Operación bucéfalo (epub) - Juan Cal Sánchez - E-Book

Operación bucéfalo (epub) E-Book

Juan Cal Sánchez

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Beschreibung

Bucéfalo, caballo de Alejandro Magno, es el nombre de una torpedera alemana reconvertida en barco lanzadera de los contrabandistas de la ría de Arosa que da nombre a una operación política y "militar" en la que el narcotráfico gallego patrocina a un incipiente terrorismo maoísta gallego para convertir el conflicto con el Estado en una guerra de liberación colonial. Alrededor de la ucronía del asesinato del fiscal anti droga de la Audiencia Nacional se construye un retrato social de la Galicia de finales de los ochenta y de los primeros noventa, donde el tráfico de cocaína procedente de Colombia era un negocio próspero y bien valorado socialmente. El dinero del narcotráfico alcanzaba todos los rincones del poder y compraba voluntades políticas en todos los partidos. ¿Quizás también dentro de la izquierda radical independentista?

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Seitenzahl: 292

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Sinopsis

Bucéfalo, caballo de Alejandro Magno, es el nombre de una torpedera alemana reconvertida en barco lanzadera de los contrabandistas de la ría de Arosa que da nombre a una operación política y “militar” en la que el narcotráfico gallego patrocina a un incipiente terrorismo maoísta gallego para convertir el conflicto con el Estado en una guerra de liberación colonial. Alrededor de la ucronía del asesinato del fiscal antidroga de la Audiencia Nacional se construye un retrato social de la Galicia de finales de los ochenta y de los primeros noventa, donde el tráfico de cocaína procedente de Colombia era un negocio próspero y bien valorado socialmente. El dinero del narcotráfico alcanzaba todos los rincones del poder y compraba voluntades políticas en todos los partidos. ¿Quizás también dentro de la izquierda radical independentista?

Biografía

Juan Cal Sánchez, nacido en Pontevedra en 1956, es periodista y ejerce su profesión en el diario Segre de Lleida desde su fundación, en 1982. Ha ejercido desde regente de taller a redactor jefe y director del periódico. Actualmente es director ejecutivo del grupo que, además del diario, cuenta con otras publicaciones, una tele y concesiones de radio. Ha dado clases de periodismo en diversos postgrados de la Universitat de Lleida y de la Autónoma de Barcelona. En representación de su empresa es vicepresidente de la Associació Catalana de Premsa Comarcal; tesorero de la Associació de Televisions de Proximitat de Catalunya y de la Asociación Catalana de Editores de Diarios. Es autor de la novela El exilio de Mona Lisa (editorial Milenio, 2015) y coautor, juntamente con Antonieta Jarne y Paquita Sanvicén, del libro L’antifranquisme i la Transició a Lleida (Ateneu Popular de Ponent, 1996). Está casado y tiene un hijo.

Portada

OPERACIÓN BUCÉFALO

Juan Cal

Créditos

Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte

Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU

espai

es una colección de libros digitales de Editorial Milenio

© del texto: Juan Cal Sánchez, 2018

© Ilustración de la cubierta: Clara Cerviño Becerro, 2018

© de la edición impresa: Milenio Publicaciones, S L, 2018

© de la edición digital: Milenio Publicaciones, S L, 2023

C/ Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida

[email protected]

www.edmilenio.com

Primera edición impresa: mayo de 2018

Primera edición digital: abril de 2023

DL: L 343-2023

ISBN: 978-84-19884-03-9

Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, S L

www.bobala.cat

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, <www.cedro.org>) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Dedicatoria

A Juan Ramón Vidal “Nucho”, a Nuria, a Jose Campañó y a todos los que me han permitido conocer historias imprescindibles. Sin ellos, sin sus experiencias o sus recuerdos, este libro habría sido más difícil. Y más imperfecto.

Para Ángel, siempre atento lector.

Obertura

Tucho Currás era un dios en Cambados,repartía dinero entre los pobres, ayudaba a los necesitados, dividía sus beneficios entre los vecinos del barrio de Santo Tomé y, a cambio, ellos no preguntaban por la procedencia del dinero, miraban púdicamente hacia otro lado y evitaban ser cómplices de un negocio dudoso en sus orígenes y moralmente reprobable desde que se había convertido en narcotráfico. La gente no quería saber, pero Tucho no engañaba a nadie, no se escondía ni disimulaba su actividad, descargaba en las playas de la ría de Arousa cientos de kilos de cocaína, igual que unos años atrás había descargado miles y miles de cajetillas de tabaco rubio; con la misma calma, con el mismo sentido de la responsabilidad, con la misma tranquilidad moral de siempre. Nadie iba a cambiar esa manera suya de ser, con la que disociaba tan fácilmente lo ilegal de lo inmoral, lo que estaba mal para la sociedad de aquello que él y nadie más consideraba una conducta reprobable. No era un amoral, ni un delincuente sin principios; Tucho Currás distinguía tan claramente el bien del mal que no dejaba pasar un día sin hacer una buena acción, desde entregar una ayuda económica a la familia de un marinero en paro, hasta hacer una donación a la Asociación de Madres contra la Droga. Era el único de quien esas mujeres desesperadas aceptaban dinero porque, como todos decían en Cambados, si no fuera por los negocios que tenía, y aún a pesar de ellos, Tucho era un rapaz extraordinario.

