El epitafio - Antonio Álvarez Burger - E-Book

El epitafio E-Book

Antonio Álvarez Burger

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En este libro observamos la paráfrasis de varias historias anecdóticas concatenadas, dentro de una historia mayor que conduce a una ficción profundamente alojada sin embargo en la realidad. En ella, los dos personajes principales (el que motiva la novela, Raimundo Heredia, y el que relata en primera persona, Martín Medina) van a destellar con luces propias refulgencias que son axiomáticamente intrínsecas. Se expone en esta novela, titulada El Epitafio, un mundo esparcido, ampliado, con una visión superior de los acontecimientos narrados y de los distintos personajes comprometidos en la trama. De esta manera se gesta el desenvolvimiento de una diversidad de narraciones más íntimas, episódicas, circunstanciales (historias dentro de la historia), con abundantes oportunidades de plegarse al conjunto de lo relatado, y con sus propias gradaciones o clímax. En esta ubérrima historia, la megalomanía que exhibe con desusada frecuencia Raimundo, eso de perseguir la grandeza sin graduar con el rigor debido su sustantividad, aparece irrenunciablemente ligada a su lucha constante por alejarse de los fantasmas del pasado. En realidad, lo primero es la consecuencia de lo segundo. Atrás dejaba así la nostalgia, las remembranzas funestas: ese maldito accidente en la carretera de Antofagasta, que siendo muy joven lo privó de sus padres. El éxito, la notoriedad, fueron después el cometido autoimpuesto para sustituir y ocultar su dolor y la tristeza. ¿Acaso un obsesivo culto al yo? ¿O un notable exhibicionismo social, que no le importa exteriorizar porque su consecución es atrapar la gloria? Esto lo demuestra con énfasis durante el estallido social en Chile, convertido en forma natural en líder de una de las tribus urbanas descritas por el vulgo como la primera línea. La psicología habla del complejo de Eróstrato, un fenómeno algo ya común, donde la típica pose de supremacía y grandeza oculta realmente una personalidad carente de autoestima, en que se aparenta o se intenta simular lo que no se es. De modo que la tarea encomendada a Martín Medina Luco (Mameluco) era crucial. El recado al segundo de los protagonistas -el hermano no carnal o no biológico- es que este le suministre la inscripción que finalmente perpetúe su memoria. El homenaje literario de un vivo a un muerto que, aún en esta existencial dimensión, no cejó en su empeño de perseguir las estrellas, pero que en cierta forma presintió su muerte temprana. El fingido hermano, con quien viviera incontables historias comunes hasta antes de su fatídico viaje a España, iría a asumir, aún con algo de pudor y recato, la misión más inesperada e ignota que imaginara: escribir el epitafio del compañero de vida más entrañable.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Antonio Álvarez Bürger

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-496-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

A quienes más amo en la vida

y lo saben por inferencia.

A quienes no lo saben, pero

lo conjeturan.

.

(Extracto de Epitafio,

poema de Bertolt Brecht)

Contra la seducción

no os dejéis seducir:

no hay retorno alguno.

El día está a las puertas,

hay ya viento nocturno:

no vendrá otra mañana.

No os dejéis engañar

con que la vida es poco.

Bebedla a grandes tragos

porque no os bastará

cuando hayáis de perderla.

No os dejéis consolar.

Vuestro tiempo no es mucho.

El lodo, a los podridos.

La vida es lo más grande:

perderla es perder todo.

Prólogo

En cada hombre existe un mundo interior, donde forja y alimenta sueños de secreta u oculta significancia. Esos afanes tienen que ver con la búsqueda de la trascendencia, de la inmortalidad, para que el tiempo no se encargue enseguida de invisibilizar lo vivido; constituyen pensamientos indecibles, sublimes, que no aparecen ajenos a los hombres porque son parte sustantiva de su propia naturaleza.

La literatura (y esto en concepto de exordio de mis disquisiciones subsiguientes) como expresión artística fundamentada en la utilización del lenguaje, tanto escrito como oral, contribuye a que el cosmos íntimo creado por éste se haga patente. Puede que resulte ser al final solo una quimera, una fantasía, pero, así y todo, lo mantiene despierto, creativo y ejecutor. La historia de la civilización tiene bastante que reconocer a la literatura y, en general, a todas y cada una de las manifestaciones del arte. Sus virtuosos cultores han sido de siempre los que, imaginando, con su ingeniosidad manifiesta, soñando despiertos, influyeron ayer e intervienen hoy para hacer más llevadera y comprensible la existencia de los seres que poseemos este atributo o propiedad.

