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Algunas décadas después de la muerte de Cristo, surge una obra que marcará un hito y se convertirá en el primer evangelio: el de Marcos. Este comienzo fue un gesto literario de gran alcance que inspiró a los demás evangelistas.Redactado unos cuarenta años después de los hechos que relata, se presenta como una biografía selectiva, un relato dramático del compromiso del Resucitado. La investigación histórica sugiere que su autoría pudo corresponder a una mujer culta, vinculada a los círculos paulinos del siglo I, cuya autoridad se vislumbra en las huellas que dejó.François Vouga y Carmen Burkhalter ponen en escena a esta mujer. En este libro, históricamente riguroso y espiritualmente estimulante, es ella quien habla: narra la construcción literaria de su obra y su encuentro con la Palabra de Jesús, revelando los motivos de sus elecciones y la profundidad de sus aspiraciones.
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Veröffentlichungsjahr: 2026
FRANÇOIS VOUGA Y CARMEN BURKHALTER
El EVANGELIO DE UNA MUJER
UNA LECTURA DE MARCOS
Traducción de JULIA ARGEMÍ
Herder
Título original: L’évangile d’une femme
Traducción: Julia Argemí
Diseño de cubierta: Stefano Vuga
Edición digital: Martín Molinero
© 2021, Bayard Éditions, París
© 2026, Herder Editorial, S. L., Barcelona
ISBN: 978-84-254-XXXX-X
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Algunas décadas después de la muerte de Cristo, surge una obra que marcará un hito y se convertirá en el primer evangelio: el de Marcos. Este comienzo fue un gesto literario de gran alcance que inspiró a los demás evangelistas.
Redactado unos cuarenta años después de los hechos que relata, se presenta como una biografía selectiva, un relato dramático del compromiso del Resucitado. La investigación histórica sugiere que su autoría pudo corresponder a una mujer culta, vinculada a los círculos paulinos del siglo I, cuya autoridad se vislumbra en las huellas que dejó.
En este libro, históricamente riguroso y espiritualmente estimulante, es ella quien habla: narra la construcción literaria de su obra y su encuentro con la Palabra de Jesús, revelando los motivos de sus elecciones y la profundidad de sus aspiraciones.
Autor
François Vouga (Suiza, 1948) es pastor protestante e historiador del Nuevo Testamento. Es profesor de Teología en las universidades de Wuppertal y Bielefeld en Alemania. Especialista reconocido en las Escrituras, ha publicado numerosas obras sobre la historia del cristianismo y de la teología cristiana.
Preludio. El acontecimiento: la invención del primer evangelio
Diálogos: a una ficción responde otra ficción; y a esta, una lectura
¿A qué poeta corresponde el nombre de Marcos?
Interludio I. Se dice que...
Interludio II. Multitudes y más multitudes. De todas partes y por todas partes
Capítulo 1. ¿Quién soy y por qué este poema que ahora llamamos evangelio?
¿Quién soy?
¿Por qué este poema que ahora llamamos evangelio?
InterludioIII. Umbrales
Capítulo 2. Concebir la arquitectura poética de un evangelio
¿Qué forma dar a un evangelio?
El pilar central de la construcción: la confianza, lógica de la vida entregada
¿Cómo empezar?
El equilibrio de la construcción
Interludio IV. Enigmas: ¿¡Qué son!?
Interludio V. Miradas. Cuando ya no hay nada que ver
Capítulo 3. ¿Qué es, razonablemente, un milagro inteligente?
Presencia real del principio
La pasividad provocadora de Jesús: imaginación y valor para hacer lo imposible
Los lugares de actuación de Jesús: hacer ver, dar a entender, convertir en capaz de actuar
Los lugares del diálogo de Jesús: liberar de las adicciones
Interludio VI. Manos y gritos
Capítulo 4. ¿Qué Dios? ¿Y por qué hablar de Jesús?
¿Por qué hablar de Jesús?
¿De qué Dios habla Jesús?
