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Este libro ofrece una serie de reflexiones del Cardenal Marc Ouellet, actual Prefecto de la Congregación para los obispos, cuyo hilo conductor gira en torno a la gloria de la comunión trinitaria. De esta gloria puede participar la humanidad ya en el presente por medio de la carne de Cristo, de la carne del Resucitado que se regala aquí y ahora, de manera particular en la Eucaristía. Ello lleva al autor a hacer una rica presentación del misterio eucarístico desde claves trinitarias. Buena parte de los textos que se recogen en el libro proceden de las meditaciones y homilías que el Cardenal Ouellet pronunció y entregó por escrito para su meditación durante la Semana Santa de 2017 a la comunidad de Iesu Communio y a un grupo numeroso de jóvenes en discernimiento, a quienes el Cardenal acompañó con su presencia y su palabra.
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Seitenzahl: 291
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Cardenal Marc Ouellet
El don de la comunión trinitaria
Encuentros con Iesu Communio
© Instituto Iesu Communio
© Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2018
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100XUNO, nº 39
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN: 978-84-9055-861-4
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«Si hablo –como creyente– de la Santísima Trinidad, entonces “no hablo de ella como hablaría de una constelación situada en alguna parte del infinito, sino que veo en la Trinidad el primer principio y el fin último de mi existencia, y la fe en ese misterio supremo me abarca a mí también”».
(ROMANO GUARDINI)
«En la Iglesia, la amistad y los encuentros pasajeros pueden comunicar fuerza para años» (H. U. von Balthasar). En la Iglesia de Jesucristo suceden encuentros providenciales. Providenciales porque solo el Señor de nuestras vidas sabe cómo alcanzarnos en nuestro peregrinar con su paso firme y tierno para darnos la palabra, el ánimo y el gesto oportuno, y así avanzar con esperanza renovada en su designo de amor y salvación.
Un encuentro providencial y clave para Iesu Communio fue conocer al Cardenal Marc Ouellet en marzo de 2011, apenas unos meses después de la aprobación del Instituto. Su interés y alegría por este carisma naciente, como por todos los carismas que el Espíritu suscita y hace nacer en su Iglesia, dio a nuestro peregrinar un impulso de agradecimiento para adentrarnos con más gozo y audacia en este horizonte humano-divino del seguimiento a Jesucristo.
La comunión trinitaria está en el centro de la espiritualidad del Cardenal Ouellet. Al escuchar sus palabras, me venía al pensamiento aquella imagen de un caleidoscopio que recoge Von Balthasar en su libro Historia de una misión sobre santa Teresa de Lisieux: «Y en el hechizo de la gracia, Teresa habla de un caleidoscopio que poseyó en su niñez: “Una especie de catalejo en cuya extremidad se ven bonitos dibujos de diversos colores. Si se da vueltas al instrumento, los dibujos varían hasta el infinito”. Teresa descompone el tubo encantador para ver cómo se produce el milagro y descubre “unos trocitos de papel y de lana echados acá y allá y cortados de cualquier modo. Y tres espejos en el interior del tubo. Esto fue para mí la imagen de un gran misterio. Dios nos mira por el pequeño ocular, a través de sí mismo, a través del foco del amor, la Santísima Trinidad. La mirada del Dios trino, mirada del amor, la que crea verdad, es la única objetiva. Teresa lo sabe y por eso pide a Dios trino que “no la mire sino a través de la faz de Jesús y de su corazón ardiendo de amor”. Entonces nos ve Dios como realmente somos, es decir, en la realidad de su eternidad y no en el espejo engañoso de nuestra temporalidad. “¡Con qué gusto me dejaría magnetizar por Nuestro Señor!”».