El epitafio es esencialmente una inscripción grabada en un sepulcro o mausoleo, que dice mucho más sobre la vida que sobre la muerte de los seres humanos. Algunas personas, por lo general poseedoras de una recia y arrolladora personalidad, piden que se las honre después de muertas con una frase que muchas veces ellas mismas proveen durante su existencia. Por lo general, han sido escritores y filósofos, pero la verdad es que ni la filosofía ni la propia muerte son patrimonio de oficio alguno. Existe la leyenda simple de un anónimo, que curiosamente es de recuerdo muy frecuente y de inevitable sincronía. Reza: «Aquí hoy yo, mañana tú». ¿Qué más inteligible? Las hay que son líricas, otras más espinosas y algunas hasta humorísticas. Virginia Woolf, de su obra inmortal Las olas, nos dejó esta breve y retadora frase: «Contra ti me alzaré invicta e implacable, oh muerte». Mientras Epicuro, en una de sus más notables máximas, argüía: «La muerte nada es para nosotros, porque mientras nosotros existimos, la muerte no está presente, y cuando está presente, somos nosotros los que ya no estamos».

De cualquier modo, para entender en toda su hondura qué aspecto de su vida quiso dejar grabada para la posteridad el muerto, ha sido de siempre necesario hurgar en ella.

En esta ubérrima historia, la megalomanía que exhibe con desusada frecuencia Raimundo (uno de los dos o tres personajes más recurrentes), eso de perseguir la grandeza sin graduar con el rigor debido su sustantividad, aparece irrenunciablemente ligada a su lucha constante por alejarse de los fantasmas del pasado. En realidad, lo primero es la consecuencia de lo segundo. Atrás dejaba, así, la nostalgia, las remembranzas funestas: ese maldito accidente en la carretera de Antofagasta, que, siendo muy joven, lo privó de sus padres. El éxito, la notoriedad, fueron después el cometido autoimpuesto para sustituir y ocultar su dolor y la tristeza. Fue desde entonces que empezaría a hacer gala de esa persistente monomanía intelectual. Aquella que nos explicamos como un trastorno delirante, en que un pensamiento equis se centra alrededor de una idea fija. ¿Acaso un obsesivo culto al yo? O un notable exhibicionismo social que no le importa exteriorizar, porque su consecución es atrapar la gloria. Y esto lo demuestra con énfasis durante el estallido social, convertido en forma natural en líder de una de las tribus urbanas descritas por el vulgo como la primera línea. La psicología habla del complejo de Eróstrato, un fenómeno algo ya común, donde la típica pose de supremacía y grandeza oculta realmente una personalidad carente de autoestima, en que se aparenta o se intenta simular lo que no se es.

De modo que la tarea encomendada a Martín Medina Luco (Mameluco) era crucial. El recado al segundo de los protagonistas —el hermano no carnal o no biológico— es que éste le suministre la inscripción que finalmente perpetúe su memoria. El homenaje literario de un vivo a un muerto que, aún en esta existencial dimensión, no cejó en su empeño de perseguir las estrellas, pero que, en cierta forma, presintió su muerte temprana. El fingido hermano, con quien viviera incontables historias comunes hasta antes de su fatídico viaje a España, iría a asumir, aún con algo de pudor y recato, la misión más inesperada e ignota que imaginara: escribir el epitafio del compañero de vida más entrañable.

En definitiva, en este libro, la paráfrasis de varias historias anecdóticas concatenadas, dentro de una historia mayor que conduce a una ficción profundamente alojada, sin embargo, en la realidad. En ella, ambos personajes (el que motiva la novela, Raimundo Heredia, y el que relata en primera persona, Martín Medina) van a destellar con luces propias, refulgencias que son axiomáticamente intrínsecas. Se expone en esta novela, que he titulado El epitafio, un mundo esparcido, ampliado, con una visión superior de los acontecimientos narrados y de los distintos personajes comprometidos en la trama. De esta manera se gesta el desenvolvimiento de una diversidad de narraciones más íntimas, episódicas, circunstanciales (historias dentro de la historia), con abundantes oportunidades de plegarse al conjunto de lo relatado y con sus propias gradaciones o clímax.

PRIMERA PARTE

I El hado de Raimundo

Hoy desperté temprano. Tocaron a mi puerta. Como demoré algo en abrirla, deslizaron ese extraño escrito por debajo, el que dice que Raimundo no regresará jamás: «Tu amigo Raimundo Heredia falleció. Fue contagiado por un letal virus. Avisaron que su cuerpo será incinerado mañana en Cataluña».

