El limpiador - Inger Gammelgaard Madsen - E-Book

El limpiador E-Book

Inger Gammelgaard Madsen

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Beschreibung

Bertram y sus tres amigos formaron una pandilla de ladrones llamada Los halcones. El chico vive solo con su madre, que trabaja como mesera. No tiene muchos recuerdos de su padre ya que ,cuando tenía tan sólo siete años de edad, este fue arrestado por asesinato y sentenciado a prisión de por vida. Un día, Bertram roba una chaqueta de cuero costosa marca Schott Made in USA, que traerá consecuencias fatales, no sólo para Bertram. Rolando Benito, un investigador de la Unidad independiente de denuncias contra la policía, y su colega son enviados a interrogar a dos policías. Un guardia de la prisión ha saltado de su ventana del cuarto piso justo cuando dos agentes estaban reprendiéndolo luego de una denuncia por ruidos molestos y música alta proveniente de su departamento. Como el guardia de la prisión es el padre de un amigo de la nieta de Rolando, le llega el rumor de que un prisionero ha muerto en la cárcel en la que el guardia trabajaba, y donde últimamente se había sentido amenazado y perseguido. ¿Será que efectivamente no es un caso de suicidio? Anne Larsen, una reportera de TV2 East Jutland, también trabaja en el caso. Todos parecen estar conectados con el prisionero, el asesino Patrick Asp, quien mató a un bebé y cumple sentencia donde el guardia trabajaba. Mientras más muertes misteriosas se van acumulando y un juez de la Suprema Corte desaparece sin dejar rastro, Rolando Benito y Anne Larsen trabajan en equipo en busca de una conexión. El vínculo resulta ser Bertram y el robo de la chaqueta; ahora la cabeza de Anne también está en riesgo.-

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Inger Gammelgaard Madsen

El limpiador

SAGA

El limpiador

Original title:Sanitøren Copyright © 2017, 2019 Inger Gammelgaard Madsen and SAGA Egmont, Copenhagen All rights reserved ISBN: 9788726233216

1. E-book edition, 2019 Format: EPUB 2.0

All rights reserved. No part of this publication may be reproduced, stored in a retrieval system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

El limpiador

Episodio 1 de 6

La lista

Le quedaba un poco grande en los hombros y emanaba un aroma a cuero nuevo y tabaco. Tenía el color del brandy y crujió un poco cuando dobló el brazo para saludar a los demás con lo que ellos llamaban su señal de pandilla.

Consistía en golpearse el pecho con un puño, luego llevar los dedos índice y medio a la sien derecha y, finalmente, chocar puños con cada persona.

Se le había ocurrido a Jack. Le encantaban los rituales, le encantaba cualquier compulsión, en realidad. Eso le había valido un diagnóstico y ahora ya no tenía que trabajar más. Era el mayor del grupo y se suponía que para otoño sería aprendiz de carpintero, pero entonces su mamá lo había llevado a rastras a un sicólogo por su extraña necesidad de contarlo todo y repetir los mismos movimientos una y otra vez.

Con un dejo de algo muy parecido al orgullo en su voz, Jack les había dicho que el sicólogo lo llamaba TOC. Ahora él tenía algo que los demás no tenían.

Bertram también deseaba tener un diagnóstico. Había decidido que no iría a la escuela secundaria, hace algún tiempo, y se había propuesto buscar trabajo tras finalizar sus exámenes del noveno año, pero no había muchas opciones disponibles.

Fue entonces cuando conoció a Jack y a los otros. Se hacían llamar los Halcones. Era una especie de parodia, no muy sutil, de los Halcones Nocturnos, un grupo privado de ciudadanos que patrullaban las calles por la noche para ayudar a mantener la paz, a nivel nacional.

Los halcones eran inteligentes y de raza, se alimentaban de otras aves y contaban con varios apéndices afilados como armas; los Halcones Nocturnos no eran más que un grupo de personas que se quedaban despiertos hasta tarde.

 —¡Raaaaayos, esa chaqueta que tienes es maravillosa! —dijo Felix bastante impresionado despegando los ojos de la pantalla brillante de su tableta, lo cual rara vez sucedía. Su rostro se vio aún más pálido y ceniciento que de costumbre.

