El diseño no existe - Daniel Ruíz Llamas - E-Book

El diseño no existe E-Book

Daniel Ruíz Llamas

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Durante años me enseñaron que el Diseño era un concepto unívoco, inmutable y prácticamente merecedor de todas las veneraciones. Todo lo que nos rodea está diseñado: los objetos, las apps, los carteles… pero también lo que no es tan visible, como las experiencias, los servicios y las estrategias. Hay infinidad de áreas donde hay algo por diseñar. Sin embargo, no es evidente para la mayoría de personas. De hecho, se podría decir que para ellas el diseño no existe. Trabajando con organizaciones que tienen un impacto público, he descubierto que, además, hay muchas maneras de diseñar y, en estos casos, me di cuenta de que el diseño como concepto único tampoco existe. El objetivo de este ensayo es que sirva de inspiración y activación para que cada vez más organizaciones apuesten por prácticas de innovación abierta y sostenible que no solo sean beneficiosas para esas organizaciones, sino que también nos lleven a un mayor impacto positivo en la sociedad

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Seitenzahl: 169

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Colección: Ensayando el futuro

 

EL DISEÑO NO EXISTE. ESTRATEGIAS DE INNOVACIÓN ABIERTA EN TU ORGANIZACIÓN

 

 

Autor: Daniel Llamas

Coordinador de la Colección: Jacobo Feijóo

Diseño de cubierta: Martín Ángel Rodríguez Molina

 

 

Edita:

© FUNDACIÓN CONFEMETAL

Príncipe de Vergara, 74 – 28006 Madrid

Tel.: 91.782.36.30. Fax: 91.561.66.93

[email protected]

www.fundacionconfemetal.com

 

 

ISBN ebook: 978-84-19272-79-9

Conversión ebook: Alma María Díez Escribano

 

 

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QUEDA PROHIBIDA TODA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL DE LA OBRA POR CUALQUIER MEDIO O PROCEDIMIENTO SIN AUTORIZACIÓN PREVIA.

ÍNDICE

EL DISEÑO NO EXISTE

Créditos

Sobre el autor

Agradecimientos

Prólogo

INTRODUCCIÓN

¿De qué va todo esto?

Comencemos…

El Triple Balance

Ya estamos con el pensamiento de diseño

Cultura de la innovación abierta

COMUNIDADES

¿Qué está pasando con las comunidades?

La comunidad olvidada

Cerramos capítulo

MEDIACIÓN

Cuéntame un cuento

Cerramos capítulo

INVESTIGACIÓN

Elemental, mi querido peluquero

Cerramos capítulo

EXPERIMENTACIÓN

¿Para qué sirve este botón?

Cerramos capítulo

TRANSFERENCIA

La croqueta metodológica

Cerramos capítulo

ESPACIOS DE APRENDIZAJE

Uno más uno son siete

Cerramos capítulo

TECNOLOGÍA

En casa del herrero, cuchillo virtual

Cerramos capítulo

CONCLUSIONES

El proceso importa

BOLA EXTRA: CÓMO PONERNOS EN MARCHA

Terreno arado facilita el sembrado

Daniel Llamas Ruiz

 

 

 

 

 

Es imposible definirme por una única profesión, aunque ahora mismo suelo decir que me dedico a la innovación social, cultural y educativa como diseñador estratégico.

 

Estos términos tan confusos quieren decir que trabajo gestionando equipos, investigando, impartiendo formaciones, facilitando metodologías o diseñando nuevas estrategias y experiencias, todo ello hibridando medios físicos y digitales. Formo parte de varias redes colaborativas en el ámbito de la cultura y la innovación, trabajando siempre a través de equipos fluidos.

 

En resumen, me dedico a acompañar a diferentes organizaciones en sus procesos de innovación, especialmente cuando buscan un impacto positivo para la sociedad en general.

Agradecimientos

 

 

 

 

Este libro no habría sido posible sin la existencia de la Open Innovation Community. Benditas comunidades donde suceden cosas inesperadas que te hacen tomar las oportunidades antes de que se pasen volando.

 

Por tanto, gracias a Paco, por generar este ecosistema; Joseto, por traernos esta oportunidad; y Jacobo, por confiar en quienes tenemos algo que contar.

 

También agradecer a David por haber puesto cariño y dureza en las primeras correcciones. Poco a poco voy encontrando mi tono para compartir historias.

 

El planteamiento de este libro está enormemente basado en el informe sobre Innovación Cultural que publicamos en 2022 desde Macedonia.

