El maravilloso mago de Oz - L. Frank. Baum - E-Book

El maravilloso mago de Oz E-Book

L. Frank Baum

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Beschreibung

"Todo era gris y desértico en esa región. Ningún árbol y ninguna casita se divisaba en el horizonte. Hasta los tíos de Dorothy eran grises. Unos señores mayores que hace mucho tiempo se olvidaron de reír." Cuando Dorothy y su perrito Toto se vieron atrapados en su casa por un torbellino que llegó de repente, nunca pensaron que los vientos les llevarían a una tierra tan extraña y lejana a su hogar en Kansas. El país de Oz está lleno de simpáticas criaturas, desde un leñador hecho de hojalata, hasta un león que teme a todo, pero Dorothy quiere volver a sus tíos y su vida de antes. ¿Logrará Dorothy encontrar la forma de regresar? ¿Qué pasará con sus nuevos amigos, el león, el leñador y el espantapájaros? -

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L. Frank Baum

El maravilloso mago de Oz

 

Saga

El maravilloso mago de OzOriginal titleThe Wonderful Wizard of Oz

Cover image: Shutterstock Copyright © 1900, 2020 L. Frank Baum and SAGA Egmont All rights reserved ISBN: 9788726457926

 

. e-book edition, 2020

Format: EPUB 2.0

 

All rights reserved. No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

SAGA Egmont www.saga-books.com – a part of Egmont, www.egmont.com

CAPÍTULO 1

EL CICLÓN

Dorothy vivía en medio de las extensas praderas de Kansas, con su tío Henry, que era granjero, y su tía Em, la esposa de éste. La casa que los albergaba era pequeña, pues la madera necesaria para su construcción debió ser transportada en carre_tas desde muy lejos. Constaba de cuatro paredes, piso y techo, lo cual formaba una habitación, y en ella había una cocina algo herrumbrada, un mueble para los platos, una mesa, tres o cuatro sillas y las camas. El tío Henry y la tía Em tenían una cama grande situada en un rincón, y Dorothy ocupaba una pequeñita en otro rincón. No había altillo ni tampoco sótano, salvo un hueco cavado en el piso, y al que llamaban refugio para ciclones, donde la familia podía cobijarse en caso de que se descargara un huracán lo bastante fuerte como para barrer con cualquier edificio que hallara en su camino. A este hueco -pequeño y oscuro- se llegaba por medio de una escalera y una puerta trampa que había en medio del piso.

Cuando Dorothy se detenía en el vano de la puerta y miraba a su alrededor, no podía ver otra cosa que la gran pradera que los rodeaba. Ni un árbol ni una casa se destacaba en la inmensa llanura que se extendía en todas direcciones hasta parecer juntarse con el cielo. El sol había calcinado la tierra arada hasta convertirla en una masa grisácea con una que otra rajadura aquí y allá. Ni siquiera la hierba era verde, pues el sol había quemado la parte superior de sus largas hojillas hasta teñirlas del mismo gris predominante en el lugar. En un tiempo la casa estuvo pintada, pero el calor del astro rey había levantado ampollas en la pintura y las lluvias se llevaron a ésta, de modo que la vivienda tenía ahora la misma tonalidad grisácea y opaca que todo lo que la circundaba.

Cuando la tía Em fue a vivir allí, era una mujer joven y bonita; pero el sol y los vientos también la habían cambiado, robando el brillo de sus ojos,•; que quedaron de un gris plomizo, y borrando el rubor de sus labios y mejillas, los que poco a poco fueron adquiriendo la misma tonalidad imperante en el lugar. Ahora era demasiado enjuta y jamás sonreía. Cuando Dorothy quedó huérfana y fue a vivir con ella, la tía Em solía sobresaltarse tanto de sus risas que lanzaba un grito y se llevaba la mano al corazón cada vez que llegaba a sus oídos la voz de la pequeña, y todavía miraba a su sobrina con expresión de extrañeza, preguntándose qué era lo que la hacía reír.

Tampoco reía nunca el tío Henry, quien trabajaba desde la mañana hasta la noche e ignoraba lo que era la alegría. El también tenía una tonalidad grisácea, desde su larga barba hasta sus rústicas botas, su expresión era solemne y dura.

Era Toto el que hacía reír a Dorothy y el que la salvó de tornarse tan opaca como el medio ambiente en que vivía. Toto no era gris; era un perrito negro, de largo pelaje sedoso y negros ojillos que relucían alegres a ambos lados de su cómico hocico. Toto jugaba todo el día y Dorothy le acompañaba en sus juegos y lo quería con todo su corazón.

