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¿Podrá España salir del laberinto en el que está atrapada por la ambición de poder de Pedro Sánchez y la deslealtad del nacionalismo catalán? Dos derivas populistas preocupan a Cebrián en los últimos años: por un lado, la de Pedro Sánchez, dispuesto a todo para permanecer en el poder; por otro, la del nacionalismo catalán, que terminó en un golpe de Estado fallido. Los dos problemas han acabado fatalmente por converger en esta legislatura. De ahí que el «efecto Sánchez» no sólo perjudique a su partido, sino al país en su conjunto. Ante estos retos, y otros que también revisa este volumen, como la fragilidad democrática de América Latina, la perversión del lenguaje, la gestión de la pandemia y de la guerra de Ucrania, la presión a los medios desde el poder, el ascenso del populismo y la creciente polarización, Cebrián propone un regreso a la era de la razón, del pacto de Estado y de las reformas consensuadas. En tono moderado, radiografía los males de España y del mundo. Los artículos aquí reunidos, publicados en el diario El País entre 2018 y 2024, se enriquecen mutuamente, de tal modo que el libro se convierte no sólo en el valiente testimonio de un análisis de nuestra actualidad, sino también en una amplia reflexión necesaria para ayudar a construir «un país mejor». «Sánchez pasará a la historia como el presidente que más ha dividido a los españoles, al frente de una impostada mayoría progresista que no es más que un sindicato de intereses entre sus miembros, a los que primordialmente une el reclamo del poder». Juan Luis Cebrián
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Seitenzahl: 369
Veröffentlichungsjahr: 2024
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El efecto Sánchez
Ética y políticaen la era de la posverdad
Colección
La espuma de los días5
Título:El efecto Sánchez. Ética y política en la era de la posverdad
© Juan Luis Cebrián, 2024
© De esta edición, Ladera Norte, 2024
Primera edición: septiembre de 2024
Diseño de cubierta y colección: ZAC diseño gráfico
Detalle fotográfico de cubierta creado con IA
© Símbolo de presencia de radiación ionizante: Freepik
Publicado por Ladera Norte, sello editorial de Estudio Zac, S.L.
Calle Zenit, 13 · 28023, Madrid
Forma parte de la comunidad Ladera Norte:
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Correspondencia por correo electrónico a: [email protected]
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ISBN: 978-84-1290-211-2
Prólogo
El efecto Sánchez
Socialismo y libertad
Ética y política
Sánchez y el tamaño del elefante
El viaje a los Infiernos de Pedro Sánchez
Felonías políticas
Disculpa a la traición; premio a la culpa
Peligrosa expedición a la Tierra Firme
El realismo político del putiferio
Claves de razón práctica (Sobre políticos y filósofos)
La commedia è finita
Cataluña y la crisis institucional
La tregua y el consenso constitucional
El Estado, en busca del tiempo perdido
Cómo defenderse de un golpe de Estado
La bella y las bestias
El nacionalismo, enemigo a las puertas
Cataluña, entre la memoria y las urnas
El reencuentro
Un viaje en el tiempo desde Misisipi
Por una reforma de la Constitución
La monarquía parlamentaria y los valores republicanos
El sentido de la realidad
Reformar la Constitución para defenderla
La reforma del Estado
Corona y virus
Partidos políticos: ¿un mal necesario?
Un invento español: lo liberal
Fragilidad democrática y prensa libre
La prensa libre, frente a la posverdad
La democracia y el descalabro de las instituciones
La democracia de los idiotas
El poder y la gloria
Progresistas, extremistas y facciosos
La pandemia y sus consecuencias
Daños colaterales (y posibles beneficios) del coronavirus
Un cataclismo previsto
El Gobierno y los expertos
¿Apocalypse now?
La construcción de la memoria
A propósito de un cuadro de Churchill
Fin de las noticias sobre el mundo
Pandemia, con «p» de política
Guerra en Ucrania
Ucrania, de Aristófanes a Kissinger
Elogio del neorrealismo político
La izquierda frente al Apocalipsis
A la conquista del Corazón del Mundo
Nostalgias de paz y proyectos de guerra
Cómo evitar una nueva guerra mundial
En defensa de Ucrania hasta la muerte… de los ucranianos
Europa y las dos Américas
Sacar las sucias manos del diccionario
Noticias de Europa
La diplomacia, entre la seducción y el abandono
Salvar al capitalismo de los capitalistas
Somos diferentes. Somos uno
Un psicópata en la Casa Blanca
Entre el miedo y la necesidad
La carga del Hombre Blanco
La metamorfosis de la democracia
La política como rama de la psiquiatría
Nixon en América
Obras citadas
En memoria de Jesús de Polanco
«Todo demagogo necesita un enemigo». Esta frase de Jorge Volpi, en su célebre y admirable panfleto Contra Trump, ha inspirado muchas de mis reflexiones publicadas en la prensa o compartidas en conferencias y debates, meditaciones que ahora recojo en este libro. En España también nos gobierna un demagogo. Como Trump, intenta ocupar y manipular al Poder Judicial. Como Trump, que agitaba a los revoltosos armados que asaltaron el Capitolio, acaba de legitimar el uso de la violencia en el debate político, amnistiando a quienes generaron graves disturbios, incendiaron vehículos, atacaron a la policía, retuvieron a las autoridades judiciales, destruyeron comercios y generaron temor, angustia, y quizá terror, en las calles de Barcelona para protestar por la sentencia contra los sediciosos separatistas. Como Trump, es capaz de decir una cosa y la contraria, de mentir a los demás y mentirse a sí mismo, y de propalar hechos alternativos frente a la verdad desnuda. Como Trump, es el rey del relato frente al análisis de la realidad, por testaruda que ésta sea. Como Trump, es un ídolo para sus seguidores al margen de cualquier juicio crítico o ponderativo. Como Trump, su principal proyecto político es su instalación y mantenimiento en el poder sin reparar en métodos. Y como Trump tiene una gran capacidad de resistencia ante las adversidades. Por eso, como Trump, acostumbra a considerar enemigos a quienes simplemente discrepan de él. Muestra, empero, una diferencia estética y formal con el psicópata que un día ocupó la Casa Blanca y quizás lo haga de nuevo tras las próximas elecciones. Frente al desmelenamiento del americano, él luce un palmito que encandila a muchos y muchas de sus admiradoras. Por lo demás, su falta de empatía, propia de un hombre sin sentimientos, es tan grande que logra empañar sus resultados electorales pese al discurso demagógico que interpreta sin piedad alguna para con su partido.
