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El gallo de esculapio. Grandes médicos de la historia es una obra que comprende semblanzas y perfiles biográficos de quienes fueron los más importantes médicos en la historia de la humanidad, en un espectro que abarca desde Galeno hasta científicos que plantaron cara en nuestro siglo. Gilberto Prado Galán incursiona en este difícil ámbito del saber y emprende la tarea de brindar bosquejos de quienes dieron su vida por mejorar la salud de los otros desde horizontes inéditos. En el libro apreciamos el detalle anecdótico, la observación filosófica, la perspectiva psicológica. Se incluyen retazos biográficos de Rita Levi, Edward Jenner o Louis Pasteur, entre muchos otros paladines del arte de cuidar nuestras vidas. Se trata de un libro que abre puertas y ventanas para la justipreciación de los héroes −a veces anónimos e ignotos− de la medicina. El autor propicia una reunión entre los vigilantes de nuestra salud, quienes han dado su vida por la humanidad, aquellos que, como diría el poeta "nos dan plena existencia".
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Seitenzahl: 145
Veröffentlichungsjahr: 2023
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el gallo de esculapio
Grandes médicos de la historia
gilberto prado galán
Universidad veracruzana
Quehacer científico y tecnológico
Universidad Veracruzana
Martín Gerardo Aguilar Sánchez
Rector
Juan Ortiz Escamilla
Secretario Académico
Lizbeth Margarita Viveros Cancino
Secretaria de Administración y Finanzas
Jaqueline del Carmen Jongitud Zamora
Secretario de Desarrollo Institucional
Agustín del Moral Tejeda
Director Editorial
Primera edición, 1 de noviembre de 2023
D. R. © Dirección Editorial
Nogueira núm. 7, Centro, cp 91000
Xalapa, Veracruz, México
Tel/fax (228) 8185980; 8181388
http:/uv.mx/editorial
ISBN: 978-607-8923-59-5
Maquetación e ilustración de forros: Enriqueta del Rosario López Andrade
Cuidado de la edición: Leticia Cortés Flores
Producción de ePub: Aída Pozos Villanueva
Contenido
.1. La versatilidad sapiente de Johann Friedrich Meckel
.2. La serie Glee y la enfermedad de Méniere
.3. Andrea Vesalio y la vena ácigos
.4. Artimaña daña mitra
.5. Aire trae arteria: el anatomista áulico William Harvey
.6. La genialidad sin orillas de Morgagni
.7. Fidel Pagés: la derrota del olvido
.8. Félix Guyon y los senderos que se bifurcan
.9. Libro de la anatomía del hombre
.10. Las milagrosas manos de William Gowers
.11. Nicolaus Steno: el geólogo franciscano
.12. El esfenoides del poeta
.13. Thomas Bartholin: el hallazgo del sistema linfático
.14. La muerte de Vesalio: la bruma que no cesa
.15. La vida irónica de Antonio Scarpa
.16. La muerte trágica de René Favaloro
.17. La cisura de Franciscus Sylvius
.18. La vida útil de Gerty Cori
.19. El milagroso hallazgo de Tu Youyou
.20. ABC de Galeno
.21. El poema de Girolamo Fracastoro
.22. El portentoso Paracelso
.23. El genio polifacético de Edward Jenner
.24. El mérito de Jean Fernel
.25. Antonio Benivieni, padre de la patología
.26. El genio precoz de Xavier Bichat
.27. René Leriche y la geometría del dolor
.28. Claude Bernard: el salmón científico
.29. Linda B. Buck en el corazón de la fragancia
.30. Felix Hoffmann o la Criptonita del dolor
.31. Destino Brodmann
.32. El genio sin par de Louis Pasteur
.33. Guy de Chaulic: el cirujano papal
.34. Celso o los bemoles de la evanescencia
.35. Avicena y Neruda
.36. Charles Sherrington y su telar intrincado
.37. John Eccles o la cruzada del teísmo
.38. El sino trágico de Horace Wells
.39. El altruismo de Alexander Skene
.40. Los hermanos Tinbergen
.41. Thomas Sydenham o el amor al opio
.42. La tenacidad vital de Rita Levi
.43. Girolamo Cardano: los ojos del tahúr
.44. El genial cardiólogo Demetrio Sodi Pallares
.45. Gregorio Marañón: espeleólogo del alma humana
.46. La muerte súbita de Thomas Addison
.47. Benjamín Rush: los claroscuros de un gigante
.48. La panacea de Alexander Fleming
.49. El fin irónico de Friedrich Miescher
.50. El corazón generoso de Willem Einthoven
.51. El legado insomne de Santiago Ramón y Cajal
.52. La ceguera luminosa de Jacob Bolotin
Este libro fue inspirado en/por la maravillosa vida de Leticia Santos Campa.
