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¿Alguna vez te has preguntado qué secretos pueden esconderse en un hermoso jardín? Narciso planta la semilla de la curiosidad y te sumerge en un mundo donde nada es lo que parece, arrastrándote profundamente con su enredadera hacia la oscuridad del abismo. Necesita encontrar la combinación perfecta que le permita cumplir su promesa, sin miedo a cruzar o romper todos los límites. Nada se interpondrá en la creación de su "jardín perfecto". Un thriller psicológico, crudo y despiadado, que ahonda en la exploración de la complejidad humana. Una novela de obsesión y locura, donde las historias van germinando diferentes personajes y entrelazando sus vidas, sin esperar el destino que les depara si llegan a cruzarse en el camino del jardinero.
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Seitenzahl: 223
Veröffentlichungsjahr: 2023
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El Jardinero © 2023, Michael Vera Villanueva ISBN: 9789564063270 eISBN: 9789564063461 Primera edición: Noviembre 2023 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.
Trayecto Editorial Editora: Andrea Hein Diseño portada y diagramación: David Cabrera Corrales Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925
Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile
Los hombres de más amplia mentalidad saben que no hay una distinción clara entre lo real y lo irreal; que todas las cosas parecen lo que parecen solo en virtud de los delicados instrumentos psíquicos y mentales de cada individuo, merced a los cuales llegamos a conocerlos; pero el prosaico materialismo de la mayoría condena como locura los destellos de clarividencia que traspasan el velo común del claro empirismo.La tumba
H. P. Lovecraft
“Persona que tiene por oficio cuidar o cultivar los jardines”.
No me queda nada más que imaginar un lindo jardín. ¿Por qué? Por él.
A él nunca le gustó mucho salir de su casa, solo lo hacía cuando era necesario. También salía en los días de lluvia; no era necesario, pero le gustaba la lluvia y su melancolía. Eso me dijo alguna vez, quizás fue cierto.
Nadie sabía de sus padres o algún familiar, de su pasado, de quién era o de dónde venía. Era alguien de muy pocas palabras, las precisas y eso desde siempre me ha parecido muy interesante en un hombre.
La primera vez que lo vi, pasó a comprar varias cosas de jardinería, eso llamó mi atención. También fue su aspecto físico, parecía muy fuerte y se veía muy atractivo. Intenté saludarlo cordialmente, tal y como nos enseñan a hacer con los clientes. Él no respondió y eso me molestó, pero no dije nada, la fila estaba llena y dejé pasar ese desaire. Me dio rabia, lo admito, nadie antes había sido tan indiferente conmigo, al menos no en este país.
A los extranjeros nos tratan distinto, sobre todo a las rubias de ojos claros. Yo llegué hace ya casi dos años a este país, siguiendo a mi “verdadero amor” que, finalmente, lo único de verdadero que tenía eran sus deudas, su gran gusto por el alcohol y las mujeres casadas. Lo dejé apenas supe y así, sin más, me quedé en la calle.
La vida se hace bastante rutinaria cuando no conoces mucha gente. Siempre me traté de imaginar cómo una persona solitaria puede llevar su vida sin compartir con otros. Yo soy más sociable, o eso intento hacer, pero por mi experiencia me cuesta confiar. Él no tenía nada más que su jardín, o al menos eso pensaba. Vestía bien y compraba cosas caras. Siempre me pregunté: ¿cuánto podría llegar a ganar un jardinero?
Confieso que me obsesionó un poco y hasta llegué a averiguar qué días hacía sus compras; es más, cambié mis turnos para verlo y tratar de sacarle una palabra. Al principio lo único que obtenía era un «no, pero guárdalo», cuando preguntaba si quería donar el vuelto, aunque este nunca fue demasiado.
Siempre me sorprendió su habilidad de entregar la cantidad exacta del valor de la compra. Aún no terminaba de pasar los artículos y él dejaba sobre el mostrador el pago casi exacto. Al principio no creía, incluso digitaba mal a propósito para probarlo, pero sus cálculos eran impresionantes, todas y cada una de las veces estaba en lo correcto.
Una vez compró más cosas de lo habitual. Me animé a preguntarle si siempre salía con calculadora. Recuerdo que le comenté algo como que me gustaban los números y que me gustaría estudiar algo relacionado a ello. Y ahí, mientras le contaba de mis cosas, me interrumpió con un cortante «no», tomando sus cosas y yéndose muy apurado, mientras yo quedaba hablando sola, sintiéndome como una tonta.
