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El Gatopardo (1958) tiene como protagonista al príncipe Fabrizio Salina, un aristócrata siciliano que observa con melancolía la caída de su mundo durante la unificación italiana. A través de su mirada, asistimos al declive de una clase social que se resiste a desaparecer, mientras su joven sobrino Tancredi, más pragmático, se adapta a los nuevos tiempos. Ambientada en Sicilia a mediados del siglo XIX, la novela recorre escenas familiares, decisiones políticas y amores estratégicos en un paisaje marcado por la decadencia y el cambio. El Gatopardo es la única novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, publicada un año después de su muerte. Considerada una de las grandes obras de la literatura italiana del siglo XX, combina una mirada nostálgica con una crítica sutil al poder y al progreso, en un relato elegante, profundo y lleno de matices.
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Seitenzahl: 390
Veröffentlichungsjahr: 2025
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El Gatopardo
Giuseppe Tomasi di Lampedusa
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© Editorial Ardea, s.l.
ISBN: 978-84-10011-52-6
CAPÍTULO I
Mayo 1860
Nunc et in hora mortis nostrae. Amén.
Había terminado ya el rezo cotidiano del rosario. Durante media hora la voz sosegada del príncipe recordó los misterios gloriosos y dolorosos; durante media hora otras voces, entremezcladas, tejieron un rumor ondulante en el cual se destacaron las flores de oro de palabras no habituales: amor, virginidad, muerte, y durante este rumor el salón rococó pareció haber cambiado de aspecto. Hasta los papagayos que desplegaban las irisadas alas sobre la seda de las tapicerías parecieron intimidados, incluso la Magdalena, entre las dos ventanas, volvía a ser una penitente y no una bella y opulenta rubia perdida en quién sabe qué sueños, como se la veía siempre.
Ahora, acalladas las voces, todo volvía al orden, al desorden acostumbrado. Por la puerta cruzada por la cual habían salido los criados, el alano Bendicò, entristecido por la exclusión que se había hecho de él, entró y meneó el rabo. Las mujeres se levantaban lentamente y el oscilante retroceso de sus enaguas dejaba poco a poco, descubiertas las desnudeces mitológicas que se dibujaban en el fondo lechoso de las baldosas. Quedó cubierta solamente una Andrómeda a quien el hábito del padre Pirrone, rezagado en sus oraciones suplementarias, impidió durante un buen rato que volviera a ver el plateado Perseo que sobrevolando las olas se apresuraba al socorro y al beso.
En los frescos del techo se despertaron las divinidades. Las filas de tritones y dríadas, que desde los montes y los mares, entre nubes, frambuesas y ciclaminos, se precipitaban hacia una transfigurada Conca d’Oro para exaltar la gloria de la Casa de los Salina, aparecieron de pronto tan colmados de entusiasmo como para descuidar las más simples reglas de la perspectiva; y los dioses mayores, los príncipes entre los dioses, Júpiter fulgurante, Marte ceñudo, Venus lánguida, que habían precedido las turbas de los menores, embrazaban gustosamente el escudo azul con el Gatopardo. Sabían que ahora, por veintitrés horas y media, recobrarían el señorío de la villa. En las paredes los monos empezaron de nuevo a hacer muecas a las cacatoés.
Bajo aquel Olimpo palermitano también los mortales de la Casa de los Salina descendieron apresuradamente de las místicas esferas. Las muchachas ordenaban los pliegues de sus vestidos, cambiaban azuladas miradas y palabras en la jerga del pensionado. Hacía más de un mes, desde el día de los «motines» del Cuatro de Abril, que por prudencia, las habían hecho volver del convento, y echaban de menos los lechos de baldaquino y la intimidad colectiva del Salvatore. Los muchachos se peleaban por la posesión de una estampa de san Francisco de Paula; el primogénito, el heredero, el duque Paolo, tenía ya ganas de fumar y, temeroso de hacerlo en presencia de sus padres, palpaba a través del bolsillo la paja trenzada de la pitillera. A su rostro palidísimo asomaba una melancolía metafísica; la jornada no había sido buena: Guiscardo, el alazán irlandés, le había parecido en baja forma, y Fanny no había encontrado la manera (¿o el deseo?), de hacerle llegar el acostumbrado billetito de color violeta. ¿Por qué entonces, salía el sol todos los días?
La ansiosa arrogancia de la princesa hizo caer secamente el rosario en la bolsa bordada de jais, mientras sus ojos bellos y maníacos miraban de soslayo a los hijos siervos y al marido tirano hacia quien el minúsculo cuerpo tendía en un vano afán de dominio amoroso.
Mientras tanto, él, el príncipe, se levantaba. El impacto de su peso de gigante hacía temblar el pavimento, y en sus ojos clarísimos se reflejó, por un instante, el orgullo de esta efímera confirmación de su señorío sobre hombres y edificios. Dejó el desmesurado misal rojo sobre la silla que habían colocado delante de él durante el rezo del rosario, recogió el pañuelo sobre el cual había apoyado la rodilla, y un poco de mal humor enturbió su mirada cuando vio de nuevo la manchita de café que desde por la mañana se había atrevido a interrumpir la vasta blancura del chaleco.
No es que fuera gordo, era inmenso y fortísimo; su cabeza rozaba, en las casas habitadas por la mayoría de mortales, el colgante inferior de las arañas; sus dedos sabían enroscar como si fueran papel de seda, las monedas de un ducado; y entre Villa Salina y la tienda de un platero había un frecuente ir y venir para reparación de tenedores y cucharas que en la mesa, su contenida ira convertía en círculos. Por otra parte, aquellos dedos también sabían ser delicadísimos en las caricias y en el manoseo, y esto, para su mal, lo recordaba Maria Stella, su mujer, y los tornillos, tuercas, botones, cristales esmerilados de los telescopios, catalejos y «buscadores de cometas», que arriba, en lo alto de la villa, se amontonaban en su observatorio privado y se mantenían intactos bajo el leve roce. Los rayos del sol poniente, pero todavía alto, de aquella tarde de mayo, encendían el color rosado del príncipe y su pelambre de color de miel, lo que denunciaba el origen alemán de su madre, de aquella princesa Carolina cuya altivez había congelado, treinta años antes, la desaliñada Corte de las Dos Sicilias. Pero en la sangre de aquel aristócrata siciliano, en el año 1860, fermentaban otras esencias germánicas mucho más incómodas para él que todo lo atractivas que pudieran ser la piel blanquísima y los cabellos rubios en un ambiente de caras oliváceas y pelos de color de ala de cuervo: un temperamento autoritario, cierta rigidez moral, una propensión a las ideas abstractas que, en el hábitat moral y muelle de la sociedad palermitana, se habían convertido respectivamente en una prepotencia caprichosa, perpetuos escrúpulos morales y desprecio para con sus parientes y amigos, que le parecía anduvieran a la deriva por los meandros del lento río pragmático siciliano.
