El dragón-serpiente multilingüe - Graciela N. Ricci - E-Book

El dragón-serpiente multilingüe E-Book

Graciela N. Ricci

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Hay figuras arquetípicas que pueden transformar la vida de una persona y el draco es una de ellas. Esto lo afirma la autora de este libro mientras guía al lector en un recorrido poliédrico e interdisciplinario por los mundos "de afuera y de adentro" del dragón-serpiente multilingüe, teniendo presente que, como bien dice el Mahabharata: "Si escuchas [o lees] con atención un relato, no serás nunca más la misma persona". La autora se apoya en la última física cuántica ("sólo el sujeto en primera persona puede modificar el sistema observado") para invitar al lector a modificar sus coordenadas mentales emprendiendo un viaje de descubrimiento de sí mismo mientras lee estas páginas. De todas las figuras misteriosas del dragón-serpiente que describe en este libro, Ricci dedica especial atención al uróboros porque es el que aparece con mayor frecuencia en la literatura hispanoamericana multilingüe. Las dos partes del volumen abordan perspectivas que tocan aspectos mítico-literarios, biopsíquicos, antropológicos, oníricos e imaginales de esta figura fronteriza que, con palabras de la autora, "sigue existiendo en cada uno de nosotros, no solo en las estructuras ontológicas de los mundos imaginales, sino también en las circumvoluciones de nuestro cerebro, de nuestro intestino y de nuestro ADN", y que ha hecho decir a Borges que el draco es un "monstruo necesario" en la dinámica evolutiva y alquímica del microcosmos humano. Hacia el final, la autora se dirige al lector con una pregunta dramática que queda sin respuesta: ¿Logrará la conjunción de ciencia y arte poética transformar un mundo que se encuentra al borde de una catástrofe ecológica?

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Seitenzahl: 236

Veröffentlichungsjahr: 2022

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EL DRAGÓN-SERPIENTE MULTILINGÜE

Hay figuras arquetípicas que pueden transformar la vida de una persona y el draco es una de ellas. Esto lo afirma la autora de este libro mientras guía al lector en un recorrido poliédrico e interdisciplinario por los mundos “de afuera y de adentro” del dragón-serpiente multilingüe, teniendo presente que, como bien dice el Mahabharata: “Si escuchas [o lees] con atención un relato, no serás nunca más la misma persona”. La autora se apoya en la última física cuántica (“sólo el sujeto en primera persona puede modificar el sistema observado”) para invitar al lector a modificar sus coordenadas mentales emprendiendo un viaje de descubrimiento de sí mismo mientras lee estas páginas.

De todas las figuras misteriosas del dragón-serpiente que describe en este libro, Ricci dedica especial atención al uróboros porque es el que aparece con mayor frecuencia en la literatura hispanoamericana multilingüe. Las dos partes del volumen abordan perspectivas que tocan aspectos mítico-literarios, biopsíquicos, antropológicos, oníricos e imaginales de esta figura fronteriza que, con palabras de la autora, “sigue existiendo en cada uno de nosotros, no sólo en las estructuras ontológicas de los mundos imaginales, sino también en las circumvoluciones de nuestro cerebro, de nuestro intestino y de nuestro ADN”, y que ha hecho decir a Borges que el draco es un “monstruo necesario” en la dinámica evolutiva y alquímica del microcosmos humano. Hacia el final, la autora se dirige al lector con una pregunta dramática que queda sin respuesta: ¿Logrará la conjunción de ciencia y arte poética transformar un mundo que se encuentra al borde de una catástrofe ecológica?

