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ELLA SIEMPRE SIGUE LAS REGLAS. ÉL SIGNIFICA ROMPERLAS TODAS. Lila lleva años evitando al doctor Abner. No tanto porque sea una eminencia en su universidad, sino porque Reed es amigo de la familia y se niega a correr el riesgo de que alguien piense que el popular profesor tiene favoritismos. Aunque también está encantada de fingir no conocerle cuando la pilla pinchándole las ruedas a su exnovio. Su plan parece funcionar hasta que acaba haciendo sus prácticas de máster en el centro juvenil que Reed coordina. Entonces comprende que trabajar juntos plantea un gran problema: él es su superior, doce años mayor que ella y amigo de sus padres. Y a medida que comienza a sentir cosas que no debería, Lila se pregunta si enamorarse de él será su peor error. NO PUEDES RENUNCIAR A LA LUZ QUE TE HACE SENTIR VIVO.
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Seitenzahl: 625
Veröffentlichungsjahr: 2025
Índice
Nota de la autora
1. Lila
2. Lila
3. Reed
4. Lila
5. Lila
6. Reed
7. Lila
8. Lila
9. Lila
10. Lila
11. Reed
12. Reed
13. Lila
14. Reed
15. Lila
16. Lila
17. Reed
18. Lila
19. Reed
20. Lila
21. Lila
22. Reed
23. Lila
24. Lila
25. Lila
26. Lila
27. Lila
28. Lila
29. Reed
30. Reed
31. Lila
32. Lila
33. Lila
34. Lila
35. Reed
36. Lila
37. Reed
38. Lila
39. Lila
40. Reed
41. Lila
42. Lila
43. Lila
Epílogo. Lila
Agradecimientos
AVISO DE CONTENIDO
En este libro aparecen escenas explícitas y lenguaje malsonante. También se mencionan cuestiones relacionadas con el maltrato infantil en el ámbito doméstico, así como temas relacionados con una agresión sexual (no hay escenas explícitas ni descripciones). No obstante, en estas páginas no hay abuso de ningún tipo.
Por favor, ten esto en consideración antes de leer.
Título original inglés: The Deepest End of Love.
© del texto: Lisina Coney, 2024.
© de la traducción: Mariona Gastó Jiménez, 2025.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2025
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
Primera edición en libro electrónico: septiembre de 2025
REF.: OBDO996
ISBN: 978-84-1098-908-5
Composición digital: www.acatia.es
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.
A todas aquellas personas que dudan de sí mismas.
Os merecéis toda la felicidad y el éxito
que tanto anheláis. Jamás dejéis que nadie
os diga lo contrario, ni siquiera vosotras mismas.
El lugar más inesperado del amor es el tercero y último libro de la serie The Brightest Light. Puede leerse como obra independiente; sin embargo, quiero que sepáis que sucede treinta años después de la historia que se cuenta en La luz más brillante del cielo (libro 1, donde se narra la historia de los padres de Lila) y trece años después de El lado más oscuro del corazón (libro 2, donde se cuenta la historia de la tía y el tío de Lila). En este libro aparecen spoilers de ambas obras.
Para mí, escribir esta historia ha supuesto llegar a completar una etapa como autora. Espero que El lugar más inesperado del amor os ayude a despediros cariñosamente de Grace, Cal, Maddie, James, Lila y Reed.
Gracias por acompañarme en este precioso capítulo de mi vida. Me muero de ganas de compartir con vosotros lo que venga a continuación.
En memoria de mi perrita.
Espero que, allá donde estés, puedas jugar
con tus amigos perrunos en el parque, haya jamón
y premios a montones, y que puedas dormir
al lado de una chimenea cuando haga frío
(pero no te caigas del sofá como aquella vez).
Te queremos B. Gracias por esos quince años
de amor incondicional.
DICIEMBRE
¿Puede atraerte el cerebro de alguien?
¿Cómo verbaliza lo que piensa, cómo une sus ideas y cómo crea unos conceptos nuevos y esclarecedores?
Cuanto más lo pienso, más convencida estoy de que la sapiosexualidad es muy real y muy injusta.
Real porque nunca jamás, en mis veintitrés años de vida, se me ha pasado por la cabeza que el cambio de la cultura organizativa más allá de la seguridad psicológica fuera un tema de debate seductor. ¿Interesante? Absolutamente. ¿Sexi? No.
E injusta porque Reed Abner, el hombre que acaba de captar mi más absoluta atención, es la última persona que debería hacerlo en toda la universidad.
—Para una cultura de seguridad infantil, hace falta una perspectiva de diseño centrada en el ser humano. —El firme eco de sus zapatos de vestir cuando camina no hace sino ensalzar la seguridad que desprende mientras se adueña del escenario—. No he venido aquí a señalar ni a echarle las culpas a nadie por que las herramientas de salud mental de los sistemas de acogida dejen tanto que desear, aunque me encantaría.
La multitud ríe, a pesar de que su voz no denote diversión alguna. Y, en ese momento, se arremanga la camisa azul cielo que lleva puesta como quien no quiere la cosa…, y juraría que la chica que tengo al lado suspira.
¿He dicho ya que este hombre es el crush de absolutamente cualquier estudiante del campus?
Entonces, la chica en cuestión se retuerce en el asiento y susurra:
—Dios, está buenísimo.
La reconozco porque está cursando el mismo máster que yo, pero no somos íntimas. No es que yo sea la persona más social del mundo, pero quiero pensar que tampoco soy borde con nadie, de modo que le dedico una sonrisa prieta. Que me manden callar durante una conferencia no forma parte de mis planes.
—Me parece increíble que no esté casado. ¿Quién no querría ligarse a un hombre como él? —prosigue la chica, ajena a mi predilección por guardar silencio. Para ser sincera, ni siquiera me está mirando. El hombre subido en el escenario capta la atención de todo el mundo; es como si hubiese hechizado el auditorio al completo, algo que no me atrevería a negar rotundamente—. A mí no me importaría que me hiciera un hijo o dos, oye.
Al oír eso, no puedo evitar arrugar la nariz. Que sí, que el doctor Abner es atractivo. En plan, objetivamente. Lo que piense yo de su exterior, impecable aunque un tanto rudo, es irrelevante. Aun así, no por eso deja de ser menos inapropiado que alguien se ponga a soñar en voz alta con tener hijos con él.
La chica vuelve a hundirse en el asiento y suspira.
—Tienes tanta suerte de conocerlo… Pero tanta…
Se me acelera el pulso y empiezan a sudarme las manos. Nada más oír sus palabras, noto un incómodo peso en el pecho, porque no, no lo conozco; al menos, no demasiado.
Sin embargo, el hecho de que la gente crea lo contrario podría convertirse en un problema.
El eco de la voz del hombre en cuestión vuelve a retumbar en mi mente y consigue que vuelva a centrar la atención en él.
—He venido a hablar de por qué es importante que nos preguntemos qué mejoras necesita el sistema y cómo podemos ayudar a los niños y a sus familias no solo en nuestra comunidad, sino a nivel nacional —concluye el doctor Abner antes de pulsar el pequeño artefacto que tiene en la mano para pasar a la siguiente diapositiva.
Paseo la mano furiosa por la libreta mientras tomo nota de absolutamente todos los conceptos e ideas que salen de su boca como si me fuera el futuro en ello.
