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Montauban, sur de Francia, año 1940. Dos refugiados catalanes se reencuentran en medio de la angustia que genera la inminente ocupación alemana. Miles de personas llegan a la pequeña ciudad procedentes de una España donde Franco ya se ha hecho con todo el país y de los departamentos del norte, donde la guerra ya ha sido declarada. Por simple azar de la historia, la ciudad se convierte en el punto de reunión de actividades de resistencia, refugio del presidente de la República en el exilio y depósito de la colección renacentista del Museo del Louvre, dispersa por todo el país para evitar su caída en manos alemanas. Amor, resistencia, compromiso, hastío de la guerra, son algunos de los vínculos entre dos personajes tan aparentemente alejados entre sí como un artista revolucionario y un sacerdote republicano y catalanista.
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Seitenzahl: 517
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Sinopsis
Montauban, sur de Francia, año 1940. Dos refugiados catalanes se reencuentran en medio de la angustia que genera la inminente ocupación alemana. Miles de personas llegan a la pequeña ciudad procedentes de una España donde Franco ya se ha hecho con todo el país y de los departamentos del norte, donde la guerra ya ha sido declarada. Por simple azar de la historia, la ciudad se convierte en el punto de reunión de actividades de resistencia, refugio del presidente de la República en el exilio y depósito de la colección renacentista del Museo del Louvre, dispersa por todo el país para evitar su caída en manos alemanas. Amor, resistencia, compromiso, hastío de la guerra, son algunos de los vínculos entre dos personajes tan aparentemente alejados entre sí como un artista revolucionario y un sacerdote republicano y catalanista.
Biografía
Juan Cal Sánchez nació en Pontevedra hace 58 años aunque ha pasado la mayor parte de su vida en Lleida. Periodista, ha ejercido toda su carrera profesional en el diario Segre donde ha sido jefe de fotocomposición, redactor jefe, director y ahora ejerce como director ejecutivo del grupo editorial. Profesor en un posgrado sobre periodismo de proximidad en la Universidad Autónoma de Barcelona, ha impartido clases y pronunciado conferencias en diversas universidades catalanas. Es presidente de la Associació Catalana de Televisió Local y vicepresidente de la Associació Catalana de la Premsa Comarcal. Es coautor, junto con la historiadora Antonieta Jarne, del libro L’antifranquisme i la transició a Lleida (1970-1979), editado por el Ateneu Popular de Ponent.
Portada
EL EXILIO DE
MONA LISA
Juan Cal
Créditos
Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte
Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU
espai
es una colección de libros digitales de Editorial Milenio
© Juan Cal Sánchez, 2014
© de la iIustración de la cubierta: Clara Cerviño, 2014
© de la edición impresa: Milenio Publicaciones, S L, 2015
© de la edición digital: Milenio Publicaciones, S L, 2023
C/ Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida
www.edmilenio.com
Primera edición impresa: febrero de 2015
Segunda edición impresa (reimpresión): abril de 2015
Primera edición digital: abril de 2023
DL: L 379-2023
ISBN: 978-84-19884-39-8
Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, S L
www.bobala.cat
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Cita
“No hables —murmuró—.
Lo que se dice nunca se hace...”
John Dos Passos
Manhattan Transfer
Dedicatorias
A Mariajosé, por insistir en que podía hacerlo.
Para Aleix, por demostrarme que la vida
es más apasionante que la literatura
I
Era la primera vez, desde su llegada a Montauban, que Pous se atrevía a caminar por aquella plaza céntrica y populosa. Había llegado casi por casualidad, dando tumbos de aquí para allá, tras salir del campo de refugiados, escondiéndose por los caminos, pidiendo ayuda en las granjas, junto con un grupo de compatriotas que se comportaban, igual que él, como una partida de forajidos. Llegaban a una población, se acercaban al ayuntamiento y pedían comida a cambio de respetar los campos, de no robar las patatas, las verduras o la fruta que crecían en los huertos de las afueras. Casi siempre les acababan ofreciendo una hogaza de pan y un trozo de carne de cerdo a cambio de que se fueran cuanto antes. Y así, de un pueblo a otro hasta que, sin saber cómo, había vuelto sus pasos de nuevo hacia el sur. La capital del Tarn era, durante la gran retirada de la guerra española, un hervidero de exiliados, de oficinas de atención al refugiado y de organismos humanitarios. También de policías, que controlaban a los recién llegados, sospechosos de conspiraciones políticas o de crímenes horrendos. Los cuáqueros le consiguieron refugio y empleo en la granja de dos hermanos que le ofrecían un cuarto decente y comida caliente a cambio de que hiciera los trabajos duros de la casa. Cortaba leña, amontonaba paja, limpiaba cuadras y poca cosa más. Todo ello le permitía disponer de tiempo, que dedicaba a dibujar letras en un cuaderno con un lápiz de grafito. Lo conservaba desde el campo de concentración. Lo había llevado en una bolsa de costado verde, de esas militares de loneta que se caía a trozos de tanto arrastrarse por los caminos. Era un buen dibujante y había sacado unos francos haciendo retratos, en Le Barcarès, de los guardianes franceses, mucho más amables y generosos que los soldados senegaleses que vigilaban las alambradas.
La plaza Nacional es roja, de ladrillo brillante, con unos soportales oscuros presididos por arcadas góticas, elegantes y gráciles. Había llovido y el suelo de granito parecía satinado; los charcos ofrecían el reflejo fragmentado de las ventanas de las viviendas que cerraban el recinto. En el centro, unos puestos de venta de verdura y de productos artesanos recordaban que era día de mercado. Había llegado hasta allí empujando el carro de los hermanos Ricard, propietarios de la granja. Inquieto, acongojado porque aún no había recibido los papeles de residencia. ¡Había tantos controles policiales! y el destino de los indocumentados era acabar en una fábrica de armamento en la frontera del Este.
Después de ayudar a los hermanos a montar la parada, cuando las amas de casa comenzaban a acercarse a los puestos y una pareja de gendarmes vigilaba desde la esquina nordeste de la plaza, abandonó discretamente el puesto y se fue a dar un paseo hasta la cercana iglesia de Saint-Jacques. Un edificio notable donde podía ocultarse de miradas indiscretas durante un buen rato. Si el día era tranquilo y no había sobresaltos con los guardias, podría acercarse después hasta el Tarn y ver a las mujeres que hacían la colada en el lavadero flotante al otro lado del río. Aquí, junto al puente, el museo Ingres era otra tentación para él. Aún no se había atrevido a visitarlo porque temía que le pidieran alguna identificación. Además, estaba muy cerca del ayuntamiento y era demasiado imprudente acercarse a un sitio lleno de gendarmes.