Interludio VII. Dios
Capítulo 5. La presencia del Reino en la actualidad del evangelio
La presencia del Reino de Dios
La imagen de la venida del Hijo del hombre como proyección de la actualidad
Interludio VIII. Busquen y no hallarán. Crónica de un rechazo anunciado
Capítulo 6. Las tres comidas de la presencia real, para que la ficción alimente la cotidianeidad
Tres comidas
El pan bendecido, partido y entregado, y la copa compartida
Hacer memoria
Cita anunciada y concertada: la encarnación del cuerpo y la presencia real del vino nuevo
Postludio. Hoja de ruta
Bibliografía
El acontecimiento: la invención del primer evangelio
Lo que deseamos captar es el instante del asombro: los cristianismos vivieron y evolucionaron durante dos generaciones aproximadamente —unos cuarenta años—, basándose en el rastro dejado por los apóstoles, en la relectura de sus cartas, así como en la memoria conservada y cultivada de los recuerdos guardados por los compañeros de Jesús, y en la recopilación de sus palabras, iniciada y consignada de manera temprana. Un patrimonio diverso y disperso con un único polo unificador: la referencia a la persona de Jesús y a la autoridad de los apóstoles, con la que aún podían identificarse. Ahora bien, la originalidad radical de la voz poética que toma la iniciativa de componer la obra literaria conocida como Evangelio de Marcos señala un nuevo comienzo. Efectivamente, en sus cartas, el primer escritor cristiano, Pablo, había formulado una visión clara del significado universal de lo que denomina el evangelio. El espíritu creador que encontramos en el origen del Evangelio de Marcos, el segundo escritor cristiano, imagina y construye un libro cuyo guion servirá, a partir de ese momento, como relato fundador de la identidad cristiana y unificador de su patrimonio.
Nuestra intención no es añadir una presentación general o una explicación del texto a las que ya existen. Más bien, querríamos comprender el acontecimiento que, tras la desaparición de los pilares apostólicos que son Santiago, Pedro y Pablo, constituye la iniciativa adoptada de imaginar y crear la obra literaria que se convertirá en el primer evangelio. Actualmente, la existencia de cuatro evangelios nos parece algo evidente. No obstante, la composición del que conocemos como Evangelio de Marcos —que rápidamente creó escuela— se presenta como la verdadera invención de una nueva forma. Ese primer intento, su tentativa de construir —unos cuarenta años después de lo que cuenta de la vida y la muerte de Jesús— lo que podríamos denominar una biografía selectiva —en el sentido de relato dramático del compromiso del Resucitado— no estaba exenta de osadía. Viéndolo con perspectiva, constatamos que inventó una forma cuya recepción por parte de Mateo, Lucas y Juan lo consagró como el género literario por excelencia del cristianismo.
Ahora bien, ¿cómo explicar su génesis?
Nuestro ensayo aborda la cuestión poniendo en diálogo un doble proceso. En una primera voz, proponemos una interpretación de la creación de la obra literaria y de la aparición del género del evangelio en un relato de ficción autobiográfico, que busca dar cuenta de las razones y reflexiones que condujeron a su concepción. Ahí, querríamos captar la necesidad y la lógica internas. Es fácil imaginar que escribir una presentación continua y coherente del itinerario de Jesús supone un salto considerable. Y se comprende sin dificultad que simultáneamente haya sido provocado y posibilitado por la muerte de quienes habían sido sus coetáneos y que habrían podido seguir siendo sus testigos directos. Sin embargo, es paradójico, sorprendente y significativo de la rápida difusión del cristianismo el hecho de que la idea de emprender esta obra poética y de realizarla, unos cuarenta años después de la historia que pone en escena, haya germinado precisamente en un lugar del Imperio geográfica y culturalmente alejado. En efecto, el Evangelio de Marcos hunde sus raíces en el universo del mundo grecorromano, en un entorno donde el judaísmo apenas era conocido y en el que la Galilea de los paganos —como se decía entonces— se convirtió en su símbolo.
Una segunda voz precede a esta reconstitución y la acompaña, ofreciendo una sucesión de recorridos del evangelio. La ficción se hace real y viva mediante la lectura, cuyo sentido reside en la preocupación por observar y estar atentos a los detalles, a los diferentes movimientos de la escritura y del pensamiento, y en permitir captar —como por fugaces destellos del encuentro— su significado teológico y espiritual.
