El hechicero de la tribu - Atilio Borón - E-Book

El hechicero de la tribu E-Book

Atilio Borón

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"Para ser fecunda, la crítica no debe arremeter contra un hombre, sino trabajar en las ideas. La fuerza del presente análisis surge del ejemplo que Atilio Boron (Buenos Aires, 1943) aporta a sus lectores: la belleza en el discurso no debe distraernos del planteamiento ni de los argumentos (si es que existen). Es bajo esta convicción que ante nosotros —y sin anestesia— se practica un desmantelamiento político con rigor y demanda, a la altura de una leyenda. Así, con la intención de entrar en el núcleo de Vargas Llosa, partimos de su elogio al sistema neoliberal —del que se ha convertido en gran defensor público— para descubrir a un prolijo allegado al poder y su ideología, a un divulgador oculto tras las ramas de la literatura y del boom latinoamericano. El propio Boron lo señala: "Pese a su elemental y tendencioso manejo de las categorías y las teorías del análisis político, o tal vez debido a la maestría con que maneja los sofismas y las 'posverdades', Vargas Llosa es una pieza fundamental en el masivo dispositivo de 'lavado de cerebros' y de propaganda conservadora que con tanto esmero practican las clases dominantes de las metrópolis y sus secuaces en la periferia"."

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Seitenzahl: 369

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Akal / Inter Pares

 

 

Diseño interior y cubierta: RAG

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra —incluido el diseño tipográfico y de portada—, sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin el consentimiento por escrito del editor.

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

 

 

© Atilio A. Boron, 2019

© Ana María Ramb, por el prólogo, 2019

D. R. © 2019, Edicionesakal México, S. A. de C. V.

Calle Tejamanil, manzana 13, lote 15,

colonia Pedregal de Santo Domingo, Sección VI,

alcaldía Coyoacán, CP 04369, Ciudad de México

Tel.: +(0155) 56 588 426

Fax: 5019 0448

www.akal.com

facebook.com/EdicionesAkal

@AkalEditor

 

 

 

Atilio A. Boron

El hechicero de la tribu

Mario Vargas Llosa y el liberalismo en América Latina

 

Para ser fecunda, la crítica no debe arremeter contra un hombre, sino trabajar en las ideas. La fuerza del presente análisis surge del ejemplo que Atilio Boron (Buenos Aires, 1943) aporta a sus lectores: la belleza en el discurso no debe distraernos del planteamiento ni de los argumentos (si es que existen). Es bajo esta convicción que ante nosotros —y sin anestesia— se practica un desmantelamiento político con rigor y demanda, a la altura de una leyenda.

Así, con la intención de entrar en el núcleo de Vargas Llosa, partimos de su elogio al sistema neoliberal —del que se ha convertido en gran defensor público— para descubrir a un prolijo allegado al poder y su ideología, a un divulgador oculto tras las ramas de la literatura y del boom latinoamericano.

El propio Boron lo señala: “Pese a su elemental y tendencioso manejo de las categorías y las teorías del análisis político, o tal vez debido a la maestría con que maneja los sofismas y las ‘posverdades’, Vargas Llosa es una pieza fundamental en el masivo dispositivo de ‘lavado de cerebros’ y de propaganda conservadora que con tanto esmero practican las clases dominantes de las metrópolis y sus secuaces en la periferia”.

 

Atilio Boron (Buenos Aires, 1 de julio de 1943) es una de las figuras más relevantes de las ciencias sociales en Latinoamérica. Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Harvard, es profesor en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y director del Pled (Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales).

Columnista en diversos medios, también ha sido secretario ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso) de 1997 a 2006. Entre sus reconocimientos, cabe mencionar el Premio de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada de Casa de las Américas 2004, por su libro Imperio e imperialismo, y el Premio Internacional José Martí por su contribución a la unidad e integración de los países de América Latina y el Caribe, otorgado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) en 2009.

 

A MANERA DE PRÓLOGO

 

El hechicero de la tribu. Vargas Llosa y el liberalismo en América Latina es un libro absolutamente válido, incluso sorprendente y, sobre todo, necesario. Se trata de una clase magistral sobre la cuestión del compromiso y la responsabilidad de los intelectuales, a través del estudio de la personalidad y trayectoria de una figura paradigmática.

Su autor, Atilio Boron, no eligió como eje a un dreyfusiano, es decir, a un intelectual que, más allá de sus trabajos literarios, es capaz de dejar la pluma para tomar partido en la arena pública y así ejercer el pensamiento crítico y levantar los valores de la justicia, como en su tiempo lo hizo Émile Zola al defender la inocencia del capitán Dreyfus, en contradicción con la “razón de Estado”. Tampoco es Federico García Lorca o Raúl González Tuñón, ambos —como muchos otros notables—, involucrados con sus semejantes, con su comunidad nacional e internacional, así como con el género humano en su conjunto, a través de su adhesión a la causa republicana durante la Guerra civil española.

Eso sí, el protagonista es un grande, surgido del llamado Boom de la literatura latinoamericana. Pero no es Julio Cortázar, para quien conocer de cerca la causa de la Revolución cubana resultó una vivencia determinante, que lo llevaría a asistir a la inauguración de la presidencia de Salvador Allende en el Chile del 70 y, tres años más tarde, a ceder los derechos de autor de El libro de Manuel, en solidaridad con los presos políticos de la dictadura argentina; o también a apoyar, con todos los medios a su alcance, la Revolución sandinista.

