El mercurio volante - Carlos Chimal - E-Book

El mercurio volante E-Book

Carlos Chimal

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Beschreibung

El Mercurio Volante de Carlos Chimal es una novela hasta ahora inédita. Está conformada por dieciocho capítulos que narran la vida de Carlos de Sigüenza y Góngora en compañía de su asistente Serafín Ocelote. Reconstruye la cotidianeidad de la Nueva España y reproduce el lenguaje utilizado en esa época sin tornar la lectura oscura o pesada.

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Seitenzahl: 487

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Fotografía: Ana Chimal Landa

Carlos Chimal (Ciudad de México, 1954), escritor interesado en la comprensión pública de la ciencia, ha publicado las siguientes novelas: Escaramuza, Lengua de pájaros, El viajero científico, Nueve días en la vida de Antón Muñón, Creaturas de fuego, En busca de Argelia y Mi vida con las estrellas.

LETRAS MEXICANAS

El mercurio volante

CARLOS CHIMAL

El mercuriovolante

Primera edición, 2018 Primera edición en libro electrónico, 2018

Esta novela fue escrita gracias al Sistema Nacional de Creadores de Arte, Fonca.

D. R. © 2018, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-5881-4 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

ÍNDICE

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Forsan et haec olim meminisse iuvabit. [Y quizá un día sea grato acordarse de todo esto.] VIRGILIO, Églogas, Geórgicas, Eneida,I-VI

Capítulo I

Antes de caer la tarde Serafín Ocelote cruzó el camino de Tacuba por el que se iba a las huertas de la orilla occidental de México-Tenochtitlan y, si uno seguía andando, llegaba hasta el poblado de Santiago Tlatelolco. Como nunca, la isla le pareció muy distinta. Al fondo se alzaban dos volcanes, uno fogoso y el otro frío como la muerte. Había estado hablando con el viejo del lago de Tezcoco, quien sabía muchas cosas y tenía libros, igual que su patrón. El viejo le había advertido: “No confíes en los castilteca” pero él no le hacía caso, su patrón lo había salvado de la indigencia, de amanecer con una mano adelante y otra atrás bajo los portales de alguna iglesia; para un pordiosero los estratos del cielo que se abrían poco a poco dejando ver un techo celeste aparecerían grises y ominosos. Para él ya no. Bandadas de patos y garzas volaron hacia el sur, tal vez en busca de las aguas dulces del lago de Xochimilco. Apresuró el paso, no quería que el crepúsculo lo dejara desamparado mientras se adentraba en la isla.

En agosto de 1670 la primera traza de la capital de la Nueva España de las Indias del Mar Océano había terminado en una cruadrícula perfecta. Su forma reticular dibujaba manzanas en damero, es decir, más largas de oriente a poniente pues ese era el camino del Sol. Fuera de ella la rodeaban con sus caseríos aquí y allá cinco barrios indios salpicados de españoles tunantes y sus vástagos mestizos. Sus nombres eran: San Juan Moyotlán, al suroeste; San Pablo Zoquiapan, al sureste; San Sebastián Atzacoalco, al noreste, y Santa María Cuepopan al noreste, además de Santiago Tlatelolco, cabecera con sus propios barrios y separado de la isla por el canal Tezontlalli.

Siguió adelante y dejó atrás el calpulli de San Sebastián Atzacoalco, caminó lejos, cruzó puentes de madera y de piedra; vio pasar hombres que cargaban mantas, maderos, y algunos más que llevaban a cuestas a otros hombres y mujeres adinerados que podían pagar para no tener que vadear por su pie los charcos, o simplemente porque no deseaban cansarse en su camino por la ciudad. Escuchó caballos relinchar, perros ladrar, mulas trotando sobre el empedrado. Señoras escogían en una casa de paños el azul más hermoso que habían preparado esa semana las indias del obraje. En algunos sitios el olor era fétido, pues había animales muertos que nadie enterraba. Cobijados por las paredes de uno y otro convento se rezaban las horas canónicas de las vísperas al ritmo de un reloj de arena; en algún sitio de esta región los indios aprendían el canto mozárabe de Toledo y Sevilla, y lo entonaban inspirados por el aliento de un órgano o bien por su propia voluntad de escuchar el suspiro de los ángeles.

Los placeros escombraban los tendajones de madera y carrizo que se habían quemado el día anterior por causa de algún anafre en un puesto de fritangas, mientras los vecinos traían la imagen de la Virgen de los Remedios, a ver si ayudaba a sofocar el incendio. Las plazas despertaban con sus sombras y tenderetes. En San Juan Moyotlán los mestizos y en San Pablo Zoquiapan los indios semidesnudos ofrecían peces, verduras, gusanos. Dos negros tocaban sus tambores mientras un mestizo y una india hacían bailar a su coyota. Barberos, herreros, jubeteros y ladrones, todos iban a lo suyo desde temprana hora. Atravesó la Plaza Menor; a un costado de las viejas casas de Cortés, tres caballeros españoles que mantenían a paso su montura bromeaban alegremente. Un carruaje de pasajeros cruzó despacio por la calle enlodada y se detuvo frente a un hostal.

Ya enfilaba hacia el convento de San Francisco y continuaba a la casa de su patrón cuando reconoció a la distancia los sayales cafés de un grupo de monjes. Entre ellos caminaba un hombre más alto que el resto. Imaginó que era el fraile Bernardino de Sahagún, de quien se decía que, si alguien le regalaba una gallina, la dividía en siete días para no despertar la gula; si alguien le obsequiaba unos huaraches, los cedía a algún hermano lego; no cenaba excepto los domingos y se abstenía rigurosamente del vino. Le hubiera gustado conocer al fraile, pero eso era imposible, pues tendría que haber nacido 100 años atrás.

Miró la tierra lodosa y luego las sombras de los que andaban antes que él. Se veía a sí mismo persiguiendo las huellas del tlatoani despachado siglos atrás y, no obstante, seguía tomándole la mano a alguien, no estuvo seguro si la de su patrón o la de un ánima en pena. Entre brumas y bellotas de roble tuvo la impresión de que muchas de esas personas pisaban con harta muina en sus espaldas, pues arrastraban las piernas como si el lodo las reclamara. Creía, estaba seguro de que intentarían vender sus duelos y quebrantos en el próximo tianguis al amanecer. No recordó si así fue y si ganaron buenos talegos por ello, pues sintió que lo corrían como a una mona; aterrado, sentía que la tierra temblaba.

En realidad era su patrón quien venía a despertarlo. No recordaba en qué momento se había quedado dormido en el patio de la casa, luego de caminar harto desde Popotla. Aturdido, tardó en incorporarse, por lo que su patrón usó los papeles que traía en la mano para darle un zape, pues eso era para lo único para lo que servía la carta que había estado esperando por parte del padre Provincial de la Compañía de Jesús, la misiva con el perdón por su mal comportamiento tres años atrás había llegado como la lluvia ahora, con fuerza negadora, con saña que se hacía vieja con las horas, y, sin querer, le recordaba que ya no estaba en tiempos de Mari Castaña.

Por su parte, él, avergonzado, se espabiló y se levantó jalado por cuerdas invisibles.

—Padre Carlos, ¡es hora de volver a pegar el ojo al ingenio que le consiguió el cajonero de la acequia real!

Su patrón vivía rodeado de libros de matemáticas, poesía, filosofía, derecho canónico, ingeniería, así como de objetos diversos: esferas, globos, astrolabios, nocturlabios y ballestillas. Y ahora, un telescopio, pues era un enamorado del amanecer. El ambiente húmedo dominaba ese 15 de agosto de 1670. La tormenta había seguido su camino y permitió que el resto de la noche fresca luciera brillante, poblada de estrellas.