Porque, guste reconocerlo o no, Reed Abner es una bestia de los pies a la cabeza.
Doctor en Psicología, investigador de renombre y, seguramente, uno de los académicos más cotizados (si no el que más) de su generación en el campo del bienestar de menores y en el de la acogida.
Se ve que la investigación que está llevando a cabo ahora mismo con el departamento de salud del estado es la que mayor subvención ha obtenido jamás en toda la Costa Este, lo cual podría cambiar las políticas sobre recursos para la salud mental de una forma muy anhelada y sumamente beneficiosa.
Dado su impresionante trayectoria, me lanzaría a cualquier oportunidad que surgiera para poder absorber hasta la última gota de conocimiento que salga de él…
Si no fuera porque es el compañero de trabajo de mi madre.
Y un buen amigo de mis padres.
Y el hombre que debería fingir no conocer cuando estamos fuera del campus por el bien de mi propio futuro profesional.
Me vibra el móvil en el bolsillo, cosa que me saca de mis cavilaciones acerca del doctor Abner. Es un mensaje de Oliver.
Vic acaba de reservar la casa de la playa. Págaselo en cuanto puedas, vale, nena? Luego te devuelvo yo la pasta
—Los talleres pueden ser una buena forma de estrechar lazos familiares y comunitarios —continúa el doctor Abner, pero yo he dejado de escribir.
Siento un incómodo nudo en el estómago. Uno que hace cinco segundos no estaba ahí y que ahora no me deja ni concentrarme ni pensar.
Vuelve a vibrarme el móvil y la incomodidad se me dispara al máximo. Me odio por ello.
«Que es mi novio…».
Como vamos a compartir los gastos entre seis, nos sale barato. Además, no hay más casas alrededor, o sea, que podremos montar un buen fiestón. Todo ventajas
Odio la arena. Odio las fiestas. Odio el alcohol. Odio la maría. Odio a sus amigos.
Pero no odio a Oliver.
—El personal debería poder ofrecer unos servicios excelentes con respeto, responsabilidad y transparencia.
El doctor Abner pasa a otra diapositiva del PowerPoint, pero los pensamientos que me tenían atada a su presentación se han descarrilado hace rato. Echo las notas a un lado y respondo rápidamente.
La cena en el crucero aún sigue en pie, no?
Hace unos meses, una de mis profesoras del máster en Psicopedagogía sugirió que hiciera prácticas en un campamento de verano en Maine. Me animé enseguida. La mujer me dijo que el coordinador del campamento tenía buenos contactos en un par de prestigiosas asociaciones juveniles y que si hacía un buen trabajo él mismo me escribiría una carta de recomendación; eso me abriría muchísimas puertas.
Sin embargo, cuando se lo comenté a Oliver, con quien llevo saliendo dos años, no se mostró tan entusiasmado.
—¿Vas a currar en verano? ¿Otra vez? Dios, Li. Es que nunca haces nada divertido. Menos mal que te quiero, porque no es que seas el alma de la fiesta, precisamente.
Al acordarme de sus palabras, trago saliva. Oliver me podría haber dicho lo mismo un día antes o un año antes, que habría seguido teniendo razón. Para ser el alma de la fiesta, tendría que ir a alguna, y apenas lo hago. Lo de ir de fiesta, digo. Lo de ser el alma de la fiesta jamás ocurre.
Yo prefiero quedarme en casa, pero él siempre quiere salir. ¿Tan aburrido es que anteponga mi carrera a lo demás? ¿Que quiera seguir los pasos de mi madre y ayudar a aquellos que lo necesitan?
—Claro que no es aburrido, nena —me decía cada vez que teníamos esta misma conversación—. Pero es nuestro último verano antes de convertirnos en adultos de verdad, con curro y mierdas de esas. Haz algo divertido conmigo por una vez.
Y cada vez me callaba y evitaba mencionar que yo ya tenía trabajo. Llevo un par de años escribiendo artículos para una famosa página web de alumnos. Aun así, para Oliver, escribir sobre consejos para estudiar o acerca de «cómo saber si una carrera es para ti» desde mi sofá no es un trabajo serio, de modo que cuando le digo que no, que no puedo escaquearme del trabajo cuando me apetezca, no lo entiende.
—Llevamos dos años intentando alquilar esta casa en Carolina del Sur y por fin vuelve a estar disponible —me comentó hace unas semanas—. Mira las fotos. ¿Mola, a que sí? Por favor, no me seas aburrida y dime que vendrás.
En cuanto vi el jacuzzi exterior y la piscina infinita, comprendí por qué estaba siempre alquilada. Cierto: se me iba un poco de presupuesto, pero si escribía unos cuantos artículos más este mes, podría permitírmelo. Estaba a puntísimo de aceptar cuando vi las fechas en las que tenían previsto reservarla.
—Las prácticas en el campamento de verano empiezan la misma semana —musité, y se me encogió el corazón al oír el gruñido de Oliver.
—Ya encontrarás otras prácticas, nena —argumentó—. ¿Cuándo vamos a poder alquilar esta locura de casa otra vez? Piénsalo.
No, si ya lo pensaba, pero no estaba del todo convencida hasta que Oliver añadió con una sonrisa socarrona:
—Además, también iremos a la cena esa en el crucero al atardecer. Será romántico. ¿Cuándo fue la última vez que hicimos algo romántico?
Cenar en un crucero sí que sonaba como un sueño del que no querría despertar. Así que, ahora, al leer su respuesta, se me achica el corazón.
Mis amigos quieren que hagamos cosas juntos. En plan, todos. Ya veremos qué hacemos con lo del crucero
Me he pasado años dejándome la piel para sacar las mejores notas y conseguir las mejores oportunidades que me guiaran hacia el futuro que siempre he soñado: ser orientadora infantil. Primero en el insti, luego con la carrera en Psicología y varios cursos más que he hecho y, ahora, con el máster. Si no te esfuerzas y no eres una persona disciplinada, es imposible mantener una media de sobresaliente, aunque tal vez me haya dejado absorber demasiado por los libros.
Ya ni me acuerdo de la última vez que salí con mi mejor amiga, Mariah. Ni con Oliver, ahora que lo pienso.
Hace un par de semanas pensaba que irme unos días a esa casa en la playa con Oliver y sus amigos tampoco estaría tan mal. A lo mejor no es bueno sentirse así, pero me da miedo que Oliver y yo nos distanciemos si sigo sin ser el alma de la fiesta.
Así que acepté.
Me despedí de las prácticas de verano que tanto me moría por hacer y prioricé salvar mi relación. Solo para que venga él y me diga que lo único que quería yo que hiciéramos los dos como pareja no va a suceder.
Algo pesado y afilado, muy parecido a la traición, se me va abriendo paso por el pecho mientras respondo a Oliver, pero ignoro dicha sensación.
Qué estás haciendo?
Estudiando en la resi de Kev. Vendrás a casa después de la charla esa?
No, me iré un par de horas a la biblio para avanzar con el trabajo de fin de máster. Buena suerte con tu proyecto
Me remuevo en el asiento en un intento por convencerme de que hice bien al no solicitar las prácticas en el campamento de verano. Que irme con Oliver y sus amigos a Myrtle Beach no será el fin de mi carrera. No. Lo. Será.
Puede que ya hayan cerrado el plazo para solicitar prácticas de verano (incluidas las del campamento), pero la Universidad de Warlington ofrece un montón de prácticas a los alumnos de máster. Todo se andará.
