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Sólo un conocimiento profundo y madurado, asimilado y objeto de continua reflexión a lo largo de años de labor docente e investigadora como el de Pedro Barceló -uno de los especialistas españoles en Historia Antigua más destacados y reconocidos en el panorama internacional- es capaz de alumbrar una obra de las características de El mundo antiguo. En este asombroso testimonio de saber histórico, el autor ofrece un compendio difícilmente igualable de los aspectos más sugerentes y trascendentales del mundo que, especialmente entre el 1500 a.C. y el 500 d.C. se articuló en torno a la cuenca del Mediterráneo, un área cultural consistente caracterizada por un fondo variado de ideas comunes, así como por una competitiva dinámica de poder. Tierra y mar, mito e historia, culto y redención, dominio, guerra y violencia, tipos de gobierno, monoteísmo emergente e iconografía del poder: una visión integral de toda la Antigüedad.
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Seitenzahl: 1705
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Pedro Barceló
EL MUNDO ANTIGUO
TIERRA Y MAR, PODER, DOMINIO Y GUERRA, MITO E HISTORIA, CULTO Y REDENCIÓN EN LA ANTIGÜEDAD
Prólogo de Juan José Ferrer
A José Manuel Roldán Hervás,preclaro colega, inagotable y ejemplar cronista de la historia antigua.Gratias enim amicitia
Prólogo, por Juan José Ferrer
Introducción
I. Tierra y mar
1. La tierra como espacio vital y fuente de poder
2. Oikos y polis
3. El mar como obstáculo, vía de comunicación y espacio de asentamiento
4. La magia de países lejanos
Tarteso
Egipto
India
5. Roma: génesis de un dominio universal
6. Politización del mar
7. Fronteras marítimas y terrestres
El tratado de Asdrúbal
Limes
8. Navegantes y aventureros: Orbis terrarum y Okeanos como dimensiones variables
Hanón
Piteas
Nearco
9. Fenicios y griegos en el Occidente
Cartago
Alalia
II. Mito e historia
1. El eterno Homero
Mundos homéricos
Héroes anacrónicos
El realismo de Hesíodo
2. Entre realidad y magia
El escudo de Aquiles
Circe y Calipso
Polifemo
Los feacios
Ítaca
3. Mito democrático
4. El mito Alejandro
5. El pasado como ideal
Cincinato
Fabio Máximo
6. Transformaciones mitológicas
Dido y Eneas
La travesía de los Alpes
Cannas
Numancia
7. La construcción del Barbaricum
Oriente y Occidente como dimensiones antitéticas
Bárbaros occidentales
Ariovisto
Gentes externae
III. Culto y redención
1. Creación del Olimpo
2. Celo religioso
Pitea entra en Atenas
Hermocópidas
El juicio de Sócrates
3. Sobre las prácticas religiosas romanas
4. Cristianismo y Estado romano
5. Actuar según los dioses
Alejandro en Troya
Aníbal y Melkart
Escipión y Júpiter
Princeps a diis electus
Constantino y Cristo
6. El ascenso del cristianismo
7. Tendencias fundamentalistas en los cultos romanos
8. Acerca de la divinidad de los emperadores cristianos
9. Cambio de paradigma: los emperadores pierden su naturaleza divina
IV. Gobernar y servir
1. La esclavitud: un fenómeno de masas habitual
2. La voz del yo: Arquíloco, Safo, Alceo, Teognis, Píndaro
3. El efecto deslumbrador del poder
Creso
Polis tyrannos
4. La constitución militar como espejo de la sociedad
Esparta
Macedonia
5. Personajes sobresalientes
Pericles
Pompeyo
Cicerón
Fulvia
Pablo
Juliano
Portavoces cristianos
6. Grupos sociales dirigentes
Aristócratas griegos
Nobles cartagineses
Senadores romanos
7. Líderes fracasados
Temístocles
Aníbal
Catón
V. Guerra y violencia
1. Excesos y violencia
2. Confrontaciones militares trascendentales
Salamina
Gaugamela
Accio
Adrianópolis
3. ¿Guerras preventivas?