Ustedes, estimados lectores y lectoras, a partir del título de este libro de Atilio Boron, ya saben quién será objeto de sus análisis. Nada menos que Mario Vargas Llosa, hoy por hoy, Jorge Mario Pedro, marqués de Vargas Llosa, según título nobiliario concedido por Juan Carlos I, rey de España. VLl —para nombrarlo en forma breve— es, por propio derecho, uno de los más importantes escritores contemporáneos, con una larga obra que ha cosechado numerosos premios, entre los que destacan el Nobel de Literatura , el Cervantes, el Rómulo Gallegos, el Príncipe de Asturias de las Letras y el Planeta, entre otros. Fue candidato a la presidencia de Perú en 1990 por la coalición política Frente Democrático (Fredemo), del “centro-derecha”. Desde hace años preside la Fundación Internacional para la Libertad. Y en esa función visita con frecuencia Argentina. En abril de 2018, como alternativa de agenda a la cena anual de la Fundación Libertad, VLl ofició de moderador con preguntas dirigidas a los presidentes Mauricio Macri (Argentina) y Sebastián Piñera (Chile). Tema principal: “La crisis en Venezuela”.

A quien le inquiete saber cómo VLl se presenta a sí mismo, podrá leer El pez en el agua, relato autobiográfico donde el “ilustrísimo señor marqués” pinta dos retratos: el del adolescente que se impuso la literatura como mayor pasión de vida, y el del adulto que ejerció su vocación política hasta quedar “exhausto”. Sin embargo, las noticias donde a VLl se lo ve hoy en la prensa del establishment muestran lo contrario. Lejos de parecer extenuado, VLl sigue nadando en aguas políticas, pero no en un océano proceloso, sino en las enrarecidas aguas de un acuario con algas de plástico, cuidado por guardianes del sistema. Como nota de color, las cámaras de las revistas del corazón y el canal ¡Hola! tv lo enfocan también con cierta frecuencia.

En sus comienzos como escritor, visitaba la Casa de las Américas, institución cubana que tuvo mucho que ver con el espaldarazo que recibieron los primeros títulos de VLl, y que lo consagró con La ciudad y los perros como uno de los cuatro pioneros de lo que sería el citado Boom —los otros tres eran Julio Cortázar (Los premios), Gabriel García Márquez (El coronel no tiene quien le escriba) y Carlos Fuentes (La muerte de Artemio Cruz)—. La adhesión de VLl a la causa de la Revolución estaba presente cuando en 1962 viajó a la Isla para cubrir como reportero los efectos de la Crisis de los misiles.

¿Cómo fue que ese muchacho tan talentoso y crítico de la realidad de Nuestra América, militante del pc de su país, derrapó para convertirse en el más descollante intelectual orgánico y paradigmático del neoliberalismo, sistema que se pretende a sí mismo universalmente hegemónico y triunfante? ¿Cómo fue que VLl, adulto, se transformó en paladín de la ideología capitalista y responde actualmente a las estructuras tradicionales y a los intereses constituidos?

En tal sentido, Adolfo Sánchez Vázquez advierte que, por su contenido en ideas, por la acogida que la sociedad le da a la obra de un intelectual de relieve y por el uso que de ella hace, el producto tiene efectos prácticos en la realidad, al criticarla, apoyarla o transformarla. Nadie puede afirmar hoy que VLl intente siquiera criticarla ni, muchos menos, transformarla. Al contrario, la apoya e intenta fundamentarla en sus ensayos, entrevistas, paneles y conferencias.

A éstas y a otras más complejas cuestiones encontraremos respuesta en El hechicero de la tribu. Vargas Llosa y el liberalismo en América Latina. Es una fortuna contar con un intelectual como Boron para desmontar las ficciones que se incrustan sobre la sociedad y generan un pensamiento, una manera de existir adoptados, al principio, por el campo de la comunicación y de la cultura y, después, por algunas mayorías. Porque Atilio Boron, cuya espléndida obra y brillante itinerario podrían asegurarle una dorada y confortable torre de marfil, no es un intelectual que se debate entre la lucidez de sus análisis de la realidad y la imposibilidad de actuar sobre ella —contradicción que a no pocos desespera y hace languidecer—, sino que trasciende su actividad académica, ensayística y, desde ya, la filosófica, y, mediante un compromiso docente y político cotidiano, la convierte en práctica concreta. ¿Hace falta decir que Atilio pertenece a la Rayuela cortazariana? Decía Julio:

Sé muy bien que mis lectores no se contentan con leerme como escritor, sino que miran más allá de mis libros y buscan mi cara, buscan encontrarme entre ellos, física o espiritualmente, buscan saber que mi participación en la lucha por América Latina no se detiene en la página final de mis novelas o de mis cuentos [...]. Creo que la responsabilidad de nuestro compromiso tiene que mostrarse en todos los casos en un doble terreno: el de nuestra creación, que tiene que ser un enriquecimiento y no una limitación de la realidad, y el de la conducta personal frente a la opresión, la explotación, la dictadura y el fascismo, que continúan su espantosa tarea en tantos pueblos de América Latina.

Ana María Ramb

 

 

A Fidel, por sus enseñanzas, por sus luchas,por su fe martiana en la necesidad de la batalla de ideas, por su internacionalismo y su indoblegable resistencia al imperialismo, por su inquebrantable fe en el futuro socialista de la humanidad, y porque a dos años de su partida física su legado político e intelectual vive en el corazón y las mentes de millones de militantes que luchan por un mundo mejor y por cumplir con su mandato cuando dijera, en 1992

“Sálvese de la humanidad”

Capítulo I

Introducción. ¿Por qué Vargas Llosa?