 —¿De dónde rayos la sacaste? —Jack dejó salir el humo del cigarrillo por la comisura de sus labios y miró a Bertram con escepticismo.

 —Sí, ¿de dónde te la robaste? —preguntó Kasper, dando en el clavo.

—Del restaurante —admitió Bertram y metió las manos en los bolsillos de la chaqueta en un intento por verse rudo—; es una marca costosa: Schott, Made in USA.

—No sabía que la sexy Eva atendiera a una clientela tan exclusiva —dijo Jack con una sonrisa torcida mientras sacudía la ceniza del cigarrillo.

A Bertram siempre le molestaba cuando Jack se refería a Eva Maja de ese modo. Él nunca la llamaba ‘mamá’ porque le parecía infantil. Pero tampoco le complacía el modo en que Jack miraba a su madre, como si fuera un hombre adulto de gran experiencia con las mujeres. Sólo había tenido una novia y, tras una semana, la pobre ya estaba harta de él.

A Bertram le provocaba, sobre todo, golpear a Jack en el rostro, pero sabía que probablemente era mala idea. Su compulsión por repetir cada movimiento una y otra vez era letal cuando les encontraba uso a sus puños. Además de que había tomado lecciones de boxeo, con supuestos fines terapéuticos.

Como de costumbre, Bertram sepultaba su furia.

—¿Crees que el Mediador le quiera echar mano? —preguntó Kasper, por quien el Mediador los acosaba constantemente. Estaba bien que vendiera las cosas que ellos robaban, pero Bertram se estaba hartando de ese viejo cabrón, gordo y calvo. Seguía entrometiéndose hasta el punto de hacerlos sentir vigilados. ¿Por qué no robaba su propia mercancía?

Bertram no confiaba en el Mediador y él no confiaba en la pandilla. Había sido mucho más divertido al principio, cuando estaban solos y los hurtos a las tiendas no eran más que un juego. Claro que ahora ganaban algo de dinero con sus robos, pero todo tenía un precio.

—No quiero que el Mediador se entere.

—¿Entonces te la quieres quedar para ti solo? —Kasper parecía sorprendido.

Bertram se sentó junto a Jack en la plataforma de madera frente al río.

El sol había decidido brindar un día de abril que parecía casi de primavera. Sin embargo, apreciaba la chaqueta porque la brisa seguía siendo fría.

Levantó la mirada hacia el arco iris que coronaba el Museo de Aros, donde los visitantes eran manchas diminutas tras el cristal de colores. Parecía como si un ovni hubiera aterrizado sobre el enorme edificio cuadrado que albergaba el museo. Y como si los alienígenas estuvieran esperando el momento ideal para atacar la ciudad, tras ese mismo cristal.

Cuando no podía dormir por las noches, porque casi siempre dormía hasta mediodía, se sentaba frente al computador a escribir sobre ese tipo de cosas: zombis, vampiros y espíritus malignos, sangre y gore. Definitivamente, conseguiría su diagnóstico si un psiquiatra leyera las cosas que escribía. Escupió en dirección al agua marrón verdosa del río y asintió.

—El Mediador se volverá loco si se entera. Probablemente consiga algo de dinero vendiéndola y nosotros....

—Cierra la boca, Felix. Acordamos que nos quedaríamos con algunas cosas. El Mediador no tiene por qué saberlo todo —gruñó Jack enfadado y Felix volvió la mirada hacia la pantalla de su tableta, ensimismándose una vez más.

—¿Vaciaste la billetera? Al menos podrías haber compartido ese motín —continuó Jack malhumorado. Lanzó la colilla al agua y aterrizó justo al lado de donde Bertram había escupido.

—No había nada en los bolsillos.

—Entonces, ¿no sabes quién es el dueño? ¿Qué tal si es de un policía? Incluso podría ser del que casi te atrapa anoche.

Habían estado a punto de ser arrestados porque el empleado de una tienda de electrónicos se dio cuenta de lo que estaban haciendo. Tuvo que haber sido una coincidencia que una patrulla estuviera cerca, porque generalmente no aparecían tan rápido. Uno de los agentes había saltado del vehículo y había cogido a Bertram por el cuello, pero él se las arregló para liberarse y escapar.  

