El Idiota - Fiódor Dostoievski - E-Book

El Idiota E-Book

Fiodor Dostoievski

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Beschreibung

"El Idiota" de Fiódor Dostoievski es una obra magistral que explora la complejidad de la condición humana a través del personaje de Príncipe Mishkin, un hombre cuya pureza y bondad contrastan con la corrupción moral de la sociedad que lo rodea. Publicada en 1869, esta novela se sumerge en el existencialismo y el realismo psicológico, enmarcándose en el contexto literario del siglo XIX, donde los dilemas éticos y sociales atravesaban la narrativa. Dostoievski utiliza un estilo vívido y profundamente introspectivo, combinando diálogos que revelan la esencia de sus personajes con descripciones que evocan los paisajes urbanos de San Petersburgo, heterogénea y caótica, reflejando así el conflicto interno de su protagonista. Fiódor Dostoievski, nacido en 1821 en Moscú, vivió experiencias personales que influyeron mucho en su obra. Su formación en un ambiente donde la ideología y la fe se debatían ferozmente, así como su propio encarcelamiento y exilio tras ser arrestado por actividades políticas, lo llevaron a cuestionar la naturaleza del hombre y la moralidad. Estas vivencias personales, sumadas a su fuerte interés por la filosofía y la psicología, cimentaron las bases para la creación de "El Idiota", un estudio profundo sobre el amor, la locura y la redención. Recomiendo encarecidamente "El Idiota" a aquellos que buscan una reflexión profunda sobre la humanidad y sus contradicciones. Dostoievski ofrece una narrativa rica en matices psicológicos y éticos, que no solo entretiene sino que también provoca una contemplación crítica sobre el significado de la vida y la empatía en un mundo lleno de egoísmo. Esta obra no solo es relevante en su tiempo, sino que sigue resonando en la actualidad, invitando a los lectores a examinar su propio lugar en la sociedad. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Fiódor Dostoievski

El Idiota

Edición enriquecida. Explorando la condición humana a través de la nobleza e ingenuidad
Introducción, estudios y comentarios de Candela Montero
Editado y publicado por Good Press, 2023
EAN 8596547687108

Índice

Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Biografía del Autor
El idiota
Análisis
Reflexión
Citas memorables

Introducción

Índice

Un hombre entra en una sociedad que confunde la bondad radical con la necedad, y su mirada limpia expone grietas que todos preferirían ocultar. Esa tensión entre la compasión y el cinismo impulsa la energía de El idiota, donde la inocencia no es un refugio sino una prueba. La novela explora qué ocurre cuando un ideal ético, llevado hasta sus últimas consecuencias, se enfrenta a los mecanismos del prestigio, el deseo y el cálculo. El lector no halla una parábola edificante, sino un laboratorio moral que desarma certezas, humaniza las flaquezas y pregunta cuánto cuesta, en verdad, la pureza.

El estatus de clásico de El idiota se debe a la ambición con que Fiódor Dostoievski lleva la novela más allá del retrato social y la intriga sentimental. La obra se erige como un estudio despiadado de la conciencia, una indagación de los límites de la empatía y una crítica de la idolatría del éxito. Su impacto perdura porque cuestiona las respuestas fáciles: la bondad no resuelve todo, pero su ausencia envenena. Tal densidad ética, unida a una arquitectura narrativa tensa y dialogada, convirtió el libro en referencia decisiva para la novela psicológica y para la tradición moderna del conflicto interior.

El idiota es una novela de Fiódor Dostoievski publicada por entregas en la revista rusa El Mensajero Ruso entre 1868 y 1869. El autor la concibió tras el éxito de Crimen y castigo y la escribió mientras residía en Europa, en años de deudas, viajes y urgencia creativa. La empresa artística era nítida: poner en el centro a un hombre bueno en un mundo que no sabe qué hacer con él. Ese punto de partida, combinado con una ambientación urbana y aristocrática, ofrece el marco donde la compasión se mide con la vanidad y las reglas no escritas de la convivencia.

La premisa inicial es precisa y poderosa: el príncipe Lev Nikoláievich Myshkin regresa a San Petersburgo tras un tratamiento en Suiza por una enfermedad que afecta su salud y su percepción del tiempo. En el trayecto conoce a Parfión Rogozhin, cuya intensidad prefigura un choque de visiones sobre el amor y la posesión. Una vez en la ciudad, la franqueza del príncipe lo introduce en salones, oficinas y familias, entre ellas la de los Yepanchin. Allí su presencia, lejos de ser neutra, altera equilibrios, suscita expectativas y expone la fragilidad de las reputaciones, el dinero y los afectos.

Dostoievski explora, a partir de esa situación, el contraste entre una inocencia que intenta comprenderlo todo y un entorno que interpreta la delicadeza como debilidad. La enfermedad del protagonista no es un mero rasgo biográfico, sino una lente que intensifica las emociones y convierte el tiempo en ráfagas de lucidez y desconcierto. La obra inquiere el lugar de la compasión en la vida pública, el vínculo entre sufrimiento y dignidad, y los modos en que el orgullo y la vergüenza moldean la conducta. No ofrece moralejas simples: muestra fricciones, renuncias confusas y el precio ambiguo de la misericordia.

En términos formales, la novela despliega una polifonía de voces y una dramaturgia de salón que alterna lo grotesco con lo sublime. Los diálogos, a menudo extensos, producen una sensación de urgencia y escrutinio mutuo, como si cada encuentro fuera una prueba. El narrador articula rumor, carta, confidencia y confesión, y permite que los personajes se contradigan sin que la obra clausure sus dilemas. Esa apertura produce un realismo psicológico singular: el lector no solo ve conductas, escucha conciencias. De ese modo, el conflicto moral se vuelve experiencia, no tesis, y la intriga social adquiere espesor metafísico.

El alcance de El idiota se advierte en su influencia sobre la novela del siglo XX, en particular la psicológica y la existencial. Escritores y pensadores leyeron en Dostoievski —y en este libro en específico— un método para dramatizar ideas sin que se vuelvan tratados. La noción de personajes concebidos como voluntades en debate marcó a tradiciones diversas de Europa y América. La crítica literaria, desde la reflexión sobre la polifonía hasta el estudio del monólogo interior, ha reconocido en esta obra una cantera decisiva. No es solo una historia memorable: es una forma de pensar con la ficción.

El telón de fondo es la Rusia de las reformas y de los cambios sociales de la década de 1860, cuando el prestigio aristocrático convive con la energía de nuevas fortunas y sensibilidades. San Petersburgo funciona como escenario de apariencias, tránsito y exhibición, donde circular es casi un modo de existir. La etiqueta se vuelve arma y máscara, y el crédito —social y financiero— una moneda peligrosa. En ese clima, el retorno del príncipe desde una clínica suiza no solo señala un viaje físico, sino un paso entre modelos de vida: de la cura íntima a la intemperie pública, de la contemplación al choque con el interés.

Los personajes centrales encarnan tensiones que la novela no simplifica. El príncipe Myshkin no es un ingenuo sin mundo: su delicadeza, su atención al sufrimiento ajeno y su incomodidad ante la mentira lo convierten en test de humanidad. Rogozhin representa una pasión que confunde intensidad con verdad. Nastasya Filíppovna aparece atada a una fama que la precede y la hiere, y Aglaya Yepánchina combina idealismo y deseo de afirmación. Entre ellos surgen vínculos, malentendidos y promesas que iluminan las formas del amor, la humillación y el honor sin reducirlas a caricaturas.

Dentro de la obra de Dostoievski, El idiota dialoga con las obsesiones que atraviesan sus grandes novelas: culpabilidad, libertad, hambre de sentido, fe y orgullo. A diferencia de otros títulos, aquí el experimento consiste en situar la bondad en el centro y observar cómo los sistemas sociales y psicológicos la deforman. La recepción temprana reconoció la audacia y discutió sus excesos, pero el tiempo consolidó su prestigio. Críticos y lectores han regresado a ella por su potencia interrogativa y por la singularidad de su héroe, que no encaja en los moldes del romanticismo ni del realismo convencional.

