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Hay muchos modos de vivir la eucaristía: para algunos solo es una práctica religiosa; para otros, es el centro y clave de su ser y actuar. En El don incomparable, Javier Garrido nos acerca a este sacramento, el centro de la comunidad cristiana. El libro contiene cuatro partes: en la primera, "El Don", pone las bases teológicas y espirituales; en la segunda, "Celebración", comenta las partes de la eucaristía; la tercera, "Reflexión espiritual", aborda su riqueza para la vida cristiana y algunos aspectos problemáticos; por último, en "Problemática pastoral", trata cuestiones de discernimiento y praxis.
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Seitenzahl: 164
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Prólogo
EL DON
1. Autodonación de Jesús
2. «Haced esto en memoria mía»
3. La novedad del culto cristiano
4. Sacramento de Jesús y fe de la Iglesia
5. Dinámica de la celebración
6. Resonancias
CELEBRACIÓN
1. Preparación
2. Rito de entrada
3. Palabra
4. Presentación de ofrendas
5. Plegaria eucarística
6. Antes de la comunión
7. Comunión
8. Rito de despedida
REFLEXIÓN ESPIRITUAL
1. Cristificación
2. ¿Fuente y cumbre de la vida cristiana?
3. Mediación privilegiada
4. Presencia y presencias de Jesús
5. Acceso teologal
6. Riqueza antropológica
7. Éxtasis del amor
8. Gracia y juicio
9. Vida, oración y eucaristía
10. Alianza y misión
11. Iglesia y Reino
12. Resonancias
PROBLEMÁTICA PASTORAL
1. ¿Para quiénes?
2. Celebración dominical
3. Formalismo
4. Ritmo
5. Lenguaje
6. Inculturación
7. Clericalismo
8. Desequilibrios
9. Necesidad de formación
10. Proceso de fe
11. ¿Presacramentos?
12. Entre el deseo y la realidad
13. Hacia un nuevo modelo de Iglesia
Créditos
1. Hay muchos modos de vivir la eucaristía: los que asisten por obligación; los que quieren vivirla con fervor; los que tienen vida teologal y fortalecen su fe, esperanza y amor con el don incomparable que es para la Iglesia y para cada uno de los cristianos.
En las páginas que siguen queremos acercarnos a este sacramento, el centro de la comunidad cristiana, con temor y temblor, sabiendo que nos sobrepasa. Solo María, la esposa santa e inmaculada, está a su altura.
• ¡Qué realismo de fe!
• ¡Qué obediencia de amor!
• ¡Qué agradecimiento humilde ante la gracia desbordante del Padre y la autodonación de Jesús y la comunión que crea el Espíritu Santo!
• Cristificación plena, siendo uno con Jesús.
• Unidad de la Iglesia, signo luminoso del Reino.
• Y misión en el mundo y para el mundo.
2. El libro contiene cuatro partes:
En la primera, «EL DON», se exponen las bases teológicas y espirituales.
La segunda, «LA CELEBRACIÓN», es la más importante, intención principal del libro.
En la tercera, «REFLEXIÓN ESPIRITUAL», se aborda la riqueza de la eucaristía para la vida cristiana, pero teniendo en cuenta aspectos problemáticos.
En la cuarta, «PROBLEMÁTICA PASTORAL», se amplía la reflexión, pues la eucaristía plantea cuestiones en la formación de las conciencias y en la praxis pastoral.
3. Permítame el lector/a una primera sugerencia: mientras lee el libro, disponga de un misal e intente la «lectura de atención pasiva», que es el secreto para leer la Biblia y para cualquier texto que toque el corazón creyente.
Pamplona, 2017
1. Autodonación de Jesús
2. «Haced esto en memoria mía»
3. La novedad del culto cristiano
4. Sacramento de Jesús y fe de la Iglesia
5. Dinámica de la celebración
6. Resonancias
Cuando Jesús inauguró el Reino en Galilea, celebraba comidas con los publicanos y pecadores, signo de la misericordia del Padre. Escandalizó a los justos; pero cumplía así su misión mesiánica. En el evangelio de Juan, el primer signo lo realizó en una boda, por petición de su madre. Fue mucho más que el milagro de convertir el agua en vino. Dio a entender que había llegado el tiempo nuevo del amor, el vino último y mejor. Era Él el esposo.