Pero el policía había visto su rostro y podría identificarlo fácilmente por la marca de nacimiento junto al ojo derecho. Era de color marrón y tenía el tamaño de una moneda de diez coronas. El agente se había fijado muy bien en eso.

Bertram se encogió de hombros.

—¿Y cómo podría probar que le pertenece?

—Esa marca en la parte de atrás del hombro. ¿Es una quemadura de cigarro?

Bertram no había notado la mancha negra, realmente parecía un encuentro cercano con un cigarrillo encendido.

—Maldición —murmuró.

Jack volvió a sonreír retorcidamente. Les había dicho que sonreía de ese modo porque le habían operado de labio leporino cuando era un bebé. Otros afirmaban que era el resultado de la única pelea que había perdido, el oponente había terminado con un labio roto y eso era lo que había iniciado las prácticas de boxeo. Miró perezosamente algo detrás de Bertram.

—¡Mierda! Hablando del Mediador, miren quién nos viene a visitar.

Bertram giró la cabeza y vio al hombre enano y regordete tambaleándose al caminar por la grama donde varios estudiantes leían bajo los árboles. Aunque el clima no era totalmente primaveral, había mucha gente en Mill Park.

El Mediador se detuvo frente a ellos tratando de recuperar el aliento. Tenía las axilas empapadas de sudor.

—Pensé que estarían aquí, como de costumbre. Les tengo un trabajo para esta noche.

—¿Un trabajo pago? —preguntó Jack, tratando de sonar despreocupado.

—Un jodido trabajo muy bien pagado, por supuesto. Les toca la misma parte de siempre, —El Mediador se limpió la nariz con el dorso de una mano—, pero sólo necesito a dos de ustedes. Verán, tiene que ser alguien sigiloso. Jack, tendrás que venir tú.

—¿Por qué yo? —protestó Jack.

—Porque eres el único mayor de edad y con licencia para conducir. Ya tengo el carro listo. Kasper, tú puedes ir con él, creo que eres el más fuerte.

El Mediador miró a los cuatro chicos atentamente, como si nunca hubiera reparado en su contextura hasta ahora. No se percató de la mirada ofendida de Jack, quien, por supuesto, se creía el más fuerte. El hecho de que fuera el más agresivo no se discutía.

Kasper se puso de pie de inmediato y se sacudió un poco de tierra de los pantalones. Siempre parecía nervioso cuando el Mediador aparecía. Bertram no tenía ni idea de cómo se habían conocido, pero no cabía duda de que el hombre asustaba a Kasper hasta sacarlo de sus casillas.

—¿Qué se supone que hagamos nosotros? —preguntó Bertram, apuntando a Felix con su pulgar.

El Mediador lo miró por un momento con sus ojos bizcos enrojecidos. Se decía que se gastaba todo el dinero de sus robos en licor. Siempre y cuando les diera su parte, a Bertram no le importaba lo que hiciera con su dinero.

—Pueden ayudar a entregar las cosas al comprador, después. Nos llegó un pedido para muebles de diseñador que están en un almacén en Hasselager.

El Mediador le entregó a Jack la dirección en un pedazo de papel, junto con la foto de una silla negra. Ya habían robado una parecida antes. El Mediador la llamaba el Huevo.

Bertram no la encontraba nada atractiva y no entendía cómo podía valer setenta mil coronas. El Mediador lo seguía observando con detenimiento.

—Esa es una chaqueta jodidamente bonita, jovencito. ¿Te cayó algo de dinero? —preguntó.

En el momento justo, una ráfaga de viento frío sopló a través del parque y arrastró las hojas secas. Bertram se estremeció.

—Yo... eh, ahorré un poco de lo que nos pagabas —murmuró.

El Mediador asintió varias veces elevando la ceja, como en señal de desconfianza.

—¡Parece que les pago mucho, entonces! Se ve muy costosa.

—Eva Maja también me dio algo de dinero —mintió.

