El laberinto de cristal - Gabriel Rubio - E-Book

El laberinto de cristal E-Book

Gabriel Rubio

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Beschreibung

El alcoholismo es como un elefante que entra en nuestra casa y que, al principio, incluso nos hace gracia. Con el tiempo, el elefante crece, se apodera de casi todo el espacio de nuestro hogar y empieza a condicionar las conductas de todos los miembros de la familia. De todos. El problema es que se trata de nuestro elefantito, que ahora ha crecido, pero es nuestro. Y, a pesar de las complicaciones que provoca, nadie se atreve a decir nada. Esto es lo que ocurre con el alcoholismo familiar: la vergüenza de pacientes, familias y amigos provoca que no se atrevan a hablar de este problema. Creen que es mejor mirar para otro lado y se embarcan en una titánica, y casi siempre estéril, lucha por procurar que el adicto no beba. Gabriel Rubio nos explica, con un lenguaje accesible, en qué consiste la adicción al alcohol y cómo tratarla haciendo hincapié en los problemas de los adolescentes y jóvenes con el alcohol. También nos enseña a ayudar en el proceso de recuperación, nos habla de los grupos de ayuda, de la prevención y, sobre todo, nos previene sobre los problemas psicológicos que pueden afectar a quienes convivan con una persona con esta enfermedad, problemas que deben ser tratados, que afectan especialmente a los más jóvenes y que no se resolverán solos por el hecho de que esta persona abandone la bebida. El alcohol es un estigma y un tabú. Este libro quiere ser un faro que pone luz y ofrece ayuda a cuantos se ven afectados por él.

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Seitenzahl: 313

Veröffentlichungsjahr: 2024

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El laberinto de cristal

Cómo detectar las señales y actuar si vives con un adicto al alcohol

Gabriel Rubio

Primera edición en esta colección: mayo de 2024

© Gabriel Rubio, 2024

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2024

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-10079-94-6

Diseño de cubierta: Litos

Realización de cubierta y fotocomposición: Grafime, S.L.

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

Introducción. La importancia de leer este libro1. Lo que las familias tienen que saber sobre la adicción al alcohol2. Repercusiones de la adicción al alcohol en familiares y amigos de las personas afectadas3. Repercusiones del alcoholismo familiar en los hijos e hijas adolescentes4. Los grupos de ayuda mutua para familiares de personas con adicción5. ¿Qué ocurre en los hijos de personas con adicción cuando llegan a la edad adulta?6. La lucha contra el estigma es también prevenciónBibliografía

Introducción. La importancia de leer este libro

Me imagino que, cuando un autor se decide a escribir un libro como el que ahora tienes en las manos, es porque considera que el mensaje que quiere transmitir es importante. Y, en efecto, al menos en este caso, lo es. Y son varios los argumentos. En primer lugar, los datos: entre el cinco y el diez por ciento de la población adulta española tiene problemas con el alcohol, y hay cerca de medio millón de familias que reciben tratamiento para que uno de sus miembros se recupere de la adicción al alcohol. Si echamos una mirada a nuestro entorno de amigos y familiares, seguro que encontramos a alguien que tiene problemas con la bebida. En segundo lugar, las consecuencias que el alcoholismo provoca en los familiares de la persona afectada por esta enfermedad son de tal gravedad que es muy difícil objetivar los costes de todas las complicaciones generadas.

Sin embargo, en mi opinión, el argumento más determinante para que sigas leyendo esta guía es el enorme desconocimiento que la sociedad española tiene sobre este gran problema. Y, cuando digo desconocimiento, no solo me refiero a la falta de información que la población general tiene sobre este tema, sino al desconocimiento que tienen los propios afectados por el alcoholismo familiar: pacientes, parejas, los hijos e hijas de esas parejas y demás familiares. Es tal la vergüenza y el estigma que impregna esta enfermedad que ni tan siquiera los afectados directos o indirectos quieren conocer, de verdad, sus repercusiones. De ahí el subtítulo que he elegido para esta guía: El laberinto de cristal: Cómo detectar las señales y actuar si vives con un adicto al alcohol.

Tal como se explica en el libro, el alcoholismo es como un elefante que entra en nuestra casa y que, al principio, incluso, nos hace gracia: ¡qué animalito más gracioso! Con el tiempo, el elefante crece, se apodera del lugar más amplio de nuestro hogar, el salón, y empieza a condicionar todas las conductas de los miembros de esa familia. ¡Ojo, de todos sus miembros! El problema es que se trata de nuestro elefantito, que ahora ha crecido, pero es nuestro. Y, a pesar de las complicaciones que ocasiona, nadie se atreve a decir nada.