Era esa adoración de los vecinos, y algo menos las andanzas del contrabandista, la que había impulsado al periodista Xan da Laxe a conocerlo y a escribir un libro sobre él, ahora que era apenas un recuerdo borroso, un lejano eco de las aventuras que llenaban un día tras otro las páginas de los periódicos. Había dejado Galicia a finales de los años ochenta, cuando el contrabando de tabaco se había adueñado de la ría, de sus empresas, de sus gentes, de la política y también de los puertos, en los que se enseñoreaban las grandes planeadoras, las viejas torpederas alemanas reconvertidas en lanzaderas, los trailers y las furgonetas que hacían el transporte hasta el último punto de venta. Desde la distancia, el contrabando era una industria fascinante, como un duelo de titanes entre un Estado que siempre se había mantenido lejos de Galicia y unas familias de contrabandistas que lo habían aprovechado para erigir imperios alrededor del tabaco rubio de batea. Barcos de gran tonelaje, contratos directos con las multinacionales tabaqueras, polígonos de bateas de mejillón, viñedos de Albariño y sus correspondientes bodegas y pazos eran el resultado de una industria próspera, practicada con la mayor impunidad durante muchos años gracias a que el dinero obtenido servía en gran parte para comprar policías, jueces y políticos. Cientos de personas trabajaban para las grandes familias de contrabandistas y todo un territorio se beneficiaba de la prosperidad que ese dinero repartía con prodigalidad.

Muchas eran las familias dedicadas a ese negocio y unos cuantos los grandes dirigentes que se atrevían a desafiar la ley, pero ninguno había despertado la misma admiración que Tucho entre la gente sencilla, los vecinos y aquellos que, aún obligados a vivir del contrabando, no siempre simpatizaban con él. Con Tucho sí, él era un chico sencillo, responsable y generoso. Hacía años que Xan tenía entre manos esa historia y no sabía cómo enfrentarse a ella; la vivió en aquellos años como una aventura, como la aventura de unos héroes que se enfrentaban con el mal, encarnado por una administración desalmada y lejana. Entre todos los héroes de aquella gesta de antaño, el más genuino representante de una generación de ilegales, formados en las rías, sobre las planeadoras que eran como las cuadrigas de Ben Hur. Aquello era lo nunca visto; nadie antes había contemplado tales maravillas en los muelles de Cambados, de O Grove, de Vilanova, de la Illa o Vilagarcía.

Xan sabía que la entrevista iba a ser larga, tanto como quisiera su interlocutor. Después de buscar en las páginas web habituales, reservó una habitación en el parador de Manzanares. Desconfiaba de las máquinas, así que lo hizo por teléfono y se aseguró de que la fecha de salida quedara abierta, sin límite. El edificio era uno de esos que el ente público de los paradores nacionales había construido a mayor gloria de cierta arquitectura popular; en este caso una especie de corrala castellana, con artesonados de madera, muebles estilo Carlos V y la opresiva presencia de un color marrón oscuro en todas partes: exteriores y mobiliario; hasta los sanitarios del cuarto de baño rehuían el color blanco, eran de un crema sospechoso, fruto de la elección de un arquitecto cuyo sentido de la higiene era cuanto menos dudoso.

El hotel estaba prácticamente vacío y el personal era el habitual de esta clase de establecimientos: frío, funcionarial, eficiente pero sin un solo gesto de amabilidad extra hacia la clientela. Perfecto, pensó. Esa gente nunca tendrá un despiste, pero te dejará tranquilo para que trabajes, sin interrupciones estúpidas.

