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Junto con "El lenguaje de los pájaros" -presente ya en esta colección-, "El libro de Dios" y "El libro de las adversidades", "El libro de los secretos" es una de las cumbres que alumbró el sufismo persa. Escrita por Farid ud-Din Attar a la edad de setenta años, encierra en sus versos la sabiduría de quien ha llegado a una cima y se dispone a transmitir, como legado, su experiencia. Sin temor a las contradicciones ni a los aparentes callejones sin salida, Attar trata en esta epopeya mística, cuyo hálito poético no empaña su voluntad didáctica, asuntos como la reflexión sobre la palabra, el interrogante sobre la existencia, la duda, la mutación, la aparición-desaparición..., componiendo finalmente un vademécum espiritual no sólo para sus discípulos, sino también para todos aquellos que, siglo tras siglo, han buscado la vía de la Unidad. Versión de Clara Janés y Said Garby.
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Seitenzahl: 325
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Farid ud-Din Attar
El libro de los secretos
Edición, introducción y notas de Clara JanésTraducción de Clara Janés y Said Garby
Introducción
Nota a la presente edición
El libro de los secretos
Apartado primero
Apartado segundo
Apartado tercero
Apartado cuarto
Apartado quinto
Apartado sexto
Apartado séptimo
Apartado octavo
Apartado noveno
Apartado décimo
Apartado undécimo
Apartado duodécimo
Apartado decimotercero
Apartado decimocuarto
Apartado decimoquinto
Apartado decimosexto
Apartado decimoséptimo
Apartado decimoctavo
Apartado decimonoveno
Apartado vigésimo
Apartado vigesimoprimero
Apartado vigesimosegundo
Bibliografía
Índice de nombres
Créditos
«Por una máscara dorada está oculta la cara de la Verdad. Descúbrela tú, ¡oh luminoso sol!, para que pueda verla yo que la amo. ¡Luz!, tú que eres la esencia de todo, el poder creador de todas las criaturas, tú que viajas solo en el espacio, dirige tus rayos que nos deslumbran, para que pueda yo contemplar esta verdad, la más bella que pueda verse.» Así se inicia la «Oración al sol en el momento de la muerte», que figura en el tercer libro del Brihadaranyaka Upanishad-Khilakānda1, en su «Decimoquinto brahmana».
Si la luz es lo que permite la visión, la búsqueda de la «Verdad» nos lleva aún más allá, podríamos decir que nos hace cruzar la barrera de lo visible. Aquel que busca la Verdad, y en este caso ha sido capaz de expresarlo, es un ser humano dotado de una mente generadora de pensamiento, que, con este fin, ha empleado todos los medios a su alcance. En primer lugar, pues, ha tenido que despertar su movimiento interior ante sí mismo, y, para ello, ir delimitando el concepto hasta concretarlo en palabra. ¿Pero tienen concepto y palabra existencia en sí? Lo cierto es que ambos pueden cortejar tanto lo visible como lo invisible: un aliento, un secreto.
El paso que debe dar tal búsqueda intelectual involucra, pues, no sólo al pensamiento sino a la palabra; y cada palabra, al fin, abre el campo a innumerables resonancias. ¿Qué es, pues, la palabra? ¿Una creación del concepto? ¿Una suma de sonidos, de fonemas, de letras, de sílabas? Bellamente dijo, de estas últimas, san Agustín: «Luego lo que mido no son las mismas sílabas que ya no existen, sino algo que quedó en mi memoria y que está grabado en ella». Para concluir: «en ti, alma mía, mido yo el tiempo»2.
Sabiamente, san Agustín vincula la palabra con su interior y con el exterior, pues es nítido: espacio y tiempo en que ha sido pronunciada tienen su importancia.
La lectura de El libro de los secretos, de Farid ud-Din Attar, nos pone, casi sin que nos demos cuenta, ante todo este abanico de cuestiones y de muchas más, y por ello resulta de gran actualidad. En sus versos, entre otras cosas, junto a la palabra, la pregunta sobre la existencia, la duda, la incertidumbre, la mutación, la aparición-desaparición, se despliega lo que Wittgenstein denominó «movimientos del pensar». Se trata de un entramado que induce al poeta a afirmar algo semejante a la conclusión del Tractatus («De lo que no se puede hablar, hay que callar»)3:
La boca llena de paraíso, el estómago vacío...1948
Se cogen las tablas de la doctrina, pero no hay nada escrito.
Acaso en este punto, Attar roza también el pensamiento de Platón, en lo que Emilio Lledó destaca en La memoria del logos: «Nuestra sabiduría consiste en que hemos construido el entender, o sea, el hallazgo del sentido, a través de la misma ambigüedad de la lengua y a través del fecundo instrumento de la duda. Todo lo que está dicho está, sin embargo, por decir. No hay otra seguridad que la que se levante sobre un “discurso acompañado de ciencia” (Fedro, 276e), o sea, acompañado de un código que ayude a descifrarlo»4.
