El escozor de las cicatrices - M. J. López Duocastella - E-Book

El escozor de las cicatrices E-Book

M. J. López Duocastella

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Beschreibung

La novela narra la historia de Melisa, una joven con una vida tranquila y carente de grandes alicientes, hasta que emprende la búsqueda de un desaparecido. Pese a que inicialmente pueda parecer una típica historia de detectives, la protagonista va descubriendo mientras hace sus averiguaciones, un mundo en el que, pese a lo correcto de la razón, imperan los sentimientos. Emociones surgidas de ciertas inseguridades, de traumas del pasado, del amor más puro, del sexo apasionado e incluso de la crueldad de la traición.

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Seitenzahl: 253

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© del texto: M. J. López Duocastella

© diseño de cubierta: Equipo Mirahadas

© corrección del texto: Equipo Mirahadas

© de esta edición:

Editorial Mirahadas, 2022

Avda. San Francisco Javier, 9, 6ª, 24

Edificio Sevilla 2

41018 - Sevilla

Tlfns: 912.665.684

[email protected]

www.mirahadas.com

Impreso en España

Primera edición: junio, 2022

ISBN: 978-84-19339-88-1

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o scanear algún fragmento de esta obra»

Índice

Agradecimientos

Capítulo I. Con la ilusión de estrenar

Capítulo II. El feedback extralaboral

Capítulo III. Cambio de planes

Capítulo IV. Las cosas inesperadas

Capítulo V. Mi lujuria

Capítulo VI. La resaca del día anterior

Capítulo VII. En caída libre

Capítulo VIII. Las heridas

Capítulo IX. Nuestras cicatrices

Capítulo X. Lo que escondemos

Capítulo XI. Los intercambios de información

Capítulo XII. Lo dulce

Capítulo XIII. La pesadilla

Capítulo XIV. La traición

Capítulo XV. Nuestro faro

 

 

Agradecimientos

Quisiera corresponder de este modo público con el reconocimiento al calor e impulsos recibidos para poder llevar a cabo este proyecto tan liberador e ilusionante a ciertas personas.

Primeramente, a mi hermano Baldo; que en un bache emocional me rescató y me abrió los ojos. Él me empujó a este precioso precipicio que en cierto modo y curiosamente me ha salvado la vida.

A mi sobrina Paula, mi socia; por la disposición inmediata que siempre ha tenido cuando le he pedido el favor de que colaborara con esta ilusión y su imagen.

A mi Marina y mi cuñada Mari que, como grandes lectoras, han sido las personas en las que he confiado para que revisaran cada capítulo de mi texto.

A mis hijos, Silvia y Manuel, por tener la paciencia de aguantarme y apoyarme cada uno a su modo y especialidad, pero siendo ambos mi flotador día a día.

Y también a todas esas personitas que saben que de un modo u otro están reflejadas en este libro, ya sea por nuestras experiencias comunes, por el cariño que les tengo o por lo parecido de sus nombres. Y cómo no, al inspirador que por gracia o por desgracia también ha hecho esto posible.

Os quiero y agradezco a todos. También a vosotros, papás, por la parte que os corresponde.

Capítulo I

Con la ilusión de estrenar

Y así cambió mi vida…

Tocaba la vuelta al trabajo después de las vacaciones de Navidad. Era el primer año que realmente las disfrutaba después de cinco en la agencia con muy poco descanso.

Eso se debió a que a finales de diciembre resolvimos los cuatro casos que teníamos abiertos y decidimos no ponernos en faena con los siguientes hasta pasado los Reyes. Difícil que se diera la carambola, pero se dio, así que la aprovechamos para desconectar, que siempre viene bien.

De manera que, con la idea de empezar de nuevo y las pilas cargadas, me dirigí ese lunes a la oficina.