Antes de la fiesta de pascua, Jesús, sabiendo que había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre, y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Jn 13,1
Así introduce Juan el relato de la Última Cena, y con ella el relato de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. La cena fue acompañada por los diálogos entre Jesús y sus discípulos. ¡Qué amor de Jesús a los suyos, a los que el Padre le había encomendado!
Cuando la persona cristiana los lee, los relaciona espontáneamente con la eucaristía: aquí adquieren realismo, verdad y calor de intimidad.
12
Dos signos expresan la hondura de esta hora: el lavatorio de los pies y la institución explícita del Pan-Cuerpo y Vino-Sangre.
Con este acto, el amor se rebaja; el Señor se hace esclavo, el Maestro da la última lección: «Amaos como Yo os he amado». El discípulo (Pedro) se resiste; pero es inútil. Jesús tiene que llegar hasta el final, tomando sobre sí el pecado del mundo.
Como Pedro, lo entenderemos más tarde. Así nos ocurre también a nosotros con la eucaristía. Toda nuestra vida será poca para comprender semejante autodonación. Necesitaremos la eternidad para agradecer su incomparable amor.
Siguiendo el desarrollo normal de una cena festiva y religiosa, Jesús recuerda por qué se han reunido, parte el pan y dice: «Tomad y comed, esto es mi cuerpo entregado por vosotros» (Lc 22). Al final de la celebración, cuando llega la tercera copa, la de la bendición, recuerda la historia de su pueblo, da gracias a Dios y pide que se cumplan las promesas anunciadas para los últimos tiempos, y añade: «Tomad y bebed, este es el cáliz de mi sangre derramada por vosotros».
A primera vista, parece solo un signo. Pero cuando el discípulo escucha el corazón de Jesús y se da cuenta del momento que está viviendo con su querido Maestro, intuye que está asistiendo al acontecimiento más inaudito, la autodonación definitiva de Jesús, la muestra del amor más grande, el de la muerte sangrienta y solidaria en favor de Israel y de cada uno de los hombres.
No lo sabrá hasta la resurrección y con la luz del Espíritu Santo; pero siente que Jesús se desborda, se está dando sin límites, en el olvido total de sí.
¡Qué torpeza la de los discípulos! ¡Qué torpeza la nuestra cuando vamos a misa!
Toda su vida había sido obediencia al Padre y amor a los hombres indisolublemente; pero había llegado la hora, y ahora le tocaba vivir al extremo, la sin-medida del amor del Padre. ¿No le había enseñado acaso a amar así, sin medida?
El Padre lo entregó cuando lo envió a ser hombre, asumiendo nuestra condición humana, expuesto a la indigencia y al poder del mal en el mundo.
Temblaba el Padre cuando lo veía cumplir su misión y constatar la incomprensión y la persecución, que se iban exacerbando según predicaba y hacía signos del Reino. ¡Estaba siempre tan solo! Cuando Jesús se retiraba a orar y le llamaba «Abbá», el corazón del Padre se estremecía.
En el Tabor tuvieron un encuentro especial, pero para insistir en lo mismo: la obediencia de Jesús y la fidelidad del Padre; no podía ahorrarle ningún sufrimiento ni oscuridad, pero Él le cuidaría entrañablemente hasta el final.
Ya ha llegado el final también para el Padre. ¡Qué dolor de amor eterno tener que abandonarle a merced de sus enemigos!
Cuando en la Última Cena lo contempló humillado a los pies de los discípulos y pronunciando las palabras del Pan-Cuerpo y Vino-Sangre, solo el Padre sabía lo que estaba ocurriendo. ¡Cómo se autoentregaba también Él sin reservas!
Jesús había dicho a los discípulos: «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos». El Padre lo corroboraba con su propia autodonación: Nadie tiene mayor amor que el que entrega al Hijo, el bienamado, el único, para la salvación del mundo.
Ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir. Pues bien, Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
Rom 5,7-8
¿Era necesaria semejante entrega hasta la cruz para redimirnos? Pregunta frecuente en los creyentes que razonan mucho y entienden poco del amor de Dios.
No era necesario, ciertamente, porque Dios y Jesús podían haber escogido otro camino: más eficaz, sin tanto amor inútil; más razonable, demostrando poder salvador con pruebas que cambiasen el mundo; más plausible, con signos deslumbrantes…
¿Se puede discutir con el Amor absoluto?
