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Rosario te invita a descubrir un viaje mientras siente una conexión real con su escritura. Decide contar su historia y las de los diferentes personajes que la componen. Se sorprende a sí misma, cuando en plena crisis conyugal, abandona su matrimonio y sigue adelante sola, con sus hijos. Hija de un matrimonio de inmigrantes italianos, criada por sus abuelos en una familia ortodoxa, pone en riesgo sus pensamientos cuando elige escribir. Aprovecha esta oportunidad, va en búsqueda de sus emociones y se adentra en la de otros. Como narradora principal, descubre en su niñez el mismo oleaje del Mar Mediterráneo y del océano Atlántico, que la transporta en sus letras. Crecer significa sobrevivir, construir el pasado, y en su propio vaivén emocional define su propio viaje. Siempre hay un viaje, que lo cambia todo.
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Seitenzahl: 205
Veröffentlichungsjahr: 2023
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EL ESCONDITEPERFECTO
Rosana Dinobile
Dinobile, Rosana
El escondite perfecto / Rosana Dinobile. - 1a ed. - Quilmes : Rosana Dinobile, 2022.
192 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-88-6316-0
1. Narrativa Argentina. 2. Novela de Ficción. I. Título.
CDD A863
.
El escondite perfecto
de Rosana Dinobile
© 2022– Rosana Dinobile
Todos los derechos reservados.
Corrección: Pablo Scarpaci.
Impreso en IMPRENTADELIBROS.com
Av. Libertador 6898 - Núñez - Ciudad de Buenos Aires - Argentina
[email protected] - 04510
+54 11 62438757
@imprentadlibros
1a edición: noviembre 2022
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito por el editor. Su infracción está penada por la ley.
Impreso en Argentina / printed in Argentina
Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723
ISBN 978-987-88-6316-0
Quería soñar una niña.
Quería soñarla mágica
y así, agotando cada espacio
de mi cuerpo, viene una confidencia que esbozan mis labios:
nunca me repondré de aquella incomparable infancia.
Índice
Agradecimientos
Viaje uno
Viaje dos
Viaje tres
Viaje cuatro
Viaje cinco
Viaje seis
Viaje siete
Viaje ocho
Viaje nueve
Viaje diez
Viaje once
Viaje doce
Viaje trece
Viaje catorce
Viaje quince
Viaje dieciséis
Viaje diecisiete
Viaje dieciocho
Viaje diecinueve
Viaje veinte
Viaje veintiuno
Viaje veintidós
Viaje veintitrés
Viaje veinticuatro
Viaje veinticinco
Viaje veintiséis
Viaje veintisiete
Viaje veintiocho
Viaje veintinueve
Viaje treinta
Viaje treinta y uno
Viaje treinta y dos
Viaje treinta y tres
Viaje treinta y cuatro
Viaje treinta y cinco
Viaje treinta y seis
Viaje treinta y siete
Viaje treinta y ocho
Viaje treinta y nueve
Viaje cuarenta
Viaje cuarenta y uno
Viaje cuarenta y dos
Viaje cuarenta y tres
Viaje cuarenta y cuatro
Viaje cuarenta y cinco
Viaje cuarenta y seis
Viaje cuarenta y siete
Viaje cuarenta y ocho
Viaje cuarenta y nueve
Viaje cincuenta
Viaje cincuenta y uno
Viaje cincuenta y dos
Viaje cincuenta y tres
Viaje cincuenta y cuatro
Viaje cincuenta y cinco
Viaje cincuenta y seis
Viaje cincuenta y siete
Viaje cincuenta y ocho
Viaje cincuenta y nueve
Viaje sesenta
Viaje sesenta y uno
Viaje sesenta y dos
Viaje sesenta y tres
Viaje sesenta y cuatro
Viaje sesenta y cinco
Viaje sesenta y seis
Viaje sesenta y siete
Viaje sesenta y ocho
Viaje sesenta y nueve
Viaje setenta
Viaje setenta y uno
Viaje setenta y dos
Viaje setenta y tres
Viaje setenta y cuatro
Viaje setenta y cinco
Viaje setenta y seis
Viaje setenta y siete
Viaje setenta y ocho
Viaje setenta y nueve
Viaje ochenta
Viaje ochenta y uno
Viaje ochenta y dos
Viaje ochenta y tres
Viaje ochenta y cuatro
Viaje ochenta y cinco
Viaje ochenta y seis
Viaje ochenta y siete
Viaje ochenta y ocho
Viaje ochenta y nueve
Viaje noventa
Viaje noventa y uno
Viaje noventa y dos
Viaje noventa y tres
Viaje noventa y cuatro
Viaje noventa y cinco
Viaje noventa y seis
Viaje noventa y siete
Viaje noventa y ocho
Viaje noventa y nueve
Viaje cien
Viaje ciento uno
Viaje ciento dos
Viaje ciento tres
Viaje ciento cuatro
Viaje ciento cinco
Viaje ciento seis
Viaje ciento siete
Viaje ciento ocho
Viaje ciento nueve
Viaje ciento diez
Viaje ciento once
Viaje ciento doce
Viaje ciento trece
Viaje ciento catorce
Viaje ciento quince
Viaje ciento dieciséis
Viaje ciento diecisiete
Viaje Final
Agradecimientos
Quienes están ahora conmigo, siguen el recorrido de mis dedos sobre mis teclas y me escuchan mientras leo;
Matías Emiliano
Federico Horacio
Agustina
Ellos siempre supieron de este libro, me apoyaron incondicionalmente durante el camino, alentaron cuando lo abandonaba, y acompañaron el ida y vuelta de mis sentimientos a medida que escribía.