Esto es lo que ocurre con el alcoholismo familiar: la vergüenza que pacientes, familias y amigos tienen a causa de la relación con la persona alcohólica provoca que no se atrevan a hablar realmente de este problema. Creen que es mejor mirar hacia otro lado y se embarcan en una titánica y casi siempre estéril empresa, que consiste en procurar que el familiar adicto no beba. Así pues, este ha sido el verdadero motivo de que esta guía esté hoy en tus manos.

También te preguntarás por qué se me ha ocurrido escribirlo ahora, habida cuenta de que hace cuarenta años que me dedico al tratamiento del alcoholismo. Pues, entre los motivos conscientes, el más determinante es el de que he estado durante varios meses «alejado de la circulación» para ser tratado de un cáncer, y eso me ha permitido seleccionar lo que realmente me apetecía (que no eran muchas cosas, como podrás imaginarte). Hace veinte años, en 2003, una de mis pacientes, que había sido pareja de una persona con adicción al alcohol, me pidió que escribiera un libro para informar a las parejas (y a las familias) de estas personas sobre qué es el alcoholismo y cuáles son las consecuencias de esta enfermedad en los familiares. Han pasado muchos años, pero esa petición y la promesa que le hice a mi paciente han encontrado, gracias a mi enfermedad —¡vaya paradoja!—, la vía para que este libro haya visto la luz.

Pero vayamos al lío. ¿Qué encontrarás en este libro? Fundamentalmente, experiencias, las mías como profesional. Como ya he comentado, desde 1985 he dedicado la mayor parte de mi actividad clínica e investigadora a esta área de la psiquiatría. Sin embargo, lo que aquí encontrarás no es, ni un resumen de diferentes publicaciones ordenadas por temas, ni mi percepción del problema del alcoholismo familiar. Lo que he intentado explicar, en cambio, es lo mismo que explico a pacientes y a familiares en la consulta o en los grupos de terapia, y hacerlo con un lenguaje accesible. He contado mi experiencia con ellos, lo que considero que tienen que saber y los porqués de muchos de sus problemas y vivencias sufridas.

Ahora bien, en mi opinión, la aportación más importante de esta guía la constituyen las experiencias y las vivencias de cuarenta y dos pacientes atendidos a lo largo de todos estos años en el contexto del alcoholismo familiar, de los cuales treinta y cuatro eran parejas, padres o hijos e hijas de personas afectadas por la adicción —que, como es obvio, aparecen con nombres ficticios—.

De las seis partes en las que está dividida esta guía, la primera de ellas la he dedicado a explicar en qué consiste la adicción al alcohol y el tratamiento de esta enfermedad. Es muy importante que las familias comprendan que la adicción al alcohol no es un vicio, sino una enfermedad, y que la recuperación no consiste en «dejar de beber», sino en realizar bastantes cambios en su estilo de vida. Recuperarse del alcoholismo no es una cuestión de voluntad, aunque sea necesario contar con ella. Leer esta primera parte será muy esclarecedor para entender qué les ocurre a los pacientes y cómo la familia puede ayudar en el proceso de recuperación.

La segunda parte está dedicada, casi en exclusividad, a las parejas que conviven con la persona adicta. En ella explico cómo reaccionan las parejas, los padres o las madres cuando detectan que su familiar empieza a beber de forma abusiva. En diferentes apartados encontraréis explicaciones sobre lo que significa el término «codependencia», cómo llega un familiar a ser codependiente y cómo salir de esa situación. Muchas de las familias que acompañan a su familiar para realizar un tratamiento del alcoholismo creen que el problema lo tiene el adicto, pero están equivocadas: el problema es de toda la familia. Todos los familiares que conviven con la persona con adicción tienen problemas psicológicos, en mayor o menor grado, que no se resuelven por el hecho de que su familiar deje de beber. Es más, suele ocurrir lo contrario: cuantos más meses de abstinencia lleva el familiar alcohólico, más preocupaciones y ansiedades suele tener la pareja. Si el familiar con adicción ha de hacer un trabajo de recuperación, también la pareja debe hacer su propio trabajo para recuperarse de su codependencia.

Algo parecido ocurre con la tercera parte, dedicada en su totalidad a las complicaciones que aparecen en los hijos o hijas de las personas con dependencia del alcohol y donde describo los diferentes roles que estos hijos suelen adoptar en estas familias disfuncionales. He puesto el foco en las experiencias traumáticas que suelen sufrir estos jóvenes para explicar muchas de sus consecuencias psicológicas y psiquiátricas, como, por ejemplo, su mayor riesgo de desarrollar adicción al alcohol o a otras drogas. Asimismo, he aprovechado esta parte para introducir la problemática del síndrome alcohólico fetal, ya que es una de las consecuencias que vemos con frecuencia en la clínica y que rara vez se aborda.

