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La década de 1920 en los Estados Unidos marcó una época de esplendor para el cuento moderno, que se convirtió en el género literario por excelencia de un país en plena transformación. Esta antología reúne relatos de autores emblemáticos que dieron forma a la short story en su momento de mayor auge. Desde la introspección de Sherwood Anderson hasta la crudeza de Ernest Hemingway, pasando por la ironía afilada de Dorothy Parker y el lirismo de William Faulkner, cada historia aquí seleccionada representa un testimonio de la riqueza y versatilidad de la narrativa breve estadounidense. Más que simples instantáneas de su época, estos cuentos revelan la profundidad y complejidad de una generación que oscilaba entre la euforia y la incertidumbre. Con una cuidada selección de Marcelo G. Burello y traducciones de especialistas, este volumen permite al lector adentrarse en las inquietudes, los conflictos y las innovaciones literarias de los grandes maestros del relato breve. Selección, introducción y presentaciones: Marcelo G. Burello Traducciones y notas: Milena Arce, Marcelo G. Burello, Luciana Colombo, Nicolás Coria Nogueira, Ana V. Flores, Vera H. Jacovkis, Cecilia E. Lasa, Yanina Nemirovsky y Thomas Schonfeld. Cuentos de: Sherwood Anderson, Ring Lardner, Zora Neale Hurston, Ernest Hemingway, Katherine Anne Porter, H. P. Lovecraft, Dorothy Parker, William Faulkner, John O'Hara y F. Scott Fitzgerald.
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Seitenzahl: 362
Veröffentlichungsjahr: 2025
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El cuento es un invento norteamericano, y acaso el género literario más importante que haya surgido en los Estados Unidos.
Alfred Bendixen1
Los años veinte son, sin muchas discusiones, la década más notable en la historia del cuento norteamericano.
William Peden2
Desde el punto de vista de la historia literaria, no sería exagerado proponer que el último género en imponerse globalmente en las preferencias del público lector ha sido el del cuento moderno, así como tampoco lo sería sugerir una ecuación entre la literatura de los Estados Unidos en general y su producción cuentística en particular. En efecto, desde que a mediados del siglo XIX Edgar Allan Poe abogara por las revistas como tabla de salvación de las Letras y exigiera “la artillería ligera del intelecto, […] lo breve, lo condensado, lo agudo”3, la idiosincrasia literaria norteamericana se fue volcando masiva, obsesivamente a este intenso formato narrativo, al punto de que ya a fines de ese mismo siglo un prestigioso escritor y editor como William Dean Howells y un consolidado académico como Brander Matthews podían constatar el notorio ascendente de lo que por entonces iba pasando de llamarse “tale” a denominarse, más técnicamente (aunque no muy creativamente), “short story”4, diferenciándolo de la novela propiamente dicha y de la novela breve o novella. No se escribían con pluma, sino con máquina de escribir (Mark Twain fue un orgulloso pionero de esta renovación), y casi nunca aparecían en libros (ni siquiera de tapa blanda), sino en diarios de bajo costo y revistas de alta circulación5: accesibles, transportables, comprensibles, disfrutables, los cuentos norteamericanos no tardaron en ganar el favor del público nacional, primero, para luego trascender al ámbito anglosajón en general6, y finalmente imponerse en la arena internacional, cuando las catástrofes europeas y la agresiva política exterior estadounidense llevaron al país al lugar de primera potencia mundial, a modo de profecía autocumplida.
Las primeras dos décadas del siglo XX ilustran ya a las claras y por sí solas este formidable ascenso de la narrativa breve en el horizonte norteamericano, un ascenso no exento de polémicas y opositores7. Grandes maestros residentes en el Viejo Continente, como Henry James y Edith Wharton, despotricaban contra ella porque ante todo aspiraban a crear lo que el escritor J. W. De Forest había bautizado como el sueño de la “gran novela americana”; sin embargo, ni James ni Wharton se abstuvieron de incursionar en el cuento, y no poco de ese corpus específico constituye al día de hoy un verdadero logro artístico8. En el ámbito nacional, por otro lado, bastará invocar el nombre de quien llegó a entronizarse como pope del género durante su corta trayectoria como autor profesional (tras haber sido apotecario, aventurero y presidiario): William Sidney Porter, alias “O. Henry”, quien supo hacer de la short story una discreta artesanía y una valiosa mercancía, hasta volverse proverbialmente rico… y por ende, tan admirado como odiado. Mientras que los autores y lectores con aspiraciones de una literatura de alta calidad usaban el término peyorativo “ohenrysmo” para denostar esos relatos con tufillo a prefabricación mecánica, es muy sugestivo que poco después del temprano fallecimiento del ídolo se instituyera un premio al mejor cuento norteamericano designado, lisa y llanamente, el “Premio O. Henry”; con el tiempo, entre los recipiendarios del galardón se contarían eminencias tales como Dorothy Parker, William Faulkner, John Cheever y Joyce Carol Oates.