A todas las personas que aparecen como personajes a lo largo del viaje;
Mi padre, de quien heredé el intelecto.
Mi madre, de quien heredé los sentimientos.
Mis abuelos maternos, de quienes heredé la conexión trascendente con nuestra historia de vida.
Héctor, el padre de mis tres hijos, de quien me divorcié.
Y también,a todos los que llevo en el corazón y no les tocó viajar como personajes en este relato.
A mi escondite perfecto; esa niña que soñó esos viajes novelescos: Rosana Di Nobile, autora.
A todos, mi más profundo amor y respeto.
Aquella mañana había llegado una nueva carta certificada, con múltiples estampillas y sellos.
El sobre decía;
Señora Mariannina Bruno
Av. Los Quilmes 895, Quilmes
Buenos Aires. Argentina
URGENTE
Quedó la carta sobre la mesa. Recién al caer la noche, noté que mi abuela observó las estampillas de colores rojas, lilas y marrones, fijó su mirada en el margen izquierdo del sobre. Junto al grabado de un avión celeste, la frase vía aérea.
Esta historia nace en el sur de Italia, donde los mares Jónico y Tirreno bañan uno y otro lado, el lugar. Sus costas rocosas y playas de colores no se confunden con su naturaleza salvaje y misteriosa.
Viaje uno
Quisiera hablarte en tu idioma, pero sabés cuánto me cuesta; por eso te hablo en dialecto. Mientras la lengua italiana se siente ajena, impuesta, la calabresa expresa nuestro sentir.
Quedan en mí huellas imborrables de aquellos orígenes. En esa región hubo un lugar único donde admiré tanto los inviernos como los veranos.
Algún día, si llegas a visitarlo, vas a encontrarme en esos colores y entender sus misterios. Hoy te cuento solo sobre aquellos misterios que también te dieron vida.
Verás un paisaje único, donde praderas verdes se interrumpen con lagos y cascadas; disfrutarás de los tibios rayos del sol sobre aguas pocas veces vistas, porque en aquellas épocas no era fácil llegar hasta ahí. Cada vez que pienso en Calabria, imagino ese mar y sus maravillosas playas.
Nací en una zona de colinas que descienden de norte a oeste por la provincia de Cosenza. Lo que llamamos «la cosecha» es un largo camino de viñedos y frutos de olivo. Algún día, podrás verte entre las muchas y encantadoras localidades que hacen a estas tierras.
Desde esta mañana me encuentro triste por esta carta. Aun sin saber leer, sospechaba de qué se trataba. Una muerte más.
Mi única hermana mujer, Teresa.
Me alivia tener esta conversación con vos, pero no quisiera que me veas así. Ni a tu abuelo, quien camina cabizbajo por los rincones de la casa sin saber qué hacer. Vidas que han quedado atrás, que no volveremos a ver ni abrazar.
Vendrán días de luto. Llevamos años vistiendo el color de la muerte. Por respeto al alma de Teresa, no saldremos de la casa por varios días. Me refugiaré en el tejido a crochet. Que el tiempo huya en cada lazada.
Los mejores sueños anidan en Italia. Pero aquella travesía en barco fue como mecer nuevas ilusiones. Viajaba con tus tres tíos y tu madre. Traía a tu tía, la más pequeña, en brazos. Fueron días largos, los peores de mi vida. Me sentía enferma desde antes de partir. Permanecí encerrada en el camarote, y desde una ventana solo se distinguían aguas abiertas, cielos, pura pesadumbre, y un vacío interminable.
