El fracaso - Renato Garin González - E-Book

El fracaso E-Book

Renato Garin González

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¿Por qué fracasó la Convención Constitucional? Pese a las esperanzas, los sueños y las ilusiones, esta institución caótica, a ratos anárquica, se granjeó el rechazo del mismo pueblo que decía representar. Esta indagación se detiene a observar los sucesos ocurridos en un año que condensa, como un tornado, las últimas y turbulentas décadas del país. A partir de las sesiones plenarias, se inquiere en los intersticios del naufragio. El relato no se limita a una colección de anécdotas, o ajustes de cuentas, sino que se juega por ofrecer una explicación profunda de lo ocurrido. En la Convención abundó el resentimiento. Las izquierdas lanzan su resentimiento contra los ricos, los privilegiados y los poderosos. Supuestamente, estos serían los constituyentes de la derecha. La extrema derecha concentra su bronca contra los inmigrantes, las disidencias sexuales y los marginales. Hay, del mismo modo, una tirria política entre los independientes y los partidos. Hay un resentimiento de los activistas territoriales contra las industrias contaminantes. A veces, se logra solapar este rencor, pues hay conceptos que logran unir a todos los resentidos. En este reality show existían infinitos cursos de acción. Asimismo, el lenguaje y su estructura serían subvertidos. Aparecería, desde ese domingo de mayo, un reino de representaciones, discursos, prácticas, modos de ser, pensar, sentir, escuchar y hablar en pantalla. Este conjunto de fenómenos constituye a la Tele-Convención. Su primer hito significativo sería el sorpresivo resultado que dio mayoría a independientes, activistas y octubristas. Ellos, envalentonados por los vientos, creyeron haber clavado la rueda de la fortuna.

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Seitenzahl: 372

Veröffentlichungsjahr: 2022

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GARIN GONZÁLEZ, RENATO

EL FRACASOCómo se incendió la Convención

Santiago de Chile: Catalonia, 2022

192 pp. 15 x 23 cm

ISBN: 978-956-324-984-2

ISBN digital: 978-956-324-985-9

983 HISTORIA DE CHILE070 PERIODISMO

Diseño de portada: Amalia Ruiz Jeria

Corrección de textos: Hugo Rojas Miño

Diagramación: Salgó Ltda.

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco 

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición: octubre, 2022

ISBN: 978-956-324-984-2

ISBN digital: 978-956-324-985-9

RPI: trámite f87kj6 (17/10/2022)

© Renato Garin González 2022

© Catalonia Ltda., 2022

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl - @catalonialibros

Para Juan Bustos Ramírez, in memoriam.

¿Y quién puede resucitar

las flores que pisaste ayer?

Los Bunkers, “Canción para mañana”.

Índice

IntroducciónRealismo psicomágico

Primera parteMALA ONDA

Capítulo unoJULIO

Capítulo dosAGOSTO

Capítulo tresSEPTIEMBRE

Segunda parteLA CASA DE LOS ESPÍRITUS

Capítulo cuatroOCTUBRE

Capítulo cincoNOVIEMBRE

Capítulo seisDICIEMBRE

Tercera partePERSONA NON GRATA

Capítulo sieteENERO

Capítulo ochoFEBRERO

Capítulo nueveMARZO

FinalCORONACIÓN

Capítulo final

CodaSEPTIEMBRE OTRA VEZ

IntroducciónRealismo psicomágico

Antes de interesarte

por las personas,

preguntái la militancia

y esas cosas.

Mauricio Redolés, Chileno feo.

Este libro no debió haber sido publicado. Los hechos narrados no debieron haber sucedido. El fracaso aquí descrito no debió haberse consumado. Esta indagación se detiene a observar la Convención Constitucional (en adelante CC) que funcionó en Chile entre el 4 de julio de 2021 y el 4 de julio de 2022. Se relatan los sucesos ocurridos en un año que condensa, como un tornado, las últimas y turbulentas décadas del país. A partir de las sesiones plenarias de la CC se inquiere en los intersticios del naufragio. En la primera parte, que coincide con el invierno, se narran las vicisitudes que van desde la instalación de la Convención hasta los finales de septiembre. Esa etapa estuvo marcada por la labor de las comisiones provisorias, cuya tarea fue redactar sendos reglamentos y el surgimiento de un escándalo de proporciones bíblicas. En la segunda parte, junto con los meses de la primavera, se relatan los pormenores sucedidos desde octubre hasta finales de año. Este período quedó signado por el inicio del debate constitucional, incluyendo inolvidables discursos y siete comisiones definitivas. En la tercera parte, que equivale al verano, se abordan las votaciones de los informes emanados desde cada espacio temático. A partir de ese momento, la sensación de fracaso inexorable se apoderó de los jardines. Además, se agregan una coronación y una coda acorde al realismo mágico.

Domingo 16 de mayoElección

El contexto pandémico, con miles de contagiados diarios, obligó a decretar medidas inéditas. Un estado de excepción ordenó toques de queda, exigió utilizar mascarillas, inocularse vacunas y postergar elecciones. Tal fue el caso en abril de 2021, cuando los comicios para elegir a los convencionales constituyentes debieron ser pospuestos para mayo. El intenso despliegue mediático de los candidatos se concentraba en las redes sociales, radios y programas de televisión. Dado que el país se hallaba encerrado en casa, eran los medios de comunicación masivos el principal agente difusor de las campañas. La presencia de mujeres, independientes y pueblos indígenas fue la gran novedad del proceso electoral. A partir del acuerdo del 15 de noviembre de 2019, intensas presiones, desde diversos ángulos, llevaron a modificar las tradicionales reglas del juego. Así, todas las listas fueron encabezadas por nombres femeninos y se establecieron reglas de corrección, a fin de asegurar el resultado paritario. Del mismo modo, se reservaron diecisiete escaños para los pueblos originarios.