Después de un tiempo, ya había perdido un poco el interés, muchos intentos de mi parte y solo indiferencia de la suya. Ahí me dije «ya no me importa si me habla o no, me da lo mismo». Y como una broma del universo, esa misma tarde, aparece en mi caja y dice:
—Quiero hablarte, mañana en mi jardín, a las cinco.
Se fue sin más y me quedé ahí, congelada, pensando un millón de cosas. Recuerdo que tuve que ir al baño, no podía concentrarme y me hice la enferma el resto del turno.
Yo sabía que su jardín quedaba a un par de cuadras de la tienda, tengo que confesar que lo seguí más de una vez, con la excusa de un llamado importante que atendía mientras lo seguía.
Al día siguiente, estaba muy nerviosa y no sabía qué hacer, si iba o no a verlo. No tenía a nadie que considerara cercano para pedir su consejo, así que tuve que decidir por las mías y lanzar una moneda al aire. La suerte fue mi mejor consejera.
El azar me había señalado que debía ir y la curiosidad me animaba aun más a seguir ese consejo. Estaba muy emocionada por el encuentro. ¿De qué quería hablar? ¿Será de esos enamorados tímidos? ¿Le gustaré tanto como él me gusta a mí? Mi turno terminaba a las siete de la tarde, pero cambiarlo no fue difícil, era la celebración de la tienda y todos estaban preocupados de eso. Nada me importó y caminé para estar puntualmente a las cinco, además su casa estaba cerca. ¿Qué tan malo podría ser? Me pregunté en ese momento.
Llegué a su casa. Era sencilla y pequeña, pero su jardín delantero era espectacular. Muy bien cuidado, mostraba distintas flores y plantas, todas muy hermosas y bien combinadas. No recuerdo cuánto tiempo me quedé mirando perdida en lo hermoso de la naturaleza, no podía creerlo. Yo como una amante de las flores, simplemente me pareció maravilloso y ciertamente que un lugar así requería de mucho tiempo y dedicación.
Toqué el timbre y al instante abrió la puerta, me miró y dijo:
—Son las cinco y siete, llegas tarde.
Se dio media vuelta y caminó al interior. Dejó la puerta abierta y avancé para ingresar.
El interior estaba decorado con pequeños árboles, plantas y flores, muy pocos muebles y una que otra decoración que combinaba a la perfección. Su gusto era una genialidad, tan ordenado, tan pulcro, tan perfecto.
Apareció desde un pasillo llevando unos pequeños pasteles y un vaso de agua. Con un sencillo gesto me invitó a sentarme y así lo hice sin decir nada.
—Quiero hablarte.
Lo miré y asentí en silencio con mi cabeza, sabía que ahora era yo la que debía escuchar.
—Mi nombre alguna vez fue Jacinto, pero eso es parte de un pasado distante, lejano. Ahora mi nombre es Narciso y, como tú, soy una flor más que pertenece al jardín más hermoso del mundo. La transformación ha iniciado, debo continuar antes de marchitarme por completo.
Al principio pensé que era una broma, no entendía mucho lo que estaba diciéndome, pero creyendo que era un juego, le seguí la corriente y sonriendo le dije:
—Eres una flor muy bonita y puedo ver que haces muy buen trabajo cuidando a las demás.
Después de eso, solo bajé mi mirada. Comimos callados y nos mirábamos de reojo. Me ofreció agua, le devolví una sonrisa y respondió tomando mi mano, diciendo:
—Tú también eres una flor muy hermosa, pero puedo ver que te estás marchitando. Si quieres, yo podría cuidarte.
No sabía qué hacer, quizás me llamaba flor para cortejarme… No lo sé, solo seguí su juego y respondí:
—Pero tú no me conoces, ni yo a ti. No soy cualquier flor y, si bien eres muy bueno en lo que haces, no sé si puedas cuidarme como yo lo necesito.
Soltó mi mano, se levantó y comenzó a mirar su jardín en silencio. Luego me dijo:
—Te conozco. Eres Filippa, trabajas hace 293 días en el supermercado de la vuelta, casi lo que vive un pensamiento bien cuidado. Hace 161 días que intentas conocerme, lo mismo que vivió la mejor caléndula que he criado. Te gusto, sabes cuándo y qué compro cada una de las 23 semanas que nos hemos visto. Sin dudarlo viniste cuando te llamé, incluso cambiaste tu turno 120 minutos. Tienes muchos conocidos, pero ningún amigo verdadero; esto te pesa y te hace sentir sola. No quiero cuidar a flores que no me quieren y, si tú me quieres, yo te puedo cuidar.