 

El más reciente libro de Vargas Llosa, La llamada de la tribu, es un racconto de la aventura —o si se prefiere, del extravío— intelectual y política de su autor desde los remotos días en que era un joven comunista peruano que devoraba con pasión los ejemplares de Les Temps Modernes y que leía a Jean-Paul Sartre “devotamente” hasta la consumación de su apostasía y la execración de todo lo que alguna vez admirara. Con el paso del tiempo, todo aquello que en su juventud le otorgara sentido a su vida años después se convertiría en objeto de una incesante, inagotable y enfermiza animosidad. Como lo asegura uno de los más importantes estudiosos de su obra, “Vargas Llosa no sólo dejó de ser un marxista, según su criterio y convicción, sino que al convertirse en un converso confeso y apasionado por su nueva verdad se transformó en implacable enemigo de las luchas sociales de los pueblos que tratan de liberarse de las cadenas de la colonialidad que ha impuesto el liberalismo”.[1]

Nuestro autor comenzó su vida política en el Partido Comunista Peruano. Nos asegura que “participó primero como simpatizante y después como militante” en Cahuide, una célula clandestina del pcp en la Universidad de San Marcos. Ya como militante, y con el pseudónimo de “Camarada Alberto”, VLl asumió otras responsabilidades y “además de escribir en el periódico partidario (tuvo que) representar públicamente al Partido”. Pero en 1954 se aleja del pcp y en un espectacular giro pasa a militar en la Democracia Cristiana. Como afirma un estudioso de su vida y obra, “el novelista se desenvuelve con facilitad en los extremos”. Prueba de ello es su veloz abandono del espiritualismo y la “democracia cristiana” y, ya instalado en París, su ardiente adhesión a la Revolución cubana poco después de la entrada de Fidel y sus barbudos a La Habana. Pocos años más tarde, VLl emprendería un camino sin retorno hacia un liberalismo radical, con el que, a través del tiempo, no haría sino agriarse y, en lugar de intentar ser con los años algo más sabio, más noble, más leal, honrado y generoso, derrapó hasta convertirse en un desembozado apologista de la monarquía española, el imperialismo norteamericano y toda la derecha mundial.[2]

Vargas Llosa explica en la primera página de su nuevo libro que la inspiración para escribirlo provino de la lectura de un texto notable: Hacia la estación de Finlandia, del norteamericano Edmund Wilson. En esta obra se reconstruye el itinerario de la idea socialista hasta su culminación —y según Wilson y el propio Vargas Llosa, su definitiva degeneración— con el triunfo de la Revolución bolchevique en octubre de 1917. Pero hay una diferencia fundamental que separa la obra de Wilson de la del escritor peruano: mientras que aquél procura trazar el recorrido de la presunta descomposición del ideario socialista, en el caso de VLl se trata, aunque no lo parezca según él, “de un libro autobiográfico”. Más concretamente asegura que esta obra

describe mi propia historia intelectual y política, el recorrido que me fue llevando, desde mi juventud impregnada de marxismo y existencialismo sartreano, al liberalismo de mi madurez, pasando por la revalorización de la democracia a la que me ayudaron las lecturas de escritores como Albert Camus, George Orwell y Arthur Koestler (p. 11).[3]

Alguien podría de buena fe objetar por qué razones el autor de este libro, volcado durante largos años a la enseñanza de la teoría y la filosofía políticas y al estudio del imperialismo debería dedicar su escaso tiempo a criticar la obra de un notable novelista, pero, a su vez, un tosco aficionado si de examinar los grandes temas de la tradición filosófico-política se trata.[4] Como escritor se dedica, según lo dijera más de una vez, a “escribir mentiras que parezcan verdades”. ¿Para qué perder tiempo en un libro que, como veremos, está también saturado por mentiras que parecen verdades? ¿Para qué criticar un libro que es un inmenso océano de sofisterías y artimañas retóricas salpicado con unos pocos y pequeños islotes en donde asoma un gramo de verdad?

La respuesta es simple y contundente. Nos guste o no, VLl es hoy por hoy el más importante intelectual público de la derecha en el mundo hispanoparlante, y tal vez uno de los de mayor gravitación a nivel mundial. Su incansable labor como propagandista de las ideas liberales a lo largo de casi medio siglo, y la formidable difusión de sus escritos —reproducidos ad nauseam en toda la prensa iberoamericana y en los grandes medios de comunicación de Estados Unidos y Europa— convirtieron al peruano en el profeta mayor del neoliberalismo contemporáneo. Ninguno de los autores que examina en su libro tiene —o tuvo— una llegada al gran público ni siquiera remotamente similar a la del autor de La casa verde, o la capacidad de reclutar una legión de divulgadores que a través de los medios de comunicación hegemónicos disemina sus ideas por todo el mundo hispanoparlante. Ninguno, tampoco, tuvo la posibilidad de VLl de alternar con gobernantes y monarcas con la frecuencia y familiaridad que posee el arequipeño.[5]

Su cruzada en contra de toda forma de colectivismo: el socialismo, el comunismo, el estatismo, y el “populismo” (concepto etéreo y confuso si los hay) ha ejercido una influencia social y política sin precedentes en América Latina y también en España, su patria de adopción. Pese a su elemental y tendencioso manejo de las categorías y las teorías del análisis político, o tal vez debido a la maestría con que maneja los sofismas y las “posverdades”, VLl es una pieza fundamental en el masivo dispositivo de “lavado de cerebros” y de propaganda conservadora que con tanto esmero practican las clases dominantes de las metrópolis y sus secuaces en la periferia. El daño que ha hecho al atacar con su elegante prosa a cuanto gobierno o fuerza política se aparte de los cánones establecidos por el neoliberalismo o rechace los mandatos emanados de la Casa Blanca ha sido enorme. Lo mismo el perjuicio ocasionado con sus arremetidas en contra de la tradición del pensamiento crítico en todas sus variantes; o la confusión que ha creado entre las legiones de gentes que ansían y necesitan construir un mundo mejor; o el desánimo que ha sembrado en millones de personas y la resignación que ha promovido ante las atrocidades del capitalismo y la farsa democrática que éste escenifica tanto en los países centrales como en la periferia. Todo este cúmulo de razones torna imprescindible poner al desnudo las falacias, sofismas y argucias de su labor como propagandista de un orden social insanablemente injusto, develando las trampas argumentativas ocultas en sus seductores escritos.