De Cataluña solo sé que es una región situada al noreste de España, y que su capital es Barcelona. En los medios han dicho que se trata de un vasto territorio, donde la pandemia de que se comienza a hablar profusamente en este momento ha matado tanta o más gente que en otras latitudes de Europa, África, América, Oceanía y Asia. Lo primero que se me ha ocurrido es correr donde Alessia para consultarle si ella ya lo sabe, pero opté al final por detenerme. La única información que manejo es esa nota, y desconozco si es o no veraz. Prefiero no asustarla. ¿Y si no ha sido más que una cruel broma? Quiera Dios que lo sea, aunque, de cualquier manera, sería imperdonable. Con cosas tan terribles como esta no se juega. Si acaso es la bufonada de algún desubicado no podría entenderlo, porque para escribir algo así hay que ser muy malvado. El autor de la nota es anónimo. Tengo que averiguar.Don Agustín, el dueño de la fuente de soda y padre de Alessia, debe saber algo. Sospecho de él. Después de todo, fue quien le prestó el dinero a Raimundo y lo indujo a viajar a España con el encargo aquel. En una de esas ha sido el que metió el mensajito bajo la puerta. El matiz de su contenido es frío, distante y exageradamente telegráfico. Puede ser que esté prejuzgando, pero en este momento no se me ocurre quién más pudiera ser. Evidencia que el que infiltró la anotación debe sentirse un tanto ajeno a este drama y poco atormentado por la muerte presunta de mi amigo. Es lo que infiero. Quién sabe si fue él, irritado porque ya no habrá modo de que pueda recuperar la suma de dinero que le facilitara en préstamo a Raimundo (su yerno aceptado a medias) para aquel afanoso y prolongado desplazamiento. Puede ser solo una suposición mía. Deseo fervientemente equivocarme. Su negocio no está tan distante, apenas a unas escasas cuadras de la plaza. Hacia allá dirigiré mis pasos. Ojalá lo encuentre, porque los días viernes a esta hora suele ir en su camionera roja de doble cabina a una distribuidora para surtirse de mercadería, y resulta que justamente hoy es viernes. El color del vehículo es acentuado, fuerte, de manera que si él se halla en el local voy a distinguirlo desde lejos.

A doña Lorenza, que vive al lado, le conté de pasadita lo que había sucedido. Fue un disparatado error de mi parte. Mi vecina, ya bastante inclinada con los años, perdió uno de sus seis gatos hace menos de una semana y está muy sensible viviendo el luto. Recuerdo que desde niño les escuché a mis padres que ella era fanática por los gatos y que en una época incluso llegó a tener una verdadera colonia de más de veinte de estos ejemplares. Ahora se pasa el día entero llorando la pena por la muerte de uno de sus seis felinos. Así que mejor crucé rápido la calle para no seguir escuchando su desgarrador plañido.

Siempre he afirmado (porque me consta) que Raimundo era de esas personas agradables, expansivas, que suelen caen bien en todas partes; a pesar de ello, no me atrevería a garantizar ya mismo que mi piadosa y sensitiva vecina se vaya a condoler más por el fallecimiento de Raimundo que por el de su gato. Ella vive la vida en solitario, solo en la compañía de los félidos. Su imagen es la de una anciana huraña, esquiva; en una palabra, insociable. Como tal, percibe al resto de las personas de forma muy desproporcionada, casi como un alud o una avalancha que, de súbito, se le puede venir encima para aplastarla. Podría aventurar que una de las grandes tragedias de su vetustez es pasárselo gruñendo y renegando de todo. Ya poco ve, y por vanidad se empeña en rechazar el uso de lentes en público. Los utiliza únicamente en su hogar para observar la televisión, tejer y poder discriminar con precisión las porciones y sabores en las bolsas de alimentos que adquiere para su verdadera colección de animales, que no son todos de la misma raza. Claro que de ellos le quedan ahora dos cachorros y tres adultos. El único gato senior de su pintoresca unidad grupal era el que se le murió en estos días. Los dos cachorros son siameses, mientras que entre los adultos se cuentan un angora y dos de la familia felidae, que son los domésticos a secas. Si se tratara de perros, podría uno hacer la analogía y decir que estos últimos son gatos quiltritos.

La verdad es que no sé cómo se las ha arreglado para retirar todos los meses el pago de la pensión cuando los bancos son tan jodidos con los jubilados, sobre todo con aquellos a los que hay que dedicarles más tiempo por su vulnerabilidad. Utilizo esta palabra para no ser cruel y catalogarlos simplemente de sordos, pues hay que reconocer que de los sesenta y cinco para adelante son pocazos los que consiguen oír con cierta comodidad. Doña Lorenza justamente padece de un serio déficit auditivo, y no es ningún misterio que eso la abruma. Para peor, anda tanto delincuente suelto en las calles. Estos energúmenos no discriminan cuándo sus víctimas son mujeres o ancianos y les roban su dinero a la salida de los bancos sin contemplaciones.