Así las cosas, mientras Europa se bañaba en sangre durante la denominada “Gran Guerra”, entre 1914 y 1918, la literatura de los Estados Unidos crecía y maduraba artísticamente, tanto en términos cuantitativos como cualitativos, y el cuento era la nave insignia de tal arremetida. Como resultaba lógico, a los premios puntuales y las remuneraciones jugosas dedicados a este formato no tardaron en sumarse las prestaciones pedagógicas. En su capítulo sobre “manuales y talleres” de redacción de relatos breves a comienzos del siglo pasado en el país, por caso, un especialista ha señalado la exuberante profusión de cursos −públicos y privados− y guías prácticas sobre “cómo escribir cuentos”9; la cultura del “how to” y el “do it yourself”, tan norteamericana por su carácter democrático y utilitario, evidenciaba el éxito comercial de los buenos relatos, a la par que ponía en riesgo de extinción a la joven especie por mera superpoblación (es cierto que lo que abunda no daña, como reza el refrán, pero en materia artística el exceso de un producto tiende a saturar y agotar el mercado). De hecho, podemos pensar en 1915 como el hito más gráfico de este período: ese año aparece el clásico estudio America’s Coming of Age, del crítico e historiador Van Wyck Brooks, donde se discute la vigencia del legado puritano y se especula con el posible futuro de las Letras nacionales, y a la vez comienza a editarse el compilado Best American Short Stories, dirigido inicialmente por el bostoniano Edward J. O’Brien (que en años posteriores, ya residiendo en Inglaterra, compondría más de un ensayo sobre ese nuevo fetiche del sistema editorial: la “American Short Story”). La madurez de la literatura estadounidense iba de la mano con el triunfo del relato breve.
Tras su tardía y gloriosa participación en la Primera Guerra Mundial, como es sabido, para los Estados Unidos de América comienza una época de renovada prosperidad y optimismo, que se prolongará al menos hasta el colapso económico y social de 1929−1932. Se conoce a dicha época con varios nombres distintos (en español se suele apelar equívocamente al concepto francés de “années folles”: los “años locos”)10, pero el que acaso la define con mayor espectacularidad y contundencia sea el de los “Roaring Twenties” (literalmente, los “rugientes veinte”), concepto que parece evocar el clamor de las orquestas de jazz y el traqueteo de las armas a repetición; y es que, en efecto, el saxo y la ametralladora probablemente hayan sido los instrumentos solistas más destacados en la música incidental del momento. En realidad, si la consideramos como una unidad de sentido, se trata de una larga década, que más o menos va del fin de la guerra, en 1918, hasta el derrumbe socioeconómico del país acaecido en la transición hacia los años 30, un colapso que para los Estados Unidos supondrá un barajar y dar de nuevo conocido justamente como “New Deal” en honor al programa de gobierno del presidente Franklin D. Roosevelt. Época de posguerra y de paz (con mucha gente dispuesta a gozar la vida, pero también con víctimas de trastornos y mutilaciones originados en el frente de batalla), de fiestas desenfrenadas y agitación social (con muchas fortunas y carreras profesionales en ascenso, pero también con mafias feroces y sindicatos en protesta), de progresismo y ambigüedades morales (con la emancipación femenina a flor de piel, pero también con prohibición de alcohol y siniestros proyectos sanitarios). Época, en lo estrictamente literario, de consolidación del tan relegado teatro autóctono (piénsese en Eugene O’Neill); de profunda renovación de la lírica, en alas del modernismo anglosajón (piénsese en Ezra Pound); de continua experimentación con la novela, siempre dotada del aura de forma superior de la literatura burguesa (piénsese en John Dos Passos); y ante todo, de la nueva niña mimada de los lectores, la short story, que durante este decenio conocería un desarrollo exponencial e inusitado en toda la historia de un género literario. La aparición en escena de revistas con pretensiones explícitas de mejorar la calidad de esta especie súper abundante es un dato harto elocuente: en 1925 se inaugura la archiconocida The New Yorker, una slick magazine que de veras hará historia por su capacidad de combinar la mercadotecnia publicitaria y la calidad artística, y en 1931 irrumpe la más discreta pero igualmente crucial revista Story, donde a la sazón debutarían en letra impresa plumas de la talla de J. D. Salinger y Carson McCullers.
