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Un libro revelador que nos explica la influencia del miedo en nuestra salud física y que nos enseña cómo aprender a controlarlo para disfrutar de una vida mejor. David Ponce nos guía por el complejo laberinto de nuestras emociones, mostrándonos cómo aquello que sentimos puede ser tanto un veneno como un remedio para nuestro cuerpo. Ponce nos descubre cómo el miedo puede reconfigurarse para sanar heridas profundas, compartiendo no solo teorías científicas, tratamientos innovadores y consejos prácticos que nos ayudan a mejorar la calidad de vida, sino también su experiencia, sus propias batallas y triunfos de una manera profundamente personal. El miedo duele no promete soluciones fáciles. Nos ayuda a entender la relación intrínseca entre las preocupaciones del alma y las tensiones físicas que experimentamos y, sobre todo, cómo el miedo modela nuestra realidad.
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Seitenzahl: 236
Veröffentlichungsjahr: 2024
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El miedo duele
Anatomía de las emociones. Cómo te enferma o te cura aquello que sientes
Dr. David Ponce
Prólogo de Víctor Amela
La información presentada en esta obra es material informativo y no pretende servir de diagnóstico, prescripción o tratamiento de cualquier tipo de enfermedad o dolencia. Esta información no sustituye la consulta con un médico, especialista o cualquier otro profesional competente del campo de la salud. El contenido de la obra debe considerarse simplemente educativo. El autor y el editor están exentos de toda responsabilidad sobre daños y perjuicios, perdidas o riesgos, personales o de cualquier otra índole, que pudieran producirse por el mal uso de la información aquí proporcionada.
Primera edición en esta colección: agosto de 2024
© David Ponce, 2024
© del prólogo, Víctor Amela, 2024
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2024
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 978-84-10243-32-3
Diseño de cubierta: Isabel González (@muchacha_pinta)
Fotocomposición y realización de cubierta: Grafime, S.L.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
A mi esposa y mis hijas por ayudarme y participar activamente en el camino de escribir este, mi tercer libro. Sus consejos y guía me han inspirado como siempre a seguir adelante. Os quiero. Con todo mi cariño y agradecimiento.
Y a mi querido hermano Xavi.
Todos queremos salud. ¿Verdad que sí? ¡Desde luego que sí! «Lo importante es tener salud»: nos repetimos esta verdad irrebatible (y más en los ratos en que la salud se quiebra, ¡ay!).
Mi definición de salud ha sido siempre muy primaria: «salud es que no me duela nada». Si bien hoy sostengo esta definición, la he afinado un poco gracias a este libro de David Ponce. Ahí va: «Salud es que no me duela nada… y no tener miedo». Si leéis este libro entenderéis por qué y allanaréis el camino a la salud.
Yo me pongo en manos de David Ponce, osteópata y algo más: es un sabio en todo lo que concierne al funcionamiento del cuerpo humano. David Ponce posee un don: el discernimiento. Te pones en sus manos y te mira con ojo clínico infalible, te escucha, te toca… y descubre de qué pie cojeas. Y te ayuda a sanar.
Hablo desde la experiencia porque —ya digo— me he puesto en manos de David Ponce en muchas ocasiones durante casi dos decenios: ha recompuesto entuertos de mi cuerpo, y sus toques y retoques siempre han sido para bien y encima siempre he aprendido algo y he salido confortado en cuerpo y alma.
Ahí vamos: al alma. David Ponce aquilata por escrito su ciencia en este libro, El miedo duele, donde afirma que las emociones son la cuarta variable de la ecuación de la salud —con alimentación, ejercicio y descanso—, esa variable que nos conviene abordar y despejar para vivir con salud.
¡Ah, las emociones! Se despejan y se liberan, a veces, con un abrazo: ¡cuánto sana un abrazo de verdad! Otras veces conviene el trabajo que un certero osteópata aplica y receta. Y nadie mejor que David Ponce en el abrazo (¡qué bien abraza!) y en la terapia osteopática… y aún en algo más, muy sanador: nadie cuenta chistes más hilarantes que David Ponce. ¡Qué bien los cuenta, qué risa! Hoy le pido cita aunque no me duela nada: aligero el alma a base de unas risas.
