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Carlos Chimal narra en "Fábrica de colores" la vida del inventor mexicano Guillermo González Camarena, quien diseñó uno de los primeros sistemas de trasmisión a color para la televisión. En los capítulos I y II relata los antecedentes familiares, sociales y tecnológicos que fomentaron su precoz interés por la electricidad y la electrónica; mientras que en los tres siguientes capítulos presenta los principales avances tecnológicos que le dieron fama mundial, así como el papel que jugó en el desarrollo de la radiodifusión en México. Finalmente, el epílogo de esta obra rememora su trágica muerte, a los 48 años de edad, en un accidente automovilístico.
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Seitenzahl: 143
Veröffentlichungsjahr: 2017
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La Cienciapara Todos
En 1984 el Fondo de Cultura Económica concibió el proyecto editorial La Ciencia desde México con el propósito de divulgar el conocimiento científico en español a través de libros breves, con carácter introductorio y un lenguaje claro, accesible y ameno; el objetivo era despertar el interés en la ciencia en un público amplio y, en especial, entre los jóvenes.
Los primeros títulos aparecieron en 1986, y si en un principio la colección se conformó por obras que daban a conocer los trabajos de investigación de científicos radicados en México, diez años más tarde la convocatoria se amplió a todos los países hispanoamericanos y cambió su nombre por el de La Ciencia para Todos.
Con el desarrollo de la colección, el Fondo de Cultura Económica estableció dos certámenes: el concurso de lectoescritura “Leamos La Ciencia para Todos”, que busca promover la lectura de la colección y el surgimiento de vocaciones entre los estudiantes de educación media, y el Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia Ruy Pérez Tamayo, cuyo propósito es incentivar la producción de textos de científicos, periodistas, divulgadores y escritores en general cuyos títulos puedan incorporarse al catálogo de la colección.
Hoy, La Ciencia para Todos y los dos concursos bienales se mantienen y aun buscan crecer, renovarse y actualizarse, con un objetivo aún más ambicioso: hacer de la ciencia parte fundamental de la cultura general de los pueblos hispanoamericanos.
Comité de selección de obras
Dr. Antonio Alonso Dr. Francisco Bolívar Zapata Dr. Javier Bracho Dr. Juan Luis Cifuentes Dra. Rosalinda Contreras Dra. Julieta Fierro Dr. Jorge Flores Valdés Dr. Juan Ramón de la Fuente Dr. Leopoldo García-Colín Scherer (†) Dr. Adolfo Guzmán Arenas Dr. Gonzalo Halffter Dr. Jaime Martuscelli Dra. Isaura Meza Dr. José Luis Morán López Dr. Héctor Nava Jaimes Dr. Manuel Peimbert Dr. José Antonio de la Peña Dr. Ruy Pérez Tamayo Dr. Julio Rubio Oca Dr. José Sarukhán Dr. Guillermo Soberón Dr. Elías Trabulse
La Ciencia para Todos / 248
Primera edición, 2017 Primera edición electrónica, 2017
La Ciencia para Todos es proyecto y propiedad del Fondo de Cultura Económica, al que pertenecen también sus derechos. Se publica con los auspicios de la Secretaría de Educación Pública y del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.
Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero Imagen: Logotipo del Canal 5, cortesía de la familia González Camarena
D. R. © 2017, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.
ISBN 978-607-16-5244-7 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Apareció de la nada, como alma que se la lleva el diablo. La pesada carrocería de la troca gris llenó de reflejos filosos el estrecho vado, luego la inercia hizo su trabajo.
Incluso cuando te toma por sorpresa, la muerte puede mostrarnos en un instante algo parecido a un gesto de generosidad, un parpadeo involuntario para decir adiós. Quizá ese momento tiende a alargarse como si estuviera envuelto en un material elástico hasta que se convierte en un punto concreto en la realidad, alcanzando la coherencia necesaria, si bien fugaz, para echar a andar la cinta de tu vida mientras observas cómo se acerca lo inevitable.
Antes de que el interruptor se apague parece haber una luz, al principio brumosa, enseguida vaga y finalmente nítida. Todo transcurre en verde y negro. Si le preguntas a los demás, algunos te dirán que su proyección también se mueve entre el gris opaco y el plata brillante, no hay verde. Es el blanco cegador. Sin embargo, él, con su acostumbrada manera desenfadada de ver el mundo, replica: “¡Pero ¿no ven que el mundo transcurre en colores?!”