Con esta ambiciosa antología que aquí presentamos hemos querido reunir un decálogo de grandes exponentes de lo que tal vez haya sido el mejor momento del género norteamericano por antonomasia: esos locos, rugientes años veinte. Con intención filológica, y sin ánimos de abrumar con erudición inútil o sobreinterpretaciones forzadas, ofrecemos aquí, en el orden cronológico en el que vieron la luz11, un puñado de los mejores cuentos salidos de plumas estadounidenses en dicho período. Nuestro rico aparato crítico pretende aportar datos textuales y contextuales que ayuden a poner en valor cada una de las piezas, con versiones en lengua española que logren plasmar, mutatis mutandis, el encanto y la originalidad de la respectiva prosa, fluida y elegante en algunas instancias, y deliberadamente austera y áspera en otras. Por cierto, dada la calidad de los autores y las narraciones integradas en este volumen, bien podría decirse que nuestra selección no ha sido tan selectiva, a fin de cuentas. Se abre con quien fuera una especie de tío de lo que luego se conocería como Lost Generation, esa “generación perdida” de genios autodestructivos de la que Gertrude Stein supiera ser como una madre: Sherwood Anderson, con su profunda exploración de ciertas subjetividades marginadas e ignoradas por los más diversos motivos. Y se cierra con quien acaso fuera el más conocido autor de cuentos de los años veinte en su país (aunque con el tiempo su fama quedaría más circunscripta a la novela), lúcido profeta y protagonista del cataclismo del Sueño Americano que estalló en 1929: F. Scott Fitzgerald. Entre ellos desfila una imponente y heterogénea saga de maestros artesanos, a saber: el refrescante ingenio del cáustico Ring Lardner, tan amigo de Fitzgerald y tan admirado por Hemingway; la nueva y vigorosa voz de los afroamericanos, encarnada por Zora N. Hurston, una de las más distinguidas representantes de lo que se conocería como el “Renacimiento de Harlem”; aquel que sobreviviría y por largo tiempo eclipsaría a todos con su estilo frenético y su personalidad apabullante, Ernest “Papa” Hemingway; la penetración sutil −y con acentos de regiones desconocidas para el ciudadano promedio− de la texana Katherine Anne Porter; un conspicuo habitante de las nuevas formas y los nuevos medios del consumo popular que hoy se ha vuelto un colosal fenómeno comercial y cultural, H. P. Lovecraft; la tan prolífica como sarcástica Dorothy Parker, quintaesencia del irónico ingenio neoyorquino; el gran narrador del Sur estadounidense (con todo lo exótico y sórdido que eso puede implicar), William Faulkner; y el polifacético John O’Hara, uno de los tantos que integrarían la brillante escudería del New Yorker. La amplitud de temas y la diversidad de registros propias de estos insignes autores y sus respectivas piezas, creemos, dan sobrada cuenta de las infinitas posibilidades que la narrativa breve presentaba por entonces a aquellos creadores que contaban con la audacia y la disciplina −e incluso con la resignación− de procurar la perfección en unas pocas páginas, cual finos artesanos miniaturistas. Pues para un narrador norteamericano de short stories siempre se ha tratado −y se sigue tratando− de todo eso al mismo tiempo: de un desafío intelectual, de una tentación artística, y, para bien o para mal, de una oportunidad profesional.
Dr. Marcelo G. Burello,
Profesor a cargo de la Cátedra de Literatura Norteamericana (UBA)
Buenos Aires, verano de 2025
Sherwood Anderson
Sherwood Anderson (Camden, Ohio, 1876 – Colón, Panamá, 1941) se decidió tardíamente por el oficio de las Letras, y ante todo como producto de un tremendo colapso nervioso, pero su crucial contribución a la literatura estadounidense ha sido fructífera por partida doble. Por un lado, aconsejó y promovió a jóvenes escritores de la “Generación Perdida”, como Hemingway y Faulkner (que no siempre le tributaron la gratitud merecida, lamentablemente). Por otro, con su tono lírico y su perspectiva radical asestó un golpe mortal a la retórica sentimentalista y las fórmulas trilladas que caracterizaban a la narrativa comercial de su país, tan gananciosa para el ávido mercado editorial de las revistas y los best-sellers. Su libro más reconocido es Winesburg, Ohio (1919), un ciclo de relatos que cantaba la amarga elegía de una Norteamérica rural en vías de extinción; con él se sumaba Anderson a una equívoca tendencia dada en llamar “rebelión de la aldea”, junto al poeta Edgar Lee Masters y el novelista Sinclair Lewis (entre otros), tendencia que era a la vez tanto una denuncia del reaccionarismo del interior del país como una acusación contra el supuesto progresismo anidado en las grandes urbes.
“Quiero saber por qué”(“I Want To Know Why”, 1919) condensa acabadamente los mejores rasgos del estilo andersoniano: la reivindicación de lo no dicho, lo reprimido, lo silenciado, y más aún, lo inefable, como dato clave de la existencia humana, más allá de las convenciones sociales y los malentendidos personales; no ha de sorprender que a menudo esos silencios sean un correlato de crisis personales y cuestionamientos sexuales. Contra la preceptiva de la narrativa breve, que de por sí apuesta al argumento por sobre el personaje, en sus cuentos Anderson buscó retratar vívidamente a la gente real, enfrentando problemas reales, en un mundo que por momentos se vuelve demasiado real. Como dato extra, aparecen aquí los caballos, verdadera obsesión que el autor había heredado de su padre y que en su pluma adquiere la plenitud de un símbolo –polisémico, y hasta contradictorio– de la libertad, el deseo, la belleza, el éxito y la naturaleza indómita.
Quiero saber por qué12
Nos levantamos a las cuatro de la mañana, aquel primer día en el Este13. La noche anterior habíamos saltado de un tren carguero en las afueras de la ciudad, y con el instinto nato de los chicos de Kentucky14, enseguida nos orientamos por la ciudad hasta la pista de carreras y los establos. Entonces supimos que ya estábamos bien. Apenas llegamos, Hanley Turner se encontró con un negro15 al que conocíamos. Era Bildad Johnson16, que en invierno trabaja para la caballeriza de Ed Becker en nuestro pueblo, Beckersville17. Bildad es buen cocinero, como casi todos nuestros negros, y claro que, al igual que cualquiera que se precie de ser alguien en nuestra zona de Kentucky, le gustan los caballos. En primavera, Bildad sale a buscarse la vida por ahí. Un negro de nuestros pagos puede adular y engatusar a cualquiera para salirse mayormente con la suya. Bildad engatusa a los mozos de cuadra y a los preparadores de caballos de los haras de nuestra región, por los alrededores de Lexington18. Los preparadores vienen al pueblo al atardecer, para dar vueltas y charlar y quizás jugar al póker. Bildad anda con ellos. Siempre está haciendo favorcitos y hablando de comidas, pollo dorado a la sartén, y cómo hacer mejor las batatas y el pan de maíz. A uno se le hace agua la boca al oírlo.