De ahí el título de nuestro libro. Una de las acepciones de la palabra “hechicero” dice que es la “persona que realiza actos de magia o hechicería para dominar la voluntad de las personas o modificar los acontecimientos, especialmente si provoca una influencia dañina o maléfica sobre las personas o sobre su destino”. La magia de una prosa elegante y bien definida, la hechicería de la palabra justa, de agradable sonoridad, y una especial aptitud para el arte de fabular y mentir con la perversa habilidad del flautista de Hamelin no sólo en sus novelas, sino en sus ensayos políticos, le otorgaron a VLl la capacidad de ejercer una influencia perniciosa sobre el común de la gente, y altamente beneficiosa para los dueños del mundo, que recompensaron sus servicios colmándolo de honores y todo tipo de premios y distinciones.[6] Su palabra es la del partido del orden; los sucesivos ocupantes de la Casa Blanca hablan por su voz; la derecha europea lo ha colmado de premios y reconocimientos de todo tipo; sus escritos se leen en buena parte del mundo, comenzando por el hispanoparlante. Si tuviéramos que nombrar a un escritor, un intelectual, un personaje público que ha trabajado incansable y eficazmente para introducir en las sociedades latinoamericanas el engañoso sopor mental del liberalismo, o para perpetuar la sumisión de las grandes masas, la desinformación programada, el atraso cultural de sujetos que no pueden percibir alternativa alguna a un mundo cruel que los victimiza y embrutece, esa persona es, precisamente, VLl. Por eso nadie podría arrebatarle el título de hechicero que, con sus malas artes, perpetúa el sometimiento y la resignación de una enorme tribu formada por millones de personas, ofuscando su entendimiento, y que, al hacerlo, presta con el embrujo de sus palabras un servicio invaluable para las clases dominantes del mundo capitalista y para un imperio que, según sus más lúcidos voceros, comenzó a transitar la ruta de su irreversible decadencia.[7]

Unas breves palabras antes de poner fin a esta sección acerca de una —¿sólo casual?— coincidencia de esta inesperada aparición de la palabra “tribu” en el pensamiento de la derecha latinoamericana. Pocos meses antes de la publicación del libro de VLl, aparecía en México La tribu. Retratos de Cuba (Sexto Piso, 2017), de Carlos Manuel Álvarez, un joven escritor y periodista cubano que fue presentado en Argentina como una de las nuevas voces críticas de la Revolución. Álvarez es frecuente colaborador en medios como el New York Times, bbc Mundo, Aljazeera y la cadena Univisión. La editorial mexicana definió su libro como “un volumen de crónicas sobre la Cuba post revolucionaria”, con lo cual está todo dicho: la Revolución cubana ha muerto, y Álvarez emitió su certificado de defunción. Su libro fue presentado en Buenos Aires en la Universidad Nacional de San Martín, con el auspicio de cadal, una muy activa organización anticastrista radicada en la Argentina. ¡Otra vez “la tribu”!, que ahora es Cuba.[8] No creemos que haya sorpresa alguna en cuanto a la futura carrera de este escritor, ya integrado al Olimpo de los autores “consagrados” por el mandarinato imperial. Y este reconocimiento, como en el caso de VLl, no es gratis. Es la generosa recompensa del imperio a una activa militancia contrarrevolucionaria.

La “batalla de ideas” a la que convocaran Martí y Fidel exige recoger el guante que arroja el peruano con sus escritos. Callarnos ante sus argucias y patrañas sólo servirá para prolongar la victoria ideológica del neoliberalismo y obturar las vías de escape ante los horrores causados por las políticas que publicita VLl en sus intervenciones públicas.

Radiografía en movimiento

A la luz de lo planteado, vemos que hay razones suficientes para enfrascarnos en una lectura crítica del libro que nos ocupa. Nuestra labor, digámoslo de entrada, no tiene pretensión alguna de ser una biografía de VLl, sino de ofrecer una radiografía en movimiento de su metamorfosis política y de las teorías y doctrinas de los autores que, según él, lo indujeron a dar su (mal)paso. Un aliciente complementario para nuestra empresa es que VLl representa uno de los casos más espectaculares de apostasía y conversión al neoliberalismo de un intelectual de izquierda. Obvio, está lejos de ser el único que se embarcó en esta travesía regresiva, pero sin duda es el más notable de todos, al menos en el ámbito latinoamericano y caribeño, por la gravitación mundial del personaje y por la amplitud del recorrido en un extenso arco que va desde un “marxismo sartreano” hipersectario hasta un neoliberalismo puro y duro, ambos condimentados con el mismo fanatismo que con tanto ardor y desde sus vísceras pretende combatir en su libro.[9]