La vigencia de El idiota se percibe en sociedades que valoran la eficiencia, la imagen y la velocidad por encima de la escucha y la compasión. La novela cuestiona la tentación de medir a las personas por su utilidad y no por su dignidad. También conversa con debates contemporáneos sobre salud mental, cuidado y vulnerabilidad, al mostrar cómo una comunidad responde a quien no juega con las mismas armas. Sus escenas de conversación tensa, sus desplantes y risas crueles recuerdan dinámicas que no han desaparecido, sino que adoptan hoy otros escenarios y dispositivos.

Leer El idiota, entonces, es entrar en una encrucijada donde un ideal humano se prueba sin garantías. Su fuerza no radica en respuestas, sino en la claridad con la que exhibe los costos del amor y del desprecio. El libro se ha ganado su lugar como clásico por su ambición ética, su innovación formal y su capacidad de interpelar a generaciones diversas. En tiempos de ruido y polarización, su apuesta por la mirada compasiva —expuesta a la incomprensión y al abuso— resulta tan exigente como luminosa. Esa exigencia explica su atractivo perdurable y la necesidad de volver a él.

Sinopsis

Índice

Publicada por entregas entre 1868 y 1869, El idiota de Fiódor Dostoievski narra el regreso del príncipe Lev Nikoláievich Myshkin a Rusia tras años de tratamiento en un sanatorio suizo por epilepsia. En el tren hacia San Petersburgo conoce a Parfión Rogozhin, heredero reciente y de temperamento impetuoso, cuyo interés obsesivo por una mujer marcará su relación. La novela se propone observar qué ocurre cuando una inocencia radical irrumpe en un mundo social regido por el cálculo, el prestigio y el dinero. Desde esa premisa, Dostoievski explora el choque entre la compasión del príncipe y la lógica de una sociedad que lo juzga por idiota.

A su llegada, Myshkin busca a los Yepanchin, familia acomodada con la que mantiene un parentesco remoto. El general, su esposa Lizaveta Prokófievna y sus hijas lo reciben con curiosidad y reservas; entre ellas destaca Aglaya Ivánovna, joven brillante e irónica. En ese ámbito de visitas, favores y pequeños desplantes, la franqueza del príncipe sorprende tanto como su agudeza para leer el sufrimiento ajeno. Gania Ivolguin, secretario del general, advierte en él un obstáculo y, a la vez, una oportunidad. Dostoievski muestra cómo la presencia del recién llegado altera jerarquías tácitas y expone la fragilidad de las apariencias que sostienen la vida de salón.

Pronto irrumpe la figura de Nastasya Filíppovna, mujer célebre por su belleza y por el escándalo que rodea su pasado como pupila de un protector acaudalado, Totski. Rogozhin la desea con pasión y Gania la corteja por conveniencia, mientras la sociedad la reduce a un espectáculo. El encuentro entre Nastasya y Myshkin funciona como un espejo moral: él ve a una persona herida que busca una salida digna, no un objeto de disputa. Una velada en su casa cataliza rivalidades, promesas y humillaciones, y revela el dilema central del libro: si la compasión puede sostenerse ante el orgullo, el dinero y el resentimiento.

De modo inesperado, Myshkin resulta heredero de una fortuna, hecho que transforma su posición sin alterar su llaneza. La noticia complica alianzas e intensifica la ambición de quienes lo rodean: aparecen nuevas deferencias, cálculos matrimoniales y gestos de afecto interesados. El príncipe reparte atención y ayuda con una generosidad que desarma a unos y exaspera a otros, porque no distingue entre estatus ni guarda rencor. Dostoievski sitúa así el problema de la pureza en medio de incentivos materiales y del miedo a perder reputación. El dinero actúa como prisma, revelando las motivaciones ocultas de los personajes y el alcance de sus máscaras.

La trama sentimental se bifurca en dos polos que orbitan alrededor de Myshkin: Nastasya Filíppovna, asociada al abismo del escarnio y la expiación, y Aglaya Ivánovna, ligada al ideal de una vida recta y luminosa. Rogozhin, movido por celos y deseo, encarna la atracción destructiva; el príncipe, por el contrario, intenta sostener un amor compasivo que no imponga dominio. La tensión entre estos cuatro personajes define escenas de aproximaciones, rechazos y malentendidos, con la enfermedad del príncipe como factor que agrava la fragilidad de los vínculos. Las preguntas sobre qué es amar, perdonar y reparar guían los vaivenes del relato.

Alrededor de ese núcleo, la novela despliega un mosaico de secundarios que amplían el debate moral. La familia Ivolguin exhibe vanidad, afectos contradictorios y necesidad de reconocimiento; Lebedev, funcionario locuaz, mezcla astucia y superstición; el joven Ippolit Teréntiev, enfermo grave, formula un desafío intelectual a la fe y a la caridad del príncipe. Su declaración pública sobre el sufrimiento, la naturaleza y el sentido de la existencia condensa la dimensión filosófica de la obra. Myshkin responde sin dogmatismo, con una empatía que incomoda por su falta de cálculo. En ese contrapunto, Dostoievski confronta desesperación y esperanza, nihilismo y anhelo de redención.

El escenario se traslada por temporadas a Pavlovsk, donde paseos, tertulias y rumores agrandan las tensiones. Gestos malinterpretados y cartas que circulan alimentan el espectáculo social, capaz de convertir en farsa tanto la nobleza como la indignidad. La vigilancia mutua produce escenas de vergüenza pública que interrogan los límites entre justicia y crueldad. Rogozhin aparece como una sombra persistente, recordando que la pasión puede confundirse con destino. En contraste, la candidez del príncipe cuestiona la eficacia de la violencia simbólica y del chantaje emocional. La novela mide, día a día, cómo un ideal de bondad se erosiona frente a la presión del entorno.

A medida que se acercan decisiones sobre compromisos y lealtades, la narración gana en intensidad. Reuniones multitudinarias, confidencias y choques nocturnos dibujan un punto de no retorno para los protagonistas, sin que la obra cierre aún sus dilemas. Myshkin, sometido a crisis de salud que revelan su vulnerabilidad, intenta mediar entre voluntades irreconciliables. Los demás personajes, atrapados entre orgullo, miedo y deseo, buscan una promesa de salvación que no comprometa su amor propio. Dostoievski mantiene el suspense sobre el desenlace, mientras sugiere que toda elección afectiva conlleva una ética y un costo que la sociedad prefiere ignorar.

Sin adelantar resoluciones, El idiota deja planteado un interrogante que excede su época: ¿qué lugar tiene la inocencia compasiva en un mundo de jerarquías, dinero y violencia? La novela combina análisis psicológico y crítica social para mostrar cómo se confunden la pureza con la ingenuidad y la fuerza con la crueldad. Su vigencia radica en la mirada sobre la responsabilidad afectiva, la enfermedad mental y la dignidad de quien resiste sin cinismo. Dostoievski propone una prueba para el lector: pensar las consecuencias del perdón y de la verdad en la vida pública y privada, más allá del destino de sus personajes.

Contexto Histórico

Índice

El idiota se sitúa en el Imperio ruso de mediados del siglo XIX, con San Petersburgo como capital política y administrativa. La autocracia del zar, la Iglesia ortodoxa y la Tabla de Rangos de origen petrino estructuraban la vida pública y privada. Esta arquitectura institucional sostenía jerarquías precisas, una burocracia extensa y una cultura de servicio estatal que modelaba las ambiciones individuales. La novela dialoga con ese marco: nobles empobrecidos, funcionarios de carrera, comerciantes enriquecidos y círculos urbanos muestran una sociedad en tránsito, donde la etiqueta cortesana convive con la ansiedad por el dinero y el prestigio en una ciudad que concentra poder, rumores y oportunidades.