Ciertamente a Attar, como a los surrealistas, la contradicción no le asusta; así bellamente escribió en El lenguaje de los pájaros5: «Como en este camino no hay ni un solo número, decir la parte y el todo carece de sentido». ¿Cabría imaginar que su mente respondiera oponiéndose a un eco del decir de Pitágoras, según el cual la visión del mundo «se centra en la veneración de los números y en la armonía musical»?6.
De hecho, para Attar es la búsqueda misma la que otorga sentido a sus «movimientos», y aunque él se sienta prisionero del lenguaje, sigue inmutable, y confiesa:
Parezco un virtuoso; magia consumada es lo que expongo.3152
Esto es lo que hago, en verdad.
* * *
Farid ud-Din Attar nació en la ciudad de Nishapur, situada en el noreste de Jorasán, provincia de Irán fronteriza con Afganistán. Los datos que nos han llegado respecto a su vida son un tanto inciertos. Al parecer vio la luz entre los años 1120 y 1157, y su apelativo, Attar, indica que pudo ser vendedor de perfumes y pócimas curativas y ejercer la medicina. Él mismo escribió que había compuesto versos en la daru-jané, esto es, la farmacia o droguería. Borges nos relata en sus Nueve ensayos dantescos7 el siguiente suceso: «una tarde entró un derviche en la droguería, miró los muchos pastilleros y frascos y se puso a llorar. Attar, inquieto y asombrado, le pidió que se fuera. El derviche le contestó: “A mí nada me cuesta partir, nada llevo conmigo. A ti en cambio te costará decir adiós a los tesoros que estoy viendo”. El corazón de Attar se quedó frío como el alcanfor. El derviche se fue, pero a la mañana siguiente, Attar abandonó su tienda y los quehaceres de este mundo». Ecos de esta historia los hallamos reiteradamente en El libro de los secretos. La clara consecuencia de este suceso fue, por parte de Attar, abrazar el sufismo.
De hecho, con certeza, de la vida del maestro de Nishapur se sabe poco, empezando por las fechas de nacimiento y muerte. Algunos creen que esta última aconteció en torno a 1229, como consecuencia de la toma de la ciudad por los mongoles. Ateniéndonos a lo que él mismo dejó escrito, acudió a la escuela teológica del santuario del imam Reza de Mashad y años después viajó a La Meca y también a Rey, Damasco, Egipto, Turkestán y la India. Estos viajes tenían, en general, como fin, la enseñanza y, a la vez, el aprendizaje, y no sólo porque durante ellos recababa datos sobre los grandes santos islámicos para escribir luego su Memorial de santos (Tadkirat al-oulia). Tras esta etapa viajera, Attar regresó a Nishapur, pero más adelante fue juzgado por herejía y exiliado durante un período, como consecuencia de sus críticas a la hipocresía y avidez de los clérigos oficiales. Posteriormente pudo volver a su ciudad natal, donde vivió hasta el fin de sus días.
Dentro de la literatura persa, la época en que vivió Attar se distingue por un desarrollo conjunto de la escritura y la mística en dicha lengua, y no solamente en árabe. En este momento, por otra parte, el sufismo conoce una difusión creciente y ve sus prácticas fijadas gracias a las primeras tarikas o cofradías.
Uno de los géneros favoritos de la literatura del país fue la epopeya versificada de estilo novelesco o didáctico. De este género se nutrieron Attar y Nizami, los dos poetas más ilustres de su generación. Ambos siguieron la vía marcada por Sanaí un siglo antes, inspirándose en su Hadiqat (El jardín de la verdad, de 1131). Es interesante resaltar que una de las obras de Nizami se tituló Makhzan-al Asrâr, es decir, El depósito de los secretos (o de los misterios, de 1174). Pero Nizami se decantó por el género novelesco, del que sería maestro incomparable; véase como ejemplo su relato de la leyenda de Layla y Machnún.
En cuanto a Attar, hasta el final de su larga vida permaneció fiel a la vía marcada por Sanaí, llamado el «Santo de Ghazna» (por ser originario de dicha ciudad, en el actual Afganistán), y reservó para la epopeya mística una función didáctica. El éxito que conoció a lo largo de generaciones, y se mantiene aún en nuestros días, originó la floración de numerosos imitadores. Sin duda por ello le atribuyeron un centenar de obras, de las cuales, al parecer, sólo una docena serían auténticas.
El Asrâr Nâmé, es decir, El libro de los secretos (o de los misterios), es una de las tablas del políptico que componen el Manteq ol-Tayr (El lenguaje de los pájaros), el Elâhi Nâmé (El libro de Dios) y el Mosibat Nâmé (Libro de las adversidades), que, entre las obras de Attar, son las mejor conocidas en el mundo occidental.
Aunque Ellibro de los secretos es uno de los masnavís (poemas formados por pareados) más breves de Attar, no es desdeñable por su número de versos, pues consta de 3.305 dísticos. La voluntad de su autor de convertir la obra en enseñanza no empece que se vea envuelta siempre en un alto hálito poético; por ello el estilo elegido, en apariencia sencillo, donde nunca se utiliza una lengua ampulosa, convierte la obra en una cumbre literaria. La palabra y sus destellos, como las irisaciones de una perla, está ahí protagonizando la nitidez del lenguaje, y por otra parte, la honestidad original de la obra da prueba de la legitimidad de su magisterio.