—¿Eva Maja? ¿Tu mamá? ¿Cómo diablos consiguió dinero trabajando en ese basurero?

—No es un basurero. Es un restaurante lujoso.

—¡Lujoso! —resopló el Mediador—. Ni el lugar ni tu mamá son lujosos.

Sacó un cigarrillo a sacudidas de la caja e intentó encenderlo protegiendo el encendedor del viento con la mano. Kasper inmediatamente saltó a ayudarlo.

El Mediador seguía mirando a Bertram y parecía un dragón furioso por el humo que emanaba de ambas fosas nasales.

—Por cierto, tu papá manda saludos. Te extraña.

Bertram no pudo articular palabra. Tragó saliva un par de veces y se le aceleró el pulso.

—Estoy decepcionado de ti, jovencito. No habría sobrevivido a la prisión si mi esposa e hijos no me hubieran visitado. Tu mamá tampoco lo visita.

Bertram permaneció callado y el Mediador sacudió la cabeza y se rindió. Jack y Kasper se fueron con él. Iba a explicarles cómo entrarían al almacén. Bertram conocía la rutina.

Felix ni siquiera había levantado los ojos de la pantalla mientras el Mediador estuvo allí. Estaba inmerso en su propio mundo.

De repente, se golpeó el muslo y empezó a reírse a carcajadas.

—¡Magnífico, lo logré! Nadie se puede esconder de Felix en el ciberespacio.

—¿Qué hiciste? —preguntó Bertram, sonriendo por las carcajadas de Felix. No era común que sus emociones se manifestaran con tal vivacidad.

Felix giró la pantalla hacia él, pero Bertram no entendía los números y códigos frente a él.

—¿Qué es eso?

Felix volteó la tableta de nuevo, fastidiado. Escribió algo y le mostró la pantalla de nuevo.

—A ver, ¿así es más fácil de entender?

—Eh, es el sitio web de una secundaria que...

—¿No lo entiendes? Acabo de hackear el sistema de la escuela de mi hermano. Y cambié el porcentaje de sus inasistencias a cero.

Felix volvió a reír y Bertram sacudió la cabeza.

—Lo descubrirán pronto, ¿no? Sabes que podrían encerrarte por eso, ¿verdad?

—Nadie se va a enterar. Me encargué de eso. Además, sólo lo hago por diversión.

—Lo digo en serio, Felix. La policía se está volviendo muy buena en esos asuntos. Si descubren que fuiste tú, entonces...

—¿Entonces qué? ¿Tampoco a mí me visitarás en la cárcel? No es como si hubiera matado a alguien, como lo hizo tu papá, ¿verdad? —respondió Felix, pero inmediatamente se arrepintió—. Mira, lo siento. Entiendo que no quieras visitar a tu papá, cuando él... y también entiendo que tu mamá no vaya.

—Maldita sea, deja de hablar de mi padre, ¿de acuerdo? —murmuró Bertram entre dientes—. ¡Y de Eva Maja!

—Lo siento.

Felix miró fijamente el agua del río, dejándose llevar perezosamente. Sus mejillas sonrojadas contrastaban con su frente pálida, que hoy era visible porque había recogido su larga cabellera en un moño pequeño sobre su cabeza. Bertram lo miraba de soslayo. Parecía una chica. Siempre había sido medio nerd. Aunque eran completamente opuestos, había conocido primero a Felix cuando él y Eva Maja se mudaron al vecindario; allí también vivían Kasper y Jack.

Felix y él estudiaron en el mismo salón y prácticamente se habían criado juntos en un patio con parrilla pública para el verano. Allí, el olor del hachís con frecuencia eclipsaba el olor mismo de la barbacoa, los hombres siempre bebían demasiado y se peleaban. No era raro ver una patrulla de la policía estacionándose cerca cuando los otros residentes ya se habían hartado del ruido y de las peleas. Pero la vida había mejorado cuando de repente eran sólo él y Eva Maja.

—Sólo digo que tengas cuidado, Felix. No dejes que el Mediador descubra tus habilidades. Estoy seguro de que las trataría de usar a su favor. Y entonces sí que dejará de ser divertido.

