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Los cambios abruptos cuestionan las estructuras tradicionales, lo que desataría temor y adhesión a lo conocido en unos, pero también aliento y esperanza en otros. El impulso conservador es una categoría ambivalente
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Seitenzahl: 559
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Publicado originalmente en alemán con el título:Der Konservative Impuls: Wandel als Verlusterfahrung©2017 por Hamburger Edition HIS Verlagsges. mbH, Hamburgo, Alemania Esta traducción del alemán se publica por acuerdo con Hamburger Edition.© LOM ediciones, Chile Primera edición en castellano, mayo 2022 Impreso en 1000 ejemplares ISBN Impreso: 9789560015204 ISBN Digital: 9789560016287RPI: 2022-A-3242 Esta traducción se publica por acuerdo con Hamburger Edition y fue financiada por Geisteswissenschaften International - Translation Funding for Humanities and Social Sciences from Germany, a Joint Initiative of the Fritz Thyssen Foundation, the German Federal Foreign Office, the Collecting Society VG Wort and the Borsenverein des Deutschen Buchhandels (German Publishers & Booksellers Association). Revisión de la traducción: Peter Waldmann Todas las publicaciones del área de Ciencias Sociales y Humanas de LOM ediciones han sido sometidas a referato externo. Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 6800 [email protected] | www.lom.cl Diseño de Colección Estudio Navaja Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile
A la memoria de Petra
The past is never dead. It is not even past.William Faulkner: Requiem for a Nun,Primer acto, escena III
El tema del desarrollo tardío, sobre todo centrado en España y América Latina (aunque no exclusivamente), ha ocupado gran parte de mi investigación y docencia a lo largo de décadas. Por un lado, este interés resultaba estimulante y cautivador, pero al mismo tiempo se volvía agotador y poco satisfactorio. Sin lugar a dudas, las teorías imperantes sobre el desarrollo, en particular la teoría de la modernización, dominante durante mucho tiempo, no eran en absoluto capaces de responder a los problemas de las llamadas sociedades de desarrollo tardío sometidas a la presión de un progreso acelerado y de una adaptación a los estándares de la modernidad.
Sin embargo, el fracaso de la teoría de la modernización con respecto a la mayoría de las «regiones del Tercer Mundo» se ha demostrado evidente. La crítica a su parcialidad e inconsistencia se ha planteado con tal frecuencia que resulta innecesario repetirla aquí en detalle. No obstante, sí se deben recordar dos de sus carencias en particular. En primer lugar, su funcionamiento en períodos de larga duración, que podían extenderse a lo largo de siglos, no permitía extraer criterios sobre cómo enfrentarse a aquellas dificultades de mediano plazo (por ejemplo, una dictadura militar o la decisión entre un desarrollo orientado hacia adentro o de apertura hacia el exterior). En segundo lugar, de forma similar a lo que ocurre en la teoría de la difusión de innovaciones, es preciso mencionar el interés unilateral manifestado por la velocidad y la secuencia, en las cuales arraigan y se difunden los elementos de la modernidad en las sociedades consideradas tradicionalmente como homogéneas.
En este sentido, para un observador atento a las áreas geográficas periféricas y semiperiféricas era evidente que los desarrollos «hacia adelante» suelen ir acompañados de movimientos orientados «hacia atrás». Quienes han analizado el caso de España no pueden obviar que el impulso modernizador social iniciado tras la muerte de Franco en 1975, y que se mantuvo hasta inicios de los años noventa, vino acompañado de una creciente popularidad por el culto a los santos y las peregrinaciones religiosas. Esto sucedió en el mismo período en que, en Irán, como reacción al gobierno del sha Reza Pahlavi, que había instaurado una dictadura desarrollista bajo el manto de una secularización impuesta, el ayatolá Khomeini instituía un régimen no menos despótico pero fundamentado en el dictado de la renovación de la fe chiíta. ¿Y no fueron precisamente los inmigrantes turcos en Alemania, que habían abandonado su patria en busca de un mejor futuro socioeconómico, quienes fundaron la secta Kaplan, de marcada orientación hacia el pasado, y cuyo líder carismático vislumbraba nada menos que el establecimiento de un gran califato que abarcase todo el Cercano Oriente y el Medio Oriente?
Para evitar malentendidos: no se cuestiona que la mayoría de las sociedades, partiendo del desarrollo de Europa y los Estados Unidos, haya entrado en una dinámica amplia, acompañada de avances económicos y técnicos espectaculares a los que ningún Estado ni ninguna comunidad social subestatal puede sustraerse, y para la cual se ha impuesto el término de «modernización», a falta de un concepto más convincente. Además, es necesario admitir que, en su intento de modular este proceso, la teoría de la modernización ha corregido en parte sus fragilidades iniciales. Cabe destacar el debate sobre las Multiple Modernities iniciado por Shmuel Eisenstadt al reconocer que no existe una vía única de desarrollo. También ilustran este hecho la mayor atención que se les ha prestado a las influencias externas sobre la respectiva vía de desarrollo nacional y sobre el desarrollo de civilizaciones, o la apelación a una mayor sensibilidad a la contingencia, al analizar procesos específicos de desarrollo1.
Sin embargo, el mismo concepto de «contingencia», cuando se lo examina con más detenimiento, resulta ser una especie de fórmula del tipo catch all (comodín), cuya función parece caracterizarse más por encubrir carencias significativas de la teoría de la modernización que por remediarlas. Si se pretende mejorar esta teoría de manera sustancial y hacer de ella un recurso útil para la interpretación y explicación de casos concretos de cambio social, no basta con imponerles a esos casos determinados esquemas de desarrollo y especular acerca de las razones por las cuales presentan o no ciertas correspondencias con ellos. Al contrario, es preciso analizar con exactitud el respectivo proceso de cambio social. Después de todo, este no se agota en rupturas más o menos radicales o en la consiguiente aparición de nuevas estructuras, sino que suele basarse en una lucha entre fuerzas que se aferran al statu quo, modificándolo en una determinada dirección. El cambio social, sobre todo si es acelerado, no suele desarrollarse nunca sin fricciones. A través de él no solo pueden perfilarse nuevos grupos sociales, sino que también alarma y moviliza a los actores sociales arraigados en la tradición. Esos actores intentarán frenar, incluso (si tienen suficiente poder) bloquear, los cambios que se vislumbran, u orientarlos hacia una nueva dirección, liderándolos.
En este punto se inicia esta investigación. Lo nuevo, como aquello que se presenta a sí mismo como progreso y se impone sobre todas las sociedades de desarrollo tardío, lo constituyen siempre las mismas «conquistas» de la modernidad. Los más recientes productos del progreso técnico y económico auguran un incremento de la calidad de vida, menos desigualdad y más justicia como normas en el ámbito social, y la participación democrática y el respeto por los derechos humanos en el ámbito político. Hasta qué punto y de qué forma se cumplen esos objetivos, las posibilidades de que se conviertan en valores orientadores y pautas de comportamiento aceptadas de modo generalizado, dependerá no solo de las circunstancias externas, sino también en gran medida de las estructuras sociales consolidadas y de la conciencia de sí mismos que tengan los grupos establecidos. En la interacción cooperadora o conflictiva entre quienes protagonizan la innovación y quienes defienden los valores y las posiciones de poder tradicionales se decide cuál es la función que le corresponde al impulso conservador con respecto a los procesos de cambio.
