El muchacho de las estrellas naranjas - Lourdes Molina Sandoval - E-Book

El muchacho de las estrellas naranjas E-Book

Lourdes Molina Sandoval

0,0
9,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

¿Te atreverías a luchar por un amor incluso si sabes que es imposible? Un barco. Un encuentro. Un cambio. Ella es una joven introvertida, profunda y sentimental que ve la vida de una manera peculiar y siente sus emociones de una manera intensa. En ese viaje, se enamorará perdidamente de un muchacho pelirrojo llamado Thomas. Pasan pocos pero memorables días, aunque la inevitable separación ocurre.  Desembarcan y cada uno toma su rumbo. Ella continúa su vida, pero en muchos momentos Thomas forma parte de ella. Las estrellas serán fieles testigos de este fecundo cariño. Ellas guardarán un secreto que les cambiará la vida a ambos. ¿Podrá este amor sobrevivir?  Esta emotiva novela te invita a reflexionar sobre el poder del amor verdadero y la fuerza que puede tener en nuestras vidas, incluso cuando las circunstancias parecen estar en nuestra contra.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 247

Veröffentlichungsjahr: 2023

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Molina Sandoval, María Lourdes

El muchacho de las estrellas naranjas / María Lourdes Molina Sandoval. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

218 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-339-9

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Molina Sandoval, María Lourdes

© 2023. Tinta Libre Ediciones

El muchachode las estrellas naranjas

Un cielo naranja tiñe al azul

Contenido

I

Sentada bajo mi ventana, veía los cristales empañados por la nieve, mientras recordaba todos los momentos de felicidad que tuve aquí. Estaba esperando a que mi familia dijera: “Vamos, es hora de regresar a casa”. Nostalgia sentía, mas no quería marcharme del lugar al que jamás volvería, menos aún regresar a la cruda realidad de la vida rutinaria. Allí el tiempo era cada vez menos duradero y más escaso. Una sensación extraña me rodeó y me recorrió. Y fue allí cuando una lágrima brotó instantáneamente de lo más profundo de mi ser. Rápido la sequé.

Mi cabeza daba una y mil vueltas en un mundo pasado, en los mágicos copos de nieve. Mis manos heladas no habían cedido ante el frío de la ciudad. Ellas querían descubrir el secreto que traía consigo la nieve. Al tocarla, esta se derretía. Supe que la tierra blanca era tan solo para admirarla. De lo contrario, desaparecía en un instante. El claro momento donde la conocí ocurrió cuando mis inquietos pies se hundieron en ella. Dejó un antes y un después, una huella que no se esfumaría de mi corazón. La nieve me acunó desde siempre. El nítido recuerdo de mi caída se hizo presente. Ahí, mi cuerpo la pudo sentir por primera vez, la sintió en ese abrazo de bienvenida.

Existiendo tantas maneras de saludar y de recibir a las personas, la nieve lo deseó hacer de una muy particular. Existiendo tantos idiomas, ella me congeló sin decir una sola vocal. Las palabras de mamá aún resuenan una vez más: “La nieve te quiso dar la bienvenida y tanta fue la emoción que tuvo que no se contuvo y te quemó”. Mi cachete al chocar en seco con ella se quemó momentáneamente mientras trataba de reaccionar. Debí admitir que no fue de los saludos más gratos que recibí. Parecía tan frágil y débil, pues al pisarla desaparecía, pero la había prejuzgado. Ella sabía que podía causar dolor en las personas, supuse.

La mañana estaba callada y tranquila. La interrumpió papá, apurándonos para ir a desayunar. La ropa había quedado apartada de la cama. Una pila pequeña de mis cosas estaba perfectamente ubicada en la silla. El cansancio acumulado que todos teníamos podía ser un factor del silencio. Comenté que no podía esperar más para regresar a Ailmosa, para ver a la abuelita. Ellos asintieron. La síntesis de las semanas fue mi parte preferida del desayuno, acompañada de la pregunta sobre qué íbamos extrañar más de allí.

