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La pequeña localidad de Las Flores, aislada en una zona rural de Uruguay, es un lugar tranquilo donde sus habitantes conviven de forma pacífica, lejos del bullicio de la gran ciudad. No obstante, esta paz se verá quebrada por una serie de misteriosos ataques y desapariciones de jóvenes del pueblo, que pondrán a prueba la capacidad de investigación del comisario de policía Daniel de Los Santos y el resto de su equipo. Además de sembrar la intranquilidad, los incidentes revivirán viejas rencillas del pasado, así como la leyenda del lobizón, una criatura fruto de una supuesta maldición familiar, a la que los locales responsabilizan de los crímenes. Los investigadores deberán moverse entre la realidad y el mito para poder encontrar a los culpables, pues saben bien que el ser humano puede ser capaz de un mal mucho mayor que cualquier criatura sobrenatural.
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Seitenzahl: 174
Veröffentlichungsjahr: 2023
Créditos
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Silde
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-443-9
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PRÓLOGO
En los últimos años está teniendo lugar un renacer de la literatura fantástica y de terror en español, en especial en Latinoamérica. Las argentinas Mariana Enríquez y Samanta Schweblin, las ecuatorianas María Fernanda Ampuero y Mónica Ojeda, la mexicana Fernanda Melchor… son algunos de los nombres que en los últimos años se han servido de este género de larga tradición para narrar el mundo contemporáneo. Y es que la literatura de terror nos permite contar cosas que no pueden contarse en otros géneros. Por una parte, supone una investigación profunda de las raíces de las que proviene el mal del que somos testigos a diario: logra darle un cuerpo de monstruo sobrenatural a terrores que, sin embargo, pertenecen a la vida diaria de tantas personas en nuestro mundo —aquellas que viven en una situación permanente de inseguridad, violencia, criminalidad y corrupción—. Por otra parte, la literatura de terror permite de alguna manera exorcizar el trauma y el sufrimiento dándole la forma de una criatura sobrenatural que, por peligrosa que sea, se puede mirar a la cara, se puede combatir.
Esto último es precisamente lo que les sucede a los habitantes de Las Flores en la novela que nos ocupa. Ante una ola de crímenes inexplicables, encuentran necesario culpar al lobizón, una criatura legendaria, del horror que se vive en el pueblo. Es aquí donde entra en juego el trabajo del equipo de la comisaría de policía de Las Flores: el comisario y sus agentes, a pesar de sentirse tentados de explicar los crímenes atribuyéndoselos a un monstruo que despierta con cada luna llena, saben que el ser humano es capaz de maldades mucho más retorcidas que cualquier licántropo. O según reza la sentencia popularizada por el filósofo Thomas Hobbes, que «el hombre es un lobo para el hombre». Entran en juego en este punto de la narración elementos que pertenecen a la tradición de la novela policiaca, creándose una interesante fusión de géneros narrativos de la que el autor se sirve para indagar en los entresijos de la batalla entre la razón —representada por los investigadores de la comisaría de policía— y la mitología popular —que favorecen los habitantes del pueblo—.
Crímenes del pasado que se repiten cíclicamente, estirpes malditas, rituales satánicos, licántropos que no son tan malos y hombres de Dios que no son tan buenos: igual que en un eclipse se alinean las trayectorias de dos cuerpos celestes, en la población de Las Flores cada luna llena se superponen el mundo real y el sobrenatural, abriendo la puerta a terrores que parecen de otro mundo, pero en realidad pertenecen a este.
El lobizón de Las Flores
La luna llena estaba en su máximo esplendor. Aquel ser, que se parecía a un gran perro, corría por la ladera del cerro. Varios perros corrían detrás de él y ladraban enloquecidos. Se deshizo pronto de ellos con dos o tres maniobras y subió por el monte de sierra con una habilidad increíble, sorteando árboles, ramas y espinos, trepaba y saltaba grandes piedras. Llegó a donde se alzaba una pared de rocas casi vertical de unos ocho metros de altura, trepó hábil y llegó a la cima. Desde ahí miraba y olfateaba a los perros, apoyó su parte trasera en el suelo y sus manos. Miró hacia arriba, la luna se reflejaba clara en sus grandes ojos amarillos. Los perros ladraban más cerca ahora, no se rendían, buscaban rodear y llegar hasta él, ladraban, chillaban, lloraban desesperados.
Él contempló un momento la luna y comenzó a aullar, fue largo y quejoso, el sonido.
