El límite de Roche - María Jesús Peregrín - E-Book

El límite de Roche E-Book

María Jesús Peregrín

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Beschreibung

Las inexplicables lagunas de memoria del prestigioso perfumista Enzo Marchetti, mantienen en jaque a la policía de Florencia que investiga la aparición de un cadáver en extrañas circunstancias y su relación con otros asesinatos del pasado. La periodista María Jesús Peregrín recurre en su cuarta novela a la astronomía para desarrollar una excitante trama en torno al mundo del arte y los perfumes, obligando al lector a transitar entre inquietantes mundos paralelos.

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Seitenzahl: 277

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© María Jesús Peregrín

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1114-771-2

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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En astronomía se llama límite de Roche a la distancia mínima que puede soportar un objeto orbitando alrededor de otro más grande, antes de desintegrarse en una marea de dimensiones épicas. Una marea que se traga todo lo que encuentra a su paso.

José Miguel Mulet. Bioquímico y divulgador.

Para Aleixandra

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Nada de lo que miro es con mis ojos. Joan Brossa

Con los versos del poeta catalán dedico esta novela a mi amigo y profesor Andrés Sopeña Monsalve. Porque una mañana me habló de la física cuántica, de las estrellas de nuestra galaxia, del universo…Con su generosidad me tendió la mano para cruzar al otro lado de las ciencias. Y ya se sabe. La Ciencia siempre nos asombra con su misterio…

CAPÍTULO UNO La segunda vida de Enzo Marchetti

Una pistola, un paquete de regaliz rojo y dos frascos de veneno. El coche de Enzo Marchetti avanzaba calle arriba a gran velocidad, con aquella mercancía en el asiento del copiloto. Era una rutina en la que, de martes a jueves, se dejaba caer. Arrancaba con la mandíbula apretada y los ojos cerrados. Luego su mente ponía en marcha la segunda ley de la termodinámica: aquella que decía que una cosa puede ir mal de muchas maneras y bien de pocas.

Recorría ensimismado y de manera mecánica, la tortuosa carretera de montaña que le obligaba a circular, ladera abajo, hasta el centro de Florencia. Siempre viajaba solo. La ópera Tannhauser de Wagner, y en especial el coro de los Peregrinos, eran su única compañía.

Enzo trabajaba en la Officina Profumo/Farmacéutica di Santa María Novella. Los martes y los jueves recogía en sus almacenes la producción de esencias de iris, magnolia, jabón de musgo y otras pomadas y colonias elaboradas en el establecimiento.

Según el catálogo al alcance de los clientes a modo de pergamino, la suya era una de las farmacias más antiguas del mundo. Los frailes dominicos la habían puesto en pie en el año 1221. Tuvieron el ingenio de cultivar en sus huertos una hilera de hierbas. Preparaban medicinas, bálsamos y cremas curativas. Las utilizaban para abastecer la pequeña enfermería del convento y calmar los achaques de los religiosos. Pero los ungüentos resultaron tan eficaces, que el reguero de alivio que dejaban sus fórmulas traspasó fronteras. Cuando en el siglo XVII decidieron que también podría ser algo bueno para la ciudad, la farmacia se abrió al público. Sin embargo, al gobierno italiano le faltó tiempo para confiscar los bienes de la Iglesia y en 1866 pasaron a ser propiedad del Estado. Cesare Augusto Stefani, sobrino del último fraile director de la Officina, fue quien la hizo renacer después de que el gobierno, por fin, decidiera cedérsela.

Sencillamente no podía creer que en el asiento delantero de su coche hubiera una pistola. Enzo era el hijo mayor de los Marchetti, la última generación de una familia que se había sucedido en la dirección. A sus cuarenta y cinco años gozaba ya de una reputación intachable como perfumista. Y de una inmejorabe posición económica. Su cuerpo sólido como una roca, se anclaba sobre un esqueleto de casi un metro noventa.

Nunca hasta ese momento había tenido un arma a la vista. Al principio no se fijó en ella, pero al girar en una de las calles, el brillo del sol le deslumbró obligándole a mirar por los retrovisores. Frenó en seco. Se desvió despacio hacia un lado de la carretera, activó los cuatro intermitentes de emergencia y paró el motor. En aquel instante su corazón se detuvo, como si un molino de viento perdiera la fuerza de sus desvencijadas aspas a causa de la carcoma. Bajó el cristal y dejó salir el aire de los pulmones. Temblaba. Sintió el crujido de las costillas atravesándole la espina dorsal. Pensó que lo mejor sería no tocar nada.