Rápidamente mencioné con sarcasmo la nieve. Las carcajadas, las risotadas y las miradas cómplices no faltaron en la mesa, al igual que los largos suspiros de añoranza. Fue en ese preciso momento cuando Benjamín volcó la taza hirviendo de café sobre mí. Estaba caliente. Podía sentir el ardor en mi piel debajo de la pollera. Velozmente limpié el café de mi amada ropa. Con la ayuda de mamá y las servilletas de tela, secamos lo mejor que pudimos el líquido vertido. Deseé que no quedara permanentemente manchada mi falda. Entonces reflexioné que todo en cierto momento quemaba. La helada nieve se debía tocar por segundos; de lo contrario, lastimaba. El caliente café se tocaba con el dedo índice por segundos; de lo contrario, dolía. No me enojé ni me enfadé con Benshi. O al menos traté. Pero mi cara sacaba una pizca de rabia. Benshi era demasiado pequeño para entender.

Terminado el desayuno, conté con el suficiente tiempo para quitarme la pollera. Al final de la pila de ropa, se encontraba mi otra falda preferida. Era una de las más elegantes que tenía. A veces me costaba usar ropa nueva. Quizás porque sabía que pronto no contaría con otra a estrenar. El color azulado era la tela que se había empleado para esa confección. Suavemente, la coloqué en mí. Un calce increíble. Pocas veces me la había puesto, pero, a falta de ropa limpia, me vestí con esa para el retorno.

Así fue como, sin pensarlo, ya nos encontrábamos subidos en el barco. Allí debía enfrentar mi mayor enemigo en los próximos minutos. Tenía que hacerlo. Experimentar estar allí. El miedo de quedar a la deriva se apoderaba de uno. La idea de solo pensarlo aceleraba mi pulso. Un fuego interior se adueñaba de mí.

El océano nunca me agradó lo suficiente y le tengo bastante respeto al mar. Una vez, en mi pequeño pueblito costero de Ailmosa, tuve la sensación de que había llegado la hora. De que la muerte había tocado mi puerta. Cada vez me iba más lejos en las aguas oceánicas. Ellas estaban tratando de tomarme como prisionera. El mar me quería ahogar. Tragué muchísima agua, que me entró tanto por boca como por la nariz. Un respirar salado ahondó en mí. A duras penas, saltaba e inclinaba mi cabeza hacia arriba para lograr encontrar algo de oxígeno. La imprudencia misma castigaba mi ímpetu valiente. Desde ese día, puedo quedarme solamente en la orilla. En la arena me siento más fuerte y segura. Protegida. Esta historia quedó como una vivencia riesgosa que a veces me divierto mucho contándole a la gente. Pues bueno, tengo una vida demasiado ordinaria.

Al encontrarme sujeta al barco, mi estómago se sentía revuelto. Estaba todo estrangulado por el temor. Mi piel tenía los pelos de punta. Supe que tenía que pensar en positivo. El recuerdo se hacía presente cada vez más, con cada paso que daba. Avanzaba, y este avanzaba a la par. Pero abandoné esa sombra oscura. La aparté cuando traspasé el pequeño puente de abordaje.

Nos encontrábamos definitivamente todos alojados en el amplio cuarto. Entonces se avecinó la hora de salir a investigar qué había por detrás de las paredes desgastadas. Era muy curiosa e inquieta. La sola idea de quedarme el resto del día en una habitación de cuatro paredes me consumía. Traspasé el comedor, al que ya había dado una ojeada antes de ir a nuestra pieza. Mis ojos solo se pudieron detener ante el vidrio sucio, que impedía la claridad de un magnífico atardecer. Una blanca escalera de metal se hizo vigente en el nuevo recorrido. Pero ahora algo me llamaba hacia allí. La pregunta de qué habría después me interpelaba.

Entonces, deseé subir esas escaleras. Era seguro que dirigía a la parte superior del barco. Al piso más alto. Me tragaba escalones para llegar aún más rápido. Corría con el propio entusiasmo tomada de la baranda. Trataba de idealizar en mi cabeza el esplendoroso atardecer que me iba a sorprender. Y de repente había llegado a la cima.