El local en sí, lo heredé cuando mis padres fallecieron y nos hacía muy buen apaño. Era un espacio pequeñito; un par de mesas de despacho, cuatro sillas para atender y una habitacioncita, que empezaba a quedarse pequeña, llena de archivadores, reflejo de nuestro trabajo. Estaba situada en una tercera calle paralela a Gran Vía, un portal discreto comparado con las tiendas, cafeterías y negocios varios que rodeaban las calles más céntricas.

—Buenos días, Rubén. Uhhh, perfume nuevo, ¿verdad? ¿Tal vez los Reyes Magos?

Rubén Picaza Alvaredo era mi socio. Nos conocimos en bachillerato, pero no fue hasta pasados unos años, cuando coincidimos cursando un máster, que no tuvimos una relación más estrecha. Y cuando digo estrecha me refiero a estrecha en todos los sentidos.

Ambos teníamos la misma ilusión; crear una agencia de detectives privados y poder así resolver casos apasionantes, de esos que quitan el sueño. Aunque obviamente era una visión mucho más romántica que la realidad... demasiadas películas debimos ver de pequeños.

La verdad es que nos ganábamos las habichuelas mayormente con casos de fraudes con pensiones, bajas fingidas e infieles a punta pala. Pero a pesar de ello seguíamos tomando cada encargo nuevo con una ilusión terrible porque, aunque parecidos, nunca hay dos casos iguales. Tengo que aclarar que no siempre se confirman las sospechas del cliente, pero el observar sin ser descubierto la vida de los demás, para mí por lo menos es placentero y crea hasta cierta adicción el saber los secretos que cada uno oculta, por intereses propios, ante los ojos de los demás.

En función de las horas extras que hacíamos por el hecho de adaptarnos a los requerimientos de las investigaciones en curso, al principio solíamos quedar una tarde en semana, normalmente en miércoles, en su piso o en el mío. Tardes que con el tiempo fueron aumentando en extensión y que acababan convirtiéndose en noches, porque sí, no todo era trabajo, tuvimos sexo en muchas ocasiones.

De ahí lo de que nuestra relación era estrecha; las copas aceleradas mientras hablábamos apasionados de las nuevas averiguaciones, las risas entusiasmadas cuando apostábamos hipótesis de lo más surrealistas, los cotilleos sobre nuestros clientes (aunque no estuviera bonito)... todo ello creaba un ambiente que solía llevarnos a un punto de golosa excitación donde el placer de la carne era lo único que nos apaciguaba. Nos divertíamos juntos y era una manera de hacer nuestro oficio algo más llevadero.

Aunque ambos no teníamos pareja y nunca lo hablamos, sabíamos que era solo complicidad a la que le añadíamos ese punto de pimienta que da el sexo, nada más. Pese a que era un chico apuesto e inteligente nunca sentí que estuviese enamorada de él o que fuera el hombre de mi vida, del mismo modo que tampoco creía que él lo sintiera así conmigo. O eso pensé siempre, vaya.

—¡Acertaste! Muy astuta Srta. Scully… —Así me solía llamar cuando quería ironizar, haciendo referencia a su serie favorita—. Alguna reina maga complacida con mis encantos ocultos me ha querido compensar...

Y guiñó el ojo sacando la lengua.

—¿Encantos ocultos? —Y se me escapó la risa—. Yo creo que más que tratarse de una compensación estamos hablando de una inversión o incluso tal vez de una sutil sugerencia referida a su olor corporal... Sr. Mulder.

—Jajaja… ¡Qué cabrona! Tú sabrás qué te gusta más a ti; ¡si mi olor o mis encantos! Porque nunca he oído quejarte, ni cuando gimes…

—JA, JA, JA… —me burlé sonoramente—. ¡Nada de ti me gusta tanto como para regalarte un perfume! —respondí devolviendo el guiño de ojo—. Pues ten cuidado porque ya mismo tienes un cepillo de dientes más en tu baño... y no será el mío, claro.

