El gol que me falta - Alfredo Serrano Mancilla - E-Book

El gol que me falta E-Book

Alfredo Serrano Mancilla

0,0

Beschreibung

En el último año de su carrera, el Argentino, el mejor futbolista del mundo y de la historia, campeón de todo con su selección y su club, recibe una postal misteriosa con un pedido urgente: postularse para presidente de la Argentina. En el medio de una temporada deportiva particularmente desafiante, el Argentino, convencido de que el país necesita un presidente que no venga de la política, acepta la propuesta. Lo acompañarán en esta aventura sus dos mejores amigos y compañeros de equipo (un uruguayo y un andaluz), sus familiares y un conjunto de asesores.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 420

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



El gol que me falta

El gol que me falta

Alfredo Serrano Mancilla

Índice de contenido
Portadilla
Legales
EL QUE AVISA NO ES TRAIDOR
UNA POSTAL CELESTE Y BLANCA
I. YENDO DEL ASADO AL POSTRE
II. UN ABRIR Y CERRAR DE OCÉANOS
III. LA SIERRA DE GRAZALEMA Y LA REPÚBLICA ARGENTINA
EL CARTERO LLAMA DOS VECES
IV. EL SEXO Y LA TINTA DEL CALAMAR
V. EL TRUCO DEL VESTUARIO Y EL RETRUCO DE LOS TRES ABUELOS
VI. ENTRE EL VIEJO TETRIS Y LA GRAN FINAL
VII. EL ENCIERRO EN LA ISLA LIBERTAD
VIII. LO QUE SE ESCUCHA EN LA RADIO Y LO QUE SE ESCRIBE EN LA SERVILLETA
IX. LA ENTREVISTA Y LA MENTIRA PIADOSA
X. ¿LUNA O MAFIA?
XI. EL ÚLTIMO CALVARIO Y EL PRIMER JUDAS
XII. EL METEGOL Y LA ENREDADERA
EL JUGADOR QUE FALTABA

Serrano Mancilla, Alfredo

El gol que me falta / Alfredo Serrano Mancilla. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2024.Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga ISBN 978-950-556-991-5

1. Narrativa. 2. Novelas. I. Título.

CDD 863

©2024, Alfredo Serrano Mancilla

©2024, RCP S.A.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.

ISBN: 978-950-556-991-5

1.ª edición digital: mayo de 2024

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

Diseño de interior: Cerúleo | diseño

Idea original de tapa: Zoe María Hornedo Serrano

Diseño de tapa: Johana Silva

Para mi papá, que me enseñó que leer

es otra manera de viajar.

EL QUE AVISA NO ES TRAIDOR

No sé escribir. Y mucho menos escribir novelas.

Lo que sí sé es contar historias. Y también sé cuándo tengo una historia que contar.

Aunque no soy el protagonista, voy a contar esta historia en primera persona.

El protagonismo nunca fue lo mío. Ni cuando era jugador de fútbol profesional. Apenas jugaba. Casi siempre fui suplente.

Tantos años bajo la portería y nadie se acuerda de mí por haber hecho una buena parada. Seguro que todos me recuerdan por otra cosa: por haber sido uno de los mejores amigos del mejor jugador del mundo.

Y estoy seguro de que después de leer esta historia tampoco se acordarán personalmente de mí. El único recuerdo que les quedará para siempre es que sigo siendo uno de los mejores amigos del mejor jugador del mundo que un día quiso marcar el gol que le faltaba.

Por cierto, se me olvidaba: no soy argentino. Soy andaluz.

UNA POSTAL CELESTE Y BLANCA

20 de junio de un Año Cualquiera (A.C.)

Querido futuro presidente:

No sabía cómo dirigirme a vos. Y preferí ir directo y al grano. Faltan 500 días para las elecciones y quiero que seas mi presidente.

La Argentina ya no puede más. En este país no podemos seguir con los políticos de siempre. Necesitamos un presidente que no venga de la política. Que ame a su patria, que sea querido por todos los argentinos y que sea admirado por todo el mundo.

Esa persona sos vos. No hay otra.

Pensalo. Es el gol que te falta. Y lo podés hacer.

Nota 1

Según el calendario oficial, el 1° de junio vence el plazo para anotarse en la Justicia Electoral. Pero en realidad el 31 de marzo ya tenés que tener decidido si presentás tu candidatura o no. Me estuve informando y dos meses antes de la inscripción hay que cumplir con unos cuantos trámites.

Nota 2

Pensé que lo mejor era mandarte una postal. Si te hubiera escrito una carta, me habría quedado demasiado espacio libre.

I. YENDO DEL ASADO AL POSTRE

Mediados de agosto de ese Año Cualquiera (A.C.)

—Esta noche tenemos asado —lo dijo en modo “uruguayo” aunque en Barcelona se dice barbacoa.

Seguro que muchos creen que si usamos la palabra barbacoa, tiene que ver con la influencia global de Estados Unidos. Pero esta vez no es así. La palabra tiene un origen distinto. O dos orígenes.

En Google encontré que la maternidad de barbacoa está en disputa entre dos linajes.

Unos genealogistas declaran que su origen está en Haití. Más precisamente, en un pueblo originario caribeño, preexistente a la conquista española, los taínos, que ya llamaban barabicu a la carne que asaban sobre andamios de madera.

Otros genealogistas consideran que proviene de la palabra maya baalbak’kaab, que se usaba para referirse a la carne que cocinaban tapada con tierra.

Las dos hipótesis coinciden en algo. Si alguien tiene la culpa de que exista el vocablo barbacoa, son “los españoles”, que en el siglo XVI llegaron e invadieron el mar Caribe.

***

Ninguno de estos pleitos lingüísticos afloró en tierras catalanas en aquella noche tan veraniega en la que el Uruguayo nos había invitado a un asado. A una barbacoa.

La asistencia fue mayoritaria. Y es que el asado, o la barbacoa, jamás fallan. Y mucho menos cuando la invitación llega después de un periplo fatigoso.

Estábamos cansados: tres días en Miami, dos en Nueva York, otros dos en Chicago, uno más en Dallas y los últimos tres en Los Ángeles.

Cinco ciudades norteamericanas que en el deporte son mejor conocidas por sus equipos de baloncesto y de béisbol. Pero desde hace ya algún tiempo son los santuarios que jalonan el obligado camino de Santiago anual de los grandes clubes europeos de fútbol. La fidelidad de estos peregrinos es premiada año a año con generosidad y en dólares.