Empero; ese día no estaban jugando. El tío Henry se hallaba sentado en el umbral y miraba al cielo con expresión preocu_pada, notándolo más gris que de costumbre. De pie a su lado, con Toto en sus brazos, Dorothy también observaba el cielo. La tía Em estaba lavando los platos.

Desde el lejano norte les llegaba el ronco ulular del viento, y tío y sobrina podían ver las altas hierbas inclinándose ante la tormenta. Desde el sur llegó de pronto una especie de silbido agudo, y cuando volvieron los ojos en esa dirección vieron que también allí se agitaban las hierbas.

El viejo se levantó de pronto.

-Viene un ciclón, Em-le gritó a su esposa-. Iré a ocuparme de los animales.

Y echó a correr hacia los cobertizos donde estaban las vacas y caballos.

La tía Em dejó su trabajo para salir a la puerta, desde donde vio con una sola ojeada el peligro que corrían.

-¡Aprisa, Dorothy! -chilló-. ¡Corre al sótano!

Toto saltó de entre los brazos de la niña para ir a esconderse bajo la cama, y Dorothy se dispuso a seguirlo, mientras que la tía Em, profundamente atemorizada, abría la puerta trampa y descendía al oscuro refugio bajo el piso. Al fin logró Dorothy atrapar a Toto y se volvió para seguir a su tía; pero cuando se hallaba a mitad de camino arreció de pronto el vendaval y la casa se sacudió con tal violencia que la niña perdió el equilibrio y tuvo que sentarse en el suelo.

Entonces ocurrió algo muy extraño. La vivienda giró sobre sí misma dos o tres veces y empezó a elevarse con lentitud hacia el cielo. A Dorothy le pareció como si estuviera ascen_diendo en un globo.

Los vientos del norte y del sur se encontraron donde se hallaba la casa, formando allí el centro exacto del ciclón. En el vórtice o centro del ciclón, el aire suele quedar en calma, pero la gran presión del viento sobre los cuatro costados de la cabaña la fue elevando cada vez más, y en lo alto permaneció, siendo arrastrada a enorme distancia y con tanta facilidad como si fuera una pluma.

Reinaba una oscuridad muy densa y el viento rugía horri_blemente en los alrededores, pero Dorothy descubrió que la vivienda se movía con suavidad. Luego de las primeras vueltas vertiginosas, y después de una oportunidad en que la casa se inclinó bastante, tuvo la misma impresión que debe sentir un bebé al ser acunado.

A Toto no le gustaba todo aquello y corría de un lado a otro de la habitación, ladrando sin cesar; pero Dorothy quedóse quieta en el piso, aguardando para ver qué iba a suceder.

En una oportunidad el perrillo se acercó demasiado a la puerta abierta del sótano y cayó por ella. Al principio pensó la niña que lo había perdido; pero a poco vio una de sus orejas que asomaba por el hueco, y era que la fuerte presión del huracán lo mantenía en el aire, de modo que no podía caer. La niña se arrastró hasta el agujero, atrapó a Toto por la oreja y lo arrastró de nuevo a la habitación después de cerrar la puerta trampa a fin de que no se repitiera el accidente.

Poco a poco fueron pasando las horas y Dorothy se repuso gradualmente del susto; pero se sentía muy solitaria, y el viento aullaba a su alrededor con tanta fuerza que la niña estuvo a punto de ensordecer. Al principio habíase preguntado si se haría pedazos cuando la casa volviera a caer; mas a medida que transcurrían las horas sin que sucediera nada terrible, dejó de preocuparse y decidió esperar con calma para ver qué le depararía el futuro. Al fin se arrastró hacia la cama y acostóse en ella, mientras que Toto la imitaba e iba a tenderse a su lado..

A pesar del balanceo de la cabaña y de los aullidos del viento, la niña terminó cerrando los ojos y se quedó profunda_ mente dormida.

CAPÍTULO 2

LA CONFERENCIA CON LOS MUNCHKINS

A Dorothy la despertó una sacudida tan fuerte y repentina que si no hubiera estado tendida en la cama podría haberse hecho daño. Así y todo, el golpe le hizo contener el aliento y preguntarse qué habría sucedido, mientras que Toto, por su parte, le pasó el hocico sobre la cara y lanzó un lastimero gemido. Al sentarse en el lecho, la niña notó que la casa ya no se movía; además, ya no estaba oscuro, pues la radiante luz del sol penetraba por la ventana, inundando la habitación con sus áureos resplandores. Saltó del lecho y, con Toto pegado a sus talones, corrió a abrir la puerta.