Como resultado de esa inaudita fórmula, los equilibrios internos de la CC contrastaban nítidamente con la representación política de la transición. La elección cristalizó, simbólicamente, el estallido de octubre de 2019. Fue un acto electoral concentrado en ese clivaje, entre octubristas y noviembristas, entre la calle y la política, entre los santos independientes y los oscuros partidos de camarillas. Los octubristas defendían la supuesta semilla originaria de legitimidad del estallido social. Los noviembristas, en cambio, preferían poner la tilde sobre el acuerdo parlamentario que habilitó formalmente el proceso. Unos y otros se adjudicaban la médula del asunto. En ese relato, el conflicto quedaría encerrado, como en un reality show, dentro de la Convención. Desde ese día, a partir del mismo acto electoral, los integrantes elegidos se volverían representantes de un determinado estado de ánimo, de una forma de entender la sociedad, que fue mutando conforme el reality show seguía su curso ciego. Esa noche, el país asistió al nacimiento de ciento cincuenta y cinco figuras, participantes del espectáculo, dispuestos a dejarlo todo dentro de la CC. La televisión y la Convención, desde aquel día, se trenzaron en una relación indisoluble, como una máquina social productora de sujetos.

En este reality show existían infinitos cursos de acción. Asimismo, el lenguaje y su estructura serían subvertidos. Aparecería, desde ese domingo de mayo, un reino de representaciones, discursos, prácticas; modos de ser, pensar, sentir, escuchar y hablar en pantalla, siempre en alguna pantalla. Como todo dispositivo, la tele-Convención no convirtió a sus participantes en autómatas, sino que los hizo inducir sus conductas hacia una performatividad exagerada. El reality show es un formato de entretención cuyas condiciones de éxito están directamente ligadas al final de la sociedad disciplinaria. Ahora, en la sociedad del control, los antiguos televidentes pasan a ser productores y consumidores, reunidos en la misma persona, el prosumer. Pasamos, entonces, del viejo espectáculo de entretención a la observación diaria de un grupo de constituyentes. Algunos de ellos, reforzando esta tesis, provenían —precisamente— de la industria de la imagen televisiva, como reporteros de prensa, actores de teleseries o panelistas de matinal.

Podríamos decir que la tele-Convención fue un panóptico. Se trata de un dispositivo arquitectónico de encierro que permite a unos pocos vigilar a muchos sin que estos puedan reconocer si efectivamente están o no siendo observados. Es propio del diseño de cárceles, hospitales y psiquiátricos, pues la arquitectura del edificio permite imponer una rígida disciplina en la vida diaria dentro del lugar.

Sin embargo, las condiciones que definen la experiencia constituyente no son aquellas. Al contrario, cada participante de este reality podía hacer lo que quisiera, cuando quisiera y cómo quisiera dentro de las mínimas reglas de convivencia. Además, se podía proponer cualquier idea sobre cualquier tema, sin por ello ser merecedor de reproche alguno, pues la propia misión del espacio era interpretada como una redefinición de “los límites de lo posible”. No es el encierro, ni el control, ni la disciplina, ni el rigor, ni la culpa los que definen la particularidad de la tele-Convención. La noción de control existe, aunque mutada hacia un empoderamiento de los telespectadores, quienes ejercen presiones sobre los participantes. “Hay que rodear la Convención” se escuchó decir en la campaña electoral, cuestión que toma un sentido profundo al ser analizada desde el ángulo de la telerrealidad.

Estamos, por ende, ante un sinóptico. Muchos vigilan a pocos y estos lo saben. Es ese elemento, inexcusablemente, el que más intranquiliza a los convencionales, pues no saben cómo sus actitudes y experiencias dentro de la tele-Convención son interpretadas y juzgadas por quienes los observan. En ese mundo, la labor consiste en interpretar deseos, juicios y expectativas de un televidente intranquilo. Hay audiencias específicas, en territorios determinados, con decenas de demandas acumuladas durante años de desengaños. A fin moverse dentro de esta telerrealidad, los integrantes debieron revisar sus tácticas, modificar conductas, cambiar alianzas, redefinir estrategias, incluso contra sus propios partidos, movimientos o colectivos de pertenencia. Paralelamente, los telespectadores deben producir interpretaciones significativas sobre lo que observan. La dinámica se retroalimenta, constituyendo una red de relaciones de significación, reproducción y acción social.

En el desarrollo del proceso, se logra percibir que las conductas individuales van asimilando la presencia de las cámaras. Están, en todo formato, en las manos de cualquier persona. Así, se fueron relajando los pudores, hasta el punto de desenvolverse como si no existieran. “Señor secretario, ¿puedo emitir mi voto a viva voz? Es que me estoy duchando”, llegó a escucharse en todas las pantallas. Al igual que en los reality shows, comienza a pesar el encierro simbólico, la falta de contacto con familiares y amigos. Una sofisticada forma de canibalismo se fermenta dentro de los colectivos, pues parecen castigar al participante que se perfila como líder. Ocurre que, en la tele-Convención, los líderes serían males necesarios para darle continuidad a la secuencia de guillotinados. Al incrementarse la sensación de incertidumbre sobre el devenir del experimento, va aumentando en los sujetos el choque de creencias.

Esto llegó al punto de que no pocos convencionales sostuvieron estar siendo asediados por medios de comunicación, periodistas y editores. “Mi autocrítica es que no debí ponerme el traje de Pikachu en la hora de colación”. “Como me usaron ahí, la gente pensaba que iba a trabajar todos los días con el disfraz, cosa que no era cierta”, dijo una simbólica convencional, luego de consumado el fracaso. Ella, pasó de ser una heroína de octubre a una de las supuestas responsables de un incendio institucional. De los franceses aprendimos que las revoluciones devoran a sus hijos. Dadas estas condiciones, aumentó la polarización entre una supuesta realidad y un supuesto simulacro. “Ustedes no ven, pero nosotras tenemos amuletos esparcidos por toda la Convención”, manifestó otra integrante.

Este conjunto de fenómenos constituye a la tele-Convención. Su primer hito significativo sería el sorpresivo resultado que dio mayoría a independientes, activistas y octubristas. Ellos, envalentonados por los vientos, creyeron haber clavado la rueda de la fortuna. Una muestra de laboratorio puede observarse en el diálogo ocurrido, esa misma noche del 16 de mayo de 2021, en un debate político en TVN. “Los grandes acuerdos los vamos a poner nosotros, los que no somos de derecha, para que quede clarito, y no empecemos a dar vueltas. Aquí no ganó la derecha. La derecha estaba por el rechazo y entonces, como la derecha estaba por el rechazo, ahora está en minoría”, comentó Daniel Stingo, primera mayoría nacional en la elección de convencionales. Atónitas lo observaban las abogadas Constanza Hube y Carol Bown, ambas de la UDI.