La incertidumbre desapareció. La semejante e indescriptible imagen apareció. Eran alucinantes el sol y sus colores. El cielo se estaba tornando de rosado y anaranjado. Juraría que nunca en mi vida había logrado tener el sol tan cerca. Traté de hacer memoria sobre cuál de todos los atardeceres en la playa de Ailmosa había logrado permanecer más en mi recuerdo, aunque ninguno podía asemejarse al del barco. Definitivamente, nunca había presenciado una mejor puesta o salida del sol. No tenía palabras, no me alcanzaban para poder adularlo adecuadamente. Cada atardecer tenía lo suyo. Cada uno era inigualable al otro. En este, todo estaba alineado. Las nubes hacían lo propio del espectáculo. El mar donde flotábamos agrandaba cada detalle del sol en el reflejo ondeado. El horizonte era incierto. Nadie sabía dónde terminaba, dónde comenzaba ni hasta dónde llegaban los rayos de luz. La combinación lograda era asombrosa. Nadie hubiera podido captar lo propio de esta escena.

De repente, desvié la vista. Vi sentado en soledad a un hombre. Por un instante, pensé que no tenía cabello, que estaba completamente calvo a tan temprana edad. Luego, cuando este giró la cabeza, logré ver sus mechas pelirrojas. El sol con su color cubría completamente todo rastro de cabello en él.

Se mostraba serio, tal vez concentrado en el paisaje. Sin embargo, mis dudas se fueron cuando se dio cuenta de cómo lo miraba. Amablemente, me largó una simpática sonrisa. Supe que me había puesto colorada. No me vi en un espejo para ratificarlo, pero sentía la sangre de mis cachetes hirviendo. Tuve algo de vergüenza. Por ello, seguí mirando el efímero atardecer. No podía conciliar nuevamente la paz que tenía antes. Sabía que, clavada en mi espalda, tenía una mirada. Su mirada. Me tranquilicé haciéndome creer que era mi creativa imaginación.

Segundos después, tenía al hombre esbelto parado al lado mío. En otra instancia me habría ido, pues tenía una personalidad introvertida. Pero ese día no fue así. Me estaba observando. Estaba asombrado de la manera en la que podía, sin parpadear, ver el horizonte. Se notaba mi aprecio único hacia ese paisaje fugaz, hacia esta escena que solo duraba minutos por la tarde. Lograba admirarlo de un modo completamente diferente. Distinto a los demás. Quizás fue la crianza en la playa lo que forjó mi interés hacia el cielo.

Todo estaba sigiloso. Se escuchaba tan solo el rugir de las olas chocando contra el barco. Y en esa monotonía, mis oídos oyeron repentinamente:

—¿Cómo puedes estar tan concentrada? No lo entiendo. —Se me escapó una pícara sonrisa cuando la misma voz repitió el hablar. Reconocí que me estaba mirando.

Ya no pude ponerme más roja, pues estaba pálida a causa de mi timidez. Mis conclusiones respecto al joven pelirrojo comenzaban a aparecer de a poco. La situación estaba siendo absurda. Todavía yo no había podido despegar mis labios para hablar. Tampoco quería hacerlo. La calma que creía tener me hacía solo poder observar. Me fijaba en cada minúsculo detalle. Cada aspecto de él. De golpe, su voz gruesa susurró:

—¿Te encuentro mañana aquí? ¿Al atardecer?

Un cosquilleo me hizo sonreír internamente. No respondí. Quería dejarlo con intriga. Con interés en mí. Me senté en la banca, en la que había estado anteriormente él. Oía mi respiración por sobre ruido de las olas. Sentía la brisa del viento pegando en mi rostro. Veía cómo el sol terminaba de dar sus últimos rayos de luz. Mientras, aquel joven no podía despegarme aún la vista. No entendía cómo se podía perder del espectáculo. Quería decirle. Quería decirle que el sol se escondería ya, que por hoy no brillaría más. Conté los segundos. Doscientos noventa y tres. Menos de cinco minutos. El sol ya había dado su adiós y se había extinguido entre la oscuridad. Se apagó y dejó un horizonte todavía más incierto.