Y ahí está el secreto: este médico de huesos y almas disipa el miedo en ti con su ciencia y su arte, sus conocimientos y su humanidad, su empatía, buen ánimo, humor y sabiduría. Es un artista de la salud, a la vez fisiológica y emocional.
David Ponce me ha ayudado a entender que el miedo —a enfermar, a sufrir, a morir, a fallar, a perder— es la fuente de todas mis enfermedades, fallos y pérdidas: el miedo es la causa de mi muerte antes de la muerte.
Esa muerte inevitable un día llegará, y hoy he decidido que más divertido será que me encuentre vivo que muerto, es decir, mejor riendo de un chiste que temblando de miedo.
David Ponce pisa la senda que filósofos estoicos señalaron: el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. Al dolor, con buen humor, buen ánimo y la osteopatía de Ponce, lo vamos a poner en su sitio, un sitio pequeñito. Sin miedo, el dolor se empequeñece. Por eso, leyendo El miedo duele entenderás —igual que yo he entendido— el trabajo que te toca, lector: atravesar tu miedo para encontrarte al otro lado con un cuerpo que no llora, una espalda que no sufre, una vida que no duele ya.
Y qué bien que, mientras tanto, siempre tengamos a mano las manos, la sonrisa, el abrazo y los chistes de David Ponce.
VÍCTOR AMELA
«El miedo es un sufrimiento que produce la espera de un mal».
ARISTÓTELES
Antes de entrar en materia me vais a permitir que me explique.
Pongamos (sin miedo) las cartas sobre la mesa.
Empezamos.
Treinta y cuatro años son muchos años. Tiempo suficiente para adquirir una experiencia y una visión personal y tiempo suficiente también para tener la necesidad de compartir ambas cosas. Eso es exactamente lo que se me pasó por la cabeza en el año 2008 cuando, tras tres décadas ejerciendo la medicina osteopática, puse en negro sobre blanco algunas de mis inquietudes sobre la relación entre el dolor de espalda y las emociones que provoca. Evidentemente lo titulé El dolor de espalda y las emociones, y se acabó publicando dos años más tarde… ¿para qué perseguir un título rebuscado si el objetivo siempre ha sido divulgar de una forma clara y directa?
En mi ejercicio profesional, constantemente he sentido gran interés y una manifiesta atracción por esa relación plausible entre lo que sentimos, lo que vivimos, lo que hacemos (y cómo lo percibimos individualmente) y la conexión que existe entre estas maneras de vivir con la buena o mala salud de nuestro cuerpo físico. Dicho de otra manera, siempre me han fascinado las dos caras de una misma moneda (el yin y el yan, el Joker y Batman, el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, lo blanco y lo negro) en nuestra salud. Una parte, digamos, emocional/vital (que no puede tocarse, pero puede interpretarse) y otra parte física (que puede tocarse, moldearse y diagnosticarse de una forma holística). Emoción y físico. Cuerpo y mente, vasos comunicantes siempre.
Pero mi necesidad de comunicarse no acabó en mi primera incursión literaria. Mi segundo intento en forma de libro, publicado dos años después que el primero, y con otro título muy coherente con mis ideas generales de salud, Más amor y menos ibuprofeno, versaba en esta ocasión alrededor de otro mal, el de cabeza, pero también seguía profundizando en esa dualidad intrínseca entre dolor y emoción, entre cuerpo y psique.