Cuando arranca la temporada hípica y los caballos empiezan a correr y de noche por las calles solo se habla de los nuevos potros, y todos cuentan cuándo se van a Lexington o al torneo de primavera en Churchill Downs19 o a Latonia20, y los yóqueys que estuvieron en Nueva Orleans o quizá en el torneo de invierno en La Habana, Cuba, vienen a pasar una semana antes de volver a irse; en ese momento, cuando en Beckersville no se habla de otra cosa más que de caballos y las cuadrillas se van y las carreras están en el aire que se respira, a Bildad lo contratan como cocinero de alguna cuadrilla. A menudo, cuando pienso que siempre se pasa todas las temporadas en las carreras y los inviernos trabajando en la caballeriza, donde hay caballos y hombres a los que les gusta ir y hablar de caballos, me gustaría ser negro. Es tonto decirlo, pero así es cómo me siento entre caballos: loco. No lo puedo evitar.
Bueno21, tengo que contarles lo que hicimos para que entiendan de qué estoy hablando. Cuatro chicos de Beckersville, todos blancos e hijos de gente que reside regularmente en Beckersville, decidimos que iríamos a las carreras, pero no a Lexington o Louisville, sino a ese gran hipódromo del Este del que tanto oíamos hablar a nuestra gente de Beckersville: Saratoga22. Todos éramos bastante jóvenes por ese entonces. Yo acababa de cumplir quince y era el mayor de los cuatro. Era mi idea, lo reconozco, y convencí a los demás de intentarlo. Éramos Hanley Turner y Henry Rieback y Tom Tumberton y yo. Tenía treinta y siete dólares que había ganado en el invierno, trabajando de noche y los sábados en el almacén de Enoch Myer. Henry Rieback tenía once dólares, y los otros, Hanley y Tom, apenas tenían uno o dos dólares por cabeza. Preparamos todo y disimulamos hasta que los torneos de primavera en Kentucky terminaron y algunos de nuestros vecinos, los más dados al deporte, esos a los que envidiábamos más, se mandaron a mudar. Y nosotros también nos mandamos a mudar.
No les voy a contar nuestras penurias viajando en los cargueros y todo eso. Cruzamos Cleveland y Buffalo y otras ciudades, y vimos las cataratas del Niágara23. Ahí compramos algunos recuerdos, cucharas y postales y conchas con dibujos de las cataratas para nuestras madres y hermanas, pero decidimos que lo mejor sería no enviar nada a casa. No queríamos que nuestras familias nos siguieran el rastro y nos pescaran.
Como dije, llegamos a Saratoga de noche y fuimos a las pistas. Bildad nos dio de comer. Nos mostró un lugar donde dormir sobre heno, en un cobertizo, y prometió no abrir la boca. Los negros son buenos para cosas así. Nunca te van a delatar. En general, un blanco con el que podrías cruzarte después de escaparte de casa podría parecer una buena persona y regalarte veinticinco o cincuenta centavos o algo así, y entonces ir y denunciarte. Los blancos hacen eso, pero no un negro. En ellos se puede confiar. Son más rectos con los chicos. No sé por qué.
Ese año, en el torneo de Saratoga había muchos hombres de nuestro pueblo. Dave Williams, Arthur Mulford, Jerry Myers, y otros. Además, había muchos de Louisville y de Lexington a los que conocía Henry Rieback, pero yo no. Eran jugadores profesionales, como el padre de Henry Rieback. Es lo que se llama un anotador de apuestas24, y se pasa la mayor parte del año en las carreras. En el invierno, de vuelta en Beckersville, no se queda mucho en casa, sino que se va a las ciudades y juega al faro25. Es un hombre amable y generoso, siempre le manda regalos a Henry: una bicicleta y un reloj de oro y prendas de boy scout y cosas así.
Mi padre es abogado. Es bueno, aunque no gana mucho y no puede comprarme cosas, y de todos modos ya estoy creciendo tanto que ni me interesa. Nunca me habló mal de Henry, pero los padres de Hanley Turner y Tom Tumberton sí que lo han hecho. Les dijeron a sus hijos que ese dinero no es bien habido y que no querían que ellos se criaran oyendo cosas de apostadores y anduviesen pensando en esos asuntos y quizás se aficionaran a eso.
Me parece bien, y calculo que esos hombres saben de lo que hablan, pero no veo qué tiene que ver con Henry o con los caballos. Por eso escribo esta historia. Estoy desconcertado. Me estoy haciendo hombre y quiero pensar correctamente26 y no tener problemas, y hay algo que vi en el torneo de ese hipódromo del Este que sigo sin entender.
No puedo evitarlo, me enloquecen los purasangres. Siempre fui así. Cuando tenía diez años y noté que estaba pegando el estirón y ya no podría ser yóquey, me sentí tan apenado que casi me muero. Harry Hellinfinger, cuyo padre es el jefe de correos de Beckersville, ya es adulto y demasiado haragán para trabajar: le gusta andar por las calles y hacerles bromas a los chicos, mandándolos a la ferretería a comprar un taladro para hacer agujeros cuadrados, y bromas por el estilo. A mí me hizo una. Me dijo que si me comía medio cigarro, me quedaría atrofiado y no crecería más, y acaso podría ser un yóquey. Y lo hice. Cuando mi padre estaba distraído le saqué un cigarro del bolsillo y me las arreglé para tragarlo. Me cayó muy mal y tuvieron que llamar al médico, y además no sirvió para nada. Seguí creciendo. Era una broma. Cuando conté lo que había hecho y por qué, la mayoría de los padres me habría dado una paliza, pero el mío no lo hizo.