* * *
¡Cómo ha cambiado esta ciudad desde mi llegada hace casi un año! Era un lugar tranquilo, apenas se notaba la presencia de extranjeros. Yo era de los pocos españoles refugiados que, en lugar de quedarse en Toulouse, se desplazaron unos cuantos kilómetros más al norte para alejarse del ambiente depresivo de la nostalgia de los derrotados. Era demasiado dolorosa esa falsa esperanza a la que se aferraban los exiliados para no caer en la desesperación. Toulouse, además, era grande e inhóspita para alguien como yo, acostumbrado a la vida rural y a las ciudades pequeñas. No tenía ningún partido, ninguna oficina de refugiados a los que acogerme, así que cualquier sitio era bueno siempre que fuera pequeño y acogedor. Ser sacerdote, además, siempre facilita el asilo en “suelo sagrado”. Mi posición, no obstante, era un tanto especial porque, al contrario que tantos curas españoles durante la república, yo no era un perseguido por los rojos. Es más, me siento leal a la República y no pienso contribuir a la propaganda fascista con denuncias de asesinatos, persecuciones o quemas de iglesias. No me fui porque la revolución pusiera mi vida en peligro, aunque es cierto que hubo de todo, sino por la llegada de las tropas moras de Franco a las puertas de Lleida, donde ejercía mi función como maestro de capilla de la Catedral y profesor de música en el Ateneo popular. Ese fue siempre mi sueño, acercar la Iglesia al pueblo, latir con su mismo corazón, hablar su mismo idioma, cantar sus mismas canciones. En cambio, mis compañeros del cabildo, los obispos y muchos párrocos seguían comportándose como señores feudales, explotando a los pobres y favoreciendo a los ricos. Asustando a los desheredados para que no se levantaran contra los poderosos. Llegaron a convertir las iglesias en depósitos de armas de los que conspiraban contra la república. ¡Y luego nos quejábamos de que las quemasen! Estoy seguro de que Dios está más cerca de los que luchan por los ideales de igualdad de la república que del revanchismo de los monárquicos.
Cuando llegué a Montauban me costó mucho que el vicario y el obispo entendieran que no soy un mártir o un perseguido por el comunismo español. No soy comunista, les he tenido que explicar muchas veces, pero no deseo sumarme a esa orgía de denuncias falsas contra la gente que ha intentado poner en pie un sistema político igualitario en mi país. Finalmente, aunque no sin desconfianzas, me han aceptado en su seno y me han dado parroquia en Campsas. Imparto clases de música en el seminario y me han ofrecido la plaza de maestro del coro de la catedral, que está vacante desde hace años. El trabajo me ha permitido recuperar mis estudios sobre la música del Renacimiento y en particular sobre la obra de Pallestrina. Podría decir que, después de tres años de tristeza y de odio a mi alrededor, vuelvo a ser un hombre feliz. Tengo mis momentos duros, como todo el mundo, pero me rodea un ambiente de calma. Los jóvenes seminaristas son inteligentes y desean hacer el bien; no tienen tantos prejuicios ni son tan ignorantes o rústicos como los españoles. Dirán lo que quieran los curas franceses pero aquí se nota el cuidado por la instrucción pública desde los tiempos de la Revolución. No hay tanto analfabetismo y el seminario no es el refugio de los pobres que quieren tener estudios. Aquí hay menos estudiantes, pero con más vocación. Si no existiera el celibato habría muchos más. Yo mismo echo en falta ese sano ambiente de camaradería entre chicos y chicas que se vivía en el Ateneu y que me resultaba tan excitante. A pocos pasos de nuestro seminario, en el mismo Quai de Verdun está el seminario Calvino, el de los protestantes. Tampoco es que tenga demasiados alumnos, pero se parece más a un centro universitario. Yo ya me he hecho mayor y no siento como antes las pulsiones de la carne, pero creo que estaría bien que los sacerdotes pudieran tener familia, que las parroquias fueran un modelo de hogar cristiano para la comunidad. Seguro que en los colegios religiosos habría muchos menos casos de esos que tanto nos avergüenzan.
Los domingos salgo caminando hacia Campsas para decir la única misa que se celebra en aquella parroquia en toda la semana. Los vecinos no se quejan. El resto de los días están demasiado ocupados con las tareas del campo. Ahora hay mucha preocupación por la llegada de tantos extranjeros; por todos esos pordioseros que vagan por los caminos y roban en los huertos. Yo les hablo del hambre y de la desesperación en las homilías de los domingos. Y de que la caridad es la forma cristiana de ser solidarios. Tengo casi una hora de camino yendo a buen paso y marcho en ayunas para poder comulgar. Llego algo desfallecido, pero Marie, la viuda que cuida la parroquia durante la semana, me espera con un chocolate caliente en la sacristía para después de la misa. Siempre hago el mismo camino, tanto de ida como de vuelta, siguiendo la vieja carretera de Toulouse, festoneada por grandes plátanos que proyectan su sombra sobre el pavimento haciendo juegos caprichosos de luz sobre el asfalto hasta que llego a la pequeña aldea que suma apenas una decena de casas, el edificio del ayuntamiento y una iglesia con torre grácil que se eleva en punta hacia el cielo. Es un pueblo pequeño, de laboriosos agricultores, cada uno con su pequeña granja, su viñedo, su rebaño de ovejas y el orgullo gascón. Es verdad que cada día se habla menos el occitano, pero aún así sienten como un orgullo su pertenencia a esta tierra, a sus costumbres, a sus símbolos. Los domingos, en el sermón, apelo a ese orgullo gascón, a su tradición cristiana milenaria, para que mantengan su fe incluso en momentos como estos, cuando los conflictos políticos amenazan con dividir a Francia y la debilitan frente a sus enemigos.
II
Morell guardaba en el bolsillo derecho de su sotana un breviario de salmos en catalán que lo acompañaba en su exilio. Lo leía a la vuelta, tras el chocolate, el brioche y la mistela que Marie guardaba para él en la sacristía. Con el estómago lleno y el espíritu dispuesto era el momento de recordar los pasajes más bellos de las Escrituras, escritos por amor, por un amor infinito, humano y terrenal pero no por ello menos sublime. El tacto del libro era agradable, sedoso, tibio; con el pulgar recorría una y otra vez el lomo de piel con relieves que había perdido el brillo y la intensidad por el uso y el paso del tiempo. Tenía prisa, ya de vuelta de sus obligaciones en la pequeña parroquia rural. Caminaba con paso vivo y los ojos fijos en el suelo para evitar los obstáculos. Como de costumbre, al llegar a la altura de Saint-Jacques levantaba la cabeza se santiguaba y contemplaba con admiración la belleza de la torre gótica y las filigranas de la portada. Justo en el momento de bajar de nuevo la vista al suelo se topó con un hombre cuyo semblante le resultaba familiar: pelo negro crespo, cuerpo fornido, gafas, mirada franca pero lejana, como la de un miope; una pipa entre unos dientes que llamaban la atención por lo sanos y regulares, cosa sorprendente en alguien cuyo aspecto era el de un miserable, con chaqueta de lana raída, pantalones demasiado largos, recogidos en varias vueltas a la altura del tobillo desnudo, sin calcetines, calzado en unos zapatos viejos que algún día habían sido negros. Era el mismo hombre, aunque la vestimenta no le hiciera honor. No es que fueran amigos, ni que tuvieran una estrecha relación, pero se saludaban cada vez que se cruzaban en el Ateneu, donde Morell impartía clases de música —sardana principalmente— y Pous enseñaba a dibujar, además de organizar exposiciones. Trabajaron juntos en el rescate de los tapices y las esculturas de la catedral durante el incendio del 36. Y conocía, aunque fuera de oído, muchas de sus andanzas.
—Ep, noi! —le dijo cuando llegó a su altura y estaban a punto de tropezarse. Pous levantó la cabeza y durante una interminable fracción de tiempo miró al cura como intentando recordar a quién correspondía aquella cara familiar.