La combinación de palabras «impulso conservador» no es producto de mi invención, sino del sociólogo británico Peter Marris, del cual hablaremos más adelante2. Me permito tomar prestado el concepto, porque describe de la mejor forma posible la problemática a la cual he dedicado mi atención durante mucho tiempo. Soy muy consciente de que «conservador» y «conservadurismo» son términos cargados de connotaciones desde un punto de vista ideológico, cuyos surgimiento y coyuntura están ligados de forma inseparable a la historia política de los últimos tres siglos. De los historiadores he aprendido que hasta aproximadamente 1750 casi no hubo innovaciones políticas. Cada afán de reforma de aquellas condiciones consideradas intolerables debía plantearse en forma de recordatorio a fin de retornar a un orden político primigenio, un orden que se suponía vinculante y perfecto. Solo a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, en especial tras la Revolución francesa, se produjo un distanciamiento entre las experiencias del pasado y las expectativas del futuro3. Fue entonces cuando se consolidó, junto a la noción del progreso y de un futuro mejor, la idea contraria; es decir, la de aferrarse a lo que se consideraba establecido y conocido, hasta que así surgió una corriente e ideología independiente, que llegaría a conocerse como «conservadurismo»4.
Mi investigación no tiene nada en común con esa poderosa corriente política e intelectual, que se prolongaría durante alrededor de 200 años. No hay nada más ajeno a mi propósito que aportar un estudio adicional a la historia política e historia de las ideas del conservadurismo, temas ya ampliamente analizados. Sin embargo, no deseaba renunciar al uso del concepto «conservador». La presente investigación tiene relación con la Edad Contemporánea y aborda casos de cambios socioeconómicos acelerados y transformaciones políticas en la periferia europea, en América Latina, o en el Cercano Oriente y en el Asia Oriental. Ese tipo de transformaciones drásticas, que cuestionan por definición las estructuras tradicionales, encuentran el apoyo de amplios círculos de la población y responden a las expectativas de un futuro promisorio, aunque también despiertan la resistencia de los grupos que se ven a sí mismos como perdedores en el proceso de modernización que se vislumbra. Es en ese contexto donde la sociedad se divide en bandos contrarios, pudiendo también aparecer fuerzas mediadoras. No obstante, queda poco espacio para la defensa de una posición de tradicionalismo puro, como la que Mannheim distinguió del conservadurismo en la década de 1920. Quien no desea unirse al campo progresista, sino que se aferra a la tradición, toma partido de forma automática por el bando contrario y es calificado o catalogado en consecuencia5.
Por consiguiente, el concepto «conservador» en el sentido empleado en esta investigación no se limita a una determinada posición política. Más bien, se amplía a una orientación básica de índole casi antropológica: la fijación, en parte consciente, en parte más intuitiva, del pensamiento, de la forma de sentir y actuar en modelos y estructuras tradicionales. Las ideologías y las prácticas que se protegen contra la presión del cambio no se encuentran necesariamente arraigadas en un momento muy remoto de la historia de la sociedad afectada; podrían ser el resultado de procesos de superposición de origen más o menos reciente6. Basta con que se hayan establecido y acreditado como parte del repertorio conductual y estructural general, para que solo se abandonen a regañadientes.
Con el término «impulso» se persigue acentuar todavía más el distanciamiento respecto a los movimientos políticos y las construcciones que ofrecen para su justificación. El concepto «impulso» alberga un factor antirracional y se refiere a reacciones y motivaciones espontáneas a corto plazo, lo cual no excluye la posibilidad de que las cadenas de acciones desencadenadas por medio de impulsos desemboquen en una estrategia coherente. La expresión «impulso conservador» se utiliza aquí como una especie de «carta blanca», a modo de una categoría colectiva psicosocial útil para abarcar el campo más amplio posible de actitudes, mentalidades y prácticas de motivación e inspiración conservadora. Estas pueden ser de índole individual o colectiva, pueden plantearse como reacción a un cambio disruptivo acelerado o bien manifestarse en el contexto de su propia dinámica, pueden surgir más como expresión de los sentimientos o como opción ideológica. Este enfoque tan amplio y diversificado se justifica por el hecho de que el objeto de análisis constituye, en gran medida, un vacío en medio del mapa de la investigación. Por mucho que se haya tratado el conservadurismo como movimiento político y estrategia de poder en la literatura científica, sabemos poco sobre el significado de los sentimientos, las formas de pensar y los comportamientos conservadores de quienes se ven directamente afectados por los procesos acelerados de cambio radical.
Sin duda, en la literatura científica no faltan las referencias a las tendencias y las posibilidades de salvar las tradiciones, o de ayudarlas a alcanzar un cierto grado de revalorización, en medio de un cambio acelerado. Alexis de Tocqueville proporcionó el ejemplo paradigmático al aportar la evidencia de que el impulso de centralización política y administrativa que tuvo lugar durante la Revolución francesa ya estaba presente mucho antes, en las medidas de la monarquía tendentes a alcanzar el mismo objetivo7. Los primeros críticos de la teoría de la modernización, como C. S. Whitacker y J. Gusfield, también señalaron que la estricta contraposición de tradición y modernidad era una ficción, ya que durante el transcurso real del desarrollo los elementos tradicionales y modernos estaban estrechamente ligados entre sí y, en particular, las viejas elites a menudo lograban preservar parte de su canon de valores y estructuras de poder en el nuevo orden8. El peso de los orígenes y las prácticas acreditadas en el cambio social también se tiene en cuenta en algunos planteamientos teóricos tales como las teorías de la memoria cultural, las teorías de fundaciones y de instituciones o, más recientemente, las teorías del desarrollo dependiente de la trayectoria previa (Path Dependency Theories)9. Sin embargo, los beneficios que yo he podido obtener de estos trabajos preliminares (con la excepción de los hallazgos pioneros de Tocqueville) para mi propio proyecto han sido limitados.
Por el contrario, tres estudios anteriores demostraron de una u otra forma ser fructíferos para la configuración y redacción de esta obra. La obra Loss and Change de Peter Marris, escrita ya hace muchos años, en la década de 1970, fue el impulso motivacional más importante10. Fue en ella donde me encontré por primera vez con un autor que, en relación con las sociedades de desarrollo tardío, exponía de manera explícita y coherente las inquietudes sobre el paradigma de desarrollo imperante que, en mi caso, habían ido acumulándose durante algún tiempo a partir de mi relación profesional con América Latina. Marris había trabajado durante años en y sobre África y más tarde ocupó una cátedra universitaria sobre planificación urbana en los Estados Unidos. Su estudio pionero ha influido en mi propia investigación desde tres vertientes.
En primer lugar, Marris, al igual que yo, se concentró en procesos de cambio acelerado y drástico (disruptive change), donde era más previsible esperar reacciones conservadoras. Extrajo sus ejemplos principalmente de su propia experiencia investigadora, método que desarrollo también en mi trabajo. Dejó de lado los tratados conservadores que ya reflejaban el tratamiento intelectual del quiebre con la tradición. En concreto, Marris se interesó sobre todo por la reacción directa, y en parte también por la indirecta, de los afectados por el cambio, que solo de modo limitado está sujeta a un control racional («impulso»). En este enfoque se enmarca también mi estudio.