Me quedé congelada, en silencio, sin saber qué hacer. La situación se había vuelto un poco extraña y comencé a asustarme, ya no me parecía divertido todo ese cuento de las flores. Estaba un poco mareada, creo que lo notó en mi cara y, sin decir palabra alguna, se fue de improviso a otra habitación.
En ese silencio casi sepulcral y sin pensar mucho, me decidí a huir. Sentía náuseas y, mientras avanzaba a tropezones, le grité:
—¡Gracias por todo! Pero tengo que irme, tengo la celebración de la empresa y, la verdad, no me siento muy bien, disculpa. ¡Nos vemos en otro momento!
Di unos cuantos pasos por ese pasillo, el que se volvió interminable. De pronto sentí cómo agarraban mi brazo muy fuerte y finalmente un pañuelo con un fuerte olor envolvió mi rostro. Todo se desvaneció.
Desperté amarrada, estaba todo muy oscuro y no sabía bien qué pasaba. El hedor a humedad y encierro me abrazó con fuerza, lo que me hizo tratar de gritar con desesperación, pero mi boca estaba cubierta con una especie de tela con sabor terroso. Traté de forzar las amarras, pero solo conseguí dolor y más desesperación. Lloré y grité mucho, casi vomité varias veces, ahogada por mis babas y mis gritos sordos. El sabor del terror es horrible.
Escuché unos pasos e intenté gritar, lloré de nuevo y reconocí su voz en esa silueta que lentamente se acercaba.
—No te preocupes, yo te cuidaré. Serás la flor más linda de todas en este jardín, uno más en mi camino a la perfección. Acompañarás y alimentarás a cada una de ellas. Serás parte de todas y todas serán parte de ti. La fórmula está avanzando muy bien, eres una privilegiada, pues puedo afirmar que mis avances han dado sus frutos. Tranquila, esto será rápido y casi, casi sin dolor.
Cuando vi el reflejo del bisturí acercándose, sabía que nada más podía hacer. Solo cerré mis ojos y lloré.
No me quedaba nada más que imaginar un lindo jardín.
“Brote de muchas plantas, formado por hojas de colores, del que se formará el fruto”.
La observaba desde antes de que ella me viera por primera vez y eso fue cuando planté los primeros “pensamientos”.
La estudiaba a diario, desde el principio llamó mi atención. Su linda figura y su simétrico rostro mostraban una genética por sobre la media, lo que me entregaría interesantes datos para mi investigación. Miraba desde lejos la forma de sus ojos y su pequeña nariz, así como la manera en que acomodaba su cabello antes de cada turno. Siempre me preguntaré si esa fijación representaba, de alguna manera, un pequeño acercamiento a lo que llaman “amor a primera vista” o si solo me pareció un sujeto de prueba ejemplar que no podía dejar pasar. Me interesó de sobremanera comprobar si la variabilidad genética podría presentar diferencias en los resultados, era una respuesta que solo tal vez el tiempo me lo revelaría.
Cada vez que compraba mis cosas en la tienda, ella intentaba hablarme. La ignoraba la mayoría de las veces, nada personal, únicamente por costumbre. Me cuesta relacionarme con la gente en general y, para ser sincero, me desagrada la mayoría de la gente. Con ella fue distinto y por eso, sí le respondía pocas veces, las necesarias para mantener el interés. Las frases cliché que siempre funcionan toman elementos comunes y los hacen especiales. «Me gusta salir los días de lluvia, esa melancolía que refleja creo que es especial para mí y, si no me equivoco, para ti también». ¿Quién se podría negar a eso? Tal vez hablar con ella fue como hablar con las caléndulas, siempre hermosas, siempre radiantes. Me hizo mucho más fácil todo; de hecho, fue placentero y agradable lo que germinó con ella.
Este jardín tiene y tendrá muchas plantas y flores, es el primero que deja resultados satisfactorios en lo que se refiere a la fórmula, que va en constante mejora. Todas ellas son como mis hijas, por eso mi jardín necesita pruebas previas, pero también necesita de una alma hermosa que pueda hacerse cargo de las demás y yo soy el único que sabe cómo dársela, estoy muy cerca de mi fórmula perfecta.