“Se trata de un sueño”, dice. En efecto, es un desliz por el tobogán onírico que nos conduce al invierno de 1916, cuando María Sara Camarena Navarro está a punto de traerlo al mundo, el séptimo y penúltimo miembro de la familia que había formado más de 10 años antes con el joven, dinámico empresario Arturo Jorge González Pérez (figura I.1).
FIGURA I.1. Arturo Jorge González y Sara Camarena.
Guillermo González Camarena nació el 17 de febrero de 1917, en Guadalajara, la capital del estado de Jalisco, cuando el país intentaba dejar atrás la pesadilla revolucionaria. Doce días antes de su nacimiento el presidente Venustiano Carranza había promulgado en la ciudad de Querétaro la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, carta magna que aún hoy rige la vida del país y que entonces representaba el instrumento jurídico anhelado, cuyo objeto era plasmar los ideales del movimiento bélico que convulsionó y desangró a la nación desde 1910.
Carranza se estableció en febrero de 1916 en Querétaro a fin de mantener activo su gobierno frente a la insurrección villista, gobierno que había sido reconocido por los Estados Unidos pocos meses atrás, y ante el levantamiento del general Félix Díaz en Veracruz, ambos derrotados. No hay que olvidar que en marzo de ese año Villa ingresó en territorio norteamericano y atacó no sólo la guarnición militar del poblado de Columbus, Nuevo México, sino a los civiles, por lo que Carranza autorizó la entrada de una “expedición punitiva” del ejército estadunidense, el cual se retiró hasta el 6 de febrero de 1917, a pesar de que se le exigió abandonar el territorio nacional pocos meses después de su ingreso debido a su comportamiento déspota y sanguinario.
Así las cosas, el 19 de septiembre de ese 1916 se convocó a elecciones de diputados al Congreso Constituyente, de acuerdo a lo postulado en el Plan de Guadalupe. Los comicios se llevaron a cabo el 22 de octubre y el primero de diciembre se reunió la asamblea en Querétaro, ante quienes se presentó Carranza con el propósito de someter a su juicio las reformas que deberían hacerse a la Constitución de 1857.
En el mundo exterior al que había llegado Guillermo, las cosas no andaban mejor, dejando en los ciudadanos, chicos y grandes, la rara sensación de que muchos eventos en este mundo están realmente conectados y las consecuencias son ciertas. El 27 de febrero de 1917, cuando Guillermo contaba diez días de nacido, estalló la primera revuelta popular en Rusia y meses más tarde se propagó por todo el imperio del zar. Entre las potencias militares que libraban una sórdida guerra desde el 28 de julio de 1914 en Europa no resultaba victorioso ningún bando, lo cual agudizó la desmoralización y el hartazgo de los hombres en las trincheras. Finalmente, y con una lentitud cruel, los líderes de las naciones buscaron una paz negociada. El imperio austrohúngaro combatía en varios frentes y comenzó a dar signos de fatiga. Húngaros, checos y polacos dejaron de pertenecer a la misma nación. En agosto de 1918 se libró la batalla de Amiens, decisiva para la derrota de los alemanes y sus aliados austrohúngaros y turcos, quienes firmaron el armisticio el 11 de noviembre de ese año.
Lejos de la Gran Guerra en Europa y con el país encaminándose a la paz, Guillermo estaba por cumplir un año de edad cuando el destino comenzó a hacerle jugarretas. En lugar de seguir una apacible vida provinciana junto con sus hijos y esposa, rodeados de todas las comodidades que ofrecía Guadalajara, la capital de la Nueva Galicia, una de las ciudades más antiguas de la Nueva España a principios del siglo XX, Arturo Jorge González tuvo que mudarse con su familia a la Ciudad de México, donde comenzó a recibir atención médica y pudo estar mejor comunicado con los Estados Unidos, donde habría de continuar su tratamiento. El padre de Guillermo, una persona dinámica, el empresario que había cubierto los pisos de los estados de Jalisco y Michoacán con los mosaicos salidos de su fábrica, fue atacado por la enfermedad del hombre moderno: el cáncer.