El reinado de Alejandro II (1855–1881) siguió a la derrota en la Guerra de Crimea (1853–1856), que expuso debilidades militares, económicas y administrativas. De esa crisis surgió un ciclo reformista conocido como las “Grandes Reformas”. El idiota, publicado por entregas en 1868–1869, recoge el clima moral e intelectual de la década posterior: esperanzas de regeneración, promesas de modernización y temores a la disolución del orden. La obra observa cómo esa energía reformista convive con inercias de la autocracia y con tensiones sociales que no se resuelven solo con decretos, sino que atraviesan la vida íntima y las expectativas de estatus.

La emancipación de los siervos en 1861 transformó la estructura rural y la economía política del Imperio. Los exsiervos accedieron a la libertad personal y a tierras mediante pagos de redención; muchos nobles perdieron ingresos y liquidez. En las ciudades, emergieron estrategias de supervivencia y ascenso: venta de propiedades, matrimonios por conveniencia, búsqueda de cargos remunerados. La novela refleja ese mundo de haciendas hipotecadas, dotes como capital de negociación y casas nobles venidas a menos. El dinero aparece no solo como medio de intercambio, sino como medida de valía social, revelando la fragilidad de una nobleza que intenta reconvertirse en un orden más mercantil.

Las reformas judiciales de 1864 instauraron tribunales más independientes, juicios con jurado y una defensa profesional, consolidando una esfera legal relativamente autónoma. Aun así, la cultura de la reputación, la vergüenza y el honor siguió pesando en la vida urbana. El idiota capta ese desplazamiento: frente al castigo secreto o administrativo del pasado, gana visibilidad la sanción pública de los comportamientos a través de la opinión, las tertulias y la prensa. La obra no dramatiza procesos judiciales, pero sí la teatralidad social de la culpa y la inocencia, en una época en que la publicidad del juicio moral empieza a competir con el juicio de los tribunales.

Otra reforma central fue la creación de los zemstvos (1864), órganos de autogobierno local con competencias en educación, sanidad y obras públicas, dominados por los notables rurales. Aunque la acción de El idiota es predominantemente urbana, el trasfondo de la reforma agraria y de estas instituciones redefine el papel de la nobleza como élite de servicio, ahora no solo estatal sino también local. La novela alude a vínculos provinciales, fortunas heredadas y redes de patronazgo que conectan provincias y capital, mostrando cómo el prestigio ya no depende solo de la proximidad a la corte, sino de la utilidad y la respetabilidad en ámbitos más amplios.

La Tabla de Rangos, vigente desde 1722, ordenaba las carreras civiles y militares en clases con equivalencias nobiliarias. En San Petersburgo, títulos y rangos regulaban acceso, trato y expectativas. El idiota despliega con ironía esa cultura del rango: tarjetas de visita, regalos, ascensos y recomendaciones determinan alianzas y humillaciones. El impulso reformista no eliminó el formalismo; lo hizo más visible al convivir con nuevas exigencias de eficiencia. Así, la obra retrata la ambición burocrática, el miedo al desclasamiento y la ansiedad por un puesto estable, en conflicto con ideales morales que no encajan fácilmente en el cálculo de carrera.

Tras 1861, crecieron el crédito, la banca y la especulación. La fundación del Banco Estatal (1860) y la expansión de instituciones financieras facilitaron pagarés, hipotecas y negocios urbanos. A la par, los comerciantes ricos comenzaron a competir simbólicamente con la nobleza empobrecida. El idiota, al enfrentar comerciantes adinerados con aristócratas en declive, expone el poder social del dinero y sus paradoxas: la riqueza compra visibilidad, pero no nobleza de espíritu; la necesidad humilla y condiciona afectos y decisiones. Esa economía de pagarés, deudas y dotes revela una transición hacia relaciones más contractuales, donde los vínculos se negocian en efectivo.

San Petersburgo, ciudad diseñada para el Estado, condensaba los contrastes de la modernidad rusa. Avenidas imperiales y salones coexisten con pensiones, cuartos de alquiler y cafés de tertulia. La novela recorre esos interiores: salas de visita, comedores atestados en días de onomástica, escaleras de servicio y pasillos donde se fraguan intrigas. El hacinamiento, la movilidad de inquilinos y la proximidad de clases sociales favorecen encuentros improbables y choques de códigos. Ese paisaje urbano funciona como escenario moral: la ciudad acelera, exhibe y descompone, haciendo de la reputación un bien frágil que puede cambiar en una tarde de rumores.

El debate entre occidentalistas y eslavófilos, activo desde mediados del siglo XIX, enmarcó la pregunta por el destino de Rusia. ¿Imitar instituciones europeas o afirmar una vía propia apoyada en la comunidad y la ortodoxia? Dostoyevski, tras viajes por Europa occidental, se inclinó por una crítica de la racionalidad utilitaria y un elogio de una fraternidad cristiana “a la rusa”. El idiota incorpora ese diálogo: un protagonista que regresa de Suiza confronta una sociedad que se autointerpreta en clave europea, pero exhibe cinismos particulares. La tensión entre europeización superficial y búsqueda de una autenticidad espiritual atraviesa conversaciones, gestos y malentendidos.

En la década de 1860 se consolidó la intelligentsia radical, con el llamado “nihilismo” como etiqueta polémica para jóvenes que rechazaban autoridades tradicionales y defendían el utilitarismo, la ciencia y la emancipación social. Aunque El idiota no es un panfleto, responde a ese clima: opone al cálculo frío una ética de compasión y responsabilidad personal. La novela cuestiona la idea de que la racionalidad instrumental pueda gobernar los vínculos humanos sin devastarlos. En su trasfondo laten polémicas con escritores y críticos de la época, en particular sobre la reducción de la persona a intereses y sobre el sentido del sacrificio.

La religión ortodoxa seguía siendo eje simbólico e institucional del Imperio, dentro del lema oficial “Ortodoxia, Autocracia, Nacionalidad”. Tras su experiencia de condena y exilio en Siberia (años 1850), Dostoyevski reforzó un cristianismo existencial, atento al sufrimiento y a la redención. El idiota explora la posibilidad de la bondad radical en un entorno social competitivo. Más que un sermón, es una prueba: ¿puede sobrevivir una ética evangélica en una ciudad que remunera la astucia? La obra interroga la caridad, el perdón y la dignidad de los caídos, en tensión con una religiosidad de fachada compatible con la crueldad cotidiana.

El sistema de publicaciones por entregas en “revistas gruesas” marcó la literatura rusa. El idiota apareció en Russki Vestnik (El Mensajero Ruso) entre 1868 y 1869, en diálogo con un público que leía mes a mes y discutía en salones y cafés. La serialización impuso ritmos, cortes y recapitulaciones que influyeron en la arquitectura narrativa. Las revistas, además, eran foros ideológicos donde ficción y crítica cohabitaban. Publicar allí implicaba negociar con editores y lectores las fronteras de lo decible, ajustando tonos y énfasis sin traicionar preguntas morales que excedían coyunturas políticas.

En 1866, un intento de atentado contra Alejandro II endureció el clima, con mayor vigilancia policial y tensiones sobre la prensa. La apertura de comienzos de la década se volvió más cauta, y algunas publicaciones radicales fueron clausuradas. Este viraje no impidió el auge de la novela por entregas, pero sí alentó énfasis en dilemas éticos y psicológicos más que en invectivas políticas directas. El idiota se inscribe en esa reorientación: no renuncia a la crítica de su tiempo, pero la desplaza al terreno de la conciencia, los códigos de honor, la responsabilidad y el sufrimiento, eludiendo choques frontales con la censura.

Las discusiones sobre el “asunto femenino” ganaron fuerza en los años 1860, con demandas de educación, trabajo y reformas familiares. En la alta sociedad persistían prácticas de tutela y matrimonios convenidos, donde la dote y la reputación pesaban más que la autonomía. El idiota expone la vulnerabilidad de las mujeres frente a guardianes, rumores y contratos implícitos. Sin describir programas políticos, la obra muestra cómo, en un orden patriarcal, la honra se convierte en moneda y la compasión en transgresión. Ese marco permite leer conflictos afectivos como síntomas de arreglos legales y económicos que delimitaban posibilidades de vida.