“Los que ganamos representamos a la gente, entonces conversar por supuesto, si quieren unirse a conversar de un solo sistema de salud público, si usted quiere un sistema privado de salud, va a perder (…) No pueden imponer nada al resto de los chilenos, porque ustedes perdieron, el 25 de octubre y ahora”, explicó Stingo. “Vamos a conversar, pero hay ciertos mínimos, que la ciudadanía ya dijo”, añadió ante las preguntas de la periodista Constanza Santa María. Esta declaración causó inmediata polémica; sin embargo, debe ser analizada con mayor profundidad que una mera crítica simplista.

En Stingo se observa, con claridad, el tipo de tele-constituyente que se consolidaría durante el año de labores. El propio abogado provenía de un matinal, desde donde fue desafectado por sus opiniones contra el gobierno de Piñera durante el estallido social de 2019. De esta manera, en Stingo se hacía carne una “verdad acallada” que capturaría al personaje desde el inicio del proceso. El hecho de ser, por lejos, la primera mayoría electoral, en el distrito más populoso, venía a reforzar este derrape psicomágico.

Si algo aprendió el país en el trayecto es que la realidad constituyente supera a la ficción constituida. Desde un punto de vista literario, el fracaso debe ser visto con extrañamiento. Dentro de los salones, se construyó un mundo de riqueza superlativa. El incendio de la Convención agota su propio mundo interior y se extingue con él, como las cenizas de un muerto lanzadas al mar. Difícilmente podría existir una ficción que hiciese lo que esta institución hizo con su contexto: reducirlo a rodamientos, tuercas y tornillos de una totalidad que se estaba redibujando. Se conocieron intenciones demencialmente ambiciosas que compitieron durante meses con la realidad, de igual a igual. Por eso, los hechos aquí narrados comparten una naturaleza exclusiva, irrepetible y autosuficiente. Estamos ante ensoñaciones de un mundo idílico, prehistórico, escatológico, donde la juventud es una virtud, donde reviven las teologías liberacionistas, promovidas por sujetos entregados a la fantasía, a las pantallas y al destino. Estamos ante un realismo psicomágico, que podría explicar el devenir catastrófico.

Como en todos los incendios, hubo un fatídico triángulo del fuego. Y este último lo constituyen el combustible, un comburente y la energía calórica. El combustible puede ser cualquier sustancia capaz de arder, especialmente el ego, el resentimiento y la desesperanza. Dichas sustancias pueden presentarse en estado sólido, líquido o gaseoso. El comburente es, comúnmente, el oxígeno del aire. En este caso, asistiríamos a un “microclima” que avivaría cualquier fuego. El calor hace que el combustible y el comburente reaccionen. Especialmente útiles pueden ser los temas más candentes de una sociedad, como los derechos humanos, la violencia política o las deudas coloniales. El fuego se desencadena cuando estos factores se combinan en la proporción adecuada. En el país más conservador de las Américas, se pretendía escribir la Constitución más progresista del mundo. Para que la combustión se mantenga, las llamas deben generar suficiente energía como para vaporizar el combustible. Así se incendió la Convención.

***

Este libro condensa las anotaciones, preguntas y cavilaciones inscritas en un cuaderno que me acompañó desde el día inicial. Aquí se reúnen treinta años de identidades conflictuadas capaces de hacer arder cualquier capilla. Son los treinta años marcados por la irrupción definitiva de las mujeres en el poder. Son los treinta años del cambio climático, del surgimiento de internet, del consumo masivo, de los nuevos ricos riquísimos y de un Chile impensable para nuestros abuelos. Ellos vieron a su país convertido en un laboratorio permanente, desde los cincuenta en adelante. Fue tanto el pánico causado por la inflación, que se probaron todo tipo de técnicas, ungüentos y ceremoniales. Toda clase de ideologías, programas y recetas fracasaron olímpicamente. Fue así como la clase política, dominada por los radicales y sus tres gobiernos, le cedió el poder a un dictador militar recauchado como líder nacionalista: Carlos Ibáñez del Campo, electo el 4 de septiembre de 1952. Ante el fracaso de “El Caballo”, vino el intento de la derecha que atisbó la primera reforma agraria, la del macetero. Al gobierno siguiente, vinieron los democratacristianos de Frei a ofrecer una revolución en libertad. Desde el 4 de septiembre de 1970, conocimos el trágico intento de conducir una revolución socialista por la vía electoral. Después del Golpe, se probaría el recetario de los Chicago boys, insólito en el continente y observado desde todos los rincones del orbe. Para la salida de Pinochet, también se probaría algo nuevo, un plebiscito democrático para sacar a un dictador del poder. Así, entramos en un nuevo ensayo llamado transición a la democracia que mantuvo el esqueleto de la Constitución de 1980, reformándola de forma sustantiva en 2005, cuando un segundo socialista llegó a La Moneda.

Por lo tanto, no era raro que, luego del estallido social, se produjese un contexto experimental con una Convención Constitucional paritaria, abundancia de independientes y con escaños reservados. Consciente de este vórtice histórico, desde la misma noche de la elección supe que mi posición dentro del reality show sería sumamente complicada. El Partido Radical (PR), de casi ciento sesenta años, me entregó un cupo sin pedirme militancia. Sin embargo, no consiguió elegir a ningún otro convencional. Algo similar ocurría con los aliados. Juntos, sumamos casi quinientos mil votos, aunque apenas integramos a ocho constituyentes. Por su lado, el Partido Socialista (PS) capitalizó nuestra alianza y, con sus trescientos mil votos, consiguió una quincena de escaños. Movido por la angustia, esa misma noche de la elección intenté que se formara un solo grupo de La Lista del Apruebo, pues juntos habíamos conseguido ochocientos mil votos. Pese a mis buenas intenciones, desde el PS nos avisaron que primaría un “criterio de militancia” y que ellos se constituirían como un colectivo cerrado que se relacionaría en “igualdad de condiciones” con todas las izquierdas. Con esta notificación se desbarató la madeja de la exconcertación, siendo nuestra lista la primera en desarmarse.