—¿Estoy cumpliendo nueve años, Serafín Ocelote? —le preguntó mientras éste se restregaba los ojos. El asistente se le quedó viendo con cara de mayate, dando vueltas a una cuestión sobre la que no tenía la menor idea.

—Entonces no tengo nueve, ¡sino 25 años de edad! Responde, cabezudo porfiado.

—Verdadero en lo que dice cempoualliommacuilli año; hoy es su cumpleaños, padre. Sus familiares y amigos vinieron a felicitarlo.

—¡A burlar con otro!, te atreves a desafiarme diciéndome malicias y pullas, tecamotopeuani (palabra que en náhuatl significaba “burlador”).

—Ya va a anochecer y vuesa merced no va a estar alerta para ojear ni una vaca este santo día…

Durante la madrugada se abrió el cielo encapotado, lo cual su patrón aprovechó para mirar por el anteojo de largo alcance fabricado en Inglaterra que un buen comerciante cajonero del mercado de la acequia real le había conseguido, sin hablar más de sueños perecederos. Antes, se aseó el rostro, tomó un vaso de barro lleno de agua de Ayotzingo, la bebió e hizo buches, y enseguida se limpió los dientes con un paño de lino.

Serafín Ocelote notó que su patrón estaba inquieto. Lo que no sabía era que durante el par de horas que lo vio dormitar tuvo un sueño perturbador, en el que caminaba por el aire preguntándole a un monarca nahuatlaca: “¿Quién detendrá la lluvia?”, pero ni éste ni nadie le respondía. Una cascada de vocablos se derramaron en su interior: facistol, zafiro, esfera, rubí, piélago, volcán, lucero, Navarra, eclíptica, Gane, Pancaya, Fénix. Entonces se atrevió a pronosticar, a adivinar por signos, a adelantarse en el agua. Surgió en él la sensación de que estaba cometiendo un sacrilegio, pues era obvio que el único que tenía el poder de suspender o provocar fenómenos naturales era Dios. No obstante, su mente siguió discurriendo, como si actuara por su propia cuenta: “¿Qué tal si Nuestro Señor no se ocupara de esas nimiedades? Él es un creador, no un manipulador; por tanto, nadie puede detener la lluvia. Es el impulso del fenómeno que sucede debido a otras condiciones naturales, todo lo cual, en su conjunto, responde a una mecánica en la que Él ya no tiene por qué poner atención”.

La figura de Serafín Ocelote le hizo comprender que, en realidad y a pesar de todos los pesares, era alguien distinto de su asistente; él no era parte de la chusma, ni de los jesuitas que lo habían expulsado, ni tampoco de las sombras que esperan indolentes el futuro. Seguía buscando ser uno, Carlos de Sigüenza y Góngora, incrustado en un cuerpo inepto para la vida marcial y para la galante, mucho menos listo para la empresa aventurera allende el océano. No había nada especial en su apariencia exterior, excepto un rostro largo, moreno claro, tostado por el sol de la Nueva España, y un esqueleto flaco cubierto de un pellejo lechoso, cuya compañía de fibra y músculo alcanzaba la brevedad a regañadientes. Apenas le crecía el bigote ralo, una piocha de espantajo y nada más. A pesar de su juventud, las zonas sobre la cabeza ausentes de cabello ya eran notables. Años de lectura lo obligaban a usar quevedos. Nada podía elegir, todo le había sido dado, excepto la posibilidad de enmendar su propio nombre. Siendo su madre Dionisia Suárez de Figueroa y Góngora, años atrás había preferido lo que no le era dado sino cultivado, buscado con ahínco: la fuerza de la pluma.

—Otro recuerdo de su amigo en Flandes, este libro del padre Atanasio Kirchero que llegó en la Carrera de Indias.

—Grandes augurios —replicó Sigüenza, sonriendo, mientras acomodaba sus espejuelos en el largo e inclinado puente de su nariz a fin de enfocar el título, Mundus Subterraneus. Luego comenzó a dar vueltas a las hojas y siguió diciendo—: Kirchero, astrónomo admirado por el padre Alexander Favián… ¿sabes que nació el 2 de mayo de 1601 en la Buchonia, en Geisa para ser precisos, parte del Sacro Imperio Romano?

—No, padre. Pero vuesa merced dice que es jesuita.

En el rostro de Sigüenza se dibujó una sombra del pasado, algo fugaz y sombrío que estaba aprendiendo a disimular. Vivía rodeado de jesuitas, tenía amigos entre ellos pero no pertenecía a la Compañía. Habían pasado tres años desde que había sido expulsado, dos veces había apelado, alegando sincero y profundo arrepentimiento, y otras tantas lo rechazaron. El 30 de marzo de 1669 el general de los jesuitas en Roma contestó a su petición aconsejándole que tratara de ser recibido por el padre provincial de la Orden en México, ya que necesitaba más información antes de poder conceder dicha gracia. Continuó mirando el legajo.

—El que me haya sido entregado hoy ¿significa algo?

—Que puede leerlo.

—Es verdad. Y es de sabios amoldar el juicio, pues has de saber que hasta no hace mucho me pasaba con pan y vino las predicciones astrológicas. Pero ayer comprendí que, según maese Kirchero, los astros no sirven para adivinar el futuro sino para comprender el presente; no dirigen ni determinan nuestras vidas, sino que las iluminan, dándoles un sentido de acción, ¿te das cuenta? El padre Kirchero fue atrapado por las aspas de un molino y apenas sufrió algunos raspones.

La cara impasible del indígena con rastros evidentes de haber sobrevivido las viruelas, un mozo que comenzaba a mudar la voz y a abarbar, uno de ojos pequeños y oscuros, despertó dudas en el discernimiento de Sigüenza, quien había nacido en estas tierras 25 años atrás como pudo haber nacido en Madrid, se había topado desde siempre con sus naturales, como el Serafín Ocelote que tenía al lado, cosa que no hubiera podido suceder allá, y a veces creía que venían de otro mundo, tanto ellos como él. “No sé si cuando se confiessa, se enderessa”, pensó mientras seguía mirando a Serafín Ocelote, quien pasaba por castizo y, sin embargo, sus padres habían pagado tributo, igual que los otros indios; no vestía pantalones y camisas de manta de algodón o alguna tilma que le sirviera de traje y cobija, sino que usaba medias, zapatos y cuellos como los castilteca. En pocas palabras, era un ladino.

Dejó de pensar en ello, no había que holgarse del mal ajeno. El asistente le contó su visión cuando pasó junto a los franciscanos antes de llegar. Luego sacó de su morral un idolillo de barro.

—¿De dónde te sale todo eso, muchacho aturdido?

—Del viejo buzo, padre, él me ha contado y me deja tocar las cosas…

—¿Qué cosas?

—Las que su abuelo rescató de una lancha perdida en el lago de Tezcuco, papeles y libros de un conquistador, de allá por 1569…

—¿Qué viejo? ¡Ahora recibo lección del que apenas lee! Así que dime, ¿a quién has estado visitando en las últimas semanas?

—Al viejo buzo que le digo.

—¡Ca, niño! ¿Y qué insensateces profieres? —agregó Sigüenza—. Nadie se encuentra semejantes archivos en medio de la nada, los habrá hurtado…

Ningún gesto salió del rostro de Serafín Ocelote.

—¿Quién es? —insistió Sigüenza.