Resopló, por no querer contestar, sabía que en realidad tenía las mismas ganas que yo de relaciones estables. Los dos éramos conscientes de que no teníamos exclusividad y eso lo hacía todo más llevadero. Nada de compromisos ni de celos y además tampoco era tan tonta como para apetecerme entonces perder esas tardes-noches de desahogo. Mucho más práctico, cómodo y seguro que salir a buscar cada semana un amante improvisado. Yo me conformaba y me sobraba con eso.

Y aunque él no se privaba de dejar caer algún comentario sobre sus líos yo prefería no hacerlo de los míos. Simplemente porque en alguna de las pocas ocasiones que tuve, lo hice y, por su gesto, me pareció entender que él prefería no saber. Es sabido que no es lo mismo ser el actor principal que ser uno más del reparto.

—Bueno, anda, Rubén... dime que tenemos algo interesante, ¡por fiii!

—Pues algo hay. Ya que sea más o menos interesante... —dijo agenda en mano—. Tenemos dos bajas sospechosas, un posible alzamiento de bienes, otros supuestos cuernecitos calentitos por parte de una profesora de instituto y una desaparición. ¿Lo echamos a suerte?

La verdad es que solíamos tirar el uno del otro en cada caso. Digamos que su especialidad eran más los seguimientos a pie de calle y la mía la búsqueda de datos, colaboración necesaria por parte de ambos, salvo que el asunto en concreto fuera muy simple y rápido como para juntar las pruebas suficientes y ahí, en esos casos, uno solo liquidaba la faena. Pero en los casos más enrevesados era sabido por ambos que, aunque colaboráramos, siempre había uno que se implicaba más que el otro.

—Venga, si quieres empiezo por el alzamiento de bienes que es lo más farragoso —le dije, sabiendo lo que él aborrecía esa tarea.

—Perfecto, porque hay una baja de la que ya puedo tirar. Voy al Polígono Sur a ver qué saco. Lo único que se queda suelto esta mañana es una reunión a las once con... —buscó en sus notas— la Sra. Celia Andrade, la madre del desparecido que te he comentado. Esa te toca a ti. Toma nota de todos los datos posibles y de cómo se produjo la desaparición, no entendí muy bien qué sucedió ese día. Me lo contó por teléfono, pero estaba al mismo tiempo siguiendo a María y Emilia Rodríguez. —Y a continuación me hizo memoria—. Sí, las hermanas que trapichearon con los cuadros del marqués... en fin, que te quedes con los datos que seguro que como siempre, lo que pasara ese día fue determinante.

—Vaaale —le dije como si hiciese un esfuerzo, aunque en realidad era lo más apetecible de toda la mañana. Mmmms, desaparecido... ¡¡ñam ñam!!

Dediqué las primeras horas a organizar mi trabajo y el escritorio que permanecía exageradamente ordenado y vacío, tal como lo dejé el último día antes de las vacaciones. No es que sea muy desordenada pero donde hay faena suele coexistir una especie de pequeño caos, por lo menos en mi mundo.

Retiré el calendario del año anterior y coloqué el nuevo. Esas cosas siempre dan gusto, ¿no? Es como estrenar zapatos, tiras los viejos y vuelves a sentir la ilusión por tu última adquisición que, sin duda, huelen a nuevo... hasta que pasan los meses y pierden el brillo y entonces desencantada vuelves a desear que llegue el momento de estrenar otros. Supongo que, como el balance de mi año pasado que, aunque no fuese negativo no conllevó ninguna novedad que me cambiara la vida. Tenía la esperanza, como siempre, de que este me trajera emociones nuevas y potentes. Ignorante de mí, que no sabía entonces lo que me esperaba.

