El Fuego dice Maravilla - Celia Alina Conde - E-Book

El Fuego dice Maravilla E-Book

Celia Alina Conde

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El sexo puede ser un lugar de resistencia. La pasividad, una estrategia. Esta es la historia de una chica de catorce años que con una identidad oscurecida y un tatuaje misterioso, decide trabajar de prostituta para escapar de la adicción de su padre y de la miseria que la rodea. Durante los 90's desde los suburbios pobres del sur de Buenos Aires, Mara-villa va a luchar con un poder femenino, con un poder de bruja, para abrirse paso o levantar vuelo.

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CELIA ALINA CONDE

EL FUEGO DICE MARAVILLA

Editorial Autores de Argentina

Conde, Celia Alina

El fuego dice Maravilla / Celia Alina Conde. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-87-1143-0

1. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

Editorial Autores de Argentina

www.autoresdeargentina.com

Mail: [email protected]

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Índice

Infierno, parte I

Insomnio, parte II

Incandescencia, parte III

Identidad, parte IV

Insurrección, parte V

Infierno, parte I

Capítulo 1

Sabía que su aspecto llamaba la atención, que le daba ventaja. Miró sus manos rosadas, indiferente unos segundos, buscando las cosas que se iba a llevar. Aventajar así por lo general le parecía deshonesto, pero ese último tiempo le pasó de disfrutar las ideas que se le ocurrían al respecto. Contradecían la lógica del mundo. Y eso le gustaba mucho.

Mientras continuaba preparándose, recordó que a los 8 o 9 años a la persona que ella más amaba en el planeta le dijeron “diablo con pollera”. Así que a partir de ese momento, aceptó que su perspectiva podría contradecir la lógica del mundo y cada vez se divertía más.

Amaba los fines de semana en la quinta con su abuela, el aire dulce y fresco de ese lugar y hacerse preguntas. Amaba el agua en general y en particular la pileta que le construyeron como regalo de su sexto cumpleaños en esa casa grande y suburbana.

Disfrutaba muchísimo quedarse metida hasta que se le arrugara la piel de los dedos y desde ahí escuchar a la abuela, a su madre y a su tía, reírse. El humor de esos encuentros era maravilloso. Raro, pero maravilloso. Las risas comenzaban de repente y se deslizaban como inquietos ríos en miniatura. Las observaba juntas considerando absurda la lógica del mundo. No existían seres más bellos, ni situación más encantadora.

María Doholov eludía responder cualquier cosa acerca de su tatuaje. Si su nieta le pedía historias acerca de su niñez, repetía con voz de serpiente y ese acento tan extranjero, tan ruso, “al quie ritcortdie, quie lie tsaquien un ojo, al quie olvitdie, quie lie tsaquien loss doss”. Jugando, se mostraba monstruosa.

La matriarca se ponía tan dura que parecía tallada en madera. De ella escuchó por primera vez “lo quie no tie mata, tie fortaliecie” frente a los raspones o a las caídas que sufría por treparse a los ciruelos en el fondo de la casona.

En 1990, todavía la abuela era inmortal y visitarla, un placer anfibio.

Guardó el libro haciéndole espacio con cuidado. Después se calzó mejor los lentes con un gesto de concentración que estaba buscando adquirir. Antes de seguir organizando el bolso, estiró un poco las largas piernas cómoda con su gastada ropa preferida, siempre se movía con cierta gracia, era de esa gente felina.

“¿Qué clase de mujer es la abuela?¿Qué somoslas mujeres?”, repitió para sí el par de preguntas que se hizo frente al libro abierto esa mañana. Aún no lograba convencer a la gran María de que le permitiera leer durante las comidas. Leer en el viaje la mareaba, así que para retomar la lectura tendría que esperar. Había aprendido a sobrevivir a los interrogantes rebotándole adentro como pequeñas pelotas.

Con Alejandra, su mamá, aparecían otros asuntos que discutir durante el viaje. Todos muy cotidianos. Intercambiaba lo justo, pero se quedaba con la sensación de evitar lo importante. Siempre había creído que era ella quien dejaba a su madre afuera. Se daría cuenta de su error conforme avanzaran las consecuencias de haberse adueñado del libro.