El Nobel hispano-peruano abjuró de sus ideas, pero mantuvo con tenacidad el celo incandescente con que defiende sus convicciones, algo que los psicoanalistas calificarían como una “formación reactiva” que lo lleva a sobreactuar su repudio a todo lo que en otros tiempos adoraba. Con algunas reservas, podríamos identificar un itinerario similar en la obra de otro gran escritor, Octavio Paz, aunque no sean casos estrictamente comparables. El mexicano también sufrió una involución política igualmente deplorable. En la década de los setenta ya nada tenía que ver con aquel joven poeta que viajara a España en 1937, en plena Guerra civil, para participar en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, convocado desde París por Pablo Neruda en solidaridad con el Gobierno de la República Española. Su tránsito hacia la ignominia llega a su apogeo cuando, en el México de los noventa, se convirtió en el principal vocero de la reacción neoliberal, hipnotizado por el derrumbe del Muro de Berlín y la inminente desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (urss). A pedido del multimedios Televisa y del Gobierno de México, Paz organizó, en 1990 un gran —y costosísimo— evento académico e intelectual denominado “Encuentro Internacional – La experiencia de la libertad”, convocado poco después de la caída del Muro en medio de la euforia del supuesto “advenimiento de la libertad” en Europa del Este y del beneplácito de los poderes dominantes con la gestión presidencial de Carlos Salinas de Gortari en México. La reunión fue una fastuosa celebración y, simultáneamente, un canto a los Estados Unidos como nave insignia de la lucha por la libertad, la justicia, la democracia y los derechos humanos en el mundo. Uno de los héroes que VLl examina en su libro, Jean-François Revel, estuvo en ese encuentro y fue uno de los más rabiosos críticos de la experiencia soviética y, más generalmente, del proyecto socialista. Vargas Llosa también participó en ese cónclave y, como veremos más adelante, fue el centro de una áspera polémica. Un dato que apunta hacia el carácter poco académico y muy propagandístico del torneo fue un hecho insólito: contrariando toda la tradición de los seminarios académicos, fue televisado en directo durante toda su duración, entre el 27 de agosto y el 2 de septiembre de 1990. Y no es un dato menor que Adolfo Sánchez Vázquez, uno de los más notables marxistas del mundo de habla hispana, hubiera sido invitado a asistir al evento pero no a presentar una ponencia.[10] Indignado ante la andanada de calumnias e infamias que impunemente proferían los invitados, a cual más macarthista, el profesor de la unam exigió con insistencia su derecho a réplica. Paz, quien en principio le había negado la palabra, finalmente le autorizó a dirigirse al público (y los televidentes).[11]

Hasta ese aciago momento, ya veremos por qué decimos esto, Paz compartía junto a Vargas Llosa el podio donde se empinaban los dos más grandes hechiceros del neoliberalismo en Nuestra América. Si bien estaban hermanados por su deshonroso sometimiento a los poderes fácticos del mundo actual, un inesperado y profundo desacuerdo surgió entre ambos cuando, de modo imprevisto, en un debate sostenido en un programa especial de Televisa en horario prime time, el peruano emitió una sentencia categórica e inapelable sobre la naturaleza del sistema político mexicano, misma que lo pinta de cuerpo entero: es una “dictadura perfecta”, dijo. “México es la dictadura perfecta”, prosiguió, porque “la dictadura perfecta no es el comunismo. No es la urss. No es Fidel Castro. La dictadura perfecta es México […] es la dictadura camuflada […] Tiene las características de la dictadura: la permanencia, no de un hombre, pero sí de un partido. Y de un partido que es inamovible”. Y remató su diatriba con un comentario cargado de veneno pero cierto: “Yo no creo que haya en América Latina ningún caso de sistema de dictadura que haya reclutado tan eficientemente al medio intelectual, sobornándole de una manera muy sutil”.

Muchos intelectuales que vivimos largos años en México, como quien esto escribe, compartíamos la definición del novelista peruano. Pero eran comentarios que circulaban con el mayor sigilo entre los exiliados y nuestros amigos mexicanos. Sin embargo, ninguno hubiera jamás tenido la osadía de decir en público lo que, años después —y con la impunidad que le otorgaba su condición de ser una celebridad internacional y, sobre todo, el lenguaraz del imperio— dijo muy suelto de cuerpo Vargas Llosa. Es que la reglamentación del famoso y temido artículo 33 de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos facultaba al Gobierno a expulsar del país en 24 horas a quienquiera que emitiese una opinión crítica sobre México, su política, su economía, su inserción internacional. Para muchos de los exiliados, si no para todos, dicha expulsión y el retorno a nuestros países de origen equivalían a cárcel, tortura y muerte. Por lo tanto, lo que VLl dijo años después eran verdades inocultables pero que circulaban como cuchicheos de pequeños grupos en los pasillos de la unam o de cualquiera de las grandes instituciones educativas de México, mirando siempre de reojo para asegurarnos de que no hubiera en las inmediaciones algún sospechoso que fuese informante de la Secretaría de Gobernación o de los “judiciales” y que, al oír nuestra conversación, pudiera denunciarnos y tener que enfrentar lo que nadie quería.

Visiblemente perturbado por los dichos de VLl, Paz salió en defensa del régimen atacado por su amigo, y lo hizo diciendo que “lo de México no es dictadura, es un sistema hegemónico de dominación, donde no han existido dictaduras militares. Hemos padecido la dominación hegemónica de un partido. Ésta es una distinción fundamental y esencial”, luego de lo cual pasó a hablar de lo “bueno” que el Partido Revolucionario Institucional (pri) había realizado. Terminó concediendo, sin embargo, que, si bien el partido de Gobierno no suprimió la libertad, sí la había manipulado.[12] Esta intempestiva confrontación pública fue, vista a la distancia, como la pelea de dos machos alfa por el liderazgo de la tribu. El más joven salió triunfante y el más viejo, Paz, tuvo que admitir una ofensa sin precedentes en su papel como anfitrión del evento y de intelectual orgánico y legitimador número uno del hipercorrupto Gobierno priísta, sepulturero de la gran revolución que le había dado nacimiento en México. Este escándalo refleja la impunidad de que gozaba el peruano, ya en esa época, al saberse como el mayor portaestandarte del liberalismo contemporáneo. Bajo otras circunstancias jamás se hubiera atrevido a atacar el decadente oficialismo de Paz en su propio terruño. Hubiera sido inimaginable que cualquier otro asistente a aquel encuentro, especialmente si era latinoamericano, hubiera dicho lo mismo. Pero él ya estaba por encima de eso porque era la voz del Imperio, del establishment capitalista internacional, mientras que Paz sólo lo era de un decrépito y desprestigiado partido gobernante; el peruano, en cambio, se había convertido en el portavoz y abanderado del liberalismo a nivel global, mientras que en esos momentos Paz carecía de esa proyección internacional y era una figura local, vocero de un Estado que, con Salinas de Gortari, se precipitaba en una alocada carrera para sellar una suerte de anexión de facto a Estados Unidos, cosa que pocos años después, el 1 de enero de 1994, se concretaría con la firma del tlc, el Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá.