Levantó la tapa del móvil para llamar a la policía, pero lo consideró una mala idea. Los carabinieri lo coserían a preguntas y él no sabría qué decir. Le obligarían a ir a comisaría, sus huellas quedarían estampadas para siempre con tinta oscura en una cartulina, y su rostro parpadearía en el ordenador junto al de otros delincuentes. Un simple pie de foto en los periódicos acabaría con su reconocida posición social.

Miró hacia ambos lados de la calle, abrió la puerta y salió a fumar un cigarrillo. La primera bocanada hizo que sus ojos se detuvieran en las flores que crecían, mansamente, junto a los árboles. Eran tulipanes rojos y amarillos. Parecían un ejército uniformado y compacto que inclinaba sus hojas como si los avergonzara el viento. Le extrañó verlos allí, hermosos y altivos en medio de un paisaje muerto. Sin gente ni edificios, sin gritos de niños o voces en la lejanía, sin los ecos de un perro ladrándole a alguien. Conocía bien aquel lugar. A pocos metros de donde había aparcado solo se alzaba un pequeño hotel pintado de amarillo; lo demás era tierra desolada. Tenía cuatro plantas y una pérgola de madera cargada de glicinias. Se llevó las manos a la cabeza y al hacerlo, sus dedos abrieron camino bajo el pelo oscuro. Apagó el cigarro dibujando con el pie un círculo en el asfalto, que dejó atrás un largo rastro de tizne. Luego rodeó el coche hasta llegar a la puerta del acompañante. Tenía la esperanza de que la pistola sobre el asiento hubiera sido un espejismo.

Pero no lo era. Por instinto abrió el maletero y soltó con fuerza las bridas negras que ajustaban las cajas de talborina. El talco con perfume de gardenia, iris, melograno, rosa y vetiver se encontraba perfectamente encajado en su interior. Hacía media hora que tenía que haber llegado al almacén. Lo sacó todo, vació la caja de cartón y lo colocó con cuidado. Poco le importó que el olor de la flor de la granada perdiera su fuerza al derramarse en la tapicería, o que el polvo manchara la chaqueta que llevaba puesta. Con la respiración contenida tiró de las mangas. Dobló la tela de la americana en forma de uve y la depositó luego sobre el asiento trasero. Lo había visto mil veces en las películas. Primero el paquete de regaliz rojo y luego la pistola. Temió que al sujetarla se borraran huellas; que los frascos cayeran al suelo. Su profesión lo había convertido en experto en tóxicos. Por eso y sin saber muy bien por qué pensó en el Compuesto 1080, un pesticida soluble al agua que causa la muerte de forma fulminante y dolorosa. Quizá porque los recipientes eran antiguos y artesanales e irradiaban a través del cristal aquel característico color metalizado. Enzo escuchó en aquel instante una voz. Una voz interior que preguntaba cuánto puede tardar en morir un hombre.

—¿Siete minutos? —se respondió dudando.

Los tulipanes habían iniciado un suave vaivén empujados por ráfagas de aire fresco. El hotel con la fachada amarilla se iluminó de repente como un árbol triste de Navidad, con sus ladrillos desconchados y sucios. En cada una de las ventanas había luces y cortinas con colores distintos; algunas rojas y verdes, otras azuladas o pálidas como la muerte. Sabía que el establecimiento era un local de citas y que pronto llegarían los clientes. Así que no titubeó. Decidió sacar la caja del maletero en la que lo había ocultado todo y enterrarla bajo las flores. Tardó unos diez minutos en hacerlo.

El rumor de la tierra húmeda aguijoneaba su cabeza. Detrás del muro verde atestado de adelfas encontró el hueco perfecto para esconderlo. La caja era mediana y los objetos pequeños. Sintió la textura del cartón doblándose mansamente en los dedos hasta perder su forma original. Con las uñas clavadas en el suelo como si fueran garfios, excavó desesperado bajo el reflejo de su propio espectro. El terreno esponjoso cedió a la presión. Era como si aquella tierra esperara a que alguien depositara en su interior un pequeño tesoro. Luego regresó al coche, puso en marcha el motor, volvió sobre sus pasos hasta la calle principal por la que se había desviado y fue sin pestañear hacia Santa María Novella.

