Los predicadores luteranos y los profesores de universidad seguían manteniendo una posición preponderante en las controversias intelectuales de Europa. Profundamente convencidos de que eran los depositarios de la verdadera fe, por lo que daban gracias a su fundador Martín Lutero, temían traicionar la confianza divina si vacilaban en el cumplimiento de su deber de oponerse tanto al error romano como al calvinista. Por una parte, pueden impresionarnos como conservadores empedernidos, intolerantes ante cualquier cambio. No propiciaron nuevos conversos en Europa, no se preocuparon de la campaña misionera en ultramar (hasta finales del siglo), y, evidentemente, hicieron pocas concesiones a las características de la empresa comercial, aunque la Hamburgo luterana fue uno de los más vigorosos centros comerciales de todo el continente. Por otra, continuaban resistiendo, incansablemente, a los nuevos errores, mediante la escritura, la predicación y la enseñanza. Sus investigaciones sobre la historia de la Reforma eran verdaderamente sólidas. Su producción de poesía religiosa y el desarrollo de los servicios eclesiásticos luteranos gracias a los nuevos progresos en la construcción de órganos y en la interpretación musical mediante estos instrumentos enriquecieron incomparablemente a la humanidad civilizada. De sus comunidades surgirían Pufendorf y Leibniz, y luego Bach y Haendel. Además, sus propias controversias revelaban un indudable vigor. En un extremo, George Calixtus, de la Universidad de Helmstadt, había defendido el «sincretismo» hasta su muerte, ocurrida en 1656. Distinguía entre lo circunstancial y lo fundamental en religión, y sus seguidores continuaban sosteniendo que los diferentes credos cristianos tenían una base común. Apoyaron el movimiento en favor de la unión de las Iglesias, que un impresionante puñado de hombres, como John Durie el Escocés, Rojas y Spinola, el católico de ascendencia española nacido en Güeldres, así como Leibniz, consideraban la única solución posible de la desgarradora discordia confesional de Europa. Pero, en las Universidades de Wittenberg y de Jena, los fanáticos se opusieron obstinadamente a aquellas rendiciones ante el error, apoyándose en los viejos formularios luteranos. En la Rostock University, un notable predicador, Theodore Grossgebauer, publicó, en la década de 1650, algunos sermones y folletos fascinantes, que reflejaban el interés que por los problemas sociales sentían los sectarios ingleses de su tiempo. Su aproximación a los principios radicales constituyó una ofensa para los ortodoxos. Aunque no había grandes impulsos agitadores en el mundo del luteranismo –con anterioridad al nuevo movimiento religioso del pietismo, surgido en torno a 1680–, estaba muy vivo todavía.
LA ECONOMÍA DE EUROPA CENTRAL
Ni en 1648 ni en 1653 se preocuparon de problemas económicos los políticos reunidos en asamblea. Las antiguas leyes imperiales sobre circulación de dinero, sobre los gremios y sobre los peajes permanecían invariables. Se aceptaban tranquilamente todos los inconvenientes económicos de la fragmentación política. No es fácil comprender plenamente la importancia que esta dañina situación tenía en las condiciones del siglo XVII. Las Provincias Unidas estaban florecientes, a pesar de las barreras fiscales de todas clases, tanto municipales como provinciales. La monarquía francesa, no obstante toda su autoridad, nunca pudo desembarazarse de aquellos obstáculos internos al movimiento de mercancías; Colbert mantuvo y utilizó los gremios, sin liberarlos de sus defectos. Ciertamente, en 1653 nadie tenía el conocimiento o la visión necesarios para sostener que la futura prosperidad del Imperio, así como su futura paz, dependían de medidas adoptadas en común. Algunos pensadores alemanes de la generación siguiente comenzaron a tener en cuenta esta idea, pero lo que un autor moderno llama «el mercantilismo imperial» nunca echó raíces propias. Un comercio más libre dentro de unas zonas más amplias podía haber sido un paso positivo, pero los verdaderos problemas de la época eran otros. Ninguna afortunada casualidad, como el descubrimiento de nuevas minas en la Europa central, dos siglos antes, trajo riquezas fáciles ni capital de reserva a las ciudades germanas del Sur. Había pocas posibilidades de compartir con los Estados del Oeste algo más que una pequeña proporción de los beneficios del comercio de ultramar. Las zonas de tierra adentro, frecuentemente dañadas y despobladas, tenían que crear, sin ayuda, nuevas riquezas. La reconstrucción era lenta, fragmentaria, y dependía de distintas condiciones locales, del esfuerzo individual y de ideas antiguas; ninguna burocracia de gran escala tenía el poder suficiente para acelerar o para perturbar el proceso experimentando nuevos remedios.