Todo ha cambiado. Las semanas de pretemporada ya no se usan para preparar la temporada. Ahora la ambición es otra. Esos días sirven para “pasar la gorra” por ese “medio mundo” que está dispuesto a pagar el cachet que pidan, por alto que sea, las figuras más supremas del Deporte Rey.

Además de Estados Unidos, la peregrinación del fútbol europeo tiene santuarios en Japón, Arabia Saudí, Qatar y China. Y, por fuera de este recorrido tan sagrado, pocas son las ganas que hay de caminar.

¿Alguien recuerda un partido del Manchester City, PSG o Bayern de Munich en Mali o Togo o Senegal? No.

Que Dios no la quiera, ni Alá tampoco, pero hay una excepción que confirma la regla. Una única excepción africana.

Solo cuando una catástrofe natural es de proporciones que derriba y destroza todo cuanto encuentra a su paso, solo en esta situación extrema, solo ahí vemos que la solidaridad panafricana reluce. Seguro que en un caso así, acudiríamos rápidamente a jugar un partido honorífico de fútbol ad honorem y con brazaletes enlutados, mostrando alguna lona con el lema “Todos somos África”. Y siempre con una sana intención: reparar daños a las víctimas.

El fútbol es como la política. Sin tsunamis o terremotos, nadie registra a un damnificado.

A pesar de lo mucho que se habló ese año del cambio climático, no hubo desgracia natural mayúscula para lamentar. Así que nuestra pretemporada no sufrió ningún tipo de desvío y pudo progresar haciendo click click, en modo caja registradora con nuestro particular fast fut. (Fut de fútbol en vez de food).

Después de tantos miles de kilómetros y tanta ida y vuelta de acá para allá entre rascacielos y parkings, habíamos quedado realmente exhaustos.

Muy lejos queda esa época de torneos de verano cerca de casa. Cuando se jugaban aquellos grandes partidos de fútbol entre los mejores equipos de Europa y América Latina. Torneos como el Carranza en Cádiz, el Teresa Herrera en La Coruña, el Colombino de Huelva. En aquellos años, el aficionado local viajaba muy poco. Tenía pocas opciones de ver por la televisión fútbol de otras partes del mundo. Por todo esto, el torneo de verano en cualquier pequeña ciudad española era un regalo inolvidable.

Recuerdo la primera vez que fui con mi padre a ver en mi pueblito al Real Madrid contra el Athletic de Bilbao. Era julio, a inicios de los ochenta. Yo tenía solo siete años. No retengo ninguna imagen concreta en mi retina, pero sí muchísimas sensaciones en mi memoria.

Tres años después, pude ver por primera vez a mi equipo, el F.C. Barcelona, que se enfrentaba al Atlético Mineiro de Brasil. Fui con mi padre y mi tío. Los tres muy aficionados al Barça. No me acuerdo de nada del partido, pero sí de la foto que me hice al inicio. Mi padre, después de mucho insistir, me logró “colar” entre unos pocos afortunados para entrar al campo y así poder posar con nuestros ídolos. El gran capitán Alexanko, el portero Urruti, Julio Alberto, “Tarzán” Miguel, Calderé, Víctor Muñoz, el escocés Steve Archivald, el “Lobo” Carrasco, Pichi Alonso y mi preferido, el centrocampista alemán Schuster. Todavía conservo en un viejo álbum esa foto grupal, y otra que pude hacerme con Urruti. (Acaso un presagio de lo que luego fue mi vida como portero profesional. O arquero, como me llama uno de mis mejores amigos, que es argentino, que juega en mi equipo y que es el mejor jugador de fútbol del mundo).

Yo, en aquellos días, quería ser delantero, como querían serlo casi todos los niños de mi escuela en la localidad gaditana donde nací. Es siempre más divertido marcar un gol que evitar que marquen uno. Es mejor atacar que defender.

La alegría de un portero (o arquero) es extraña: sintoniza con la tristeza de quien no puede hacerte un gol.

Hasta los diez años no quise ser portero ni arquero ni cancerbero. Ni nada que significara estar parado ahí solo bajo tres palos, esperando que llegue a toda velocidad una caterva de niños del equipo contrario con el deseo de dejarme en evidencia.

Y lo peor viene después, cuando logran meterte un gol y lo celebran en tu propia cara mientras tú te hundes emocionalmente. Un contraste de sensaciones que solo se la deseaba a mi más acérrimo enemigo. Que por aquellos días tenía el rostro de un chico engreído de doce años que se peinaba a lo Cristiano Ronaldo, que estudiaba en un colegio enfrente del mío y que en categorías inferiores batió todos los récords de goles en la liga local, de los cuales yo me llevé un buen hatajo en los dos partidos que nos enfrentamos a él. No me lo quito de la cabeza a pesar de los años… De él sí conservo su imagen concreta en mi retina.

Por mucho que intento exprimir mi memoria no logro recordar por qué en vez de ser el que intenta meter goles decidí pasar a ser el que debía evitarlos.

¿Algún suceso que me cambiara la vida? ¿Algún trastorno de la personalidad?

Sinceramente no me acuerdo.

Puestos a especular, no me faltan razones para ese tránsito de la delantera a la portería. Quizás me aburrí de ser delantero porque no logré meter un gol ni al arcoíris. O tal vez fui mucho tiempo suplente y quise probar en otra demarcación. O puede que fuese extremadamente torpe a la hora de moverme en las zonas del terreno de juego en las que se requería más técnica, precisión y virtuosismo en los movimientos y finalmente opté por quedarme quieto bajo los tres palos. O también es posible que, de a poco, en los entrenamientos, de probar de vez en cuando cómo es eso de parar penaltis, le fuese tomando el gusto a intentarlo. O, a lo peor, tuvo que ver con alguna apuesta estúpida con algún amigo. O, a lo mejor, quise llamar la atención de una chica que me gustaba.

La verdad es que no lo sé. Lo único que sé y de lo que estoy seguro es que adoraba ser portero en el chiringuito Las Pavanas, en la playa donde siempre iba con mis padres. Era fantástico sentir que volaba haciendo eso que llamábamos “una palomita”, saltando a cámara lenta hacia un costado, a media altura, atrapar el balón con las dos manos y caer plácidamente sobre la arena recién mojada por culpa de una ola.

