Introducción a la fe cristiana - Javier Garrido Goitia - E-Book

Introducción a la fe cristiana E-Book

Javier Garrido Goitia

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Actualmente, no cabe evangelizar dando por supuesta la fe cristiana, ni tan siquiera la experiencia religiosa. El fenómeno global de la secularización y el pluralismo de ofertas de sentido se traduce en una tipología altamente variada de personas: las que dejaron de creer; las que necesitan clarificar su identidad cristiana; las que no distinguen entre la espiritualidad que viene del Oriente y la tradición judeocristiana; las que, por diversas razones, inician la búsqueda de sentido de la existencia humana Este libro es, como su propio título pregona, una introducción a la fe cristiana, una puerta de entrada que tal vez sea insuficiente para algunas personas -sobre todo si esperan pruebas racionales-, mientras que para otras podrá parecer demasiado explícita y pretenciosa, pero con la que Javier Garrido trata de ayudar a todas ellas, con honradez, en su búsqueda.

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Seitenzahl: 424

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Prólogo

Este libro ha nacido de unos cursillos impartidos en Arantzazu sobre «reflexión y diálogo para personas que buscan». Anteriormente se publicaron en tres tomitos, que mantenían las características del lenguaje hablado. Ha parecido conveniente reestructurarlos, corregir su redacción y reducirlos a un volumen, el que ahora ofrecemos.

El autor ha preferido conservar la espontaneidad de los cursillos, con algunas correcciones. Así que no se extrañe el lector/a de encontrarse ante un estilo que delata la viva voz.

Actualmente, no cabe evangelizar dando por supuesta la fe cristiana, ni siquiera la experiencia religiosa. El fenómeno global de la secularización y el pluralismo de ofertas de sentido se traduce en una tipología altamente variada de personas: las que dejaron de creer, las que necesitan clarificar su identidad cristiana, las que no distinguen entre la espiritualidad que viene del Oriente y la tradición judeocristiana, los que, por diversas razones, inician la búsqueda de sentido de la existencia humana…

Este libro es una introducción a la fe cristiana. A algunos se les quedará corto, sobre todo si esperan pruebas racionales; a otros les parecerá demasiado explícito y pretencioso. Se mueve en la frontera entre la fe y la increencia.

Una observación importante: hay un discurso coherente en estas páginas, creemos, pero lo decisivo se mueve entre líneas por nacer de la experiencia personal del que habla. Con estas cosas cabe honradez, pero no neutralidad.

Arantzazu, 2018

Introducción

Las páginas que siguen son para personas que buscan: las que se hacen preguntas, pero no por deporte intelectual, sino porque se implican personalmente en las preguntas. Se desprotegen y son capaces de escuchar.

Se puede buscar sin creer, por supuesto. Pero también hay creyentes, demasiados, que evitan las preguntas para mantener el sistema de seguridad que se han montado en torno a la fe cristiana.

Antes de adentrarnos en la exposición de los temas que nos hemos propuesto para introducir en la fe cristiana, conviene tomar conciencia de los distintos ámbitos y explicar desde cuáles se busca.

a) ¿La insatisfacción interior. A partir de los cuarenta años esto se hace vital. Cuando se tienen veinticinco años uno todavía no se ha enterado suficientemente de que, si no se ha descubierto un fundamento sólido, la vida tiene poca consistencia. A partir de cierta edad, lo normal es que se tenga la sensación de que «la vida tiene que ser más».

b) Otras personas pueden estar viviendo situaciones existenciales que obligan a la gran pregunta: «¿Dónde fundamento el sentido de la vida?».

Hasta ahora lo habían fundamentado en el trabajo, en la autorrealización, en la familia, en el ordenamiento de la conducta, en la práctica religiosa… Pero a partir de un momento se empieza a sospechar que el fundamento tiene que estar en otro sitio.

c) Habrá quienes necesiten clarificar ideas sobre el cristianismo.

En otra época se suponía que solo el cristianismo era «la verdad», y tenía respuestas para todo. Hoy esto no es nada evidente, no solo porque estamos en una sociedad plural, sino porque nos hemos distanciado crítica e interiormente de la herencia, de la doctrina que recibimos y necesitamos clarificar.

A la hora de la verdad, apenas hay una idea correcta del cristianismo, aun cuando pertenece a nuestra cultura. Y digo «idea», ni siquiera digo «experiencia». Lo que se recibe como herencia pasa por muchas mediaciones socioculturales. Estamos en una época donde tenemos que desmontar muchas cosas para descubrir lo importante, lo esencial, aquello que nos transmitieron Jesús, Pedro y Pablo y algunos más.

d) Algunos tienen intuición.

Doy mucha importancia a las intuiciones porque los procesos de transformación personal no empiezan por los conceptos, por las ideas, sino en el claroscuro de la conciencia: algo ha ocurrido, has empezado a tener una luz interior, has empezado a hacerte preguntas y se abre la intuición. Quizá se necesite un año para dar nombre a esa intuición; no importa. Cuando se trata de lo importante, no importan los años. Hay que confiar en la intuición, no clarificada; con frecuencia es certera, porque no nace de la idea, nace del corazón.

Por ejemplo, la intuición de que la fe es mucho más que una creencia. Diferenciamos ciencia y creencia. La ciencia sería el conocimiento de lo real a través de parámetros establecidos por los métodos científicos. Las creencias dependen de las necesidades que tienen las personas de dar sentido a su vida. Para ello, a través de un mundo de símbolos y de creencias, la persona se organiza para tener respuestas a los enigmas de la existencia. Hoy en día las creencias no se discuten, se respetan, porque se considera que pertenecen al campo de la subjetividad personal. Me opongo radicalmente a pensar que la fe cristiana sea una creencia. Intentaremos clarificarlo posteriormente.

e) El interés por saber si Jesús tiene hoy algo que decirnos.

Es fácil pensar que Jesús es un símbolo de lo mejor del hombre (uno de los grandes personajes de la humanidad) y que su mensaje no es cualquier mensaje: su proyecto de traer el reino de Dios a este mundo, sus opciones por el amor, la no violencia, los últimos, los pobres… Pero Jesús tiene mucho más que decirnos.

Se descubre aquí un común denominador, que llamo raíces. Hablo a personas que tienen raíces, es decir, que en la infancia y adolescencia han recibido una educación que tuvo que ver con el cristianismo. En algunos, fe demasiado formal, dogmática, ritualista. Eso se desmonta con facilidad. En otros, esas raíces, a la vez que transmitían un cristianismo normativo, daban un mundo afectivo, enseñaban la relación con Dios, aunque luego eso haya tenido que revisarse a través de crisis y procesos personales.