El mismo destino ciego quiso que en 1919 el Imperio austrohúngaro, el cual mantenía su embajada en el número 74 de la calle de Havre, en la colonia Juárez de la capital, acabara por desaparecer mediante los tratados de Saint-Germain-en-Laye y Trianón, así que la familia adquirió dicha casona y se instaló allí con el propósito de enfrentar las remotas esperanzas de sobrevivencia de Arturo Jorge González. A principios del siglo XX la medicina estaba lejos de encontrar las causas y muchas soluciones a los diversos tipos de cáncer que nos aquejan como sucede hoy en día, a 100 años de distancia. Sin embargo, aún pasarían cinco años en los que el pequeño Guillermo, al igual que sus seis hermanos mayores, disfrutaría de buenos ratos de convivencia con él dado que sabía tocar el piano, era compositor de canciones y construía sus propias cámaras fotográficas. Décadas más tarde Guillermo también diseñaría y construiría sus propias cámaras, en este caso de televisión.
Ante el inminente desenlace fatal, Arturo Jorge González tomó providencias con objeto de que doña Sara quedara bien protegida en lo económico y en lo familiar. Quienes la conocieron destacaban su diligencia para enfrentar el mundo como una joven viuda que supo tomar buenas decisiones, lo cual le permitió sacar adelante a su familia. Estos golpes de timón en la vida de las personas también marcan a los individuos precoces, tal es el caso de Guillermo, quienes han venido a este mundo para gozarlo con el peculiar sino de entenderlo e interpretarlo, según como predicó y practicó en su tiempo el médico y escritor satírico del siglo XVI, François Rabelais; esto es, con desenfado y, podría decirse, con cierto atrevimiento.
Podría sorprender el hecho de que Guillermo supiera leer y escribir de corrido a muy temprana edad, pero hay más personas de las que suponemos que han iniciado el entrenamiento de su intelecto como si de un músculo se tratara. Hijo de una mujer de fina inteligencia y de un hombre emprendedor e inquieto, originarios ambos de Jalisco, Guillermo pudo zambullirse en la vasta y diversa biblioteca de su casa desde muy temprana edad. Todo mundo coincide en que Sara Camarena se distinguía por su enorme capacidad para diagnosticar la realidad y tomar decisiones correctas. Por ello Guillermo tuvo luz verde en su temprano afán de entender uno de los fenómenos trascendentales en la historia de la humanidad: el electromagnetismo.
Aunado a la síntesis que hiciera James Clerk Maxwell a mediados del siglo XIX de estos dos fenómenos físicos aparentemente disímbolos, como son la electricidad y el magnetismo, 50 años más tarde también se habían hecho espectaculares avances en el conocimiento de la naturaleza y de la estructura de los átomos. Era como meterse al ojo de un huracán creativo.
Desde siempre ha existido una profunda fascinación por los fenómenos electromagnéticos. Los experimentos destinados a comprender la electricidad atmosférica, en particular los rayos, así como el estudio del magnetismo, son tan antiguos como la cultura misma, si bien no fue sino hasta que se contó con instrumentos adecuados cuando comenzó a entenderse su enigmática naturaleza. Hacia finales del siglo XVI el investigador británico William Gilbert inició la ciencia eléctrica. Pocos años más tarde, alrededor de 1665, el genial Robert Boyle realizó aportaciones fundamentales en cuanto a la conducción eléctrica en un medio vacío.
En ese entonces Otto von Guericke inventó un primitivo generador electrostático, si bien sería hasta un siglo más tarde, en el XVIII, cuando se podrían construir máquinas potentes y confiables, surgiendo así la nueva ciencia de la electricidad, palabra que sir Thomas Browne utilizó por primera vez en su libro Pseudodoxia epidemica de 1646. Para nuestra sorpresa, el término electromagnetismo data de 1641, pues en su obra Magnes el jesuita Athanasius Kircher intitula así un capítulo: “Electromagnetismo, es decir, sobre el magnetismo del ámbar, las atracciones eléctricas y sus causas”.
También puede considerarse precursores de este gran descubrimiento a Luigi Galvani y Charles Coulomb, este último al demostrar por primera vez cómo se repelen las cargas eléctricas. Galvani nació en la ciudad italiana de Bolonia en 1737 y murió allí mismo en 1798. Mientras impartía clases de anatomía notó cómo la corriente eléctrica afecta los músculos, aunque fue incapaz de comprender lo que estaba presenciando. Si bien una explicación cabal la ofreció Alessandro Volta pocos años más tarde, aun así se reconoce la aportación experimental de Galvani. En 1820 André-Marie Ampère culminó los experimentos y reflexiones que lo llevaron a inaugurar un nuevo campo de investigación, el de la electrodinámica del magnetismo.