Ambos trabajos vienen a resumir la importancia de estas dos grandes enfermedades que sufre el mundo: el dolor de espalda y el de cabeza. ¿Y por qué centrarme en esos dos dolores? Pues muy sencillo: son las dos patologías con más incidencia mundial y con mayor gasto sanitario en todo el globo, y cualquiera de nosotros las puede padecer y padece en algún momento de su vida. ¿Nunca te ha dolido la espalda? ¿Jamás la cabeza? No digas mentiras. Según la revista especializada The Lancet Rheumatology, un nuevo estudio llevado a cabo por el Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud (IHME) de la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington, estima que aproximadamente 620 millones de personas sufren dolor lumbar en todo el mundo, una dolencia que para 2050 afectará a casi el 10 % de la población mundial. Respecto al dolor de cabeza, en 2022, se publicó en The Journal of Headache and Pain que el 52 % de la población del planeta sufre una molestia de ese tipo cada año; y de esa cantidad, el 14 % son migrañas… ¡Guau! Esos datos fueron recopilados por investigadores de la Universidad de Noruega de Ciencia y Tecnología (NTNU) revisando 357 publicaciones de entre 1961 y finales del año 2020 para estimar esa incidencia global.
En la actualidad, y mientras le daba vueltas a la temática del libro que tienes entre manos, pensaba en que si tuviera que volver a escribir esos dos textos me plantearía hacerlo desde lo que yo llamo los cuatro pilares de la salud. Porque, aunque hablemos de dolor de espalda, y hablemos de dolor de cabeza, hay cuatro pilares en los que nuestra salud debe construir sus cimientos y así definir de forma cuidadosa cuáles son los criterios básicos para tener una buena salud general. Esos cimientos son la importancia de la alimentación, el valor del ejercicio físico, la evidente ayuda de un descanso adecuado (dormir bien) y, finalmente, y no menos importante como queda manifiesto en esta introducción, la estabilidad emocional. En el libro El dolor de espalda y las emociones ya te hablé de todo ello, pero en este necesito añadir y reflexionar mucho más en el cuidado del equilibrio mental/emocional.
No voy a descubrir nada si te digo que en el siglo XXI vivimos a una velocidad insana. Por ejemplo, nuestro cerebro está expuesto a un exceso de inputs informativos. Algunos ejemplos son esas redes sociales que te «invitan» a estar siempre presente, ese scroll infinito del diseño de algunas webs y apps cuyo objetivo es tenerte enganchado a los titulares que se visualizan progresivamente y sin final, ese estrés de estar en todos los sitios siempre, esa necesidad enfermiza de no perderse nada, ese maldito FOMO (Fear Of Missing Out)… Nuestro tiempo de ocio está cada vez más dirigido, es más escaso y menos libre. ¿Cuánto tiempo llevas sin sentarte a escuchar un disco desde el principio hasta el final?, ¿cuánto tiempo llevas sin centrarte solo en leer un buen libro (o uno malo también) y que no seas interrumpido por un pitido/zumbido que te reclama mirar un mensaje de WhatsApp en tu móvil? Estamos perdiendo, sin duda alguna, la capacidad de concentración, focalización y atención. Y le sumo que, por ende, descansamos peor en general. Sí, es cierto, pasamos aproximadamente veinticinco años de nuestra vida durmiendo, y eso nos podría indicar que tanto descanso es sinónimo de una buena salud… pero el problema real es que estamos perdiendo la aptitud de saber descansar. En el siglo actual hemos de reaprender demasiadas cosas: a descansar bien, a comer mejor, a hacer un ejercicio idóneo para cada persona. Porque, en general (no digo que todo el mundo lo haga así, ¡menos mal!), lo que hacemos es irnos a la cama y no descansar porque justo antes de ir a dormir hemos estado expuestos a la pantalla del móvil, lo que hacemos es comer rápido y sin masticar porque tenemos otra reunión en cinco minutos…
Por no hablar de nuestras visitas al gimnasio «machacándonos», más para aliviar nuestra conciencia que para ejercitarnos adecuadamente. No podemos olvidar que el ejercicio físico forma parte de nuestra vida saludable y en eso también estamos, en líneas generales y como sociedad, empeorando. Nuestros ancestros tenían que moverse para recolectar, cazar y sobrevivir, y la actividad física era básica y sobre todo era natural. Hoy apretamos un botón de una aplicación y pedimos que nos traigan la comida a casa, que normalmente acostumbra a ser comida basura. «Un día es un día», decimos. «Mañana voy al gimnasio y lo quemo», pensamos. Hemos perdido la capacidad de movernos de una forma natural. Vamos al gimnasio, y es estupendo hacerlo, pero es algo que está apuntado en nuestra agenda como una obligación. Y las obligaciones son algo que, a la larga, percibimos como algo negativo.
