El dios de los brujos - Margaret A. Murray - E-Book

El dios de los brujos E-Book

Margaret A. Murray

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Beschreibung

Murray hace una relación de los cultos al dios astado: el vellocino de oro, el dios Pan, el Minotauro, el dios galo Cernunnos cuya efigie fue hallada bajo el altar de Notre Dame en París y recuerda aquella advertencia de san Pablo en su primera Epístola a los Corintios: "Lo que inmolan los gentiles, ¡lo inmolan a los demonios y no a Dios!".

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Seitenzahl: 361

Veröffentlichungsjahr: 2012

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El dios de los brujos

Margaret A. Murray

Traducción Juan José Utrilla

Edición conmemorativa 70 Aniversario, 2006

Primera edición electrónica, 2012

Primera edición, Londres, 1931

La primera edición del FCE fue publicada en 1986

Título original:The God of the Witches

Traducida al español con permiso de Faber & Faber y de Oxford University Press

D. R. © 2006, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-0900-7 (ePub)ISBN 978-968-16-7702-2 (impreso)

Hecho en México - Made in Mexico

Atended a la piedra de donde fuisteis cortados, y a la cueva del lago, de donde fuisteis sacados.

Isaías 51: 1

Prólogo

Como este libro va dedicado al lector en general, así como al estudioso de antropología, no siempre mencionamos en el texto la autoridad en que se basa cada afirmación. En beneficio de quienes deseen llevar el estudio más adelante, al final del libro hay una bibliografía para cada capítulo. Y para la bibliografía completa de los registros ingleses, remitimos al lector a la History of Witchcraft in England (Washington, 1911), de Wallace Notestein. En mi obra Witch Cult in Western Europe (Oxford University Press, 1921), la bibliografía es, básicamente, del Reino Unido, Francia, Bélgica y Suecia.

Aunque sólo voy a concentrarme en la existencia, a través de la Edad Media, de una religión primitiva en la Europa occidental, no hay duda de que en tiempos anteriores el culto se extendió por la Europa central y oriental y por el Cercano Oriente. Y sobrevivió, subyaciendo como en Occidente bajo la religión oficial del lugar: el cristianismo en Europa, el islamismo y, a veces, el cristianismo en Oriente. Los literati de aquellas regiones eran de la fe por entonces en ascenso, y por consiguiente la antigua religión rara vez fue registrada, pues el paganismo pertenecía, aquí como allá, a las masas indoctas, casi incapaces de expresarse, que durante muchos siglos no fueron rozadas por la nueva religión. No he intentado presentar todos los ejemplos conocidos de las creencias y los rituales de los “brujos”; todo lo que deseo es ofrecer al lector una visión bastante completa del culto, basándome en testimonios de la época. También, al surgir la ocasión, he comparado el culto de los brujos con otras religiones de tiempos antiguos y modernos.

Vaya mi gratitud a mi hermana, la señora M. E. Slater, y al señor G. A. Wainwright, por su excelente ayuda y sus valiosas sugerencias, así como al señor F. Rutter, del ayuntamiento de Shaftesbury, por la información que tan bondadosamente me dio concerniente al Premio Besom.

En esta segunda edición las cuestiones originales permanecen intactas, pero se han hecho algunas adiciones, que incluyen la descripción de esa interesante supervivencia de un rito primitivo, la Feria de Puck del condado de Kerry (p. 45), por la cual estoy en deuda con la señora Percival-Maxwell; todo el capítulo VI (pp. 159-175), y la sugerencia sobre el significado del Rostrode Lucca en el juramento de Guillermo el Rojo. Se añadió una nueva ilustración, el frontispicio, que muestra a Juana de Arco identificando al Delfín; se ha tomado de una miniatura que se encuentra en un manuscrito del siglo XV, de Enguerrand de Moustrelet (Brit. Mus. Royal, MS. 20 D VIII f 7). Es casi contemporáneo de Juana, por lo que posiblemente se trate de un retrato fiel, ya que fue pintado cuando aún la recordaban muchos que, como el propio De Moustrelet, la habían visto.

M. A. Murray

Introducción

En años recientes, mucho se ha escrito acerca de los cambios, la evolución y la continuidad de la cultura material desde el periodo Paleolítico hasta la época romana, cuando empezaron los testimonios escritos de la Europa occidental. Los desplazamientos de pueblos, el aumento del comercio, el avance de la civilización: todo esto se ha trazado con precisión considerable. El periodo Paleolítico Superior de Europa se ha vinculado con el Capsiense, que es de origen africano, y rápidamente se está colmando la laguna existente entre las civilizaciones paleolítica y neolítica. El aspecto material de la vida ha recibido la máxima atención, pues son muy numerosos los restos concretos del hombre primitivo. También se han estudiado las artes pictóricas y plásticas de los periodos más remotos y, a partir de las artes y artesanías, se ha podido seguir el desarrollo mental de los pueblos paleolíticos y neolíticos. Mas la religión de aquellos antiguos tiempos ha sido totalmente descuidada, salvo unas cuantas referencias a diosas madres y a costumbres funerarias. El estudioso de las antiguas religiones comienza en la temprana Edad del Bronce del Cercano Oriente, pasando por alto completamente la Europa occidental en la Edad de Piedra; concluye con la introducción del cristianismo, ya que el estudio de esta religión es conocido como teología. Y, sin embargo, hay una continuidad de creencias y rituales que se puede seguir desde el periodo Paleolítico hasta los tiempos modernos. Y sólo por el método antropológico puede avanzar el estudio de las religiones, sean antiguas o modernas.