La aceleración técnica transformó el paisaje ruso. Ferrocarriles, telégrafo y un correo más eficiente acortaron distancias, multiplicaron viajes y sincronizaron relojes urbanos. La novela comienza con un encuentro en un tren, emblema de esa modernidad que trae a la capital personas y destinos en frágil proximidad. El movimiento rápido facilita ascensos y caídas, fugas y reencuentros, y modifica la percepción del tiempo social: lo inesperado irrumpe en horas. Esa movilidad también democratiza el escándalo, que se propaga con velocidad por cartas y conversaciones, alterando carreras y hogares en un ecosistema de novedades constantes.

La vida petersburguesa de la élite se articulaba en salones, visitas, banquetes y onomásticas, donde se cultivaban alianzas y se medían jerarquías. El protocolo, los regalos y las presentaciones regían el acceso. La novela reproduce esas coreografías: antesalas abarrotadas, entradas calculadas, pequeñas cortes en torno a personajes influyentes. Al margen, subsiste un mundo de pensiones, funcionarios modestos y buscavidas que orbitan esos centros de favor. La cortesía encubre agresiones simbólicas y pruebas de fuerza. En ese espacio, la sinceridad parece torpeza, y la autenticidad, extravagancia. La obra traduce esas reglas de etiqueta en dilemas morales y derrotas íntimas.

El contexto biográfico del autor también pesa. Tras su participación en el círculo de Petrashevski y su condena en 1849, Dostoyevski pasó por presidio y destierro, experiencias que reconfiguraron su pensamiento. En la década de 1860 acumuló deudas y vivió temporadas en el extranjero; escribió El idiota principalmente en Suiza e Italia, bajo presión financiera y plazos de entrega. Esas circunstancias no son anécdota: intensifican el interés por la compasión, la fragilidad y el crédito —moral y pecuniario— que circula entre los personajes. La precariedad material y espiritual de la época se vuelve, así, materia estética y examen de conciencia colectiva.

Biografía del Autor

Índice

Introducción

Fiódor Mijáilovich Dostoievski (1821–1881) fue novelista ruso cuya obra redefinió la narrativa psicológica y moral del siglo XIX. Sus novelas mayores —Crimen y castigo, El idiota, Demonios y Los hermanos Karamázov—, junto con textos como Memorias del subsuelo y Memorias de la casa muerta, exploraron la libertad, la culpa, la fe y la responsabilidad ética bajo tensiones sociales y personales extremas. Reconocido ya en vida y elevado tras su muerte a figura central del canon mundial, su influencia se extendió a la filosofía, la psicología y el modernismo literario. La intensidad de su experiencia biográfica dotó a su ficción de una rara autoridad sobre el sufrimiento y la redención.

Su trayectoria se desarrolló en una Rusia convulsa por reformas, censura y choques entre corrientes occidentalistas y eslavófilas. Dostoievski articuló ese conflicto en novelas polifónicas, donde múltiples conciencias dialogan y se contradicen sin quedar subsumidas por una voz autoral única, rasgo señalado por la crítica posterior. Su técnica combina monólogos interiores, dilemas éticos irresueltos y una dramaturgia de la duda que evita conclusiones simplistas. A la vez, incorporó el pulso del folletín y la crónica urbana, con escenas de pobreza, violencia y compasión. Ese cruce entre tensión metafísica y realismo social dio a su obra un alcance universal sin perder su arraigo ruso.

Formación e influencias literarias

Nacido en Moscú en 1821, hijo de un médico y de una madre de origen mercantil, Dostoievski creció entre lecturas religiosas y la prosa clásica rusa. Se formó en la Escuela de Ingenieros Militares de San Petersburgo (1837–1843), donde adquirió disciplina técnica antes de dedicarse por completo a las letras. Tras un breve ejercicio como ingeniero, tradujo al ruso Eugenia Grandet de Balzac (1844), gesto que revela su temprana atención a la novela europea contemporánea. La lectura de Pushkin y, en especial, de Gógol lo orientó hacia la observación de lo grotesco urbano y la psicología de los humillados, rasgos que pronto aparecerían en su debut literario.

Su educación literaria se expandió con Dickens, Schiller y Hoffmann, cuyas mezclas de sentimentalismo, ironía y fantasía moral dejaron huella en su imaginación. En los años cuarenta frecuentó ideas socialistas utópicas y el círculo crítico de Belinski, cuyo entusiasmo por su primera novela lo lanzó a la fama. Sin embargo, la experiencia carcelaria y la lectura intensa de la Biblia transformaron su horizonte intelectual, conduciéndolo hacia un cristianismo ortodoxo profundamente personal y hacia un interés por la tradición rusa. A partir de entonces, su diálogo con Europa se volvió crítico, atento a los límites del racionalismo y a la dignidad del sufrimiento humano.

Carrera literaria

Debutó con Pobres gentes (1846), recibida como revelación por críticos de la época, al retratar con sobriedad la vida de los desposeídos. Ese mismo periodo produjo El doble, experimento sobre la escisión del yo que anticipa su psicología de extremos. En 1849 fue detenido por su participación en un círculo de discusión política; tras una parodia de ejecución pública, su condena fue conmutada por trabajos forzados en Siberia. La kátorga en Omsk (1850–1854) le proporcionó un conocimiento directo del dolor, la culpa y la fe popular que nutriría Memorias de la casa muerta (1861–1862), obra crucial en la literatura de prisión.

Tras cumplir condena y servir como soldado en Semipalátinsk, obtuvo permiso para residir nuevamente en la Rusia europea (1859). En San Petersburgo, junto con su hermano Mijaíl, coeditó las revistas Vremia y luego Época, intentando conciliar investigación social, crítica y ficción en diálogo con la censura. Allí publicó Memorias del subsuelo (1864), texto breve y decisivo que formula, con voz áspera y paradójica, su crítica al racionalismo utilitarista y a las utopías mecanicistas. Este viraje estilístico y filosófico preparó el terreno para las grandes novelas de su madurez, donde la disputa de ideas queda encarnada en destinos personales llevados al límite.

El año 1866 marcó un punto de inflexión con la aparición por entregas de Crimen y castigo, estudio implacable de la culpa y la conciencia en una ciudad moderna. Acosado por deudas y plazos editoriales, escribió a ritmo vertiginoso El jugador, con la ayuda de la taquígrafa Anna Grigórievna Snítkina, con quien se casó en 1867. Para esquivar a sus acreedores, residió durante temporadas en Europa central y occidental, experiencia que dejó huellas en sus cartas y en su visión comparativa de Rusia y Occidente. En ese exilio creativo compuso El idiota (1868–1869), tentativa de representar la santidad en el mundo.

La década de 1870 consolidó su prestigio con Demonios (1871–1872), sátira trágica del nihilismo político inspirada en hechos contemporáneos, y con El adolescente (1875), exploración de la formación moral en un entorno de ambición y desarraigo. Paralelamente, el Diario de un escritor (1873–1881) le permitió intervenir en debates públicos sobre justicia, religión y política internacional, integrando crónica y ficción. Su culminación llegó con Los hermanos Karamázov (1879–1880), vasto drama familiar y teológico que reúne sus temas cardinales sin clausurar sus tensiones. La recepción fue intensa y a menudo polémica, pero consolidó su figura como conciencia literaria de su tiempo.

Convicciones y activismo

Las convicciones religiosas de Dostoievski, forjadas bajo presión extrema, sostienen su arte. La libertad humana, entendida como posibilidad de elegir el bien incluso en el sufrimiento, atraviesa a sus héroes y antagonistas. La compasión hacia los humillados y la idea de redención por el amor activo adquieren un papel central, junto con la denuncia de la cosificación del prójimo. Sin predicar, sus novelas dramatizan debates sobre fe, incredulidad y responsabilidad, con personajes que sostienen posiciones opuestas en un mismo escenario moral. En ese espacio conflictivo, la esperanza cristiana coexiste con la experiencia de la culpa y la violencia moderna.