Durante los años de guerra, la Alemania del Noroeste se había librado de graves pérdidas, gracias a que los prósperos holandeses ofrecían un mercado para los excedentes de mercancías y de mano de obra. El trabajo estacional en las Provincias Unidas permitía a muchos alemanes volver al hogar, junto a sus familias, con dinero ahorrado. Hamburgo, Bremen en menor medida, e incluso Emden, seguían abasteciendo al interior del país con artículos de ultramar. En Colonia y en Fráncfort, la experiencia también demostró que los ejércitos en guerra preferían que los negocios continuasen, para que les proveyesen de cereales, de ganado, de caballos y de armamentos. Los traficantes, desde luego, estaban agobiados por un sistema de licencias, impuesto en los puntos estratégicos de las rutas comerciales, pero la economía de la Baja Renania era claramente boyante. Por desgracia, cuando la lucha terminó, la situación general de las ciudades imperiales no mejoró, y es posible que decayese notablemente. Los príncipes territoriales, deseosos de ganancias, estaban menos dispuestos que antes a acceder a las demandas de los ciudadanos de que el comercio fuese «libre». Por el contrario, nunca dudaron, en el periodo siguiente, en restringir el movimiento de mercancías, mediante la elevación de las tarifas de peaje. Con posterioridad a 1648, fue la multiplicación de estas cargas lo que realmente comenzó a ahogar los sistemas fluviales del comercio en Alemania. Las ciudades del Rin y del Oder fueron las más perjudicadas, pero los suecos –desde su base en las antiguas tierras arzobispales de Bremen– y el duque de Oldenburgo se pusieron de acuerdo para estrangular el comercio de la propia Bremen, desde sus puntos ventajosos en el bajo Weser. Hamburgo se enfrentó con el celoso interés de Brunswick en la corriente arriba del Elba, y con el rey de Dinamarca, corriente abajo; pero las magníficas fortificaciones de la ciudad, la numerosísima población (en crecimiento constante durante la guerra y los veinte años siguientes) y la notablemente vigorosa dirección de los asuntos comerciales colaboraron a salvaguardarla contra aquellos poderosos enemigos de entonces. Asimismo, existe un sorprendente contraste entre la ascendencia de las ciudades holandesas sobre las provincias holandesas, y esta imposibilidad de las ciudades alemanas más importantes para conseguir algo más que mantenerse, simplemente, dentro del Imperio.