—No sé si sea una habilidad, sólo estoy practicando —dijo Felix por lo bajo.

Un pato atrapó algo en la superficie del agua y se alejó nadando. El sol calentaba la parte trasera de la chaqueta de cuero y Bertram se la quitó.

Se quedaron allí sentados en silencio por un rato. Felix le arrojó la tapa de una botella de cerveza a un pato que estaba a punto de tragársela. Ambos rieron.

—¿Estás seguro de que no hay nada en los bolsillos? —preguntó Felix, mirando la chaqueta—. Si hay un celular en uno de los bolsillos, te podrían rastrear. ¿Revisaste los bolsillos interiores? Una chaqueta como esa podría tener varios.

Bertram asintió, e igual examinó la chaqueta una vez más. En realidad, sólo había revisado los bolsillos exteriores luego de escapar corriendo del restaurante. Había encontrado la chaqueta colgada en el respaldo de una silla cuando había ido a ver a Eva Maja al trabajo para pedirle un poco de dinero para la cena que ella le había pedido que le comprara.

Ella insistía en que debía esforzarse un poco si quería seguir viviendo allí. La mesa estaba desocupada, pero tenía vasos y copas vacías que parecían abandonados por los comensales; como si alguien hubiera olvidado su chaqueta, con las prisas. Eva Maja tomaba una orden al fondo del restaurante y la tentación había sido abrumadora. Nadie vio cuando agarró la chaqueta y salió corriendo.

Sus dedos rozaran algo escondido en el forro, dentro de un pequeño bolsillo con cierre. Abrió el cierre y se llevó una sorpresa.

—¿Una llave? —dijo desconcertado y se la mostró a Felix.

—Eso no es una llave

—Claro que sí.

Felix tomó el objeto.

—Sí, pero es una memoria USB con forma de llave.

Felix introdujo el pen drive en el puerto USB de su tableta y apareció un enlace en la pantalla.

—Creo que es un sitio web —murmuró Felix con entusiasmo. Hizo clic en el enlace y apareció una página negra con un cuadro.

—Mierda, necesito usuario y contraseña —dijo Felix impaciente.

—¿Cuáles serán?

—No sé, pero se ve siniestro. Como una especie de red clandestina o algo por el estilo.

—¿Puedes entrar?

—Tal vez, pero tomará tiempo y, ¿estás seguro de que quieres que lo haga? Podría ser pornografía.

—Exacto —respondió Bertram riendo.

#

La criatura era del tamaño de un gato y parecía un híbrido entre hombre y roedor. Al abrir la boca llena de espuma, listo para atacar, mostró unos dientes que parecían de rata. Su piel era escurridiza y relucía de sudor.

Borró la palabra ‘sudor’ y la reemplazó con ‘baba’. Su mascota, el camaleón Rango, lo observaba inmóvil desde el tanque con sus ojos redondos de alienígena.

Se lo había comprado por sólo 250 coronas después de ver un anuncio en el periódico. Eva Maja lo odiaba por completo.

Bertram contestó fastidiado el celular que vibraba a su lado en el escritorio. Estaba esperando la llamada del Mediador para ayudar con los muebles.  Era extraño que no hubiera llamado aún. Pero, para alivio de Bertram, la llamada era de Felix.

—¡Ya entré! ¡Soy jodidamente bueno! ¡Maldita sea, entré!

Al principio Bertram no entendía de lo que hablaba Felix. Sólo podía pensar en el robo al almacén que Kasper y Jack tenían que haber terminado para ese momento, a menos de que algo hubiera salido mal. Pero de pronto entendió que Felix debía estar hablando de descifrar el código y acceder a la red clandestina.

—¡Magnífico! ¿De qué se trata, entonces? ¿Porno?

—No exactamente. Pero no creo que sea importante. Sólo es la foto de un tipo feo. Te voy a enviar el enlace y el código para que lo veas por ti mismo.

El servidor del correo hizo un pequeño sonido cuando llegó el mensaje. Bertram hizo clic en el enlace y apareció la página negra. Ingresó el código. Había tres nombres enumerados, uno debajo del otro. Junto al primer nombre había una foto. Eso era todo.