En segundo lugar, Marris identificó con acierto que un planteamiento que se limita a abordar el cambio social como adaptación a lo nuevo resulta insuficiente. Afirmó que es preciso partir del afán contrario, el aferrarse a lo tradicional siempre que sea posible. Tal y como lo ejemplificó, empleando el caso típico de la muerte de un pariente cercano, la pérdida de algo que se considera familiar (sea esta una persona o una institución), se percibe al principio como un ataque amenazador a la propia identidad, que causa dolor y sufrimiento. El cambio disruptivo desencadena, de manera habitual, reacciones contradictorias: por un lado, el aferrarse en forma desesperada y en última instancia inútil al pasado y, por otro, en vista de la necesidad de adaptarse a la nueva situación, el esfuerzo por responder a ella de modo satisfactorio. Resolver la tensión entre estos dos polos (working out es una de las expresiones predilectas de Marris) es un requisito previo para asegurar que los afectados no se queden bloqueados en su desarrollo11.
En tercer lugar, comparto el enfoque teórico psicosocial de Marris y que subyace a estas consideraciones. Este se basa en el supuesto implícito de que en las situaciones de cambio radical el nivel del significado es más importante que los puros cálculos de poder o la búsqueda de intereses económicos. Se trata de un nivel entendido como posibilidad de integrar lo nuevo que irrumpe sobre los individuos y los colectivos sociales, localizados en un cosmos existente de significados y valores familiares, para así poder afrontarlo. En este sentido, los individuos y los grupos o unidades sociales más grandes se enfrentan a problemas muy similares, por lo que aquí, como en el caso de Marris, no se establece ninguna diferencia de fondo entre ellos.
Se podrían mencionar otros puntos en los que mi investigación enlaza con el trabajo de Marris. Sin embargo, debo señalar ciertas discrepancias con algunas de sus conclusiones. Citaré como ejemplo que Marris, en mi opinión, exagera en su tesis al querer derivar cualquier innovación, incluso la más sorprendente y audaz, del impulso conservador o asociarla contextualmente con él. No cabe duda de que hay personas, aunque solo sean una pequeña minoría, que no solo no les temen a las innovaciones, sino que se muestran ansiosas por aproximarse a ellas y emprender aventuras, cuyos desenlaces son del todo inciertos12.
El segundo estudio que me inspiró fue escrito por los autores Doug McAdam, Sidney Tarrow y Charles Tilly y se publicó en 2001 con el título Dynamics of Contention (Dinámicas de contención)13. Se trata de una compleja investigación que comprende un total de 15 casos donde se utilizan comparaciones de pares para analizar los antecedentes de revoluciones y guerras civiles, y los procesos de construcción nacional y de democratización. Descubrí ese libro cuando ya había realizado un progreso considerable en mi propia investigación y me sentí de inmediato atraído por el enfoque poco ortodoxo de los tres autores. Me impresionó en particular el hecho de que Charles Tilly, quien había aportado impulsos conceptuales y metodológicos decisivos a la investigación sobre los movimientos sociales, abogara ahora, a una edad avanzada, por apartarse de una forma de pensar en términos de fases cerradas y modelos generales sin detenerse en el análisis de las elites y sus recursos o del marco institucional respectivo. Más bien proponía intentar mirar tras las bambalinas, por así decirlo, en una combinación de metodología racionalista, culturalista y estructuralista, con el fin de identificar los «mecanismos y procesos sólidos» que encauzan las situaciones conflictivas. Dichos mecanismos, cuya relevancia pusieron de relieve los autores en los diversos casos examinados, eran los servicios de correduría y mediación (brokerage), el cambio de identidad (identity shift), la radicalización (radicalisation) y, como reacción a todo ello, la convergencia de las fuerzas moderadas (convergence).
Independientemente de esos resultados concretos, lo que justifica la fuerte afinidad de ese estudio sobre la dinámica del conflicto con mi propia investigación son los siguientes elementos:
–La preferencia por perseguir procesos dinámicos en lugar de adoptar un enfoque estático.
–La opción de realizar comparaciones cualitativas que tengan en cuenta las respectivas condiciones contextuales históricas y transnacionales.
–El theoretical sampling o muestra teórica, es decir, la selección de casos teniendo en cuenta la relación con una teoría o tesis determinada.
–Por último, la aceptación de que un mismo mecanismo o proceso puede generar efectos diferentes y, según las circunstancias, incluso contrarios, dependiendo del tiempo y los factores concomitantes.
Estas premisas metodológicas y teóricas de la investigación de McAdam y sus colegas, tan apreciadas por mí, están en marcado contraste con un tercer libro, el cual ha reforzado mi intención de explorar aún más a fondo el impulso conservador en las sociedades de desarrollo tardío. Me refiero al análisis del sociólogo Hartmut Rosa, publicado con el título de Beschleunigung (Aceleración), y tan perspicaz como profuso en cuanto a material de estudio, sobre uno de los rasgos más alarmantes de las sociedades contemporáneas14. Dado que Rosa renuncia a limitar su estudio desde el punto de vista espacial y cultural, yo lo calificaría, por así decirlo, como un producto tardío enmarcado en la teoría de la modernización o la teoría de la postmodernidad. Se afirma, a modo de regla general, la interrelación y la consiguiente escalada de la aceleración tecnológica, la aceleración del cambio social y la aceleración del ritmo de vida, la simultaneidad de la hiperaceleración y del inmovilismo que, finalmente, llevarían a una «vertiginosa paralización». Este pronóstico podría ser insostenible en relación con las zonas geográficas de desarrollo tardío –la mayor parte del mundo está compuesta por sociedades de ese tipo– donde el problema de la aceleración suele plantearse de una forma diferente a la conocida en los centros capitalistas, de los que Rosa extrae de preferencia sus ejemplos, y por eso llega a una solución más diferenciada.
En primer lugar, resulta sorprendente que Rosa no se haya formulado la pregunta acerca de cómo puede ser posible el desarrollo tardío (por ejemplo, en Taiwán, Corea del Sur, etc.) bajo las condiciones que él identifica. Asumiendo que su tesis sobre la aceleración fuese aplicable a la modernidad clásica y a la transición a la postmodernidad, ¿significaría entonces que la aceleración se ha de potenciar aún más en lo relativo al exitoso esfuerzo por recortar distancias que efectúan las naciones que acceden de manera tardía a la modernidad? Y de ser así, ¿cómo habría que imaginarse este proceso?
Más allá de estos juegos de lenguaje, en los cuales se ponen de manifiesto los límites del paradigma de la aceleración, existen al menos tres motivos por los que la curva de aceleración en la mayoría de las sociedades de desarrollo tardío (¡no en todas!) discurre de modo diferente a lo sucedido en Occidente. 1) La presión a la que están sometidos constantemente los principales grupos de liderazgo en estas sociedades para equipararse con las naciones desarrolladas desencadena, por un lado, esfuerzos periódicos para reducir el retraso, pero al mismo tiempo crea un efecto de acostumbramiento al déficit de modernización. 2) Como resultado de los periódicos impulsos de desarrollo, surgen sociedades modernizadas en parte, en las que la diferenciación de ámbitos funcionales (derecho, política, religión, etc.) no se encuentra tan marcada, y el Estado y las estructuras institucionales son más débiles que en Occidente. Surge entonces una «heterogeneidad estructural» en forma de estado permanente, que se interpone en el camino de los ciclos de aceleración mutuamente reforzados identificados por Rosa. 3) Por último, es preciso considerar que el retraso en el proceso de desarrollo, a pesar de algunos inconvenientes, tiene la ventaja de que las mentes más despiertas de los países atrasados, al tener en cuenta a Occidente, pueden sopesar lo que ellas consideran beneficioso del progreso y lo que no. Una opción típica en este sentido es integrar en la medida de lo posible los productos del progreso técnico en el propio sistema, manteniendo al mismo tiempo en la organización cotidiana el ritmo de vida tradicional y más pausado.
