Soledad habitada - Javier Garrido Goitia - E-Book

Soledad habitada E-Book

Javier Garrido Goitia

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Beschreibung

La soledad habitada es una experiencia peculiar de la vida cristiana, plataforma normal del desarrollo y la consolidación de la vida teologal. Cuando Dios toma la iniciativa en la existencia de un creyente y su amor comienza a ocupar el corazón, da una conciencia nueva de sí a la persona, lo resitúa todo, lo purifica y transforma. Este libro de notas espirituales prolonga y ahonda aquel Ni santo ni mediocre (1992), que nació de la reflexión y la experiencia de la crisis de realismo. Y es previo a Relectura de san Juan de la Cruz (2002). Habla del predominio de la vida teologal, apoyándose en el maestro carmelitano. Describe lo que ocurre y se pregunta qué lleva Dios entre manos cuando nos introduce en esta soledad. Un paso decisivo en el camino del seguimiento de Jesús. La soledad está habitada porque es amor. Esta soledad habitada nace de la llamada al amor mayor y mejor, el amor teologal. Responde al deseo más íntimo del corazón del Padre: habitar entre los hijos de los hombres. El amor del Señor nos busca apasionadamente y logra, por fin, ser en nosotros y nosotros en Él. Los capítulos son breves, con géneros literarios variados, con la intención clara de suscitar reflexión y oración. El pensamiento sistemático está sugerido, pero subordinado a las conexiones del corazón y de la experiencia viva.

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Seitenzahl: 157

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Contenido

Prólogo

I. DON

1. Experiencias que marcan

2. Luz interior

3. Cara a cara con Dios

4. Proceso humano y espiritual

5. Pertenencia y obediencia

6. Uno y único

7. Como Jesús

8. Se retiraba a orar

9. Islas en comunión

10. Silencio

11. Sentido de Iglesia

12. Sentido del otro

13. “No juzguéis”

14. Sentido del Reino

15. El tesoro

16. Ser persona

17. “Dios mío y mi todo”

II. DRAMÁTICA

18. Deseo

19. Resistencias y huidas

20. La tentación del aislamiento

21. Corazón ensanchado

22. La tentación del narcisismo

23. La tentación de la autosuficiencia

24. El pecado de incredulidad

25. Distanciamiento inevitable

26. Libertad y obediencia

27. Secretos necesarios

28. Desapropiaciones

29. Purificaciones

30. “Nada te turbe”

31. No saber, no planear

32. Conmigo y contra mí

33. Se sufre solo

34. Corazón insondable

III. EXISTENCIA

35. Camino y casa

36. Descanso del corazón

37. Agradecimiento humilde

38. La vida va por dentro

39. La verdad está fuera

40. Ni qué, ni cómo

41. “En lo escondido”

42. En la rutina de lo ordinario

43. Inmediatez y mediaciones

44. Intimidad

45. Eucaristía

46. Ser en Jesús

47. Soledad y celibato

48. Afectividad una y diferenciada

49. Misión personal

50. Dar paso

51. Nostalgia y obediencia

52. Falta todavía la unificación

53. “A solas con mi querido”

54. Toques especiales

55. Al atardecer de la vida

56. Intercesión

57. Se muere solo y en comunión

58. La última desapropiación

59. Alegría

60. Esperanza del cielo

Epílogo. La gloria de Dios

Créditos

Prólogo

La soledad habitada es una experiencia peculiar de la vida cristiana, plataforma normal del desarrollo y consolidación de la vida teologal.

Cuando Dios toma la iniciativa en la existencia de un creyente y su amor comienza a ocupar el corazón, da una conciencia nueva de sí a la persona, que se refleja en el conjunto de su vida. Dios, que no niega nada, pero todo lo resitúa, purifica y transforma.

Este libro de notas espirituales prolonga y ahonda aquel Ni santo ni mediocre (Editorial Verbo Divino, 1992), que nació de la reflexión y la experiencia de la crisis de realismo. Sin embargo, es previo a Relectura de san Juan de la Cruz (Editorial Verbo Divino, 2002). Para hablar del predominio de la vida teologal, tuve que apoyarme en el maestro carmelitano.