En seguida lanzó una exclamación de asombro al mirar a su alrededor, mientras que sus ojos se agrandaban cada vez más ante la vista maravillosa que se le ofrecía.

El ciclón había depositado la casa con bastante suavidad en medio de una región de extraordinaria hermosura. Por doquier veíase el terreno cubierto de un césped del color de la esmeral_da, y en los alrededores se elevaban majestuosos árboles cargados de sabrosos frutos maduros. Abundaban extraordina_riamente las flores multicolores, y entre los árboles y arbustos revoloteaban aves de raros y brillantes plumajes. A cierta distancia corría un arroyuelo de aguas resplandecientes que acariciaban al pasar las verdosas orillas, susurrando en su marcha con un son cantarino que resultó una delicia para la niña procedente de las áridas planicies de Kansas.

Mientras observaba entusiasmada aquel extraño y maravi_lloso espectáculo, notó que avanzaba hacia ella un grupo de las personas más raras que viera en su vida. No eran tan grandes como los adultos a los que conocía, pero tampoco eran muy pequeñas. En verdad, parecían tener la misma estatura de Dorothy, que era bastante alta para su edad, aunque, a juzgar por su aspecto, le llevaban muchos años de ventaja.

Eran tres hombres y una mujer, todos vestidos de manera muy extraña. Estaban tocados de unos sombreros cónicos de unos treinta centímetros de altura en la copa, adornados por campanillas que tintineaban suavemente con cada uno de sus movimientos. Los de los hombres eran azules, y blanco el de la mujercita, quien lucía una especie de vestido también blanco que pendía en pliegues desde sus hombros casi hasta el suelo y estaba salpicado de estrellitas que el sol hacía brillar como diamantes. Los hombres vestían de azul claro y calzaban bien lustradas botas negras con adornos del mismo tono de sus ropas. Al observarlos, Dorothy calculó que eran casi tan viejos como su tío Henry, pues dos de ellos tenían barba. Pero la mujercita era sin duda mucho mayor; tenía el rostro cubierto de arrugas y el cabello casi blanco; además, caminaba con el paso propio de las personas de edad avanzada.

Cuando llegaron cerca de la casa a cuya puerta se hallaba parada la niña, se detuvieron y hablaron por lo bajo, como si no se atrevieran a seguir avanzando. Pero la viejecita llegó hasta Dorothy, hizo una profunda reverencia y dijo con voz muy dulce:-Noble hechicera, bienvenida seas a la tierra de los Munchkins. Te estamos profundamente agradecidos por haber matado a la Maligna Bruja del Oriente y liberado así a nuestro pueblo de sus cadenas.

Dorothy la escuchó con gran extrañeza. ¿Por qué la llamaría hechicera, y qué quería significar al decir que había matado a la Maligna Bruja del Oriente? Ella era una niñita inocente e inofensiva a la que el ciclón había alejado de su hogar, y jamás en su vida mató a nadie.

Mas era evidente que la mujercita esperaba una respuesta, de modo que la pequeña contestó tras cierta vacilación:

-Es usted muy amable, pero debe tratarse de un error. Yo no he matado a nadie.-Bueno, al menos lo hizo tu casa -rió la viejecita-, lo cual viene a ser lo mismo. Fíjate -continuó indicando una esquina de la vivienda-, allí se ven sus pies que sobresalen por debajo de una de las tablas.

Al mirar hacia el lugar indicado, Dorothy dejó escapar un gritito de miedo. En efecto, precisamente debajo del rincón de la casa, veíase asomar dos pies calzados con puntudos zapatos de plata.

-¡Dios mío! ¡Dios mío! -exclamó la niña con gran desa_zón-. Le debe haber caído encima la casa. ¿Qué haremos ahora?

-Nada se puede hacer -fue la tranquila respuesta de la ancianita.

-¿Pero quién era? -quiso saber Dorothy.

-La Maligna Bruja del Oriente, como ya te dije. La que tenía esclavizados a los Munchkins desde hacía años, obligán_dolos a trabajar para ella noche y día. Ahora se han liberado, y te agradecen el favor.

-¿Quiénes son los Munchkins? -preguntó Dorothy.

-La gente que vive en esta tierra del Oriente, donde manda_ba la Bruja Maligna.-¿Y usted es una Munchkins?

-No, pero soy amiga de ellos, aunque vivo en las tierras del Norte. Cuando vieron que la Bruja del Oriente estaba muerta, los Munchkins me enviaron un mensajero a toda prisa y vine al instante. Yo soy la Bruja del Norte.

-¡Cielos! -exclamó Dorothy-. ¿Una bruja verdadera?