—¿Doctor Morell? —exclamó inquisitivo el joven tras identificar al sacerdote—. No lo reconocí, vestido así, con sotana y bonete. ¿Qué hace en Francia? —Pous sabía que el cura había huido de Lleida, pero antes que él, e imaginaba que lo hacía huyendo de los revolucionarios que habían tomado la ciudad el 19 de julio, inmediatamente después de la intentona golpista de una parte de la guarnición acuartelada en el castillo.
—Imagino que lo mismo que tú: huir de los fascistas. —La mirada de Morell era severa y admonitoria: “muchacho, no vayas por ahí. Soy un republicano exiliado igual que tú”.
Pous entendió el mensaje, cambió el tono y se ofreció a acompañarlo un rato porque el camino junto al río era tranquilo y no había riesgo, a esas horas, de toparse con una patrulla o un control militar. Pocas veces tendrían una oportunidad como esa de hallar un interlocutor con el que hablar en catalán, con el que revivir los sentimientos de amor por la tierra, los recuerdos, la nostalgia, la memoria de aquella ciudad castigada por los bombardeos y medio destruida por la aviación fascista. El Liceo Escolar, con decenas de niños muertos el 2 de noviembre del 37; los juicios del tribunal popular, los fusilamientos al atardecer contra el muro del cementerio; las sacas de la cárcel; el incendio de la catedral por los aguiluchos de la FAI. Y las andanzas del cura secretario de Durruti.
—¡Ese debía de ser como usted! —Le dijo Pous al cura en tono amigable y sin otra intención que la charla superficial.
—No, él se enroló con Durruti para salvar la vida y acabó comprendiendo que era un buen hombre, recto y justo. Yo, en cambio, tomé mi camino gracias a maestros como Vidal i Barraquer o Ventura Gassol, gente que amaba a Catalunya tanto como a Nuestro Señor porque aquella es su obra más señera.
—Hombre, doctor, habrá puesto Dios el mismo empeño en toda su obra. ¡Digo yo! —A Pous le impacientaba esa ingenuidad beata, tan extraña en un humanista como Morell. El cura se mantuvo en silencio mientras recorría con los dedos el lomo del breviario en el interior de su bolsillo. Pous volvió a la carga:
—¿Y cuándo regresa usted a Cataluña? Porque los fascistas no matan curas, ¿no? Seguro que allí le espera su puesto de canónigo en la catedral.
—Quizás, pero no te equivoques —repuso el cura—, no pienso regresar a mi país mientras esté en manos de ese fascista de Franco.
—Pues yo creo que si no fuera porque me piden la pena de muerte regresaría ahora mismo. Añoro demasiado a mi gente; a mi madre, a mis amigos, la calle Caballeros, las piedras del castillo, la suciedad, el provincianismo de sus políticos. Los de ahora no pueden ser mucho peores que los de entonces. Estoy harto de vagar, de esconderme, de sentirme extraño y de no ser bienvenido en ninguna parte. Los franceses nos odian, ¿se ha dado cuenta? Llegué aquí a principios del 39, con la gran retirada, y no he hecho otra cosa que huir de todos los campos en que me han internado. Han intentado enrolarme en las Compañías de Trabajadores Extranjeros, han querido llevarme al frente del Este para construir trincheras en la línea Maginot. Me han negado hasta un mendrugo de pan. Y, como a mí, a todos los españoles que vagan ocultándose en las afueras de los pueblos, al abrigo de los muros, en medio de los bosques, como alimañas. ¿Ese es el derecho de asilo del que tanto presumen? Si pudiera volver a casa lo haría ahora mismo. El problema es que allí me esperan para fusilarme. Y eso que yo no he matado a nadie en toda la guerra. Como usted sabe, es todo lo contrario, pero nadie me haría caso y nadie sale en mi defensa. Para ellos soy el militar que evitó el alzamiento en Lleida y eso merece la muerte. Al menos eso dicen en el sumario, según me ha explicado mi madre, que me escribe de vez en cuando y me envía unas pesetas.
Morell comprendió la angustia del joven, su hastío y su deseo de recuperar una vida humana, sin tener que sentirse como un eterno fugitivo. Sacó su mano derecha del bolsillo de la sotana y la posó levemente en su hombro. La reacción de Pous, en un primer momento, fue alejarse del sacerdote apartando el hombro de su mano porque no quería dar pie a ningún malentendido. El cura esbozó una sonrisa.
—No te preocupes, hombre, que no soy uno de esos curas. Tú, lo que necesitas es dejar de desconfiar de todo el mundo. Ya verás como Francia está llena de buena gente, de hombres solidarios, preocupados por el bienestar de los refugiados españoles. Ahora debo dejarte porque tengo prisa. Me esperan en el seminario. Pásate mañana, a eso de las seis de la tarde, por el café de l’Europe —¿sabes dónde está? En el bulevar, frente a la Prefectura— y te presento a unos amigos. ¿De acuerdo?
—Perdone, doctor —dijo Pous algo avergonzado por sus prejuicios—. La verdad es que no salgo mucho ni tengo un franco para pagarme el café. Ya veré que hago.
* * *
Este chico debe andar ya cerca de los treinta años y no ha tenido ocasión todavía de sentirse un hombre pleno. Su vida de artista y revolucionario se acabó hace mucho tiempo y en su lugar hay ahora un fugitivo, un hombre temeroso que se oculta de todo y de todos. ¡Qué diferente al joven que fue hace sólo cuatro años! Allí tenía fama de luchador, de empecinado. Recuerdo los comentarios que despertaban sus exposiciones y los conflictos que tuvo con el ayuntamiento. Su círculo de amigos, en el café Rialto, un grupo de revolucionarios de salón, siempre a gritos, siempre a punto de iniciar una revuelta. Pero la verdadera revolución los pilló fuera de juego. Eran artistas y, según la expresión de los obreristas, pequeños burgueses a los que resultaba difícil tomar un arma y liarse a tiros con la gente. Ellos fueron el orgullo de esa parte de la ciudad que deseaba una regeneración, una nueva mirada, una forma diferente de hacer las cosas. Desgraciadamente chocaron con las nuevas autoridades republicanas con la misma virulencia con que habían chocado con los políticos de la Dictadura. Ellos seguían empeñados en que el arte cambiaría el mundo y lo haría mejor. Pous era un artista polifacético: había dirigido, tiempo atrás, una revista de arte, organizaba exposiciones, hacía anuncios, proyectaba películas vanguardistas francesas o rusas y pintaba cuadros cubistas. Ganó un premio en un concurso de pintura organizado por el Ejército. Cuando se produjo el golpe del 19 de julio, un grupo de oficiales se sublevaron en Lleida y ocuparon el ayuntamiento, donde proclamaron el nuevo régimen. El coronel de la guarnición le encargó a Pous, recién ascendido a sargento, que abortase el golpe. Tomó una patrulla de soldados y allá se fue para obligar a aquellos tenientes y capitanes a deponer su actitud y entregar las armas. Podía haberse producido una masacre, pero no. Entró en la sala donde se atrincheraban, apagó las luces y, después de unos cuantos tiros al aire, se entregaron sin que se produjera ni un herido. A partir de ese día se sintió responsable de la seguridad de aquellos militares hasta el punto de que los cambió de prisión varias veces para evitar que fueran asesinados. Los ocultó en la cárcel, más segura que el cuerpo de guardia del cuartel, pero en una de las muchas sacas que hacían los milicianos de camino hacia el frente los mataron a tiros en la cuneta de la carretera de Zaragoza. Nunca lo perdonó y se sintió personalmente responsable de aquellas muertes. Con la guerra a las puertas de la ciudad, formó parte de un grupo para rescatar el arte sacro de las iglesias que ardían en la pira de la revolución. Reclutó a otro de esos chicos del ateneo, pintor surrealista y anarquista irredento; a un chófer del cuartel y a un tallista con muy buena mano. Cuando tenían noticia de la inminencia de la quema de una iglesia se acercaban a ella, negociaban con los milicianos y, en el peor de los casos, les entregaban una reluciente figura religiosa, elaborada por las hábiles manos del ebanista, que cambiaban por la vieja talla medieval. La documentaban y la entregaban al responsable del museo de la ciudad, su viejo profesor de historia del arte en el instituto de enseñanza media. Todo ese material fue desplazado después a Barcelona, al monasterio de Pedralbes, donde se protegió de los bombardeos hasta la caída de la ciudad en las primeras semanas del 39. En fin, es un buen muchacho que necesitará mucha ayuda porque será muy difícil que pueda regresar a casa si está condenado a muerte.