Algo encontraré. Seguro. Cuando esté en la biblio, miraré qué alternativas hay.
—Por desgracia, solo nos da tiempo para una pregunta más.
Levanto la cabeza de inmediato hacia el escenario y hacia el hombre que se ha adueñado de él. Y, en cuanto cruzamos miradas, como tantas otras veces ha ocurrido antes, sé que no son imaginaciones mías.
Sin apartar esos profundos ojos marrones de los míos, pregunta:
—¿Alguien tiene alguna pregunta relevante?
Varias personas han levantado un poco más las manos. Los hay que incluso agitan el brazo para llamarle la atención.
«Me vendría bien para el TFM preguntarle cómo se tratarán las cuestiones de educación sexual con su modelo».
«Es una oportunidad increíble para obtener una respuesta directa de una de las personalidades más eminentes del ámbito de la Psicología».
Pero no me reaccionan ni la mano ni la boca, y el doctor Abner aparta la mirada de mí y señala a un alumno que hay en la primera fila.
Esperaba sentirme aliviada al no encontrarme bajo su silencioso apremio, pero se me encoge el corazón.
«No. Has hecho lo correcto».
En la Universidad de Warlington hay quienes han oído hablar de los libros infantiles que coescribe el doctor Abner con mi madre. Los hay que incluso me han preguntado si podría darles su número, como si yo fuera a tenerlo.
Bastante duro es ya ser una mujer joven en el mundo académico; no quiero tener que lidiar con cuchicheos sobre si recibo un trato de favor u oportunidades distintas porque cierto profesor trabaje con mi madre. Si algo tiene que ver con el doctor Abner, lo último que quiero yo es llamar la atención.
Da igual que solo sea un profesor de la universidad, que no mi profesor. Para algunos, una cosa no dista en nada de la otra.
Puede que la revisión bibliográfica de mi TFM esté repleta de artículos académicos suyos y también puede que haya visto las charlas que tiene en Internet una o dos veces (o setenta), y puede que mis padres hablen de él cada dos por tres. Pero yo, Lila Callaghan, no tengo nada que ver con él.
Y espero que la gente que me rodea lo vea igual.
Tras una larga ovación al final de su charla, el auditorio empieza a vaciarse. Mientras espero a que se vayan los asistentes de las últimas filas, la traicionera de mi mirada baja hacia el final del escenario, donde lo abordan varios profesores y alumnos.
Es tan pero que tan alto que hasta puedo verle su áspera y cincelada mandíbula y aquellos ojos de mirada severa que…
Mierda.
Volvemos a cruzar las miradas y el tiempo se detiene a mi alrededor.
Cuando arquea una inquisitiva ceja, el corazón me hace una especie de pirueta rara, pero no por ello dejo de arquear yo también la mía.
Una pregunta muda.
Un reto.
«Pero ¿qué estoy haciendo? Aléjate de él».
Agacho la cabeza y agarro la libreta con fuerza mientras me marcho del auditorio sin volver la vista atrás.
Lo único que debería atarme a Reed Abner es escuchar sus discursos y tomar notas. Y es lo único que lo hará.
Qué pena que la vida tenga planeado algo distinto.
De pequeña, soñaba con encontrar un amor como el de mis padres.
Se conocieron cuando mi madre tenía más o menos mi edad, un día que se pasó por el estudio de tatuajes de mi padre para tatuarse algo importante a modo de recordatorio.
Ese día no acabó haciéndose el tatuaje, pero eso dio igual: ellos no lo sabían, pero acababan de conocer a su alma gemela.
Siempre me ha parecido interesante el concepto de las almas gemelas. El hecho de que, ya sea por casualidad o por antojo del destino, conozcas a alguien aparentemente insignificante que acabará convirtiéndose en tu universo.
—Yo no sabía que acabaría casándome con tu padre —me decía mi madre cada vez que le pedía que me contara cómo se habían conocido—. Lo que sí sabía era que no podía dejar de pensar en él. Siempre acabábamos encontrándonos en una parte u otra, y tu padre me aportaba una sensación de… familiaridad.
Como si lo conociera de toda la vida.
—¿Cómo supiste que papi era tu alma gemela? —le preguntaba yo siempre y aguantando la respiración hasta que ella me daba una respuesta que, actualmente, sigue pareciéndome mágica.
Mamá me sonreía con la más absoluta adoración y contestaba:
—Porque me llenaba el corazón de una luz muy brillante. Y yo sabía que no quería pasar un día más sin él.
Años más tarde, cuando conocí a Oliver (mi primer y único novio), esperé a que el corazón se me llenara con esa luz tan brillante de la que mamá siempre hablaba. Lo único que notaba en mi interior era el aleteo de unas mariposas en el estómago, pero pensé que era suficiente. Oliver me gustaba, tal vez algún día conseguiría quererlo y, más adelante, ya aparecería la luz.
Ahora que han pasado dos años, por fin entiendo por qué mi corazón sigue apagado.
Porque, a diferencia de mis padres, el amor que yo había encontrado tal vez no fuera amor.
—¿Qué narices…? —digo por lo bajo al frenar.
Cuando he llegado a la biblioteca después de la conferencia del doctor Abner, me he dado cuenta de que se me había muerto el ordenador y que me había olvidado el cargador en casa.
Como tengo la agenda apretadísima y voy con prisas, casi ni lo veo.
El coche de Oliver.
En nuestra entrada.
Aparco en el otro lado de la calle, unas cuantas casas más allá del apartamento que compartimos, y pesco el móvil del bolso. Releo nuestra conversación y llego a la conclusión de que no, no son imaginaciones mías.
Estudiando en la resi de Kev. Vendrás a casa después de la charla esa?
Estudiando.
En la resi de Kev.
Entonces, ¿por qué tiene el coche aparcado delante de nuestro apartamento?
—Relájate. Seguramente, haya terminado antes —mascullo para mis adentros en vano, porque me tiemblan los dedos mientras le mando otro mensaje.
Qué tal el estudio?
Inhalo profundamente por la nariz y me llevo la mano al pecho. El corazón me va a mil.
«Igual este no es su coche y soy solo yo que me estoy imaginando cosas».
«Aunque ¿quién más tiene una pegatina en el parachoques en la que pone “Haced tacos, no la guerra”?».
«Además, me sé su matrícula de memoria. Y es esta».
Tengo que tranquilizarme. Yo he cambiado de planes; igual él también. No tengo motivo para reaccionar tan exageradamente, pero es que tampoco consigo ignorar la sensación que se me está arremolinando en el estómago y que me advierte de que algo anda muy mal.
Al cabo de poco, cuando leo su respuesta, siento que me mareo:
Estoy a punto de irme de la resi de Kev. Tengo que ir a casa a por la bolsa del gimnasio. Logan me recogerá luego porque voy justo de gasolina, pero puedo decirle que paremos un momento en la biblio para darte un beso
Al ver que Oliver me está mintiendo sin razón aparente, empiezo a temblar de los pies a la cabeza.
«Está escondiendo algo. ¿Por qué iba a mentir, si no?».
Mientras espero a que pase algo, lo que sea, maldigo para mis adentros el hecho de haber pasado de mi padre cuando me dijo que no le gustaba Oliver para mí. Se mostró en contra de que fuéramos a vivir juntos hace un mes, pero no le hice caso porque pensé que simplemente estaba siendo el papá oso sobreprotector y exageradamente dramático que tiende a ser.