Este texto no es sin embargo ningún intento de literatura panfletaria, género que admiro, pero para el que no me siento suficientemente dotado. Lo constituyen una selección de entre mis cientos de artículos publicados en El País de Madrid —que fundé como director— después de retirarme de la gestión de su empresa. Comencé mis trabajos en el periodismo profesional hace más de sesenta años y no he tenido otro oficio que el de fabricar periódicos y revistas a lo largo de toda mi vida. Ello me ha permitido ser testigo privilegiado de la vida política de nuestro país, hoy en día tan desquiciada. El resumen de las tesis que insistentemente he propagado durante décadas lo expuse en un artículo que apareció en el suplemento especial del diario en el cuarenta aniversario de la proclamación de la Constitución de 1978: «La única manera de defenderla —decía— y de que perviva otras cuatro décadas, es reformarla». Punto cardinal de esa reforma debía y debe ser el título 8 del texto, referente al Estado de las autonomías, cuya vocación ineludible es la de convertirse en un Estado federal. Pero añadía que «la fragmentación actual, la brutalidad del lenguaje, la desunión de los partidos llamados constitucionalistas y la mediocridad de los liderazgos hacen hoy imposible el mínimo consenso necesario para proceder a la tarea».
Sánchez se había hecho cargo del Gobierno de España seis meses antes de publicar esas líneas. Su atribulada gestión frente a los serios problemas a combatir, a los que se sumó la pandemia, no ha hecho con los años sino empeorar las cosas. De modo que no sé si será contra Sánchez como podremos solucionarlas, pero resulta palmario que con él no hay solución posible. La polarización ha pervertido y contagiado a los medios de comunicación y muestra ya preocupantes evidencias en el comportamiento de la calle. La respuesta la ha dado, de manera nada ingenua, el jefe de la oposición. Según él, la clase política española es la peor que hemos tenido desde hace casi medio siglo, y no excluye a su partido. Diagnóstico más que demostrado después de escuchar a los portavoces de los dos partidos mayoritarios; analizar el currículum del secretario de Organización del PSOE; soportar las soflamas del ministro de Transportes; asombrarnos ante el histerismo elocuente de la vicepresidenta o la ministra de Igualdad y los insultos gratuitos de un buen número de senadores populares; o sufrir la desvergüenza de los nacionalistas, incluidos los que ampararon a vulgares asesinos políticos. Este no es sólo un problema patrio. La clase política en general, la de las democracias en particular, es manifiestamente mejorable y lo que está fracasando es el sistema de representación.
Nuestros dirigentes no pueden alegar inocencia ante la crispación creciente de la sociedad, animada y promovida por los medios de comunicación, financiados unos, amenazados otros, o financiados y amenazados a un tiempo, por el poder. Las confrontaciones cívicas auspiciadas por éste han sido históricamente una de las lacras sociales que padecemos. El ejercicio de la censura y la manipulación de la prensa, en todas sus formas y categorías, ha caracterizado el comportamiento de nuestros gobernantes independientemente de la etapa histórica a la que queramos referirnos. La falta de diálogo entre los diferentes es el origen fundamental del deterioro de la política, convertida en espectáculo de pésima calidad, cuando no en prácticas mafiosas como los casos de corrupción demuestran. Estos tienen que ver de ordinario con el insaciable apetito de financiación de los propios partidos o los sindicatos, y aún con la liberalidad interesada de los Gobiernos, dispuestos a fomentar subvenciones de todo tipo, a personas e instituciones, con el pretexto de combatir desigualdades sociales.
En cuanto a los medios, la pasión censoria e intervencionista de nuestros gobernantes tuvo una limitada tregua al comienzo de la Transición hasta la victoria de Aznar en 1996. La verdadera y casi única liberalización la protagonizó el PSOE de la época, durante el llamado felipismo. El Gobierno se desprendió de la prensa pública, vendiéndola las más de las veces a grupos o empresas de escasa o ninguna conexión con ideologías de izquierda, y concedió cadenas de radio y televisión a empresas privadas. No digo que en esas decisiones no existieran motivos ligados a intereses políticos o empresariales. Es sabido que la entrega a Berlusconi de lo que hoy es Tele 5 se debió a las presiones del primer ministro italiano Bettino Craxi, que acabó fugándose a Túnez acusado de corrupción. Pero en conjunto primaron criterios profesionales transparentes y de utilidad pública.