III
Pous notó que el encuentro con el sacerdote había cambiado alguna cosa en su vida inhumana. Como su francés era tan deficiente, el que había aprendido en el colegio y poco más, apenas podía mantener conversaciones más allá de pedir comida, preguntar por una dirección o implorar ayuda. Con el cura, en cambio, podía compartir recuerdos, discutir y filosofar, al menos en ese sentido más elemental en que lo hacía la gente en torno a la mesa de un café. Así fueron las cosas unos años atrás, aunque a él le parecía que de eso hacía toda una vida. Entonces, hasta que la guerra acabó con toda esperanza, construían sobre una mesa de mármol aquello en lo que soñaban en discusiones de partido, asociaciones de artistas o consejos municipales. Sólo la revolución, a la que él y sus camaradas habían invocado como quien atrae a una tormenta, le dio forma material a cada idea, a cada pensamiento y, como suele ocurrir, las ideas eran mucho más bellas que los hechos. En sus sueños compartidos todo era hermoso, no había espacio para la fealdad, ni para el crimen, ni para la gente mezquina que convertía la revolución en un ajuste de cuentas, en una revancha. No es que fuese un ingenuo, no. Él sabía que la lucha no sería muy diferente a las revoluciones precedentes, pero sus prioridades habían sido siempre la cultura y el arte. Otros deberían encargarse de perseguir a los elementos contrarrevolucionarios, a organizar la estructura de la nueva sociedad, a impartir las nuevas leyes. ¿Qué pasó a partir de aquel 19 de julio de 1936? Como ya había pasado antes, fueron liberados todos los demonios de una sociedad que arrastraba odios y resentimientos desde mucho tiempo atrás. Las cárceles acababan de vaciarse de los represaliados de los hechos del 34, detenidos muchos de ellos sin acusación y encarcelados de forma preventiva.
—¿Qué ha sido de ti desde Lleida? —Preguntó el cura y pretendía que fuera una simple formalidad, una pregunta sin más intención que alargar la conversación uno minutos y recordar la Lleida dejada atrás poco antes. Para su interlocutor, en cambio, fue como abrir la espita de los sentimientos. Bajó la cabeza y, sin mostrar los dientes, mordió fuerte la pipa mientras sus pupilas brillaban por lágrimas que estaban a punto de desbordarse.
—Lo siento padre, pero llevo demasiado tiempo de huida y de desesperación. Tengo casi 30 años y hay muchos días en que pienso que no vale la pena seguir en este mundo. Se me han hecho muy largos estos pocos meses desde que pasamos la frontera, entregamos las armas y fuimos internados en el campo de Le Barcarès. He visto actos muy crueles en estos tres últimos años. La guerra es dura e injusta, pero la retirada ha supuesto una humillación detrás de otra: los timos de los tenderos nada más llegar al pueblo de La Voló, aprovechándose de las necesidades de los fugitivos. El incendio de los camiones con los que habíamos cruzado, la forma en que nos fueron requisadas las armas y la mirada de la gente mientras los gendarmes nos conducían a los campos. ¡Esa mirada! Parecía que se hubieran creído de verdad todos los cuentos que los periódicos franceses cuentan sobre nosotros: salvajes, incivilizados, atrasados, sanguinarios, ladrones, criminales, asesinos. Notábamos a cada paso el miedo de la gente, su deseo de que se deshicieran de nosotros. Habíamos dejado de ser hombres, combatientes, soldados, para convertirnos en chusma, en indeseables.
—Por Dios, muchacho. Ni se te ocurra pensar así. Pero, es mejor que no sigamos esta conversación en plena calle. ¿Has comido hoy? ¿Quieres que tomemos algo juntos? ¿Un chocolate con bizcocho? Se me contagiaron los gustos de los canónigos de la catedral de Lleida.
—Lo siento mosén. Se lo digo de verdad, pero prefiero vivir solo, sin contacto con la gente de antes. No es por usted, ni por nadie, sino porque quiero dejar atrás ese mundo de miseria y construir cuanto antes una vida nueva porque necesito sentirme persona y la memoria me lo impide. Necesito borrar los recuerdos, que acuden a mí como pesadillas. Déjelo, prefiero seguir mi camino. Ya cenaré algo en la granja donde vivo. Son pobres, pero me han acogido con respeto y siempre tengo algo para comer encima de la mesa, aunque sea un trozo de tocino.
—Está bien, pero creo que puedo ayudarte a encontrar ese camino hacia el futuro que buscas. Son tiempos difíciles y hay que tener buenos amigos. Yo tengo algunos que pueden ayudarte. Buena gente, honesta y que no pregunta por el pasado de nadie. Si cambias de idea, búscame en el café de l’Europe. Voy allí a tomar el chocolate con ellos después de los ensayos de la capilla de música. —Pous masculló una despedida casi inaudible y salió de la plaza dejando atrás, casi con la palabra en la boca, al sacerdote. Tomó la calle situada al norte de la plaza y la siguió en dirección al teatro, allí sólo tenía que cruzar el puente y, al final, torcer a la izquierda por un callejón angosto para llegar a la granja donde había sido acogido a cambio de cortar la leña para los hermanos Ricard. El sueldo que recibía a cambio era un camastro en un cuarto al otro lado del patio, cerca de las cuadras y, a veces, una ración de pan y tocino rancio para matar el hambre. Morell —Francesc Maria le llamaban sus amigos— salió por la misma portalada de la plaza, volvió el rostro durante un momento para observar los pasos del joven y a continuación giró en dirección contraria, hacia la calle de la República, para continuar en dirección al café de l’Europe, donde compartía tertulia vespertina con algunas de las personas que había conocido en Montauban por mediación del obispo, quien le había puesto bajo su custodia desde el momento mismo en que fue informado de que un culto y melómano sacerdote español y republicano estaba internado en el campo de Septfonds. Morell había publicado un tratado de música que era toda una referencia entre los musicólogos del país y había convertido la difusión de la sardana en una de sus causas más preciadas. Cada tarde durante años, hasta que los rigores de la revolución y de la guerra se lo impidieron, acudía al Ateneo a impartir clases para músicos y bailarines. Para bailar sardanas había que disponer de una cobla, formada generalmente por una decena de instrumentos, la mayoría de viento, más un tamboril y un contrabajo. Trompetas, trombones y fiscornos eran relativamente fáciles de encontrar, pero la cosa se complicaba con la tenora, el tiple y el flabiol, para los que apenas se hallaban practicantes. Otra cosa era el baile, más complejo y largo de lo que parece, que obligaba al danzarín a estar muy pendiente de contar los pasos y de seguir la melodía. La prohibición durante la dictadura de Primo de Rivera había mitificado la danza y era mucha la gente que se apuntaba a los cursos de aprendizaje, convencida de que esa era una forma de expresar su patriotismo. Formaba parte del paquete que la burguesía catalanista, con Francesc Cambó al frente, había convertido en el símbolo de la patria recuperada: la lengua, la sardana, el Noucentisme. En el casal eran muchos los jóvenes, de ambos sexos, dispuestos a aprender, a tocar la tenora como quien empuña un arma para defender a su patria y él les daba la pacífica munición: las partituras, la música, los compases. En la ciudad sólo existía una cobla, La Principal de Lleida, vinculada al Círculo de Bellas Artes, y había que generar competencia, participar en los concursos, ganar premios y promover un mayor número de practicantes. A eso se consagraba cada día, nada más salir de la catedral, donde intentaba que un grupo de curas jóvenes y seminaristas rústicos comprendieran la belleza de la música de Tomás Luis de Vitoria, de Palestrina y de Bach. No era fácil, pero fue una vida cómoda hasta aquel 19 de julio en que todo saltó por los aires.