Guerra del Peloponeso
Primera Guerra Púnica
4. Sobre la responsabilidad de la Segunda Guerra Púnica
5. Entre violencia y golpe de Estado
Los Gracos
Mario y Sila
6. Economía y guerra
Financiación de la Segunda Guerra Púnica
Milagro económico norteafricano
Conquista de la Galia
Conquista de Jerusalén por Tito
7. Ciudades tardoantiguas como polvorines sociales: Antioquía, Alejandría, Roma, Tesalónica, Constantinopla.
VI. Estilos y formas de gobierno
1. El Estado ciudadano de Solón
2. Califato o sociedad civil
3. Discursos políticos
Autocracia
Teoría monárquica
Tiranía
Democracia
Res publica populi Romani
4. Cesarismo: el poder de las palabras, las imágenes y las bayonetas
5. Perpetuación del estado de excepción
El Principado de Augusto
6. El gobierno tardoantiguo
7. Erosión de la potestad imperial
VII. El monoteísmo como problema político
1. El cristianismo se convierte en una religión aceptada
2. Sobre la heterogeneidad del cristianismo
3. Disputas inacabables
La disidencia donatista
Conflicto trinitario
Monofisitas y diofisitas
4. Integración del monoteísmo en un mundo politeísta
5. Clérigos enfrentados por el predominio de su respectivo dogma de fe
6. Disputas en torno a la hegemonía religiosa
7. Imperator christianissimus
8. Nuevos espacios de poder: los templos cristianos
VIII. Iconografía del poder
1. Fenomenología de las imágenes
2. Los ejemplos más tempranos
Era minoica
Época micénica
Período geométrico
3. Individuos del mundo arcaico
4. Personajes destacados del mundo de la polis
5. El puente hacia el helenismo: entre continuidad y cambio
6. Potentados helenísticos
Alejandro: el nacimiento de la representación imperial
Diádocos: citación y variación
Perspectivas: soberano y dios
7. Dirigentes cartagineses
8. Imágenes sugerentes de la República romana tardía
9. Idealización del princeps
10. Representación imperial en la Antigüedad tardía
El arco de Constantino
Estatua de Constantino
La visita de Constancio II a Roma
11. Retratos de Cristo
Bibliografía
Créditos
El lector tiene en sus manos un compendio histórico sobre los aspectos más sugerentes y trascendentales de la Antigüedad. Con él, y a través de la visión del autor, profundizará en ámbitos de vivencias personales y colectivas, en escenarios humanos de dignidad y bajeza, y en decisiones y circunstancias políticas y religiosas que nos persiguen hasta la actualidad. El inmenso trabajo que nos ofrece Pedro Barceló no es el resultado de una indagación concreta, tampoco de un particular objetivo entre los muchos logrados a lo largo de su dilatada carrera académica e investigadora. Estos centenares de páginas son la suma de su profundo conocimiento del mundo antiguo, una especie de crónica personal milenaria reducida en lo sustancial, pero desmenuzada en lo imprescindible. Eso sí, acompañada de la sagacidad analítica de nuestro autor que, a la postre, es lo que la convierte en sumamente atractiva.
El contenido, originalmente variado, ofrece un enfoque en ocho planos de relato y análisis extendidos sobre el lienzo literario de paisajes esplendorosos y ciudades arruinadas, personajes reales e imaginarios, regímenes políticos, mitos y verdades, vencedores y vencidos, líderes y siervos, ambiciones y sentimientos. La descripción da comienzo por el ámbito en el que se desarrollaron todos los acontecimientos narrados y en el que nacieron y murieron todos los personajes que aparecen en este pulcro y feraz recorrido por el mundo antiguo: la tierra y el mar, y su interacción en las actividades de los seres humanos. La comunicación, cercana y distante, el descubrimiento de lo exótico, los esfuerzos para ampliar o reducir el dominio sobre una porción de tierra, la justificación de ese territorio para ejercer sobre él la potestad y esgrimirlo como propiedad individual o colectiva. Y el mar, abierto a experiencias y aventureros que interaccionan culturas e intercambios, pues siempre hay un espacio necesario en la historia para situar en él derechos y ambiciones, dominio y servidumbre, convivencias y sumisiones. Es, pues, este inicio el que sitúa a priori los aciertos y las torpezas, los éxitos y los fracasos de cualquier generación como piezas de un enorme escenario.