Lo ofrezco a su memoria con minucioso y eterno amor.
PRÓLOGO
Gilberto Prado Galán es un vagabundo de las letras, en el sentido de que no tiene domicilio fijo en la literatura (donde ha sido merecedor de varios premios internacionales), tanto es así que hoy escribe artículos periodísticos, mañana poesía, al día siguiente palíndromos (género en el que se especializó con más de 26 000 ejemplos) y, finalmente, ensayo. Tanto en su segundo texto −con implicaciones médicas− como en el anterior, revisó con profunda curiosidad las funciones de los órganos y de los tejidos, construyendo minuciosamente con palabras la descripción de notables seres del ámbito de la salud y, logrando en ese texto, Mapa del libro humano, una disección poética del cuerpo humano donde mezcla la anatomía con la filosofía y con el arte.
En la presente obra, El gallo de Esculapio, inspirado en y por la maravillosa vida de su compañera Leticia Santos Campa, recientemente fallecida, Gilberto hace un recorrido a través del tiempo en la vida de grandes médicos que se convirtieron en figuras señeras, gracias a sus profundas y magistrales aportaciones a la Humanidad. En un viaje fantástico que revela la curiosidad, el talento y acuciosidad de un investigador brillante y comprometido con la historia, logra unificar la ciencia y la literatura. Así, este viaje lleva al lector de la mano a situarse como aliado de esos grandes médicos, muchos de los cuales no solo son médicos pues, dotados de una inteligencia superior y privilegiada, investigaron otras muchas áreas del conocimiento humano, como la biología, la botánica, la fisiología, las matemáticas, la filosofía, la astronomía, la geología, la teología e, incluso, alguno de ellos, la jurisdicción.
Prado Galán realiza una autopsia intelectual de estos seres maravillosos, oscuros y, a veces, olvidados por la historia. Este viaje, un tanto irreal, va unido a un lenguaje en el que el autor entrevera citas cultas, nada extraño para un experto curtido en Sor Juana Inés de la Cruz, Luis Cardoza y Aragón, Jorge Luis Borges, Unamuno, Pablo Neruda y en los escritores del Siglo de Oro español.
Es para mí un gran honor el concedido por Prado Galán y extiendo mi deseo de que las líneas aquí expresadas cumplan con introducir una obra diferente y audaz, que pone de manifiesto la capacidad multifacética del autor, sin que se espere una obra biográfica simple sobre esos grandes genios frecuentemente olvidados.
