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Trae y Corey volvían en coche de hacer unos monólogos en Atlanta. No se habían presentado ni ocho personas. Además, habían pagado por PayPal, así que hasta dentro de una semana no olerían la pasta. Fue en aquel viaje, entre lamentos de qué hacer con sus vidas, cuando a Trae se le ocurrió la idea de colgar en redes el primero de los hoy ya míticos vídeos del «redneck de izquierdas». Diatribas de no más de tres minutos sobre los clichés y las posturas derechistas estereotípicas de los «sureños» a propósito de la raza, el género, la igualdad, las armas, la religión, etc… Nada más llegar a casa lo grabó, lo colgó en Facebook y se fue a dormir. Al día siguiente tenía setenta mil visitas. El segundo alcanzó la escalofriante cifra de veinticinco millones. Sus vidas cambiaron de la noche a la mañana. Hoy, cada vez que van a actuar, tienen que colgar el cartel de «no quedan localidades». «Hilarante, sesudo y conmovedor por razones que jamás pensaríais que podrían llegar a conmoverte.» Whoopi Goldberg «Haz que alguien te sujete la cerveza ¡y ponte a leer este libro!» Morgan Spurlock, cineasta y director del documental Super Size Me «Cualquiera que desee nuevas perspectivas sobre los viejos prejuicios de lo que significa ser un redneck, disfrutará como un enano y se tronchará de risa leyendo estas páginas.» New York Daily News
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Seitenzahl: 604
Veröffentlichungsjahr: 2022
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TRAE CROWDER creció en Celina, Tennessee, un pueblucho dejado de la mano de Dios con más licorerías que semáforos (2-0 en el último recuento). Fue uno de los niños más pobres de la zona, pero también uno de los más listos (algo que él mismo se encarga de señalar que no es ninguna hazaña). Por eso acabó coloreando moléculas en «Educación Especial»; en su pequeño colegio para pobres diablos rústicos no había presupuesto para «superdotados». Decidió dedicarse a la comedia a los doce años, después de ver a Chris Rock en HBO. Ya ni sabe la de veces que ha tenido que ir a ver a su madre, yonqui y traficante, a prisión. Sus vídeos protagonizados por el «Redneck de Izquierdas», virales de la noche a la mañana, le hicieron captar la atención nacional. Lleva cerca de una década girando por el país con sus compañeros de escritura y parranda, los también cómicos sureños Corey y Drew.
COREY RYAN FORRESTER, de Chickamauga, Georgia, empezó a escribir monólogos a los dieciséis, alternando actuaciones en bares sórdidos y clubes nocturnos con los más diversos trabajos: pintor de brocha gorda, minorista, vendedor de motos, recolector de muestras de orina, repartidor de flores a domicilio, empleado de hotel y revendedor de libros de texto. En los últimos tiempos se dedicaba a pintar con espray figuritas del Yeti en Ooltewah y a ayudar a su madre y a su hermana en la panadería familiar. Gracias a la popularidad del «Redneck de Izquierdas» y a la publicación de este libro ha podido comprarse un televisor y retener a su novia que, por lo visto, le quiere. Él cree que no se la merece.
DREW MORGAN más que un «redneck» se considera un «hillbilly»; procede de los Apalaches, de un lugar muy minúsculo en mitad de ninguna parte, la clase de sitio sobre el que los ingleses ruedan documentales. Madre bibliotecaria y padre motero, ferroviario, sindicalista y predicador en una iglesia baptista de Tennessee, con tendencia a abusar de la botella y a votar a los demócratas («¡ateo, pagano, desalmado!»). Así les salió la criatura. Su humor ha sido descrito como «un Mark Twain puesto de ácido». Vive en permanente crisis existencial y, si le pones la música que le gusta, baila que da gusto verlo.
Título original:
The Liberal Redneck Manifesto:
Draggin´ Dixie outta the dark
Simon & Schuster, Inc., 2016
Primera edición Dirty Works: Octubre 2020
Segunda edición Dirty Works: Enero 2021
© Trae Crowder, Corey Ryan Forrester y Drew Morgan, 2016
© de las ilustraciones del interior: Eric Loy
© 2020 de la traducción: Javier Lucini
© de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Traducción: Javier Lucini, en el porche, con la asistencia ocasional de Tomás González Cobos en la mecedora de al lado, espantando moscas con su Winchester.
Diseño de cubierta: Nacho Reig Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento» Maquetación y correcciones: Marga Suárez
ISBN: 978-84-19288-21-9
Producción del ePub: booqlab
Introducción
Declaración de males del Nuevo Sur
1. Parranda redneck
2. La paguita
3. Recemos
4. ¿Tenéis hambre?
5. Abueletes
6. Punteos y pinchadas
7. Racista no, pero
8. Las mujeres del Sur
9. Maíz en frasco
10. Sobre mi cadáver
11. Pillbillies
12. Pasar página
Los diez mandamientos del Nuevo Sur
Agradecimientos
Notas del traductor a las ilustraciones
NOTA a propósito de las notas.
En negrita: Las notas de los autores a pie de página.
Con distinción: Las notas del traductor a pie de página, perpetradas con ánimo de iluminar ciertos datos culturales o juegos de palabras que pueden resultar oscuros o demasiado ajenos fuera de las fronteras de Estados Unidos.
Con distinciónen la ilustración: Las notas del traductor al final del libro.
Para Spook, la abuela Bain, Flo, Clem y Ruby Geraldine; vosotras sois nuestras raíces.
Hace poco un fan nos dijo que este libro es como «una asamblea del Ayuntamiento, pero para el alma». Nos estuvimos descojonando un buen rato, porque las asambleas del Ayuntamiento siempre nos han parecido el típico evento en el que la gente vota para expulsarnos del pueblo por bailar o algo por el estilo, pero de todas formas nos lo tomamos como un cumplido.
La edición en tapa dura de este libro salió en octubre de 2016, un mes antes de que el señor color mango de manos carnosas se alzase con la victoria en unas elecciones que la mayoría de los analistas y las encuestas aseguraban que no tenía la menor posibilidad de ganar. En esa época andábamos recorriéndonos las carreteras del país haciendo comedia. Actuábamos para salas abarrotadas de gente decidida a derrotar a Alguien Se Tapa la Calva Sobre el Nido del Cuco, pero también vimos un montón de carteles de Trump/Pence que nos volaron la cabeza. Por todas partes. En el Sur y en el Medio Oeste, claro, pero también en Pennsylvania, en Nueva York y hasta en California. En serio; estaban por todas partes, como el papel higiénico Walmart de un solo pliegue en los baños públicos y las camareras que responden al nombre de Faye en los diners1.
Así que lo de las elecciones no nos pilló del todo por sorpresa. De hecho, el discurso de que «los elitistas engreídos de la costa fueron los que provocaron este resultado» que continúa regurgitándose en los programas nocturnos de gacetilleros parlantes, fue algo que ya predijimos y de lo que nos lamentamos en las páginas de este libro. ¿Qué podemos decir? Somos profetas. Y no es que nos haga felices. Está claro que tener razón se encuentra en nuestro Top 3 de aspiraciones favoritas, pero lo básico ha sido y será siempre no morir bajo una nube en forma de hongo.
Así que lo mismo estás leyendo esto ahora para intentar hacerte una idea de lo sucedido, o para entender un poco mejor esa zona del país a la que siempre has ignorado hasta que, de pronto, ha contribuido a que salga elegido un presidente con piel de patata frita. Esperamos ser de ayuda. O quizá seas un sureño, como nosotros, que siempre se ha preguntado si está solo en el mundo y te emocione descubrir que a nosotros también nos gusta hacer estallar movidas en un descampado, aunque apoyamos la igualdad para todos. (Bienvenidos, hermanos y hermanas). O puede que estés aquí solo porque te acojona lo que está pasando, y el futuro, y hacia dónde nos precipitamos todos. Si es así, bueno, pues vaya chasco, colega, no sabemos qué decirte; no somos más que tres cómicos, profetas ni por el forro. ¡Válgame Dios! ¡Yo que tú me buscaría otros héroes!