En el terreno social y político, fue crítico con el utilitarismo y con proyectos revolucionarios que, en su opinión, sacrificaban la persona a esquemas abstractos. Se inclinó hacia una visión eslavófila y cristiana de la comunidad, convencida de que la identidad rusa debía afirmarse sin renunciar al diálogo con Europa. Sus páginas cuestionan la pena capital y la idea de que el progreso técnico resuelva por sí solo la miseria espiritual. En el Diario de un escritor comentó procesos judiciales, conflictos internacionales y asuntos cívicos, buscando una ética pública basada en la responsabilidad personal y en la compasión hacia los más vulnerables.

Últimos años y legado

Regresó definitivamente a Rusia a inicios de la década de 1870, alcanzando una estabilidad relativa gracias a la gestión editorial y financiera de Anna Dostoievska. Publicó Los hermanos Karamázov por entregas entre 1879 y 1880, mientras su figura pública crecía. En 1880 pronunció en Moscú un célebre discurso durante la inauguración del monumento a Pushkin, que fue recibido como síntesis emotiva de su ideal de reconciliación nacional. Falleció en San Petersburgo en 1881, a consecuencia de una hemorragia pulmonar. Fue enterrado en el cementerio Tijvin del monasterio Aleksandr Nevski, en una ceremonia multitudinaria que selló su reconocimiento popular.

La posteridad convirtió a Dostoievski en una referencia decisiva para novelistas, filósofos y psicólogos del siglo XX y XXI. Su exploración de la conciencia, del mal y de la libertad influyó en corrientes existencialistas y psicoanalíticas, y abrió vías para el modernismo narrativo. Críticos como Bajtín iluminaron la polifonía de sus novelas, mientras escritores de diversas lenguas dialogaron con sus personajes y dilemas. Traducido ampliamente, su obra conserva actualidad por su examen sin concesiones de la violencia, la culpa y la esperanza. En el imaginario mundial, Dostoievski encarna la ambición de una literatura que interroga, consuela y perturba a la vez.

El idiota

Tabla de Contenidos Principal
PARTE PRIMERA
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
PARTE SEGUNDA
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
PARTE TERCERA
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
PARTE CUARTA
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII

PARTE PRIMERA

Índice
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI

I

A las nueve de la mañana de un día de finales de noviembre, el tren de Varsovia se acercaba a toda marcha a San Petersburgo. El tiempo era de deshielo, y tan húmedo y brumoso que desde las ventanillas del carruaje resultaba imposible percibir nada a izquierda ni a derecha de la vía férrea. Entre los viajeros los había que tornaban del extranjero; pero los departamentos más llenos eran los de tercera clase, donde se apiñaban gentes de clase humilde procedentes de lugares más cercanos. Todos estaban fatigados, transidos de frío, con los ojos cargados por una noche de insomnio y los semblantes lívidos y amarillentos bajo la niebla.
En uno de los coches de tercera clase iban sentados, desde la madrugada, dos viajeros que ocupaban los asientos opuestos correspondientes a la misma ventanilla. Ambos eran jóvenes, ambos vestían sin elegancia, ambos poseían escaso equipaje, ambos tenían rostros poco comunes y ambos, en fin, deseaban hablarse mutuamente. Si cualquiera de ellos hubiese sabido lo que la vida del otro ofrecía de particularmente curioso en aquel momento, habríase sorprendido, sin duda, de la extraña casualidad que les situaba a los dos frente a frente en aquel departamento de tercera clase del tren de Varsovia. Uno de los viajeros era un hombre bajo, de veintisiete años poco más o menos, con cabellos rizados y casi negros, y ojos pequeños, grises y ardientes. Tenía la nariz chata, los pómulos huesudos y pronunciados, los labios finos y continuamente contraídos en una sonrisa burlona, insolente y hasta maligna. Pero la frente, amplia y bien modelada, corregía la expresión innoble de la parte inferior de su rostro. Lo que más sorprendía en aquel semblante era su palidez, casi mortal. Aunque el joven era de constitución vigorosa, aquella palidez daba al conjunto de su fisonomía una expresión de agotamiento, y a la vez de pasión, una pasión incluso doliente, que no armonizaba con la insolencia de su sonrisa ni con la dureza y el desdén de sus ojos. Envolvíase en un cómodo sobretodo de piel de cordero que le había defendido muy bien del frío de la noche, en tanto que su vecino de departamento, evidentemente mal preparado para arrostrar el frío y la humedad nocturna del noviembre ruso, tiritaba dentro de un grueso capote sin mangas y con un gran capuchón, tal como lo usan los turistas que visitan en invierno Suiza o el norte de Italia, sin soñar, desde luego, en hacer el viaje de Endtkuhnen a San Petersburgo. Lo que hubiese sido práctico y conveniente en Italia resultaba desde luego insuficiente en Rusia. El poseedor de este capote representaba también veintiséis o veintisiete años, era de estatura algo superior a la media, peinaba rubios y abundantes cabellos, tenía las mejillas muy demacradas y una fina barba en punta, casi blanca en fuerza de rubia. Sus ojos azules, grandes y extáticos, mostraban esa mirada dulce, pero en cierto modo pesada y mortecina, que revela a determinados observadores un individuo sujeto a ataques de epilepsia. Sus facciones eran finas, delicadas, atrayentes y palidísimas, aunque ahora estaban amoratadas por el frío. Un viejo pañuelo de seda, anudado, contenía probablemente todo su equipaje. Usaba, al modo extranjero, polainas y zapatos de suelas gruesas. El hombre del sobretodo de piel de cordero y de la cabellera negra examinó este conjunto, quizá por no tener mejor cosa en qué ocuparse, y, dibujando en sus labios esa indelicada sonrisa con la que las personas de mala educación expresan el contento que les producen los infortunios de sus semejantes, se decidió al fin a hablar al desconocido.
—¿Tiene usted frío? —preguntó, acompañando su frase con un encogimiento de hombros.
—Mucho —contestó en seguida su vecino—. Y eso que no estamos más que en tiempo de deshielo. ¿Qué sería si helase? No creí que hiciese tanto frío en nuestra tierra. No estoy acostumbrado a este clima.
—Viene usted del extranjero, ¿verdad?
—Sí, de Suiza.
—¡Fííí! —silbó el hombre de la cabellera negra, riendo.
Se entabló la conversación. El joven rubio respondía con naturalidad asombrosa a todas las preguntas de su interlocutor, sin parecer reparar en la inoportunidad e impertinencia de algunas. Así, hízole saber que durante mucho tiempo, más de cuatro años, había residido fuera de Rusia. Habíanle enviado al extranjero por hallarse enfermo de una singular dolencia nerviosa caracterizada por temblores y convulsiones: algo semejante a la epilepsia o al baile de San Vito. El hombre de cabellos negros sonrió varias veces mientras le escuchaba y rió sobre todo cuando, preguntándole: —¿Y qué? ¿Le han curado?—, su compañero de viaje repuso:
—No, no me han curado.
—¡Claro! Le habrán hecho gastar una buena suma de dinero en balde... ¡Y nosotros, necios, tenemos fe en esa gente! —dijo, acremente, el hombre del sobretodo de piel de cordero.
—¡Ésa es la pura verdad! —intervino un señor mal al vestido, de figura achaparrada, que se sentaba a su lado. Era un hombre cuarentón, robusto, de roja nariz y rostro lleno de granos, con aire de empleado subalterno de ministerio—. ¡Es la pura verdad! Esa gente no hace más que llevarse toda la riqueza de Rusia sin darnos nada en cambio.
—En lo que personalmente me respecta se engañan ustedes —dijo, con acento suave y conciliador, el cliente de los doctores suizos—. Desde luego, no puedo negar en términos generales lo que ustedes dicen, porque no estoy bien informado al propósito; pero me consta que mi médico ha invertido hasta su último céntimo a fin de proporcionarme los medios de volver a Rusia, después de mantenerme dos años a sus expensas.
—¡Cómo! —exclamó el viajero de cabellos negros—. ¿No había nadie que pagase por usted?
—No. El señor Pavlichev, que era quien atendía a mis gastos en Suiza, murió hace dos años. Escribí entonces a la generala Epanchina, una lejana parienta mía, pero no recibí contestación. Y entonces he vuelto a Rusia.
—¿Dónde va usted a instalarse?
—¿Quiere decir que dónde cuento hospedarme? Aún no lo sé; según como se me pongan las cosas. En cualquier sitio...
—¿De modo que aún no sabe dónde?
Y el hombre del cabello negro comenzó a reír, secundado por el tercero de los interlocutores.
—Me temo —agregó el primero— que todo su equipaje está contenido en este pañuelo...
—Yo lo aseguraría —manifestó el otro, con aspecto de extrema satisfacción—. Estoy cierto de que todo el equipaje de este señor es ése, ¿verdad? Pero la pobreza no es vicio, desde luego.
La suposición de aquellos dos caballeros resultó ajustada a la realidad, como el joven rubio no titubeó en confesarlo.
—Su equipaje, sin embargo, no deja de tener cierta importancia —prosiguió el empleado, después de que él y el joven de la cabellera negra hubieron reído con toda su alma, siendo de notar que aquel que era objeto de su hilaridad había terminado también por reír viéndoles reír a ellos, con lo que hizo subir de punto sus carcajadas—; pues, aunque pueda darse por hecho que en él brillan por su ausencia las monedas de oro francés, holandés o alemán, el hecho de que tenga usted una parienta como la Epanchina modifica en mucho la trascendencia de su equipaje. Esto, claro, en el caso de que la Epanchina sea efectivamente parienta suya y no se trate de una distracción..., lo que no tiene nada de particular en un hombre, cuando es muy imaginativo...
—Ha adivinado usted —contestó el joven—. Realmente, casi me he equivocado, porque sólo quise decir que la generala es medio parienta mía, hasta el extremo de que su silencio no me ha sorprendido. Lo esperaba.
—Ha gastado usted inútilmente en sellos de correo. ¡Hum! Usted, al menos, es ingenuo y sincero, lo cual merece alabanzas. ¡Hum! Yo conozco al general Epanchin... como todos le conocen. Al difunto señor Pavlichev, el que pagaba sus gastos en Suiza, también le conocía, si es que se refiere a Nicolás Andrevich Pavlichev, porque hay dos primos hermanos del mismo apellido. El otro habita en Crimea. El difunto Nicolás Andrevich era hombre muy respetado, con muy buenas relaciones y propietario, en sus tiempos, de cuatro mil almas...
—Sí; se trataba de Nicolás Andrevich Pavlichiev —contestó el joven, mirando con atención a aquel desconocido que tan bien informado estaba de todas las cosas.
