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En 2020, nos convertimos en el enemigo… "Este libro trata del miedo. El miedo a un virus. El miedo a la muerte. El miedo al cambio; el miedo a lo desconocido. El miedo a que haya motivos ocultos, fines oscuros y conspiración. El miedo al imperio de la ley, la democracia, y el modo de vida liberal occidental. El miedo a la pérdida: a perder nuestros trabajos, nuestra cultura, nuestras conexiones, nuestra salud, nuestra cabeza. Pero también trata sobre cómo el gobierno convirtió nuestros miedos en un arma contra nosotros mismos –supuestamente porque era lo mejor para nosotros– hasta que nos convertimos en uno de los países más asustados del mundo."
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Seitenzahl: 500
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Originally published in the English language by Pinter & Martin Ltd.
Copyright © Laura Dodsworth, 2021
No part of this book may be reproduced, in any form without written permission from the Publisher. This Spanish translation of A State of Fear: How the UK government weaponised fear during the Covid-19pandemic is published by arrangement with the publisher; Pinter & Martin Ltd.
© De la traducción del inglés: Carlos Gual Marqués
© Editorial Melusina, s.l.
www.melusina.com
Primera edición: octubre de 2021
Edición digital: octubre de 2021
Diseño de cubierta: Blok Graphic y Araceli Segura
Reservados todos los derechos de esta edición
eisbn: 978-84-18403-45-3
Contenido
Nota a la edición española
Introducción
1. Estado de pánico
2. El miedo se propaga por los medios como un virus
3. Titulares aterradores
4. El miedo es una página del manual del gobierno
5. El negocio del miedo y los psicócratas no electos
6. Los asesores del spi-b
7. Las herramientas del oficio
8. Espontaneidad controlada y propaganda
9. Coerción
10. Las métricas del miedo
11. Contar los muertos
12. La ilusión del control
13. El clima del miedo
14. Cultos, conspiración y epidemias psíquicas
15. Tiranía
16. Impactos espeluznantes
17. Por qué el miedo no debería convertirse en un arma
18. Los finales felices no figuran en el lenguaje del control coercitivo
19. Asegurarse de que no vuelve a ocurrir
20. El fin, ¿o es una precuela?
Apéndice 1 Datos
Apéndice 2 Los confinamientos no funcionan
Apéndice 3 La lucha contra el empujoncito
Agradecimientos
Notas
Nota a la edición española
Para la presente edición, se ha optado por traducir todos los informes que se citan al español a fin de no entorpecer la lectura. También se han simplificado algunos títulos, cargos, etc. El lector puede consultar todas estas informaciones en la lengua original en las notas. Las notas, por otra parte, se encuentran en formato pdf en la página web de la editorial (melusina.com); también se puede acceder a ellas mediante el código qr que se encuentra al final del libro. Al tratarse en su inmensa mayoría de vínculos a internet, el lector puede consultar los contenidos de la manera más sencilla seleccionando los enlaces.
Por último, las notas que figuran con asterisco a pie de página son siempre del traductor.
Introducción
Este libro trata del miedo. El miedo a un virus. El miedo a la muerte. El miedo al cambio; el miedo a lo desconocido. El miedo a que haya motivos ocultos, fines oscuros y conspiración. El miedo al imperio de la ley, la democracia, y el modo de vida liberal occidental. El miedo a la pérdida: a perder nuestros trabajos, nuestra cultura, nuestras conexiones, nuestra salud, nuestra cabeza. Pero también trata sobre cómo el gobierno convirtió nuestros miedos en un arma contra nosotros mismos —supuestamente porque era lo mejor para nosotros— hasta que nos convertimos en uno de los países más asustados del mundo.
En uno de los documentos más extraordinarios que haya sido revelado al público británico, los científicos conductuales que asesoraban el gobierno británico opinaban que necesitábamos estar aterrorizados. El Scientific Pandemic Influenza Group on Behaviour (spi-b)*afirma en su trabajo «Opciones para incrementar la observancia de las medidas de distancia social»,1 fechado en 22 de marzo de 2020, que «un número significativo de personas aún no se sienten suficientemente amenazadas personalmente; puede que les reconforte la baja tasa de mortalidad en su grupo demográfico, si bien los niveles de preocupación puede que estén aumentando». En consecuencia, recomienda la necesidad de «incrementar el nivel que se percibe de amenaza personal entre aquellos que se muestran complacientes empleando mensajes emocionales contundentes». En definitiva, se aconsejaba al gobierno asustar al público británico para fomentar la observancia de la regulación del confinamiento de emergencia.
Y consiguieron asustarnos. Este libro explora por qué el gobierno empleó el miedo, las tácticas específicas, la gente que estaba detrás de todo esto, y el impacto del miedo, incluidas las historias de personas que acabaron destrozadas por el miedo durante la epidemia. Pero por encima de todo, este libro invita a reflexionar sobre la ética de emplear el miedo para gestionar a las personas.
El miedo es la emoción más poderosa y, dado que las emociones son más fuertes que los pensamientos, el miedo puede abrumar a la mente más despejada. No deberíamos sentirnos mal por estar asustados. Desde una perspectiva evolutiva resulta clave para nuestra supervivencia, pues nos protege del peligro. Y esto es precisamente lo que convierte al miedo en una de las herramientas más poderosas de la psicología conductual.
Esta exploración del miedo me llevó a entrevistar a personas que estuvieron demasiado asustadas para salir de sus casas durante todo el año, «teóricos de la conspiración», psicólogos, algunos de los científicos conductuales que asesoraron al gobierno, científicos, políticos, médicos, planificadores en pandemia, y periodistas.
A finales de marzo de 2021, el covid estaba relacionado con la muerte de 2,8 millones2 de personas a nivel global. La enfermedad seguirá matando a más personas, si bien es de esperar que las olas más grandes hayan quedado atrás. El objetivo de este libro no es refutar que el Covid-19 es una enfermedad grave que ha matado gente, sobre todo a las personas de más edad y a aquellas con patologías previas, en particular, demencia, Alzheimer, obesidad, diabetes e hipertensión entre otras.3 El objetivo de este libro es explorar la respuesta del miedo y si fue ético e inteligente que el gobierno asustara deliberadamente a la población. ¿Fue proporcionada la respuesta del gobierno? ¿No hubiera la gente modulado con cautela su comportamiento durante una epidemia por instinto de supervivencia y conciencia de comunidad? ¿Cuáles son las consecuencias no deseadas de asustar a la población? En los años e investigaciones que seguirán, la gestión de esta epidemia debe ser examinada desde el punto de vista forense y con honestidad. El Estado del miedo también invita a cuestionar el enfoque de la ciencia conductual a la hora de gestionar las emociones y el comportamiento de las personas.
El Covid-19 se ha convertido en otro más de los muchos virus endémicos con los que tenemos que convivir. Se sabía desde el principio que era una «enfermedad muy leve»4 para todos nosotros. El principal consejero científico del Reino Unido, Patrick Vallance, así lo afirmó públicamente el 13 de marzo de 2020. Y la experiencia ha probado que estaba en lo cierto: el covid no era letal o peligroso para la inmensa mayoría. Y se desarrollaron vacunas y tratamientos a una velocidad milagrosa para proteger a los vulnerables. Entonces, ¿qué es lo que nos sigue dando miedo? ¿La tercera, cuarta o quinta ola? Nos aterrorizan los rebrotes en invierno, las mutaciones, los virus futuros y lo desconocido.