Tuve que regresar. Ya era tarde. Así, bajé cada uno de los escalones que antes había subido. Sin ganas. Sin entusiasmo. Sin nada de nada. Seguía marchando firme para encerrarme en el pequeño cuarto. Me fijé el número de habitación que había anotado en el pequeño trozo de papel. Me encontré perdida. Pero un señor al costado en el camino me ayudó con desinterés, señalando que era arriba hacia donde me dirigía. Probablemente, era un encargado.

Adentro, el barco poseía un ascensor. El boleto de élite que nos había regalado la tía Carmen nos hizo conocer a Benshi y a mí la sensación de navegar, seguida de la de estar en el ascensor. Piso 2004, habitación séptima, memoricé. Abrí dos puertas corredizas de la perilla, para luego cerrarlas. Apreté el botón que indicaba el número siete y conté los pisos para saber en cuál bajar. Estaba distraída en cómo funcionaba el ascensor cuando apareció la figura de aquel muchacho pelirrojo. Me miró. Lo miré. La agradable voz habló nuevamente:

—Discúlpeme, jovencita, pero no me puedo ir sin tener su respuesta.

En ese instante, mi corazón se detuvo, al igual que el ascensor. Repleto de personas, el elevador siguió funcionando. El poco espacio hacía que el torso del joven estuviera pegado al mío. Agachó su cabeza para verme, suplicando una contestación de mi parte. Asentí con la cabeza.

Algo en mis adentros me hizo sentir feliz. Era como si la mente tratara de hacer reaccionar al corazón, pero el inquieto bombeador de sangre no escuchara y saltara de la emoción como un pequeño niño travieso. Muchas veces, hacerle caso solamente al corazón me mantenía viva. Despierta en el mundo.

—Acepte también otra invitación. —Hizo una pausa, como para agregar algo más. Se arrepintió de lo que iba a decir. Cerró la boca. Pensó. Y finalmente articuló—: Si no le parece imprudente, en el comedor. ¿En un rato? —dijo el extraño de la cabellera llamativa y del porte hidalgo.

Esos grandes ojos almendrados tan típicos me cautivaron con su mirada. No me pude negar. No me pude resistir. Logró sacarme un pequeño sí. La primera sílaba que dije. Estaba cansada por el agotador viaje; aun así, sentía algo en el pecho que llamaba mi atención. El joven lograba envolverme por la manera en la que se desenvolvía. Él quería un sí como respuesta; y un sí obtuvo. Estaba completamente seguro y firme en sus decisiones. Y entre mis pensamientos apareció el número siete. Siete, me tenía que bajar.

Atravesé el marco de la puerta de la habitación. Bienaventurada de haber visto semejante atardecer, lo relaté para que mamá y papá pudieran, por lo menos, intentar recrearlo. Busqué el cepillo de lata para peinarme. Mientras desenredaba los nudos propios de mi cabello, pedí permiso para asistir a la invitación del extraño muchacho. Cuando tuve el consentimiento de ellos, rápido me dirigí al comedor.

Apresurada y atolondrada como siempre, mi cabellera ya había vuelto a quedar como antes, un perfecto nido de pájaros. Traté de disimular los nervios en los acelerados pasos hacia la sala. Respiré profundo, pues debía parecer que estaba tranquila. Llegué. Allí estaba él sentado, viendo a la nada. Se paró. Giró hacia la otra silla vacía de la mesa y la apartó. «Educado y atento», pensé.

Me senté. Detrás de mi sonrisa fingida, ocultaba mi vergüenza. Mis torpes manos no sabían dónde colocarse. Las preguntas me invadían y no las podía evitar. Silencio. Con la cabeza gacha, acomodaba los volados de la pollera azul. Cruzamos miradas. Cruzamos sonrisas. Cruzamos sentimientos. Y la ya familiar voz declaró:

—Su nombre, jovencilla. Su nombre deseo saber —dijo mientras seguía acercando la silla a la mesa.

No dudé, se lo dije con firmeza, orgullosa de mi nombre. Luego, él mencionó el suyo.

—Thomas Hunderson. Tom es el mío. —Sin saberlo, se encontraba sonriendo nuevamente. Noté un pequeño hoyuelo en su cachete derecho—. ¿Y cuántos años lleva? —interpeló intrigado.