Así pues, por amor al texto, a lo largo de estos recorridos, querríamos invitarlos a una serie de paseos, tan libres de prejuicios como fuera posible, que entablarán un diálogo con curiosidad y benevolencia en la imaginación poética del evangelio: admiración ante todas las puestas en movimiento, paseos de una a otra orilla, de una ciudad a un pueblo, de una a otra casa, de un templo al jardín, de las multitudes a las soledades de los márgenes, desde la piedra retirada de la entrada de un sepulcro, pasando por lugares tan diversos como el desierto, la costa, los umbrales y las mesas. Paseos en el tiempo y entre los tiempos, tanto de noche como al alba, por la mañana, de día, en las comidas y los encuentros —y en los días donde ni tan solo hay tiempo para comer—. Paseos con los personajes anónimos: una mujer, algunas mujeres, padres, madres, hijos, hijas, un ciego y aun otro ciego. Pero también paseos a través de la extravagancia, lo excesivo y el exceso, todos y la multitud de los muchos. Vienen de todas partes; se abre un techo; todos están saciados; llevan a Jesús a todos los enfermos; él libera a todos los poseídos; todos están asombrados o sorprendidos, impactados, admirativos, asustados o llenos de temor. Y Bartolomé, uno de los personajes testarudos de Marcos, grita tanto que acaba por ver.
A lo largo de estas travesías con los discípulos y bajo la mirada de Jesús, nos cruzaremos con el niño que se está haciendo adulto y con la víctima que descubre el gozo de decir yo; pasaremos del luto del alumbramiento a la posibilidad de un nacimiento, de una tempestad apaciguada a un paseo sobre las aguas, del diálogo interior a la obstinación ruidosa y estruendosa. Veremos cómo el anonimato se transforma en un hacer memoria agradecido, y cómo las esclavitudes y las dependencias se convierten en liberaciones; los silencios impuestos se tornarán gritos de alegría, pasando del asombro a la admiración, de los temores a las sorpresas. De la primera comida a la penúltima y la última, del anonimato al reconocimiento, de la tierra al cielo, y de la narración a la poesía.
Existen dos hipótesis subyacentes en nuestro ensayo, que afectan a la génesis y la forma del primer evangelio. Conviene presentarlas en el inicio.
La primera hipótesis reconoce la calidad literaria y la unidad estética del evangelio. Evidentemente, no excluimos que el escritor que lo imaginó y lo compuso hubiera integrado en su obra tradiciones y materiales recopilados a lo largo de los años. La elaboración de su evangelio no surgió de la nada. Sin duda, se basa en documentos, relatos y testimonios que la preceden. Asimismo, con una gran dosis de libertad y a veces quizás con cierto sentido del humor, juega con géneros literarios de sobra conocidos por la filosofía moral de la Antigüedad. Creemos reconocer en él relatos de milagros, de curaciones o de exorcismos, parábolas o aforismos. Pero por doquier reconocemos la huella y la reorientación de un estilo y un pensamiento concretos. Y esta es la razón por la que consideramos apropiado hablar de este primer evangelio como de una creación dramática y una ficción literaria. Efectivamente, sabemos que ficción y realidad no son necesariamente, ni tan solo generalmente, contrarios, porque la ficción nos es dada precisamente como un medio de aguzar nuestra mirada sobre la realidad, de tomar la necesaria distancia para comprender lo que constituye la verdad de nuestra existencia, y de articular un pensamiento.
Además, la belleza del texto del Evangelio de Marcos es sorprendente. Hay un arte poético que cuida el ritmo de las frases, los efectos creados por la elección calculada de los tiempos verbales, el arte de sus variaciones, la explotación de las posibilidades expresivas que ofrece la gramática o la precisión sugerente de los gestos y las imágenes. Utilizando las categorías literarias que se usan en nuestra lengua, que saben reconocer —en el significado esencial de su búsqueda estilística— los poemas en prosa, aunque no tengan ni verso ni rima, tenemos la impresión de que no sería ningún despropósito invitar a un curso de escritura al autor del Evangelio de Marcos para que hablara de su obra en cuanto poema.