Describe lo que ocurre y se pregunta qué lleva Dios entre manos cuando nos introduce en esta soledad. Un paso decisivo en el camino del seguimiento de Jesús.

* * *

El que acepta mis preceptos y los pone en práctica, ese me ama de verdad, y el que me ama será amado por mi Padre. También yo lo amaré y me manifestaré a él.

Judas, no el Iscariote, sino el otro, le preguntó:

–Señor, ¿cuál es la razón de manifestarte solo a nosotros y no al mundo?

Jesús le contestó:

–El que me ama se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él.

(Jn 14,21-23)

Estas palabras de Jesús concentran las páginas que siguen.

La soledad pertenece a la relación, cara a cara, entre Dios y la persona.

La soledad está habitada porque es amor.

Nace de la llamada al amor mayor y mejor, el amor teologal.

Tal es el deseo más íntimo del corazón del Padre: habitar entre los hijos de los hombres.

El amor del Señor nos busca apasionadamente y logra, por fin, ser en nosotros y nosotros en Él.

No preguntes: “¿Por qué a mí?”. La única respuesta es el agradecimiento humilde y saber que se te da a ti para que los demás también conozcan que se les ofrece lo mismo.

* * *

Los capítulos son breves, con géneros literarios variados, con la intención clara de suscitar reflexión y oración. El pensamiento sistemático está sugerido, pero subordinado a las conexiones del corazón y de la experiencia viva.

Pamplona, 2014

I. DON

1. Experiencias que marcan

1. Comencemos por constatar lo real que puede ser la soledad habitada.

A. B. ha hecho un día de retiro en un monasterio. Hace tiempo que le atrae la vida contemplativa, pero hoy, me confiesa, ha cambiado de perspectiva. Ha comprobado por dentro que su monasterio lo lleva consigo. Dice que no sabe lo que le ha ocurrido cuando ha sentido que estaba cara a cara con Dios, en una inmediatez de relación que le ha sobrecogido. Tiene mujer e hijos. Deseaba verlos más que nunca. A la noche, al acostarse, ha recordado la experiencia vivida con Dios y solo ha podido balbucear: “Dios mío, Dios mío”.

B. A. estaba celebrando una fiesta familiar. El ambiente era cordial y muy alegre. Hablaba todo el mundo. En un instante, cuando se servían los licores, ha comenzado a mirar alrededor con una distancia extraña. Ha sentido miedo de separarse de los suyos. Pero cuando un amigo le ha preguntado: “¿Qué te pasa? ¿Dónde estás?”, le ha respondido espontáneamente: “No lo sé. Me ha cogido la tristeza”. Al volver a casa, ha sabido que no era tristeza, sino una conciencia desconocida de sí. Curiosamente, sentía una ternura especial hacia sus familiares.

A. C. está desolado porque su proyecto de ayuda a personas discapacitadas ha fracasado. ¡Había puesto tanta ilusión en ello! Ha comenzado a dar vueltas en su cabeza a los motivos del fracaso. “¿Por qué, por qué?”, se preguntaba mil veces. De repente, ha tenido una luz que le ha cambiado el planteamiento. Se ha hecho una pregunta elemental: “¿Por qué he puesto mi vida en este proyecto? Ya sé que era bueno y que respondía a mis convicciones más íntimas, pero ¿es que la vida consiste en realizar proyectos?”. A. C. tiene 43 años y desde hace un tiempo le asalta la idea de la finitud.

C. A. tiene 32 años. Ha sido muy aficionada a la montaña. Pero esta vez se ha ido con su perro a dar un paseo por un bosque cercano. Sin ninguna dirección, a lo que saliese. Y lo que le ha venido encima, cuando estaba en medio del hayedo, ha sido un sentimiento envolvente de la naturaleza, y se ha sentido pequeña, y ha tenido que pararse y cerrar los ojos. Lo sorprendente, confiesa, es que a continuación le ha invadido una alegría incontenible por estar viva, por ser persona. No es religiosa, pero dice que ahora intuye quién puede ser Dios en la existencia humana.