En nuestro país hay un enorme desconocimiento sobre qué son los grupos de ayuda mutua, en qué están basados sus programas de recuperación y si son o no eficaces. Por eso la cuarta parte profundiza en los programas para familiares adultos, como el de Al-Anon o el programa «Ayúdate, ayúdanos» de la Federación de Alcohólicos Comunidad de Madrid (FACOMA), así como en el de Alateen, para adolescentes. En esta parte expongo las claves del porqué es tan necesario acudir a estas asociaciones y de las características de sus respectivos programas.

Han sido muy escasas las publicaciones dedicadas a los hijos adultos criados en contextos de familias alcohólicas. Parece que, una vez alcanzada la mayoría de edad, los problemas de esos adolescentes desaparecen a los ojos de los profesionales. Esta es otra de las novedades de esta guía. De ahí que la quinta parte esté dedicada a profundizar en lo que les ocurre a los hijos de alcohólicos una vez que son adultos. He procurado explicar los motivos por los que muchos hijos e hijas de personas afectadas por el alcoholismo desarrollan también esta enfermedad, o por qué se relacionan y forman parejas con personas que también son dependientes del alcohol. ¿A qué puede deberse esa perseverancia en las relaciones tóxicas? Con la información incluida en esta parte podéis haceros una idea cabal de las posibles causas que subyacen en las conductas de algunos de estos adultos cuando repiten, una y otra vez, el mismo tipo de relación con diferentes personas, pero, en todos los casos, con adicción al alcohol.

No podía dejar de abordar el asunto de la prevención, pero esta vez tratada de una forma más genérica, es decir: la lucha contra el estigma hacia el alcoholismo. En la última parte, intento que el lector comprenda lo importante que es el estigma hacia esta enfermedad, ya que supone una barrera para que las personas con este trastorno y sus familiares pidan ayuda. Distingo, asimismo, entre estigma y autoestigma y propongo una serie de herramientas al alcance de todos para «enriquecer el ambiente y los contextos» de estos pacientes y familiares, y para facilitar así sus respectivas recuperaciones.

En definitiva, creo que esta guía es de mucha utilidad, no solo para las familias de quienes conviven actualmente con personas que tienen problemas con el alcohol, sino también para aquellos que convivieron, hace años, en un hogar donde al alcoholismo estaba presente. Posiblemente se sentirán identificados con muchas de las experiencias contadas por otros familiares y encontrarán explicaciones para muchos de los problemas psicológicos o psiquiátricos del presente o del pasado. Y, lo más importante, espero que dejen de sentirse avergonzados y culpables, porque ellos no eligieron el lugar donde fueron criados. Como decía Jean-Paul Sartre: «Nosotros no somos terrones de arcilla, lo importante no es lo que se hace de nosotros, sino lo que hacemos nosotros mismos de lo que han hecho de nosotros». Desde que nacemos aprendemos por imitación de quienes componen nuestras familias. Sin embargo, en un determinado momento de la vida empezamos a asumir nuestra responsabilidad. A partir de entonces, elegimos lo que queremos ser. Y somos responsables de ese nuevo ser ante el mundo y ante los otros; y en eso consiste la vida.

Antes de finalizar esta introducción, quiero expresar mi gratitud a Jordi Nadal y al equipo de Plataforma Editorial por su valentía para poner luz, a través de esta guía, a un problema que muy pocos quieren ver. A los pacientes y familias de la Federación de Alcohólicos Comunidad de Madrid, por tantos años de compromiso y afecto hacia mi persona, y a los integrantes y responsables de Alcohólicos Anónimos y de Al-Anon por su inestimable labor en nuestra sociedad. Desde luego, sin el apoyo de mi familia, este libro en concreto habría tardado en ver la luz. Y, por último, aunque no por ello menos importante, quiero dar las gracias a mis médicos del Hospital 12 de Octubre de Madrid, que me han ayudado a seguir viviendo y a mantener viva la esperanza. Gracias Carmelo, Rocío, Francisco, Guillermo y Valentín.

Madrid, octubre de 2023

GABRIEL RUBIO

1.Lo que las familias tienen que saber sobre la adicción al alcohol

Introducción

En los años que llevo ejerciendo como médico, explicar lo que implica la adicción al alcohol a los familiares de quienes padecen este trastorno es el asunto que más me cuesta. Entre otras cosas, porque las propias personas que solicitan tratamiento suelen decir: «No sé por qué bebo. Conozco desde hace años sus consecuencias, el daño que me ha provocado el alcohol, pero, aun así, tengo recaídas. No comprendo esta enfermedad: hago lo que sé que no debería hacer».

Con estas frases, muchos de los pacientes dejan entrever que hay algo en su cerebro que dirige, en ocasiones, su conducta, y que ellos se dejan llevar. Aunque también es cierto que, en otras ocasiones, el propio sujeto quiere beber y no pone excusas.