Volviendo al tema de la sordera de los viejos, cuando doña Lorenza enciende el televisor, regularmente a eso de las siete de la mañana, la vecindad entera se despierta sobresaltada porque lo coloca a todo volumen. Es cuestión de imaginar entonces el drama que la agobia y, por añadidura, la desdicha de quienes desventuradamente residimos cerca y tenemos que soportar su hobby, que es, de entre todos sus pasatiempos, el predilecto.

Doña Lorenza se lo pasa encerrada en su morada, pero se las sabe por libro. No peco de infidente si afirmo que regularmente la sorprendo escudriñando lo que ocurre en la calle, enredada siempre entre los visillos y el vistoso cortinaje de su ventana del segundo piso. Es tan curiosa que se queda a veces por horas asomada a esta. Como tiene suficiente tiempo, se me ocurre que se da el trabajo de escrutar el firmamento entero y que, en una búsqueda impulsiva de sensaciones, intenta olfatear el aire en todas las direcciones imaginables. Manuel, el cartero, es un hombrecillo de unos sesenta años, de hablar perezoso, rostro curtido por el sol y poseedor de esa típica personalidad de los humildes. Él le tiene a la mujer un miedo desproporcionado, diría que casi irracional. Yo lo he sorprendido en varias ocasiones arrojando la correspondencia por debajo de la puerta y enseguida salir desbandado, a la máxima velocidad que le dan las piernas, hasta perderse en lontananza. Sabedor de aquello, y como a mí sí que no deja de estirarme la mano después que me entrega alguna misiva, con sarcasmo, lo interrogué uno de aquellos días que se aprestaba a iniciar su proverbial carrerón desde la casa de mi vecina.

—¿Y por qué tanta prisa, Manuelito? —le dije.

Me miró de reojo, como si yo lo hubiera sorprendido cometiendo una terrible falta. Después, dibujando una mueca en su rostro —la que yo interpreté como el comienzo de una ligera sonrisa en repliegue—, atinó a responderme con su habitual hartura.

—Usted ya lo sabe, don Martín. No se haga el de las chacras. ¿Para qué me pregunta? La señora tiene un genio de los mil demonios y yo no estoy dispuesto a soportarlo. Prefiero alejarme rápido de su casa. Total, son tan pocas las cartas que le llegan.

—En eso tiene usted razón —contesté—, tratando de congraciarme con él.

(«No vaya a ser que después se harte de pasar a dejar cartas por estos lados», pensé en ese momento). Y como si me hubiera adivinado el pensamiento, don Manuel me lo interceptó de una: «De todas maneras, con usted no es la cosa porque es una buena persona, no es cicatero. Nunca le he pedido una propina a doña Lorenza. Eso es voluntario. Pero ella ni eso…».

Lo que pasa es que, aparte de ser fisgona y sumamente tacaña, doña Lorenza le pone al pobre hombre una cara de ogro que ni el más indulgente toleraría, y huiría espantado como diablo que llevaran engañado a misa. Ahora, cuando precisa alguna ayuda en el hogar la cosa es diametralmente distinta. Es como si fuera bipolar, porque de un momento a otro cambia el switch y a uno lo deja marcando ocupado. Como yo vivo justo al lado, recurre, por lo general, a mí. La última vez se le descompuso el calefont cuando estaba a punto de ducharse. Para su fortuna, le pego algo a la gasfitería y en ese crítico momento me encontraba en casa. Creo que pulsó el timbre unas tres o cuatro veces, porque por lo de su televisor funcionando a todo dar tenía yo puestos mis tapones en los oídos. La cuestión es que me tiene harta fe. Lo sé muy bien porque me lo ha dicho. También sé, a estas alturas, que, aparte de su compilación de gatos, no se fía de nadie más. A mí prácticamente me enciende cirios, claro, porque le soy útil y no le cobro por el servicio. Si no fuera así, quién sabe si tendría otro trato muy distinto conmigo. Pero entiendo. Es una mujer vieja y solitaria. Qué me cuesta ser amable con ella. Que es malhumorada, eso es verdad. Por algo estuvo casada y debido a sus mañas el marido se le aburrió después de una convivencia de apenas ocho años. Mi madre, cuyo nombre era Magdalena, me contó que don Liborio Pacheco se arrancó una noche tempestuosa de la casa, saltando por la ventana del piso de arriba. Dijo que primero lanzó a la calle una colchoneta de dos plazas casi sin uso que guardaba en el entretecho, y enseguida un par de pequeñas maletas de viaje, de esas blandas, con unas cuantas prendas de vestir y un par de botas en su interior. Pocas cosas, porque no le cupieron más. Al parecer no estuvo dispuesto a regresar por las restantes. Aunque una vez le escuché decir a mi madre que doña Lorenza, apenas su marido se le escapó esa noche, arrojó el resto de sus pilchas a un depósito de basura y contrató a un maestro para que le cambiara la cerradura a la puerta y enrejara las ventanas del frente de la casa y la del patio.