En este libro he intentado recopilar los sucesos que incendiaron, por dentro, a la Convención Constitucional. Para hilar el relato, he recurrido a diversos testimonios, alocuciones, registros de prensa, a fin de ofrecer puntos de vista ecuánimes, verídicos y polisémicos. El lector atento notará que me he valido del título de famosas novelas nacionales, así como de canciones, poesías y leyendas. He sembrado referencias al folclore diario de nuestras ciudades, campos y peladeros.

Pues, ante todo, este libro es un homenaje a la cultura popular en la que fui educado.

Renato Garin González

2021-2022

PRIMERA PARTE

MALA ONDA

Capítulo unoJULIO

Cuando el juego

se hace verdadero,

te quemas con un fuego

que juega contigo como un muñeco.

Tiro de Gracia, “El juego verdadero”.

El cielo sobre Santiago amaneció despejado. Así lo atestiguaban las cámaras de televisión apostadas desde el amanecer en la esquina de Bandera con Catedral, en el centro cívico de la capital. Las transmisiones comenzaron al alba, a fin de acompañar la instalación de la Convención Constitucional en el histórico edificio del Congreso Nacional. A partir del estallido social, en octubre de 2019, el país buscaba un faro institucional para alumbrar un nuevo Chile. El acuerdo parlamentario de noviembre de ese año, que permitió el plebiscito de apertura del proceso constituyente, parecía ser el camino correcto para zanjar las profundas diferencias. Las mascarillas, el alcohol gel, las medidas sanitarias fueron condimentos infaltables, pues la pandemia global de Covid-19 hacía estragos en todo el continente. Desde el primer día, los ánimos se encontrarían caldeados, exasperados, crispados hasta niveles intolerables. Sin saberlo, los propios protagonistas sembraban a su alrededor los materiales inflamables que harían arder, meses más tarde, cada rincón de los históricos jardines.

Domingo 4 de julioInstalación

Los canales escogieron a determinados rostros, constituyentes famosos, para seguirlos minuto a minuto. En la plaza Baquedano, ahora denominada Dignidad, centenares de manifestantes comenzaban a agruparse para marchar hacia la Convención. Fueron convocados por La Lista del Pueblo y el Partido Comunista (PC), aunque en las imágenes pueden hallarse también banderas de organizaciones de índole trotskista. En el barrio Yungay, la bancada del Frente Amplio (FA) convocó a una cicletada para pedalear hasta el centro. Los convencionales electos bajo el paraguas del Partido Socialista convocaron a un homenaje en la estatua de Salvador Allende, frente a La Moneda. En el cerro Santa Lucia, por su parte, los mapuches habían convocado a una ceremonia plurinacional encabezada por la machi Francisca Linconao. Insistieron en que su convocatoria era en el cerro Huelen, nombre original del macizo, cuyo significado en mapudungun es melancolía, tristeza o dolor.

Cuatro convocatorias distintas, desde las ocho de la mañana, llamaron la atención de los periodistas, autoridades y carabineros. Era el comienzo de un largo día. El canal Mega escoltó, desde el desayuno, a la constituyente Patricia Politzer. Ella fue electa con una considerable votación por el distrito 10, que simboliza al eje urbano de la capital. Su lista electoral era el colectivo Independientes No Neutrales (INN). Ellos habían logrado una interesante representación en la elección de constituyentes. Esto permitió que lograran instalar a once integrantes hacia el órgano constituyente y, desde aquella noche de los sufragios, se volvieron un tópico central en los noticieros. Los INN —como se les bautizó tempranamente— se caracterizaron por oscilar entre posiciones liberales hasta visiones populistas u octubristas. Politzer representaba, por ende, a ese mundo independiente que se integraba de forma inédita a un cuerpo colegiado. La Convención Constitucional, hija del acuerdo del 15 de noviembre de 2019, se pensaba como una posibilidad de superación del profundo desconcierto que habitaba en las elites dirigentes.

En paralelo al vehículo que conducía a Politzer, los integrantes de La Lista del Pueblo ya marchaban a pie rumbo a la primera sesión. Una columna humana de trescientas personas los acompañaba al son de “El Pueblo Unido” que se cantaba a capela. Al llegar al cerro Huelen, los grupos se fusionaron temporalmente, aunque luego volvieron a distinguirse en sus caminatas. Los mapuches, vestidos con sus trajes típicos, metales y arbustos, emitían sonoros cánticos, mientras por la Alameda se multiplicaban los policías que escoltaban la caminata. No hubo ningún incidente, ni en la arteria principal ni en la calle Moneda, por donde enfilaban los indígenas.

Las bicicletas del Frente Amplio emergieron por calle Morandé cuando faltaba media hora para el inicio de la ceremonia. La alegría de sus consignas, junto con las banderas de la candidatura presidencial de Gabriel Boric resultaron imposibles de obviar. En la delantera del grupo, apareció el abogado Jaime Bassa, quien era el principal candidato para convertirse en vicepresidente de la Convención. Tácitamente, se entendía que Bassa sería la dupla de Loncon y que juntos representarían un triunfo de indígenas y frenteamplistas, en ese orden. Los diarios, además, daban ventaja a esta pareja por sobre otros nombres, como el de Patricia Politzer, quien fue candidata a la presidencia desde el mismo momento en que resultó electa. La llegada del Frente Amplio al edificio, por ende, fue motivo de sendos piques de los camarógrafos para captar el momento exacto en que el colectivo estrella ingresaría al excongreso. Detrás de ellos, se acercaba la columna humana de La Lista del Pueblo, seguida de un centenar de adherentes y manifestantes.