Por una razón u otra, definitivamente fui mutando de delantero a portero sin ningún tipo de trauma (al menos que yo lo tenga registrado). Creo que lo hice con más naturalidad de lo que se supone. La especialización está sobrevalorada.

Quizás más pronto que tarde me convierta en cantante rap o trapecista en un circo o escritor de novelas. Cualquiera sabe.

¿Le habrá ocurrido lo mismo a mis actuales compañeros? ¿El Uruguayo habrá sido defensa desde muy niño? Tiene toda la pinta de que sí, pero con aquel calor tan tórrido y en medio de los preparativos del asado seguramente no sería la pregunta más atinada.

***

La mente del Uruguayo estaba totalmente concentrada en cada uno de los detalles que rodea este tipo de encuentros informales, desde la carne hasta el vino, pasando por la luz ideal en el jardín y un sinfín de chorradas que cada día nos importan más.

Las reuniones de un grupo tan amplio y con tantos egos, cuando no hay reglas ni objetivos específicos, pueden salir muy mal. Aunque también muy bien.

Después de tres semanas de hotel en hotel, bajo un régimen estricto de comidas, horas de entrenamiento, tiempo de sueño, gimnasio, reposo activo y sesiones de video, la sensación de estar de nuevo en casa y con mayor margen de libertad no tenía precio.

Para mí, “casa” es Barcelona. La siento como mía desde hace una década aunque apenas chapurreo el catalán. Me gusta decir alguna que otra palabra suelta, pero me da pereza tener que armar una frase completa. Además, mi acento tampoco ayuda.

Este club es como una torre de Babel. Y a pesar de los esfuerzos de la dirigencia, el idioma catalán jamás logró monopolizar la comunicación en el vestuario.

Siempre hubo gente de todas partes, de todos los rincones.

Ese año no era una excepción. Estaba la cuota catalana: seis sin contar los canteranos que muchas veces entrenaban con nosotros. La banda española: el albaceteño, el canario, el vasco, el gallego, el madrileño y el gaditano, que era yo. Por supuesto, no faltaba el bando latinoamericano. Y cómo olvidarse de la facción europea: un par de franceses, el alemán, el italiano y el holandés. Y sí, me falta uno, el que jamás puede fallar. El africano de turno era costamarfileño: había nacido en Man, un paraje fronterizo con Liberia, a unos seiscientos kilómetros de Abiyán, la principal ciudad del país.

Solo uno, el parisino, apeló al “por razones personales” para excusar su ausencia. Todos los demás, sin más excepciones, acudimos a la cita, a las afuera de la ciudad, a la casa espléndida con vista al mar que tiene el Uruguayo.

A las dos nuevas adquisiciones de esa temporada les costó encontrar la mansión. El GPS era un auxilio escaso para orientarse dentro de ese barrio selecto, poco accesible, casi desconocido para la mayoría de los habitantes de la ciudad. A nosotros, el aroma de tantos asados celebrados nos servía como el más infalible de los GPS.

Es cierto que la mayoría no vivíamos muy lejos. Nosotros, en calidad de ricos y superricos, siempre nos acabamos recluyendo en este tipo de gueto pero a la inversa. En estos suburbios para gente vip, donde el mundanal ruido llega anestesiado.

Las únicas excepciones fueron tres europeos que vivían en el Centro. Habían elegido la ciudad en lugar de la periferia porque buscaban una experiencia más ilustrada, querían impregnarse de cada recoveco de la idiosincrasia catalana.

Yo, por el contrario, apenas conozco esa zona de Barcelona. Todavía me pierdo cuando me toca acudir a algún evento publicitario en la sede principal en el Barrio Gótico que tiene la empresa que me patrocina mis guantes.

Mi casa, caminando, estaba a menos de un cuarto de hora de la del Uruguayo y la del Argentino. Ellos vivían casi pared con pared. Los separaban solo un par de manzanas. O cuadras, como dirían ellos en su idioma, casi el mismo en las dos orillas del Río de la Plata.

***

Llegué puntual. En realidad, prepuntual. Antes de la hora. Me gustaba aparecerme más temprano de lo debido, para participar en los imperdibles prolegómenos de la casa del Uruguayo. Además, sabía que el Argentino, el mejor jugador del mundo, también estaría ahí antes de tiempo.

Con él me une una amistad genuina. No fue amor a primera vista. No es su estilo. El Argentino no suele caer bien a la primera, tampoco a la segunda. Tiene un sex appeal que va de menos a más. Crece con el tiempo. Te embauca de a poco. Tímido, pero solo en el punto de partida. Faltó a la clase “cómo se rompe el hielo en una conversación”. Después progresa, va dejando de ser retraído. Pasa a ser alguien sociable, pero sin exagerar. No es parlanchín, aunque cuando habla sí es muy ingenioso con el lenguaje. No le gusta reconocerlo, pero resulta gracioso. Es avispado cuando quiere. Y cuando no, parece imbécil. Domina una irritante habilidad: hacerse el tonto cuando algo no le interesa.

El carisma del Argentino es muy guadianesco. Aparece pero desaparece, como lo hace en España el río Guadiana a lo largo de su recorrido por la submeseta castellano-manchega. No es ciclotímico. No. En absoluto. Es más bien una persona que prefiere guardarse el carisma en su bolsillo, y lo saca a relucir cuando le parece, cuando le da la gana, cuando lo necesita. Es muy mañoso con el manejo del tempo. Y es poliédrico: para cada situación, una cara, sin llegar a ser hipócrita.

La primera vez que me crucé con él fue en la casa que el Club tiene reservada para los jóvenes jugadores que llegan de afuera de Barcelona para formar parte de las categorías inferiores y que sueñan con vestir la camiseta del primer equipo.

Cuando el Argentino entró en aquella casa, yo ya llevaba dos años viviendo allí.

No hubo feeling en ese primer encuentro.

Con esto no quiero decir que hubiera mal rollo ni mala onda. Realmente lo que pasó es que no pasó nada. Ni fu ni fa.

Apenas abrió la boca. Un par de monosílabos y poco más.

A los pocos días de su estadía, comenzó a correrse la voz de que el argentino recién llegado era un “fuera de serie”, un virguero con el balón, un crack en potencia.

Sin embargo, habían sido tantas las veces que oí este tipo de halagos para el “nuevo”, que sinceramente pensé que con aquel chico escuchimizado, canijo y espigado, entrerriano, de Entre Ríos, provincia de la Mesopotamia argentina, sería una más.