Fueron treinta y cinco días de suplicio y olejaje. De mis hijos se ocupaban el resto de los pasajeros, todos italianos. Lo recuerdo como estar contemplando la foto en blanco y negro de alguien más. El mundo se había vuelto anónimo. No estaban ni mi gran mamma ni mi mamma para cuidarme, como en el pueblo.
Interrumpí a mi abuela de tanta nostalgia.
—¿Quiénes son los que parece que me están mirando desde esos retratos colgados en el pasillo? —pregunté.
—De esos retratos no habla nadie, pero son retratos que tienen nombre, apellido, historias y gestos. Algún día vamos a hablar de ellos, con otra profundidad; hoy no es el momento. Lo será cuando crezcas, seguramente. Esta noche solo puedo decirte que creas que podés ser diferente a esas mujeres del retrato, y hasta diferente a mí.
Cuando tenía catorce años y mis cabellos largos, mi mamma me hacía dos largas trenzas. Mis padres eran un baño de lindas palabras hacia mí. Me decían que era la niña más hermosa del pueblo. Pero no me sentía así; mi cuerpo se había desarrollado y era una joven con ganas de enamorarse.
Así pasaba cada tarde tu abuelo frente a la puerta de mi casa cuando regresaba de su trabajo desde las colinas, bajaba en bicicleta. Me miraba y sonreía, tan pícaro como hoy. Me ruborizaba, lo cual se notaba más por mi piel blanca, y regresaba a la casa entre suspiros.
Mis padres ya se habían dado cuenta de que me gustaba Antonio De Messa y, como me consentían en todo, tuvieron una conversación con su familia. Los matrimonios eran resultado de la negociación entre familias. Pero, en mi caso, hubo puro consentimiento de mis padres. Pude elegir al muchacho que pasaba cada tarde por mi casa, el que me enamoraba más con cada sonrisa.
En ese instante abrió la puerta mi abuelo. Buscaba una bandeja con naranjas. Las cortó en trozos. Tenían un sabor único. Y empezó a contar su propio cuento. Las naranjas sobre la mesa; mi abuela, ahora en silencio, retomaba las lazadas.
Tejía una pañoleta acampanada de color blanco.
Viaje dos
Mi abuelo desgajaba naranjas. El jugo caía y yo, con paciencia, degustaba cada trozo que me alcanzaba con sus manos. A diferencia de mi abuela, brotaban lágrimas de su narración. A diferencia de mi abuela, contar la guerra a ese hombre de aspecto hosco y modos rústicos; lo debilitaba.
Cuando conocí a tu abuela yo tenía dieciocho años y muchas ganas de ser soldado. Quería hacer el servicio militar, pero fui rechazado por la estatura, una condición fundamental para la época. A pesar de eso, encontré la forma de ser voluntario en el ejército.
Nunca pensé que la mujer con los ojos más bellos de Calabria podría fijarse en mí al pasar frente a su casa cada tarde en bicicleta. Hasta tropecé, una de aquellas tardes en las que volvía de trabajar duramente en el campo. Me detenía en ese instante, pensando en cómo hacer para enamorarla. Ser voluntario del ejército significaba un uniforme de soldado y un par de botas para ir a pedir su mano.
Asomaba en el relato de ese hombre hostil y su semblante debilitado, un seductor. No sabía que se avecinaba la Segunda Guerra Mundial. Lo imaginé con su traje de soldado y le pregunté si había matado a mucha gente.
—Soy un hombre de trinchera—dijo, esbozando una enigmática mueca parecida a una sonrisa.
La Segunda Guerra Mundial le robó parte de su identidad. Era solo un sobreviviente.
Mientras estaba en el frente de combate nació mi primer hijo varón. Puertas adentro, no se hablaba de la guerra. Tu abuela no se enteraba de nada. Y un caluroso verano quedó embarazada. Era el segundo embarazo, y su piel se volvía más suave y tersa. Durante el invierno del 43, en plena guerra, nace tu madre.
De pronto, éramos dos las que escuchábamos el relato en silencio. Mi abuelo se remontaba en cada detalle a su pueblo, a sus orígenes. El trabajo duro en el campo, la posición económica que lejos estaba de ser la ideal. Evocaba a cada familia vecina de la época. De vez en cuando, sabía reír entre lágrimas.