La teología del Cardenal Ouellet vuelve al centro del que todo mana: el misterio del Dios uno y trino, ese acontecer fecundo de donación y acogida entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Quiere expresar la configuración trinitaria de la fe cristiana en su totalidad. Sus palabras son una invitación a mirar, contemplar y adorar con asombro y gratitud este misterio de amor del Dios uno y trino, nuestra fuente y destino. El misterio de la Trinidad ilumina el misterio de la existencia humana, está contenido todo él en el misterio de Cristo. «Fuimos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Hemos sido sumergidos en estas relaciones, porque las tres personas divinas son el sello con el que fue marcado nuestro ser. Hemos sido integrados en las relaciones divinas por ser hijos e hijas de Dios. Es una realidad, no un sueño, ni un ideal; es un don, una gracia» (p. 44).
El tema central del libro es el don de la comunión trinitaria que se nos regala en la Eucaristía: «La communio divina se nos da en la carne de Cristo, y en la carne de Cristo resucitado, que es su carne eucarística» (p. 28).
Este libro recoge las meditaciones y homilías que el Cardenal Marc Ouellet pronunció y entregó por escrito a la comunidad de Iesu Communio para ser meditadas los días de Semana Santa de 2017, en los que las hermanas y un grupo numeroso de jóvenes en discernimiento vivimos acompañadas de su presencia y palabra. De su mano nos adentramos en el misterio de la Pasión de amor de Cristo con especial atención al don de la comunión trinitaria. En el volumen también se recogen otros encuentros con el Cardenal en años anteriores al 2017. Algunos de los textos son meditaciones o conferencias escritas en francés o en italiano, que se han intentado traducir lo más fielmente posible.
Gracias al Cardenal Marc Ouellet en nombre de todas y cada una de las hermanas de Iesu Communio por tanto bien recibido en estos años. Porque ha sabido acompañarnos y sostenernos sobre todo en los momentos sufrientes, de cruz, que conlleva el nacimiento de un carisma.
El domingo de resurrección, 8 de abril de 2012, nos escribió una bellísima carta a Iesu Communio, que cada hermana acogió como don y tarea: «Iesu Communio, tú vives en la tierra la vida del Reino. Eres un sacramento de la Iglesia, esposa de Cristo, una luz puesta sobre el candelero para iluminar y atraer a los sedientos de Dios en el mundo. Tengo sed es palabra escatológica de Jesús que, como su única Eucaristía, trasciende y atraviesa los siglos, traspasando corazones, tu corazón, Iesu Communio. Este grito doloroso de Jesús, que te estremece y se apodera de ti, es un nuevo carisma, un don del Espíritu Santo en vista de la nueva evangelización. Este tu carisma tiene un significado particular en cuanto renueva la vida consagrada como participación en el misterio esponsal de Cristo y de la Iglesia. Este don de Dios te enamora, Iesu Communio, y te llama a ofrecerte al Esposo para apagar su sed de amor».
Hay palabras que hacen arder el corazón y ayudan a amar, servir y desear mayor entrega en el don recibido.
Gracias, Jesucristo; gracias, Iglesia de Jesucristo, que, bajo la guía del Espíritu Santo, sales a nuestro paso para confirmarnos y animarnos en la voluntad del Padre.
Madre Verónica María Iesu Communio
«Hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20, 35), escribe el Apóstol de los gentiles, pero en Dios que es Amor «dar» y «recibir» tienen la misma dignidad, porque la Vida trinitaria no es sino intercambio y gratitud que se derrama y se difunde sobre toda criatura para que goce de una comunión y alegría cada vez más profundas.
Agradezco al Instituto Iesu Communio el haber acogido estas meditaciones en el marco de la Semana Santa de 2017 y el haber querido compartirlas con un público más amplio. Agradezco en particular todo el cuidado dedicado a la preparación del manuscrito y la colaboración de Ediciones Encuentro.
Espero que estos esbozos de espiritualidad, sacados de la fuente de la Gloria trinitaria que mana del misterio pascual de Cristo, sirvan para alegría de los creyentes e impulso para la evangelización.
Marc Cardenal Ouellet
Homilía en la profesión perpetua de tres hermanas
Queridas hermanas, queridos hermanos, acabamos de escuchar la proclamación de la Pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo[1], un relato increíble de amor divino y de miseria humana, que nos conmueve e interpela. Cada uno de nosotros tiene su puesto y su papel en este teodrama, donde Cristo Jesús, siendo de condición divina, se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo y haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le dio el Nombre-sobre-todo-nombre, de modo que ante Él toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo y toda lengua proclame: «Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre»[2]. ¿Cómo respondemos nosotros a este sacrificio glorioso de amor que nos salva y que salva a la humanidad del pecado y de la muerte?