Cuando entablé una conversación más larga con él fue el día que me acerqué para preguntarle qué era lo que estaba tomando.

—Mate —me dijo.

No me regaló una palabra más.

En toda mi vida jamás había oído la palabra mate. Ni tampoco había visto nunca un mate. Me llamó la atención el ritual y me dieron ganas de probarlo.

Algún gesto seguramente me delató, porque el Argentino se anticipó.

—Probá. —Y tomé en mis manos su bocha caliente y sorbí torpemente.

Este don anticipatorio es muy de él. Con los años, aprendí de él, y con él, que ser callado no siempre significa ser boludo. Me costó aprenderlo porque soy de Andalucía, donde el que no habla es considerado bobalicón. Y no. Jamás es así. Es una ecuación errada, una tesis absurda. El Argentino es el contraejemplo perfecto. Habla lo justo y necesario fuera de su hábitat. Cuando está adentro, es otra cosa. Casi otra persona.

***

Aquella noche del asado-barbacoa el Argentino jugaba en casa, en su hábitat, estaba particularmente hablador.

Con el Uruguayo, se siente en casa. Y conmigo, aunque no sé si está bien que yo lo diga, también. Conformamos un buen trío. Muy familiar. Muy íntimo. Cada quien tiene su rol y conoce a las mil maravillas el rol del otro. Nos tenemos confianza sin importar qué puesto ocupamos en el ranking como futbolistas. Yo soy jugador-relleno. El Uruguayo es imprescindible como defensa central. Y el Argentino es el indiscutible desde medio centro hacia delante: es goleador, y además, es una celebridad como asistente y pasador. Es un jugador total, que hace todo a la perfección.

Salvo dos cosas: defender y elegir música en el vestuario. En esto último es un verdadero desastre.

El Uruguayo, que conoce muy bien las limitaciones y virtudes de cada uno, me pidió a mí que me ocupara de la tarea de elegir las mejores canciones y melodías para una velada como la que teníamos por delante.

Tengo fama de “loquito de la música”. Y confían en que, por ser del sur, llevo en la sangre ese no-sé-qué especial para los ritmos.

Conocía bien los gustos musicales de aquella plantilla. Un poco de flamenquito, mucho de trap, todo lo que rime con cumbia, algo de reguetón, unas dosis (sin exagerar) de rap, algo más de rock argentino y la cuota de música pop catalana y española. Esas eran las coordenadas habituales de nuestra playlist. Bautizada, por un viejo entrenador que ya no está entre nosotros, como “SinMúsicaNoHayTikiTaka”.

Ese verano había descubierto a Paul van Haver, más conocido como Stromae. Este compositor y cantante belga de origen ruandés baila tan eléctrico, tan violentamente eléctrico, que parece que se va a fracturar un hueso en cada movimiento. Y lo añadí a la playlist. Seguro que iba a gustar. Su canción “Santé” es talento puro: no puede haber nadie que diga que no le gusta.

También incorporé otra novedad, L-Gante, “cumbia 420 pá los negros”. Sin estar tan convencido de que agradara a las mayorías.

Aproveché que no había llegado el resto de la plantilla y conecté la música a los parlantes y le di play. En modo aleatorio.

***

El goteo de los invitados empezó pronto.

Fueron llegando como si se hubieran puesto de acuerdo para no coincidir, como si fuera una entrada de grandes divos en un Festival de Cine en la que cada quien aparece solo para no tener ninguna sombra en el momento de la fotografía. Dos minutos, y llegaba el siguiente, dos minutos más y caía otro, y así hasta el último.

El último fue el alemán, el primero un argentino: paradojas de los estereotipos: ni puntualidad prusiana, ni impuntualidad criolla.

Todos conducían coches de alta gama. Y para estacionar dentro de la casa, no había necesidad ni de tocar el timbre. La casa del Uruguayo disponía de un sistema automático que gracias a una cámara-lector de matrículas te permitía pasar o no según estuvieras previamente registrado en la base de datos. Si eras nuevo o habías cambiado el auto, había una persona encargada y ocupada solo para esta misión, la de corregir algo que no puede prever ni el robot más sofisticado del mundo. Porque el vicio de la mayoría de los jugadores de fútbol de cambiar de coche no tiene límites ni obedece a ninguna fórmula racional de comportamiento.

El primer tema de conversación de aquel asado-barbacoa fue el familiar. Casi siempre son los latinoamericanos los más genuinos al compartir ese lado más íntimo. Disparó el Uruguayo, y enseguida lo secundó el Argentino. El resto se fue sumando poco a poco.

Quien no quería decir nada acudía a la caja de los lugares comunes para comentar cualquier generalidad en modo de frase hecha, siempre tan útil para conversar y no decir nada.

También estaban los introvertidos, que encontraban en algún mohín la mejor manera de participar sin exponerse demasiado.

Y cómo no, nunca faltan los que toman la palabra y no la sueltan aunque les venga un ataque de hipo.

La amplia gama de personalidades de nuestra plantilla, a la hora de hablar más o menos sobre los asuntos familiares, tenía un elemento en común. Todos y cada uno repetían siempre una misma palabra. Hermano. Un “hermanómetro” habría quedado exhausto de contar cuántas veces se repetía esa referencia tan fraternal. Hermano por acá y hermano por allá. Hermano esto y hermano lo otro. ¡Cuánta hermandad, cuánta fraternidad! ¡Ni los monjes benedictinos de alguna abadía perdida en el sur de Francia pronunciarían con tanta frecuencia esta misma palabra!

La influencia latinoamericana ha sido determinante en el fútbol español. Y también la ha tenido en la manera de hablar. El “hermano” es una muestra inequívoca de ello. Hasta los periodistas deportivos españoles lo usan cada día con absoluta naturalidad, como si hubiesen nacido en Cali o Arequipa.

Con aquel hermano en la boca de todos, la conversación tomaba sus propios rumbos. Se ramificaba por calles aledañas, incursionaba por callejones sin salida, retrocedía en busca de alamedas que condujeran hacia otras temáticas. El silencio había decidido ausentarse.

***

En aquella ocasión, no fueron convidadas ni parejas ni hijos. Ni amigos ni allegados. Ni el cuerpo técnico. Ni directivos. El cónclave no admitía interferencias. Todos los del asado-barbacoa tenían la misma relación con el fútbol, la del jugador. Y nada es comparable con esta condición.