Decíamos más arriba que VLl no fue el único que tomó el camino que desde la izquierda conducía hacia la sosegada complacencia que se obtiene a la sombra del poder una vez arrojadas las antiguas creencias al basurero de la historia. Los que alguna vez fueron críticos del capitalismo se convencieron, de forma genuina u oportunista, de que éste es el mejor de los mundos que la humanidad ha conocido en su historia. Muchos otros también recorrieron ese sendero —con entusiasmo y alivio en algunos casos; con desatada excitación en otros; sigilosamente por allá; con ostentación por acá— en América Latina y el Caribe, Europa y Estados Unidos. Unos cuantos de ellos se dieron cita en México en el encuentro convocado por Octavio Paz: Lucio Colletti, Daniel Bell e Irving Howe, entre los más notables. El repudio al capitalismo y su adhesión a los proyectos colectivistas que a finales de los años veinte del siglo pasado motivaran a Julien Benda a proponer una reflexión sobre “la traición de los intelectuales” —tema que luego retomaría Raymond Aron en El opio de los intelectuales— debería hoy ser reemplazado por un examen del trayecto inverso apurado por numerosos intelectuales de izquierda que desertaron de sus convicciones cuando se derrumbó el Muro de Berlín y se veía venir la desintegración de la Unión Soviética. Los tránsfugas y renegados, en la cáustica visión de Isaac Deutscher, reaccionaron plegándose a los dictados de la arrolladora maquinaria cultural del capitalismo, y se pasaron sin mayores escrúpulos al bando contrario, repudiando convicciones supuestamente arraigadas y yendo a engrosar las huestes del enemigo en el gran combate ideológico en curso.[13] En una brillante recensión bibliográfica que hiciera de The God that Failed (un libro publicado en 1949 en el que se recogen ensayos de seis prominentes excomunistas, entre ellos uno de los héroes de VLl, Arthur Koestler), Deutscher subrayó lo que a su juicio es una honesta autocrítica. En efecto, al explicar su abandono del comunismo, Koestler admite que,

[p]or regla general, nuestros recuerdos representan románticamente el pasado. Pero cuando uno ha renunciado a un credo o ha sido traicionado por un amigo, lo que funciona es el mecanismo opuesto. A la luz del conocimiento posterior, la experiencia original pierde su inocencia, se macula y se vuelve agria en el recuerdo. En estas páginas he tratado de recobrar el estado de ánimo en que viví originariamente las experiencias [en el Partido Comunista] relatadas, y sé que no lo he conseguido. No he podido evitar la intrusión de ironía, cólera y vergüenza; las pasiones de entonces parecen transformadas en perversiones; su certidumbre interior, en el universo cerrado en sí mismo del drogado […] Aquellos que fueron cautivados por la gran ilusión de nuestro tiempo y han vivido su orgía moral e intelectual, o se entregan a una nueva droga de tipo opuesto o están condenados a pagar su entrega a la primera con dolores de cabeza que les durarán hasta el final de sus vidas.[14]

Deutscher observa con razón que éste no necesariamente fue el caso de todos los excomunistas. Hubo muchos que lo fueron por simple oportunismo, porque veían en el Partido una avenida para su ascenso económico y social o una ruta hacia el poder. No fue el caso de VLl, y lo visceral de su ataque y la cólera con que destruye todo lo que recuerde su pasado reflejan exactamente eso que plantea Koestler al referirse a los que fueron “cautivados por la gran ilusión de nuestro tiempo y han vivido su orgía moral e intelectual”. Ante ese desplome de un viejo mundo de sueños y utopías hecho añicos, los desilusionados se enfrentan a dos alternativas: “o se entregan a una nueva droga de tipo opuesto”, en el caso de VLl el liberalismo, o se resignan a sobrevivir cargando hasta el fin de sus días con la traición de sus ideales, pero sin reemplazarlos por sus contrarios. La apostasía secular de los excomunistas tiene una secuencia que Deutscher describió con precisión: “casi todos […] rompieron con el partido en nombre del comunismo. Casi todos ellos se propusieron defender el ideal del socialismo de los abusos de una burocracia sometida a Moscú”. Pero, con el paso del tiempo, “aquellas intenciones se olvidan o se abandonan. Después de romper con una burocracia de partido en nombre del comunismo, el hereje rompe con el comunismo”, cruza la trinchera y comienza a disparar sus dardos contra sus antiguos camaradas.[15] No está de más añadir que el reverso de la herejía es el dogmatismo, enfermedad que afecta casi sin excepción a todos los sistemas doctrinarios, y no sólo al marxismo. Hay sectarismos en esta corriente, pero también en el liberalismo, y VLl y sus amigos son un ejemplo viviente de ello. Por eso es pertinente compartir una reflexión de un peruano grande de verdad, José Carlos Mariátegui, cuando a propósito de estas cuestiones nos legó una reflexión inolvidable, sobre todo en momentos como los actuales:

La herejía es indispensable para comprobar la salud del dogma. Algunas han servido para estimular la actividad intelectual del socialismo, cumpliendo una oportuna función de reactivos. De otras, puramente individuales, ha hecho justicia implacable el tiempo.[16]