Queridas hermanas y hermanos, esta profesión de fe nos congrega hoy aquí, en esta iglesia, como miembros de la Iglesia de Dios que peregrina en este continente y en este país. Desde nuestro bautismo, confesamos y profesamos el Nombre glorioso de Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación[3].
El testimonio de amor de Jesucristo en la cruz ha conquistado a hombres y mujeres de todas las culturas y naciones, y, entre ellos, a nosotros, que somos miembros de su cuerpo, que es la Iglesia, su esposa. Unidos a ella, ofrecemos hoy nuestro homenaje de fe a Jesucristo, iniciando la Semana Santa en comunión con la Iglesia universal y en comunión con la juventud católica que celebra en este día la Jornada Mundial de la Juventud a petición del Papa Francisco.
Nos alegramos sobremanera de poder realzar este homenaje de fe viva de la Iglesia con la ofrenda de tres jóvenes que testimonian su fe y su amor a Jesucristo mediante la profesión de votos perpetuos en el Instituto Iesu Communio. Nuestros corazones se estremecen al acompañar a estas queridas hermanas en su acto de entrega total y definitiva a Cristo según la llamada personal que han recibido y que ha sido confirmada por el discernimiento de la Iglesia.
Queridísimas hermanas que hoy profesáis:
Es casi un milagro hoy en día que jóvenes mujeres como vosotras, capaces de llevar adelante actividades profesionales y carreras prestigiosas, se apasionen por la fe en Jesucristo hasta el punto de dejarlo todo y de cimentar el sentido de su vida exclusivamente sobre esa fe nada evidente en la cultura actual. Vuestra consagración a Jesucristo es, por lo tanto, un testimonio espléndido que suscita asombro y admiración, y por el cual merecéis nuestra enhorabuena y el apoyo de nuestro afecto y oración.
Sin embargo, me atrevo a haceros una advertencia paterna y cariñosa. A pesar de la realidad pujante y atractiva de esta espléndida comunidad que atrajo vuestra búsqueda de sentido, nunca olvidéis –recordadlo siempre– que todas y cada una de vosotras sois unas pobrecillas «misericordiadas», como dice el Papa Francisco[4]. Vuestra presencia y vuestra perseverancia en esta comunidad son y seguirán siendo siempre un fruto de la gracia inmerecida del Padre celestial alcanzada por el amor crucificado de su Hijo Jesucristo. Por eso, pedid insistentemente la gracia de permanecer humildes y agradecidas por la bondad divina para con vosotras.
En algún momento del camino de vuestra vida, quizás a veces errante o incluso extraviado, Jesús se hizo presente y su mirada amorosa se posó en cada una de vosotras, susurrando con ternura y esperanza: «Tengo sed de tu amor. ¿Quieres apagar mi sed de amor, mi sed de almas, ayudándome a gritar al mundo por medio de tu consagración que Dios es amor[5] y que ríos de agua viva[6] brotan de mi pecho traspasado para colmar la sed de vida eterna que cada corazón alberga y anhela, lo sepa o no?».
Este grito del Señor crucificado y vencedor de la muerte, vosotras, hermanas, lo habéis percibido y abrazado con todo el ser hasta el desposorio que hoy se celebra con una actitud de profunda humildad y gratitud.
Te doy gracias, Señor, por el inmenso testimonio de amor trinitario derramado en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.
Te doy gracias por estas hijas tuyas que se dejan arrebatar por tu amor divino hecho carne, entregando su propia alma y carne al fuego de tu Espíritu.
Te doy gracias por el beso de resurrección que levanta a esta comunidad de Iesu Communio y la pone en el primer plano de la nueva evangelización, sin propaganda ni activismo, sencillamente por la atracción de su carisma de consagración, cuya fuerza estriba en la alegría de su comunión con Jesucristo en la Iglesia. ¡Amén!