Bueno, no quedé atrofiado ni me morí. Harry Hellinfinger se lo merece. Entonces decidí que me gustaría ser mozo de cuadra, pero también tuve que renunciar a eso. En general son los negros los que trabajan de eso y yo sabía que mi padre no me dejaría. Preguntarle era inútil.
Si no los enloquecen los purasangres, es porque nunca han estado donde los hay en cantidad y no saben lo que se pierden. Son hermosos. Nada es tan precioso y limpio y con tanta bravura y honesto y todo lo demás como algunos caballos de carrera. En los grandes criaderos que rodean Beckersville hay pistas y los caballos corren allí cada mañana temprano. Más de mil veces salté de la cama antes del alba y recorrí tres o cuatro kilómetros hasta las pistas. Mi mamá no querría dejarme ir, pero mi padre siempre le dice “déjalo en paz”, así que saco un poco de pan de la panera con algo de manteca y mermelada, lo embucho y me largo.
En las pistas, uno se sienta en las cercas con los hombres, blancos y negros, y ellos mascan tabaco y conversan, hasta que salen los potros. Es temprano y la hierba está cubierta con un rocío brilloso, y en un campo cercano alguien está arando, y en los cobertizos donde duermen los negros de las pistas están friendo algo, y es sabido que con sus risotadas y carcajadas y las cosas que dicen los negros te hacen reír. Un blanco no podría hacerlo, algunos negros tampoco pueden, pero los negros de las pistas siempre pueden.
Al cabo, salen los potros: a algunos los mozos de cuadra los hacen galopar, pero casi cada mañana en una pista grande, propiedad de algún millonario que quizá vive en New York, siempre hay, casi todas las mañanas, unos cuantos potros y algunos viejos caballos de carrera y caballos castrados y yeguas a los que sueltan.
Se me hace un nudo en la garganta cuando corre un caballo. No digo todos, pero sí algunos. Casi siempre los distingo de entrada. Lo llevo en la sangre, como los negros de las pistas y los preparadores. Puedo distinguir a un caballo ganador aunque apenas vaya al trote y con un negrito en el lomo. Si me duele la garganta y me cuesta tragar, es un ganador. Cuando lo suelten, va a correr como el demonio27. Sería un milagro si no gana en cada ocasión, y solo porque o lo atascó otro o lo empujaron o tuvo una mala salida de arranque o algo así. Si quisiera ser un jugador, como el padre de Henry Rieback, me haría rico. Sé que podría, y Henry mismo lo dice. Bastaría con esperar a que me agarre ese dolor cuando veo un caballo, y entonces apostar hasta el último centavo. Es lo que haría si quisiera ser un jugador, pero no quiero.
Cuando uno está en las pistas a la mañana −no en las pistas de carrera, sino en esas de entrenamiento por los alrededores de Beckersville− no se ve muy seguido un caballo como esos de los que hablo, pero así y todo es agradable. Cualquier purasangre parido por una buena yegua y criado por alguien que sabe hacerlo puede correr. Si no, ¿por qué estaría ahí y no tirando de un arado?
Bueno, salen de los establos con los chicos en el lomo y es lindo estar ahí. Uno se encorva sobre la cerca y siente un cosquilleo en el cuerpo. Allá en los cobertizos los negros ríen entre dientes y cantan. Fríen panceta y preparan café. Todo huele encantador. Nada huele mejor que el café y el estiércol y los caballos y la panceta frita y el humo de pipas que sale por las puertas una mañana como esa. Es algo que atrapa, así de fácil.
Pero vayamos a lo de Saratoga. Pasamos seis días allí y nadie de nuestro pueblo nos vio y todo salió a pedir de boca: buen tiempo, y caballos, y carreras, y todo eso. Rumbeamos a casa y Bildad nos dio una cesta con pollo frito y pan y otros comestibles, y yo todavía tenía dieciocho dólares cuando llegamos de vuelta a Beckersville. Mi madre hablaba hasta por los codos y lloraba, pero papá no dijo gran cosa. Les conté todo lo que nos pasó, salvo una cosa, que solo yo vi. Por eso escribo esto. Es algo que me molestó, y sigo pensando en eso al acostarme. Aquí va.
En Saratoga, pasábamos las noches sobre heno, en ese cobertizo que Bildad nos había mostrado, y comíamos con los negros temprano al amanecer y a la noche, cuando toda la gente de las carreras ya se había ido. Los de nuestro pueblo en general se quedaban en las tribunas o en la zona de apuestas, y no andaban por los sitios donde están los caballos, salvo los paddocks28 donde ensillan a los caballos justo antes de cada carrera. En Saratoga no tienen paddocks techados, como en Lexington y Churchill Downs y otros hipódromos de nuestros pagos, sino que ensillan a los caballos a cielo abierto, bajo los árboles, en un césped tan blando y agradable como el del jardín del frente de Banker Bohon29, aquí en Beckersville. Es maravilloso. Los caballos están sudados y nerviosos, y brillan, y los hombres salen y fuman cigarros y los miran, y también están los preparadores y los propietarios, y el corazón late al punto de que es difícil respirar.