La actitud de todos los escritores hacia la época poscristiana en Europa, especialmente al acercarse a la Edad Media, ha sido la del eclesiástico, el historiador, el artista, el erudito o el economista. Hasta ahí, el antropólogo se ha confinado a los periodos precristianos o a los salvajes modernos. Empero, la Europa medieval ofrece al estudioso de la humanidad uno de los mejores campos de investigación. En este volumen sólo he seguido una línea de investigación antropológica: la supervivencia de un culto indígena europeo y la interacción entre éste y la religión exótica que finalmente se impuso. Seguí el culto al “dios cornudo” a través de siglos, a partir de los prototipos paleolíticos, y he mostrado que la supervivencia del culto se debió a la supervivencia de las razas que adoraban a aquel dios, pues esta creencia no habría podido sostenerse contra las invasiones de otros pueblos y religiones si un estrato de la población no hubiese sido lo bastante robusto como para mantenerla viva.

Si examinamos minuciosamente los testimonios, resulta claro que este estrato consistió en los descendientes de las razas del Paleolítico, del Neolítico y de la Edad del Bronce. El pueblo paleolítico era de cazadores; los pueblos neolíticos y de la Edad del Bronce fueron pastores y agricultores. Entre todas estas razas fue preeminente el dios cornudo, pues tanto entre cazadores como entre pastores los animales eran esenciales para la vida. Tras la introducción general de la agricultura, el dios cornudo siguió siendo una gran deidad, y no fue destronado ni aun con la llegada de la Edad del Hierro. Sólo al surgir el cristianismo, con su doctrina fundamental de que toda deidad no cristiana era un demonio, cayó en descrédito el culto al dios cornudo.

La idea de dividir el poder del más allá en dos, uno bueno y uno malo, pertenece a una religión avanzada y compleja. En los cultos más primitivos, la deidad misma es autora de todo, sea bueno, sea malo. El monoteísmo de las religiones antiguas es muy marcado: cada pequeño asentamiento o grupo de asentamientos tenía su deidad única, masculina o femenina, cuyo poder era idéntico al de sus fieles. El politeísmo parece haber surgido con la amalgamación de las tribus, cada una con su propia deidad. Cuando una tribu cuya deidad era masculina se fusionaba con una tribu cuya deidad era femenina, la unión de los pueblos quedaba simbolizada en su religión por la unión de sus dioses. Cuando, por infiltración pacífica, un dios nuevo desbancaba a uno antiguo, se decía que era hijo de su predecesor. Pero cuando la invasión era bélica, la deidad vencedora quedaba investida con todos los atributos buenos, mientras que el dios de los vencidos quedaba en un lugar inferior y era visto por los conquistadores como causante del mal y, por consiguiente, a menudo era más temido que su propia deidad legítima. En el antiguo Egipto la caída de la posición de alto dios a la de “demonio” queda bien ejemplificada en el dios Set, que en tiempos anteriores fue tan dador de todo bien como Osiris, pero después fue tan execrado que, salvo en la ciudad de su culto particular, su nombre y su imagen fueron rigurosamente destruidos. Al estudiar al dios cornudo hay que tener en la mente este hecho: la caída de la condición de dios a la de demonio.

Poco conocemos del hombre paleolítico, aparte de sus instrumentos líticos, de sus cavernas con pinturas y esculturas, de sus huesos grabados, y de unos cuantos esqueletos. Vivió en cavernas en condiciones glaciales, como lo muestran los animales descubiertos con él. Es seguro que había cierto tipo de ceremonia religiosa o mágica en que la parte primordial era desempeñada por un hombre con cuernos, presumiblemente un dios. Igualmente seguro es que tuvo que haber un culto del principio femenino, pero en el culto al dios cornudo esto no aparecerá sino en una etapa muy posterior.

De la religión del periodo Neolítico no se conoce nada en la Europa occidental, salvo sus ritos funerarios. Los dioses no han dejado huella reconocible, aunque ciertas figuras femeninas posiblemente representen diosas. Pero al llegar la Edad del Bronce encontramos al dios cornudo por toda Europa, de la oriental a la occidental. Las tribus feroces que introdujeron la Edad del Hierro destruyeron la mayor parte de la civilización anterior, y posiblemente también a sus habitantes, salvo los descendientes de los pueblos neolíticos y de la Edad del Bronce que aún vivían en las marismas y las colinas, donde la agricultura no encontraba por entonces terreno propicio y donde la gente de los valles temía aventurarse. Aunque los hombres de las marismas fuesen impotentes contra las nuevas armas, parece que lograron aterrorizar a los invasores. Si hubo guerra entre las dos razas, fue una guerra de guerrillas, en que la “gente pequeña” tenía ventaja sobre los lentos agricultores. A la postre, debió de establecerse cierto tipo de relación. Ya se debiera al comercio y a la exogamia el hecho de que el culto al dios cornudo se reintrodujera entre los agricultores, o que, como parece más probable, el pueblo de la Edad del Hierro hubiera acogido el culto en su propio hábitat o en su lenta marcha a través de Europa, lo seguro es que conservó su posición como alto dios.