Es un privilegio que en nuestras raíces haya un mundo afectivo con Dios, aunque esté en la trastienda de nuestra conciencia. En un momento dado, quizá haya sido necesario criticarlo, pero hay cosas (esas raíces), que están en el fondo del propio ser y permanecen. Auténtico privilegio, porque si un día el Señor os concede el regalo increíble de la fe vivida, no ideológica, conectaréis con esa raíz afectiva, aunque se quedase en los siete años, porque la experiencia de Dios se planta siempre en el inconsciente.

Me permito destacar ahora la filosofía de fondo de las reflexiones que siguen.

En el horizonte tenemos lo siguiente: la fe cristiana quiere dialogar sinceramente con la sociedad actual: la fe no puede separarse de la cultura, que es antropocéntrica, plural y secular.

a) El punto de partida es tomar conciencia de que nuestra cultura, para bien y para mal, es antropocéntrica: el hombre es la medida de todo, incluso de la experiencia religiosa.

Esto era impensable hasta hace muy poco; es un fenómeno cultural que empieza en el siglo xiii y que ha ido conquistando poco a poco la mentalidad. Recordemos que la cultura no está en los saberes, sino en el modo en que valoramos y percibimos la realidad. Así pues, si la fe no se enraíza en el hombre, no podrá tener calado real.

El cristianismo tuvo sus grandes batallas en los siglos iii al v. La gran preocupación de los cristianos, en diálogo con la cultura griega, era si el cristianismo podía divinizar al hombre. Hoy el gran desafío del cristianismo es si puede humanizar, tanto en el ámbito personal como social.

Por tanto, la filosofía que seguimos aquí es «desde abajo». No pretendo adoctrinar, sino suscitar reflexión para que, desde vosotros, que estáis en búsqueda, veáis por dónde emerge, adónde se orienta esa búsqueda.

b) Estamos en una sociedad plural.

Antes, en nuestra cultura el cristianismo era el único que ofrecía una sabiduría, una moral, una cosmovisión, es decir, una respuesta a los enigmas de la vida. Hoy hay muchas más ofertas de sabiduría. Es normal la pregunta de por qué el cristianismo pretende ser la verdad de Dios. En otras épocas esa pregunta era impensable.

c) Lo más delicado es que vivimos en una sociedad secular.

El mundo se organiza sin Dios; no es necesario para ser persona. Para muchos, esto es un problema, sobre todo si son creyentes, porque la sociedad está perdiendo la fe. Como Dios no tiene relevancia social y a la mayoría no le interesa, todo está pensado y vivido como si Dios no existiese. Para mí no es problema, sino una gracia, el que Dios no sea necesario.

Todo depende del «desde dónde» te sitúes. Personalmente, me sitúo en este diálogo: valoro positivamente el antropocentrismo, el pluralismo y la secularidad.

Por eso los temas que ofrecemos tienen que ver con todo ello: «Búsqueda de identidad y sentido», «Caminos distintos de espiritualidad», «¿Qué ofrece el cristianismo?», etc.

1. Búsqueda de identidad

La diferenciación entre búsqueda de identidad y búsqueda de sentido pertenece a nuestra cultura antropocéntrica y secular. La identidad tiene que ver con la autorrealización de la persona. El sentido abre horizontes, que implican el más de la persona, que no se agota con la autorrealización.

1.1. Actitudes

Hay muchos modos de hacer esta búsqueda.

Algunas personas separan la búsqueda de identidad y la búsqueda de sentido, porque creen que la cuestión de la identidad personal es psicológica y la búsqueda de sentido ideológica. La cuestión psicológica la relacionan con la pregunta quién soy, cómo crecer, cómo resolver asignaturas pendientes, cómo ser capaz de ser libre en lo que se hace, en el amor y en el trabajo («una persona madura es la que trabaja y ama con libertad», se atribuye a Freud). La cuestión ideológica hace referencia a qué planteamientos te haces acerca del hombre, de Dios y del mundo, acerca de dónde está el sentido de la vida. Es decir, se separa la búsqueda de identidad de los problemas de la existencia: de dónde vengo, adónde voy, dónde fundamento mi vida, por qué el mal…

Otros separan la búsqueda de identidad y de sentido porque ya hicieron un proceso de encontrarse a sí mismos y ahora necesitan algo más. Este libro quiere ayudar a descubrir que cuando se busca el sentido, se replantea la identidad. Una persona puede construir su identidad sin preguntas por el sentido; pero preguntarse realmente por el sentido de la vida siempre replantea aquella identidad que se creía haber conquistado.

Para hacer esta búsqueda, la primera condición es desmontar la racionalización. Algunas personas, para abordar el tema de la fe, necesitan pruebas, saberes, una información plena; si no, nunca dan un paso. Si alguien necesita pruebas para ser creyente, ya se puede borrar desde hoy; lo que no significa que no haya razones serias.

Pregunta importante: ¿por qué una persona necesita demostraciones? Puede ser por honradez intelectual, pero en la mayoría de los casos es por necesidad de controlar la propia vida. Y la racionalidad produce siempre la ilusión de controlar la existencia. Pero es pura ilusión. Pasar de la racionalidad a no controlar la existencia y a dar un voto de confianza al mundo de Dios, supone todo un camino.

En algunos casos esta racionalización es mucho más peligrosa, se utiliza como un mecanismo de defensa. A través de la racionalización, la persona defiende inconscientemente su miedo a la dependencia, a desproteger el yo, al mundo afectivo, porque en él experimentamos la fragilidad, lo que no controlamos; y el mundo de Dios es por excelencia el mundo afectivo (no solo, pero sí primordialmente).

Si la racionalización es un mecanismo de defensa para evitar el mundo afectivo o para evitar la amenaza de la pérdida del yo o del no control, será una dificultad seria no solo para el mundo de Dios, sino también para ser persona. El que necesita racionalizarlo todo, no sabe lo mejor de la vida.