—Villadiego, hijo de Calaínos, sobrino de fray Jarro, Pedro por demás, Juan de buen alma, se lo aseguro, padre.

Sigüenza se le quedó viendo y sólo movió la cabeza. Remató:

—La próxima vez que vayas a verlo, me llevas.

—Como vuesa merced ordene.

—Anda, anota en el libro la hora y posición de la estrella que dejamos de observar por causa de tu delirio. Y guarda ese telescopio. ¡Valiente manera de comenzar a mirar la bóveda celeste! Y hay que enviar esas inspecciones al padre Hyeronimus, quien en La Haya también sabe leer el cielo.

Sigüenza prefirió cambiar de tema y siguió hablándole del padre Alexander Favián, al que calificó de “atleta del Olimpo”. Éste se carteaba con Atanasio Kirchero (lo llamó “noble Colón del Cielo”), incluso había recibido algunos autómatas de regalo por parte del jesuita alemán, desarmados para mayor desafío, pero al jesuita mexicano no se le quebró el hilo ni el ánimo, ni le quebró a otro los dientes sino que armó los ingenios mecánicos como si hubiesen salido de su propia cabeza.

—¿No le asustan estos bodrios, padre?

—¿Por qué habrían de hacerlo? Piensa bien, son fiestas de la naturaleza y herramientas útiles para vivir mejor. Producto de consonancias graves y números suaves, de eso no dudes un instante. Hay mucho conato, mucho trabajo y esmero en ello.

Serafín Ocelote no estuvo tan seguro de haber comprendido pero mantuvo cerrada la lengua parladera.

—Y deja de decirme padre, pues bien sabes que aún no lo soy.

—Pero pronto lo va a ser.

—Sábete que de la mano a la boca se pierde la sopa.

—Está bueno, don Carlos.

El sol ya se asomaba por el horizonte, de manera que resultó imposible seguir observando estrellas. Las campanas de la Catedral de México-Tenochtitlan, que se hallaba a escasos 200 pasos en dirección noreste, llamaron a la primera misa del nuevo día. Sigüenza volvió a su habitación. Encendió un candil, tomó papel, tinta y un manguillo de punta aguda. Empezó a escribir:

¿Adivinar en agua?, ¿adivinar por signos o por sueños? ¿Afirmar con atrevimiento y porfía? Dime qué almanaque y pronóstico consultas y te diré quién eres. Y cuando me pongo mis quevedos, empiezo a ver las cosas de distinta manera, no sé si más claras. Lo que sé es que quedarán los discretos más, y los necios, aunque no dejen de serlo, enmendados en algo quedarán. Pero si consultáis el almanaque de este siervo de Dios, do no sacan y no pon, hijo de don Sayón, presto llegarás al hondón. Y si leen en Enero mis pronósticos y lunarios el rey Perico, Harbalias, Chisgaravís y Perogrullo, seguro ganarán dinero. Y si el Otro, Perico de los Palotes, Calaínos y la dueña Quintañona en Marzo llegaran a consultarlo, pronto hallarán mucho cuarzo. Don Diego de Noche, Doña Fáfula, Mari-Zápalos, Pedro de Urdemalas y Garibay vendrán a la primera voz cuando miren que malas artes no hay, mientras que el Bobo de Coria, Villadiego, Vargas, Pateta, Marirrabadilla, Revivido, Trochimochi, Vázquez y Cochitervite correrán a conocer su triste suerte pues no estarán invitados al convite. Entonces me daré por bien servido.

Sigüenza dejó la pluma bronceada cuando escuchó la voz de Serafín Ocelote llamándolo a almorzar. Después de un plato de olla podrida, pan de trigo y una jarra de agua mineral saborizada con rodajas de naranja, fue a tomar la siesta que nunca se perdona en su catre de madera. Entrada la noche se levantó con determinación pero el cielo nuboso volvió a hacer de las suyas. Poco antes de amanecer la cortina se abrió. Una puerta de mizquitl azuloso dividía su habitación del estudio, en el que Serafín Ocelote había tenido la precaución de montar el telescopio y tenía lista la libreta para que él iniciara sus registros como astrónomo aficionado.

Mientras echaba una larga mirada, Sigüenza le confesó:

—Estoy escribiendo un almanaque y lo someteré a la Santa Inquisición en los próximos días. Pero antes necesito acabar de hacer estos cálculos, ¿me entiendes?, los números son las articulaciones de los sucesos estelares, en particular aquellos que atañen a la agricultura y la salud de los hombres.

¿Entendía y comprendía Serafín Ocelote los pensamientos de Sigüenza? ¡Gloria vana! Hay que volver lo de adentro afuera y lo de arriba abajo, hay que convertirlo en una cosa larga y que cuelgue. Había que cerrar con llave de palo antes que de hierro. La paciencia no había sido una de sus virtudes, se lo recordaba todo el tiempo desde hace tres años, cuando había mandado a volar a los padres jesuitas del colegio “junto con sus evangelios abreviados”. “Aprende a cerrar la boca, Sigüenza”, se repetía a sí mismo en la hora Prima, en la Tercia, en la Sexta y en la Nona. Sus desplantes le habían costado caro, la eterna gloria, ni más ni menos. Ahora tenía que hacer penitencia. Blanda cosa ganarse el cielo de esta manera, el espanto como costumbre de vida para evitar el infierno, estar dispuesto y aparejado para enseñar al cabeza dura. Empero, con rabadillas de ave también se puede aderezar un buen caldo. Los augurios son palomas sin hiel y Sigüenza habría de beber de los vientos, pues adivinar el futuro le resultaba juegos de niños mientras que entender el pasado, su pasado, se volvía una mancha incuestionable. Entender por qué estaba aquí y no allá era quitar la tranca de la puerta, sacarse los grillos, guarnecer la fortaleza, cardar, desgranar semillas menudas, caer en el negocio, no venir en vano a ofrecerle sacrificio a Dios. Entonces, ¿quién era Carlos de Sigüenza y Góngora?

Desde muy pequeño su padre le había contado la majestuosidad con que se desplazaba la flota del nuevo virrey, Diego López Pacheco, duque de Escalona, marqués de Villena, conde de Xiquena y grande de España cuando zarpó de Cádiz el 8 de abril de 1640. En varias ocasiones le había referido acerca del viaje no exento de incomodidades y mareos, hasta que la mañana del 24 de junio, al cabo de 77 días, divisaron tierra. Enseguida la flota enfiló hacia la fortaleza de San Juan de Ulúa, frente al puerto de la Vera Cruz Nueva, donde los habitantes locales esperaban expectantes, pues habían aparecido libelos pegados en las paredes de tabernas y tendajones que le daban la bienvenida:

Viene de España por el mar salobre

A nuestro mexicano domicilio

Un hombre tosco, sin algún auxilio,

De salud falto y de dinero pobre.

En pocas palabras, aducían los anónimos, el nuevo virrey era un pecador grande dado que había contratado personal en demasía. Y si bien las cosas al otro lado del mar se habían puesto en un punto crudo, no era para tanto el mitote. Afirmaban que, dada su condición nobiliaria, la Casa de Contratación le había autorizado un séquito de más 100 criados y esclavos, muchos de los cuales también cargaban con su prole. Y eso sin contar las docenas de polizones con sus respectivas chinches. En cambio a los ojos de los criollos y todos aquellos que se sentían con derecho a acercarse, se trataba de un regalo tener como mandatario a tan insigne personaje.