La joven se sorprendió y se detuvo apartando un poco a Rodrigo, su novio. Se había hecho una escapada para encontrarse con él en el bosque y ya estaban en el proceso de quitarse la ropa, cuando aquel sonido la detuvo.
—¿Qué fue eso? —preguntó algo alterada, mirando hacia todas partes.
Él, menos preocupado por el sonido y más por la excitación que sentía, trató de seguir con lo suyo.
—No sé, los perros, hay luna es normal que se amontonen o tal vez alguna perra en celo. Ven vamos sigamos, no perdamos tiempo.
Ella seguía un poco alterada. De pronto alzó la mirada y lo vio detrás de él, abrió la boca pero no llegó a gritar, solo se llevó las manos al rostro y en sus ojos se instaló el terror.
—¿Qué pasa? —preguntó él y giró mirando en la dirección que ella miraba, tragó saliva.
El enorme perro negro gruñó.
El ser que estaba en la cima del cerro, olfateó el aire, sus sentidos eran muy agudos durante esas noches. Miró hacia el monte, escuchó, olfateó el aire. No eran solo los perros, había algo más en el monte, había humanos. Bajó rápido la ladera y se dirigió allí.
.
Nuestra señora de Las Flores, así se llama este pueblo. Se le conoce como Las Flores. Aislado, rodeado de una cadena de sierras, a treinta kilómetros está el pueblo más cercano y a cincuenta una ciudad costera. El pueblo se desarrolla alrededor de una plaza principal, la iglesia, la comisaría, la farmacia, el correo, un almacén de ramos generales, en fin todos los servicios necesarios.
Por unos de sus lados pasa una ruta nacional y por otro, un arroyo bastante acaudalado, con aguas muy claras, proviene de una veta que desde lo alto de los cerros, cae en pequeñas cascadas hasta llegar a una gran laguna y de ahí nace este arroyo, que cruza por un lado a lo largo de todo el pueblo.
Sus habitantes no superan los mil doscientos. Y entre ellos hay una familia de alemanes, que se instaló por aquí ya hace más de cinco años. Una pareja ya mayor, jubilados, decidieron retirarse de la gran urbe y eligieron este rinconcito de América y este pueblito, por el entorno, la lejanía, la tranquilidad que ofrecía.
El doctor del pueblo, que también es dueño de la farmacia, Óscar Fernández, hombre alto, delgado, de facciones duras, pelo blanco. Su carácter un tanto recio, se diría demasiado diplomático para un hombre de pueblo. Nació aquí en Las Flores, pero muy joven partió a la capital para estudiar, allí vivió y ejerció toda su vida. Ahora ya casi por retirarse, decidió instalar su negocio aquí. Había perdido la calidez que suele tener la gente de pueblo, pero bueno aquí estaba y era el único médico y la única farmacia.
El cura muy entrado en años, ya estaba para retirarse pero amaba a su pueblo, sus fieles, tenía vocación de pueblerino más que de cura. Por esta razón le habían enviado, hacía razón de un mes, un remplazo, un joven cura. Provenía de un pueblo pequeño del norte de Italia. Contaba treinta y cinco años, morocho blanco, con unos bellos ojos azules, alto, bastante fornido y atlético para ser un padrecito.
La comisaría tenía tres oficiales fijos y un comisario. El comisario vivía en el pueblo vecino. Daniel De los Santos, cuarenta y dos años, 1,80 de estatura, tez blanca, ojos marrones claros, cabello castaño, varonil, bastante apuesto se diría, atlético, de fuerte carácter, pero muy amable con la gente del pueblo y muy social.
Los demás sub alternos, el inspector Ricardo Martínez, treinta y cinco años, soltero, alto, delgado, casi esquelético, piel blanca, ojos claros, cabello rubio. Carácter aplomado, hombre de pocas palabras, muy observador y bastante aislado de la sociedad del pueblo.
El teniente segundo era todo lo contrario, joven de treinta y dos años, morocho, cabello negro, ojos marrones claros, no muy alto 1,70, robusto y de carácter sumamente alegre, muy amable con la gente del pueblo, era muy querido por allí. Su nombre Darius Oliveira, él era nacido aquí en Las Flores, pero sus padres eran venidos de Brasil. A él no le gustaba su nombre así que lo usaba en español, Darío.
Hacia unos cuantos días que se había sumado una joven cadete, como ayudante y secretaría. Viajaba del mismo pueblo que el comisario. Veinticinco años, 1,60, delgada, casi plana se diría, tez blanca, ojos café, cabello castaño claro, simpática, bastante curiosa y observadora y… con una singular picardía. Su manera de ser cayó en gracia con sus compañeros y agradó mucho a la gente del pueblo. Sara Hernández, Sarita, para todos.