Miré a mis abuelos y sentí que al fin en algo coincidían. La melancolía los unía esa noche, y se unía con el reflejo del brillo blanco y negro del televisor encendido. Era el amor que esa noche los unía. El tejido a crochet de esa pañoleta acampanada blanca, el dulzor de las naranjas, y la carta certificada sobre la mesa.
Por un instante, esa nueva muerte flotó en el olvido.
Tuve la suerte de criarme con dos grandes narradores. Tan solo con palabras, se remontaron a los orígenes de mi familia, y me sentí dentro de esa historia de devastación económica, de migración, de reconstrucción instintiva de la vida. Nadie les enseñó cómo hacerlo, pero lo hicieron.
Con el último gajo de naranja sentía el peso de mi cuerpo como si hubiese vivido las palabras. Ni siquiera me había quitado el jumper gris de escuela y había olvidado hacer las tareas para el día siguiente, pero me vencía el sueño.
Viaje tres
En casa de mi madre hay una foto antigua enmarcada. Atestigua los rasgos exactos de esos tiempos previos al viaje. Se ve a mis tres tíos y a mi madre, tal como describió mi abuela en las narraciones de esa noche.
Mamá viste de terciopelo. Su cabellera es una mezcla de bucles y rizos. Calza zapatos de suela. No eran épocas de niñas en zapatillas. Mis tíos varones usan pantalones cortos con tiradores, camisa almidonada y zapatos de suela cerrados con cordones. Mi tía menor, aquella que vino en brazos de mi abuela, llevaba puesto un vestido diminuto. Aún no le había crecido el cabello, por lo que lo lucía muy corto.
Miradas rígidas de pequeños que, sin saber que ese era el último día en su tierra, no lucían como niños.
Una foto es el sitio desde el cual podemos vigilar la propia existencia. Detenerse allí es palpar el abandono y exhalar una parte del sufrimiento humano. Aquella fotografía es como la cáscara de lo que llevaban por dentro: la fatalidad de la guerra en el rectángulo enmarcado de un pasaje histórico.
Eran los días previos a abandonar Calabria, el empeine de la bota, su tierra. Miraban directo hacia la lente, sin sospecharlo.
Viaje cuatro
Tras enterarse de la muerte de Teresa, la casa familiar fue un desfile de gente. Se acercaban en silencio a dar el pésame. Traían de esos alimentos en conserva que se guardan en alacenas para los días así. Mi abuela, vestida de negro y con un pañuelo en la cabeza, se derrumbaba en lágrimas. Por un mes no se salía de la casa. Ni de la soledad, que los sumía en un letargo. Eran tiempos de silencio y sosiego.
A tan corta edad, intentaba entender la situación. Me iba a la escuela y los dejaba en ese sopor. Esperaba a que anochezca para volver a entrar en la casa.
Fue ahí cuando supe cómo comenzó este cuarto viaje.
El barco fue el medio de transporte. Empacaron poca ropa en el baúl. Sábanas blancas de lino grueso y manteles bordados a mano.
La nostalgia, el temor; lo que conlleva decidirse por un nuevo mundo. El espíritu de mi abuela no era el de la inmigración. Era una mujer simple y honesta. Su belleza radicaba en su entrega. Amaba fervorosamente, pero no resistía. Estaba condenada a aquel hombre, mi abuelo. Un hombre que lució de perfil ante un espejo sus medallas y su traje de soldado; con gestos poco generosos hacia esa mujer que era capaz de todo por él.
Antonio de Messa vivía en la espera de esa gloriosa cima que lo ubicara en primer plano a él y solo a él; aquél que enamoró a Mariannina, la joven más bella de Calabria.
Su espíritu de lucha estaba adherido en cada facción de un rostro curtido por el Mediterráneo. Un hombre de puro instinto, que tomaba la decisión de venirse a vivir a la Argentina. Decisión que mi abuela debió acatar.
Durante esos treinta y cinco días, emociones muy pequeñas comenzaron a nadar por aquel mar. El destino se afana hacia adelante, sin saber que tiene cara de abismo. Un abismo que los separaría de Italia para siempre.
Mi abuelo llegó antes, en búsqueda de aventuras. Como en esa época abundaban los trabajos fabriles, pronto consiguió empleo como operario.
Al referirse a estas épocas, sabía sonreír. Empezó a respirar estas tierras, de mujeres encantadas y noches de tango y burdel.
Viaje cinco
Nuevos aromas.