Homilía en la Eucaristía del Lunes Santo
Queridas hermanas, en la puerta de vuestra iglesia se lee «La unción de Jesús», a la que hoy alude el Evangelio, porque el gesto de María en Betania es el de ungir al Señor con un perfume de gran valor.
La unción de Jesús designa al Espíritu Santo con el que este hombre fue ungido como Mesías, como el enviado del Señor. De Él habla hoy Isaías: He aquí mi siervo a quien sostengo, he puesto mi Espíritu sobre Él. Y es Él quien renovará y hará alianza con el pueblo, el que abrirá los ojos de los ciegos y liberará a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitaban en tinieblas[7]. Esta unción del Espíritu invade todo su ser para la misión de reconciliación del mundo con Dios y para el establecimiento de la alianza definitiva.
La unción en Betania, seis días antes de la Pascua[8], es la anticipación de su muerte, es la preparación de su sepultura, como dice el evangelista san Juan[9], y, en cierto modo, la unción de Jesús es como la de un moribundo próximo a la muerte. Evoca la unción de los enfermos, porque Jesús mismo relaciona el gesto de María con su sepultura; y, de hecho, este Siervo sufriente toma sobre sí todos nuestros males, todas nuestras enfermedades y las hace suyas[10], y muere por nuestras enfermedades y por nuestros pecados.
Y por eso María, anticipando, intuyendo –como las mujeres intuyen las cosas de la vida y de la muerte, las cosas del amor, sobre todo–, quiere expresar esta compasión de la Iglesia cuando el Mesías, el Esposo, hace entrega de su propia vida.
Nosotros, al comenzar la Semana Santa, contemplamos este gesto de María de Betania, que derrama su amor hacia el Señor que había resucitado a su hermano, y en el contexto de esta comida de gratitud hace este gesto ciertamente extraordinario, un gesto que escandaliza no solo a Judas, sino también a todos los demás –como testimonia Mateo[11]–, que lo consideran un derroche, que hubiera podido servir mejor para otra cosa; pero el Señor defiende a María. Y este perfume llena toda la casa; el perfume del amor, de la compasión, del acompañar al Señor al inicio de su camino hacia la cruz.
Con este gesto de María debe identificarse Iesu Communio completa, totalmente, durante todo el año: mujeres que derraman su alma, su corazón, todo su ser en presencia del Señor, conscientes de quién es el Ungido por el Espíritu, al que la Iglesia reconoce y anuncia para que sea acogido por toda la humanidad.
Esa es la vocación de Iesu Communio: ser María; esta María que realiza un gesto que no todos entienden, que incluso algunos critican, pero nacido de la libertad, el amor, la audacia y el coraje. Y así el Señor es su defensa; es el Señor el que se complace y acoge su gesto, consolado en su camino de soledad y de abandono. Él es consolado por la ofrenda de amor, de compasión de esta mujer que simboliza a toda la Iglesia, a toda la humanidad y a cada uno de nosotros en esta Semana Santa. Amén.
Meditación del Lunes Santo
Queridas hermanas, doy gracias al Señor por la oportunidad que me ofrece de celebrar juntos esta Gran Semana, la Semana Mayor en la vida de la Iglesia, un kairós, es decir, un momento de gracia particular, gracia para cada uno de nosotros, para la Iglesia en su conjunto y también para la humanidad. Esta Semana, en la historia del mundo, es el don de Dios por excelencia, no solo a la Iglesia, sino a toda la humanidad y a toda su creación. El don del misterio pascual es el don que Dios hace de su Hijo Jesucristo, en el que todo ha sido creado y recreado. Él ha cumplido su misión de reconciliar al mundo con Dios a través de su Pasión, muerte y resurrección. Y ha derramado el último secreto de Dios, que es su Espíritu Santo, la intimidad del Padre y del Hijo, la intimidad totalmente desvelada: no solamente revelada, sino entregada, derramada, ofrecida a la humanidad como don último de Dios, el don que diviniza, que hace de la humanidad una sola cosa con Dios, una sola vida.