El principal efecto de la guerra se hizo sentir más lejos, hacia el Sur y el Este. La población descendió en un 50 por 100 en el Palatinado renano y en las zonas de tierra baja de Wurttenberg, en el Brandemburgo occidental, en Mecklemburgo y en Pomerania. Las pérdidas fueron poco menos graves en la Sajonia occidental, en Alsacia y en zonas dispersas de Franconia y de Turingia. La que más sufrió fue una ancha faja de territorio que se extendía y cruzaba el Imperio desde el Sudoeste al Nordeste. Aldeas o casas desiertas, y tierras abandonadas, eran las consecuencias visibles de un periodo durante el cual la mortalidad se había incrementado tan acusadamente, a causa de que la gente del campo huía en busca de la seguridad de las ciudades amuralladas, donde unos terribles excesos de población daban origen a espantosas epidemias. A partir de 1648, y en algunos casos antes, comenzó, lentamente, la reconstrucción. Karl Ludwig, en el Palatinado, inició la reconstrucción de la ciudad de Mannheim, y estimuló insistentemente la inmigración, prometiendo tolerancia religiosa, ofreciendo años libres de impuestos a los colonos y construyendo casas nuevas. En Wurttenberg y en Baden, el problema del endeudamiento general fue abordado mediante la pública autorización del repudio de ciertos tipos de deudas antiguas. Funcionarios de Brandemburgo estaban dispuestos a intentar inspecciones minuciosas con el fin de descubrir dónde era más urgentemente necesario el reasentamiento. Pero el verdadero interés de aquellos años de posguerra estribaba no tanto en las políticas de los Estados como en un espontáneo movimiento de la población. Los historiadores pueden ahora elaborar una viva descripción de la emigración desde las regiones alpinas más pobres de la Alta Austria, de Estiria y de Suiza, debida tanto a la miseria agraria como a la intolerancia religiosa, hacia zonas poco pobladas del Sur, del Centro y del Oeste de Alemania. Por ejemplo, familias campesinas de las proximidades de Linz se desplazaban, remontando el valle del Danubio, hasta Ratisbona. Desde este centro, muchos de ellos se trasladaban a la devastadísima y muy despoblada zona occidental de Núremberg. Y no solo se detuvieron en el territorio gobernado por príncipes protestantes como el margrave de Ansbach. En aquella región curiosamente fragmentada la ciudad de Núremberg tenía propiedades dentro de los dominios del duque de Pfalz-Neuburg, riguroso católico. Sus funcionarios se quedaban perplejos al encontrar a protestantes austríacos asentados y asentándose en su ducado durante la década de 1650. Aunque con ciertas vacilaciones, acordaron dejarles permanecer. Aquellos austríacos encontraban trabajo también en las tierras de las fundaciones eclesiásticas católicas. La mayoría de los emigrantes suizos se trasladaban a Alsacia y al Palatinado. Los checos y los alemanes de Bohemia seguían cruzando la frontera hacia la vecina Sajonia; en la mayoría de los casos, como el de los protestantes que habitaban en el antiguo principado de Wallenstein, en Friedland, en la Bohemia septentrional, se desplazaban, simplemente, a las montañas, para vivir en una región tranquila, no lejos de sus hogares anteriores. Un gran número de habitantes de Holstein se desplegaba hacia el Sur, aunque muchos de ellos preferían probar suerte en las regiones que rodeaban a Hamburgo, antes que en Mecklemburgo y en Brandemburgo. Unos pocos menonitas de Holanda se aventuraron Rin arriba. A todo esto, hay que añadir un movimiento interior, que es más difícil de reconstruir. Volúmenes de legislación represiva atestiguan que mucha gente, sobre todo jóvenes y personas libres, cambiaban incesantemente de un señor a otro, y de una región a otra región. Los soldados licenciados buscaban un medio de vida.
Los gobiernos fueron más eficaces en la Baja Sajonia y en Westfalia que en ninguna otra parte. Ordenaron a los funcionarios locales que insistiesen en que las posesiones abandonadas por los campesinos, de las que se habían apoderado los terratenientes privilegiados, y a los que era más difícil arrancar impuestos, fuesen devueltas a los campesinos. Comenzaron ensanchando otras posesiones hasta su extensión original: en aquellos casos, el campesino se había visto obligado, en los malos tiempos, a disponer de parcelas de tierra para pagar deudas o satisfacer impuestos. Querían dar a aquella sección de la comunidad que pagaba los principales impuestos directos al gobernante los recursos suficientes para hacerlo, y una mayor seguridad. La antigua ley agraria de aquella región favorecía al terrateniente; la guerra había hecho menos daño y causado menos pérdidas en la mano de obra que más al Sur o al Este, pero unos buenos gobernantes podían aspirar a conseguir créditos para lo que la jerga de su tiempo (y la del nuestro) llamaba la «reintegración» de un importante campesinado entre los ríos Weser y Elba.
