El encuentro - Álvaro Briones - E-Book

El encuentro E-Book

Álvaro Briones

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Álvaro Briones ofrece en este texto un recorrido a lo largo de tres senderos políticos: el liberalismo, el socialismo y el humanismo cristiano. Un recorrido que va develando los personajes y los puntos claves que han construido estas vertientes doctrinarias, cuya incidencia ha marcado más de dos siglos de la historia social de la humanidad.  ¿Cuál es el propósito del autor al desplegar este itinerario? Demostrar que después del desencuentro de estos tres pensamientos políticos, es posible (y deseable) su encuentro en un mundo cada vez más carente de referentes ideales que apuesten a la libertad, a la igualdad, a la democracia reformista y al espíritu crítico, puntos de convergencias que Briones explica en estas páginas. Un libro escrito con lenguaje claro e informado, que invita al lector a reflexionar y que ciertamente aportará al debate político dentro y fuera de Chile.

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Seitenzahl: 330

Veröffentlichungsjahr: 2022

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ÁLVARO BRIONES

EL ENCUENTRO

Liberalismo. Socialismo. Humanismo Cristiano

PRÓLOGOS

José Miguel InsulzaIgnacio Walker

Índice de contenido
Portada
Portadilla
Legales
Prologos
José Miguel Insulza
Ignacio Walker
Presentación del Autor
Primera Parte LA SEPARACIÓN
EN PRINCIPIO FUE EL LIBERALISMO
Thomas Hobbes y los seres humanos, por primera vez iguales y con iguales derechos
John Locke, el Estado y la división de poderes
Jean Jacques Rousseau, la soberanía del pueblo y la democracia directa
Adam Smith y la libertad llevada a la economía
LUEGO FUE EL SOCIALISMO
Henry de Saint Simon. Quienes están capacitados para organizar la sociedad y para el trabajo productivo, tienen derecho a gobernarla
Charles Fourier y la sociedad de amantes y trabajadores
Robert Owen, las cooperativas y el nuevo mundo moral
Babeuf y la conspiración de los iguales
La pasión de Auguste Blanqui
Liberales socialistas: John Stuart Mill
Liberales socialistas: los latinoamericanos
Y LUEGO EL MARXISMO Y EL LENINISMO LOS SEPARARON
Socialismo utópico, socialismo científico
Y el marxismo pasó a ser dominante dentro del socialismo
La separación definitiva: Lenin y la dictadura del proletariado
PERO EL SOCIALISMO DEMOCRÁTICO SIGUIÓ EXISTIENDO
El socialismo fabiano
Bernstein y el revisionismo del marxismo
La Segunda y Tercera Internacional y la separación entre socialismo democrático y comunismo
Carlo Rosselli y el socialismo liberal
Y EL HUMANISMO CRISTIANO SE HIZO PRESENTE
La doctrina social de la Iglesia y los católicos en la política durante la primera mitad del siglo XX
Jacques Maritain y el humanismo cristiano
El Partido Democratacristiano
Y LUEGO EL NAZISMO Y EL FASCISMO EN EUROPA
Mussolini y el fascismo
Hitler y el nazismo
¿Por qué tanta atención al nazifascismo?
Los muros contra el totalitarismo
LA POSGUERRA Y EL ENCUENTRO POSIBLE ENTRE LIBERALISMO, SOCIALISMO Y HUMANISMO CRISTIANO
Después de la Guerra Mundial, la Guerra Fría
Extinción de la Unión Soviética y decadencia del comunismo
La socialdemocracia alemana nuevamente como ejemplo
El neoliberalismo vuelve a separarlos, pero queda atrás
Segunda Parte EL ENCUENTRO
EL ENCUENTRO ES POSIBLE
PRIMER MOMENTO DE ENCUENTRO: LA LIBERTAD
Un principio al cual subordinar las diferencias
John Rawls, la libertad individual y la libertad social
Segundo momento de encuentro: la igualdad
TERCER MOMENTO DE ENCUENTRO: EL ESTADO, LA ECONOMÍA Y LA SOCIEDAD
CUARTO MOMENTO DE ENCUENTRO: LA DEMOCRACIA Y EL REFORMISMO
QUINTO MOMENTO DE ENCUENTRO: PENSAMIENTO CRÍTICO Y LAICISMO
Colofón

EL ENCUENTRO.

Liberalismo, socialismo, humanismo cristiano

Álvaro Briones

Primera edición digital: Marzo 2022

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

©Álvaro Briones

Inscripción Nº 2021-A-6357

ISBN: 978-956-261-026-1

EDICIONES NUEVA DOCUMENTAS SpA

[email protected]

Edición y diagramación: Ediciones Nueva Documentas SpA

Prólogo

JOSÉ MIGUEL INSULZA

Este es un ensayo histórico escrito por Álvaro Briones con un propósito muy actual, y que no puede sino ser bienvenido: abrir un debate indispensable para el socialismo democrático.

Como ensayo de historia se ocupa de las ideas que dominaron las corrientes democráticas de dos siglos, y entraron en conflicto con corrientes totalitarias, pero también entre ellas mismas, por su distinto origen y relación con muy diversas instituciones. El desarrollo de las ideas socialistas, socialcristianas y liberales a lo largo de ese período abarca la primera parte de este libro.