La palabra perfecta para describir a los conventillos era hacinamiento. En sus habitaciones podía vivir tanto una familia como dos. Era un refugio de inmigrantes desesperados, animados por el amontonamiento. Escaleras que trepaban a una terraza. Las paredes amarillas que le daban un aire institucional. La no percepción del silencio. La disposición de los cuartos. Los baños escasos en el fondo de un pasillo, compartido entre desconocidos. Las cosas desordenadas como las cortinas mal enrolladas y rotas. Cuadros torcidos sobre las paredes como si fueran obras de arte.
Una canilla de agua potable proveía de agua a todas las familias. Había que dejarla correr por un tiempo, ya que salía el agua marrón por el óxido. Estaba atada con alambre y no paraba de gotear, haciendo un charco en el piso.
Aquel era el caos de la oleada de inmigrantes, que trajo esas casas convertidas en: “La nueva Bella Italia”. Un nuevo mundo. En medio de aquel caos, alboroto de familias repletas de hijos. Se establecen relaciones y afinidades, donde la gente de diversos pueblos se mezclaba. Sin un Norte ni un Sur que los dividiera, como en sus tierras.
Habitación quince, era el número de habitación. Por sus pisos de pinotea transitaban mis abuelos, mi madre y mis tíos. Pagaban renta semanal. Era famosa por ser la habitación más alborotada del conventillo. Pintada de un celeste intenso, la gobernaba una cama matrimonial metálica. De su respaldo pendía el rosario de mi abuela. A su lado, dos camas pequeñas donde se amontonaban mi madre y mis tíos. En el mismo ambiente había un lavamanos, y sobre este colgaba, el espejo donde mi abuelo se afeitaba. Una cómoda pequeña donde se guardaba la ropa y un televisor blanco y negro que nunca se llegó a encender.
La habitación se mantenía limpia gracias al esfuerzo de mi abuela, pero eso no le hacía sentir el calor de un hogar. La luz que inundaba la habitación era artificial, ya que no había ventanas. Durante el poco tiempo que podían permanecer juntos en el lugar, la luz la vertía una lámpara y la bombita del techo; era esa iluminación que los contenía en una energía única. Durante ese lapso de tiempo, nada parecía perturbarlos.
Excitación de alcobas que no dormían, infinitas posibilidades dan vuelo a la imaginación de una noche en el conventillo. Entre techos descascarados por la humedad intensa de Buenos Aires, la vieja edificación se alzaba sobre una avenida. No existía diferencia entre día de semana y sábado o domingo. Nadie se rendía en Buenos Aires. La calle era un sitio iluminado, lleno de gente hasta altas horas de la noche.
Mi abuelo se levantaba temprano para ir a la fábrica. Dejaba el conventillo por largas horas. Mi abuela observaba el baúl con pesadas sábanas de lino grueso y manteles bordados a mano que conservaba en el último rincón de la habitación. Sabía que, más temprano que tarde, se convertirían en camisas y en vestidos para mamá y mis tíos. Un ajuar desmontado.
Mariannina comenzó a sumergirse en las historias de otras mujeres del conventillo. Los chismes la incomodaban, pero también se entretenía mientras lavaba la ropa a mano y colgaba las prendas al sol. El único lugar donde podía respirar un poco sin sentirse hacinada era el patio, siempre repleto de niños, personajes a los gritos y alboroto. Con la ilusión de irse pronto de ahí, esperaba que oscureciera rápido para que pase otro día. Los contaba.
Viaje seis
Durante esa época de gran inmigración, de diferentes etnias entretejiendo una nueva cultura, mi abuela no supo vislumbrar lo que sucedía. Prefirió habitar el mito de aquel pasado eterno.
El país estaba en franco crecimiento, y pronto se concretó la compra de la Gran Casa Familiar, gracias al poder de ahorro y la capacidad de trabajo de mi abuelo.
Con este deseo cumplido, ella elige permanecer de puertas adentro, lejos de una vida laboral y social. Se recluye en los grandes espacios de esa casa, en las jornadas de sol en el patio, en sus tejidos y en la pantalla del televisor. Novelas románticas, con besos de tarde y amores fuertes. La infaltable misa dominical televisada. Rezaba su santo rosario a las estampitas e imágenes de yeso. En su altarcito, se sentía como en el mismísimo Vaticano de la ciudad de Roma. Entre quehaceres domésticos, hornallas encendidas, la masa pegoteada entre sus dedos cada domingo, y las largas siestas con el aroma a colonia de lavandas.