—Entonces, esta es la red clandestina. No se ve tan importante como para mantenerlo en secreto.

—Claro que no. No sé quién sea el tipo, pero qué nombre tan estúpido tiene. Podría ser una lista de personas con nombres raros. Julius Habekost, ¿ese nombre siquiera existe?

Se rieron.

—Pero los otros dos nombres no son tan raros. Vivian Elsted y Karl Dallerup son nombres comunes, pero no hay fotos junto a ellos.

—Entonces tal vez sea una lista de personas feas. Ese tal Habekost se ve un poco demacrado. ¿Acaso no hay una especie de cerdo llamado Julius? —preguntó Felix entre risas.

—Seguramente Antonius.

—Parece que sí. Pero si es el dueño de la chaqueta no tienes nada de qué preocuparte. Le patearías el trasero en un segundo.

Bertram acababa de colgar la llamada con Felix cuando llamó Kasper. Estuvo a punto de ignorar la llamada, pero luego recordó que si Kasper había intentado llamarlo mientras hablaba con Felix, ya sabría que no estaba dormido.

—El Mediador dice que tenemos que ir a ayudarlo a cargar las sillas. Tienen que entregarse al comprador en una hora.

—Yo no puedo, Kasper...

—¿Por qué no?

—¿Una sola persona no es suficiente para ayudar? ¿No puedes llamar a Felix?

—Lo intenté, pero me sale ocupado. ¿Por qué no puedes hacerlo tú?

—Eh, Eva Maja no trabaja esta noche. Está… está enferma y debo quedarme en casa.

—De acuerdo, pero el Mediador se pondrá furioso si descubre que estás mintiendo y si se entera de la chaqueta. Debes tener cuidado, Bertram...

—Me importa un carajo el Mediador. ¿No te das cuenta de que nos está usando? ¿Por qué le tienes tanto miedo?

—¡No le tengo miedo, maldita sea! —respondió Kasper molesto—, pero nos está pagando, ¿no? Tenemos que ganarnos nuestra parte, ¿sabes? ¿Qué harías sin ese dinero? No puedes seguir engañando a tu mamá diciéndole que tienes trabajo, si deja de llegar ese dinero.

—Tal vez consiga un trabajo y así no tendría que engañarla más.

—Buena suerte con eso —replicó Kasper molesto y colgó.

Era mentira que su mamá se quedaría en casa. Miró el reloj. Comenzó a preguntarse por qué no había llegado todavía. El restaurante cerraba a las once de la noche. Tal vez algunos clientes no querían irse. A veces pasaba. O tal vez había salido con sus compañeros al salir del trabajo. Ojalá que el Mediador no se la encontrara en la ciudad.

Bertram volvió a mirar la pantalla de su portátil. ¿Qué sentido tenía mantener una lista así en secreto y por qué sólo aparecía la foto de ese tal Julius Habekost?

Al escuchar los ruidos de Eva Maja llegando a casa, cerró rápidamente la ventana de la red clandestina y abrió la del juego Until Dawn. Seguramente se había dado cuenta de que la luz de su habitación estaba encendida o de otro modo habría sido mas silenciosa, como siempre que llegaba tarde.

Poco después, llamó a la puerta con cautela. Desde la vez que entró intempestivamente y lo encontró masturbándose con una película porno en línea, había adoptado la costumbre de llamar. Estaba tan avergonzada que inmediatamente salió de la habitación. Nunca hablaron del incidente y no se había repetido. Es decir, el que ella entrara intempestivamente. Ahora tocaba la puerta y esperaba pacientemente que Bertram la dejara pasar, antes de abrir la puerta. Tal vez se había dado cuenta de que su hijo había crecido y necesitaba un poco de privacidad.

—Hola, querido.

Se acercó a él desde atrás y lo rodeó con sus brazos. Apestaba a perfume barato y cigarrillos, y su aliento era alcohol puro. Apoyó su mejilla en la de él y miró la pantalla.

—¡Qué montón de monstruos asquerosos! ¿Por qué siempre tienes que jugar esos juegos horribles?

—¿Por qué llegas a casa tan tarde?

Ella lo besó detrás de la oreja.