Ellibro de los secretos, más que ninguno de los textos de Attar, tiene un carácter de vademécum, no sólo para los discípulos que acudían a los cenáculos de Nishapur, sino para quienes, siglo tras siglo, han buscado la vía de la Unidad. Se diría que es una síntesis de la mayéutica de su autor.
Cuenta la tradición que Attar entregó al padre de Rumi, Baha ud-Din Walad, un ejemplar de El libro de los secretos, su última obra entonces, cuando aquél contaba catorce años, y el joven la pudo leer, lo que supondría para él un gran impulso, hasta el punto de afirmar luego que Attar fue el espíritu, y Sanaí, los dos ojos. Posteriormente, a veces, incluiría en sus escritos anécdotas de las historias alegóricas insertadas por Attar en Ellibro de los secretos, como el episodio del loro de la India, o los del halcón y la anciana, y del mosquito y Salomón.
Intentando concretar la fecha de escritura de El libro de los secretos, veremos que Attar precisa que acabó el Libro de las adversidades y El libro de Dios a los sesenta años, pero en aquél incluye un verso donde se lamenta de su avanzada edad:
En el anzuelo de mis sesenta, los setenta han picado.2609
¡Quién ha atrapado un día una presa semejante!
El erudito Saíd Nafici, tras largos años de estudio dedicados a Attar, concluyó que el fallecimiento de éste tuvo lugar en 1230. Habría contado entonces con noventa años, y, de tener setenta cuando acabó El libro de los secretos, lo habría escrito alrededor de 1210. Si, por el contrario, nos basamos en aquella tradición que dice que el maestro desapareció durante las masacres perpetradas por los mongoles, habría fallecido en 1220.
¿Hay seguridad respecto a dichas ubicaciones temporales y, concretamente, por lo que se refiere a El libro de los secretos? No cabe duda de que la sabiduría que éste encierra es la propia de quien ha llegado a una cumbre y se dispone a transmitir, como legado, su experiencia. Casi podríamos decir que, en su segunda mitad, El libro de los secretos es una variación in crescendo del tema de la muerte, la cual no es sólo considerada bajo el prisma iniciático de «muerte voluntaria», sino como prueba final. En este punto, el hombre, dividido entre temor y esperanza, parte hacia lo desconocido. Así leemos:
Respondió: «Hace casi cien años3245
que llamo obstinadamente a una puerta.
Dentro de nada Él la abrirá de golpe.
He aquí por qué, desesperado, lloro,
pues no sé si esta puerta se abre
a la desgracia o a la felicidad».
Semejante destino final, ve con nitidez Attar, ha ido presentándose a través de la fugacidad de las cosas y de los años. Por ello, en más de una ocasión, increpa a un anciano con el que, generalmente, se identifica y del que nos dice está apenas destetado de las seducciones del mundo:
No ha remitido un átomo tu ambición, oh anciano.2570
Se diría que eres todavía un niño por destetar.
En esta hora tuya, no es admisible la avidez.
¿Cómo puedes pecar con la cabeza cana?
Con progresiva e imperiosa insistencia, Attar exhorta a la razón y sobre todo a «despertar del sueño del olvido» o ignorancia del Altísimo, y lo hace en un tono de confesión íntima, a veces en apariencia patética, pero cuyo trasfondo no es el de un hombre avejentado. El destinatario de los versos capta perfectamente que esa apariencia es un anzuelo del poeta para hacerse con su confianza, y por ello no expone sus concepciones escatológicas de un modo impersonal. Ahora bien, Attar manifiesta, por otra parte, cierta desazón, pues lo que quiere dejar claro es la Inaccesibilidad de Dios, único en conocer la «Ciencia de los secretos»:
Nadie conoce el secreto divino.
Cautivos somos, desde la luna al pez.1962
Pues sólo quien conoce los misterios, conoce la Ciencia de los misterios.
Por esta razón tras el velo sigue oculta.
Así, silencioso y resignado, concluirá sus dísticos, lanzando el ancla en el Mar del Dolor, sin una mirada para el mundo, pues:
En el mundo, agua de rosas y almizcle son lágrimas y sangre.2044
Locura es esperar de la sangre y las lágrimas felicidad.
Por otra parte, Attar cierra el libro con una nota de esperanza, y firmándolo:
Del mar del conocimiento, oh Attar,3143
con tu lengua de diamante tallas gemas de elocuencia.
Aquí abajo gozas de todas las credenciales
pues has concluido Ellibro de los secretos.
La autenticidad del libro queda, pues, establecida ya que la firma ratifica el hecho de que se halle integrado entre los manuscritos más antiguos de las obras completas del maestro8.
Monzaví, en su catálogo de la obra de Attar, cita de El libro de los secretos unos cincuenta manuscritos. De todos ellos, el que goza de mayor autoridad es el publicado por Sâdeq Gowharin en Teherán en 1959 –del que aquí se parte–, reproducción del que se halla en la Biblioteca de Teherán, fechado en 1334.