En esta primera parte haré un recorrido por el camino de la adicción al alcohol: empezaré por exponer los motivos que nos llevan a beber y me adentraré, a continuación, en lo que ocurre en nuestro cerebro cuando el alcohol interacciona con él. Recurriré a expresiones e historias de algunos de mis pacientes para que el lector comprenda, o al menos imagine, el dilema que experimenta la persona con adicción cuando se enfrenta a la bebida, y qué es lo que la lleva a consumir o a rechazar la copa. Una vez que la persona con adicción decide iniciar su recuperación, suceden muchas cosas que no deben pasar inadvertidas a los familiares y amigos, ya que, con su actitud y con su colaboración, pueden facilitar ese recorrido. En cada una de las etapas de la recuperación explico qué conductas pueden aparecer en los familiares que conviven con el paciente o en sus amigos.

¿Por qué empezamos a beber?

En una sociedad como la nuestra, los jóvenes empiezan a beber para experimentar, para conocer qué es eso que han visto en casa, en la televisión, en el cine, en las revistas, en los conciertos..., en todas partes.

Una de las tareas del joven consiste en tomar distancia de determinados ejemplos y normas vigentes en su familia y buscar su autonomía. Para muchos jóvenes, el consumo de alcohol representa uno de esos ritos iniciáticos que le permiten imaginarse que ya son adultos. Si recordamos nuestra infancia, nos vendrán a la memoria frases e imágenes en las que nuestros padres nos decían que «cuando seas mayor, podrás beber» o «esto es bebida de mayores». Así que en muchos de nosotros se instaló la creencia de que seríamos adultos cuando pudiésemos beber en sociedad. Es decir, para muchos, la pertenencia al mundo de los adultos pasaba por beber alcohol en sociedad. Esta relación entre el alcohol y la inclusión o pertenencia al grupo también es muy característica de la forma en la que beben nuestros jóvenes.

Imaginemos a una pandilla de chicas y chicos de edades comprendidas entre los 12 y los 15 años (que es el rango de edad en el que muchos prueban por primera vez la bebida). Una tarde, uno de ellos propone comprar cerveza y hacer botellón. Una joven del grupo, Bárbara, los acompaña, pero decide no beber. No se siente cómoda con la propuesta. Puede que le preocupe llegar casa y que sus padres se den cuenta de que ha estado bebiendo o que, simplemente, no le agrade la idea de probar algo que sabe que es amargo. Esa tarde de botellón sentirá que no se ha integrado con el resto de la pandilla, y creerá que algunas de sus amigas consideran que le ha faltado valentía para hacer lo mismo que ellas.

Una semana después, otra amiga propone repetir la experiencia, lo que genera cierta incomodidad en Bárbara. Si accede a acompañarlos y no bebe, es muy probable que sea objeto de mofa, pero, si decide irse a casa, se sentirá excluida, fuera del grupo. Ese dilema suele resolverse accediendo a probar la bebida que hayan comprado esa tarde. Tras tomar el primer sorbo, el resto del grupo la animará. Bárbara se sentirá incluida como una más. Esa emoción positiva que nos hace sentirnos parte del grupo constituye lo que llamamos «el refuerzo social». Esta aprobación grupal suele ser el primer refuerzo de la conducta de beber alcohol que experimentamos cuando tomamos la determinación de probarlo: cuando somos jóvenes, beber alcohol nos hace sentir que formamos parte del grupo de amigos y del mundo adulto.

Nuestras costumbres y la publicidad sobre el alcohol

La repetición de la conducta de beber, es decir, el hecho de que los jóvenes beban con mayor o menor frecuencia, suele depender de aspectos culturales, tanto macroculturales (la cultura del país) como microculturales (las costumbres de esa pandilla en concreto a la que pertenece el o la joven). Muchos chicos y chicas, durante su adolescencia, relacionan el consumo de bebidas alcohólicas con eventos festivos, con acontecimientos grupales o familiares de alegría, de júbilo y de cohesión grupal. En una cultura como la española, no hay acontecimiento familiar que se precie donde el alcohol no tenga un papel cohesionador: desde los bautizos hasta los funerales, pasando por las bodas, divorcios, éxitos personales o derrotas (para ahogar las penas). De nuevo, para los jóvenes, las bebidas alcohólicas representan la idea de pertenencia al grupo y de integración en él.

Durante años, los estudios realizados para analizar si el marketing o la publicidad de las bebidas alcohólicas inducía, o no su uso fueron cuestionados por las compañías de bebidas. Se argumentaba que la publicidad servía para que el sujeto se decantara por una u otra marca, pero se negaba su influencia para aumentar el consumo o para que los más jóvenes comenzaran antes a beber. Sin embargo, una reciente revisión de diferentes estudios ha desmontado los argumentos de las compañías alcoholeras: existe una clara relación causal entre la publicidad de las bebidas alcohólicas y el inicio del consumo en jóvenes.1 La perversa asociación que la publicidad hace entre el consumo de bebidas como la cerveza y valores como la libertad, la amistad, la ecología o la singularidad es un enorme facilitador para que la juventud se sienta integrada en esa gran comunidad (pacifista, ecologista, fan de un grupo musical o de algún deporte), precisamente por consumir una determinada marca de bebida alcohólica.