No es improbable que en aquel periodo la cruz fuese utilizada por los conquistadores como método mágico de atemorizar y poner en fuga a los pueblos de las colinas. La cruz ya se empleaba como símbolo sagrado en la Edad del Bronce en la Europa oriental, y a la Edad del Hierro corresponde la Cruz de Whiteleaf, tallada en la cal de las colinas de Chiltern, donde pudiese ejercer su poder protector contra los moradores de las tierras altas. En todos los relatos de hadas y brujas, sólo la cruz tiene poder contra ellas: los más sagrados de los demás objetos y emblemas cristianos no ejercen efecto. Todavía en el siglo XVII, Sinistrari d’Ameno declara que “es un hecho maravilloso e incomprensible que los íncubos no obedezcan a los exorcistas, no teman a los exorcismos, no reverencien las cosas sagradas, que al acercárseles no les causen el menor pavor… Los íncubos soportan todas estas pruebas [que ahuyentan a los malos espíritus] sin darse a la fuga ni mostrar el menor temor; a veces se ríen de los exorcismos, atacan a los propios exorcistas y rasgan las vestimentas sacras.”[1] Concluyó, por tanto, que eran mortales y tenían almas como los hombres. Parece bastante concluyente el testimonio de que el arraigado temor a la cruz no se refiere al símbolo cristiano sino que se remonta a un periodo varios siglos anterior al cristianismo.

La religión romana no echó raíces en la Gran Bretaña, y recibió poca atención en las Galias. Los romanos dieron nombres latinos a las deidades británicas y galas, pero la religión no se romanizó, y ningún dios romano se estableció por completo en el occidente de Europa. Las antiguas deidades continuaron con pleno vigor, sin arredrarse ante la influencia extranjera. El templo construido en la cúspide del Puy de Dôme fue dedicado a un dios llamado Mercurio por los romanos; sus adoradores lo conocieron como Dumus; Cernunnos, a pesar de su nombre latinizado, se encontraba por doquier en las Galias. Pocos nombres de las deidades indígenas de la Gran Bretaña han sobrevivido, y su ritual recibió escasa atención por parte de los cronistas romanos.

Al arribar por primera vez el cristianismo a la Gran Bretaña llegó del Occidente y se estableció entre el pueblo, no entre los jefes. Siglos después otros misioneros llegaron del Este. Para entonces, la Iglesia cristiana se había vuelto más organizada, más dogmática, más dedicada al proselitismo. Por tanto, su principal ataque no fue contra el pueblo sino contra las familias reales, particularmente contra las reinas, cuya influencia era bien comprendida. Sin embargo, el paganismo recibió continuos refuerzos en las invasiones sucesivas de pueblos paganos: daneses, normandos, anglos, jutos y sajones que llegaron a quedarse. Al juzgar la historia del cristianismo temprano en Inglaterra debe recordarse siempre que el pueblo que lo llevó a las costas del Este fue un pueblo de extranjeros, que nunca se amalgamaron por completo con los aborígenes. Agustín era italiano, y durante más de un siglo ningún britano ascendió a los altos cargos de la Iglesia. Teodoro de Tarso, con ayuda de Adriano el Negro organizó la Iglesia en Inglaterra en el siglo VII; italianos y otros extranjeros ocupaban los cargos superiores. La misión agustiniana y sus sucesoras se centraron en los gobernantes, y mediante éstos impusieron su religión exótica a un pueblo empecinado y renuente. Esto quedó muy claro durante el reinado de Canuto, cuya conversión fue apenas dos generaciones anterior a la conquista normanda; en su celo por su nueva religión, Canuto trató de suprimir el paganismo.

Ninguna religión desaparece tan súbitamente como lo han afirmado los partidarios de la teoría de la conversión completa. El constante influjo de paganos a lo largo de varios siglos contrapesó con creces al pequeño número de cristianos emigrantes. El país debió de ser, por tanto, pagano, con gobernantes cristianos y una aristocracia cristiana. Un caso paralelo es el de España bajo los musulmanes. Ahí los gobernantes eran de una religión, el pueblo de otra, y la religión popular recibía continuos refuerzos del exterior. En el caso de España, la religión popular organizada por el poder civil rechazó el culto de imposición. Sin embargo, en Inglaterra, la conquista final fue de los normandos, cuyo gobernante era de la misma religión que el rey al que venció; pero el pueblo normando, como el inglés, en gran parte era de la vieja fe, y la conquista estableció poca diferencia respecto a la posición relativa de las dos religiones. Por tanto, aunque los gobernantes profesaban el cristianismo, la gran masa del pueblo seguía a los antiguos dioses, y aun en los altos cargos de la Iglesia los sacerdotes atendían frecuentemente a las deidades paganas tanto como al Dios cristiano y practicaban ritos paganos. De este modo, en 1282 el sacerdote de Inverkeithing encabezó la danza de la fertilidad en torno al atrio de la iglesia;[2] en 1303, el obispo de Coventry, como otros miembros de su diócesis, rindió homenaje a una deidad en forma de animal;[3] en 1453, dos años antes de la rehabilitación de Juana de Arco, el prior de Saint-Germain-en-Laye ofició los mismos ritos que el obispo de Coventry.[4] Todavía en 1613 De Lancre puede decir, hablando de los Bajos Pirineos, “la mayor parte de los sacerdotes son brujos”,[5] mientras madameBourignon en 1661 registra, en Lille, que “nunca se vieron asambleas tan numerosas en la ciudad como en estos sabbaths, a los que llegaba gente de toda calidad y condición, jóvenes y viejos, ricos y pobres, nobles y plebeyos, pero, especialmente, toda suerte de monjes y monjas, sacerdotes y prelados”.[6] El aspecto político de la organización queda bien ejemplificado en el juicio de las brujas de North Berwick que, a instancias de su “maestro”, trataron de matar a Jacobo VI. Otro ejemplo se encuentra entre los State Papers isabelinos:[7] “El nombre de los confederados contra Su Majestad, que en varias y diversas ocasiones conspiraron contra su vida y que diariamente se confederan contra ella, Ould Birtles el gran diablo, Darnally el brujo, Maude Two-Good la hechicera, la vieja bruja de Ramsbury.”