Entre las variantes existentes cabe destacar dos manuscritos conservados en el Museo de Konya con fechas de 1298 y 1301. La presencia en Konya del más antiguo podría explicarse de este modo: según la tradición, el ejemplar de El libro de los secretos, entregado por Attar a Rumi, le fue confiscado cuando su maestro, Shams de Tabriz, echó todos sus libros en el estanque de la madraza, como ejemplo de que la luz interior no procede de la erudición. Emocionado por la congoja del joven, Shams repescó ese precioso ejemplar, y ningún otro.
El hecho de que el manuscrito más antiguo se haya conservado en Konya nos habla del apego espiritual que los sufíes de Anatolia tenían por Jalâl ud-Din Rumi, el cual no dejó de mencionar la deuda con el libro de Attar en toda su obra.
Por otra parte, la única traducción del Libro disponible cuando Monzaví hizo el catálogo, aunque abreviada, era una traducción al turco, lo que subraya la correspondencia de los datos tradicionales y literarios y da prueba de la influencia de Attar en los círculos mevlevíes.
Esta obra, como se ha dicho, es un masnaví; ahora bien, según las copias, el número de dísticos puede ir de 2.400 a 3.250. En el que publicó Gowharin es de 3.305. También se ha apuntado ya que la métrica de El libro de los secretos es la que emplearon Nizami y Gorgani respectivamente en sus epopeyas novelescas.
Dejando de lado la doxología tradicional, El libro de los secretos se presenta como un todo dividido en distintos «Apartados», cada uno de los cuales incluye unos relatos, titulados «Historia y ejemplo», siguiendo el estilo iniciado por Sanaí en su Jardín de la verdad. Éstos consisten en una o más anécdotas breves, que, en efecto, ejemplifican el prolegómeno expuesto en el «Apartado». Sin que sea una regla, uno o dos dísticos constituyen la transición, el paso entre la parte teórica y la anécdota. Es de destacar que los tres «Apartados» de alabanzas a la divinidad o doxología carecen de dichas «historias».
Ya hemos señalado que la sucesión de las secciones y de las «historias» no responde a lo que sería un plan lógico para una doctrina, diríamos, de tipo occidental. Attar emplea un método iterativo, acorde con la enseñanza oral impartida por los maestros en los cenáculos. Los relatos que, con frecuencia, apuntan a sensibilizar al lector o discípulo sobre conceptos difíciles aparecen, de hecho, como un compendio del repertorio de Attar, cuyos protagonistas son los grandes maestros del sufismo de los siglos V y VI de la Hégira, de Jorasán y Bagdad, como Shibli, Hal.lach, Bayazid Bistâmi o Abu Saíd, además de los héroes de la epopeya nacional iraní.
En cuanto a la relación entre la doctrina transmitida y la narración, queda claro que la narración está en función de lo doctrinal, pero el aliento poético y la fuerza de la palabra dan vida a cada uno de los dísticos del libro.
Entre la lúcida obra del físico del siglo XX Werner Heisenberg, cabe destacar un libro de amplio alcance, Philosophie. Le manuscrit de 1942, donde podemos leer: «La vida psíquica consciente está unida de modo continuo a una vida inconsciente mucho más amplia, respecto a la cual se comporta igual que el juego de ondas de la superficie del océano respecto a los movimientos que se producen en las profundidades»9. La imagen aquí empleada, que relaciona lo poco de lo que tenemos conocimiento con lo que sucede en la hondura del inconsciente –a veces precisamente oculto por lo que se manifiesta–, despierta, en el que está leyendo El libro de los secretos, de Attar, una sonrisa. Casi un milenio antes, el maestro de Nishapur escribió:
Si tu alma alcanza la costumbre de callar3140
te hablará cada átomo.
¿Hasta cuándo murmurarás como una fuente?
Si te callas te convertirás en mar.
Tenemos ya planteado el dilema: para abarcar el todo hay que convertirse en pura atención. Attar ha escrito previamente:
Porque calla, el halcón se posa en el puño del rey;3139
porque canta, el ruiseñor permanece en la jaula.
De hecho, casi al comienzo mismo de El libro de los secretos, hallamos un dístico que dice:
Ante un artificio a la vez oculto y manifiesto,20
¿qué se puede hacer sino callarse?10.
¿Un artificio? Insisto: a Attar no le asusta la contradicción, pues a la par que oculto y manifiesto, aquello de lo que él habla, dice también, es una sabiduría que viene de «Aquel que la dispensa» (3159). A la vez, sin embargo, cada palabra es un «ídolo» (3190) que cubre a quien la formula. Uno diría que este caleidoscopio, que es la obra de Attar, convierte la tragedia en humor, pero detrás de ese velo late algo que a otros desgarra, y que tan bien delimitó Wittgenstein con la frase: «La resignación a la creencia en lo absurdo: la virtud de que en Dios todo es posible»11. ¿Podemos imaginar, por parte de un autor del siglo XII, semejante concepto? Si sucede que cada palabra es un «ídolo»... Pero tengamos en cuenta que Attar, previamente a emitir semejante afirmación, unos dos mil dísticos antes, ha defendido que la palabra atañe sólo a la razón y al alma. Eso sin contar con que ha empezado por invitar al silencio con un verso que nos recuerda el final del Tractatus.
