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El 24 de febrero de 2022 las tropas rusas ingresaron en el territorio de Ucrania en una "operación militar especial", lo que desató un conflicto bélico a gran escala que ya ha provocado miles de muertes, el éxodo de millones de civiles y una crisis de refugiados comparable con la de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo llegamos hasta este punto? ¿Cuál es el origen de esta guerra? ¿Cuáles son los objetivos del invasor? ¿Qué mundo quieren ofrecernos? Frente a los análisis que se centran en las relaciones internacionales entre Rusia, Ucrania y la Otan como la única forma de comprender esta guerra, Claudio S. Ingerflom sostiene que la clave se encuentra en el carácter inseparable de la política interior y exterior y en la utilización discursiva que realiza Vladímir Putin del pasado imperial. Para demostrarlo, recorre los últimos siglos de la historia del poder político en Rusia y examina las intervenciones públicas recientes de los más altos funcionarios rusos, donde identifica la reivindicación de una continuidad milenaria del Estado (en ruso "gosudarstvo", literalmente, "dominio del amo") desde el siglo X hasta nuestros días. De este modo, el recurso a la historia reaparece como una obsesión que busca sustentar actos políticos y militares, a fin de justificar las ambiciones territoriales y el derecho a ejercer una misión universal que Putin y sus dirigentes se autoatribuyen y consideran legítima. En El dominio del amo, Ingerflom advierte: "No es lo coyuntural lo que hay que tener en cuenta si se quiere entender la decisión de desencadenar la guerra y adónde nos quieren llevar. Ucrania es un daño colateral". Lo que está en juego, en cambio, es la misión del Estado ruso y la puja por el establecimiento de una nueva hegemonía mundial.
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Seitenzahl: 280
Veröffentlichungsjahr: 2023
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CLAUDIO S. INGERFLOM
EL DOMINIO DEL AMO
El Estado ruso, la guerra con Ucrania y el nuevo orden mundial
El 24 de febrero de 2022 las tropas rusas ingresaron en el territorio de Ucrania en una “operación militar especial”, lo que desató un conflicto bélico a gran escala que ya ha provocado miles de muertes, el éxodo de millones de civiles y una crisis de refugiados comparable con la de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo llegamos hasta este punto? ¿Cuál es el origen de esta guerra? ¿Cuáles son los objetivos del invasor? ¿Qué mundo quieren ofrecernos?
Frente a los análisis que se centran en las relaciones internacionales entre Rusia, Ucrania y la otan como la única forma de comprender esta guerra, Claudio S. Ingerflom sostiene que la clave se encuentra en el carácter inseparable de la política interior y exterior y en la utilización discursiva que realiza Vladímir Putin del pasado imperial. Para demostrarlo, recorre los últimos siglos de la historia del poder político en Rusia y examina las intervenciones públicas recientes de los más altos funcionarios rusos, donde identifica la reivindicación de una continuidad milenaria del Estado (en ruso “gosudarstvo”, literalmente, “dominio del amo”) desde el siglo X hasta nuestros días. De este modo, el recurso a la historia reaparece como una obsesión que busca sustentar actos políticos y militares, a fin de justificar las ambiciones territoriales y el derecho a ejercer una misión universal que Putin y sus dirigentes se autoatribuyen y consideran legítima.
En El dominio del amo, Ingerflom advierte: “No es lo coyuntural lo que hay que tener en cuenta si se quiere entender la decisión de desencadenar la guerra y adónde nos quieren llevar. Ucrania es un daño colateral”. Lo que está en juego, en cambio, es la misión del Estado ruso y la puja por el establecimiento de una nueva hegemonía mundial.
Es especialista en historia política y social rusa. Es doctor en historia por la Sorbonne, donde posee habilitación para dirigir investigaciones, y magíster en historia por la Universidad Estatal de Moscú. Se desempeña como director de la Licenciatura en historia, de la Maestría en historia conceptual, del Centro de Estudios sobre los Mundos Eslavos y Chinos, y del Centro de Investigaciones en Historia Conceptual, todos dependientes de la Universidad Nacional de San Martín. Desde 1986, formó parte del Centre National de la Recherche Scientifique de París, del que se jubiló con el grado de director de investigaciones en 2013. Asimismo, fue director adjunto del Centro Franco-Ruso Marc Bloch de Antropología Histórica de Moscú y profesor honorario de la University College de Londres.