También hay una racionalidad muy valiosa e importante: la racionalidad como distanciamiento crítico. Por ejemplo, el distanciamiento crítico frente a la Iglesia, a veces es un tópico social o defensivo, pero en algunas personas es un proceso necesario para desligar la fe de lo que es «el sistema» eclesial. Ese distanciamiento ayuda a descubrir que la fe está más allá del sistema religioso, a distinguir la identidad primera donde uno ha proyectado su vida, que suele ser una identidad social, a dudar de la herencia que has recibido, para darte cuenta de que tienes que tomar la vida en tus manos, y que nadie puede sustituirte, que eres único, que tienes que ser fiel a ti mismo. Esto no puede hacerse sin un distanciamiento crítico respecto del sistema en que te has movido.

Del mismo modo es muy valioso el distanciamiento crítico en relación a lo que son las fuentes de la fe. Hoy ya no podemos leer la Biblia como en otras épocas; necesitamos sentido crítico para poder descubrirla en profundidad.

Hay una racionalidad necesaria para ser persona libre y para hacer un auténtico proceso de descubrimiento de Dios.

1.2. Niveles de identidad personal

Rasgo propio de la persona humana es que puede vivir cualquier realidad a distintos niveles. Por ejemplo, uno puede vivir la fe en Dios en un nivel solo de conductas: va a misa y procura cumplir las normas, los mandamientos. En este primer nivel, la persona funciona respondiendo a las instancias externas, según el grupo ideológico al que pertenece. En un segundo nivel comienza a descubrir que es posible una relación con Dios; así se implica personalmente. En un tercer nivel, comienza a descubrir que la fe tiene que ver con las grandes cuestiones de la existencia: dónde fundamento mi vida. En el cuarto nivel, Dios es el Señor de mi vida.

En el tema de la identidad personal ocurre igual. Niveles:

1. Nivel funcional: cómo funciono, qué temperamento tengo, qué profesión he elegido, qué capacidad tengo de relaciones, qué recursos, qué asignaturas pendientes tendría que abordar para poder ser más libre, es decir, la identidad funcional. En el mejor de los casos se queda ahí, en un equilibrio sano.

2. Autonomía. El nivel que me permite ser yo mismo. No se trata solo de que me he hecho, que he consolidado el yo y desde ahí obro en fidelidad a mi propia conciencia. Hay una autonomía más honda: he tomado la vida en mis manos y me la he jugado. He aprendido a ser yo mismo, de forma que mi libertad no es defensa ni autoafirmación, sino libertad interior para crecer y vivir desde dentro.

3. Más hondamente, preguntarse, por ejemplo, ¿quién me da identidad de modo que saca lo mejor de mí mismo? Con esa persona soy libre. Es la identidad que surge más allá del yo, de la autoafirmación o de la autonomía, en la relación interpersonal.

4. Hay otro nivel, el propiamente creyente: «Tú, Señor, eres la fuente de mi ser». ¿Qué será eso?

Jesús se lo intentó explicar a la samaritana (cf. Jn 4), pero no entendía nada, porque ella solo iba a por agua. Necesitó todo un proceso para enterarse; porque vivir a distintos niveles de identidad supone un proceso de transformación interior.

Cuando hablo de búsqueda de identidad intento ayudar a superar la búsqueda de identidad funcional, incluso de la búsqueda de identidad como autonomía, aunque valoro mucho la autonomía. Sin esta, tampoco existe el tercer nivel, el del amor, que se confunde con la espontaneidad afectiva o con la fusión romántica. Un amor que no crea libertad no es amor.

1.3. Identidad social e identidad personal

Lo que hemos desarrollado hasta el momento pone de manifiesto la necesidad de distinguir identidad social e identidad personal.

La primera identidad de la persona es la que viene configurada por la familia; es una identidad puramente asimilativa: yo soy lo que recibo. En la adolescencia se produce un fenómeno muy importante: el distanciamiento respecto a la familia; comienza una nueva construcción de identidad que tiene que ver con el yo. Por eso en la adolescencia hay que dar portazos, y si no los das a los 16 los darás a los 45. Tiene que ver con que la persona tiene que construir una identidad social: qué quiero hacer con mi vida. Dependerá del contexto social en que me muevo, de lo que está de moda, de cuáles son los modelos de identificación de los adolescentes. Depende de que yo comience a percibir la vida como proyecto para que yo tenga un sitio en la sociedad.

La obsesión de nuestra sociedad actual es que toda la identidad consiste en ver cómo soy valorado profesionalmente. Es muy importante esta identidad social. Desde ahí se escoge carrera, se plantea qué quiero ser: es lo que normalmente va haciendo que una persona viva; por eso trabaja y ama. Normalmente la misma sociedad nos reconoce en función de esto, y no pasamos de ahí.

Pero la identidad personal es otra cosa. Se da, cuando el adulto comienza a distanciarse críticamente del sistema en que ha vivido. Da lo mismo que sea profesional, político o religioso. Tiene muchas expresiones: «Yo soy lo que los demás esperan de mí», «¿Dónde estoy yo?»…

Por ejemplo, uno de los cambios más importantes para la mujer actual está aquí. Antes tenía muy claro su rol social, ahora no. Ahora tiene que tener vida propia, actividad profesional, aunque no se trata de eso solo. Construir una identidad propia a través de los roles preestablecidos por la sociedad o a través de los roles sociales más abiertos, en los que la mujer tiene que encontrar su sitio y tiene que tomar sus decisiones propias, sigue siendo identidad social, más rica, pero identidad social.

¿Cuándo comienza la identidad personal? Cuando a través de ese distanciamiento crítico, empiezas a notar que tú eres más, más que lo que los demás esperan de ti, más que tus necesidades psicológicas de autorrealización, más que tu ideología, más que los ideales y metas que te has impuesto en la vida.

El distanciamiento crítico pasa por poner en entredicho los ideales desde los cuales uno hizo sus grandes proyectos entre los 18 y 25 años. Yo soy más que mi proyecto, más que la ideología religiosa en la que me muevo, soy más. Desde ahí comienza un nuevo talante vital, el talante de la autenticidad existencial, tan distinta de la autenticidad moral. La autenticidad moral es lo que llamamos coherencia.

La autenticidad existencial requiere, en primer lugar, «tomar la vida en las manos», que no es lo mismo que ser responsable. Se puede ser muy responsable y no haber tomado la vida en las manos. La responsabilidad es una manera de funcionar bien, no de ser libre. Solo tú puedes tomar la vida en tus manos, nadie te puede sustituir.