En el discurso de graduación de la Universidad de Kenyon en 2005, el malogrado escritor David Foster Wallace se arrancaba con una parábola que dice así:
Dos peces jóvenes nadan uno junto al otro cuando se topan con un pez más viejo nadando en sentido contrario. Saluda a los dos jóvenes y les dice: «Buenos días, muchachos. ¿Qué tal está el agua?». Los dos peces siguen nadando hasta que después de un rato en silencio uno le pregunta al otro: «¿Qué demonios es el agua?».
Para Foster Wallace, esos peces representaban cómo el estilo de vida actual nos empuja a efectuar muchas cosas y a toda velocidad sin permitir que nos paremos a pensar. Creo que Wallace nos quería decir que, si los peces no conocen aquello que les permite vivir, el agua, igual es que no valoran lo que es importante. ¿Y qué es lo importante? La vida y la salud, queridos pececillos.
Pero ¡cuidado! Negarse un poco de libertad es convertirse en un fundamentalista de la salud. Ya no sabemos ni disfrutar del ocio. Veo muchas veces en redes sociales o en libros recomendaciones algo exageradas y rígidas donde parece que no podamos gozar ni de la comida, ni de poder salir por la noche y divertirse con amigos o con familiares, o simplemente realizar actividades que quizás en algún momento podríamos decir que no son del todo saludables. Siempre les digo a mis pacientes que deben tener un espacio en su vida para el ocio y la diversión, para saber «saltarse» las normas de una forma puntual sin sentimiento de culpa porque, sí, hay que comer bien, pero también necesitamos esparcirnos de vez en cuando para seguir compensando esa velocidad que el siglo XXI nos impone. Necesitamos darnos un poco de estabilidad emocional.
La palabra «estabilidad» puedes sustituirla por paz interior o por equilibrio mental o por los sinónimos que elijas, pon tú mismo el titular que quieras, pero seguramente de las cuatro patas de nuestra salud esta estabilidad emocional es sin duda la que aguanta más peso de la mesa. Sin ese equilibrio, la madera se rompe, la mesa se desmorona. No estoy diciendo que las otras tres no sean fundamentales (es evidente que lo son y tienes muchas razones en mis libros anteriores y las tendrás en este), pero sí estoy anunciando que me puedo alimentar de una forma adecuada y también puedo hacer cinco kilómetros diarios cada mañana y también dormir mis ocho horas… pero si no estoy bien conmigo mismo y con el mundo, si no estoy sano emocionalmente, si no gestiono bien mis emociones, entonces es posible que los kilómetros se conviertan en centímetros y que los alimentos no sean bien digeridos y que mi sueño no sea de calidad. Me gusta decir que la salud de nuestro cuerpo es un puzle y, si una pieza no encaja, no podremos ver la totalidad del dibujo.
Por todo ello, aunque sea una persona que en mi trabajo me dedique a tratar pacientes desde el punto de vista manual (manipulaciones), haga evaluación digestiva, respiratoria, hepática, renal, etcétera y me ayude de la multitud de herramientas que contiene esta medicina (la osteopatía, la fisioterapia), no sería de recibo obviar la evidencia que esa parte emocional o espiritual va ligada muchas veces a la psicología, la psiquiatría y a otros ámbitos de la vida en general que no son fáciles de tratar y no son fáciles de enfocar, pero que en cualquier caso podría decir sin temor a equivocarme que en un 90 % de mis pacientes son la base de sus dolores. Me atrevo a subrayar esto sin titubear: no hay nadie que pueda decir en su vida que tiene una estabilidad emocional completa y eso hay que corregirlo igual que corregimos las posturas de la espalda.