Hasta ahora hemos visto cómo la mayor parte de las personas empiezan su relación con el alcohol. En todos mis años de ejercicio profesional no he detectado que los pacientes que solicitan tratamiento hayan empezado a beber por motivos diferentes a los de otras personas que no han desarrollado la adicción.

Llegados a este punto, muchos lectores os preguntareis si existe alguna conducta que diferencie o caracterice a los jóvenes que desarrollan la dependencia del alcohol de los que no. En este sentido, es importante saber que, en los países occidentales, la prevalencia de esta enfermedad oscila entre el 5 y el 12 % de la población adulta. Las investigaciones realizadas hasta ahora nos permiten conocer los porcentajes de adicción que tendrá un grupo de jóvenes cuando sean adultos, pero lo que no nos aclaran es quiénes serán los que la desarrollen y quiénes no.

Pensad por un instante en vuestro grupo de amigos cuando teníais menos de 20 años. Seguro que había uno o dos que bebían más que vosotros. E, incluso, cuando hablabais, les augurabais un futuro complicado debido a la cantidad y a la forma en que bebían. Sin embargo, uno de ellos, al finalizar sus estudios, fue contratado por una empresa de marketing, se mudó de ciudad, «sentó la cabeza» y normalizó su consumo de alcohol. Ahora está encantado con su trabajo y, cuando se acuerda de aquellos años, se echa las manos a la cabeza y comenta: «¡Qué barbaridades hacía uno de joven!». El otro amigo, en cambio, tras dar algunos bandazos emocionales, conoció a una chica, se enamoraron y dejó de abusar del alcohol en las fiestas. Ahora está casado. Esperan un niño, y también sonríe cuando le recordáis sus estragos con la bebida cuando era más joven.

Los cambios en la forma de utilizar la bebida se deben a la influencia de factores ambientales, y este tipo de maduración personal relacionada con el contexto es una de las causas que dificultan conocer el destino de muchos jóvenes que abusan del alcohol durante su adolescencia. De ahí la afirmación de que las cifras de abuso de alcohol en jóvenes informan de los riesgos de dependencia una década después, pero no nos permiten saber quiénes de esos adolescentes acabarán siendo adictos.

¿Se hereda el alcoholismo?

La respuesta es que NO. No os extrañéis. Por favor, seguid leyendo. Es cierto que en muchos artículos científicos se habla de factores hereditarios o de vulnerabilidad, pero no debe confundirse herencia con transmisión familiar. Si se leen con atención esas publicaciones, lo que nos dicen es que hay una transmisión familiar del alcoholismo, es decir, que el alcoholismo se transmite en familia. De ahí la importancia de entender cómo ocurre este fenómeno y cuál es el papel de la familia en la prevención de la adicción al alcohol.2

Los estudios desarrollados a lo largo del siglo XIX permitieron consolidar la idea de la transmisión familiar del alcoholismo. No obstante, aún hoy en día es muy complicado determinar si el patrón de uso de alcohol que observamos en las personas con adicción se debe a factores ambientales, a la forma de beber que tenían sus familiares (como el hecho de beber socialmente), a la presencia de factores genéticos que determinan lo agradable o desagradable del alcohol, o a la interacción de factores genéticos y ambientales. Los estudios realizados hasta ahora permiten señalar que el grado en el que el alcohol afecta a los neurotransmisores cerebrales parece estar determinado —en parte— genéticamente. Y también podría estar mediado por genes el hecho de que el alcohol, en algunas personas, consiga reducir la ansiedad de forma importante o que otras sientan de forma más gratificante los efectos del alcohol. Otra reacción determinada por los genes es la llamada «sonrojo oriental», provocada por la deficiencia de un sustrato encargado de metabolizar el alcohol, lo que hace que el sujeto experimente una sensación desagradable acompañada de enrojecimiento facial cuando se ingiere una bebida alcohólica. Esta reacción desagradable previene el consumo de alcohol y, por lo tanto, se considera un factor de protección para el desarrollo de la adicción a esta sustancia.

En resumen, algunas propiedades reforzantes del alcohol pueden tener un sustrato hereditario, pero no parece que esto suponga más de un 2 o un 5 % del riesgo, de forma que es improbable, muy improbable, desarrollar esta enfermedad en un contexto social donde el acceso a las bebidas, el aprendizaje familiar, la presión grupal o la publicidad no se pongan del lado del alcohol. Podemos afirmar, por lo tanto, que el alcoholismo se transmite familiarmente y no se hereda, y que lo que sí se heredan son los factores de vulnerabilidad que pueden expresarse, o no, según las circunstancias ambientales. Es decir, que los factores ambientales son los más determinantes para explicar el inicio del consumo y del abuso de las bebidas alcohólicas, mientras que los factores biológicos lo son para entender el desarrollo de la adicción.3

¿Qué se entiende por alcoholismo? ¿Son lo mismo alcoholismo y adicción al alcohol?