Pero todo decorado y su atmósfera interpretativa requiere actores agitados al ritmo de un guion atractivo y dinámico. Para lograr su éxito, el guionista histórico puede dominar las sutilezas del lenguaje, aunque lo imprescindible es conocer todos los detalles de la trama histórica y trasladarlos con ingenio y habilidad. Narrar la historia requiere profundizar en todos los pormenores que se deducen del hecho a relatar, pues, por ejemplo, ¿qué utilidad tiene saber cuál fue el resultado de una batalla desconociendo sus pormenores? Hubo un momento en el que este sencillo razonamiento provocó un cambio en el modo en el que los romanos narraban el hecho histórico, y ese momento tiene su origen en uno de los más célebres episodios de la antigua Hispania: la toma de Numancia. Difícilmente se encontrará, en el estado mayor de un ejército romano en campaña, la concurrencia de las personalidades históricas que iniciaron en el año 134 a. C. el definitivo asedio contra la bravía e indoblegable ciudad arévaca. A las órdenes de Escipión Emiliano coincidieron hombres de la talla de Mario, Cayo Graco, el posteriormente tormentoso Yugurta y, especialmente en lo que nos concierne ahora, Rutilio Rufo y Sempronio Aselión. Más allá de los sonados éxitos y fracasos políticos o militares de todos ellos, estos dos últimos llaman nuestra atención por haber enriquecido el Derecho y la Historia romana con sus escritos, a pesar de que su obra solo sea conocida por referencias o en reducidos fragmentos. Rufo fue un hombre íntegro y honrado que sufrió condena y exilio acusado de extorsión por los publicanos; una sentencia injusta y extravagante, pues fue precisamente su oposición a las extorsiones de los recaudadores de impuestos en Asia lo que ocasionó la venganza de estos. Dejó escrita una historia de Roma en la que narraba los hechos de la guerra numantina. Es, pues, uno de los dos cronistas presenciales de estos hechos; el otro fue Aselión. De este conocemos algún detalle más preciso que nos permite presentarlo como el hombre que introdujo en Roma la exposición detallada de los hechos históricos (ephemerís), a diferencia de las anotaciones simples de los sucesos acaecidos en el transcurso de un año (annales). No me resisto a reproducir algunas de sus palabras por la claridad expositiva que de ellas se desprende:
Los libros de annales ni pueden mover en absoluto a los más animosos a defender al Estado ni a los más perversos a ir en su contra. Porque contar qué cónsul empezó una guerra, qué cónsul la terminó y quién resultó vencedor en ella, pero no contar los detalles de la guerra o no reproducir los decretos que durante la misma promulgó el Senado, o las leyes o proyectos de ley presentados y los móviles que provocaron el inicio de todo aquello, eso es contar cuentos a los niños, no es escribir historia. (Aulo Gelio, Noches áticas, 5, 18, 9; cita textual de las Res Gestae de Aselión, frag. 2, Peter).
Esta anécdota es apropiada para reconocer el esfuerzo del historiador que deja de ser un simple redactor de sucesos para profundizar en los entreverados detalles que caracterizan las acciones humanas, sin caer en la fabulación indemostrable. Pedro Barceló es aquí el observador y analista que nos sitúa en posesión de cuanto queremos saber sobre muchos aspectos conocidos, pero sometidos ahora a su rigor crítico y documental con aportaciones de las fuentes conservadas o referidas y de las contribuciones historiográficas publicadas. Su análisis de origen y consecuencia es la actualización de todo ello, y sus conclusiones, el producto de su labor académica.
Tras el escenario fijado en el primer capítulo, el segundo nos traslada al mundo de la imaginación creativa, a la fina línea que divide el mundo real del ficticio, a lo auténtico de lo fantástico, al ser humano del mito. Desde las hazañas leídas en las páginas de los primeros relatos de aventuras a la creación de la fábula surgida de las leyendas que acompañan a los héroes y a los líderes. Homero, Aquiles, el cíclope Polifemo, el gran Alejandro, el destino de Eneas, la peligrosa travesía de los Alpes, o la gran gesta de Numancia, ya mencionada, son algunos de los personajes y hechos que destacan. Finalmente, la exposición del autor se posa sobre la visión del «otro», un posicionamiento que ha sido recurrente a lo largo de la historia, sustentado en la diversidad cultural y en la supremacía del poderoso. La mirada del bárbaro se refleja en las descripciones de Amiano Marcelino, del que nuestro autor nos reconoce deudores por su información sobre las gentes externae, los pueblos periféricos del Imperio, y su efecto debilitador del otrora poderoso Estado romano. Una de las lecciones poco aprendidas por gobernantes narcisistas a lo largo de la historia.