Iba a necesitar sosiego y concentración para transcribir cada tarde la conversación con el preso. Tenía muy clara la rutina de cada jornada; en el centro penitenciario le habían informado de que tendría tres horas diarias para su entrevista, de diez a una. La ventaja de una cárcel es precisamente la de la rutina. Levantan a los internos siempre a las ocho de la mañana para el recuento; después el desayuno, que acaba alrededor de las nueve y continúa con las actividades físicas, que se alargan hasta las diez de la mañana. Es entonces cuando quedan libres para sus ocupaciones personales: desde ver la televisión, pasear por el patio, acudir al taller o seguir en el gimnasio. Era ese ínterin el que su entrevistado había decidido concederle. Tres horas al día. Así, mientras el preso volvía a sus quehaceres, comidas, descansos y nuevos recuentos, él podría deshacer el ovillo de la conversación trasladando al ordenador, durante la tarde y parte de la noche, todo cuanto habían hablado.

Había pensado mucho en cómo hacerlo. No solía fiarse de sus notas manuscritas y, aunque llevaría su pequeña libreta Moleskine y su lápiz Faber Castell que le daban un aire de tío importante, lo cierto es que las notas solían ser deslavazadas, con frases dispersas y faltas de comentarios agudos con los que subrayar cosas importantes como el estado de ánimo del entrevistado, sus gestos, el tono de la voz. Los silencios, interrupciones y cosas por el estilo que sirvieran después para ordenar el material. Todavía no tenía claro cuántas sesiones le concedería, pero una semana daría para 21 horas de grabación y eso, bien ordenado, ya era un libro respetable. Un libro que, por cierto, aún no tenía vendido; ni siquiera lo había ofrecido a ningún editor porque no estaba seguro de cuál sería el resultado final y no quería vender la piel del oso, como vulgarmente se dice.

Ahora estaban de moda los libros de “docuficción”, de literatura periodística, al estilo de A sangre fría, más o menos. Y esa era también su idea. Conseguir un testimonio directo de uno de los acontecimientos más graves que se habían producido durante los años de gloria del narcotráfico en Galicia: el asesinato del fiscal antidroga de la Audiencia Nacional, Manuel Cuenca, después de la gran operación policial que permitió desmantelar algunas de las redes más importantes que operaban entonces en las rías. Nunca se supo exactamente quién fue el responsable intelectual, quién dio la orden de ese asesinato. Fue detenido el autor material, condenado a veinte años de prisión por asesinato en primer grado, pero todo el mundo sabía —y así lo insinuaron también algunos arrepentidos— que algún capo había decidido poner orden y pasar cuentas con el responsable de la investigación, o al menos con uno de ellos, el fiscal Manuel Cuenca, hombre tenaz, primer fiscal antidroga y que se había propuesto acabar con las terminales españolas de los grandes cárteles colombianos.

Estaba muy documentada y explicada hasta la saciedad la relación de las antiguas mafias locales de contrabando con los dos grandes cárteles colombianos de la cocaína, el de Cali y el de Medellín. También era conocido el vínculo con Panamá, llegando incluso al entorno del presidente Noriega. De sobras se sabía —aunque de eso se explicó mucho menos— la relación entre el abogado Ignacio Vieites, las mafias y los políticos locales a los que él designaba y ponía al frente de las listas municipales. Menos se sabía, en cambio, de ese acontecimiento concreto, el que había inaugurado la actividad propiamente mafiosa del narco en toda Galicia. Hasta entonces eran organizaciones familiares, poco estructuradas, que procedían de la base, de suministrar transporte y salidas por mar a los señores portugueses del contrabando de tabaco y de café. Esa condición de trabajadores por cuenta ajena o pequeños minifundistas les había impedido crecer como “empresa”. Es más, tendían a ser muy tolerantes con la aparición de nuevos operadores, con los antiguos empleados que se ponían por su cuenta, que emprendían aventuras empresariales propias. Entre todos aprovechaban las redes de soborno y corrupción que les proporcionaba Vieites, pero este no trabajaba en exclusiva para nadie, nadie era su dueño. Como en la Cámara de Comercio, donde ejercía como secretario general, estaba al servicio de todos y todos pagaban generosamente.