Entonces la corneta llama a ocupar los puestos, y los yóqueys salen corriendo con sus prendas de seda, y uno se apura a buscar un lugar en la cerca, entre los negros.
Yo sigo queriendo ser preparador o propietario, y a riesgo de que me vieran y me pescaran y me mandaran a casa, iba a los paddocks antes de cada carrera. Los otros chicos no, pero yo sí.
Llegamos a Saratoga un viernes, y al miércoles siguiente se disputaba el gran Hándicap30 de Mullford. Corría Middlestride, y también Sunstreak. Hacía buen tiempo y la pista estaba rápida. La noche anterior no pude pegar ni un ojo.
Lo que pasaba es que ambos caballos eran de esos que me hacen doler la garganta con solo verlos. Middlestride es alargado, luce desgarbado, y es un castrado. Le pertenece a Joe Thompson, un modesto propietario de nuestro pueblo que posee una media docena de caballos. El Hándicap de Mullford dura un kilómetro y medio y Middlestride no se recupera rápido. Sale lento y siempre se queda rezagado por la mitad de la carrera, pero entonces empieza a correr, y si la cosa dura dos kilómetros, se los come vivos a todos y llega primero.
Sunstreak es diferente. Es un semental, nervioso, y le pertenece al mayor haras de nuestra región, lo de Van Riddle, propiedad del Sr. Van Riddle, de New York31. Sunstreak es como una chica con la que uno sueña y nunca alcanza a ver. Es duro por donde lo miren, y precioso. Cuando se le mira la cabeza, dan ganas de besarlo. Lo entrena Jerry Tillford, que me conoce y ha sido amable conmigo tantas veces, me deja entrar a los establos para ver de cerca a los caballos y cosas semejantes. No hay nada tan delicioso como ese caballo. Se para tranquilo en el poste de salida, sin dejarse llevar, pero por dentro está en llamas. Entonces, cuando se alza la barrera, sale lanzado como su nombre, Sunstreak32. Duele mirarlo, lastima. Se agacha y corre como un perro de presa. No debo haber visto correr nada así, excepto Middlestride cuando se estira y empieza a reaccionar.
¡Ah, moría de ganas de ver esa carrera con esos dos caballos! Tenía ganas y miedo también. No quería ver perder a ninguno de los dos. Nunca antes habíamos enviado un par así a las carreras. Lo decían los viejos de Beckersville, y también los negros. Era un hecho.
Antes de la carrera me llegué hasta el paddock, para mirar. Eché un último vistazo a Middlestride, que no impresiona tanto en un paddock, y luego me fui a ver a Sunstreak.
Era su día. Lo supe al verlo. Me olvidé de quedarme escondido y avancé. Todos los hombres de Beckersville estaban ahí y ninguno se percató de mi presencia, excepto Jerry Tillford. Me vio y algo pasó. Se los voy a contar.
Yo estaba ahí mirando ese caballo, angustiado. No sabría explicarlo, pero sabía cómo se sentía Sunstreak. Estaba sereno, dejaba que los negros le frotaran las patas y el Sr. Van Riddle en persona le pusiera la montura, pero en su interior era un torrente furioso. Era como el agua del río de las Cataratas del Niágara justo antes de caer en picada. Ese caballo no pensaba en correr. No precisa hacerlo. Solo pensaba en contenerse hasta el momento de correr. Yo lo sabía. De algún modo, yo lo veía por dentro. Iba a hacer una carrera descomunal y yo lo sabía. No alardeaba ni expresaba mucho ni se encabritaba ni hacía escándalo: esperaba, nada más. Yo lo sabía, y Jerry Tillford, su preparador, también. Alcé la vista y ese hombre y yo nos miramos a los ojos. Algo me pasó. Creo que quería tanto a ese hombre como al caballo porque él sabía que yo sabía. Me pareció que en el mundo no había más que ese hombre y ese caballo y yo. Sollocé, y a Jerry Tillford le brillaron los ojos. Entonces me alejé hacia la cerca, para esperar la carrera. El caballo era mejor que yo, más firme, y ahora sé que era mejor que Jerry. Era el más calmo de los tres y estaba por correr.
Sunstreak llegó primero, por supuesto, y rompió el récord mundial de esa distancia. Al menos llegué a ver eso, si es que no pudiera ver nunca más nada. Todo resultó tal como lo esperaba. Middlestride se retrasó al salir y quedó muy rezagado, por lo que llegó segundo, tal como yo sabía. Algún día también batirá su récord mundial. En cuestión de caballos, nadie le hace sombra a la zona de Beckersville.
Miré la carrera con calma porque sabía cómo se iba a dar. Estaba seguro. Hanley Turner y Henry Rieback y Tom Tumberton estaban más emocionados que yo.
Algo raro me había pasado. Pensaba en el preparador Jerry Tillford y en lo feliz que estaría durante toda la carrera. Aquella tarde me caía mejor de lo que jamás me había caído mi propio padre. Casi me olvido de los caballos, por pensar en él. Y todo a raíz de lo que había visto en sus ojos junto a Sunstreak, en los paddocks, antes de la carrera. Sabía que él había cuidado y entrenado a Sunstreak desde que era un potrillo, que le había enseñado a correr y a tener paciencia y cuándo soltarse y no darse nunca por vencido. Sabía que para él aquello era como para una madre ver a su hijo hacer algo valiente o espléndido. Era la primera vez que me sentía así respecto de un hombre.