Hacia el Este, las condiciones económicas variaban, pero en casi todas partes era mayor la influencia política de los terratenientes que en la Alemania occidental. Durante la guerra, la mano de obra en Sajonia había sido escasa, de modo que los jornales habían subido. Una sucesión de buenas cosechas, inmediatamente después, hizo descender los precios de los artículos alimenticios, hasta el punto de que los terratenientes resultaban perjudicados. Entonces pusieron todo su interés en persuadir al elector Juan Jorge I y a su gobierno para que promulgasen una legislación que atase sólidamente al campesino y a su familia a las tierras hereditarias. Querían que los jornales para los hombres sin tierras se fijasen al nivel más bajo posible. Sus arrendatarios, y en realidad todas las clases más pobres, deseaban permanecer libres, tanto para negociar mejores salarios como para emigrar a las ciudades; y las ciudades recibían con los brazos abiertos aquella mano de obra adicional. La acritud social en el campo y las disputas entre la nobleza y las municipalidades eran muy intensas. En 1651, el elector publicó una importante Ordenanza de Trabajo. Concedía a los señores un derecho de prioridad sobre los servicios de sus campesinos, y los de sus hijos e hijas, y fijaba también unos niveles muy bajos a los jornales. Bajo Juan Jorge II, que sucedió a su padre en 1656 y que luego se describiría a sí mismo como «el Amigo del Noble», un nuevo decreto de 1661 confirmaba la victoria de los terratenientes. Así se imponía a los no privilegiados una sujeción económica que perduraría hasta el siglo XIX. La Universidad de Wittenberg protestó inútilmente contra aquella negación de la libertad natural del hombre. Por otra parte, la población de Sajonia se rehizo de sus pérdidas de la guerra, muchas tierras abandonadas volvieron a ser productivas; parece que Leipzig, como centro comercial, negoció con Núremberg y con Fráncfort del Oder entre 1650 y 1700, a la vez que, por lo menos en algunos de los más pequeños principados sajones, la administración era muy eficiente.
Las legislaciones laborales de los dos Juan Jorge fueron copiadas en la Europa central y en los Países Bálticos. Federico Guillermo de Brandemburgo hablaba el mismo lenguaje en sus ordenanzas generales de 1644, 1645 y 1651. Ante el más leve indicio de que los campesinos estaban tratando de organizarse, para defenderse contra las tropas suecas o contra sus propios señores –como en el distrito de Prignitz en 1645, 1646, 1648, 1650 y 1656–, reaccionaba duramente contra ellos. Ya en 1645, los gobiernos de Mecklemburgo y de Pomerania habían dictado ordenanzas similares, que fueron copiadas por el gobierno sueco para su mitad de Pomerania, en fecha posterior. Todas aquellas leyes –las más austeras, pero también uno de los más importantes datos relativos a la sociedad que las establecía– son características de una comunidad política en la que el doble control de gobernantes y clases privilegiadas mantiene a las masas rurales en una situación de sometimiento, mientras, esporádicamente, los campesinos, solos o en grupos, burlan y desafían la ley. En todos los casos, prohibían a los trabajadores que se trasladasen a sus domicilios sin el consentimiento de sus señores, y otorgaban a los señores un derecho prioritario sobre el trabajo de los hijos de sus vasallos. Esta segunda restricción era un grave atentado contra el concepto de la libertad personal, y tendía, desde luego, a hacer hereditaria la sujeción. Se aplicaba cada vez más a los «bauern», la amplia clase que anteriormente había ostentado un derecho de propiedad sobre sus fincas, aunque tenían que pagar rentas y prestar servicios a un señor. La situación de los «bauern» era ahora más próxima a la de la clase, más reducida, formada por auténticos vasallos o siervos; y cada vez tenían menos en común con la minoría, todavía más pequeña, de campesinos propietarios verdaderamente libres. Había también muchos casos en los que las deudas de los arrendatarios a sus señores producían, de un modo o de otro, un empeoramiento de la situación.