Esta clase de caballeros que lo saben todo suelen encontrarse con bastante frecuencia en cierta capa social. No hay nada que ignoren: toda su curiosidad espiritual, todas sus facultades de investigación se dirigen sin cesar en igual sentido, sin duda por carencia de ideas e intereses vitales más importantes, como diría un pensador moderno. Añadamos que esa omnisciencia que poseen está circunscrita a un campo harto restringido: les consta en qué departamento sirve Fulano, qué amistades tiene, qué fortuna posee, de dónde ha sido gobernador, con quién está casado, qué dote le aportó su mujer, quiénes son sus primos en primero y segundo grado, y otras cosas por el estilo. Por regla general, estos caballeros que lo saben todo llevan los codos rotos y ganan diecisiete rublos al mes. Las personas de quienes conocen tantos detalles se quedarían muy confusas si lograran saber cómo y por qué estos señores omniscientes están tan bien informados de sus existencias. Sin duda los interesados encuentran algún consuelo positivo en poseer semejantes conocimientos, que consideran una completa ciencia de la que derivan una alta estima de sí mismos y una elevada satisfacción espiritual. Y es, en efecto, una ciencia subyugadora. Yo he conocido literatos, intelectuales, poetas y políticos, que parecían hallar en semejante disciplina científica su mayor deleite y su meta final habiendo hecho, además, su carrera gracias a ella.
Durante aquella parte de la conversación, el joven de negros cabellos miraba distraídamente por la ventanilla, bostezando y aguardando con impaciencia el fin del viaje. Parecía preocupado, muy preocupado, casi inquieto. Su actitud resultaba extraña: a veces miraba sin ver, escuchaba sin oír, reía sin saber él mismo el motivo.
—Permítame: ¿a quién tengo el honor de...? —preguntó de improviso el señor de los granos al propietario del paquetito del pañuelo de seda.
—Al príncipe León Nicolaievich Michkin —contestó el interpelado inmediatamente sin la menor vacilación.
—¿El príncipe León Nicolaievich Michkin? No le conozco. Jamás lo he oído mencionar —dijo el empleado, reflexionando—. No me refiero al nombre, que es histórico y se puede encontrar en la historia de Karamzin, sino a la persona, ya que ahora no se encuentran en ningún sitio príncipes Michkin y no se oye jamás hablar de ellos.
—No lo dudo —replicó el joven—. En este momento no existe más príncipe Michkin que yo, que creo ser el último de la familia. En cuanto a mis antepasados, hace ya varias generaciones que vivían como simples propietarios rurales. Mi padre fue subteniente del ejército. La generala Epanchina pertenece, aunque no sé bien en virtud de qué parentesco, a la familia de los Michkin, y es también, como mujer, la última de su raza...
—¡Ja, ja, ja! —rió el empleado—. ¡Mujer, y la última de su raza! ¡Qué chiste tan bien buscado!
El señor de los cabellos negros sonrió igualmente. Michkin quedó muy sorprendido al ver que le atribuían un chiste, bastante malo además.
—Lo he dicho sin darme cuenta —aseguró al fin, repuesto de su sorpresa.
—¡Por supuesto, por supuesto! —repuso jovialmente el empleado.
—Y en Suiza, príncipe —preguntó de pronto el otro viajero—, ¿estudiaba usted, tenía algún profesor?
—Sí; lo tenía...
—Yo, en cambio, no he aprendido nada nunca.
—Tampoco yo —dijo el príncipe, como excusándose— he aprendido nada apenas. Mi mala salud no me ha permitido seguir estudios sistemáticos.
—¿No ha oído usted hablar de los Rogochin? —interrogó con viveza el joven de los cabellos negros.
—No; no conozco a casi nadie en Rusia. ¿Se llama usted Rogochin?
—Sí; Parfen Semenovich Rogochin.
—¿Parfen Semenovich? ¿No será usted uno de esos Rogochin que...? —preguntó el empleado con súbita gravedad.
—Sí; uno de esos —interrumpió impacientemente el joven moreno quien, desde el principio, no se había dirigido al hombre granujiento ni una sola vez, limitándose a hablar únicamente con Michkin.
El empleado, estupefacto, abrió mucho los ojos y todo su semblante adquirió una expresión de respeto servil, casi temeroso.
—¡Cómo! —prosiguió—. ¿Es posible que sea usted hijo de Semen Parfenovich Rogochin, burgués notable por derecho de herencia y que murió hace un mes dejando un capital de dos millones y medio de rublos?
—¿Y cómo puedes tú saber que ha dejado dos millones y medio? —preguntó rudamente el hombre moreno sin dignarse mirar al empleado. Luego añadió, haciendo un guiño a Michkin para referirse al otro—: Mírele: apenas se ha enterado de quién soy, ya empieza a hacerme la rosca. Pero ha dicho la verdad. Mi padre ha muerto y yo, después de pasar un mes en Pskov, vuelvo a casa como un pordiosero. Ni mi madre ni el bribón de mi hermano me han avisado ni me han enviado dinero. ¡Como si fuera un perro! Durante todo el mes he estado enfermo de fiebres en Pskov y...
—¡Pero ahora va usted a recibir un rico milloncejo, si no más! ¡Oh, Dios mío! —exclamó el señor granujiento alzando las manos al cielo.
—Dígame, príncipe —exclamó Rogochin, irritado, señalando al funcionario con un movimiento de cabeza—, ¿qué podrá importarle eso? Porque no voy a darte ni un kopec aunque bailes de coronilla delante de mí. ¿Oyes?
—Lo haré, lo haré.
—¿Qué le parece? Bien: pues no te daré ni un kopec aunque bailes de coronilla delante de mí una semana seguida.
—No me des nada. ¿Por qué habías de dármelo? Pero bailaré de coronilla ante ti. Dejaré plantados a mi mujer y a mis hijos e iré a bailar de cabeza ante ti. Necesito rendirte homenaje. ¡Lo necesito!
—¡Puaf! —exclamó Rogochin, escupiendo. Y se dirigió al príncipe—: Yo no tenía más equipaje que el que usted lleva cuando, hace cinco semanas, huí de la casa paterna y me fui a la de mi tía, en Pskov. Allí caí enfermo. Y entre tanto murió mi padre de un ataque de apoplejía. Gloria eterna a su memoria, sí; pero la verdad es que faltó poco para que me matase a golpes. ¿Lo creería usted, príncipe? Pues es verdad: si yo no hubiese huido, me habría matado.
—¿Qué hizo usted para irritarle tanto? —preguntó el príncipe, que miraba con curiosidad a aquel millonario de tan modesta apariencia bajo su piel de cordero.
Aparte del millón que iba a heredar, había en el joven moreno algo que intrigaba e interesaba a Michkin. Y en cuanto a Rogochin, fuese por lo que fuera, se complacía en hablar con el príncipe, quizás más que en virtud de una ingenua necesidad de expansionarse, por hallar un derivativo a su agitación. Dijérase que la fiebre le atormentaba aún. En cuanto al empleado, pendiente de la boca de Rogochin, recogía cada una de sus palabras como si esperase hallar entre ellas un diamante.
—Mi padre estaba, desde luego, enojado conmigo, y acaso con razón —respondió Rogochin—; pero quien más le predisponía contra mí era mi hermano. No quiero decir nada de mi madre: es una mujer de edad, lee el Santoral, pasa su tiempo en hablar con viejas y no ve más que por los ojos de mi hermano Semka. Pero, ¿no es cierto que éste debió avisarme con oportunidad? ¡Bien sé por qué no lo hizo! Cierto que yo estaba entonces sin conocimiento... Cierto también que me expidieron un telegrama... Pero desgraciadamente lo recibió mi tía, viuda desde hace treinta años y que no trata, de la mañana a la noche, sino con hombres de Dios y gente por el estilo... No es monja, pero peor que si lo fuera. El telegrama la asustó, así que lo llevó al puesto de policía, donde aún continúa. Sólo me he informado de lo sucedido por una carta de Basilio Vasilievich Koniev, quien me lo cuenta todo, incluso que por la noche, mi hermano cortó un paño mortuorio de brocado de trencillas de oro, que adornaba el ataúd de mi padre, diciendo: «Esto vale su dinero». ¡Si quiero, me basta con eso para enviarle a Siberia, porque es un robo sacrílego! ¿Qué opinas tú, espantapájaros? —añadió, dirigiéndose al funcionario—. ¿Cómo califica la ley ese acto? ¿De robo sacrílego?
—Sí: de robo sacrílego —confirmó el empleado.
—¿Y se envía a Siberia a los culpables de ese crimen?
—¡A Siberia, sí! ¡A Siberia inmediatamente!
—En casa me creen enfermo aún —prosiguió Rogochin dirigiéndose al príncipe otra vez—. Pero yo he tomado el tren sin decir nada a nadie y, aunque mal de salud todavía, dentro de un rato estaré en San Petersburgo. ¡Cuánto se sorprenderá mi hermano Semen Semenovich al verme llegar! ¡El que, como bien sé, fue quien indispuso a mi padre contra mí! Aunque, a decir verdad, éste ya estaba irritado conmigo por lo de Nastasia Filipovna. En ese caso, desde luego, la culpa fue mía.
—¿Nastasia Filipovna? —preguntó el empleado, con aire servil y, al parecer, reflexionando intensamente.
—¡Si no la conoces! —exclamó Rogochin, con impaciencia.
—¡Si! ¡La conozco! —exclamó, con aire triunfante, el señor granujiento.
—¡Claro! ¡Hay tantas Nastasias Filipovnas en el mundo! Eres un solemne animal, permíteme que te lo diga. ¡Ya sabía yo que este bestia acabaría queriendo pegarse a mí! —añadió Rogochin, hablando a Michkin.
—¡Bien puede ser que la conozca! —replicó el empleado—. ¡Lebediev sabe muchas cosas! Podrá usted injuriarme cuanto quiera, excelencia, pero ¿y si le pruebo que digo la verdad? Esa Nastasia Filipovna por cuya culpa le ha golpeado su padre, se apellida Barachkov, y es una señora distinguida y hasta, en su estilo, una verdadera princesa. Mantiene íntimas relaciones con Atanasio Ivanovich Totzky y no tiene otro amante que él. Totzky es un poderoso capitalista, con mucho dinero y muchas propiedades, accionista de varias compañías y empresas y por esta razón muy amigo del general Epanchin.
—¡Diablo! ¡La conoce de verdad! —exclamó Rogochin, realmente sorprendido—. ¿Cómo puedes conocerla?