Desde las señales que nos conminan a no bajar la guardia y los incesantes comentarios apocalípticos de los medios a las mascarillas que fijan literalmente el miedo en nuestros rostros, hemos acabado temiéndonos los unos a los otros. Los humanos son ahora vectores de transmisión, agentes mórbidos. Hemos acabando temiendo nuestro propio juicio a la hora de gestionar los asuntos cotidianos, desde a quién dar un abrazo hasta si debemos compartir una cuchara de servir. Parece que incluso necesitamos consejo sobre si podemos sentarnos junto a un amigo en un banco. Quizás deberíamos estar más asustados por lo fácilmente manipulables que somos.
Algunos creerán que, si es para nuestro bien, instrumentalizar nuestro miedo puede estar justificado. Si estás de acuerdo con que «el Covid-19 es la mayor amenaza a la que se ha enfrentado este país en tiempos de paz», tal y como afirmó el documento de recomendaciones «Cambios en las regulaciones de la medicina humana para apoyar el suministro de vacunas contra el Covid-19», puede que creas que no solo fue aceptable sino deseable asustar al público británico para que cumpliera las medidas que supusieron la mayor coerción de nuestra libertad en tiempos de paz. Si recibiste toda la información de las ruedas de prensa del 10 de Downing Street, acaso esa sea tu forma de ver las cosas.
Las tácticas para sofocar el debate y censurar la disensión pueden resultar en que la información que se presenta en este libro parezca nueva, incluso difícil de asimilar. Puede ser psicológicamente incómodo enfrentarse a información contradictoria. No nos gusta creer que podemos ser manipulados y mucho menos que hemos sido manipulados. Así que este libro puede ser doloroso.
La gente sobreestimó enormemente la transmisión y la letalidad del Covid-19. Una encuesta5 de julio de 2020 mostraba que el público británico pensaba que entre el 6 y el 7 por ciento de la población había muerto por coronavirus. Eso hubiera significado en torno a cuatro millones y medio de cuerpos y lo habríamos notado, ¿no es cierto?
En enero de 2021 se informó que la epidemia del covid había provocado que el exceso de mortalidad (hasta noviembre) aumentara hasta su nivel más alto en el Reino Unido desde la segunda guerra mundial. Esto acaparó los titulares de todos los medios. Sin embargo, si se tenía en cuenta la edad y el tamaño de la población, el exceso de muertes estaba en su peor nivel desde aproximadamente 2008.6 Esto es muy significativo, pues muestra que se había truncado aproximadamente una década de mejoras en la salud pública, si bien era menos hiperbólico que los titulares.
En septiembre de 2020, la ciudadanía británica estaba más preocupada por la transmisión que la ciudadanía de Suecia, Estados Unidos, Francia, Alemania y Japón: el 83 por ciento de los británicos pensaba que habría una segunda ola, mientras que solo el 21 por ciento pensaba que el gobierno estaba bien preparado para hacerle frente.7 Un estudio internacional sobre actitudes públicas en Europa, América y Asia concluyó que la población del Reino Unido era la que mostraba en general mayores niveles de preocupación por el covid.8 Y, además, otro estudio apuntaba que los británicos eran los menos propensos a pensar que la economía y los negocios debían abrir si el covid no había sido «completamente controlado».9 En suma, éramos la población más asustada del mundo.
Para febrero de 2021, disponíamos de uno de los programas de vacunación más rápido y extenso del mundo, pero también el confinamiento más severo del mundo.10
Resulta proverbial la dificultad de la gente a la hora de juzgar el riesgo y los números, pero nosotros sobrestimamos sustancialmente los peligros. Y no ayudaron las informaciones diarias del gobierno y los medios. Oíamos hablar de nuevos casos, pero nunca de las recuperaciones; se informaba de ingresos hospitalarios, pero no de las altas. Se nos ofrecían los números de las muertes diarias, pero en general sin contextualizarlas con las en torno a 1.600 personas que mueren a diario en el Reino Unido en cualquier caso.
A finales de marzo de 2021, tan solo 689 personas menores de sesenta años sin comorbilidad habían muerto de covid en Inglaterra y Gales según el sistema de salud de Inglaterra.11 La edad media de los fallecidos por covid es de 82,3 años,12 un año más que la esperanza de vida en Gran Bretaña. Sin duda, todas estas muertes asociadas al covid cuentan, pero si se hubiera informado extensamente sobre estos hechos y la gente se hubiera dado cuenta de que se trataba de una enfermedad básicamente peligrosa para las personas de mayor edad o con patologías, entonces «un número significativo de personas» probablemente no se hubieran sentido «suficientemente amenazadas personalmente».
Un informe del gobierno señalaba que el confinamiento podía provocar que 200.000 personas murieran como resultado de los retrasos en la atención sanitaria y los efectos económicos, lo que equivale a un millón de años de vida perdida.13 Otro estudio de la universidad de Bristol14 estimaba una media de 560.000 vidas perdidas a causa de la actividad económica reducida durante el confinamiento, debido a una vinculación muy bien entendida entre riqueza y salud. Por decirlo de forma sencilla, las personas de las naciones ricas viven más tiempo.
El gobierno, los organismos de salud pública y los medios emplearon un lenguaje alarmista a lo largo de la epidemia. Grandes números, empinadas líneas rojas en gráficos, el empleo de información seleccionada, cuidadosos mensajes psicológicos y una publicidad emotiva crearon ataques relámpago cotidiano de bombas de miedo.
Este es un libro sobre el miedo y no sobre los datos. No obstante, se requerirán datos adicionales para que ayuden a contextualizar la amenaza de la enfermedad en relación a las políticas para gestionarla, y el lector los encontrará en el apéndice 1.
Unos pocos datos y tablas ayudan a enmarcar la escala y los peligros del covid y, posteriormente, a valorar si haber escalado nuestro miedo fue apropiado o no. Se trata en parte de una cuestión de proporcionalidad y en absoluto de una cuestión de ideología. Pero con los números se corre el riesgo de ignorar los costes humanos —sin duda más perturbadores— del empleo del miedo. Entrevisté a personas que se vieron empujadas por el miedo, la ansiedad y el aislamiento a desarrollar agorafobia, trastornos obsesivo-compulsivos, ataques de pánico, a autolesionarse e incluso a intentar quitarse la vida. ¿Cómo sopesamos la vida potencialmente salvada del Covid-19 y una vida que finaliza deliberadamente por una sobredosis en una habitación de hotel o el salto desde un puente? ¿Podemos justificar la protección de alguien frente al malestar físico, fiebre y fatiga, si los métodos de protección provocaron que otro desarrollara un miedo a salir de su casa o que se despertara a diario presa del pavor?
Las epidemias vienen y van, pero nuestra psicología básica permanece. La cuestión acuciante es si y cómo permitimos que los psicólogos conductuales, el gobierno y los medios manipulen nuestra psicología.
En algunos momentos la experiencia de la pandemia parecía ficción; era como estar viviendo una película y no precisamente entretenida. Mientras el virus era la trama argumental en nuestra realidad fantástica, la fuerza que movía a la mayoría de los protagonistas era el miedo.
Los mejores cuentos de hadas macabros suelen ser también fábulas que advierten de un peligro. Si puedes identificar al Gran Lobo Malo y comprender lo que representa y quiere, puedes guiarte por el bosque oscuro y salvarte. No sabemos cómo va acabar esto. Pero, en vez de esperar a que se acabe para poder contar la terrible historia de cuando el mundo se quedó paralizado por el miedo, me gustaría invitarte a decidir cómo acaba. Aún disponemos de tiempo para urdir un final feliz de nuestra elección. ¿Acaso no deberíamos ser nosotros mismos los autores de nuestras propias historias?