La llegada de Aznar inauguró una época de ataques a la libertad de expresión e intervenciones directas. El famoso caso Sogecable, diseñado para combatir desde el Gobierno la influencia de El País, la SER y el grupo Prisa, llevó a la imputación de delitos tanto a Jesús Polanco, su presidente, como a mí mismo, hasta que recusé al juez instructor, que posteriormente fue expulsado de la carrera, condenado por prevaricador. Tras la victoria de Rodríguez Zapatero la relación con los medios cambió de signo pero no de intensidad en su espíritu censor. «Bambi», según apodo de sus propios compañeros, llegó a la poltrona presidencial gracias a la estupidez de los populares, que atribuyeron mendazmente la masacre del 11-M a ETA. Pero ZP, cuyo egocentrismo despuntó en el diseño del logo con las dos primeras consonantes de su segundo apellido, se dedicó a favorecer a amigos y allegados en la concesión de televisiones y amparó las operaciones de la compañía Mediapro, cuyo principal accionista y gestor fue después dadivoso financiador del independentismo catalán. La paranoia monclovita llevó a que el propio secretario de Estado de Comunicación se encargara personalmente de la promoción del diario Público y hasta del reclutamiento de algunos de sus profesionales. Se trataba, según el presidente, de hacer un periódico verdaderamente de izquierdas frente a la supuesta deriva conservadora de El País. Los fundadores de éste siempre quisimos hacer un buen periódico a secas, un diario independiente, afecto a las ideas y aún los ideales progresistas, pero nunca un boletín de propaganda de nadie. Ese sentimiento liberal progresista, que sostuvo en el poder a la socialdemocracia durante casi tres lustros, ha desaparecido en el PSOE. También en el diario El País, cuyo accionista de control es un fondo buitre tras el que se amparan desconocidos inversores.
Habrá quizá quien piense que estas afirmaciones son fruto de un despecho causado por mi reciente y fulminante despido como colaborador del periódico que ayudé a fundar hace casi cincuenta años y de la Presidencia de Honor de su empresa, empleos que nunca solicité. Pero el único despecho que siento es el que me causa ver convertido en monaguillo del poder a un diario liberal cuya lucha por la libertad de expresión y la consolidación de la democracia fue un esfuerzo colectivo que costó incluso vidas humanas. La verdad es que proliferan por doquier los intentos de manipulación favorecidos por la crisis de las empresas de medios. Hasta el punto de infiltrarse en ellas a través de fondos oportunistas, o a cambio de favores y conexiones de todo género. Semejantes operaciones han contribuido y contribuyen a dar altavoz a las chorradas e insultos entre oposición y Gobierno, por no hablar de la endiablada influencia de las redes sociales en la formación de la opinión pública. Hay más periodistas contratados por organizaciones de todo género, cuya misión es evitar que se publique algo que moleste a sus jefes, que periodistas dedicados a descubrir y difundir informaciones contrastadas y opiniones rigurosas que algún poderoso pretende silenciar. Por eso en este tiempo aciago y difícil es preciso reconocer y apoyar el trabajo ímprobo que tantos colegas míos tienen que llevar a cabo para denunciar las corrupciones que el poder silencia, sin más argumento que la amenaza o el soborno.
Habrá que recordar a Sánchez, que no parece un gran lector, lo que Indalecio Prieto, socialista insigne, dijo hace más de un siglo en un encuentro con militantes de su partido: «Acaso en España no hemos confrontado con serenidad las respectivas ideologías para descubrir las coincidencias, que quizá fueran fundamentales, y medir las divergencias, probablemente secundarias, a fin de apreciar si éstas valían la pena de ventilarlas en el campo de batalla». El presidente del Gobierno ha sido y es el rey de la polarización. Si no rectifica, será también su víctima.
Espero que el lector disfrute y sufra a la vez con los textos aquí recogidos y que sirvan al menos para incoar debates, discusiones, y hasta pacíficas reyertas sobre si al final la única solución será ir directamente contra Sánchez, o bastará con enviarle a la fonda del olvido.
«¿Libertad para qué?». Esta pregunta se la oí a un joven diputado del PSOE en el único debate político digno de tal nombre que he visto en las televisiones españolas en tiempos recientes. Habían convocado a representantes de las juventudes de los diversos partidos a fin de demostrar que eran menos broncos, mejor educados y más tolerantes que sus empoderados jefes. Efectivamente ésa es la impresión que dieron, restaurando a su modo el buen nombre de la política y hasta el del periodismo, tan enfangados por mitineros, tertulianos y sus estúpidas vociferaciones. Por lo demás, la reflexión sobre la libertad se hacía al hilo de la victoria abrumadora de Isabel Díaz Ayuso en las elecciones madrileñas, a las que había concurrido con dicho eslogan, el mismo que utilizó el PSOE en los primeros comicios de la Transición española («Socialismo es Libertad»).
«¿Libertad para qué?». Quien así se expresaba conocía sin duda que esta fue la interrogante planteada por Lenin hace un siglo al diputado socialista y eximio intelectual Fernando de los Ríos. No sé si recordaba en cambio la respuesta de éste: «Libertad para ser libres». La libertad de ser libres es de igual modo el título de un opúsculo de Hannah Arendt, en cuyo texto se pone de relieve que la libertad ha sido la bandera de todas las revoluciones, victoriosas o fracasadas. Pero, pese a tan noble enseñanza, las revoluciones que ella llama distorsionadas acaban, las más de las veces, convertidas en regímenes despóticos. La Unión Soviética y sus satélites en el pasado, Nicaragua, Cuba o Venezuela en el presente, son buen ejemplo de ello. La lucha por la libertad constituye no obstante el más poderoso incentivo para quienes aspiran a promover cambios sustanciales en la vida de las personas. Es un ensueño noble cuya definición no depende del para qué sino del por qué: la confrontación contra un poder establecido que se considera injusto.