Éste es un vaivén que, evidentemente, está provocado por la vida, pero fijémonos en otra frase de Wittgenstein: «La palabra en el poema no es otra cosa que una imagen de lo que significa»12. A lo que añade párrafos después: «El pensamiento del hombre se desarrolla en la interioridad de una conciencia, en la cual está recluido [...]»13. En esa reclusión no sólo se desarrolla el pensamiento, sino que cada uno se crea a sí mismo precisamente a través del pensamiento. Y hay más, como dice Attar:
Si hay alegría y pena, de nosotros procede,2003
pues cuanto nos acontece viene de nosotros.
Por otra parte, dado que conocemos este «movimiento», sabemos que no somos quienes somos de modo absoluto. En todo ese intercambio interior-exterior, el yo se va haciendo con la vida, y por ello es fluctuante, «ondulatorio», y está aquí y allá, dependiendo de algo ajeno, como la partícula, a la cual la luz modifica. Por ello cualquier afirmación resulta relativa. Ciertamente las circunstancias exteriores son de peso, pero la interioridad –la conciencia– marca el diálogo. ¿Cómo enfoca, pues, Attar la conciencia?
Tú estás aquí en posesión de tu conciencia.
Esta conciencia, aquí, no será más que una palabra vana.
Te ahogarás en esta luz hasta tal punto,1104
que este alborozo te hará olvidar la vida.
¿Se opone, pues, la vida a la conciencia? o, digamos, ¿es el contacto con el mundo exterior mera contraposición al mundo interior? Ibn Arabí había advertido, en su día, refiriéndose a Dios:
Entre su lejanía y su vecindad tal vez mi suerte se halle [...]
Co-cita1nfía en que la divina providencia (‘indya illâhiyya) haya previsto en su preeternidad (qidam) eliminar esta permanente contradicción entre la proximidad y tal alejamiento14.
Al decir de Wittgenstein, lo que cuenta es el mundo interior: «Presupongo el interior en la misma medida en que presupongo un ser humano»15. Ahora bien, ¿qué realidad tiene ese interior? De hecho es también una «palabra vana», pues «El interior es una ilusión. Lo que quiere decir que todo el complejo de ideas al que se ha hecho alusión al emplear esta palabra es como un telón de escena pintado, echado delate de la escena de su empleo efectivo»16.
Éste sería el «alborozo» de Attar, pero la vida:
Las puertas y los muros del paraíso están hechos de vida;759
su parterre y su cúpula son la entrega.
¿Dónde, pues, se sitúa la vida? «Incluso lo que sucede interiormente sólo tiene sentido en el flujo de la vida», nos dice Wittgenstein17. Es decir, ¿tiene existencia el más allá? ¿Adónde conduce la muerte? Attar acoge una nueva contradicción:
La muerte del cuerpo niega el valor a la vida. 2005
¿Merece la pena toda una vida muerta?
Éste es otro dístico de rabiosa actualidad, y despierta el eco del gran poeta español del siglo XX Juan Eduardo Cirlot, que tituló parte de su obra Cantos de la vida muerta.
Llegados a este punto, leamos:
Bien dijo aquel de espíritu sufí:3260
«Tres cosas deseo que me conceda el Altísimo:
Primero: morir sin dolor durante el sueño.
Segundo: en la muerte, seguir en sueño hasta el día del juicio.
Tercero: lo que es mejor no decir.
¿Qué digo?, que no cabe en la palabra».
«... Dios es la cosa más segura, la única de la que no hay que dudar; bueno es el que sabe, malo es el ignorante: obrar mal es obrar erróneamente, obrar bien es obrar con justicia: el mal es tan erróneo como una solución geométrica falsa. Esta forma de pensar tiene su consecuencia: tenemos que imaginarnos a un Dios que no sólo juegue al ajedrez consigo mismo, sino que sea juego de ajedrez, reglas del juego y tablero al mismo tiempo. Estudiar las jugadas equivale a estudiar al Dios; no hay nada que averiguar aparte del determinismo del juego, nada que enunciar acerca del jugador», escribió Friedrich Dürrenmatt18.
Mejor callarse, sí, mejor callar. ¿Por qué se da un horizonte de tanta contradicción? Con claridad Attar nos dice –y había recurrido precisamente al tema del ajedrez en los dísticos 1795 a 1800– de qué se trata:
Soy como los dados, que oscilan en seis sentidos3249
sin conocer en qué punto se detendrán.
¿Y por qué dijo Einstein: «Dios no juega a los dados»?19.
1. Gran Upanisad del Bosque [Brihadaranyaka Upanishad] con los comentarios advaita de Sankara, ed. de Consuelo Rubio, Madrid, Trotta, 2002, p. 451.
2. Confesiones, IX, 27, traducción, introducción y notas de Pedro Rodríguez Santidrián, Madrid, Alianza Editorial, 2011, pp. 340-341.
3. Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, Madrid, Alianza Editorial, 2012, p. 145.