2. Las experiencias que marcan y llevan a la soledad habitada son variadas. Tienen siempre una honda carga antropológica. En algunos casos se dan en la relación directa y peculiar con Dios. En otros, la densidad humana de la experiencia prepara el cara a cara con Dios.

Se caracterizan:

Primero, porque cambian el talante vital. Hasta entonces se sabe qué es la vida: se aprende por educación y consiste en asimilar responsablemente lo aprendido. Ahora, sin embargo, la vida ha de ser más, ha de nacer “de dentro”. Segundo, la persona cambia la conciencia de sí, de tal modo que su estar en la vida es de autenticidad existencial: ser fiel a sí mismo. Tercero: distanciamiento inevitable respecto a todo lo que le rodea. La persona no está sola; es sola. Se siente en todo y más allá de todo.

Hablaremos de ciertas tentaciones de aislamiento, autosuficiencia y narcisismo. Debe quedar claro que tales tentaciones se dan porque todavía la persona no ha percibido su verdadera soledad, la espiritual, la de su unicidad, la de su dignidad que trasciende el mundo, que se compagina perfectamente con la mayor capacidad de comunión con el otro

3. No todas las experiencias son irruptivas –la mayoría se van haciendo gradualmente–, pero siempre marcan.

Unos se protegen aferrándose al sistema ya conocido de ser y actuar. Otros se dejan afectar. Se desprotegen. Intuyen que se les abre un nuevo horizonte, maravilloso horizonte, de libertad interior.

Necesitarás, es verdad, recorrer un camino nuevo. Lo normal es que no cambie nada por fuera. Solo los más íntimos entrevén que vives distinto. Algunos se molestan porque les incomoda. Otros, pocos, conectan, porque tienen el mismo talante.

Si es Dios con el que compartes tu soledad, ¿sospechas el regalo que se te está dando?

2. Luz interior

1. Hay una soledad que nace de la relación entre la persona y el contexto. Por referencia a los demás me siento solo. Puede ser que esté pasando una etapa de inhibición, sin ganas de comunicarme. O que los demás me marginan. O, más simplemente, que soy tímido, o un solitario, o incluso un inadaptado.

Pero hay otra soledad que nace desde dentro, por luz interior, que me hace tomar una nueva conciencia de mí, que antes no tenía.

Tiene que ver con descubrir el misterio de ser persona, y persona única, con una historia irrepetible. Esta luz interior te hace ser y percibirte a ti mismo trascendiendo lo psicosocial, que suele ser la referencia habitual para conocerse.

2. Luz espiritual no en sentido religioso, sino en cuanto percepción inobjetivable del ser persona en cuanto persona.

Se es parte del mundo, evidentemente, pero más allá de todo y de todos. Resulta paradójico para el que se percibe así, y contradictorio para el que confunde el ser individuo y el ser persona. El individuo es uno en una serie, parte de un colectivo. La persona tiene dignidad y se merece el respeto de ser fin y no medio para nada.

Tal conciencia se nutre de una experiencia nueva de la libertad. Esta libertad requiere decisiones y haber vivido el riesgo de ser fiel a sí mismo. No se confunda con la autoafirmación, aunque esta puede ser un requisito, ni con la capacidad de elegir. Normalmente, tal libertad es fruto de un camino largo de fidelidad a la verdad personal, no sometida a normas sociales preestablecidas.

Una libertad así se siente como libertad liberada. La vida consiste en lograr ser libre. Riqueza de la subjetividad, por encima del orden social. No se confunda con la ideología liberal o el talante vital que se salta las normas por sentirlas como una amenaza de la propia espontaneidad.

Insistamos en que es luz espiritual, ese nivel en el que la persona vive en conexión con su fuente, trascendente a cualquier sistema psicosocial o ideológico.

3. Cuando la luz interior tiene que ver con la relación vivida con Dios, la persona sabe que ha encontrado el lugar propio de su ser persona y de su libertad. Auténtico acontecimiento de revelación.

En la fe, esperanza y amor de Dios, aparecen la unicidad y dignidad inviolables. Ante Dios, cara a cara, la persona trasciende el cosmos y la humanidad misma.