 

 

Graciela N. Ricci. Radicada desde hace años en Milán. Catedrática de Lengua y Literatura Española. Ha enseñado Literatura, Teoría Literaria y Lingüística General de grado y posgrado en universidades de Argentina (Rosario) y de Italia (Macerata y Milán). Especializada en psicología analítica y en pragmática neurolingüística (en Suiza y Bélgica), ha sido durante muchos años directora del Ph.D. en Teoría de la Comunicación (Università di Macerata) y counselor en el Instituto Modelli di Comunicazione de Milán. Cofundadora de la revista Heteroglossia (EUM, 1985) y decana de Mediaciones Lingüísticas (Università di Macerata). Ha organizado numerosos congresos internacionales, obtenido premios literarios y publicado un centenar de ensayos de semiótica y literatura, muchos de ellos en ediciones colectivas de Italia, Argentina, España, México, Francia y Alemania. Entre sus numerosos volúmenes publicados se destacan su autobiografía Sguardo allo specchio, Los circuitos interiores: Zama en la obra de A. Di Benedetto (Premio Fondo Nacional de las Artes), Realismo mágico y conciencia mítica en América Latina (finalista concurso Anagrama), Las redes invisibles del lenguaje: la lengua en y a través de Borges, Il viaggio infinito: tecniche e processi di trasformazione.

GRACIELA N. RICCI

EL DRAGÓN-SERPIENTE MULTILINGÜE

MUNDOS DE AFUERA Y DE ADENTRO

Índice

CubiertaAcerca de este libroPortadaDedicatoriaEpígrafePrólogoPrimera parteCapítulo 11. El dragón-serpiente como fenómeno imaginario y mítico2. Etimología, tipos y difusión global del dragón-serpienteCapítulo 21. El significado del uróboros en la evolución de la conciencia2. El modelo evolutivo de Carl G. JungCapítulo 31. Borges y el uróboros2. Borges y el Opus alquímicoCapítulo 41. La ambivalencia del dragón-serpiente cósmico y el concepto de doble2. Las serpientes, barcas y escalas del viaje al inframundoCapítulo 51. La serpiente dual en el mundo amerindio y en la literatura mexicana y chicana2. El draco en Octavio Paz y en Gloria AnzaldúaCapítulo 61. Otras repercusiones del Draco multilingüe en la literatura hispanoamericana2. El draco en Centroamérica3. El draco en Augusto Roa Bastos4. Cortázar y el uróboros: breve análisis de “Axolotl”Capítulo 71. El draco en Oriente2. El draco en Occidente: Milán, la ciudad del dracoSegunda parteCapítulo 11. El dragón-serpiente, la ayahuasca y el ADN: una relación sorprendente2. Las visiones con la ayahuascaCapítulo 21. El lenguaje metafórico del dragón-serpiente cósmico2. La conciencia y la traducción científica del lenguaje metafórico-míticoCapítulo 31. El ADN, el código lingüístico y el dragón-serpienteCapítulo 41. La lectura, el código genético y la dimensión onírica2. El proceso alquímico desde la perspectiva psicológicaCapítulo 51. El draco y otros animales del Opus en los sueños arquetípicos2. La conciencia transpersonal: experiencias de unidad místico-cósmicaCapítulo 61. Reflexiones generales: ciencia, mito y sueño2. Los ‘viajes’ del hombre-medicinaEpílogoBibliografía esencialCréditos

A la memoria de todos los seres queridos que se han ido.

A mis seres queridos del presente, en especial a mis dos nietitos, Federico y Eduardo.

La experiencia está unida al mito. Sumergirse en la autoexperiencia significa vivir el propio mito, la historia de la propia vida […] y la experiencia no se puede programar. Somos nosotros los creadores de nuestros mitos, consciente o inconscientemente.

Stanley Keleman, Living your Dying

La autora, a los siete años, leyendo un cuento a sus hermanitos en la casa de familia de Rosario.

Prólogo

Hay figuras míticas o arquetípicas que pueden formar, conformar y transformar la vida de una persona y, como bien dice Stanley Keleman en el epígrafe, la experiencia se conecta con el mito: sumergirse en la experiencia de la propia vida significa vivir el propio mito, develar sus misterios. En mi caso, una de esas figuras significativas fue el draco, protagonista importante de las lecturas de mi niñez y de algunos episodios infantiles, y personaje imponente de mis sueños alquímicos a partir de los veintiocho años. Como es sabido, el draco es un símbolo universal, positivo o negativo según las regiones, y es interesante subrayar que la palabra, de origen latino, abarca las dos acepciones de ‘dragón’ y ‘serpiente’. Recuerdo que a los cinco años, cuando compuse mi primera poesía que tenía como protagonista a una princesita, el dragón ya aparecía conectado a ella en sus versos. Por eso, muchos años más tarde, cuando narraba cuentos a mi hija pequeña para entretenerla (como ahora a mis dos nietitos) me gustaba salpicar los cuentos que inventaba con esa figura tan mítica (y no por eso menos real) que ha ocupado, a lo largo de siglos, la imaginación humana.