Tal y como dijo Karl Augustus Menninger, «los miedos se nos educan y podemos, si lo deseamos, ser educados para no tenerlos». Necesitamos inocularnos contra el miedo.
*Dentro del comité de expertos que asesora al gobierno británico en el supuesto de situaciones de emergencia, el Scientific Pandemic Influenza Group on Behaviour, o spi-b en la jerga burocrática, es un subcomité de científicos del comportamiento.
1. Estado de pánico
Me quedé paralizada. Horrorizada por las palabras. Luchar o huir son las respuestas al miedo que conocemos mejor. Si piensas que puedes derrotar el origen de la amenaza, adoptas el modo lucha; si percibes el peligro como demasiado poderoso para poder vencerlo, intentas huir. Si no puedes derrotarlo pero tampoco echar a correr, te quedas paralizado. De forma apropiada, y dado que mi previsible futuro comportaría no poder salir de casa, ir a trabajar o ver a mi familia, amigos o pareja, me quedé paralizada en el sofá.
Pero, mientras veía el discurso de Boris Johnson a la nación en el que nos decía que «debíamos» quedarnos en casa, comencé a fijarme en su lenguaje corporal. ¿Por qué cerraba los puños con tanta fuerza? ¿Por qué un discurso en staccato? Algo no casaba y ese algo hizo que saltaran las alarmas. Más tarde me fijé en mi propia respuesta. Hasta ese momento no me había mostrado indebidamente asustada por el virus así que, ¿por qué el discurso me estaba asustando ahora? Estaba segura de que el leguaje del primer ministro estaba pensado para alarmarme, y eso en sí me preocupaba.
Tiendo siempre a paralizarme cuando entro en pánico. Es algo que me decepciona un poco porque no es una reacción muy útil. De todas las respuestas al miedo, la parálisis es la que provoca los efectos secundarios más desagradables, pues suele acompañar a una agresión y las víctimas pueden sentirse avergonzadas. Pero si una amenaza es más grande que tú y no puedes eludirla, la única opción que te queda es quedarte paralizado e intentar sobrevivir. Mostramos todas estas respuestas ante el miedo en diferentes momentos porque son mecanismos evolutivos beneficiosos; nos mantienen vivos.
Una vez, mi hijo mayor trepó demasiado alto por un árbol y se cayó. Tenía un mal presentimiento sobre ese árbol. Le dije que no debía trepar por él porque tenía ramas muertas y, bueno, porque soy madre. Estaría a unos cincuenta metros del árbol cuando se cayó. Mientras se desplomaba, sentí que todo ápice de fuerza y utilidad se escurría por mis pies al suelo. Tras la primera oleada de sudor frío, fui dando tumbos hacia el árbol, recuperando la fuerza y apretando el paso a medida que me acercaba para descubrir que estaba tendido ileso entre ramas puntiagudas y letales. Mi marido había entrado en acción de forma instantánea, corriendo hacia nuestro hijo mientras gritaba «¡Huy, huy…!». Me había ganado la mano.
En retrospectiva, veo dos enseñanzas. La primera es que me quedo paralizada. Y esta respuesta blandengue no ayuda (y de ahí la vergüenza), salvo si algún día me topo con un oso pardo. La segunda es que vale la pena prestar atención a mis temores iniciales. Debería hacer caso a mi instinto cuando me dice que algo no está bien. Mi radar suele ser bueno.
Como muchos otros, a mediados de marzo de 2020 me había esforzado en conseguir ser una viróloga de salón absorbiendo artículos y vídeos en YouTube sobre los virus, Wuhan y el Diamond Princess. Así que comprendía que, si bien se trataba de un repugnante virus letal y que todavía se sabía poco de él, se comportaría inevitablemente como otros virus respiratorios anteriores. ¿Por qué no iba a hacerlo?
Una de las razones por las que el discurso de Boris Johnson me alarmó fue porque me preocupó que la respuesta fuera desproporcionada. Nunca antes habíamos puesto en cuarentena a las personas sanas. Estábamos imitando la respuesta totalitaria china al virus. ¡Y yo que me había compadecido de los pobres chinos atrapados en sus casas! Mi mente dio un brinco hacia las peores consecuencias económicas y sociales posibles. En este caso, ¿dictaba el principio de precaución que nos confináramos —un método no probado para controlar un virus— o hubiera sido más prudente seguir los protocolos de las pandemias que ya habían sido ensayados, en los que nunca se recomendaban los confinamientos? (En este momento puede que pienses: ¡Sí, claro, pero nos habíamos preparado para la gripe y no para el coronavirus! Pero deja que te señale que el coronavirus se incluye en el National Risk Register of Civil Emergencies.*1
Tengo que reconocer mi propio miedo, pues no era inmune. Si no hubiera sentido los pinchazos del miedo en carne propia, dudo que hubiera querido escribir este libro. Desde la primera noche en la que se nos dijo que nos confináramos me di cuenta de que me asustaba más el autoritarismo que la muerte, y que me repugnaba más la manipulación que la enfermedad. Como el resto de la nación, estuve confinada durante tres semanas; y luego tres semanas más. Y, en fin, de alguna manera seguimos igual. Cuando la parálisis se desvaneció comencé a darle vueltas y a dar tumbos hacia el origen de mi miedo. Porque también hago eso: puede que tarde un poco más en llegar, pero cuando lo hago quiero mirar a mis miedos a los ojos.
¿Qué es lo que parecía raro del discurso de Boris Johnson? Revisándolo recientemente me llamó la atención el artificio que activó mi radar el 23 de marzo. Johnson es un intérprete, pero suele interpretar el papel de «adorable bufón». Uno esperaría que un discurso tan importante hubiera sido ensayado, pero parecía demasiado forzado y distinto de sus interpretaciones habituales. Se mostró comedido, adusto y, a un nivel básico que sería difícil de explicar, no parecía auténtico.
Solicité a dos expertos que me ayudaran a descodificar el lenguaje corporal y estilo de del discurso de Johnson.
Naomi Murphy es una psicóloga clínica y forense que ha pasado muchos años trabajando en prisiones de máxima seguridad, a menudo con personas que no dicen la verdad: «Sus palabras y parte de su lenguaje corporal transmiten un mensaje, pero uno detecta otro mensaje, y eso activa las alarmas. No parece auténtico». Y apuntó que a veces daba un mensaje con la cabeza y manos, sacudiendo la cabeza y gesticulando mientras su cuerpo se mantenía rígido, lo que sugiere que personalmente no creía en la esencia de lo que decía.
Puede que la apariencia de no ser auténtico se debiera a los nervios. Sería normal que se sintiera nervioso antes de un discurso tan trascendental, y eso afecta al comportamiento y al lenguaje corporal. Tal y como señala Murphy, «puedes oír que tiene la boca seca, algo increíble para una persona acostumbrada a hablar en público. Se trata de un hombre al que le gusta gustar, así que puede que le preocupara dejar de gustar al público».
Neil Shah, el fundador de la Stress Management Society y de International Wellbeing Insights, ha impartido cursos de liderazgo que incluyen cómo leer la comunicación no verbal. Visionamos el vídeo del discurso en YouTube en el transcurso de una videollamada para que pudiera analizarlo paso a paso. Me dijo que interpretaría una mezcla de señales porque el 55 por ciento de nuestra comunicación se transmite por el lenguaje corporal, el 38 por ciento es volumen y tono, y solo un 7 por ciento son las palabras que empleamos.