Ahora hablando en serio, este libro no te va a salvar. Vale, es bastante tocho; podría mantener a raya la radiación durante una o dos horas. Pero nuestro principal propósito es aportar información sobre un Sur que conocemos muy bien y que amamos hasta la médula, pero que, sin duda, necesita progresar un poquito, y todo esto haciéndote reír. El libro se ofrece además como una muestra de quiénes somos: sureños orgullosos, desafiantes y un pelín avergonzados.
Cualquiera que haya crecido en el Sur en los últimos treinta años padece este conflicto interno. La cuestión «orgullo vs. vergüenza», casi tan ubicua como la problemática «Ford vs. Chevy». Sentir un inmenso orgullo por tu hogar es probablemente un sentimiento universal (a no ser que seas de Connecticut. ¡Qué ordinariez!). A la gente parece gustarle sentirse orgullosa de su lugar de origen. Paradójicamente, la mayoría entiende también lo fácil que es sentir sofoco y responsabilidad ante los defectos del lugar que uno considera su hogar. Concretamente, en el Sur, esos dos sentimientos parecen estar algo más pronunciados.
Para quienes no son del Sur, el lado «vergonzante» de las cosas no es tan difícil de entender. Después de todo, hay mucho de lo que sentirse avergonzado por aquí («Stars and Bars», Jim Crow, Florida Georgia Line, etc...)2. Y hay muchos sureños nativos que viven casi de manera permanente en el lado vergonzante de la ecuación. Es natural sentirse ligeramente avergonzado del Sur (de nuevo, por aquí vamos sobrados de munición: en sentido literal y figurado), pero huir del pasado en lugar de llegar a un acuerdo con él no sirve de nada.
Aun así, los del extremo vergonzante del espectro resultan mucho más fáciles de entender y de tratar que los que se sitúan del lado del orgullo. Y por aquí abajo, en el Sur, estos últimos son legión. Cuando los de fuera del Sur piensan en «rednecks», «hillbillies», «hicks» o «bautistas sureños», se imaginan a la gente que enarbola la bandera de la Confederación bien a la vista en la parte trasera de sus camionetas tuneadas, con el asta custodiada por un par de pegatinas en las que se pueden leer lindezas tipo: «Beber birras y matar ciervos» o «Pítame si te estoy pagando la asistencia sanitaria» (porque todos sabemos que las industrias que sostienen los programas de prestaciones públicas son las que se cargan los bosques y bombean combustible en los embarcaderos). Simplemente están... simplemente están la hostia de orgullosos. ¿Y de qué exactamente, si se puede saber? ¿De la nota media de 2,2 que mantienen año tras año en un estado que ocupa el puesto 49 en el ranking de educación pública? ¿De su habilidad para pimplarse catorce cervezas durante un partido y aun así ponerse luego al volante para volver a casa? ¿De los tres mocosos que ya han tenido con apenas veintitrés años y a los que crían para que algún día lleguen a ser tan temerosos y obstinadamente ignorantes como ellos mismos? ¿Acaso se dan cuenta? ¿Acaso importa?
Aunque tampoco es que estén del todo equivocados en lo del orgullo. Y esa es la parte que a los forasteros les cuesta tanto entender. Enseguida identifican la vergüenza, pero el orgullo los deja perplejos. Todo el mundo desea sentirse orgulloso de su procedencia y, lo creáis o no, hay mucho de lo que sentirse orgulloso si eres del Sur. El sureste de Estados Unidos es la cuna de buena parte de la mejor comida, la mejor música, los mejores atletas, los mejores soldados, el mejor whisky, las mejores mujeres y el mejor clima que puede ofrecer este país. El hogar de Mark Twain y de André 30003 merece ser redimido. Y ahí es donde entra en juego nuestro libro. En sus páginas examinamos todo lo que la gente se piensa que sabe sobre el Sur; lo bueno y lo malo, lo glorioso y lo bochornoso, las cosas que deberían cambiar y las cosas ante las que vosotros, chavalines de la costa, deberíais dejar de mostrar esa actitud tan engreída.
Ha llegado el momento de hablar de todo este desastre. Ha llegado el momento de hablar de nuestros problemas. Ha llegado el momento de hablar de nuestro futuro. Ha llegado el momento de hablar de la tolerancia y la decencia con todos los gilipollas intolerantes de derechas y los progres santurrones y prejuiciosos que pueblan nuestra nación; has oído bien, Tristán de Portland, no te ahogues con tu zumo detoxificante, porque tú también tienes que enterarte de unas cuantas cosillas. Por mucho que patalee y grite, vamos a arrastrar de los pelos a nuestro terruño hasta situarlo en el presente, tanto si les gusta como si no a los bocazas altaneros y a los forasteros detractores.
Así que, bienvenidos a la asamblea del Ayuntamiento. Hay café y whisky al fondo. Luego haremos pollo frito. Tomad asiento. Vamos al lío.
Trae, Corey y DrewOctubre 2017
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1 Restaurantes prefabricados, muy característicos sobre todo del noreste de Estados Unidos. Nos encanta la descripción del figura que ha hecho la entrada en la Wikipedia: «a medio camino entre los ventorrillos y los cenadores españoles». El primero se inauguró en Rhode Island en 1872. Era un vagón tirado por caballos.
2 «Star and Bars», [«Barras y Estrellas»], es como se denomina a la primera bandera de la Confederación (1861-1863). Las leyes Jim Crow propugnaron la segregación racial y Florida Georgia Line es un dúo de música country pestilente –y me quedo corto–.
3 André Lauren Benjamin, rapero, cantante, actor y productor de hip hop. Natural de Atlanta y miembro del dúo de «southern rap» OutKast.
Vale, primero de todo, una nota: este libro está escrito desde nuestra perspectiva compartida (la de los tres autores). No obstante, de principio a fin y cuando proceda, vamos a sentarnos cada uno por su lado con vosotros en nuestro porche trasero metafórico y vamos a ponernos un poquito sentimentales –un poquito íntimos–, un poquito sexis, por decirlo así. Una segunda nota: estas charlas no van a ser particularmente sexis. Pero sí lo otro. Así que, una vez aclarado este punto, procedamos con la primera entrega de la sección «De palique en el porche», empezando con el mismísimo «Redneck de Izquierdas»4, Trae.
La pregunta que más veces me han repetido hasta hoy es: ¿Por qué? ¿Por qué hiciste esos vídeos? Bueno, es una pregunta difícil de contestar porque, si os soy sincero –y sé cómo suena esto– me da la sensación de que toda mi vida me ha conducido a hacerlos. ¡Madre del amor hermoso, es dejarle a cualquiera que escriba un libro y ya se cree que es el puto James Franco!, ¿me equivoco? Lo sé. No hay quien me aguante. Deberíais hablarlo con Corey y Drew en algún momento. Pero es la verdad. Hice los vídeos porque representan quién soy y cómo me he sentido a lo largo de toda mi vida. Para que conste, aquí tenéis el enlace de uno de los primeros: https://youtu.be/Ov-ocQpQtrw.
Al haberme criado en Celina, Tennessee (población: no muchos; no tenemos semáforos), se me consideraba un prodigio, literalmente. No soy tan inteligente, creedme, pero, comparativamente hablando, en mi pueblo siempre me trataron como la versión gorda y redneck del Indomable Will Hunting. Will Hunting el Gordo. El Bueno de Billy Bob Hunting. De caza en la beneficencia: la historia de cómo conseguí mi ropa5. Lo pilláis. Un movidón. Pero anda que no se burlaron también de mí y me echaron mierda por lo de ser el «chico listo». Siempre fui diferente.