—Unos dieciséis —respondí, al mismo tiempo que el rostro del muchacho se llenaba de sorpresa.

—Creí que era más grande —dijo intentando hacerme un cumplido.

—¿Usted? —le pregunté atrevidamente, para seguir conversando.

—Dieciocho para los diecinueve en enero. —Desvió la vista como para darse una idea de algo más que pudiera decir. Supuse que había visto el mar por detrás de la ventana, y ello le dio pie a una nueva pregunta—: ¿De dónde viene, jovencilla?

El término “jovencilla” me tocó el corazón. ¡Qué bonito sonaba! Me gustó que me llamase así. Había quedado resonando en mi cabeza cuando me di cuenta de que debía responder.

—Provengo de un pequeño pueblo llamado Ailmosa. En los Estados Federados Cabel.

—Jovencilla, ¿quiere saber algo que la va a dejar con la boca abierta? —dijo con fervor.

Con una ceja más baja que la otra, respondí un acertado sí, mientras traté de reflexionar cómo había llegado allí.

—Vivo a tan solo unas horas de su pueblo. Sandes se llama el mío.

Lo interrumpí:

—¿Quiere decir que es cabeliense también?

—Por supuesto.

Tenía una nueva esperanza: verlo algún día en Ailmosa. Quise que prosiguiera hablando. Me preguntaba cómo sería el pueblo de él.

—Qué raro encontrarse en medio del océano a otro cabeliense. Otra persona que comparte la misma bandera. El mismo sentimiento patriótico y la misma fraternidad. Quiero oír de su pueblo. Cuénteme —dije curiosa.

—No, no es un pueblo. Ojalá lo fuera. Es una ciudad bastante grande para mi gusto. A veces trato de escapar de las cosas que me atraen y me atan allí —comentó haciendo una mímica con los dedos.

Me solía pasar. Entendía el sentimiento. Lo compartía. Huir. Escabullirse de la realidad. Continuó hablando:

—Como ya sabe, cumplí los dieciocho hace un gran tiempo. Los tan esperados. Ahora solo quiero recorrer el mundo. Aunque extrañé mucho a mi familia. —Largó un penoso suspiro, seguido de una larga respiración—. Recuerdo que de pequeño solía escaparme del colegio para tener un tiempo conmigo. Iba a un pueblo. Luego solía caminar quince o veinte minutos para llegar a un campo vacío. Un campo deshabitado. Allí había un gran árbol, donde tomaba sombra. —Sus ojos se iluminaron en un indescifrable anhelo. Prosiguió—: Sentías como este te abrazaba y te acariciaba. Pretendías estar en la tierra, pero en realidad estabas en el cielo. Podías sentir el viento en tu cara, escuchar los pájaros cantar y correr hasta más no poder. Era feliz con el olor del perfume del pasto y cuando tenía la suciedad en mi cuerpo. Suciedad de naturaleza pura. —Rio buscando una aceptación—. A veces, recuerdo que leía libros. Otras, descansaba mi mente. Siempre había suficientes pretextos para el escape. Era algo que nadie en el mundo lograba entender. Iba solo. Disfrutaba de la soledad para aclarar ideas. Se me daba en forma natural comulgar en el aire libre —dijo finalmente.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Mas no quise que ninguna cayera por mis cachetes. La manera en que lo contaba hacía que compartiera el mismo sentimiento. Me llevaba a viajar consigo. Parecía una libertad única. Una forma de mirar y vivir el mundo especial. Era el dueño de su propio camino. Él armaba y construía su destino. Un muchacho que era una incógnita a descubrir. El relato había movido mi piso.

—Oye, ¿qué ocurre, jovencilla? —dijo Thomas. Recordé mis lágrimas a punto de ir cuesta abajo.

Iba a secar el agua salada con las mangas de mi tapado, cuando frente a mis ojos encontré un pañuelo de blanco intenso con rayas en azul marino.

—Gracias —respondí mientras suavemente secaba mis párpados.

—Iré a pedir. Café, ¿no?

—Té —dije recordando la mañana manchada de café.