Este complejo debate ideológico apunta también, con una obvia finalidad política, a mostrar cómo estas corrientes, antes muchas veces confrontadas, confluyeron hacia el proyecto nacional y global de sociedad que, a partir de un momento trágico de la historia reciente y por medio siglo, gobernó exitosamente sobre los mayores centros de poder mundial e irradió desde allí su visión hacia otras regiones de la tierra.

El propósito de Álvaro Briones es demostrar que la crisis actual de la democracia y la evolución del ideario progresista, hacen necesario y posible, como hace un siglo, encontrar una unidad de estas ideas para responder nuevamente a los extremos autoritarios y a los populismos exacerbados que hoy se disputan la hegemonía en muchas de nuestras sociedades.

Se trata de un esfuerzo interesante, porque si bien el paradigma que Briones quiere revivir se generó hace menos de un siglo en Europa, las ideas liberales, socialistas y socialcristianas evolucionaron en el curso de cuatro siglos y sólo vinieron a confluir ya avanzado el siglo XX, en circunstancias muy especiales, derrotada la amenaza fascista y en plena Guerra Fría.

El recorrido histórico de este libro parte de los fundadores ingleses del liberalismo, que cuestionaron el carácter divino de la monarquía y, a partir de las crisis del convulso siglo XVII, formularon una nueva visión de los orígenes de la sociedad y el gobierno; que luego sus sucesores franceses alargaron para servir de fundamento a la Revolución. La filosofía liberal estuvo en el origen de todas las grandes transformaciones de ese tiempo, extendidas en Europa y luego en América, cuyas nuevas naciones, en el norte y en el sur, nacieron bajo el influjo de ese pensamiento. No hay duda de que los primeros pensadores socialistas, los utópicos, surgieron de esa misma filosofía, imaginando sociedades perfectas a la luz de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución francesa. Pero, a diferencia de los liberales, fueron personajes marginales, ligados a movimientos también pequeños y que no tendrían mayor trascendencia, hasta que las realidades de la Revolución Industrial, ya en pleno siglo XIX, generaron las primeras organizaciones obreras. El socialismo que surge de esa nueva realidad generará otra corriente filosófica completamente opuesta a los ideales políticos y económicos del liberalismo clásico.

Karl Marx convivió con otros ideólogos socialistas o anarquistas y compartió los primeros esfuerzos de organización del movimiento obrero, en medio de las tremendas contradicciones de la Revolución Industrial y la expansión imperial del capitalismo. Pero respondió a esas realidades con una teoría general que conservó validez mucho después de su tiempo e inspiró a todos los movimientos socialistas contemporáneos Hay un socialismo distinto antes y después de Marx y Engels; esa filosofía no sólo se diferencia del liberalismo, sino que lo contrasta; y hace lo mismo con el cristianismo, al rechazar cualquier ideología tributaria de una religión.

Si bien es cierto, como afirma nuestro autor, que estas tendencias separaron al socialismo de cualquier alianza con otras fuerzas progresistas, ello se debió más al impacto que provocó globalmente el surgimiento de la Unión Soviética después de la Primera Guerra y luego, después de las democracias populares en Europa y la República Popular China en Asia. La filosofía marxista, transformada en marxismo-leninismo y dictadura del proletariado, fue el proyecto alternativo que dominó la escena estratégica mundial durante siete décadas. La transformación leninista dividió al Partido Social Demócrata ruso en fracciones de mayoría bolchevique y minoría menchevique, y terminaría con una ruptura hacia la izquierda de la Internacional Socialista y la creación de una Internacional Comunista, que combatiría fuertemente a la anterior, al menos hasta que la realidad de la agresión fascista permitiría la creación temporal de los llamados Frentes Populares. Pero el leninismo no se impondría en el Occidente Europeo, donde los partidos socialistas y laboristas rechazarían sus propuestas. No fue esta una disputa sobre el marxismo (de hecho, la interpretación marxista figura como una de las fuentes del programa del Partido Socialdemócrata Alemán), sino sobre la alternativa de establecer una dictadura del proletariado. Los socialistas seguirían postulando la necesidad de alcanzar el poder por vías democráticas y con el paso del tiempo y especialmente ante la experiencia dictatorial del socialismo de Estado, esa brecha se haría más profunda. Ante la experiencia leninista, esta división no era ya una cuestión de método, sino de principios.

Aunque los partidos populares, socialcristianos y democratacristianos –que representan vertientes distintas del pensamiento católico y/o cristiano– formaron los primeros gobiernos de posguerra en países como Alemania e Italia, el pensamiento socialcristiano es el último en llegar a una confluencia democrática. Recién a fines del siglo XIX la publicación por parte del Papa León XIII de la encíclica Rerum Novarum (1891) reconoció las profundas desigualdades generadas por el sistema liberal y abogó por una cierta acción del estado para aliviar el sufrimiento de los más pobres. No obstante, la referencia a un “Estado subsidiario” usada en ese texto, muestra un cristianismo bastante menos progresista que el que se alcanzaría en algunos países muchas décadas después. Recién la ratificación de esas posturas cuarenta años después en una nueva encíclica, la Quadragésimo Anno del Papa Pío XI, daría lugar a los primeros movimientos políticos y habría que esperar a la decadencia del fascismo para que ellos asumieran un papel más protagónico.