Según el modelo clásico de la modernización, los elementos tradicionales de una sociedad constituirían un escollo que frenaría el «desarrollo», calificado como positivo y deseable. La probabilidad de que prevalezca lo «nuevo» se produciría sustrayendo las fuerzas inhibidoras de aquellas que impulsaban el «progreso». Independientemente de la creencia en el progreso presente en este planteamiento, una de sus principales carencias era la clasificación negativa de todas las tradiciones, las cuales, al vincularse con mentalidades, prácticas y estructuras del pasado, parecen obstaculizar la dinámica de la modernización.
De hecho, parece mucho más fructífero y realista concederle a la tradición respectiva y al impulso conservador que de ella se desprende, un potencial creador de pleno derecho y rango que no se agota en la desaceleración, el bloqueo y el hecho de evitar o impedir el progreso. Si se sigue esta hipótesis, los grupos y las fuerzas conservadoras y progresistas entran en un conflicto en el transcurso de un cambio social acelerado, cuyo desenlace está abierto y no es susceptible de ser pronosticado en forma sencilla. Según el momento, el contexto y la relación de fuerzas, las manifestaciones y fuerzas propulsoras del impulso conservador no solo pueden frenar la dinámica del desarrollo, sino que incluso pueden ser beneficiosas o convertirse en uno de sus requisitos previos fundamentales. Esta es mi tesis sobre el efecto ambivalente del impulso conservador y alrededor de la cual gira gran parte de la investigación.
El hecho de que los procesos o los mecanismos sociales puedan ser polivalentes, es decir, que según las circunstancias concomitantes puedan desarrollar un efecto concreto o incluso el contrario, es algo que sigue siendo tabú en las ciencias sociales aún al día de hoy, ya que esta idea es difícil de conciliar con sus aspiraciones de formular afirmaciones deterministas. En estos casos, se prefiere operar con la fórmula de la contingencia, la cual establece que los «sucesos imprevisibles» pueden dar un giro inesperado al curso en sí predecible y determinado del desarrollo. No obstante, los procesos y los mecanismos recurrentes, aun cuando produzcan efectos diferentes, no tienen por qué considerarse necesariamente «contingentes» en el sentido de aleatorios e imprevisibles, siempre que sea posible determinar con cierta probabilidad cuándo puede esperarse uno u otro efecto. Albert Hirschman, durante largo tiempo el enfant terrible de la teoría económica del desarrollo y en la actualidad considerado un clásico, ya demostró en los años sesenta, utilizando el ejemplo de ciertas instituciones de América Latina, que los llamados «obstáculos al desarrollo» pueden, en determinadas circunstancias, convertirse en fuerzas motrices del propio desarrollo15. McAdam, Tarrow y Tilly tampoco consideran, en principio, problemático que los «mecanismos y procesos robustos» identificados por ellos no tengan un efecto claro. Según ellos habría que prestarle atención al contexto respectivo, a la secuencia temporal y a la combinación con otros mecanismos para poder afirmar algo más preciso16. En lo que respecta al impulso conservador, de estos dos precedentes puede concluirse que el problema no es tanto su ambivalencia como tal, sino más bien si resulta posible identificar las condiciones en las cuales el impulso favorece o perjudica un desarrollo provocado por un cambio disruptivo.
Las preguntas e hipótesis que a continuación se esbozan de forma sucinta y que constituyen el hilo conductor interno de la presente investigación, se dividen en dos grupos que no pueden separarse de forma inequívoca entre sí. Por un lado, hay decisiones preliminares conceptuales y relativas a las categorías en las que se fundamenta la investigación, y por otro, hipótesis sobre sus presuntos resultados. No es fácil trazar una línea divisoria entre ambos aspectos, ya que las premisas se basan también en un examen preliminar del material empírico. Por ello, su validez definitiva, como en el caso de las hipótesis formuladas de forma abierta, dependerá en última instancia del resultado de la investigación empírica.
En principio, hay tres posibles niveles de análisis. El primero, y desde mi perspectiva el más importante, es la actitud hacia el cambio social y la forma de relacionarse con él que tienen las personas afectadas directa y conscientemente por él. ¿Cómo reaccionan de modo espontáneo y a largo plazo ante procesos que requieren una modificación de su forma de pensar y una adaptación a las nuevas condiciones? Junto a consideraciones racionales, ello depende en gran medida de emociones más profundas y de niveles de conciencia que se reflejan en la propia comprensión de sí mismas. Por el contrario, un segundo nivel de procesamiento mental del cambio radical, que ya presupone un cierto distanciamiento espacial, temporal o «interno» del curso real de los acontecimientos17, es menos relevante para la cuestión que se discute aquí. Hay, por último, un tercer nivel de análisis que parece interesante y se refiere a las continuidades mentales y prácticas que se manifiestan en la fase de cambio radical y de las cuales sus protagonistas no necesariamente están conscientes. La historia reciente de los Estados rezagados en el proceso de modernización política es rica en ejemplos en los que, tras una fachada de concesiones externas al modelo del Estado de derecho democrático liberal, se mantiene la adhesión a modelos mentales y de comportamiento arraigados en la cultura política del país.
Tal y como se aborda en el primer capítulo, «Experiencias individuales de pérdida», su intensidad depende de tres variables principales. En primer lugar, lo hace del carácter voluntario o involuntario del cambio acelerado, es decir, si en tal cambio se percibe una mejora o una pérdida. En segundo lugar, es importante destacar su reversibilidad o irreversibilidad: los nuevos desarrollos que parecen ser definitivos, es decir, irreversibles, obligan a una adaptación y bloquean así cualquier esfuerzo de restablecer las condiciones anteriores. Por último, el factor tiempo es de vital importancia18.
Tanto los individuos como los colectivos sociales necesitan un margen temporal para adaptarse a los nuevos acontecimientos. Aquí reside uno de los principales problemas de un cambio brusco y disruptivo. A menudo, la confrontación prolongada entre las fuerzas progresistas y las que retardan el cambio garantiza que todos los implicados dispongan del tiempo necesario para adaptarse a la nueva situación. Por otra parte, en procesos de cambio desarrollados de modo abrupto y sin fricciones, tanto si las fuerzas conservadoras se ven reprimidas como si son sorprendidas o se dejan arrastrar en forma voluntaria por el movimiento progresista, no es raro que tenga lugar un largo epílogo hasta que se establece un nuevo equilibrio entre las fuerzas progresistas y las reaccionarias. La Revolución francesa proporciona el precedente clásico de ello19.
Sería temerario pretender formular una afirmación válida para todas las épocas y sociedades. Sin embargo, en lo que respecta a ese movimiento global descrito al principio como proceso de modernización, se observan diferencias evidentes en cuanto a la apertura de miras o a la actitud básica refractaria entre los ámbitos mencionados. Dicho en forma simplificada, puede afirmarse que el impulso conservador es más débil en el área económico-técnica, siendo por el contrario mucho más pronunciado en el ámbito cultural, mientras que en la esfera política del poder ocupa una posición intermedia.