Primero y último de una estirpe que durante siglos no había sabido hacer ni siquiera la suma de sus propios gastos, ni la resta de sus propias deudas, poseía una marcada y real inclinación por las matemáticas. Había aplicado estas a la astronomía y con ello logró abundantes galardones públicos y sabrosas alegrías privadas. Baste decir que en él, el orgullo y el análisis matemático se habían asociado hasta el punto de proporcionarle la ilusión de que los astros obedecían a sus cálculos, como, en efecto, parecían obedecer y que los dos planetas que había descubierto (Salina y Svelto los había llamado, como su feudo y su inolvidable perdiguero), propagaron la fama de su Casa en las estériles zonas entre Marte y Júpiter y que, por lo tanto, los frescos de la villa habían sido más una profecía que una adulación.
Solicitado de una parte por el orgullo y el intelectualismo materno y de otra por la sensualidad y facilonería de su padre, el pobre príncipe Fabrizio vivía en perpetuo descontento aún bajo el ceño jupiterino, y se quedaba contemplando la ruina de su propio linaje y patrimonio sin desplegar actividad alguna e incluso sin el menor deseo de poner remedio a estas cosas.
Aquella media hora, entre el rosario y la cena, era uno de los momentos menos irritantes de la jornada y horas antes saboreaba ya la no obstante, dudosa calma.
Precedido por un Bendicò excitadísimo descendió la breve escalinata que conducía al jardín. Cerrado como estaba por tres tapias y un lado de la villa, la reclusión le confería un aspecto de cementerio, acentuado por montículos paralelos que delimitaban los canalillos de irrigación y que parecían túmulos de esmirriados gigantes. Sobre la roja arcilla crecían las plantas en apretado desorden: las flores surgían donde Dios quería y los setos de arrayanes, más parecían haber sido puestos allí para impedir el paso que para dirigirlo. Al fondo una Flora manchada de líquenes negro-amarillos exhibía resignada sus gracias más que seculares; a los lados dos bancos sostenían unos cojines acolchados, en desorden, también de mármol gris. Y en un ángulo el oro de una mimosa entremetía su intempestiva alegría. Cada terrón trascendía un deseo de belleza agotado pronto por la pereza.
Pero el jardín, oprimido y macerado por aquellas barreras, exhalaba aromas untuosos, carnales y ligeramente pútridos, como las aromáticas esencias destiladas de las reliquias de ciertas santas; los claveles imponían su olor picante al protocolario de las rosas y al oleoso de las magnolias que se hacían grávidas en los ángulos, y como a escondidas se advertía también el perfume de la menta mezclado con el aroma infantil de la mimosa y el de la confitería de los arrayanes. Y desde el otro lado del muro, los naranjos y limoneros desbordaban el olor a alcoba de los primeros azahares.
Era un jardín para ciegos: la vista era ofendida constantemente, pero el olfato podía extraer de todo él un placer fuerte, aunque no delicado. Las rosas Paul Neyron, cuyos planteles él mismo había adquirido en París, habían degenerado. Excitadas primero y extenuadas luego por los jugos vigorosos e indolentes de la tierra siciliana, quemadas por los julios apocalípticos, se habían convertido en una especie de coles de color carne, obscenas, pero que destilaban un aroma denso, casi soez, que ningún cultivador francés se hubiese atrevido a esperar. El príncipe se llevó una a la nariz y le pareció oler el muslo de una bailarina de la ópera. Bendicò, a quien también le fue ofrecida, se encogió asqueado y se apresuró a buscar sensaciones más salubres entre el estiércol y las lagartijas muertas.
Para el príncipe el jardín perfumado fue causa de sombrías asociaciones de ideas: Ahora huele bien aquí, pero hace un mes…
Recordaba la repulsión que unas dulzonas vaharadas habían difundido por toda la villa antes de que se hubiese descubierto su causa: el cadáver de un joven soldado del Quinto Batallón de Cazadores que, herido en la asonada de San Lorenzo luchando contra las escuadras de los rebeldes, había ido a morir solo, allí, bajo un limonero. Lo habían encontrado de bruces sobre el espeso trébol, con la cara hundida en un charco de sangre y vómito, las uñas clavadas en tierra y cubierto de hormigas. Debajo de la bandolera los intestinos violáceos habían formado una charca. Fue Russo, el capataz, quien encontró aquella cosa hecha trozos, le dio la vuelta y cubrió su rostro con un pañolón rojo, recogió las vísceras con una ramita y las metió dentro del desgarrado vientre cuya herida cubrió luego con los faldones azules del capote, escupiendo continuamente a causa del asco, si no precisamente encima, muy cerca del cadáver.
—El hedor de estas carroñas no cesa ni cuando están muertas —decía. Y esto había sido todo lo que solemnizó aquella muerte solitaria.
Cuando los aturdidos compañeros se lo llevaron y sí, lo habían arrastrado por los hombros hasta la carreta de modo que la estopa del muñeco salió de nuevo toda afuera, se añadió al rosario de la tarde un de profundis por el alma del desconocido. Y considerándose satisfecha la conciencia de las mujeres de la casa, no se volvió a hablar más de ello.
El príncipe se fue a raspar un poco de liquen de los pies de Flora y comenzó a pasear de un lado a otro. El sol bajo proyectaba su inmensa sombra sobre los parterres funerarios.
Efectivamente, no se había hablado más del muerto, y a fin de cuentas, los soldados son soldados precisamente para morir en defensa del rey. La imagen de aquel cuerpo destripado surgía, sin embargo, con frecuencia en sus recuerdos, como para pedir que se le diera paz de la única manera posible para el príncipe: superando y justificando su extremo sufrimiento en una necesidad general. Y había en torno suyo otros espectros todavía menos atractivos que esto. Porque morir por alguien o por algo, está bien, entra en el orden de las cosas; pero conviene saber, o por lo menos estar seguros de que alguien sabe por quién o por qué se muere. Esto era lo que pedía aquella cara desfigurada. Y precisamente aquí comenzaba la niebla.