«Al cabo de veintiséis segundos ya puedes ver la tensión en sus dedos» comentó Shah, «Cierra los puños con tal fuerza que sus nudillos se vuelven blancos». Me señaló que Johnson estaba encorvado y se inclinaba hacia delante como si se estuviera agarrado a un clavo ardiendo. Le pregunté qué significaba que alguien cerrara los puños tan fuerte. Me respondió que podía ser para enfatizar o un gesto agresivo, pero «también parece el berrinche de un bebé. Me refiero a que la manera en que golpea con sus puños hacia nosotros muestra tensión».
Johnson también ofrece la más extraña e incómoda sonrisa cuando habla del cumplimiento. Shah añadió que «casi parece una amenaza. Sonreímos cuando las cosas son graciosas, pero también cuando estamos nerviosos. Cuando dice que ningún primer ministro querría hacer algo así, una mirada grave hubiera sido más adecuada que una mueca macabra».
Al igual que Murphy, Shah pensaba que el primer ministro no se creía todo lo que estaba diciendo: «No parece haber una congruencia entre sus palabras y su lenguaje corporal. Sugiere que no habla desde el corazón y que no se cree lo que está diciendo».
Ambos creen que su lenguaje corporal parece más consistente cuando habla del impacto en el sistema nacional de salud, el nhs, pero que resulta más incongruente cuando su mensaje se vuelve más autoritario. Se suele decir que los ojos nunca mienten, incluso cuando lo hace la boca, y estas conversaciones con Murphy y Shah me convencieron de que tampoco miente el lenguaje corporal. Puede que el primer ministro del Reino Unido hubiera sido aleccionado profesionalmente para dar el discurso de su vida pero, a pesar de todo, el cuerpo denota emoción y conflicto.
De forma espontánea, ambos expertos ofrecieron sorprendentes analogías. Murphy comparó el discurso de Johnson al discurso que «daría un rehén bajo coacción». Shah me preguntó si veía la semejanza con el episodio de Black Mirror (una serie británica de ciencia ficción distópica) en el que el primer ministro debe ser filmado para la televisión en directo manteniendo relaciones sexuales con un cerdo. Podía entender lo que me querían decir.
La retrospectiva ofrece otro nivel de análisis. Sabemos que la esencia del mensaje no se ajustaba a la verdad. No nos confinamos para tres semanas. La razón por la que nos confinamos fue supuestamente para aplanar la curva, pero el objetivo varió paulatinamente y permanecimos confinados. También sabemos ahora que la curva se podía haber aplanado en cualquier caso, es decir, con independencia del confinamiento, ya que el pico de fallecimientos se dio el 8 de abril, lo que significa que se llegó al pico de la infección antes del confinamiento.2 Cuando Johnson nos dijo que cerraríamos el país durante tres semanas, la autenticidad de su lenguaje corporal se trocó en un lenguaje y gesticulación forzados y agresivos.
Las palabras de Johnson estaban diseñadas para suscitar el miedo y la muerte: «asesino invisible», «se perderán vidas», «funerales», etc. Nos dijo que estábamos «alistados», un lenguaje específico de tiempos de guerra, que evocaba el espíritu de los ataques relámpago, pero que también era emocionalmente manipulador. En este punto, Shah señaló que no se nos daba elección: se trataba más de una leva obligatoria que de un alistamiento. En realidad, no había espacio para los objetores de conciencia, así que tendría que ir con los reclutados.
A los expertos y a mí nos cuesta volver a ver el vídeo. Con el tiempo, la interpretación chirría más y las palabras adquieren un regusto amargo. A la postre, independientemente de que creas que Johnson pronunció el discurso más sentido y honesto de su vida o se le aleccionó demasiado y sobreactuó, o si nos confundió, fue un discurso terrorífico. Sus palabras marcaron el tono de las siguientes tres semanas y sobrevolaron el ambiente durante muchos meses. Tal y como me dijo Murphy: «No puedes subestimar la impronta que dejó este discurso». Johnson soltó cierta cantidad de miedo esa noche, como un virus que se propaga por el aire y te contagia de una manera u otra. Quizás te creíste todo: que se trataba de una pandemia apocalíptica que haría que la sociedad cayera arrodillada. Quizás sospecharas de los motivos detrás de la ausencia de autenticidad o quizás temías motivos ocultos que llevarían a la sociedad a caer de rodillas. Pero fue un discurso terrorífico.
Se nos dijo que debíamos obedecer para «salvar miles de vidas». La última parte de su discurso estaba plagada de amenazas. La policía tiene poder para hacer que se cumpla la ley; hay que obedecer. La amenaza del poder y el castigo está pensada para que cumplamos. Pero en un giro deshonesto del imperio de la ley, las «órdenes» que nos estaba dictando para que obedeciéramos no serían aprobadas como ley hasta tres días después.
Lo ignorábamos. A partir de esa noche la nación se tomó a su primer ministro en serio. En serio de verdad, como se suponía que tenía que ser. Murphy me dijo que no había reparado en el lenguaje corporal de Johnson esa noche porque estaba escuchando con mucha atención lo que teníamos que hacer. Es una respuesta natural; se trata del líder electo del país. La figura de autoridad suscita respeto, incluso en el mundo hastiado de hoy en día. Y hay una razón psicológica para esto.
Cuando entramos en un estado de pánico, nuestro cuerpo dirige menos sangre a nuestro cerebro ávido de sangre y más a nuestros miembros para que podamos luchar o huir según proceda. El resultado es que, cuando nos sentimos amenazados, el cerebro exige atajos; formas de tomar decisiones con rapidez. Al nivel más básico, escuchamos a las personas con autoridad y a los líderes y queremos confiar en ellos en tiempos de crisis. También respondemos a los «arquetipos». Nuestros líderes electos colman el papel arquetípico del «gobernante» y en las épocas de crisis —el motivo jungiano arquetípico para esta crisis sería «apocalipsis»— estamos aún más preparados para escuchar y obedecer a fin de sobrevivir.
En realidad, la preparación había empezado semanas antes.
*Se trata de un informe del gobierno que valora los riesgos potenciales a los que se enfrenta el país y analiza los protocolos existentes para afrontarlos.
Darren, 64
Crecí en una zona deprimida de Liverpool y fui agente de policía durante treinta y dos años. He realizado redadas en casas de criminales, he llevado armas de fuego, he entrado en domicilios a las cuatro de la mañana, he ejercido labores de policía en disturbios. No digo que sea un hueso duro de roer, pero pocas cosas me echan para atrás.
Para ser sincero, me alarmé cuando explotaron las noticias sobre el covid. Creo que todo el mundo se preguntaba qué es lo que iba a suceder. Tendrías que haber sido muy insensible o un poco estúpido para no haberte preocupado, en particular cuando hablaban de un cuarto de millón de muertos. Estoy en la lista de personas clínicamente vulnerables, así que recibí una carta del gobierno en la que se me aconsejaba encarecidamente que me pusiera a resguardo. Esa carta me puso en guardia. También leí un montón de textos sobre el cumplimiento de las restricciones, y eso tuvo un efecto subliminal en mí. Tenía dos de las patologías de las que hablaban —un cáncer incurable y un problema del corazón—, así que realmente no podía estar cerca del virus. Mi mujer también decidió protegerse y, salvo contraorden, el consejo era que debíamos comer en habitaciones separadas y limpiar el retrete cada vez que uno de los dos lo usara. Pero no puedes vivir así en una casa pequeña con una cocina y un baño. Todos estos mensajes hacen que uno piense que se trata de un virus terrible y muy infeccioso.