—Trabajé hasta tarde. Sonja se enfermó y se tuvo que ir temprano y luego me tomé una copa con Nellie. Necesitábamos relajarnos un poco. Fue un día bastante movido.

Se apoyó con una mano en el respaldo de la silla para mantener el equilibrio mientras se quitaba los tacones con la otra y luego los dejó caer al piso con un suspiro de alivio.

—¿Por qué te pones esos tacones de aguja?

—Tenemos que hacerlo. Tenemos que vernos bien para los clientes. Ya casi me acostumbro a ellos, pero... —Se sentó pesadamente en la cama y empezó a masajearse los pies—. ¿Qué hiciste hoy? Es decir, aparte de matar monstruos.

—Nada.

—¿Nada? ¿No fuiste al trabajo?

Él simplemente asintió; el movimiento lento de la cabeza lo indicaba que no había pasado de nivel.

—¿Hiciste las compras?

—Sí, pero ¿de qué sirvió si no llegaste a casa para cocinar?

—No te enojes, cariño. —Se inclinó hacia adelante e hizo una mueca fingiendo mal humor.

—Podrías haber llamado.

—Lo sé, lo siento. Mañana llegaré temprano a casa y podremos tener una agradable velada juntos.

Bertram retiró la cabeza de mala gana cuando ella le acarició la mejilla y se inclinó para intentar besarlo. Odiaba cuando bebía de más y empezaba a comportarse así.

—Alguien me dijo hoy que papá nos manda saludos —dijo como para sacarla del trance. Y funcionó. Inmediatamente se puso de pie y se llevó una mano a la garganta como para amortiguar un grito.

—¿Quién te dijo?

—Un conocido de Kasper.

—¿Fue... fue a visitarlo? No habrá salido...

Sonaba tan aterrorizada que Bertram se arrepintió de haberlo mencionado.

—No, no ha salido. Sabes que no. Faltan seis años, eso fue lo que me dijiste.

—Ya sé, pero a veces obtienen libertad condicional y entonces... ¿qué más dijo ese amigo de Kasper?

—Sólo que papá nos extraña.

Ella resopló y cogió un cigarrillo de la caja sobre el escritorio. Le temblaban las manos mientras usaba el encendedor que su hijo le pasó.

—Seguramente extraña tener cerca a alguien que no le devuelva el golpe. ¡Eso es todo! —dijo enojada mientras soplaba el humo directamente al techo y cruzaba los brazos como para protegerse.

Bertram se encogió de hombros. Él no recordaba muy bien a su padre. Cuando lo enviaron a prisión, tan sólo tenía siete años. Su madre había dicho que probablemente no quería recordar, pero no explicó mucho más. Todo lo que sabía era que su padre había matado a alguien y que Eva Maja lo odiaba. Tampoco necesitaba saber mucho más.

Se dio cuenta de que ella estaba observando la chaqueta. Se maldijo mentalmente por no haberla colgado en el armario. Por otro lado, él se compraba su propia ropa así que a ella no le incumbía. Pero ahora ella se estaba acercando a la silla donde estaba colgada la chaqueta y la levantó con el dedo índice. ¿La habría reconocido? ¿Acaso conocía al cliente al que se la había robado? Tal vez incluso sabía para qué era la lista de la red clandestina.

—¿De quién es esta chaqueta? —preguntó mordazmente con los ojos entrecerrados por la desconfianza. Lo había descubierto robando una vez, hace muchos años.

—Dado que está en mi habitación, ¿no es bastante obvio que es mía?

—¡No te hagas el gracioso! Se ve bastante costosa. ¿De dónde sacaste el dinero? —Su mirada era severa e inquisitiva, y él desvió la suya. Fingió que seguía jugando a pesar de haber muerto por tercera vez.

—La compré... con mi salario.

—¿Ganas tanto dinero repartiendo el periódico local?

—Si ahorras por un tiempo, sí.

—No me estarás mintiendo, ¿no?

—No, ¡maldita sea! ¿Por qué demonios nunca me crees?

—Sí, te creo. Lo siento, cariño. ¿Comiste algo? —preguntó mientras acariciaba su mejilla de nuevo. Afortunadamente, sonreía aliviada.