En segundo lugar, ser fiel a sí mismo. Ser fiel uno a sí mismo no es «hacer lo que el cuerpo me pide», aunque algunas personas, con una educación muy rígida que nunca se permiten ningún placer ni tener tiempo para sí mismas, porque tienen que ser perfectas y muy sacrificadas, puedan necesitar pasar por ahí para ser fieles a sí mismas. Ser fiel a sí mismo no es hacer lo que a uno le apetece. Consiste en una especie de intuición que tiene que ver con lo que antes hemos dicho: «¿Estoy aprendiendo a vivir de dentro afuera, de manera que noto un proceso de libertad interior, que me hace realmente ser yo mismo/a y no depender de lo que los demás piensen, me digan?». Todo ello va muy unido al descubrimiento de la unicidad personal, que está siempre por debajo: ser único, que no es ser singular, eso sería narcisismo. Ser singular es que necesito ser siempre distinto. Uno puede ser como todos y tener una conciencia totalmente distinta de sí mismo, de unicidad personal.

En tercer lugar, la fidelidad a sí mismo significa también preferir verdad a seguridad. Vivir en verdad aunque me equivoque. No se trata de verdades objetivas. Descubrir una verdad que no depende de ningún sistema, es una verdad que responde a que, al aprender a ser yo mismo, no necesito seguridades.

El punto crucial de este proceso está en la soledad. Significa estar abocados a la soledad, no a una soledad que aísla, sino a la soledad como ámbito de libertad, como ámbito de amor nuevo, porque la persona se libera de la necesidad de agradar, de la necesidad de fusión. El ámbito para la libertad y el amor nace en esta raíz que es la propia soledad.

Dios tiene que ver con esta soledad radical de ser yo, y por lo tanto, es fuente de libertad. Hasta que uno no descubre su soledad, no descubrirá a Dios, al Dios real, no al Dios de las ideologías y de las fantasías.

1.4. Factores desencadenantes

Algunas experiencias son significativas en orden a desencadenar este tipo de proceso. Veamos.

1.Cuando surgen preguntas nuevas

En primer lugar, aludimos a esa experiencia por la que, a partir de los 30-35 años, comienzan a aparecer preguntas nuevas. Hasta este momento, la persona con sentido de responsabilidad tenía su proyecto y lo ha traducido en las dos grandes experiencias configuradoras de la vida humana en nuestra cultura occidental: el amor y el trabajo. La vida consistiría en metas y en proyectos. A partir de un determinado momento, comienza a aparecer la complejidad de la vida, aumentan las dificultades para alcanzar esas metas, y uno empieza a sospechar (sospecha importante) que la realidad no va a responder a nuestros deseos, por mejor justificados que estén: los ideales de vida, religiosos, humanistas, sociales o personales.

La urgencia de las responsabilidades (la familia, el trabajo con toda su carga) no suele permitir que las preguntas vayan más lejos. Los seres humanos tenemos muchos mecanismos de defensa para evitar las preguntas y nos decimos para tranquilizarnos: «ahora no tengo tiempo», «eso es comerse el coco», «la vida tiene que ser algo más sencillo, más controlable, a ras de tierra», «antes pensaba comerme el mundo, y este no se deja comer, pero merece la pena la vida, teniendo amor y trabajo», etc. Estas respuestas son demasiado fáciles. Es evidente que uno tiene que vivir de verdad, implicarse en la vida, pero cuando aparecen sospechas de este tipo está ocurriendo algo muy importante. No olvidemos que el ser humano puede vivir a distintos niveles de interioridad.

Cuando uno hace estos procesos de búsqueda de identidad, al principio cree que tiene que cambiar la vida; pero no, hay que seguir haciendo lo mismo; todo igual, pero de un modo distinto, que habrá que descubrir. Eso solo puede descubrirlo la persona. La búsqueda será personal, aun cuando se tenga el privilegio de contar con otros con quienes se pueda confrontar. Hay que reconocer que tenemos una gran habilidad para evitar la soledad y las preguntas y refugiarnos en el común denominador. Pocas personas son las que realmente crecen por dentro y desde dentro.

Cuando comienzan las intuiciones y las sospechas, uno puede dejarlas pasar o puede integrarlas. Como hemos dicho antes, es muy importante seguir haciendo lo mismo, pero dar paso a las sospechas y a las preguntas. Dicho de otra manera, dar paso al más: «tiene que haber algo más que esto». La persona percibe que por dentro va apareciendo otro tipo de vida, y se le da paso o no se le da paso.

2.Situaciones de sufrimiento

Estas situaciones constituyen otro factor desencadenante. El sufrimiento obliga siempre a las grandes preguntas. Se puede adoptar una actitud fatalista: «Es lo que toca; ¿por qué no me va a tocar a mi si ha tocado a otros?». Esto se ha mal llamado resignación cristiana.

El sufrimiento puede desencadenar otra pregunta: «¿Por qué la realidad es así?», «¿Por qué está tan amenazada la vida humana?», «¿Por qué dependemos de que cuatro neuronas estén mal puestas y supongan la muerte?». Nuestra sociedad siente la muerte como tabú y, sin embargo, la muerte es generadora de la vida, la auténtica, no cualquiera.

Al llegar situaciones de este tipo, en las personas que tienen raíces cristianas, aparece Dios: «¿Cómo puede Dios permitir semejante sufrimiento?». Esto es un auténtico escándalo, el escándalo del mal. El mal no tiene explicación. Esta es la ventaja, porque obliga a darle la vuelta. No tiene explicación, pero puede tener sentido. Todo depende de cómo se viva, de cómo se elabore. No sirven de nada las teorías, ni siquiera las cristianas: o haces el proceso de descubrir su sentido oculto, o el mal te bloquea; y lo primero que bloquea el mal es la fe.

Hay gente a la que no le bloquea, no porque sea más creyente, sino porque tiene pánico a perder a Dios a través del escándalo del mal. Por eso no se atreve a mirar de frente; lo cual no es nada bueno, porque seguirá teniendo ideología cristiana, seguirá yendo a misa los domingos, pero, hasta que no elabore el tema del mal, no puede crecer ni humana ni espiritualmente. Esta elaboración no es fácil, necesita tiempo.

La situación de sufrimiento está siempre despertando y desenmascarando las cuestiones que habitualmente en la vida están entretenidas. Necesitamos de vez en cuando una sacudida; para eso es el sufrimiento, para ver si nos enteramos de algo. ¿Entonces uno no puede crecer ni ser libre sino con sacudidas? ¿Es que no se puede ser creyente sin sacudidas? Así es. Nosotros quisiéramos un Dios y una fe suave, armónica, sin conflictos, pero no existe. Si no pasamos por la realidad, no hay fe real y, evidentemente, el sufrimiento pertenece a la realidad.