En el siguiente apartado nos adentramos en el ámbito de las creencias religiosas. La importancia del culto como práctica colectiva e identitaria se refuerza en el carácter intimista de sus seguidores, y su trascendencia rebosa la esfera social para convertirse en apoyo imprescindible de apetencias políticas y ansias de poder. Aquí, nuestro autor desgrana la importancia de la religión griega y su trascendencia modélica, especialmente en Roma, donde confluye el culto al panteón de dioses tradicionales y la deificación de los emperadores. Y, naturalmente, observamos la progresiva extensión del cristianismo y su influencia en la dirección de los asuntos romanos de Estado. Cristianismo y paganismo dilucidan su antagonismo a favor del poder eclesiástico, mientras la apoteosis de los emperadores desaparece y con ella su poder absoluto. Resulta especialmente atractiva la relación que Barceló establece entre algunos grandes dirigentes y sus divinidades respectivas, especialmente Constantino y Cristo, cuya trascendencia está tan íntimamente ligada a nuestra herencia cultural.
El capítulo cuarto ‒impregnado de lo que define acertadamente como «efecto deslumbrador del poder»‒ comienza analizando la visión de la esclavitud y la consiguiente utilización y desprecio por las libertades humanas, incluso tras la aparición del cristianismo. Y le sigue una nómina de celebridades individuales y colectivas. Allí se encuentran personajes sobresalientes en el triunfo y el fracaso compartidos; sirvan como muestras Pompeyo, Aníbal o Temístocles, aunque a mi juicio quien mejor representa la grandeza y caída de un gobernante es Creso, el rico y poderoso monarca lidio que perdió su imperio ante Ciro el Grande. Barceló recoge el homérico encuentro entre Solón y Creso en el que se dilucidaba filosóficamente sobre la felicidad a través de la petulante interpelación del monarca oriental al sabio occidental: «¿Conoces al hombre más afortunado del mundo?». Esta pregunta, formulada por quien espera la respuesta complaciente, reúne las condiciones del atávico absolutismo monárquico, nada precavido respecto al futuro, tan incierto para el resto de los mortales como el fin dramático que aguardaba al personaje. Así lo presagia la descripción iconográfica que nuestro autor utiliza de Creso sobre la pira funeraria con actitud digna y atributos escénicos que muestran la imagen de la realeza asociada a la divinidad. Una asociación tan frágil como el destino imprevisible. Creso se abrasa entre llamas mientras grita el nombre de Solón, lo que ocasiona la curiosidad de Ciro. «¿Quién es ese Solón?», pregunta intrigado el monarca aqueménida. «El hombre que todos los reyes deberían conocer y escuchar, mejor que amasar inmensos tesoros», responde Creso. El trasfondo de la supuesta entrevista con el sabio griego la perfila Herodoto en la descripción del arquetipo de un ciudadano ideal, y Barceló la recupera para insistir en el posicionamiento político del «patriotismo constitucional» de Jürgen Habermas y su encaje en los modernos estados de la Unión Europea. Un posicionamiento democrático muy alejado de ciertos «rebrotes nacionalistas de corte decimonónico».
Otros atractivos que conforman el capítulo incluyen el elitismo aristocrático que está plasmado en la descripción de los grupos dirigentes griegos, romanos o cartagineses, mientras el liderazgo político y social queda magníficamente representado en figuras como Pericles y Cicerón. Resulta muy sugerente la singularidad contrapuesta entre los posicionamientos religiosos de Pablo de Tarso y los del emperador Juliano, es decir, entre el hombre que aportó su energía evangelizadora para dar vida al cristianismo entre las primeras comunidades de fieles, y el emperador que quiso acabar con su culto. Entre las escasas muestras de protagonismo femenino que nos muestra la historia, es fascinante el perfil de Fulvia, una mujer que vivió en primera línea la dramática etapa final de la República romana. Casada tres veces con personajes principales de la época, su matrimonio con Marco Antonio llegó a situarla incluso como dirigente militar defendiendo los intereses del lugarteniente de César frente a las demandas de Octaviano, el futuro Augusto. Convenientemente, la muerte de Fulvia sirvió de excusa para cerrar un acuerdo de cooperación entre ambos líderes que, finalmente, acabaría en tragedia para Antonio y gloria para el nuevo dueño de Roma.