Hace poco tiempo publiqué una edición póstuma de un libro de poesías inéditas de mi padre, con ocasión de los cien años de su nacimiento (tuve por años, guardado en un cajón, el manuscrito que me había dado para su corrección, selección y sucesiva publicación, ya que su fallecimiento repentino hizo todo más complicado). El libro (Ricci, 2020), un poemario dedicado a todos los chicos del mundo… y a los adultos que todavía llevan despierto al niño que fueron, se titula paradójicamente El libro de cuentos en homenaje a la narrativa infantil, que ha encantado a generaciones de niños con su mágico jardín de metáforas y maravillas (el dragón-serpiente entre ellas). En los dos primeros poemas, “Infancia” y “El libro de cuentos” (título homónimo al del volumen), se menciona al dragón de los cuentos, así que voy a transcribir el segundo en memoria de la narrativa infantil, de mi padre… y de mi madre, pues el dragón esconde en sus profundidades míticas y arquetípicas la imagen materna, como veremos más adelante:

 

El libro de cuentos

 

–“Había una vez

en un lejano país

una hermosa princesa…”

 

Palabras llenas de encantamiento,

de maravillas,

de magia.

Recuerdos de infancia.

Ojos grandes y asombrados

ante la historia fantástica:

castillos tenebrosos,

fantasmas y piratas,

príncipes y dragones,

duendes y ninfas doradas,

cuevas llenas de tesoros

y princesas encantadas,

héroes con anillos mágicos,

hadas de alas delicadas.

 

–“Había una vez

en una tierra solitaria…”

 

Grimm, Andersen y Julio Verne,

Scherazade y Genoveva,

Sandokán y Mujercitas,

Tarzán, Heidi y Blancanieves.

Páginas que te aprisionan

con sus cuentos y sus sagas.

Colores, ilustraciones,

el olor de la hoja cándida.

 

–“Había una vez

en una tierra lejana…”

 

Países que hacen volar

en el tiempo y la distancia.

Nostalgias del niño adulto.

Imaginación, recuerdos,

fantasías.

Imposibilidad de volver

a la infancia.

 

–“Había una vez

en una tierra encantada…”

 

En esta poesía, además del reiterado íncipit típico de los cuentos infantiles y de palabras como “encantamiento”, “maravillas” y “magia”, se mencionan una serie de libros que, en mi condición de lectora precoz, leí y releí muchas veces a partir de los seis años, refugiada en la enorme biblioteca paterna con sus paredes cubiertas de volúmenes que, para mi mirada infantil, escondían tesoros incalculables. Los primeros libros, de la colección Robin Hood, regalos de mi padre (Mujercitas, Heidi, Una niña anticuada, Los muchachos de Jo), los leí aconsejada por él (lo mismo que los otros mencionados en la poesía citada), pero después, como era una niña muy curiosa y precoz, pasé a inspeccionar los infinitos volúmenes de su enorme biblioteca y a saciarme de lecturas no siempre infantiles, como Las mil y una noches, que me abrieron las puertas del país de los sueños y me introdujeron al mágico reino de mundos orientales, y de hadas, castillos, reyes y princesas prisioneras de dragones gigantescos. Mi padre tuvo muchos defectos pero una gran virtud: leía (y escribía) muchísimo, de ahí que me inculcara con su ejemplo, desde muy pequeña, lo que considero su mejor herencia: la pasión por la lectura pues, como bien dice el Mahabharata: “Si escuchas [o lees] con atención un relato, no serás nunca más la misma persona”. No hay mejor terapia que la lectura de historias, reales o fantásticas; gran verdad que Freud descubrió y aplicó con éxito a su método psicoterapéutico. Bien decía Freud que el psicoanálisis era para él más una narración literaria producto de una mente creativa que no un tratado científico, y que tenía más puntos de contacto con la poiesis que con la retórica. Este concepto lo retoma James Hillman (1984: 2) cuando escribe, en Le storie che curano, que su intención era fundar una psicología del alma que fuera una psicología de la imaginación; una psicología “che presuppone un fondamento poetico della mente”. Por eso leer es un arte, y leer ‘bien’ es como interpretar un cuadro haciendo silencio en el bullicio de nuestro espacio interior pues requiere concentración, intuición para captar la densidad semántica de lo que se observa o lee y creatividad para encontrar todas las conexiones inter e intraliterarias (o visivas) que el texto propone. Hoy sabemos que, si hemos leído ‘bien’, la lectura cambia no solo nuestra mente y nuestra visión del mundo sino también nuestro cerebro, pues modifica el tejido neuronal creando nuevas sinapsis que agregan renovada complejidad al ya complejo sistema mente-cuerpo del lector.