Vieites era el eje sobre el que giraba todo aquel negocio, quien les ayudaba a constituir las empresas que servían de tapadera, quien reclutaba a los políticos que garantizaban la impunidad que les permitiera entrar y salir con facilidad de cada término municipal, quien tapaba bocas con dinero entre las fuerzas de seguridad o en la capitanía de Marina. Era él también quien se encargaba de abrir y gestionar cuentas cifradas, quien conocía a los directores de sucursal, más amorales, ambiciosos o ambas cosas a la vez. De Vieites se llegó a decir que planificó el asesinato de Cuenca, incluso un testigo protegido pronunció su nombre en sede judicial, pero salió libre. No fue juzgado por ello, aunque ya estaba en la cárcel condenado por un delito de contrabando a una pena de siete años. Ese fue otro de los misterios que prendieron en su imaginación, que excitaron su curiosidad y una de las razones por las que se animó a pedir la entrevista con Tucho Currás. Seguro que no confesaría su participación en él, pero podría darle datos, contexto, información nueva sobre aquel momento fundacional de la mafia gallega, de cómo se extendió a Gibraltar y a Andorra, un lugar en el que ya venían operando los contrabandistas gallegos desde tiempo inmemorial, también como empleados externos, como subordinados de los grandes señores del tabaco, los que mantenían esa curiosa ficción según la cual el pequeño principado pirenaico es un país productor de tabaco, aunque en realidad ese tabaco que producen los payeses se acaba tirando porque es inservible, pero sirve como coartada para importar miles de kilos de Winston o Marlboro. En un primer momento no tenía ni la más remota esperanza de que el preso quisiera concederle la entrevista. Conseguirla ya era bastante difícil: había que pedir permiso a Instituciones Penitenciarias y al juez, y con el visto bueno de ambas autoridades, dirigirse al penado porque era él quien decidía concederla o rechazarla. Tucho estaba a punto de obtener el tercer grado penitenciario, tenía un contrato de trabajo en una conservera, supuesta tapadera de sus actividades ilegales; tenía más motivos para negarse que para aceptar y, sin embargo, se sintió atraído por la idea. Fuera por vanidad, por nostalgia, por deseo de notoriedad o por esa arrogancia de la que hacía gala cuando dirigía sus negocios en plena libertad, lo cierto es que dijo que sí y él tuvo que hacer la maleta a toda prisa, reservar el hotel, negociar un permiso sin retribución de un mes en el periódico, con gran cabreo para el director, que perdía a un periodista experimentado justo en un momento en que las empresas editoras no hacían otra cosa que despedir a los viejos y poner en su lugar becarios y jóvenes inexpertos.

—Me dejas colgado —le dijo— después de veinte años de trabajar juntos. ¿Acaso quieres un aumento o un ascenso? El aumento está complicado, con la que cae, pero lo del ascenso podemos arreglarlo.

—Ni lo uno ni lo otro. Te agradezco la oferta, de verdad, pero es ahora o nunca. Y lo peor es que no puedo ofrecerte ninguna exclusiva mundial porque aquí el tema del contrabando gallego no interesa para nada. Excepto lo que tenga relación con Andorra, claro.

—Prométeme que reservas para el periódico toda esa parte. ¿De acuerdo? Y vete, hombre, que me das mucha envidia. Yo también querría una temporada de permiso para escribir mi novela si no fuera porque tengo que pagar una hipoteca y los estudios de mis hijos.

Con la bendición del amigo de más de veinte años, subió los bártulos al coche y salió en dirección a Manzanares, con la secreta esperanza de escribir una obra maestra, lo que su alma de escritor siempre había soñado. Y si además contenía alguna gran exclusiva, ¿a quién le amarga un dulce? Pero esa no era su intención, sino saber desentrañar por qué las cosas ocurrieron de esa manera, por qué el narcotráfico acabó convirtiéndose en una actividad criminal tan violenta cuando su origen era el de un modesto negocio familiar. Los funcionarios de la prisión de Herrera de la Mancha eran gente amable, servicial; no tenían nada que ver con el tópico de los salvajes inhumanos torturadores de las películas. Al contrario, se mostraron atentos y dispuestos a ayudarlo cada vez que lo precisó; incluso tuvo la sensación de que lo trataron con una deferencia especial, casi con simpatía, quizás por ese aspecto desvalido y triste con el que intentaba ganarse el favor de los demás. El primer día, después de entregar todos los papeles, rellenar todas las solicitudes y completar cuantas formalidades le fueron exigidas, regresó al parador con la sensación de que jugaba en casa, que si necesitaba una ayuda para convencer a Tucho, la tendría. El juego estaba en sus manos, solo faltaba que el narco tuviera ganas de jugarlo. Y a tenor de las cartas que habían cruzado en las últimas semanas, parecía que sí. El invierno estaba a punto de llegar, pero un otoño húmedo y templado todavía daba un tinte verduzco a los secarrales de la Mancha. Extensiones interminables de terreno sin árboles, solo tiras de sembrados que festoneaban largas extensiones de pastizal, o mejor dicho, de cotos de caza, que era la principal actividad de la zona. De vez en cuando, una barraca indicaba la existencia de vida humana. Y, de pronto, la prisión, una instalación moderna, con un aire de hostal de carretera, oculto de la vista de los curiosos por setos y discretos muros de ladrillo. Nada hacía pensar que tras aquella discreta pantalla, en medio de árboles y de viviendas de una planta, vivían algunos de los delincuentes más peligrosos del país.