Se da por sentado que el poeta que compuso el Evangelio de Marcos, el maestro que redactó el de Mateo y el novelista a quien debemos los dos libros de Lucas y de los Hechos de los Apóstoles, fueron varones. Sin duda, así es en el caso de Mateo y de Lucas, pero ¿tan obvio es en el caso de Marcos? La difusión considerablemente extendida de la escritura y de la lectura a lo largo del siglo I de nuestra era en la cuenca mediterránea griega y latina hace que sea perfectamente posible una iniciativa femenina,1 y existe un conjunto de indicios en el cuerpo del texto que tenderían a confirmarlo.
Así pues, nuestra segunda hipótesis considera como muy plausible que el escritor que concibió el primer evangelio haya sido una mujer. La tradición manuscrita y el canon del Nuevo Testamento nos presentan ciertamente un evangelio según Marcos. A partir del siglo II, en efecto, la evolución de las mentalidades en los ambientes cristianos, así como en el conjunto de la sociedad helénica y romana, hizo impensable la transmisión de un evangelio bajo el nombre de una mujer. Sin embargo, había sido muy diferente durante el primer siglo de nuestra era, un período de amplia alfabetización que vio surgir, entre otras, una literatura femenina, ya se tratara de textos escritos para o por mujeres. El lugar otorgado a las mujeres en las iglesias fundadas por la misión paulina en las metrópolis del Imperio aumenta aún más la pertinencia de la pregunta: ¿por qué la elaboración del Evangelio de Marcos debería ser necesariamente obra de un varón, y no la idea y la realización de una mujer?
La posibilidad o la plausibilidad de que el Evangelio de Marcos, primer evangelio y creación de la forma del evangelio, fuera obra de una escritora no implica evidentemente por sí sola su necesidad. Sin embargo, diversas observaciones en el interior del libro salen en defensa de una probabilidad razonable de dicha hipótesis.2
Los lectores del evangelio se preguntan sobre el sentido de la sorprendente escena que convoca a dos grupos de mujeres en la cercanía de la cruz (Mc 15,40-41).3 El primer grupo está formado por tres o cuatro mujeres citadas por su nombre, María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, todas ellas desconocidas hasta ese momento en el evangelio, y que solo reaparecen a continuación en formaciones parciales. Se nos dice que estas mujeres habían seguido y servido a Jesús en Galilea. Luego, se suman a ellas, formando un segundo grupo, numerosas mujeres que habían subido con él a Jerusalén. Esta breve anotación, una simple mención de una doble presencia, sorprende por su forma excepcional en el evangelio, comparable quizás a la del joven que escapa en el momento del arresto de Jesús (Mc 14,51-52). Su necesidad tampoco parece imponerse en la composición dramática de la muerte de Jesús. En cambio, a posteriori, atribuye a cada uno de los dos grupos un papel que se acerca y sobrepasa al que desempeñan los discípulos. Ellas siguen a Jesús sin que él las llame. Ellas le sirven, como la suegra de Simón (Mc 1,29-32), es decir, probablemente, en el pensamiento de Marcos, organizan y presiden su mesa, y como sujetos autónomos, se ausentan de Galilea para acompañarlo a Jerusalén.
Podríamos preguntarnos si este discreto episodio, que no parece indispensable ni para la recepción ni para los comentaristas del evangelio, no encuentra su sentido en el hecho de ser una firma indirecta, un poco al estilo de los pintores del Renacimiento que se representan a sí mismos, en medio de la multitud, al pie de sus grandes frescos. Esta explicación parece especialmente plausible, porque la presencia de dichos dos grupos de mujeres, en el seno de la arquitectura del evangelio, se encuentra en la confluencia de dos contrastes significativos.