¿Hay mayor amor que esta autodonación?
¿Cuál es la mayor y mejor redención: la fuerza que triunfa o el amor que pierde la vida?
Evidentemente, si el Padre no hubiese resucitado a Jesús, su vida y muerte, su obediencia y su amor a los hombres, habrían quedado en suspenso.
Pero la eucaristía es, cabalmente, el signo más espléndido de que tal Cuerpo entregado y tal Sangre derramada han merecido la pena, sacramento eficaz y redentor que da la vida eterna en sobreabundancia.
El mandato de Jesús, al terminar la Última Cena (1 Cor 11), ha sido cumplido fielmente por la Iglesia desde el principio hasta ahora. En los inicios, el recuerdo reproducía el desarrollo de la cena con la comida, que era compartida por la comunidad de los cristianos reunidos para la «fracción del pan». Al poco tiempo, se separó el ágape fraterno de la institución del Pan-Cuerpo y Vino-Sangre. El recuerdo central, el que daba identidad al grupo de los creyentes, era el relato de la institución eucarística.
No sabemos el grado de historicidad del relato de aparición de Jesús resucitado a los discípulos que iban camino de Emaús. Lo importante es cómo se describe el proceso que viven los discípulos, cómo pasan de la decepción a la fe:
• Jesús se les hace el encontradizo sin que lo reconozcan. Porque sin los ojos interiores no basta la presencia.
• Jesús les ilumina haciéndoles ver el sentido de su muerte atroz mediante la Palabra.
• El encuentro iluminado se les da con la fracción del pan, al recordar la Última Cena, es decir, cuando la cena se les hace eucaristía.
• Y toman conciencia de su transformación interior.
• Consecuencia lógica: comunicar la Buena Noticia, que el crucificado está vivo, noticia que se hace confesión de fe en Jesús como Señor.
No es arbitraria la hipótesis de que el relato tenga una intención catequética por referencia a la eucaristía, pues describe su estructura: palabra, comentario y fracción del pan.
El cristiano de entonces y el de ahora saben la significación que la memoria de la Última Cena tiene en la vida de la Iglesia y en el camino personal de la fe.
12
Por desgracia, para muchos solo es un rito dominical, al que se asiste por obligación. No tiene ninguna incidencia en su vida, ni en su conciencia personal.
Un discípulo de Jesús no puede olvidar el mandamiento de Jesús: «Haced esto en memoria mía».
• Recuerda el mismo mandamiento del Éxodo, lo que Israel nunca podrá olvidar, el acontecimiento fundante de la salida de Egipto, la liberación de la esclavitud (cf. Ex 12).
• Si olvida cómo ha sido amado, su vida deja de tener sentido. La «fracción del pan» le recuerda la pasión y muerte de Jesús, el amor entregado de su Señor.
La Iglesia podrá olvidarse de todo menos de esto. Y así lo ha hecho desde las primeras celebraciones, que se llamaban así: «fracción del pan», hasta ahora, que tiene diversos nombres (misa, eucaristía…).
Nuestra eucaristía es recuerdo porque Jesús resucitó y vive y permanece con nosotros hasta el fin de los tiempos (cf. Mt 28). Si Jesús no hubiese resucitado, quizá hubiese quedado como un recuerdo entrañable por lo que hizo y enseñó y por su persona, pero el recuerdo hubiese desaparecido ante la evidencia de su fracaso y su condenación en la cruz.
Se necesita recordar:
• La resurrección daba sentido a todo lo sucedido en Galilea y Jerusalén.
• La resurrección permitía releer todo como voluntad del Padre que así cumplía lo anunciado por los profetas.
• La resurrección hacía descubrir quién era de verdad Jesús, el Hijo amado de Dios, y podía entenderse lo desconcertante que había sido Jesús en tantas ocasiones: qué humilde y con qué autoridad hablaba y se manifestaba, qué entrañable con los desgraciados y por qué no organizó ningún movimiento social, qué libertad tenía con la ley y qué fiel era con la tradición espiritual de Israel, etc.