—Está claro que ha muerto por el rey, querido Fabrizio —le habría respondido Màlvica, su cuñado—, si el príncipe le hubiese interrogado; ese Màlvica elegido siempre como portavoz de sus numerosos amigos. Por el rey, que representa el orden, la continuidad, la decencia, el derecho y el honor; por el rey que es el único que defiende a la Iglesia, que impide que se venga abajo la propiedad, que persigue la «secta».
Bellísimas palabras estas, que indicaban todo cuanto era amado por el príncipe hasta las raíces del corazón. Pero había algo que, sin embargo, desentonaba. Conocía bien al rey, al menos el que había muerto hacía poco; el actual no era más que un seminarista vestido de general. Y la verdad es que no valía mucho.
—Pero esto no es razonar, Fabrizio —replicaba Màlvica—. No todos los soberanos pueden estar a la altura, pero la idea monárquica continúa siendo la misma.
También esto era verdad.
—Pero los reyes que encarnan una idea no deben, no pueden descender, por generaciones, por debajo de cierto nivel si no, mi querido cuñado, también la idea se menoscaba.
Sentado en un banco permanecía inerte contemplando la devastación que Bendicò estaba llevando a cabo en los viales; de vez en cuando el perro volvía a él los ojos inocentes como si le solicitara una alabanza por la tarea llevada a cabo: catorce claveles destrozados, medio seto pelado, un canalillo obstruido. Parecía realmente un hombre.
—¡Quieto, Bendicò, ven acá!
Y el animal acudía, le ponía el morro terroso en la mano deseoso de mostrarle que le perdonaba la estúpida interrupción del buen trabajo llevado a cabo. Las audiencias, las muchas audiencias que el rey Fernando le había concedido en Caserta, en Capodimonte, en Portici, en Nápoles, donde Cristo dio las tres voces.
Al lado del chambelán de servicio, que lo guiaba hablando por los codos, con el bicornio bajo el brazo y las más frescas vulgaridades napolitanas en los labios, recorría interminables salas de magnífica arquitectura y mobiliario repugnante, precisamente como la monarquía borbónica, a lo largo de pasillos sucios y escaleras descuidadas y desembocaba en una antecámara donde esperaba mucha gente: rostros herméticos de corchetes, caras ávidas de pretendientes recomendados. El chambelán se excusaba, hacía superar el obstáculo de la multitud y lo conducía hacia otra antecámara, la reservada a la gente de la Corte, una salita azul y plata de los tiempos de Carlos III; y luego una breve espera, un criado llamaba a la puerta y uno era admitido entonces ante la Augusta Presencia.
El despacho particular era pequeño y artificiosamente sencillo. En las blancas paredes encaladas un retrato del rey Francisco I y uno de la actual reina, con su aspecto agrio y colérico; sobre la repisa de la chimenea una Madonna de Andrea del Sarto parecía sorprendida de encontrarse rodeada de litografías de colores representando santos de tercer orden y santuarios napolitanos; sobre una ménsula un Niño Jesús de cera con una lamparilla encendida delante, y sobre el modesto escritorio, papeles blancos y azules: toda la administración del reino reunida en su fase final, la de la firma de Su Majestad (a quien Dios guarde).
Tras este montón de papelotes, estaba el rey. De pie para no verse obligado a mostrar que se levantaba; el rey con sus carrillos pálidos tras las patillas rubiancas, con esa casaca militar de paño basto bajo la cual asomaba la catarata violácea de los pantalones flojos. Daba un paso adelante con la diestra ya tendida para un besamanos que rechazaría luego.
—Salina, ¡dichosos los ojos que te ven!
El acento napolitano superaba generosamente en sabor al del chambelán.
—Ruego que Vuestra Majestad tenga a bien disculparme por no llevar el uniforme cortesano. Solo estoy de paso en Nápoles y no podía dejar de venir a ver a vuestra augusta persona.
—Tú no andas bien, Salina. Sabes que en Caserta estás como en tu propia casa.
«Como en tu propia casa», repetía sentándose tras la mesa escritorio y retrasando un momento el hacer sentar a su huésped.
—Y el mujerío, ¿qué tal?
El príncipe comprendía que, ya llevado a ese punto, había que poner en claro el equívoco salaz e hipócrita.
—¿El mujerío, majestad? ¿A mi edad y bajo el sagrado vínculo del matrimonio?
La boca del rey reía mientras las manos ordenaban de nuevo severamente los papeles.
—Nunca, Salina, me habría permitido… Yo me refería a las mujeres de tu casa, a las princesitas. Concetta, nuestra querida ahijada, debe de ser ya mayor, una señorita.
De la conversación sobre la familia se pasó a la ciencia.
—Tú, Salina, haces honor no solo a ti mismo, sino a todo el reino. ¡Qué gran cosa es la ciencia!, cuando no le da por atacar a la religión!
Pero después la máscara del amigo se dejaba a un lado, y se asumía la del soberano severo.
—Dime, Salina, ¿qué se dice en Sicilia de Castelcicala?
Salina había oído acerbas críticas tanto por parte real como por parte de los liberales, pero no quería traicionar al amigo, bromeaba y se mantenía en una zona que no lo comprometía a nada.
—Gran señor, héroe glorioso, acaso un poco viejo para las tareas de la Lugartenencia.
El rey se ensombrecía. Salina no quería ser soplón. Por lo tanto, Salina no valía nada para él. Apoyando las manos sobre la mesa se disponía a despedirse.
—Trabajo mucho. Todo el reino se apoya sobre estos hombros.
Era tiempo de suavizar las cosas; salió a luz nuevamente la máscara de amistad.
—Cuando vuelvas por Nápoles, Salina, ven con Concetta para que la vea la reina. Sé que es demasiado joven para ser presentada en la Corte, pero un banquetito en privado no nos lo impide nadie. Personas a modo y lindas jovencitas. ¡Adiós, Salina, que sigas bien!
Pero en cierta ocasión la despedida fue mal. El príncipe se había inclinado ya por segunda vez a medida que retrocedía, cuando el rey lo llamó:
—Salina, ¡óyeme! Me han dicho que dejan mucho que desear las visitas que sueles hacer en Palermo. Que tu sobrino Falconeri… ¿por qué no sienta de una vez la cabeza?