Entre sus libros, se cuentan: Le citoyen impossible. Les racines russes du léninisme (1988); El zar soy yo. La impostura permanente desde Iván el Terrible hasta Vladímir Putin (2017), y El revolucionario profesional. La construcción política del pueblo (2017).
En memoria de
Boris Romanchenko, vicepresidente del Comité Internacional Buchenwald-Dora, sobreviviente de cuatro campos de concentración nazis, asesinado a los 96 años de edad en su departamento de Járkov por un misil putinista, el 22 de marzo de 2022;
Oksana Baulina, periodista rusa del sitio ruso independiente The Insider Russia, asesinada a los 42 años de edad el 23 de marzo de 2022 por un misil putinista mientras filmaba un barrio de viviendas destruido por otros misiles;
Lenin Díaz Silva, amigo entrañable, militante del Partido Comunista de Chile, detenido y desaparecido el 9 de mayo de 1976, a los 31 años de edad, por los esbirros pinochetistas;
las 30.000 víctimas del terror de Estado en Argentina;
eran todas y todos seres diferentes;
todas y todos asesinados por el mismo enemigo: el neonazismo.
No olvidamos. No perdonamos.
EL TÉRMINO RUSO “gosudar” era el más utilizado de los títulos del zar. Significaba “amo”.
La palabra “Estado”, gosudarstvo, significa, literalmente “el dominio del amo”.1
Esa parte de la sociedad rusa que, desde el comienzo de la guerra, se opone a la sinrazón, repite incansablemente dos palabras en voz cada vez más alta y en demostraciones públicas: “bessilie” [sin fuerza, impotencia] y “bezumie” [sin mente, locura]. Dos sensaciones que se traducen en interrogantes. ¿Cómo se atrevieron a lo impensable? ¿Qué nos pasó a nosotros que no pudimos evitarlo?
La parte de la sociedad rusa que se interroga de ese modo no disocia la política exterior y la doméstica: sabe por experiencia que la primera es inseparable de la segunda.
El propio Vladímir Putin explicó la relación entre el tipo de poder político, incluyendo el suyo, y la guerra:
Para un poder oligárquico siempre es más fácil continuar con una política orientada a saquear a su pueblo y al Estado en una situación donde se libran combates de algún tipo. Este es el caso, tanto en nuestro país como en Ucrania. Se lo describe en pocas palabras: para unos el horror y para otros las ganancias. Siempre es más fácil encubrir los fracasos de la política social y económica con la guerra.2
A confesión de parte, relevo de prueba.
¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Hacia dónde quieren ir los que desataron esta invasión, transformada en guerra por el fracaso de su Blitzkrieg [guerra relámpago]? Estas dos preguntas son las que se hace la sociedad argentina. Si entre nosotros la primera pregunta apunta a la geopolítica, a las relaciones entre Rusia, Ucrania y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), los que se oponen a la guerra en Rusia, como comenté, saben que la política exterior va de la mano de la política interior. Una parte de la sociedad y algunos medios de comunicación no reflexionan sobre la política del régimen ruso puertas adentro y buscan instalar la idea de que las relaciones internacionales constituyen el único criterio para comprender la guerra lanzada por Putin.
Entiendo y comparto las reflexiones que, condenando sin reservas la invasión a Ucrania, ponen también el acento en la responsabilidad de la OTAN y, detrás de ella, de Estados Unidos. No se trata de una pelea entre malos y buenos. Los gobiernos de Estados Unidos en la década de 1990 y a principios de este siglo entendieron el derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) como un debilitamiento definitivo de su núcleo central: Rusia. En consecuencia, trataron al país como un partenaire de segunda categoría y, además, extraño. Frente a la desorganización de las estructuras de gobierno ruso y el desastre económico que dejó en herencia la URSS, agravado por una brutal acumulación primitiva de capital en manos de las exélites comunistas y de los nuevos ricos, Estados Unidos confió en su propio poderío económico y militar para extender su influencia sobre los países limítrofes —también respondiendo al anhelo de las sociedades de esos países—. De este modo, lograron establecer bases militares a pocos kilómetros de la frontera rusa. Fue al revés de lo que sucedió en 1962 —la crisis generada por los misiles que la URSS instaló en Cuba y debió retirar ante el ultimátum estadounidense—, pero con una diferencia: Rusia era demasiado débil para exigirle algo a Estados Unidos.
