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¿Cuál es la importancia de la trasmisión en la vida humana? Este profundo acto se expresa en varias situaciones: filiación, iniciación, educación... Pero trasmitir no solo significa educar o enseñar, sino algo más: es trasmitir la esencia de la existencia, como pasar un balón de rugby, como compartir una receta de cocina. La trasmisión se convierte en el espacio vital de un encuentro más allá de las culturas y las generaciones, una experiencia que se abre al conocimiento de uno mismo y de los demás. Trasmitir un patrimonio cultural es una de las tareas de cada generación hacia las que le siguen, una tarea que hoy también se ve afectada por las dificultades que caracterizan todo tipo de trasmisión en la sociedad contemporánea. El pequeño pero intenso libro que tienes entre manos aborda el meollo del problema, que puede resumirse en un verso del poeta René Char: "Nuestra herencia no va precedida de testamento". En una sociedad que ha perdido toda certeza cultural, de hecho, la trasmisión ya no está enmarcada por una voluntad que explique su significado y función en la vida humana.
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Seitenzahl: 92
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Nathalie Sarthou-Lajus
El gesto de trasmitir
NARCEA, S.A. DE EDICIONES
Nuestra herencia no está precedida de ningún testamento.Para que una herencia sea realmente grande, es necesario que no se vea la mano del difunto.Vida que no puede ni quiere plegar su vela, vida que los vientos traen exhaustos a la orilla, aunque siempre prontos para lanzarse por encima del estupor,vida cada vez menos adornada, cada vez menos paciente, diseña mi parte si es que existe,mi parte justificada en el destino comúnen cuyo centro mi singularidad complicapero conserva la amalgama. René Char, Les feuillets d’Hypnos
Índice
El gusto de trasmitir
En el umbral
La plaza y el pase
Las figuras del trasmisor
Cocinar y narrar
La violencia no trasmite nada
El peso de la infancia
Colección espiritualidad
Créditos
El gustode trasmitir
En diferentes edades de mi vida me he planteado la pregunta sobre la trasmisión, y he pensado que tendría que abordarla paso a paso, como cuando decidimos explorar los rincones de un paisaje familiar. Regresa de manera insistente en el cruce de nuevos caminos, en la cercanía de grandes separaciones.
Recuerdo entonces a mi madre, sentada en el borde de la cama, buceando en una extraña contemplación ante el armario vacío de mi habitación; me acuerdo también de mi padre, erguido y solitario en el andén de la estación, mientras que el tren me llevaba hacia otros horizontes.
Su nostalgia contrastaba con la excitación mezclada de inquietud que sentí al irme. Sin embargo, no había ningún lamento. La alegría perforaba detrás de las lágrimas, como un estímulo para emprender este vuelo mío sin vuelta. Cuando me convertí en madre, me di cuenta del desgarro que comporta todo nacimiento. La vida entera se me apareció como un niño que parte de viaje.
Ahora, mis hijos han crecido. La mochila que llevan en la espalda pesa casi tanto como ellos. Me dicen adiós con la mano y miro a otro lado. Así que aquí estoy en el umbral de la puerta con las viejas preguntas que regresan. ¿Qué he recibido? ¿Qué he transmitido? ¿Una carga o un tesoro?
Todos somos herederos y estamos situados en un mundo y en una historia que no hemos hecho. Pero la dificultad para nombrar lo que heredamos nos da una sensación de vértigo ante lo demasiado lleno o el vacío de la trasmisión. De repente, el olvido amenaza, el agotamiento acecha. Lo que hemos recibido como una carga y que hemos rechazado para evitar ser aplastados, nos deja desnudos y desorientados. ¿Qué clase de herederos somos si «nuestra herencia no está precedida de ningún testamento»?
A menudo se cita esta extraña expresión de René Char cuando se aborda la crisis de la trasmisión. Mi existencia y mi pensamiento están aferrados a ella porque la encuentro muy fuerte, como esas fórmulas de las que no se está seguro de captar inmediatamente su significado. ¿Qué puede significar, entonces, una herencia sin testamento? ¿Sigue siendo una herencia? ¿Quién trasmite qué y a quién?
