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Tercer libro de la saga conformada por: Locos por Martina, Qué pasó con Martina y El Enigma de Martina. En el primer libro Martina desaparece como por arte de magia, en el segundo es buscada por sus amigos y en el tercero, por fin, se descifrar el enigma
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Seitenzahl: 98
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Iván González García
El Enigma deMartina
Catalogación en la publicación - Biblioteca Nacional de Colombia
González García, Iván Antonio, 1962-, Autor
El enigma de Martina / Iván González García. -- Primera edición -- Bogotá : Editorial Magisterio, 2023
128 páginas. -- (Colección oso de anteojos)
Incluye datos biográficos del autor.
ISBN 978-958-20-1460-5
1. Novela colombiana - Siglo XXI
CDD: Co863.5 ed. 23 CO-BoBN– a1125200
El Enigma de Martina
Autor: Iván González García
ISBN: 978-958-20-1460-5
Primera edición: 2023
Colección Oso de Anteojos
© Cooperativa Editorial Magisterio
Calle 99 # 49-78, La Castellana
Bogotá D.C., Colombia
www.magisterio.com.co
Diagramación: Jonnathan Moncaleano
Portada: Dayana Lucía González
Ilustraciones: Andrés Parra
Este llibro no podrá ser reproducido en todo o en parte, por ningún medio (electrónico, mecánico, web, fotocopia, etc) o de reproducción sin permiso escrito del autor.
Diseño ePub:
Hipertexto – Netizen https://hipertexto.com.co/
Al Salesiano, el colegio donde lo aprendí casi todo. En especial al padre Mario, mi maestro yamigo.
A Crespo, mi barrio, donde aprendí lo demás.
Para Ari del Mar.
“Quizás porque mi niñez
Sigue jugando en tu playa
Y escondido tras las cañas
Duerme mi primer amor
Llevo tu luz y tu olor
Por dondequiera que vaya”
Canción Mediterráneo
Joan Manuel Serrat
Cristóbal caminaba por el malecón de Crespo, el parque lineal de más de un kilómetro construido sobre nuestros recuerdos. Catorce hectáreas con playas y una extensa superficie erigidas sobre nuestras playas de la infancia: la de las monjas y la de atrás del estadio Miguel Medrano. En ese lugar, frente a nosotros, una noche de luna llena, estaba la casa Skandia, la vivienda a la que nos metimos buscando a la amiga que se nos había perdido. Lo terrible era que el parque había sido levantado sobre nuestros más queridos recuerdos, pisoteándolos para siempre. Ya no quedaban referentes físicos de nuestros recuerdos, que ahora solo vivían en nuestras evocaciones, nostalgias y corazones.
Eran aproximadamente las diez de la noche y había acudido al llamado de un compañero que tenía información acerca de una banda de extorsionistas al servicio del narcotráfico que se escondía en una casa frente al parque en la hermosa urbanización Eliana. Uno de nuestros informantes había visto unos hombres con las características de los que buscábamos, comprando víveres en el supermercadito del barrio. Los siguieron y sus rastros los llevaron hasta el parque; los perdieron al entrar a las zonas restringidas y cercadas donde estaban las residencias. Estábamos seguros de que estaban en alguna de esas casas, pero no sabíamos cuál exactamente.
Estaba distraído, vagando por mis recuerdos en el parque cuando sonó un estallido, hubo un fogonazo y se fue la luz. A lo lejos, vi a una mujer que corría por el huerto y a unos hombres que la perseguían. La mujer pasó por encima de una baranda, subió a una plataforma de concreto que era la parte superior de un túnel deprimido que pasaba debajo del parque. Pude ver la silueta de la mujer lanzándose al vacío y luego la de uno de los hombres que la seguían, quien también se lanzó. Corrí tras ellos y también me arrojé hacia la carretera. Caí mal, me golpeé la rodilla y quedé desorientado. Dudé si habían cogido hacia fuera o hacia dentro del túnel. Después de unos segundos de indecisión, resolví entrar a la oscuridad del interior; me escondí detrás de lo que parecía un muro. En la oscuridad alcancé a ver la silueta de la mujer pegada a la pared, como muerta de miedo; al otro o a los otros, que no había visto cómo habían llegado, también los sentía cerca, les podía oír la respiración y oler el miedo, pero no los podía ver. La penumbra lo envolvía todo, pero una luz rápida, de un carro que pasaba, me dejó ver su cara pálida y sus ojos abiertos por el espanto. Parecía Martina, mi amiga desaparecida años atrás, pero con más edad. Oscuridad, luz, oscuridad, luz intermitente cada vez que pasaba un carro. El rostro aparecía y desaparecía, con diferentes gestos, todos de miedo, de terror, de angustia. Su corazón palpitaba con fuerza, lo podía escuchar como al reloj de una bomba a punto de estallar, al igual que el mío. Cada vez estaba más seguro que era ella, más gruesa. Hasta creí verle las dos colitas que llevaba de niña, pero habían pasado muchos años desde su desaparición, era poco probable que…
—¡No!—gritó con horror—¡No, por favor!