Thomas se dirigió al mostrador. Ordenó. Pagó. Esperó. Y en esa espera noté que me veía de reojo. Sujetó las dos tazas y volvió a sentarse colocando las cerámicas. Tomé el pañuelo para devolvérselo con todo el sufrimiento del mundo. Quería tener el pedazo de tela, así no me olvidaría nunca de Thomas, de ese extraño muchacho. Estiré la mano en acto de dárselo. No hubo respuesta de su parte, solo un sorbo de café. Apoyó la pequeña taza y dijo:

—Lléveselo, jovencilla. Mañana tendrá que verme y devolverlo allí. Solo así me aseguraré de verla en el atardecer.

—Insisto.

—Como yo la busqué hoy hasta encontrarla, mañana es su turno de hallarme. El pañuelo será mi acreditación futura de verla —dijo con aire soberbio.

Lo que él no sabía era que al día siguiente me iba a costar el doble desprenderme de él. Igualmente, obedecí y lo guardé en el abrigo. Miré la hora en el reloj que colgaba en la pared amarillenta. Debía marcharme. Ese había sido un largo día.

—Discúlpeme, ya debo irme. —Sujeté el tapado que me había quitado.

—¿La acompaño?

—No, gracias.

Así me fui. Tan solo me fui, volando como una paloma inquieta y tonta. Sin percatarme de qué hacía él. Quizás se habría quedado para mirar detrás de la oscuridad el mar, por la sucia ventana, mientras tomaba los pequeños sorbos del café. Se percibía que disfrutaba del calor y del sabor amargo que tenía.

Llegué a la habitación. Mamá hizo callar a papá para escuchar aquel relato nuevo.

—Charles, vamos. Quiero oírla —dijo tratando de revivir esta etapa.

Narré el encuentro con simplicidad. Se me cerraban los ojos por el sueño. Tenía ganas de estar en la cama probando su comodidad. Benshi estaba ya acostado. Me asomé para ver sus ojitos cerrados. Su delgado cuerpo mostraba cada respiración y exhalación de aire. Acurrucado en las sábanas, el pequeño yacía dormido. Descansaba.

Apenas apoyé la cara en la almohada fría, el cansancio no me venció como me imaginaba, pues el pensamiento en Thomas no me dejó adormecerme siquiera. El reflejo de él se hizo vigente. Con su cabellera, que dejaba a la vista ciertas tonalidades. Mechas pelirrojas, claras y oscuras. Con sus ojos almendrados. Con su barba rasurada. Con su cuerpo grandote y sus manos inmensas. Con su sonrisa marcando el pequeño hoyuelo en el cachete, mientras sus ojos se achicaban de una forma raramente linda. Con todo, me había conquistado. Su tamaño no me asustaba en lo más mínimo. En ocasiones, podían atemorizarme los hombres físicamente corpulentos. Pero advertí que podía ser delicado si se lo proponía.

Temía por la realidad. Una realidad en la que restaban solo dos días para separarnos. Estaba cómoda con Thomas. Me sentía así. Yo no era de hablar porque sí. Era callada. Discreta. Reservada. A veces me costaba hablar con la gente, más si no tenía confianza. Aunque disfrutaba plenamente de la compañía. Fue así que, con todas esas ideas revoloteando sobre mi cabeza, la mariposa eligió una flor. Se apoyó sobre ella y pudo finalmente conciliar el sueño.

II

Amanecía con el naufragio del mar. Un nuevo día. Me encontraba recostada en la cama. Mi familia no se había despertado aún. Faltaba menos para estar en mi querida Ailmosa, el pueblito que tanto extrañaba y, al mismo tiempo, no.

Siendo todavía temprano, me cambié la ropa de dormir. Escogí un cancán blanco con la pollera a tablas beige y bordó, heredada de la tía Carmen. El suéter blanco encajaba a la perfección. Su color brillante había sido opacado por la suciedad, dejando más bien un color tostado. Cuando estuve lista, todos despertaron. Mis papás me pidieron el favor de vestir a mi hermano, Benshi. Encontré su camisa. Cerré cada botón con su correspondiente abertura del lado opuesto. Le coloqué los zapatos acordonados y ya había cumplido con la tarea asignada.