Un proceso paralelo tendría lugar en América Latina. Pero el socialcristianismo europeo es esencialmente un movimiento conservador, que, aunque es parte del sistema social y económico europeo de posguerra y, más aún, encabezó la mayor parte de las reformas iniciales, siempre se ubicó en la derecha del proyecto europeo. Por cierto, hay matices: el Partido Socialcristiano alemán está a la derecha del Demócratacristiano; la Democracia Cristiana de Italia es un partido más de centro; y desde luego en América Latina tiene referentes en la centroizquierda (Chile) y en otros lugares es más conservadora, sin dejar de lado, sin embargo, su postura generalmente democrática.

Las tres fuerzas confluyeron en Europa, devastada después de la Segunda Guerra Mundial, que dejó tras de sí millones de muertos y un panorama de destrucción, violencia y desgobierno; una Europa que al mismo tiempo enfrentaba la división provocada por la ocupación soviética en el Oriente, que amenazaba con extenderse hacia las regiones menos desarrolladas del Sur.

El surgimiento en Europa Occidental de gobiernos de unidad encabezados por partidos socialcristianos, liberales y socialdemócratas, que ya existían desde antes de la guerra y se habían opuesto al fascismo, permitió la estabilización y reconstrucción de Europa Occidental. Por cierto, el apoyo material, político y militar de Estados Unidos fue esencial en esta empresa; pero sin los consensos esenciales alcanzados al interior de los países y la disposición a participar en programas conjuntos y un rápido proceso de integración, la reconstrucción europea no habría sido posible.

Estos procesos paralelos no obedecían solo a un mismo partido, ni mantuvieron siempre las mismas tendencias: los democratacristianos comenzarían encabezando el gobierno en Alemania e Italia, mientras los socialistas mantendrían por largo tiempo la mayoría en el norte; y en Francia la unidad se forjaría entre corrientes de centro y derecha de muy distinto signo. Estas fuerzas competirían entre sí en elecciones reñidas y más adelante se sucederían en el poder unas a otras; pero la confluencia de ellas en torno a un mismo paradigma económico y social permitió dar nueva gobernabilidad y progreso a Europa.

Este otro paradigma era claramente crítico del desarrollo económico y político anterior al conflicto bélico, asignaba sus causas al exacerbado nacionalismo entre los estados, a la noción de que el capitalismo debía desarrollarse sin trabas (laissez faire, dejar hacer) y a los graves males sociales que, como consecuencia de esa concepción, afectaban a la mayoría de sus poblaciones. Pero rechazaba también la destrucción revolucionaria del capitalismo que se proponía desde la izquierda y sostenía una forma alternativa de capitalismo regulado, con Estados fuertes capaces de orientar la producción y controlar la distribución; mientras reemplazaba el balance de poder que hasta entonces había imperado en las relaciones entre las potencias europeas por una integración económica y política que trajera consigo una paz duradera. Y más allá de diferencias de aplicación y de la legítima contienda democrática, las tres corrientes democráticas coincidían en este paradigma de gobernabilidad, regulación e integración que forjó, en cincuenta años, la Europa que hoy conocemos.

A la conjunción de socialcristianos y socialdemócratas en el viejo continente hay que agregar otra corriente esencial, surgida antes de la Guerra y muy vigente en el mundo anglosajón desde el New Deal de Franklin Délano Roosevelt. Una pléyade de economistas liberales encabezada por John Maynard Keynes había roto con las más preciadas recetas del liberalismo clásico: la fe ciega en el mercado que, dejado a su propio funcionamiento, podía regular adecuadamente la economía sin participación del gobierno. Ya antes de la crisis, en 1926, Keynes proclamaba el fin de laissez faire, sosteniendo que había asuntos demasiado importantes que debían decidir los países sin confiar en la “mano invisible del mercado”; y más extensamente, en su obra capital, Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, donde sostiene que el mero funcionamiento del mercado no garantiza ni el pleno empleo ni la buena distribución del ingreso. En pocas palabras, Keynes y los economistas liberales que le siguieron cuestionaron activamente el funcionamiento racional de los mercados, especialmente en situaciones de crisis y expusieron, por primera vez en la historia ya centenaria del capitalismo industrial, la acción reguladora del Estado sobre la economía.

El New Deal proclamado por Roosevelt al ser elegido en 1932, cambiaría el rostro de la economía norteamericana y entraría en plena vigencia global con el proceso de reconstrucción capitalista antes y después de la posguerra, desde los Acuerdos de Bretton Woods hasta el Plan Marshall. El Estado que surge de ese proceso no es un Estado subsidiario, sino uno de bancos centrales, programas sociales y regulaciones económicas. El mercado sigue siendo el instrumento fundamental de generación y distribución de la riqueza, pero se somete ahora a un conjunto de regulaciones. El Estado tiene ahora políticas industriales, monetarias, sociales, laborales y antimonopólicas que “encapsulan” al liberalismo y lo aproximan a las otras corrientes ideológicas de centro e izquierda. Los impuestos progresivos y la organización de los trabajadores son también rasgos característicos de ese período.

Es indudable la contribución de ese “liberalismo encapsulado” al desarrollo económico y social de las naciones occidentales en ese período y facilita aún más la convergencia de liberales, democratacristianos y socialistas en Europa, como participantes entusiastas del proyecto de Estado de bienestar. El proyecto nacional de posguerra imperó en Europa, Estados Unidos e incluso de gran parte de América Latina por casi un medio siglo, aunque con grandes vicisitudes y controversias a izquierda y derecha.