—Majestad, Tancredi no se ocupa más que de mujeres y de juego. El rey perdió la paciencia.
—¡Salina, Salina, estás loco! El responsable eres tú, el tutor. Dile que ande con cuidado. Adiós.
Recorriendo el itinerario fastuosamente mediocre para ir a firmar en el registro de la reina, le invadía el desánimo. La cordialidad plebeya le había deprimido tanto como su expresión policíaca. Dichosos aquellos amigos suyos que querían interpretar la familiaridad como amistad y la amenaza como una actitud real. Él no podía. Y, mientras peloteaba chismes con el impecable chambelán, se preguntaba quién estaba destinado a suceder a esta monarquía que llevaba en la cara las huellas de la muerte. ¿El piamontés, el llamado Galantuomo que tanto alborotaba en su pequeña y apartada capital? ¿No sería lo mismo? Dialecto torinés en lugar del napolitano. Y nada más.
Había llegado ante el registro. Firmó: Fabrizio Corbera, príncipe de Salina. ¿O la república de don Peppino Mazzini?
—Gracias. Me convertiría en el señor Corbera.
Y no lo calmó el largo trote de regreso. Ni siquiera pudo consolarle la cita ya establecida con Cora Danòlo.
En este estado de cosas, ¿qué se podía hacer? ¿Agarrarse a lo que ya se tiene en la mano y no meterse en camisa de once varas? Entonces eran necesarios los secos estampidos de las descargas, tal como se habían dejado oír poco tiempo atrás en una plazuela de Palermo, pero ¿de qué servían también las descargas?
—No se arregla nada con el ¡pum, pum!, ¿verdad Bendicò?
Ding, ding, sonaba la campanilla anunciando la cena. Bendicò corrió hecha la boca agua por la comida saboreada de antemano.
¡Un piamontés de una pieza!, pensaba Salina, subiendo la escalera.
La cena, en Villa Salina, se servía con el malparado esplendor que constituía entonces el estilo del reino de las Dos Sicilias. El número de comensales —eran catorce, entre los dueños de la casa, institutrices y preceptores—, bastaba por sí solo para dar un carácter imponente a la mesa. Cubierta con un finísimo mantel remendado, resplandecía bajo la luz de una potente carsella precariamente colgada bajo la ninfa, bajo la lámpara de Murano. Por las ventanas entraba todavía mucha luz, pero las figuras blancas sobre el fondo oscuro de los cornisamentos, que simulaban bajorrelieves, se perdían ya en la sombra. Maciza la vajilla de plata y espléndida la cristalería, destacándose en un medallón liso entre los grabados de Bohemia las letras F. D. (Ferdinandus Dedit)como recuerdo de una munificencia real; pero los platos, cada uno con un monograma ilustre eran tan solo supervivientes de los estragos llevados a cabo por las fregatrices y procedían de juegos descabalados. Los de mayor tamaño, bellísimos Capodimonte con una ancha orla verde almendra decorada con pequeñas anclas doradas, estaban reservados al príncipe, a quien le gustaba tener en torno suyo las cosas a escala, excepto su mujer.
Cuando entró en el comedor, todos estaban ya reunidos, pero solamente se había sentado la princesa, pues los demás estaban de pie tras sus sillas. Y ante su sitio, flanqueados por una columna de platos, se extendían los costados de plata de la enorme sopera con una tapa coronada por el Gatopardo danzante. El príncipe servía en persona la sopa, grato trabajo, símbolo de los deberes nutricios del pater familias. Pero aquella noche, como no había sucedido hacía tiempo, se oyó amenazador el tintineo del cucharón contra las paredes de la sopera, señal de una gran cólera contenida, uno de los más espantosos ruidos que se hayan registrado nunca, como cuarenta años después decía aún un hijo superviviente. El príncipe se había dado cuenta de que el joven Francesco Paolo no estaba en su sitio. El muchacho entró de pronto: ¡Perdóname, papá!, y se sentó. No sufrió reproche alguno, pero el padre Pirrone, que ejercía más o menos el cargo de perro de pastor, inclinó la cabeza y se encomendó al Señor. La bomba no había estallado. Pero el viento levantado a su paso había helado la mesa, y la cena se fue al diantre. Mientras se cenaba en silencio, los ojos azules del príncipe un poco entristecidos entre los párpados semicerrados, miraban a los hijos uno tras otro y los enmudecía de pavor. Pero, en realidad, pensaba: ¡Qué familia!
Las mujeres, llenitas, rebosantes de salud, con sus hoyuelos maliciosos y, entre la frente y la nariz, ese ceño, esa marca atávica de los Salina. Los varones, delgados pero fuertes, con la melancolía de moda en el rostro, manejaban los cubiertos con una contenida violencia. Hacía dos años que faltaba uno de ellos, Giovanni, el segundón, el más querido, el más huraño. Un buen día desapareció de casa y de él no se tuvieron noticias en dos meses. Hasta que llegó una respetuosa y fría carta de Londres, en la cual se disculpaba por la ansiedad causada, tranquilizaba a todos sobre su salud y se afirmaba, extrañamente, en preferir su modesta vida de encargado en un depósito de carbones antes que una existencia «demasiado cuidada» (léase encadenada), entre sus mayores palermitanos. El recuerdo, la ansiedad por el jovencito errante bajo la humosa niebla de aquella ciudad herética pellizcaron malamente el corazón del príncipe, que sufrió mucho. Todavía se ensombreció más.
Se ensombreció tanto que la princesa, sentada junto a él, tendió la mano infantil y acarició la poderosa manaza que descansaba sobre la servilleta. Ademán inesperado que desencadenó una serie de sensaciones: irritación por ser compadecido, sensualidad despierta, pero no dirigida sobre quien la había provocado. Como un relámpago surgió para el príncipe la imagen de Mariannina con la cabeza hundida en la almohada. Alzó secamente la voz:
—Domenico —dijo a un criado—, di a don Antonio que enganche los bayos al coupé. Iré a Palermo después de cenar.
Al mirar a los ojos de su mujer, que se habían vuelto vítreos, se arrepintió de haber dado esta orden, pero como no había ni que pensar en retroceder ante una disposición ya dada, uniendo la befa a la crueldad, dijo:
—Padre Pirrone, usted irá conmigo. Estaremos de vuelta a las once. Podrá pasar dos horas en el convento con sus amigos.