Alejandro Quintero
Breve fue el tiempo de Johann Friedrich Meckel sobre el planeta Tierra: apenas 52 años, pero muy intensamente vividos. Nacido en la ciudad alemana de Halle, su existencia cumple una doble circularidad estética: muere en la misma urbe y nace y fallece en octubre. Meckel era hijo y nieto de anatomistas. A su abuelo debemos el descubrimiento del ganglio que lleva su ilustre apellido, aunque también es conocido como ganglio esfeno-palatino. Johann tenía los ojos chispeantes y una avidez cognitiva inigualable. Entre sus logros más granados podemos citar el celebérrimo divertículo (una bolsa que surge normalmente en el duodeno del intestino delgado y que es considerada la más frecuente anomalía congénita gastrointestinal; entre dos y tres por ciento de los bebés la presentan) del mismo mote o apellido y que, en casos extremos o graves, tiene que ser intervenida quirúrgicamente para evitar complicaciones en el tránsito de los alimentos en esa zona del intestino. Además del hallazgo o descripción del divertículo, se conoce a Johann Friedrich como descriptor de esa rareza de rarezas (centón de la zoología) que es el ornitorrinco. El Meckel Joven, así llamado para distinguirlo de sus antepasados, estudió el cerebro de las aves y puso nombre al gemelo parásito, una anormalidad genética cuya incidencia es casi computable en cero: una entre quinientas mil personas la sufre: el feto in fetus.
El divertículo de Meckel es un padecimiento generalmente asintomático, silencioso y, por ello, de peligrosa presencia. El diagnóstico diferencial respecto del cuadro agudo de apendicitis es asaz complicado. Es posible que alguien culmine sus días con el divertículo asomado en su intestino. Es posible, asimismo, que algún niño manifieste hemorragia rectal indolora y, hete aquí la paradoja, o más bien el guiño irónico: en las aves el divertículo es promotor de la supervivencia.
Johann Friedrich Meckel insistió en el origen embriológico del divertículo, esto es, en la persistencia del conducto onfalomesentérico. Meckel fue discípulo y traductor al alemán del célebre paladín de la teoría del catastrofismo: el anatomista francés Georges Cuvier y, junto con el palindrómico anatomista Étienne Serres, defendió la teoría de la recapitulación: la ontogénesis es una breve y rápida recapitulación de la filogénesis: la vida del individuo reproduce en apretada síntesis la vida de la especie (phylum).
Además de incursionar con fortuna en la anatomía comparada y en la embriología, Meckel fue un experimentado teratólogo: analizó con minuciosidad las anomalías y monstruosidades que asuelan a la humanidad en sus múltiples facetas. El desvelado anatomista quiso encontrar resonancia entre las formas adultas de animales inferiores y los estadios embriológicos de animales pertenecientes a un nivel organizativo superior. En la franja crepuscular de su vida dirigió una revista y se acostó a morir, como dice Unamuno, víctima de un trastorno en el hígado. Había estudiado las malformaciones del corazón humano, el cerebro de los pájaros, la peculiaridad del podencéfalo (cerebro extracraneal con pedúnculo para hacer tierra en la bóveda de huesos), el gemelo parásito y las características de ese triángulo escaleno de la zoología, llamado ornitorrinco.
Próspero Méniere no se mareó con los oros falsos de la fama, como decía Lezama Lima, y pudo consagrarse a estudiar el oído, no por placer sino como obligación, según afirmó él mismo. Heredero de las aportaciones de Jean Itard, Méniere descubrió que el nervio acústico es responsable de la audición pero también del equilibrio.
Méniere, nacido en Angers, provenía de una familia adinerada y su tenacidad le granjeó la dirección del Instituto Imperial de Sordomudos, en París. Dedicó más de veinte años a estudiar los pliegues y repliegues del oído, con el énfasis puesto en el interno −también llamado laberinto− y que, como sabemos, se aloja en el hueso temporal y posee ventanas (oval y circular), canales (frontal, posterior y horizontal), vestíbulo y cóclea.
Del apellido del médico francés se desprende la enfermedad o síndrome que se caracteriza por la existencia de ruidos: el espectro va del bisbiseo a los ruidos blancos comprendidos todos ellos en la palabratinnitus. Se trata de ruidos que, a semejanza de la angustia, son percibidos sin que procedan de alguna fuente externa. El diagnóstico diferencial de la enfermedad comprende pérdida de la audición, náuseas, mareos, sudor frío y, sobre todo, vértigo. La sobreproducción de endolinfa inflama el laberinto; entonces sobrevienen ataques cuya incidencia es recurrente y veleidosa.