Después me mudé y descubrí que, mientras en mi pueblo seguiría siendo siempre «el chico listo», en cualquier otro lugar sería simplemente «el paleto ese». En serio, hasta en lugares como Knoxville y Nashville, pero sobre todo cuando empecé a salir un poco del Sur. La reacción de la gente al oír mi acento y las cosas que dan por sentadas acerca de mí... siempre me han tocado bastante los cojones.
Pero esa amargura, el rencor que te reconcome cuando no dejan de subestimarte y de juzgarte mal, bueno, es un poco como un tatuaje chungo: nunca se va. No hay manera. Y es que, joder, lo mismo pasa con la comedia. Es oír mi acento y ya el público piensa: «Ah, vale, ya está aquí el Tipo del Cable»6. De gira, hasta he tenido que aguantar a cómicos que no paraban de decirme: «Vas a tener que quitarte ese acento, colega». Mierdas así. Por eso, en realidad, fue como si se hubiese convertido en mi misión demostrarle a la gente que alguien que no puede negar ser un redneck de pura cepa también puede ser gracioso sin necesidad de hablar sobre los pedos que se tira, sobre su perro o sobre los pedos que se tira su perro (y no, no me estoy metiendo con los monólogos de Corey), e incluso llegar a ser elocuente y profundo en asuntos no necesariamente relacionados con las carreras de coches, ¡hostia ya!
Así que grabé esos vídeos para tomar partido por una gente que no suele recibir mucho apoyo y que habla arrastrando las palabras. Pero cuando el apoyo comenzó a fluir y los comentarios se volvieron, eh..., digamos que pintorescos, me di cuenta de que los vídeos también constituían una oportunidad única para desafiar a los intolerantes que se empeñan en hacer que esos estereotipos parezcan reales y plantearle al mayor número de gente posible las siguientes cuestiones: ¿Creéis que nos conocéis? ¿Creéis que nos tenéis calados? Bueno, pues no lo pilláis ni de coña. Pero no pasa nada. Porque yo os lo voy a mostrar. Os lo vamos a mostrar entre todos. Porque esa es otra: yo no soy un unicornio redneck. No soy un bicho raro. Hay mucho pensamiento progresista por aquí, gente de campo con más de dos dedos de frente, y estamos hasta el gorro de la peña que no se entera o a la que se la suda que estemos aquí intentando luchar contra la ignorancia y el odio, y haciéndolo además en primera línea del frente, por amor de Dios. Ha llegado el momento de hacer constar nuestra presencia.
Por eso hice los vídeos y por eso decidimos escribir este libro.
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4 «The Liberal Redneck».
5 A vueltas con el título de la película de Gus Van Sant, Good Will Hunting, en España traducida como El indomable Will Hunting, cuya traducción literal sería más bien «El bueno de Will Hunting». Billy Bob es el nombre redneck por antonomasia y, en la última referencia, se pierde la gracia en la traducción: «De caza en la beneficencia» es la traducción literal de «Goodwill Huntin’».
6 Se refiere al personaje creado por el cómico de Nebraska, Daniel Lawrence Whitney: «Larry, The Cable Guy», estereotipo del redneck con acentazo sureño que cuenta historias disparatadas de su familia.
PRIMERA ENMIENDA
A nadie le importará una mierda tu religión. La libertad de expresión no significa que puedas ir por ahí diciendo lo que te venga en gana sobre la oración, Dios, las normas y los gais, y que todo el mundo tenga que tragárselo. Lo que significa es que podrás ir por ahí diciendo lo que te venga en gana sobre todo eso pero, por las mismas, yo podré replicarte que tu culto es una secta y que todas las mujeres que lo profesan están gordas. Así que ajo y agua, hermano Daryl.
SEGUNDA ENMIENDA
Una «milicia bien regulada» significa regulada por el gobierno. Necesitamos una reglamentación prudente para el tema de las armas. Aceptémoslo todos cuanto antes. No necesitamos a peña armada con ametralladoras. Podemos esperar un poco hasta que llegue la revisión de antecedentes (pero si resulta que eres uno de esos blancos con corte de tazón, tendrás que ponerte al final de la cola, Preston). Apoyar una legislación prudente concebida para mantener las armas lejos de los enfermos mentales y los elementos criminales. Si eres un paranoico y estás convencido de que esas leyes se han diseñado para arrebatarte tu arma, entonces vamos a tener que dar por sentado que eres un enfermo mental o un criminal. Pero ahora seamos claros: las armas molan. Cazar es la polla. Quedaos vuestras armas. Pero, hay que regularlas, colegas. Hay que hacerlo.
TERCERA ENMIENDA
Los soldados se merecen todo el respeto del mundo, no así la guerra. Seré el primero en agradecerle su trabajo a cualquier veterano, pero ese senador tiene que dejar inmediatamente de hacerlos desfilar (sobre todo sus cadáveres) como si fuesen trofeos. Y quita ya la puta pegatina de esa gigantesca camioneta que no es que te hayas comprado precisamente para currar. Esos soldados, a los que tanto dices apoyar, pagaron con sus vidas la gasolina que la hace funcionar; y tu pegatinita no lo compensa para nada. Lucir pegatinas y votar en favor de la guerra es un apoyo de mierda. Si apoyaseis a vuestros hijos del mismo modo que apoyáis a las tropas, estarían muertos en la parte trasera de un coche buscado por la policía.
CUARTA ENMIENDA
Si tienes intención de ser antiestatal, sé al menos coherente. La policía es el Estado. Deja de pretender que la extralimitación del Estado es un problema en todos los ámbitos menos en el ámbito de la justicia criminal. Y otra cosa: Las Vidas Negras Importan8.
QUINTA ENMIENDA
Repite conmigo: «Quiero un abogado».
SEXTA ENMIENDA
Lleva esa mierda a juicio. No es una coincidencia que cuatro de las diez enmiendas de la Declaración de Derechos original traten de restringir la extralimitación del Estado en causas penales. Lo diremos de nuevo: odiar al Estado pero amar al sistema judicial es una hipocresía y lo único que hace es subrayar tus privilegios. Y ahora en serio, lleva esa mierda a juicio.
SÉPTIMA ENMIENDA
Los cuerpos de las mujeres no serán utilizados como forraje político ni como arma contra ellas. Simplemente tratadlas como os gustaría que tratasen a vuestras madres en cualquier escenario dado. ¿Le diríais a vuestra madre que «se lo ha buscado ella solita por ir así vestida»? ¿Permitiríais que unos extraños dictaminasen dónde puede ir vuestra madre a recibir asistencia sanitaria basándose en sus opiniones políticas?
OCTAVA ENMIENDA
El gobierno no tomará medidas enérgicas contra los delitos relacionados con las drogas al mismo tiempo que acepta sobornos de industrias y compañías que perpetúan la adicción y el abuso. No se puede librar una guerra contra las drogas; las guerras se libran contra la gente. La guerra contra las drogas mata a la gente, no a las drogas. Cada vez que oigas a un político decir que hay que tener mano dura con las drogas y no se le ocurra mencionar la necesidad de tomar medidas contra las compañías farmacéuticas, los médicos y las aseguradoras, llámalos por su nombre: lameculos. Y reviéntales la cara de una buena... esto... que no les votes, vamos.
NOVENA ENMIENDA
Educa a tus hijos. Son tu responsabilidad, no la de tus padres. Y ya que estamos, afloja un poco con los de Planificación Familiar. Ayudan a las madres pobres. Sí, también practican abortos. Entendemos que muchos de vosotros no podéis con eso, pero en esta vida hay que transigir. Detestamos tus opiniones políticas, Tía Tammy, pero tu salsa de carne es la bomba, así que hacemos la vista gorda.