Cuando hoy en día se hace referencia al término «alcoholismo» solemos referirnos a la adicción o dependencia del alcohol, pero no siempre fue así. Este término surgió a finales de siglo XIX de la mano del médico sueco Magnus Huss (1807-1890) para describir una serie de complicaciones médicas derivadas del consumo de importantes cantidades de alcohol, pero, con el tiempo, ha pasado a equipararse con el de «adicción».

Los clínicos solemos utilizar una serie de criterios para diagnosticar la presencia de dependencia o de adicción al alcohol, y uno de los más utilizados es el de la Asociación Americana de Psiquiatría:

Constructos

Criterios

Farmacológicos

Tolerancia, definida por alguna de las siguientes manifestaciones:

Una necesidad de ingerir cantidades crecientes de alcohol para conseguir la intoxicación o el efecto deseado.Una disminución notable de los efectos del alcohol tras su consumo continuado.

Abstinencia, definida por algunos de los siguientes criterios:

Síndrome de abstinencia característico del alcohol que aparece tras varias horas de abstinencia (los temblores, la sudoración, el malestar gástrico y la ansiedad son los más característicos).Se ingiere el alcohol para aliviar o evitar el síndrome de abstinencia.

Deterioro de la capacidad de control

El alcohol es tomado con frecuencia en cantidades mayores o durante un período más largo de los que al inicio se pretendía.

Existe un deseo persistente o esfuerzos infructuosos de controlar o interrumpir el consumo del alcohol.

Se emplea mucho tiempo en actividades relacionadas con la obtención del alcohol o en la recuperación de sus efectos.

Deseo de consumir alcohol.

Deterioro social

Problemas para cumplir con las obligaciones laborales, escolares o domésticas debido al consumo de alcohol.

Se continúa con el consumo de alcohol a pesar de los problemas sociales o interpersonales, que parecen causados o exacerbados por el alcohol.

Reducción de importantes actividades sociales, laborales o recreativas debido al consumo de alcohol.

Uso de riesgo

Uso recurrente del alcohol en situaciones de riesgo.

Se continúa con el uso del alcohol a pesar de tener conciencia de problemas psicológicos o físicos recidivantes o persistentes que parecen causados o exacerbados por el alcohol.

Si la persona que acude a su médico cumple dos o más criterios en los últimos doce meses se puede realizar el diagnóstico de dependencia del alcohol, que se define como un patrón desadaptativo de consumo que conlleva un deterioro o malestar clínicamente significativos. En función del número de criterios, la persona puede recibir el diagnóstico de adicción leve (dos o tres criterios), moderada (cuatro o cinco criterios) o grave (más de seis criterios).

He agrupado los criterios de forma que, como se observa en la tabla, los dos primeros apartados están claramente relacionados con el proceso de adaptación del cerebro al alcohol (tolerancia, presencia del síndrome de abstinencia y dificultad de control), y los dos últimos con las consecuencias sociales y las situaciones de riesgo ocasionadas por el consumo de alcohol. Así pues, si se leen con atención, queda claro, por un lado, que se puede hacer el diagnóstico de dependencia tanto en sujetos que luchan y sufren por controlar el progreso de la neuroadaptación a la bebida (constructos 1 y 2 de la tabla), como en quienes refieren en exclusiva problemas sociales o conductas de riesgo derivadas de la ingesta etílica, lo que pone de manifiesto la enorme heterogeneidad de los pacientes incluidos bajo el paraguas de la adicción alcohólica.

Veamos el siguiente ejemplo. Manuel es un varón de 38 años que en los últimos doce meses ha sido multado en dos ocasiones por conducir bebido, y, a pesar de eso, sigue cogiendo el coche cada noche que sale con los amigos. Como consecuencia de las fiestas de fin de semana, ha faltado cuatro lunes a su puesto de trabajo, lo que le ha acarreado varias advertencias de su jefe directo. Además, en las dos últimas revisiones médicas, los valores de las transaminasas hepáticas estaban elevados (los valores altos se relacionan con el daño que el etanol provoca en las células del hígado) y el médico de la empresa le aconsejó que moderara el consumo de alcohol.