Después de la carrera, me separé de Tom y Hanley y Henry. Quería estar solo y cerca de Jerry Tillford, si podía. Esto es lo que ocurrió.
La pista de Saratoga está al borde de la ciudad. Todo está muy prolijo, rodeado de árboles, de los perennes, y la hierba y todo lo demás bien pintado y lindo. Al cruzar la pista se llega a una carretera asfaltada, para los automóviles, y si se sigue por ella unos kilómetros, hay un camino que se desvía hacia una granja medio rara en un terreno.
Aquella noche, después de la carrera, recorrí ese camino porque había visto a Jerry y otros hombres tomar por ahí en un automóvil. No esperaba encontrarlos. Caminé un rato y me senté a pensar junto a una valla. Era la dirección por la que se habían ido. Quería estar lo más próximo posible a Jerry. Me sentía cerca de él. Enseguida rumbeé por el desvío −no sé por qué− y llegué a la granja rara. Me sentía solo y quería ver a Jerry, como cuando de niño uno quiere ver a su padre durante la noche. Justo apareció un automóvil. Adentro iban Jerry y el padre de Henry Rieback, y Arthur Bedford, de nuestro pueblo, y Dave Williams y dos más que yo no conocía. Bajaron del coche y entraron a la casa, todos menos el padre de Henry Rieback, que discutió con ellos y dijo que no quería ingresar. Eran apenas las nueve, pero estaban borrachos, y la granja rara era un lugar con mujeres de mala vida33. Eso era. Me arrastré por la cerca y miré por una ventana y vi todo.
Me revuelve las tripas. No me lo explico. Todas las mujeres de la casa eran feas y de aspecto desagradable, nada que diera ganas de mirar o acercarse. También eran ordinarias, salvo una que era alta y se parecía un poco al castrado Middlestride, pero menos limpia que él, y con una jeta áspera y fea. Tenía el pelo rojo34. Vi todo con claridad. Me subí por un viejo rosal35 que daba a una ventana abierta y miré. Las mujeres llevaban vestidos sueltos y estaban sentadas en sillas. Los hombres entraron y algunos se les sentaron en los regazos. El lugar apestaba y la charla también era apestosa, de esas que un chico puede oír en un establo de un pueblo como Beckersville durante el invierno pero que jamás espera oír en presencia de mujeres. Era apestosa. Ni un negro entraría a un sitio semejante.
Miré a Jerry Tillford. Ya les he contado lo que sentía por él puesto que sabía lo que le pasaba a Sunstreak por dentro aquel minuto previo a la largada de la carrera en la que batió un récord mundial.
En esa casa de mujeres de mala vida, Jerry alardeaba como me consta que Sunstreak nunca habría alardeado. Decía que él había hecho a ese caballo, que era él el que había ganado la carrera y había batido el récord. Mentía y alardeaba como un tonto. Jamás oí decir tantas estupideces.
Y entonces, ¿qué suponen que hizo? Miró a esa mujer de ahí, la flaca de jeta áspera que se parecía un poco al castrado Middlestride pero no era tan limpia, y los ojos le brillaron tal como lo habían hecho cuando nos miró a mí y a Sunstreak en los paddocks aquella tarde. Me quedé ante la ventana, ¡caray!, deseando no haberme alejado de las pistas y haberme quedado con los chicos y los negros y los caballos. La mujer alta y de aspecto apestoso se interponía entre nosotros tal como Sunstreak lo había hecho aquella tarde.
De pronto, empecé a detestar a ese hombre. Quería gritar e irrumpir en la sala y matarlo. Nunca me había sentido así antes. Estaba tan furioso que rompí a llorar y mis puños se cerraron tanto que me clavé las uñas en las manos.
Y los ojos de Jerry seguían brillando, y se hamacaba hacia adelante y atrás, y se acercó y besó a esa mujer, y me escapé y volví a las pistas, y a la cama, y no dormí casi nada, y al día siguiente convencí a los chicos de que se volvieran conmigo, y jamás les dije lo que había visto.
Desde entonces pienso en eso. No me lo puedo explicar. La primavera ha vuelto y ya casi tengo dieciséis36 y voy a las pistas a la mañana, como siempre, y miro a Sunstreak y a Middlestride y a un potro nuevo llamado Strident, que apuesto que les va a ganar a todos, si bien nadie piensa así salvo yo y dos o tres negros.
Pero las cosas han cambiado. En las pistas el aire ya no sabe tan bien ni huele tan bien. Todo porque un hombre como Jerry Tillford, que sabe cómo manejarse, fue capaz de ver correr a un caballo como Sunstreak y besar a una mujer como aquella en un mismo día. No me lo explico. Maldito sea, ¿para qué quiso hacer algo así? Le sigo dando vueltas al asunto y me arruina mirar los caballos y oler cosas y oír reírse a los negros y todo los demás. A veces me fastidia tanto que me entran ganas de pelearme con alguien. Me revuelve las tripas. ¿Para qué lo hizo37? Quiero saber por qué.