Esa vez que don Liborio se precipitó al vacío desde el segundo piso, cayó justito sobre la gran colchoneta. Nadie lo volvió a ver jamás. Mi padre escuchó años después por ahí que don Liborio había muerto junto a otros dos hombres en el derrumbe de una mina en el norte. Fue un rumor que jamás se confirmó, pero que tampoco nadie se atrevió a refutar. Cada vez que alguien le preguntaba después a doña Lorenza por su esposo, siempre se hacía la lesa y cambiaba la conversación. Hasta que pareció aburrirse un día ante tanta insistencia y no les abrió más la puerta a los indiscretos. Salvo a mí, por supuesto, que me cuidé mucho de pecar de curioso y preguntón.

—Martincito —me dijo sorprendentemente aquel día que reparé el desperfecto del calefont—, pase más tarde por mi casa. Lo voy a sorprender con un regalo que le tengo.

Algo extrañado por su meloso e insospechado ofrecimiento, recuerdo que le contesté empleando una de esas típicas frases a las que se suele recurrir para no ser después mal ponderado. Son esas reacciones manidas que ni uno mismo se las cree porque son más falsas que Judas.

—No se preocupe usted, doña Lorenza —repuse—. Siempre es muy grato para mí brindarle ayuda. No me debe nada.

Sin embargo, dada su insistencia, le dije entonces que pasaría a verla a eso de las siete de la tarde. Lo hice con algo de retardo, debido a que el autobús que me transportaba ese día desde Talcahuano a Concepción colisionó con un taxi y los conductores de ambos vehículos se trenzaron a golpes en plena calle. La mocha no duró más de veinte minutos, pero fue gracias a que a un fulano se le ocurrió llamar con su celular a los carabineros. Los dos fueron subidos a un furgón institucional y conducidos a una comisaria a causa de la colisión; además, se los arrestó por agresión física mutua y desorden en la vía pública. Al taxista lo esposaron por resistirse además al arresto y golpear a uno de los policías. Me disculpé por la tardanza con doña Lorenza y le conté lo de la trifulca, pero me miró sin decir nada; solo se limitó a poner en mis manos un enorme y apetitoso kuchen de manzana, portado sobre una pulcra bandeja de sólido vidrio y metal. Recordé entonces a mi madre, que solía hornear exquisitas tartaletas de frutilla y de durazno.

—Después me devuelve la bandejita —dijo— y cerró con ligereza la puerta.

«Insociable, mi vecina, pero, por lo visto, no tan mezquina», reflexioné.

De vuelta a lo de Raimundo, llegó un día desde el norte cargando en uno de sus hombros un morral de color negro, de cuero bastante corroído, con un par de prendas de vestir en su interior. Traía también colgando de la cintura un par de zapatillas ya obsoletas, que venían atadas con unos largos y deshilachados cordones. Podría decirse que a la buena de Dios. Desprovisto de todo tipo de pertrechos elementales salvo los mencionados. Fue la impresión que nos dio a mis padres y a mí en ese momento. Lucía en la mano y parte de su muñeca izquierda un rasgo o atributo distintivo, que a mí me provocó cierta curiosidad por lo llamativo. Se trataba de un tatuaje emblemático o, como lo llamaría un poeta asaz contemplativo, definitivamente metafórico. Acaso —me dije entonces— sería esa marca o grabado en su piel la revelación de una subrepticia rebeldía. Mis viejos, muertos hace ya unos años, lo acogieron entonces a instancias mías y lo arrancharon al principio en un holgado cobertizo contiguo a mi dormitorio. Tiempo después, a la par conmigo, aparte de proporcionarle el indispensable cobijo, lo educaron, vistieron y alimentaron con devoción y gran afecto. Ellos fueron un ejemplo de benevolencia y generosidad infinita para mí, y enseguida también para Raimundo, que era un huérfano al que la vida tratara con indiferencia y desprecio manifiestos.