Viene esto a cuento de la resaca de los comicios madrileños y la reacción de los dirigentes del PSOE y el Gobierno de Sánchez tras su monumental derrota. En vez de intentar un análisis de sus causas y procurar una reflexión, se han dedicado a insultar a los electores, ridiculizar a los elegidos y hurtarse a debatir sobre si el 5 de mayo marca o no un punto de inflexión en el devenir de la socialdemocracia española, pilar esencial hasta hace sólo un par de años de nuestra estabilidad democrática.
La alegación de que lo sucedido en Madrid no es extrapolable revela el miedo y la inseguridad que permea hoy el aparato del partido, sometido hasta la irrisión a las consignas de la Moncloa. Sus dirigentes parecen cada vez más alejados de lo que en tiempos del franquismo definíamos irónicamente como la funesta manía de pensar, tan funesta que entonces te conducía a las tinieblas exteriores. Lo mismo que ahora, pues precisamente por pensar quieren expulsar del PSOE a Joaquín Leguina, luchador histórico contra la dictadura, con un pedigrí democrático que para sí quisieran muchos en el banco azul; o a Nicolás Redondo, portador de un apellido mítico en el movimiento sindical socialista, cuyo líder no fue expulsado, que se sepa, cuando se opuso con estruendo a la reconversión industrial del Gobierno González.
Naturalmente que lo sucedido en Madrid puede ser extrapolable al resto de España. Aunque en realidad sucede al revés: más bien parece la consecuencia, y no la causa, de la deriva hacia la nada de las bases del movimiento socialdemócrata, tanto aquí como en Europa. En nuestro caso, fue contenida tímidamente en las últimas elecciones generales, pero de nuevo hoy el PSOE se asoma hacia el abismo. Prisionero de la política errática y oportunista del Gobierno, cualquiera podría darle un empujón si se descuida: los demócratas conservadores o el emergente partido verde, que pugna por apartarse de comportamientos sectarios a medida que la dirección socialista se atrinchera en ellos.
Los socialdemócratas europeos tienen motivos para preocuparse. En Francia, en Italia, en Grecia, sus partidos se han disuelto sin que ni siquiera nadie haya querido guardarles el luto. En Alemania su supervivencia ha sido apuntalada por la colaboración con la democracia cristiana, pero se enfrenta ahora a la amenaza de los verdes. Hasta el labour británico parece desnortado frente al histrionismo de Boris Johnson. Pedro Sánchez acostumbra a presumir de que el socialismo ibérico es el último bastión socialdemócrata del continente, pero debiera ser más cauto en sus declaraciones dada la frenética sangría de votos que en las recientes elecciones autonómicas (Galicia, Euskadi, Madrid) ha experimentado; y convendría no sobrevalorar su pírrica victoria en Cataluña, toda vez que el partido más votado en esos comicios fue la abstención.
Al margen de las anécdotas, tan repetidas, que ponen de relieve el apartamiento de la Moncloa respecto a las preocupaciones y anhelos de los ciudadanos, conviene preguntarse sobre qué debería hacer ese partido para intentar recuperar su antiguo fuste. La respuesta es fácil de encontrar en su propia memoria histórica. Felipe González anunció la renuncia al marxismo del PSOE veinte años después de que lo hubiera hecho el SPD alemán. Se inauguraba así una etapa de relevancia socialdemócrata en la construcción de la democracia española. Aunque algunos no lo entiendan, éste fue un movimiento verdaderamente revolucionario en la medida en que construyó un orden nuevo que encarnaba, parafraseando a Arendt, «la experiencia sin igual de ser libres para emprender un nuevo comienzo». Pocos años después, en una revista del partido dirigida por José Félix Tezanos cuando era todavía un sociólogo prestigioso y no un mercenario del poder, Willy Brandt definía con precisión y acierto la misión del socialismo democrático: proteger los derechos humanos mediante la construcción de una sociedad abierta que combinara el ejercicio de tres derechos fundamentales: la concepción liberal de la libertad, incluida la individual; la participación democrática; y los derechos sociales que garanticen la igualdad (de manera urgente y prioritaria la total equiparación social de hombres y mujeres). Sobre estos principios se construyó el consenso constitucional de 1978, amenazado ahora por el cainismo, la polarización y la incompetencia de las clases dominantes. Un desastre sanitario, económico y social como el que venimos padeciendo representa, queramos verlo o no, una auténtica emergencia humanitaria, también en los países desarrollados. Por eso es tan lamentable el aberrante comportamiento que el Gobierno y el principal partido de la oposición continúan protagonizando, con una cortedad de miras y un aferramiento a sus privilegios tan evidente como detestable.
El Partido Socialista ha sido, al menos hasta la llegada al poder de su actual equipo, un elemento esencial para la estabilidad política, el progreso y la justicia social en nuestro país. Su debilitamiento amenaza no sólo su futuro, sino el de todo el sistema y el de la izquierda política en general. Sus dirigentes deben atreverse a mirarse al espejo y comprender que en realidad Madrid no ha votado tanto a favor de la derecha, como contra el autismo y la incompetencia del poder central. Frente a lo que creía Gabilondo, el problema no era tanto este Podemos, como este PSOE, del que él mismo ha acabado siendo víctima. Un problema de liderazgo y de convicciones morales. Para tratar de recuperar ambas cosas, y de paso el favor del electorado, deberían sus militantes escuchar a los intelectuales en vez de acusar de revisionistas a quienes no piensen como ellos. Aprenderían así los más jóvenes el obvio significado de la libertad que hoy disfrutan gracias a gentes como Leguina, y huirían de folclóricas alusiones al libertinaje. No vayan a incurrir en idéntica concepción a la de la dictadura franquista y el integrismo católico, cuando sus ideólogos reclamaban «libertad, sí, pero libertad para el bien». El bien, claro está, definido como tal por el poder constituido.