Su tía intercedió. Que tiene catorce, que es muy buena estudiante... El resultado no tardó en producirse.

“Ya estás en una edad apropiada”, le dijo Alejandra extendiéndoselo, mientras Ana alzaba los brazos festejando y hacía ruido de hinchada. Desde entonces habían pasado un par de semanas y no lograba separarse de él.

Por la tarde, instalada en la habitación que habitualmente su abuela le preparaba se planteó nuevamente la incógnita: “Si somos tan diferentes. ¿Qué es la mujer?”. En Elsegundo sexo, página 17, se preguntaban casi lo mismo que ella, pero 20 años atrás. El texto había funcionado como diario para las hermanas Doholov. Estimaba que a la obra de Simone de Beauvoir le quedaban perfectas las anotaciones, los pensamientos, los dibujitos, incluso los debates que le habían sobrescrito. Su madre María Alejandra, su tía Ana María y su papá Rafael Corvino hicieron circular este ejemplar en su grupo de amigos, cuando cursaban Psicología en 1974. Lo llevaron consigo durante varios años convertido en un muestrario fantástico. Por ejemplo, la letra en rojo de su madre le contestaba dando un salto en el tiempo...“si lo supiera lo hubiese escrito. La mujer es un invento...”, remataba con el boceto de la roja cabeza de un dragón.

Bien entrada la noche, en el silencio del amplio comedor, leyó, en azul, con una caligrafía diminuta y uniforme, sobre el margen de las páginas 170/171 y 172 el siguiente párrafo :

“Estoy analizando un documento que se cree que formó parte del tristemente célebre Malleus Maleficarum, conocido también como El martillo de las brujas, un manual de los inquisidores Kramer/Spengler. Editado 19 veces. En este fragmento correspondiente a 1574 se reseña el caso de la hija del prestigioso médico Celio Aureliano de Padua. Esta admite bajo tortura mantener relaciones carnales con Satanás. Cuenta que su madre abrió una puerta para él en su alma con gritos y golpes que le infligía... que no se podía hacer nada porque la mujer había fallecido”. No me sorprende que los jueces llegaran sobre la base de esta confesión y de otras siempre a la misma conclusión: “La naturaleza impura de las mujeres propicia dichos vínculos impíos, todas ellas necesitan pronta tutela. Cuando esto no se realiza en nombre de Dios el Santísimo, las desdichadas criaturas, iniciadas a su propio arbitrio, quedan a merced de las furias demoníacas...

Ay de las pobres que se pierden en estos funestos caminos. En el hierro y en el fuego hallan su salvación”.

Capítulo 2

Mara revisó una vez más la necesidad de buscar a Silvia, aunque fuese prostituta.

Mientras lavaba los platos en el fuentón de metal, abría y cerraba las manos cada tanto porque el agua dolía bastante. Consideró que, en esas circunstancias, la ocupación de su tía era poco importante. Pero ignoraba dónde encontrarla. Tuvo miedo y percibió cómo la situación estaba arrinconándola...

Miró el almanaque de la pared, señalaba el martes 1 de agosto de 1992. En la parte de arriba tenía pegada la imagen de San Jorge y el Dragón. El Dragón... Enjuagó otro plato. En el pasado, cuando se sentía desgraciada realmente culpaba a su tatuaje. Ya no.

Marcela, la última pareja de su padre, les contó que estaba embarazada de 3 meses. Desde ese momento él se volvió más agresivo y usaba cualquier pretexto para descargarse con Mara. Ella sentía con crudeza cuánto se acercaba al filo del límite.

Recordó que ayer la bolsa de basura se le rajó junto a la cocina. Seguro algún desperdicio tenía punta. Fue un accidente. Él estaba dando vueltas cerca como esperando algo así. Instantes antes de que su papá explotara Mara lo intuyó, y vio claramente que no se calmaría hasta aplastar el aire y a ella misma con su rabia, aunque no consiguió reaccionar para quedar fuera de su alcance. Inmóvil lo observó pisotear y manchar todo a su alrededor. Hasta sus siluetas de cartón quedaron revueltas con aceite, yerba, cáscaras de papa y papel higiénico.