Así que hacer memoria de la Última Cena no consistía en mero recuerdo, una especie de reproducción del pasado, porque Jesús, una vez resucitado, se hacía presente en medio de los discípulos y con ellos celebraba su pasión y muerte, es decir, su amor entregado: Pan-Cuerpo y Vino-Sangre. Presencia real mediante los mismos signos de la Última Cena.
La Iglesia actualiza permanentemente la fracción del pan y la bendición del cáliz por la unidad indisoluble entre la muerte de Jesús y su resurrección. A esta celebración se le llama «el misterio pascual»:
• El paso de la muerte a la vida.
• Que el siervo, crucificado en obediencia al Padre y por amor a los hombres, es el Señor glorificado a la derecha del Padre para dar la vida eterna a los que creen en Él y comen su cuerpo y beben su sangre.
• Que ser cristiano es ser en Cristo, y como Él y con Él, participamos en su muerte y resurrección por la fuerza del Espíritu Santo.
El agradecimiento brota espontáneamente del recuerdo.
Hemos sido amados y redimidos por gracia.
Hemos creído porque su amor se nos ha hecho evidente.
El agradecimiento nos transforma, porque su amor nos desarma, nos desborda, nos rinde.
Amor adorable e inolvidable.
¿Cómo no vamos a celebrarlo?
Si es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida…
Si recordarlo nos ensancha el corazón y la esperanza…
Si nuestro pecado ha sido perdonado y redimido incondicionalmente…
Si el sufrimiento adquiere con Él un sentido insospechado…
Si el amor al prójimo es el camino para seguirle…
Si hacer la voluntad del Padre nos hace hijos de Dios como Él…
Pero podemos agradecer y celebrar, porque Él sigue estando con nosotros, nos reúne, nos da el Espíritu Santo, nos dirige su palabra, se nos entrega personalmente como comida y bebida…
12
¡Qué bien entendemos a Pablo: «Maldito el que no ame al Señor Jesús» (1 Cor 16)!
Este capítulo se inspira directamente en la Carta a los Hebreos, un texto de no fácil lectura, pero que ilumina nuclearmente el culto cristiano, la celebración de la eucaristía, y la existencia entera del discípulo de Jesús.
La tesis de la carta se puede formular así: Jesús es el único mediador ante Dios Padre, y lo es para siempre por designio de amor del mismo Padre. ¿Qué significa?
1. La continuidad y discontinuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Antes de Jesús, había múltiples mediaciones: sacerdotes, sacrificios y templo. Con Jesús desaparece el templo; el sacrificio es su entrega en obediencia y por amor; es el único sacerdote para siempre.
2. Jesús realizó su misión de mediador una sola vez y para siempre en la cruz sin necesidad de ser ordenado sacerdote, siendo laico.
3. A partir de Él, sus discípulos damos culto a Dios Padre actualizando la mediación única de Jesús.
4. Mediante Él y unidos a Él, los cristianos somos el pueblo sacerdotal de la Nueva Alianza, que da culto al Padre «en espíritu y en verdad» (Jn 4), es decir, mediante nuestra existencia entera, participando de la obediencia de Jesús al Padre y de su amor al prójimo.
5. Se nos da el culto sacramental para el culto espiritual. Tal es el sentido de la eucaristía.
Habrá que explicarlo más detenidamente en capítulos posteriores.
Hemos de reconocerlo: la mentalidad y la praxis habitual de la Iglesia católica está lejos de los puntos que acabo de señalar. Paradójicamente, sin embargo, cuando se leen las plegarias eucarísticas, se confirma la mediación única de Jesús y su sentido espiritual para la existencia cristiana.
Habrá que dilucidar ciertos malentendidos:
a) ¿Por qué la liturgia católica se parece tanto al culto de tantas religiones, con sus templos, ritos y clase sacerdotal?
Al principio no fue así. Cuando el movimiento cristiano se hizo religión socialmente instituida, fue asimilando el modo espontáneo de entender el culto, lejos de la revolución y novedad que trajo Jesús. Así que construyó lugares sagrados, nombró sacerdotes para funciones sagradas, organizó el culto con sus ritos para garantizar el paso entre el cielo y la tierra…
Comprensible, desde luego; pero ¡qué lejos de la cena del Señor!
b) La teología católica sitúa la liturgia en la zona intermedia entre el cielo y la tierra. El culto viene a ser el anticipo escatológico de la liturgia celeste. El sacramento, al actualizar la mediación de Jesús, se constituye así en «fuente y cumbre de la vida cristiana», según la afirmación repetida del Concilio Vaticano II.