El País, 17/05/2018
Decía el profesor López Aranguren que los políticos en la oposición suelen hablar de moral y en el Gobierno, en cambio, sólo mencionan el poder. Siempre me ha parecido brillante esta observación de quien en su día fue uno de los referentes intelectuales más respetados y menos sectarios de la lucha contra la dictadura, autor por otra parte de un famoso ensayo sobre ética y política.
Lo sucedido en nuestro país con la moción de censura y la formación del nuevo Gobierno es una prueba más de lo acertado del comentario. El ahora ministro de Fomento hizo en el pleno parlamentario un discurso memorable contra la corrupción del PP, poniendo énfasis incluso en su condición particular de hijo de guardia civil, lo que elípticamente aludía a algún tipo de herencia en su comportamiento moral. En la tradición aristotélica la ética es la adecuación de los medios al fin que se persigue, pero el discurrir del tiempo y el refinamiento intelectual han enseñado a distinguir entre el mundo de los principios (la ética propiamente dicha) y el de las acciones (lo que consuetudinariamente llamamos moral). No corromperse no es un principio de la ética sino más bien una transgresión de la misma, pues vulnera la norma del buen gobierno. Por eso la lucha contra la corrupción justifica una censura moral y política a quien se embarró en ella, pero no constituye en realidad un particular programa político, pues en principio es común a los de todos los partidos.
Denunciadas las miserias morales del partido más votado en los últimos comicios, una vez han llegado al Gobierno los recién estrenados ministros han hablado pues del poder. La portavoz del Gabinete expresó abiertamente los objetivos que persiguen, que no son exactamente los mismos que expresara Pedro Sánchez durante el debate. Mientras el nuevo presidente insistió hasta la saciedad en que pretendía lograr primero una cierta estabilidad política y luego convocar elecciones, la actual responsable de Educación anunció la voluntad gubernamental de impulsar la agencia social y regenerar la democracia. Me sumo a la generalizada opinión de que el Gabinete enhebrado por Sánchez es mejor de lo que muchos preveían, lo que ha dado pábulo a la esperanza en amplios sectores progresistas, seguidores o simpatizantes del mejor de los partidos socialistas, el que normalizó la vida política española tras la aventura criminal del golpe del 23-F. El inicial éxito del actual equipo se debe a que su alineación ha superado todas las expectativas; deben cuidarse sus integrantes, no resulte que una excesiva ilusión no satisfecha acabe por defraudar el ánimo al cabo de unos meses. Los problemas estructurales del país como la crisis territorial, el deterioro de las instituciones, o la superación de la desigualdad no pueden abordarse sin un amplio apoyo parlamentario del que el Gobierno carece.
Una de las dificultades por las que atraviesan hoy las democracias representativas es la tendencia de sus demediados líderes a fijarse objetivos en el corto plazo, mientras los autoritarismos hacen planes que sólo han de conseguirse a lo largo de décadas. Xi Jinping está así coronando el programa que Ten Tsiao Ping diseñara hace casi medio siglo. En el entorno de la globalización, los proyectos a pocos años vista se parecen al refrán tan español de pan para hoy, hambre para después. Qué vamos a decir si esos mismos planes apenas tienen un horizonte de meses.
Sánchez no debería apearse de la prudencia que exhibió en la exposición de motivos de la moción de censura cuando limitó sus metas a la obtención de una cierta normalidad política que permita la convocatoria electoral. Contra lo que algunos puedan creer, una excesiva prolongación de su mandato lejos de beneficiarlo ante las urnas puede acabar con el impulso ahora recibido. Por eso apenas tienen importancia las críticas que puedan hacerse a un programa de gobierno todavía no bien estructurado en el que resaltan carencias que, en otro entorno, resultarían preocupantes. La ausencia de cualquier alusión a nuestra política en América Latina, en un momento trascendental para el futuro de la misma, o la desubicación de la agenda digital, relegada de nuevo a ser un apéndice del Ministerio de Economía, indican las desmemorias con las que un equipo tan entusiasta como improvisado tiene que lidiar. Es comprensible su tentación de convertir la acción del Gobierno en un capítulo más de la campaña electoral que ha de venir, pero no resulta muy recomendable sucumbir ante ella. Este país afronta un inmediato calendario judicial de magnitudes considerables en el que son previsibles decisiones que para nada han de contribuir a la estabilidad buscada. Algunos de los problemas pendientes pueden mejorar si cambia el talante de la gobernación y quizás disminuya la crispación del ambiente, aunque todavía no es seguro. Los problemas de fondo, el pacto por la educación o por el sistema de pensiones, la vuelta a la normalidad en Cataluña, la defensa de los intereses españoles en el continente americano, el papel de España en la globalización y en el marco europeo, no pueden abordarse en serio con una minoría parlamentaria de ochenta y cuatro diputados, una derecha enrabietada desalojada del poder en apenas veinticuatro horas, los partidos fieles a la Constitución desunidos o trastabillados en torno a lo que haya que hacer respecto al conflicto territorial, y la Monarquía sometida al desgaste de ver a un miembro de la familia del rey tras las rejas.