Aún pensaba en Pous mientras entró en la catedral para dictar sus clases de música como cada tarde. La escalinata de la catedral estaba húmeda por la lluvia reciente, la última luz de la tarde se colaba entre las negras nubes y un halo de misterio iluminaba la fachada clara del edificio. Sintió como un presagio, pero fue apenas un segundo. La oscuridad de la nave central de la catedral absorbió su figura y con andar firme se dirigió hasta la sacristía donde ya le esperaban los componentes de la capilla, el coro con el que interpretaban a los maestros del Barroco. Eran entusiastas y buenos intérpretes y la hora que dedicaban cada día a reforzar el repertorio, a mejorar la dicción, a cantar con mayor compenetración era para él un momento de total satisfacción. Allí compartía su pasión con almas gemelas que, como él, tenían la música como un instrumento de aproximación a la perfección. Practicaban una misa de Palestrina que tenían previsto estrenar el próximo septiembre, durante la fiesta de los “cuatrocientos golpes”, si es que los rumores de guerra no daban al traste con todo. Felicitó a los músicos. Él comenzaba también a trabajar en un ambicioso proyecto del obispo, que le había encargado arreglar las canciones religiosas que se iban traduciendo del latín al francés. Había quedado con sus amigos y compañeros de tertulia, así que apenas tuvo tiempo para una breve ablución y salió a la calle donde, justo enfrente, le esperaba un suculento chocolate y una cálida conversación con la amistad como condimento.
El café de l’Europe era viejo, la madera confesaba su edad en todas las esquinas del local, pero se mantenía digno. A la entrada, junto al puesto de la cigarrera, una larga barra de madera, con pasamanos de latón dorado y encimera de mármol, servía de parapeto a dos camareros casi de la misma edad que el local y que, además, habían envejecido con él. Un espejo donde el azogue mostraba ya los signos de su vejez, ampliaba el espacio hasta el infinito. Mesas, lámparas y sillas se reflejaban en él para conferirle un aspecto un tanto fantasmagórico a causa del leve brillo de las luces eléctricas de la araña que colgaba del techo. Al fondo, en medio de la pared, una gran chimenea encendida y, a su lado, una mesa metálica y de mármol blanco, rectangular, alrededor de la cual tres hombres charlaban concentrados aunque levantaron la cabeza hacia él cuando oyeron pronunciar su nombre al camarero —chaquetilla blanca, botones dorados y cuello rojo— que secaba copas tras la barra.
—Buenas tardes, padre Morell.
Contestó al saludo. La ventaja de un pastor es que con alzar su mano obtiene un efecto milagroso sin necesidad de llegar a bendecir o imponer las manos sobre su interlocutor, que baja los ojos y acepta el gesto como un regalo aunque bien podría interpretarse como un intento de mantenerlo lejos y en silencio. En cuatro pasos parsimoniosos llegó hasta el grupo de amigos, que guardaban para él una silla vacía. Tampoco tuvo que reclamar el chocolate y los bizcochos, que ya tenía preparados el camarero bajo el mostrador, sobre una brasero cubierto por una gruesa chapa metálica. Los tres hombres, ya maduros, formaban un grupo solemne, a quienes la ropa oscura y bien planchada les daba una especial gravedad. Hablaban quedo, en susurros. Bajaban la cabeza y adelantaban el cuerpo hacia el centro de la mesa cada vez que tomaban la palabra y apenas gesticulaban. Se conducían con educación y sosiego, como correspondía a su clase. El de mayor edad era Cireneo Bonnesource, alto, fuerte, tenía que haber sido un hombre imponente que ahora vencía sus hombros por el peso de los años. Ocultaba su calvicie con un elegante sombrero marrón y vestía un largo gabán del mismo color. Periodista, corresponsal de La Dépêche, con más de setenta años acababa de fundar L’Indépendant, un semanario regional de ideología socialista radical. Ejercía cargos no retribuidos de apoyo a los refugiados y colaboraba con la prefectura en todo cuanto pudiera ayudar a las víctimas de los desplazamientos: franceses desde el este, belgas y judíos desde el norte y españoles desde el sur. Tenía una vida oculta de la que no hablaba pero que todos conocían: era masón, miembro de la logia La Perfecta Unión y a lo largo de su vida había tenido altas responsabilidades en el Gran Oriente de Francia. Roger Salvagnac era algo más joven, no superaba los 60 años, tenía el rostro alegre y aniñado, con una sonrisa constante en su boca. De mediana estatura, vestía un elegante terno oscuro, con doble abotonadura y largas solapas, peinaba con raya a la derecha y el cabello se le ondulaba rebelde. Arquitecto de profesión, era responsable de Monumentos Históricos, donde se encargaba del Catálogo de Bienes y de la restauración de algunos monumentos de la región, entre ellos la propia plaza National y la abadía de Moissac, uno de los monumentos góticos más bellos de Francia. También era miembro de La Perfecta Unión y mantenía relación con otras organizaciones masónicas de la región. Félix Bouisset era el tercero, alrededor de cincuenta años, historiador, experto en la obra de Ingres, dirigía el museo dedicado a este desde hacía más de diez años, era autor de un par de ensayos canónicos sobre el pintor romántico montalbanés. Bajo, sombrío, circunspecto, apenas sonreía y tenía la enervante costumbre de golpetear con los dedos sobre la mesa durante toda la tertulia. Si alguien le hacía un comentario sobre ello, dejaba de hacerlo de inmediato pero comenzaba a mover las piernas con el mismo ritmo que el gesto anterior.
—¿Qué tal señores? ¿Hay nuevas noticias sobre la inminencia de la guerra? ¿Están ustedes prestos ya a matarse con los alemanes?
—Amigo Morell —replicó Bouisset—, no debería usted hacer comentarios frívolos sobre un asunto tan grave. Ya sé que acaba de pasar por una tragedia, pero el mero hecho de imaginar que pueda ocurrir algo semejante en Francia me produce pavor.