Guillermo I el Conquistador asoló casi la mitad de su nuevo reino; la repoblación de las zonas deshabitadas parece efectuada, en gran parte, por los descendientes de la cepa del Neolítico y la Edad del Bronce, que se salvaron de la matanza por lo remoto e inaccesible de sus moradas. Éstos fueron los lugares en que floreció la antigua religión; y sólo muy gradualmente pudo establecerse siquiera una pequeña conformidad exterior con el cristianismo, y aun así, por medio de concesiones de parte de la Iglesia, se permitieron ciertas prácticas, se conservaron ciertas imágenes, aunque frecuentemente bajo distintos nombres.

La Reforma parece haber ejercido el mismo efecto sobre la Gran Bretaña que la conquista mahometana sobre Egipto. Los musulmanes encontraron al cristianismo establecido en los pueblos de la cuenca del Nilo donde aún existía un paganismo degradado entre la población agrícola. La religión del Islam se extendió por el país como un incendio: hizo conversos principalmente entre los paganos, no entre los cristianos. En la Gran Bretaña el atractivo de la Reforma, como el atractivo del aún más fanático islamismo, se ejerció sobre la población pagana, pero con esta diferencia: en Inglaterra las condiciones políticas lo llevaron, asimismo, a las clases altas. Fue entonces cuando más marcada se hizo la línea divisoria entre cristianismo y paganismo, pues la antigua religión fue quedando gradualmente relegada a las clases inferiores de la comunidad y a quienes vivían en partes remotas, lejos de todo centro de civilización.

Los registros de la Edad Media muestran que el antiguo dios fue conocido en muchas partes del país, mas para el cronista cristiano era el enemigo de la nueva religión, y por tanto había que equipararlo con el príncipe del mal, en otras palabras: con el demonio. Esta concepción, según la cual un dios distinto al del cronista debía ser malo, no se confina al cristianismo ni a la Edad Media. San Pablo, en la primera Epístola a los corintios, expresó la misma opinión al escribir: “Lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios… No podéis beber en la copa del Señor, y en la copa de los demonios: no podéis ser partícipes de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios” (I Cor., 10: 20-21). El autor del Apocalipsis se muestra igualmente definitivo cuando llama “silla de Satanás” al magnífico altar de Zeus que se encuentra en Pérgamo: “Yo sé tus obras, y dónde moras, donde está la silla de Satanás” (Apoc., 2: 13).

En 1613 Sebastián Michaelis habló sin ambages: “Los dioses de los turcos y los dioses de los gentiles son demonios, todos ellos.” En la India, hindúes, mahometanos y cristianos se unen llamando “diablos” a las deidades de las tribus aborígenes. Los mansos y apacibles yezidis de la Mesopotamia moderna, cuyo dios encarna en un pavo real o en una serpiente negra, son estigmatizados como “adoradores del diablo” por sus conciudadanos musulmanes. Todavía en el siglo XIX misioneros cristianos de toda denominación, que partían a convertir paganos en cualquier parte del mundo, solían hablar del pueblo entre el que habitaban como adoradores de demonios, y muchos hasta creían que aquellos a los que predicaban estaban condenados a los fuegos del infierno a menos que se convirtieran al Dios cristiano. A los dioses de los paganos se les atribuían con frecuencia poderes mágicos malignos, que misteriosamente podían comunicar a los sacerdotes. Contra semejantes poderes del infierno, los propios misioneros cristianos se sentían fortalecidos por los poderes celestiales. Y la creencia en que el demonio había sido vencido por el arcángel Miguel, apoyado por todas las fuerzas del Todopoderoso, les daba valor en la lucha.

El estudio de la antropología ha modificado gran parte de este pueril método de considerar las formas de la creencia religiosa de otra raza o de otro país. Considerar el islamismo, el budismo o el hinduismo como invención del Malo parecería ridículo en la época actual, y aun los fetiches y las imágenes de las razas más salvajes son tratados con respeto, como sagrados para sus adoradores. Pero aunque no hay dificultad en comprender el hecho de que existen religiones “paganas” fuera de Europa, entre los cristianos sigue habiendo un sentimiento poderoso de que el cristianismo es tan esencialmente europeo que después de su introducción ninguna otra religión había conseguido perdurar. Sin embargo, las pruebas nos llevan a una conclusión totalmente distinta. Casi hasta la época de la conquista normanda las actas legales muestran que aun cuando los gobernantes fuesen cristianos en forma nominal, el pueblo era abiertamente pagano. Es posible que la prohibición de la Iglesia de representar la crucifixión de un cordero obedeciera al deseo de diferenciar al Dios cristiano del dios pagano. El cordero, animal con cuernos, podía confundirse con la deidad cornuda de los paganos.

La desolación del país por el Conquistador no aumentaría la estima del cristianismo a ojos de la desventurada población, y la antigua religión debió sobrevivir aunque sólo fuese como protesta contra los horrores causados por los adoradores del nuevo Dios. El número de veces que, según fama, el “demonio” apareció durante el reinado del Rojo sugiere esto claramente.