La Guerra Fría jugó un papel central en esas confrontaciones, por la incapacidad del nuevo modelo para extender sus ventajas y beneficios a un Tercer Mundo crecientemente autónomo. Aunque no hay duda de la voluntad democrática de los constructores de las sociedades de posguerra y aunque la unidad europea fue fuente de inspiración para muchos, su contienda con el comunismo soviético los llevó a apartarse de los procesos de liberación y descolonización que, con distintas ideologías, convirtieron a un mundo lleno de colonias en uno de estados independientes, muchos de los cuales encontraron su inspiración filosófica al margen de esas corrientes.

La decadencia de ese proyecto nacional no fue producto de su exitosa confrontación con el mundo comunista, ni de sus limitaciones para asimilar la nueva realidad global. Ella vino desde dentro del modelo mismo, cuyo propio éxito generó propuestas de retorno a la libertad económica que medio siglo antes habían llevado a la catástrofe. La expresión “neoliberalismo” tiene precisamente ese significado: es el retorno al liberalismo carente de todo límite que había imperado durante gran parte de la primera revolución industrial. Y su imposición a partir de la década de los Ochenta, primero en Inglaterra y Estados Unidos, se extendería por gran parte del mundo. Las medidas de liberalización que trae consigo, la eliminación de los impuestos progresivos, la desregulación de la economía, el ataque a los sindicatos, la apertura externa sin limitaciones, serían asumidas como nuevas verdades económicas, generando niveles de desigualdad similares a los que existían un siglo antes y acentuando la división que el modelo de posguerra había podido reducir.

América Latina ya estaba integrada por naciones independientes desde comienzos del siglo XIX y, por lo tanto, fue más proclive a seguir las tendencias globales que el resto del Tercer Mundo. Aquí el liberalismo de posguerra se proyectó desde antes de la posguerra en proyectos nacionales que buscaban la democratización y el crecimiento hacia adentro. No es extraño que desde aquí hayan surgido, en los años de posguerra, instituciones reformistas como la CEPAL y la UNCTAD y los intentos desarrollistas de la Alianza Para el Progreso. Pero esos esfuerzos iniciales serían sepultados, apenas dos décadas después, por las “obligaciones” de la Guerra Fría y por las dictaduras de “seguridad nacional” que dominaron gran parte de la región.

Esta región sin democracia y profundamente desigual, estaba más preparada que otras para recibir con entusiasmo el neoliberalismo y mantener parte importante de sus rasgos incluso después del proceso de democratización ocurrido en la parte final del siglo pasado. No obstante, el crecimiento económico vivido en los primeros años de este siglo permitiría, con nuevos gobiernos progresistas y una caída importante de la pobreza, imaginar tiempos mejores para una región que, como hemos dicho muchas veces, no es pobre, sino profundamente injusta. La proyección retardada de la Gran Recesión de 2008 desnudaría todos los defectos de nuestras sociedades. El hecho de que cuatro países de América Latina estén entre los cinco más desiguales del mundo ahorra mayores comentarios.

La segunda parte del libro de Álvaro Briones se dedica a examinar hasta qué punto, en una nueva situación de profunda crisis por el agotamiento del neoliberalismo, que ya no genera crecimiento ni mucho menos distribución, es posible levantar un nuevo proyecto nacional; y si las fuerzas de centroizquierda que en otro momento generaron el proyecto progresista democrático en Europa y, por un tiempo, parecieron avanzar en él en América Latina, están ahora disponibles para una acción unitaria similar en Chile.

Creo que, a los progresos en la confluencia de ideas que el autor nos señala, es posible agregar algunas condiciones favorables.

En primer lugar, hay que considerar la profundidad de la crisis de proyecto que hoy nos aqueja. Las opciones más hacia la izquierda extrema parecen agotadas. Desde que hace cuatro años Xi Jing Ping proclamara a China como la “segunda economía de mercado del mundo” nadie duda de que, por mucho tiempo, las reglas del mercado seguirán jugando un papel fundamental en cualquier modelo económico; y lo que en realidad puede ser objeto de discusión es la relación entre lo privado y lo público, es decir el papel que juega el Estado en la regulación de la competencia en los mercados, la inversión, la innovación, el empleo decente, la distribución del ingreso y la gestión de los bienes públicos (salud, educación, seguridad, movilidad, vivienda y medio ambiente).

En segundo lugar, no parece haber espacio para cambios demasiado abruptos. Todos los estudios revelan que, más allá de discursos radicales de cambio total y de discursos apocalípticos que abominan de cualquiera transformación, las tendencias apuntan a entender la necesidad de cambios sustantivos, pero no a tirar por la borda lo mucho que se ha construido en los últimos tres cuartos de siglo. Tal vez la mejor demostración esté en los discursos que los antiguos exponentes del neoliberalismo y la democracia protegida hacen ahora en favor de la democracia sin apellidos y la reforma social; mientras desde la izquierda se abraza con avidez la propuesta de un Estado social y democrático de derecho. Seguramente no todos son socialdemócratas; pero todos quieren parecerlo.

El espacio existe entonces y parece indispensable porque el mundo avanza a gran velocidad, en el marco de la hoy llamada Cuarta Revolución Industrial. El uso de este término es significativo: ya hemos superado la fase de la Tercera Revolución Industrial, caracterizada por la digitalización, para enfrentar una época en que el avance científico y técnico abraza una mucho mayor multiplicidad de áreas que se mueven a gran velocidad, haciendo que cada día haya más innovación y más obsolescencia.