Ir a Palermo por la noche, y en aquellos tiempos de desórdenes, parecía manifiestamente sin objeto, a excepción de que se tratase de una aventura de baja calidad, y tomar además como compañero al eclesiástico de la Casa era una ofensiva demostración de poder. Por lo menos esto fue lo que pensó el padre Pirrone, y se ofendió. Pero, naturalmente, cedió.
Apenas se hubo engullido el último níspero, se oyó ya bajo el zaguán el rodar del coche. Mientras en la sala un criado entregaba la chistera al príncipe y el tricornio al jesuita, la princesa, ahora con lágrimas en los ojos, hizo una última tentativa, aunque en vano:
—Pero, Fabrizio, con estos tiempos…, con las calles llenas de soldados, llenas de malandrines… Puede ocurrir una desgracia.
Él sonrió burlón.
—¡Tonterías, Stella, tonterías! ¿Qué quieres que suceda? Todos me conocen. Hombres de mi estatura hay pocos en Palermo. ¡Adiós!
Y besó apresuradamente la frente todavía tersa que estaba al nivel de su barbilla. Pero, sea que el olor de la piel de la princesa le hubiese evocado tiernos recuerdos, sea porque tras él el paso penitencial del padre Pirrone hubiera evocado piadosas admoniciones, cuando llegó ante el coupé se encontró de nuevo a punto de volverse atrás. En aquel momento, mientras abría la boca para dar la orden de que llevasen el coche a la cuadra, un violento grito: ¡Fabrizio, Fabrizio!, llegó a través de la ventana abierta arriba, seguido de agudísimos chillidos. La princesa tenía una de sus crisis histéricas.
—¡Adelante! —dijo al cochero que estaba en el pescante con la fusta en diagonal sobre el vientre—. ¡Adelante! Vamos a Palermo a dejar al reverendo en el convento.
Y cerró violentamente la portezuela antes de que el criado pudiese cerrarla.
No era de noche todavía y, encajada entre las altas tapias, la calle se alargaba, blanquísima. Apenas salidos de la propiedad de los Salina se descubría a la izquierda la villa semiderruida de los Falconeri, perteneciente a Tancredi, su sobrino y pupilo. Un padre derrochador, marido de la hermana del príncipe, había disipado todo el patrimonio y se había muerto después. Fue una de esas ruinas totales durante las cuales desaparece hasta la plata de los galones de las libreas; y a la muerte de la madre, el rey había conferido la tutela del sobrino, que entonces tenía catorce años, al tío Salina. El muchacho, antes casi desconocido, se había hecho querer por el irritable príncipe que descubría en él una alegría pendenciera, un temperamento frívolo que se contradecía a veces con repentinas crisis de seriedad. Sin confesárselo a sí mismo, hubiese preferido que fuese él su primogénito, en lugar del simplaina de Paolo. Además, a los veintiún años, Tancredi sabía darse la gran vida con el dinero que el tutor no le escatimaba e incluso le añadía de su bolsillo.
«¡A saber lo que estará tramando ahora ese grandullón!», pensaba el príncipe mientras pasaba junto a Villa Falconeri cuya enorme buganvilla, derramando más allá del cancel su cascada de seda episcopal, le daba en la oscuridad un abusivo aspecto de esplendor. «¡A saber lo que estará tramando!»
Porque el rey Fernando, cuando le habló de las nada deseables relaciones del jovencito, hizo mal en decirlo, pero de hecho tenía razón. Preso en una red de amigos jugadores, de amigas «de mala conducta», como se decía, a quienes dominaba con su gracioso atractivo, Tancredi había llegado a tener simpatías por la secta, relaciones con el Comité Nacional secreto; acaso recibía también dinero de allí como lo recibía, por otra parte, de la Caja Real. Y se había visto y deseado, y desvivido en sus visitas al escéptico Castelcicala y al demasiado cortés Maniscalco para evitarle al muchacho un desdichado percance después del Cuatro de Abril. Esto no tenía maldita la gracia. Por otra parte, Tancredi no podía dejar de considerar que nunca sería culpable para su tío; la verdadera culpa la tenían los tiempos, estos tiempos disparatados durante los cuales un jovencito de buena familia no podía tener la libertad de jugar una partida de faraón sin tener que liarse con amistades comprometedoras. Malos tiempos estos.
—Malos tiempos, excelencia.
La voz del padre Pirrone resonó como un eco de sus pensamientos. Comprimido en un rincón del coupé, oprimido por la masa del príncipe, dominado por la potencia del príncipe, el jesuita sufría en el cuerpo y en la conciencia, y, hombre nada mediocre, transfería inmediatamente sus propias penas efímeras al mundo duradero de la historia.
—¡Fíjese, excelencia! —Y señalaba con el dedo los montes escarpados de la Conca d’Oro todavía claros en este último crepúsculo.
A los lados y sobre las cumbres ardían docenas de hogueras, las que las escuadras rebeldes encendían cada noche, silenciosa amenaza para la ciudad regia y conventual. Parecían esas luces que se ven arder en las habitaciones de los enfermos graves durante las supremas velas.
—Ya lo veo, padre, ya lo veo.
Y pensaba que acaso Tancredi hallárase ante una de aquellas malvadas hogueras atizando con sus aristocráticas manos las brasas que ardían justamente para quitar a esas manos el poder.
«La verdad es que estoy hecho un buen tutor, con un pupilo que hace lo primero que le pasa por las mientes».
La calle descendía ahora en una ligera pendiente y se veía Palermo muy cerca y completamente a oscuras. Sus casas bajas y apretadas estaban oprimidas por las desmesuradas moles de los conventos. Había docenas, gigantescos todos, a menudo asociados en grupos de dos o tres, conventos para hombres y conventos para mujeres, conventos ricos y conventos pobres, conventos nobles y conventos plebeyos; conventos de jesuitas, de benedictinos, de franciscanos, de capuchinos, de carmelitas, de ligurinos, de agustinos… Descarnadas cúpulas de curvas inciertas, semejantes a senos vaciados de leche, se elevaban todavía más altas, y eran ellos, los conventos, los que conferían a la ciudad su oscuridad y su carácter, su decoro y, al mismo tiempo, el sentido de muerte que ni la frenética luz siciliana conseguía hacer desaparecer. Además, a aquella hora, en noche casi cerrada, se convertían en los déspotas del paisaje. Y, en realidad, se habían encendido contra ellos las hogueras de las montañas, atizadas, por lo demás, por hombres muy semejantes a los que vivían en los conventos, fanáticos como ellos y, como ellos, ávidos de poder, es decir, como es costumbre, de ocio.