En el siglo XIII la Iglesia inauguró su prolongado conflicto contra el paganismo en Europa, declarando que “la hechicería” era una “secta”, y además herética. Sólo en el siglo XIV se enfrentaron las dos religiones. En 1303 el obispo de Coventry logró librarse, probablemente porque pertenecía a las dos fes, pero el siguiente conflicto llegó hasta las últimas consecuencias. En 1324 el obispo de Ossory juzgó a la dama Alice Kyteler en su tribunal eclesiástico por el crimen de adorar a una deidad distinta del Dios cristiano. Los testimonios probaron la verdad de la acusación, que al parecer la dama no negó, pero su rango la salvó de ser condenada, y escapó de manos del obispo. No así sus seguidores, que pagaron en la hoguera el crimen de diferir de la Iglesia. El siguiente paso fue la investigación de la antigua religión en Berna, revelada al mundo en el Formicarius de Nider. También esta vez la Iglesia sólo pudo apoderarse de los miembros más pobres; los de alta alcurnia fueron demasiado poderosos para enviarlos a la muerte y quedaron libres.

El siglo XV marca las primeras grandes victorias de la Iglesia. Empezando por los juicios celebrados en Lorena en 1408, la Iglesia procedió triunfalmente contra Juana de Arco y sus seguidores en 1431, contra Gilles de Rais y su coven en1440, contra las brujas de Brescia en 1457. A finales del siglo el poder cristiano estaba tan bien establecido que la Iglesia pensó que había llegado el momento de lanzar un ataque organizado, y en 1484 el papa Inocencio VIII publicó su Bula contra las “brujas”. Durante los siglos XVI y XVII continuó la batalla. Los paganos entablaron valerosamente el combate; aunque condenados de antemano contra un enemigo implacable y sin escrúpulos, disputaron cada palmo del campo de batalla. Al principio, la victoria se inclinó ocasionalmente hacia los paganos, pero la política cristiana de obtener influencia sobre gobernantes y legisladores resultó irresistible. Vae victis fue, asimismo, la política de los cristianos, y hemos visto a los sacerdotes del papado regocijarse ante los miles que habían consignado a las llamas, mientras los ministros de las Iglesias reformadas azuzaban a los administradores de la ley para que condenaran a los “adoradores del demonio”. ¿Cuáles pudieron ser los sentimientos de aquellas desventuradas víctimas hacia el decantado Dios de Amor, Príncipe de la Paz, cuyos partidarios los condenaban a la tortura y a la muerte? No es de sorprender que se aferraran a su antigua fe y padeciesen agonías indecibles antes que negar a su dios.

[Notas]

[1] L. M. Sinistrari d’Ameno, Demoniality, pp. 35, 131, edición de 1879.

[2]Chronicles of Lanercost, p. 109,edición Stevenson, 1839.

[3] T. Rymer, Foedera, II, p.934, edición de 1704.

[4] Jean Chartier, Chronique de Charles VII, III, pp. 40-45, edición Vallet de Viriville, 1858.

[5] P. de Lancre, Tableau de l’Inconstance des Mauvais Anges, p.56, edición de 1613.

[6] Antoinette Bourignon, LaParole de Dieu, pp. 86-87, edición de 1683.

[7]Calendar of State Papers, 1584.

I. El dios cornudo

El dios de la antigua religión se convierte en demonio de la nueva.

La representación más antigua que se conoce de una deidad se halla en la caverna de los Trois Frères, en Ariège, y data del periodo Paleolítico Superior (lámina 2). La figura es de un hombre envuelto en la piel de un ciervo, y que lleva en la cabeza las astas del ciervo. La piel del animal cubre todo el cuerpo del hombre; manos y pies están trazados como si se los viera a través de un material transparente, informando así al espectador de que la figura es de un ser humano disfrazado. El rostro es barbado, grandes y redondos los ojos, pero queda cierta duda acerca de si el artista intentó representar al hombre-animal con máscara o con el rostro descubierto.

El hombre con astas se encuentra dibujado en la parte superior de la pared de la caverna; debajo y en torno suyo hay representaciones de animales, pintados con la maestría característica del artista paleolítico. Por la posición relativa de todas las figuras, parece evidente que el hombre predomina y que se encuentra en el acto de desempeñar alguna ceremonia que concierne a los animales. La ceremonia parece consistir en una danza con movimiento de las manos y de los pies. Debe observarse que, aunque las figuras de los animales se encuentran donde pueden ser vistas fácilmente por el espectador, el hombre con astas sólo puede verse desde aquella parte de la caverna que es de más difícil acceso. Esto sugiere que se atribuía gran importancia religiosa a esta representación, y que intencionalmente fue colocada donde no estuviera expuesta a las miradas del vulgo.

El periodo en que fue pintada la figura es tan remoto que ya no es posible hacer conjeturas sobre su significado, salvo por la analogía de ejemplos históricos y modernos. Sin embargo, tales ejemplos son tan numerosos que parece indudable que el hombre representa al dios encarnado que, al celebrar la danza sagrada, causa el aumento de la especie animal en cuya guisa aparece.

Aunque el hombre-ciervo es la más importante de las figuras cornudas del periodo Paleolítico, en pequeños objetos de hueso y cuerno hay muchos dibujos más pequeños de hombres con máscaras y cuernos. Estas figuras habitualmente están representadas con los cuernos de una cabra o de un ante, y danzan solas o en grupos. El ejemplo más interesante es el de la lámina 3, donde el hombre con cuernos no sólo está danzando sino que se acompaña con una especie de arco musical. La única representación paleolítica de una figura humana encontrada en Inglaterra es el conocido grabado en hueso de un hombre enmascarado con cabeza de caballo, que fue descubierto en la caverna de Pinhole, en Derbyshire.