3.La crisis de realismo

Otro desencadenante puede ser la crisis de realismo, a partir de los 40 años aproximadamente. La crisis puede durar perfectamente 20 años. Se nota en ciertas preguntas y sensaciones que aparecen: «¿Merecía la pena tanta entrega para tan pocos frutos?», esa sensación de desproporción entre el esfuerzo y los logros. «¿En qué han quedado mis ideales, los sueños íntimos?». A partir de los 40-45 se va tomando conciencia clara, no ya de la dificultad de que la realidad se adapte a mis deseos, algo percibido antes, sino de que la realidad es más fuerte que mis deseos. Esto genera frustración, insatisfacción íntima.

Hay una pregunta de fondo: «¿Qué he hecho con mi vida?».

Si uno es creyente, si Dios es la perfección, la realización de los ideales, ha despertado lo mejor de nosotros mismos. Existe el escándalo del sufrimiento respecto a Dios, pero el escándalo mayor es Dios mismo: «¿Merece la pena creer en Dios?». Hasta que Dios no escandaliza un poco (o bastante), no se puede ser creyente. Verdadero desafío al que hay que dar la vuelta: se tiene que pasar de un tipo de fe (la fe del deseo, de la necesidad) a otro tipo de fe. Iremos tratándolo más adelante.

Todo esto está dicho en la Biblia, que está llena de conflictos. Por ejemplo, Qohelet: «Vanidad de vanidades, todo vanidad», «Yo puse la fe en Dios y ahora, ¿qué? No me queda más que vivir cada día y aprovechar lo mejor que pueda»; la crisis de fe de Job, etc. También lo encontramos en los evangelios. Mientras Jesús se mueve en Galilea haciendo milagros, suscitando esperanza, bien; pero cuando Jesús anuncia que tiene que subir a Jerusalén a sufrir, la reacción de Pedro es clara: «no digas esas cosas». Es cuando Jesús le dice: «apártate de mí, Satanás, los pensamientos de Dios no son los pensamientos del hombre» (cf. Mc 8,33). Hay que hacer todo un proceso hasta que llega ese momento en que le das la vuelta a la fe, y ya no la vives desde el deseo, sino desde otro sitio.

4.Situaciones de plenitud que suscitan el más

Existen otros factores desencadenantes, no a través de conflictos, sino a través de situaciones de plenitud, a través de aquellas realidades que suscitan el más: tener un hijo, por ejemplo. Se puede percibir al hijo como cosa tuya o te puedes quedar admirado: «¡qué misterio es esta vida!». El agradecimiento nace de otro nivel, no simplemente de la suerte de tener un hijo; expresa la sensación de que te has encontrado con el misterio de la existencia. La explicación del nacimiento de la vida humana la da la biología, pero un hijo es mucho más.

A través de aquellos sentimientos básicos de la existencia, se abre un horizonte inagotable: admiración, agradecimiento, percibir el don, confianza, no controlar la vida… La vida no consiste en controlarla sino en confiar. La palabra «consistir» tiene mucha importancia, porque alude a «consistencia». La vida no tiene consistencia porque la controles, sino porque no necesitas controlarla.

Hay otro sentimiento básico, donde empieza la religió y que queda siempre en el trasfondo de la conciencia, aunque uno sea agnóstico: pedir, la súplica. Hay momentos en que sientes la finitud de forma radical; ni siquiera sabes a quién pides, y si te preguntan quizá lo refieras a una energía cósmica; pero hay algo que ha emergido desde la profundidad de tu finitud y que te lleva más allá de ti.

Estos sentimientos atraviesan todas las celebraciones cristianas. Es el trasfondo religioso del hombre que tiene raíces humanas. Uno puede no ser creyente, pero no puede ser persona sin estos sentimientos básicos. Por eso comprobar que la experiencia religiosa se enraíza ahí es fundamental para que no se haga de la religión una superestructura.

5.Encontrarse con testigos

Hay otros factores desencadenantes: conocer y encontrarse con personas que viven de otro modo. No hacen nada especial, pero se les nota «un no sé qué», viven de distinta forma, su manera de abordar los problemas, su talante de ser…; no tienen por qué ser cristianos; son testigos de la vida. Es muy importante tener testigos de la vida. Cuando la fe no es un aparato, nace de las entrañas.

1.5. Proceso de identidad

1.No olvidar que las preguntas que atañen a la identidad personal y al sentido de la existencia nunca son neutrales

La pregunta por la existencia de Dios, por ejemplo, la puedes tratar como un teorema, buscando pruebas, pero por dentro te atrapa. Esta pregunta nunca es neutral. Recordemos a Pascal: «Los hombres tienen miedo de que Dios no exista, pero tienen más miedo de que exista». Hay otras preguntas que tampoco son neutrales: «¿A qué nivel vivo?».

Puesto que hablamos de cuestionamientos que no son neutrales, habrá que implicarse. Más vale no tener respuestas que, por tener respuestas, no hacer un proceso personal implicativo. Prefiero un agnóstico en búsqueda que un creyente que utiliza la fe para protegerse. El juicio último se lo dejo a Dios, por supuesto.

Lo que ocurre es que unos se contentan con poco: crecen en autoestima, logran determinadas realidades que les producen satisfacción (familia, trabajo); otros, en su búsqueda personal, lo máximo que pretenden es un equilibrio, armonía interior, nada más. Hay gente que busca lo religioso para el bienestar psicológico. Como estamos en una sociedad estresada, no hemos descubierto lo que la persona puede tener por dentro. Esas personas nunca serán religiosas, pero tampoco tocarán fondo en la vida humana.

2.Hacer un proceso, más que una tarea, un modo de vida

Para entrar en proceso, hay que hacer tareas, pero es primordialmente un modo de estar en la vida, es decir, de descubrir que la vida va por dentro y crece por dentro. Eso no se descubre a la primera; no tiene que ver con el aislamiento, sino con la capacidad de vivir a distintos niveles.

Si hago del proceso una tarea, haré análisis (exhaustivos incluso) y podré descubrir mis problemas pendientes, pero puedo quedarme ahí: no es suficiente. De hecho, hay personas que se quedan en el análisis buscando una terapia psicológica; otras saben que la vida es más que una terapia, aunque puntualmente tengan que hacerla. El secreto del proceso no está en el análisis, sino en sentirse persona y construir una historia personal.