Pues bien, llegadas las 11:00 a.m., puntual a su cita apareció por la puerta la Sra. Andrade. Entró andando con dificultad, medio encorvada y ayudándose con un bastón. Era una mujer de unos sesenta y cinco o setenta años (no sabría decir porque tal vez su pelo entre negro y cano despistaba), delgada y elegante a pesar de que no parecía que su ropa fuera de firma y ni mucho menos actual. Daba ese aire que dan las señoras que en un momento de su vida han vivido acomodadas, pero que el pasar de los años las ha castigado con a saber qué desgracia y han tenido que sobrevivir adaptándose a las penurias con las que no habían ni imaginado encontrarse.

—Buenos días, mi nombre es Celia, Celia Andrade —dijo alargando su mano—. Concerté una cita con su compañero el Sr. Rubén Picaza vía teléfono hace un par de semanas.

—Sí, la estábamos esperando. Hoy le atenderé yo. Mi nombre es Melisa Larsson. Encantada. —Sonreí, mientras le respondía al saludo de manos y le ofrecía asiento.

Después de eso se sentó con un sutil cruce de piernas, ahuecando su falda. Definitivamente era una mujer elegante. Se le apreciaba en cada una de sus palabras y sus gestos.

—Recurro a ustedes para intentar averiguar el paradero de mi hijo. Desapareció hace once años.

—Está bien. Dígame, ¿cómo se llama su hijo?

—Román Pedraz Andrade. En su momento pusimos la pertinente denuncia ante la policía. Y ellos tras varias averiguaciones me informaron de que no habían tenido ningún resultado. Buscaron información entre sus amistades y compañeros del trabajo, pero no se llegó a nada.

—¿Qué edad tenía él entonces?

—Veinticinco años, era muy joven —se lamentó.

—Y cuénteme qué pasó ese día Sra. Andrade, el último día que lo vio.

Entonces ella suspiró con la resignación del que ha contado mil veces la misma historia y tomó aire para volver a hacerlo de nuevo.

—Román, ese día, tenía turno de tarde, y comimos los tres juntos; Fernando, él y yo.

—¿Fernando es su marido? —interrumpí.

—No, Fernando era mi pareja entonces, enviudé hace ya unos años. Él no era el padre de Román, que también falleció cuando mi hijo tenía solo seis añitos, de una leucemia. Ya ve que la vida parece que me castiga con la soledad… bueno, no quiero entretenerla con mis penas. Ese día comimos juntos y después se vistió con su uniforme y se fue con la moto del trabajo, como otro día cualquiera.

—¿De qué trabajaba Román?

—Trabajaba desde que cumplió los dieciocho en una empresa de paquetería, recogía y repartía paquetes. Estaba contento con su faena. No sé si tendría algún problema con algún compañero o si le sucedió cualquier otra cosa, pero la cuestión es que nunca volvió a casa. Le estuve esperando con la mesa puesta para cenar y al ver que pasaban las horas me empecé a preocupar, no era normal. Llamé a su trabajo y Miguel, su jefe, estaba muy enfadado porque Román no había completado su reparto. Dato con el que supimos que a partir de media tarde se le perdió la pista. Al día siguiente fui a la policía, pero claro, como era mayor de edad y no había señales de que se marchara forzado, ni tampoco apareció su cuerpo por ninguna parte, tras las cuatro averiguaciones que hicieron lo dieron como una desaparición voluntaria. Me dijeron que tal vez huyera a algún otro país, tal vez con una identidad falsa, dado que no había rastro de sus tarjetas bancarias ni se le había identificado en ningún sitio.

—¿Y usted qué cree que pasó? ¿Tiene alguna sospecha? —Siempre he confiado mucho en ese conocido instinto que tienen los padres…

—Yo no sé por qué se fue. Solo tengo una certeza y es que vive y no muy lejos de aquí.

¿Cómo? Me quedé ojiplática. ¿Cómo podía hablar con esa certeza? ¿No se suponía que estaba desaparecido y no se sabía de él? ¿Y por qué no había empezado su relato por ahí?

—¿Me está diciendo usted Sra. Andrade que sabe dónde está su hijo?