Debería haberle escuchado.
Cuando la puerta del edificio se abre unos minutos más tarde, aún sigo temblando.
En cierto modo, ya me lo esperaba. Aun así, cuando veo a Oliver, mi exnovio, con una chica que no conozco y que está agarrándole el brazo y la acompaña a un coche que queda por ahí cerca, entro en shock, se me parte el corazón y me siento asqueada.
Y, como debe de encantarme sufrir, me quedo mirando cómo la apoya de espaldas al coche y sus cuerpos se pegan el uno al otro mientras la besa.
Cuando ella hunde las manos en los rubios rizos de Oliver, cierro los ojos.
A cada milisegundo que pasa me odio mil veces más.
Porque he perdido dos años con el patético y falso de este tío.
Porque renuncié a mis prácticas de verano por él, porque me dijo que no pasábamos suficiente tiempo juntos.
Puede que sea cosa de mi cerebro, que esté intentando encontrarle algo positivo a todo esto. Sin embargo, en cierta forma (por extraño y rebuscado que parezca), ahora que tengo una razón válida para dejarlo, me siento aliviada.
Oliver nunca ha tenido ambiciones reales más allá de salir de fiesta con sus amigos, lo cual nunca ha encajado bien con mis ganas de llegar a lo más alto en mi campo. Pensé que necesitaba tiempo para aclararse, porque todavía somos jóvenes, pero han ido pasando los meses y él todavía tiene que dar señal alguna de qué rumbo quiere tomar. Era algo que me molestaba de verdad y, a lo largo de las últimas semanas, he empezado a cuestionarme si no mereceré algo mejor. Si no mereceré a un hombre que cuide tanto de sí mismo como de mí. No obstante, siempre he llegado a la conclusión de que estaba siendo demasiado inflexible e injusta con él. Que tenía que ser paciente.
A la mierda.
Sí que me merezco algo mejor. Debería de haber sido lo suficientemente fuerte como para romper antes con él; como para quitarme la venda que me tapaba los ojos y verlo por cómo es en realidad.
Ahora sé que nunca sentiré la presencia de la luz esa que tanto perjura mamá que sentimos cuando conocemos a la persona indicada. Porque yo nunca me enamoré de Oliver; me enamoré del potencial que creía que podía tener. Y eso es culpa mía y de nadie más.
El enfado corretea por mis venas. Estoy cabreada con él por ser un mentiroso y por haberme puesto los cuernos, y estoy enfadada conmigo misma por ser tan idiota y testaruda.
Sigo inmóvil hasta que la chica arranca y él vuelve a entrar en casa. A continuación, tomo unas cuantas bocanadas de aire y me calmo antes de bajar del coche.
A pesar de los ejercicios de respiración, en los cinco minutos que tengo que andar hasta el edificio donde vivimos, me entran náuseas. Subo en ascensor al tercer piso y me tintinean las llaves en los dedos porque me tiemblan las manos. Ahora que lo he pillado metiéndole la lengua hasta la campanilla a otra, no sé ni cómo mirarlo.
Me planteo llamar a Mariah, mi mejor amiga (que me diría que le diera una patada en el culo), o a mi tía Maddie (que me diría que tomara una profunda bocanada de aire y le hiciera el vacío a Oliver), o incluso a mi tío James (que lo mataría directamente) para que me den consejo. Pero entonces oigo el sonido del ascensor al llegar y tengo clarísimo lo que debo hacer.
Porque ya he malgastado dos años con él y no pienso malgastar ni un segundo más.
—¿Nena? —oigo la voz confundida de Oliver mientras abro la puerta—. Pensaba que estabas en la biblio.
Sale del baño, descamisado y con una camiseta de deporte en la mano. Cuando lo miro, siento un vacío en el corazón.
Si me lo hubiesen preguntado hace un año, habría dicho que me veía casándome con Oliver. Tal vez. A la larga. Si él madurase un poco y empezase a tomarse la vida adulta un poco más en serio… ¿Cómo puedes pasar de querer a una persona a no sentir nada en absoluto en cuestión de segundos? ¿Así, sin más?
«Tal vez porque en el fondo nunca lo quise».
Mis padres encontraron el amor hace muchísimo tiempo, y, por algún motivo, me autoconvencí de que yo también lo había encontrado. Que mi primer novio sería el definitivo porque a mi madre le había ocurrido, y ella es la persona a quien más admiro en el mundo.
Ignoro todas las red flags que tengo justo frente a las narices porque así es más fácil. Porque así sufro menos. Y ahora me toca acarrear con las consecuencias.
—Eh, ¿estás ahí? —Al ver que no le respondo, Oliver arruga la frente—. ¿Qué haces en casa? Pensaba que…
—¿Has estudiado mucho, hoy? —lo corto con tono monocorde, a pesar de que el corazón me late descontrolado de una forma para nada agradable.
—Eh… Sí, ¿por?
—Porque me has mentido. Tenías el coche aquí y me has dicho que estabas en la resi de Kev.
El tío tiene la desfachatez de mirarme directamente a los ojos:
—Vale, sí, no he ido a la resi de Kev. ¿Y qué? He ido a casa de Jared a echar unas partidas de videojuegos y acabo de volver. No te lo he dicho porque ya sabes que no voy muy bien en algunas clases y no quería que te enfadaras conmigo. Siento haberte mentido, nena.
En parte me parece imposible que esto sea real. Es como si toda esta pesadilla no fuese más que una broma de mal gusto. Porque no puede ser que Oliver se piense que me chupo el dedo.
—¿Y los cuernos también me los has puesto con Jared o es que lo de verte besando a otra hace cinco minutos han sido imaginaciones mías?
No lo había visto guardando tanto silencio en la vida.
—Lila…
—Te he visto besándola, Oliver. —Odio que me tiemble tanto la voz al responderle. Odio haberlo aguantado mientras él subestimaba mis prioridades sin parar; total, para nada—. Ni se te ocurra intentar negarlo. Se acabó.
Suelta un taco por lo bajo antes de apresurarse a ponerse la camiseta y preguntarme:
—¿Podemos hablar de esto luego? Logan está a punto de llegar.
—O sea, ¿que lo reconoces? ¿Reconoces que me has puesto los cuernos? —le pregunto con la barbilla bien alta porque no se merece que me venga abajo ahora.
Se le hunde el pecho al suspirar. Y suspira molesto, que no triste.
—Ha sido solo un beso, hostia. —Se pasa las manos por el pelo—. No ha significado nada. Si me dejaras explicártelo…
—No me interesa saber cuáles son las razones que, según tú, justificarían serle infiel a alguien —lo corto, y el enfado que notaba en la boca del estómago empieza a arder y a consumirme toda la paciencia a su paso—. ¿Cuánto tiempo llevas con ella?
—Yo qué sé, Lila. ¿Un mes? No tengo ni puta idea.
Como no soy tan tonta como para creerme cualquier cosa que le salga de la boca ahora mismo, enseguida me doy cuenta de que da igual que lleve así un mes o seis. Me ha puesto los cuernos. Punto. Si algo no estoy dispuesta a perdonar y a olvidar es que me sean infiel.
Le llega una notificación al móvil y dice:
—Logan está abajo. Lo acabamos de comentar cuando vuelva del gym, ¿vale, nena?