Si en el primero de mis libros profundicé en el dolor de espalda y en el segundo en el dolor de cabeza, como te he dicho, en este tercer libro he tenido claro que, en nuestra contemporaneidad, la dañada psicología que soportamos puede bloquear nuestra salud porque hay un sentimiento que siempre ha estado ahí, pero que en la actualidad ha adquirido un tamaño King Kong en nuestras vidas. Y ese sentimiento latente nos bloquea y se llama…
… miedo. Tenemos miedo. Tú y yo tenemos miedo. Y no debe ser un tabú reconocerlo. A pesar de que durante los siguientes capítulos lo veremos desde diferentes perspectivas y explicaciones, podría resumir que se trata de un terror, inconsciente si quieres, a esta vida que nos exige siempre pensar en el futuro y no disfrutar del presente. A esta forma de vivir y de relacionarnos que nos empuja siempre hacia adelante y que no nos deja detenernos a respirar ni un solo momento. No olvides que un empujón al final puede tirarte al suelo.
Uno de mis mejores amigos, mientras le explicaba los motivos que me han llevado a volver a escribir, me preguntaba: «David, ¿por qué un tercer libro? ¿No lo has dicho todo ya?». Y la respuesta fue sencilla. Porque no hay dos sin tres. Porque me he dejado cosas por explicar y/o matizar.
En los siguientes capítulos entenderemos la relación básica entre el dolor y el miedo, analizaremos la anatomía del dolor y sus emociones, responderemos con celeridad a la pregunta de qué es exactamente «un osteópata» y veremos su relación necesaria con la llamada medicina integrativa y la psicología básica, comprenderemos la relación entre la salud y la inteligencia emocional, definiremos esos conceptos de salud y de enfermedad, viajaremos con la psiconeuroinmunoendocrinología (PNIE) conceptualizándola y viendo su aplicación con ejemplos concretos de salud metabólica, salud digestiva, salud estructural, para desembocar finalmente en esa salud emocional tan importante para todos y todas. Habrá multitud de ejemplos de algunos de mis pacientes, pero también, y te remito al último capítulo, mi propio testimonio sobre cómo la vida me ha dado algunos golpes y cómo he gestionado el miedo a esos golpes. En las últimas páginas seré yo quien me desnude ante ti explicando mi propia experiencia con el dolor y las emociones.
Mi gran satisfacción sería que esta publicación que tienes entre tus manos sea para ti una chispa de luz, una pequeña guía o, simplemente, un buen complemento para poder mejorar tu salud de manera completa. Me siento privilegiado y a la vez con una gran responsabilidad para poder firmar un libro que constituya un refugio que te permita identificarte y te ayude a mejorar algún aspecto de tus hábitos o costumbres y potencie así tu bienestar general. Espero, en definitiva, que de la lectura de este libro surja un estado nuevo y superior de conciencia y de salud integral para mejorar muchos aspectos de tu propia vida, como la vitalidad, energía, creatividad, libertad, honestidad, fortaleza, dignidad, ternura, suavidad, amor, sabiduría, compasión, serenidad, templanza, simplicidad, presencia, gozo, alegría, virtud…
Ya comenté en mis libros anteriores que la felicidad proviene más de nosotros mismos que de los otros, y que el amor incondicional hacia los otros repercute en uno mismo multiplicado por mil. María Teresa de Calcuta decía que, si damos siempre lo mejor de nosotros, lo bueno llegará. Y ese quid pro quo es algo en lo que creo a pies juntillas.
En las siguientes páginas exploraremos el miedo (aprendiendo a abrazarlo) y el dolor físico desde diferentes perspectivas, buscando comprender su naturaleza y cómo afectan a nuestras vidas. Porque en ese miedo bien gestionado podemos encontrar parte de la belleza de nuestra existencia. A través de historias personales, ejemplos de pacientes, investigaciones científicas y consejos prácticos, descubriremos cómo superar estos desafíos y encontrar la fuerza interior para sanar y crecer.