***

Respiro hondo. La miro. Estoy en la perplejidad más pasmosa y me siento a disgusto. Han pasado seis meses desde que abandoné la Cámara de Diputados para postularme como candidato a la Convención. Buscaba un nuevo comienzo, volver a intentarlo, un ambiente diferente. Soñaba con este desafío, con quedar en los libros, todo para no ser un político vulgar. Llevo tres días con acidez estomacal, a partir del momento en que asumí que no habría forma de detener a Jaime Bassa en su intento por hacerse de la vicepresidencia.

Vuelvo a mirarla, pienso en ponerme de pie y detenerla. No la conozco, no sé quién es, ni lo que hace, ni lo que hizo para llegar aquí. Alguien susurra el nombre de quién está detrás de esa mirada. Vuelvo a fijarme en lo que hay en lo recóndito de esos ojos: es la rabia de Elsa Labraña Pino. La tengo a un metro de distancia. Sus gritos arden en mis tímpanos, el ácido estalla en mi esófago:

—¡No vas a pasar a llevar a ningún muerto, a ningún herido!

—¡No puedes seguir con esto, no sigas!

— Si quieres te paras, llevamos treinta años podemos esperar un día, un año si querís.

—¡Páralo!

—¡Te ríes de nosotros!

—¡Para!

—¡Están reprimiendo a nuestras familias afuera!

Los bramidos de Elsa se detienen. La observo en su humanidad, alta, maceteada, con un vestido largo color ocre y tapada con un escudo facial anticovid. Parece poseída por una heroína de Marvel, enajenada en la batalla. La relatora Carmen Gloria Valladares no entiende un carajo qué ocurre. Ella vino aquí a tomar un juramento, corto, simple y, luego, para la casa. Ahora está en medio de un caos. Suena el himno de Chile, interpretado por una orquesta juvenil, cuyos integrantes se ven pálidos, cortados, anudados como un puño. El grupo de púberes hace sonar sus violines. Los convencionales de derechas se paran y cantan como si estuvieran en la final del mundial. En las izquierdas algunos entonan bajito, apenas se oyen a través de las mascarillas, mientras los alaridos en mapudungun comienzan a crecer. De pronto emerge el cántico común de La Lista del Pueblo y sus aliados: “Liberar, liberar, a los presos por luchar”. Lo repiten con más fuerza, con tono octubrista, mientras el himno sigue sonando. Antes de llegar al coro, me fijo en una pantalla de televisión justo en diagonal. Me doy cuenta de que es un desastre, un bochorno, un papelón, pues los constituyentes aparecemos divididos cantando cada cual por su lado lo que cada cual estima conveniente. El himno, los jóvenes, los violines, todo estropeado y transmitido en vivo para Chile y el mundo. Una anarquía, adentro y afuera. Suspiro hondo. No canto. Me saco la mascarilla para poder tomar aire. Observo a los UDI eufóricos, envalentonados, encendidos, exclamando un “¡Ce-a-che-í!” que siguen los demás derechistas al terminar el himno. Del otro lado, Manuel Woldarsky contesta tapándose un ojo, en alusión a las víctimas de octubre de 2019. Vuelven a entonar una de sus serenatas: “No estamos todos, faltan los presos, no estamos todos…”. El desastre está consumado, reina el desconcierto, el desgobierno y la incredulidad.

Miro al cielo sobre Santiago, inmóvil en mi asiento. Labraña sigue gritoneando a la relatora del Tribunal Electoral, Carmen Gloria Valladares, quien observa la escena con envidiable serenidad. “Señora mía, déjeme escuchar, por favor”, le repite una y otra vez. La encendida curicana sujeta un cartel con el rostro y nombre del primer fallecido en el estallido social. Al lado de Elsa, ya se posiciona Patricia Politzer, quien busca intermediar entre ambas, siempre pendiente del tiro de cámara. Más de la mitad del país sigue la ceremonia por diversas vías. Los convencionales lo saben y actúan conforme a aquello. La performance de Elsa y las gestiones de Patricia se ven secundadas desde cada ángulo del mesón. Aparecen Ricardo Montero y Pedro Muñoz, del PS, solicitan una tregua temporal para ordenar el caos. Detrás de ellos, una docena de constituyentes asedian a Valladares.

Agobiada, la relatora ordena la suspensión.

Como si oyeran el pitido de un árbitro de fútbol, los constituyentes saltan de sus asientos. Caminan, trotan y corren. Los observo sin moverme de mi silla. A mis costados transitan raudos, como bailarines elevados por la música de sirenas, lacrimógenas y gritos. Explican, a la rápida, que afuera están reprimiendo a quienes acompañaron la llegada de La Lista del Pueblo. “Son nuestros familiares”, oigo decir a Rodrigo Rojas Vade. Me paro, camino por la carpa improvisada para el juramento, recorro el jardín del excongreso y me asomo a las rejas para observar. Nada nuevo bajo el sol. En la esquina de Catedral con Santo Domingo un grupo de manifestantes arroja piedras a los pacos, mientras las fuerzas especiales se asoman a una cuadra y media. Al ocurrir el choque frontal, veo que algunos convencionales están en la calle, en el medio del conflicto, para intentar evitar la colisión entre los escudos policiales y los manifestantes. “Son los trotskistas”, digo en voz alta, mientras otros colegas me escuchan pegados a la reja. “Tú te los conoces a todos”, me responde incrédulo Bernardo de la Maza. “Llevo años en esta mierda”, le contesto, antes de enfilar hacia los puestos de la prensa, para no desaprovechar el momento y el alto rating.

***

El rito ya estaba profanado cuando, a las once y media de la mañana, Valladares anunció que retomaría el itinerario pues no había lesionados, ni detenidos ni víctimas. Las cámaras de la transmisión oficial volvían a enfocar los rostros de los convencionales, que hasta ese momento eran desconocidos para la mayoría del país. Se les observa más tranquilos, ya han dado intensas cuñas a los periodistas, se acomodaron sus camisas y blusas, su trajes originarios y amuletos, hasta lograr sentarse. A eso de las doce veinte del mediodía de ese domingo, por fin, la relatora Carmen Gloria Valladares comenzó a pasar lista de los nombres de los constituyentes electos. Uno a uno, fueron poniéndose de pie y saludando, vociferando alguna consigna, batiendo al viento una bandera o siendo más introvertidos. Cada cual tuvo sus quince segundos de intensa fama. Al terminar, los recién juramentados se abrazaron profusamente, volvieron a cantar, saltaron en rondas. “Y va a caer, y va a caer, la constitución de Pinochet”, retumbaba en el antiguo jardín.