—No me llames «nena». ¿En serio piensas ir al gimnasio ahora, largarte en mitad de esta conversación?
—Ya lo arreglaremos. —Pilla la bolsa de deporte y hace ademán de plantarme un beso, pero yo retrocedo—. ¿Qué pasa?
—¿Estás de puta broma o qué? —levanto la voz aunque sé que no debería. Nunca me doy el gusto de perder los nervios, pero es que con cada palabra que sale de su boca se me va escapando más y más el control—. Has be-sa-do a otra y, teniendo en cuenta que la has traído a nuestro piso, seguramente también hayáis hecho otras cosas. ¡Que te dejo! Y, ya que estamos, olvídate de seguir viviendo aquí, que la que paga el alquiler enterito soy yo.
Al oír eso, frunce el ceño y señala:
—Vivo aquí. ¡No puedes echarme!
—La que está pagando tanto tu parte de alquiler como la mía soy yo —contraataco. Suerte que escuché a mi padre cuando me dijo que cogiera un arrendamiento mensual para poder dejar el apartamento en cuanto quisiera—. Tú no pagas ni las facturas. Dijiste que cuando encontraras trabajo contribuirías, pero no veo que estés buscando nada. Estoy harta de tanta vagancia y excusas baratas. ¿En qué momento se te ha ocurrido pensar que voy a dejar que te quedes aquí de gratis?
Hasta dudo que yo vaya a quedarme aquí, aunque esto signifique que tal vez tenga que volver a vivir con mis padres. Este piso me trae demasiados recuerdos amargos y no tengo la energía necesaria como para reemplazarlo con otros más bonitos.
—Vaya huevos —dice casi gritando y tirándose del pelo por detrás—. Tenía necesidades físicas que tú no satisfacías. Fue solo una vez.
«Necesidades físicas».
Conque por ahí va a encauzar la conversación.
—¿Y qué? ¿La culpa de que me hayas puesto los cuernos la tengo yo por no haberme acostado contigo siempre que a ti te apetecía?
—Yo no he dicho que sea tu culpa.
—Claro que sí.
—¿En qué momento?
¿Es un manipulador de primera o es que es tonto de remate de verdad?
—Acabas de decir que necesitabas enrollarte con alguien porque tenías necesidades físicas que yo no satisfacía —argumenté; se me estaba agotando la paciencia—. Eso da a entender que, si yo hubiese querido acostarme contigo todas las veces que a ti te picaba abajo, no habrías sentido la necesidad de quedar con otra a mis espaldas. ¿Sabes qué es esto, Oliver? Ser un cabrón.
—No es justo —me rebate—. Me estás pintando de adicto al sexo.
Me pellizco el puente de la nariz e inhalo profundamente, agotada.
—Hay que ser un experto de narices, Oliver, para ponerle los cuernos a tu novia e ir de víctima.
—Es que soy la víctima.
—¿De qué? ¿De la estupidez?
Durante los siguientes segundos, ninguno de los dos dice nada. El ruido de los coches al pasar fuera del apartamento y la respiración pesada de ambos van llenando este incómodo silencio. Estoy a punto de ceder y decirle que estoy demasiado cansada como para seguir discutiendo cuando Oliver vuelve a hablar.
Y firma su sentencia de muerte.
—Sí, Lila, tenía necesidades. Supongo que tendré que disculparme por querer follar con mi novia. No es mi problema que siempre tengas cosas mejores que hacer que prestarme atención —refunfuña con un repentino tono cortante que me deja pasmada—. Crees que eres un partidazo porque te va bien en la uni. La alumna perfecta, la niñita mimada y santurrona que nunca hace nada mal. Siempre en busca de la perfección, cueste lo que cueste. Bueno, pues ¿sabes qué?, que te has cargado nuestra relación. Tú . Espero que no sea demasiado para tu pequeño y frágil ego.
«¿De dónde sale todo esto?».
—Vete con Logan, Oliver —le digo con un tono de voz menos firme que antes, cosa que detesto—. Déjame en paz.
—Tsss —suelta tecleando algo en el móvil mientras habla—. A ti solo te importa tu futuro. Lila, la eterna redentora. Siempre he pensado que no pintas nada haciendo de orientadora infantil. Eres una princesita privilegiada que ha tenido unos padres que la quieren, una infancia increíble, acceso a la educación y todo lo demás, joder. ¿Qué sabrás tú de problemas? Sé sincera contigo misma y acepta que, si quieres ayudar a los niños, es solo para poderte sentir importante.
El enfado que noto en mi interior se convierte en un volcán en erupción. Y, a pesar de que sus palabras me hieren la fragilidad que habita en mí y hace que se me tambalee la confianza que tengo en mí misma, no dejo que lo vea.
—Buen intento de hacerme sentir mal porque me importe más mi carrera de lo que me has importado tú jamás.
Me tiembla el cuerpo, y eso no puedo escondérselo, pero es que ya me da igual.
—Puta mierda —escupe, y yo me quedo inmóvil donde estoy. Nunca me ha hablado así—. ¿Y luego te preguntas que por qué te he puesto los cuernos?
Cuando pasa por mi lado, ni me muevo ni digo nada. A la que agarra el pomo de la puerta, oigo que dice:
—Estoy harto de tantas gilipolleces.
Pega tal portazo que incluso las paredes tiemblan.
Me envuelve el silencio, acompañado de las llamaradas de rencor que han despertado sus despiadadas palabras.
Yo siempre he sido una persona apacible y que evita el conflicto a toda costa. Pero ¿hoy?
Hoy esa Lila Callaghan ha desaparecido.
Me ha puesto los cuernos.
Me ha echado la culpa a mí.
Me ha mentido a la cara.
Me ha insultado.
Los pies empiezan a movérseme antes de que me dé cuenta de adónde voy ni de lo que voy a hacer. Pierdo el juicio por completo y me hundo en un pozo de traición y bochorno.
No hay hombre en el mundo que me falte al respeto de esta forma y se salga de rositas.
Desconecto el router de la pared del salón y me lo meto en la mochila. ¿Tantas ganas tiene de quedarse aquí? Pues a ver cuánto dura sin wifi.
Y a ver cuánto dura cuando el piso huela a vertedero.
No pienso; simplemente, actúo. Abro la nevera y cojo un trozo de pescado que pensaba preparar hoy para cenar. «El sacrificio vale la pena».
Entro iracunda en nuestro antiguo cuarto con la mente nublada por la rabia. Al ver las sábanas arrugadas, siendo plenamente consciente de que he dejado la cama hecha antes de marcharme esta mañana, las náuseas hacen que se me remuevan las tripas.
«Céntrate. No pienses en él y en la chica esa».
Me basto del dolor que me acuchilla el corazón para llenarme de energía. Abro su cajón de ropa interior y meto el pescado dentro.
A continuación, cojo la maleta y empiezo a llenarla con lo que tengo en el baño. Por suerte, como hace poco que vivimos aquí, lo tengo casi todo en casa de mis padres. Sin embargo, al tener tan pocas cosas que guardar, me van viniendo ideas a la mente.
Acabo tirándole el cepillo de dientes en el retrete porque… ¿por qué no?
Vacío su botella de colonia cara y todos sus productos para el pelo en el fregadero porque sí.
Y le corto el cable del cargador del móvil por la mitad con unas tijeras porque menudo cabrón.