Hay también enormes riesgos y desafíos. La misma inercia que impide adherir al cambio drástico, tiene su fundamento en el consumismo de la mayoría y la codicia de las minorías. El peligro está en que apenas algo cambie un poco para bien (aumento salarial, fin de la pandemia, mejoramiento del clima, etc.) muchos quieran volver atrás y olvidar todo lo que trajo consigo la crisis.

Esta era de grandes cambios trae consigo la competencia que se desencadena entre las mayores potencias mundiales por el predominio tecnológico y la hegemonía global. Lo que alguna vez fue el predominio en la Eurasia y luego el conflicto Este/Oeste puede devenir en lucha abierta entre China y Estados Unidos, que arrastre al resto del mundo. La confrontación es ajena al socialismo democrático y la mantención de una autonomía estratégica parecer esencial para evitar vernos envueltos en una nueva Guerra Fría.

Por último, en medio del torbellino de comunicaciones en que vivimos, la posibilidad de que seamos arrastrados hacia aventuras populistas o autoritarias, de distinto signo, sigue oscureciendo el futuro de nuestros países. El “sendero estrecho” que nos describe recientemente Damon Acemoglu, requiere todo el desprendimiento, la unidad y el espíritu democrático que las fuerzas del centro y la izquierda puedan alcanzar.

El socialismo tiene un camino democrático, valorizado por una experiencia de siglos. Nos corresponde restablecer ese camino. Doy nuevamente la bienvenida al indispensable debate que nos propone este libro.

Prólogo

IGNACIO WALKER

Este es un libro que me habría gustado escribir. He escrito otros parecidos, o en la misma línea(1), pero no tan bien logrado como este; sobre todo, con la perspectiva de haber sido escrito más de 30 años después, haciéndose cargo de los cambios que han tenido lugar en el mundo, pero dentro de una matriz común.

Llevo 35 años abogando por el entendimiento y la convergencia entre democracia cristiana y socialismo democrático, después de una historia de desencuentros. En momentos en que la izquierda dura (Partido Comunista y Frente Amplio) se abre paso en la política chilena, y se hace más esquivo ese entendimiento que ha traído progreso y bienestar a Chile como nunca antes en nuestra historia, se hace aún más necesario (re)configurar ese “sujeto reformador” (siguiendo la idea de Ernesto Ottone) que sea capaz de hacer converger al ideario socialdemócrata, socialcristiano y social liberal(2).

Este libro sirve como marco teórico de ese proceso de convergencia democrática, porque de eso se trata, en definitiva: de converger en torno a la democracia y sus instituciones frente a la oleada nacional/populista que, una vez más, se yergue como la principal amenaza.

Si el marxismo y el leninismo interrumpieron el diálogo y provocaron el desencuentro entre liberalismo y socialismo, como bien dice el autor, la experiencia del nazifascismo y del totalitarismo (incluido el comunismo de los socialismos reales) facilitaron el reencuentro –siempre tenso, pero lleno de posibilidades– entre socialdemocracia y democracia cristiana. Prueba de ello es que hoy, en Alemania, bajo el liderazgo de Ángela Merkel, se vive la tercera “Gran Coalición” entre ambas familias políticas en el periodo de la posguerra. En los Estados Unidos, Trump y el trumpismo fueron sustituidos por Joe Biden como la personificación de ese encuentro (¿demócrata liberal? ¿socialdemócrata?)(3) Un católico, moderado, de centro, demuestra que esa convergencia entre fuerzas democráticas y progresistas es posible. En Chile, por cierto, la experiencia en torno a los gobiernos de la Concertación de Patricio Aylwin, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, demuestra que ello es perfectamente posible (y deseable).

El neoliberalismo, con su reduccionismo economicista, en tensión con el liberalismo clásico entendido como una formulación filosófica, moral, política, social y económica, ha puesto a prueba la relación entre las dos familias políticas (democracia cristiana y socialdemocracia). No debemos olvidar, sin embargo, que fue la búsqueda de alternativas frente al neoliberalismo y el neopopulismo lo que caracterizó a los gobiernos de la Concertación (1990-2010) en torno a la opción de crecimiento con equidad y los derechos humanos entendidos como el fundamento ético de la democracia.

Al reencuentro entre socialdemocracia y democracia cristiana en las últimas décadas, se suma, en años más recientes, la posible convergencia con el social liberalismo(4). La aparición de Evopoli y el Partido Liberal (escindido del Frente Amplio), en los últimos años, puede contribuir a enriquecer ese encuentro, como bien insinúa el autor. La adopción de una economía social y ecológica de mercado por parte de la CDU alemana, hace una década, y la aparición más reciente de una socialdemocracia verde y de un social liberalismo verde, especialmente en Europa, ayudan a poner en sintonía esa convergencia con los nuevos desafíos del siglo XXI, en el centro de los cuales está el cambio climático y la lucha por un desarrollo sustentable.