Destacaban tres caballeros entre quienes formaban la comitiva del marqués de Villena. Los tres influyeron en grande cosa durante la vida de Sigüenza. El más lejano fue el flamante obispo de Puebla, visitador y juez de residencia, Juan de Palafox. El segundo acompañó sus primeras fantasías de aventura y acción; era un tipo al que el resto de los pasajeros recuerdan porque gastó todo jugando cartas mientras cruzaban el charco y lo que ganó fue el escarpín de un tobillo, de nombre Guillén de Lampart, William Lamport o Guillén Lombardo, enamoradizo hasta el muro de enfrente. Y el tercero, el más cercano, el madrileño Carlos Sigüenza y Benito, conocido por haber sido maestro del serenísimo (y malogrado) príncipe don Baltasar Carlos, hijo de Felipe IV, aunque su muerte sobrevino seis años después de su decisión de embarcarse al Nuevo Mundo.

¿Por qué quiso Sigüenza y Benito venir a estas tierras? Cuando su hijo Carlos le preguntó, la respuesta fue lacónica: una premonición que lo obligó a salir de Madrid, por demás una ciudad pestilente y donde Dios estaba lejos de sus habitantes. Las fortunas habían menguado, escaseaban quienes podían pagar ahora un tutor de su clase. Y, por si fuera poco, de otra manera nunca hubiera conocido a Dionisia Suárez de Figueroa, una joven sevillana emparentada con el príncipe de los poetas, Luis de Góngora y Argote, por cierto, su madre.

A los pocos días del matrimonio de Sigüenza y Benito con Dionisia el obispo Juan de Palafox se trasladó a la Ciudad de México a fin de tomar posesión del arzobispado sin descubrir su verdadera intención: apresar al virrey bajo sospechas de sedición e infidencia, pues, entre otras razones, se sabía de su parentesco con Juan IV de Portugal, monarca enemigo de España, por lo que tal vez favorecería la causa de la dinastía de los Braganzas luego de la rebelión lusitana que en 1640 llevó al trono al octavo duque de dicha casa.

A principios de junio el flamante arzobispo entró al Palacio de los Virreyes a media noche, luego de una reunión con los oidores. Uno de éstos se encargó de irrumpir en la recámara del virrey, quien salió de manera subrepticia y fue llevado al Convento de Descalzos de Churubusco. A fines de ese año, 1642, se embarcó en San Juan de Ulúa de regreso a España a responder de los cargos que se le imputaban, de los cuales saldría bien librado pero nunca regresaría al Nuevo Mundo.

Guillén Lombardo cayó poco más tarde no sólo por sus enamoramientos sino por sus ideas. Hay quienes afirman que quiso convertirse en adiestrador de ciegos y, así, obtener los favores de las mujeres e hijas novohispanas.

En cambio el padre de Sigüenza salvó el pellejo en medio de diabólica cosa, pues era un modesto escribano público que aprendió algunas de las mañas del obispo Palafox, por tanto su sí era un no, pregonaba vino y vendía vinagre, en suma, se adiestró en el arte de dar gato por liebre. Cuando sus hijos crecieron, les enseñó a no estar quietos en la paz para estar siempre preparando la guerra, y no porque fuera amigo de pendencias.

Los libelos más populares en las calles de la Nueva España acusaban al obispo de pretender cumplir bien el oficio de visitador y ser, a la par, virrey, porque imitaba el arroyo que tenía como lema: “Crezca yo aunque barra muladares”. Peninsulares, criollos, mestizos, indios, coyotes, mulatos, saltapatrás, todos pensaban que era avaro so capa de austeridad, pero sobre todo era un redomado hipócrita.

—Ora obispo, ora visitador, ora virrey, ora arzobispo —dijo una señora que pasaba por esos lares—; hoy parece tierno mancebo y luego león; una vez fiero jabalí y otra serpiente temida de todos.

—Y los cuernos lo hacen toro —agregó otra, que llevaba cubetas de leche en las manos—, tiene todas las amigas sucias y feas, para con eso aparecer moza.

—Lo que dicen sus amigos albañales y canales de aguas sucias es mentira —replicó la primera—, no son sino arcaduces por donde corre lo que el obispo tiene de inmundo y asqueroso.

A pesar de la virulencia en las bocas de la gente todos seguían haciendo lo suyo, no menos que los demás, Guillén Lombardo. Cuando se fugó de la cárcel de la Santa Inquisición de México, en 1650, Sigüenza tenía cinco años de edad. El día que fue ejecutado, Sigüenza era un adolescente imberbe. Aun así recordaba las leyendas que se contaban en las aulas del Colegio jesuita de San Francisco Xavier en Tepotzotlán sobre el personaje famoso por su rebeldía y suerte con las damas. Había caminado entre las calles con la mirada baja, vestido con una túnica blanca y un bonete azul, el hábito de la Concepción que le prometía indulgencias celestiales una vez ahorcado. Desde que ingresó ahí, en mayo de 1660, venía a la memoria de Sigüenza sobre todo el tono amargo que despedía aquel que nunca había recibido el perdón por sus faltas. Volvió a verse reflejado en el insolente Guillén Lombardo, como en aquellos días mozos, y sintió que un hilo de púas le recorría la espalda.

El olor de pescado con hojas de colorín, tacos de jumiles y cacomite que Serafín Ocelote había traído del mercado para celebrar su cumpleaños con amigos y familiares despertaron más recuerdos fugaces, en esta ocasión de cuando hubo fiesta en su casa luego de haber sido llevado al Sagrario Metropolitano de México para su bautismo. Un vago recuerdo de lo que su madre le contaba una y otra vez cuando era muy pequeño: el órgano de la iglesia a tono, la piedra para aplicar el sacramento, el agua fría derramada por el asistente con licencia del cura semanero en su diminuta cabeza, mientras pronunciaba su nombre y el de su abuela, doña Inés de Medina y Pantoja, que hizo las veces de madrina.

En los idus de abril de 1650, cuando ya no le cantaban “Duérmase mi niño” pero aún jugaba a “naranja dulce, limón partido”, se detuvo en el camino de regreso a casa mientras su padre y su hermana mayor Ana continuaron sin voltear; se hacía tarde. El pequeño Sigüenza había notado que era posible ver la Luna mientras el Sol aún estaba presente. Quiso saber por qué pero nadie le pudo explicar… y corría prisa, se apresuró para alcanzarlos.

Su padre había logrado incrustarse en la burocracia virreinal, de manera que la zozobra de los primeros años amainó. Gracias a que ciudades antiguas importantes como Zempoala, Tlaxcala, Tezcuco, Pátzcuaro y Cholula sobrevivieron, funcionarios como el padre de Sigüenza consiguieron crear un mundo singular para sus vástagos. Tres mil mulas entraban diariamente a la capital de la Nueva España cargadas de trigo, maíz, azúcar y otros productos. Miles de novillos provenientes de territorios chichimecas se alojaban en Tepotzotlán, esperando su turno hacia el matadero de la ciudad. La gente estaba bien dispuesta, antes alta que baja. Todos eran de color trigueño, como pardos, de buenas facciones y gesto. A los ojos de Sigüenza, casi todos resultaban muy diestros, robustos e infatigables, y al mismo tiempo la gente más parca que se conoce, como lo había verificado en su trato con el mismo Serafín Ocelote. Eran belicosos, con la mayor resolución y por el menor asunto se exponían a la muerte. Los peces y los pájaros acuáticos que rondaban los lagos del valle los habían hecho fuertes.