Platos, vasos y cubiertos desaparecen de los armarios y acaban en las cajas que utilizamos para la mudanza y que Oliver todavía no ha tirado, aunque me aseguró repetidamente que ya lo haría.
Voy guardando mi ropa en piloto automático. Como alquilamos el apartamento amueblado, no tengo que preocuparme ni por la tele, ni por el sofá ni por la cama.
Mi idea de la venganza es superinfantil (nunca he sido vengativa, o sea, que estoy un poco oxidada en este aspecto), pero sigue siendo mejor que dejar que el tío no pague por lo hecho. Ojalá pudiera hacer algo más (ahora mismo, meter otro pescado en el conducto de ventilación me parece una idea fascinante), pero no debo olvidar que el nombre que aparece en los documentos del alquiler es el mío. No me merece la pena acabar mal con el casero.
Consigo meterlo todo en el coche en menos de media hora. Llevo la última caja con cubiertos y algunos platos hasta el maletero y siento que la traición aún me arde en el pecho. Eso explica lo que hago a continuación.
Puede que dentro de diez segundos me arrepienta de ello, pero, ahora mismo, la venganza me sabe fenomenal.
Oliver siempre se queja de que no tiene el dinero suficiente para pagarme su parte del alquiler, pero si algo no se pierde nunca son las fiestas del viernes por la noche con sus amigos. Siempre le pide a los demás que lo lleven en coche porque no puede permitirse pagar la gasolina, pero le he encontrado maría en el cajón en varias ocasiones. Parece tener las prioridades bastante claras, y yo ya estoy hasta el moño.
¿Que no puede permitirse pagar el alquiler o poner gasolina? Sumémosle un neumático a la lista.
Empieza a lloviznar y unas finas gotas de agua humedecen mi rubia melena mientras pillo un cuchillo de cocina de la última caja que he metido en el coche y lo clavo en un neumático derecho del coche de Oliver. Se deshincha en el acto.
—Jódete —musito por lo bajo.
Estoy temblando y me siento absolutamente impotente. Y entonces me resbala una sola lágrima mejilla abajo.
«Ay, Dios. ¿Qué he hecho?».
Una mezcla de culpa, rabia y frío me cala hasta los huesos.
Yo no soy así. Yo no hago estas cosas.
Yo no me vengo de la gente. No dejo que las decisiones ajenas me afecten tanto como para acabar perdiendo el control.
A mí me educaron mejor, leches.
No oigo el coche que se detiene justo delante de mi edificio hasta que ya es demasiado tarde.
Y, a través de la lluvia fina, cruzo la mirada con el último hombre a quien me conviene o quiero ver en este momento.
¿He dicho ya que todavía tengo el cuchillo de cocina en la mano y que sigo al lado del neumático deshinchado de Oliver?
Reed Abner, profesor en la Universidad de Warlington y buen amigo de mis padres, me mira de arriba abajo.
«Joder…».
—Súbete al coche, Lila.
La primera vez que conocí a Lila Callaghan, no la conocí como tal.
Grace la mencionó durante la primera reunión de trabajo que tuvimos, al igual que haría cualquier madre o padre orgulloso de su hija, pero yo a duras penas le presté atención.
Me quedé con que estaba estudiando Psicología porque yo mismo estudié esa carrera, pero ya está.
Puede que al decir esto parezca un capullo de campeonato,
pero eso de desconectar en cuanto la gente se pone a hablar de sus familias me sale natural. He aprendido que, cuanto menos interés demuestre y menos preguntas haga, menos probabilidades hay de que los demás me pregunten por mi vida personal.
Las conversaciones triviales no son lo mío. Y menos cuando tienen que ver con mi familia.
En realidad, a duras penas sabía nada de Lila Callaghan hasta que me llamó brevemente la atención el año pasado. Una tarde estaba mirando las redes sociales cuando me fijé en una publicación de Grace y, en concreto, en el artículo que había vinculado al post.
Estoy orgullosísima de mi hija y de todo lo que ha logrado con solo veintidós años. Siento sonar como la típica madre pesada que le hace caer la cara de vergüenza, pero quería compartir su último artículo, «Los efectos del trauma infantil en los últimos años de escolarización», galardonado con el Premio a la Investigación de Warlington en el Periódico Científico de Warlington. ¡Su padre y yo no podríamos sentirnos más orgullosos!
Entré en el enlace en un acto reflejo. Y entonces acabé redirigido a uno de los artículos académicos más increíbles que había leído en toda mi vida.
Fui leyéndolo línea a línea, esperando con ansias la siguiente palabra, el siguiente concepto, la siguiente conclusión. No me hizo falta llegar a la última página para saber que esta chica tenía un conocimiento del tema inmenso para su edad y para la educación que había recibido hasta la fecha.
Aquel artículo le pasaría la mano por la cara a la gran mayoría de trabajos de fin de máster.
A pesar de mi asombro momentáneo hacia su inteligencia, salí del navegador y dejé el tema ahí. Cuando hablamos del siguiente libro con Grace, jamás le comenté nada. Tampoco perdí el tiempo buscando información sobre Lila porque tenía cuestiones más apremiantes de las que ocuparme.
Al cabo de unos meses, la conocí en persona por primera vez e intercambiamos un total de dos palabras (un hola y un adiós), al igual que ocurrió la segunda y la tercera vez que compartimos espacio.
Siempre me ha evitado la mirada y nunca ha parecido especialmente interesada en mi presencia, a pesar de que la he visto en absolutamente todas y cada una de mis charlas. Sin embargo, nunca he sentido tanta curiosidad como para preguntarle por qué.
Aunque ahora sí que estoy intrigado.
Porque ¿qué narices hace la hija de Grace y Cal con un cuchillo de cocina en la mano al lado de un coche con un neumático deshinchado?
—No es lo que parece —suelta con un nervioso centelleo en los ojos.
Arqueo una ceja como si nada, a la vez que apoyo el brazo en la ventanilla bajada del coche.
—O sea, que a quien acabo de ver rajando ese neumático con un cuchillo no eras tú.
Traga saliva con fuerza.
—Nope. Sería un espejismo.
Enarco aún más la ceja.
—Vale. —Suspira con pesadez y se le hunden los hombros—. Sí es lo que parece. Pero que conste que ya me siento fatal por haberlo hecho. Y no porque él no se lo mereciera, sino porque yo no hago estas cosas.
Él. Interesante.
—Me alegra saber que no vas vandalizando coches por ahí.
Me fulmina con la mirada y tengo que contenerme con todas mis fuerzas por no sonreír.
—Voy a dejar el cuchillo —me informa mientras camina lentamente hacia el maletero de su coche y lo mete dentro de una caja de cartón.
Sigue con las manos levantadas en alto para que pueda vérselas, como si yo fuera un poli.
Entretenido estoy un rato, la verdad.
—Genial. Ahora que mis neumáticos se han librado de tus impulsos asesinos, ¿te subes a mi coche?
Entrecierra los ojos con recelo y pregunta:
—¿Y eso por qué?
—Porque está lloviendo.
—Ya me he mojado —aclara. Le paso la vista un milisegundo por la camiseta empapada y entonces recuerdo con quién estoy hablando—. Y tengo mi propio coche. Puedo conducir yo sola. De hecho, debería marcharme porque…, ya sabes, el neumático.
Me froto la mandíbula.