Caminamos por el estrecho pasillo hasta llegar al ascensor, mientras veía que Benshi daba sus cortos y pequeños pasos. Llegamos al comedor y elegimos la mesa con vista al mar. Allí la luz del día solía asomarse más que en los otros rincones. Los croissants no faltaron en el desayuno. Los dulces panes eran mi perdición. Las infusiones hacían sobrellevar el viaje en barco. Así, el típico mareo decrecía lentamente.

La medicinal hierba no sacaba la sed de la mañana. Por ello, me levanté en busca una taza con agua. En ello, apareció el muchacho pelirrojo: Thomas. Extrañamente, me senté lo más rápido posible en la mesa, con el afán de que no me reconociera. Resultó que ya era tarde.

Observé cómo se acercaba. Cómo daba cada ínfimo paso con esa confianza propia de él. Se dirigía hacia la mesa a saludar. Saludarme. Se agachó para darme un beso en la mejilla, como si nos conociéramos de toda la vida. Luego fue hacia mamá. Ella hizo una mueca de agradecimiento hacia el muchacho. Un apretón de mano a papá. Se presentó. No presté mucha atención a lo que dijo. Estaba atónita. Antes de irse, se despidió de Benshi de una manera tal que parecía que había sido padre. Dudé por un instante. Me movilizó cómo trató al pequeño. Había algo más en Thomas. Algo que me encantaba y llamaba mi completa atención. Quizás era la manera soberbia de andar por la vida.

Mis padres comenzaron con su interrogatorio abrumador. Las preguntas no dejaban de ser formuladas. Y mis ojos no dejaban de mirarlo. Iban y venían como él se movía. Cuando dijeron mi nombre, tuve que reaccionar.

—¿Qué te ha picado? —dijeron al unísono.

No pude contenerme. Desvié por un segundo mis ojos tan concentrados. Tenía planeado hacer mi actuación.

—¡Oh, el amor! El amor ha tocado mi puerta —dije con las dos manos en mi pecho. Traté de emular a las grandes actrices de los teatros más reconocidos.

Largamos una risita familiar, muy suave. No queríamos escandalizar al comedor.

—Mi niña está creciendo —aseguró mamá con el rostro tan dulce como era ella.

Papá estaba colorado. Deduje dos posibles hipótesis: estaba impactado y se había acalorado con el hecho o se podía haber atragantado con un croissant. Ambas me parecieron igual de factibles.

Terminado el desayuno, nos retiramos hacia el cuarto. Allí busqué mi libro favorito. Este no se solía despegar de mí. No lo había prestado nunca. Me costaba. El hecho de que fuera rayado e incluso escrito sobre las letras me aterraba. Las páginas eran mi tesoro más preciado. Marcaba y doblaba cada hoja en la parte superior con dolor. Aquello era para poder releer los secretos más profundos del libro y así algún día poder revelarlos. Las amarillentas páginas con las negras letras develaban las más bellas palabras. Su olor a libro viejo era el aroma más joven.

Este libro generó en mí un antes y un después. Muy pocos escritos logran permanecer en alguien para siempre. Sus garabatos representaban magia. Magia en el mundo donde te metías. Descubría nuevos paisajes con la mente. Conocía nuevas personas, a que las podía ver en mi día a día. Sentía como ellos. Creía, con la fe en la salvación. Eran letras con emociones. Con sueños. Con ilusiones. Con vida. Ellas transmitían. Tan solo, eran símbolos. Símbolos que podían permanecer en tu corazón.

Dos mundos. Dos vidas. La fantasía. La realidad. ¿Cómo saber cuál es cuál? En los dos sentía. Y si sentía, vivía. Entonces, ¿qué más daba saber en dónde estaba?

Leí y releí hasta quedarme nuevamente dormida. Otra cosa no podía hacer en la pequeña habitación que me atrapaba.

Desperté. Solo pensaba en Thomas. En ese chico pelirrojo. Quería verlo. Quería conversar con él. Estar con él. Aunque la sola idea de la separación hacía una carga que me abatía. Tenía miedo. Miedo de no poder controlar mis sentimientos. ¿Y cómo se vive con miedo? Medité. La voz interior reflexionó: «Enfrentándolo». La determinación de la valentía vencería. Ella era superior a la cobardía. Ella tenía agallas para afrontar.