Esto era lo que pensaba el príncipe, mientras los bayos avanzaban al paso cuesta abajo, pensamientos en contraste con su verdadera esencia, nacidos de la ansiedad por la suerte de Tancredi y por el estímulo sensual que lo inducía a revolverse contra los frenos que los conventos representaban.
Ahora, efectivamente, la calle pasaba por entre los pequeños naranjos en flor y el aroma nupcial del azahar lo anulaba todo como el plenilunio anula un paisaje. El olor de los caballos sudorosos, el olor del cuero de la tapicería del coche, el olor del príncipe y el olor del jesuita, todo quedaba cancelado por aquel perfume islámico que evocaba huríes y sensualidades de ultratumba.
También se conmovió el padre Pirrone.
—¡Qué hermoso país sería este, excelencia, si…!
«Si no hubiese tantos jesuitas», pensó el príncipe, que con la voz del sacerdote había visto interrumpidos dulcísimos presagios. Y de pronto se arrepintió de la villanía no consumada, y con su gruesa mano dio un golpe en la teja de su viejo amigo.
Al llegar a los suburbios de la ciudad, ante la Villa Airoldi, una patrulla detuvo el coche. Voces de Pulla y napolitanas intimaron el alto, desmesuradas bayonetas relampaguearon bajo la oscilante luz de una linterna, pero su suboficial reconoció enseguida al príncipe, que permanecía con la chistera sobre las rodillas.
—¡Perdón, excelencia, pase!
E hizo que un soldado se instalara en el pescante para que el príncipe no fuese molestado al pasar ante otros puestos de vigilancia.
El coupé, con el nuevo peso, avanzó más lentamente, rodeó Villa Ranchibile, dejó atrás Torrerosse y los huertos de Villafranca y entró en la ciudad por Porta Maqueda. En el café Romeres en los Quattro Canti di Campagna los oficiales de las secciones de guardia reían y saboreaban enormes sorbetes. Esta era la única señal de vida que daba la ciudad, porque las calles estaban desiertas, resonaban al paso cadencioso de las rondas que paseaban con las bandoleras blancas cruzadas sobre el pecho. Y a los lados, el bajo continuo de los conventos, la Abadía del Monte, los estigmatos, los crucíferos, los teatinos, paquidérmicos, negros como la pez, sumidos en un sueño que se parece a la nada.
—Dentro de un par de horas pasaré a recogerle, padre. Que tenga usted buenas oraciones.
Y el padre Pirrone llamó confuso a la puerta del convento, mientras el coupé se alejaba por las calles.
Dejado el coche en el palacio, el príncipe se dirigió a pie allí adonde estaba decidido a ir. La calle no era larga, pero el barrio tenía mala fama. Soldados con el equipo completo, lo que indicaba que se habían alejado furtivamente de las secciones que vivaqueaban en las plazas, salían con mortecinos ojos de las bajas casuchas en cuyos frágiles balcones una mata de albahaca daba cuenta de la facilidad con que habían entrado. Jovenzuelos siniestros de anchos calzones litigaban con ese bajo tono de voz de los sicilianos enfurecidos. De lejos llegaba el eco de los escopetazos que se les escapaban a los centinelas demasiado nerviosos. Atravesada esta zona, la calle costeó la Cala; en el viejo puerto pesquero las barcas se balanceaban semipodridas, con el desolado aspecto de los perros tiñosos.
«Soy un pecador, lo sé, doblemente pecador, ante la ley divina y ante el amor humano de Stella. No hay duda, y mañana me confesaré al padre Pirrone». Sonrió para sí pensando que acaso esto sería superfluo, tan seguro debía estar el jesuita de su culpa de hoy. Luego volvió a imponerse el espíritu de sutileza: Peco, es verdad, pero peco para no pecar más, para no continuar excitándome, para arrancarme esta espina carnal, para no ser arrastrado por mayores desgracias. Y esto lo sabe el Señor. Se sintió enternecido hacia sí mismo.
«Soy un pobre hombre débil —pensaba mientras su poderoso paso resonaba sobre el sucio empedrado—, soy débil y nadie me sostiene. ¡Stella! ¡Se dice pronto! El Señor sabe si la he querido, nos casamos hace veinte años. Pero ella es ahora demasiado despótica y demasiado vieja también».
Le había desaparecido el sentido de la sensibilidad.
«Todavía soy un hombre vigoroso y ¿cómo puedo contentarme con una mujer que, en el lecho se santigua antes de cada abrazo y luego, en los momentos de mayor emoción, no sabe decir otra cosa que: ¡Jesús, María! Cuando nos casamos, cuando ella tenía dieciséis años, todo esto me exaltaba, pero ahora… He tenido con ella siete hijos y jamás le he visto el ombligo. ¿Esto es justo?» gritaba casi, excitado por su excéntrica angustia.
—¿Es justo? ¡Os lo pregunto a todos vosotros! —y se dirigía al portal de la Catena—. ¡La pecadora es ella!
Este tranquilizador descubrimiento lo confortó, y llamó decididamente a la puerta de Mariannina.
Dos horas después estaba ya en el coupé de regreso junto con el padre Pirrone. Este estaba emocionado, sus cofrades lo habían puesto al corriente en cuanto a la situación política que estaba mucho más tirante de cuanto parecía en la desasida calma de Villa Salina. Se temía un desembarco de los piamonteses en el sur de la isla, por Sciacca, y las autoridades habían advertido un mudo fermento en el pueblo; el hampa ciudadana esperaba la primera señal de debilidad del poder; quería lanzarse al saqueo y al estupro. Los padres estaban alarmados y tres de ellos, los más viejos, habían sido obligados a marcharse a Nápoles, en el pacchetto de la tarde, llevándose consigo los papeles del convento.
—¡El Señor nos proteja y ampare este santísimo reino!