La posibilidad de haber perdido la memoria le aterrorizaba. No sabía por qué, pero comprendió que en aquel momento se abría ante él un mundo cambiante. Una realidad perturbadora.

CAPÍTULO DOS Una flecha en plena trayectoria

Entró en el almacén de la farmacéutica lentamente con las luces del coche apagadas, como un ladrón. Conocía de memoria el espacio en el que se descargaban los pedidos. Trabajar allí era, como para un niño, dibujar una línea en el horizonte. Aparcó el coche y procuró que el maletero quedara pegado a la pared. Era un lugar al que algunos llamaban «el garaje» y otros, «La vieja casa». Se trataba de una nave de ladrillo visto dividida en cuadrados. Enorme y fría, disponía de varios montacargas que subían y bajaban directamente del sótano a las oficinas. También se utilizaba como garaje. Las dependientas dejaban allí sus vehículos. A veces mal aparcados, atravesados entre las furgonetas de reparto y los coches de entrega. El trasiego de la mañana a la noche era infernal. Un eco oscuro rugía junto al griterío de los empleados, que hablaban a voces ajustando el peso de las mallas a los palés para que no volcaran. Enzo llevaba puesto un pantalón vaquero y un jersey de cuello alto negro. En aquel momento era solo una sombra que intentaba pasar desapercibida. Se convenció de que nadie le había visto llegar.

En el centro del sótano había otros dos ascensores, más modernos, amplios y brillantes. Cuando las puertas se abrían, el abrazo de dos ángeles caídos duplicaba el reflejo inoxidable de sus alas. No podía esperar. Pulsó con desesperación dos botones al mismo tiempo y cerró los ojos. Recordó que la chaqueta doblada se había quedado en el asiento trasero y regresó contrariado a buscarla. Su teléfono móvil, bajo la fina tela de la americana parpadeaba como un gusano de luz. El interior del coche olía intensamente a aceite vitamínico con azuleno, un perfume de manzanilla que se mezclaba con las almendras dulces y lo hacía irrespirable. Algunas de las emulsiones se habían derramado en el maletero, por lo que debía sacarlas de allí cuanto antes. Seguía sin poder pensar con claridad.

—Una flecha en plena trayectoria no puede permanecer donde está ni estar donde no está —dijo en voz alta.

Al oír sus propias palabras, el zumbido seco como la picadura de una abeja lo puso en alerta. Era la segunda vez que le ocurría aquella mañana: respondía como un autómata a la pregunta que le hacía su mente. La de la flecha era una de las muchas paradojas de Zenón y la aprendió en el instituto. El filósofo griego trató de demostrar que la realidad es solo una e invariable y que todo movimiento es ilusorio. Enzo se preguntó por qué las escuchaba precisamente ahora. ¿Para tranquilizarse o para confundirse más de lo que ya estaba? ¿Para que olvidara lo que había encontrado? ¿Era entonces una ilusión el hallazgo de la pistola? ¿Había cometido un crimen con ella y no lo recordaba? ¿Qué contenían los frascos realmente? ¿Vivía alguna suerte de dualidad bajo el peso del tiempo?

Llegó a su despacho con un fuerte dolor de cabeza. Abrió la puerta y se desplomó como un fardo sobre el asiento del sofá de cuero verde, junto a la mesa ovalada de las reuniones. Allí todo seguía en orden, pero abrió con prevención los cajones ante el temor de hallar otra sorpresa. Sus ojos se detuvieron en varios objetos cotidianos: algunas fotografías de su mujer y de su hija, o los premios conseguidos por la marca gracias al Cartine Odorose, aquel papel que perfumaba y protegía la lana, la lencería y la ropa de hogar.

Pensó que alguien podía haberlo visto sujetando el arma y decidió llamar a la policía. Sabía que, antes o después, tendría que dar explicaciones. Se dijo a sí mismo que nadie teme a la verdad cuando es inocente. Y él lo era.

Dos mujeres llegaron una media hora después de que hubiera colgado el teléfono. Se trataba de una inspectora a la que acompañaba otra detective. La inspectora entró en la habitación arrastrando una mirada porosa y turbia. Su actitud era altiva y desafiante, igual que su belleza. Le calculó unos cincuenta años. Llevaba el flequillo adolescente cortado a escuadra y cartabón, quizá con la intención de ocultar sus espesas cejas negras. Tenía el rostro muy maquillado y sus labios al hablar se unían el uno contra el otro por el gloss transparente que llevaba en la boca.