—No, no exactamente. Si no, no recurriría a su ayuda.

Metió la mano en uno de los bolsillos de su chaqueta y sacó un papel doblado que al ir desplegando pude ver que se trataba de una página de periódico. Y señalando una foto me contó:

—¿Lo ve usted? Es él, mi Román.

Yo no daba crédito.

La fotografía estaba enmarcada en una noticia sobre la última exposición del pintor Andrés Suáres en la capital. Estaba fechada a día 15 de diciembre. La imagen se había tomado el día de la inauguración y en ella aparecía, en primer plano, el famoso pintor mejicano. Alrededor tenía alguna de sus obras y en segundo plano había un grupo de personas, imaginé que asistentes, algún cargo público u organizadores del evento, en corrillo como intercambiando opiniones o halagando las obras del retratista.

Entonces ella me señaló uno de estos personajes del segundo plano.

—Mire y dígame usted que no es él. —Y me puso sobre la mesa un par de fotos antiguas.

Me fijé en la imagen del periódico, en el hombre que me había indicado ella. El señor estaba de espaldas y por ello solo se podía apreciar en su rostro un asomo de perfil con barba. Alargaba el brazo como queriendo indicar algo. De buen porte, se presentía alto, traje oscuro, camisa blanca, de pelo castaño, en su muñeca extendida un reloj con pinta de ser de los buenos...

Luego miré las otras fotos, las antiguas que tenía encima de la mesa. En una aparecía un muchacho, Román, claro, que imagino que estaría echada unos años antes de desaparecer porque en ella aparentaba unos dieciocho o veinte años. Vestía ropa deportiva y sonreía mientras presumía alzando un trofeo con una mano mientras con la otra hacía una uve como símbolo de victoria. La otra imagen era la típica foto en blanco y negro que todos tenemos (por lo menos hasta mi generación) de cuando fuimos bebés, sobre una mantita y con tan solo un pañal, dejando casi todo el cuerpecito al descubierto. Y entonces entendí lo que me quería señalar su madre.

Tanto en la foto de bebé como en la de chaval se podía ver claramente una seña de identidad muy diferenciable. Una mancha de nacimiento grande y oscura en su mano derecha.

Rápidamente volví a clavar mis ojos en la imagen del periódico y ahí estaba esa mancha; ¡de igual proporción, color y en la misma mano! Y aunque no se apreciara bien su rostro, ni supiera qué cantidad de hombres podrían entrar en ese perfil; con ese cuerpo y una marca idéntica en el mismo sitio, entendí que la madre no lo hubiese dudado ni un segundo.

—Bueno, obviamente parece que es él, aunque habría que confirmarlo. —Intentaba ordenar aquella información en mi mente, serenarme y al mismo tiempo aclararle la situación a la Sra. Andrade.

—Sí, claro. De eso se trata. Quiero que lo confirme y que me diga dónde está exactamente porque me gustaría recuperar mi relación con él. Han pasado tantos años, años perdidos…

—Sra. Andrade, nosotros haremos lo posible para localizarlo y con los datos tan valiosos que nos ha facilitado usted, sobre todo la noticia del periódico, ya hay hilo del qué tirar. Pero no le puedo asegurar que en el caso de que lo encontremos, su hijo corresponda y quiera reencontrarse con usted. Él estaría en el derecho de negarse a que usted sepa de su vida. No sé si a usted le bastaría con saber si está bien.

—Lo sé, soy consciente. Pero quiero tener, aunque tan solo sea, esa oportunidad. Después de tantos años es lo más cerca que he estado de recuperarlo…

—De acuerdo, pero me surge una duda: ¿Por qué razón ha decidido usted encargarnos esta labor y no ha acudido directamente a la policía con este nuevo dato?

—Pues… la verdad es que si le soy sincera no confío demasiado en ellos después de cómo nos fue en el momento en que desapareció Román…

—La puedo entender. Bien, pues le voy a tomar nota de datos concretos de Román, tanto físicos como identificativos para poder hacer su perfil.