El arte del periodo Paleolítico tuvo un fin súbito y completo antes de la época neolítica. Fue completamente borrado en Europa, y parece no haber ejercido influencia sobre periodos posteriores. El hombre del Neolítico ha dejado pocos restos artísticos; sus figuras humanas son casi invariablemente de mujeres, y el hombre enmascarado no aparece. Pero cuando se llega a la Edad del Bronce volvemos a encontrar al ser humano cornudo, que aparece primero en el Cercano y Medio Oriente, es decir en Egipto, Mesopotamia y la India. En el Cercano Oriente las figuras pueden ser masculinas o femeninas, y los cuernos son de ganado vacuno, de ovejas o cabras.[1] No se encuentran astas de ciervo, posiblemente porque no había ciervos en aquellas tierras, o porque eran tan escasos que no tenían importancia para la alimentación del pueblo.

Los dioses con cuernos fueron comunes en Mesopotamia, tanto en Babilonia como en Asiria. La cabeza de cobre descubierta en una de las tumbas de oro en Ur es muy antigua, posiblemente anterior a la primera dinastía egipcia. Mide cerca de la mitad del tamaño natural, y su estilo y elaboración muestran una etapa avanzada del trabajo en metal. Los ojos originalmente tuvieron incrustaciones de piedra caliza o concha para el blanco del ojo, y lapislázuli para el iris. La cabeza tiene dos cuernos, número que en un periodo ligeramente posterior habría indicado que se trataba de una deidad inferior, pues durante muchos siglos la posición de una deidad en el panteón babilónico se mostró por el número de sus cuernos. Los grandes dioses y diosas tenían siete cuernos, y ésta es, acaso, la razón de que se nos diga que el cordero divino del Apocalipsis tenía justamente siete cuernos. Las deidades babilónicas con dos cuernos son tan numerosas que parece probable que originalmente fueran las deidades de los habitantes primitivos y que hubieron de resignarse a un lugar inferior al ser introducidos los grandes dioses; éstos recibieron más cuernos que las deidades menores, para mostrar su posición superior. Los cuernos eran señal de divinidad. Cuando el rey o sumo sacerdote asirio aparecía como el dios Asur con la reina, la suma sacerdotisa, como su consorte Astarté, el número apropiado de cuernos lucía sobre los tocados reales: la pareja real era considerada como la encarnación de las deidades. Cuando Alejandro Magno se elevó por encima de los dioses de la Tierra, transformándose en dios, llevó cuernos como signo de su divinidad, y de allí su nombre en el Corán, Dhu’l Karnain: el que tiene dos cuernos. En Egipto sus cuernos fueron los de Amón, el dios supremo.

A lo largo de las edades del Bronce y del Hierro aparecen en Egipto deidades con cuernos. El ejemplo más antiguo tiene rostro de mujer y cuernos de búfalo; se trata de la planchuela de pizarra de Narmer,[2] habitualmente identificada con el primer rey histórico de Egipto. Vale la pena observar que, con excepción del dios Mentu, los cuernos de bovinos sólo aparecen en cabezas de diosas, mientras que los dioses tienen cuernos de ovinos. El jefe de los dioses cornudos de Egipto era Amón, originalmente deidad local de Tebas, y después dios supremo de todo el país. Habitualmente se le representa en forma humana, con los cuernos curvos del carnero tebano. Herodoto dice que en la gran fiesta anual de Tebas la figura de Amón aparecía envuelta en piel de carnero, evidentemente en la misma forma en que estaba envuelto el dios danzante de Ariège. Había dos tipos de ovejas cuyos cuernos eran la insignia de la divinidad; el carnero tebano tenía cuernos curvos, pero la raza ordinaria de las antiguas ovejas egipcias tenía cuernos horizontales retorcidos. Los cuernos horizontales son los que más comúnmente aparecen en las cabezas de dioses egipcios. Una de las más importantes de estas deidades es Khnum, dios del distrito próximo a la primera catarata; era un dios creador, y se lo representaba como ser humano con cabeza de oveja y cuernos horizontales. Pero el más grande de todos los dioses cornudos de Egipto fue Osiris, que parece haber sido el faraón en su aspecto de dios encarnado. La corona de Osiris, de la que eran parte importante sus cuernos horizontales, también era la corona del monarca, indicando a todos los que comprendían el simbolismo que el rey como dios era el dador de toda fertilidad.

En los relatos del nacimiento divino de los reyes egipcios el futuro padre del hijo divino, el faraón, visita a la reina bajo la forma del dios Amón, llevando todas las insignias de su divinidad, incluso los cuernos. A este respecto también debe notarse que hasta el último periodo de la historia faraónica el padre divino siempre fue el cornudo Amón.

Hay otros dos nexos entre Egipto y el dios danzante de Ariège. En una planchuela de pizarra que data del periodo anterior al principio de la historia egipcia, aparece representado un hombre con la cabeza y la cola de un chacal;[3] como en el ejemplo de Ariège, el cuerpo, las manos y los pies son humanos; toca una flauta y, al igual que el dios paleolítico, se encuentra rodeado de animales. El otro nexo es el atuendo ceremonial del faraón, que en las grandes ocasiones llevaba una cola de toro colgando del cinturón. El sed-heb, o fiesta del rabo, en que el rey era investido con el rabo, era una ceremonia real de las más importantes. Una danza sagrada ejecutada por el faraón llevando el rabo del toro a menudo aparece representada como si se efectuara en un templo ante Min, el dios de la generación humana. El culto de los dioses cornudos continuó en Egipto hasta la época cristiana, especialmente en relación con la diosa cornuda Isis.