Corrió hacia el interior del túnel, todos corrieron tras ella y ahora la oscuridad era total. Los seguí como pude, guiándome solo por mis oídos y mi intuición. De nuevo los relámpagos, aunque débiles, me permitían ver que se habían alejado: eran tres hombres, a ella no la veía, creo que ellos tampoco podían verla. Se detuvieron como desorientados, me detuve y saqué la pistola intuitivamente. De nuevo corrían, corrí tras ellos, aparecían y desaparecían, como al principio, según las ráfagas de luz que ahora eran más frecuentes. Otra vez oscuridad total, silencio; de repente, con la claridad apareció un bulto frente a mis ojos. Pude ver su cara con tapabocas y sus intenciones… Sin pensarlo, disparé, ahora la luz era total. Llegaba gente de todos lados, que se bajaban de los autos detenidos, atraídos por el sonido del disparo.
Tenía un agujero ennegrecido en su frente, cerca de su mano extendida se podía ver un revolver de cañón corto. Al levantar la mirada pude observar a la luz de las luminarias nocturnas a una multitud que había aparecido de la nada y que iba creciendo. Una romería de curiosos que sentía placer viendo cadáveres ajenos. De inmediato llamé a la central, aunque ya veía llegar las motos de los patrulleros del cuadrante.
—¿Lo hizo usted, teniente?—preguntó uno de los agentes.
—No lo pude evitar… me iba a disparar.
—No toque nada hasta que llegue el CTI, había dos más y perseguían a una mujer.
…
La desaparición de Martina había ocurrido a finales del siglo pasado, en 1978 exactamente, cuando aún cursábamos bachillerato. Martina se convirtió en una especie de hada, un tipo de misterio, que seguía existiendo en las conversaciones de todos en el barrio, en el colegio, en la ciudad. Aparecía y desaparecía en las nostalgias, en la imaginación. Un día Fabián creyó verla por el Gran Malecón en Barranquilla, un espacio con mucha gente buscando disfrutar del contacto directo con las riquezas naturales del entorno. Intentó acercarse, pero ella se movió rápido, como huyendo, y desapareció entre la gente. Otro día me llamó Alejo porque estaba seguro de que acababa de observarla a través de las vitrinas de un almacén de ropa, en el centro de Medellín. La siguió de lejos porque caminaba rápido.
Aquel domingo había invitado a Cristóbal y a Alejo a almorzar en casa, como se había vuelto costumbre cada tanto después de la extraña desaparición de Martina y de habernos involucrado, irresponsable e inconsecuentemente en su búsqueda… Y de recibir aquel inexplicable y decepcionante sobre que decía sin ninguna compasión “Estoy bien, tengan paciencia. Los quiero mucho, no se preocupen”, y esos labios rojos, como una firma, impresos sobre el papel que, supuestamente, nos envió y que no aclaraba nada, y por el contrario, confundía más; esos labios rojos que nos hicieron sentir tontos, que lograron alejarnos de la investigación y que nunca hemos podido olvidar.
Desde ese día no buscamos más y regresamos a nuestras vidas, a nuestras rutinas de estudiantes, siempre con gran decepción y con una sensación de oscuridad en nuestro pensamiento.
Mis amigos llegaron a punto del medio día, justo a la hora de servir el almuerzo, y mi mamá nos hizo pasar casi de inmediato a la mesa. La conversación de ese día, como siempre sucedía, aunque no estuviera directamente relacionada con Martina, o por lo menos eso intentábamos, siempre terminaba acercándose, acercándose, hasta llegar a ella.
—¡Ya está bueno!—dijo, enérgica, mi mamá mientras nos servía el suculento arroz con coco y carne puyada que tanto nos gustaba a todos—. Si siguen buscando, se pueden encontrar con lo que no se les ha perdido, porque a veces resulta que encuentren lo que tampoco han querido.
Nos miramos entre nosotros, con un interrogante en el rostro, medio sorprendidos y medio molestos.