Los jugadores siempre nos creemos singulares y únicos. Nuestra máxima es que nadie puede lograr entender lo especial que es nuestro trabajo. Ni siquiera el entrenador: salvo que previamente también haya sido jugador.

Por esa razón, aquel fue un asado-barbacoa entre jugadores, para jugadores, cocinado por jugadores. Solos en nuestra propia isla. Sin que nadie ni nada interfiriera en esta matrix futbolera concebida como burbuja.

En esta misión, la de aislarnos, el Argentino y el Uruguayo son tal para cual. Unos maestros. Cada vez que organizan algo en casa, logran que el personal externo se reduzca a la mínima expresión. Los de seguridad en la puerta de entrada y nadie más. Ni camareros, ni cocineros, ni servicio de limpieza, ni DJ, ni asistentes.

Ambos conforman una pareja muy a lo Zipi y Zape. La verdad, yo no sabría distinguir quién es Zipi y quién Zape, porque de pequeño no leí esa historieta española. Solo me quedó el “dicho popular” referido a dos personas que siempre están juntos.

A ellos, además del fútbol y de la camiseta que comparten desde hace años, los une la coincidencia que descubrieron hace apenas unos meses. El Argentino nació a 43 kilómetros del Uruguayo. Esa sería la distancia si se unieran con una línea recta los dos puntos de nacimiento: Gualeguaychú y Fray Bentos. Dos ciudades casi hermanas, la argentina frente a la uruguaya, separadas (o unidas) por el río Uruguay.

Siempre les quedará la duda si llegaron a coincidir o no en Ñandubaysal, en un torneo infantil anual que era local pero internacional. Porque participan los clubes de la zona, de uno y otro lado del río: los argentinos y los uruguayos.

Cientos de veces los oí discutir sobre esta posibilidad y nunca se pusieron de acuerdo. El Argentino recordaba a un defensa central muy grande, tosco, marrullero y patoso, y juraba que era el Uruguayo. El de Fray Bentos lo desmentía argumentando que por aquel entonces era pequeñito, delicado y habilidoso. Y tampoco se acordaba de ningún argentino de las características del de Gualeguaychú.

Coincidieran o no en Ñandubaysal, la vida finalmente los llevó a encontrarse y hacerse amigos en Barcelona.

Los dos sostenían que la razón mayor de su amistad estaba en la infancia en aquel lugar común, con códigos comunes, río en común, palabras en común, comidas en común, atardeceres en común.

Pensaban que, a cierta altura de la vida, cada vez es más complicado abrir las compuertas a una nueva amistad. A medida que pasan los años somos más y más impermeables. Mucho más si lo aplicamos al mundo del fútbol, donde casi todo es competencia e individualismo. Y mucho más todavía en la élite adentro de la élite del fútbol. Porque nos estamos refiriendo al mejor jugador del mundo, que desde hace años es objeto de todas las miradas, habladurías, chismes, cotilleos, rumores, calumnias, especulaciones.

Sin embargo, el Argentino había aprendido rápido, muy rápido, a metabolizar todo lo que eso implicaba. Empezó por driblar muchos de los obstáculos que fueron surgiendo en el camino y por apartarse de todo aquello que no le convino. Tuvo que madurar a cámara súper rápida. Su vida fue vertiginosa desde que llegó a Barcelona.

En lo bueno y en lo no tan bueno. No todo fue color de rosa: nunca lo es. La monocromía no existe.

***

Dicen que hay más de dieciséis millones de combinaciones posibles a partir de doscientos dieciséis colores seguros.

Una variedad tan abrumadora como la de los cortes de carne en un asado-barbacoa hecho por argentinos y uruguayos. De los aproximadamente treinta tipos que suele haber, aquella noche nos recitaron los siete que habían conseguido en una carnicería argentino-uruguaya especializada en atender a los más exigentes carnívoros del lugar. Futbolistas incluidos.

—Vacío, ojo de bife, colita de cuadril, entraña, chinchulín, morcilla y chorizo. Y no hay que confundirse. Porque son cuatro cortes y tres achuras. Y no es lo mismo un corte que una anchura. Una cosa es un corte de vaca y lo otro es hacer lo que buenamente se puede con las tripas y todo eso. Pero bueno, hermano, estoy seguro de que en Uruguay no entienden mucho de asado. —El Argentino se hacía el experto con la única intención de mofarse de su amigo.

Aunque en la parrilla había carne de sobra, no faltaron las empanadas. Y es que el Uruguayo sabe que son la debilidad del mejor jugador del mundo.

Doce docenas y sin ninguna variedad. La una igual a la otra. Idénticas en relleno y en forma. Ciento cuarenta y cuatro empanadas de carne a cuchillo y sin mucho picante. De su lugar favorito: Empanadas Con Sentido, un pequeño establecimiento que se hizo famoso desde que el Argentino puso una foto en Instagram donde se lo veía comiendo ahí con su esposa. Desde aquel día, Empanadas Con Sentido multiplicó tanto sus ventas que hoy ya no pertenece a los mismos dueños.

Aves rapaces llegaron al calor del buen negocio, y una cadena de comida gourmet catalana compró Empanadas Con Sentido por un precio desorbitante que resolvió la vida económica y la jubilación de los viejitos que regentaban la empanadería. Lo que eran empanadas de toda la vida se convirtieron en empanadas futuristas. Con una excepción: cada vez que el Argentino hacía un pedido, el CEO de la cadena de comida gourmet catalana llamaba en persona a los antiguos dueños. Y las cocinaban como siempre, como antes: de carne a cuchillo, sin mucho picante.

El aperitivo en forma de decenas de empanadas llegó a ocupar dos gigantescos tablones que mandaron a buscar especialmente. El Uruguayo es tan exagerado en la comida como mi madre gaditana, que todavía pretende saldar con carácter retroactivo el hambre de todo la posguerra española.

Y comenzaron los chascarrillos habituales.

El Argentino volvió con el cántaro a la misma fuente:

—Los uruguayos no saben comer carne. Menos preparar el chimichurri. Suerte que traje de casa este frasco que estuve preparando toda la mañana.