Las figuras indias del dios cornudo, encontradas en Mohenjo-Daro, son de la más primitiva Edad del Bronce. Hay muchos ejemplos, y en cada caso es claro que se trata de la representación de un ser humano, sea con máscara o con cuernos. A veces la figura tiene cuerpo humano con cabeza de toro; a veces cabeza y cuerpo están cubiertos con una piel velluda que probablemente representa una piel de toro. La más notable es la de un hombre con cuernos de toro en la cabeza, sentado con las piernas cruzadas y, como la figura de Ariège, rodeado de animales (lámina 4a). Esta representación fue considerada en tiempos históricos como una forma de Shiva y se le llama Pasupati, “Señor de los animales”. En los relieves Pasupati tiene tres caras, como aquí, pero en las figuras de bulto tiene cuatro caras. Semejante representación constituye un ingenuo intento por mostrar un dios que lo ve todo, y se encuentra en Europa: en Jano, con sus cuatro caras. Aún no se sabe de cierto si la forma de cuatro caras surgió independientemente en la India y en Europa, o si una es el prototipo de la otra; en este último caso, la figura de la India parece ser la primera.

Aunque no es posible dar una fecha exacta a las tempranas leyendas del Egeo, es evidente que también allí floreció el dios cornudo, a lo largo de las edades del Bronce y del Hierro.

El más conocido, por obra de las leyendas dramáticas anexas a su culto, fue el toro de Minos, el Minotauro de Creta. Tenía forma humana con cabeza y cuernos de toro, y se le rendía culto con danzas sagradas y sacrificios humanos. Se decía que era descendiente de un “toro extranjero” y de la reina de Creta, que en su matrimonio aparecía en guisa de vaca; es decir, llevaba túnica y máscara de animal, como el dios danzante de Ariège. Las representaciones del combate entre Teseo y el Minotauro muestran a este último como enteramente humano, con máscara de toro (lámina 5a). Teseo está representado algunas veces con los rizos sueltos del atleta cretense; esto sugiere que este tipo de muerte acaso fuese una costumbre cretense, en que el hombre que representaba al Minotauro era muerto en una batalla en que, enmascarado como estaba, no podía enfrentarse dignamente a su antagonista. Frazer ha indicado que Minos acudía a Zeus cada nueve años, y sugiere que esto era un eufemismo por el sacrificio de cada gobernante al término de ese lapso. En la leyenda de Teseo el intervalo era de siete años, pero el resto del relato se asemeja tanto a otras versiones del sacrificio por combate que no es posible pasarlo por alto; Teseo no puso fin a la costumbre, simplemente libró a Atenas de enviar las víctimas anuales que, como los niños robados por las hadas, habían de “pagar al infierno” con sus vidas.

El carácter sagrado del carnero en el Egeo en la primitiva Edad del Bronce se manifiesta en la leyenda de Hele y Frixo. Eran hijos de una familia a los que se señalaba como víctimas cuando se necesitara hacer sacrificios humanos. El sacrificio de Hele se consumó ahogándola, pero Frixo escapó por medio del animal divino, al que después sacrificó, posiblemente como sustituto de sí mismo. El relato de la expedición de Jasón indica que el vellocino tenía una connotación divina, y que su valor era mucho más grande que el valor intrínseco del oro.

De los dioses cornudos de la Grecia continental, Pan es el más conocido para el mundo moderno, y sin embargo no es más que una entre muchas deidades cornudas del Mediterráneo oriental (lámina 5b). Su universalidad se muestra en su nombre mismo, el cual indica la época en que fue la única deidad de su propio lugar. Todas sus representaciones son necesariamente tardías, posteriores al siglo V a. C.; pero aun en sus formas más tempranas sus características son las mismas: rostro largo y estrecho, barba puntiaguda, pequeños cuernos y patas de macho cabrío. Las escenas de su culto lo muestran seguido por una procesión danzante de sátiros y ninfas, mientras él toca la flauta a la que dio su nombre. Su aparición debe compararse con el pequeño dios danzante del pueblo paleolítico (lámina 3), y también con la figura de Robin Goodfellow (lámina 11). Aunque nuestro conocimiento de él sólo se remonta a la tardía Edad del Hierro, su culto es obviamente de gran antigüedad, y parece ser originario de Grecia.

Hubo otro dios griego cornudo: el Toro Dionisos, que, como el Minotauro de Creta, fue muerto a espada. Decíase que Dionisos había sido llevado del norte a Grecia; por tanto, su culto sería un culto extranjero, lo que muestra que fuera de Grecia, en los países que no han dejado registros escritos, la fe en una deidad cornuda prevaleció en la Edad del Hierro, y probablemente desde antes.