DÉCIMA ENMIENDA
Ha llegado el momento de ponerse al día con el resto del país. Parece que en el Sur nos gustan los derechos estatales. Odiar al gobierno federal y hacerles saber que no los necesitamos es el gran pasatiempo sureño. Bueno, pues vale, digámosles a los federales que se pueden ir a tomar por culo. Pero todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Educación, comercio, derechos de las minorías, etc...; vamos por detrás en todo. Eso se acabó. Si queremos valernos por nosotros mismos, vamos a tener que empezar a cuidar a nuestra gente. Tenemos que hacerlo mejor y pisar más fuerte; aunque siempre cerquita de la nevera, por supuesto. ¡Ea!9
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7 «The New South Bill of Wrongs», en lugar de «Bill of Rights», («Declaración de Derechos»), jugando con los antónimos «right» (correcto, bien, justo, derecho) y «wrong» (incorrecto, mal, agravio, injusticia).
8 Black Lives Matter, movimiento político que se originó en 2013 dentro de la comunidad afroamericana después de la absolución de George Zimmerman por la muerte del adolescente afroamericano Trayvon Martin a causa de un disparo. Lleva a cabo campañas contra la muerte de personas negras en homicidios cometidos por agentes de policía, la brutalidad policial, la desigualdad social en el sistema de la justicia penal y otras cuestiones raciales.
9 La expresión en inglés es la muy sureña y muy redneck «Skew!» que se utiliza para manifestar alegría o satisfacción ante algo. Hemos barajado varias opciones y al final nos hemos decidido por el muy andaluz y, en particular, muy cordobés «¡Ea!», que, con sus varios matices, parece cuadrar perfectamente con la expresión redneck del original. Un término para corroborar y justificar. Aparece en la RAE como «interjección para denotar alguna resolución de la voluntad, o para animar, estimular o excitar». Así que, ¡ea!
Entonces, ¿qué es un redneck de izquierdas? Bueno, francamente, lo de «de izquierdas» se explica bastante bien por sí mismo. Un «socialista», un «progresista», un «maricón de cuidado»; ya entendéis lo que queremos decir. Pero lo de «redneck» es un poco más peliagudo. Significa un montón de cosas distintas para un montón de gente distinta; en su mayor parte, cosas malas. Ahora bien, para que quede constancia, los autores realmente no llegamos a entender todo esto hasta que ya fue demasiado tarde10.
No nos malinterpretéis: sabíamos que era un término que se las traía, que venía bien cargadito (como la pipa de patata para fumar marihuana de nuestro tío). Al igual que muchos de nuestros colegas, nosotros también albergamos una especie de resentimiento (probablemente con aderezo ranchero)11 hacia la gente que se piensa que somos unos tarados/racistas/paletos/ endogámicos solo por ser del Sur. Así que parte de la mentalidad era: «¿Y bien? Somos rednecks. Nos la suda si les gusta o no». Pero veréis, nosotros crecimos en los años noventa, principios del 2000, los tres. Pensábamos que cuando la gente oía la palabra «redneck» pensaba en Jeff Foxworthy12. Y resulta que muchos piensan en Jefferson Davis13. No es que nos entusiasme particularmente que la gente nos mire por encima del hombro a causa del primero, pero lo que no llevamos nada bien es que la gente nos mire por sus retrovisores a causa del segundo. Así que necesitamos dejar las cosas claras, desde ya14.
Ser un «redneck» depende de quién seas y de dónde estés. Vamos a echarle un ojo a los antecedentes de la palabra para tratar de averiguar cómo llegamos a esto, para empezar.
HA NACIDO UN INSULTO
El término «redneck» se originó, a todas luces, en el Valle del Mississippi en algún momento del siglo diecinueve. En un principio se refería a la nuca quemada por el sol del blanco pobre que se pasaba todo el día deslomándose en los campos. Así que nació con intención no solo de insultar a una persona por su clase social, sino también por el color de su piel. Técnicamente, puede que los rednecks fuesen blancos, pero la clase dirigente quiso dejar meridianamente claro que los blancos pobres no eran sus iguales. Para vuestra información, los negros de la época también adoptaron el término. Desde sus primeras manifestaciones, «redneck» tenía por objeto describir a la gente blanca y pobre del Sur (sobre todo hombres) que los de arriba consideraban inferior o de clase baja.
Pues bien, ser difamado por ser pobre o inferior a menudo suele despertar compasión, pero no en el caso de la palabra «redneck». La razón es que el término incorpora connotaciones más viles que también pueden rastrearse hasta sus orígenes. Para empezar, ¿nunca os habéis preguntado por qué se quemaban tanto la nuca esos cazurros? Quiero decir, aún no tenían protector solar Hawaiian Tropic, pero aun así, ¿no podían proyectar un poco de sombra sobre esa desgraciada?15 Bueno, pues claro que podían, solo que decidieron no hacerlo. O, en cualquier caso, eso es lo que cuentan. Veréis, los esclavos recién liberados con quienes fueron obligados a trabajar en los campos llevaban sombreros ligeros de ala ancha que les proporcionaban cierto grado de sombra. Bueno, pues resulta que los antepasados redneck, claramente, no podían ser asociados con algo tan presuntuoso y burdo como el Puto Sentido Común, así que optaron por no ponerse aquellos sombreros a fin de diferenciarse de sus homólogos negros. Eran más estúpidos y más cabezotas que ellos, según parece16.
En los años posteriores a la instauración del término, la cosa fue adoptando más connotaciones de intolerancia y racismo, y menos de clase y estilo de vida. A mediados del siglo veinte, para mucha gente, un redneck era cualquier blanco intolerante de mente cerrada, independientemente de su formación; lo que a nosotros nos parece muy raro, dado que podemos dar por sentado que, por ejemplo, y de un modo bastante literal, hasta la última ricachona blanca estadounidense de la década de 1950 era racista sin complejos, y sin embargo nos cuesta imaginar que se les soliera aplicar ese término. Aun así, el racismo, la homofobia, la miserabilidad general de su condición, todas esas excelencias, se convirtieron en las principales características de un redneck.
No hay mucho de lo que enorgullecerse en eso, obviamente. Así que para los que crecieron en aquella época o para quienes se criaron bajo esa acepción de la palabra, para cualquier persona razonable o librepensadora, habría sido poco menos que incomprensible pretender siquiera soñar en identificarse como un redneck.
Y, aun así, era un hecho profundamente enraizado en nosotros, los autores.
¿Por qué? Bueno, pues porque algo sucedió antes de que alcanzáramos la mayoría de edad que acabó por distorsionar la percepción de la palabra. Veréis, a finales del siglo veinte, los rednecks empezaron a hacer lo que mejor saben hacer: sentirse condenadamente orgullosos de movidas que a la mayoría de la gente le parecen rematadamente estúpidas. En este caso, el mote en sí.
Desde hace tiempo se viene contando el chiste de que no hay ningún insulto racial bien arraigado que se considere verdaderamente ofensivo para los blancos. Y no podemos estar más de acuerdo; sobre todo en lo que se refiere a los blancos de verdad. La multitud café con leche descafeinado y WASP17, por ejemplo, se siente infinitamente más ofendida por la mera existencia de otra gente que lo que jamás podría llegar a estarlo por una palabra. A la mayoría de los blancos pobres, tan alejados de los WASP que hasta podrían considerarse de otra raza, no les molesta que les llamen «rednecks». Joder, si decoramos con esa mierda la carrocería de nuestras camionetas y nos lo tatuamos hasta en la polla, es obvio que desagradar no es que nos desagrade mucho. Lo que pasa es que es muy difícil ofender a un blanco pobre con un insulto. Coño, es difícil ofender a un blanco pobre con cualquier cosa que no sea echar pestes sobre su camioneta. Pero está claro que ni por esas la gente ha dejado de intentarlo.