4. La memoria del logos, Barcelona, Penguin Ramdom House, 2018, p. 133.
5. El lenguaje de los pájaros, Madrid, Alianza Editorial, 2015, dístico 1909, p. 220.
6. Frank Wilczek, El mundo como obra de arte, Barcelona, Crítica, Planeta, 2016, p. 28.
7. Jorge Luis Borges, Nueve ensayos dantescos, Selecciones Austral, Espasa-Calpe, 2.ª ed., 1983, p. 141.
8. Más de la mitad de las cincuenta copias pertenecen a las Obras Completas, A. Monzaví, A catalogue of Persian Manuscripts, Teherán,Fehrest, 1969, p. 2628 sq., vol. IV.
9. Philosophie. Le manuscrit de 1942, París, Éditions du Seuil, 1998, p. 339.
10. Tema recurrente; así, leemos en un poema de Yalal ud-Din Rumi: «¡Oh, lengua mía! Eres un tesoro / y a la vez una enfermedad sin remedio», cit. por Safâ, Anthologie de la poésie persane(XI-XX), París, Connaisance de l’Orient, Gallimard/Unesco, 1964, p. 211.
11. Luz y Sombra,una vivencia (-sueño) nocturna y un fragmento epistolar, ed. de Ilse Somavilla, Valencia, Pre-Textos, 2006, p. 86.
12. L’intérieur et l’extérieur. Derniers écrits sur la philosophie de la psychologie, II, Mauvezin, Trans-Europ-Repress, 2000, p. 33.
13. Ibid., p. 36.
14. El intérprete de los deseos, ed. de Carlos Varona Narvión, Editora Regional de Murcia, 2002, p. 217.
15. L’intérieur et l’extérieur, op. cit., p. 108.
16. Ibid.
17. Ibid., p. 46.
18. Friedrich Dürrenmatt, Albert Einstein, Barcelona, Tusquets Editores, 1982, p. 31.
19. José Manuel Sánchez Ron, Albert Einstein. Su vida y su obra, Madrid, Crítica y Fundación BBVA, 2015, p. 383.
La edición de El libro de los secretos, de Attar, que tienes en las manos –y en cuya traducción ha colaborado conmigo Said Garby– se atiene rigurosamente al modo en que su autor concibió la obra tal y como fue transmitida en la edición de 1334, que se halla en la Biblioteca de Teherán, y fue editada por Sâdeq Gowharin (Teherán, 1959).
El hecho de que en su día, muchos años atrás, hiciera una primera tentativa sometida a exigencias editoriales fue lo que me impulsó a realizar la obra completa y con extrema fidelidad. Cierto que la riqueza lingüística del libro es inmensa y que algunos episodios ofrecen juegos de palabras que no se pueden trasladar, pero no me cabe duda de que todo su contenido, tan sorprendente, está aquí, en estas páginas que resultan de rigurosa actualidad. Levanto, pues, la copa, lector, y te invito a un brindis con la inteligencia, la poesía y lo inesperado.
Clara Janés
En el nombre del que otorgó al alma la luz de la fe,1
al intelecto certeza en el conocimiento de Dios;
un Dios al cual debe el mundo su magnificencia,
que asignó a cielo y tierra su posición de señor y siervo.
A Él deben los dos mundos el adorno de la existencia,
por Él se halló el cielo en lo alto y la tierra abajo.
Ante Él, el cielo permanece inclinado,
ante Él, la tierra queda prosternada.
De espuma y sangre creó al hombre,5
de kâf y de nun creó cielo y tierra20.
De humo creó la cúpula azur,
con una bola de sebo dio vista al narciso21.
Hizo el dardo de un insecto par a la bífida espada del Emir de los Creyentes,
igualmente que una araña se elevara a protector22.
Con un poco de tierra suscitó la realidad adánica,
con un soplo hizo nacer a Jesús hijo de María.
De la sangre que se formara el almizcle; y de la caña anillada, el azúcar;
de la lluvia que se formaran las perlas, de la mina las hermosas gemas.
Único primero que no tiene inicio,10
único último que no tiene final.
Único aparente oculto en su manifestación,
único oculto más manifiesto que la luz.
Jamás su majestad tuvo principio.
Su reino carece de límite y de fin.
Un Dios que se conoce a sí mismo,
que rebasa cuanto de Él puedo intuir.
Siendo él quien nos dio saber y vista,
¿quién lo ha visto, quién lo ha conocido?
Nadie posee indicio de la esencia de su ipseidad15
pues Él es, y no es cuanto tú dices.
Si un día el alma nuestra penetrara la vía
tampoco podría alcanzar su esencia.
Si no puedo comprender qué es mi alma,
¿cómo podría saber qué es la esencia divina?
Al alma ha sumido en misterio tan hondo
que a nadie ha confiado nunca el secreto.
Por el alma está vivo tu cuerpo visible, mas el alma está oculta.
Y gracias al alma vives, pero ignoras el alma.
Ante un artificio a la vez oculto y manifiesto,20
¿qué se puede hacer sino callarse?23.
Cuántos miles de hilos he desenmarañado
para alcanzar el secreto, la reserva absoluta.
Pues no puedes acceder a su esencia,
¡consuélate con la belleza de la creación!