Cuando uno se enfrenta a dramas como el suyo, inconscientemente suele preguntarse si el responsable no será el karma, cuya noción vincula los actos de una vida con los sucesos de otra o de muchas otras. Pero yo hace unos años leí un libro titulado Lo secreto y lo sagrado, escrito por un renombrado autor ecuatoriano de apellido Mora-Anda, que me dejó algo embrollado acerca de este asunto. Lo había adquirido mi padre en una librería del centro, junto a otros volúmenes igualmente interesantes sobre filosofía antigua y contemporánea. El hecho es que el citado escritor sostiene en su obra que la lógica kármica, como cualquiera otra teoría, demuestra por si sola que padece de cierta fragilidad. El karma (una creencia del hinduismo y del budismo) es una energía que se interpreta como un espíritu de justicia y equilibrio. Mora-Anda dice en esta proclama que cada uno de nosotros ha de pagar por lo que ha hecho en sus vidas anteriores y que por lo tanto está bien donde estamos, no importando que seamos un príncipe o un mendigo. Sin embargo, con la misma fuerza refuta en su obra: «Resulta que (con ese razonamiento o dialéctica) ayudar a otro sería impedir que pague su karma y se libere, con lo cual se caería en una teoría cruel de deshumanizada indiferencia hacia el prójimo».

Esta es una tesis de compleja comprensión. De tal manera que determiné no esforzarme más en tratar de entender su impronta, tan típica de los pensadores más célebres de la metafísica, la ontología o la epistemología. Fue por eso que solo la consideré una loca divagación, a partir de la historia particular de un muchacho huérfano en graves problemas de subsistencia y, sobre todo, existenciales.

II El niño de las vaquitas

Puedo relatar hoy que desde aquellos días (en el cenit de nuestra juventud) fuimos criados e instruidos juntos con Raimundo, viviendo entonces un sinfín de experiencias comunes que a la postre marcaron nuestras vidas. Fueron tantas y tan desemejantes, que ahora mismo se me agolpan en la cabeza. Lo más espeluznante u hórrido sería la peculiaridad de lo que ahora cuento. Me impactó tanto, que nunca he olvidado esta historia. Fue el caso de Benjamín, un niño de solo trece años, del que un día nos hicimos amigos con Raimundo en el sector rural de Los Puentes, en la ruta que une la ciudad universitaria de Concepción con Florida. Era un chico de familia campesina muy pobre. Aparte de él, la constituían su madre, una pequeña de seis años y un padre alcohólico. Los cuatro sobrevivían con el producto de lo que cosechaban en una huerta insignificante, de no más de seis por cuatro metros, y el escaso ingreso que les reportaba la venta de leche producida por tres vacas algo famélicas, cuyo ordeño era, por lo general, responsabilidad de Benjamín.

De vuelta a casa, nos abordó esa vez en un tórrido camino para vendernos leche. Nosotros andábamos entonces de excursión. Habíamos acampado en las inmediaciones, a los pies de unos árboles coincidentemente torcidos todos, pero sin discusión muy bellos. Él nos dijo que era por los vendavales de los inviernos.

—Son muy hermosos, ¿cierto? —interrogó—. A mi mamá le gusta dibujarlos en mis cuadernos. Yo después los pinto y los cuelgo de la pared en mi dormitorio. A mí me gusta mirarlos. Me quedo dormido mirándolos. He imaginado que estoy ahí y que me trepo hasta la copa para ver a los pajaritos en sus nidos. Incluso una vez soñé que a unos zorzales les llevaba una fruta fresca, migas de pan y arroz, y que ellos me agradecían cantando y agitando sus alitas.

—Qué lindo sueño, Benjamín. Esos árboles realmente parecen obras de arte —contestó Raimundo.

—¿Obras de arte? ¿Qué es eso? —inquirió Benjamín, una vez más.

Los dos con Raimundo nos vimos en aprietos para darle una respuesta en alguna medida razonable. Creo que al menos conseguimos satisfacer en parte esa curiosidad tan intrínseca que Benjamín poseía, y que todos los niños poseen a tan corta edad.

—Mira, muchacho —se atrevió a hablar Raimundo—, una obra de arte es un objeto o el trabajo de una persona que tiene mucha imaginación, que es creativa, y que los demás consideran muy bonita, muy hermosa…

—Muy hermosa —interrumpí yo— por su color, por su forma, su estructura. En fin. Así como a los tres nos ha agradado y nos llama la atención la forma de esos árboles inclinados por el viento, a otros les podría gustar una pintura, una estatua; hasta un libro que esté muy bien hecho y cuente una historia inolvidable.

—Algo entendí de lo que dicen ustedes—nos dijo Benjamín—. O sea que los dibujos que hace mi mamá y que yo pinto, si les gustara a todos en el mundo, podrían ser eso que ustedes dicen… ¿Cómo es el nombre?

—Se llaman obras de arte —replicó Raimundo mostrándose satisfecho por la reacción del niño—. En ese caso, los dos, tu mamá y tú, serían considerados artistas.

—Le voy a contar a ella lo que conversamos. Estoy seguro de que se va a poner muy contenta y va a querer conocerlos —dijo con agudeza e indisimulado orgullo.