El murmullo anticipaba que Politzer y Loncon corrían con cierto favoritismo para ser Presidenta. Isabel Godoy, del pueblo colla, era respaldada por el Partido Comunista a sabiendas que sus socios frenteamplistas iban con Loncon. La derecha, a contramano, se decantaba por un hombre, Harry Jurgensen, ex intendente de la sureña Región de Los Lagos, que hacía oír su voz profunda, combinada con su pelo canoso y acento alemán.

Faltando diez minutos para la una, Valladares fue llamando a los constituyentes para que depositaran su voto en una ensaladera de metal. Terminada la primera ronda, la dinámica se concentró en cuatro nombres pues Loncon obtuvo cincuenta y ocho votos, Jurgensen treinta y seis, Godoy treinta y cinco. Politzer, sorpresivamente, solamente obtuvo veinte. El primer análisis muestra que Loncon logra concitar todos los votos del Frente Amplio y del Partido Socialista, emergiendo este eje como un aparente centro de conducción política. Esa alianza, sumada a los movimientos sociales, independientes y activistas, hacían inexorable que Loncon resultara electa en alguna de las rondas. Así ocurrió, a las tres y cuarto de la tarde, cuando la líder indígena caminó por el improvisado pasillo hacia el estrado. Fueron noventa y seis votos para la mapuche.

El hito central del día estaba consumado. Acompañada de la machi Francisca Linconao, la nueva presidenta saludó al “pueblo de Chile desde el norte hasta la Patagonia, desde lafken hasta la cordillera”. Agradeció el apoyo de las “diferentes coaliciones que entregaron su confianza y depositaron sus sueños en el llamado de la nación mapuche” a apoyar su opción, y comprometió “una dirección rotativa colectiva” en la testera de la Convención. “Es posible refundar este Chile, establecer una nueva relación entre todas las naciones que conforman este país”, indicó antes de pedir un receso, cuando en el cielo de Santiago dominaban las nubes. Un viento frío ya recorría el jardín.

Al retornar, se llevó a cabo la votación para elegir al vicepresidente. Bassa obtuvo la primera mayoría con cincuenta y un votos, seguido de la candidata de la derecha Pollyana Rivera, quien consiguió treinta y cinco sufragios. Les siguieron Rodrigo Rojas Vade, con veintinueve, y Cristina Dorador, con catorce. Esto obligó a un nuevo receso y volver a votar. En la segunda ronda, consumada recién a las seis de la tarde, Bassa se acercó dramáticamente al umbral necesario, quedando solamente a cuatro de la cifra mágica. En esta segunda votación, Rojas Vade creció hasta cuarenta y cinco votos, consiguiendo sumar los sufragios de la científica Dorador. Con el atardecer a sus espaldas, los convencionales iniciaron la última negociación. La tercera y definitiva ronda culminó un cuarto para las siete, cuando el cielo sobre Santiago comenzaba a oscurecerse. Fueron ochenta y cuatro votos para Jaime Bassa, quien caminó triunfante luciendo una larga camisa blanca fuera del pantalón, un cuello sin corbata y un chaquetón gris. Sería el estilo que lo acompañaría durante todo su periplo en el cargo.

A eso de las siete de la tarde, tras un breve discurseo, el flamante vicepresidente cogió el micrófono, se dirigió a todo el país y citó a la segunda sesión del organismo para el día siguiente, el lunes 5 de julio a las tres de la tarde: “Primero, para que discutamos la declaración en torno a los presos de la revuelta y, en segundo lugar, para que discutamos la posible ampliación de la mesa directiva, a cinco o siete integrantes como se ha discutido en los días previos”. Un aplauso estruendoso rebotó en el patio.

Era el cierre de un largo día.

***

Camino por el centro de Santiago buscando un taxi. No lo encuentro. Hay toque de queda por la pandemia. La parka negra, el polerón con capucha y el frío me hacen sentir seguro, nadie podría reconocerme. Nadie camina por las grandes alamedas. Voy sollozando, como un pendejo, tratando de encontrar consuelo. No soporto la idea de que Bassa sea vicepresidente, intuyo que nos llevará por mal camino, que cometerá errores de principiante, que girará poéticamente en el borde del abismo. Lo conocí hace casi veinte años, cuando él todavía era ayudante de Óscar Godoy, destacado profesor de ciencia política en la Universidad Católica. Dada su cercanía, un buen amigo bautizó a Bassa como “Oscarito”, apodo con el cual hacíamos sorna de él cuando me parecía un joven de derecha liberal, seguidor de uno de los fundadores de Renovación Nacional, como es Godoy. Años después, tras volver de su doctorado en España, Bassa ingresó como asistente personal de Ricardo Lagos Escobar. El proyecto “Tu Constitución”, ideado por el expresidente en 2015, tuvo como estratega al propio Bassa quien, más tarde, giró hacia el frenteamplismo en calidad de independiente.

Bassa y yo estábamos en bandos opuestos. Por eso, ni siquiera me solicitó mi voto, a sabiendas de que no lo tendría. Fui incluso capaz de votar por Rodrigo Rojas Vade en la segunda y tercera vuelta, simplemente para no darle el gustito a Oscarito. El cáncer del líder de La Lista del Pueblo me daba una perfecta excusa. No miento si digo que me estremeció su aparición en la franja televisiva, pinchado por catéteres e inclinado en una cama de clínica. Con todo, Rojas Vade no es mi asunto hoy. Intuyo que, tras Bassa, se instalará un politburó de profesores de derecho a dirigir la Convención. Ese fue, durante semanas, mi mayor temor respecto del núcleo que formaron Fernando Atria, Christian Viera, Amaya Álvez y el propio Bassa. Incrédulo de mis conjeturas, Agustín Squella me confrontó duramente en uno de los recesos. Hubo testigos de los ladridos que nos emitimos mutuamente, pues no podía tolerar que, en su supuesta sabiduría, Squella se inclinara por Bassa. Ve en él, probablemente, a un docente de derecho en Valparaíso, provinciano, bastante similares ambos en aquel tufillo ilustrado del resentimiento.