Méniere era un hombre culto que no solo estudió el oído, pues era experto en el examen y en la descripción de, por ejemplo, las orquídeas. Mantuvo relación intensa con los intelectuales más prestigiosos de la época, Balzac incluso. Se sabe, asimismo, que trabó amistad con su tocayo Mérimée, una de cuyas obras se intituló La Guzla, instrumento musical de una sola cuerda de crin. Sería interesante saber si la voz tinnitus comprende sonidos semejantes a los producidos por las guzlas.
Se dice que Méniere fue retratado por Balzac en un pasaje de La piel de zapa, la novela que describe el encogimiento de la cuerda vital humana con la metáfora de una tela. Se trata del doctor Horace Bianchon, trasposición nítida de Méniere en la novela. El personaje aparece incluso en Papá Goriot y en Las ilusiones perdidas.
Los ataques de la enfermedad de Méniere inciden en un solo oído y su duración oscila entre veinte minutos y veinticuatro horas. El signo patognomónico, como ya dije, es el vértigo. Es indudable que el síndrome posee un componente psicosomático y que, además, sus síntomas se acentúan en periodos de gran estrés o de sobrecarga laboral. Resulta irónica esta enfermedad cuando es padecida por alguien como Kristin Chenoweth, cantante de la afamada serie de televisión Glee. En su cuenta de Twitter, la guapa actriz escribió: “Ay, la enfermedad de Méniere, me encantaría acabar con ella”.
Acaso el hallazgo que catapultó al bruselense Andrea Vesalio como experto anatomista haya sido el descubrimiento de la vena ácigos mayor, así llamada por su carácter asimétrico. Vesalio, con el ánimo de arrojar luz respecto de solucionar afecciones neumónicas monolaterales, esto es, problemas de la pleura que solo podrían resolverse a través de la evacuación de sangre, sugirió que si el dolor aquejaba al paciente del lado derecho habría que abrir la vena axilar diestra porque nace de la cava, cerca de la ácigos. En cambio, cuando el problema surgía entre tercera y cuarta costilla no era recomendable el mismo procedimiento (abrir la vena axilar derecha), porque la ácigos no tiene ramos en esa parte. Antes de lanzar al mundo su maravilloso libro de siete columnas explicativas De humani corporis fabrica, Vesalio, como dice Pedro Laín Entralgo, con el escalpelo en la mano diurna y el cálamo en la nocturna desplomó varias teorías defendidas por los epígonos de Galeno quienes, enceguecidos por la envidia hacia el joven de veintitantos años, relativizaron el hallazgo.
La vena ácigos nace en la unión de la vena subcostal y la lumbar ascendente a la altura de las lumbares 1 y 2 y culmina o desemboca en un cayado o codo en la vena cava superior. Como la mayoría de las venas, posee válvulas que impiden el regreso de la sangre y llega al tórax a través del orificio aórtico del diafragma. La ácigos forma parte de un complejo sistema vascular que incluye, asimismo, dos venas que discurren de manera paralela a la mayor: la hemiácigos y la hemiácigos accesoria. Los manuales de anatomía comparada avisan que la ácigos mayor no siempre se encuentra en el flanco derecho: en los cerdos, en contraste con lo que ocurre en gatos, perros y caballos, es localizable en el costado izquierdo.
Aguijado por el presentimiento de una vida breve, Vesalio ofreció al mundo, en su libro cardinal, tan numerosos como deslumbrantes hallazgos, pero el haber encontrado la vena ácigos mayor, además de dirimir la polémica entre Galeno y los árabes acerca de si se tendría que abrir del lado más lejano o más próximo del padecimiento pulmonar aludido, fue piedra de toque para iniciar la paciente y sabia construcción de un edificio anatómico descriptivo sin precedentes en la historia de la medicina.