No había mucho que hacer, así que veíamos la tele y había programas sobre cómo desinfectar la cesta de la compra cuando llegaba y que debíamos tener una zona de seguridad en la cocina. Los boletines en la tele cada noche con el recuento de muertos, los gráficos enormes con curvas empinadas nos llegaban como explosiones. Era una batería constante de muerte y desolación. Y mi miedo al virus subió hasta el cielo.
Por aquel entonces, cuando oía las historias de otras personas del mundo exterior, recuerdo que pensaba que era una locura que el McDonald’s estuviera cerrado y que hubiera topos de plástico en el suelo de Tesco que te indicaban dónde colocarte.
Era como el miedo durante la Guerra Fría pero mucho peor. Aquello era un concepto abstracto, pues no pensábamos que ocurriría de verdad, pero el covid era algo que se nos decía que estaba ocurriendo.
Estuve en casa durante once semanas. Cuando fui por primera vez a mi primera cita en el hospital tras siete semanas, tenía el cerebro sobrecargado. Ese día estaba fatal y hasta mi propia sombra me asustaba. Decidí conducir en vez de ir andando porque pensé que no debía respirar el aire que soltaban los demás. Cuando salí del coche no sabía si sería capaz de hacerlo, pero me armé de valor y me puse mascarilla y guantes. Mi miedo se vio agravado porque alguien me recibió a la entrada del hospital diciéndome que tenía que quitarme la mascarilla y los guantes porque habían estado en el exterior. Eso me llevó a pensar que la situación era realmente mala.
Había carteles por todas partes que te decían: «No pasar. Aguarde aquí.» Habían retirado la mayoría de las sillas. Las enfermeras llevaban equipos de protección. Me tomaron la temperatura, algo que normalmente no hacían. Todo olía a peligro.
No perdí los papeles, pero la cabeza me iba a mil por hora: «Voy a infectarme, voy a infectarme. Si respiro lo que no debo, si toco algo equivocado, si alguien pasa a mi lado, me voy a contagiar». Si alguien pasaba a mi lado, aguantaba la respiración.
Algunos trabajadores del hospital pasaron por mi lado cuando estaba saliendo y pensé: «¿Qué estáis haciendo?». Cuando pasó el tercero por mi lado, le insulté en voz baja con una palabrota.
Cuando llegué a casa, me desnudé en la galería porque no quería contaminar la casa con la ropa. ¡Metí mi ropa en una bolsa de plástico y tiré los zapatos! Me di un baño con el agua más caliente que pude y estuve dentro todo el tiempo posible frotando cada centímetro de mi cuerpo. Cuando salí parecía una langosta.
El punto de inflexión vino cuando el gobierno reabrió los campos de golf. Mi oncólogo me dijo que debía salir fuera y que íbamos a jugar una partida de golf. Al principio entré en pánico, pero por fortuna eso hizo que empezara a hablar con la gente y me ayudó a sobreponerme al miedo.
Durante mucho tiempo estuve asustado de todo: el mundo, el aire, las otras personas, los objetos físicos, básicamente cualquier cosa que pudiera transmitir el virus. Cuando echo la vista atrás no me puedo creer que ese fuera yo. Creo que me volví agorafóbico.
Ahora estoy muy enfadado por el miedo. Me siento engañado. En última instancia, estoy enfadado con el Parlamento y no solo con el gobierno, porque no hubo una oposición real a nada. También estoy enfadado con los medios y me siento traicionado. Solo publican un lado de la historia.
Es repugnante que el gobierno intentara asustarnos. Si hubiera sido otro, lo habrían arrestado.
2. Elmiedo se propaga por los medios como un virus
Una mujer que lleva mascarilla y bolsas de la compra se encuentra cerca de una parada de metro. De pronto se desploma y cae de bruces. Permanece inmóvil y rígida sobre el pavimento. Un dependiente preocupado corre para ver qué le pasa.
Un hombre está en la calle inconsciente mientras personas enfundadas en epislo atienden. Otro hombre yace boca arriba con el cuerpo extendido, solo en un pasillo. Otro cuerpo y dos personas enfundadas en epis lo atienden. Un amplio control de carretera patrullado por personas con batas blancas de laboratorio, mascarillas y chalecos reflectantes. Otro hombre yace boca arriba en una tienda. El área está acordonada. Unas personas con epis lo observan.
Todas estas escenas inquietantes aparecen en un vídeo1 que describe una imagen apocalíptica de ciudadanos que sufren colapsos, médicos enfundados en epis, transeúntes azorados y ciudades detenidas. Fue nuestro primer vistazo de una nueva y letal epidemia y nuestro primer bocado de miedo. Apareció en la prensa británica, en concreto en Mail Online, Metro Online y The Sun, el 24 de enero de 2020. El vídeo salió al mismo tiempo que se informaba de los primeros centenares de casos y del primer puñado de fallecidos en China y un poco antes del primer caso confirmado el 31 de enero en el Reino Unido.
Recuerdo que el vídeo se compartió en Twitter y Facebook y, si bien no soy de la generación TikTok o Snapchat, también se hizo viral ahí. El miedo es contagioso y las redes sociales ofrecen las condiciones perfectas para su transmisión. Los virus viajan raudos por el aire, pero el miedo viaja más rápido: ¡Comparte, comparte, comparte!
Una descripción del vídeo decía: «una grabación particularmente dramática de una cámara de seguridad muestra a una persona con mascarilla en la calle antes de sufrir un colapso y de que otros se apremien a socorrerla». Mira el vídeo y decide tú mismo si es una descripción generosa, crédula o colusoria. Resulta llamativo el aire a «montaje» e impostura que desprende la escena. Incluso se puede ver durante una milésima de segundo que la mujer que va a caer vacila. Caer de bruces requiere arrestos y ella lo hace la mar de bien, pero sigue pareciendo una cosa de aficionados. Los comentarios de los lectores oscilaban desde el «realmente terrorífico» de los crédulos al «montaje total» de los escépticos.
Puede que los periodistas también sospecharan que el vídeo era un montaje, pero la atracción del clickbait era demasiado grande. Los periodistas deberían verificar sus fuentes. ¿Se verificó este vídeo? Me puse en contacto con los periodistas que escribieron los artículos sobre el vídeo para Mail Online, Metro Online y The Sun para preguntar sobre su origen, pero ninguno contestó.
Otro vídeo perturbador muestra cómo unos funcionarios con epis arrastran a gente en China fuera de sus casas. ¿Se habían negado a confinarse? ¿Estaban contagiando a sabiendas? El vídeo informa que el gobierno chino había empezado a hacer mediciones de temperatura puerta a puerta. ¿Se llevaban a estas personas porque tenían una temperatura alta? ¿Se trata de un episodio real o falso? No lo sabemos, pero el vídeo debió jugar un papel a la hora de estimular el miedo.
Los titulares hacían referencia a «zombis», «bichos asesinos» y «apocalipsis». Una y otra vez los periódicos y comentaristas se referían a estos vídeos del covid chinos como «perturbadores». Las referencias a las películas de terror y a El fin de los días iban calando. El titular del Sun «Zombieland» se fotocopió a la velocidad de un estornudo virulento a través de los medios globales.
En 2020 aprendimos que el miedo vende mejor que el sexo. Si asusta, se airea; si sangra, lidera. Finalmente, la obsesión por los encantos físicos de la mujer quedó en un segundo plano, pero quizás porque por fue asaltada por el pornopánico. Casi puedo rememorar los días del pintoresco sexismo y cosificación de los medios: ¡antes solo teníamos que preocuparnos por una famosa con la falda levantada o los pechos al aire en The Sun en lugar de los recuentos diarios de muertes!