A continuación, os presentamos lo más de lo más en insultos sureños:
«Cracker». Ahh, el viejo clásico infalible. Es como una taza de chocolate caliente. Mirad, no es que pretendamos bajaros los humos ni nada parecido, pero, francamente, resulta de lo más hilarante vuestro patético intento de utilizar la palabra «cracker» a modo de insulto. Siempre hemos supuesto que la cosa viene de las galletitas saladas o de soda (lo que en la actualidad no tendría mucho sentido, dado que esas galletas vienen en fundas..., ¿lo pilláis?18). Ya sabéis, rollo comida. Porque a nadie le hace gracia ser considerado una cosa que se come. Pero, por lo que se ve, es muchísimo peor: los etimólogos piensan que en realidad procede de «whip-cracker», por lo de «whip» [«látigo»], que era el término con que se conocía al capataz de las plantaciones. Lo que, y ahí os damos la razón, es horrible. Pero, coño, si el 98% de la gente se piensa que estáis hablando de unas putas galletas saladas, ¿a quién cojones va a importarle? El término «cracker» no ofende a nadie.
«Peckerwood». Este sí que nos gusta. Al parecer no es más que una inversión de la palabra «woodpecker» [«pájaro carpintero»], que los negros de antes de la guerra utilizaban en contraposición al «blackbird» [«mirlo», aunque en traducción literal: «pájaro negro»] con el que se identificaban. O algo así. Nos gusta cómo suena. Parece que se te resbala de la lengua: «peckerwood». Ahora bien, sería extremadamente complicado tomarse a alguien en serio si justo antes de una pelea se pusiera a gritar: «¡Muy bien, te ha llegado la hora, puto “peckerwood”!». Dinos que no te entraría la risa. Te descojonarías fijo. Oh, pero resulta que también fue adoptado por la Hermandad Aria como parte de la subcultura presidiaria en la década de 1960... Así que, eh.., bueno, sí, vale, ya no nos gusta.
«White Trash» [«basura blanca»]. A ver, una cosa, esta mierda es simplemente floja. Muy poco currada. En serio, resto de razas, ¿«basura blanca»? No es más que nuestro color seguido de una cosa mala. No tiene chispa. No tiene ingenio. Decepcionante, de verdad. Sea como fuere, «basura blanca» ha existido como insulto desde principios del siglo diecinueve, cuando se adoptó para referirse a los blancos que trabajaban mano a mano con los esclavos en las plantaciones. Harriet Beecher Stowe lo incluyó en un capítulo titulado «Basura blanca pobre» de A Key to Uncle Tom’s Cabin [La clave de la cabaña del Tío Tom: presentación de los hechos y documentos originales sobre los que se basa la historia junto con pruebas verificadoras que corroboran la obra (1853)] (que es la única cabaña que los blancos han odiado alguna vez), y el resto es historia del insulto.
«Trailer Trash» [«basura de tráiler»]. Por cortesía de los mismos creadores de «basura blanca» se presenta ahora esta secuela escasamente original y nada imaginativa: «basura de tráiler». A ver, lo que hicieron aquí, colegas, fue coger la muy poco sugerente parte de «blanca», que hacía referencia a la piel de la persona, y cambiarla por «tráiler», en referencia a su casa. Ya ves tú qué cosa. Ahora sí que sí, ¿eh? ¡Venga ya!
«Hick». Vale. Vaya por delante que no podemos estar al cien por cien seguros de esto –y bastará con darle a la gente algo de tiempo en cuanto Obama abandone el cargo–, pero creemos que «hick» es el único insulto que podría describirse con bastante exactitud como presidencial. El término aludía en sus orígenes a los blancos pobres del campo que eran fervientes partidarios de Andrew Jackson, al que se conocía como «Old Hickory» [«Viejo Nogal»] (y también por ser un descontroladísimo y taradísimo hijo de la gran puta; por no decir que fue el séptimo presidente de Estados Unidos). Ahí queda eso. Comed mierda, gente-a-la-quese-os-ocurrió-la-gilipollez-de-«cracker». Aunque, fuera cual fuese su significado inicial, no tardó en convertirse en sinónimo de todo lo demás: un pedazo de mierda blanca pobre, básicamente. De hecho, en nuestra anecdótica opinión, «hick» puede que sea el insulto de uso más generalizado para referirse a los blancos pobres del Sur, aparte, por supuesto, del que da título a este capítulo, el «redneck», y de su hermano pequeño, el:
«Hillbilly». Ah, sí. ¡Los hillbillies! ¡Los montañosos! Ya sabéis quiénes: esos que tocan el banjo y a quienes no hay nada que les guste más en el mundo que «una boca bonita»19. Lo que les falta en dentadura lo suplen con lo mucho que se las repampinfla tener dientes. Nada más que gente muy trabajadora, la sal de la tierra, objetivamente aterradora. Estamos de broma, por supuesto. Nos lo tomamos a guasa porque en nuestra experiencia, «hillbilly» es el único de todos estos insultos que puede medirse con «redneck» en cuanto al volumen de estereotipos negativos con el que se le relaciona. También, por si sirve de algo, Trae y Corey siempre se han autoidentificado más como «rednecks», pero Drew, siendo de un lugar un poquito más... Apalache, siempre se ha considerado «hillbilly». En honor a la verdad, para la mayoría de la gente de fuera del Sur, ambos son, más o menos, intercambiables. Pero en términos de pura dentellada, «hillbilly», al igual que los demás insultos de saldo que os hemos señalado, no le llega a «redneck» ni a la suela de los zapatos.
EL REDNECKNACIMIENTO20
A partir de la década de 1970, los sureños blancos pobres decidieron de un modo serio y colectivo, consciente o no, que puesto que no iban a poder impedir que los demás les siguiesen llamando rednecks, lo mejor iba a ser apretarse los machos y sacarle el máximo partido. Y que quede claro que para nosotros «recuperar una palabra» así es un ejercicio de lo más noble. Arrebatarle la munición al oponente y utilizarla contra uno mismo antes de que el oponente pueda servirse de ella para joderte. La comunidad LGBTQ se lleva la palma en ese frente. En el ámbito académico se conoce como «Estrategia B-Rabbit»21. Pero cuando la palabra que has decidido adoptar con tanto orgullo es conocida sobre todo por la quema de cruces, la sodomización de cerdos y el odio a los judíos, bueno, huelga decir que no va a ser un camino de rosas. Claro que eso es algo que nunca ha frenado a un redneck.
El verdadero momento inaugural de la «Revolución Redneck», si se quiere22, fue el día en que Jimmy Carter, el chico de Georgia, salió elegido presidente en 1976. A lo largo de su campaña, Carter (muy tibio) aceptó que la oposición lo tildase de redneck para ganarse el cariño de los votantes de clase obrera. Y le funcionó. Pero seamos honestos en este punto: Jimmy Carter no tenía ni un pelo de redneck. Era ricachón desde la cuna. Empezó como granjero, sí, pero en un terreno que le regaló papá. Que no se nos malinterprete: Jimmy Carter nos cae bien. Joder, si pensáramos que fue un redneck, no os quedaría más remedio que reconocer que fue un redneck de izquierdas, así que vendría a ser como una especie de pseudoantepasado nuestro. O algo parecido. Pero mira tú por dónde: el muy condenado era demasiado arrogante. Y no hay más que hablar. Aun así, tuvo un tremendo impacto en la redefinición de la palabra «redneck». Aunque lo mismo sería más preciso decir que fue su mamá, la señora Lillian, la que tuvo ese tremendo impacto. Porque, además de a Jimmy, parió también a su hermano pequeño, Billy. ¿Y ese hijoputa? ¡Bua, colegas! Ese sí que era un puto redneck.