Su discurso sería por eso más efectivo si, en vez de hablar del poder, mantuvieran la fibra moral que les ha llevado hasta él y enunciaran los principios, la ética que ha de informar la convivencia social en nuestro país. No tanto para insistir en la corrupción, que bastante harán si logran que deje de ser sistémica, porque es dudoso que pueda desaparecer en el corto plazo. Sino para recuperar la fibra moral y la integridad intelectual de la democracia. Y el mejor, si no el único, de los programas para regenerarla, es llamar a las urnas cuanto antes.
El País, 11/06/2018
Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia, Irán, Hong Kong, Bagdad, India, Líbano… ¿Está el mundo en llamas? Comparadas a algunas de esas hogueras, las de Barcelona y las que prenden los «chalecos amarillos» parecen pequeñas. En México, el Gobierno capitula ante la violencia armada de los narcotraficantes; en Madrid se apresta a negociar las condiciones del poder con los independentistas a los que ha metido en la cárcel; en París, en Santiago, en Quito, en Hong Kong, en Beirut, el poder da marcha atrás y abroga leyes y decretos que encendieron las protestas; en Londres y en Lima, también en La Paz a su manera, el ejecutivo disuelve al legislativo, o al menos lo intenta. Xi Jinping, Putin, Erdogan, blindan su autoridad dictatorial frente a los reclamos populares. La calle se levanta contra la corrupción de los políticos, el robo, el chantaje, la financiación ilegal, el clientelismo, el pillaje y la desfachatez. Da lo mismo cómo se llamen: Pujol, Maduro, Trump, Bárcenas, Undargarin, Bolsonaro, PSOE, PP o el príncipe Andrés. Los jóvenes se enfrentan con piedras y palos a las huestes no siempre organizadas del poder, pertrechadas de cascos y armaduras; detenidos a miles, heridos a centenares, muertos a decenas.
Todo sucede casi a la vez en todas partes, y es televisado en directo, gugleado, tuiteado, debatido a gritos por tertulianos narcisistas o impostados influencers (influyentes) que, por lo visto, las más de las veces son en realidad máquinas. Mientras tanto los jóvenes, las mujeres, los indígenas, los pobres, todo aquel que sueña con una identidad reconocible, cuantos se sienten víctimas de la creciente desigualdad, de lo invisible de su sufrimiento, reclaman sus derechos entre ruidos y voces que se adueñan del diagnóstico orwelliano: «la política es una masa de mentiras, evasivas, tonterías, odio y esquizofrenia».
¿Nos hemos vuelto todos locos? ¿O será más bien que estamos ante un cambio de civilización en el que, como siempre ha sucedido en circunstancias similares, las élites colapsan, las masas se revuelven, decae el antiguo régimen y el nuevo no acaba de nacer?
Lo degradante del debate español actual es la absoluta falta de contexto que se evidencia en los análisis de la mayor parte de nuestros líderes, movidos como están por su ridícula ambición y su pertinaz ausencia de lecturas. No estamos ante una crisis de Gobierno sino de Estado, y ésta a su vez se enmarca en una nueva era cuyos emblemas son la globalización tecnológica y financiera; la desaparición del mundo bipolar que emergió tras las guerras del pasado siglo; la corrupción de muchos Gobiernos; la multiplicación de las desigualdades y la ausencia de esperanza en el futuro para las nuevas generaciones. Felipe González ha descrito el fenómeno como la crisis de gobernanza de la democracia representativa en el Estado nación. Se trata de eso, pero no sólo. Estamos ante el derrumbamiento del orden establecido en medio de un caos que no ha hecho sino comenzar y que nos acompañará por algún tiempo antes de que seamos capaces de edificar una nueva estructura social más justa e igualitaria. Y el caos es caldo de cultivo favorable a piratas, idiotas, xenófobos, corruptos, nacionalistas, nostálgicos, envidiosos y delincuentes. Pero es también la oportunidad de que emerjan nuevas ideas y proposiciones, un tiempo para la innovación, la búsqueda y el descubrimiento.
Cierto cuentecillo indio, que dio pie al título de un ensayo mío publicado hace más de cuarenta años, narra la historia de unos invidentes que fueron llevados en presencia de un elefante. Recibieron el desafío de describir qué era aquello utilizando el sentido del tacto. Uno tocó la trompa y dijo: «Esto es un tubo». Otro agarró un colmillo y pensó que se trataba de una estaca. El que asió el rabo supuso que era una cuerda y quien palpó una pata la confundió con un tronco de árbol. El último sentenció al darse de bruces con el cuerpo: «Estamos ante un muro». Las dificultades que tuvieron para reconocer el elefante en su conjunto, calcular sus dimensiones y su peso, no son diferentes a los diagnósticos parciales de los sucesos de nuestro entorno. Como dijera en Madrid este mismo fin de semana Wadah Khanfar, fundador y presidente del Common Action Forum, necesitamos una nueva narrativa que explique la evolución del mundo como es, no como les gustaría que fuera a unos u otros, incapaces de atender a nada que no sea sus propios intereses. La Declaración Universal de Derechos Humanos es cada vez menos universal y ante la creciente inseguridad de las poblaciones crecen las tendencias neofascistas y resucitan los mitos del socialismo real. Ya hemos sido testigos de en qué desembocan unas y otros.