Nuevamente retiró el rostro de su mano.

—No tengo hambre.

Murió una vez más y dejó de jugar. No podía concentrarse.

—Está bien. Mejor descansa un poco, ¿sí? No quiero que juegues esa cosa aterradora toda la noche. ¿Sabes que te daña el cerebro?

Se marchó y él se dio cuenta de que había arruinado su buen humor mencionando a su padre, pero no le importaba.

En cuanto cerró la puerta, se registró de nuevo en la red clandestina. ¿Para qué servía? No contenía más que esos nombres, y entonces...

La página se había actualizado. Ahora había un video junto a la foto del tipo. Bertram dudó un momento antes de hacer clic en la mitad de la flecha blanca. El video empezó a reproducirse.

Aparecía un hombre de pie junto a una ventana abierta, mirando hacia atrás con los ojos llenos de terror. Y luego desapareció. Bertram no sabía si había saltado por voluntad propia o si lo habían empujado. La cámara siguió al hombre como si se tratara del mismo Bertram. Tuvo que sentarse en su silla cuando vio lo lejos que estaba del suelo.

Bajo la luz de un poste, apenas podía ver el contorno de un cuerpo tendido sobre el asfalto en una posición completamente deformada. La imagen desapareció por un instante, mostrando pura oscuridad y luego regresó.

Ahora el rostro del hombre era filmado de cerca. La cámara hizo un paneo. No estaba del todo muerto. Un lado del rostro mostraba unos huesos completamente aplastados al chocar contra el asfalto, y emanaba un flujo continuo de sangre que se extendía rápidamente sobre los adoquines. Los labios ensangrentados parecían querer decir algo, pero la grabación no tenía sonido.

Un ojo que brillaba con una mezcla de dolor y terror miraba directo a la cámara. Allí había otra expresión más. Bertram intentó acercarse para ver mejor. Era sorpresa, como si no entendiera lo que estaba ocurriendo. Así debíamos sentirnos al morir.

El rostro se estremeció repentinamente y una exhalación sorda escapó de la boca, seguida de más sangre. Entonces el ojo quedó completamente inmóvil y la expresión hizo que Bertram cerrara su portátil con un movimiento brusco. Permaneció sentado con ambas manos sobre el portátil durante mucho tiempo, con la vista fija en la oscuridad fuera de su ventana.

Era él. Era Julius Habekost. Y ahora estaba muerto.

Trató de llamar a Felix, pero no respondió.

Se tendió de espaldas sobre la cama mirando el techo. Había luna llena y las luces que parecían de ovni se deslizaban a través de una rendija entre sus cortinas, creando una mística franja luminosa en la pared detrás del escritorio, justo encima de su portátil; el cuero de la chaqueta también brillaba. ¿Quién sería el dueño?

A Bertram le dieron ganas de pararse y arrojarla por la ventana. Decidió que, después de todo, le pediría al Mediador que intentara venderla.

Nunca antes había visto una persona muerta en su vida. El ojo que de repente dejó de ver, ahora lo observaba fijamente cada vez que cerraba los ojos. ¿Por qué no había heredado la valentía de su padre? Él no le temía a nada y hasta había tenido el coraje de matar a otra persona.

Felix, Kasper y Jack pensaban que era genial tener un padre así. Creían que la otra persona se lo había buscado y que seguramente merecía morir. Bertram tenía sus dudas porque sí recordaba un par de cosas, después de todo. Recordaba los puños de su padre cuando se molestaba, lo cual pasaba muy a menudo. Eva Maja tenía moretones en todo el cuerpo, aunque en lugares que no eran visibles cuando estaba vestida. Bertram también se lo había buscado unas cuantas veces, pero Eva Maja siempre intervenía y desviaba la atención de su padre hacia ella.

Todo había cambiado cuando su padre había ido a prisión y se quedó solo con su madre. Ella se había convertido en una persona completamente diferente, pero él sentía que todavía no podía recordar ciertas cosas. A veces venían a su mente instantes, como si tratara de recordar la única escena que había visto de una película, sin poder recordar nada más.