EL PEQUEÑO BILLY
Billy Carter era otro cantar. Su hermano era el condenado presidente de los Estados Unidos, y le resultaba mucho más fácil atar en corto al puto Congreso que a su hermano pequeño. Billy Carter soltaba mierda por la boca, se emborrachaba, servía gasolina y se sacaba la chorra para mear delante de los dignatarios extranjeros en la pista del aeropuerto. A Billy Carter empezó a sudársela todo a partir de su tercer cumpleaños. Bebía tanta cerveza que una compañía cervecera acabó proporcionándole su propia marca, la Billy Beer. (No dejéis que vuestros sueños se queden en sueños, chavalines). Y durante todo ese tiempo, con total franqueza y orgullo, tuvo el cogote más rojo que el diablo. Se declaró abiertamente redneck y, al hacerlo, se ganó de calle los corazones de la nación. De repente, ser un «redneck» tenía una faceta completamente distinta. Billy Carter tuvo muchísimo que ver en eso.
Así que con Billy Carter básicamente liderando (¿cerveceando?) el camino, la cultura redneck barrió el país. La gente se puso a hacer películas y a escribir libros23, la gente se puso a inhalar rapé y se calzó botas. Fue una movida. La palabra «redneck» había sido redefinida, al menos por sus nuevos adoptantes, como una forma de describir el hecho de pertenecer a la clase trabajadora, un motivo de orgullo, nada que ver con el sambenito de gente intolerante, odiosa, mierdosa, etc... Esta nueva definición proporcionó un término para la mentalidad y el estilo de vida de la gente sencilla y dura como una piedra que no necesitaba ninguna ayuda de los forasteros para salir adelante. Bandas como Molly Hatchet, los Allman Brothers y, por supuesto, los indomables Lynyrd Skynyrd, compusieron canciones que apuntaban directamente al cañón de los estereotipos negativos que llevaba atormentando a nuestra gente desde hacía años. El Rednecknacimiento estaba en pleno apogeo24. Y, entonces, a principios de la década de 1990, sin comerlo ni beberlo, las cosas dieron un vuelco hacia la idiotez.
PUEDE QUE SEAS UNA CARICATURA
Necesitamos prologar esta sección con una especie de descargo de responsabilidad: Jeff Foxworthy es una puta leyenda. Es uno de los claros finalistas para figurar en el Monte Rushmore de la Stand Up Comedy25. Como cómicos que somos, hablar mal de Jeff Foxworthy sería para nosotros lo mismo que hablar mal de Jerry Senfield. Y no estamos aquí para eso. Nosotros, los tres, crecimos con la comedia de Foxworthy y lo adoramos. Como buena parte del país.
Ahora bien, una vez dicho eso resulta muy difícil argumentar que el «género» de comedia que él, básicamente, inventó, hizo a nuestra gente, o a la palabra «redneck», muchos favores en materia de imagen pública. Cuando su material estalló en los noventa (y, colega, esa mierda estalló con más virulencia que las erecciones de Michael Bay26 o la cabeza del director de una Escuela Bíblica Vacacional después de la aprobación de la ley HB27), el zeitgeist se vio inmediatamente inundado de imágenes de «rednecks» como paletos estúpidos e incapaces de hacer el bien28. Vivimos en autocaravanas, comemos animales atropellados, compramos gilipolleces con dinero que no tenemos, podríamos llevar un poco mejor el tema de la higiene, usamos los puntos Marlboro como moneda de cambio, arrastramos a nuestros chiquillos metidos en cubos de basura a toda velocidad por el campo con nuestras camionetas (aunque esto mola, tenéis que probarlo); la lista es interminable. Para su colosal audiencia, Foxworthy definía de un modo bastante literal, aunque con un guiño intencionado, lo que significaba ser un «redneck», y dicha definición era... cualquier cosa menos halagadora.
A pesar del retrato nada lisonjero que pintó esta nueva ola de cultura pop, el humor redneck fue también extremadamente rentable. Y, como todos sabemos, eso es lo único que de verdad les preocupa a las sabandijas. Sobre todo a las sabandijas de California29. Sus lenguas bífidas registraron inmediatamente el calor que emanaba del cajero automático que era la comedia redneck y se zambulleron de cabeza, como lagartos. En muy poco tiempo surgió el Blue Collar Comedy Tour y con él llegó el punto final natural de este particular tipo de chiste: Larry, el Tipo del Cable.
Ahora bien, como humoristas tenemos que reconocer que el hombre tiene mucho talento. No estamos diciendo lo contrario. Y, según cuentan, es un encanto. Pero para cualquiera que ande por ahí fuera y no lo sepa: se trata de una actuación. El tío no es sureño. No habla así; no se comporta de esa manera en su día a día. No se llama Larry. Se llama Dan. Y Dan creó el personaje de Larry, el Tipo del Cable, y utilizó el personaje para explotar y capitalizar, con mucha astucia y habilidad, una cultura a la que él mismo no pertenece. Y ole sus huevos. Ganó un montón de pasta y logró cosas que la mayoría de los cómicos solo pueden soñar. Pero su personaje y sus latiguillos («Git-R-Done!»30)31 representan para muchos el momento en que la comedia redneck «se quitó la caspa»3233. Desde el punto de vista cultural, nos hemos convertido en caricaturas. En personajes de dibujos animados. En chistes y motivos casi exclusivamente de chanza. Esto es lo que somos ahora.
Hay que decir, por cierto, que Foxworthy no tuvo la culpa. Él fue un innovador y una fuerza humorística de la naturaleza34. El lugar donde hemos acabado culturalmente como «rednecks», probablemente iba a ocurrir de todas formas. Es un poco la progresión natural, si te paras a pensarlo. Comenzó como una infamia y un insulto, hicimos todo lo que pudimos para redefinir el término, llevamos la movida un poco demasiado lejos y acabamos donde nos hallamos en estos momentos. Ahora, una vez dicho esto, hemos de añadir que Foxworthy, el Blue Collar Tour y el Tipo del Cable, ya sea intencionadamente como si no, son los responsables de que emprendiésemos este camino. Pero Ron White no. Ron White es la puta hostia, y nos zurraremos con cualquiera que afirme lo contrario35.
Desde hace años, los autores hemos estado desarrollando, internamente, un sketch que se titularía «El Foxworthy oscuro», y nos gustaría compartirlo ahora con vosotros porque os queremos y porque nos mola molar. Y en nuestra opinión, esto mola. El concepto es, básicamente, «¿Qué pasaría si Jeff Foxworthy no tuviese filtros?». Imaginaos que Jeff no fuese el virtuoso de la comedia mainstream que ha llegado a ser, sino un cómico cabreado y marginal, sin escrúpulos a la hora de iluminar los rincones más oscuros de la cultura redneck; pero que lo hiciera con la misma estructura exacta de chiste. Permitidnos una muestra:
(Nota: por favor, leed esto en vuestra cabeza con la imitación más exagerada y cursi de Jeff Foxworthy que podáis perpetrar. Para nosotros es importante).
Si alguuuna vez le has metido una paliza a tu padre después de que entre los dos le hayáis metido una paliza a tu madre... ¡puede que seas un redneck!
Si alguuuna vez le has dicho a tu abuela: «Tu novio me debe pasta de una apuesta que nos hicimos en segundo de bachillerato»... ¡puede que seas un redneck!
Si alguuuna vez le has hecho una mamada a un tío porque pensabas que podía tener Percocet... ¡puede que seas un redneck!
Si alguuuuna vez te has tirado a una tía con una camiseta sin mangas llena de manchas en el circuito de una carrera de NASCAR36 mientras tus colegas te vitorean y te aseguran que «segurisísimo» que la chica tiene diecisiete... ¡puede que seas un redneck!
Si alguuuuna vez le has robado a tu madre la tarjeta EBT37 para dársela a un tipo que se hace llamar Lay-Low [Perfil Bajo] a cambio de marihuana... ¡puede que seas un redneck!
Si alguuuuna vez has votado en contra de tus propios intereses económicos porque fuiste engañado sin remedio por las promesas vacías de charlatanes religiosos que te ofrecían la falsa salvación en manos de un Dios claramente apático... ¡puede que seas un redneck!