En Les feuillets d’Hypnos, escritas entre 1943 y 19441, René Char se dirigía a sus amigos de la Resistencia que no estaban preparados para vivir la prueba del frente; algunos habían perdido la vida y otros una parte de ellos mismos, privada de sepultura para siempre.
El poeta presenta la dificultad a la que se enfrenta quien busca trasmitir en tiempos de prueba, ante la sacudida de todas las certezas del pasado. No dice que no haya herencia, si no que será sin testamento. El testamento asignaba un pasado al porvenir, indicaba el sentido. Sin un testamento donde se consignen los tesoros, sin tradición sobre la que inclinarse, el sentido de lo que se recibe está por reinventar.
Aunque nuestra herencia es incierta, no podemos renunciar al hecho de trasmitir. Sin trasmisión, no hay memoria de los orígenes, ni proyección en el futuro, ni cultura; nos dirigimos hacia la barbarie.
La dificultad de trasmitir ante la que se enfrentan hoy los educadores de todo tipo se refiere tanto al contenido de la trasmisión (conocimientos, creencias, valores) como al acto de trasmitir por el que hemos perdido el gusto. Sobre este gesto del trasmitir es sobre lo que me gustaría reflexionar.
No voy a abordar los debates actuales sobre la educación ni las querellas sobre los métodos pedagógicos. Trasmitir y educar son dos actos que no se confunden, sino que se superponen. Tienen diferentes tipos de resortes. Educar viene del latín e-ducere que significa «conducir fuera», para salir del estado de ignorancia y dependencia de la infancia.
La educación tiene como objetivo la emancipación de los individuos por la adquisición de conocimientos y el desarrollo de aptitudes. Para ella el niño es único y trata de que llegue a ser autónomo. Trasmitir es inscribir al ser humano en la cadena de generaciones y hacerle ver que él es uno entre otros. La trasmisión indica que nosotros no somos nuestro propio origen; recibimos una herencia y los que nos la trasmiten, la han recibido de generaciones anteriores.
Los actos de trasmisión contribuyen a la educación y a la autoformación mediante la apertura a un mundo que ya está aquí. La educación añade a la trasmisión el sentido de reapropiación personal. Y, así, sucede que los gestos de la educación y la trasmisión convergen y se aprovechan de su dinámica mutua.
El acto de trasmitir es siempre un proceso aleatorio. Se escapa y supera nuestra voluntad. Estamos constantemente rastreando las semejanzas que nos tranquilizan en la perpetuación de una herencia o un linaje, y constatamos con un asombro teñido de perplejidad que la recepción de una obra puede ser tan diversa y contradictoria como lo diferente que puede ser un niño de sus padres y hermanos o hermanas. «Es como si una gallina hubiera puesto un huevo de pato» nos dan ganas de exclamar ante de quien frustra todas las capacidades de reconocimiento.
La trasmisión humana no depende de la reproducción de uno mismo, sino de la generación de otro que suscita siempre la sorpresa, fuente tanto de asombro como de desconcierto. Es difícil que los padres no se proyecten sobre sus hijos haciéndoles tener deseos y sueños que no son los suyos. El deseo de perpetuarse, de conservar las tradiciones intactas nos persigue como rastros de un fantasma de inmortalidad. Sin embargo, es ilusorio creer que podemos poseer lo que heredamos a la manera de nuestros padres, y que nuestros propios hijos continuarán los mismos comportamientos y modelos.
El contenido transmitido a cada generación debe reanudarse de nuevo. Así es como puede servir de emancipación en lugar de aplastar. A condición de que sean una herencia para los vivos, para que les permita recuperar su propiedad. La herencia, cuando no hay testamento, no se hace palabra a palabra, no es literal. Es una deuda que obliga a dar a otros para que ellos mismos puedan ser fecundos.
¿Cómo trasmitir sin caer en el riesgo del rechazo o de transformar el legado en un sentido inesperado y que es poco conveniente? ¿Cómo aceptar que un hijo, al que has llevado en el vientre y en el corazón, pueda convertirse en un extraño, en alguien que se marcha, cuyo destino es partir? ¿Cómo consentir que este pequeño al que criamos se pueda rebelar contra nosotros hasta el punto de que nos tome como un contraejemplo?