Esta introducción muy personal a un trabajo que tiene como argumento principal el draco es casi obligada pues, dado que –como sabemos por la física cuántica– el sujeto es el resultado de la interacción entre el material de la lectura y la mirada focalizada del lector, involucrarse en la lectura de un texto que tiene como protagonista una figura tan poderosa como el dragón-serpiente supone de parte del lector sumergirse en un recorrido que transformará seguramente sus coordenadas mentales.

El volumen se compone de dos partes: en la primera, me refiero a aspectos del dragón-serpiente en relación con contextos mítico-culturales, evolutivos y literarios bi y plurilingües. En lo literario, dedico particular atención a una forma circular de draco: el uróboros, porque es el que aparece con mayor frecuencia en la literatura hispanoamericana. En la segunda parte me refiero principalmente a la interacción entre lo antropológico, el mito y la ciencia, y relaciono al draco con las visiones de la ayahuasca, por un lado, y con las visiones oníricas, por el otro. Por lo que concierne a la dimensión onírica, introduzco mis propias experiencias personales a nivel arquetípico, y describo brevemente un recorrido onírico alquímico que tuve durante años, y donde el draco ocupa un lugar estratégico. Por tal motivo la segunda parte, en determinado momento, presenta tonalidades más subjetivas de carácter parcialmente autobiográfico y describe, incluso, estados de conciencia que rozan lo transpersonal. En cierto sentido, imito sin querer (o tal vez queriendo) la actitud de Borges que, cuando aparentemente narraba aventuras fantásticas en tercera persona, en realidad describía sus experiencias interiores. Remedando entonces las palabras de Borges, el draco “concuerda con la imaginación de los hombres […] Es, por decirlo así, un monstruo necesario”. Borges se jactaba no de los libros que le fue dado escribir, sino de aquellos que le fue dado leer.1 Y nadie mejor que él sabía que la lectura (al igual que la escritura) es como un desembarco en el papel que permite transitar caminos propios y ajenos, y realizar viajes virtuales pletóricos de posibilidades –en un espacio/tiempo diferente– cómodamente sentados en la poltrona, mientras la imaginación activa las neuronas-espejo del cerebro y despierta la actitud de explorador de tierras desconocidas y apetecibles. Con palabras de Cortázar (otro escritor que, como Borges, me involucró en reiteradas lecturas de su obra):

 

Uno podría llegar a pensar que la vida es eso, desembarcos, y que solo la gran faramalla de la historia tapa con sus estrepitosos asaltos la sigilosa, incesante continuidad de otros avances, de otras conquistas […] Fines y formas varían como la vida misma, pero el desembarco es siempre igual, hay capitán en tierra firme, hay avance hacia el objetivo último, hay sangre negra y mapas y estrategias: al término, infaltable, un sueño que se fija, alguien que empieza a pensar en un nuevo desembarco. (Cortázar, 1988 [1978]: 82)

 

Invito, entonces, al lector a ‘desembarcar’ en el ‘nuevo mundo’ de estas páginas, para ‘embarcarse’ en una aventura que –como todas las aventuras de cierta importancia– puede comportar un (re)nacimiento a nuevas dimensiones y significados de la vida, si luego de haber explorado conmigo la polifacética dimensión del draco, objetiva y subjetiva, su lectura logra renovar en él el deseo de investigar las tierras desconocidas de su yo más profundo.