No es casual el hecho de que la teoría del desarrollo dependiente de la trayectoria previa (Path Dependency Theory), en la cual se manifiesta cierto asombro por el hecho de que las sociedades no sean indefinidamente proclives a la innovación, tenga su origen en la economía20. En los países menos desarrollados, las innovaciones económicas y técnicas son acogidas casi sin excepción, como un progreso, por lo cual el segundo criterio del debilitamiento del impulso conservador, es decir, la irreversibilidad del cambio así iniciado, ya no sería relevante. Que el impulso conservador tenga sus orígenes en la esfera cultural, la cual incluye nuestra socialización, nuestros hábitos cotidianos, nuestro horizonte valórico y, por consiguiente, la totalidad de la conciencia de nosotros mismos, es la tesis principal de Marris y con la cual yo estoy en gran medida de acuerdo. El cambio cultural, al menos a corto plazo, casi no es reversible, pero como depende de los propios individuos y colectivos sociales en qué medida lo respaldan, es muy comprensible que a menudo estos hagan intensos esfuerzos para demorarlo. Por último, la esfera del poder político representa el foro en el que se desarrolla en público la confrontación entre las fuerzas progresistas y quienes quieren volver al statu quo. Dado que, a excepción de las dictaduras, esa esfera es también el espacio donde todo parece revisable, el péndulo suele oscilar varias veces según la constelación de poder existente, hasta que se llega a un cierto equilibrio.
En principio, veo cuatro formas principales en las que el impulso conservador puede manifestarse en una situación que se encuentra en fase evolutiva. La primera es la persistencia de reductos de tradición en medio de una sociedad sometida a un cambio acelerado. La familia o las comunidades religiosas suelen constituir a menudo tales reductos institucionales que escapan al ambiente general de renovación. También entran en esta categoría las continuidades mentales y las prácticas mencionadas anteriormente, de las que con frecuencia los propios actores no están conscientes.
En segundo lugar, y con el propósito de mitigar los efectos del cambio, puede producirse un énfasis particular y una revalorización de las convicciones y las prácticas tradicionales, lo cual implica una suerte de creatividad específica. La reafirmación del valor propio del trabajo productivo y del principio de no endeudarse durante la fase de hiperinflación en la República de Weimar21 serviría en este sentido como ejemplo, al igual que la reorientación hacia el fundamentalismo religioso entre jóvenes musulmanes confrontados con la sociedad occidental secularizada. La huida hacia valores y creencias tradicionales se explica por la búsqueda de un asidero frente a un entorno social que se ha tornado agitado y confuso.
En tercer lugar, también puede lograrse una síntesis entre los valores y las metas tradicionales y las aspiraciones de los innovadores. Los artículos citados de Whitacker y Gusfield contienen numerosas evidencias de la complementariedad de las antiguas y las nuevas elites. Un estudio de Adrian Waldmann sobre la persistencia de viejas actitudes y conductas básicas bajo la forma de nuevas instituciones en la provincia boliviana de Santa Cruz, que experimentó un espectacular auge económico entre 1950 y 2000 («Feuderne», es decir, la amalgama entre «feudal» y «moderno») ofrece otro ejemplo en este sentido22.
Una cuarta posibilidad consiste en que los grupos conservadores posean el poder suficiente para bloquear o sabotear los desarrollos a los que se resisten. La clase dominante surcoreana de los yangban constituye un ejemplo de esta última variante al adoptar una actitud defensiva y exitosa durante todo el siglo XIX frente a la apertura del país a la influencia occidental23. Puesto que, a la larga, se trata de un empeño inútil, la segunda alternativa adquiere un protagonismo mucho mayor a largo plazo, ya que los grupos tradicionales que en apariencia ejercen el poder, e incluso en ocasiones en el ámbito institucional, hacen concesiones considerables ante el paradigma de la modernidad, aunque al mismo tiempo se encargan de que los códigos informales de comportamiento de la sociedad respectiva se mantengan invariables. América Latina ofrece una amplia variedad de ejemplos de esta estrategia.
Esta es una pregunta difícil sobre la cual solo pueden aventurarse respuestas provisionales de carácter especulativo. Por ejemplo, ¿cómo puede determinarse el punto a partir del cual una reacción conservadora, identificada con anterioridad como una actitud protectora frente a un entorno que se ha vuelto confuso, se transforma en una actitud de rechazo rotundo a la modernidad?
Por lo menos, surgen algunas conclusiones de carácter general. Resulta imposible ignorar que los miembros de una clase dominante, siempre que constituyan un bloque cerrado, suelen tratar de impedir por todos los medios los desarrollos que sean perjudiciales para sus intereses de poder, mientras que los miembros dispersos de la misma, tras la destrucción o disolución del bloque, se convierten con frecuencia en apasionados defensores del nuevo rumbo que toman las cosas. En el caso de doctrinas religiosas y de constructos ideológicos, depende mucho del margen de interpretaciones posibles. Existe consenso respecto de que el confucianismo, por ejemplo, al que Max Weber le atribuyó en su análisis comparativo de las religiones del mundo una función más bien restrictiva de la dinámica económica y social, fue un elemento imprescindible de la disposición mental general que permitió que Corea del Sur, en un plazo de 30 años, diese un salto y, luego de ser una de las sociedades más pobres, pasara a formar parte del círculo de las naciones industriales exportadoras24.
Una vez más, es preciso mencionar la importancia del factor temporal, que comparte con el impulso conservador una naturaleza ambivalente. Las sociedades, como los individuos, no solo pueden llegar a sentirse abrumadas por las innovaciones que irrumpen en ellas con excesiva brusquedad, sino que también puede suceder lo contrario, que las exigencias sean insuficientes y se den por satisfechas con soluciones aparentes, cuando disponen de demasiado tiempo para adaptarse a las nuevas circunstancias. Desde un punto de vista más general, el conflicto entre las fuerzas que impulsan el cambio y las que lo obstaculizan puede entenderse asimismo como un problema de gestión identitaria de un individuo o de un colectivo social. En lo relativo a ese enfoque, yo coincido con Uwe Schimank en cuanto a que la identidad se compone de tres elementos: uno cognitivo, otro normativo y un tercero evaluativo25. El elemento cognitivo («¿quién soy?» o «¿quiénes somos?») se vincula con la conciencia de sí mismo que tiene un grupo o un individuo; o sea, con el pasado. En la dimensión normativa, entra en juego la necesidad de adaptarse a las exigencias del entorno, el cual puede transformarse de modo significativo en fases de cambio acelerado. Con el tercer elemento, la propia voluntad y decisión, se aborda el problema de la gestión identitaria, es decir, de cómo puede formarse una identidad individual o social relativamente coherente, respetando los dos componentes vinculados al pasado y al futuro, con gran probabilidad muy divergentes entre sí26.