La Iglesia, que conoce la revelación, que conoce este don hecho por Dios a todos, el don de sí mismo a sus criaturas, en esta Semana se recoge en oración, en adoración y, ciertamente, en compasión, porque este don por excelencia de Dios es un don que pasa por el dolor, la cruz y la muerte, en favor de la reconciliación real de los pecadores que están alejados de Dios y que han de ser alcanzados allí donde están, para ser atraídos, tocados en su corazón cerrado y convertidos desde dentro para que la alianza con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo sea auténtica y verdadera, de modo que todo el ser y toda la vida se vean concernidos por la comunión trinitaria.
Celebramos una fiesta de la fe, que es la proclamación de una verdad realizada en la historia y de una realidad histórica que se alza como la verdad más profunda de la historia; no nos limitamos a evocar un ideal que se anhela y a duras penas se intuye; es el reconocimiento de un don ya ofrecido y entregado, porque la salvación del mundo no es una mera promesa sino algo ya acontecido y realizado en nuestro Señor Jesucristo: Dios hecho hombre toma sobre sí la responsabilidad de llevar la creación a la casa del Padre y de preparar el camino para la glorificación de todas las cosas en el Espíritu Santo, en la unción suprema que es el Espíritu del Padre y del Hijo.
Celebramos el don que se nos ha hecho. Nosotros, cristianos, que conocemos la revelación, estamos llamados a proclamar y a dar testimonio de este don. La Iglesia –el Concilio Vaticano II lo recordó y desarrolló– es sacramento de salvación, es decir, un signo puesto por Dios en la historia de las naciones para dar testimonio de este don y esta verdad cumplida por Dios: la verdad de su amor que no solamente ha creado, sino que ha reconciliado el mundo y ha derramado el Espíritu Santo para que la vida de Dios sea vida nuestra, la vida de amor total, de amor mutuo, de amor que irradia paz y alegría. Esta vida suya se nos comunica a través del misterio de la encarnación, es decir, en la carne de Cristo; esta vida nos lleva, como nos enseña san Ireneo[12], a ser cuerpo de Cristo, un solo cuerpo con Cristo.
Y por eso Cristo, al finalizar su camino, ha dejado su humanidad en manos de la Iglesia, pues ha regalado el don del misterio pascual como una realidad también sacramental: especialmente en el memorial de la Última Cena, de la Cena pascual, así como en la comunidad que creció en torno al memorial regalado para ser la fuente perpetua de su vida. En efecto, la communio divina se nos da en la carne de Cristo, y en la carne de Cristo resucitado, que es su carne eucarística, su carne real. Su carne no es una carne simbólica que recuerda algo que pasó, sino que es su carne real, porque Él lo dice y lo hace. Si lo dice, lo hace: Este es mi cuerpo[13]. «Este es mi cuerpo, y haced esto en memoria mía, haced esto, lo que Yo hago».
Y la Iglesia, a través de los siglos, ha entendido –y aquí radica la peculiaridad, la belleza, la maravilla de la fe católica– que este don, esta palabra de Cristo es una palabra única que Él ha dicho de una vez por todas. De tal manera que, cuando el sacerdote la repite, no es una repetición, es siempre Cristo mismo quien la dice. A eso lo llamo la «magia del Espíritu Santo»: por la ordenación sacerdotal el acto único de Cristo, multiplicado millones de veces, es siempre el mismo acto. El Espíritu Santo hace que el tiempo y la distancia se anulen; o mejor, no se anulan, se vuelven uno. No se anulan, porque todos los momentos de la historia valen la pena. ¡No se cancelan! ¡No! Ese es el misterio de nuestra fe: el Verbo se hace carne y entrega su carne para que se quede con nosotros de una vez para siempre en su acto supremo de amor. «Este es el misterio de nuestra fe», como decimos después de la transubstanciación, después de la consagración en la Misa.
Iesu Communio es para mí nombre que habla de la Iglesia y del misterio de donde brota la identidad de esta comunidad y de cada una de vosotras como miembro de esta comunidad.