—¡Lebediev lo sabe todo! ¡Lebediev no ignora nada! He andado mucho con Alejandro Lichachevich cuando éste acababa de perder a su padre. ¡No sabía dar un paso sin mí! Ahora está preso por deudas; mas yo en aquel tiempo conocí a todas aquellas mujeres: Arrancia y Coralia, y la princesa Patzky, y Nastasia Filipovna, y muchas otras.
—¿Es posible que Lichachevich y Nastasia Filipovna...? —preguntó Rogochin lanzando una mirada de cólera al empleado. Y sus labios se convulsionaron y palidecieron.
—¡No, no, nada! —se apresuró a contestar Lebediev—. Él le ofrecía sumas enormes, pero no pudo conseguir absolutamente nada... No es como Amancia. Su único amigo íntimo es Totzky. Por las noches puede vérsela siempre en su palco en el Gran Teatro o en el Teatro Francés. Y la gente hablará de ella lo que quiera, pero nadie puede probarle nada. Se la señala y se dice: «Mirad a Nastasia Filipovna»; pero nada más, porque nada hay que decir.
—Así es, en efecto —convino Rogochin, con aire sombrío—; eso concuerda con lo que me contó hace tiempo Zaliochev. Un día, príncipe, yo cruzaba la Perspectiva Nevsky vestido con un gabán viejo que mi padre había retirado hacía tres temporadas. Ella salía de un comercio y subió al coche. En el acto sentí que me atravesaba el alma un dardo de fuego. A poco encontré a Zaliochev. No vestía como yo, sino con elegancia, y llevaba un monóculo aplicado al ojo. En cambio yo, en casa de mi padre, usaba botas enceradas y comía potaje de vigilia. «Esa no es de tu clase —me dijo mi amigo—: es una princesa. Se llama Nastasia Filipovna Barachkov y vive con Totzky. Él ahora, quisiera desembarazarse de ella a toda costa, porque, a pesar de sus cincuenta y cinco años, tiene entre ceja y ceja el propósito de casarse con la beldad más célebre de San Petersburgo.» Zaliochev añadió que si yo iba aquella noche a los bailes del Gran Teatro podría ver en un palco a Nastasia Filipovna. Entre nosotros, le diré que ir a ver una sesión de baile significaba para mí correr el riesgo de ser molido a golpes por mi padre. No obstante, burlando su vigilancia, pasé una hora en el teatro, volví a ver a Nastasia Filipovna y no pude dormir en toda la noche. Por la mañana, mi difunto padre me entregó dos títulos al cinco por ciento de cinco mil rublos cada uno. «Vete a venderlos —dijo—, pasa por casa de los Andreiev, liquídales una cuenta de siete mil quinientos rublos que tengo con ellos y tráeme el resto del dinero. No te entretengas en el camino, que te aguardo.» Negocié los títulos, pero en vez de ir a casa de Andreiev entré en el Bazar Inglés y compré unos pendientes de diamantes, cada uno casi tan grueso como ruta avellana. Como el precio excedía en cuatrocientos rublos el dinero que yo llevaba, di mi nombre y el comerciante me abrió, crédito por la diferencia. Tras esto, fui a ver a Zaliochev. «Acompáñame a casa de Nastasia Filipovna», le dije. Y fuimos. No sé, ni recuerdo, lo que había ante mí, ni a mi lado, ni bajo mis pies. Entrarnos en una sala y ella salió a recibirnos. Yo no di mi nombre: fue Zaliochev quien tomó la palabra. «Sírvase aceptarlos en nombre de Parfen Rogochin, en recuerdo del encuentro de ayer tarde», dijo. Ella abrió el estuche, miró los pendientes y sonrió: «Agradezca a su amigo Rogochin su amable atención», repuso. Y, haciéndonos una reverencia, se apartó. ¿Por qué no caería yo muerto en aquel instante? Si me había decidido a hacer la visita, era porque, en verdad, no esperaba volver vivo de ella. Lo que más me mortificaba de todo era ver que aquel animal de Zaliochev se había arreglado para atribuirse el mérito a sí mismo, en cierto modo. Yo, bajo de estatura como soy y mal vestido como iba, guardaba un silencio lleno de turbación, y me limitaba a contemplar a aquella mujer abriendo mucho los ojos, mientras él, ataviado con elegancia, los cabellos rizados y llenos de cosmético, muy sonrosada la cara, el lazo de la corbata impecable, mostraba una desenvoltura de hombre de mundo, y todo se volvía inclinaciones y gracias. ¡Estoy seguro de que ella le tomó por mí! Cuando salimos le dije: «Ahora no vaya a ocurrírsete cualquier insolencia respecto a Nastasia Filipovna. ¿Comprendes?» El, riendo, repuso: «¿Cómo te las compondrás para arreglar tus cuentas con Semen Parfenovich?». Yo sentía tanto deseo de volver a casa como de tirarme al agua, pero me dije: «Sea lo que quiera. ¿Qué me importa?» Y regresé a casa como un alma en pena.
—¡Oh! —exclamó el empleado, estremeciéndose con positivo espanto—. ¿No sabe —añadió, dirigiéndose al príncipe— que el difunto Semen Parfenovich era capaz de matar a un hombre por diez rublos? ¡Figúrese de lo que sería capaz por diez mil!
Michkin miraba con curiosidad a Rogochin, que parecía haber palidecido en aquel momento más aún.
—¿Matar a un hombre? —dijo Rogochin—. ¡Qué sabes tú de eso! ¡Peor aún! —Y, volviéndose a Michkin, continuó—: Mi padre no tardó en averiguar lo ocurrido, ya que Zaliochev lo iba contando a todos. El viejo me hizo subir al piso alto de casa. Allí se encerró conmigo y me golpeó durante una hora seguida. «Esto es sólo el prólogo —me aseguró—. Antes de acostarme volveré a darte las buenas noches.» ¿Y sabe lo que hizo luego? Pues aquel hombre de cabellos blancos visitó a Nastasia Filipovna y se inclinó hasta el suelo delante de ella, suplicándole y llorando. Al fin ella buscó el estuche y se lo tiró a la cara. «Toma, viejo barbudo —le dijo—. Ahí van tus pendientes, pero ahora que sé lo que Parfen Semenovich hizo para regalármelos, tienen diez veces más valor a mis ojos. Saluda a tu hijo y dale las gracias en mi nombre.» Entretanto, yo, con permiso de mi madre, pedí veinte rublos prestados a Sergio Protuchin y me fui a Pskov. Llegué tiritando de fiebre. Allí, las viejas de casa de mi tía comenzaron a leerme el Santoral. Cansado, me dediqué a gastar en bebida los restos de mi dinero. Invertí hasta mi último groch en una taberna, y al salir mortalmente borracho caí al suelo y allí pasé la noche. Por la mañana amanecí delirando, y costó mucho trabajo volverme a la razón. Pasé unos días muy malos, se lo aseguro.
—Vamos, vamos —dijo jovialmente el funcionario, frotándose las manos—, ahora ya verá cómo Nastasia Filipovna canta otra canción. ¿Qué importan aquellos pendientes? ¡Ya le regalaremos otros!
—¡Si vuelves a mencionar a Nastasia Filipovna, te daré de latigazos por muy amigo que seas de Alejandro Lichachevich! —gritó Rogochin, asiendo con violencia el brazo de Lebediev.
—Si me das de latigazos, eso quiere decir que no me rechazas. ¡Anda, dame de latigazos! ¡No lo tomo a mal! Cuando se azota a alguien, se pone el sello a... ¡Ea, al fin ya llegamos!
El tren, en efecto, entraba en la estación. Aunque Rogochin había hablado de una marcha en secreto, varios individuos le esperaban. Al verle, comenzaron a gritar y a agitar sus gorros en el aire.
—¡También está con ellos Zaliochev! —exclamó Rogochin, mirándoles con sonrisa entre maligna y orgullosa. Luego se dirigió repentinamente a Michkin—: Te he tomado afecto no sé cómo, príncipe. Quizá por haberte encontrado en este momento. Sin embargo, también he encontrado a ése —agregó, indicando a Lebediev—, y no me ha despertado simpatía alguna. Ven a verme, príncipe. Te quitaré esas polainas y te regalaré una pelliza de marta de primera calidad. Además mandaré que te hagan un magnífico frac, con chaleco blanco o del color que te guste. Luego te llenaré los bolsillos de dinero... e iremos a ver a Nastasia Filipovna. ¿Vendrás?
—Atiéndale, príncipe León Nicolaievich —dijo el empleado, con solemnidad—. ¡No deje escapar tan buena ocasión!
El príncipe Michkin se incorporó, tendió cortésmente la mano a Rogochin y le dijo con la mayor cordialidad:
—Iré a verle con el mayor placer y aprecio mucho la amistad que me testimonia. Quizá vaya a visitarle hoy mismo. Me ha simpatizado mucho, sobre todo cuando nos ha contado esa historia de los pendientes. Pero ya me agradaba usted antes, a pesar de su aspecto sombrío. Le agradezco la pelliza y los vestidos que me ofrece, porque pronto, en efecto, lo necesitaré todo. En este momento apenas poseo un kopec.
—Ven, ven y tendrás dinero esta misma tarde.
—Lo tendrá —repitió el empleado, como un eco—. ¡Lo tendrá esta misma tarde!
—Dime, príncipe; ¿te gustan las mujeres? ¡Dímelo en seguida!
—No... Yo, ¿comprende?... En fin, quizá usted lo ignore, pero el caso es que yo, como consecuencia de mi enfermedad congénita, no puedo tratar íntimamente a las mujeres.
—En ese caso —exclamó Rogochin— eres un verdadero hombre de Dios. Dios ama a los seres así.
—Sí: el Señor Dios los ama —aseguró el empleado a su vez.
—Anda, moscón, acompáñame —dijo Rogochin a Lebediev.
Todos descendieron del carruaje. Lebediev había conseguido al fin su propósito. El ruidoso grupo partió en dirección a la Perspectiva Voznesensky. Michkin debía dirigirse a la Litinaya. El tiempo era húmedo. El príncipe preguntó a los transeúntes el camino a seguir y cuando supo que debía recorrer tres verstas, resolvió tomar un coche de alquiler.

II