Ya lo pilláis. Mierdas así.
Nota al margen: nuestra música ha seguido desgraciadamente una evolución muy similar, y no creemos que sea una coincidencia. La música country (o al menos lo que se conoce popularmente como música country) comenzó como fuente de orgullo y ahora se ha convertido en un géiser borboteante y con peste a sulfuro de puta vergüenza incandescente. Lo que viene siendo una putada. Ver capítulo 6, «Punteos y pinchadas», para más detalles.
Así que aquí estamos. La palabra «redneck» ha pasado por una Montaña Rusa de Significado38. De insulto a sinónimo de estupidez mierdosa, pasando por todo lo de en medio. ¿Pero qué significa ahora para la gente? Bueno, pues para responder a esta pregunta nos vemos en la necesidad de citar a cualquier político que haya pisado la faz de la tierra y decir: «Todo depende».
SABEMOS LO QUE PIENSAS
Lo que la palabra «redneck» significa para ti depende, obviamente, de quién seas. ¿Eres yanqui? ¿Eres negro? ¿Eres gay? ¿Eres extranjero? Si lo eres, somos conscientes de que en este momento, con toda seguridad, se te está encogiendo el ojete, porque no hay manera de que dicha secuencia acabe con otra cosa que no sea una intolerancia de la hostia, ¿nos equivocamos? Bueno, pues no, no vamos a afirmar nada de eso, pero si ese dulce y pequeño nudito de globo que tenéis ahí abajo ha fruncido los labios al leer esas preguntas, entonces ahí tenéis la respuesta, muñequitas.
Para muchos forasteros, los rednecks son simplemente lo peor. Nunca pierden/perdemos sus/nuestras actitudes racistas y xeno/ homofóbicas y, para colmo, a lo largo de los últimos treinta años, los forasteros han recalcado muchos más estereotipos casi-tanmalos. Somos estúpidos, somos endogámicos, somos borregos (y algunos dan por sentado que nos gusta follar con borregos), somos retrasados, somos reaccionarios, estamos llenos de odio y, lo peor de todo, nos sentimos orgullos de todo eso. Puaj. Qué asquerosos debemos parecer.
Y de veras que lo pillamos. No os culpamos. Tiene que ser complicado no sentirse así, habida cuenta del modo en que hemos sido retratados en la cultura popular y por los miembros más, a ver cómo lo decimos..., bocazas de nuestro grupo en el transcurso de los años. Entendemos perfectamente por qué os sentís así. ¿Pero cómo nos sentimos nosotros? Bueno, ya que preguntáis...
FRANCAMENTE, QUERIDA
¿Que qué significa la palabra «redneck» para nosotros? Como sucede con todos los grupos de gente, muchos de los estereotipos son ciertos. Pero al igual que con los demás grupos, solo queremos que la gente entienda que los estereotipos negativos no nos definen. Puede que sea más fácil si los desarmamos de esta manera:
Lo que sí es un redneck
Un redneck es, por lo general, un blanco pobre sureño, pero un redneck también puede ser rico. Digamos que le toca la lotería. Algo así. Aunque si creces con pasta, en nuestra opinión, es casi imposible tener el cogote colorado. Naces y creces con el culo blanco. Y eso está bien. Los blancos tienen un montón de mierdas geniales. La mayor parte de las cuales se las han robado a otras gentes más vapuleadas, pero aun así.
Un redneck también puede ser negro, lo creáis o no. Hemos vivido en el Sur toda nuestra vida; creednos en esto. Quedaos por aquí y obtendréis un claro ejemplo de este fenómeno. (A propósito, un redneck puede ser de cualquier otra raza. Trae conoce a una familia más «roja»39 que nuestro culo que adoptó a un bebé coreano, y al final ese hijoputa acabó teniendo el culo más «rojo» que un babuino). Y, por último, aunque vacilemos a la hora de admitirlo: un redneck no tiene por qué ser del Sur. Hay gente que encaja a la perfección en el perfil en todas las regiones de este país. Aunque, hablando a título personal, en el fondo desearíamos que esa gente adoptase otro calificativo. La palabra «redneck» es nuestra. No está bien que la utilicéis vosotros, ¿vale? Pero suponemos que os lo dejaremos pasar, porque sabemos que todos tenéis algún amigo redneck. Así que sí, existen excepciones, pero en términos generales, un redneck es un blanco pobre sureño.
Soy un hillbilly. Eso es lo que soy. Me gusta la música hillbilly. Me gusta la comida hillbilly. Me gustan las mujeres hillbilly (una mujer hillbilly en concreto; perdona, cariño). Lo que tenemos en común con los rednecks es que nos sentimos la hostia de orgullosos de ser lo que somos y que estamos dispuestos a partirnos la cara por cualquier cosa que de pronto nos encabrone. También valoramos mucho el trabajo duro y, por definición, somos sobre todo blancos. Así que me llaman mucho redneck y, de alguna forma, supongo que también lo soy, pero lo que más soy es hillbilly.
Los hillbillies son de los Apalaches. Somos gente de las colinas. Para mí, el término significa una persona de la colina a la que le gusta pasárselo bien. Sus cosas favoritas (de él o de ella) son: la música, las montañas, nadar en pelotas, resentirnos por algo y liarnos a mamporrazos. Cosas que ni a él ni a ella les importa pero que a otra gente sí: el barro y la mugre, que la gente los juzgue, todas y cada una de las normas habidas y por haber (sobre todo las relativas a tener que ponerse camisas y calzado). El término es más conocido como una manera despectiva para referirse a la gente de mi región que se mudó a las ciudades en busca de curro, por parte de los de la ciudad. Ahí hay una especie de denominador común entre las palabras «hick», «redneck» y «hillbilly». La gente se las ha inventado para mofarse de mi gente.
«Hillbilly» pretendía ser un insulto, lo mismo que «redneck». Una diferencia es que el «hillbilly» no se ha visto históricamente asociado al odio, el racismo y la ignorancia social como le ha pasado al «redneck». Con esto no pretendo decir que no haya hillbillies racistas, sino que el racismo no es esencial en la definición de un hillbilly, probablemente porque en los lugares donde el término se utilizaba de una manera más amplia –los guetos de las ciudades y las fábricas– había un montón de hillbillies que trabajaban mano a mano, se relacionaban e incluso convivían, con otras minorías.
Debido a eso, siempre me he resistido al término «redneck». Para mí, significa una serie de cosas que, desde luego, soy: orgulloso (quizá más de la cuenta), cabezota y campestre. Pero «redneck» también significa otras cosas que no soy ni por asomo: ignorante, rebosante de odio y racista.
Por supuesto, no me hace ni puta gracia que sentirse orgulloso de ser sureño (siendo blanco) signifique que la gente vaya a dar por hecho que eres un ignorante y/o un racista. Por supuesto, no quiero que se me asocie con nada de eso y deseo de todo corazón que esas palabras desaparezcan o comiencen a significar algo positivo. Pero la realidad es que no van a desaparecer. Yo soy un hillbilly. Y la verdad es que soy también un redneck. Mi padre es un predicador que solía beber más de la cuenta y montaba en moto. Mi hermano está en prisión. Mi abuelita chupaba tabaco y cocinaba con manteca de cerdo. Yo soy lo que soy y la gente va a definirme como le salga de los huevos.
Pero esas palabras ya no significan lo que la gente que no se identifica con ellas dice que significan. Yo solía pensar que redneck significaba algo lleno de odio, algo que no era yo. Y lo pensaba porque dejé que la gente me definiera, a mí y a mi cultura. Y eso se acabó. Soy de campo, soy sureño y me siento orgulloso. Siempre he sido un hillbilly. Y, de ahora en adelante, voy a ser siempre un redneck. Un amoroso, tolerante, inteligente y orgulloso hillbilly redneck. ¡Ea! Vámonos de juerga.
¿Qué más es un redneck?