El miedo duele es un viaje a través de los sinuosos senderos que conectan las preocupaciones del alma con las tensiones físicas que experimentamos. No se trata solo de dolores musculares y de espalda, sino de la manifestación profunda de un miedo que anida en las sombras del futuro incierto y la precariedad que acecha. Adéntrate en estas páginas y descubre cómo las fibras del miedo se entrelazan con los hilos de nuestro ser, explorando la sinfonía compleja de la mente y el cuerpo en este relato que desentraña los secretos de cómo el temor puede doler y cómo podemos gestionarlo / evitarlo / comprenderlo / racionalizarlo.
¿Existe una alimentación idónea, antiinflamatoria? ¿Existe una alimentación específica para el dolor de cabeza? ¿Existe una alimentación para equilibrar nuestra sensación de estrés o ansiedad? ¿Existe una mejor manera de descansar en este mundo que no quiere que descanses? ¿Existe una forma más pertinente de ejercitarse? ¿Existe una mejor manera de controlar tus emociones? ¿Está todo relacionado? Te doy una buena noticia. ¡Ojo, spoiler! Yo respondo que sí y para eso he escrito este libro que tienes entre tus manos.
¿Empezamos a perder el miedo? Coge mi mano, me encantará acompañarte, yo iré delante, pero serás tú quien finalmente haga los cambios.
Vamos. No perdamos el tiempo, que el camino espera, y como dijo el poeta «caminante, no hay camino, se hace camino al andar».
«Para quien tiene miedo, todo es ruido».
SÓFOCLES
«No os espante el dolor; o tendrá fin o acabará con vosotros».
SÉNECA
En lo más profundo de nuestra existencia se encuentran dos fuerzas poderosas que nos acompañan a lo largo de nuestra vida: el miedo y el dolor físico. Estas dos experiencias, tan íntimamente entrelazadas, pueden moldear nuestra percepción del mundo y desafiar nuestra capacidad para encontrar la paz y la felicidad.
Si definimos el miedo desde un punto de vista cientificista podríamos decir que es una emoción básica y natural que se manifiesta como una respuesta adaptativa a situaciones percibidas como amenazantes o peligrosas. Desde este prisma científico, el miedo involucra una compleja interacción entre el cerebro, el sistema nervioso y las respuestas fisiológicas del cuerpo.
En términos de neurociencia, el miedo implica la activación de varias áreas del cerebro, incluyendo la amígdala, el hipotálamo y la corteza prefrontal. La amígdala desempeña un papel crucial en la evaluación y procesamiento de estímulos amenazantes, mientras que el hipotálamo y otras estructuras cerebrales regulan las respuestas fisiológicas asociadas con el miedo, como el aumento del ritmo cardíaco, la sudoración y la liberación de hormonas del estrés como el cortisol y la adrenalina.
Desde la perspectiva de la psicología, el miedo también se entiende como una experiencia subjetiva que varía de una persona a otra y que puede ser influenciada por factores cognitivos, emocionales y sociales. La psicología estudia cómo las experiencias pasadas, las creencias, los valores y el entorno pueden influir en la percepción y la expresión del miedo. Además, la psicología considera cómo el miedo puede ser adaptativo en ciertas situaciones, protegiendo a las personas del peligro, pero también cómo el miedo excesivo o irracional puede ser perjudicial, dando lugar a trastornos de ansiedad como la fobia específica, el trastorno de ansiedad generalizada o el trastorno de pánico.
Por lo tanto, el miedo es una emoción compleja que implica tantos procesos biológicos como psicológicos, y su comprensión requiere un enfoque interdisciplinario que integre la investigación científica y los principios psicológicos.
El miedo, si nos ponemos poéticos, querido/a lector/a, es ese oscuro compañero que acechando en las sombras de nuestra mente puede paralizarnos, limitarnos y robarnos la alegría de vivir plenamente. En infinidad de pacientes a lo largo de los años he podido ver cómo diferentes patologías de índole grave y menos grave han paralizado su mente y físico al mismo tiempo. Veamos un ejemplo muy ilustrativo al respecto.