El tatuaje que tenía en la espalda alejaba a la gente. Las mudanzas, las borracheras de su padre y la pobreza la silenciaban de una manera cruel. En la escuela, especialmente Liliana, la portera, y una maestra, Raquel, hicieron mucho para que Mara—niña pudiera abrirse a pesar de todo. Al principio empezaron elogiando las figuritas que hacía, a medida que su empeño aumentó, pasaron a admirar su habilidad para dibujar recortando formas bastante más complicadas. Invertía horas. Animales fantásticos, elementos mágicos y algunas caricaturas. Una de las anécdotas que Mara recordaba especialmente era la cara de Betina, la más linda de las compañeras, cuando reconoció sus colitas en una criatura extraña. Se rieron juntas apuntando con el dedo la figura por unos minutos. Su imaginación descubría una manera de conectarse, un puente que la vinculaba con el mundo. Guardaba decenas de esos personajes en papel y en cartón, que no quedaron a salvo.

Ayer por la tarde estallaron los gritos de mono enloquecido. Y su ferocidad alcanzó toda esa frágil belleza. Entonces Mara practicó el primer distanciamiento completo. Anteriormente lo había hecho pero no con esa determinación. Su cuerpo se quedó inmóvil, su mente agitadísima, no. Nada, nada de quietud. Se imaginó una transformación total en un dragón. Un animal poderoso que desplegó unas enormes alas, capaces de alejarla del pánico y del sufrimiento. Desde allí vio todo como volando a la altura de un gigantesco titiritero, libre de la tensión que vapuleaba a los dos pequeños muñequitos.

Su padre rabioso terminó el episodio pasando por encima de los objetos tirados y yéndose. Marcela se escapó al primer gesto violento, dejándola sola. A Mara le tocó juntar los destrozos.

Bajar y llegar a moverse le tomó un rato. Temblaba sin parar y un dolor fuerte le dividía el pecho cada vez que miraba sus cosas esparcidas en el piso.

Sacó las manos del agua fría porque había terminado de lavar. Apretó un trapo para secarse y se alejó un poco de la pila de trastos.

Necesitaba dejar esa vida miserable. Necesitaba huir.

Observó el espacio desde los platos hasta la escoba y suspiró. Soltando el aire como de una jaula.

Caminó hasta una silla, oyó que la música traspasaba la medianera:

“En este film velado en blanca noche,

el hijo tenaz de tu enemigo,

el muy verdugo cena distinguido,

una noche de cristal que se hace añicos”.

De repente, una idea atravesó en línea recta desde la pared la cabeza de la chica: “Está loco, si no me voy me mata, o algo peor”.

Acomodó unas cajas en torno a ella para protegerse y dormir escondida en su rincón. Pensó en la utilidad de haberse quedado sin nada. Sería fácil no dejar rastros que permitieran seguirla. Sintió que se borraba como si nunca hubiera existido.

Capítulo 3

Los sueños en la vida de Mara eran fundamentales. Tenían un extraño vigor. Tanto que a veces parecían materializar otra dimensión de sí misma. Más poderosa y libre. Últimamente se habían enrarecido, reflejando el clima en su casa.

Esa noche tardó mucho en acomodarse detrás de las cajas y dormir. Tantas cosas le sucedían... Encontró perturbadoras formas de estar peor que muerta, tan deshecha como sus figuritas de cartón. Comprendió que pensar así no ayudaba y aceptó que, como sus sueños vaticinaban, se había largado una tormenta. Solo logró dormir cuando se concentró en la decisión de partir.