En vísperas de la invasión, Estados Unidos rechazó el ultimátum ruso, que consistía en negarse a aceptar a Ucrania en la OTAN. Se limitaron a decir que su ingreso no estaba al orden del día. Putin no les creyó. ¿Hay alguna razón para, en el otro sentido, tenerle confianza a Putin? El 17 de febrero, menos de una semana antes de la invasión, cuando Ucrania ya estaba rodeada por el ejército ruso, Serguéi Lavrov, el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, afirmó ante la prensa de su país e internacional. que Rusia no amenazaba a nadie y que no tenía ningún plan de atacar a Ucrania como se lo atribuían los países occidentales. Retomando una palabra que Leonid Brézhnev usaba mucho, calificó esa versión de “histeria”.3 Es probable que no se haya tratado de una mentira, sino de un desconocimiento de los planes de Putin: en las esferas políticas de Moscú circula la versión de que el presidente tomó la decisión de la invasión en soledad. En todo caso, hay que recordar que Jacques Chirac, que de política conocía mucho, decía que en política las promesas solo comprometen al que cree en ellas, no al autor.
¿Por qué es posible desconfiar de ambas partes? Acerca de Rusia, lo acabamos de comentar en el párrafo anterior. Pero también la historia de la política exterior de Estados Unidos invita fuertemente a escuchar con el mayor de los escepticismos sus “buenas intenciones”. Porque existieron Hiroshima y Nagasaki, cuando de acuerdo a la situación militar no eran indispensables los bombardeos, porque para el derrocamiento de Salvador Allende el semáforo giró al verde en las oficinas del Departamento de Estado y también porque las armas buscadas en Irak nunca existieron, fueron inventadas entre Washington y Londres para poder atacar. La lista es larga y conocida. Evoco a Estados Unidos y Rusia porque en la mesa donde se jugaron los prolegómenos de la invasión a Ucrania no hubo una silla para la Unión Europea.
Ahora bien, pensar que la política de la OTAN y Estados Unidos es la responsable de esta guerra es pensar que Rusia es un país sin conciencia de su pasado imperial. Es ignorar que el presidente Putin dice: “Rusia fue y será una gran potencia”.4 Es reducir Rusia a la medida de un modesto país sin ambiciones. Es imaginar que el país carece de fuerzas políticas, sociales y militares que hoy aspiran, como lo hicieron ayer y anteayer, a tener un papel preponderante para su país en el mundo. Las personas que endosan la responsabilidad única de la invasión a la política de la OTAN se olvidan que lo que en el siglo XV era un principado de Moscú, en los confines de Europa, insignificante en los asuntos serios del continente, hoy es una potencia que no es posible ignorar cuando surge un problema político o militar grave, no solo en Europa. Pensemos por ejemplo en su participación para salvar al dictador sirio. Sin embargo, no es tan difícil entender que se trata de un conflicto entre dos potencias con los mismos objetivos y un único trofeo: el mundo.
De la historia de Rusia y de su imponente superficie emergió un poder político que nunca dejó de ser despótico, salvo el breve período del gobierno de Mijaíl Gorbachov. Pero también surgió un poderoso sentimiento nacionalista y chovinista, plasmado en un estado de espíritu, en organizaciones y prácticas del poder. Todos estos elementos son anteriores ya no solo a la OTAN sino al nacimiento de Estados Unidos como país. Las pretensiones del Kremlin de tener un papel preponderante en el mundo no fueron la respuesta a la expansión de la OTAN, la precedieron. Hoy los dirigentes de Rusia decidieron que el país es lo bastante fuerte para realizarlas. ¿Cuán lejos van esas pretensiones? Esta es una de las preguntas a las que este libro aspira a responder, sobre la base de intervenciones firmadas por los más altos dirigentes rusos.
Retomemos los interrogantes que abrieron este apartado. ¿Cómo llegamos hasta aquí? Y ahora, ¿hacia dónde quieren ir los que desataron esta invasión, transformada en guerra por el fracaso de su Blitzkrieg? A medida que pasan los días se suman nuevas preguntas. Lo que hay en común en todas ellas, ya sea que se formulen en Rusia o en nuestro país, es la referencia al pasado y al futuro. ¿Cuál es el pasado que engendró esta guerra? ¿Cuáles son los objetivos del invasor? ¿Qué mundo quieren ofrecernos? En los capítulos que siguen responderé a estas cuestiones, lo reitero, basándome en lo que sostienen los textos de Putin, de sus asesores y de altos funcionarios.