Al llegar a la estación del metro Salvador, decido seguir caminando. Necesito digerir lo que ha ocurrido, tratar de sopesar los hechos, examinar mi frustración. Me duele aún la burla de Giovanna Roa, con quien nos conocimos en el partido Revolución Democrática (RD), quien emitió gritos de sorna al constatar que solamente obtuve cuatro votos en la primera ronda de la elección para vicepresidente. Mi candidatura fue un fracaso, no pretendía ganar, sino recolectar algunos sufragios para luego poder negociar e intentar frenar a Bassa. Fracasé olímpicamente en esa tarea, aunque tenía asumida esa derrota desde hace tres días, cuando comenzó la acidez estomacal.

Despierto a eso de las cuatro de la mañana. No logro volver a dormir. Opto por levantarme, tomar un té y leer los diarios. La acidez estomacal ha cedido gracias al bendito ayuno. Surfeo en la red leyendo las crónicas de la instalación. Algunos columnistas están espantados por el grado de descontrol que se vio al mediodía. Otros están esperanzados por el final de la jornada. Tema aparte es la fotografía de Cristina Dorador. Al terminar la ceremonia, la científica se posicionó detrás de la mesa directiva. En su captura, se ven las espaldas de Loncon y Bassa. Ella con el micrófono. Él con gesto de monaguillo y las manos atrás. Al llegar el amanecer, sigo insomne revisando publicaciones extranjeras, tratando de descifrar cómo se observa este cambalache desde otros continentes. No salgo de la perplejidad. Me quedo dormido a eso de las siete y media, rendido, fusilado, desarmado.

Despierto a las dos de la tarde, aturdido por el sonido del teléfono. “Está la cagá, vente luego”, es lo primero que leo en la pantalla antes de meterme en la ducha.

Lunes 5 de julioSesión fallida

A diferencia del día anterior, esta vez no hubo cámaras de televisión para registrar la jornada. A los canales tradicionales no se les permitió ingresar hasta el salón plenario. Tampoco existía una transmisión oficial en condiciones de funcionar, pues la propia Convención debía autorizar su funcionamiento y forma de comunicarse con la opinión pública. Por eso, a las tres de la tarde de ese lunes, ninguna pantalla pudo mostrar qué ocurría dentro del edificio. En el antiguo salón y desperdigados en las salas contiguas, los convencionales se mostraban atónitos. Dada la pandemia, era sanitariamente inviable encerrar a todos los constituyentes, más los funcionarios, dentro del hemiciclo. Así, se hacía necesario dividirlos en grupos, la mitad dentro del plenario y los demás repartidos en las salas adyacentes. Sin embargo, no existían las conexiones audiovisuales para comunicar los diversos espacios.

Loncon y Bassa subieron al estrado a las tres y media de la tarde. Algunos convencionales transmitían en vivo, cámara en mano, enchufados simbióticamente —segundo a segundo— a las redes sociales. Como pudo, Loncon se las arregló para otorgar la palabra a un puñado de constituyentes, mientras otros aleteaban desesperados en búsqueda de su oportunidad. No quedó ningún registro de estos discursos. Tras constatar el consenso, la mesa declaró fracasada la primera sesión. A raudales, como un río que rompe un dique, decenas de integrantes se abalanzaron hacia la prensa. Otros se reunieron en pequeños grupos en los pasillos. Las izquierdas aunaban criterios en torno a responsabilizar al gobierno de Piñera, por no cumplir con su deber de preparar el edificio para funcionar correctamente. Las derechas se agrupaban para atacar a Loncon y Bassa por citar a una sesión sin cerciorarse de contar con las condiciones necesarias. Los primeros en salir al jardín fueron los integrantes de La Lista del Pueblo que exhibieron un largo cartel con la leyenda “Libertad para los presos la revuelta”. Manuel Woldarsky, electo por el céntrico distrito 10, tomó la palabra a viva voz delante de la prensa nacional y extranjera:

No se nos otorgan las garantías democráticas, que demandamos desde antes de la instalación de la Convención Constitucional, en las que exigimos la inmediata puesta en tabla y tramitación del proyecto de ley de indulto, el retiro de todas las querellas por Ley de Seguridad del Estado y la desmilitarización del Wallmapu. Pero algo mucho más simple y, lamentablemente, mucho más vergonzoso que es contar con lo administrativo y logístico que permita que la Convención Constitucional de Chile pueda sesionar.

Esto, si no es un ataque en contra de los presos de la revuelta, no sabemos qué es.Sin embargo, los constituyentes de La Lista del Pueblo, los constituyentes que estamos comprometidos con la liberación inmediata de todas y todos los presos de la revuelta, vamos a trabajar por los presos del norte, por los presos políticos mapuches, vamos a trabajar. No importan las dificultades que nos pongan. Estamos a disposición para cumplir con el mandato que la ciudadanía nos dio, pero que Chile y el mundo sepan: el gobierno de Sebastián Piñera no otorga las garantías democráticas que necesitamos para que la Convención Constitucional pueda sesionar.

Al retirarse este grupo, el improvisado escenario fue ocupado por los PS. Encabezados por Pedro Muñoz, procedieron a leer una declaración pública previamente redactada. “El Colectivo Socialista [CS] solicita la renuncia del ministro Juan José Ossa, por notable abandono de deberes y repetida falta de disposición”. Concluida la performance socialista, los convencionales de derechas salieron en defensa del gobierno. El primero en responder al asedio de micrófonos fue Ruggero Cozzi, un abogado millennial, electo por RN en el distrito 6. En su respuesta, responsabilizó a la mesa directiva de Loncon y Bassa por improvisar la primera citación, sin constatar debidamente las condiciones técnicas de los salones. En vivo y en directo, fue interpelado por Jorge Baradit, produciéndose un intenso intercambio entre ambos, delante de las cámaras. Era el primer encontrón verbal ocurrido en el jardín y fue tema obligado, esa jornada de lunes, en los programas televisivos nocturnos. En el canal 24 Horas, Manuel Woldarsky, figura del día, aprovechó de repasar arduamente al gobierno de Piñera por su ineptitud. A renglón seguido, se reconocía feliz, extasiado, superado por los eventos históricos que le tocaba vivir desde la instalación del domingo. “Nos fuimos en marcha por la Alameda, en lo que denominamos la marcha del triunfo, la marcha en la que logramos resignificar un lugar que ha sido asediado por el dolor desde el estallido social. Por lo tanto, ha sido increíble, yo me siento muy feliz, moviendo la colita le he dicho a mis amigos”, fue una de sus frases más alegres.