Ahora, al cumplir 25 años de edad, su memoria volvía a los cuentos de su padre sobre la corte en Madrid, las descripciones de lienzos de pintores famosos donde se veía al pequeño príncipe Baltasar Carlos montando a caballo, las charlas de su padre con el artista Diego Rodrigo de Silva y Velázquez, las lecciones en el palacio real, todo formaba parte de un mundo roto que había quedado al otro lado del mar. No lo extrañaba, nunca lo había conocido más que por los relatos de su progenitor, pero tuvo la sensación, pasajera e intrusa, de que su padre había surcado el océano para conducirlo al desengaño, al pesimismo que lo inunda todo.

Caminaba por donde se construía la Catedral de México-Tenochtitlan y percibía en las personas desconfianza, como si su existencia se hubiese convertido en una lucha feroz que les suponía vivir al acecho. A pesar de que las columnas salomónicas, las linternillas, la chiluca y el tezontle iban franqueando el paso a la cúpula y al tambor ochavado, el mundo aparecía confuso y sus amigos artistas como José Juárez y Villalpando lo representaban como un laberinto subterráneo. Ya no había tenebrismo y claroscuros, pero lo exultante y luminoso sudaban amargura.

Sigüenza empezó a creer que su labor consistía en elevar a la superficie dicho enjambre de túneles imaginarios y pasadizos emotivos, mostraría con ello la autoridad de gente como él por el tiempo profundo. Esto es, ir al encuentro fortuito de personajes que expandieron dicha autoridad y mostraron fascinación por espacios singulares siglos atrás, en esas mismas tierras. Poco a poco los habitantes de la Nueva España verían dibujarse la necesidad de ser distintos y de poseer un mundo extraviado mas no perdido.

Muy temprano despertó en él la urgencia de entender la leyenda del sufrido y malogrado Guillén Lombardo. En el Colegio de Tepotzotlán paraba oreja cada vez que alguien hablaba del asunto. ¿Había sido agente furtivo del obispo Palafox? Cuando ingresó al Colegio del Espíritu Santo de Puebla se enteró de que en su infancia Guillén vivió con religiosos de vida austera, y con ellos estudió gramática, oratoria y latín. Viajó a Londres, donde tuvo un famoso maestro de matemática y magia natural, John Greaves, quien también le enseñó griego e inglés. Mientras estaba en el Gresham College, institución de espíritu anticonformista, escribió un poema en el que atacaba al rey de Inglaterra, por lo que fue arrestado.

De tal palo, tal astilla, pues su padre, Richard Lamport, fue acusado entre 1626 y 1628 de conspirar contra los españoles, acción que lo llevó a protegerse y ordenarse como agustino en la abadía de Wexford. Sigüenza no pudo determinar la causa de los versos contra el rey inglés, tampoco supo si fueron previos o posteriores al refugio del padre pero, como en su propio caso, pudo tratarse de una reacción a la pérdida de la ayuda paterna y a la reciente muerte de su madre. Sigüenza no había perdido a la suya, aunque por el hecho de haber procreado nueve hermanos en total, su padre no podía mantenerlos a todos y él, el mayor de los varones, había aprendido a arreglárselas sin su ayuda. Esperaba que su hermana mayor, Inés, fuera desposada más temprano que tarde.

Guillén decidió embarcarse en una nave pirata inglesa, la cual abandonó en Santa Cruz de Tenerife. Arribó a la Coruña donde presentó sus credenciales al marqués de Mancera y por su intercesión obtuvo la beca que le permitió estudiar en el colegio jesuita de San Patricio. También asistió al colegio irlandés de Salamanca y al colegio del Escorial, en Madrid, por intercesión del conde de Olivares. Asistir al colegio de carácter universitario del Escorial fue un importante paso en la vida académica de Guillén Lombardo, pues tenía a disposición la riquísima biblioteca del monasterio, gestionado por monjes de la orden de San Girolamo. Sigüenza se sentía transportado a ese mundo. Entre 1632 y 1634 también frecuentó el Colegio de San Isidro de los jesuitas de Madrid, universidad privada para hijos de los nobles. Esta institución nació en oposición a la vieja y venerada Salamanca y su ambiente era, como el del Gresham College, anticonformista, con mayoría docente jesuita que enseñaban, sobre todo, materias con carácter científico e incluso política y razón de Estado.

Sigüenza se enteró que de Juan Eusebio Nieremberg aprendió los secretos de la naturaleza, los misterios de la magia blanca y predicaba una moral austera basada sobre el esfuerzo heroico, el ímpetu del perfecto caballero de la fe que sabía luchar contra el mal. Sigüenza descubrió con gran sorpresa que estas ideas eran muy parecidas a las expresadas por el obispo Palafox. Otro de los ilustres y renombrados maestros de Lombardo fue el español Juan Bautista Poza, aclamado orador que retó al Santo Oficio sobre el tema de la Inmaculada Concepción, razón por la que se le persiguió, se le privó de la enseñanza y fue confinado al Virreinato del Perú. Este personaje pudo influir en la vida y personalidad de Guillén, discurrió Sigüenza.

En 1638 participó en la batalla de Fuenterrabía contra los franceses formando parte de un batallón de soldados del mismo colegio de San Isidro. El encargo de escribir la épica gesta de irlandeses y españoles en Fuenterrabía se hizo, nada más y nada menos, que al joven Juan de Palafox, quien habría consultado detalles con Guillén Lombardo. A Sigüenza no le interesaba aprender sobre intrincados sucesos ocurridos en la corte de Madrid hacia 1639, pero fue en esta época cuando Guillén entró en contacto más estrecho con el conde duque y otros importantes personajes de la vida de la corte madrileña e inglesa. Era época de traiciones, de guerras, de intrigas. Al mismo tiempo había crisis política en el virreinato novohispano. Sigüenza imaginaba los rostros de quienes en este momento, por maniobras de Olivares, fueron enviados a México, Palafox y Lombardo entre ellos. El primero tenía el encargo de moralizar al clero, y el segundo, de neutralizar al marqués de Villena. Era probable que en sus juegos de poder Olivares hubiera prometido un marquesado al joven irlandés y él, a su vez, la luna y las estrellas a las mujeres que se rendían a sus encantos. Quizá fue durante esta práctica del placer carnal cuando comenzó a aficionarse a las máscaras del corazón, a los plumajes de paloma torcaz y a los nombres esquivos.

Sigüenza sabía que, como símbolo sublimado del dios griego Eros, la paloma torcaz habitaba la encina de Dodona, la cual se hallaba consagrada a una divinidad mayor, Zeus. En cuanto a lo demás, pudo leer en los cuadernos de las comunicaciones de cárceles que uno de los 21 reos aislados con los que Guillén Lombardo compartió la triste suerte de la prisión inquisitorial afirmó que el aventurero a veces se hacía llamar don Antonio de Castro; otras, el Astrólogo, y algunas más el Basilisco, Azucena y Carbón.

Capítulo II

La memoria de Sigüenza siguió en fuga, hasta el día que llegó a su casa un biombo, ¿tal vez 1655?, no estaba muy seguro. Lo que sí había quedado bien grabado en su memoria era la cara de felicidad de su madre y la satisfacción que su padre irradiaba. El día brillante y las risas lo convencieron de que se trataba de algo bueno.

—¿Qué es eso? —preguntó cuando vio a los criados introducir el extraño objeto en el salón familiar.

—Es una mampara compuesta de varios bastidores que se unen con estos goznes, ¿ves? Los fabrican en el lejano Japón.