Comenzó a soñar con esa melodía que ya le resultaba familiar: “Tarán... pa (silencio), tarán... pa (silencio)”, mientras continuaba sonando, volvió a ver en un cielo azul sin estrellas al gran dragón en el que se había transformado hacía dos días. La música se aceleraba y luego se interrumpía con un sonido metálico, como siempre. En ese momento, la silueta del gran animal oscuro abrió decenas de ojos de diamante repartidos en su cuerpo, estuvo así mirándola unos segundos y desapareció. Ella supuso que el sueño iba a continuar como de costumbre con algo increíble, después de ese ruido a interruptor o algo así. Pero no. El argumento se puso mucho más realista de lo habitual. Se proyectó en su mente, como en una gran pantalla, una imagen de la calle y la casucha que ocuparon con su padre hacía unos 5 años. Castañares y Mariano Acosta, Bajo Flores. Caminaba como si estuviera despierta, viendo y sintiendo su cuerpo acercarse a las maderas de la entrada. Entonces, se desencadenó una intensa lluvia. Distinguió en el pasto objetos suyos que se mojaban formando pequeños montones, sus cosas más queridas, revueltas entre el barro y la mugre. Se agachó para observar su foto de séptimo grado. El día que se la regalaron fue el acto de fin de curso. La directora la llamó aparte, le contó que estaba muy satisfecha de la alumna en la que se había convertido y se la dio. Veía las caras ordenadas en dos filas de todos sus compañeros con claridad en la fotografía: Betina, que al final se hizo más amiga aunque las diferencias nunca desaparecían del todo; Mariela, que a veces la trataba con calidez copiando descaradamente a Betina; Roxana, que siempre tenía las manos frías y seguía a las dos anteriores; Sebastián, al que todos trataban como a un príncipe, sus escuderos: Sergio, el alto, Adrián, el canchero, y los demás. Al costado del grupo, Raquel, la maestra que orgullosa colgaba sus trabajos y Liliana, la portera, también sonreían.

La señora Lili, como la llamaban, sabía cómo preferían la merienda cada uno de los casi 300 chicos de la escuela. Le guardaba a Mara paquetitos con viandas. Muchas veces, sobre todo los fines de semana, esos paquetes fueron lo único que había para comer. Unos días antes de la ceremonia de despedida, le obsequió una remera con el hada Campanita y un par de hebillas con unas estrellas plateadas. Todo eso estaba arruinándose. A pesar de que el chaparrón la empapaba totalmente, su cuerpo hervía.

“No, papá, no”, dijo y cerró los ojos afiebrados.

Los abrió en otro escenario de su pasado. 1983. En el galpón que él cuidaba frente a las montañas de basura más enormes que vio jamás. Jugando con unas bolsas de polietileno gris, lo escuchó repitiendo indiferente “No seas tonta, es muy común. Muy común”, mientras anudaba el plástico oscuro en el que algo de cierto peso aún se movía.

Capítulo 4

Como decía la canción, el chaperío estaba inmóvil. La prefabricada destruida donde vivía se apoyaba muy oblicua en La Nave del Olvido, un boliche del Bajo Flores. Era el 4 de agosto de 1992.

La Nave del Olvido. Mara reiteró el nombre torciendo los labios apretados por la ironía y pensó en su padre. Miró alrededor y se levantó. No quiso que la contagie la madera vencida de la casa. Calentó un mate cocido.

Creyó que Emilio no tuvo la reacción del otro día por lo de la basura, ni por nada de lo que ella hizo o no hizo. Nada de eso. No fue por la manía de los muñequitos de cartón, ni por coleccionar palabras y escribirlas en las paredes, ni por ninguna de sus “rarezas”. Hasta permanecer en silencio, querer estudiar o que los gatos la sigan... todo le molestaba. Entonces en el fondo era otra cosa...

Admitió ser un poco “rara”, pero fue entendiendo que lo de él era una especie de revancha. Estaba grande y ya no la dominaba. Frustración. Bronca por no haber podido salir de la miseria, ni haber podido sacársela de adentro. Culpa. Ganas de regresar a Santiago y postergarlo siempre. El embarazo de Marcela... quizá todo. Su padre era alguien sin retorno. Porque antes que nada se llenaba de alcohol... en fin... elementos que empeoraran las cosas no faltaban. Pensó y volvió a torcer la boca.

Descolgó el colador tomando una taza. Era temprano. Aunque este año decidió no ir a la escuela, el hábito de levantarse a la mañana le servía para buscar trabajo o alguna changa, y la salvaba de ese círculo enfermo.

Dudó de si haber dejado de estudiar fue una buena idea. El trato de su papá siguió empeorando y conseguir plata se convirtió en su obligación.