—Y, ¿ves, Sarita? —decía Darío con la boca llena, masticando una torta frita—. En este pueblo, no pasa nada.
Ella sonrió ampliamente, ordenando unos papeles detrás del escritorio.
—Es mejor así, Darío. —Hizo una mueca y abrió grandes los ojos—. Porque el mundo está loco y si aquí hay paz, mejor que siga así, ¿no crees?
—Sí, es verdad —aceptó Darío—. ¿Quieres? —Le estiró la mano donde llevaba otra torta frita envuelta en una servilleta—. Las hace doña Gimena, están buenísimas.
—No lo dudo, pero paso. Prefiero cuidar mi silueta —sonrió.
En eso sintieron la puerta de entrada, era el comisario y no traía buena cara. Los miró a ambos serio, y no dijo nada. Pero sí venía rezongando el hombre ebrio, que venía detrás, lo traía de un brazo el inspector Martínez.
—Estás en un lío, Oviedo —le decía mientras buscaba las llaves del calabozo en una casilla en la pared de su oficina, suspiró y los miró, le señaló hacia las celdas al final del pasillo.
—Vamos. —Avanzaron por el pasillo, abrió la última celda, las otras tres estaban vacías. Lo miró serio—. Entra y cuando estés más fresco de memoria, hablaremos, mientras me prepararé para aguantar al viejo Valente y al padre cura —se quejó y meneó la cabeza. Se dio media vuelta y volvió a su oficina. El inspector cerró el calabozo y fue donde él. Colgó las llaves en la casilla, dio media vuelta y lo miró.
—¿Qué crees que pasó? —le preguntó con confianza.
—No sé —dijo claramente molesto—. El chico está malherido, pero este infeliz no tiene una sola marca, solo un poco en su boca, como si solo le hubieran dado una piña, es increíble cómo se pudo ensañar con el chico. ¿Y con qué lo golpeó? Si no llevaba cinturón siquiera y no fue a caballo, como siempre. Fue en moto con otro peón.
El inspector lo escuchaba atento.
—¿Y la chica? —preguntó—. ¿No vio nada?
—No, ella se asustó, Oviedo estaba muy borracho y el otro parecía drogado, dice que los echó para fuera y cerró la puerta. Escuchó que discutían fuerte y se alejaron, después unos gritos y nada más —suspiró el comisario entrelazando las manos—. Yolanda me llamó, lo encontró a Oviedo tirado en los galpones del fondo y el otro joven apareció en la iglesia, el padrecito nuevo ese, lo está curando —suspiró preocupado y lo miró a la cara—. Parece que falta una pieza en este cuadro.
—Sí, habría que ver la versión del chico y comparar todas, si Oviedo confiesa algo —dijo el inspector, también pensativo.
—Sí —dijo el comisario—. Ve a la iglesia y ve qué puedes averiguar y mira bien sus lecciones.
—Sí, voy a ver qué puedo averiguar. —Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta de salida.
—¡Darío! —llamó el comisario
El joven se presentó enseguida.
—Cuida a Oviedo y ve si dice algo sobre lo que pasó, yo voy un momento a la cantina y ya vuelvo.
—Sí, señor —asintió y lo quedó mirando mientras se retiraba. En cuanto el comisario cruzó el patio, unos dos metros, abrió el portón y salió a la calle. Darío corrió a la oficina de la chica, se recostó al marco de la puerta.
—¿Lo escuchaste? Parece que al Oviedo se le fue la mano esta vez. —Hizo un gesto abriendo grandes los ojos.
—Sí, escuché —dijo ella con curiosidad—. ¿Qué le habrá hecho?
—Sí, eso. Hablaré con él, capaz que me dice algo —dijo esto y caminó por el pasillo hacia las celdas.
Llego frente a la última se detuvo en frente y lo miró. Oviedo dormía sobre la cama de reja dura, bastante incómoda, pero él, recostado todo el cuerpo, dormía boca arriba plácidamente.
El agente golpeó los barrotes de la celda con su cachiporra. El otro se quejó pero no acusó sorpresa.
—Vamos Oviedo, despierta hombre —le dijo con tono alto.
—¿Qué quiere, oficial? —preguntó Oviedo , ya bastante más fresco pero sin mirarlo, atravesó un brazo sobre el rostro, como para hacerse sombra—. Yo no hice nada.