Soy también consciente de que Iesu Communio se halla en un momento de discernimiento, de testimonio –ciertamente, como lo llevan haciendo desde siempre– y de compromiso. El Espíritu de Dios derramado en sus corazones por el misterio pascual de Cristo lleva a un camino de crecimiento –no necesariamente un crecimiento en extensión, pero sí siempre en intensidad–, porque el amor es siempre más. Es ley divina que el amor, por ser infinito, no tenga límites.
Cada uno, personalmente, se halla en una dinámica de crecimiento en el amor; y el crecimiento en el amor pasa también por la cruz de nuestro Señor. El crecimiento implica algún dolor, dar algún paso más allá de lo que se ha realizado hasta ahora, porque es la ley del amor, del amor divino.
Somos pobrecillos, pobres criaturas, pero debemos ser portadores del amor divino. Cristo pobre se hizo todo eucaristía, se multiplicó, se abajó hasta multiplicarse y entregarse a través de un trozo de pan y un poco de vino; y así se multiplicó por la tierra entera. Esta es la lógica del amor, del amor divino que pasa a través de la carne, y la carne inventa maneras de amar..., y en realidades muy concretas.
Lleváis una vida contemplativa, vida de comunidad, vida también de muchos pequeños gestos de servicio. Al Papa –también a mí– le gusta decir que Dios está en los detalles[14]: le encantan los detalles, las cosas más pequeñas, las cosas más humildes. Uno podría pensar: «Me parece que habría otras formas de servir mejor en la comunidad con mis talentos, con mis cualidades…». Bueno, pero Dios te quiere donde estás; en la obediencia, en el amor, en las cosas más humildes ahí está Dios. A veces la cruz está en cosas muy sencillas.
Tengo la alegría de celebrar junto a vosotras el misterio pascual con toda sencillez, como María de Betania, tal como hemos escuchado en el Evangelio[15] proclamado en la Misa de hoy. La Iglesia manifiesta su gran sabiduría al escoger este pasaje evangélico al comienzo de la Semana Santa.
Este Evangelio es de una gran belleza por lo que significa este perfume de mucho precio, abundante, derramado sobre sus pies..., en definitiva, sobre todo su ser; es la unción.
Como dije esta mañana, este gesto evoca el sacramento de la unción de los enfermos. Me percaté de ello hace poco, porque nunca antes había pensado en ello, pero me parece muy sugestivo.
En el misterio del Señor que camina hacia su fin, las mujeres, que intuyen en el amor las cosas de la vida y de la muerte, quieren acompañarlo de algún modo, quieren al menos ser una presencia compasiva, un estar con Él. Y mientras los discípulos protestan –ellos siempre llegan al amor después–, el testimonio de las mujeres es testimonio de puro amor.
Esa es la vocación de las contemplativas, de las mujeres que aman y quieren estar ahí, al lado de Jesús, sin necesidad de grandes empresas y acciones que podrían distraer de lo esencial: el amor ofrecido como respuesta al amor gratuito de Dios en Cristo Jesús. Y en la humanidad debe haber alguien que perciba este misterio, este don, y que se ofrezca para responder, no sin falta de algún titubeo, con una consagración de sí, como lo vivimos ayer en la profesión perpetua de tres hermanas, un signo de la naturaleza de este amor. No se trata de un amor pasajero, efímero, como suele suceder en el mundo, sino del amor eterno, definitivo y divino que nos hace entrar en su propia lógica y, por eso, la consagración es para siempre, perpetua, conforme a la naturaleza del amor que ha tocado el corazón, que lo ha arrebatado y que lo quiere en su servicio.
Vuestro servicio al Señor reviste los rasgos del amor esponsal, de un amor real, porque, si no lo fuese y se tratase simplemente de un ideal anhelado y buscado por la humanidad, no perseveraría en el tiempo. Es real, dado y experimentado en la fe como algo vivo, que vivifica y lleva en sí mismo la prueba de su verdad y su certeza. Y al vivirlo, se recibe la confirmación de que es el camino justo para cada una.