Aquella ordenada sociedad estuvo mucho más cerca del colapso en el Nordeste que en Sajonia. Un síntoma fue el descenso de la población de más allá del Elba, que llegó, como término medio, a una pérdida del 50 por 100, en comparación con los años anteriores a la guerra. El Altmark de Brandemburgo se encuentra exactamente al oeste del Elba. El descenso, en esta región, aumentó progresivamente desde el Oeste hacia el Este, subiendo del 15 o el 20 por 100 hasta cerca del 60 en la zona más próxima al río. Las cifras más prudentes para muchas otras partes de Brandemburgo, Mecklemburgo y Pomerania son igual de malas o todavía peores. Estas pérdidas se reflejaban, naturalmente, en fincas vacías de campesinos, en beneficios más bajos para los señores y en tributos más reducidos para el gobernante. El endeudamiento en todos los niveles de la sociedad era general, aunque determinados funcionarios y oficiales tenían fondos para ahorrar. «El campesino ha muerto con toda su familia; la casa está en ruinas; los campos están yermos» eran las frases eternamente repetidas en los inventarios de la época; y el hecho de que hubiera habido poca lucha en aquella parte del país desde 1640 hace que las cifras de población de los años 1648-1652 sean las más depresivas. La campiña estaba más vacía que en 1600, carente de toda clase de recursos, pero, sobre todo, de mano de obra.
Este factor predominante explica las leyes laborales: los trabajadores eran tan valiosos en su condición de pagadores de rentas y de impuestos, así como de servidores del campo y de la casa, que ellos y sus hijos debían estar ligados a un domicilio lo más sólidamente posible. De ningún modo podía arrojarse a los campesinos de sus tierras a fin de ampliar las granjas de la heredad, procedimiento bastante frecuente tanto en el periodo anterior como en el siguiente. Lo que había que poner en práctica era el sistema no menos brutal de atarlos fuertemente a los señoríos. Un terrateniente, al tratar de reconstruir su propiedad duramente maltratada, comprendía que un campesinado fijo –equipado, en la medida de lo posible, con sus propios jornaleros y yuntas de labranza– seguía siendo un elemento valiosísimo dentro de la economía de la que el terrateniente dependía para la obtención de un beneficio. El terrateniente necesitaba a campesinos, y parece que, a partir de 1648, restituyó las fincas rústicas, siempre que le fue posible. En determinados feudos, tanto al este como al oeste de Mecklemburgo, el número de tales fincas volvió, gradualmente, al de 1600 o 1630. En otros –probablemente, una mayoría– está claro que la extensión total de tierra arrendada en 1700 era mayor que en 1660, aunque no tanto como en 1630, y que la parte del señor en el total disminuido había aumentado. Cualquier avance tenía que ser lento. Las pequeñas ciudades vecinas necesitaban pequeños excedentes de productos agrícolas. Podía exportarse menos. Las deudas aumentaban, y los suecos, con sus demandas de compensación en 1648-1650, se llevaron una buena cantidad de lo que constituía el capital ahorrado. Una nobleza empobrecida se encontraba con unos labradores empobrecidos. Las tierras vacantes estaban, pues, a menudo débilmente unidas a las granjas, y los pobres o disponían de parcelas más pequeñas que las que habían sido trabajadas, en el pasado, por un campesinado más próspero, o se convertían en trabajadores sin tierra, generalmente empleados por el señor. Fue el empobrecimiento el que produjo un menoscabo en la situación del campesino, más bien que al contrario. Pero la legislación, desde luego, confirmaba aquel menoscabo. Trataba con benevolencia las pretensiones de los señores respecto a la tierra y al trabajo, y con dureza los antiguos derechos inherentes a la posesión por parte de sus campesinos. Construía un andamiaje legal, en el que la escasez de mano de obra no beneficiaba al trabajador.
Todo esto afectó a los príncipes con títulos soberanos, tanto como a los señores privados que gozaban de derechos de jurisdicción. En esencia, unos y otros compartían la autoridad y los territorios, por lo que la mayoría de la población trabajadora estaba compuesta por vasallos de los unos o de los otros. Pero para todos, ricos y pobres, los largos años de guerra habían significado impuestos «extraordinarios» añadidos a las rentas ordinarias, «contribuciones» que, en sus mentes, eran lo que, sobre todo, distinguía a la «guerra» de la «paz». Durante 1648 y después, hubo una creencia general –y una piadosa esperanza– en que los gobernantes, en tiempo de paz, se conformarían con el beneficio de sus tierras hereditarias y con los diversos peajes y tributos que constituían sus prerrogativas. La riqueza privada y superior del príncipe estaba considerada como la base financiera de la administración, que sufragaba los gastos del gobierno. Por lo tanto, el príncipe sufría directamente las funestas condiciones económicas, la falta de mano de obra, las buenas tierras que se quedaban yermas, los bosques destrozados y la ganadería perdida. La crónica disminución de sus ingresos personales era uno de los más importantes y más urgentes problemas de aquel tiempo.