Si tienes cierta aptitud para las artes,
huye de la férrea cadena de los cuatro humores24.
Tu Señor no ha faltado a obra alguna,
¡cómo puedes hacer un dios de un elemento!
Si se trata del agua, prívala del componente húmedo,25
exponla al fuego y podrás reírte de ella.
Si de la tierra se trata, expándela ante el umbral,
písala y mírala desde lo alto.
Si se trata del viento, piensa que es perturbación;
deja al viento amansarse y tómalo por viento.
Si se trata del fuego, rocíalo con agua,
habiéndolo regado, de él ya no queda huella.
Eres naturaleza, sé sencillo y natural.
Él no es un elemento, sé tú hombre de Dios.
Pues en las dos moradas no hay más que un solo Dios,30
¿por qué preocuparte por los cuatro elementos?
Invoca el Uno, desea el Uno, busca el Uno,
ve el Uno, conoce el Uno y afirma que es Uno.
Sea al comienzo, sea al final, todo es una sola cosa,
¡mas ay, los ojos del hombre ven doble!
Mira como los átomos no conocen pausa en girar
por su gloria, entonando sus alabanzas.
Ve lo bien hecho y la gracia del constructor
pues cada átomo tiene con Él un nexo secreto.
No sé de tregua en el decir: «oh tú, todo eres tú».
No veo en el mundo ya el más mínimo cabello
que no esté contigo cara a cara.
Si nuestro rostro no estuviera vuelto hacia ti,
un solo cabello nos anonadaría.
Si no enviaras tu gracia en nuestro auxilio,
ni el menor átomo subsistiría.
Por ti toda cosa perdura y tú estás oculto
fuera del mundo y dentro del alma.
Todas las almas están por ti desconcertadas,40
con nosotros permaneces en nuestro corazón.
Nadie ha visto límite ni fin a tu voluntad.
Tú eres en el alma, mas nadie ha visto el alma.
Lleno de ti está el mundo y tú no estás en él;
todo en ti está disuelto y tú no estás en el medio.
Sin cambio estás oculto, y eres manifiesto;
dentro no estás tú nunca; tú nunca estás fuera.
Tu silencio de tu locuacidad es fruto.
Tu ser abscóndito, fruto es de tu visibilidad.
Tú eres significado, fuera de ti está el nombre.45
Tú eres el tesoro, el mundo entero el talismán.
He aquí de lo sublime, la inmanencia y la luz de la esencia
que irradia cada fragmento de átomo.
En cada átomo veo tu presencia,
los dos mundos veo a la par que el rostro de Alá.
En tu presencia no puede haber segundo;
el cosmos entero es tú y tu omnipotencia.
Muchos han perdido conciencia de sí mismos por ti.
Por ti subsisten los dos mundos. Tú por ti mismo.
De tu presencia toda cosa es la sombra arrojada; 50
toda cosa es testigo de tu acto creador, de tu potencia.
Desconcertados están el espíritu y el mundo de la razón;
de este modo estás tú oculto por el velo.
Lleno está el mundo de tu nombre, mas de ti no hay indicio.
Te concibe la razón pero tú no eres visible.
Concebible al intelecto, inconcebible a la imaginación,
¡que Alá sea exaltado; sea exaltada su luz!
Fuera de ti, yo no veo otra cosa.
Tú eres. ¿Cómo habría otro (existente)?
Habló bien quien dijo, al tratar de la esencia,55
«limitarse a la unidad es negar las causas segundas».
En esta unidad, ¿por qué buscar la unión?
Tú eres el buscado y el que busca lo que hemos buscado.
Cuando voy a tejer la seda de tu unidad,
parece que deshacer quiera el tejido de mi vida.
Las formas de arcilla moldeada aparecen por millares,
por ti son purificadas cuando regresan a ti.
Un mundo de criaturas vino y partió;
fueran buenas o malas yacen bajo la tierra.
Todas esas criaturas no han llegado a comprender60
por qué vinieron al mundo y por qué partieron.
Y aunque vivan en la ilusión
son tan sólo como Él ha querido que sean.
Ni el alma sabe qué es el alma,
ni el cuerpo sabe qué es el cuerpo;
ni la oreja sabe qué es el oído;
ni el ojo sabe qué es la vista.
Tu lengua ignora qué es el habla
y tu cuerpo desconoce sus fuerzas.
Ni las esferas tienen conciencia de su movimiento,65
ni la tienen los jinns25, el ser humano, los demonios, ni los ángeles.
Numerosos son los que han penetrado en esa vía,
numerosos son los que han salido de ella.
Ni el que se va de este mundo conoce el secreto,
ni el que ha venido sabe de este camino.
Han sellado tan bien su secreto manifiesto,
que nadie hasta su origen puede desentrañar el hilo.
¿Cómo se podría abrir una puerta carcomida?
A nadie es dado, en verdad, apoyar un dedo en ella.
Bajo la orden hay que doblar la cerviz;70
no hay más salida que paciencia y silencio.
¿Quién, en el Valle de la sumisión, osaría
proferir con sus labios un murmullo de espanto?
Todos debemos callar, no hay otra elección;
nadie tiene la audacia para emitir un suspiro.