 

Por esa razón, finalmente quiero agradecer a mis frutas de Macedonia, pero también a las comunidades de AIDI y de la póstuma Medialab-Prado, porque muchos de los ejemplos que he contado han sucedido gracias a pertenecer a estas redes fluidas que tanto nos gustan. La mayoría de las personas que formaron parte de estos proyectos todavía hoy siguen teniendo un rol valioso a mi alrededor.

 

Nos vemos en mis soflamas.

Prólogo

 

 

 

 

Si la ciencia tiene como fin predecir el futuro, lo que va venir, mediante la extracción de patrones que se repiten en los hechos presentes, entonces el fin del pensamiento es ensayar ese futuro mediante la construcción de hipótesis posibles.

 

Queramos o no, como anticipó el premio Nobel Herbert Simon, vivimos en la era de la economía de la atención. Siglo veinte, cambalache, cantaba el tango, alocado y febril. Estos cambios en la historia tienen sus consecuencias, y una de ellas es que nuestra atención solo se mantiene poco tiempo antes de saltar, como un saltamontes, a otro tema. Carr escribió un libro en este aspecto, Superficiales, que se ha convertido en icónico. Podemos verlo en todas partes: el aprendizaje es ahora microlearning, las series de televisión son más cortas, la narrativa se interesa por los microrrelatos y los mensajes se hacen más directos. Incluso frases que podemos escribir de una sola vez en redes de mensajería instantánea (WhatsApp, Telegram), se fraccionan en trozos más pequeños, más inmediatos: «hola (enviar) qué tal estás? (enviar) Te puedo llamar? (enviar)». Ya ni usamos las interrogaciones de apertura, para ganar un tiempo que realmente es tan pequeño que ni existe.

 

El pensamiento se resiente con esta economía de la atención. El pensamiento siempre ha sido algo lento, vago, que se desparrama como engrudo y avanza a una lentitud exasperante pero eso sí, con una precisión y solidez sin igual. Kahneman también se ganó un premio Nobel, en la línea defendida por Herbert Simon, por demostrar esta propuesta en Pensar rápido, pensar despacio. Y si el pensamiento se resiente con estos nuevos tiempos, entonces, ¿cómo ensayamos ese futuro que podría venir?

 

Tras mucho tiempo dándole vueltas a este problema surgió la idea de Ensayando el futuro, una colección de microensayos. Este concepto es interesante y vamos a ver por qué. Desgranemos la idea:

 

—Micro: porque pueden leerse en un par de tardes, después de cenar, o en un viaje en tren de cercanías. Son píldoras de pensamiento adecuadas a la economía que requiere la atención de los lectores actuales.

 

—Ensayo: porque, como bien explicó A. Baricco en Los bárbaros y Rovelli en El orden del tiempo, un ensayo es un ejercicio de pensamiento, un planteamiento de una hipótesis que luego deberá demostrar (o no) la ciencia o el puro acontecer de la vida.

 

Ensayando el futuro, como colección de microensayos, como colección de ejercicios de pensamiento, no tiene ninguna pretensión de explicar el cómo de las cosas, sino que atiende al qué, al por qué y al hacia dónde. No es una colección de libros técnicos, procedimientos o recetas para nada, sino que busca incomodar las creencias del lector planteándole opciones inesperadas.

 

Eso le da una riqueza formidable. Así entendido, se pueden presentar tantas hipótesis argumentadas como experiencias o visiones del futuro tengan sus autores. Este hecho nos ofrece un menú-degustación intelectual donde, en muy poco tiempo, podemos tener una idea de lo que alguien defiende y profundizar más en las referencias que nos aporta para poder seguir investigando por nuestra cuenta. O quizá, para que comencemos a investigar en serio de una vez por todas.

 

Pero si algo nos ha enseñado la ciencia, y también la filosofía, es que lo teórico solo cobra relevancia cuando se convierte en práctico, confirmando la realidad lo que la teoría decía de modo abstracto. Por ese motivo, Ensayando el futuro se ha diseñado con un fin eminentemente útil, esto es: que sus propuestas sean de inmediata aplicación al entorno laboral en el que nos desenvolvamos, permitiéndonos hacer microexperimentos de poco riesgo y (posible) gran resultado.