Traducción y notas:
Marcelo G. Burello
Ring Lardner
Ringgold “Ring” Lardner (Niles, Michigan, 1885 – East Hampton, New York, 1933) fue en esencia un periodista deportivo que incursionó en la narrativa casi por extensión de su oficio, sin pretensiones literarias, y sin imaginar que haría carrera como escritor de ficción; además de trabajar como columnista en diversos medios, acabó escribiendo cuentos, poemarios, obras de teatro y una novela epistolar. Pese a ser menos reconocido que sus contemporáneos, Ring Lardner fue más que influyente para escritores como Ernest Hemingway, John O’Hara y J. D. Salinger, además de haber sido amigo íntimo de F. Scott Fitzgerald. (Su hijo, agreguemos, fue el famoso guionista de cine y escritor Ring Lardner Jr., fieramente perseguido por el macartysmo en la década de 1950.) Como autor de ficción, su salto a la fama literaria se dio con una serie de cartas de un pintoresco jugador de béisbol, al cabo compiladas en el libro You know me, Al (1916). En ellas, el autor daba rienda suelta a sus conocimientos deportivos y su dominio del registro oral de sus compatriotas, pasiones, ambas, que supo transmitir a sus jóvenes admiradores.
Corte de pelo (“Haircut”, 1925) es uno de sus cuentos más célebres, y representa en su totalidad una escena de diálogo (o más bien un monólogo) entre un peluquero y un nuevo cliente. La coloquialidad digresiva de la enunciación se desprende no solo del contexto de la escena que se narra, sino también de las costumbres y la naturaleza de un espacio masculino como el de la barbería en un pueblo chico, con sus anécdotas cotidianas y sus chismes. La crítica sigue debatiendo hasta qué punto el peluquero es consciente del crimen “accidental” que se ha cometido.
Corte de pelo38
Tengo otro peluquero que viene de Carterville39 y me ayuda los sábados, pero el resto del tiempo me las arreglo solo. Como verás, esto no es precisamente New York y, además, la mayoría de los muchachos trabaja todo el día y no les sobra el tiempo para venir aquí y arreglarse un poco.
Recién llegas al pueblo, ¿no? Me pareció que no te había visto antes. Espero que te guste como para quedarte. Como digo, no seremos New York o Chicago, pero se lo pasa bien. Eso sí: no tanto desde que mataron a Jim Kendall. Cuando vivía, él y Hod Meyers hacían que este pueblo fuera una fiesta. Apuesto a que uno se reía mucho más aquí que en cualquier otro pueblo de los Estados Unidos.
Jim era muy gracioso, y Hod se le acercaba bastante. Desde que Jim ya no está entre nosotros, Hod intenta cumplir su parte como siempre, pero es difícil cuando te falta tu compañero.
Los sábados aquí solían ser muy divertidos. Desde las cuatro en adelante este lugar se llena. Jim y Hod solían llegar justo después de comer algo, a eso de las seis. Jim se sentaba en aquella silla grande que está junto a la escupidera azul. Si había alguien sentado allí cuando Jim entraba, se levantaba y se la dejaba a él. Era como uno de esos asientos reservados que tienen a veces en los teatros.
Hod por lo general se quedaba parado o caminaba de un lado al otro, aunque, por supuesto, había algunos sábados en los que se lo pasaba en esta silla durante gran parte del tiempo para que le cortara el pelo.
Pues bien, Jim solía sentarse allí sin abrir su boca más que para escupir, y finalmente podría decirme algo como: “Whitey” (mi verdadero nombre es Dick, pero todos aquí me llaman Whitey40), “hoy tu nariz parece la de un payaso. Debes haber estado bebiendo un poco de esa colonia que usas”.
Entonces yo le respondía: “No, Jim, y de hecho parece que el que ha estado bebiendo algo así o peor eres tú”. Jim se reía, pero luego alzaba la voz para decir algo así como: “No, de momento no he bebido nada... ¡pero eso no significa que no me gustaría hacerlo! No me importaría siquiera si fuera alcohol de quemar41”.
Y luego Hod Meyers decía: “Lo mismo diría tu esposa”. Y todos se echaban a reír porque Jim y su esposa no andaban en los mejores términos. Ella se habría divorciado de él si no fuera porque no recibiría la pensión alimenticia, ni tendría forma de cuidar de sí misma ni de los chicos por sus propios medios. Nunca pudo entender a Jim. Sí que era complicado, pero en el fondo un buen tipo.
Tanto él como Hod se lo pasaban haciéndole bromas a Milt Sheppard. No creo que lo conozcas. Pues bien, tiene una nuez de Adán que más que una nuez parece un melón. Así que cuando yo empezaba a afeitarle la parte del cuello, Hod pegaba el grito: “¡Un momento, Whitey! Antes de que hagas el corte hagamos un pozo y apostemos a ver si alguien adivina cuántas semillas tendrá”. Y Jim decía: “Si Milt no fuera tan tacaño, se habría pedido medio melón en vez de uno entero, y no se le habría atascado en la garganta”. Todos se morían de risa, y el propio Milt soltaba una sonrisa incluso aunque el chiste fuera sobre sí mismo. ¡Sin dudas Jim era un plato!
Allí en el estante está su tazón de afeitar, justo al lado del de Charley Vail. “Charles M. Vail”, el boticario. Viene seguido para que lo afeite, tres veces a la semana. Y ese tazón que está junto al de Charley es el de Jim. “James H. Kendall”. Jim ya no lo necesita más, pero lo dejo allí de todas maneras, por los viejos tiempos. ¡Qué personaje que era Jim!