—Soy la inspectora Carla Delbronzzi —dijo deletreando lentamente las palabras—. Ella es la detective Julietta Manti. Trabajaremos juntas en este caso, y puesto que nos ha llamado usted, le rogaríamos que fuera concreto en su relato.

Enzo intentó serenarse. Les ofreció asiento y algo de beber. Las dos mujeres dijeron no al unísono. La detective Manti dejó sobre la mesa una pequeña grabadora de color gris plata. A diferencia de la inspectora Delbrozzi, no resultaba hermosa, pero sí delicada. Posiblemente no habría cumplido los cuarenta. Tampoco era alta, aunque sus movimientos parecían pausados y calmos. Ella no dijo nada, apartó de la cara el mechón de pelo que sobresalía de su trenza, sacó una libreta y esperó pacientemente a que la inspectora hiciera la primera pregunta. El afán de la inspectora Delbronzzi para llevarlo hacia el territorio de una posible confesión naufragó al primer intento.

—Como ya le he dicho por teléfono —arrancó incómodo Enzo—, alguien puso la pistola y el resto de las cosas en el asiento de mi coche. Yo solo las encontré.

Carla Delbrozzi permaneció impasible. Miró la hora en su reloj de muñeca antes de volver al interrogatorio.

—¡Está bien! Pero lo que no entiendo, señor Marchetti, es cómo no nos llamó tras descubrir el arma. Comprendo que no supiera muy bien lo que hacer, pero usted no es ningún niño… Lo razonable en estos casos es avisar de inmediato. Allí mismo. Sin esperar.

Enzo miró al suelo antes de preguntarle.

—¿Por qué? ¿Acaso ha ocurrido algo que yo deba saber?

La inspectora respondió con otra pregunta.

—¿Recuerda el nombre de la calle en la que enterró la pistola y el resto de los objetos?

—Por supuesto que lo recuerdo —dijo Enzo con aplomo—. Si le parece bien, podríamos ir ahora mismo a buscarlos…

La detective Manti giró su cuerpo menudo sobre la silla y sacó del interior de uno de los bolsillos del uniforme un móvil diminuto. Luego llamó a la central para enviar una patrulla hasta el lugar.

—¡Ya está! —señaló sin que nadie preguntara nada—. Diez minutos, máximo. El coche esperará abajo.

La inspectora la miró con un gesto de agradecimiento. Los tres se levantaron como activados por un mismo resorte. Enzo quiso dejar claro que no había utilizado el arma en ningún momento. Pero la inspectora lo desafió contra todo pronóstico.

—¿Ha leído la parábola de los viñadores homicidas, señor Marchetti? —dijo mirándole fijamente—. Le recomiendo que lo haga. Si ahora no tiene una Biblia a mano, cómprela más tarde y busque en Mateo 21-33-46.

Enzo miró a la inspectora con sorpresa. No daba crédito a aquella absurda provocación.

—Encontrará allí las palabras que Jesús pronunció en el templo de Jerusalén días antes de que lo crucificaran. Es una reflexión sobre la crueldad de los hombres. Del vacío que queda en sus almas al matar sin remordimiento.

Lejos de sentirse incómodo, Enzo respondió con ironía.

—¡No me haga reír, inspectora Delbronzzi! ¡No es el mejor momento para que hablemos de parábolas! Desde luego, no la he llamado para eso. Y tampoco creo que haya venido para juzgar aquí a los asesinos del Nuevo o el Antiguo Testamento. Le hablo de lo que me ha ocurrido hoy. Algo tan desasosegante que hace de mi conciencia una línea muerta. Ni siquiera un desfibrilador conseguiría que se moviese de su sitio. Les he contado que encontré una pistola, sí. Que la enterré, es verdad. Pero, en todo caso, soy «culpable» de eso. Con sinceridad pienso que no es necesario este extraordinario despliegue policial. A no ser que sospeche de mí. Si han encontrado algún cadáver, dígamelo.

La detective Manti detuvo la grabadora y cerró el cuaderno con fuerza. Lanzó una mirada de desacuerdo a su compañera que ella supo recoger.

—Le ruego que no malinterprete mis palabras, por favor —aclaró la inspectora reconduciendo la situación—. Mi intención es situarle al otro lado del mal ayudándome con la parábola.