—No lo tome a mal, querido Félix, sólo pido información porque temo que a cada momento haya malas nuevas. ¿No es así Cireneo?
—Así es, así es —respondió en tono aún más grave el periodista—. La guerra es inminente, no lo duden. Los telegramas de la redacción se refieren todos a los avances alemanes hacia la frontera oriental y las proclamas del presidente de la República sobre la invulnerabilidad de la línea Maginot son mera propaganda. Caeremos en horas, no lo duden (era una coletilla que repetía con frecuencia para reafirmar la veracidad de sus comentarios). Cada día llegan miles de personas desplazadas desde las regiones del norte: franceses, belgas, alemanes. La mayoría son judíos aterrorizados por la amenaza nazi. Desde la noche de los cristales, hace dos años, no hacen más que huir y aquí, de momento, encuentran algo de sosiego. Ya veremos por cuanto tiempo.
—No teníamos bastante con los españoles (perdone padre, no deseaba ofenderlo) que ahora hay que acoger a los israelitas. Bramó el camarero mientras le servía el chocolate al cura. La interrupción del camarero los sobresaltó y bajaron aún más la voz.
—Resulta muy fácil predisponer a la buena gente contra los extranjeros; acusarlos de todos los males del país. Sobre todo cuando ellos vagan sin rumbo por las carreteras mientras nuestros jóvenes son movilizados para una muerte cierta. El anticomunismo se ha unido al tradicional antisemitismo de la sociedad francesa. Muchos desearían tener a Hitler como jefe y no a Daladier o, peor aún, a León Blum. —El arquitecto no había podido evitar un gesto de asco al pronunciar el nombre del führer.
—Nuestro trabajo debe ser silencioso —dijo en tono misterioso el anciano Bonnesource—. No debemos exponernos en exceso porque cada vez hay más gente necesitada de ayuda y menos gente para prestarla. Padre, ¿ha tenido noticias recientes de Septfonds?
—No últimamente. Sé que un par de buenos chicos, pintores y catalanes, por más señas, han sido acogidos en el mismo pueblo para decorar el ayuntamiento y la iglesia del pueblo. El empeño de un grupo de buenas y piadosas mujeres, animadas por el párroco, ha tenido éxito y esos buenos muchachos podrán vivir fuera del campo y llevar una existencia de seres humanos. El problema es que allí dentro quedan miles de personas, internadas por el mero hecho de ser fugitivos, a los que se empuja de vuelta a España, lo que es lo mismo que a una muerte cierta.
El director del campo, el coronel Roux, es miembro de la Croix de Feu y enemigo mortal de los extranjeros y de los judíos. Si de él dependiera acabaría en un momento con el problema. No oculta su antipatía hacia los internos, a los que considera escoria humana, anarquistas y comunistas, sin derecho a residir en Francia. El cura elevaba el tono hasta que Bonnesource le conminó a bajar la voz y evitar los aspavientos.
—¿Sabe que me recuerda tanto secretismo, señor periodista? Los desgraciados días de la revolución española. Las buenas gentes de orden, republicanos sinceros y buenos catalanes, tenían miedo a hablar, a ser descubiertos, a morir a manos de gente sin escrúpulos. Y no estoy dispuesto a volver a eso. Pienso hablar y decir cuanto me apetezca. Y si molesta a alguien, allá él.
—¿Sabe qué ocurrió la pasada primavera en el Camp de Judes? —Preguntó el periodista al sacerdote.
—En primavera aún estaba allí, hasta finales de abril. Solamente recuerdo la desaparición de un soldado senegalés que se dedicaba a maltratar a algunos internos y del que nunca más se supo. Todos sospechaban que las milicias del campo, formadas por la FAI y el POUM, se habían tomado la justicia por su mano, ya que el coronel Roux era demasiado tolerante con los maltratadores. De aquello apenas oí más que cuchicheos en los barracones, porque nadie se atrevía a decir nada en voz alta. Todo eran: “que se joda, maldito negro”. No fue el único, pero después de su desaparición se produjo una especie de alto el fuego.
—No, yo hablaba de algo que pasó justo después: la celebración del Primero de Mayo, organizada por los comités del campo. Los comisarios políticos demostraron su capacidad organizativa, con gente desfilando, haciendo demostraciones de gimnasia, recitales de poesía, música. Fue algo conmovedor, preparado clandestinamente durante semanas para demostrar la fuerza de la organización interna del campo sin necesidad de violencia. Al coronel le desagradó tanto que envió a los cabecillas al castillo de Colliure. La gente fue castigada y humillada. Se retiraron pases de salida, se prohibieron visitas y se endurecieron las medidas disciplinarias. Todo por una demostración sindical el día del trabajo. ¡Ya ve! Cuando tuvimos noticia de ello decidimos acelerar los preparativos para sacar a los hermanos masones que teníamos localizados porque ese fascista de Roux habría acabado con ellos en el caso de identificarlos. Movilizamos a nuestros amigos empresarios y los fuimos sacando uno a uno, en los fondos de los camiones con los que trasladábamos el material de construcción al campo para hacer los barracones. Una vez fuera los trasladábamos a granjas de nuestros colaboradores, donde eran contratados en trabajos del campo. El problema eran los papeles. Cuesta encontrarlos; los legales apenas se obtienen y hacen falta de los otros, falsos, pero hay pocos y mal hechos. Aún hoy seguimos teniendo el mismo problema y no podemos salvar a tanta gente como quisiéramos. Sobre todo judíos. Las redadas policiales son cada vez más frecuentes y la inseguridad que produce no tener ninguna clase de documento es terrible.
—Creo que hoy acabo de dar con una solución para ese problema —dijo el cura de repente recordando el encuentro que había tenido por la tarde—. Hoy me he reencontrado con un viejo conocido de Lleida y creo que él puede puede ayudarlos. Está confuso y un tanto desanimado, pero es buena persona.
—Vaya, Morell, usted siempre tan enigmático. Explíquese hombre, que nos ha dejado en vilo. Si de verdad podemos resolver el problema de los papeles tendremos la oportunidad de salvar a mucha más gente de la que ayudamos ahora.
—Esta tarde, antes de las vísperas, me he dado de bruces con un muchacho al que conocí en Lleida hace más de diez años. Es un joven artista cuya principal habilidad es la caligrafía o, dicho en términos técnicos, la tipografía. Es diseñador de tipos, amén de gran dibujante y extraordinario ilustrador. O lo fue, que ahora anda huyendo de sí mismo y no lo veo con ganas de retomar sus viejas habilidades.
—¿Qué le ha ocurrido? —preguntó el conservador del museo Ingres, picado en su curiosidad por el hecho de que se tratase de un artista—. Dígame como es, a lo mejor le he visto alguna vez en el museo.
—Es joven, entre 25 y 30 años, tiene una sonrisa amplia y diáfana. Acostumbra a fumar en pipa y hoy le he visto muy mal vestido, con ropa vieja y raída, zapatos rotos y pantalones demasiado largos para su talla, doblados a la altura del tobillo. Fue militar durante la República, creo que llegó al grado de teniente o capitán, empleo que compatibilizaba con su actividad de artista. Organizó exposiciones, montó una revista artística de la que llegó a publicar tres o cuatro números a su cargo, protagonizó algunos enfrentamientos sonados con el ayuntamiento a causa de los premios concedidos en un concurso de arte. Se ganó una merecida fama de polémico, pero también de innovador y valiente. Es un muchacho decidido, y amante de la paz. Nunca ha hecho daño a nadie; es más, ha ayudado a gente de todas clases e ideologías a salir del país cuando el riesgo era mayor. El problema es que ahora está harto de todo, nada más quiere olvidar y cambiar de vida.