—Dirás que no recuerdas nada, por la borrachera, pero hacer, hiciste y esta vez es grave hombre. Deberías contarme, sabes que el comisario se pondrá bravo y vendrá don Valente y hay diosito de ti Oviedo —sonreía.
—Ya no molestes Darío, yo no le tengo miedo al patrón, aparte yo no hice lo que dicen que hice.
.
El inspector entró en la parroquia y caminó hasta el altar, se detuvo frente al atrio y se persignó.
El padre Antonio lo observaba desde el atrio del confesionario del lado izquierdo del altar. Detrás de una fina rejilla, solo lo observaba. El padre Miguel se presentó.
—Buen día, inspector. —Inclinó leve la cabeza.
El inspector lo miró de arriba abajo, lo había visto muy contadas veces desde su llegada al pueblo, en alguna misa o de paso alguna otra vez. Pero no tenían confianza, jamás habían intercambiado conversación.
—Buen día, padre, dígame el padre Antonio, ¿se encuentra?
—Sí, inspector. Pero está en sus oraciones matinales. Si a usted no le molesta, yo le puedo ayudar —se ofreció el curita, muy amable.
—¡Oh, claro, claro! Disculpe es la costumbre, usted es nuevo por aquí y ya sabe, somos gente de pueblo —se disculpó el inspector, también trató de ser amable.
—No se apene inspector, estoy aquí para servir a la comunidad, como así al señor. —se inclinó levemente, sus modales eran agradables.
—Bueno vine a preguntar por el joven, no sé su nombre pero sé que trabaja en la granja que pertenece a la parroquia.
—Sí, se llama Martín —le dijo el cura y le hizo un ademán invitándolo a pasar—. Venga conmigo inspector, hablaremos más a gusto en la oficina.
—Claro, seguro —asintió el inspector y lo siguió.
Cruzaron el salón hacia la derecha, luego una puerta a la izquierda, un largo pasillo y un saloncito al final, entraron en la primera puerta a la derecha.
La oficina era bastante amplia, no muy iluminada solo una pequeña ventana que daba a los jardines.
Una estufa a leña en una esquina y lo demás todo biblioteca, en todas las paredes. Un escritorio al medio, una computadora portátil y un par de butacas de oficina. El inspector recorrió observando el lugar, no conocía aquella parte de la parroquia. Le llamó la atención los libros, se acercó sin tocar y leyó de reojo unos cuantos, ciencia, esoterismo, vampirismo a juzgar por los títulos que leyó al azar. Se volvió y miró al cura, este también lo observaba mientras tomaba asiento detrás del escritorio.
—¿Le gusta leer, inspector?
—¿Sí, a veces —le dijo este y fue a tomar asiento, mientras lo hacía prosiguió—. Me llama la atención que en la iglesia tenga libros de ciencia y parapsicología.
—Oh, esa sección. Bueno con el tiempo entendemos que el ser humano también hay que estudiarlo en todas sus creencias. El conocimiento, nos acerca más a dios y engrandece su poder sobre la humanidad.
El inspector escuchó con atención aquellas palabras y observó cierta adicción o fanatismo, en la forma que el padre las dijo.
El padre sonrió y se serenó pronto, luego dijo.
—Claro, es mi teoría personal —lo dijo a modo de disculpa.
—Está bien, padre. —Hizo una mueca de sonrisa el inspector—. Ahora, dígame cómo se encuentra el joven.
—Bueno, le curé las heridas y lo vendé, está bien, se recuperará pronto. No son heridas profundas.
—¿Puedo hablar con él?
—Sí claro, inspector, sígame. —Se puso de pie y salieron—. Pero no sé si sea de ayuda, está bastante sedado. Le administré los medicamentos que debe tomar para su tratamiento y parece que habría ingerido alcohol y drogas en ese lugar de pecados adonde fue. —El padre meneaba la cabeza mientras caminaba rumbo al jardín, ya cruzando una puerta estaba la despensa de la iglesia, era un edificio aparte. Allí en una pequeña habitación sobre una cama estaba el joven, con vendas por su abdomen y espalda a la altura de las paletas y en el rostro una atravesada y en la frente.
Estaba dormido, o parecía. El padre se le acercó y lo tocó suave en el hombro.
—Martín, muchacho, despierta, el inspector quiere hablar contigo.
El joven se movió, abrió los ojos miró al padre y desvió la vista hasta el inspector.
—Buen día, muchacho, soy el inspector Ricardo Martínez —se presentó—. El comisario me pidió que te hiciera algunas preguntas.
—Sí, señor —dijo el joven con dificultad—. Diga usted.
—¿Cómo te sientes? —comenzó preguntando para que se sintiera más confiado.