-En efecto -respondió la ancianita-. Pero soy una bruja buena y la gente me quiere.

No soy tan poderosa como lo era la Bruja Maligna del Norte, que gobernaba aquí, pues de otro modo yo misma habría liberado a la gente.

-Pero yo creía que todas las brujas eran malas -arguyó la niña, atemorizada al verse frente a una bruja.

-No, no, eso es un error. Había cuatro brujas en total en el País de Oz, y dos de ellas, las que viven en el Norte y el Sur, son brujas buenas. Las que vivían en el Oriente y el Occidente eran, en cambio, brujas malvadas; pero ahora que tú has matado a una de ellas, sólo queda una mala en todo el País de Oz, y es la que vive en el Occidente.

-Pero -objetó Dorothy luego de un meditativo silencio-, tía Em me contó que todas las brujas murieron hace ya muchísi_mos años.

-¿Quién es la tía Em? -preguntó la ancianita.

-Es mi tía, la que vive en Kansas, la región de donde vengo.

La Bruja del Norte meditó un momento, con la cabeza gacha y los ojos fijos en el suelo. Al fin levantó la vista y dijo:

-No sé dónde está Kansas, pues es la primera vez que la oigo mencionar. Pero dime, ¿es un país civilizado?

-Sí, claro.

-Entonces esa es la causa. Creo que en los países civiliza_dos ya no quedan brujas ni brujos, magos o hechiceras. Pero el caso es que el País de Oz nunca fue civilizado, pues estamos apartados de todo el resto del mundo. Por eso es que todavía tenemos brujas y magos.

-¿Quiénes son los magos?

-El mismo Oz es el Gran Mago -manifestó la Bruja en voz mucho más baja-. Es más poderoso que todos los demás juntos, y vive en la Ciudad Esmeralda.

Dorothy iba a hacer otra pregunta; pero en ese momento los Munchkins, que habían escuchado en silencio, lanzaron un grito agudo y señalaron hacia la esquina de la casa bajo la cual yacía la Bruja del Oriente.

-¿Qué pasa? -preguntó la ancianita, y al mirar rompió a reír. Los pies de la Bruja muerta habían desaparecido por completo y no quedaban más que los zapatos de plata-. Era tan vieja que el sol la redujo a polvo. Así termina ella, pero los zapatos son tuyos y te los daré para que los uses.

Recogió los zapatos y, luego de quitarles el polvo, se los entregó a Dorothy.

-La Bruja del Oriente estaba orgullosa de esos zapatos plateados -comentó uno de los Munchkins-, y creo que tienen algo mágico, aunque nunca supimos cuál era su magia.

Dorothy los llevó al interior de la casa y los puso sobre la mesa. Cuando volvió a salir, dijo:

-Estoy ansiosa por volver al lado de mis tíos, pues es seguro que estarán preocupados por mí. ¿Pueden ayudarme a encon_trar el camino?

Los Munchkins y la Bruja se miraron unos a otros y luego a Dorothy. Al fin menearon las cabezas.

-Hacia Oriente, no muy lejos de aquí -dijo uno-, está el gran desierto que nadie puede cruzar.

-Lo mismo que en el Sur -declaró otro-, pues yo he estado allí y lo he visto. El Sur es el país de los Quadlings.

-Y a mí me han dicho que en el Occidente es lo mismo -expresó el tercero-. Y ese país, donde viven los Winkies, es gobernado por la Maligna Bruja de Occidente, que te esclavi_zaría si pasaras por allí.

-En el Norte está mi país -dijo la ancianita-, y en su límite se ve el gran desierto que rodea el País de Oz. Querida mía, mucho temo que tendrás que quedarte a vivir con nosotros.

Al oír esto, Dorothy empezó a sollozar, pues se sentía muy sola entre aquella gente tan extraña. Sus lágrimas parecieron apenar a los bondadosos Munchkins, los que en seguida sacaron sus pañuelos y rompieron también a llorar. En cuanto a la Bruja buena, se quitó el gorro cónico y lo puso en equilibrio sobre la punta de la nariz mientras contaba hasta tres con voz solemne. Al instante, el gorro se convirtió en una pizarra sobre la que estaban escritas con tiza las siguientes palabras:

DEJEN QUE DOROTHY VAYA A LA CIUDAD ESMERALDA

La ancianita se quitó la pizarra de la nariz y, una vez que hubo leído el mensaje, preguntó:

-¿Te llamas Dorothy, queridita?

-Sí. -La niña levantó la vista y se enjugó las lágrimas.