Hay una pregunta muy importante: «En este momento, ¿en qué experiencia se está poniendo en juego mi persona?».

• Puede ser una experiencia positiva: tener un hijo, por ejemplo, que puede desencadenar un proceso de transformación, por lo que supone de llamada al amor y no a cualquier amor.

• Puede ser descubrir un problema psicológico no resuelto… Una cosa es que tenga que resolver ese problema, y otra cosa que ese problema psicológico me ayude a descubrir un determinado modo de vivir.

• Un conflicto afectivo, como una separación, por ejemplo, se puede vivir de muchas maneras. Suelo decir: «esta experiencia puede ser la gracia de tu vida, todo depende de lo que hagas con eso: si quieres vivirlo en función de darle una solución al problema, o quieres vivirlo como un camino de maduración personal, y en tu caso, religiosa».

La vida está ahí, delante de los ojos, hay que aprovecharla. Muchas personas buscan soluciones, cuanto más rápidas, mejor, intentando dejar de pasarlo mal, pasar página lo más pronto posible. Otras, sin embargo, no se dejan impactar, se hacen preguntas, ahondan…, y se desencadenan procesos de transformación.

3.Aclararse sobre las actitudes básicas

¿De qué estamos hablando al referirnos a actitudes básicas? Por ejemplo, tomar conciencia de si mi actitud ante la vida es de autenticidad existencial, o si busco sistemas de seguridad; incluso a través del crecimiento personal; o si lo que me mueve es vivir a fondo…

Lo que estamos tratando supone la decisión de hacer un proceso que exige continuidad y en el que también hay que poner medios: de reflexión ciertamente, pero sobre todo esos medios donde me dejo sentir, afectar, a través de los cuales dejo que emerjan los temas que están de fondo y que había evitado o entretenido.

Algunas personas pueden necesitar una terapia. Otras necesitarán algunos libros. Personalmente, aconsejo mucho el «diario»: ir escribiendo lo que salga por dentro, sin tener prisa por interpretar. Al cabo de seis meses se puede releer. La persona comienza a darse cuenta, por ejemplo, que hay cosas que se repiten. Y se hace preguntas: «¿Por qué esto es recurrente?», «¿Qué habrá detrás de esta experiencia que yo quisiera arrancar de mi vida, pero que es mía y no puedo darle la vuelta porque me bloquea?». Si sois creyentes, tendréis que vivirlo con Dios.

También tendréis que preguntaros seriamente si tenéis que confrontarlo con alguien, lo que ayudará a dar nombre a cosas que se mueven por ahí y que ahora desorientan, por no saber qué hacer con ello. Los momentos cruciales necesitan contrastarse con alguien. Puede ser una persona que consideréis madura y que haya aprendido a vivir. Quizá no os soluciona nada, pero no importa. Una persona madura que ha aprendido a vivir siempre os dirá algo valioso.

2. Búsqueda de sentido

A veces se separa la búsqueda de identidad y de sentido, pero muchas veces están muy unidos. Repetiré algunas cosas, pero no importa, porque son dos grandes temas que se solapan.

2.1. Planteamientos

Hay distintos planteamientos para la búsqueda de sentido. Es muy variado el modo como cada persona fundamenta el sentido de su vida. Mencionamos algunos ejemplos.

1.«No hace falta buscar: el sentido de la vida es vivir»

Para algunas personas esta cuestión de fundamentar el sentido de la vida no tiene base. Consideran que estas búsquedas son un añadido que hacemos a la vida.

Afirman que «el sentido de la vida es vivir». Evidentemente, hay una parte de verdad importante. No es raro ver a gente muy ideologizada (y la Iglesia católica tiene mucho poder para ideologizar las conciencias) que, en vez de vivir, elabora mundos mentales con la ilusión de creer que vive.

Es clara la dificultad de vivir el momento presente, y la tendencia a estar siempre proyectando el futuro en función de deseos e ideales. Por eso, descubrir la densidad de lo real, del vivir y saber dar sentido a la vida desde esa densidad del vivir es muy importante, de tal manera que, si la fe cristiana no llega a esta densidad del vivir, algo de base está fallando. Uno de los frutos más claros, cuando uno vive un proceso de personalización, es ir descubriendo poco a poco la espiritualidad de la vida ordinaria. Esto requiere su tiempo y su coste.

2.Estar en orden

Se tiene miedo a tomar decisiones; peligro de no acertar; y se monta un sistema ordenador de conducta. Aunque la persona no sea muy normativa o no tenga ninguna formación rígida, hay muchas maneras de plantearse la vida como orden. Por ejemplo: uno nace, se educa, crece; qué más va a hacer, pues seguir con lo lógico: casarse, tener hijos, trabajar, y cuando toque morir, pues morir.

Entre cristianos y no cristianos vivir en orden tiene mucho que ver con pensar que la vida consiste en ser buenos, hacer el bien, no hacer daño. Y a esto podemos añadir «una pizca de sal», el amor al prójimo. Ya tenemos la estructura ideológica perfecta: eres bueno, amas al prójimo y así justificas tu vida. Detrás de la pregunta sobre el fundamento de sentido está la cuestión de cómo justifico mi vida. En este caso, a través de las buenas obras.

Quizás esto de las buenas obras nos suena como cuando éramos practicantes; pero hoy muchos justifican su vida desde la ética, desde la conducta. También podemos distinguir entre la ética como conducta y la ética como sabiduría de la vida. Es muy importante esta distinción, porque la mayoría de la gente no conoce otra ética que aquella con la que justifica su vida haciendo obras buenas.

3.Fundamentar el sentido en cosmovisiones

Los humanos necesitamos tener respuestas a los enigmas de la existencia; las religiones han creado sistemas de respuesta, caminos de salvación, sabidurías del ser, procesos de iluminación; y esto se suele traducir en sistemas de creencias. Los cristianos, por ejemplo, creen en la resurrección, los budistas, en el Nirvana, los hinduistas, en las reencarnaciones. Unos creen en Jesús, otros en Krishna, etc. Son sistemas de creencias.

Los sistemas de creencias no pueden nunca fundamentar el sentido de la vida como sentido vivido. Dan la ilusión de que lo hacen, porque, cuando la vida no tiene sentido y vienen los problemas del sinsentido, empezando por el sufrimiento y el mal, entonces tenemos respuestas a mano que nos dan la ilusión de fundamentar el sentido. Pero este está ideologizado; son recursos que utilizamos para tener respuestas. No son procesos vividos, sino respuestas preestablecidas, con las que nos identificamos, las asimilamos y nos servimos de ellas como recursos para vivir.