El tipo específico del poder político ruso es un tema que me capturó desde mis primeros encuentros con la historia rusa. En estos últimos años apareció algo que estimuló aún más ese interés. Me refiero al recurso a la historia, a veces muy antigua, que aparece obsesivamente en los discursos de Putin y sus allegados, y ha servido para fundar sus actuales ambiciones territoriales y el derecho a ejercer la misión universal que ellos se atribuyen y consideran legítima. Se trata de referencias a la historia destinadas a sustentar actos políticos y militares. Es decir, si se lee detenidamente las fuentes rusas, encontramos en sus propias palabras y en el tramado de sus argumentos, la respuesta a los interrogantes sobre el pasado y el futuro formulados al principio de esta introducción.
En consecuencia, vamos a examinar las afirmaciones rusas oficiales o autorizadas de los últimos años y a entrar a través de ellas en ese pasado ruso que sus autores invocan para justificar sus acciones presentes. Anticipo que la invitación es a zambullirse en el pasado presente: los estrategas de Moscú declaran explícitamente que “no se trata de Ucrania” y que “la OTAN no es una amenaza inmediata”.5 Nos están previniendo de que no es lo coyuntural lo que hay que tener en cuenta si se quiere entender la decisión de desencadenar la guerra y a dónde quieren conducir el mundo. Es decir, Ucrania es un daño colateral.
Entonces surge, inevitable, la pregunta: ¿cuál es la razón de la sinrazón?
Ir más allá de lo coyuntural significa que para la dirigencia rusa el permanente recurso a la historia, la creencia en la continuidad milenaria de esa historia y la recurrente proclamación de fidelidad a ella no son meros adornos retóricos, sino una construcción en la que se fundan sus acciones actuales y sus objetivos. Esta construcción nos obliga a incluir el pasado ruso para encontrar respuestas a la pregunta presente sobre la razón de la sinrazón. De este modo, este es un libro de historia presente. Un presente hecho de un pasado que no pasa y de novedades históricas. Un presente donde, como veremos, los actores mayores juegan con nuestro futuro.
En la apelación constante de la dirigencia Rusia, y en particular de Putin, a la historia hay una expresión omnipresente: “Estado ruso”. Cada una de las referencias al pasado desembocan en esa fórmula. Toda la argumentación está subordinada a mostrar la continuidad del “Estado” ruso desde el siglo X hasta la actualidad y la fidelidad personal del presidente a esa tradición. Según Putin, lo que está en juego en el presente y aún más, en el futuro, es el destino, la misión del Estado ruso en el mundo. Naturalmente, esta fidelidad es global. Se trata de la fidelidad tanto a la política exterior rusa, a su relación con el resto del mundo, como, al interior de sus fronteras, a la tradicional relación del poder político ruso con la sociedad.