Mientras ella se refugiaba, la exaltación del malhumor de mi abuelo dejaba atrás al muchacho enamorado.
Viaje siete
En un pasillo interno de la casa colgaban tres cuadros, como memoria impresa más allá del recuerdo de mi madre y de mi abuela. Eran los retratos de mis bisabuelos, enmarcados como pinturas; dos a color y uno en blanco y negro. Clavar la mirada en ellos al pasar por ese pasillo era recurrir a mis orígenes. Daban un sentido a mi vida familiar. Como niña, ese era mi juego favorito. Respiraban un pasado lejano de tierras desconocidas, pasado de tristezas y grandes ausencias, con algunos dolores presentes y otros olvidados. Los dolores de dos separaciones: la primera, por la inmigración; la segunda, por la muerte a la distancia.
Mi madre me dejaba al cuidado de mis abuelos y cada noche, junto a mi padre, me retiraba. Pasé muchas tardes entre los retratos. Me sentaba en una silla y apoyaba los codos en la mesa mientras mi abuela tejía. No soportaba el silencio y le lanzaba preguntas disparadoras. Ante cada pregunta, sus ojos brillaban en fresca añoranza. Dejaba el crochet de lado, se dirigía hacia la cocina y, luego de un instante, comenzaba a sentirse el aroma a café, poción que se bebía para sacar conclusiones.
Además de narradora oficial, mi abuela fue la máxima protagonista de mi infancia. Con su aroma a colonia de lavanda y sus enérgicos ojos marrones, lució impecable hasta el último suspiro. Sus cabellos llenos de canas, lo que la hacía lucir aún más luminosa.
Hoy, es mi café de las mañanas, es el trenzar mi pelo, y también quien me acompaña, íntimamente, en los infiernos que sostengo con mi madre. Sus cuentos reales fueron los primeros en dar profundidad a mi mundo, construyéndome. En su mundo yo no era una extraña, mi ser no se derrumbaba. El recuerdo de sus palabras son huellas de oro que me transportaron como una caricia hacia la vida adulta.
Sentada, con los codos sobre la mesa, empecé a estar más atenta a la historia que me contaba mi abuela. Las diez campanadas del reloj de pared me recordaban que mi madre aún no había llegado.
Viaje ocho
Me levanté de la mesa y, seguida por mi abuela, me dirigí hacia el pasillo. El primer retrato era de mi bisabuela, la madre de mi abuela. Una foto a color, como pintada a mano, retrata a una mujer muy parecida a ella, de semblante serio, cabello abundante y ondulado, ojos vivaces y labios rosados.
Al lado, el retrato de mi bisabuelo, su padre. Me llamó la atención la formalidad de su vestimenta. Debajo de sus bigotes emanaba una leve sonrisa.
Los ojos de mi abuela se llenaron de lágrimas. Como aquel día de la carta certificada, la muerte rondaba en el ambiente. Sentí las mismas ganas de abrazarla, pero fue tan inmensa la tristeza que quien necesitaba ese abrazo era yo.
Me contuve.
El tercer retrato era mi bisabuela, madre de mi abuelo. Ella lucía diferente, con el mismo ceño fruncido de mi abuelo y mamá. Una marca que tal vez estoy destinada a heredar. Un entrecejo comprimido, rasgo y expresión de los pensamientos. Era el retrato en blanco y en negro.
—Esta es tu otra bisabuela; igual que tu madre.
Miré el retrato y me di cuenta que era así. Sus ojos rasgados, la ropa sofocando el cuello, el pelo atado tirante. Me la describió como una mujer ensimismada, rústica, fuerte y trabajadora. Llevaba todas las marcas de la guerra. Era como sostener en imágenes el momento en el que fue tomada esa foto. Es verdad; era como mirar a mi propia madre.
Mi madre y mi abuela mantenían una relación estrecha pero desgastada. Sus personalidades eran muy diferentes. Mi madre no buscaba la perfección; era solo parte de la historia familiar. Su objetivo, al igual que la bisabuela, era el trabajo. No tejía a crochet ni narraba historias. Ni siquiera sabía del vínculo que yo mantenía con sus padres mientras ella trabajaba.
En los desgastados colores de esos retratos se hace visible la diferencia de lo afectivo, lo dócil, lo sentimental. La protección y la belleza eran mi abuela. Ella anochecía en colores. Mi abuelo, el trabajo duro, las contexturas pequeñas, el carácter fuerte, lo antipático y lo sacrificado. Él anochecía en blanco y negro.