Las ideologías tocan de tal manera las necesidades vitales que con una parte de ideología viviremos siempre. Siempre necesitamos algunos recursos ante los enigmas de la existencia; pero es muy distinto a que fundamenten.

Por ejemplo: «Creo que Dios es bueno, lo he aprendido, lo necesito y lo deseo; esa creencia me tranquiliza y me ayuda a vivir. Para esto sirve la religión». Trampa grave. Es un recurso funcional. Buena parte de los creyentes vive de un Dios funcional, de un Dios para: Dios para los problemas de la vida, Dios para tener una conducta coherente, Dios para que el mundo sea más justo e igualitario, Dios para tener una experiencia con Él, Dios para… Pero ¿cuántos tienen una historia de amor con Dios? Que Dios deje de ser funcional para ser la fuente del corazón es otra cuestión.

4.Sabidurías

Hablamos de sabiduría como el descubrimiento de lo oculto de la realidad. Todas las grandes religiones que llevan a experiencias auténticamente espirituales, sea hinduismo, islamismo, judaísmo, cristianismo, siempre se presentan como sabidurías. La realidad está oculta, y hay que descubrirla porque nunca se entrega a la primera.

El cristianismo no es de entrada una sabiduría; solo de vuelta se constituye en sabiduría. Descubrir el fundamento de sentido en este proceso de sabiduría me parece muy valioso.

5.Fundamentar el sentido en un amor personal

Este paso es muy importante, lo saben las parejas realmente enamoradas, los padres respecto de los hijos. «¿Dónde fundamento el sentido de mi vida? En mis hijos, en mi pareja». Pero, cuando se mueran o se despidan, ¿dónde fundamentarás el sentido de tu vida?

El proceso de la fe no está en tener creencias, adhesiones…; todo depende de ese amor. En la Biblia está claro: Dios salva a Israel, pero el momento determinante no es cuando lo salva del Faraón, lo libera de la esclavitud o le da la tierra; el momento determinante acontece cuando Dios hace alianza con su pueblo: «vosotros sois mi pueblo y Yo soy vuestro Dios», la experiencia del amor de pertenencia.

Desde ahí y solo desde ahí se formulan los mandamientos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6). Solo si sabes a quién perteneces tu vida tiene sentido.

Realizarse, crecer en autonomía y libertad es bueno, muy bueno, pero solo es algo previo, preparación; lo importante es a quién pertenezco. Pertenecer a alguien es algo que a muchos produce mecanismos de defensa y evitan la expresión. Pero ahí es donde nos lo jugamos. Por eso se puede amar a la pareja y a los hijos hasta dar la vida, pero fundamento de la vida solo es ser de Dios. Solo Dios puede fundamentar el sentido de la vida, porque solo en Dios se puede experimentar el amor fiel y absoluto.

No hay otro secreto para dar sentido a la vida que hacerlo desde el amor. Desde ahí se descubre la ética cristiana, el amor al prójimo, el amor de pareja y de familia, etc. Es un proceso interior, y no cualquier proceso.

Está muy bien, es de sentido común, cuidar que la vida funcione, que haya sentido desde valores… Las sabidurías, la ética, entran dentro de un pensamiento universal y son muy valiosas en esta organización de la existencia, pero ¿podéis hacer la hipótesis de que a Dios se le haya ocurrido amarnos para ser el sentido de nuestra vida? Este es nuestro Dios. Dios está loco por cada uno de nosotros y nos salva con amor de alianza, con amor de pertenencia.

Es necesario todo un proceso, pero la mayoría se queda a medio camino. En la vida cristiana se da de vuelta. Nunca a priori puede saber A si B va a dar sentido a su vida, porque la vida está en distintos valores: trabajo, amistades, hay que abrirse a una posible relación de pareja. Pero cuando realmente, a través de una relación, se da el misterio del amor («soy tuyo», «soy tuya»), ya no hay vuelta, ya no puedes dar sentido a tu vida si no es desde ahí. Con Dios ocurre igual. Andas con preguntas y búsquedas; pero si has entrado en una historia con Él, ya no hay vuelta; y si te encuentras con Él, verás qué pasa por dentro. Podrás olvidarte, dar portazos, pero la nostalgia de su amor no te la va a quitar nadie. Por eso es normal defenderse: «¡dónde me meto!».

Toda la historia de Israel es esta batalla, cuántas veces se ha defendido de Dios. Es como si dijera: «Yo estaba más tranquilo siendo como los otros pueblos: ya sabía que tenía que hacer mis batallas de libertad, tenía que conquistar la tierra de Canaán; como los otros pueblos tengo santuarios y ofrezco ofrendas a los dioses; pero ¿por qué nuestro Dios quiere ser amado en exclusiva? Que nos deje tranquilos». Y aparecen las resistencias, los forcejeos.

Tiene que ser así, no os asustéis de lo real que es Dios. Este Dios no es fácil, pero cuando lo has descubierto no lo cambiarías por nada y te sale del corazón: «¿por qué a mí, por qué a mí?». Por eso uno, al principio, cree que elige la fe, pero luego descubre que no es así, que es llamado y elegido para vivir una historia de amor absolutamente única.

El sentido de la vida, por tanto, siempre se produce a posteriori. Una tesis de la educación tradicional y que todavía en nuestros ámbitos de predicación solemos repetir es que «el fin del hombre es Dios y no podrás ser feliz hasta que te encuentres con Dios». Planteado así es una trampa, afirmación filosófica discutible. La grandeza del hombre, su autonomía, está en que desde su propia libertad puede definir el sentido de su vida. No es nada evidente que Dios sea el fin del hombre. Este puede definir el sentido de su vida desde sus decisiones, desde su pensamiento, y eso es muy importante. Solo a posteriori, cuando tiene la experiencia del amor de Dios, descubre que es así, y que ya no tiene vuelta.