Estaba maravillado, ya que los paneles se desplegaban y cerraban a voluntad. Y las escenas pintadas representaban algunos de los relatos que su abuela le había contado, historias de monstruos marinos y animales de tierra fantásticos. Su admiración creció tanto en pocas semanas que cuando se enteró de que un buen día y de manera inexplicable habían aparecido dañados los goznes, así como los paneles, sintió que la cabeza le daba vueltas y estuvo a punto de sufrir un desmayo. Tuvieron que hacerle beber una infusión de epazote, la yerba buena de estas tierras novohispanas. Los dos sirvientes que podía pagar su familia fueron despedidos. El mes siguiente su padre fue por otro biombo al mercado de la acequia real, éste con escenas de la vida cortesana en el Viejo Continente. Le preguntó sobre lo que estaba viendo, ¿era así la luz?, ¿la gente realmente caminaba de esa manera y miraba de aquella otra? No obtuvo mayor respuesta que una sonrisa nerviosa, indecisa. Luego su padre le volvió a contar la historia de cuando el príncipe Baltasar Carlos fue pintado por Diego Velázquez montando su jaca, por lo que trabó cierta amistad con el famoso artista. Con ésta serían cinco con la misma cantaleta. Entonces reaccionó diciendo:

—¿Por qué no es dueño de una hacienda-modelo?, ¿por qué es sólo un escribano de corte? Apenas puede pagar dos criados…

El padre abrió los ojos oscuros, su rostro barbado se inflamó, la sangre parecía hervirle. ¡Cómo se atrevía a compararlo con una tropa que drenaba el capital minero para dominar la Nueva España! Resopló, dominó por fin sus ánimos y replicó tratando de evadir la humillación:

—Edificar hermosos templos, como los colegios de Tepotzotlán, no es empresa que un solo hombre pueda completar ni en una ni en dos vidas.

Dejó en paz a su padre, después de todo había logrado su objetivo de hacerlo enojar. No pasó mucho tiempo para que se diera cuenta de que sería incapaz de mantener a la prole que estaba invadiendo la casa familiar. Si bien él había llegado a este mundo después que una mujer, los hermanos aparecían como si los regalaran en el dispensario. Tal vez por eso la puerta de su casa no ostentaba escudos ni emblemas; no era tan maciza como otras, tachonadas de clavos de bronce bruñido y con escandalosos llamadores, simulando cabezas de sátiros y leones. Era una casa más de la vecindad del convento de Jesús María donde, después de todo, él era libre de correr y saltar y criar palomas mensajeras a las que hacía volar no muy lejos con papelitos mal amarrados, los cuales contenían frases de esperanza para el desconocido que le cayera encima al soltarse el mecate, o bien para el que tuviera la atención y curiosidad de levantarlo del suelo.

Un día de marzo de 1657 salió a caminar por la calle de los Donceles con un criado de su abuela, a quien habrían de encontrar en el camino a la Catedral junto con su madre, Dionisia Figueroa. Estaba por cumplir 12 años de edad y aún le parecían inmensos los carruajes de criollos y peninsulares que pasaban tratando de evadir el intenso calor. Bajo el cielo de un azul profundo el diablillo de su acompañante indígena empezó a hablar:

—Cuando mi madre me parió, lo hizo en un campanario. Y cuando vinieron a ver qué acontecía, me encontraron repicando.

Sigüenza volteó a verlo con desagrado. El muchacho continuó:

—Mi padre murió de viruela, como mi abuela, y en el Cielo Dios los tiene. Y los tenga tan tenidos que acá nunca vuelvan.

No podía escuchar más.

—El aguzado del Jesuita con el sombrero tan grande me metía un zurriago…

—Te voy a coser a patadas esa trompa, ¡indio desgraciado!

“Pies pa qué te quiero”, se dijo a sí mismo el escuincle y salió como alma en pena por la ancha y polvorienta calle. Sigüenza no intentó seguirlo, pues sus piernas no eran muy veloces, así que prefirió continuar su camino más acompasado. Cuando llegó adonde estaban su abuela y su madre, quien, dicho sea de paso, estaba embarazada de nuevo, el criado ya estaba allí de rodillas, lloriqueando. Fue reprendido. Y mientras escuchaba el sermón veía el vientre abultado de Dionisia Figueroa, y entonces algo le dijo que en su casa habría más y más bocas dispuestas a consumir más y más alimentos que su padre sería incapaz de proveer.

También recordaba muy bien el 29 de abril de 1658, día de san Pedro Mártir, ocasión en que su padre lo llevó junto con otros cuatro de sus hermanas y hermanos, no al teatro palaciego ni mucho menos a la plaza pública, sino a la sede del Santo Oficio, donde los padres celebraban la fiesta del santo con la representación de una comedia. Algunos peninsulares habían venido desde Coyoacan y ahora descendían de sus carruajes y lujosos palanquines cargados por esclavos para tomar sus lugares de honor. Traían pajes, quienes colocaban bancos y cojines a fin de que sus patrones se acomodaran. El resto, Sigüenza y su familia, permanecieron de pie toda la función. Algunas mestizas y mulatas que los miraban pasar con recelo vestían faldas de grandes vuelos y colores encendidos, con las mantillas por encima de la cintura, lo cual acentuaba sus caderas, aunque otras también llevaban la cabeza y medio cuerpo cubierto con paños negros. Eso lo recordaba con más precisión, pues estaba a punto de cumplir 13 años de edad. La función dio inicio. Sigüenza quedó maravillado por el talento de los actores, aunque más le fascinó el ingenio del que había escrito los diálogos poniendo en sus bocas diferentes decires y sentires.

Durante un pasaje de la obra dos personajes se batían a duelo, Perico de los Palotes y Vazquecillo. Pero en lugar de apostar la vida se jugaban tres paños de seda, y en lugar de usar espadas acordaron realizar una carrera de saltos.

—Así que, ¿te quieres batir conmigo a saltos? —preguntó Perico de los Palotes—, ¡encantado! Ahora dime qué clase de salto desea vuesa merced para resolver nuestra discordia, porque como bien sabe hay varias clases de saltos: sobre un solo pie y con el otro en alto, o a pies juntos.

A lo que Vazquecillo respondió:

—A pies juntos será menos peligroso.

La concurrencia reía de buena gana. Cuando este segundo actor se disponía a iniciar el duelo, el primero lo detuvo.

—Convendría fijar las reglas de partida, pues ¿cómo quiere hacerlo mi amigo, de frente, de espaldas, de través? ¿De un solo salto cada vez o a varios?

El duelista rival se mostraba confundido. Sin embargo, Vazquecillo reaccionó y dijo:

—No soy Jano para poder saltar tranquilamente de espaldas. Quien pudiera hacerlo necesitaría ver más que Argos y estar atento a un lado y otro. Déjate, pues, de esto, que a menudo hay peligro de que se traben o enreden las piernas, y se dé en el suelo. Si te parece, saltemos a pies juntos hacia aquel árbol, bien a salto sencillo, bien a doble salto seguido.

Sigüenza se desternillaba de la risa, cosa que notaron algunos padres del Santo Oficio, ellos preferían la mesura y la risa jactanciosa. Su padre le pidió que se comportara. La comedia siguió adelante.

—Éste (el doble salto seguido) será de mejor tono y como estamos en ayunas, más saludable —adujo Perico de los Palotes, mientras que Vazquecillo se alejaba de su interlocutor y se dirigía al público.

—Tiene razón en todo. Si se desayuna con el vientre lleno la agitación hace mucho daño y no es bueno saltar.