Unas cuantas rocas talladas, en Escandinavia, muestran que el dios cornudo también fue conocido allí en la Edad del Bronce. Sólo cuando Roma inició su carrera de conquista se hicieron registros escritos de los dioses de la Europa occidental, y estos registros muestran que una deidad cornuda, a la que los romanos llamaron Cernunnos, fue uno de los más grandes dioses, tal vez la suprema deidad de las Galias, y su nombre significa sencillamente: “el cornudo”. En el norte de las Galias, su importancia se manifiesta en el altar descubierto debajo de la catedral de Notre Dame, en París. La fecha del altar es indudablemente de la era cristiana; en tres lados pueden verse figuras de dioses menores representados como pequeños seres, y en el cuarto lado se encuentra la cabeza de Cernunnos (lámina 6a), que es de proporciones enormes si se lo compara con las otras figuras. Tiene cabeza de hombre y, como la figura de Ariège, lleva astas de ciervo decoradas con anillos; éstos pueden ser aros de mimbre o anillos de bronce, que servían de monedas. Como su prototipo paleolítico, es barbado. Este altar muestra que, de acuerdo con las ideas artísticas romanas, el hombre divino no iba enmascarado; lleva los cuernos y sus apéndices fijos en la cabeza. El altar parece haber sido

dedicado en un templo tan sacro que el sitio fue reutilizado como templo principal de la nueva fe. Hay testimonios escritos de Cernunnos, y se le puede ver en esculturas del sur de las Galias, en la parte misma en que ha sobrevivido en una pintura paleolítica. Es sumamente improbable que el culto al dios cornudo hubiese muerto en el sudoeste de Europa en tiempos neolíticos y que permaneciera desconocido durante las edades del Bronce y del Hierro, sólo para revivir antes de la llegada de los romanos. Más lógico parece suponer que el culto continuara durante aquellos siglos no registrados y siguiera siendo uno de los cultos galos principales hasta ya entrada la época cristiana. Semejante culto debió de estar poderosamente arraigado entre sus adoradores y entre los ignorantes, y en las partes menos accesibles de la región habrá permanecido muchos siglos después de que por doquier se había aceptado una religión nueva.

Al considerar los testimonios de Britania hay que tener presente la cercanía de las Galias a ese país y el constante desplazamiento de pueblos entre una costa y otra. Lo que se diga de las Galias puede decirse asimismo de Britania, tomando en cuenta hasta cierto punto las diferencias causadas por el efecto de otro clima sobre el temperamento y las condiciones de vida.

Nuestro principal conocimiento del dios cornudo en las islas británicas procede de registros eclesiásticos y jurídicos. Como éstos fueron hechos exclusivamente por cristianos, generalmente sacerdotes, siempre es muy marcada la tendencia religiosa. Los propios adoradores eran analfabetos y no dejaron registros de sus creencias, salvo unos cuantos restos, dispersos aquí y allá. El testimonio más antiguo del hombre enmascarado y cornudo en Inglaterra se encuentra en el Liber Poenitentialis[4] de Teodoro, que fue arzobispo de Canterbury desde 668 hasta 690 y que gobernó la Iglesia de Inglaterra con ayuda de Adriano el Negro. Ésta fue una época en que —si hemos de creer a los cronistas de la Iglesia— Inglaterra se hallaba prácticamente cristianizada, y sin embargo Teodoro clama contra cualquiera que “ande como ciervo o toro, es decir, se haga pasar por un animal salvaje y se vista con la piel de un animal de rebaño, poniéndose la cabeza de las bestias; aquellos que en tal guisa se transforman en la apariencia de un animal salvaje tienen pena de tres años, porque esto es diabólico”. Tres siglos después el rey Edgardo[5] descubre que la antigua religión era más común que la fe oficial, y pide que “cada cristiano acostumbre celosamente a sus hijos al cristianismo”.

La gran influencia que tuvieron en Inglaterra los paganos normandos, encabezados por Sweyn y por Canuto, y en Francia encabezados por Rollo, debió ser un terrible golpe para el cristianismo en la Europa occidental, pese a la llamada conversión de los soberanos. Aunque la nueva religión no dejaba de ganar terreno, la antigua religión recuperó a muchos “conversos”, y más de un soberano se aferró a la fe de sus padres. Esto ocurrió especialmente entre los sajones del Este, el reino más poderoso de los siglos VII y VIII. Los reyes sajones del Este debieron de ser particularmente irritantes para los misioneros cristianos; resultan instructivos los altibajos de las dos religiones. En 616 falleció Seberto, rey cristiano, y fue sucedido por sus tres hijos, que mantuvieron la antigua religión y expulsaron a los cristianos. Al parecer, la nueva religión recuperó terreno después, porque en 654 su sucesor fue “convertido”. Diez años después, en 664, el rey Sighere y la mayor parte de su pueblo rechazaron el cristianismo y volvieron a la antigua fe. Aun cuando el rey no se mostraba adverso al cristianismo, tendía a actuar de manera desconcertante, tratando de servir a dos amos. Así, según Beda, el rey Redualdo tenía “en el mismo templo un altar para sacrificar a Cristo, y otro más pequeño para ofrecer víctimas a los demonios”. Al término del siglo IX todo el poderoso reino de Mercia se hallaba bajo el imperio de los paganos daneses, y Penda, uno de los más grandes monarcas mercianos, se negó a cambiar de religión y murió como había vivido, pagano devoto.

Las mismas dificultades ocurrieron por doquier. En Normandía, Rollo, después de su conversión, hizo grandes donativos a iglesias cristianas, pero al mismo tiempo sacrificó sus cautivos cristianos a sus viejos dioses. Escandinavia, siempre en contacto con la Gran Bretaña (Noruega conservó las Hébridas hasta 1263), logró oponerse al cristianismo hasta el siglo XI. Sweyn, el hijo de Haroldo Bluetooth,