Algunas agencias de noticias y comentaristas se preguntaban si estos vídeos eran la prueba de que China estaba intentando esconder lo mal que estaba la situación en vez de exagerarla. Pero, ¿qué verosimilitud tenían? La epidemia nunca se reveló así. La gente no se desplomaba y caía de bruces para verse luego rodeada por sanitarios con epis salvo en estos vídeos. Describían una visión de terror del Covid-19 totalmente desaforada. Si el resto del mundo tenía el covid, China parecía tener un «covid trucado».
Los vídeos fueron compartidos millones de veces, pero es difícil de cuantificar porque en algunos casos fueron retirados, incluidas las primeras fuentes probables que provenían de las redes sociales chinas tales como Weibo y TikTok. Los vídeos tienen su origen en China: ¿se trató de una broma o de guerra psicológica? Snopes, la página web que contrasta datos, investigó la fuente de los vídeos y no pudo encontrarlos antes del acontecimiento que supuestamente mostraban, así que puede que sean de enero de 2020; y eso es todo lo que sabemos.
Con independencia de que fueran verídicos, bromas o guerra psicológica, los vídeos plantaron la semilla de que el virus tenía consecuencias terroríficas. También «sembraron», por lo menos involuntariamente, la idea de una fuerte respuesta sanitaria y autoritaria. Abundaremos en esta «siembra» en el capítulo 7. Si no recuerdas los vídeos o no los llegaste a ver, te animo a que lo hagas para comparar este vistazo fugaz del «covid trucado» con lo que realmente ocurrió.
Este libro se centra en el Estado de Reino Unido, el covid y el miedo, y este capítulo aborda los medios y redes sociales británicos, pero resulta relevante mencionar otra influencia china antes de continuar. Aunque no quiero sumergirte tan pronto en las turbias aguas de nada que pueda ser etiquetado como «teoría de la conspiración» en nuestro viaje hacia el miedo, lo cierto es que los vídeos trucados del covid pueden sugerir un intento de generar miedo. Y hay aún otra razón para sospechar que se trata de una propagación de desinformación intencionada.
Resulta difícil determinar la amplitud de la propaganda encubierta en redes sociales, pero un estudio de 2017, «Cómo fabrica el gobierno chino publicaciones en redes sociales para generar distracción estratégica y no debates comprometidos»,2 estimaba que entre doscientos cincuenta mil y hasta dos millones de chinos eran contratados por su gobierno para generar aproximadamente 448 millones de publicaciones falsas en las redes al año. Estos comentaristas clandestinos progubernamentales se presentaban como ciudadanos corrientes mientras encauzaban las conversaciones en la «dirección correcta» para el partido comunista chino. Se les denomina el «ejército de cincuenta céntimos» pues se dice que cobran cincuenta céntimos por publicación.
Propublica3 analizó cuentas de Twitter falsas y secuestradas y dio con diez mil cuentas sospechosas de ser falsas que realizaban propaganda sobre Hong Kong. En un momento dado, las cuentas cambiaron la atención de Hong Kong al Covid-19. Estos tweets no se dirigían a los chinos que viven en China, porque Twitter está bloqueado por el Great Firewall o Gran Cortafuegos. Algunas estaban en chino y se dirigían a los chinos que viven en el extranjero, pero muchos de los tweets estaban en inglés. Iban dirigidos a nosotros, y libraban una campaña no oficial de relaciones públicas en apoyo a la gestión del covid por parte del gobierno chino. Las cuentas falsas de Twitter, incluidos los bots, desataron la propaganda prochina cuando Italia se confinó. Italia fue el primer país europeo que firmó la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que impulsa el comercio global y una red de infraestructuras y global, que está generalmente considerada una forma de que China extienda su influencia económica y política. El presidente Xi Jinping describió la ayuda médica de China a Italia como una «Ruta de la seda sanitaria». Twitter se vio inundado por los hashtags #forzaCinaeItalia y #grazieCina. Se piensa que estos mensajes de apoyo provenían de propagandistas de las redes sociales chinas —el ejército de cincuenta céntimos— y no de verdaderos ciudadanos italianos. ¿Es una coincidencia que Italia fuera el primer país en Europa en confinarse? ¿Y que esto siguiera a la firma del tratado de comercio y desarrollo entre Italia y China? ¿Influenció la campaña en redes sociales al público y a los políticos?
Michael P. Senger escribió para The Tablet4 sobre la campaña china de propaganda online. Se dio cuenta de que estos usuarios de Twitter del ejército de cincuenta céntimos habían dado un paso más, un «giro oscuro», al criticar a los gobernadores estadounidenses que no aprobaron confinamientos a nivel estatal y, por tanto, intentaban influenciar deliberadamente la política de Estados Unidos.
El 11 de marzo de 2020 y en una entrevista de la bbc, David Halpern, jefe de la filial británica del Behavioural Insight Team,* habló del plan para poner a resguardo a los más mayores hasta que se adquiriera la inmunidad de rebaño.5 El concepto de inmunidad de grupo o rebaño está bien establecido en la ciencia y no había sido considerado controvertido hasta ese momento. Resulta interesante que para el 17 de marzo las cuentas de Twitter vinculadas al Estado chino criticaran ese enfoque:
Suecia no hará test a las personas con síntomas leves. El Reino Unido y Alemania intentaron crear una «inmunidad de rebaño» que expondrá a mucha gente al riesgo de la muerte. Estos países no están dispuestos a invertir más recursos en el control de la epidemia. ¿Qué pasa con los derechos humanos? ¿Qué pasa con el humanitarismo?6
Resulta llamativo viniendo de un país que literalmente aisló a la gente en sus hogares e instigó un confinamiento experimental. Y eso sin entrar en el asunto de las violaciones de derechos humanos más amplias como el internamiento del pueblo uigur en Sinkiang. Como dice una canción satírica china que también circuló en las redes: «Después del lavado de cerebro, lávate las manos y la cara».
Algunas cosas proliferan de forma natural en las redes sociales; se vuelven virales. El miedo es una de ellas. En el 2020 se le dio alas. Entender quién le ayudó a volar y por qué debería preocupar enormemente a nuestro gobierno y a todos nosotros.
Otros países imitaron el confinamiento chino. De forma confusa, la Organización Mundial de la Salud no recomendaba los confinamientos pero, al mismo tiempo, alababa el enfoque chino. Occidente estaba en su mayor parte horrorizado por las imágenes de los ciudadanos de Wuhan atrapados en sus hogares y, sin embargo, sancionamos una política totalitaria similar. The Sun informaba de que «las imágenes devastadoras parecen mostrar a pacientes de coronavirus aislados dentro de sus casas y “abandonados a la muerte” mientras China lucha por contener la enfermedad mortal».7
Los periódicos que compartieron los vídeos chinos sin verificar su autenticidad carecían de rigor periodístico. Lo que siguió a lo largo de 2020 y 2021 fue una incesante embestida de mensajes apocalípticos a través de la televisión, prensa, radio e internet. Durante el resto del capítulo, examinaré las razones por las que los medios británicos podrían haber informado de la epidemia de la manera en que lo hicieron.
Las noticias constantes sobre el covid y el recuento de muertes cotidiano hicieron que todo ello dominara nuestra mente. Con toda probabilidad, el covid, la muerte, el confinamiento y los efectos de las restricciones fueron las ocupaciones principales de tu cerebro. La heurística de disponibilidad, o sesgo de la disponibilidad, describe un atajo mental mediante el cual recordamos los ejemplos más inmediatos de las cosas. Cuando un asunto es extremadamente urgente, nos satura de forma que no somos capaces de pensar en otras cosas. Si se habla de las muertes por covid cada día, entonces piensas en ello cada día en detrimento de otras causas de muerte, pero también en detrimento de gran parte de la vida. Nuestra hoja de ruta cognitiva fue rediseñada en 2020. Puede que estuvieras conduciendo, pero el gobierno y los medios tenían el control de tu navegador por satélite.