1. “Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer” (Borges, 1988: iii).

“Yo he dedicado una parte de mi vida a las letras, y creo que una forma de felicidad es la lectura; otra forma de felicidad menor es la creación poética, o lo que llamamos creación, que es una mezcla de olvido y recuerdo de lo que hemos leído” (“El libro”, en Borges, 1980: 24).

PRIMERA PARTE

Comprende che eres un mundo en pequeño, y que en ti están el sol, la luna y las estrellas.

Orígenes, Leviticum Homiliae

Capítulo 1

Quiero quedarme en medio de los libros.

En ellos he aprendido a dar mis pasos,

a convivir con mañas y soplidos vitales,

a comprender lo que crearon otros

y a ser por fin este poco que soy.

Mario Benedetti

1. El dragón-serpiente como fenómeno imaginario y mítico

En la historia de las distintas civilizaciones, la literatura fantástica poblada de monstruos y seres maravillosos ha ocupado un lugar importante y enriquecido el acervo del inconsciente colectivo de la humanidad. Estos personajes ‘fronterizos’ que nos han acompañado desde la infancia en los cuentos de hadas y en las leyendas ilustradas y novelas fantásticas han sido el modo en que el ser humano, desde épocas lejanas, ha aprendido no solo a canalizar sus miedos irracionales sino también a “soñar despierto” para poder dar significado al mundo y a los aspectos incomprensibles de su relación con las fuerzas de la naturaleza. Pero si bien las criaturas irreales o mitológicas se encuentran diseminadas en las leyendas de todo el mundo, ninguna como la del dragón-serpiente ha recibido, a lo largo del tiempo, tanta atención. Sería interesante preguntarse por qué en Occidente, en los últimos años, una enorme cantidad de novelas, exposiciones, mensajes publicitarios y películas de ciencia ficción han focalizado el interés en un monstruo que no pertenece a la ‘realidad’ concreta del mundo, aunque sí forma parte de nuestra realidad interior. Distinción poco pertinente si tenemos en cuenta que, después de todo, la misma palabra ‘realidad’ es ambigua: ¿cuál es el fenómeno que podemos considerar real en contraposición a lo ficticio? Tanto la realidad que se nos ofrece a la percepción sensorial y que denominamos “objetiva” como la realidad construida por nuestra imaginación son verdaderas para nuestra psique y no solo para ella, pues la dualidad corpúsculo-onda, para la física cuántica, son estados de la materia con el mismo derecho de existencia: el mundo objetivo “en su aspecto sensible es apariencia. La «verdad» […] son «los átomos y el vacío». Traducido a nuestro lenguaje, «aparente» significa «subjetivo». La realidad, por lo tanto, no aparece a los sentidos […] porque es incompatible con una constatación sensible” (Branca y Ossola, 1988: 28, mi traducción).