La experimentación científica vivió una etapa dorada en el siglo XIX debido a la sinergia con la tecnología que ya en ese entonces había realizado progresos importantes, lo cual promovió la movilidad social y que algunos “genios” provenientes de las clases bajas empezaran a ingresar al mundo de los ilustrados. Tal fue el caso de Michael Faraday, autodidacta que se había educado leyendo los artículos de la edición de 1797 de la Enciclopedia británica, mientras cosía capillas y reparaba lomos en el taller de un maestro encuadernador de Londres. A los 21 años de edad se enteró de las conferencias públicas de sir Humphry Davy en la Royal Institution, logró convertirse en su asistente y más tarde en uno de los científicos trascendentales no sólo para la sociedad británica sino para el conocimiento universal.
Pasos decisivos los dio el físico escocés James Clerk Maxwell (figura I.2) en la segunda mitad del siglo XIX. Apoyándose en los trabajos de Michael Faraday, quien ya había hallado indicios de que electricidad y magnetismo estaban relacionados, Maxwell presentó en 1864 ante la Real Sociedad de Londres su “Teoría dinámica del campo electromagnético”, la cual sería publicada un año más tarde. Ocho años después publicó un tratado en el que relata sus experiencias al ampliar su investigación durante este lapso. Su talento quedó demostrado cuando encontró, en su primer artículo, un método más eficaz que el de Descartes para resolver un problema relacionado con la generación de curvas y diversas propiedades geométricas y ópticas. Tenía 14 años de edad.
FIGURA I.2.James Clerk Maxwell, padre de la teoría electromagnética.
Maxwell también estudió la naturaleza del color, de manera que hacia 1850 ya había inventando una nueva disciplina: la colorimetría cuantitativa, aclarando algunas de las ideas de Thomas Young y de Hermann von Helmholtz; de hecho, en 1861 realizó la primera fotografía en color. Su contribución fue tan grande que Albert Einstein reconoció su influencia cuando estaba elaborando la teoría de la relatividad.
Y es que los experimentos y hallazgos de todos los físicos, desde William Gilbert hasta Maxwell, se replantearon a la luz de las ideas atomistas que cobraron auge pocos años después. Ernest Rutherford, J. J. Thomson, Niels Bohr y otros cazadores de partículas más se hallaban en el umbral de descubrir una nueva realidad, intuida tiempo atrás por algunos pensadores griegos pero que no se hizo patente sino hasta principios del siglo XX. El átomo no era el último constituyente de la materia, había partículas muchísimo más pequeñas, y el electromagnetismo jugaba un papel fundamental en su estructura y comportamiento.
Así pues, las maravillas del electromagnetismo, el alucinante mundo atómico y el reto del vacío fueron semillas que prendieron en el lejano y fértil terreno de la mente de un pequeño curioso llamado Guillermo.
Como casi todos los niños de México, en ese entonces hizo sus primeros estudios en escuelas públicas y a unas cuantas cuadras del hogar. El primer año lo cursó no lejos de la calle de Havre, en un recinto que lleva el nombre de un ilustre renovador de la educación en el país, la escuela elemental Alberto Correa, localizada en la calle de Colima en la colonia Roma Norte, contigua a la colonia Juárez, pues sólo las separa la prehispánica avenida Chapultepec. Luego lo inscribieron en la José María Iglesias (jurista mexicano del siglo XIX), la cual se encuentra una cuadra más lejos, sobre la misma calle de Colima. Más tarde asistió a la Horacio Mann (insigne médico y hermano de un gran escritor, Thomas), escuela que ocupa una casona porfiriana en la esquina de Abraham González y avenida Chapultepec. No lejos de ahí se localiza la Escuela Secundaria número 3, en la avenida Chapultepec, en la cual se preparó para cursar estudios que le darían una profesión digna a fin de ganarse la vida.
Sin embargo, como pocos niños de la época, en vez de salir a jugar con los vecinos o encontrarse “a echar relajo” con otros compañeros de la escuela, Guillermo se encerraba a inventar artefactos en el sótano de la casa belle époque, estilo arquitectónico entre cuyas características distintivas se encuentran las habitaciones subterráneas, algunas de las cuales tienen ventanas al ras de la calle, todas protegidas y adornadas con su debida herrería (figura I.3). Cien años después es posible admirar algunos de estos ejemplos aún en pie en la colonia Juárez, aunque, por desgracia, la casa donde creció Guillermo fue demolida y en su lugar se levanta un inmueble sin ningún valor estético.
FIGURA I.3.Casa de Havre 74.