En este torbellino global las turbulencias de la política española no impresionan demasiado. Sólo es de lamentar el cortoplacismo y la ausencia de criterio que guía a nuestros dirigentes. Es tal la acumulación de sandeces que hemos oído en el pasado reciente; tal la apropiación y malversación de las palabras, tanto o más que las del erario público castigadas felizmente por los jueces; tan grande el desprecio a las instituciones por parte de quienes deberían ser sus guardianes y primeros servidores, que la sorna resulta el único recurso para moderar el hartazgo. También en nuestro caso hace falta elaborar esa nueva narrativa que Khanfar reclama para superar los peligros ciertos que acechan a la democracia y a los derechos de todos. Un relato en el que el presente no equivalga a una confrontación entre extremos, defensores de ideologías oníricas y huecas, como si el contrato social básico que nuestra Constitución representa fuera diferente según quien transite por los pasillos de la Moncloa.
Pedro Sánchez tiene derecho a tratar de elaborar un Gobierno, pero no tiene ningún mandato al respecto del pueblo español, y ni siquiera todavía una propuesta del único que puede hacerla, que es el rey; y no sólo él, pues ha de tramitarla a través de un presidente del Congreso que debe propiciar las consultas entre las fuerzas políticas y el jefe del Estado. Sabemos quién será el vicepresidente de un Gobierno que todavía no existe, pero ignoramos el nombre del candidato o candidata destinados a ejercer la presidencia de un Parlamento que ha de constituirse en cuestión de días. En una democracia madura no es una mesa de partidos, ni mucho menos un acuerdo bilateral entre el Gobierno de la nación y el de una comunidad autónoma, por grande que sea, quien puede decidir el futuro del conjunto de sus ciudadanos. De modo que las prisas del Gobierno en funciones, funciones de las que me temo viene abusando en demasía, no deben ni pueden sustituir a un debate en la única sede de la soberanía nacional: el Parlamento.
Si queremos que el caos, el del nuevo desorden mundial o el de la trifulca autonómica hispana, sea fructífero al final del camino, es preciso moderar en lo posible los desvaríos que provoca, reconocer al elefante en su conjunto y no adueñarse sólo de una de sus partes. Para ello no hay mejor receta que cumplir la ley y aislar a quienes abiertamente quieren vulnerarla, sean neofranquistas chusqueros o independentistas irredentos. Ambas especies constituyen amenazas ciertas para nuestra convivencia democrática y deberían sufrir aquello que el catecismo definía como pena de daño, consistente en no ver a Dios. La ausencia del poder, sea divino o humano, su indiferencia o lejanía, puede convertirse en el peor de los castigos.
Cualquier aspirante a primer ministro debe por lo mismo dejarse seducir por el auténtico brillo de quien ejerce el mando; no el que reverbera en los pasillos de palacio, sino el que reside en los anales de la historia. Estoy seguro de que Pedro Sánchez no quiere pasar a ella como un oportunista, aunque tantos le acusen de ello, sino como el gobernante que evitó que España se convirtiera en un Estado fallido frente a la disidencia del separatismo y la amenaza neofascista.
El País, 25/11/2019
Mientras que su socio de Gobierno desistiera hace ya tiempo de asaltar los cielos, el presidente Sánchez ha decidido bajarse a los Infiernos. Allí dos almas atormentadas, Maquiavelo y Montesquieu, celebraron un famoso diálogo que Maurice Joly registró para la posteridad con más precisión y entendimiento que el mismísimo Villarejo. Este texto clásico (Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu), escrito hace más de siglo y medio, resume mejor que ningún otro análisis el debate acerca del poder y sus límites, la pugna entre la fuerza y el derecho, o las fronteras morales de la política, cuestiones nucleares sobre las que no parece pasar el tiempo ni distinguir la geografía. Y que afectan de lleno al comportamiento de nuestro actual Gobierno.
Habida cuenta de su rechazo de las «elucubraciones doctrinales», y a la no muy abundante nómina de intelectuales en sus filas, no sé cuántos de los actuales ministros habrán leído el famoso libelo de Joly. En cualquier caso, les convendría hacerlo al menos como manual de uso para entender dónde alinearse en la formación. Reconozco que por un momento, tras la resolución de la reciente crisis, llegué a pensar que la política bipolar de Sánchez, cuyo Gobierno más que a Frankenstein recuerda al doctor Jekyll, se disponía a liquidar las prácticas maquiavélicas a las que nos tiene acostumbrados, en un intento de recuperar el favor de los electores y enderezar por fin su desviado rumbo. La incorporación de sangre joven al equipo y la defenestración de sus escuderos más visibles permitían suponer felizmente que todavía quedaba y queda algo en la socialdemocracia española que no sea fruto del oportunismo y los comportamientos clientelares. Maquiavelo fiaba la gobernación del príncipe al manejo engañoso de las palabras y al uso inmisericorde de la fuerza. Exactamente las especialidades respectivas de Redondo y Ábalos. Estos dos hombres fuertes, capaces hasta de oscurecer la arrogancia feminista, fueron defenestrados por su amado césar sin apenas agradecerles los servicios prestados. ¿Será —me pregunté— que finalmente Sánchez ha escuchado a Montesquieu y decidido fortalecer las instituciones en vez de confiscar el poder? El ensueño duró lo justo, aunque prefiero darle todavía una oportunidad al futuro.