La palabra mitra posee irisaciones semánticas religiosas. Es, sin embargo, una de las principales válvulas del cuerpo humano. Controla el flujo sanguíneo de la aurícula izquierda al ventrículo del mismo costado. Cuando no ensambla bien la válvula se produce el pvm, esto es, el prolapso valvular mitral. Esto significa que las valvas u hojuelas de la válvula no cierran bien y la sangre se filtra peligrosamente.
A la válvula mitral también se le conoce como válvula bicúspide, en contraste con la tricúspide. El nombre procede, como fácil se infiere, de la analogía con la mitra de los dignatarios eclesiásticos, arzobispos o cardenales. La mitra tiene dos puntas en los extremos.
El título de este artículo es un palíndromo que quiere evidenciar cómo un leve desarreglo del diálogo entre las cámaras, cavidades, ventrículos o aurículas, provocado por la válvula, puede dañar el tránsito de la sangre en el corazón: artimaña daña mitra. Artimaña, treta, martingala o triquiñuela, pero la válvula debe cerrar bien, con ánimo hermético, para impedir el desacuerdo o desajuste en la franja izquierda del corazón nuestro.
Aun cuando el desajuste es leve se produce un onomatopéyico clic, perceptible por el médico con el estetoscopio. El clicde la válvula mitral evidencia que la sangre se devuelve cuando el corazón late, es decir, cuando se contrae.
A la vuelta de la sangre se le llama regurgitación mitral. Regurgitar es, avisa el diccionario, expulsar sustancias sin vómito. El prolapso valvular mitral no quebranta la salud. Afecta, no obstante, como ya dijimos, una administración vascular adecuada.
Durante milenios el movimiento de la sangre de los seres humanos fue ignorado. La sangre discurre en forma circular (nos dice Harvey), doble, completa y cerrada.
El anatomista William Harvey, protegido por el rey de sino infausto, Carlos I, explicó en su asombroso librito, De motu cordis (ejercicios anatómicos sobre el movimiento del corazón y de la sangre en los animales), la doble circulación: del corazón a los pulmones y viceversa (menor) y del corazón al resto del cuerpo (mayor o sistémica). Para lograr su propósito cardinal, Harvey, quien padeció los rigores de la enfermedad de los reyes, esto es, de la gota, se decantó por examinar el pasmo sanguíneo en animales de sangre fría y, por ende, de pulsaciones cardiacas lentas: peces, anfibios y reptiles.
El adelantado respecto de la descripción intuitiva (pues los musulmanes prohibían las vivisecciones) de la circulación menor (corazón-pulmones/pulmones-corazón) fue Ibn al-Nafis, un anatomista del siglo xiii: “El paso de la sangre hacia el ventrículo izquierdo se hace por los pulmones, después de que esta sangre ha sido calentada y trasladada desde el ventrículo derecho”. Después de él y antes de la aparición de la esbelta y genial obrita de Harvey, en un libro de teología, Miguel Servet también elucidó el circuito menor de la sangre.
Resulta perturbador saber que el primer y el último latidos nuestros habrán de ocurrir en la aurícula derecha (primum vivens y ultimum moriens). Esto quiere decir que sabemos el sitio exacto de las contracciones primera y última. Cuando el corazón se relaja, las arterias urden una retracción y, en la otra orilla, cuando el corazón se contrae, las arterias se dilatan. La arteria pulmonar (vena arteriosa en la terminología de Harvey) es la única que lleva sangre impura, no oxigenada. La vena pulmonar (arteria venosa en la terminología de Harvey) es la única vena que conduce sangre oxigenada o pura. Se le llama arteria (a la pulmonar), por el lugar de origen (el corazón). Harvey se preguntaba: si la arteria venosa ha sido creada para conducir aire, ¿por qué razón posee la estructura de una vena? Y tenía razón: las arterias no trasladan aire, sino oxígeno, en la sangre.