—Ustedes saben que soy inocente —respondió Enzo con resignación—. Su actitud no me parece profesional. Ni siquiera digna de su cargo. Pero lo mejor será dejarlo, señora. Voy a imaginar que su insinuación ha sido un simple malentendido. No me ofenden sus sospechas, pero si cree tener algo contra mí, debe decírmelo ahora para que llame a un abogado.

Julietta Manti se interpuso entre los dos y dijo con decisión que se zanjaba el tema. Que el tiempo apremiaba y que la patrulla esperaba en el lugar que Enzo había indicado. A pesar del tono conciliador de la detective, Carla Delbronzzi no se detuvo. Siguió clavándole su aguijón camino de los ascensores.

—Échele un vistazo de todas formas —insistió—. No pierde nada y puede que le entretenga. Como le digo, viene a contar la historia de los administradores de una viña. El dueño los envió allí para que recogieran los frutos de la cosecha, pero en lugar de obedecerle, maltrataron y mataron a los siervos que trabajaban en el campo. Pasó el tiempo y no daban señales de vida, de manera que el propietario le pidió a uno de sus hijos que fuera al campo para comprobar qué ocurría. Cuando llegó el joven, aquellos viñadores lo asesinaron también. Lo querían todo, hacerse ricos con la uva, con la venta del vino…

—Le agradezco la cita —dijo Enzo—. Puede que algún día la lea.

Pero la inspectora parecía insistir a pesar de todo.

—Comprobará cómo ninguno de los asesinos volvió a ser el mismo después de cometer los crímenes.

Enzo apoyó la espalda en el ascensor sobre el abrazo de los ángeles caídos. Se defendió con las mismas armas.

—Pero no hace falta que le diga que el hombre es libre al tomar decisiones individuales, inspectora. No lo olvide. Los condicionantes a la hora de elegir se esfuman, exactamente igual que el talco que preparamos aquí.

La joven detective se mordió los labios mientras asistía al vergonzoso espectáculo de su compañera, que había entrado sin saber por qué en una espiral suicida contra alguien que, en principio, no era sospechoso. Pensó que su comportamiento se debía a que, tanto aquel hombre como la oficina Profumo/Farmacéutica que dirigía, estaban considerados en la ciudad como uno de los referentes del lujo y la elegancia. Y ella odiaba profundamente todo eso.

—El comportamiento humano también tiene fallos —insistió la inspectora Delbronzzi con una voz casi metalizada—. Disparar a matar es uno de ellos. Si no quiere leer la Biblia no lo haga, pero si los remordimientos no le permiten cerrar los ojos busque otro nombre.

Julietta Manti intervino sin pensarlo dos veces:

—¡Por favor, Carla! ¡Déjelo ya!

—Busque a Michael Gazzaniga —recalcó ignorando su ruego.

Ni la hermosura que aquel rostro reflejaba sobre el acero del ascensor logró frenar un gesto áspero en su cara.

—Se lo recomiendo. Asesoró en su día en materia de bioética a la Casa Blanca y estudia la mente. Él cree que el ser humano es una máquina perfecta que nadie gobierna, que no hay un espíritu al mando. Que quien marca el rumbo es solo el hemisferio izquierdo de nuestro cerebro.

El coche de policía esperaba solitario junto a la calle que daba a la entrada principal de la farmacéutica. Enzo, tenso hacía apenas unas horas, empezó a divertirse con la situación. Se acomodó junto a la detective en el asiento de atrás antes de contestarle. Luego los dos cruzaron una mirada llena de complicidad. No lo pudo evitar. Su cabello olía a crema de miel con perfume de violeta. Pensó que podía haberla adquirido en su establecimiento. Era perfecto para ella. Sobre su piel aquella fragancia resultaba diferente, más exótica y rica que entre los dedos de las dependientas cuando la daban a probar. Cerró los ojos y se dejó llevar un instante por el olor. Después entró en territorio enemigo.

—Lo que acaba de decir, inspectora, puede que enganche en algunas redes sociales o entre quienes buscan respuestas bajo las estrellas. Pero destila la peor de las disculpas y, por supuesto, ausencia de compromiso. Le aseguro —dijo Enzo ajustándose el cinturón de seguridad —que mientras una piedra haga daño a los otros, nadie será inocente. ¡Créame! Aún no estoy preparado para pensar que nuestro cerebro es el único responsable del mal que desencadenan los hombres.