Bonnesource no perdía ningún detalle de la explicación de Morell. La descripción que hizo del joven militar encajaba con el hombre valiente y arrojado que necesitaban para organizar la ayuda a los refugiados, pero nada sabían de sus habilidades como grafista e ilustrador. Tendrían que ponerle a prueba y comprobar directamente si servía a sus intereses.
—¿Podrá convencerle, padre? —Preguntó el periodista—. Cuanto antes nos pongamos, antes comenzaremos a salvar gente. No creo que vaya a tardar mucho la guerra y, por consiguiente, la ocupación. Francia no está en condiciones de defenderse.
—Hablaré con él. No sé dónde vive, pero será él quien me busque. Tardaré un par de días. Si veo que la cosa se retrasa, intentaré buscarlo yo. —A medida que la tarde se hacía oscura, y que las luces artificiales del exterior penetraban tímidamente por los ventanales, los clientes fueron abandonando el café y ellos, los últimos como siempre, se despidieron hasta el día siguiente, donde renovarían su amor por la conversación, por la amistad y por la paz.
Los días se hacían cada vez más largos; las hayas comenzaban a exhibir sus primeros pomos de verdor. El sol aumentaba su presencia y las nubes ya no eran portadoras de interminables tormentas, sino de espaciados chaparrones. La tibieza del sol de primavera hacía olvidar el largo y frío invierno que se acababa de ir. Uno de los peores en los últimos años. Pous salía un día más, después de cortar la leña, para dar una vuelta, estirar las piernas y pasear con el cuaderno y los lápices que había comprado en Le Barcarès para retratar a los guardias y que había sobrevivido a todas sus peripecias. Ejercitaba sus dedos como el pianista se ejercita para mantenerse ágil, aunque no tenga un concierto a la vista. Salía a pasear por la orilla del Tarn, por el canal, tomaba apuntes de las hojas recién brotadas, de un petirrojo posado en la rama, de los barcos amarrados a la orilla del canal, esperando la apertura de las exclusas. ¡Cuántas veces los grandes pintores del impresionismo habían reflejado paisajes idénticos a esos! A veces, como ese día, aprovechaba esa excursión por el Quai de Verdún para dar la vuelta y acercarse hasta el caserón que alberga el museo Ingres. La sola contemplación de los dibujos del maestro del romanticismo francés permite comprobar la perfección técnica, el dominio y el carácter innovador del pintor. Sus dibujos son ejercicios de precisión, trazos, líneas, repetidos hasta la saciedad para practicar, para mejorar la técnica. Ahora que se hallaba ante los dibujos del genio, del artista que no quería que nada distrajera de la figura, que ocultaba las pinceladas y los trazos para dejar solamente el objeto ante la vista del espectador, Pous recordaba sus trabajos en el campo de refugiados, los retratos de guardias que les servían, a él y a García, para conseguir unos pocos francos, tabaco o algo para comer. Pero al tiempo era un ejercicio imprescindible, la forma de no abandonarse, de no ceder a la tentación de olvidarse de la pintura, del dibujo y buscar una ocupación más productiva, como le venían recordando desde hacía muchos años. Ahora, en plena guerra, sometidos a las mayores privaciones, el arte se volvía una moneda de cambio.
Quien más y quien menos anhelaba disponer en casa de uno de esos retratos que sólo tenían los ricos y quien disponía del talento podía negociar con él y obtener alguna ventaja de la fascinación que esa habilidad para captar los parecidos que únicamente tenían los artistas ejercía en las personas. Ingres vivió, durante su estancia en Roma, de los pequeños retratos. Los turistas acudían a su casa para hacerse pintar y, a falta de mejores encargos, el genio montalbanés despachaba cuadros sin perder ni un ápice de su dignidad. Pintor de emperadores y de turistas, ese fue el genio y así debía ser admirado, pensó Pous mientras contemplaba el retrato de Caroline Gonse, en el que más que el rostro destaca esa mano potente que adelanta y con la que se protege al mismo tiempo. Estudios de manos, de alas, de rostros, barbas. El mensaje de Ingres era rotundo: hay que trabajar y trabajar para alcanzar algo parecido a la perfección. Rodeado de sus obras, en ese ambiente de belleza, se sentía con fuerzas para volver a dibujar, para intentar recuperar la vida que le había robado la guerra, pero nada más salir del museo, los ánimos se disipaban y volvían las dudas, el deseo de una vida plácida y sin sobresaltos, pues ya había tenido bastantes en esos años.
Al salir del museo, en lugar de girar a la izquierda y pasar junto al puente viejo para enfilar hacia su destino habitual, tuvo un tentación repentina y siguió por la calle del ayuntamiento en dirección hacia la catedral. Desde la marcha de García, casi un año atrás, se sentía solo y no tenía a nadie con quien hablar. Los dueños de la granja apenas le dirigían la palabra —en el fondo y pese a la bondad de su acogida, los sentía lejanos— y la única persona con la que mantenía alguna conversación que llegaba poco más allá del «bonjour» era miss Roth, la responsable del centro de Amigos Americanos, los cuáqueros, donde más de un día tomaba la única comida caliente. Miss Roth era una mujer jovial, rubicunda y algo entrada en carnes, más o menos de su edad, de mirada franca y líquida, que tenía la virtud de abrir los corazones de la gente. Claro que regalar ropa y zapatos siempre ayuda, pero tenía un don, algo que daba confianza y permitía hacerle confidencias que no se habrían hecho a nadie más. Debía de ser la nostalgia de una amistad, el deseo de intercambiar palabras y pensamientos de verdad, lo que le llevaba hacia la catedral. No entraba en un recinto sagrado desde que, junto con García, rescataba obras de arte religioso por las iglesias de la provincia. Él con su uniforme de militar para imponer respeto y García con un salvoconducto de la CNT. Triste destino, como decía siempre su amigo García, el de un pueblo que no sabe apreciar su legado artístico. La distancia entre el museo y la catedral era corta, apenas medio quilómetro. La fachada barroca del edificio aparecía en todo su esplendor, blanca y llena de columnas como un viejo templo griego, nada más superar el ayuntamiento. La plaza frente al edificio era grande, espaciosa, rodeada por casas de un par de plantas, lo que agrandaba la apariencia monumental del edificio religioso. Entró por una de las puertas laterales y se mantuvo en silencio en una de las naves mientras los canónigos cantaban el Ángelus. El sonido armonioso y grave de las voces masculinas tuvo un efecto adormecedor en aquel espacio oscuro y frío. Al cabo de un momento las voces sonaban lejanas, como retumbando en un campo de batalla y perdió la noción de qué le había llevado hasta allí. Sólo el extraño ritmo del canto gregoriano, esa sensación de letanía repetitiva, como la música sufí o los mantras budistas, que conseguían un estado espiritual de elevación, de separación entre el cuerpo y el alma.