—¿Sabes lo más gracioso? Que voy de camino a una reunión telefónica de trabajo con tu madre para editar su próximo libro.
Me fulmina aún más con la mirada.
—No sabía que fueses un chivato, doctor Abner.
—Llámame Reed. —Desbloqueo la puerta del copiloto para invitarla a sentarse, aunque no lo hace—. Métete en el coche, Lila. Por favor.
—No, gracias.
La cosa es que Lila y yo no nos conocemos. No quedamos, no interactuamos… Nada. De hecho, no sería la primera vez que tuviera la impresión de no caerle demasiado bien. No solo porque siempre evite el contacto visual y nunca haya venido cuando sus padres me han invitado a cenar, sino porque también asiste a todas mis conferencias, pero sigue negándose a hablar conmigo sobre mi línea de investigación o a hacerme preguntas, como hoy.
No me sorprende que titubee sobre si subirse o no a mi coche. Lo que sí me sorprende es que sea yo quien sale del vehículo, dejando que la lluvia me pegue la camisa al cuerpo.
—¿Qué haces? —me pregunta con algo de escepticismo en la voz mientras me mira el pectoral en un movimiento de ojos tan rápido que incluso pienso que me lo he imaginado.
—Quiero hablar contigo. —Intento no pararme a pensar en que soy mucho más alto que ella ni en por qué importa eso, para empezar—. Sobre todo acerca de por qué acabas de rajarle el neumático a alguien.
La culpabilidad se adueña de su rostro.
—Creo que se me ha ido un poco la olla.
Sigue lloviznando, pero ninguno de los dos busca cobijo.
—Has dicho que él se lo merecía. ¿Quién es ese él? —insisto.
La gente no suele ir por ahí rajando neumáticos ajenos (y menos una persona lista y con una buena red de apoyo familiar) y no pienso marcharme de aquí sin saber el porqué.
Lila mira a nuestro alrededor, como si esperara que alguien fuese a salir de en medio de los arbustos en cualquier momento, y vuelve a reposar sus ojos de color avellana en mí.
—Doctor Abner, de veras que no creo que…
—Reed —la corto.
Me ignora.
—No creo que lo más adecuado sea mantener esta conversación ahora mismo.
Al oírla decir eso, arrugo la frente y le pido:
—Explícate.
A juzgar por la impaciencia que entreveo en su mirada, yo mismo debería de saberlo ya sin haber tenido que preguntárselo.
—Porque eres un profesor y yo soy una alumna. No deberíamos de hablar de cuestiones que no sean estrictamente académicas.
No acabo de entender el nerviosismo que percibo en su voz.
—No soy tu profesor. Y, si quieres que nos pongamos técnicos, solo enseño un par de seminarios de doctorado. Soy más investigador que otra cosa.
Me da la sensación de que eso ya lo sabe, pero se limita a encogerse de hombros.
Al verla temblar, decido que ya he tenido suficiente.
—Te vas a resfriar. —Me planteo pillar la chaqueta del coche hasta que me doy cuenta de que eso no cambiaría nada. Ya está empapada—. Si no quieres contármelo todo, no pasa nada, pero dime si estás en peligro o si alguien te ha hecho algo.
—Estoy bien. A ver, bien bien no estoy, pero no estoy en peligro. Es… —Traga saliva y se abraza a sí misma—. Es mi novio. Exnovio. Acabo de enterarme de que me ha puesto los cuernos; luego me ha dicho algunas cosas desagradables que no me han sentado bien. De ahí que le haya rajado el neumático y… demás.
—¿Cosas desagradables? —repito, y siento cierta preocupación en el estómago, algo que no me resulta para nada familiar.
Ella hace un gesto con la mano como para quitarle importancia al asunto.
—Da igual —dice.
—¿Qué más has hecho?
—Puede que le haya escondido un pescado crudo en el cajón de la ropa interior y le haya tirado el cepillo de dientes en el retrete. No me paga su parte del alquiler, o sea que, técnicamente, cuenta como compensación, ¿no? Tampoco es ningún delito.
—Lo del neumático puede que sí.
Empalidece.
—¿Vas a denunciarme?
«Ni de broma». Me cruzo de brazos y me cuadro de hombros.
—Si dices que se lo tenía merecido, me lo creo. Yo no he visto nada.
Se le relajan los hombros, aliviada.
—¿En serio?
—Siempre y cuando me prometas que dejarás de rajar neumáticos —digo serio—. Estoy seguro de que no necesitas que te recuerde lo importante que es controlar las emociones en momentos estresantes.
Grace me comentó que Lila está estudiando un máster en Psicopedagogía. Estoy convencido de que no le hace falta ese recordatorio, pero puede que tal vez hoy no le venga mal.
Se pone a llover con más ganas y el sonido de las gotas casi amortigua por completo el de su voz cuando responde:
—Un momento. ¿Esto me convierte en una delincuente?
Prefiero ser sincero con ella:
—Lo que acabas de hacer podría considerarse como un acto de vandalismo, pero de eso a ser una delincuente hay un salto inmenso. Yo más bien diría que eres una lianta. Si hubiese algo que demostrara que has sido tú, el chico podría denunciarte. Has dicho que no pagaba el alquiler, ¿no? Me da a mí que si se entera de lo del neumático no vas a ver ni un duro.
—Y yo que pensaba que ibas a mandarme directa a comisaría —me dice con un tono juguetón en la voz.
—Tengo una agenda muy apretada. Aunque estoy seguro de que ya sabes cómo llegar allí tú solita.
—Claro. Ahora mismo voy.
Se muerde el labio en un intento por reprimir una sonrisa, y yo soy incapaz de apartar la mirada.
No vuelvo en mí hasta que Lila carraspea y vuelve a serenársele la expresión.
—¿Puedo pedirte que no…?
—No le diré nada a nadie —la tranquilizo, porque ya sé por dónde van los tiros—. No eres una cría y tampoco eres responsabilidad mía. Como he dicho antes: yo no he visto nada.
Asiente una única vez, tensa. No sé cómo, pero parece todavía más agitada que antes. Estoy a punto de preguntarle si de verdad está bien y si necesita que la ayude con algo cuando dice:
—Nos vemos, doctor Abner. Gracias por tu ceguera selectiva.
Se sube al coche tan deprisa que no me da ni tiempo de recordarle que me llame Reed. Aunque da igual, vamos.
Lila Callaghan lleva ignorándome desde que empecé a trabajar con su madre hace un par de años y no tiene motivo alguno para dejar de hacerlo ahora. Ni tampoco es que yo quiera que lo haga por nada en concreto: es una alumna, por no hablar de que tiene doce años menos que yo y es la hija de mis amigos. Dejando de lado el hecho de asegurarme de que esté bien al verla claramente agobiada, no hay nada que me ate a ella.
Ni lo habrá nunca.
FEBRERO
Hasta ahora, en mi vida casi no había habido drama alguno.
Todo el estrés que me permitía sentir tanto social como emocionalmente era el de alguna que otra discusión acalorada de vez en cuando. Y luego, en un abrir y cerrar de ojos,
me convertí en la peor persona del mundo. Y ni siquiera me siento mal por mí misma, porque me lo tengo bien merecido.
Estos últimos dos meses me han enseñado que basta con una decisión impulsiva e imprudente para que te vengas abajo por completo.