CAPÍTULO TRES La casa de los tulipanes rojos

No había rastro del hotel con la fachada amarilla. La brigada de carabinieri llevaba más de una hora buscando la calle en la que Enzo decía haber enterrado la pistola, los frascos de cristal y el regaliz rojo. La voz de uno de los policías se oía nítidamente por la radio del coche sin dejar lugar a dudas. Habían recorrido todo el sector y el edificio no aparecía. La inspectora pidió que siguieran buscando. Su turno acababa a las tres de la tarde, pero estaba dispuesta a dar todas las vueltas a la manzana que hicieran falta hasta dar con él. La posibilidad de que aquel hombre le estuviera mintiendo la sacaba de quicio.

—Le he facilitado la dirección correcta —afirmó Enzo como si sus pensamientos se cruzaran sobre la misma base de datos—. Quizá con tanta parábola se le haya ido el santo al cielo y les ha dado a sus hombres un camino equivocado. Estoy seguro de que a los apóstoles les pasó algo parecido cuando quedaron para celebrar la última cena y falló el GPS.

El jefe de la brigada pedía a voces instrucciones por radio. Un destello de luces azules, y el griterío de los agentes vestidos de uniforme apoyando sus brazos sobre el furgón en la avenida, le indicaron una nueva posición a la inspectora. Evidentemente aquella calle no era la calle. Enzo detuvo su mirada en las flores que crecían junto a las paredes. No eran adelfas. Las ramas acariciaban las tapias de las casas, verdes y poderosas. Se arrastraban como inmensas columnas de algas vivas, pero aquel lugar no era el lugar. Nada de lo que veía le resultaba familiar. El trayecto que habían hecho desde la farmacia Profumo era el mismo, pero por algún extraño motivo habían desembocado en una zona que no reconocía.

—¡Estamos donde usted dijo! —se lamentó la detective Manti con el dedo sobre el mapa que señalaba el lugar en el que estaban los dos vehículos policiales—. ¡Espero que no nos esté haciendo perder el tiempo!

Julietta se esforzó en parecer tranquila. En realidad, quería anticiparse al estruendo que veía venir. Conocía de sobra las salidas de tono de la inspectora Delbronzzi: sus bruscas maneras al interrogar a los detenidos, ya fueran sospechosos o no lo fueran.

La joven tomó la iniciativa y abandonó resuelta el coche para hablar con los carabinieri. Enzo, obsesionado por el tiempo, miró el reloj y comprobó que ya eran las dos y cuarto de la tarde. Había dejado el móvil en silencio. Tenía cuatro llamadas perdidas, otros tantos WhatsApp de su mujer y varios mensajes. No quería preocuparla. Le escribió que no iría a comer, que el trabajo atrasado se le había acumulado. Desde el vehículo divisó la larga avenida atestada de viviendas. Eran casas unifamiliares de dos plantas, con tejas rojas, porches enrejados y jardín. Y todas eran iguales: blancas, lineales, solitarias; construidas para que la gente adinerada pudiera alejarse del bullicio de la ciudad y sus turistas.

El teniente de la patrulla, un hombre tosco, grueso, con cejas interminablemente rebeldes y abultadas manos de carnicero, se acercó a la inspectora para proponerle una nueva batida. Ella bajó el cristal con parsimonia, asintió con la cabeza y dibujó una cuadrícula. Los coches policiales avanzaron lentamente. Sorteaban el tráfico a duras penas como si, más que conducir, los empujaran desde atrás un reguero de niños somnolientos. Frenaban… Volvían al punto muerto… iniciaban la marcha… Se detenían… iniciaban la marcha… frenaban…

Tras dos horas rodeando un círculo que no llevaba a ninguna parte, la inspectora pidió que el vehículo se detuviera. Giró la cara para gritar que la búsqueda había terminado.

Julietta, con los ojos cerrados, trató de imaginar la expresión de alivio en la cara de Enzo. Cuando los abrió, sintió por él una extraña compasión.

—Señor Marchetti —dijo la inspectora Delbronzzi—. Si mañana no nos lleva hasta el lugar donde dice haber escondido el arma, redactaré un informe y lo enviaré a mis superiores. No sé si se divierte con esto o nos toma por idiotas haciéndonos dudar sobre si su historia es real o algo que ha inventado. Quiero decirle una cosa: no me impresiona en absoluto que sea usted el perfumista más reconocido de Florencia o de toda Europa. Si me engaña, su reputación dejará de tener valor y su negocio acabará en humo, como la cosecha de paja que arde en medio de un verano polvoriento.