El príncipe apenas lo escuchaba, sumido como estaba en una serenidad satisfecha, maculada de repugnancia. Mariannina lo había mirado con sus grandes ojos opacos de campesina, no se había negado a nada y se había mostrado humilde y servicial. Una especie de Bendicò con sayas de seda. En un instante de particular delicuescencia, incluso tuvo necesidad de exclamar: ¡Principón!. Él todavía se reía de ello, satisfecho. Evidentemente, esto era mucho mejor que el mon chat o el mon singe blond que señalaban los momentos análogos de Sarah, la putilla parisiense a quien frecuentó tres años atrás cuando durante el Congreso de Astronomía le impusieron en la Sorbona la medalla de oro. Mejor que el mon chat sin duda; y además, mucho mejor que el ¡Jesús, María!. Por lo menos no había en ello el menor sacrilegio. Mariannina era una buena chica. La próxima vez que fuera a verla le llevaría tres varas de seda roja.
Pero también, ¡qué pena! Aquella carne joven demasiado manoseada, aquella resignada impudicia; y él mismo ¿qué era?: ¡Un puerco y nada más! Entonces recordó unos versos que había leído por casualidad en una librería de París, al hojear un volumen de no sabía quién, de uno de esos poetas que Francia publica y olvida cada semana. Volvía a ver la columna amarillo limón de los ejemplares no vendidos, la página, una página impar y oía de nuevo los versos impresos en ella dando fin a una poesía disparatada:
…donnez-moi la force et le couragede contempler mon coeur et mon corps sans dégoût.
Y mientras el padre Pirrone continuaba ocupándose de un tal La Farina y de un tal Crispi, el «principón» se quedó dormido en una especie de desesperada euforia, acunado por el trote de los bayos, sobre cuyas gruesas nalgas los faroles del coche hacían oscilar la luz. Se despertó a la esquina de Villa Falconeri.
«¡Vaya tipo ese, también! Atiza el fuego que lo devorará». Cuando se encontró en la alcoba matrimonial, al ver a la pobre Stella con los cabellos bien arreglados bajo el gorro de dormir, dormida y suspirante en el enorme y altísimo lecho de bronce, se conmovió y enterneció. «Me ha dado siete hijos y ha sido solamente mía». La habitación trascendía un olor a valeriana, último vestigio de la crisis histérica. «¡Pobre Stelluccia mía!», se lamentó mientras escalaba el lecho.
Pasaban las horas y no podía dormir: Dios, con su poderosa mano, mezclaba en sus pensamientos tres hogueras: la de las caricias de Mariannina, la de los versos franceses y la iracunda de los fuegos de los montes.
Pero hacia el alba la princesa tuvo ocasión de santiguarse.
A la mañana siguiente el sol iluminó al príncipe reanimado. Había tomado el café, y, envuelto en una bata roja florada en negro, se afeitaba ante el espejo. Bendicò apoyaba la pesada cabezota sobre su zapatilla. Mientras se afeitaba la mejilla derecha, vio en el espejo, detrás de él, el rostro de un jovencito, una cara delgada, distinguida y con una expresión de temerosa burla. No se volvió y continuó afeitándose.
—Tancredi, ¿qué diablos hiciste anoche?
—¡Buenos días, tío! ¿Qué hice? Nada de nada: estuve con mis amigos. Una noche de santidad. No como cierta gente que conozco que estuvo divirtiéndose en Palermo.
El príncipe se abstrajo afeitándose con cuidado esa difícil parte de la cara entre el labio y la barbilla. La voz ligeramente nasal del sobrino poseía tal carga de brío juvenil que era imposible encolerizarse. Pero acaso fuera lícito sorprenderse. Se volvió y con la toalla bajo la barbilla miró al sobrino. Vestía de cazador, chaqueta ajustada y botas altas.
—¿Se puede saber quién era esa cierta gente conocida?
—Tú, tiazo, tú. Te vi con estos ojos en el puesto de guardia de Villa Airoldi mientras hablabas con el sargento. ¡Está bonito a tu edad! ¡Y en compañía de un reverendísimo! ¡Los viejos libertinos!
La verdad es que resultaba demasiado insolente. Creía poder permitírselo todo. A través de las estrechas fisuras de los párpados, los ojos de azul turbio, los ojos de su madre, sus mismos ojos, lo estaban mirando burlones. El príncipe se sintió ofendido. El chico no tenía realmente idea de la medida, pero él no se veía con ánimos para censurarlo. Por lo demás, tenía razón.
—¿Por qué vienes vestido de esta manera? ¿Qué pasa? ¿Un baile de máscaras por la mañana?
El muchacho se había puesto serio: su rostro triangular asumió una inesperada expresión viril.
—Me voy, tiazo, me voy dentro de una hora. He venido a decirte adiós.
El pobre Salina se sintió el corazón oprimido.
—¿Un duelo?
—Un tremendo duelo, tío. Un duelo con Franceschiello que Dios Guarde. Me voy a la montaña, a Ficuzza. No se lo digas a nadie, sobre todo a Paolo. Se preparan grandes cosas, tío, y yo no quiero quedarme en casa. Además, me echarían mano enseguida si me quedara.
El príncipe tuvo una de sus acostumbradas visiones repentinas; una escena cruel de guerrillas, descargas de fusilería en el bosque, y su Tancredi por los suelos, con las tripas fuera como el desgraciado soldado.
—Estás loco, hijo mío. ¡Ir a mezclarte con esa gente! Son todos unos hampones y unos tramposos. Un Falconeri debe estar a nuestro lado, por el rey.
Los ojos volvieron a sonreír.
—Por el rey, es verdad, pero ¿por qué rey?
El muchacho tuvo uno de sus accesos de seriedad que lo hacían impenetrable y querido.
—Si allí no estamos también nosotros —añadió—, esos te endilgan la república. Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?
Un poco conmovido abrazó a su tío.
—¡Hasta pronto! —dijo—. Volveré con la tricolor.
La retórica de los amigos había descolorido también un poco a su sobrino. Pero no, en aquella voz nasal había un acento que desmentía el énfasis. ¡Qué chico! Las tonterías y al mismo tiempo, la negación de las tonterías. ¡Y Paolo que en aquel momento estaba seguro, se hallaba vigilando la digestión de Guiscardo! Este era su verdadero hijo.
El príncipe se levantó apresuradamente, se quitó la toalla del cuello y hurgó en un cajoncito.
—¡Tancredi, Tancredi, espera!
Echó a correr detrás del sobrino, le puso en el bolsillo un cartucho de onzas de oro y le apretó el hombro. El muchacho reía.