Hacia el exterior, el actual proyecto de la dirigencia rusa es indudablemente una novedad histórica, ya que nunca antes Rusia se había propuesto remplazar el papel hegemónico de Occidente para liderar al mundo. Lo que acabo de afirmar no es una interpretación sino, como veremos más adelante, la transcripción a nuestra lengua de las declaraciones del presidente y de diversos funcionarios rusos. Hacia el interior, en cambio, la repetición se impone cómodamente a la novedad. En su esfuerzo por convencer a su propia población de su fidelidad a la historia del poder político ruso, el presidente se expresa retomando las palabras y el lenguaje asociados en la memoria colectiva rusa a etapas que están entre las más trágicas, aquellas durante las cuales el pueblo tuvo que callarse. Para Putin, esta fidelidad al pasado se trata de un deber del que ha tomado conciencia: “Nuestro deber es […] avanzar, asegurando la continuidad de nuestra historia milenaria”.6 “Hemos tomado conciencia de la continuidad e indivisibilidad del camino milenario de nuestra Patria.”7 Para no alejarnos demasiado en el tiempo, me limito a dos ejemplos de esta continuidad a través de momentos del siglo XX. Al referirse a ese amplio sector de la población rusa —desde veteranos de la invasión a Afganistán hasta premios Nobel, también estudiantes, periodistas, escritores, docentes y muchos más— que se opone a la guerra, el presidente pronunció las siguientes palabras, que se pueden escuchar en el video oficial: “El pueblo ruso siempre puede distinguir a los verdaderos patriotas de la escoria y los traidores, y simplemente los escupirá como a un mosquito que de casualidad entró en su boca”.8
El 26 de febrero de 1947, en vísperas de una nueva campaña de terror, Stalin comentó una escena del film Iván el Terrible, del genial Serguéi Eisenstein: “Es muy bueno cazando moscas […] futuro zar, pero ¡caza moscas con sus manos! Estos detalles deben ser mostrados. Revelan la esencia de una persona”.9
Para Stalin, las purgas cumplían una tarea: “El partido se fortalece autopurificándose”.10
Putin: “Estoy convencido de que esta autopurificación [escupir los mosquitos] natural y necesaria de la sociedad no hará más que reforzar nuestro país”.11
El mismo lenguaje, la misma concepción de los seres humanos: insectos. Los mismos medios, pero Stalin apuntó en sus palabras solo al partido, aunque en la práctica fue mucho más allá. Con idénticas palabras, Putin amenaza con aniquilar a todos los que no estén de acuerdo con él. Fidelidad a la historia de un poder que no cesa de combatir contra su propio pueblo.
Cualquier persona que escuche o lea la apasionada defensa que hace Putin del Estado, piensa espontáneamente en esa institución jurídico-política con características bien precisas que llamamos Estado. Pero, ¿esa palabra “Estado” tiene el mismo contenido que para Putin? Ya lo comentamos, desde sus orígenes, en ruso, la palabra “Estado” [gosudarstvo] significa literalmente “dominio del amo”. Y, como veremos, es precisamente a causa de ese significado que los soldados en el frente, los obreros y los campesinos en sus sóviets locales, en plena Revolución de Febrero de 1917 —la que derrocó al zarismo y a la que la actual dirigencia rusa aborrece—, se negaron a jurarle fidelidad. Porque las palabras tienen su importancia y esos soldados, obreros y campesinos sabían por experiencia existencial que “el abuso del lenguaje en el mero palabreo, en los tópicos y frases hueras, nos priva de la referencia auténtica a las cosas”.12 Exigían restaurar la autenticidad y llamar a las cosas por sus nombres. Al pan, pan, y al gosudarstvo, dominio del amo.
Como es habitual en cualquier investigación, escribo estas líneas de apertura después de terminar la redacción del libro. Sin embargo, acabo de descubrir un artículo de un líder político de la oposición rusa titulado “La razón por la cual esto se volvió posible. Réquiem por el Estado ruso”. Apareció en Novaia Gazeta, la única publicación periódica rusa crítica de la invasión que quedaba y decidió, frente a las reiteradas amenazas de la censura, silenciarse hasta el final de la guerra. Entre otras cosas, el autor escribe:
Había un Estado como sistema de coordinación de las decisiones. Era torpe, estúpido, lo que quieras, pero estaba ahí. Por supuesto, incluso entonces, la voluntad del número uno podía atravesar prácticamente cualquier barrera, pero requería tiempo. Pero ahora, si se trata de la voluntad del jefe, las barreras son una formalidad.13
Esto se corresponde con la fórmula frecuentemente usada en ese mismo periódico hasta que se prohibió utilizar la palabra “guerra”: “La guerra de Putin contra Ucrania” (el énfasis me pertenece: Putin, no Rusia ni el Estado). Sin embargo, el autor del artículo estima que antes había un Estado, ya que se podía debatir en las altas esferas, cosa que en la actualidad es imposible. Un video reciente, difundido oficialmente por el Kremlin, y por tanto con un objetivo pedagógico, le da la razón: en él se ve a Putin humillando a su jefe de espionaje exterior y a este tartamudeando aterrorizado, con las neuronas en desorden, como si su conocimiento de los secretos del poder le hiciera temer por su vida. Se sabe que ni siquiera los ministros fueron puestos al corriente de lo que iba a suceder: estaban convencidos desde hacía varias semanas de que Putin solo planeaba apoderarse del Donbass y Lugansk, las dos provincias ucranianas separatistas. De hecho, habían tomado medidas para enfrentar sanciones occidentales ligeras y no el huracán que les cayó encima.14 Se trata de un estilo muy personal de gobierno y, como veremos, los máximos dirigentes del país lo explican por sus sólidas raíces históricas en Rusia.15
Sin embargo, el Estado —como construcción histórica y aún vigente— es mucho más que la posibilidad de un debate entre ministros o con el presidente, es incluso más que tomar una decisión colectivamente. Es un orden jurídico-político moderno conquistado por las luchas populares contra el Antiguo Régimen y fundado, entre otras cosas, en la soberanía del pueblo y en la representación democrática. ¿Existía este orden antes, tanto en el Imperio de todas las Rusias como en la URSS?