La mano de Julietta, pálida como si estuviera maquillada con polvos de arroz, soltó la hebilla del cinturón de seguridad para que Enzo pudiera salir del coche. No le cuadraba que aquel hombre mintiera. No tenía sentido. No implicaba a nadie en los hechos salvo a él mismo. Y de ser cierto, podría acabar enredado en una maraña de dudas que no le convenía. Había encontrado una pistola, nada más. Eso no quería decir que hubiera cometido un crimen. Quizá alguien quería asustarle o gastarle una broma pesada. Simplemente.

—No se molesten —afirmó Enzo empujando la puerta del coche patrulla—. Me irá bien caminar un rato.

La inspectora asomó la cabeza a través de la ventanilla. Su cara seguía siendo muy hermosa a pesar del estado febril en el que se encontraba y con el que, sin embargo, parecía disfrutar. Había trabajado cinco años en el Servicio Vaticano de la policía. No era ninguna novata y sabía que un apellido importante no era sinónimo de inocencia. Dobló los dedos de la mano izquierda para dibujar una pistola. Le pidió a Enzo que se acercara a ella.

—Mañana a las doce esté preparado, porque volveremos a su despacho, señor Marchetti. De momento no necesita un abogado, pero recuerde que lo de hoy no puede repetirse.

El zumbido del motor atravesó el aire como si el cielo de la tarde se hubiera abierto en dos. El ruido de las sirenas de emergencia despejó la avenida de repente y, en menos de un minuto, desaparecieron arrastrando en su huida un oscuro silencio. Enzo, con las manos en los bolsillos, caminó sin rumbo. Pensó que quizá debía tener una Biblia a mano, a la vista del cariz que estaban tomando las cosas. No era religioso, pero por tercera vez en aquel día recordó una cita del profeta Isaías: «Las cosas anteriores no serán recordadas, ni tampoco sentidas en el corazón».

Pero aquellas palabras no le tranquilizaban. ¿Sería todo un mal sueño? ¿Podría olvidarlo? ¿Sabría poner límites a algo que no tenía explicación? ¿Sería de verdad responsable de lo que ocurría? Necesitaba pensar. Se sintió atrapado en una espiral absurda. La dirección que le había dado a la policía era exacta. Se conocía aquel camino de memoria y sin embargo el lugar había desaparecido de repente, dejándolo perdido en el vacío. Sin una puerta a la que asirse. Sin un eslabón al que llamar.

Llevaba vagando más de dos horas cuando cruzó una de las calles y se detuvo en la acera. Estaba terriblemente cansado. Pensó en telefonear a su mujer para tranquilizarla, pero siguió caminando. Entonces lo vio. Estaba seguro. Se alzaba allí, majestuoso y solitario. Escondido tras unos árboles de tronco ancho y el verde claro de las adelfas. Reconoció la trayectoria de las hojas, las luces de colores de las habitaciones, azules, verdes, rojas…

Reconoció la vieja fachada pintada de amarillo. Los tulipanes, aquellas cúpulas que florecían dos semanas al año con sus láminas abiertas para caer después al suelo, ajadas y moribundas.

Y todo eso lo vio Enzo mientras corría con el corazón desbocado como un niño que hubiera dado, por fin, con el más codiciado de los tesoros. Se encontraba muy lejos del lugar que le había facilitado a la policía y no entendía por qué. La desesperación con la que llegó hasta el escondite donde guardó las cosas hizo que hundiera la cabeza en la tierra para escarbar con las garras afiladas de un lobo. Enseguida sintió el tacto de la pequeña caja de cartón doblada entre sus dedos. Miró hacia los dos lados de la calle. No había una voz en la lejanía. Empujó con fuerza y, en pocos segundos, pistola, dulce de regaliz y veneno se convirtieron en una sola cosa. Las manos le ardían y se sintió débil bajo una confusa realidad.

La primera intención fue la de sacarlo de allí, llevarlo a la caja fuerte de su oficina y entregarlo a primera hora en comisaría. Así no tendría que volver a ver a aquella estúpida inspectora. Antes de esconderlo otra vez todo bajo tierra, miró el móvil del bolsillo de la chaqueta que aún tenía trazas de talco. Con la poca batería que le quedaba consiguió grabar un vídeo y hacer fotografías. Tendría las pruebas. Alzó el teléfono. Sin titubear, giró la pantalla en dirección al edificio, a la calle, a las farolas grises. Lo hizo como un furtivo que oculta la moneda que nadie vio caer al suelo. Como quien falsifica el testamento del muerto que no tiene familia.