“Si tuviera a mi mamá, ella me habría ayudado a estudiar. Estoy segura de que le hubiera gustado. A la edad en que a otras chicas les prometen fiestas, paseos, regalos, a mí me empujan a la nada... ¿Por qué no estás, mamá? ¿Qué te pasó? ¿Por qué alguna gente se muere y otra no? ¿Y si me voy yo?... Sería fácil. Irme en la nave del olvido. La nave de la nada... Basta”. Se detuvo.

Aunque le dolió haber visto su vida en la mugre, se apartó de la cocina caminando hacia la mesa. El calor del jarro de chapa la sacó del empantanamiento. Con la mano libre intentó relajar el cuello. Las que continuaban allí también, más persistentes que sus recuerdos, sus preguntas o sus sueños, eran las cicatrices de su tatuaje. Ese dibujo que llevaba desde no sabía cuándo cruzando su espalda del lado izquierdo de la cintura al omóplato derecho. Tocarlo era como asegurarse de ser quien era, por lo menos eso. No sabía cómo se lo hicieron, ni por qué. Su papá seguía sin responder.

Acercó una silla y se sentó cerrando los ojos. Nuevamente en su cabeza, apareció la enorme bestia de la visión de su distanciamiento. Por un instante dejó de respirar. Cayó en cuenta de la similitud entre ambas imágenes. La que cargó siempre en la espalda y la que se elevó en su mente con una gigantesca figura sobre un fondo rojo... La que se adelantaba en los sueños, la que impedía que su padre se le tirara encima.

Escuchó los apagados ronquidos de Marcela que dormía. Emilio no estaba. Tal vez en la panadería necesitaban una mano. La esposa del panadero la trataba bien. Las veces que trabajó para ella pararon para comer y le pagó como correspondía. Usaba aros finitos, circulares y un pañuelo de colores para sostenerse el cabello. Un amor.

Marcela no era así, ni un poco. Mezquina y quedada. Su perfil, un conjunto hinchado de curvas, se acomodó en la oscuridad.

No le tomó una hora juntar su ropa y borrar las marcas que había hecho en las paredes. Decidió deshacerse de lo que no iba a llevar usando unas bolsas negras... Tenía que esforzarse por apartar las señales que los sueños le sembraban a cada paso.

Exclusivamente le interesó conservar la guía de calles, un viejo diccionario y una mínima libreta morada, que compró para liberar un poco sus pensamientos de la tensión de esos días. Las tapas daban la impresión de ser la piel de un reptil. El primer dibujo que hizo fue una mujer sentada junto a un gato.

Recogió las últimas figuritas de cartón. Mezcló la frazada que usaba con el resto de trapos y cajas que hacían de ropero, nada de allí estaba usualmente ordenado. Nadie podía asegurar que alguien armaba su cama en ese rincón. Se abrigó y salió, llevándose todo lo que iba a tirar y la pequeña libreta. De algún modo el dibujo que hizo la tranquilizó bastante.

Capítulo 5

Le gustaba caminar. El frío le ardió en la cara. Se apuró, largando el aire a chorros, fabricando columnas de vapor más o menos altas. Las atravesaba con determinación, animándose. “Allá voy, futuro. Mirá lo que te hago”, decía. Pegó una vuelta por Castañares y Mariano Acosta, donde estaba la casucha del sueño. Respiró con algo de esfuerzo y avanzó. Allí vivieron con su papá por el 86. Un precario monoambiente de madera, cartón y chapa. Pocos metros cuadrados, piso de tierra, sin baño. Lo compartieron con otra de sus novias... Mabel, la paraguaya. Le caía bien esa mujer que le arreglaba el pelo y le contaba historias. Una de las paredes de la casilla era un chapón con un afiche pegado de La historia oficial. Mara nunca había ido al cine, pero Mabel le contó con tanta admiración que esa película ganó un premio muy importante que le dio curiosidad. Se prometió que si su suerte cambiaba iría a verla. “Oficial, rima con legal”, pensó. Desde que a su padre se le escapó lo de Silvia, “vos pará de joder o vas a terminar de puta como tu tía Silvia”, que la obsesionó la idea de sacarle los documentos. Los necesitaría para huir. Emilio siempre se los ocultaba y se ponía nervioso cuando los tenía que mostrar, sobre todo a la policía. Varias veces les pasó cirujeando. Cómo le cambiaba la cara. Escondía rápidamente su temperamento bajo un silencio que lo dejaba jorobado.