El enemigo común de estas tres familias es, una vez más, como en el pasado, la ola nacional-populista, de derechas o de izquierdas, caracterizada por el desprecio a las instituciones de la democracia representativa. Lo que antes fue el marxismo, el leninismo y el nazi-fascismo, ahora lo es el nacional-populismo (tan en boga en América Latina en el último siglo). Hoy, al igual que ayer, lo que une a estas familias políticas es la defensa de la democracia entendida como el régimen político que mejor protege los derechos humanos. Hacia el futuro, esto último supone hacerse cargo de la nueva agenda de derechos humanos sobre temas de género, pueblos originarios y medio ambiente.

En el caso de Chile, las posibilidades de encuentro o reencuentro (pero también de desencuentro) entre ambas familias políticas tienen una directa relación con la cuestión central, en un sistema multipartidista como el nuestro, de las políticas de alianzas; específicamente, entre el Partido Socialista (PS) y el Partido Demócrata Cristiano (PDC).

Ya en 1953, en el Senado, Eugenio González –fundador del PS y un preclaro precursor del socialismo democrático– se preguntaba:

¿Existe algún obstáculo insalvable para que los partidos de avanzada social, afines en sus concepciones económicas, coincidentes en sus principios libertarios, similares en sus métodos políticos, representativos, en su conjunto, de la inmensa mayoría nacional, encuentren las bases positivas de una acción solidaria en el Parlamento y en el Gobierno?

Cuatro años después advertía:

De ellos depende, fundamentalmente, que nuestra democracia representativa –de la cual tanto nos enorgullecemos, a pesar de sus graves tergiversaciones– siga su curso regular, perfeccionando las instituciones libres y abriendo cauce a las grandes transformaciones económico-sociales, o vaya a desembocar en conflictos que imposibiliten la continuidad del Estado de Derecho.

Fue el quiebre democrático, el golpe de Estado de 1973, y el advenimiento de la dictadura de Pinochet los que replantearon radicalmente las políticas de alianzas del PS y del PDC. El proceso de renovación socialista en los años 80 –que no dudo en calificar como el más profundo proceso de renovación política e intelectual en el Chile contemporáneo– condujo a la política de alianzas del PS por otros derroteros, con el trasfondo de una revalorización de la democracia entendida como “espacio y límite” del socialismo (Jorge Arrate). Ese proceso coincidió con el abandono por parte del PDC de la tesis del “camino propio” que había caracterizado al gobierno de la Revolución en Libertad de Eduardo Frei Montalva.

La Alianza Democrática de comienzos de los años 80, construida sobre la base del entendimiento entre Gabriel Valdés, Ricardo Núñez y Ricardo Lagos, y la Concertación por el NO de fines de esa década, surgida del histórico acuerdo entre Patricio Aylwin y Clodomiro Almeyda, crearon una nueva forma de entendimiento entre “los partidos de avanzada social”, como los había llamado Eugenio González en los años 50. Este entendimiento condujo, a no dudarlo, el periodo de mayor progreso y bienestar de la historia de Chile del último siglo, ello en torno a la Concertación de Partidos por la Democracia y bajo los gobiernos de Patricio Aylwin, Eduardo Frei R-T, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet.

Lo que sorprende en estos días (junio de 2021), con la abortada alianza electoral entre el PS, el Partido Comunista y el Frente Amplio, es que el PS no haya tomado nota de las recientes definiciones del PC en su XXVI Congreso concluido en diciembre último en favor de una “ruptura democrática y constitucional”, con una crítica frontal “a los sectores socialdemócratas que han adherido a la administración del neoliberalismo”. La actual política incluye, en las palabras de su presidente Guillermo Tellier, dirigidas al pleno del Congreso, rodear con “la movilización de masas” a la Convención Constituyente. Lo más parecido a esta política es la asonada neofascista de Trump y el trumpismo del 06/01 contra el Capitolio, que devino en violencia, muertes, y el más grande atentado contra la democracia estadounidense en dos siglos, como que el Partido Demócrata dedujo un impeachment contra Trump por sedición. De eso estamos hablando.

Por otro lado, el “portazo” –como ha sido calificado por la prensa– del PC y el Frente Amplio al PS, al PPD y al Nuevo Trato (una fuerza política escindida del FA), abre una nueva posibilidad en el sentido de una auténtica convergencia democrática de centroizquierda entre la social democracia, la democracia cristiana y el social liberalismo. El texto de Álvaro Briones debiera, meritoriamente, ser libro de cabecera para sus dirigentes, al que habría que sumar el de Muñoz y Ottone. Ambos dan con el tema de fondo: la defensa de la democracia, la reforma y el reformismo. Es ese el pegamento que debe unir a estas tres familias.

1. Ver “Socialismo y Democracia”. Chile y Europa en perspectiva comparada, Cieplan/Hachette, Santiago, 1989.

2 Ver Sergio Muñoz y Ernesto Ottone, Después de la Quimera, 2008.

3. Ver Carlo Invernizzi, “Joe Biden isn’t a liberal or a moderate. He’s a Christian Democrat”, en Foreign Policy, 16 de mayo 2020.

4. Ver Felipe Harboe, Andrés Velasco e Ignacio Walker, representativos de estas tres corrientes, “Convergencia Democrática”, El Mercurio, 12 de septiembre 2020.

La historia, que es vida, es decir, emergencia

constante de formas nuevas, rehúye todo

encuadramiento en rígidos sistemas. Para ser

eficaces, las ideas políticas tienen que

ceñirse al ritmo del devenir social; cuando

así no sucede, dejan de ser factores dinámicos

para constituirse en estériles dogmas,

en fórmulas muertas, en mecánicas consignas.