Ella estaba generalmente sola, no tenía amigos, unos pocos conocidos y uno que otro admirador que la seguía. Me entretenía bastante mirar ese comportamiento, tan evidente, tan normal y que claramente no daba ningún resultado; nunca supieron llegar a ella. Yo sí lo sabía. Cada dato recolectado en la naturaleza puede representar un valor, cada valor puede ser comparado y graficado y al ser graficado los patrones emergen. La gente no es más que un montón de patrones predecibles.
Teniendo todo en orden, me acerqué y la invité. Tal y como esperaba, accedió sin hacer preguntas; su interés en mí era evidente. Cuando me dijo que era una flor muy linda y que cuidaba muy bien a las demás, me pareció hermosamente infantil. También sabía que estaba siguiendo el juego a mi discurso, todo estaba saliendo como lo había planificado.
La escena era perfecta, meses revisando cada detalle, cada objeto, cada palabra en su lugar. Al parecer tuve algunos errores en los cálculos basales, pero el uso de soluciones alternativas me pareció válido. Hay que considerar que siempre trabajamos en rangos dinámicos, por lo que se necesita estar preparado para superar este tipo de situaciones y yo siempre estoy preparado.
Al principio, cuando le hice ver cada detalle de su vida, se sorprendió, se sorprendió mucho, pero al indicar que podía cuidarla, sus mejillas enrojecieron, era lo que ella esperaba oír. Ese romanticismo que abriría su mente para imaginar la vida feliz. Ahí entendí claramente en lo profundo de su mirada que quería ser cuidada, que necesitaba ser protegida. Entendía su soledad, sabía que estaba sufriendo y era mi deber hacer algo para cambiar tal situación.
Siempre me gustó su nombre, Filippa, así como también el hecho de que fuera solitaria y que estuviera lejos de su hogar. Llegó a este país siguiendo esa típica ilusión del amor. Ellos no saben lo que significa esa palabra, solo yo sé lo que es el amor, como el que tengo por mi madre y ahora el que tendré por este hermoso jardín. Siempre estaré ahí para ella y ella estará ahí para mí.
Desde que terminé su transformación, comenzó a ser la flor más linda del jardín, la madre que alimenta y cuida a las demás flores. Ella ya no necesitaba ese cuerpo; yo necesitaba su esencia y su pequeño dedo que será el recuerdo del inicio de este gran amor y el nacimiento de la primera adelfa de este jardín, un jardín que me ha entregado valiosos datos para mi fórmula, la que me permitirá reunirme con ella.
“Sustancia que asegura la conservación y crecimiento de un organismo”.
Los espasmos eran más y más débiles, hasta que al final se detuvieron por completo. Su pequeña pata ya no se movía y eso indicaba que había muerto y que nunca más volvería a su hogar ni a compartir con su manada.
El hogar ha representado, desde los inicios del hombre, el confort y la seguridad tanto para los humanos como para los animales. Para mí, el hogar representa el espacio para mis pruebas y la cuna del conocimiento que estoy adquiriendo. Llevo ya un par de años avanzando en mis primeras hipótesis, pero creo que he llegado al punto en el que necesito progresar más, dar el siguiente paso y convertir ese sueño en realidad.
Después de variadas pruebas fallidas para conseguir la combinación de nutrientes perfecta, estaba estancado, atado a mis propias limitaciones y para avanzar tenía que aventurarme a nuevas experiencias. El espacio era conocido: la casa de campo, esa cárcel que tuvo mi madre y que en algún momento decidimos cambiar, me estaba encerrando a mí ahora en pruebas que no llegaban a ningún nuevo resultado.
Y así empecé. Primero recorriendo las calles, rescatando a aquellos que nadie quería, a esos que todos miraban, pero que nadie se detenía a ver. También exploré la opción de aquellos en las redes sociales. Tanta diversidad a la mano era demasiado simple y la posibilidad de tener infinidad de perfiles falsos facilitaba mucho esconder tu identidad, eso lo había aprendido hace mucho tiempo.
Los primeros “rescatados” tuvieron un poco de miedo, que es lo normal supongo yo después de una vida difícil dedicada a solo sobrevivir, pero poco a poco se dieron cuenta de que tenían comida, agua limpia, un lugar cómodo para dormir y un gran espacio para jugar. Fueron sintiendo que este lugar se convertía en su hogar.
Perros y gatos fueron los primeros en instalarse, tal vez más adelante podría pensar en otras especies para realizar más pruebas y con ello recolectar más datos, pero eso aún no lo he decidido. Tengo que confesar que me costó ganar la confianza necesaria para atraerlos, pero en el fondo creo que, de una u otra manera, todos queremos ser rescatados.