Recordó que cuando vivían con Mabel peleaba solo si tomaba mucho y no parecía quebrado, tampoco daba la impresión de odiarla todo el tiempo. Aunque dejaron de frecuentar conocidos y amistades por esos enfrentamientos inútiles.

En esa época Mara insistía en preguntar por su mamá. Él lograba esquivarla con facilidad, pero se irritaba cada vez más ante su perseverancia.

“Ustedes son mis mujeres ahora. ¿Entendés? No hay otras... Cuando yo me pongo malo, me traés un vaso, me das un besito y se nos acaban los problemas... No hace falta nada más”, dicho esto le palmeaba el culo y la empujaba, alejándola.

Dio vuelta la esquina y descubrió una fogata, observó a las personas que se calentaban quemando basura, se inclinó levemente a modo de saludo, se aproximó sin detenerse y tiró las bolsas al fuego. Creyó ver algunas siluetas de cartón achicharrarse con las llamas...

Deseó destruir su indefensión y su impotencia, quemarlas... y lo hubiera hecho. Las encerró adentro de ella haciendo una mueca de dolor que le deformó un instante el rostro.

Recordó el primer año en la escuela nueva. La secundaria. No logró acostumbrarse. Solo la profesora de Literatura se interesó por ella. No se acordaba el nombre... lástima...

Le dejó a una pibita que andaba por ahí su remera de hada y encaró para la panadería. Enfiló por Acosta y Riestra, pasando por la entrada del galpón que le cedieron a su papá para cuidar y hacerse una ranchada. Recién habían llegado de Santiago del Estero, en 1982 mientras él batallaba su propia guerra. A los seis años presenció la construcción de una plaza sobre el basural más enorme que jamás haya visto... Ahí, aparte de la suciedad, en una valija azul destartalada, debajo de una montaña de escombros que se desmoronaron no bien ella se corrió, descubrió un diccionario: Norma. Le encantaba que tuviese nombre de mujer... tal vez fuese una señal, tal vez fuese el nombre de su madre. Lo guardó desde entonces. “Quiero escribir palabras largas”, le dijo a Emilio con el diccionario en la mano. “Como tu mamá. Ella estudiaba mucho. ¿Sabés?”. Y nunca logró que contara nada más sobre ella.

Capítulo 6

Acarició el papel y miró a su abuela en la huerta. La máquina de coser que le servía de escritorio estaba ubicada delante del gran ventanal frente al terreno en la parte trasera de la propiedad. Ahí prefería sentarse Lucía a escribir, en la auténtica Singer peronista. Extendió la mano comprobando lo frío que estaba el vidrio. El ambiente olía a tierra mojada. Al fondo veía la pileta como un brillo fino que la silueta oscura de la mujer cortaba a la mitad. Toda vestida de negro tocaba las plantas y removía las matas de pasto en los surcos seleccionando algunas hortalizas para la cena. Sus botas de hule hasta el tobillo, el borde apenas visible de la enagua, la falda un par de centímetros por debajo de las rodillas, el saco de lana abotonado, la camisa, y el pelo blanco recogido en un rodete bajo. Toda ella era la postal viviente de su niñez. La imagen de su abuela lograba un indiscutible retrato de bruja, rematado con sus ojos verdes brillando a la distancia, a pesar de la sombra de la capelina negra que le llegaba hasta los pómulos.

Necesitaba saber más sobre brujería. El tema le resultaba misterioso y familiar a la vez. Por muchas razones lo vinculaba con ellas, con su abuela principalmente, pero también con su madre y su tía. Y justo en ese momento, a los dieciséis, se imaginó un futuro lleno de hallazgos e investigaciones trascendentes. Se imaginó alcanzando con honor un lugar en su linaje de mujeres sabias y poderosas. Porque así las veía.