EUGENIO GONZÁLEZ

Socialista chileno

No existe pausa, sino movimiento:

Si el hoy desemboca en el mañana,

el mañana derriba al hoy

y todo sin cesar sigue avanzando,

avanzando,

avanzando.

NAZIM HIKMET

Poeta turco

Presentación

El liberalismo y el socialismo se están reencontrando, luego de casi dos siglos de separación. En sus comienzos fueron unidos por los principios de libertad e igualdad, dos términos que caracterizan esencialmente a ambas corrientes de pensamiento, y fueron separados, sucesivamente, por ideologismos y coyunturas políticas e históricas que los llevaron a verse como adversarios y aun como enemigos. Historia de separaciones a la que luego se agregó el pensamiento humanista cristiano, nacido originalmente al amparo de la Iglesia Católica, aunque desarrollado luego con credenciales de independencia de ella. Pero una convergencia natural, tanto en la política concreta como en el desarrollo del pensamiento, tendió a producirse al finalizar el siglo XX entre estas tres corrientes de pensamiento, así como entre sus expresiones políticas. Ello comenzó a ocurrir sobre todo luego que la desaparición de la Unión Soviética provocara el debilitamiento de la ideología marxista y cesara la influencia de esa ideología sobre el socialismo, a la vez que la ideología neoliberal comenzara a perder terreno como orientadora política en los países en que llegó a tenerla.

En la actualidad, al comenzar la tercera década del siglo XXI, queda poco de las diferencias entre ellas, tanto en la práctica política como en el desarrollo del pensamiento teórico. Es, por consiguiente, el momento en que debiera producirse un encuentro que genere una nueva fuerza política inspirada por los objetivos de libertad, igualdad y justicia social, y que persiga la materialización de esos objetivos por intermedio de una política reformista.

El liberalismo es difícil de rastrear en la historia como concepto y aún más difícil de encasillar como una ideología. De hecho no es una ideología, sino más bien una actitud frente a la sociedad. Una actitud asociada a la autonomía individual y por consiguiente a las ideas de libertad e igualdad que son intrínsecas a los seres humanos, aunque a lo largo de la historia humana hayan sido escasamente respetadas. No es una ideología porque no propone una forma específica de sociedad en la que sus ideales se materialicen. Es más, descree de fórmulas de ese tipo y adopta el ensayo y error como método para ir construyendo sociedades más justas e igualitarias. Un método que puede llegar incluso a oponer a liberales entre sí, como ha ocurrido a lo largo de la historia, y que ha dado lugar a extremismos que han acabado distorsionando los ideales originarios. Con esa misma libertad, a lo largo de los dos últimos siglos, diversas organizaciones han adoptado la denominación de liberal, aunque hubiese relevantes diferencias entre ellas.

El socialismo, cuyo origen es más fácil de rastrear, en sus inicios se reconoció en los mismos ideales de libertad e igualdad del liberalismo, pero los interpretó asociándolos a una clase social determinada, la de los trabajadores, esto es quienes poseen su capacidad de trabajar –­su fuerza de trabajo–­ como único patrimonio. El concepto de igualdad, desde la perspectiva del colectivo social más postergado o desposeído de la sociedad, se tradujo así en un nuevo concepto: justicia social. El socialismo sí fue una ideología que desde sus mismos inicios buscó prefigurar la sociedad ideal en la que esas ideas podían materializarse. Al igual que el liberalismo, en sus primeros momentos el socialismo concibió esa sociedad ideal como una ampliación de la democracia dentro del capitalismo y aun conviviendo con este. E igual como ocurrió con el liberalismo, las diferentes concepciones acerca de ese futuro ideal dieron lugar a diferentes organizaciones políticas que muchas veces se combatieron entre sí.

Se suele radicar en la encíclica Rerum Novarum de 1891 y en el papa León XIII, su autor, el origen de la doctrina social de la Iglesia Católica. Lo cierto es que, en esta encíclica y en la encíclica Quadragesimo Anno de Pío XI en 1931, quedó establecida la decisión de la Iglesia de intervenir en los problemas económicos y sociales del siglo y que, en esa decisión, creyentes católicos encontraron el marco que les alentó a generar sus propios movimientos políticos seculares. Y también a dar lugar a un pensamiento propio, el humanismo cristiano, que desde su origen postuló como sus objetivos la justicia social, la solidaridad y mejorar las formas de convivencia entre las personas y su entorno. Ese humanismo cristiano, a lo largo del siglo XX, compartió una historia de encuentros y desencuentros con el socialismo y el liberalismo.

La aparición del marxismo, a mediados del siglo XIX, y de los partidos que lo adoptaron como ideología poco después, influyó decisivamente en los partidos socialistas de ese momento y a lo largo del siglo que siguió. El proletariado, por una determinación histórica establecida por el marxismo, sustituyó a los trabajadores como protagonista del cambio social, que ya no fue buscado por vía de la ampliación de la democracia sino mediante el acto revolucionario. Ello significó que aumentaran las diferencias entre el liberalismo y el socialismo y también la escisión de este entre quienes se mantenían fieles a las ideas originales y quienes adoptaban al marxismo como ideología.