“¿Yo místico? ¡Vaya broma! Qué extraños juegos tiene la mente humana cuando necesita reposo y paz, cuando el hastío de lo cotidiano nos empuja al refugio del espíritu. Es en esos momentos cuando necesitamos a los amigos, una amante con la que compartir confidencias, un hombro sobre el que llorar sin miedo a parecer débil. Resulta imposible llorar en silencio después de años de penalidades, de tener la muerte ante tus ojos, de sufrir la tensión constante de la huida y del abandono”. La salida de Barcelona y la retirada fue dura y dolorosa, pero no afectó tanto a su ánimo como la separación de García, su único conocido en el campo. Para Pous fue el vacío, el desaliento. Sabía, además, tanto por su propia intuición como por las cartas que recibía de casa, que el regreso era imposible. Su nombre figuraba en el sumario de la Causa General y ¡Ay de los vencidos! Lo que había sido calificado como heroico le costaba ahora el extrañamiento a perpetuidad. No volvería a ver a sus padres, ni a su familia, ni a los buenos amigos con los que había compartido las aventuras artísticas en los años felices y que ahora estaban desperdigados por el mundo. Cuando llegó a Francia pensó que, con sus contactos, sería fácil obtener refugio, papeles y medios de vida. Lord Penrose, Joan Miró, el propio Picasso eran algunos de esos contactos y a pesar de la sensación de aislamiento y abandono vivida durante los encierros, tuvo la oportunidad de dirigirse a ellos y obtuvo respuesta a sus misivas. Recibió dinero y amables cartas en las que le prometían hacer lo imposible para sacarle de allí. Pero no todo dependía de la voluntad de sus amigos artistas; la lógica de la guerra es perversa y son otros —militares, policías, políticos, esquiroles— los que tienen tu vida en sus manos. El dinero desaparecía, los papeles para embarcar hacia América eran falsificados y utilizados por otros y, mientras tanto, las oportunidades menguaban y la proximidad cierta del cautiverio e incluso de la muerte era cada vez más real. Cuando fue detenido —él, que se tenía por un hombre hábil y con suerte— y desplazado a una compañía de trabajadores extranjeros cerca de los Alpes pensó que sus opciones de salir con bien de todo aquello comenzaban a ser escasas. Aún así, no perdió la fe en sus posibilidades, insistió en huir y lo hizo encabezando un grupo de fugitivos que, como él, prefería esconderse por los caminos, e incluso la muerte, antes que claudicar ante el enemigo y acabar trabajando por nada en una fábrica de armas. No, esa no era vida para él. Y tuvo suerte. Se despertó de su ensueño; las luces estaban encendidas y no sonaba la música. El sacristán trasteaba objetos sobre el altar. Se acercó a él, aunque sin atreverse a subir los peldaños. Desde el pie de los tres escalones le preguntó por el padre Morell:
—No viene por las mañanas, contestó. Ahora debe de estar dando clases en el Seminario. Si viene por la tarde le encontrará, dirige la capilla de música y ensayan a media tarde cuando los canónigos han acabado de decir misa en sus respectivas parroquias.
—¿Sabe dónde puedo encontrarlo? —preguntó como si no hubiera prestado atención a la perorata de su interlocutor.
—Vuelva por la tarde. Ahora está en el Seminario y come allí. No vendrá hasta las cinco de la tarde, que es cuando ensayan, poco más o menos. Si le corre prisa, el Seminario está al final del Quai de Verdún, a un cuarto de hora andando, poco más o menos —volvió a insistir.
De repente no supo qué hacer. Se dio la vuelta y salió de la catedral sin saber a dónde dirigirse. Su situación era tan precaria que apenas disponía de unos pocos céntimos para comer. Comprar fruta en algún puesto callejero era una de las soluciones más socorridas. Si ya no tenía para comprar una pieza de fruta se acercaba a la oficina de los Amigos Americanos donde nunca faltaba una taza de caldo caliente y una patata cocida. Como era uno de esos días en que ya no tenía bastante, caminó hacia el local de los cuáqueros en la calle Lakanal, ya a las afueras, cerca del campo de rugby, donde encontró la habitual cola de gente —muchos españoles, todos pobres— esperando al reparto de la comida del día. Al frente de las operaciones, miss Roth esperaba con una sonrisa al inicio del reparto. La gente discutía: que si éste se ha colado, que si el otro es un maleducado, “señora, usted no estaba aquí cuando llegué”, vociferaba otra. La necesidad convertía a los pedigüeños en auténticas fieras, incapaces del menor gesto de tolerancia con sus vecinos. Estaba en juego la propia vida y con eso no se juega. Hacía falta mucha mano izquierda para imponer la paz y evitar que las discusiones y los gritos acabasen en golpes. Sólo había que esperar y el momento llegaba, aunque es cierto que los mejores alimentos y las mejores piezas de ropa siempre iban a parar a los mismos: los más fuertes, los más desalmados, los más insensibles al sufrimiento de los demás. El paso por el campo de concentración le había curtido de todo eso. Allí tenías que atarte a la manta para que no te la robaran. Había auténticos especialistas en sacarlas de debajo del cuerpo de los que se habían hecho un hueco en la arena de la playa. Se acercaban subrepticiamente, tomaban uno de los cabos de la manta, tiraban con fuerza, salían corriendo y se perdían en la oscuridad de la noche. El pobre que la perdía ya podía darse por muerto. En la playa de Le Barcarès era imposible sobrevivir al frío del invierno del 39 y a la humedad del mar sin una delgada manta militar con la que protegerse. Estraperlo de mantas, prostitución de todas clases a cambio de tabaco, del poco dinero que circulaba y también de los alimentos que algunos eran capaces de entrar en el campo a pesar de la estrecha vigilancia de las tropas coloniales que rodeaban las alambradas. Después de todo eso, y de mucho más que deseaba sacarse de la cabeza para no enloquecer, la cola de los cuáqueros era un juego de niños que se resolvía con un par de empujones a tiempo y una mirada conminatoria, de esas que imponen porque se fruncen las cejas y se hunden los ojos lo suficiente como para demostrar determinación o ira. La espera merecía la pena porque al final de todo aquello, la cara blanca, risueña y franca de miss Roth esperaba con una taza de caldo o un fardo de ropa para sustituir los pantalones que estaban a punto de hacerse pedazos de tan viejos y aprovechados. Miss Roth no hablaba ni una palabra de castellano, con lo que la única forma de entenderse era a través del pobre francés que ambos chapurreaban.
—Señor Pous, qué guapo estaría usted con ropa limpia y buena —le decía con frecuencia.
—Gracias, señorita Roth. Yo he sido un hombre apuesto, pero en otro tiempo. La guerra afea todas las caras y borra la belleza del mundo. Vengo de una guerra y, por si no tuviera bastante, llevo más de un año de humillaciones. Ya no pido ropa buena, apenas un poco de dignidad y de respeto. Yo no soy un criminal, sólo un exiliado, un refugiado de guerra al que se le niega el estatus para que no tenga derechos.
—Nosotros ayudamos. Mejor es que se vaya a América. Allí se acoge a los refugiados y se ayuda a las víctimas. Nosotros aseguramos plaza en barco desde Burdeos. La guerra está a punto de llegar y todo va a ser mucho peor. Más triste y más doloroso, sobre todo para los extranjeros. Sabemos qué pasa en Polonia y es malo, muy malo.
—¿América? Yo no tengo planes. Espero llegar a mañana y para eso necesito un trozo de pan y una taza de caldo caliente. De momento usted es mi tabla de salvación. No sé si por mucho tiempo.