El ensayista Terry Eagleton, reconocido crítico de teoría cultural, sugiere algunas hipótesis para comprender este tránsito involutivo que, nos parece, iluminan la formidable mutación ideológica sufrida por algunos excomunistas y exmarxistas.[17] A tal efecto nos propone un experimento mental: imaginar el impacto que sobre una corriente radical de ideas ejerce una derrota y una refutación práctica aplastantes, que parecen borrar de la agenda pública los temas y las propuestas de aquélla, no sólo por lo que resta de nuestras vidas sino, tal vez, para siempre. Con el paso del tiempo, los argumentos centrales de esa corriente pecan menos por su presunta falsedad que por su irrelevancia ante los ojos de sus contemporáneos. Sus críticos ya no encuentran ninguna razón para debatir con los representantes de la vieja teoría o refutar sus ideas centrales, sino que contemplan a unos y otras con una rara mezcla de indiferencia y curiosidad, “la misma que uno puede tener en relación a la cosmología de Ptolomeo o la escolástica de Tomás de Aquino”.[18]

¿Cuáles son las alternativas prácticas que se abren para los contestatarios, para los soportes sociales de aquella corriente aparentemente condenada por la historia ante una catástrofe político-ideológica como la que describe el británico? Para un marxista dogmático como era el joven VLl, todo ese mundo de verdades aparentemente inconmovibles y objetivas —de estructuras determinantes en última instancia (y a veces no tan última), de “leyes de movimiento” que rigen la dialéctica de la historia y de causas eficientes que todo lo explican— se desvanece como una niebla matinal. Ante el derrumbe de las viejas creencias, el ahora descreído militante, perdido en las brumas de la derrota, corre en busca una droga de reemplazo que le otorgue nuevo sentido a su vida. El lugar de las antiguas certidumbres no puede quedar vacío —la naturaleza aborrece el vacío, recordaba Aristóteles— y ese espacio fue progresivamente ocupado por los retazos del liberalismo y el posmodernismo, con su vistosa galaxia de fragmentos sociales, la fulminante irrupción de sujetos, azarosas contingencias que no obedecen a legalidad histórica alguna y fugaces circunstancias que emergen y se recombinan incesantemente, todo lo cual no es para los arrepentidos y renegados sino el tardío reconocimiento de la apoteosis de la libertad.

No sólo el marxismo afrancesado del joven peruano se desplomó, sino con él toda la herencia teórica de la Ilustración y sus grandes relatos. Era necesario un nuevo comienzo, y reconocer que para la “sensibilidad posmoderna” que definió el clima cultural e ideológico de la última década del siglo xx y los primeros años del actual, las ideas centrales del marxismo eran menos combatidas que ignoradas: no sólo por equivocadas, sino, como aseguran sus críticos, porque se habían convertido en un irrelevante arcaísmo.[19] El discurso ideológico de esta derecha que ahora pasaba a la contraofensiva se sintetizaba en unas pocas pero rotundas tesis: el Muro de Berlín fue demolido; la Unión Soviética se desintegró sin pena ni gloria, sin que nadie disparase un solo tiro en su defensa, y para las nuevas generaciones de los países que conformaron la urss, ésta es apenas un borroso recuerdo; el Pacto de Varsovia se disolvió en el bochorno; el capitalismo, los mercados y la democracia liberal triunfan por doquier, y ahí está la obra de Francis Fukuyama para demostrarlo.[20] No sólo eso: nos dice que la misma historia ha llegado a su fin y que ya no habrá otro partido que jugar. El capitalismo se ha convertido en “the only game in town”, como dicen los neocons norteamericanos. El imperialismo se esfuma y en su lugar dos izquierdistas posmodernizados postulan su definitiva desaparición y su reemplazo por un vaporoso, inocuo, inofensivo imperio, que no es imperialista.[21] La vieja clase obrera fue atomizada y pulverizada por el posfordismo y además está siendo velozmente reemplazada por la robótica; los Estados nacionales aparecen en desordenada retirada, servilmente arrodillados ante el ímpetu de los mercados globalizados y la constitución de megaconglomerados empresariales de colosales dimensiones; la socialdemocracia y los viejos partidos comunistas europeos —salvo, entre estos últimos, alguna que otra excepción, por cierto que minoritaria— abrazan descaradamente el neoliberalismo; China se abre al capital extranjero e ingresa a la omc, y el otrora llamado “campo socialista” desapareció de la arena internacional sin dejar rastros. Sólo Cuba queda en pie, y, allá lejos, Vietnam, Laos y el misterio norcoreano, de casi imposible catalogación. Ante este cuadro, así presentado y martillado a diario por la ideología dominante y sus grandes medios de (des)información de masas, ¿qué hacer?

Eagleton plantea algunas opciones que iluminan no sólo el itinerario que habrían recorrido intelectuales como VLl, sino también muchos otros que profetizaban la inminencia de la revolución y velaron infructuosamente sus armas a la espera del “día decisivo”. Percibe cuatro posibles estrategias para enfrentar el desastre.

Están, por una parte, quienes hallaron su nueva droga en la derecha. Vargas Llosa, Régis Debray y Lucio Colletti ejemplifican esta primera opción: pasarse en una operación digna de un saltimbanqui al campo enemigo. Lucio Colletti, otrora un respetado filósofo marxista, con fuertes ingredientes maoístas y trotskistas, se lanzó a recorrer un espinoso sendero que lo llevó a ser dos veces electo como diputado por Forza Italia, del neofascista Silvio Berlusconi. Régis Debray, de la guerrilla del Che en Bolivia a hombre de consulta de sucesivos gobiernos conservadores en Francia. La lista sería interminable y una breve biografía de conversos y apóstatas insumiría todas las páginas de este libro. Aparte de VLl, uno de los casos más resonantes en Latinoamérica ha sido la súbita conversión de Antonio Palocci, el exministro de Hacienda del Gobierno de Lula, dirigente trotskista a la lettre, en un furioso neoliberal y, ya en la cárcel por sus estafas, en ignominioso denunciante de Lula.[22]

Entre la nostalgia y una urgente epifanía

La segunda alternativa, según Eagleton, es la de quienes permanecieron en la izquierda, pero resignados y nostálgicos ante la dilución de sus convicciones por el hecho de que, cuando tenían muy bien fundamentadas todas las respuestas para superar al capitalismo, les cambiaron las preguntas. O, mejor, aparecieron nuevos desafíos con las novedades producidas por el desarrollo del capitalismo, las cuales no están incorporadas a las viejas preguntas.