La pregunta, por supuesto, puede hacerse más allá de las fronteras rusas. En la historia, el Estado es solo una de las formas de gobernar, un tipo de gubernamentalidad, no otra cosa, sugirió Michel Foucault. Pero Rusia, desde sus orígenes hasta la actualidad, no ha experimentado ese tipo de gubernamentalidad.
Esta es la tesis que pretendo defender en este ensayo, recorriendo la historia rusa, para poder pensar las causas de la guerra y los resultados esperados por Putin y su equipo. Con la excepción de algunos intervalos muy breves, como unos pocos y agitados meses en 1917, o el breve momento del gobierno de Gorbachov, Rusia fue y sigue siendo lo que significa literalmente la palabra rusa “Estado”: “dominio del amo”, aunque este necesite servidores para administrarlo.
“Estado” puede ser una palabra, que en cada uso tiene un significado particular: el estado de salud, el Tercer Estado, el estado de las finanzas…, o sea, un sustantivo unívoco ya que la univocidad estará dada por el contexto singular en el que sea enunciado. También se ha convertido, hace poco más de dos siglos, en un concepto fundamental de la política moderna en la medida en que es el único que da nombre al orden jurídico-político surgido de la Revolución Francesa. Finalmente, el Estado es también la cosa, es decir, este mismo orden jurídico-político, un actor autónomo en la historia. Palabra, concepto, cosa.16
Un concepto político fundamental, como el Estado, tiene, según Reinhart Koselleck —el historiador que más ha trabajado sobre el estatuto de los conceptos en la historia—, dos funciones. Es un sustantivo singular, pero colectivo y polisémico porque registra el conjunto de significados y experiencias reunidos en una nueva estructura histórica, es un índice de esa estructura. Pero también es un factor activo: es polémico, contradictorio, atacado por los que lo condenan a desaparecer o, por el contrario, justificado y apoyado por otros.17
Intentar dilucidar el concepto es solo la mitad de la tarea del investigador. Queda el estudio de la historia fáctica. Solo así se puede esclarecer la relación temporal entre un concepto y las realidades sociolingüísticas y extralingüísticas, para verificar la pertinencia o no del mismo. Estas realidades, por ejemplo, la estructura histórica “Estado”, no son unidades homogéneas o de una sola pieza. Contienen componentes que son diversos en su temporalidad: el territorio, la población, el ejército, la representación, la soberanía, entre otros. Cada uno de los cuales tiene su propia historia, una especie de biografía singular.
Entonces, un fenómeno como el Estado es un compuesto de historias, en plural. Mientras algunos componentes abandonan la escena, otros, también constituidos en el pasado, se erosionan más lentamente y actúan una y otra vez, enredándose con los recién llegados. Esto es cierto para todas las estructuras históricas, no solo para el Estado. Por lo tanto, los cambios históricos son siempre parciales. La relación entre las innovaciones y los componentes antiguos —pero presentes— cambia con el tiempo, y esto tiene consecuencias sobre el contexto en el que se encuentran, operan, producen efectos, es decir definen esa superficie visible con la que el ser humano tiene que lidiar cotidianamente, en este caso desgraciado, una vez más, la guerra.
Koselleck utilizó una metáfora geológica cuando llamó a estos componentes “sedimentos temporales” [Zeitschichten] para representar gráficamente la simultaneidad entre estructuras que perduran e innovaciones caracterizadas por su singularidad. Pero una simultaneidad posee un rasgo distintivo: se trata de una melé. La melé se deshace cuando un jugador se apodera del balón e inicia otra jugada nueva, singular, aunque con el mismo balón.