Un redneck trabaja duro y ama con más dureza aún. Un redneck es ferozmente leal a su gente (y a sus animales). Un redneck sabe cómo pasárselo de putísima madre. Mirad, podéis soltar toda la mierda esnob que queráis, pero si pensáis que disparar armas de fuego, bañarse en lodo y pilotar pontones en el lago no es la hostia de divertido, entonces vosotros y nosotros, bueno, está claro que somos dos tipos diferentes de personas. Un redneck ama a su camioneta, a su equipo de fútbol, a su cerveza, a sus armas y a su mamá. No le toquéis los ovarios a una mamá redneck. Aunque sea una «pillbilly»40 como la de Trae41. Un redneck ni quiere ni necesita ayuda de nadie. Es puro orgullo. Solo quiere que le dejen muy en paz.
Lo que nos lleva a la que, en nuestra opinión, es la única característica absolutamente definitoria de un redneck: a un redneck se la suda todo. No solo una cosa. El terreno de todo lo que se la suda a un redneck es de una aridez insondable. Podría rellenarse el Gran Cañón con todo lo que se la puede llegar a sudar lo que tú, u otro cualquiera, piense. ¿Que debería ir de manga larga al funeral de su abuela como una persona decente? Probablemente, pero, joder, el chaval ganó el domingo y a ella le hubiese encantado que figurase como lo que verdaderamente es.
¿Que no os gusta cómo vive? Se la suda.
¿Que creéis que tendría que actuar con un poco más de tacto? Se la suda.
¿Que incontables científicos y expertos coinciden en afirmar que el gas de escape de su camioneta es nocivo para el medio ambiente? Bueno, joder, eso no es moco de pavo. Pero mucho me temo que van a tener que ponerse a la cola del «podéis besarme el culo». Y que sepan que va a ser una espera bastante larga.
¿Alguna vez os habéis fijado en que los rednecks son casi el único subgrupo que queda en este país del que resulta casi del todo aceptable socialmente mofarse en público? ¿Por qué creéis que es? Bueno, nos gustaría sugerir que se debe, casi exclusivamente, a su total incapacidad para que le importe un carajo. A lo largo de los años, los demás grupos de gente (legítima y oportunamente) se han puesto en pie y han dicho: «Un momento, tíos, mirad una cosa: no está pero que nada bien que habléis así de nosotros. También somos personas. Tenéis que parar». Y la gente paró. La mayoría. Pero cuando los rednecks se enteran de que se están riendo de ellos, más bien lo que les da por decir es algo así como: «¿Que hago qué? ¿Quién habla mal? ¿Ah, sí? ¡Bueno, pues ve y dile a todos que pueden venir cuando quieran a besarme el culo!». Y con eso, más o menos, se zanja el asunto.
Por lo general, nos sentimos orgullosos de esos atributos. No tiene por qué existir vergüenza en el hecho de ser un redneck. Algunas de las personalidades más formidables que ha conocido este país han sido rednecks. Y hablando de eso, antes de contaros lo que no es un redneck, querríamos dedicar un espacio a una acotación muy importante:
Oh, colegas, no veáis, estamos emocionadísimos. Vamos a deshacernos en elogios con algunos de nuestros ídolos. (Nota: dado que ya nos hemos explayado bastante con Billy Carter y Jeff Foxworthy, vamos a excluirlos de la siguiente lista. Y, con no poca consternación, vamos a hacer lo mismo con Lynyrd Skynyrd y todos los grandes de la música country –salvo por una notable excepción–, pues les dedicaremos buena parte del capítulo 6. «Punteos y pinchadas».)
En cualquier caso, sin más preámbulos, os presentamos a...
LOS DIEZ REDNECKS MÁS GRANDES DE TODOS LOS TIEMPOS
1. Dale Earnhardt. Vale, antes de nada, un minuto de silencio. Mostrad un poco de respeto, coño... Muy bien, gracias.
Dicho esto: ¡Eeeeeeeeeeeeeeaaaaaa! ¡El puto Dale, nena! ¡El Intimidador! Escuchadme todos, si no sois rednecks probablemente no entendáis lo mucho que Earnhardt significa para nosotros. De hecho, existe la teoría generalizada de que Jesús ya ha regresado, solo que nosotros lo llamamos Dale Earnhardt. Hablando claro, el tío que lleva el número tres es uno de los cabronazos más tremendos que se han puesto al volante de esos coches, y eso es decir mucho. Legitimizó NASCAR, ganó dinero a espuertas, tuvo tres mujeres que estaban como un tren (lo que puede parecer algo negativo hasta que te das cuenta de la importancia del número tres en la mitología de este hombre; ¡y además ahora te callas porque estoy hablando yo!), y luego, en 2001, murió de la misma forma en que vivió: corriendo en el Daytona International Speedway42, haciendo que echase humo con las dos manos en el puto volante.
2. También Dale Earnhardt.
3. También Dale Earnhardt. (Esto no puede ser de otra manera. Está escrito).
4. Brett Favre. A ver, porque este sí que es un hijoputa de mucho cuidado. ¡Bua! Va a ser difícil expresar en un solo párrafo la grandiosidad de Brett Favre. Un chaval modesto de Mississippi con un acento muy cerrado, un obús adherido al hombro y una propensión muy redneck a que todo se la sude olímpicamente sin parar mientes en nada. ¿Intercepciones? Se la sudan. Que las cosas no te la suden es oficio de nenazas. A las chavalas les pone el pase largo. Hemos visto a Favre noquear, literalmente, a hombres de ciento quince kilos con sus cañonazos. ¿Sabíais que Favre se pasó cerca de cinco años jugando en la NFL sin tener ni la más remota idea de lo que era una «defensa de níquel»?43. Ya os podéis imaginar lo mucho que se la sudaba. Los superforofos del fútbol americano suelen ensalzar a los mariscales de campo (los quarterbacks), la precisión quirúrgica y la lectura de las defensas, pero qué hostias, hay cabronazos que simple y llanamente saben jugar. Y puede que Brett Favre haya sido el mejor de todos esos cabronazos.
5. Levon Helm. Ya dejamos convenientemente apuntado que no íbamos a darle coba a ningún grande de la música country porque para eso necesitaríamos una lista aparte. Pero lo de Levon Helm es harina de otro costal. Batería, cantante y compositor, originario de un pueblito de Arkansas, con su acento y sus modales correspondientes, Helm fue miembro de The Band antes de que el grupo se separase y cada cual emprendiese su carrera en solitario. Un puto genio con voz de ángel sureño. ¿Habéis escuchado alguna vez «The Night They Droved Old Dixie Down»? ¡Dios mío! Es como heroína transformada en balada de la Guerra de Secesión. Uno de los rockeros más influyentes de la historia, amado y reverenciado por todos los que trabajaron alguna vez con él. Y un Sureño en Toda Regla.
6. Pat Summitt. Con casi mil cien victorias, ocho títulos nacionales y una tasa de graduación del cien por cien (¡cien por cien!), podría decirse que Pat Summitt ha sido la mejor entrenadora (incluyendo varones) de la historia del deporte americano. Mejoró la vida de incontables jóvenes, pero jamás dejó de ser lo que era: una chica redneck de campo, natural de Clarksville, Tennessee. Puto Alzheimer.
7. Sargento Alvin York. Este es uno de esos hijoputas de los que no te creerías una sola palabra si no fuera porque todas sus hazañas están exhaustivamente documentadas. El sargento York, undécimo vástago nacido en una cabaña de troncos de dos dependencias en el Tennessee rural más profundo, fue reclutado para luchar por primera vez contra los alemanes en la Primera Guerra Mundial; y a los alemanes no les salió muy a cuenta. Mató a veintiocho, capturó a ciento treinta y dos y, en general, pateó mogollón de traseros boches. Y eso que era un puto pacifista. Como decíamos: un fuera de serie.
8. Randy Moss