Esa labor, más la de comunicarle los costes que tenía nuestro trabajo, me ocupó una media hora más, tiempo en la que aquella señora permaneció en la oficina, sentada frente a mí, colaborando, hasta que se levantó con cierta dificultad y se despidió pidiéndome que en cuanto supiera cualquier información de su hijo se la comunicara. Y así le prometí que lo haríamos.

Ya en la soledad del despacho, dediqué un buen rato a observar las fotos que aquella mujer me había dejado. Román era un muchacho atractivo, por lo menos en su juventud y podía presuponer que, a día de hoy, también lo debería ser por el porte que se veía en su última imagen. Treinta y seis años debía tener hoy para ser exactos. Tenía una mirada inquietante de aquellas que no sabes muy bien qué te quieren decir o más bien dicho, cuánto callan. Lo curioso es que esos ojos canela me resultaban familiares o como si ya me hubiese cruzado con ellos en el pasado.

¿Qué debió pasar para decidir desaparecer así y después de tantos años no intentar comunicarse con su familia a pesar de vivir supuestamente cerca?

Y así pasé rato, con la mente perdida, dándole vueltas a toda la información que me había regalado la mañana, hasta que me di cuenta de la hora. ¡Ostras, la una!

Recogí rápido y fui dirección al bar donde solía comer todos los días el delicioso menú de Carmela.

Ella, Carmela, era una onubense muy simpática y cariñosa, con la que tenía mucha confianza, confianza que había ido creciendo con el paso del tiempo, por los ratos de charlas y confesiones que teníamos en ocasiones, cuando ella estaba más ligera de faena y soltaba el delantal.

Mientras andaba, aproveché para llamar a Rubén, del que no había tenido señales de vida en toda la mañana.

—Dime, Melisa, voy con prisa, pero cuéntame. ¿Qué necesitas?

¿Qué necesito? Esa era una de las cosas que no me gustaban de Rubén, por la que jamás lo vi como una posible pareja; la arrogancia esa de creer que uno es un ser protector o benefactor que va solucionando el día a día de los demás. ¡Como si no fuésemos dos iguales! Sé que no tenía en absoluto mala intención, pero no se podía desprender de ese aire paternalista que le envolvía. Ni yo de esa inseguridad que me hacía sospechar de todo acto generoso hacia mí.

—Nada, no necesito nada, gracias —aclaré con cierto retintín y mi peculiar simpatía, esa que me surge cuando algo me molesta, jejeje—. Solo llamaba para ver cómo ibas y para preguntarte cómo te venía cenar esta noche si no tienes otro plan. —Porque también es cierto que pronto se me pasa…

—Ohhhh, esa proposición solo puede ser por dos motivos: o tienes novedades tan frescas y golosas que no puedes evitar compartir o bien has echado mucho de menos estas navidades nuestras sesiones desenfrenadas, viciosilla… jejeje.

—¡Bobo, lo primero! —Aunque tal vez también tuviese razón en la segunda, pero no iba a decirle que estaba frita porque me follaran en la encimera, en el suelo o donde fuera…—. Es para ponernos al día con el trabajo, ¡no sabes cómo pinta de divertido el caso de la Sra. Andrade!

—Vaaaale, de acuerdo. Anularé mis planes porque en realidad tengo curiosidad y me apetece más tu propuesta. ¿En tu piso o en el mío?

—A las nueve en el mío.

—De acuerdo. Qué intriga… ¿No me vas a dar alguna pista?

—El desaparecido no lo está tanto. —Claro, no le iba a decir «vino espumoso y lencería de satén y encaje…».

Capítulo II

El feedback extralaboral

¿Vestido gris, corto y de punto o tejano y blusa morada? O ampliando el asunto… ¿ropa informal?, ¿rollo sensual directamente? Estaban claras mis intenciones, pero tampoco era plan de ser muy explícita, ¿no? ¿Pijama y paso de tanta preocupación?