Este libro fue escrito en un contexto particular. Las personas que lo lean tienen el derecho a saber desde qué situación les escribo. Espero que las lectoras me perdonen una metáfora de algo que nunca podré sentir en carne propia: diría que fue un parto con dolor. Tengo una relación singular con Rusia, no la oculto, la asumo con orgullo. De otro modo, la escritura hubiese sido imposible. Viví muchos años en Moscú y estudio de manera profesional la historia rusa desde principios de los años setenta. Entre amor, dolor y ciencia. Entonces, ¿cómo escribir sobre un país amado, que tantas veces se las ingenia para ser admirado, tantas otras para causar desilusión, antes de conquistarte nuevamente por la calidad de su gente? Confieso que me es más placentero escribir entre el amor y la ciencia cuando, por ejemplo, reconstruyo las formas de resistencia popular al poder, o la relación entre la lengua popular rusa del siglo XVI y la política, o la historia de las decenas y decenas de oprimidos que para sentirse libres recorrían las estepas haciéndose pasar por el zar, hubo incluso falsos Trotski y falsos Lenin. En esos casos la empatía es un formidable combustible.
No sucede lo mismo hoy. Escribo este libro tomando la distancia necesaria con respecto al objeto de estudio para producir un texto que responda a las exigencias de nuestras ciencias humanas, pero sin volverme impermeable a las noticias, en particular las aportadas por los medios rusos oficiales y por los opositores, aunque la mayoría han sido prohibidos en las últimas semanas, con excepción de The Insider Russia en Internet. Mientras escribo estas líneas me hago la más ingenua y también humana pregunta, ¿cómo puede un gobierno organizar un festival como el del 17 de marzo de este año, llenar de gente un estadio de fútbol en Moscú, para festejar una guerra mientras sus propios jóvenes conscriptos mueren por miles en una guerra tan injusta como la de Vietnam? ¿Qué celebran en ese estadio el presidente Putin y sus admiradores mientras las bombas y los misiles caen sobre hospitales, maternidades, edificios de viviendas y columnas de refugiados ucranianos? Quizá todo esto no sería tan difícil si hubiera emprendido la escritura de una novela, pero un historiador solo comparte con el novelista su condición de ser humano. Detrás de una novela hay libertad de creación. El historiador está encadenado a la realidad, su creatividad o sus interpretaciones no pueden perder contacto con los datos comprobables. Tiene un compromiso, busca la verdad, aunque avance hacia ella como hacia un horizonte que está siempre a la vista pero que, a cada paso, le pide verificar el sendero, repensar sus hipótesis.
Toda investigación sobre la historia rusa de cualquier época, ya sea la del siglo XVI de Iván el Terrible o la del XXI de Putin, y sobre cualquier tema, desde el tipo de gobierno al calado admitido en la navegación por el Volga, es políticamente actual. Sin desconocer que hay lecturas e interpretaciones políticas, y que incluso algunas de ellas puedan estar fundadas en convicciones ideológicas o en creencias ajenas al conocimiento, sigo atento a mi camino, a mi opción desde hace medio siglo, que es la de identificar y examinar las corrientes subterráneas, las que cual sedimentos geológicos le fueron dando forma y consistencia a la historia rusa visible. Visible a una primera mirada es la superficie, el terreno de los acontecimientos, que es absolutamente imposible de desatender.
El objeto de este pequeño libro es precisamente poder entregarles a las lectoras y los lectores los elementos mínimos pero indispensables para pensar con autonomía la sinrazón de lo que hoy es visible. Así, les propongo identificar los sedimentos que moldean la superficie y atribuir sentido a lo que está sucediendo, tomando la mayor distancia posible de las fórmulas anquilosadas, que se han vuelto impermeables a los cambios de la realidad. Hago una invitación entonces a recorrer los últimos cinco siglos de la historia del poder político en Rusia para entender la guerra.
Tal vez sea necesario un aviso para evitar que alguien espere encontrar lo que este libro no proporcionará. Si se desea leer la historia de la política exterior de Estados Unidos o de la OTAN para relacionarlas con la guerra en Ucrania hay numerosas bibliotecas. No son el tema de este libro. Solo las evocaré en la medida en que los dirigentes rusos las invocan. Este es un libro sobre Rusia, sobre su presente y el pasado en el que se funda. También acerca de sus pretensiones y la concepción que sus dirigentes actuales tienen del mundo que ambicionan ofrecernos.