Considerando, entonces, que no estamos hablando de dos realidades diferentes sino de una misma realidad enfocada desde dos puntos de vista complementarios, este trabajo se propone precisamente profundizar en algunos aspectos ‘reales’ (léase ‘funcionales’ y analógicos para la conciencia) de la figura mítica del draco, que ocupa un lugar significativo en la evolución de la psique humana. Tratándose de una figura de intensa densidad semántica, el iter investigativo abordará aspectos pluriculturales y multilingüísticos de ella, en relación con la dimensión antropológica y literaria (además de subjetiva). En este sentido, y más allá de los aportes que han dado mentes como las de Gaston Bachelard, Alexander Haggerty Krappe, Mircea Eliade, Georges Dumézil, Gilbert Durand, Joseph Campbell, Claude Lévi-Strauss, Sigmund Freud, James George Frazer y Carl Gustav Jung, entre otros que han tratado de organizar con clasificaciones diferentes la dimensión mítico-simbólica, creo pertinente subrayar que, desde hace varias décadas, el pensamiento complejo permite encarar las investigaciones antropológicas interdisciplinarias desde una perspectiva innovativa, una “nueva alianza” entre el yo que observa y campos de saber aparentemente lejanos, como diría Ilya Prigogine (1996); campos en los que el concepto de poliglotismo cultural de Jurij Lotman (1995) se entrecruza con los nuevos descubrimientos de las ciencias biológicas y psiconeurocognitivas, permitiendo intensificar el valor de la fantasía en cuanto puente analógico entre la conciencia de los sujetos y los mundos de la cultura.

Pensemos que, desde Platón a Dante, la ‘fantasía’ fue considerada la potencia imaginativa del alma y un modo de conocimiento insustituible, lo cual pone de relieve la lucidez de los pensadores de la Antigüedad en contraposición al materialismo de los últimos siglos. El término proviene del griego phantastikós (en lat., imaginatio) y significa “lo que se hace visible, lo que aparece”, aludiendo a los elementos desconocidos e inquietantes que perturban nuestra cotidianeidad (Carotenuto, 1997: 13). Si bien ya desde mediados del siglo XX la fantasía ha ido recuperando validez en el campo del conocimiento,2 es la expansión de la tecnología y la difusión de los horizontes virtuales de la web lo que hace que se pueda hablar de softwares inteligentes que abren “avenidas para la migración de los procesos psicológicos como la memoria y la inteligencia desde dentro de las mentes individuales al mundo exterior de los medios del saber conectados” (Kerkove, 1999: 174), lo cual significa que el cuerpo-mente se expande en el eje témporo-espacial, volviéndose interactivo y acelerando los procesos de digitalización que le permitirán conectarse en tiempo real a una sociedad-mundo (Barei, 2013: 37).

En efecto, junto con las coordenadas concretas de lo real, gobernadas por la razón y los procedimientos lógicos, lo fantástico se introduce en el sujeto pensante no solo para dialogar con un universo rizomático en constante cambio, sino también para confirmar concepciones ahistóricas y construcciones prevalentemente analógicas como igualmente válidas; y lo puede hacer desde distintas angulaciones: filosóficas, psicológicas, religiosas, artísticas, literarias y antropológicas (Branca y Ossola, 1988: 5), hasta llegar incluso a la perspectiva científica, si consideramos que ella se rige por un concepto de verdad que es siempre un “efecto de verdad” (Barei y Molina, 2008: 19). Precisamente dice Ursula Le Guin (1986: 38), hablando de lo fantástico:

 

Lo fantástico es, naturalmente, verdadero. No es real pero sí verdadero. Los niños lo saben. También los grandes lo saben, y es por eso que muchos de ellos tienen miedo de lo fantástico. Saben que su verdad es un desafío, y hasta una amenaza, a todo lo que es falso […] inútil y vulgar en la vida que se han obligado a vivir. Tienen miedo de los dragones porque tienen miedo de la libertad. (Mi traducción)

 

Por lo tanto, estas páginas intentarán hacer un excursus en la biosemántica de las culturas para tratar la figura del draco desde una perspectiva interdisciplinaria y plurilingüe.3 A modo de introducción, me permito recordar el sugestivo comentario que hace Borges en el prólogo a su libro Manual de zoología fantástica (Borges y Guerrero, 1984), sobre dicha figura:

 

Ignoramos el sentido del dragón, como ignoramos el sentido del universo, pero algo hay en su imagen que concuerda con la imaginación de los hombres, y así el dragón surge en distintas latitudes y edades. Es, por decirlo así, un monstruo necesario, no un monstruo efímero y casual, como la quimera o el catoblepas.4

 