Los signos preocupantes surgieron en el propio anuncio presidencial y en las tomas de posesión y relevos de carteras. La falta de transparencia y ausencia de explicaciones en la alocución inicial de Sánchez fue el primer aviso. Su permanente empeño por negar la realidad de los hechos («Hemos vencido al virus», «Salimos más fuertes», «Éste es el Gobierno de la recuperación») mucho tiene que ver con la maquiavélica suposición de que al pueblo sólo le mueve el pan y toros. Después, por referirme únicamente a un caso, merece atención el discurso del nuevo ministro de la Presidencia, al que las crónicas describen como estrella ascendente del nuevo firmamento. Resumió su ideario político con una frase lapidaria, con la que probablemente pretendía apedrear a alguien. «Estos nombramientos ni se piden ni se rechazan», dijo en un alarde de sumisión al jefe, más propio de una secta que de un partido político. Fue una perfecta descripción de la obtención del poder como premio a la obediencia. Pese a ello, el tiempo nos ha de aclarar si la inclusión en el Gabinete de representantes de tendencias del PSOE mínimamente críticas con las decisiones de la Moncloa responde a un tímido impulso pluralista y de rectificación de la actual deriva. De momento, los indicios avisan de que se trata de potenciar al mando y sofocar cualquier atisbo de democracia interna. Las reacciones gubernamentales tras la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estado de Alarma, o su resistencia unánime a condenar la dictadura cubana, así lo ponen de relieve. Es previsible que por este camino la unidad del partido se refuerce internamente, una vez conseguida la inmunidad de rebaño, aunque lo haga a costa de su distanciamiento de la sociedad.
En un mundo asolado por dos crisis sucesivas, una financiera y otra sanitaria, Montesquieu lleva cada vez más las de perder en su pelea con Maquiavelo. La reyerta entre esas dos almas enfrentadas, que recuerdan también las dos escuelas del socialismo histórico español, amenaza con destruir las democracias liberales si las prácticas del italiano terminan por consolidarse. Jean-François Revel, en un prólogo memorable al diálogo infernal que comentamos, describió con precisión el catálogo de herramientas mediante las que los enemigos de la sociedad abierta tratan de desvirtuar los sistemas democráticos. Entre ellas no pocas evocan los tiempos que vivimos. La conversión de los partidos políticos en sectas ideológicas; el quitar prácticamente al Parlamento la iniciativa de la leyes, reduciendo su papel a la homologación pura y simple de los proyectos o decretos gubernamentales; la politización del papel económico y financiero del Estado, tan evidente en el manoseo propagandístico de los fondos de recuperación europeos; la utilización de las normas fiscales para promover venganzas partidarias; el cercenamiento de la independencia de la magistratura; el reclutamiento de diputados incondicionales, que ni piden ni rechazan; o las tendencias a instaurar una civilización policial, tan evidentes durante la pandemia frente al ejercicio de la responsabilidad y solidaridad ciudadana, son algunos de los métodos, maquiavélicos todos ellos, que desquician el funcionamiento del sistema y ensalzan el cesarismo de turno. El mejor antídoto contra esas perniciosas enfermedades democráticas sigue siendo la libertad de expresión y el cultivo de una sociedad bien informada. Esto lo entendió bien Rodríguez Zapatero y puso gran empeño en dificultarlo, hasta el punto de ser el presidente más intervencionista contra la independencia de los medios de cuantos hemos padecido en nuestra democracia. Ojalá Sánchez no se inspire en sus métodos.
El partido del Gobierno es el principal responsable de dichas desviaciones, pero de ninguna manera el único. Nadie en el arco parlamentario se muestra dispuesto a reformar unas leyes electorales que desvirtúan en gran medida el sentido del sufragio, depositando en las cúpulas partidarias un poder omnímodo sobre la elaboración de la listas; nadie (ni Ayuso ni Sánchez) ha de someterse a una comisión de investigación independiente sobre sus responsabilidades e ineficiencias en la lucha contra la pandemia; tampoco es de esperar que los grandes partidos renuncien a su esperpéntico derecho de veto en la configuración del Poder Judicial; y todavía estamos esperando a que un diálogo honesto y plural sobre los conflictos territoriales tenga lugar en el templo de la democracia, que es el Parlamento, y salga de las covachuelas de la conspiración; o que alguien nos explique cómo fue posible que una mafia policial ocupara los despachos aledaños a los máximos dirigentes del Ibex 35, a espaldas de los accionistas de las empresas y de los organismos reguladores.
Las tareas del nuevo Gabinete son por lo demás ingentes, y corto el tiempo que tiene por delante para llevarlas a cabo; en la economía, los derechos sociales, la política internacional y, sobre todo, la configuración y consolidación del Estado democrático frente a la amenaza secesionista. Algunos de los problemas son fruto de las circunstancias o de terremotos con epicentros lejanos. Otros han sido creados por los políticos mismos, y no pocos por la facundia del periodismo militante que inunda las televisiones en competencia con las antisociales redes sociales. Por dichas razones en su regreso del Infierno el presidente Sánchez, si no quiere verse arrojado de nuevo a él por el futuro de la Historia, debería alinearse más estrechamente con Montesquieu en la disputa intelectual sobre la moralidad de la política y el disfrute del poder. Ya dijo el presidente Eisenhower, héroe mundial de la lucha contra el fascismo, que quienes cometen la imprudencia de renunciar a los principios por defender sus privilegios acaban por perder ambas cosas.
El País, 19/07/2021
Pedro Sánchez no fue el autor material de su tesis para obtener el doctorado universitario, y su autobiográfico Manual de resistencia fue obra de una brillante periodista que militó es su grupo parlamentario. Estas nimiedades son escaparate de la calidad intelectual y moral de nuestro presidente de Gobierno en funciones, que aspira a serlo de nuevo mediante el procedimiento Frankenstein: reconstruir un zombi a base de los despojos de unos cuantos incipientes cadáveres. Su ausencia de criterio le puede llevar a apoderarse de lo peor de la historia del PSOE y desdeñar lo mejor de su tradición, que es su contribución a la modernización de España, al restablecimiento democrático y a la reconciliación entre vencedores y vencidos de una espantosa guerra civil.