—¡Qué quieres decir, mamá?—pregunté y a mi memoria llegó, de inmediato, la imagen del viejo Renault 4 IVA 318 de doña Clara, que siempre nos había llenado de interrogantes.
—¡Nada!—respondió mamá—. Que no le busquen tres patas al gato, sabiendo que tiene cuatro.
—Explícate, por favor, y ya déjate de esos refranes—le dije un poco alterado.
—Lo que quiero decir—respondió con los dientes apretados—es que ya deben olvidarse de ese asunto. Son solo unos dichos de las abuelas, de esas viejas sabias que dan consejos a los jóvenes para pedirles que no se entrometan en algo que no les conviene, o simplemente que no busquen crear problemas donde no los hay.
Se produjo un silencio incómodo. Mamá fue por la ensalada de verduras a la cocina y volvió con una bandeja enorme y de aspecto bastante apetitoso. Sabía que nos había dejado inquietos con lo que había dicho. Quise mostrar mi molestia.
—No, gracias, mamá, no quiero—dije para mortificarla.
—Pero si es la ensalada que más te gusta…
—No quiero—reiteré, buscando herirla.
Dejó las verduras en la mesa y se retiró a la cocina. Se hizo el silencio más absoluto en la mesa gracias a la incomodidad total entre todos.
—Es una lástima que los jóvenes no escuchen—dijo y se sentó junto a nosotros a comer.
Nos movíamos con los ojos de un lado para otro sin levantar la vista de la comida y sin pronunciar palabra.
—Te quedó rico el arroz—dije, tratando de romper el silencio y la tensión, intentando activar a mis amigos.
—Delicioso—agregó Alejo, siguiéndome la corriente.
—Y la carne no se queda atrás—complementó Cristóbal.
—Prueba la ensalada…
Me serví un poco y la saboreé con verdadera delicia. Mamá sonrió con picardía comprendiendo que la situación que había creado estaba bajando de tono gracias a la sabrosura de su comida.
—Es por la salsa—dijo, socarrona.
—¿Me va a dar la receta para llevársela a mi mamá?—le preguntó Alejo, siguiendo el juego de la falsa conversación.
—Ah no, eso sí que no—le dijo mamá—, ese es mi secreto.
Todos fingieron reír del chiste flojo.
Intentamos por todos los medios cambiar de conversación, hablamos de fútbol, de series de televisión, del colegio, de la carrera que pronto íbamos a empezar a estudiar, de todo, pero el tema no nos abandonaba: Martina siempre terminaba regresando a la conversación.
—Ya no son niños—dijo de repente mamá, volviendo al ataque, con tono serio—. No pueden ser tan ingenuos…
—¿Qué quiere decir?—preguntó Cristóbal, con evidente molestia.
—¿De verdad, unos jóvenes inteligentes, que ya van a ingresar a la universidad, creen en desapariciones?
Lo dijo con sorna, con crueldad provocadora…
—No entiendo su pregunta—anotó Alejo, un poco incómodo.
—¿Creen de verdad que a Martina se la llevó un fantasma? ¿O que vinieron los extraterrestres en una nave invisible hasta las playas de Crespo y se la llevaron al espacio sideral? ¿O que, simplemente, desapareció por la magia de Birlo Birloque? ¡A otro perro con ese hueso! Eso es fantasía.
—¡Mamá!—grité molesto y avergonzado.
—Ya es hora de que empiecen a pensar como hombrecitos y que dejen de jugar a los policías y a las desapariciones fantasmagóricas—dijo con mucha seriedad—. ¡Este país es muy peligroso!—agregó—.
Más de lo que ustedes creen, hay delincuencia común, narcotráfico, paramilitarismo, guerrilla y otros grupos ilegales, ellos son los protagonistas habituales de actos violentos y secuestros. ¿No han oído hablar de eso? ¡En este país, en nuestro país, no todo lo que parece ser, es! ¿Lo entienden?
Quedamos en shock. Mamá se puso de pie, se fue a la cocina dejando el ambiente aún más pesado que al principio. Me disponía a reprocharle sus palabras, cuando se apareció nuevamente en el comedor con una torta de chocolate y maní que sabía que a todos nos encantaba.
—Bueno, ¿y qué es lo que piensan estudiar?—preguntó mientras cortaba el postre.
—Quiero ser periodista—respondió Alejo.
—Creo que voy a estudiar derecho…—dijo Cristóbal.
—¿Derecho?—le pregunté sorprendido.