El joven miró de reojo al cura.
—Bien, señor, no fue casi nada. Solo unos rasguños. —Tragó saliva algo nervioso—. ¿Tendré problemas, señor?
—No, no lo creo. El que los puede tener es Oviedo, todo depende de ti, si quieres hacer denuncia o no. —El inspector lo miraba todo el tiempo observaba la reacción del chico.
—No, señor, yo no quiero problemas, me regresarán a la ciudad y no quiero eso, señor.
—Entiendo —dijo el inspector pensativo, levantó la vista y miró al cura ahora.
—Y usted padre, ¿qué piensa?
—Bueno, yo creo que se pondrá bien en unos días, pero debe ser prudente y no recaer en la tentación. —Miró al joven de reojo, como sermoneándolo—. Él nos fue dado bajo nuestra protección y responsabilidad, si vuelve a cometer el error lo notificaremos a la capital.
—¿Y cree usted necesario denunciar a Oviedo?
—Creo que es mejor ser discretos en este caso. No sería bueno ¿me comprende? Es un pueblo chico y el joven es nuestro protegido, la iglesia quedaría mal vista.
El inspector asintió con un movimiento de cabeza mientras observaba al chico. Este se mantenía sumiso con la cabeza gacha, como avergonzado.
—Bueno pero dime, ¿fue Oviedo quien te hizo esas heridas? —Lo miró fijo—. ¿Con qué te lo hizo?
El joven quedó callado un momento, tragó saliva y dijo.
—No, no sé, señor. Solo discutíamos, él estaba ebrio y de pronto se me borró todo y aparecí acá en la iglesia —dijo algo nervioso y miraba hacia el costado, evitaba la mirada del inspector.
—¿Así que no sabes quién fue?
—No, no… señor.
—¿Qué buscabas en la habitación de la chica?
—Nada, no sé, señor. Yo estaba un poco perdido, no… no sé —dijo y agachó la cabeza otra vez.
—Bien, eso sería todo, espero se recupere pronto y ya no se meta en líos, ¿comprende?
—Sí, señor, gracias —dijo el chico levantando la cabeza y mirándolo.
El inspector se despidió de ambos y volvió por el mismo recorrido. El padre cura, se quedó junto al chico.
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En la cantina, el comisario recostado a la barra conversaba y reía con don Ramiro, el bolichero, bebían whisky.
—Uff —dijo Ramiro, mirando hacia la puerta—. Ahí viene el peso pesado, sírvase otro para aguantarlo, comisario.
El comisario giró medio cuerpo y lo vio.
Era don Valente, el patrón de Oviedo, el don de la estancia La trillada. El hombre entrado en años, pero destilaba fortaleza, medio gringo, medio criollo, alto, fornido, panzón, medio calvo, ojos grandes casi grises, cabello rubio, poco pero rubio, facciones duras, un bigote pequeño y fino.
Bastante mal encarado, arrogante y pesado. Siempre vestía de gaucho, bombacha, botas, cinto y camisa. Encima un chaleco de fino cuero y en el cinto una vaina que dejaba ver el mango de cuerno engarzado en oro, donde continuaba una daga de acero, muy bien afilada y al otro extremo una canana dejaba ver el mango nacarado de un 38” especial.
Bajó del caballo, lo ató y se dirigió a la cantina, abrió y entró.
—Buenas buenas —dijo con cara de quien pisa estiércol.
—Buen día don Valente —contestaron a dúo los presentes.
—Comisario, ando buscando al Oviedo. —Miróo al comisario, mientras se sacaba el sombrero—. Parece que anduvo de tomadera.
El comisario suspiró. «Demasiado sabe en qué anda el Oviedo y se hace el desentendido», pensó.
—Está en la última celda de la comisaría —informó sin mirarlo.
—Ah, ya anduvo de piñata este. —Hizo un ademán abriendo los brazos y le habló casi como dando una orden—. Ya vaya y suéltelo que lo preciso, hay que cargar ganado esta tarde y es uno de los más baqueanos.
El comisario miró al cantinero e hizo un gesto con los ojos que el otro comprendió bien, suspiró.
Giró y miró de frente a don Valente.
—Mire, don, yo no soy mandadero de nadie. —Se pausó—. Y voy a soltar al Oviedo cuando yo quiera, esta vez no es solo una piñata.
Don Valente frunció el ceño y se sentó en una butaca en la barra, cerca del comisario y pidió servir la vuelta.
—Bueno comisario, no será para tanto ¿o se cargó a algún cristiano?