 

Por último, recalcar que Ensayando el futuro se ciñe al pensamiento orientado a ámbitos tecnológicos, técnicos, digitales y cibernéticos. La era de la economía de la atención también es la era del bit. Baricco —una vez más—, nos advertía en The Game que, por primera vez en la historia, la vida dependía de dos motores, el real y el virtual. La tecnología tangible nació, quizá, con una punta de flecha o una palanca, y ha evolucionado hasta hacerse intangible, virtual. Su presente es el presente del bit, e ignorar cómo las abstracciones —todo aquello, al fin y al cabo, que vemos en una pantalla— se abstraen cada vez más, es, al fin y al cabo, ignorar el ritmo de la vida. El bit, de hecho, comienza a ser algo del pasado ante la llegada de las tecnologías cuánticas o biológicas.

 

No hay más que decir. Tanto el equipo de edición como los autores confiamos que disfrutes enormemente de este menúdesgustación de microensayos y deseamos que sus nuevas ópticas te permitan probar microexperimentos que hagan mejor tu vida personal y destacar más en la laboral.

 

Porque como anticipó Schumacher en su celebérrimo libro, Lo pequeño es hermoso.

 

 

Jacobo Feijóo

INTRODUCCIÓN

 

¿De qué va todo esto?

 

Aviso a navegantes: este libro no es un manual de negocio, ni una extensa columna de opinión y mucho menos una disertación filosófica. Es eso y todo lo contrario.

 

Es el resultado de mis años moviéndome como diseñador. Las conclusiones que transmito son fruto de una combinación de experiencias, aprendizajes, algún desengaño, intuición, escucha activa, observación y mucha reflexión.

 

Por esta razón, he de avisar que este libro no es lineal, a pesar de que lo he estructurado con una secuencia de capítulos para darle cierta coherencia. La idea es que sirva como baúl de consulta pero también de inspiración. Que cualquiera de sus referencias te pierda navegando entre conceptos o proyectos que desconocías y empieces a conectar nuevos puntos en la cabeza.

 

Esta obra está dedicada especialmente a quienes han oído hablar de términos como diseño, innovación abierta o impacto social, pero todavía no se han atrevido a dar el paso de probarlos. Ojalá alguna de las pistas que muestro sea el empujón definitivo, porque no te arrepentirás.

 

Pero también se lo dedico a quienes llevan años practicándolo. Como mencionaré varias veces, diseñar es un acto de humildad, por lo que espero que podáis aprender de mis planteamientos de la misma forma que continuamente estoy deseando aprender de los vuestros.

 

Finalmente, tomáoslo con humor. He pretendido que sea ameno y sugerentemente provocador para que echéis casi el mismo buen rato leyéndolo que el que yo he pasado al maquinarlo.

 

Al final y al cabo, diseñar solo es la cosa más importante de las menos importantes. ¿O no?

 

Comencemos…

 

Voy a serte sincero para empezar: a pesar de que estamos dando motivos de sobra al planeta para que acabe con nuestra existencia, la verdad es que no sé si nos vamos a extinguir.

 

Lo que sí sé es que en este mundo en que vivimos cada vez pasan más cosas y más rápido: hemos hiperconectado a todas las personas del planeta, lanzamos como churros nuevas versiones de cada producto y servicio, las tecnologías emergentes nos hacen cambiar todos nuestros hábitos cada varios años y, para colmo, se nos viene encima el evidente colapso climático, con todas sus consecuencias a nivel social, cultural, político y económico que cada cual se puede imaginar como desee.

 

En resumen, podemos afirmar que vivimos en un contexto volátil, incierto, ambiguo y vertiginoso(1).

 

Todos estos factores han generalizado una sensación de complejidad ante cualquier problema que queramos abordar. Esta complejidad nos obliga a plantearnos muchas nuevas preguntas como, por ejemplo:

 

¿Cómo podemos adaptarnos para navegar con éxito sobre estas fuerzas disruptivas?

 

¿Qué modelos y formas de pensar podemos introducir para adaptarnos a un entorno tan dinámico?

 

¿Cómo podemos seguir mejorando la vida de las personas aprovechando estos nuevos paradigmas?

 

Y, sobre todo, ¿tiene sentido cuestionar los modelos tradicionales de hacer y de crear que, en el peor de los casos, nos han llevado a esta situación o, de cualquier modo, no están logrando encontrar las soluciones acertadas?

 

Porque durante muchos años –décadas– ciertas personas y organizaciones han vivido en entornos moderadamente desconectados y, por tanto, razonablemente predecibles. El cambio no era un valor diferencial a considerar dentro de su propia identidad, por lo que hacer siempre lo mismo parecía la opción más pragmática. Si todo ha funcionado así hasta ahora, ¿por qué cambiarlo?