Las palabras de Borges, que vuelven a repetirse parcialmente en el prólogo a El libro de los seres imaginarios (Borges y Guerrero, 1992), aluden a un aspecto importante del dragón-serpiente, a la universalidad que lo caracteriza en el inconsciente humano, pues –como hemos dicho– su forma es conocida tanto en Oriente como en Occidente, si bien dotada de atributos y connotaciones diferentes según el lugar y la cultura de referencia. En ambos libros, Borges compendia una panorámica de zoología fantástica que abraza las diferentes formas que puede asumir el dragón-serpiente,5 separando la etimología única del draco en sus dos componentes, celeste y ctónico (aunque la separación no es del todo pertinente pues ambas criaturas mitológicas participan de las dos categorías, en algunas culturas). En la panorámica celeste, Borges sitúa y describe al basilisco, al dragón en general, al dragón chino y al occidental, al grifo y al hipogrifo, al hijo del Leviatán y a la salamandra. En la panorámica ctónica, a la anfisbena, a la hidra de Lerna, a Lilith, a los nagas de la India, a la óctuple serpiente del Japón, a la quimera, al reptil soñado por Lewis, al uróboros. La amplia variedad zoomorfa del dragón-serpiente mencionada por Borges confirma su importancia en la dimensión psíquica del ser humano. Dicha variedad no hubiera sido considerada sorprendente en el mundo de la Antigüedad preclásica y clásica, ya que la metamorfosis de dioses, animales y seres híbridos era una característica que impregnaba el mundo imaginario de las religiones y las distintas literaturas y artes de esa época. Pero resulta paradójico constatar que, aun en la actualidad, no solo muchas de esas figuras fronterizas reaparecen en cuentos, leyendas y narraciones, sino que, en modo especial, la figura metamórfica del dragón-serpiente ha retornado con una vitalidad inusitada. Trataremos de comprender la motivación subyacente a tanto interés.

Consideremos, para empezar, algunos aspectos ambivalentes preliminares del dragón, un monstruo particular pues su representación se modifica según el aspecto que predomine en las regiones de proveniencia. El dragón es polimórfico, y está compuesto por diferentes animales ‘reales’, por lo cual participa de los cuatro elementos de Empédocles (tierra, agua, aire, fuego). Además, es plurilingüe, como el dragón Tifón de cien cabezas e ‘idiomas’ (Hesíodo, Teogonia v. 820-880) y su hijo Ladón, también de cien cabezas y polifónico, que combatió contra Hércules en el Jardín de las Hespérides (Apolodoro, Biblioteca II, 5, 11). El término ‘monstruo’, en su etimología, conduce a la palabra latina monstrare y reenvía a los posibles significados que las formas animales –especialmente las monstruosas– poseen en el universo o Libro de Dios. Como bien ha dicho Swedenborg en su teoría de las ‘correspondencias’: “En la naturaleza, nada existe sino como símbolo de algo en el mundo del espíritu”. Swedenborg interpretaba la Biblia como una gran alegoría de nuestra evolución psíquica y, refiriéndose a los animales que en ella aparecen, afirmaba que quien no conoce “el significado específico de cada bestia, no puede comprender lo que contiene la Palabra en su sentido interior” (citado en Larsen, 1992: 137).

Teniendo en cuenta las reflexiones compartidas hasta el momento, creo que el término “necesario” utilizado por Borges en su prólogo indica un aspecto más profundo de lo monstruoso, en relación no solo con la imaginación en cuanto forma en que el inconsciente ha podido manifestarse en los textos políglotas de las distintas culturas,6 sino con la imaginación en cuanto umbral clave para comprender el significado esencial del ser humano en la urdimbre sistémica del universo.7 Es en tal dimensión que la perspectiva pluridisciplinaria de la biosemántica cultural, de la psicología y de la antropología puede ayudarnos para tratar de iluminar un espacio hermenéutico no tan conocido del “monstruo necesario”.