Se encontraba perplejo ante una sombra que no le pertenecía. Perdido, consciente de ser la huella de un hombre sobre la que otros pisarían cuando él fuera ceniza. Florencia, majestuosa y única, le había proporcionado la belleza del arte, y él la había llenado de fragancias perturbadoras. Los curiosos que entraban por primera vez a su farmacia salían asombrados: cada una de las esencias, bálsamos, licores y alcoholes que fabricaban tenía su historia propia. El Acqua di S. M. Novella, un perfume que constituía uno de los mayores logros de sus antepasados, por ejemplo. Fue la esencia que Catalina de Médici encargó a los frailes dominicos en 1533. Bajo el hechizo de aquella colonia, Enrique II de Francia no pudo separarse de ella tras su boda ni un instante.

Arrodillado en el suelo, Enzo pensó que había sido un error llamar a la policía. Tenía las fotos y el vídeo, pero algo le decía que no era suficiente. Enfiló la calle en dirección al hotel. Necesitaba un testigo, un nombre, una posibilidad, una conjetura, un punto de luz; alguien que de verdad le creyese. Quizá una de aquellas chicas que vendían su cuerpo le hubiera visto desde la ventana… Con una sola mirada hubiera bastado. Como coartada sería suficiente. Porque aquella curiosidad caería sobre él como un ángel salvador. Poniendo fin a su calvario. Podría ser la de una mujer que enciende un cigarrillo esperando a su chulo, a un borracho, a su cliente. Recurrió a san Mateo. Comenzó a acostumbrarse. Un centurión entró en Cafarnaúm para pedirle a Jesús que fuera a su casa porque su sirviente estaba enfermo y sufría: Él respondió: «Yo mismo iré a curarlo». Sin embargo, el centurión pensó que no era digno de que Jesús cruzara la puerta. Se arrodilló ante él y dijo: «Una palabra tuya bastará para sanarle». Enzo, tan desesperado como aquel centurión, subió los cinco escalones que le llevaban hasta la puerta del prostíbulo con la única esperanza de encontrar esa palabra.

En el interior no había ruido. Empujó con la mano y esperó. Luego llamó insistentemente y golpeó con desesperación la madera raída. Las habitaciones que daban al exterior tenían la luz encendida, aunque no todas. Se adivinaba la presencia de gente que iba y venía de un lado a otro. En silencio. Estaba a punto de abandonar cuando le sorprendió un golpe seco. Parecía como si alguien bajara por las escaleras arrastrando un mueble que se hacía añicos mientras avanzaba. Era una niña y su aspecto le sobrecogió. Calculó que la pequeña asomada a la puerta podía tener unos catorce años, pero no más. Dijo que se llamaba Mirla, que su abuelo era el dueño de aquel tugurio y que la llamaban así, porque al nacer, su cara se parecía a la de un pájaro.

Cargaba con el peso de una bicicleta vieja y oxidada que había llenado de flores silvestres del manillar al sillín, más alto que su propio cuerpo.

—¿Vives aquí? —preguntó Enzo al verla.

Llevaba un camisón de color rosa que le cubría los pies descalzos. Era morena y delgada. A modo de diadema, le caían sobre la despeinada frente un reguero de lazos de color violeta. Dejó la bicicleta sobre la pared y sacó del cestito una taza humeante.

—¡Claro! —respondió sin malicia—. ¿Quieres subir? Están cambiando las sábanas y las habitaciones aún no están preparadas, pero si quieres puedes esperar. Tengo cacao calentito. ¿Ves? Lo hago yo. Se incluye en los gastos, como el ron, la cerveza y el whisky. Te invito porque eres guapo. Nunca vienen por aquí hombres tan guapos como tú —dijo frunciendo los labios—. En serio.

Enzo agradeció su ingenuidad infantil con una mirada de ternura. Tenía una hija algo menor y torció el gesto al pensar qué demonios hacía ella en una casa de citas. Pero no tenía tiempo más que para sí mismo y no podía perderlo. Sobreponiéndose a su oscura reflexión, fue directo. Quería saber si alguien le habría visto aparcar el coche esa mañana.