El menú del parador era el típico manchego, a base de migas o sopa de primero y cordero o bacalao de segundo. El precio era el problema, porque no tenía una cuenta corriente que le permitiera pagar cincuenta euros diarios por comer, sobre todo si la estancia se alargaba más allá de dos semanas, como era previsible. Tendría que ser frugal y conformarse con un plato al día, como Don Quijote. A fin de cuentas esa era su tierra y, si podía, aún visitaría por las tardes alguno de esos lugares con resonancias míticas como Argamasilla de Alba, Tomelloso o la propia Manzanares. En la recepción del hotel había uno de esos folletos de la comunidad de Castilla La Mancha que indica los diferentes lugares que aparecen citados en el Quijote y él había tenido la precaución (nunca olvidaba llevarse un libro relacionado con el lugar que visitaba) de meter en la maleta un ejemplar del clásico; uno modesto, fácil de llevar y que no entrañaba riesgos, el editado por Austral en edición de bolsillo en 1970 (esa era la vigésima edición). Si tenía tiempo aprovecharía para hacer alguna visita, pues Tomelloso y Argamasilla estaban ahí al lado.

El primer encuentro le produjo una gran impresión. Tucho ya no era aquel joven atractivo y presumido que aparecía en los primeros reportajes de la prensa; ni el hombre de mediana edad enfurecido de las fotos del juicio. Era un hombre ya provecto, que había comenzado a quedarse calvo, con una larguísima barba y un aspecto semejante al de Jerry Garcia, el mítico guitarrista de Grateful Dead, aunque algo más delgado. Era como si hubiera decidido ocultarse detrás de una máscara formada por arrugas, cabello y unas gafas oscuras que no permitían ver su mirada ni comprobar el color de sus ojos. Debería conformarse con sus gestos y sus palabras, porque el entrevistado no parecía dispuesto a quitarse las gafas de sol ni un solo momento. Cuando se saludaron, el otro sonrió con un gesto de la boca, casi como un rictus, como quien sospecha de la sinceridad del que le ofrece la mano. Decidió tratarlo de usted desde el primer momento, para evitar una excesiva familiaridad, una complicidad que luego le hiciera imposible publicar algunas de las cosas que él le explicaría. No quería su amistad, sino su historia. No iba allí a apiadarse de nadie, ni a reivindicar su nombre, solamente quería su verdad, para completar ese círculo de leyendas que se habían urdido a su alrededor; para desmentirlas si era necesario o para completarlas con pruebas fehacientes, con fechas, con datos, con documentos si fuera posible.

—¡Así que tú eres ese periodista que me quiere convertir en un héroe!

—Preferiría aclararle desde un principio que mi intención es ser objetivo, obtener datos y publicarlos, sin otro prejuicio. Hay autores que simpatizan con sus personajes y ocultan parte de la verdad para subrayar los aspectos más positivos de su biografía, más heroicos, como dice usted. No es el caso, quiero que sepa de antemano que publicaré todo cuanto me cuente, sea o no positivo. No puedo aceptar “off the records” ni pactar autorizaciones posteriores de la obra. Saldrá lo que salga, usted ya está avisado. Es más, he traído un documento, una especie de contrato privado que usted debería firmar, porque debe autorizarme a vulnerar su intimidad, a divulgar datos de su vida que nada más le pertenecen a usted.

—Me lo pones difícil de cojones! Me dan ganas de irme ahora mismo y mandarte a tomar por el culo. Soy un hombre de palabra, no necesito papeles y soy responsable de todo lo que digo, que ya tuve ocasiones de explicar cosas ante el juez o ante la policía y no dije ni una puta palabra que no quisiera decir. ¿Quién coño te crees que eres? Putos plumillas cargados de razón, que todo lo saben. Ya te dije por carta que estaba dispuesto a contarte cosas. No voy a decepcionarte, ni perderás el tiempo. Pero no me vengas con esos aires de sabelotodo, que te mando a tomar por saco. ¡A ver hombre! ¿Traes grabadora? ¿Quieres empezar ahora? Pues venga, que pareces aconchado.

Aquel raudal de palabras, improperios e interjecciones consiguieron aturdirlo por un momento. Se repuso, sacó el móvil del bolsillo, abrió la aplicación “Notas de voz”, apretó el botón rojo y comenzó su primera sesión.

“Entrevista con Tucho Currás, primera sesión, jueves 10 de octubre de 2013”. Puso el aparato encima de la mesa, un IPhone 4S de color negro, se sentó frente a su interlocutor que ya había tomado asiento y le contemplaba con una sonrisa divertida tras sus Ray Ban negras de pasta, compradas en un chino, quizás:

—Quisiera que me explicara si tuvo alguna relación con la muerte del fiscal antidroga Manuel Cuenca. Si pagó, como se dijo, a algún sicario para que lo hiciera o si participó de alguna manera en la conspiración para provocar su asesinato.