 

Sin embargo, la sociedad siempre está evolucionando –ahora con especial velocidad– y encarar estos problemas complejos desde la linealidad y desde ópticas continuistas está demostrado que ha dejado de ser un método infalible.

 

Por todas estas razones, este capítulo de introducción presenta una serie de conceptos clave para contextualizar adecuadamente lo que vendrá después.

 

El Triple Balance

 

Si analizamos este cambio desde una perspectiva puramente empresarial, nos encontramos que ya preponderaba el mismo modelo desde antes de que María Antonieta perdiera la cabeza. Mira que han pasado cosas entre medias, pero seguimos entendiendo a las empresas como un instrumento de generación de beneficios económicos, que obedece fielmente a las leyes del mercado.

 

Esta visión estratégica todavía predomina en el mundo actual, pero, en reacción al estado insostenible al que ha llegado nuestra sociedad en conjunto, desde hace unos años han surgido una serie de movimientos que están trabajando para entender las empresas desde nuevos ángulos. Su objetivo es reconocer el potencial impacto beneficioso que estas pueden lograr a nivel sociocultural y socioeconómico, más allá de la individualidad de una estructura aislada del tejido que le rodea.

 

El concepto de Triple Balance defiende que, además del balance económico (imprescindible sin duda para lograr la sostenibilidad de la empresa), también hay que contemplar el balance social y el balance ecológico. Al hablar de balance, nos referimos a que la empresa tiene el deber ético no solo de sobrevivir, sino de generar un impacto positivo en el entorno en que se encuentra.

 

En este libro voy a centrarme especialmente en el aspecto social de la empresa, lo cual indirectamente repercutirá también en el rendimiento del resto de factores.

 

Cuando hablamos de impacto social, viene a la cabeza el tradicional concepto de responsabilidad social corporativa, por el cual una empresa cumple su cuota de ser buena gente organizando una carrera benéfica o sacando a sus empleados a limpiar los establos de una granja-escuela. La visión Triple Balance implica romper con este modelo en favor de que el impacto social sea un elemento transversal a tener en cuenta en todos los estratos de la empresa. Además, todo aquel proyecto altruista adquiere un rol activo, donde no se entiende a la empresa como mera donante, sino como facilitadora para que las personas involucradas ganen conocimientos, motivación y herramientas para realizar el cambio por ellas mismas. Imagínate que, en lugar de esa poco agradecida jornada con los ponis y las yeguas, los empleados aprovechan sus conocimientos sobre digitalización para enseñar durante un día a los dueños de la granja a crear páginas webs y venderse por redes sociales. Enseñar a pescar en lugar de dar migajas para el anzuelo, que parece que no aprendemos.

 

El impacto social empodera la figura de todas aquellas personas que, de una forma u otra, orbitan en el universo de la empresa. Por esa razón, afecta a: empleadas, directivas, clientes, colaboradoras, proveedoras, consumidoras, usuarias, prescriptoras, vecinas… Cuestiones como su realización personal, el fomento de su creatividad, el cuidado de su salud mental, la capacidad para recibir retroalimentación, el desarrollo profesional o la identidad comunitaria son factores muy interrelacionados en este Balance Social.

 

Ahora bien, acabamos de presentar el destino, la línea de meta, pero realmente este libro trata sobre el proceso, sobre cómo podemos empezar en un punto (sea cual sea en que estés) y comenzar esta carrera que, por si no te había quedado claro todavía, es de fondo.

 

Y vamos a hacerlo diseñando.

 

Ya estamos con el pensamiento de diseño

 

La palabra «diseño» es uno de esos términos tan manoseados socialmente que es objeto de enésimas interpretaciones. Dependiendo de a quién le preguntemos, puede venir a la cabeza el diseño gráfico o diseño de moda como disciplinas, acciones aparentemente equivalentes como «dibujar» o conceptos algo más abstractos como «muebles de dseño» (e incluso «drogas de diseño», sí). Hoy en día, hablamos de diseñar nuestros feeds de Instagram, diseñar nuestro plan de sentadillas en el gimnasio y de diseñar nuestro futuro, pero… ¿algo de eso es realmente diseñar?

 

Bien, salgamos de dudas. El diseño es «el proceso estratégico de resolución de problemas que potencia la innovación, construye negocios exitosos y lleva a una mejora en la calidad de vida de las personas a través de nuevos productos, servicios, experiencias y sistemas innovadores». No lo digo yo, es una definición oficial.