Más tarde, durante el periodo entre las dos guerras mundiales del siglo XX, se desarrollaron en Europa ideologías totalmente opuestas a los valores de igualdad y libertad, constituyéndose en las más depuradas expresiones de nacionalismo, racismo y totalitarismo político. Una fue el fascismo, encabezado por Benito Mussolini que había militado y sido dirigente del Partido Socialista Italiano; la otra, el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, o partido Nazi alemán que, no obstante no haberse originado en un partido socialista, al incorporar el socialismo en su nombre dio cuenta de la influencia de este en la Alemania de la pos Primera Guerra Mundial. Durante ese periodo la reacción del liberalismo, tanto en su pensamiento como en su política por intermedio de pensadores y partidos, fue acentuar las tintas en contra del estatismo totalitario que tanto el nazifascismo como la experiencia marxista de la Unión Soviética habían construido, y que, en este último caso, el liberalismo muchas veces asoció con el objetivo del socialismo no marxista. Una visión del socialismo que también tendieron a adoptar, luego, los partidos que se orientaban por el humanismo cristiano.

Desaparecidos el nazismo y el fascismo después de la Segunda Guerra Mundial, la confrontación del liberalismo y del humanismo cristiano en contra del estatismo comunista se agudizó en el marco de la llamada Guerra Fría. En ese contexto los partidos liberales terminaron confundidos con el pensamiento conservador, constituyéndose en sinónimo de derechismo; algo parecido ocurrió en algunas ocasiones y en algunos lugares con los partidos democratacristianos que habían asumido las banderas del humanismo cristiano. A mediados de la segunda mitad del siglo XX esa situación dentro del liberalismo generó una corriente extremista que terminó alejándose completamente de la idea liberal original, al grado que eligió autodefinirse como neoliberalismo. Tal corriente tuvo su mejor momento con la coincidencia de los gobiernos de Margaret Thatcher en Inglaterra y Ronald Reagan en los Estados Unidos, y se caracterizó por un rechazo completo al Estado y la suposición de que el mercado podía por sí solo resolver todos los problemas sociales. Ocurrió entonces que, así como el liberalismo de comienzos de siglo tendió a confundir al socialismo con el comunismo y a convertirlo en su enemigo, al finalizar el siglo el socialismo confundió al neoliberalismo con el liberalismo y lo declaró su enemigo. Igualmente actuó la democracia cristiana.

El fortalecimiento de organizaciones socialistas no marxistas que se reconocieron en el común denominador de socialdemócratas desde mediados del siglo XX, así como la desaparición de la Unión Soviética, que terminó con el espejismo de una sociedad llamada socialista, caracterizada por la propiedad social de todos los medios de producción sometidos a un régimen de planificación centralizada y guiados por un partido único, llevó a separar definitivamente la idea socialista del concepto totalitario del socialismo inducido por el marxismo.

En la actualidad es posible afirmar que, como el liberalismo, el socialismo ya no es una ideología pues no propone una sociedad ideal, y final, perfectamente definida en su estructura, sino que aboga por la reforma del capitalismo desde los principios de igualdad, libertad y solidaridad, en un proceso de reformas constante. Y que esa reforma permanente del capitalismo, desde esa misma perspectiva, es también el propósito de la democracia cristiana.

Lo que separa hoy al socialismo, al liberalismo y al humanismo cristiano, es muy poco. Las grandes diferencias presentes en sus orígenes, así como sus desarrollos paralelos e incluso antagónicos décadas y aún siglos atrás, hoy, en un mundo más informado y tolerante, han perdido la importancia que tenían entonces. Esas diferencias, en los albores de la tercera década del siglo XXI y más allá de frases que provienen de muy antiguo y conceptos que terminan convirtiéndose en lugares comunes, han devenido solo en matices. Matices que apenas los diferencian en su visión de la solución de los problemas sociales y en la forma de avanzar hacia el objetivo común de libertad e igualdad. Matices en cuanto a la intensidad de la participación del Estado y las regulaciones sociales, matices con relación a cuestiones que han tendido a denominarse valóricas, tales como el matrimonio homosexual, el aborto o la legalización de las drogas. Diferencias que podrían superarse mediante un diálogo guiado por la voluntad de unir antes que de separar.

Ese diálogo ya está presente en la sociedad y, de prosperar superando los matices, podría establecer las condiciones que permitan generar una nueva fuerza política progresista y reformista. Esa posibilidad existe porque las coincidencias fundamentales existen y porque esas tres corrientes de pensamiento son la expresión más avanzada de la cultura democrática en nuestros días. Esa posibilidad es necesaria porque la persistencia de una vida civilizada exige anular a los extremos políticos y vencer a los populismos y caudillismos de todo tipo que se han presentado con el nuevo siglo.

Las ideas que se expresan en las páginas que siguen pueden ser apresuradas y quizás no exentas de esquematismo. Pero no son inexactas y expresan una verdad irrefutable, aunque no fácil de aceptar: los partidos que hoy se reclaman de los idearios liberal, socialdemócrata y humanista cristiano, no pueden subsistir anclándose a realidades de hace uno o dos siglos atrás. El presente, para ellos, trae el desafío esencial de transportar sus principios y valores a una nueva realidad totalmente distinta. Si aceptan ese desafío y se plantan sólidamente sobre la sustantividad de la sociedad, la cultura y la moral contemporáneas, podrán comprobar que cualquier anclaje que lleve a privilegiar sus diferencias por sobre sus similitudes no solo es equivocado. Es también suicida.