—Vas directo a barraca, de cara a portería. Te digo que no y ya te puedes ir, ¿no te parece? ¿Tú sabes cuántas veces me han hecho esta pregunta? ¡Tú eres tonto o qué! No has realizado muchas entrevistas en tu vida, ¿no? Hay que empezar hablando del tiempo, de cosas banales, sin importancia, y luego entrar a matar cuando la víctima ya te tiene confianza. ¡Eso lo sabe hasta la policía! Tío, te lo voy a tener que enseñar todo. Menudo chaíñas me tocó de periodista. ¡Por eso no trabajas en la tele, ni en un gran periódico! Tú eres un pobre matao. Te voy a tener que adiestrar, te voy a enseñar los métodos de interrogatorio de la policía y de los jueces; para que aprendas, a ver si al final acabas sacando una entrevista como Dios manda. Tú no quieres convertirme en un héroe, pero soy un puñetero héroe, soy el hombre que iba a liberar a Galicia de la escoria, de los caciques de toda la vida, que impedían progresar a la gente. Y de paso forrarme, claro. Yo te hablaré de ese crimen por el que me preguntas, pero tendrás que escuchar toda mi historia, desde pequeño hasta los años que llevo aquí dentro, por salir de Galicia, porque allí la gente me quería y me respetaba, la gente ganaba dinero conmigo y me advertían de cualquier peligro sin esperar nada a cambio, solo por respeto. Solo he cometido un error en mi vida: venirme a Madrid, operar desde allí. Aquello es una metrópoli, como Bogotá, o como Caracas, sin personalidad, sin que los vecinos se conozcan entre ellos, sin que nadie sienta nada por los demás. No hay respeto, ni orden, por eso tiene que haber leyes y jueces. En las rías, la ley se imponía por respeto, aceptábamos las órdenes de los viejos; nada se hacía sin su permiso, aunque fuera para hacerles la competencia. Si te decían que no dieras un paso, no lo dabas; si te decían que echaras a correr, corrías; si te decían que tiraras mil kilos de tabaco al mar, sin rechistar, se tiraban y punto. Ellos sabían qué había que hacer y tú a callar. Tenían razón, sin más. Así funcionó durante muchos años, con portugueses y sin portugueses, con leyes y sin ellas. Los guardias, cuando llegaban desde Pinto a su primer destino en Portonovo, en Vilaxoán, en Catoira, donde fuera, sabían que los mayores les dirían lo que había que hacer. Y si no lo hacían, acababan expulsados del cuerpo, descubiertos en sus negocios y juzgados por complicidad, cohecho y no sé cuantas cosas más. El guardián de las normas era Vieites, él no mandaba pero se encargaba de recordarle a todo el mundo cuáles eran, cómo había que cumplirlas y por qué. Era un hombre de leyes y de política, conocía los entresijos y sabía cuándo se podía dar un paso y cuándo no. Era un chamán, un intérprete, un druida. No estábamos en Sicilia, ni en Nápoles, con una jerarquía clara, un jefe, un consejo de jefes y una línea de mando que había que respetar. Un amo y muchos empleados, encargados de los alijos, del transporte, la vigilancia, el menudeo, todos a las órdenes de los cuatro mandamases, que además no tenían el más mínimo reparo en meterle un tiro a alguien si se desmandaba. En eso son muy comunistas, muy centralizados; aquí no, la gente es capitalista, quiere oportunidades. El que empieza transportando en una planeadora quiere hacerse rico, montarse por su cuenta sin temor a que le peguen un tiro y su cuerpo aparezca comido por los arroaces en una playa desierta. Todos empezamos trabajando para alguien, metiendo unas cuantas cajas de tabaco en el fondo de una lancha para llevarlas a tierra y entregarlas al camionero, excepto nuestra paga, que era también tabaco. Y se nos permitía venderlo y ganarnos la vida con ello. Al cabo de un tiempo ya tenías tu propia planeadora. Ahora que Vieites está muerto se puede contar todo. Él se encargaba de matricularla en Gibraltar, igual para todos, por un precio establecido. Todos conocíamos las tarifas, no se engañaba a nadie, ni se marginaba a nadie. Solo si contravenía esas normas. Entonces fuera, a tomar por el culo. Lo llamaban los viejos a la Illa o a Vilaborda y le decían: “rapaz, tienes que irte. Nos pones a todos en peligro” y él se iba. Y punto. Mira si era fácil. Nadie se peleaba con nadie y había negocio para todo dios. No había tiros, ni broncas en la calle. Eso era cosa de los italianos. Bueno, y después de los colombianos. Esa gente eran unos psicópatas, no respetaban la vida humana; cuando la tomaban con alguien iban a hacerle daño de verdad, le mataban un hijo, le quemaban la casa o le daban el soplo a la DEA, y de paso echaban carne a las fieras. A medida que los colombianos entraron en el negocio, el código fue cambiando. No le hacían caso a Vieites, a pesar de que era el hombre en el que todos confiábamos, ni a los viejos, que siempre creyeron que traer toneladas y toneladas de coca era como llamar a la puerta del infierno. Un juez, un policía se deja sobornar por unos pocos kilos de hachís, o de coca, si no se nota mucho, si no hace daño, pero es incapaz de enfrentarse a la presión de las madres de la droga, a las imágenes de los chicos muriendo de sobredosis en los pueblos de la costa, de sus propios hijos afectados. Ahí se acabó el tiempo de las normas de los viejos y llegó otro tiempo. No fue el juez, ni el fiscal, ni la madre que lo parió: fuimos nosotros, con nuestra avaricia, con nuestra voracidad por el dinero, con nuestra ambición sin límites los que disparamos todas las alarmas. Algunos viejos lo habían dejado antes, no por escrúpulos sino porque lo veían venir.