Odiaba y sigo haciéndolo, el tener que pelearme así con el armario cada vez que intento estar acertada con la vestimenta. Es sabido que, por norma, esto solo pasa cada vez que intentas impresionar o agradar a la persona con la que te vas a encontrar. Reminiscencias de mi pasado. Y seguramente fuera el caso. No buscaba la valoración de Rubén, pero sí su interés más sensual en mí. Que le apeteciera darme un buen revolcón, no de primeras porque me podían las ansias de hablar del trabajo, pero sí a posteriori.

Rubén me tenía más que vista en la oficina, pero ahí era otra cosa. Diferenciábamos totalmente. Así que los días de trabajo solía tirar de comodidad. Ahí mi prioridad no era él. Tejano, jersey abrigado y botas en invierno si no esperábamos visita. Vestiditos cómodos y tacón bajo o sandalias en verano. Siempre he sido algo presumida, pero no me gustan las cosas exageradas y procuro ir acorde con la situación. Si llamo la atención en mi trabajo que sea por mis aptitudes y no por mi aspecto.

Pero lo de esa tarde está claro que no solo era un encuentro para hablar de motivos de trabajo y los dos lo sabíamos, aunque como siempre ese fuera el pretexto.

Desde nuestra cena de empresa de Navidad (particular, porque solo éramos dos los asistentes) no habíamos vuelto a coincidir en esas circunstancias. Es obvio que él sí había tenido sexo desde entonces, pero yo estaba a dos velas.

Y no es porque no tuviese ganas de rozar mi piel con otra, pero desde que fallecieron mis padres, estas fechas me entristecían o qué digo entristecer… me hacían morirme de envidia de ver cómo parecía que el resto del mundo disfrutaba de ese dichoso espíritu navideño que yo había perdido. De manera que en esos días solía encerrarme en mi pisito para no ver a nadie. Además, este año, con el parón que habíamos tenido en el trabajo, tampoco tenía ni la excusa de lo laboral para quedar con mi compañero.

En fin, pues diez minutos antes de que el reloj de la cocina marcara las nueve sonó el timbre del portero. ¡Mierda! Con perdón, pero es lo que salió en ese instante de mi boca. Me pilló metiendo el papillote de bacalao en el horno, con las manos manchadas, en zapatillas de andar por casa y con una coleta improvisada para que no me molestara el pelo al cocinar.

Le abrí el portero y justo corrí para parecer perfecta y relajada antes de que él subiera las cuatro plantas y poder recibirle en la puerta del piso. Entre medias; limpieza de manos, cambio de zapatillas por unas deportivas de medio vestir que combinaban con mi tejano y camiseta blanca de cuello alto y manga corta, sacada de dos mechones para parecer que llevaba una coleta modo informal pero arreglada, pellizco en las mejillas y dos pulverizaciones rápidas de colonia en mi cuello.

—Buenas, Rubén, pasa. Me pilló el toro como siempre…

—No, no pasa nada. Perdona, es culpa mía, me he adelantado un poco. Fui a comprar un detalle y por lo visto elegí más rápido de la cuenta —me dijo con una sonrisa mientras me mostraba una botella de vino tinto.

—Oh, muchas gracias, nos va a venir perfecto para el entrante que estoy preparando. Si quieres, coge el sacacorchos. Ya sabes dónde está y ve abriéndolo para que se oree mientras yo acabo de cortar la tabla de quesos, por favor.

Él iba bien vestido; tejano negro, cuello alto de punto, zapatos italianos y una parka gris oscura. Me hizo gracia que llevara un perfume, seguro que caro por lo bien que olía, pero que no fuera el que le había regalado su reina maga.