Y así, sin darme cuenta, fui poblando este espacio solitario, la «gran parcela» como la llamaba mi madre, la casa de campo como le decía mi padre y que solo es visitada por gente para su limpieza, un trabajo específico y silencioso. Tengo a mi disposición un contrato que incluye cuatro personas de limpieza interior y dos para exterior como apoyo en tareas menores, pues del jardín me encargo yo.
Esta casa, al parecer, fue una compra de mi padre, una casona del siglo XVIII, que fue remodelando poco a poco con tecnologías de punta, cámaras, sensores y alarmas por todos lados, no solo en su interior, sino que también en sus espacios externos y en el bosque de la parte trasera. Me llamaba la atención tanta seguridad, incluso alguna vez pensé que solo faltaban guardias.
Al principio solo era para visitarla en los veranos, después varias veces al año y al final ya prácticamente vivíamos acá con mi padre y mi madre. La casa de la ciudad se convirtió en la casa de visita por mandato de mi padre; él prefería estar en la casa del campo, donde tenía el control de todo y de todos.
Tengo recuerdos de animales abandonados en estos terrenos. Sin embargo, mi padre nunca accedió a adoptarlos. De hecho, el solo hecho de mencionarlo nos aseguraba una buena golpiza, a mí por decirlo y a mi madre por permitir que tuviéramos esas ideas. Siempre era lo mismo: insultos, golpes, que éramos unos estúpidos sin cerebro al querer recoger a inmundicias de la calle, que por qué mejor no nos íbamos nosotros a la calle, entre otras humillaciones. Qué rabia sentía en ese entonces; a veces pensaba que era su forma de desahogo por otros temas que nada tenían que ver con nosotros, pero nunca compartía sus pensamientos, la violencia era el lenguaje con el que nos hablaba. Tengo que reconocer que siempre me compraba distintas razas de perros, gatos y otros animales, un poco para compensar su violencia, un poco para que dejáramos de molestarle, pero eso no le daba derecho de tratarnos así. No podía llamarme estúpido, él lo era. Yo quería sujetos de estudio y él no entendía. Yo los alimentaba, los analizaba, anotaba en mis cuadernos cómo se comportaban, qué era lo mejor para su crecimiento y hasta cómo dormían.
El recuerdo de mis dibujos es maravilloso, miles de bosquejos de ellos, de esa sensación, esa necesidad de conocer cada detalle, de abrirlos y mirar en su interior, tal y como lo sentía entonces, tal y como hago ahora.
Recuerdo también la cara de horror de mi madre la primera vez que me descubrió. Ella entró a la habitación y miró cómo estaba dibujando las distintas partes descuartizadas del Sr. Bigotes, meticulosamente ordenadas y dispuestas casi como para una exposición de arte independiente, eso a mis 13 años.
—Pero ¡¿qué hiciste con él?! ¡Era tu amigo, tu regalo de Navidad!
Yo solo la miraba y sonreía esperando mis felicitaciones. Desde muy pequeño, recuerdo que nunca entendí cuál era la diferencia de matar una hormiga, un escarabajo o un gato. Para mí siempre fue lo mismo, para el resto no.
Sesiones de psicólogos y psiquiatras solo incentivaron mi curiosidad. Me ayudaron a descubrirme, autoconocerme y saber quién era en realidad, pero también entender que debía ocultarme del resto y que, como lo planteaba Nietzsche, “si matas una cucaracha, eres un héroe. Si matas una hermosa mariposa, eres un malvado. La moral tiene criterios estéticos”. Puede que de alguna forma él pudiese acercarse a una respuesta más satisfactoria. Sin embargo, sin conocer aún dicha respuesta, me hizo entender que en nuestra sociedad estas acciones se ven de manera diferente, lo cual me llevó a satisfacer mi curiosidad en secreto, con la esperanza de que, con el tiempo, alguien pudiera comprenderme y aceptarme tal como soy.
Una infancia llena de comodidades, pero también de mucha violencia y soledad, fueron forjando estos intereses y necesidades especiales y así, sin mucho esfuerzo, construí mi zona de estudio en mi casa del árbol, en ese gran espacio que ofrecía la casa de campo.
—Jacinto, ¿has visto al perro?
—No madre, hace días que no lo veo, pero tú sabes que hay lugares abiertos en el bosque que dan al patio trasero. Seguro se escapó por ahí, apuesto a que vuelve en unos días.
La verdad era que las mascotas nunca volvían, ambos sabíamos eso, pero ella necesitaba esa conversación para dejar su conciencia tranquila y volver a sus quehaceres.