Se inclinó apoyando el mentón sobre las manos encimadas que descansaban en la tapa de la Singer. Otro domingo en Longchamps. El tiempo en la quinta era de una consistencia plástica y generosa, que duraba lo que una quisiera. Sonrió con el libro abierto. Siempre había un rato para leer otro párrafo. Se masajeó los párpados y luego se acercó los anteojos. El segundo sexo era su lectura ineludible desde que Alejandra se lo dio contándole que fue una especie de biblia del feminismo en su época. A los 18 años lo hizo circular como diario de cursada. A Simone de Beauvoir le iban muy bien los debates armados en sus páginas, y Lucía lo completaba con sus reflexiones en lápiz veinte años después, viajaba en el tiempo.

Por lo menos reconocía cuatro bandos, verde, rojo, negro y un misterioso azul del que no sabía casi nada. Su madre formaba parte de los rojos e inauguró la crónica en 1968. En la página 589 Ana, usando el verde (los lideraba) en tono tranquilo, planteaba lo siguiente:

“¿Por qué la mujer no iba a estar sujeta a la angustia por la finitud y la insignificancia humanas? La mujer-parásito refleja el carácter parasitario y patético de las comunidades a las que pertenece”...

Continuaba en negro el padre de Lucía, fallecido muy joven, al que no llegó a conocer. Rafael, amigo de la que sería su esposa y de la tía Ana. Era muy fácil de reconocer por su humor... le seguía el planteo con un “querida gusAna”.

Más tarde leyó lo que el extraño de azul escribió como respuesta a ambos:

“Sean los unos o las otras, la travesía se da por el mismo valle de sombras (salmos 23:04). La cuestión desde mi punto de vista es creer que la tierra es un oscuro lugar de sufrimientos”.

Lucía concluyó en que la letra era la misma que citaba eso del martillo de las brujas y la soledad de ciertas iniciadas. Apretó la pequeña bolsa de terciopelo púrpura junto al libro. Su abuela ponía una abajo de cada almohada para perfumar. Percibió claramente el olor a lavanda.

Se quedó pensando en la “o” de solo, en la respuesta de su madre durante el viaje el sábado anterior y en su propia soledad. Lucía era fuerte, pero a veces la soledad le dolía de cualquier modo. Esa sensación persistente había motivado que le contara a su mamá. “A veces todos mis compañeros se alejan y no me gusta. No sé cómo hacer para acercarme”. Ella le contestó: “Uno de los aprendizajes más importantes y difíciles de estar vivo es aprender a estar solo”, con un silencio de unos segundos subrayó su respuesta.

El libro había empezado a cambiar las cosas entre su madre y ella.

Escuchando que el lápiz rascaba la página 138, escribió los nombres de Nadia Comaneci, Margaret Thatcher y Khieu Ponnary del régimen camboyano, al lado de los de Diego Armando Maradona, Henry Kissinger y Augusto Pinochet. Se levantó y buscó a María en la cocina.

Capítulo 7

Ya a cien metros Mara olió el pan y adivinó que el horno estaba funcionando. Beatriz, la panadera, la recibió con unas palmaditas en los hombros que también le aflojaron la frente.

Con una actitud muy dispuesta limpió un depósito grande y armó los pedidos que repartían a tres locales más. Trabajó duro, hasta sacó las hojas acumuladas en un techo de la parte más vieja de la edificación.

Como era liviana y ágil, se subió sin dificultad. Quedó inmóvil observando a por lo menos quince gatos que la miraban como estatuas. Permanecieron así unos segundos y saltando en todas direcciones, huyeron. Entonces se animó cautelosamente a avanzar ordenando los materiales tirados alrededor.

Por fin, al ir acomodando las cosas que tapaban la entrada pudo acceder al cuartito delante del que habían hecho ronda los animales. Al mover una chapa y una cantidad de cajones encontró dos crías sobre un pedazo de goma espuma. Eran tan pequeñas que casi no se movían. Las acomodó lo mejor que pudo sin tocarlas demasiado, arreglándoles los objetos que estaban cerca a modo de nido y asegurándose de que no fueran aplastadas por ningún derrumbe. Le pareció que no eran animales normales. El blanco con una mancha negra en la cabeza en forma de corona tenía la trompa exageradamente achatada y el otro, uno negro, un rabito excesivamente corto en vez de cola. Bajó de un salto desde la pared más despejada, con la imagen de los dos bultitos “raros” en la mente.