Elevado por el amor personal del Dios vivo, más allá incluso de mi propia conciencia. Me soy en referencia a Él.

Más libre que nunca, liberado de mi yo y de mi autoposesión.

4. Cuando se tiene esta luz interior, la reacción normal es de vértigo. Ya no es posible vivir en función de ninguna seguridad, ni siquiera del aparato religioso-moral cristiano que nos había protegido durante años.

Puedes resistirte e intentar protegerte de dicha luz. Al cabo de cierto tiempo, comprobarás que es inútil, que perderías la fuente de la verdadera vida, para la que fuimos creados.

3. Cara a cara con Dios

1. Hay una soledad que, sin separarnos de los demás, expresa la dignidad de la persona. Hay otra soledad humana que podemos llamar habitada, porque nace del amor y vincula al otro con carácter permanente.

En este libro hablamos de la soledad habitada por Dios. Nace también del amor, pero del amor de gracia, por el cual Dios se nos da a sí mismo, plantando su tienda en nuestro corazón. Nunca lo hubiésemos soñado, si Él no se revela así.

2. Principio de fe: “Dios quiere y puede comunicarse con nosotros personalmente”. Lo olvidamos demasiado, dándolo por supuesto.

Solo en el acto de fe se nos da percibirlo. Basta ponerse en la presencia del Señor, cara a cara.

La fe no crea la presencia. La percibe: unas veces, acompañada por el sentimiento religioso de proximidad; otras, sin necesidad de sentimiento alguno, en acto de relación.

3. Lo determinante es la relación, milagro inaudito de la novedad que es Dios amándonos.

Por eso hablamos de cara a cara, para decir que se trata de un encuentro único, que solo por analogía lejana podemos comparar con el encuentro interpersonal humano.

4. El encuentro, cuando es preteologal, está mediatizado por nuestras necesidades y las imágenes socioculturales que nos hacemos de él. Cuando es teologal, crea una dinámica de transformación de la persona según la vida del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo.

Uno de esos frutos es la soledad habitada:

a) “Tú me sondeas y me conoces”, dice el salmo 139 (138). Conciencia de que el corazón de la persona solo puede ser alcanzado por Dios, por el amor absoluto.

b) La persona es introducida en un nivel de ser literalmente inobjetivable (“corazón”, en sentido bíblico), más allá de todo concepto e imagen de sí e incluso de experiencia interior de sí.

c) La autoposesión se realiza en el Tú, sin perder un ápice de autonomía. Libertad liberada, actuada por el amor personal de Dios.

d) Consecuentemente, nadie como Dios nos dignifica y nos hace conscientes de ser únicos. Sorpresa gozosa: “Soy único para Dios”.

5. La dinámica vivida, por ser relación, es afectiva, y solo afectivamente, cara a cara con Dios, en la intimidad con Él, se desarrolla y crece hasta ser soledad habitada. Lo cual quiere decir que se da germinalmente en el acto primero de fe, pero no se hace vida y conciencia sino a través de un proceso de transformación.

6. Es normal que aparezcan resistencias de todo tipo a entrar en una relación que conduce a la soledad habitada.

Una razón, entre otras, por la que tantos cristianos no se deciden a vivir la intimidad con Dios, es decir, a hacer una oración personal continuada.

Se racionaliza el tema, achacando este planteamiento de espiritualista. En efecto, la práctica de la afectividad con Dios, en algunos casos, propicia la huida de lo real y de la entrega al prójimo. Pero ¡qué poco saben de la relación con Dios cuando esta es teologal!

7. En el cara a cara con Dios, el corazón se desnuda y emerge la trascendencia de la persona humana.

Solo la persona humana tiene la capacidad de la relación inmediata con Dios. Hay que hablar, filosóficamente, de dignidad ontológica. Se realiza cuando la gracia de Dios actúa en ella. Sin esta acción, solo sería capacidad. Pero en el momento en que se da se produce el milagro más grande del mundo. A eso llamamos vida teologal.

Pablo lo ha expresado incomparablemente diciendo que “el Espíritu Santo ha sido derramado en nuestros corazones” (Rom 5).

* * *

¡Qué torpes somos, Dios mío!