—No sabes la mañana de frío que he pasado en el polígono y total para no poder hacer ni una foto nítida en la que se vea al tal Miguel Ángel, el mecánico de la baja, haciendo sus tejemanejes…

Colgó su parka en el perchero y así empezó a hablarme de su día. Situación peculiar si tenemos en cuenta que lo hizo pegado a mí por detrás. Como el que habla del tiempo, pero con esa sutileza, con su boca pegada a mi oído, mientras metía sus manos frías por debajo de mi camiseta. Yo no llevaba sujetador, así que, entre la impresión del cambio de temperatura, la suavidad con la que se deslizaban sus dedos por mi piel y el peso de su cintura empujándome contra la encimera de la cocina… no pude evitar erizarme entera. Pezones incluidos.

—Eyyy, ¿es que quieres empezar por el postre? Anda, sirve un par de copas de vino y me cuentas. —Y mientras le besaba, con mis codos hice espacio entre nosotros.

Me encanta el sexo, pero cuanto más ansiado mejor. Solo se trata de estirar la cuerda hasta el máximo que se pueda aguantar sin riesgo a perder. Además, yo quería explicarle antes lo del caso. ¡Jolín con el ímpetu!

—Grrrr… —refunfuñó mientras intentaba recolocarse su entrepierna— pues nada, que prácticamente he perdido la mañana. Pero cuéntame tú… ¿Qué tal con la señora Andrade? Tenemos caso, ¿no?

No le quedó más remedio que asumir que aquello podía esperar. La verdad es que nos conocíamos muy bien y él tenía la paciencia necesaria conmigo y mi manera de dosificar. No solía ser habitual que cuando nos veíamos empezáramos por retozar, aunque alguna vez me había pillado más débil y sí había pasado. Pero yo lo prefería del otro modo. Era como una manera de afianzar la idea, preferible para mí, de que éramos primeramente compañeros que se desahogaban juntos más que ser unos amantes que después de devorarse charlaban del trabajo abrazados. Supongo que era una forma de resguardar mi miocardio.

—Sííí… espérate que lleve los entrantes, me siente y te lo cuento. Acerca la botella, por favor.

Y entonces entre copa y copa y porciones de queso con mermelada fui contándole toda la información que tenía, la que amablemente me había relatado por la mañana la madre de Román.

—Jolín, ¿pero tú por qué crees que despareció ese muchacho? —me preguntó.

—Pues no tengo ni idea, pero si ha cambiado de identidad, que es lo que parece, es porque no quiere que se le encuentre. Hay dos opciones en principio: o problemas serios en casa, que no lo veo muy probable porque me pareció que su madre estaba realmente preocupada por encontrarlo, o bien en el trabajo. O quién sabe, tal vez tenía una vida paralela y viendo que era incompatible con la principal se decidió por la otra…

—¡Sí, jajaja, o lo abdujo un ovni, Scully! Son opciones, claro. Bueno, en realidad no nos debería de importar el motivo. Con encontrarlo y comunicarle que su madre lo busca y confirmarle a ella que él sigue existiendo y está bien, si es que él no quiere nada más, ya nos sirve. —Hizo un descanso mientras rellenaba las copas—. Sabiendo que estuvo en esa exposición y con lo de las fotos que me has contado ya hay material para empezar.

—Ya, lo sé. Pero la curiosidad de saber me hierve, jijiji… —Me reí maliciosamente.

—Uy, pero estamos dando por hecho que el de la mancha es él. ¿Y si hay más gente con esa misma marca? Podría ser solo una casualidad, que no fuese él y en ese caso sí, si lo buscáramos tendríamos que centrarnos más en el día que se esfumó, partiríamos de cero.

—¿Tú crees? Yo vi las fotos y casi que quedé sin duda alguna… ¡Ostras, que las tengo en el móvil! —Y corrí a rebuscar en el fondo del bolso ese aparato que en aquel momento parecía tan evolucionado y que visto ahora estaba a años luz de serlo.