Andrés entró en mi consulta con un aspecto elegante, bien vestido, alto y bien parecido, ejecutivo en una multinacional americana. Vino a verme por un simple dolor lumbar que le aquejaba desde hacía dos semanas sin que hubiera presencia de compresión nerviosa que estuviera provocando lo que se describe como ciática. Aparentemente no parecía un caso complicado más allá de una lumbalgia mecánica provocada posiblemente por el trabajo de Andrés, que principalmente pasaba mucho tiempo sentado. Tras la entrevista pude comprobar que hacía ejercicio regularmente y mantenía unos hábitos de salud bastante aceptables. De manera sutil le pregunté si creía que había alguna situación personal que le estuviera provocando un estrés más elevado que el habitual. Y Andrés se cruzó de brazos. ¡Qué útil es saber reconocer el lenguaje corporal! Se echó hacia atrás y me dijo que no, que no había nada en su vida que le estuviera afectando más allá de su trabajo. Bien, sin más dilación me dediqué a explorarlo físicamente como hago con todos mis pacientes y le comenté que tenía cierta rigidez en la zona dorsal, aunque él me dijo que le dolían las lumbares, pero era muy evidente que tenía un tono muscular y rígido en su columna dorsal. Realicé varios ajustes manipulativos en su columna, pero especialmente al llegar a la zona dorsal y sin provocar ningún tipo de dolor, Andrés empezó a reír muy fuerte al mismo tiempo que pude observar cómo sus ojos se ponían brillantes. En aquel momento hacía únicamente unos treinta minutos que nos conocíamos. La sonrisa era forzada. Observando su reacción delante de aquella manipulación dorsal, le invité a llorar y exactamente le dije: «Si te apetece llorar, puedes hacerlo, no hay problema». Para mi sorpresa, empezó a llorar como un niño desesperado y desconsolado. Andrés me pidió disculpas, dijo que no sabía lo que había pasado, que perdonara su actitud. Básicamente lo que pude hacer con Andrés es liberar el cúmulo de tensión de muchos años y especialmente el cúmulo de tensión de una ruptura de pareja, como me contaría más adelante en las siguientes visitas. Una vez más se pone de manifiesto que nuestro cuerpo o nuestra armadura muscular, o nuestras corazas emocionales, nos pueden estar bloqueando emociones que deberían ser liberadas. Andrés me llamó al día siguiente para decirme: «¿Qué has hecho con mi espalda, no tengo ni un solo dolor en las lumbares y prácticamente no la tocaste?». Ahora, aparte de seguir visitándose conmigo, está reforzando su carácter y autoestima con nuestra psicóloga. Acude regularmente a mi consulta a modo de control. Está perfecto de su espalda porque dimos permiso para liberar una emoción escondida, aprisionada sin poder salir durante años.
La idea que abrazo sobre el concepto del miedo no es tanto una respuesta adaptativa (que lo es, evidentemente), ni una descripción puramente teórica, como la apuntada más arriba, sino un elemento latente en nuestras vidas, como una amenazante espada de Damocles eternamente situada encima de nuestras cabezas, una especie de nube de borrasca que nos acompaña al salir de casa, un asesino silencioso de esperanzas o un ladrón experimentado de nuestro optimismo. El miedo es «eso» que, sin darnos cuenta, afecta nuestro día a día y que de forma sibilina nos está imposibilitando avanzar de una manera sana (física y psicológicamente). Hablo de ese miedo al futuro, a no encontrar trabajo, a las facturas, a la presión social (multiplicada por cuatro en nuestra actualidad «gracias» a esas redes sociales, por ejemplo), a esa baja autoestima, a esas dudas que nos hacen dormir peor, que nos hace comer peor y deprisa y que, en definitiva, vulneran nuestra salud.
El miedo nos susurra dudas al oído y nos hace cuestionar nuestras habilidades y valía. Y seguramente bajamos la cabeza y arqueamos la espalda y nos quedamos en el sofá sin movernos y comemos aquello que no debemos comer de forma compulsiva. ¿Te duele la espalda porque tienes esa postura o es mejor decir que tienes esa mala postura y ese sedentarismo porque tienes miedo? Huimos del miedo porque simplemente no queremos afrontarlo.