De la gota recogida del dorso de Adán,
de esta única gota, creó Él todo un pueblo.
Muchos son los que sobre esta gota especularon.
Ante su especificidad, presos fueron de vértigo.
En esta gota de agua, sepultados fueron los argumentos;75
en esta gota fueron todos anegados.
A este valle llegan sedientos a millares
y de rodillas alcanzan esta corte.
Confesando tu debilidad dices: «Tú eres puro».
Tú eres el conocido, el que conoce, que, como Él, conocer no se puede.
Todo el mundo se quedó sin habla;
todos permanecen tras el velo de la conjetura.
Dicen y dicen: estamos en la búsqueda;
desde hace tiempo somos hombres de su vía.
Mira qué prodigio ha engendrado esta gota: 80
de ella ha manado un mar de perlas nacaradas.
Más prodigioso es aún este átomo de tierra,
pues Él puso a su alcance el sol del firmamento26.
¡Tú, que no tienes la resistencia de una mosca,
cómo puedes abarcar los dos mundos!
¡Hasta qué punto tu corazón ha hecho girar la sangre!
Esto no es, al final, como imaginas.
¡Basta! ¡No persigas vanas quimeras,
no rebases tus límites!
Desconcertado, cubre tu rostro con el velo de la impotencia85
y deja correr sobre tus mejillas lágrimas de nostalgia.
Pues sólo la Verdad, oh amigo de la Verdad, es digna.
¿Qué ofrecerá este puñado de carne?
Dios es puro, inasible a toda mácula, tú eres el polvo del camino.
¿Qué afinidad existe entre el polvo y la pureza?
Si del mundo desaparece una hormiga,
¿qué habrá ganado el mundo, qué habrá perdido?
Contra esta Puerta, como la aldaba da golpes tu cabeza.
Así golpee esa cabeza, nada puede contra la Puerta.
Por ello el cielo cubierto está de añil. 90
Al igual que la aldaba, en el exterior permanece.
Nadie está más cerca de Dios que Dios mismo,
nadie está en efecto a su altura sino Él.
Puede que alguien te pregunte: «¿Qué dices;
si no has perdido nada, qué buscas?».
Primero hay que encontrar, después, tras haber hallado
y perdido, hay que emprender la búsqueda.
Muy loco estaría el que pensara aplacar una añoranza así.
Cuántas vidas por causa de esa añoranza han sido sacrificadas.
Las almas de los corazones sinceros dan lo que tienen.95
¡Quién sabe dónde se halla el secreto de su negocio!
Mira durante cuántos milenios, Iblís27
no hizo más que ensalzar y santificarse...
Hizo un puñado de polvo de todas sus devociones.
Pues Él se basta a sí mismo, lo lanza al viento.
Su corazón herido se tornó abismo de dolor,
su cuerpo, el arrastre de la maldición.
Si recordamos que Dios se basta a sí mismo,
sin protestar obedecemos.
Si lo recordamos, sudaremos sangre100
ante la perseidad de Dios, clamando auxilio.
Si el orden hubiera surgido de la perseidad,
la esperanza de los Muy Puros sería anonadada28.
Cuando mañana ante este tribunal supremo
retumbe el tambor de la eternidad,
¿quién, en todo el universo, se atreverá
a presentar esta moneda de tan mala ley?
La suficiencia de Dios no necesita de nada.
Tú eres «nada», ¡qué significa ese alarde!
¿Con tu rosario y tu oración deseas105
que Él, que nada necesita, satisfecho esté de ti?
Tu plegaria es la provisión de un largo trayecto,
mas Él necesidad no tiene de tu oración.
Oh valiente compañero, sabe a ciencia cierta
que si Él te ha impuesto un deber, te ha concedido asistencia.
Si la asistencia de Dios no acudiera en nuestro auxilio,
nadie tendría aliento para servir a Dios.
Ve cuál es su rango, pues desde la luna al pez29,
ante Él un cabello negro es lo único que queda.
Ve cuál es su poder pues, para manifestarlo,110
de un solo cabello mil facetas te hace ver.
Ve hasta qué punto su magnificencia es soberana,
que en ella tantas almas e intelectos están en movimiento.
Ve cuál es su majestad, que domina al alma.
Cada uno de sus átomos agita con cien tifones.
Ve cuál es su precedencia, que en aquel comienzo suyo,
ningún ser lo acompañaba.
Ve cuál es la unidad suya, que en ella un solo cabello no podría deslizarse;
y el mundo en tal unidad no tiene la gravidez de un cabello.
Ve el vínculo que la mañana de los cuarenta días30115
hizo que su mano pusiera el cebo en la trampa.
Ve cuál es su misericordia que si Iblís
tuviera de ella una pizca habría vencido a Idrís31.
Ve cuál es su celosa exigencia que, si cayera sobre el universo,
en un instante se derrumbarían los dos mundos.
Ve el temor reverencial que inspira, que de hallar el sol un átomo suyo,
en la sombra eterna se perdería.
Ve su evidencia irrefutable: ciertamente, en modo alguno,
se le podría oponer ni un argumento.