El primero de dichos contrastes permite al lector estar atento al cambio de equipos al cual asiste a las puertas de la Pasión. Los discípulos que Jesús había reunido en torno a él, a los que había llamado, enviado, enseñado y de quien se despidió durante una última cena antes de ser arrestado, sus aprendices, en cierto modo, dejan ahora el lugar a una sucesión de mujeres independientes y autónomas que toman por sí mismas todas las iniciativas. La mujer anónima, de la que el evangelio afirma explícitamente que será recordada, responde mediante la unción de Betania al don que Jesús hace de su vida (Mc 14,3-9). Dos mujeres más, María Magdalena y María, la madre de José, se fijaron en el lugar de su sepultura (Mc 15,47). Y otras tres mujeres, finalmente, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé, que regresaron la mañana de Pascua para ungirlo, reciben la misión de restablecer los vínculos del Resucitado con sus aprendices (Mc 16,1-8). Un finale no exento de humor, si es obra de una mujer parecida a las que se presentan en el evangelio.
Porque ahí reside el segundo contraste significativo. Efectivamente, en la construcción dramática, las mujeres no son solo el equipo que toma el relevo de los aprendices; los retratos que nos ofrecen los encuentros que se habían producido entre ellas y Jesús difieren sensiblemente de los de los hombres. El Evangelio de Marcos hace entrar a sus lectoras y lectores en un diálogo interior y en el proceso de vida espiritual que permiten a algunas mujeres convertirse en sujetos de sus propias vidas y encontrar la curación (Mc 5,21-43; 7,24-30), mientras que la mirada hacia los varones permanece externa a sus deliberaciones íntimas. Algunas mujeres toman ellas mismas la iniciativa y la responsabilidad de su liberación, mientras que son los diálogos y las paradojas terapéuticas de Jesús los que permiten a los varones terminar con sus limitaciones o sus adicciones. Aun siendo muy hipotética, si tomamos en consideración esta perspectiva literaria femenina, nos permite arrojar luz sobre la evidencia completamente natural de que el primer evangelio reserva un lugar central a la resolución dramática de un problema y de una situación específicamente ginecológicas (Mc 5,21-43), una dimensión que Mateo y Lucas harán desaparecer rápidamente, al retomar estos mismos relatos a su manera. Y sin embargo, no hallamos ningún episodio en la composición de Marcos que pueda ofrecer un equivalente simétrico masculino similar.
No poseemos ni el conocimiento ni una serie de hechos que demuestren que el Evangelio de Marcos haya sido elaborado por una mujer, ni que Marcos sea el nombre literario que desde el siglo II se haya dado a esta poeta dotada de una creatividad impresionante; porque no existe ningún testimonio directo, ningún cotejo literario, ningún papiro casualmente descubierto en las arenas de Egipto ni ningún documento arqueológico que nos informe de quién o de dónde, en la cuenca grecorromana del Imperio, alumbró el Evangelio de Marcos. Puesto que la cuestión de las circunstancias de su redacción sigue siendo irresoluble desde entonces, nos hemos decantado por la opción que nos parece más fecunda. Y el cruzar una lectura atenta con la ficción nos ha conducido a darle una forma precisa, con lugares y nombres, al servicio de una búsqueda de la verdad.4
1. G. Cavallo y R. Chartier (eds.), Historia de la lectura en el mundo occidental, Madrid, Taurus, 1997.
2. Argumentación detallada en F. Vouga, «De quelle poétesse Marc est-il le nom? Le premier Évangile est-il l’œuvre d’une femme?» [¿A qué poetisa corresponde el nombre de Marcos? El primer Evangelio ¿es obra de una mujer?], Études Théologiques et Religieuses, vol. 93 (2018/3), pp. 369-383.
3. Siguiendo el criterio editorial, todas las citas bíblicas se han extraído de La Biblia, Barcelona, Herder, 2004. (N. de la T.)
4. Este libro se ha beneficiado generosamente de múltiples diálogos, en concreto, durante los Talleres del jueves de Sornetan, ahora Tramelan, pero también durante los seminarios de Nuevo Testamento en Bethel/Bielefeld, en la Facultad de Teología de Montpellier y en la Facultad Valdese de Roma. La forma definitiva que le hemos dado es claramente deudora de las preguntas críticas, la relectura atenta, las numerosas sugerencias de redacción y las propuestas de Laurent y Marie-Joëlle Hofer, de Pierre Hunsinger y de André Jantet.