«Me creaste, Señor, para ti y mi corazón no descansará hasta que te encuentre a Ti». Esta frase de san Agustín, arma de doble filo, puede ser utilizada como poder ideológico para dominar las conciencias en función de determinados fines. Si a la gente le dices que para ser feliz hay que ser cristiano, ya lo has definido. No se le permite que elija. Pero cuando te has encontrado con Dios y escuchas esta frase, no como principio filosófico sino como experiencia de encuentro, entonces, a posteriori, descubres que es verdad, que todo lo que uno buscaba, todo, al final, no era más que Dios. Se sepa o no, está ahí, pero no se va a descubrir sino a posteriori, no es nada evidente. Por eso es tan importante tomar la vida en las manos, intentar dar sentido a la propia vida, de distintas formas, con tal de que esas formas sean valiosas. Pero en este caso no se habrá encontrado el fundamento radical de sentido, que está en el corazón, no en ninguna filosofía, sino en una historia, la historia del amor de Dios.

Hoy se dice que todo está en la profundidad de nuestro ser. Pero alguien tiene que daros la Buena Noticia de que, en última instancia, solo el amor de Dios puede fundamentar el sentido de la vida.

No hay demasiados cristianos practicantes que descubran que esto es así. Hay muchos planteamientos válidos que dan sentido a la vida, pero son espada de doble filo. Por una parte son valiosos, y por otra dificultan, parapetan, son sistemas que construimos para no ir más lejos. En ese ir más lejos no tiene por qué aparecer Dios, necesitará un tiempo; y, por supuesto, necesitará más tiempo para que la experiencia del amor de Dios sea el fundamento de sentido. Lo importante es que sepamos que las realidades valiosas que dan sentido a la vida no terminan de ser el fundamento. Son mediaciones, caminos, pero no terminan de ser el fundamento.

2.2. Ser persona y buscar el sentido

Preguntar por el sentido de la vida es preguntar por la razón para vivir: por qué o por quién merece la pena vivir?

La tesis de fondo de la que partimos es que, de una u otra manera, todos intentamos dar un sentido a la vida, porque si no, no seríamos personas. El problema comienza cuando uno descubre que hay otro sentido, y que ese sentido está más allá del modo como habitualmente nos planteamos el sentido.

Hay un momento muy especial en la vida, cuando aparece esa crisis, ese momento de distanciamiento interior, en que el modo como uno venía dando sentido a la vida, ya no sirve. Esta es la gran cuestión.

«La vida consiste en desaprender lo aprendido». Casi siempre aprendemos a dar sentido a la vida en torno a la adolescencia, o cuando llegamos a ser jóvenes adultos, y desde allí hacemos un proyecto de vida; pero llega un momento en que la persona descubre que el sentido de su vida no lo puede vivir así, que tiene que ser otro. Entonces comienzan a unirse la búsqueda de identidad personal y la de sentido.

Con la búsqueda de identidad llega el momento en que uno siente que es más; y con la búsqueda de sentido ocurre lo mismo: el sentido de mi vida tiene que ser otro. Hasta que no aparece esta cuestión, no cabe búsqueda auténtica.

Algunos pueden pensar: «Voy a ver si la ideología da sentido a mi vida». Las religiones dan sentido a la vida así. Si alguien busca en Dios, se supone que a través de la ideología religiosa podrá dar sentido a su vida. Mi planteamiento es a la inversa: desmontar la ideología para iniciar una búsqueda de sentido. Los sistemas tienen que funcionar así, pero el problema es si debajo de los sistemas se da una vida.

Se nota de mil formas; por ejemplo, esa especie de insatisfacción difusa: «No sé qué me pasa, pero hay algo en mí que no funciona. Me importan los hijos, la justicia social, los derechos humanos, pero ya no dan sentido a mi vida. Me importa más que nunca el amor de pareja, pero ya no da sentido a mi vida. Algo dentro de mí está cambiando». Eso es el Espíritu que se mueve por dentro.

La Biblia lo llama nuevo nacimiento. Nicodemo, fariseo de los buenos, no hipócrita, que se tomaba muy en serio a Dios y la sabiduría de Israel, había visto algo especial en Jesús: «Maestro, sabemos que vienes de parte de Dios porque las cosas que haces solo las puede hacer alguien que viene de parte de Dios» (Jn 3).

La respuesta de Jesús es una pedagogía de choque: «Si no naces de nuevo no entrarás en el reino de los cielos». La respuesta no tiene nada que ver con la pregunta. Nicodemo insiste: «¿Cómo voy a volver al vientre de mi madre?».

Cada uno escucha según lo que ha experimentado, y como él conoce la sabiduría de Israel, cuando escucha que tiene que nacer de nuevo no entiende nada y lo interpreta de la forma más excéntrica posible. Es evidente que no hay que volver al seno de la madre.

Pero Jesús no explica nada: «hay que nacer de nuevo, porque la carne no sirve de nada y solo el Espíritu da vida». Nicodemo responde: «Pues sí que hablas claro, Maestro». Jesús responde de forma espléndida: «Es como el viento, no sabes de dónde viene ni adónde va, pero lo notas». Esta es la cuestión: ¿Dónde notáis la vida nueva que está haciendo su obra por dentro, de modo que la búsqueda dé paso al Espíritu? Nunca puede ser objetivado ni controlado, nunca puede ser reducido a función.

Si algo notáis, ese es el mejor tesoro. Quizá se necesiten unos años para saber que algo se movía por dentro. Pero si desde el principio intentáis saber, nunca os enteraréis de nada. Ahí se despierta el sentido oculto de la vida, porque los sistemas aprendidos sirven para funcionar bien, pero los del Espíritu no sirven para funcionar bien, sino para ser transformados. No hay búsqueda de sentido sin proceso de transformación.

2.3. Crisis

¿Qué experiencias tenéis de sinsentido, que hace que busquéis un nuevo sentido? Hay gente que no las tiene, porque tiene la vida bien montada, que sabe perfectamente en qué consiste el sentido, tiene respuestas preestablecidas desde siempre, y no dejan que aparezca la crisis. Tener una crisis de sentido es un privilegio para poder descubrir el sentido. Las personas nos defendemos especialmente de esta crisis.

Ante la pérdida de un ser querido, sobre todo si es una muerte repentina o es un hijo de 7 años, os quedáis en el aire. La sensación es que la vida no tiene sentido. Quizá eso os está obligando a descubrir el sentido de la vida en otro sitio distinto del que vivíais hasta ahora.

La plataforma privilegiada de búsqueda de sentido es precisamente ese «lugar» donde se quiebra el sentido. Pocos saben aprovechar ese momento. Es muy duro porque la persona queda sin apoyo. A Nicodemo lo que había vivido hasta entonces no le sirve, la sabiduría de Israel no le sirve.