Con estos datos Manuel puede ser diagnosticado de dependencia leve del alcohol. Ahora bien, ¿qué observaron los familiares y amigos de Manuel? Desde luego, tanto él como su pareja se quedaron sorprendidos cuando les dije que se trataba de una dependencia leve. «Pero si nunca he llegado a cuatro patas a casa...», comentó extrañado Manuel. Bastantes personas creen que una persona con adicción al alcohol es la que bebe a diario y se emborracha, pero la realidad no es esa; se trata de ideas preconcebidas, de mitos en torno a la adicción. Tanto el paciente como su pareja reconocían que bebía algo más rápido que los demás: «Cuando los demás se han tomado dos cañas yo me he tomado tres. Es cierto que bebo más que algunos de mis amigos, pero yo aguanto más que ellos». Cuando su pareja y él iban juntos a algunas fiestas, ella le advertía de que bebiese con cuidado para evitar acabar «como en algunas otras fiestas». Los amigos, si les hubiéramos preguntado, nos habrían dicho que Manuel, a veces, se pasa con la bebida y que es algo imprudente, pero, por lo demás, es un tipo muy divertido.

Quiero llamar la atención sobre este otro caso. Ángela, de 45 años, lleva dos años desempleada, y durante este tiempo su consumo de alcohol ha aumentado de dos latas de cerveza (de 33 cl.) al día a seis. También el médico le ha comunicado que sus transaminasas hepáticas están elevadas y, aunque ha realizado dos intentos por dejar de beber temporalmente, no lo ha conseguido. Está preocupada porque cada vez empieza a beber antes, y porque sus nervios van en aumento. Ángela acude sola a la consulta y reconoce que le da vergüenza que sus dos hijas y su marido vean las latas en la nevera o en el cubo de la basura, y por eso intenta beber cuando las niñas y el marido no están en casa o esconde las latas para que no vean lo que bebe. Relata que su marido le llamó la atención en el pasado porque se percató de que se acumulaban las latas de cerveza vacías en la basura. También se ha dado cuenta de que una de sus hijas pone mala cara y se marcha a la habitación, casi sin saludar, si llega a casa y la nota bebida. Ángela considera que el hecho de estar desempleada la angustia mucho y que con el alcohol consigue aliviar esos sentimientos.

Lo que más llama la atención de ambos casos no es la cantidad de alcohol consumido, ni que beban a diario, ni que se embriaguen, sino cómo estas dos personas «utilizan el alcohol». En un caso, beber se había convertido en algo imprescindible para la diversión y, en el otro, para disminuir los nervios y la ansiedad. En realidad, este es uno de los síntomas presentes en todas las personas con adicción: las dificultades para controlar el uso de la bebida, lo que los pacientes llaman «la pérdida de la libertad frente a la bebida».

Hay otros términos que también son populares, como el de «alcoholismo de fin de semana», cuando la persona tan solo bebe (desde luego bastante) los viernes o los sábados (o los dos días), o el de «alcoholismo funcional». Veamos un ejemplo de este último.

José Luis, de 65 años, acudió a la consulta porque uno de sus mejores amigos, médico como yo, le había recomendado que me consultase. Es un brillante hombre de negocios, sin problemas familiares ocasionados por el alcohol; de hecho, su propia mujer se había extrañado de que hubiera solicitado una visita conmigo. Solía empezar a beber a la hora del aperitivo, y casi todos los días tenía comidas de trabajo en las que también bebía y, al llegar la tarde, tomaba uno o dos whiskies para «relajarse». Cuando salían a cenar con amigos, cogían un taxi para beber con tranquilidad y no ser multado. Reconocía que en los últimos años había intentado disminuir su consumo porque tenía sobrepeso, pero no lo había conseguido, y también había notado olvidos de algunas cosas que le habían contado el día anterior. No creía, sin embargo, que lo suyo fuese un caso de adicción al alcohol, porque José Luis no se identificaba con la imagen que tenía de una persona con alcoholismo: «No estoy como esas personas indigentes que duermen en un banco de la calle junto a un cartón de vino».

Algunos profesionales utilizan el término de alcoholismo funcional, como en el caso de José Luis, porque su patrón de consumo, hasta ese momento, les permite sortear la mayor parte de los problemas sociales ocasionados por el consumo de alcohol. En mi opinión, bastantes personas tienen asociado el concepto de alcoholismo o de adicción con beber mucho, a diario, y con el fracaso social, pero los casos de Manuel, Ángela y José Luis —como los de tantos otros— lo desmienten. Este cliché de lo que imaginamos que es el alcoholismo suele servir de coartada para negar la enfermedad y demorar la solicitud de ayuda.

Los tres cerebros (en uno) que hemos heredado y su interacción con el alcohol

Durante la evolución de nuestra especie, el cerebro humano se ha desarrollado de abajo a arriba. Así, si con la mano derecha nos tocamos la base del cráneo, estaremos abarcando una serie de estructuras cerebrales que son comunes a muchas otras especies, como los reptiles, y que son de vital importancia para mantener nuestras constantes vitales (como la respiración o el latido cardíaco) y para reaccionar ante estímulos simples y amenazantes de forma rápida e impulsiva, porque la vida está en juego. Es importante saber que este cerebro, que llamamos «reptiliano», se desarrolló hace unos quinientos millones de años, y que estamos aquí gracias a él.