La respuesta del Uruguayo no se hizo esperar:

—Ya sabemos que lo mandaste a comprar donde lo comprás siempre: en ese restorán charrúa donde hacen el mejor chimi de la vida. Te conocemos adentro de la cancha pero también afuera: ¡no engañás a nadie, boludo! —saltó a la yugular, pero lo comentó con un tono tan cariñoso que se sintió como una caricia.

Aquella escena, más propia de cualquier batalla de gallos entre dos buenos amigos rapeando en modo freestyle, provocó un gran torbellino de carcajadas, que dio paso a otro torbellino de conversaciones, cada vez más ensortijadas y confusas, en medio del sostenido descorche de las botellas de vino tinto del penedés aportadas por los catalanes más veteranos.

Por exigencia y amenaza del Argentino, mi responsabilidad era la de llevar una gran variedad de aceitunas aliñadas con toda la creatividad de mi aceitunero de confianza, un andaluz afincado en Barcelona que lleva más de cincuenta años con una tiendita en el Borne.

Al mojo picón, las de la abuela, las “partías” y las “chupadeos”. Estas dos últimas las pido literalmente así, sin pronunciar la d en la última sílaba, porque es así como se dice en mi tierra. Una d de más y se ríen de ti.

***

Todos estábamos de pie, en diferentes corrillos, que poco o nada tenían que ver con los grupos habituales que se suelen generar a lo largo de la temporada. Los suplentes mezclados con titulares, los defensas con atacantes y los de un continente con otro.

Pasaba la medianoche y nadie había pronunciado ninguna palabra asociada directamente al fútbol. El pacto había funcionado sin necesidad de verbalizarlo. Esa cena era muy importante para conjurarnos de cara a la temporada, pero no queríamos expresarlo. Hacerlo sería admitir que veníamos de unos meses complicados.

Sin embargo, no estaba en el guion sustituir “hablar de fútbol” por “hablar de política”.

Y entonces sí, se armó la marimorena.

La gran mayoría ya había tirado la toalla en relación con el asado. Con dos únicas excepciones, el Italiano y el Colombiano, que aún seguían dale que dale con los últimos trozos de vacío rezagados en la parrilla. El resto estábamos con el postre preferido por el Argentino: flan con dulce de leche, pero sin crema.

Y de repente, uno de los pocos fichajes nuevos para este curso, el ecuatoriano, abrió la boca. No fue para pegarle un bocado al postre.

—No entiendo a la gente de mi país. ¡Chuta, qué locos! Votaron a un hombre de muchísima plata. Dueño de bancos, de supermercados, de varios hospitales, de casas de apuestas, de hoteles, de universidades. Y ahora dicen que de las islas Galápagos. Él gana y gana mientras todos pierden y pierden. Y lo que gana en el país lo saca afuera. Mientras en Ecuador a la gente la sacan de su casa. ¡Un escándalo que me emputa muchísimo! El otro día mi abuelita me contó que sacaron a la fuerza a su vecino de su casa de toda la vida. Una locura. Lo despidieron del banco donde trabajaba. A sus cincuenta y cinco años, en la puta calle. Y como no tenía cómo pagar el préstamo de la casa, entonces, le quitaron la casa. Por orden del dueño del banco, que también es el presidente.

El vino ingerido siempre ayuda a sacar a flote esas piedritas que llevamos dentro y que no nos atrevemos a airear por culpa de ese monstruo llamado Vergüenza. La noche anterior al Ecuatoriano lo había llamado por teléfono su abuela, que le contó aquella historia desalmada de la pérdida de la casa de su vecino de siempre. Aunque no nos lo dijo, intuí a medida que lo relataba que detrás de esa llamada había un pedido de auxilio de su abuela para ver si podría evitarlo por ser uno de los jugadores más admirados en su país.

El Argentino no supo o no quiso empatizar con aquella situación. No hizo ningún comentario sobre la historia que contó el ecuatoriano de su abuela. Pero se reconectó con su abuela materna, fallecida cuando él tenía quince años. El motor de asociación de ideas de cada cerebro se prende según sus propias reglas.

Como tantos nietos, tenía a su abu divinizada, en un altar. Doña Perfecta: prudente cuando había que serlo, risueña cuando tocaba reír, firme cuando se requería y cariñosa cuando lo necesitaba. Una suerte de justo medio andante. También aplicable en su economía. Más de una vez nos lo contó el Argentino: ella nunca fue pobre ni jamás fue rica. No era pobre en su vecindario y no era rica comparada con los barrios acomodados de su ciudad.

Seguramente la presencia de su abuela era más fuerte porque la figura de su abuelo nunca existió. O no quiso que existiera.

Recuerdo todavía aquel día en el que tuvimos que acudir a una fiesta de fraternidad organizada por el Club en un geriátrico, donde nos confesó que su mamá le había contado una historia muy fea sobre su abuelo, y desde entonces, hizo lo imposible para borrarla del hipotálamo para siempre. Y juraría que lo logró gracias a los superpoderes que le asignaba a su abuela.

A partir de ese momento, en el que el Ecuatoriano seguía con su abuela en la boca y el Argentino con su abuela en la cabeza, la conversación tomó el derrotero menos esperado.

La mitad de los comensales optó por no decir ni pío.

La otra mitad buscaba cómo saltar al ruedo. Lo miraban de reojo al Uruguayo, por si este daba un paso adelante, al costado o hacia atrás. O por si hacía la más mínima mueca, señal, resoplido, guiño o gesto que ayudara a fijar las reglas del debate para los próximos minutos.

Nada. El Uruguayo no hizo nada. Ni mueca ni señal ni resoplido ni guiño ni gesto. Una momia, como uno de esos artistas que se disfrazan y se quedan quietos e impávidos en plena rambla de Barcelona ante la provocación de los turistas.

¿Le damos para adelante al debate propiciado por el Ecuatoriano? ¿O enterramos el asunto con alguna de esas bromas que desvían la atención? ¿O fem un pensament (tal como se dice en el idioma catalán con el objetivo de cambiar de tema aprovechando que se dan unos segundos de silencio)?

Este ínterin de incertidumbre y zozobra, sin reglas ni capitanes, ni siquiera liderazgos, fueron unos cinco segundos de afonía general. Uno de los catalanes, el más pipiolo de la primera plantilla, interrumpió esa eternidad:

—Sé que es distinto. Y nada tiene que ver. O sí. No tenemos un banquero, pero tenemos unos políticos que mandan tanques para que no votemos. Tenemos a gente en la cárcel por el solo hecho de haber querido que los catalanes votáramos.