La investigación empírica toma como punto de partida reacciones individuales de comportamiento, para obtener un parámetro respecto de la intensidad del impulso conservador (capítulo I). Se parte para ello de la suposición de que en el caso de los individuos resaltan con una claridad típico-ideal las motivaciones, mientras que en los colectivos sociales resultan a menudo desdibujadas por la influencia de factores adicionales. Como ya se ha mencionado, la intensidad del impulso conservador, como hipótesis tentativa, depende de tres variables: el carácter voluntario o involuntario con el que los individuos y los colectivos sociales se vean expuestos al cambio social; su reversibilidad o irreversibilidad; y, por último, el tiempo del que disponen los afectados para adaptarse a las nuevas circunstancias. Dependiendo de la combinación de los tres criterios, el impulso conservador tiene diferentes posibilidades de desarrollo: puede retrasar y, por tanto, de manera simultánea, facilitar la adaptación a la nueva situación (muerte y duelo); hacer más soportable el quiebre con el pasado transfiriendo las costumbres con las que se esté familiarizado al nuevo entorno social o potenciando la vuelta a la propia religión (exilio y diáspora); o transmitir la idea de que la adaptación es innecesaria, porque se supone que la nueva situación, percibida como catástrofe, será temporal (hiperinflación).
En los dos capítulos siguientes se examinará la influencia de los patrones conservadores de actitud y comportamiento en las esferas política y económica. El capítulo II se ocupa de las transformaciones políticas radicales y de sus consecuencias, y el capítulo III, de casos de desarrollo tardío acelerado. En apariencia, se trata de áreas y procesos funcionales difícilmente comparables. Los cambios políticos de poder suelen producirse en un breve tiempo, pero en principio pueden revertirse. Por el contrario, los procesos de desarrollo tardío tienden a ocurrir más a mediano plazo y, si alcanzan el éxito, introducen una ruptura definitiva con el orden económico y social tradicional. Los cambios políticos radicales suelen ser vetados por las fuerzas conservadoras, una vez consumado dicho cambio de gobierno. Sin embargo, cuando se trata de aunar fuerzas en pos de un «salto de desarrollo», se plantea muy pronto la pregunta de si este salto cuenta con el respaldo de los círculos conservadores o de si ya en sus etapas iniciales ellos se encargarán de obstaculizarlo.
No obstante, esas diferencias se relativizan cuando se lleva a cabo una observación más detallada. En primer lugar, llama la atención que haya bastantes casos en los que existe una estrecha relación entre un cambio abrupto de poder político y unas estrategias de desarrollo tardío concebidas a largo plazo. Pensemos, por ejemplo, en la revolución conservadora de 1979 ocurrida en Irán, que puso fin al experimento de una dictadura desarrollista secularizada llevada a la práctica durante décadas; o en el régimen de Franco en España, una dictadura que, en última instancia, pretendía modernizar el país, pero que en este caso concreto llegó al poder como reacción a una transición fallida de la monarquía a la república y a una posterior guerra civil. En segundo lugar, la diferencia temporal también se relativiza cuando se considera que el cambio de poder político como tal no significa que el conflicto entre las fuerzas progresistas y las conservadoras haya finalizado, sino más bien que el conflicto suele solo iniciarse y luego, bajo determinadas circunstancias, puede prolongarse durante décadas. En tercer lugar, es preciso recordar que el impulso conservador puede intervenir no solo de manera reactiva, sino también preventiva, como ya lo había comprobado Marris. En ese caso, dar un paso «hacia adelante» se presenta como un esfuerzo por evitar un daño mayor que de otro modo amenazaría los intereses propios o a la colectividad en general.
En la selección de los casos de estudio se privilegió el «conocimiento en profundidad» de un número limitado de ejemplos frente a un panorama superficial y más amplio de una gran cantidad de casos posibles. Tres criterios fueron importantes para la elección. En primer lugar, el foco de la investigación debía centrarse en casos de cambio social acelerado y drástico, puesto que representaban un desafío particular para la sensibilidad y el pensamiento conservadores. En segundo lugar, se eligieron de preferencia casos de áreas geográficas poco desarrolladas (a excepción de la Revolución Francesa) procurando que en la muestra estuviesen representadas diferentes regiones (América Latina, Medio Oriente, Asia oriental). En tercer lugar, debía tratarse de situaciones y casos en los que el autor hubiese trabajado con anterioridad, de modo que se encontrase razonablemente familiarizado con ellos.
Esa cierta familiaridad con el material de la investigación no suponía, desde luego, como el autor pronto habría de comprobar, que su análisis sobre el impulso conservador se vería por ello simplificado de manera sustancial. La citada familiaridad lo salvaguardó, en ello confío, del riesgo de incurrir en errores manifiestos y llegar a conclusiones fallidas, como suele suceder cuando el conocimiento de sociedades ajenas a la propia es superficial, pero no le evitó el esfuerzo de ocuparse de cada caso de nuevo y en profundidad. Esto incluye, sin duda, la búsqueda de bibliografía especializada relevante para el tema, ya que las obras clásicas habituales casi no le prestan atención al impulso conservador en situaciones de cambio radical.
Estaba entonces justificado llevar a cabo un estudio de los modelos de comportamiento y de las actitudes de índole conservadora en regiones periféricas o semiperiféricas, ya que en ellas la presión por alcanzar una modernización acelerada es especialmente fuerte, y ese es el motivo por el cual las fuerzas progresistas y los grupos anclados en las antiguas estructuras suelen chocar con violencia de manera repentina. A su vez, esto está relacionado con el hecho de que esas regiones, a diferencia de los «centros» que ya han tenido una larga experiencia modernizadora, y exceptuando ciertas prácticas en el ámbito microsocial, no hayan tenido la oportunidad de crear instituciones para mitigar ese impacto, y que canalicen y mediaticen la transición de las estructuras tradicionales hacia las modernas. Como se mostrará más adelante, la represión estatal en esas regiones suele asumir el papel de mediador coactivo entre expectativas y fuerzas antagónicas.
En lo que concierne a la metodología y al enfoque, el presente análisis se aproxima mucho al modelo de investigación de la Grounded Theory planteada hace unos 50 años por B. G. Glaser y A. L. Strauss27. Mi análisis comparte con ese modelo las premisas siguientes:
–El eje central de la investigación no es la verificación de una hipótesis particular, sino la generación de una tesis por medio de análisis comparativos28. Esto sucede mediante un proceso inductivo, es decir, los conceptos y las hipótesis se extraen de los datos de forma paulatina29.
–Se pone el énfasis en la recolección y evaluación de datos cualitativos, porque la investigación cualitativa parece ser el método más apropiado y eficaz para obtener la información necesaria para el objetivo de la investigación30.
–El procedimiento corresponde a lo propuesto por Glaser y Strauss como «muestreo teórico» (theoretical sampling), es decir, la selección de los casos y las situaciones examinados se ha basado en primer lugar en la búsqueda de los conceptos y las teorías o los fragmentos teóricos pertinentes al objeto de la investigación31. Se tuvo cuidado, según las pautas del most different systems design32, de abarcar la gama más amplia posible de casos y situaciones diferentes33.
–En conjunto, se trata de un proceso de investigación dinámico que, en principio, nunca termina de completarse34. Para el presente estudio se ha procesado primero el material de los casos y las situaciones pertinentes para tomar las decisiones conceptuales preliminares necesarias y obtener las primeras conclusiones teóricas; y luego ese mismo material se ha examinado una segunda vez para revisar tanto los conceptos como las conclusiones y ubicarlos sobre fundamentos más sólidos.