Algunos apartados de este libro se basan en textos escritos anteriormente, aparecidos en libros y revistas académicas en diversas lenguas, realizados siempre a partir de fuentes publicadas o de archivos inéditos. Otros apartados son nuevos y fueron redactados especialmente para este volumen. Los lectores y lectoras no encontrarán aquí concesiones a un cientificismo de torres de marfil ni a un academicismo que, por sus formas textuales o por sus convenciones demasiado rígidas, oculte o haga poco accesibles los argumentos. Tampoco hallarán aquí lo que se conoce actualmente como opinología.
El compromiso con la verdad nunca es neutro porque hay no verdades. Ese compromiso es parte de lo que funda nuestra disciplina: el respeto por la documentación, eso que en nuestro lenguaje llamamos fidelidad a las fuentes.
El sueño de toda o todo autor es poder contar con una editora como Mariana Rey, quien, junto con Fabiana Blanco y todo su equipo, ha realizado un trabajo de gran eficacia sobre mi manuscrito. Lean aquí mi sincero reconocimiento.
Si pude aislarme y concentrarme para escribir este texto fue gracias a la abnegación, comprensión y constante acompañamiento de Julia Mann Ingerflom.
1 Para un análisis detallado de estos términos, véase Claudio S. Ingerflom, El zar soy yo. La impostura permanente desde Iván el Terrible hasta Vladímir Putin, trad. del francés de Ricardo Neme Tauil, Madrid, Guillermo Escolar, 2017, pp. 89-102.
2 Disponible en línea: <www.facebook.com>. La traducción de todas las citas en francés, en inglés y en ruso a lo largo del libro me pertenece.
3 Disponible en línea: <mundo.sputniknews.com>.
4 Vladímir Putin, “Rossiia na rubezhe tysiacheletii” [Rusia en el cambio de milenio], en Nezavisimaia Gazeta, 30 de diciembre de 1999.
5 Serguéi Karaganov, “It’s not Really about Ukraine”, en RT, 8 de febrero de 2022. Disponible en línea: <www.rt.com>.
6 4 de noviembre de 2016. Disponible en línea: <er.ru>.
7 Discurso anual del presidente Vladímir Putin ante la Asamblea Federal en el Kremlin en presencia de más de mil invitados, 4 de diciembre de 2014. Disponible en línea: <www.consultant.ru>.
8 17 de marzo de 2022. Disponible en línea: <veved.ru>. El énfasis me pertenece.
9 26 de febrero de 1947. Iósif V. Stalin, Sochinenia [Obras], Tver, Soiuz, 2006, vol. 18, p. 435.
10Ibid., vol. 5, p. 71. El énfasis me pertenece.
11 17 de marzo de 2022. Disponible en línea: <veved.ru>. Los énfasis me pertenecen.
12 Conviene citar también las líneas precedentes: “Las palabras y el lenguaje no son vainas en las que solo se envuelven las cosas al servicio de la comunicación hablada y escrita. Solo en la palabra y en el lenguaje las cosas devienen y son. Por ello, el abuso del lenguaje en el mero palabreo, en los tópicos y frases hueras, nos priva de la referencia auténtica a las cosas”. Martin Heidegger, Introducción a la metafísica, trad. de Ángela Ackermann Pilári, Barcelona, Gedisa, 2001, pp. 22 y 23.
13 Leonid Gosman, “Pochemu eto stalo vozmozhnym. Rekviem po gosudarstvu rossiiskomu” [La razón por la cual esto se volvió posible. Réquiem por el Estado ruso]. Disponible en línea: <novayagazeta.ru>.
14 Disponible en línea: <theins.ru>.
15 Sobre el ambiente en las élites políticas y financieras de la era Putin, se aprende mucho en Hinde Pomeraniec, Rusos de Putin. Postales de una era de orgullo y poder implacable, 2ª ed., Buenos Aires, Ariel-Paidós, 2019.
16 Reinhart Koselleck, El concepto de Estado y otros ensayos, sel. y pról. de Claudio S. Ingerflom y Elías J. Palti, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2021.
17 Reinhart Koselleck, “Historia conceptual e historia social”, en Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Buenos Aires, Paidós, 1990, p. 118.