Por ello fui a buscarlo. El pretexto del pañuelo me acompañó en la travesía. Comencé examinando cada lugar de la cafetería. Nada. Desilusionada, terminé de pasar. Pero, por ventura, mi búsqueda no duró lo que había planeado. Alguien estaba tocando mi espalda en forma de llamada. Un susurro se oyó en mi oído:

—¿Se le ha perdido algo?

Esa voz me era tan conocida. No pude darme vuelta hasta caer en que era Thomas. Mi corazón se volvió loco. Latía como si hubiera corrido la vuelta al mundo. En otros momentos, no podía ya ni latir. Sonreí. Había sido un gran alivio encontrarlo, pero estaba muda, paralizada de felicidad.

—¿Acaso se ha perdido aquí? —dijo con humor.

Mas mis palabras se me escaparon de la boca sin siquiera pensarlo.

—No, no. Lo buscaba a usted.

Estaba sorprendido pero alegre.

—¿Se puede saber para qué?

—Por supuesto —exclamé tratando de sacar el pañuelo del bolsillo.

Me interrumpió el acto.

—¿Es que acaso no puede vivir sin mí? —Una pequeña risita tímida se asomó de mí. El gesto humorístico me hizo recordar mi actuación por la mañana. Pensé que seríamos buenos colegas juntos en una compañía de teatro.

—No, Thomas, vine a devolverle el pañuelo que me ha prestado. —Mientras, sujetaba el pañuelo para que pudiese tomarlo más fácilmente.

—Tengo una gran conclusión. Se acordó de traer el pañuelo y no se ha olvidado de mi nombre, jovencilla. Por lo tanto, supongo que ha estado pensando en mí —dijo lanzando una mirada orgullosa e ilícitamente seductora.

Todavía seguía con su pañuelo. Estaba boquiabierta por el análisis que había concluido. Deduje que era inteligente y astuto, más si estaba frente a una mujer. Sabía cómo tratarlas.

Algo me decía que, a la vez, era un muchacho un tanto rebelde. No le gustaba seguir las normas dictadas. Por eso, si se proponía un objetivo, no se cansaba hasta conseguirlo. Lo cual conllevaba un lado positivo y otro negativo. Era de las personas que no estaban acostumbradas a conseguir un no como respuesta final. Por lo tanto, insistía e insistía.

—Tenga. No me quiero quedar con cosas que no me pertenecen —dije decididamente.

—Bien, entonces se la obsequio y se la podrá quedar. —Sabía que iba a tratar de volver a convencerme y envolverme. En cierto punto, eso provocaba una gran diversión para mí. Era el constante desafío en el otro.

—No podría. Es de usted.

—Es suyo ahora —sostuvo mientras, encaprichado, no quería asir el pañuelo.

Le respondí con un cortés abrazo. Pero, para mí, significó todo. Duró milésimas de segundos. Allí, aunque sea por un instante, nuestros corazones se unieron. Se conocieron. Cada abrazo reflejaba la esencia del otro, porque el corazón, en cada latido que daba, brillaba de pureza. Se abrazaron con fervor latiendo al unísono.

Emocionado, él me logró convencer de nuevo:

—Pero hágame un pequeño favor —dijo con aire de ruego e imploración—. Acompáñame a la cima de la barca a respirar de nuevo.

—No debería —dictó mi rígida moralidad ante la propuesta indecorosa. Aunque el mayor miedo era el de llegar a enamorarme del muchacho Hunderson.

—Oh. Se lo ruego, si así lo desea. —Se empezaba a agachar lentamente, en gesto de querer arrodillarse. Antes de que siguiera, pronuncié:

—Lo acompaño. Decidido, iré —dije brusca y gritonamente—. No hace falta que haga papelones aquí —agregué.

Odiaba las situaciones vergonzosas, aún más si era el centro de atención de las personas. Me ponía sinceramente incómoda tener y atraer miradas. No estaba acostumbrada. Prefería pasar desapercibida ante los ojos del mundo.