Cuando nosotros dejamos la casa de nuestros padres, ¿qué era lo que nos llevábamos y lo que dejábamos atrás? Porque hay siempre una parte de uno mismo que se separa cuando nos vamos; por eso, marchar es siempre un desgarro. Cuando dejamos la casa de nuestros padres, no queremos saber nada de esa parte que dejamos porque, si no lo hiciéramos así, no nos marcharíamos nunca. Sin embargo, nunca hemos dejado de buscar, como la parte viva y fecunda de nuestra historia, la parte de la infancia.
Así es la historia del Evangelio: la historia de un niño que se va sin vuelta. En el momento de morir, Jesús se vuelve a María al pie de la cruz y designa al apóstol Juan como su verdadero heredero: «Mujer, he ahí a tu hijo», y a él le presenta a María diciendo: «Ahí tienes a tu madre». Jesús no dejó de tomar distancia de su propia madre, desde el nacimiento a las bodas de Caná, pasando por el episodio de su pérdida en el templo. Cuando se dirige a ella, la llama extrañamente «mujer», mirando su lado femenino más que el maternal, como si, a sus ojos, fuera una mujer antes que una madre. Por tanto, tuvo que llegar la última y desgarradora partida, que es la muerte del hijo, para entrar en el corazón mismo del misterio de la trasmisión.
Jesús no destruye los lazos de parentesco, sino que los abre a una familia más amplia que el clan familiar o tribal, a una hospitalidad más grande que acoge a todos esos hijos perdidos que corren hacia Él para seguirlo.
Hay pocos relatos educativos en el Evangelio; no sabemos gran cosa de la infancia o de la adolescencia de Jesús. Por el contrario, abundan los relatos de trasmisión, desde la Anunciación a la parábola de los talentos o a la del hijo pródigo, hasta el encargo a María Magdalena de llevar la buena nueva de la Resurrección a los discípulos.
Volveré más adelante sobre algunos de estos relatos. Por el momento, lo que me sorprende es que las relaciones de trasmisión entre padres e hijos, maestros y discípulos, son cuestionadas cuando encierran o aplastan. El sistema de lugares y de partes cambia constantemente. Todos están llamados a entrar en la dinámica de la trasmisión, para llegar a ser hijo o hija, acogiendo la parte de la infancia en uno mismo como un nuevo tesoro dado como herencia.
Tengo el gusto de trasmitir en esta apertura que rompe las solidaridades cerradas, en esta hospitalidad para niños perdidos que somos todos, cada vez que emprendemos un nuevo comienzo para ir a otro lugar a abrazar el mundo. Este significado de la trasmisión va más allá de la voluntad y exige fe, adhesión personal. No se desarrolla cuando dejamos de creer en él. Entonces la trasmisión se congela, no puede dar el impulso y el fervor que cada generación espera de ella para alimentar nuevos sueños, para fecundar otras salidas.
La trasmisión es difícil, pero no se necesita haber hecho un curso avanzado o tener una diplomatura, porque apela a la confianza, al crédito. Es frágil como cualquier acto que se basa en la confianza. No es estática, se mueve según las edades de la vida, según los encuentros, según el descubrimiento de las capacidades reales y la manera en que afrontamos nuestros propios impedimentos. Pasa por los maestros, pero a lo largo de su existencia requiere cruzar la mirada confiada de los que pasan el mensaje. En efecto, en el acto de trasmitir, no se trata simplemente de informar o de comunicar conocimientos sino de pasar algo de uno mismo a los demás.
¿Quién se hará mayor si alguien antes que él no le ha hecho ver su grandeza? Es difícil creer en las habilidades de uno, creer en la vida, si nadie te confirma que tienes algo de talento y que vivir es una aventura que merece la pena. Mirar a los otros para encontrar en uno mismo la confianza que falta es, sin duda, darles un gran poder.
No me fío de los maestros o de los que va dando lecciones, porque soy muy consciente de discrepancias entre los discursos y los actos y, más que nada,