Vamos a seguir a María de Betania, pero también a su hermana, a Marta, porque debemos hacer muchos gestos de servicio, y a veces nos distraen, nos hacen perder la calma. Y si no exteriormente, al menos en el interior nace el juicio, y la comunión se resiente incluso en los momentos más sagrados de la vida. Entonces nos pasa como a Marta[16]. Es importante servir, pero servir con el espíritu de María, de manera que todo lo que hagamos sea siempre un acto de amor.
Conforme a la lógica de lo que María de Betania hace en el Evangelio hoy proclamado, leamos despacio la Pasión del Señor en san Juan o en san Mateo, como preparación al Viernes Santo. Las contemplativas no necesitan gran cantidad de textos ni grandes exposiciones; les basta una sola palabra, una frase, un pasaje, un pensamiento,... para centrar su atención. Pero tengamos siempre presente la pasión interior del Señor, porque la pasión exterior del Señor, con todos los acontecimientos tal como los relatan los Evangelios, es un símbolo de su pasión interior, la más importante. Fijemos la mirada en el corazón de Jesús, en su drama interior, en el teodrama de su vida. Él, siendo Hijo del Padre, vino para revelar quién es su Padre, pero su predicación no lo consiguió ni siquiera con sus más cercanos, que en momentos tan sagrados discutían por los primeros puestos con una mentalidad mundana; y Jesús interiormente pensaría que había fallado. Pero la pasión por revelar a su Padre ardía como un fuego en su interior; era el fuego del Espíritu Santo en su corazón. El Espíritu Santo lo acompañaba siempre y ayudaba a su humanidad, por así decir, a no quemarse toda por esta presencia del amor, del fuego: la presencia del fuego del amor que lo enviaba a anunciar quién es Dios a toda la humanidad. El mundo tiene que saber que Yo amo al Padre[17].
Cuando el Jueves Santo, tras levantarse de la mesa, va a Getsemaní, Él obedece al Padre: El mundo tiene que saber que Yo amo al Padre[18]. Él es consciente del querer del Padre que desea la reconciliación del mundo por medio de su Hijo, pero las circunstancias hacen pensar que esta misión ha fracasado. Él había tratado de predicar, de anunciar la misericordia; algunos se habían dejado tocar; pero al final todo tiene el aspecto del fracaso. Entonces se entrega en manos de los pecadores[19]: «Que hagan de Mí lo que quieran». Se entrega. Es el significado de la Eucaristía, se entrega al sufrimiento por amor.
La Pasión es una historia de sufrimiento total. Este hombre, el más santo que jamás ha podido existir, se va a identificar con los pecadores, se va a hacer uno con ellos por obediencia a la voluntad de su Padre, que quiere reconciliar a la humanidad. El Padre le pide que vaya hasta el extremo. Y Jesús interiormente quiere por todos los medios, también a través del sufrimiento y de la muerte, revelar quién es su Padre y cuál es la voluntad del Padre sobre la humanidad.
Lo seguiremos estos días en este camino interior, siguiendo, ante todo, los textos de la liturgia, tan ricos para orientarnos en la identificación de nuestro corazón con el corazón sufriente de Jesús por la falta de amor, las traiciones, las cobardías, las injusticias, las heridas, los insultos, las blasfemias y todo lo que lo hiere en lo más íntimo.
Pidámoslo al Espíritu Santo, el gran maestro, que puede conseguir que, en esta hora de la historia humana, en las actuales circunstancias del mundo, no exentas de violencia, guerras, abusos e injusticias de toda índole, seamos llevados al corazón del mundo, al corazón de Jesús que contiene en sí, por ser el Hijo del Padre y el Hijo del hombre, el destino de todos, que responde incluso por los peores pecadores y lleva a cabo con su sufrimiento la reconciliación del mundo en el amor. Él pone amor donde no lo hay y conquista los corazones endurecidos para llevarlos al Padre.