—No me jodas, tío. Os dijeron que no se podía votar, e hicisteis lo que os dio la real puta gana. Os lo pasáis todo por el forro de los cojones. Siempre igual. Siempre le echáis la culpa de todo a España. Siempre os creéis superiores. ¿Por qué no votamos en toda España a ver qué pasa con Cataluña? Porque, que yo sepa, Cataluña está dentro de España. ¡A ver déjame mirar tu DNI, a ver qué pone!

La respuesta no vino del albaceteño, ni del canario, ni del madrileño, ni tampoco del gallego ni del vasco. Ni tampoco de mí, que hace años aprendí a no meterme en el tema de la independencia catalana.

Contra todo pronóstico, fue otro catalán, nacido en Cerdanyola del Vallés, de padre extremeño y madre catalana, quien se atrevió a “entrar al trapo”.

Se trataba de un catalán no tan catalán como los otros catalanes de pura cepa.

Después de tanto tiempo en Barcelona, fui aprendiendo que hay una parte de la Catalunya más independentista que a veces usa un término muy despectivo, charnego, para referirse a los nacidos en Catalunya que tienen un progenitor catalán (nacido en Catalunya) y el otro progenitor procedente de otro territorio de España (no nacido en Catalunya).

No son la mayoría, pero sí hacen mucho ruido.

La respuesta del jugador catalán de padre extremeño y madre catalana no sorprendía por su contenido porque replicaba como era habitual en buena parte de España frente al reclamo catalán de su derecho a la independencia.

Lo que sí llamaba la atención es que lo hiciera ahora en vez de haberlo hecho antes, cuando todo el mundo, incluido el mundo del fútbol, hablaba sobre el asunto.

Todos nos quedamos un poco perplejos y optamos por “mutearnos”.

A excepción del Colombiano, que obvió el tema catalán y retomó el asunto latinoamericano:

—Pero qué dices. —Su dedo señalaba al Ecuatoriano—. La culpa no es del banquero presidente ese. La culpa la tiene la gente, la gente que lo vota. Y también la gente como el vecino de tu abuela que seguro hizo algo mal en el trabajo, y lo despidieron por flojo o por ladrón, y ahora no tiene cómo pagar su préstamo. Yo tengo a mi abuelo que siempre trabajó y fue honesto y la peleó, y todavía se levanta cada día a las cinco de la mañana. Y nunca le faltó de nada. Nunca jamás lo echaron del trabajo ni de su casa. No es rico, pero no es pobre.

De buenas a primeras, en vez de un debate, teníamos dos. El que venía dándose sobre el derecho a votar por la independencia de Catalunya. Y el de la abuela y el abuelo, que discutían sobre una culpabilidad u otra: la del presidente votado o la de la gente que lo vota, la de quien te expulsa del trabajo o la del trabajador que no trabaja bien, la del banco prestamista o la de la persona que no puede pagar el préstamo.

Preocupaciones legítimas, las unas y las otras. Porque cada uno se preocupa de lo que quiere y como puede. ¿O es que todo el mundo se preocupa de lo mismo y de la misma manera y con el mismo enfoque? No.

Y así mismo ocurre con los jugadores de fútbol, que somos personas de carne y hueso, y nos preocupan las cosas que pasan en este mundo aunque sea a nuestra manera. A nuestra privilegiada manera.

También a su manera y con un tono afiladamente cruel, el Catalán-pipiolo le reprochó al Colombiano que no debía haber cambiado de asunto.

Y el Ecuatoriano, sin interés alguno en la preocupación catalana, recordó lo obvio. No sin sorna.

—¡Cómo sois! ¡No hay manera! Yo hablando de la angustia que vive el vecino de mi abuela y del puto presidente que tenemos, que es un ladrón consagrado, y acá vosotros con Catalunya y España, para arriba y para abajo. ¡Ya quisiera yo que en mi país el problema fuera como el que tenéis acá! Cuando se resuelve lo importante, siempre comienzan las preocupaciones por lo no importante.

Y antes que el Colombiano y la tropa catalana volvieran al tira y afloja de cuál preocupación es la más preocupante, el Uruguayo se cruzó por el medio como un buen defensa central. Despejó un asunto y el otro, bien lejos. Y miró de reojo, con gran complicidad, al Argentino.

El Uruguayo no tenía ganas de que su asado-barbacoa acabará convirtiéndose en una cumbre. Y decidió ponerle punto final.

—¡Paren este debate a lo Naciones Unidas! ¿Qué se creen? ¿Políticos? ¿Desde cuándo hablamos de política? Esta noche era para otra cosa. Para pasarla bien, comer rico, cagarnos de la risa y relajarnos un rato… Es cierto que dije que no habláramos de fútbol. Ahora veo que me faltó decir que tampoco se hablara de política. ¡Qué boludos! Lo que me faltaba: ahora veo que acá más de uno quiere ser presidente…

Como en tantas ocasiones, sin saber qué decir ni qué hacer, nos reímos. Pero no todos lo hicimos de la misma forma.

Los que mayoritariamente habíamos asumido ser espectadores nos reímos con ímpetu y muy sonoramente. Y, por el contrario, los cuatro o cinco que habían activamente protagonizado los dos debates simultáneos se rieron con incomodidad.

El Argentino no se rio. Fue el único. Y a modo de gambeta pronunció una frase. Indescifrable como cualquier película de David Lynch:

—El gol que me falta.

Ninguno, ni yo, ni el Uruguayo, ni el resto de la plantilla supo interpretar por aquel entonces esas cinco palabras, que bien podrían servir para título de una novela.

II. UN ABRIR Y CERRAR DE OCÉANOS

La última semana de diciembre de ese A.C.

Es innegociable. Llegan los polvorones y cada quien se va a casa. A su casa natal.

Desde que suena el silbato del árbitro que da por terminado el último partido del año, todo está planificado al detalle. Hay que sacarle el mayor jugo posible al cronómetro.

Tras varios meses de Liga, queríamos partir cuanto antes y disfrutar al máximo las vacaciones de Navidad.

Los europeos siempre lo tenían más fácil porque no tienen que afrontar ninguna yincana para llegar a su país. Facilito. Vuelo corto y sin problemas.

Los que nacieron en la Península lo tienen todavía más fácil. Ni al canario se le complica. Hay vuelos directos de sobra. Dos horas y media, y en casa.