Miércoles 7 de julioSegunda sesión

Recién el miércoles, setenta y dos horas después del juramento, la Convención Constitucional pudo comenzar su funcionamiento. La convocatoria ocurrió en el inmenso salón de honor del Senado, donde los convencionales se sentaron en amplias poltronas, mirando en diagonal a la mesa presidida por Loncon, Bassa y el secretario de la CC, John Smock. Se trataba, hasta esa mañana, de un sobrio funcionario, desconocido para la opinión pública. En las elites dirigentes, era famoso por ser el tercero en la línea de mando en la corporación de la Cámara de Diputados, encargada de administrar el día a día de esa institución.

Al tomar la palabra, la presidenta Loncon dio cuenta de la complejidad vivida en la fallida primera sesión. A renglón seguido, cedió la palabra al vicepresidente, quien apuntó directamente hacia el gobierno y agradeció “la red de contención” tejida para la Convención. Nombró universidades, instituciones y organizaciones, todas puestas al servicio de La Constituyente, según la retórica utilizada por Bassa. En su alocución, se hizo notar el uso del lenguaje inclusivo, aunque de una manera peculiar. Al referirse a la primera persona del plural, utilizó la expresión “nosotras”. Esto generó inmediatos comentarios en las redes sociales, e incluso los medios de comunicación dedicaron crónicas a esta curiosa forma de hablar que instalaba, como una sutil revolución, el poético vicepresidente Bassa.

Terminada la intensa intervención, Loncon volvió a dirigirse al plenario, esta vez para hacer mención del asunto indígena, temática central de su presencia en el estrado. “Nosotros tenemos que tener la conexión con la historia, con la memoria, porque esa historia y memoria se tienen que instalar en la nueva Constitución”, dijo la mandamás. “Respecto a los pueblos y naciones originarias, que nosotros pedimos estar acá con intérpretes y traductores, eso todavía no se hace efectivo. Aquí hay un pueblo que está escuchando y mirando eso, y nosotros nos comprometimos a llegar acá con dignidad completa: en nuestras lenguas, con nuestras culturas y eso falta todavía”, acusó Elisa Loncon.

Concluidas las quejas, John Smock tomó la batuta burocrática de aquella mañana y procedió a sortear la ubicación de cada convencional dentro del edificio. Como si fuera un bingo, el secretario provisional procedió a extraer, una a una, las bolillas numeradas desde el fondo de un gran acuario de vanidades. Ante la atenta expectación de los integrantes, se fue leyendo el apellido de setenta y cinco constituyentes bendecidos por la diosa fortuna para sentarse en el hemiciclo. A continuación, los restantes ochenta miembros fueron sorteados en cinco salas, las cuatro principales con diecisiete escaños y una pequeña habitación con doce asientos improvisados.

Realizado el bingo, los ubicados en el plenario caminaron con pecho inflado hacia el histórico hemiciclo. Los demás, derrotados, debieron aceptar el hecho de que verían, al menos, los primeros tres meses de la acción desde una sala contigua. El buen ánimo, distinto a lo vivido entre domingo y martes, parecía anunciar un nuevo clima de trabajo. Mientras conversaban de buena gana, los convencionales debieron pasar, a ritmo de regimiento, por delante del lente fotográfico oficial, a fin de enrolarlos y emitir una credencial para cada cual. Cerca de las cuatro de la tarde, luego de una intensa jornada administrativa, con sus integrantes ya distribuidos, la presidenta Loncon volvió a agitar la campanilla que indicaba la reanudación de la sesión.

El primer tema para ser discutido fue la agregación de nuevos integrantes a la mesa. Algunos, liderados por Agustín Squella, abogaron por la creación de un comité ejecutivo que acompañara a Loncon y Bassa. Otros, especialmente las izquierdas, insistieron en crear más vicepresidencias. Esto despertó a las voces críticas de la derecha, quienes sostuvieron que era inconstitucional “inventar” más cargos que no estaban escritos en la Constitución vigente. Tras la deliberación, los constituyentes fueron convocados de regreso al salón mayor para sufragar respecto a lo discutido. A mano alzada, sin más cortapisas que la buena fe, se procedió al primer intento de votación. El rito resultó frustrado, pues el vicepresidente equivocó la pregunta y consultó: “¿Están de acuerdo con crear un comité ejecutivo”? Pese a que obtuvo más de ochenta votos, el propio Bassa gritó a viva voz que se anulaba aquel recuento. Lo hizo tras verse rodeado por un cordón humano que se abalanzó sobre el estrado principal. Era un puñado de convencionales que no estaba de acuerdo con la forma en que se había formulado el asunto. “¿Están de acuerdo con ampliar la mesa directiva”?,volvió a preguntar el vicepresidente, bajo la incómoda mirada de Loncon.

Jueves 8 de julioTercera sesión

Parece otra persona. Como si el domingo hubiésemos visto a su hermana, una prima lejana o un clon resentido. Pienso no saludarla. Lo hago igual. Las saludo a todas. Luego a todos. No logro aún digerir que he sido sorteado en la sala cinco, una pequeña pieza habilitada como espacio para sesionar, acompañado de apenas once colegas. Es un grupo curioso, aunque alguien se roba mi atención. La miro de nuevo. Es la famosa Elsa Labraña. A su lado, el periodista Bernardo de la Maza, vestido de jeans desteñidos y chaqueta de traje. “¿Andáimás contento hoy día?”, me pregunta irónico, antes de sentarse a mi lado.