Las dificultades eran, indudablemente, económicas, y también administrativas. Las diversidades regionales hacen que cualquier afirmación demasiado simple resulte arriesgada, pero la más importante unidad local de los mayores patrimonios en la Alemania septentrional era el Amt, regido por un «director» y un «inspector de cereales» que presidían un grupo de funcionarios subalternos; percibían un salario y asignaciones en especie. La tierra perteneciente a la jurisdicción del Amt se dividía en posesiones ocupadas por los campesinos del gobernador y en granjas trabajadas directamente por jornaleros, pero las granjas también contaban con el trabajo obligatorio por parte de los campesinos. Estos tenían que pagar en especie también, de modo que el ingreso ordinario del Amt adoptaba la forma de cosechas y de mercancías y madera procedentes, en parte, de las granjas y, en parte, de las fincas rurales. Los funcionarios deducían los gastos por reparaciones y jornales, enviaban el cereal a las casas del gobernador, aceptaban sus «asignaciones» (instrucciones de pago), que les llegaban periódicamente, y disponían de las mercancías excedentes, cuando podían, en un mercado local. Además, como demuestra el ejemplo de Brandemburgo, ningún organismo central supervisaba los diseminados Amter; los funcionarios más antiguos aspiraban a convertirse en miembros de la nobleza local. Una intervención rudimentaria no podría hallar el valor de una sucesión interminable de pagos en especie, percibidos o abonados por aquellos hombres. No se les ofrecía ningún estímulo para incrementar los beneficios por los que ellos tenían que velar. No había apreciaciones exactas de la extensión, del número de arrendatarios, ni de la cantidad de existencias. Y lo peor de todo era que el elector se había visto obligado a contraer pesadas deudas durante muchos años, y esto implicaba la hipoteca y la enajenación de partes de las posesiones en todos sus territorios, desde el Rin hasta el Vístula. Durante el invierno de 1651-1652, una junta de consejeros propuso una nueva política, estrictamente controlada, consistente en arrendar las tierras del elector por periodos limitados de años. Querían también convertir las transacciones en especie en transacciones en dinero: creían que esto sería la clave de una contabilidad más eficiente. Se llevaron a cabo los experimentos, pero no tardaron en ser abandonados. Apenas abordaron inútilmente el problema del pan-y-mantequilla que acosaba a la sociedad y al gobierno.
Al carecer de rentas suficientes, o al enajenar las posesiones que las producían –a fin de conseguir créditos y liquidar deudas antiguas–, un Estado tenía que recurrir a la imposición de tributos. Al carecer de impuestos suficientes, directos e indirectos, un Estado tenía que ampliar sus posesiones e incrementar los ingresos procedentes de las rentas de uno u otro tipo. Las alternativas estaban planteadas en casi toda Europa; si Inglaterra y Francia, con sus economías más avanzadas, elegían una, Carlos X y Carlos XI de Suecia ponían un interés mucho mayor en la otra[1]. La elección dependía, en parte, del carácter de la constitución. En algunos principados alemanes se mantendrían los impuestos, y luego se aumentarían, a partir de 1648, porque ya no había dificultad alguna para imponer órdenes, tanto a la nobleza territorial como a los no privilegiados. La autoridad heredada del gobernador era indiscutible. En otros, la cuestión seguía girando en torno al futuro desarrollo de los acontecimientos en el interior y en el exterior.