De repente, con la misma sagacidad que dejara antes en evidencia, cambió el tema y aludió directamente a aquellos jarros de porcelana que colgaban de nuestras alforjas.

—Amigos, ¿me pueden comprar leche fresca? —dijo ahora más acometedor—. Muy barata la estoy vendiendo, es de vaquitas sanas y bien alimentadas en este gran campo.

Llenó ambos jarros en un santiamén, y antes de que abriéramos la boca, nos estaba exigiendo que le pagáramos. Lo hicimos y, a continuación, recorrimos unos quinientos metros en su compañía. Un rayo de sol se escurrió por entre los árboles y bajó al suelo de un claro que había frente a nosotros. Raimundo transportó el recipiente con tapa y asas para alivianarle la carga; mientras, yo me encargué de las mochilas.

Benjamín era un morenito simpático, de baja estatura, aunque algo robusto para su escasa edad. Andaba descalzo y vestía un pantalón corto, el que sujetaba de un solo lado con un tirador ya dañado por el uso. Le gustaba hablar y sonreía casi siempre con cierto resabio de tristeza. Nos despedimos de él muy cerca de la modestísima choza donde vivía y a la que circundaba una gran cantidad de frondosos pinos, aromos y eucaliptus. A un costado, no lejos, había un anchuroso río que, en temporada estival, era bastante apacible. Sus aguas se desplazaban mansas y cristalinas sobre el limo y por entre incontables cantos rodados de distintos tamaños.

—¡Esto es de una tremenda belleza! ¡Qué paraje más maravilloso! —exclamó Raimundo.

El niño de las vaquitas alcanzó a oír lo dicho por Raimundo y rápidamente deshizo el corto trecho de camino que había recorrido.

—Por lo visto, Benjamín, tienes acá hasta una magnífica playita para disfrutar el verano a concho —agregó mi compañero de viaje.

—Sí, pero no se engañen —explicó—, porque en los meses del invierno este río se pone bastante chúcaro.

Contó que se desbordaba con los fuertes aguaceros y subía peligrosamente su nivel, incluso en las otoñadas que, en ocasiones, registraban largas e intempestivas lluvias.

—Durante las noches es bien ruidoso, porque el agua que trae de la cordillera es mucha y es correntosa. En el invierno no se puede dormir tranquilo. Antes, cuando conseguíamos dormir algunas horas, al otro día despertábamos todos con mucho miedo. Menos mi papá, claro, porque él está siempre con la caña.

Le pregunté si en alguna oportunidad se habían anegado, y me señaló que casi todos los años en temporada hibernal habían tenido que soportar la crecida del afluente.

—Pero, ¿cómo se las han arreglado hasta ahora? —terció Raimundo.

—Bueno, antes el río llegaba hasta la cocina y los dormitorios. Cuando a mi mamá algunos vecinos cercanos le preguntaban cómo nos había ido con la lluvia y las inundaciones, ella siempre les daba la misma respuesta. Les decía: «Aunque no lo crea, caballero, aquí el agua entra como Pedro por su casa». Menos mal que ahora no nos pasa eso. En el verano y la primavera nosotros nos preocupamos de acarrear arena en sacos desde la playita. Los ubicamos a un metro del frente para que no se inunde; así que ya no nos inundamos como antes. Todavía entra algo de agua y barro en la cocina, pero como el suelo es de tierra dura, yo hice con mi mamá unas canaletas hondas con un chuzo y la pala. Hasta que al fin conseguimos desviarla.

En la despedida, Benjamín nos pidió que, cuando nos acercáramos de nuevo por esos pagos, lo buscáramos y él estaría ahí esperándonos. Dijo también que, si nos interesaba, nos iba a mostrar el lugar donde ordeñaba las tres vacas; que nos enseñaría a hacerlo para que viéramos que aquella operación no era difícil y, sobre todo, para que nos convenciéramos de que la leche que estas proporcionaban era pura y de buena calidad.

—Ustedes ahora son mis amigos —exclamó complacido—. Yo tengo un solo amigo más. Vive por aquí cerca. Pero lo veo muy poco porque don Rosendo, su papá, es terrible de mañoso y yo pienso que lo hace trabajar demasiado para ser un niño. Este mes hablé en una sola ocasión con él y me dijo que se siente muy cansado. ¿Y saben? Juanito cumple quince años en cinco días más. Él tiene una cojera. Hace tres años lo atropelló en la carretera un camión que iba cargado con madera de pino. Le pasaron las ruedas por encima de su pie derecho y en el hospital tuvieron que cortarle tres dedos. Por ese motivo casi siempre anda a caballo. Va para todos lados montado en el Rufino, su caballo.