Un poco más jodido lo tenía el marfileño. África está cerca en lo geográfico, pero lejos en cuanto a conexiones aéreas. Así que decidió “traer el allá acá”.

Esta vez no quería estresarse con los pocos días de descanso. El año pasado había perdido mucho tiempo en aeropuertos y no quería que eso se repitiera. Entonces, esta vez toda la familia ampliada venía hasta Barcelona.

No iba a faltar nadie de Costa de Marfil: venían padre y madre, tres hermanos y cinco hermanas (con sus esposas y esposos), dos sobrinos y treinta sobrinas (con sus novias y novios) y la abuela con sus ochenta y nueve años.

Tampoco iba a faltar nada: empezando por el exceso de equipaje. El jugador marfileño había pedido que le trajeran un listín interminable de especies. Más varios quintales de ese arroz que, según él, “solo se consigue en el mercado de Man, mi ciudad natal”. El africano siempre se quejaba de la mala calidad del arroz español.

Los latinoamericanos lo tenían más complicado que el resto. Debían cruzar ese gran charco llamado océano Atlántico en un mínimo de tiempo para aprovechar al máximo los pocos días de asueto.

El Argentino y el Uruguayo se unían para planear ese viaje a su Sur. Un año le tocaba a uno y el siguiente al otro.

Aquel “Año Cualquiera” fue turno para el Argentino.

En esa ocasión, la travesía contó con un polizón. Un intruso había decidido cambiar drásticamente el destino de sus días de vacaciones. Era un gaditano. O sea, yo.

Tenía ganas de calorcito. Y no tenía ganas de Navidad. Me vino como anillo al dedo la invitación del Argentino para acompañarlo a su tierra. No a su casa. Pero sí a su tierra. “Venite al lado de casa. Cerca del río debe haber muy lindas quintas para alquilar. Te va a gustar. Asadito. Cartas. Bici. Pesca. Y guitarra. No será conmigo, ya sabés. Pero allá siempre hay gente bohemia de esa con la que te juntás vos”.

Me tentó tanto aquel plan que acepté pasar esas fechas tan familiares lejos de la familia.

***

El último partido lo habíamos ganado fácil y con buen fútbol. Goleada fácil. Mantuvimos el liderazgo con holgura. Veníamos bien en estos primeros cuatro meses de Liga. Una sola derrota, la del primer partido, y un par de empates. Fuimos de menos a más. Como casi siempre. Nos cuestan las primeras semanas. No terminamos de concentrarnos bien al inicio de temporada. Honestamente, la razón está en el exceso de confianza. Un sesgo cognitivo que nos invade a los deportistas. Y también a los no deportistas. Afecta a todo aquel que tenga un ego todopoderoso.

En la cúspide del fútbol, nos sobreestimamos habitualmente porque en la vida nos ha ido mejor que a la gran mayoría. Nos creemos Superman inclusive cuando vamos al supermercado.

A pesar de las muchísimas advertencias de nuestro entrenador, del ayudante del entrenador, del psicólogo del equipo, del director deportivo, del manager general, del vicepresidente del área del fútbol, o del mismísimo presidente, a pesar de las sugerencias de que evitemos el exceso de confianza a inicios de cada temporada, jamás podemos controlar ese bichito que llevamos adentro desde que comenzamos a ser jugadores profesionales

Nos creemos superhéroes.

Recuerdo aún el día en que un joven ayudante del primer entrenador nos hizo el test de Kahneman. Un experimento típico para evaluar la sobreconfianza que consistía en responder con verdadero o falso a preguntas diversas, y luego, a continuación, nos repreguntaban el nivel de confianza en la respuesta dada. Los resultados fueron concluyentes: exagerada y enfermiza seguridad en nosotros mismos.

Este rasgo tan característico de los primeros partidos lo vamos corrigiendo a medida que avanza la competición. Nos vamos dando cuenta de que si no lo damos todo por culpa de este defecto, de sobrados, de creernos más de lo que somos, entonces, no ganamos los partidos aunque seamos superiores al rival.

Mi papá me lo dijo una y mil veces con un refrán muy popular: camarón que se duerme, se lo lleva la corriente.

Y justamente si hay un jugador que más aversión tenga a ser arrastrado por la corriente, ese es el Argentino. Porque no quiere perder ni a la petanca.

En sus genes hay más pulsión por competir que confianza en sí mismo.

Para ser competitivos, no hay magina ni truco que valga. Lo complicado es ponerlo en práctica.

Querer ganar hasta en los entrenamientos, mejorar en cada detalle por muy marginal que parezca, no ponerse a la defensiva después de cada error y empeñarse en corregirlo, prepararse psicológicamente para cuando vienen mal dadas, no presumir demasiado cuando el viento sopla a favor y no descuidar el físico aunque seas técnicamente el mejor.

Poco a poco, partido a partido, fuimos poniendo en práctica toda la teoría y comenzamos a remontar hasta llegar a una muy buena velocidad de crucero.

A pesar de su profesionalismo extremo, en el Argentino había algo que me dejaba con dudas sobre su motivación. La forma en que celebraba los goles. La intensidad de los abrazos después de cada victoria. Gestos de lejanía en alguna charla antes de un partido.

Sutilezas indetectables para el gran público y para la mayoría de la plantilla, pero reconocidas por quienes le conocíamos de memoria.

Entrenaba bien, jugaba bien, se comportaba bien, se seguía enojando cuando no lo salía algo bien. Lo que yo advertía no tenía que ver con eso. Se trataba de otra cosa, algo más íntimo, que no era capaz de descifrar con precisión.

En aquellas últimas semanas del año dudé mucho si preguntarle o no qué era lo que estaba pasando. Sé que le gusta que uno sea así, que vaya de frente, sin anestesia. Duro y directo. Al grano. Tanta doblez, tanto eufemismo ya lo cansaron.

***

El mejor momento lo encontré en los aires. En las nubes. En el avión que nos llevaba hacia Buenos Aires.

Sin los pies en la tierra, costaba menos tratar lo que cuesta tanto tratar con los pies en la tierra. Una suerte de diván en las alturas que me facilitaba hablar sin tapujos.

Le pregunté y el Argentino respondió con mayor precisión de la que yo esperaba de él.

—No estoy como antes. ¿Para qué mentir? Es verdad que el equipo va bien. Estamos punteros. Podemos ganar todo… O casi, lo del sextete