Más tarde explicaré que la eucaristía sacramental es para la eucaristía espiritual, que la fuente y cumbre de la vida cristiana no es la eucaristía, sino Jesucristo vivido teologalmente (fe, esperanza y amor) en obediencia al Padre. Este cambio de perspectiva no anula el valor de la eucaristía; lo resitúa en la novedad que fue Jesús, que realizó el culto al Padre por su obediencia y amor en su vida ordinaria, consumada en la cruz, sin rito religioso alguno.
c) ¿Por qué apenas existe este cambio de mentalidad y de experiencia en la mayoría de los cristianos?
En mi opinión, porque los humanos pretendemos (¿necesitamos?) objetivar lo divino, y el mejor medio es el rito religioso. Si no se tiene vida teologal es casi imposible no caer en la tendencia a relacionarse con Dios a través de mediaciones que intentan apropiarse de Dios y sus cosas. Basta pensar, por ejemplo, en la praxis cristiana en la que se asegura la gracia de Dios mediante los sacramentos. De la gracia no se dispone. Son los sacramentos los que más vida teologal (amor de fe que confía) exigen.
Así se lo explicó Jesús a la samaritana:
Jesús respondió:
–Créeme, mujer, está llegando la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que para dar culto al Padre, no tendréis que subir a este monte ni ir a Jerusalén. Vosotros, los samaritanos, no sabéis lo que adoráis; nosotros sabemos lo que adoramos, porque la salvación viene de los judíos. Ha llegado la hora en que los que rinden verdadero culto al Padre lo harán en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.
Jn 4,21-24
Así es como Pablo puede decir:
• Que la ética es culto espiritual (Rom 12).
• Y la predicación (Rom 1,9).
• Y la solidaridad económica (Flp 4).
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Sacrificio espiritual es el que el cristiano/a ofrece a Dios cada mañana cuando se entrega en obediencia a la voluntad de Dios.
Cumple su misión sacerdotal cuando en el rostro del prójimo que sufre contempla el cuerpo de Cristo crucificado.
Templo del Dios vivo lo es siempre, porque en Él habita el Padre y el Hijo por medio del Espíritu Santo (cf. Jn 14).
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Cuando el amor es espíritu vive la Comunión en su vida misma, la autodonación del Padre en la inmediatez que crea en el corazón del discípulo de Jesús.
Cuando el amor es verdad, el Padre da testimonio de su Hijo por la infusión del Espíritu Santo (cf. 1 Jn 5).
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Pero no hay inmediatez con Dios sin la mediación de la palabra y del sacramento. La mediación no es puente, sino posibilidad de inmediatez. Así lo experimenta el cristiano cuando vive la eucaristía:
• Escucha y cree con obediencia de fe.
• Pide por la intercesión de Jesús y de María con todos los santos.
• Celebra la Última Cena como signo eficaz del único sacrificio de Jesús a favor de toda la humanidad.
• Come y bebe realmente el Cuerpo y Sangre de Jesús.
• Forma el templo vivo de Dios siendo Iglesia.
La inmediatez con Dios mediante la eucaristía se nos da para la inmediatez con Dios en toda nuestra vida. Por eso hablaremos de la eucaristía como mediación privilegiada, para que la existencia ordinaria del cristiano/a sea verdadero culto espiritual, es decir, el de la vida de fe, esperanza y amor en obediencia a la voluntad del Padre.
Cuando se tiene vida teologal, todo es mediación e inmediatez con Dios; pero entre las mediaciones, la eucaristía es única y privilegiada.
La eucaristía, por encima de todo, es el sacramento de Jesús, de su autodonación hasta el extremo, signo eficaz de su muerte y resurrección, sacrificio y banquete. Esta dimensión ha sido (y es) tan determinante que ha tenido (y tiene) el peligro de olvidar la otra dimensión correlativa, la fe de la Iglesia, sin la cual no hay sacramento. Al insistir en el ex opere operato del sacramento, la subjetividad creyente de la Iglesia y de cada cristiano/a ha quedado reducida fácilmente a una actitud pasiva.