—Ahora ayudas a la revolución. Pero gracias, tiazo, hasta pronto, y besos a la tía. Y echó a correr escaleras abajo.
Bendicò, que perseguía a su amigo llenando la villa de alegres ladridos, fue llamado, el afeitado se terminó y la cara fue lavada. El ayuda de cámara acudió a calzar y vestir al príncipe.
«¡La tricolor! ¡Bien por la tricolor! Se llenan la boca con estas palabras, los bribones. ¿Y qué diantre significa este símbolo geométrico, este remedo de los franceses, tan fea comparada con nuestra bandera blanca, con la flor de lis de oro del blasón en el centro? ¿Y qué pueden esperar de este revoltijo de colores estridentes?»
Era el momento de rodearse el cuello con el monumental corbatón de raso negro. Operación difícil durante la cual le convenía eliminar los pensamientos políticos. Una vuelta, dos vueltas, tres vueltas. Los gruesos y delicados dedos componían el lazo, aplanaban lo ahuecado, fijaban sobre la seda la cabeza de Medusa con los ojos de rubí.
—Un gilé limpio. ¿No ves que este está manchado?
El criado se puso de puntillas para ponerle el redingote de paño pardo y le roció el pañuelo con tres gotas de bergamota. Las llaves, el reloj con cadena y el dinero él mismo lo metió en el bolsillo. Se miró al espejo: no tenía nada que decir: todavía era un hombre apuesto.
«¡Viejo libertino! ¡Tancredi se pone pesado con sus bromas! Me gustaría verlo a mi edad, un chiquilicuatre como él».
Su paso vigoroso hacía tintinear los cristales de los salones que atravesaba. La casa estaba serena, luminosa y adornada; sobre todo era suya. Bajando las escaleras, comprendió: Si queremos que todo siga como está…
Tancredi era un gran hombre. Siempre había estado seguro de esto. Las estancias de la administración estaban todavía desiertas, silenciosamente iluminadas por el sol que se filtraba a través de las persianas cerradas. A pesar de que aquel era el lugar de la villa en que se llevaron a cabo las mayores frivolidades, su aspecto era de tranquila austeridad. Desde las blancas paredes se reflejaban en el suelo encerado los enormes cuadros que representaban los feudos de la Casa de los Salina. Destacando con vivos colores dentro de los marcos negros y dorados se veía Salina, la isla de las montañas gemelas, rodeadas por un mar con encajes de espuma, sobre el que caracoleaban unas galeras enguirnaldadas; Querceta, con sus bajas casas en torno a la tosca iglesia parroquial hacia la cual avanzaban grupos de peregrinos azulencos; Ragattisi, oprimido entre las gargantas de los montes; Argivocale, minúsculo ante aquella inmensa llanura de trigales por la que se esparcían laboriosos campesinos; Donnafugata, con su palacio barroco, meta de coches escarlata, de coches verdes, de coches dorados, cargados hasta los topes de mujeres, botellas y violines; y muchos otros aún, todos protegidos por un cielo terso y tranquilizador, por el Gatopardo sonriente bajo sus largos bigotes. Todos alegres, todos deseosos de expresar el iluminado imperio, tanto si es «mixto» como «mero», de la Casa de los Salina. Ingenuas y rústicas obras de arte del siglo pasado; pero inadecuadas para delimitar confines, precisar áreas, réditos; cosas que, efectivamente, permanecían ignoradas. La riqueza en los muchos siglos de existencia se había cambiado en ornamento, en lujo, en placeres; solamente en esto. La abolición de los derechos feudales había decapitado las obligaciones junto con los privilegios; la riqueza, como un vino viejo, había dejado caer en el fondo de las botas las heces de la codicia de los cuidados, incluso las de la prudencia, para conservar solo el ardor y el color. Y de este modo acababa anulándose a sí misma: esta riqueza que había realizado el propio fin estaba compuesta solamente de aceites esenciales y, como los aceites esenciales, se evaporaba apresuradamente. Y ya algunos de aquellos feudos tan alegres en los cuadros habían emprendido el vuelo y subsistían solamente en las telas multicolores y en los nombres. Otros parecían esas golondrinas setembrinas todavía presentes, pero ya reunidas y estridentes en los árboles, dispuestas a partir. Pero había tantos que parecía que no podían terminarse nunca.
Sin embargo, la sensación experimentada por el príncipe al entrar en su cuarto de trabajo fue, como siempre, desagradable. En el centro de la habitación sobresalía una escribanía con numerosos cajoncitos, nichos, huecos, estantes y planos movibles. Su mole de madera amarilla con incrustaciones negras estaba hundida y desfigurada como un escenario, llena de trampas, de planos correderos, de rincones secretos que nadie sabía hacer funcionar, excepto los ladrones. Estaba cubierta de papeles, y a pesar de que la previsión del príncipe había tenido mucho cuidado en que buena parte de ellos se refiriesen a las impasibles regiones dominadas por la astronomía, lo que quedaba era suficiente para llenar de malestar el corazón principesco. De pronto se acordó del escritorio del rey Fernando en Caserta, también lleno de instancias y de decisiones que tomar, con las cuales uno puede hacerse la ilusión de influir sobre el torrente de fortunas que en cambio, fluía por su cuenta en otro valle.
Salina pensó en una medicina descubierta hacía poco en los Estados Unidos de América que permitía no sufrir durante las operaciones más graves, permanecer sereno entre las desventuras. Llamaban morfina a ese tosco sustituto químico del estoicismo antiguo, de la resignación cristiana. Para el pobre rey la administración fantasmal hacía las veces de la morfina. Él, Salina, tenía otra fórmula más selecta: la astronomía. Y apartando las imágenes de Ragattisi perdido o de Argivocale vacilante, se sumió en la lectura del último número del Journal des savants. «Les dernières observations de l’Observatoire de Greenwich presentent un intérêt tout particulier…»
Sin embargo, tuvo que regresar muy pronto de estos helados reinos siderales. Entró don Ciccio Ferrara, el contable. Era un hombrecillo flaco que ocultaba el alma ilusa y rapaz de un liberal detrás de sus lentes tranquilizadoras y sus corbatitas inmaculadas. Aquella mañana estaba más animado que de costumbre: parecía claro que aquellas mismas noticias que habían deprimido al padre Pirrone, habían obrado en él como un cordial.