No nos enteramos de que nos has hecho personas.

No nos enteramos de que nos llamas a vivir de tu amor,

en relación contigo, cara a cara.

Peor: nos defendemos de Ti

e inventamos mil artimañas

para no ponernos en tu presencia.

Hasta los sacramentos los utilizamos

para objetivar nuestra relación.

Llegamos a dar más importancia a nuestros sentimientos religiosos que al don que nos haces de Ti mismo.

Ilumínanos, libéranos, transfórmanos...

“Si conocieras el don de Dios”,

le decías, Señor, a la samaritana

(Jn 4)

4. Proceso humano y espiritual

1. Hay personas que desde muy jóvenes tienen la intuición de la íntima soledad personal. Para que llegue a ser soledad habitada necesitan un proceso. La mayoría lo adquieren mediante un camino de transformación, casi siempre lento.

El proceso implica a la persona entera en aquellas actitudes en que se pone en juego su verdad personal. Cuando mira hacia atrás, da gracias por lo vivido, pero no sabe por qué optó por el camino de ser fiel a sí mismo. Es uno de los signos sorprendentes y lúcidos del misterio de cada historia humana.

El creyente sabe que en todo está la Providencia. Y que esta conduce por mil vericuetos los acontecimientos y las situaciones que nos toca vivir.

Y que, finalmente, todo depende de la gracia, de la libertad del amor de Dios, que nos sale al encuentro como y cuando Él quiere. El cristiano reconoce que esta libertad no es arbitraria, aunque a veces le resulte desconcertante.

2. El proceso es humano y espiritual. Describiremos los aspectos más significativos que preparan para la soledad habitada.

a) La persona ha de tomar la vida en sus manos. No basta ser responsable en relación con decisiones concretas; se ha de ser responsable tomando la vida en las manos: mi vida, la mía, siempre única; es decisión radical anterior a decisiones particulares.

b) La soledad habitada presupone autonomía afectiva, es decir, no depender de las necesidades primarias de cariño y aprobación. El yo no niega necesidades, pero se ha fortalecido no satisfaciéndolas. Más bien, la gratificación consiste en ser fiel a sí mismo.

c) Las relaciones interpersonales del amor (pareja, amistad, hijos) se caracterizan, simultáneamente, por la capacidad de crear vínculos y la capacidad de respetar y valorar al otro en cuanto otro. Unión en la diferencia. Lo contrario del amor fusión o del amor idealizado, que no quiere pasar por la realidad.

d) Relación afectiva con Dios, que desarrolla sentimientos humanos variados, creando lazos, pero fundamentados en la experiencia de la iniciativa de Dios; la relación es don, del que no se puede disponer.

e) Tiene que haber un momento o fase en que la persona experimenta la finitud humana o el pecado como realidades englobantes de la existencia. Se pone a prueba el sentido de todo lo vivido anteriormente. La condición humana no tiene salida desde sí. Aparece la relación con Dios como gracia salvadora.

f) Va quedando clara la unicidad de Dios y de su amor absoluto. Cambia radicalmente la relación con Dios. La persona entra en el ámbito propio de la soledad habitada solo por Dios, inseparable de la nueva conciencia de sí mismo (cara a cara con Dios, yo solo).

3. Alguien dirá que estos presupuestos son elitistas. En mi opinión, no son para élites, pero sí para minorías. Más bien, la cuestión es por qué la mayoría de los humanos no quiere vivir procesos así. ¿Miedo a la libertad? ¿Inmadurez de las relaciones afectivas? ¿Evitación del cara a cara con Dios en la oración?

Hay personas que llegan a la soledad habitada sin ningún proceso consciente. Suerte que tienen.

Debe quedar claro que el último juicio solo pertenece a Dios y que quien vive la soledad habitada no es superior a nadie. Al contrario, si se le da es para los otros. Así, con la vida teologal. Muchos la tienen y no se enteran. Otros muchos creen tenerla, pero no es verdadera.

En cualquier caso, para recibir el don de la soledad habitada siempre hay que pagar un precio.

El de la soledad misma, dolorosa para nuestras necesidades humanas, sobre todo al principio.