AUTOCRACIAS Y ESTADOS
El mayor autócrata de Europa central, con anterioridad a 1618, había sido Maximiliano I de Baviera. No pudo dar a su hijo Fernando María, que reinó desde 1651 hasta 1679, más que una fracción de su propia fuerza de carácter, pero dejó como herencia un patrimonio en el que la nobleza seglar estaba sometida, y las cada vez más ricas fundaciones eclesiásticas dependían del gobernante y le apoyaban. Las universidades de Ingolstadt y de Dillingen proveían a la Administración de competentes juristas, y, aunque la «Junta de Estado» permanente cuestionaba, a veces, las demandas e impuestos por parte del gobierno, no era mucho más que un cuerpo de funcionarios públicos encargados de recaudar determinadas contribuciones y de administrar la mayor parte de la deuda del gobierno. Las ocasionales asambleas plenarias de los Estados eran propicias a la palabrería, pero impotentes. Cuando Maximiliano murió, su viuda gobernó como regente durante algunos años. Sus únicas dificultades verdaderas fueron las que tuvo con su nuera, que protegía a artistas, músicos y aventureros italianos con enorme extravagancia; pero, en aquel periodo, el esplendor de la corte era, por lo general, un aceptable indicio de la supremacía sin trabas del gobernante. Fernando María, a pesar de su abulia, de cuando en cuando anunciaba con suficiente claridad la teoría del gobierno de que Dios le había confiado una responsabilidad total: ni la Dieta imperial ni sus pueblos tenían derechos en Baviera que les autorizasen a limitar las prerrogativas del soberano. Su familia ostentaba también otro de los electorados. Desde 1650 hasta 1688, Max Enrique, primo de Fernando María, reinó como arzobispo elector de Colonia. Retrospectivamente considerado, parece asombroso que un hombre en aquella posición, que pasó toda su vida poco dispuesto a desempeñar el papel de sacerdote ni el de estadista, que se convirtió en un fanático de la alquimia y del coleccionismo de piedras preciosas, no hubiera despertado resentimientos. Era inamovible.
Tampoco había dificultad alguna en las regiones del Brunswick luterano, alrededor de las tres cortes de Wolfenbüttel, Celle y Hannover. El patrimonio se dividió, repetidas veces, para satisfacer las pretensiones de cuatro hermanos que se trasladaban caprichosamente de un territorio a otro. Pero cada uno defendía sus derechos. Los ciudadanos de Hannover habían sido incapaces de impedir que Christian Ludwig les impusiese tributos, que introdujese tropas, que construyese fortificaciones o que se anexionase propiedades municipales con el fin de ampliar su palacio: todo en perjuicio de ellos. Ernesto Augusto, el mayor de la familia, fue el austero fundador del moderno Hannover; pero él y sus hermanos Jorge Guillermo y Juan Federico (que se hizo católico) estaban tan seguros en el disfrute de sus derechos hereditarios que podían pasar largas temporadas en Italia, país que todos ellos amaban apasionadamente. Augusto, su primo, creador de una maravillosa biblioteca en Wolfenbüttel, había gobernado a sus vasallos como el rígido maestro de escuela que era. Los estados de aquellos ducados eran sumisos y cooperantes. Intervenían afanosamente para impedir que las querellas privadas en el seno de la familia gobernante se desbordasen incontrolablemente. Desempeñaban su papel proveyendo de oficiales a los regimientos de Brunswick. Y aceptaban la administración autocrática, de la que ellos recogían algunas migajas, aunque no todas. Porque aquellos príncipes seguían la costumbre general de emplear tanto a nativos como a «extranjeros», tanto a hombres de nacimiento noble como plebeyo; y los plebeyos, a veces, acababan conquistando un título. En la década de 1650, los gobernantes de Brunswick enviaban en misiones diplomáticas a sus cancilleres, letrados de procedencia burguesa; a un noble llamado Von Winterstädt, que subió desde el puesto de comandante de una guarnición hasta los más altos cargos políticos; y a Thomas Grote, empleado a lo largo de su carrera por varios príncipes, hijo de un plebeyo de Celle, y cuyo propio hijo, Otto, dedicó su vida al servicio de Hannover y acabó ostentando la dignidad de Freiherr del Imperio. Realmente, por toda Alemania, los cazadores de empleos se trasladaban, sin cesar, de un sitio a otro, con total despreocupación de cualquier tipo de lealtades. Los servidores de un gobernante se dejaban sobornar, frecuentemente, por otro. Una diversidad de cortes soberanas puede haber reducido el país a la impotencia política y económica, pero contribuyó a crear puestos suficientes para calmar la apetencia de medios de vida por parte de las clases ilustradas. Esto favoreció la estabilidad social.