Los colombianos tenían tanta producción, tanto material para vender, que no paraban de presionarnos, de meter mierda por todas partes. Y nosotros éramos marineros, gente sencilla, que no sabía nada de comprar grandes cargueros, ni de fletar miles de toneladas de productos camuflados; ni de contratar marinería, ni de comprar políticos en Panamá o en Venezuela. No estábamos preparados para tanta presión. Comprar almacenes en Madrid, camiones en Francia, barcos en Canadá; todo eso deja demasiado rastro. Y montar empresas pantalla, contratar abogados, marcas, sociedades en paraísos fiscales. Es como poner señales, balizas avisando a la policía para que no te pierdan el rastro. La grandeza, el tamaño, esa acaba siendo tu debilidad. Y la pagas si no eres capaz de matar gente, de amenazar a toda una sociedad, de meter miedo al cuerpo a empresarios, alcaldes, fiscales, policías y jueces. A todos a la vez. En Colombia, en Sicilia, en Nápoles puede conseguirse ese ambiente porque todo el mundo sabe que si dices que matarás a alguien, está muerto; no hay vuelta de hoja, ni perdón posible. Allí veníamos de hacer favores, de montar equipos de fútbol, de comprarle un piso a la abuela con el primer alijo de coca. Y eso es una sensiblería; no le mete miedo a nadie. ¿Quién coño le va a hacer caso a alguien que le compra un piso a la abuela? Sobornábamos a la gente, pero no la asustábamos. Si alguien quería dejarlo, pues lo dejaba y nadie se metía con él, porque nunca nadie se fue de la lengua. ¡En todos esos años! ¡Ni un chivato! Pero también eso se acabó. ¿Sabes cómo descubrimos a ese inútil de Lavadores? ¿Te acuerdas de Marcos Lavadores? El puto héroe del juez Galán, el que declaró detrás de un biombo contra los Machines cuando todos sabíamos que era él. ¡Será jilipollas! Fue a declarar a la telegaita, sin tan siquiera alterarle la voz. ¡Y se fue al bar de siempre a verse en la tele con los colegas de trapicheo! Desde luego ese tipo era un tarado, y nos condenaron por su palabra, que vale menos que un duro sevillano. Habría declarado cualquier cosa que le dijera el comisario Lobo, solo por salvar el pellejo o porque es parvo y punto. ¿Tú sabes lo que es un champalandrán? ¿Eres gallego, no? Habrás oído mil veces esa palabra, alguien sin carácter, del que se ríe todo el mundo, al que todos le toman el pelo, un pobre de mi, en definitiva.

—Sí, había oído esa expresión de crío. En Pontevedra, en Marcón vivía uno de esos personajes. Su mujer le pegaba, sus vecinos también; los niños se reían de él y le gritábamos, carretera arriba y carretera abajo, cuando pasaba ante nuestras casas con ropa vieja, una boina y el paraguas colgando del cuello de su americana. Parecía un personaje de Castelao. ¿Me está insinuando que la muerte de Cuenca fue una especie de acto inaugural, el inicio de una nueva forma de gobernar las cosas?