Al tiempo ella entendió, me comprendió y comenzamos a acercarnos, a compartir. Me ayudó a ir ocultando el resultado de mi trabajo con los sujetos de prueba, teníamos un gran espacio para ello. Ella me decía que lo que les hacía a los animales iba a ser nuestro secreto y que sabía que no podía cambiar lo que era, pero que me amaba así y me ayudaría siempre a ser feliz. Ahí entendí que sería la única en aceptarme, amarme tal como era, nadie más lo haría como ella. En ese momento comprendí que tal vez no era tan malo lo que hacía, tal vez debía explicar las razones y todo podría verse de un punto de vista más “normal”. Si ella lo había entendido, tal vez otras personas también podrían hacerlo.
Recuerdo que mi madre siempre decía que el conocimiento estaba a nuestro alrededor y así me presentó el mundo de las plantas y las flores. Ese mundo podía potenciar mi conocimiento de formas que yo ni siquiera imaginaba, iniciando así el aprendizaje y mi admiración por las plantas: flores y árboles, sobre semillas, su reproducción, estaciones, climas, nutrientes y tantas otras cosas fascinantes para mi pequeña mente. Nunca había absorbido tanto conocimiento. Me incentivó comprando libros de botánica, anatomía y química. Juntos leíamos mientras poníamos en práctica lo que decían, dejando en ocasiones espacios para mis necesidades especiales con pequeños animales. Fuimos construyendo el perfecto jardín y una maravillosa relación, así como enterrando mis sujetos de prueba que eran cada vez menos, controlado gracias a los consejos de mi madre.
Ella me decía que soñaba con construir un hermoso jardín, un lugar único para compartir con mucha gente y tener largas charlas, cosas que mi padre no le permitía; era muy celoso por lo hermosa que era. Tenía una belleza muy particular, su blanca tez y cabello oscuro contrastaban de manera única, sus hermosas facciones enamoraban a cualquiera que la conocía y cualquier intento de comunicación con otras personas terminaba en violencia y opresión por parte de mi padre, quien decía que ella era solo de él y de nadie más. Ella soñaba que juntos podríamos construir ese jardín algún día, poco a poco, semilla a semilla y así lo iniciamos. Qué días tan felices compartimos.
El bosque era parte de nuestro jardín en la casa de campo, un gran espacio para admirar, pasear y enterrar cosas, como ella, cuando enterró a mi padre bajo el árbol más grande o cuando vi que la enterraban a ella en el jardín, transformándose así en parte de este espacio aún sin terminar. Yo no tenía nada más que hacer, era mi nuevo y único propósito, lo había decidido al aflorar todos esos recuerdos después de volver a visitar este espacio.
Ahora, después de todas esas experiencias, después de todos estos años de encierro en mí mismo y en todos los libros, de pasar enclaustrado en ese centro psiquiátrico, vuelvo nuevamente a este jardín, a ese que recordaba desde pequeño. Vuelvo a enterrar nuevos animales y a desenterrar a mi padre, no es digno de habitar aquí. Es por ello que retomaré mi propósito: la construcción de nuestro jardín y buscaré la combinación perfecta de nutrientes y conseguiré darles el alma a todas mis nuevas plantas para que puedan acompañar a mi madre. Y cuando termine mi creación, tendremos ese hermoso jardín, con mucha gente para esas largas conversaciones y así estaremos juntos otra vez, pero ahora para siempre, para toda la eternidad. Te prometo madre que nunca más estarás sola, yo terminaré ese lugar especial que siempre quisiste.
Y así se quedó pensando el jardinero, en su madre, en su futuro jardín y en los nuevos sujetos de prueba que necesitaba para mejorar su fórmula, mientras observaba los últimos movimientos de la pata de aquel animal que fallecía ante su mirada indiferente.
“Ciencia para el diagnóstico y control de enfermedades en las plantas”.
Cada vez que tomo un libro o reordeno la configuración de mi material de consulta, me lleva a mi época escolar y, por supuesto, a esos fallidos intentos de sociabilización en mis primeros años de inocente curiosidad.
En ese entonces, pagar por las mejores escuelas privadas no garantizaba un crecimiento tranquilo, y no sé si algún día lo hará. Al contrario, la competencia se vive de manera constante y aguda, más por las familias que por los que asistimos. La presión por ser el mejor es lo que impulsa a cada una de las familias que invierten en los futuros gerentes o dueños de los negocios heredados, es simplemente brutal.