 

Otros, los terceros, cierran los ojos ante los agobiantes datos de la realidad y, haciendo gala de un fantasioso triunfalismo, creen advertir en los más tenues indicios de lucha —una movilización estudiantil, una ocupación de tierras, una fábrica recuperada, una protesta callejera— los inequívocos signos que preanuncian la inminente epifanía de la revolución.

Están, por último, quienes conservan el impulso radical pero relocalizado en otra arena distinta de la propiamente política, buscando refugio y consuelo en vaporosas elucubraciones filosóficas o epistemológicas (el “marxismo occidental” analizado por Perry Anderson), o en una abstrusa metafísica de lo social como lo hicieran Michael Hardt y Antonio Negri con su gaseosa teoría de un imperio que ya no es imperialista.[23]

Pero nos parece que habría que agregar una quinta categoría a la taxonomía de Eagleton para incluir a quienes siguen fieles al proyecto emancipatorio del marxismo pero sin caer en la resignación, la nostalgia o la negación de la derrota, sabedores de que la historia plantea nuevos retos y también de que, en lo esencial, el diagnóstico marxista sigue siendo correcto aunque las condiciones objetivas y subjetivas necesarias para la superación histórica del capitalismo aún no se hayan materializado, lo que no significa que no puedan hacerlo en el futuro. El propio Eagleton se inscribe en esta categoría, como los lamentablemente desaparecidos Ellen Meiksins Wood, Adolfo Sánchez Vázquez, Manuel Sacristán, Samir Amin, Ruy Mauro Marini, Agustín Cueva y Theotônio dos Santos, entre tantos otros, a los que se deben sumar numerosos exponentes del marxismo contemporáneo (entre los cuales el autor de estas líneas); o la proliferación internacional de revistas y seminarios dedicados al —o inspirados en— el marxismo, cuya sola enumeración insumiría muchas páginas de este libro. Un marxismo, como advertíamos más arriba, cuya vigencia ha sido puesta por enésima vez de manifiesto a partir de la gran crisis general desatada en 2008 y de la cual el capitalismo aún no se recupera.[24]

Obviamente no aspiramos con esta obra a desentrañar las razones conscientes y las motivaciones inconscientes que hicieron que VLl diera su mal paso, hasta convertirse, como decíamos más arriba, en el más gravitante divulgador de los lugares comunes del liberalismo y la democracia burguesa en el mundo de habla hispana. Adelantamos, no obstante, una clave interpretativa: nos parece que su deserción obedeció menos al influjo corruptor del dinero que a las colosales dimensiones de su ego y de su incapacidad para procesar con madurez e inteligencia la frustración ocasionada por su adhesión religiosa al marxismo sartreano y su incapacidad —precisamente por su débil formación en la teoría marxista— para comprender las contradicciones y vicisitudes de todo proceso revolucionario, en especial el cubano. Fueron su egolatría y su monumental narcisismo más que la codicia los que, en un primer momento, lo impulsaron a quemar los dioses que adoraba y a reverenciar nuevos ídolos. Dejamos para psicólogos y psicoanalistas la tarea de explorar en las profundidades de la personalidad de VLl el origen de este extravío. Nos interesará, en cambio, analizar su discurso y su excepcional penetración en la cultura contemporánea, facilitada por su admirable maestría en el manejo del lenguaje, que ha sido fundamental para difundir en las sociedades latinoamericanas la gran impostura del liberalismo, esa ideología de la burguesía refinadamente elaborada a lo largo de más de dos siglos para suscitar la obediencia y la sumisión de las clases y capas populares y la autoinculpación de las víctimas del sistema. Vargas Llosa ha dado a esta ideología un formato y un lenguaje accesible al consumo masivo, para ser utilizada como un ariete en la lucha contra cualquier gobierno que en Nuestra América haya tenido la osadía de rechazar los dictados de Washington y para estigmatizar, o al menos desprestigiar, a las fuerzas políticas, corrientes de ideas o intelectuales que tengan la osadía de cuestionar al capitalismo.

El libro que pasamos a examinar a continuación está organizado de modo bastante sencillo. En él, VLl pasa revista a una serie de pensadores que fueron decisivos en la conversión del novelista peruano en un publicista del liberalismo. Cada uno de ellos es presentado mediante una breve alusión a los datos principales de su biografía, alguna que otra nota de color referida a su vida amorosa o sus pulsiones eróticas, para luego comentar las aportaciones doctrinarias que le permitieron al peruano emerger de las tinieblas en que se hallaba confinado. Es en este punto, en su lectura casi siempre sesgada y parcial, donde VLl introduce, a lo largo del libro, las nociones estereotipadas que el pensamiento burgués promueve acerca de la buena sociedad, la democracia y el imperio de la libertad. Los autores incorporados en esta travesía intelectual que, como Virgilio condujera a Dante en su búsqueda de la virtud, lo hicieron con VLl para encontrar la verdad de la vida social, son Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich von Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean-François Revel. El libro termina de forma un tanto abrupta, sin un capítulo final en el cual se sinteticen las principales ideas de los autores. Esto no debe sorprender a nadie, porque habría sido una tarea que excedería el manejo que VLl tiene de la problemática de las ideas e instituciones políticas. Hay un primer capítulo que, de alguna manera, suple parcialmente esta falencia, aunque su exacerbado egocentrismo y su total ausencia de cualquier referencia a libros o artículos que hayan tratado el tema atentan contra la rigurosidad intelectual de su tentativa.[25]