2. Etimología, tipos y difusión global del dragón-serpiente

“Una gruesa y alta serpiente con garras y alas es quizá la descripción más fiel del dragón” nos dice Borges en su Manual de zoología fantástica (Borges y Guerrero, 1984: 64). La palabra ‘dragón’, como ya hemos visto, deriva del latín draco y del griego drákōn, que se refieren indistintamente al dragón8 y a la serpiente, y están conectadas a una raíz indoeuropea, deru, de la cual proviene el verbo griego dérkesthai (‘mirar’) y el sustantivo drákōn (‘dragón’), derivado de dérkesthai (Izzi, 1982: 114-115). También la serpiente común (gr. ophis) se conecta con el ojo (ophtalmos); esta conexión etimológica es importante pues el motivo de la mirada (y del ojo) está relacionado con el conocimiento sagrado e iniciático, por lo cual forma parte del simbolismo más arcaico y cósmico del draco. Si tenemos en cuenta que ya la tradición esotérica milenaria distingue desde hace siglos la doctrina del ojo de la doctrina del corazón, y que ella misma subraya que, para entrar en el templo de la Sabiduría, hay que saber leer con los ojos del espíritu, podemos deducir que los ojos y la mirada (externa e interior) son fundamentales para captar la dimensión invisible del universo.

Ambroise Paré, Draco Alatus, 1573. En Andrea Augello, I draghi d’Italia. Roma: G-trip 2013, pág. no numerada, entre 96 y 97.

Volviendo a la descripción del dragón-serpiente, en general la imaginación colectiva lo visualiza como un gigantesco reptil con el cuerpo cubierto de escamas, enormes fauces de cocodrilo –con dientes afilados y lengua bífida– capaces de vomitar vapor y ‘lenguas de fuego’, ojos magnéticos que capturan e hipnotizan, grandes alas anteriores y posteriores, y garras afiladas. Su capacidad de volar es un don recibido del cielo por ser considerada una figura de proveniencia divina (por eso, en ciertos lugares de Oriente, el dragón, aunque sin alas, posee igualmente el don del vuelo). Mientras en gran parte del Occidente europeo el dragón-serpiente presenta connotaciones negativas y destructivas (véanse las numerosas luchas del héroe o del santo que debe matar al dragón malvado, como las de Seth contra Apofis en Egipto, la de Apolo contra Pitón y la de Zeus contra Tifón en la mitología griega; San Jorge, San Silvestro y San Marcelo contra el dragón en la iconología cristiana), en Oriente –y en el Occidente americano– es venerado como figura celeste, poderosa y sabia, dispensadora de salud y felicidad, benéfica para la agricultura por su capacidad de generar las lluvias y de controlar los ríos y los mares, origen de las dinastías imperiales (en China especialmente) y, en algunos lugares, incluso, fuente creadora del universo.

En el Cercano Oriente encontramos ya historias míticas del dragón-serpiente en la mitología sumeria y babilónica del 1200 a.C., sobre todo el héroe épico babilónico Marduk, que deviene dios de los dioses al derrotar al dragón-serpiente hembra Tiamat, cortando su cuerpo en dos partes que dan origen al cielo y a la tierra. También lo encontramos en las sagas nórdicas y célticas (véanse Beowulf y el dragón Fafner de los nibelungos en la leyenda de Sigfrido), en la heráldica medieval de Oriente y Occidente (como símbolo de custodia y fidelidad), en las catedrales góticas y renacentistas (véanse las numerosas esculturas de San Jorge o del arcángel Miguel luchando con el dragón, como también las numerosas gargouilles9 que pueblan los techos de las iglesias medievales). En los bestiarios griegos y medievales, el dragón-serpiente es una de las representaciones más importantes (como la describen, por ejemplo, el Physiologus, el De bestiis et aliis rebus, atribuido a Hugo de San Victor, el Aviarum de Hugo de Fouilloy, y el Liber mostrorum de diversis generibus, de autor probablemente anglosajón).

Bahram the Gor, Killing the Dragon. Manuscrito desconocido en papel (en tinta, color y oro), Shiraz, Irán, 1370-1371. Topkapu Sarayi Library, Estambul. En An Enciclopedia of Archetypal Simbolism (ed. Beverly Moon). Boston-Londres: Shambala, 1991, p. 322.