Los resultados del estudio se presentan en forma de resumen en un capítulo propio (capítulo IV) y se complementan con referencias bibliográficas y experiencias previas en investigación por parte del autor. Las preguntas e hipótesis planteadas en la introducción sirven como hilo conductor.
En el capítulo final se lleva a cabo un intento de clasificación teórica del impulso conservador. Es posible que el concepto del «mecanismo social», incorporado hace poco al debate, pudiese resultar útil en este sentido y ofrecer la posibilidad de responder de un modo adecuado a la multifuncionalidad y a la multicausalidad del impulso conservador35.Para ello, este concepto tendría que liberarse del contexto teórico convencional, de orientación determinista, y concebirse de una manera más abierta y tolerante respecto a las ambivalencias.
1 Knöbl, Die Kontingenz der Moderne.
2 Marris, Loss and Change, pág. 54 ss.
3 Koselleck, «Fortschritt» und «Niedergang», pág. 224.
4 Schumann, Konservatismus.
5 Mannheim, Das konservative Denken.
6 Reimann, Die Vitalität «autochthoner» Kulturmuster, pág. 364.
7 de Tocqueville, Der alte Staat und die Revolution.
8 Whitacker, A Dysrhythmic Process; Gusfield, Tradition and Modernity.
9 Assmann, Das kulturelle Gedächtnis; Gehlen, Urmensch und Spätkultur; Mahoney, Beyond Correlational Analysis.
10 Marris, Loss and Change.
11 Marris, Loss and Change, pág. 38, 158.
12 Nerlich, Abenteuer.
13 McAdam/Tarrow/Tilly, Dynamics of Contention.
14 Rosa, Beschleunigung.
15 Hirschman, Entwicklung, Markt und Moral, pág. 13 s.
16 McAdam/Tarrow/Tilly, Dynamics of Contention, pág. 223 s., 306 s.
17 Véase al respecto Burke, Betrachtungen über die Französische Revolution.
18 Abbott, Time Matters.
19 Furet, 1789.
20 Castaldi/Dosi, The Grip of History.
21 Heisterhagen/Hoffmann, Lehrmeister Währungskrise?, pág. 50 s, 148 ss.
22 Waldmann, El habitus cambia.
23 Eckert/Robinson/Lee, Korea Old and New, cap. 9-13.
24 Vogel, The Four Little Dragons, pág. 92 ss.
25 Schimank, Handeln und Strukturen, pág. 444 ss.
26 Reckwitz, Der Identitätsdiskurs, pág. 26 s.
27 Glaser/Strauss, Grounded Theory.
28 Ibídem, pág. 20.
29 Ibídem, pág. 23.
30 Ibídem, pág. 32 ss.
31 Glaser/Strauss, Grounded Theory, pág. 61 ss.
32 Przeworski/Teune, The Logic of Comparative Social Inquiry.
33 Ibídem, pág. 75.
34 Ibídem, pág. 49-50.
35 Hedström/Swedberg, Social Mechanisms.
La muerte de un ser querido supone el cambio más duro de las circunstancias vitales en la esfera social más íntima. Se trata de un cambio que, por muy radical y doloroso que sea, forma parte de la experiencia general vital de todo ser humano. Se considera especialmente traumático el fallecimiento del cónyuge o ser amado con el que se ha compartido muchos años de vida en común. Las separaciones tras una larga relación, es decir, la ruptura de una vida compartida durante muchos años, suelen desencadenar reacciones de profundo dolor, similares a la pérdida del equilibrio emocional.
Desde el punto de vista de un cambio acelerado y disruptivo del microcosmos social, los rasgos característicos de un deceso y del subsiguiente proceso de duelo son los siguientes:
–La muerte es un acontecimiento puntual y abrupto incluso si el deterioro de las propias capacidades se prolonga debido a una larga enfermedad, ya sea mental o física.
–Es preciso partir de la base de que al menos los parientes y amigos próximos perciben como una pérdida involuntaria la muerte de una persona por la que sienten apego. La pérdida en contra de la propia voluntad, por un lado, y la irrevocabilidad de esa pérdida, por otro, son los dos rasgos esenciales que caracterizan al proceso de duelo.
–Sin embargo, el duelo no es una reacción automática a la muerte. El duelo presupone un vínculo íntimo con la persona fallecida. Cuando ese vínculo falta, una persona puede estar presente en una ceremonia fúnebre, pero no se verá afectada en su interior por el significado de dicha ceremonia. El entorno de las relaciones sociales cercanas, que se entienden basadas en el vínculo y la empatía, está formado en la actualidad sobre todo por el círculo familiar estrecho, las amistades y las parejas. Dependiendo de la cercanía emocional del individuo con la persona fallecida, se establece una distinción entre los diferentes grados de intensidad de la pena y del sufrimiento36.
El duelo es en gran medida un fenómeno donde los aspectos culturales ejercen gran influencia. Según el tipo de sociedad, la tradición cultural y la época, la relación entre vivos y muertos varía, como también lo hace la percepción de cómo es el tránsito de este mundo al otro y lo que deben hacer los sobrevivientes para aliviarles la carga a quienes han fallecido. En las culturas premodernas no solo se le concedía durante un período de tiempo variable un estatus especial a quien estaba de luto por la pérdida de un ser querido antes de reintegrarse de nuevo al mundo de los vivos, sino que se asumía de forma análoga que también los difuntos emprendían un largo viaje y debían ser atendidos en consecuencia hasta su llegada al reino de los muertos37. Hoy en día, la actividad se centra mayoritariamente en el cuidado de quienes sobreviven a quien muere.
Antaño, en Europa, para lograr el alivio de las personas confrontadas con una situación existencial alterada, las costumbres y los rituales propios del duelo y el luto desempeñaban una importante función. Como consigna la mayoría de los autores con pesar, en el transcurso del proceso de secularización e individualización del estilo de vida, esas convenciones en parte comenzaron a manejarse con creciente flexibilidad, llegando incluso a descuidarse del todo38. En su lugar, ha surgido una privatización del rito del duelo, cuya configuración se materializa según la percepción del más allá y el gusto personal de las personas afectadas39. Todo lo que queda del apoyo social son los servicios de asesoramiento psicológico a los que el individuo puede recurrir cuando se siente desbordado por el quiebre que afecta su vida. Esta reducción puede a grandes rasgos parecer acertada, pero solo tiene incidencia en el espacio europeo secularizado. Hay indicios que apuntan en el sentido de que, en otras áreas geográficas importantes, a pesar de la modernización no ha habido grandes cambios en la respectiva forma de relacionarse con los recién fallecidos y en general con los muertos.
Peter Marris y Gerhard Schmied hablan, entre otros aspectos, del estado emocional de las personas afectadas por un deceso en su entorno social más íntimo. Marris tuvo la ocasión de hablar con mujeres que habían enviudado poco antes40 y comprobaba que, en su aflicción, a menudo se negaban al inicio a aceptar la pérdida. Inmersas aún en un estado de conmoción psicológica, algunas de ellas caían en un estado de estupor o apatía; otras eran también incapaces de encontrar sosiego y conciliar el sueño y, por el contrario, no paraban de moverse. Se quejaban de falta de apetito, continuos dolores de cabeza y otras molestias somáticas. Incapaces de aceptar la nueva situación, las mujeres se comportaban como si sus maridos viviesen todavía, esperaban su regreso en la tarde y seguían preparándoles la comida, etcétera41.