Oliver se enteró de lo del neumático ese mismo día, minutos antes de descubrir que también tenía el cepillo de dientes en el retrete, que le había partido el cargador del móvil, que apestaba a pescado podrido… y de todo lo demás.
Me informó de ello en un mensaje que dejaba ver su cabreo y que yo no conseguí leer sin temblar.
Te parece puto divertido dañar propiedad privada, Lila? El abogado de mi padre se pondrá en contacto contigo
Aun así, pasaron los días y nunca llegó a denunciarme. Mi mejor amiga, Mariah, encontró una muy buena explicación para ello:
—No te va a denunciar porque te debe dos mil dólares en alquiler —señaló cuando le enseñé el mensaje. La única persona que sabía lo del incidente de la rueda era ella, aparte de Reed.
O sea, el doctor Abner. Aparte del doctor Abner.
—De hecho, creo que deberías denunciarlo tú a él. Que le den por el culo al parásito ese.
Aun así, como la culpabilidad no me lo permitió, desestimé la idea de inmediato. Ahora que he vuelto a vivir con mis padres, tampoco es que necesite el dinero. Escribiré algunos artículos de más para compensar y me olvidaré de Oliver para siempre.
Sin embargo, al cabo de tres semanas de haber roto con él y haberle rajado el neumático, la culpa me llevó a ceder y acabé enviándole un único mensaje a Oliver. Es y será siempre un mentiroso y un capullo, pero eso no significa que yo no deba responsabilizarme por haberme comportado tan mal.
Sigues siendo un cabrón, pero siento lo que hice. Estuvo fuera de lugar. No debería de haber actuado de esa forma
Me la pela OK
Y eso fue todo.
Mis sentimientos por él desaparecieron en cuanto lo vi besando a aquella chica, y no he vuelto a sentir nada por él ni un segundo. Puede que pasarme de la raya y cargarme sus cosas me convierta en una persona horrenda, pero sigo respetándome lo suficiente como para no volver con él.
Además, tengo cosas mejores que hacer. Como, por ejemplo, encontrar otras prácticas antes de graduarme en diciembre.
Ahora, diez semanas después de haberle rajado el neumático a Oliver (cosa que mis padres todavía no saben), dibujo la sonrisa más falsa del mundo y finjo que no me estoy muriendo por dentro.
Pensándolo bien, se me da de perlas. Es hasta un don.
Porque cuando, en el fondo, lo único que me apetece hacer es irme a casa, esconderme bajo una gruesa manta y pasarme horas llorando hasta que mis vecinos llamen a la poli porque «¿A quién narices están asesinando en la puerta de al lado?» y «¿Podrían no hacer tanto ruido?», convencer a todo el mundo de que soy una chica mentalmente estable y capaz de mantener una conversación roza lo imposible.
Y cuando mis padres, las personas que más me quieren en el mundo y que me conocen como la palma de su mano, están a unos pocos metros de mí, la cosa se complica más todavía.
«No te cargues su noche».
—Tu madre es una mujer impresionante —me asegura Clarissa, Cassandra o quizás Callista.
La sonrisa de la mujer brilla más que las tenues luces doradas que centellean sobre nuestras cabezas. Esas que cubren el local entero donde se celebra la gala y que le otorgan un precioso brillo que la angustia no me permite apreciar.
—Gracias —respondo con sinceridad, porque admiro a mi madre más que a cualquier otra persona en el mundo, pero ¿he dicho ya que me estoy muriendo por dentro?
En realidad, tampoco es que eche de menos a Oliver. Pero mi futuro es incierto, me siento fatal por lo que le hice porque yo no soy así… y puede que…
Oliver me conocía bien y, aun así, pensó que yo no debería meterme en el mundo de la Psicopedagogía. ¿Y si tuviera razón?
El lugar donde se están celebrando los Premios Literarios Nacionales esta noche está atiborrado con cientos de invitados, y yo trato de calmar los fuertes latidos de mi corazón. «Espérate a llegar a casa y ya llorarás luego si hace falta».
La mujer de mediana edad que se me ha acercado hace un minuto (copa de vino en mano, que llevaba un vestido rosa dorado de gala y que se ha presentado como una de las publicistas que trabaja en la misma editorial que mi madre) me coloca una mano en el brazo y me dice:
—Me ha contado que estás estudiando un máster en Psicopedagogía y que quieres trabajar con niños, ¿lo he entendido bien?
Me aliso la prieta tela del vestido negro que llevo y respondo:
—Sí. Me gradúo a finales de año.
O igual no. Eso dependerá de si encuentro otras prácticas.
Al pensar en tener que despedirme de mi sueño de convertirme en orientadora infantil porque fui idiota, es como si se me desgarrase el corazón.
—Eres igual de inteligente que tu madre —dice alegre Clarissa-Cassandra-Callista, y a mí no se me ocurre nada más que volver a darle las gracias.
Otra persona tal vez se sentiría incómoda al ver que la comparan constantemente con su madre, y lo entiendo. Para mí, en cambio, no existe mayor honor en el mundo que saber que alguien considera que soy ni que sea una pizca de lo increíble que es ella. Mi madre, cuyo último libro acaba de ganar el premio al mejor libro infantil del año en el certamen literario más prestigioso del mundo.
Que me comparen con Grace Callaghan no me molesta nada. En todo caso, lo que ocurre es que a veces me cuestiono si me merezco estar en la misma categoría que ella.
«Mamá nunca renunciaría a las prácticas de sus sueños por un novio inmaduro, así que no».
¿En qué momento se me han ido amontonando tantos nudos en la garganta?
Clarissa-Cassandra-Callista sigue moviendo los labios, pero me pitan los oídos y mi cerebro no está procesando ni una sola palabra.
—Lila. Aquí estás.
El roce de una mano familiar acariciándome el brazo me devuelve a la realidad. En cierto modo.
Y la sonrisa de Clarissa-Cassandra-Callista no hace sino ensancharse al ver a mi madre a mi lado.
—¡Grace! Ay, reina, menudo logro. Sé que ya lo he dicho un montón de veces, pero estamos encantados de haber trabajado en un proyecto tan especial contigo.
—El placer es mío, Clarissa. —«Conque ese era su nombre…»—. La celebración también es increíble. Es un sueño hecho realidad. Y todo el mundo lo está pasando en grande.
La culpabilidad me clava sus feas uñas en el pecho y me lo desgarra. Porque no, yo no me lo estoy pasando en grande ni de broma, y eso hace que me sienta aún peor.
Mi madre jamás tuvo la intención de que sus libros cobraran tanta fuerza y los elogiaran tantísimo, pero se merece absolutamente todo el amor que le están dando. Y yo no estoy aquí (al menos, no emocionalmente) para celebrarlo con ella y con mi padre, cosa que me convierte en una pésima hija.
«Tranquilízate de una vez».
Mi madre y Clarissa siguen charlando, pero yo no tengo ni la menor idea de lo que dicen hasta que mi madre me da un apretón en el brazo y dice:
—¿Te importa si te robo a Lila un segundo?
—Para nada. Me ha encantado veros a las dos.
Al cabo de un segundo, me encuentro siguiéndola hacia la barra, que está llena de gente. La cena de celebración ha terminado y ahora la gente está bebiendo y conversando, lo cual no me importaría hacer, e incluso disfrutaría haciéndolo…, si consiguiera deshacerme de la ansiedad que llevaba aferrándoseme en el corazón desde hace dos meses.