-Entonces debes ir a la Ciudad Esmeralda. Puede que Oz quiera ayudarte.

-¿Dónde está esa ciudad?

-En el centro exacto del país, y la gobierna Oz, el Gran Mago de quien te hablé.

-¿Es un buen hombre? -preguntó Dorothy en tono ansioso.

-Es un buen Mago. En cuanto a si es un hombre o no, nopodría decirlo, pues jamás lo he visto.

-¿Y cómo llegaré hasta allí?

-Tendrás que caminar. Es un viaje largo, por una región que tiene sus cosas agradables y sus cosas terribles. Sin embargo, emplearé mis artes mágicas para protegerte de todo daño.

-¿No irá usted conmigo? -suplicó la niña, que había empe_zado a considerar a la ancianita como su única amiga.

-No puedo hacer tal cosa; pero te daré un beso, y nadie se atreverá a hacer daño a una persona a quien ha besado la Bruja del Norte.

Acercóse a Dorothy y, con gran suavidad, la besó en la frente. La niña descubrió más tarde que sus labios le habían dejado una señal luminosa en el lugar donde rozaron su piel.

-El camino que va a la Ciudad Esmeralda está pavimentado con ladrillos amarillos -expresó la Bruja-, de modo que no podrás perderte. Cuando veas a Oz, no le tengas miedo; cuéntale lo que te ha pasado y pídele que te ayude. Adiós, querida mía.

Los tres Munchkins se inclinaron respetuosamente ante la niña y le desearon un agradable viaje, después de lo cual se alejaron por entre los árboles. La Bruja le hizo una amable inclinación de cabeza, giró tres veces sobre su tacón izquierdo y desapareció por completo, para gran sorpresa de Toto, el que empezó a ladrar a más y mejor ahora que ella se había ido, pues no se había atrevido a gruñir siquiera en su presencia.

Pero Dorothy, que sabía que era una bruja, estaba preparada para su brusca partida, de modo que no sintió la menor sorpresa.

CAPÍTULO 3

DE CÓMO SALVÓ DOROTHY AL ESPANTAPÁJAROS

Al quedar sola, Dorothy empezó a sentir apetito, de modo que fue a la alacena y cortó un pedazo de pan al que le puso manteca. Dio un poco a Toto, descolgó el cubo y se fue al arroyuelo para llenarlo con agua. Toto corrió hacia los árboles y empezó a ladrarle a los pajarillos. Cuando fue a buscarlo, la niña vio unas frutas tan deliciosas pendientes de las ramas que recogió algunas para completar su desayuno.

Volvió entonces a la casa, y luego de haber bebido un poco de agua, se dispuso para el viaje a la Ciudad Esmeralda.

Sólo tenía otro vestido, pero estaba muy limpio y colgaba de una percha al lado de su cama. Era de algodón, a cuadros blancos y azules, y aunque el azul estaba algo descolorido por los frecuentes lavados, la prenda le sentaba muy bien. La niña se lavó cuidadosamente, se puso el vestido limpio y se caló el sombrero rosado. Llenó con pan una cesta y la cubrió con una servilleta blanca. Luego se miró los pies y notó cuán viejos y gastados estaban sus zapatos.

-Seguro que no me van a servir para un viaje largo, Toto -dijo, y el perrillo la miró con sus ojos negros y meneó la cola para demostrar que entendía sus palabras.

En ese momento vio Dorothy los zapatos plateados que habían pertenecido a la Bruja del Oriente y que reposaban sobre la mesa.

-¿Me calzarán bien? -dijo-. Serían lo más apropiado para una caminata prolongada, pues no creo que se gasten.

Quitóse los viejos zapatos de cuero y se probó los otros, viendo que le calzaban como si se los hubieran hecho de medida. Después recogió su cesta.

-Vamos, Toto -ordenó-. Iremos a la Ciudad Esmeralda y preguntaremos al Gran Oz cómo podemos regresar a Kansas.

Cerró la puerta, le echó llave y se guardó ésta en el bolsillo. Luego, mientras que Toto la seguía pegado a sus talones, emprendió su viaje.

Había varios caminos en las cercanías, pero no tardó mucho en hallar el que estaba pavimentado con ladrillos amarillos. Poco después marchaba a buen paso hacia la Ciudad Esmeral_da, y sus zapatos de plata resonaban alegremente sobre el amarillo pavimento. El sol brillaba con todo su esplendor y los pájaros cantaban dulcemente, por lo que Dorothy no se sintió tan mal como era de esperar en una niña a la que de pronto sacan de su ambiente familiar y colocan en medio de una tierra extraña.