Desde nuestra particular circunstancia y necesidad invocamos al Espíritu Santo comunitaria y personalmente, para que nos alcance la gracia de la identificación de nuestro corazón con el de Jesús, lo que no podemos lograr nosotros con nuestras solas fuerzas. La contemplación es un don, es la luz del amor, que ilumina nuestros ojos y nuestro corazón para que veamos a Dios en todas las cosas, en particular en los pequeños detalles, en los que sufren y en el más pobre entre los pobres: el Crucificado. Ver a Dios en Él, y en Él ver a todos los pobres de la tierra, a todos los pobres y los pecadores de la tierra. Esto es don del Espíritu Santo.
Pedimos que nos haga crecer en el amor, en unión con el Esposo que se nos da de esta manera, en el sufrimiento por amor, conscientes de que nosotros somos también causa de su sufrimiento. Por eso, cuando confesamos nuestros pecados –y a veces nos cuesta, porque sufrimos al confesarlos y nos humilla–, comprendemos el sufrimiento que a Él le ha causado nuestro pecado. Y en este abrazo de su sufrimiento con mi sufrimiento sucede algo: el perdón regalado se experimenta como una alegría, con paz, como deseo de amar, pero de amar de un modo nuevo, de un modo más divino y más humano al mismo tiempo.
Entonces, como dice el Papa Francisco[20], pidamos al Espíritu Santo la gracia de vivir la Pasión de Jesús como nuestra. No como quien desde un balcón mira de lejos al Señor que pasa cargando con su cruz, sino desde la calle en la que Él está siendo empujado, maltratado, abandonado. Y yo agregaría: confesando nuestros pecados, golpeando nuestro pecho, no tanto para alivio de nuestras culpas, sino para alivio de su dolor. Si yo no doy el paso de confesar mi pecado, Él se queda con su dolor. Y si yo doy este paso, le quito el dolor; o mejor dicho, el dolor de amor se vuelve común. Y cuando se ama a otra persona también en el dolor, cuando el dolor es de amor, alivia. El amor lo alivia todo, y esto es cierto también en nuestra relación con Cristo.
Baste lo dicho para este primer día.
Homilía en la Eucaristía del Martes Santo
«Salve, Rey nuestro, obediente al Padre; fuiste llevado a la crucifixión, como manso cordero al matadero»[21].
Queridas hermanas, el libro de Isaías nos habla del Siervo de Yahveh, cuyo destino es ser luz de las naciones; no solamente es el que enderezará los caminos de Israel, sino el destinado a ser luz que alcanza hasta el confín de la tierra[22]. Pero el camino hacia este destino es el camino de la cruz; y el Evangelio, que nos hace entrar en el drama interior de Jesús, nos dice: Jesús se turbó en su espíritu[23], mientras estaba a la mesa con sus discípulos; se conmovió fuertemente y abrió a sus comensales el motivo: Uno de vosotros me va a entregar[24]. La Pasión ya está en camino.
Vemos cómo reaccionan todos: no saben quién es. No era tan evidente quién era el miembro del grupo que lo iba a entregar, porque Pedro, el líder del grupo, pide saber quién es. Juan, el discípulo que Jesús amaba de un modo muy singular y personal, se reclina en el pecho de Jesús y le pregunta: Señor, ¿quién es?[25]. Este es uno de los misterios que el Señor sufriente confía a Juan. En el amor se piden también revelaciones, confidencias, y a veces las confidencias son difíciles de llevar, porque las confidencias del corazón de Jesús pueden ser cruces que hay que llevar.
A Simón se lo transmite a través de un gesto. Es llamativo que Jesús indique quién es el traidor, sin enfadarse, sin hacerle ningún reproche, sin denunciarlo ante los demás. Hace un gesto que los otros no entienden; pensaban que, como tenía la bolsa, debía comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres, como dice el evangelista[26].
Jesús proclama que el momento en que el mal entra en Judas, a través de una decisión preparada y seguramente madurada, es un momento cardinal. Jesús revela esa decisión y, en cierto modo, la acepta como el misterioso paso de su camino hacia la muerte.
Después Pedro quiere conocer adónde va Jesús para seguirlo, y proclama su disponibilidad para acompañar al Señor hasta donde vaya, pero Jesús le dice que no lo pueden seguir hasta el lugar donde Él va. Y además profetizará su negación[27].