Una vez más Sigüenza y sus hermanos soltaron la carcajada. Ahora restaba por señalar dos sitios, por lo que el primero de los actores anunció:

—Sea este salivazo el punto de partida y la meta, el árbol. Por ende, hemos de saltar dentro de estos límites —sentenció Perico de los Palotes.

Faltaba definir la regla que determinaría al ganador de la competencia.

—Aquel de nosotros que adelante más el cuerpo de dos saltos seguidos ganará este duelo —agregó Vazquecillo.

Perico de los Palotes propuso a Vazquecillo salir primero, no sin antes recordarle invocar el auxilio de ranas y saltamontes cuando estuviese listo para iniciar su participación, como hacían los antiguos griegos y romanos. Aunque no le fueron propicios porque, como dijo Perico de los Palotes:

—¡Ah! Cometiste un error, te pasaste un buen trecho del punto de partida señalado, y no teniendo que pararte al dar el segundo salto, te detuviste un instante.

—Confieso mi culpa. Tuya es la victoria —dijo Vazquecillo, atolondrado.

Perico de los Palotes lo remató:

—¡Ganancia bien inocente, sin sudor ni sangre!

Así concluyó la obra, seguida de villancicos y alabanzas al Señor.

Cuando regresaban a casa pasaron por la Catedral, donde seguían las labores de construcción. Un niño indio se acercó a pedir limosna a su padre pero éste lo ahuyentó. Sigüenza sintió como si un chile caribe le abrasara la lengua y todo el cuerpo. Entonces aminoró el paso hasta que llegaron a una esquina; ahí, sin que su padre ni sus otros hermanos se dieran cuenta, sacó un real y se lo dio al chamaco, quien no podía creer lo que estaba viendo, pues es lo que ganaba su padre picando piedra durante un día entero. Sin darle las gracias, corrió hacia el patio de obras donde estaban los albañiles y sus mujeres indígenas con sus huipiles y refajos, pues todas llevaban un nuevo chilpayate cargando en su rebozo. Algunos se entretenían con una bola haciéndola atravesar por un aro. Sigüenza se dio cuenta de que se trataba de un pequeño holgazán, para quien el juego, las fullerías y el robo eran sus principales quehaceres cotidianos, amén de robar una que otra sacristía, cortar bolsas y participar en la quema de puertas de casas. Apresuró el paso a fin de alcanzar a los suyos, quienes ya lo esperaban al otro lado de la calle.

Transcurrieron los días entre los filos de la espada y la arena cortante, entre los designios de un Dios que no concluía nada para este valle de lágrimas, le dijo una tarde su abuela materna. Cumplió 13 años con el Jesús en la boca y la nariz corva. Las noticias de encarcelamientos, sediciones y ejecuciones por traición estaban a la orden y ni siquiera el canto de los zenzontles y los jilgueros alegraba a los novohispanos. Gracias a las credenciales de su padre, aunque sólo era un escribano, pero sobre todo a la nobleza sevillana de su madre, su familia pudo sortear los vaivenes de los aduladores e intrigantes, como a veces los llamaba su padre durante la cena. Un día, caminando por los llanos y magueyales que antecedían al camino de Coyoacan, descubrió un colibrí al que consideró muerto. Tuvo cuidado al tomarlo con sus manos, lo envolvió con un paño de algodón y lo guardó en su bandolera. Al llegar a su casa quiso revisar el estado del diminuto picaflores. Entonces notó que empezaba a moverse dentro de la bandolera. Asustado, la abrió y aquél salió como un rayo. Había vuelto a la vida ante sus ojos, de manera inexplicable, el único pájaro que vuela hacia atrás.

Hasta los 14 años tanto su educación como la de sus hermanos quedó en manos de su padre, dada su reputación de tutor de un príncipe, mientras que la de sus hermanas estuvo a cargo de una escuela de la amiga Méndez, una señora viuda que se había hecho conocida por saber enseñar los secretos de la cocina y el bordado muy apropiadamente a las niñas criollas, incluso a algunas peninsulares. Pocas semanas después de su cumpleaños quiso saber por qué llamaban a esta ciudad la Roma del Nuevo Mundo.

—Esa pregunta tiene una respuesta fácil —dijo su padre—, es un asunto de observar. ¿Quién la fundó?

Su hermano menor, Francisco, levantó la mano.

—El emperador Carlos V.

—El que nunca vino —agregó él, alzando las cejas.

—Culpa de los franceses —replicó su padre, buscando la mirada del chamaco rezongón—, pero amarremos este asunto. Vean cuántos templos y conventos, muchos decorados con esmero; miren las calzadas y los canales de agua, rebosantes de vida. La Nueva España ha heredado el Imperio romano y ésta es la capital de la cristiandad en el Nuevo Mundo, ¿parece poco?

Sintió una especie de euforia pero no quedó satisfecho. Insistió hasta que su padre tuvo que confesar las diferencias entre la urbe europea y la ciudad novohispana. Una, quizá la más notable, era que se hallaba asentada en medio de una enorme laguna rodeada por montañas. Tampoco se parecía mucho a Venecia, con la cual también había sido comparada en el delirio de algún miope viajero, reflexionó. No era una ciudad amurallada, por lo que cuando Sigüenza caminaba por aquí y por allá, La Piedad, Chapultepec o Santiago, de pronto ya había dejado la ciudad y se encontraba en pleno campo. El casco urbano y el medio rural se fundían en un abrazo apacible. Otro detalle que le saltó a Sigüenza fue que, según les había aleccionado su padre, los edificios de gobierno europeos no estaban juntos, mientras que en México-Tenochtitlan el palacio de gobierno y la Catedral se localizaban alrededor de la plaza mayor, lo cual significaba que los españoles habían tenido que rendirse ante las marcas de tiempos remotos. En su afán de alardear su victoria sustituyeron los lugares sagrados de los antiguos tenochcas, ubicados en el lado norte de dicha plaza, por la Catedral, y construyeron en el lado sur, donde se hallaban los palacios de los emperadores, las nuevas sedes del gobierno virreinal.

Lo recorrió un repentino escalofrío. Imaginó las gigantescas y fantásticas estructuras piramidales. Pudo percibir el aroma del copal y el del vino de nopal. También podía escuchar el lamento de la piedra sorda, como dicen que le era dado a fray Toribio de Benavente y, antes que él, al rey Cuauhtémoc. Una luna enorme bañaba con su luz fingida la laguna y pudo reconocer la figura de un conejo sobre su superficie. A su cabeza llegaron los castilteca, que habían pasado en galeones junto con alguna manada de cerdos desde los barrios bajos de Triana y Sanlúcar a la Nueva España más de 100 años atrás. Vinieron sentados en la cerveza que hizo sudar los sobacos de Aztatzontzin Hojacastro y las ancas de su nahualli. Fue él quien se apoderó del alma de miles de chalca, tolteca, xochimilca y mixquica, de los acolhuaque y los mexica. Pasó por su imaginación la figura del tetlachihuani de Hueypoxtla, quien era recordado porque la última vez que lo vieron iba con cañas verdes en las manos, rumbo a las esteras hediondas. Era beodo, concluyó Sigüenza.

Al día siguiente por la mañana todo transcurría con tranquilidad cuando se escucharon gritos de auxilio. Los vecinos salieron a ver qué acontecía. Una mujer les contó lo que acaba de suceder:

—¡Se ha incendiado el cajón de un chino barbero que lo tenía a espaldas de las tiendas de los loceros, frente a las casas consistoriales, y muchos más!