Incluso después de transcurrido el primer impacto emocional, la inestabilidad de su estado anímico persistía y ellas seguían afectadas por asociaciones y sentimientos contrapuestos. La insistencia en la presencia continua del difunto y los diálogos imaginarios con él daban paso de manera abrupta a la dolorosa constatación de haber perdido para siempre al ser amado. Esa constatación y la creciente sensación de tener que afrontar la nueva realidad la sentían como una traición al difunto, cuya persona se idealizaba de forma retrospectiva. La sobreviviente se reconfortaba en los recuerdos, celebraba un culto en torno a objetos pertenecientes al difunto, se aferraba al pasado, mientras que el futuro y la vida en su conjunto le parecían carentes de sentido en ausencia de su pareja fallecida. La idea del suicidio y el repliegue del entorno social no eran poco frecuentes como consecuencia de la situación de duelo42.
Según Schmied, no solo la frecuencia de las enfermedades, sino también la tasa de mortalidad, incluyendo los suicidios, son mucho más altas en personas que han enviudado hace poco que en el grupo de control de sus coetáneos43. De ese modo, Schmied confirma un hallazgo al cual ya había llegado Emile Durkheim en función de cálculos estadísticos a comienzos del siglo XIX44. Entre las típicas reacciones emocionales asociadas al dolor por la muerte de un ser querido cercano, Schmied destaca las siguientes:
–Depresión, sensación de vacío y desesperanza.
–Miedo (luego de tomar conciencia de la pérdida) a cualquier cosa; entre otras, a una nueva responsabilidad, también a la propia condición que se percibe como anormal.
–Agresividad, dirigida contra todos aquellos que podrían ser responsables de la muerte: parientes, médicos, enfermeras, Dios, y en algunos casos incluso el propio fallecido, a quien se culpa del abandono.
–Soledad, sensación de haber sido abandonado.
–Sentimientos de culpa; por ejemplo, por no haber hecho todo lo posible para evitar la muerte o no haber mostrado suficiente amor al difunto en vida45.
Existe acuerdo en la literatura especializada acerca de que el dolor y el duelo no constituyen constantes, sino que se trata de categorías dinámicas que cambian y se desarrollan en fases sucesivas46. Se trata de fases determinadas culturalmente y su duración depende de la sociedad respectiva, pero también del propio individuo. Pueden transcurrir semanas, meses e incluso años antes de que puedan sanar las heridas psíquicas causadas por la muerte de una persona con la cual existía un fuerte vínculo emocional. Las sociedades tradicionales establecían plazos temporales, como el período de seis semanas o el «año de luto», que tenían por objeto ayudar a los afectados a orientarse, imponiéndoles, por un lado, un código de duelo, pero, por otro, dándoles la posibilidad de reintegrarse en forma gradual al mundo de los vivos, una vez transcurridas ciertas fases temporales.
En relación con el estado anímico de la persona durante el duelo, se sugiere a menudo una diferenciación en tres fases principales47:
–Al principio hay un período relativamente breve de conmoción y apatía; quien sobrevive se niega a reconocer el hecho de la muerte y continúa comportándose como si la persona fallecida estuviese todavía viva.
–A esta fase le sigue otra más prolongada de dispersión y desorganización internas, durante la cual se manifiesta la mayoría de los estados de ánimo y los comportamientos ya mencionados, en parte contradictorios: una preocupación intensa por quien ha fallecido y por su legado, lágrimas frecuentes y un comportamiento de rechazo, parquedad y retraimiento social por un lado, junto a la repetición constante de ciertos hechos e ideas por otro, pérdida de peso, problemas de salud, fijación en el pasado y rechazo a aceptar la nueva situación.
–La tercera fase se describe como fase de reorganización. La persona sobreviviente va desprendiéndose poco a poco de la persona fallecida, con la cual la relación se restablece ahora en una relación en el ámbito imaginario. Los síntomas del duelo van disminuyendo, se reactiva la red de relaciones sociales; la persona, descontenta con el destino que le ha tocado, regresa al mundo de los vivos.
La secuencia de las fases permite inferir que podría haber un curso normal en el proceso de duelo, que el dolor y la pena íntimamente relacionados con él pueden (y deben) curarse y superarse, como si se tratase de una enfermedad, para permitir que la persona en situación de duelo prosiga su vida. De hecho, la mayoría de los autores, empezando por Sigmund Freud48, distingue entre una forma normal y otra patológica de duelo, a la que Freud denomina melancolía. En ambos modelos, el impulso conservador juega un papel central. Antes de abordar el problema de lo que significa superar el duelo, la ambivalencia de su significado requiere un examen aún más pormenorizado.
Las expresiones y los sentimientos contradictorios que caracterizan la «fase de desorganización» ubicada en el centro del proceso de duelo no son accidentales: son la expresión de un dilema estructural al que se enfrenta la persona en situación de duelo. Este conflicto estructural ha sido identificado en repetidas ocasiones. Arnold von Gennep ya hablaba de un estado fronterizo e intermedio en el que se entremezclaban los ritos de separación y los de reintegración social49. Freud contraponía la resistencia ante la retirada de la libido del ser amado, el difunto, con el sentido de realidad, que a la larga solía terminar imponiéndose50.Y Jan Assmann señaló el contraste entre la memoria colectiva, donde el pasado está dominado por el presente a través de los recuerdos, por un lado, y la muerte como ruptura y conmoción, por otro, que impide cualquier «continuidad», ya que el presente está ahora, según Assmann, bajo el control del pasado51.
Desde una perspectiva psicosociológica, Marris ha puesto de relieve con particular claridad el dilema de la muerte y el duelo. Este autor encuentra un denominador común en el hecho de que las personas en situación de duelo experimentan un conflicto con dos exigencias contrapuestas, una relacionada con el pasado y la otra con el futuro52. Según Marris, su simultaneidad, su coexistencia, hacen que el presente sea insoportable y son la fuente del desconcierto y de un sentimiento de dolor muy particular. El impulso conservador, que responde al deseo de aferrarse al pasado, equivale en última instancia a la negación de aceptar la nueva situación y la desaparición del ser fallecido. Se habla con él, se continúa de forma espiritual compartiendo la vida con él, se protege y cuida su legado. Por otro lado, quien sobrevive desarrolla el temor a enfrentarse constantemente al dolor de la separación, se cansa de tener que aceptar siempre nuevas muestras de condolencia, se fatiga, a causa de la duración y las muchas etapas de los trámites relacionados con la herencia, e intenta controlar su propia parálisis para poder reincorporarse a la actividad laboral. El principio de realidad orientado al futuro exige su tributo, aconseja una sublimación del dolor y un retorno paulatino a la vida activa.
El dolor por la pérdida de un ser querido y cercano es el reverso del afecto íntimo que se siente por quien ha fallecido, pero Marris disipa cualquier duda respecto a que la profundidad del sufrimiento de la persona en situación de duelo se debe, entre otros aspectos, al hecho de sentir amenazada su autoestima; en definitiva, su identidad debido a la muerte de la persona amada53. Se basa en su análisis sobre la viudez. El factor determinante para la magnitud del dolor y el desconcierto no sería tanto el vínculo afectivo existente con el fallecido como el grado de dependencia de él. Según Marris, cuanto mayor era la dependencia, no solo emocional sino también material, más cuestionaban las viudas su propia existencia luego del deceso de su compañero.