—Oye, Benjamín, ¿y por qué ese nombre? —interrogó Raimundo dibujando una discreta sonrisa en su rostro.

—Me dijo Juanito que le había puesto ese nombre por un tío que se llamaba así y al que quería mucho. Yo a él lo conocí. Era hermano de la señora Jacinta, la mamá de Juanito. A él lo asaltaron dos hombres y lo mataron con un cuchillo….

—¿Pero fue aquí en el campo o en la ciudad?

—Lo único que yo sé es que un invierno apareció muerto en una quebrada que hay como a unos dos kilómetros de aquí. Juanito me contó que los carabineros no se demoraron mucho en agarrar a los asesinos. Ahora se encuentran presos en la cárcel El Manzano, en Concepción.

Después de este diálogo, el niño de las vaquitas insistió en que regresáramos pronto a verlo. Entremedio, habló y habló incansablemente y con gran entusiasmo de su amigo Juanito. Su inocencia era realmente cautivadora, maravillosa. Insistía en que teníamos que conocerlo.

—No se van a arrepentir —repetía una y otra vez—. Él es calladito, pero tiene buen corazón. Mi mamá siempre lo dice. Conmigo el Juanito se pasa de buena gente. Una vez me regaló un gorro para el sol superbonito. En otra ocasión que me acompañó a la ordeña de las vacas, cuando veníamos de vuelta, hallamos un perrito lanudo bien flaco que andaba perdido; tenía como dos años. Decidimos llevarlo con nosotros y darle comida para que no se muriera de hambre. Así lo hicimos, y él dijo que, como yo lo había visto primero, podía quedármelo. Mi mamá aceptó con la condición de que Juanito me ayudara a alimentarlo. Así que mi amigo iba todos los días a mi casa a dejarle algo, lo que fuera. Imagínense, a veces me decía que guardaba pan de su desayuno para traérselo…

—¿Y qué pasó con el perrito, Benjamín? ¿Todavía lo tienes? —pregunté.

—No. Él se murió al año siguiente. Alguien le disparó un balazo. Nosotros con Juanito sufrimos mucho por su muerte. Le habíamos puesto de nombre Valiente. Por estos lados hay gente mala que, de repente, se aparece para robar animales o para asaltar a las personas. Un día, mi perro se desapareció y yo lo salí a buscar a caballo con Juanito. Lo encontramos sin vida en los bajos de una quebrada. Tenía una herida de bala en el cuello. Lo sepultamos en el patio de mi casa.

—Pero ahora ustedes se ven poco, ¿verdad? —interrogó Raimundo.

—Algunas veces salimos juntos a andar a caballo por la pradera. Les puedo asegurar que, si le digo a mi amigo que a ustedes también les gusta montar, va a aceptar al tiro que salgamos todos a recorrer el campo. Los papás de Juanito tienen cuatro corceles y son todos mansitos. Hay tres que son percherones. Uno de ellos es el Rufino. El cuarto es más fino y solo lo monta don Rosendo. Según Juanito, el Gitano corrió varias veces en el Club Hípico de Concepción, pero lo iban a sacrificar después porque se fracturó una pata. Don Rosendo lo alcanzó a comprar en un remate y le salió superbarato. Al final se mejoró aquí en el llano. Ya casi no renquea.

En definitiva, aparte de obstinarse en adiestrarnos en la ordeña de las vacas, el niño Benjamín nos dijo que hablaría con su adolescente camarada por lo de las cabalgaduras. No hubo alternativa. Raimundo y yo tuvimos que jurarle por lo más sagrado que íbamos a volver. En tanto, estrechábamos su diminuta mano para que quedara definitivamente sellado y sacramentado el compromiso.

Desde ese día, nos reencontramos con Benjamín en otras tres oportunidades. Aprendimos a extraer leche de las reses, cabalgamos en las llanuras de Florida y hasta nos bañamos en pelotas en el río. Ni a Raimundo ni a mí nos sobraba el dinero. Éramos estudiantes y jaraneros. Sobre todo, esto último. Nuestro capital se reducía exclusivamente a lo que nos proporcionaban mis padres con alguna regularidad y a modo de mesada. Sin embargo, fuimos generosos con él, sabedores ya con creces de las condiciones paupérrimas, indignas, en que vivía con su madre y su hermana menor. El pater familias era solo un remedo, una parodia, pues no aportaba nada. Al contrario, se había convertido en un lastre para ellos. Si no quiero pecar de injusto, debo decir que aquella generosidad nuestra solo pudimos cristalizarla gracias a mis progenitores. Raimundo les relató un día, con lujo de detalles, la sobrecogedora historia del niño de las vaquitas y ellos se quedaron muy impresionados. Así que contamos también con su indispensable ayuda pecuniaria.