El fuego pasó a otros establecimientos con tal furia que causó grande alarma en la isla, durante más de dos horas, y hasta el día siguiente ardió sin extinguirse del todo. Por este motivo se quitaron de la plaza con yuntas de bueyes las panaderías, tocinerías y fruterías, echándolas a la plazuela de la Universidad. Luego se ordenó a los soldados del cuartel de la ciudad que derribaran las casas que ocupaban y tapaban el frente de la puerta de la Catedral que miraba a la plazuela del Marqués. Usaron barretas y picos hasta que dieron con ellas en tierra al cabo de seis días.

—¡Gracias al Señor! —exclamó su padre—, ahora podemos admirar con desembarazo toda la hermosura de tan bello portón.

Lo mismo se hizo con quienes ocupaban el frente de la puerta en la calle del Reloj, así como las tres principales que daban a la Plaza Mayor. En octubre de 1659 el paisaje del centro de México-Tenochtitlan había cambiado.

Sigüenza y sus hermanos siguieron aprendiendo a medir las acciones y decires de las personas, de los objetos mismos. Sin vaguedades se vivía mejor, pensó. Así, los líquidos hablaban en galones y los cuartillos en cargas de 450. En su entender los números eran más confiables. Los sólidos se volvían libras, onzas, quintales, fanegas. Su progenitor notó la generosa disposición de su joven vástago a “entrometerse” en la mecánica de los números. También se dio cuenta de que necesitaba anteojos para ver bien. Al día siguiente fueron a la calle de San Francisco, donde su padre le compró sus primeros quevedos. “Para él”, agregaba su madre cuando volvían al asunto, “los números son como canciones de cuna que nunca se olvidan”. De hecho, el padre de Dionisia Figueroa, esto es, su abuelo, había sido un contador de prestigio. Varas, pies, leguas, las longitudes eran su territorio y allí adentro la confusión parecía menguar.

Debido a los encendidos relatos que en ocasiones su padre les regalaba, por momentos les parecía estar en la corte, al otro lado del mar, recibiendo la instrucción que los prepararía para desempeñar deberes superiores. Sin embargo, les advertía el padre, en esos pasillos ultramarinos las paredes engendraban orejas y las manos que ejecutaban las órdenes eran pesadas como lápidas. A los ojos de Carlos se trataba de instantes donde Dios concluía que el cielo castizo dejaría de serlo y se convertiría en un infierno, mientras que el limbo novohispano sería una nueva puerta al paraíso. En ese momento no lo comprendía a cabalidad ni podía descifrar lo que estaba sucediendo en su vida. Apenas adivinaba que su deber era conseguir un lugar en la hermandad jesuita para ayudar a que su familia sobreviviera en semejante limbo.

¿Y en qué consistía tal lugar que se acercaba al reino de los cielos pero no podía sustituirlo? En el acaparamiento de tierras mediante concesiones abusivas de los cabildos, nepotismo y compadrazgo, usurpación de comunidades indígenas, algo que, mejor visto, se parecía más bien al infierno profundo de los avernos distantes. Una refinada educación le permitiría evadir esos caminos sinuosos y adquirir nobleza, algo que los jesuitas apreciaban al máximo. No tendría cómo comprar cargos públicos, al igual que se hacía desde hace 100 años, ni títulos de la nobleza castellana, como era la costumbre de mercaderes indianos, hacendados y mineros ricos. Lo único que tenía lo llevaba cargando en los hombros.

Hizo una lista de quehaceres y afanes indeseados: “Comprar títulos nobiliarios, buscar su concesión mediante lisonjas, empeñar las joyas de la abuela para adquirir hábitos de las órdenes militares, ser obseso de los escudos de armas fantasmagóricos, buscar como el cielo mismo títulos de ‘familiar del Santo Oficio’, cargos en cofradías religiosas, patronazgos de conventos e instituciones de beneficencia, puestos en la guardia del virrey, grados militares honoríficos”.

Llegó el otoño con resoplidos, pintando el cielo de cobre y azul pálido como la cara de los cargadores de huitlacoche. A los ojos de Sigüenza era evidente que la enorme planicie acuática era de forma irregular, formada por lagos con lechos de diferentes niveles y unos menos salados que otros. Cuando acompañaba a su madre y a su abuela al próspero barrio de la Merced, donde había muchos comerciantes, podía notar cómo variaba el colorido del agua de una zona a otra.

Una vez con su hermano Francisco y un sirviente se aventuraron más allá. Le preguntó a un viejo mestizo que venía caminando frente a ellos cómo llegar al lago de Zumpango.

—Vayan derecho y donde está ese oyamel, tiran para la izquierda, sigan hasta que vean una piedra verdosa. Continúen por el sendero de la derecha. Cuando vean un bosque de pinos, entonces ya se pasaron, ¿entendieron?

—Más que prodigio, es un viejo baboso —respondió él.

Después de un rato largo pudieron llegar al lago de Zumpango, al norte, cuya agua era azul grisáceo. Luego caminaron de regreso hacia el sur, donde las algas verdes y los tules tornaban de matices aturquesados las aguas dulces del lago de Xochimilco. De pronto, una bandada de garzas cruzó la superficie en busca de los peces que, por centenares, habitaban ese lecho. Una familia de patos graznaba con fuerza, tan poderosa como su capacidad de alcanzar estados de ira. “De ámbar se viste el oloroso prado”, se dijo a sí mismo. Su hermano Francisco, su padre y su abuela se lo habían dicho. No sabían por qué pero no hacía más que ver el cabello en la sopa y no se le ocurría otra cosa que poner el dedo en la llaga. Ahora mismo, en lugar de haber regresado de la Merced a la casa paterna, se habían largado a los confines del agua lacustre por pura curiosidad. No sólo eso, se habían metido a nadar azuzados por él y ahora trataban de secar los calzones. No acababan de vestirse cuando les dijo a sus acompañantes:

—Vengan… Miren, allí hay un nido de pájaros mosquiteros.

Su hermano y el criado lo siguieron, tratando de adivinar dónde se hallaba precisamente el nido que no alcanzaban a distinguir. Él sabía que no hallarían nada, pues esos pájaros anidan en rocas altas. Entonces el vuelo lento y pausado de las garzas distrajo la atención de los tres. Durante varios minutos los ojos ambarinos de las aves, claros como el agua misma, fueron envueltos por la brisa. Se frotó las manos, mientras que su hermano Francisco ajustó su sombrero. El criado esperaba que a los hijos del patrón los partiera un rayo si no daban media vuelta y regresaban ya a merendar.

Corrió hacia un árbol de pino y trepó a una rama alta. Ajustó sus anteojos sobre el puente de su nariz y miró hacia las orillas del lago, salpicadas de bosques a medio talar y hatos de ovejas.

—¡Pensil de olores que sacude el viento! —gritó con todas sus fuerzas.

—¿Qué dijo? —preguntó su hermano Francisco al criado. Éste se limitó a alzar los hombros.

Sacó papel y carboncillo de su bandolera, y empezó a dibujar. Hizo un trazo, simulando la margen occidental que se encrespaba con una cadena de barrancas cascadas por numerosas corrientes de agua. Luego delineó la margen oriental, la cual se extendía en suaves laderas y planicies donde rebosaba el maíz, el trigo. Molinos y obrajes aprovechaban las corrientes de agua. A lo lejos se alzaban los volcanes. Por fin se decidió a bajar del árbol.

—Voy a escribir un poema —anunció.

—¿Y cómo será? —preguntó Francisco.

—Una primavera, nuestra primavera indiana, y éstos son los primeros versos: “Luz primiceria del sagrado oriente, soberano candor de la mañana… y… ya veré”.