Los medios tienen la responsabilidad de informarnos, pero también tienen la responsabilidad de ser imparciales. La cobertura de los recuentos de muertes diarias, los titulares macabros, los gráficos terroríficos permearon en nuestros cerebros. Algunas de las personas a las que entrevisté me hablaron del efecto considerable que los medios tuvieron en su percepción del mundo y en su posterior salud mental.
Los medios deberían estar a la altura de la confianza del público y deben a sus lectores y espectadores la mejor versión de la verdad, verificada mediante un escrupuloso cuestionamiento. El público británico espera los estándares más altos de la bbc, lo que probablemente explica por qué resulta tan dañina cuando propaga el alarmismo, ejemplificado en el caso de la madre de Sarah (véase la página 55). De todos los proveedores de noticias, es precisamente la bbc de la que esperaríamos que diera un cuidadoso paso atrás ante el furor y el miedo para ofrecer una perspectiva sosegada.
Hablé con la antigua periodista de la bbc Sue Cook y me dijo que le sorprendió y decepcionó la cobertura unilateral del covid y la ausencia de un cuestionamiento activo. A pesar de haber escuchado Radio 4 toda su vida, incluso dejó de hacerlo ese año porque no podía soportar lo que oía. Para una incondicional de la bbc, fue una amarga decepción descubrir que sus estándares de «verdad e imparcialidad se habían desvanecido». Y añade: «Mi miedo es que ahora ya no haya ninguna agencia de noticias sólida y consistente en la que puedas confiar. Tienes que ir pescando para encontrar personas de las que te puedas fiar. Puede ser alguien en Facebook o YouTube, pero es una jungla ahí fuera».
La bbc tiene unos estatutos en los que se compromete a «ofrecer noticias e informaciones imparciales para ayudar a la gente a comprender y relacionarse con el mundo que le rodea». En el «manual de estilo» de la bbc figuran unas garantías concretas en momentos de terror, guerras y desastres. Una de estas garantías señala que «se requiere ser cuidadoso con el empleo del lenguaje que conlleve juicios de valor».8 Parte de la cobertura del covid de la bbc casa con dificultad con los estatutos, si bien algunos recibieron con agrado los juicios de valor.
La presentadora del programa Newsnight, Emily Maitlis, recibió tanto elogios como críticas de distintos ámbitos por «editorializar» cuando criticó a Dominic Cummings por «saltarse las reglas» el 26 de mayo. Hubo 24.000 quejas contra la bbc, quien reconoció haber incumplido el deber de imparcialidad.**
La bbc parecía hacer hincapié en las historias que podían suscitar miedo, centrándose en los desenlaces negativos frente a las recuperaciones. Un titular rezaba: «Adolescente de Lutton relata el momento escalofriante en que su padre contrajo el virus»; y otro «Tenía mi propio funeral planeado en la cabeza».
«La economía italiana sufre un duro golpe» es un ejemplo sutil de un titular de la bbc del 1 de marzo de 2020, que resultó ser menos imparcial de lo que cabría esperar. La expresión «duro golpe» es una metáfora que suscita un impacto doloroso en la economía. En vez de abrir con el dato de la caída del pib o la predicción de una recesión, se opta por un titular colorido y editorializado. Le pregunté a Cook por su opinión: «La expresión “duro golpe” resulta aceptable si describe un hecho literal, pero no si se usa para dramatizar o exagerar. Eso no está bien». La cobertura de la bbc incitaba al miedo de forma tan sorprendente durante la epidemia que, en enero de 2021, el periodista de The Telegraph Allison Pearson renombró al ente como la «Banda de las Bolsas de Cadáveres».9
He empleado deliberadamente aquí una ilustración más sutil porque se excusa con más facilidad. La cuestión es que no se trata de un ejemplo aislado: fueron centenares de titulares dramatizados sobre un único virus. Pero todos suman para crear una impresión más contundente. Según Cook, de entre la plétora de otros artículos sobre la epidemia en Italia, este titular generó una sensación de «incitación al apocalipsis»: «Todos los ejemplos procedentes de Italia dramatizan las cosas para que parezcan importantes y para que la gente se incorpore en su asiento y escuche. Me pregunto si el contenido es menos importante que el impacto dramático. A la postre, esto destruye la confianza». Pregunté a la periodista de la bbc que había escrito la historia sobre la elección del titular si podíamos hablar de forma más detallada sobre la cobertura del covid por parte de la bbc, pero declinó contestar.
Sky News informó el 19 de marzo que los vehículos del ejército se habían sumado para transportar los cadáveres en Bérgamo. Esto haría pensar que se necesitaron vehículos del ejército por la cantidad de cadáveres que había. De hecho, y según la Federación de Pompas Fúnebres de Italia,10 cuando estalló la pandemia, el 70 por ciento de los empresarios de las funerarias dejaron de trabajar para confinarse, así que hubo que recurrir al ejército para un transporte único de 60 ataúdes. La impactante imagen del ejército transportando a los muertos no se explicó, pero apareció en Sky y otras emisoras y en los periódicos británicos y del mundo, plantando la idea de un número de cadáveres casi inmanejable.
Una de las razones por la que las mismas historias proliferan globalmente y las fuentes no siempre son concienzudamente comprobadas por los medios es la dependencia de las agencias de noticias. Hay tres agencias de noticias principales a escala global: Associated Press, Reuters y Agence France-Presse. Gran parte de los textos, imágenes y vídeos que se emiten o imprimen provienen de estas tres agencias. Esto significa que hay mucha menos diversidad en la información de lo que piensas, en particular cuando se trata de noticias del extranjero. Por lo que respecta al funcionamiento de los medios occidentales, si una de las tres agencias no lleva la noticia, esta no ha ocurrido. Las informaciones de agencia sobre historias geopolíticas pueden ser sutilmente deducidas por una similitud en el tono, junto con las mismas imágenes y, a veces, textos.
Los periodistas son humanos y están sujetos a los mismos miedos que el resto de nosotros. Todos estamos hechos de la misma pasta psicológica. Acaso sus miedos nublaron su juicio y su manera de informar. Puede que no dispusieran de tiempo, en lo más crudo de la crisis, para investigar completamente cada imagen y vídeo que suministraba la sección de fotografía. Sin embargo, el resultado fueron semanas y meses de incesantes noticias emocionalmente malas que carecían de contexto y rigor.
¿Cómo afectó a los políticos el incesante miedo en los medios? Ellos también leen las noticias y comparten el mismo tejido cultural, así que no son inmunes a sus efectos. Resulta significativo que Matt Hancock, el ministro de Sanidad, revelara en una entrevista concedida a lbc Radio en 2021 que ordenó un gran pedido de vacunas tras haber visto la película de ficción Contagio.11 Parece que esto redundó en nuestro stock de vacunas, pero no deja de ser un extraordinario reconocimiento de la influencia de un film sensacionalista de Hollywood (sobre un virus ficticio que mata al 30 por ciento de las personas que se infectan) en el ministro de Sanidad.
El miedo y el tiempo son dos factores que pueden explicar el sensacionalismo macabro, pero hay dos más. Le pregunté a un comentarista de un periódico serio por qué empleaban los periódicos tantos titulares cargados de connotaciones apocalípticas. «El narcisismo y la avaricia son los motores» me dijo, «los aumentos de sueldo están vinculados a los artículos que funcionen mejor. Los periodistas que consiguen el mayor número de visionados de sus artículos y que generan más suscriptores para el periódico obtienen las mayores subidas de sueldo. Uno quiere que sus historias obtengan el mayor número de visionados».