 

Para entenderla, vamos a saltarnos unos cuantos años de historia del diseño industrial, entendido desde esa óptica puramente productiva enmarcada dentro del consumismo de masas. Concretamente, vamos a situarnos a comienzos de la década de 1990, pues quiero presentaros a unos señores llamados David Kelley, Bill Moggridge y Mike Nuttall que desde California acababan de fundar una empresa llamada IDEO.

 

Los fundadores de IDEO llevaban años dedicándose al diseño y desarrollo de productos de uso cotidiano pero, desde que comenzaron la nueva aventura, decidieron darle una vuelta –por entonces, inédita– a su visión estratégica del producto: en lugar de poner la atención exclusivamente en el objeto (forma, materiales, fabricación), pusieron el foco en la experiencia de la persona que lo usaba y, por tanto, en su interacción con el objeto. Esto no era nada nuevo, pero ellos fueron los primeros en documentar estos procesos y contarlo al mundo para que cualquiera pudiera replicarlos.

 

Este cambio de percepción sembró las bases de disciplinas hoy habituales como el diseño de servicios, el diseño de experiencia de usuario o el diseño de interacción, aunque, sobre todo, vamos a quedarnos con aquello por lo que IDEO es mundialmente famosa: la invención del pensamiento de diseño.

 

El pensamiento de diseño (conocido habitualmente por Design Thinking) es un marco mental que nos ayuda a la hora de identificar problemas que merecen la pena ser resueltos y a encarar la creación de soluciones innovadoras. Básicamente, plantea una visión centrada en las personas durante todo el proceso de cada proyecto y fomenta el pensamiento divergente, lo cual ayuda a la generación de ideas originales que luego conectan con la realidad. Esto tampoco es nuevo; el día que alguien empezó a pensar de esta manera decidió ponerle empuñadura a la espada y palo a la fregona.

 

Es importante recalcar que el Design Thinking no es una metodología, no es una herramienta, no son unas instrucciones. Es primero una forma de pensar y, luego, va todo lo demás.

 

Dentro de este marco de trabajo, voy a presentaros quizá la metodología más habitual: el doble diamante. Esta metodología presenta una serie de pasos desde que encaramos un reto, de la naturaleza que sea, hasta que implementamos la solución adecuada a los problemas detectados a partir de ese reto. La clave diferencial es que esas fases alternan momentos de pensamiento divergente (creativo) y fases de pensamiento convergente (analítico), lo cual se representa mediante el siguiente esquema (las fases divergentes son la subida a las montañas y las convergentes, los descensos).

 

 

1.  Explorar. Es una fase tradicionalmente olvidada porque es mucho más fácil presuponer que ya conocemos los problemas de nuestros clientes o usuarios, que averiguarlos con una mentalidad abierta, preparada para el aprendizaje. Aunque tengamos hipótesis e intuiciones, es importante no dejarnos sesgar por ellas, sino partir del contexto que queremos conocer y acumular toda la información posible, reservando el juicio para el final.

 

2.  Analizar. Una vez consideramos que hemos explorado lo suficiente, el trabajo de análisis nos permite estructurar todos esos datos para convertirlos en información valiosa. Esta fase finaliza cuando somos capaces de definir cuál o cuáles son los problemas que queremos y debemos atajar.

 

3.  Idear. Comúnmente aquí empiezan el proceso aquellas empresas que creen que diseñan, cuando nada más lejos de la realidad. De nada sirve generar muchas ideas si antes no hemos estudiado adecuadamente que de verdad nuestro problema merece la pena ser resuelto. La creatividad es un factor clave en esta fase.

 

4.  Desarrollar. Una vez hemos exprimido al máximo nuestra imaginación, el paso final es aterrizar aquellas ideas prioritarias para proyectarlas en un plan de trabajo viable. Habremos alcanzado una posible solución.

 

5.  Validar. Este paso adicional –no incluido en el modelo original– nos recuerda que diseñar no es un proceso lineal y que siempre hay margen para volver atrás si descubrimos que nuestro trabajo finalmente no funciona como esperábamos. En algunos casos solo debemos corregir el desarrollo, mientras que en otros habrá que rescatar alguna de las ideas inicialmente descartadas. En los casos más extremos, incluso debemos repasar si hemos acertado con la definición del problema.

 

Este modelo de trabajo no es infalible y, como (casi) cualquier invento, con el paso de los años presenta obsolescencia, se le pudren las flores que antes brillaban tan sanas. Lo bueno es que la propia esencia del Design Thinking no hace indispensable que se actualice por sí solo, sino que las personas que lo aplican adaptan su práctica según evoluciona cada contexto.