—Antes de eso hay que recordar que los colombianos no solo nos trajeron la coca y los millones a capazos. Alguien tuvo la mala idea de pedir ayuda para pasar cuentas con un enemigo. Los Machines fueron los primeros: llamaron a Colombia para pedir a alguien que matara a Xusto Patelo, del clan de los Patelos. Vino un tío desde Medellín, uno de esos que matan a alguien por cien mil pesetas, que se ponían un casco, se subían a una moto y, cuando llegaban a la altura de la víctima, le descargaban una ráfaga y lo dejaban desangrándose en plena calle. Pero esto no es Medellín, ni Bogotá. No hay callejones oscuros ni la gente está acostumbrada a la complicidad del silencio. Aquí la gente calla sobre un alijo. “Es cosa de ellos”, dicen. Pero los muertos son otra cosa. Y aún peor cuando la víctima no muere. ¡Serán chapuzas! Entonces empieza a cantar como un parrulo y los Machines acaban detenidos, a declarar por un trabajo mal hecho. Y mira que los Machines son gente que conoce bien el negocio, que llevan toda la vida pasando cosas por la raya portuguesa. Pasaban cocaína para dentistas mucho antes de que los colombianos supieran que servía para drogarse. También penicilina. Vete a saber cuantas vidas se habrán salvado gracias a ellos. Por eso eran respetados. Después llegó el tabaco y lo añadieron al catálogo sin que durante años pasara nada de nada. Tenían gente comprada en Valença, en Caminha. En Camposancos todo el cuartel trabajaba para ellos, pero los guardias de entonces no eran como los de ahora. No se compraban Mercedes, ¿a quien se le ocurre?, ni pisos de lujo. Eran gente decente, modesta, que tapaban agujeros con el sobresueldo, pagaban el colegio a los niños y le obsequiaban a la mujer unas vacaciones en Torremolinos.

Los Machines se metieron rápidamente en el hachís, pero tardaron mucho en decidirse a entrar en la coca. Lo hicieron cuando vieron que Lorenzo Valiña, el gran señor del humo, el amo del rubio de batea, hacía negocios con el cártel de Medellín. ¿Sabe que Valiña se hizo amigo personal de Pablo Escobar, el mito, el hombre más adorado y más temido del mundo? Nadie se atrevía contra él, ni la DEA. Pues Valiña, que fue mi maestro, mi valedor y mi prestamista, viajaba a Medellín y se encontraba con él, en su casa, con su familia, en aquel ambiente de cuartel que tenía montado para protegerse de un ataque del ejército americano. Valiña era un hombre hecho a si mismo, un autodidacta. Comenzó desde abajo y pasó por todos los niveles: conductor, piloto y gerente. También comenzó en Portugal, como todos los viejos. Cuando la escasez de carburante, a finales de los sesenta, pasaba gasoil. Después entró en el tabaco. En casa trabajábamos para él. Mi padre, que era un hombre honrado a carta cabal, lo hacía muy de vez en cuando, para echar una mano, más que nada. Mi hermano también iba a echar una mano. Yo, en cambio, aprendí a llevar una planeadora y fui uno de sus mejores pilotos. Me pagaba un sueldo y además me daba un plus en mercancía. La vendía en Vilagarcía y en Pontevedra, en bares y “estancos”, ya me entiende, que no eran clientes de otros proveedores. De él lo aprendí todo, desde las rutas de las nodrizas hasta dónde comprar una torpedera alemana para convertirla en lanzadera o en qué playas era mejor desembarcar durante la noche con el fin de asegurar una descarga rápida. Y la contabilidad, que es lo más importante de todo, porque si no llevas bien las cuentas, te acabas arruinando aunque ganes cientos de millones.

Cuando comenzaron las delaciones, las confesiones y los arrepentidos fue cuando se dispararon todas las alarmas. Valiño y las Machines convocaron una reunión urgente para poner fin a todo aquello. ¿Oyó hablar de ella? Fue en el pazo El Revel, de Villalonga. Lo cerraron todo un fin de semana y allí estuvimos, comiendo marisco, bebiendo caña y discutiendo sin ponernos de acuerdo. Todos veíamos llegar el peligro, pero no teníamos la intención de afrontarlo de la misma forma. Unos por miedo, es verdad; otros porque no querían entrar en ese mundo, en el que se entra pero luego no se sabe cómo salir. Los Machines dijeron que ellos ya habían dado el paso, así que seguían en el negocio con todas las consecuencias. No sabían vivir dentro de la ley, lo repetían siempre. Valiño dudó; conocía el entramado de Escobar, su ejército de sicarios, su vida de perseguido, y no quería algo así para su familia en un sitio como la ría, donde no podía construir una fortaleza y protegerse de unos enemigos tan poderosos sin tener el apoyo de la población o una selva donde ocultarse.