Le pedí un ejemplo: «Cuando sage*** lanzó la predicción de medio millón de muertos, los periódicos lo publicaron de inmediato para conseguir el titular en vez de cuestionarlo. En cinco minutos estaba ahí fuera. Entonces, unas pocas horas más tarde, aparece un artículo más escéptico. Pero es la primera noticia la que tiene impacto y no la escéptica. Cuando los expertos Chris Whitty y Patrick Vallance predijeron cuatro mil muertes diarias en octubre, supimos de inmediato que eso sería el titular. Pero un buen periodista debería decir que esto no pasa la “prueba del algodón”, así que debería investigar y no publicarlo palabra por palabra. Por supuesto que un par de días después aparece un artículo que disecciona los números, pero no obtiene el mismo reclamo que la primera historia». El artículo consigue los visionados y el periodista consigue un aumento de sueldo. Nosotros entramos en pánico y el daño está hecho.
No todos los periodistas nos alimentaron con una dieta constante de miedo. Al igual que Sue Cook, yo también dejé de oír Radio 4 y encontré Talk Radio, que tenía una variedad más amplia de invitados. El lema de Dan Wootton, el presentador de Talk Radio, es «nada de sesgos, prejuicios o histerismos». Hablé con él sobre su enfoque en su programa de radio y como columnista para The Sun.
Wootton pasó el covid en las mismas fechas que Boris Johnson, lo que significa que entendió que podía ser una seria y desagradable enfermedad, pero también entendió desde el principio que el confinamiento no era la política correcta desde el punto de vista económico, social o en cuanto a otros costes para la salud. Dice que llegó a esa conclusión el día en que el Instituto Nacional de Estadística reveló que había habido un exceso de muertes no relacionadas con el covid de 26.000 personas entre marzo y septiembre en los hogares,12 y pensó que los medios lo «captarían» para calibrar los daños y costes del confinamiento. «El número estaba muy cerca del de las muertes por covid en ese momento. Recibió alguna cobertura en los periódicos, pero recuerdo que los boletines de noticias no lo cubrieron. Toda la información se ha centrado en las muertes por covid y se han ignorado las consecuencias del confinamiento». Le pregunté por su opinión de por qué había sido así: «Creo que hay una mentalidad de pensamiento de grupo. Si la bbc lleva la noticia, entonces la itv y Channel 4 también lo hacen. Muchos periodistas prefieren optar por el camino fácil».
Una periodista de un medio audiovisual, que habló conmigo off the record, me dijo que la mayoría de personas de su equipo editorial tenía una perspectiva distinta a la suya sobre la epidemia. Se describió a sí misma como una persona que «luchaba por una buena causa en la sala de prensa», pero que se veía superada en número por su equipo. Quizás habían consumido la información suministrada por el gobierno de forma menos crítica que ella. Para ella, exigir una visión equilibrada era una cruzada: estadísticas de las recuperaciones junto con las muertes, un desglose más detallado de la ocupación de camas en la uci, los resultados falsos de las pcrs, etc.
Las conferencias de prensa del 10 de Downing Street se caracterizaban por las preguntas anodinas de los periodistas que pretendían no molestar del tipo: «¿Cuándo se acabará la epidemia?». Una encuesta a los lectores de la Press Gazette, una revista profesional sobre la prensa, arrojaba la misma idea.13 Cuando preguntó «¿Cree que los periodistas han hecho un buen trabajo a la hora de fiscalizar al gobierno durante las conferencias de prensa diarias sobre el Covid-19?», el 70 por ciento contestó que no.
Las preguntas endebles no consiguen ni fiscalizar a los políticos ni descubrir información esencial que debería ser de dominio público, ni tampoco ofrecer una posición equilibrada (que apaciguaría la mente y las emociones) y, además, dañan al propio periodismo. Otra encuesta de la Press Gazette evidenció que la confianza del público en el periodismo se había visto erosionada.14 Cuando preguntó «¿Cree que la confianza en el periodismo ha incrementado desde la epidemia del Covid-19?», el 48 por ciento contestó que no y un 19 por ciento dijo que se había mantenido igual. Tan solo el 33 por ciento contestó que había aumentado. Otra encuesta15 realizada por Edelman’s Trust concluyó que, a nivel global, los periodistas eran la fuente en la que menos se confiaba a la hora de buscar noticias sobre el coronavirus.
Por lo general, los periodistas de los medios tradicionales solo trataban la epidemia y el confinamiento desde el marco establecido por el confinamiento; no investigaban ni interrogaban desde fuera de ese marco. Cuando cuestionaban algo, el modo por defecto era el de escenificar la indignación en cada ocasión y jugar el papel de oposición no electa, pero siempre en un sentido: exigiendo al gobierno que fuera más lejos y que confinara más pronto y con más dureza. ¿Cerrar los comercios? Pues también los colegios. ¿Nivel 3? ¿Por qué no nivel 4? Quizás los periodistas empezaron a verse a sí mismos más como activistas políticos que exigían responsabilidades al populista Johnson, en una simplista dramaturgia moralista que enfrentaba las muertes por la pandemia contra las malvadas políticas conservadoras.
Sin duda, los periodistas que trataban temas de política y salud disfrutaron de empleos seguros a lo largo de la crisis. Si hubieran sufrido financieramente como lo hicieron los millones de autónomos o los que estaban en los sectores más golpeados como la hostelería y el ocio, ¿hubieran sido más incisivos?
¿Por qué si no los periodistas no formularon preguntas más incisivas? Existe una relación compleja entre el gobierno, los medios y el público. Noam Chomsky explicó el «modelo de propaganda de los medios de comunicación de masas» en su libro Los guardianes de la libertad. Uno de sus aspectos es que la proximidad de los medios de masas al poder político y económico se traduce en que los medios propaguen las visiones del mundo de los poderosos. Una manera sencilla en la que funciona esto es que la prensa y los medios audiovisuales deben satisfacer las motivaciones financieras de sus propietarios e inversores. Los propietarios tienen un efecto de arriba abajo en las preferencias y sesgos de los medios. Boris Johnson era un líder popular al comienzo de la crisis, así que puede que los periódicos empatizaran con él. Por decirlo claro: si a Rupert Murdoch le gustaba Boris Johnson a comienzos de 2020, es probable que alguna de sus filiales británicas de noticias escribiera artículos en los que se le mostraba apoyo.
El presentador de la televisión Piers Morgan ofrece un ejemplo maravilloso de alguien que fue apoyado por los medios. Fue un ruidoso defensor del confinamiento y se mostró crítico ante los que incumplían las normas o parecían minimizar los peligros de la epidemia en Good Morning Britain y en su cuenta de Twitter. El 16 de diciembre urgió al gobierno para que aprobara restricciones más duras en navidad. Y, sin embargo, pasó las vacaciones navideñas en la isla caribeña de Antigua. No incumplía la ley, pero iba en contra de las recomendaciones y no se compadecía con sus duras palabras a la nación y a los ministros. Uno podría considerarlo una hipocresía. La página web «order-order.com»16 publicó la primicia, pero los periódicos no se hicieron eco. Los políticos y famosos que incumplieron las reglas fueron criticados con dureza por los medios. Pero Piers Morgan es amigo de editores y personajes poderosos de los medios, ¿se formó un silencioso círculo de protección a su alrededor?