Por encima del cerebro reptiliano está el que llamamos «límbico», que se ha especializado en el aprendizaje y en las emociones.4 Si un acontecimiento es vivenciado como agradable, el cerebro límbico lo aprende y tiende a buscarlo para repetir la experiencia, y de esa manera se establece un hábito. Si, en cambio, se produce el efecto contrario, el sujeto tenderá a evitar esa conducta o evento. Este cerebro también viene con una serie de aprendizajes heredados a lo largo de millones de años. Por ejemplo, cuando éramos recién nacidos y nuestra madre nos acercaba el pecho o una tetina, nosotros, de forma instintiva, nos enganchábamos a ella sin que hubiera habido un aprendizaje previo que nos permitiese experimentar que la leche materna estaba «rica» y, que por lo tanto, debíamos seguir mamando.

La estructura cerebral encargada de estos aprendizajes se llama «núcleo accumbens», y las conductas innatas, como beber, comer, tener relaciones sexuales o movernos, están grabadas en ese núcleo cuando nacemos: venimos de fábrica con esos aprendizajes. El núcleo accumbens forma parte de lo que llamamos «el circuito de la recompensa cerebral» y, como podéis intuir, se encarga de dirigir nuestra conducta para mantenernos vivos en un ambiente que nunca fue fácil para ninguno de nuestros antepasados. Otra estructura integrada en el sistema límbico es la «amígdala», que es la depositaria de una serie de aprendizajes relacionados con el mundo emocional: ansiedad, miedo a los extraños o a elementos de la naturaleza, como los truenos, o a animales, como las arañas o las culebras. Estos aprendizajes heredados sirven al niño y al joven para evitar que su inexperiencia ponga en riesgo su vida durante los primeros años de existencia. De hecho, todos los niños y niñas de nuestra especie hemos tenido esos temores, y con el paso a la vida adulta suelen desaparecer.

En resumidas cuentas, nos ha sido muy útil venir al mundo con una buena mochila de experiencias heredadas de nuestros antepasados que nos sirven para asegurar nuestra supervivencia y nuestra vida (grabadas en el núcleo accumbens) y para evitar poner en riesgo nuestra existencia (grabadas en la amígdala). Estas estructuras cerebrales tan importantes y antiguas son las que primero toman las riendas de las conductas automatizadas, de los hábitos, de modo que ahorran al ser humano tiempo y energía, los cuales pueden ser aprovechados para otras tareas más complejas. No olvidemos que la misión del cerebro es mantener vivo al ser humano, y para ello debe prever el futuro y buscar la alternativa más económica.

Por encima del cerebro límbico se encuentra la corteza cerebral o «cerebro racional», una región del cerebro que establece asociaciones entre las causas y las consecuencias, para lo cual se apoya en elementos objetivos. De ahí que para llevar a cabo esta tarea requiera de más tiempo, y también de más energía, por lo que hace su trabajo más lentamente que el cerebro límbico. Por eso, en caso de prisa, es el límbico el que toma las riendas de la respuesta, salvo que «el cerebro racional se empeñe y consiga dominarlo y convencerlo de que es mejor que se quede quietecito, al menos por esta vez». De ahí que los hábitos, una vez establecidos, se lleven a cabo de forma automática, casi sin gasto energético, y se dejen las tareas más sesudas para el cerebro racional.

El siguiente ejemplo, que muchos hemos vivido, puede servir para entender mejor el funcionamiento de nuestros tres cerebros. Es muy corriente entre quienes cogemos el coche para ir al trabajo que, durante el trayecto, que conocemos a la perfección tras años de repetirlo, podamos conducir, escuchar la radio, cambiar de emisora y hasta responder una llamada al móvil activando el manos libres. De todas estas actividades, es posible que el hecho de conducir sea la que tengamos más automatizada, dado que llevamos años haciendo el mismo trayecto.

Se ha convertido en un hábito, y, salvo que ocurra algún incidente durante el trayecto, la conducción no nos impide hacer otras tareas a la vez, porque ese hábito se lleva a cabo de forma casi automática, con un mínimo coste de energía. Del resto de actividades, quizá la de hablar por teléfono con uno de nuestros familiares o con un compañero de trabajo para avisarlo de que llegaremos algo más tarde sea la que requiere un mayor gasto energético, porque interviene nuestro lóbulo frontal. Esta forma de trabajar de manera conjunta que tienen nuestros tres cerebros permite un importante ahorro energético y deja en manos del cerebro reptiliano y del límbico las tareas más automatizadas, que se corresponden con los hábitos.

¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando bebemos alcohol?