«Guerra y violencia» es el título de la quinta entrega. Su expresivo encabezamiento recoge alguno de los grandes conflictos de la Antigüedad, pero no solo bélicos sino también sociales, y la maraña de intereses personales que se mueven en torno a cada estallido. Batallas de consecuencias trascendentales diestramente seleccionadas, como las provocadas tras la victoria ateniense en Salamina, la derrota de Darío III en Gaugamela o los dos extremos temporales que fijan las de Accio y Adrianópolis, opuestas no solo en el tiempo sino también en su significado: el inicio y el ocaso del Imperio romano. Guerras «mundiales» como las Púnicas y su relación con la ambición de los grupos dirigentes romanos, pero también violentos disturbios, ejecuciones ilegales y golpes de Estado, desde los tribunos revolucionarios a la dictadura de Sila. La relación de cada conflicto con los grandes dispendios necesarios para su financiación es un nexo imprescindible para entender la motivación y el pretexto con el que comienzan las hostilidades. Alcanzar y sostener el poder requiere de un refuerzo permanente de fondos materiales sin los cuales la estabilidad de la jurisdicción se resiente. En ocasiones, el objetivo es tan claramente depredador que causa ignominia llevarlo a cabo y, sin embargo, el oprobio y la vergüenza se diluyen tras los beneficios obtenidos. El mejor ejemplo es la destrucción de Cartago en la tercera de las guerras con Roma. Un aniquilamiento provocado por la codicia romana al observar la eficacia de los cartagineses para convertir su economía en un productivo sistema de creación de riqueza. Y, naturalmente, no pueden faltar en este apartado alguno de los grandes expolios romanos, resultantes de guerras apropiadas a las necesidades de algún general (César en las Galias) o del fisco imperial (Vespasiano y Tito en Jerusalén). Finalmente, los problemas humanos y los conflictos políticos de la Antigüedad tardía quedan perfectamente situados en los escenarios urbanos de mayor relevancia en el Bajo Imperio romano, con particular relevancia de los enfrentamientos por motivos religiosos y la consolidación oficial del cristianismo.
El capítulo sexto aborda los «estilos y formas de gobierno». Nuestro autor advierte de su estructura dual griega y romana. Pretende así establecer un proceso comparativo entre la democracia de un lado y los modelos republicano y monárquico de otro, utilizando, claro está, la experiencia ateniense y el desarrollo político de Roma, pero llegando a ello con el detalle explicativo de los sistemas de gobierno del universo greco-oriental, que incluyen la autocracia, la monarquía, la aristocracia y la tiranía. Particularmente atractivo es, a mi juicio, el análisis de la democracia ateniense desde Solón a Pericles, mediando el episodio de Pisístrato y su acción política que transformó Atenas en un Estado, y la definitiva reforma isonómica de Clístenes, el golpe de gracia al modelo aristocrático. Incluye este pasaje la referencia comparativa con los regímenes políticos actuales, donde actúa la independencia de los poderes del Estado surgida de las ideas ilustradas del siglo XVIII. El denominado «Estado ciudadano», creado por Solón, es fruto del orden constitucional, donde la fortaleza del sistema ateniense se encuentra en la prerrogativa multifuncional del ciudadano, que puede actuar como gobernante, juez y legislador per se, sin que nadie le represente. Otra cosa bien distinta es la capacidad de cada cual para ejercer las funciones que le corresponden o aquellas para las que ha optado. Como afirma nuestro autor, ya en la Antigüedad se formularon duras críticas contra el modo en el que se tomaban algunas decisiones democráticas desconfiando de «la falta de madurez política de los que tenían derecho al voto y la facilidad de los demagogos para seducir al electorado». Unas acusaciones muy similares a las que aparecen en los sistemas actuales, lo que, a la postre, conduce a medir la fortaleza de las decisiones en función del resultado conseguido por las mismas. El relato sobre la República romana, concreto y clarificador, da paso al Cesarismo, germen de la monarquía que consolidará la nueva etapa. Los amargos años que destruyen la arquitectura social y política del viejo régimen romano tienen a César como principal protagonista entre un elenco de aprovechados y golpistas. La aparición de Octaviano y su victoria sobre la imagen oriental que proyecta Antonio desde Egipto inicia la etapa del Principado: una monarquía con apariencia de república. El nuevo sistema estuvo sustentado en los tres poderes constitucionales acaparados por el joven Augusto, que conservó su mando militar sobre todos los ejércitos, al que unió los poderes civiles de la potestad tribunicia y, finalmente, los religiosos que le otorgaba el cargo de pontífice máximo. Toda esta elaborada trama de poder real desde un aparente respeto a la vieja República no habría sido efectiva sin los enormes recursos materiales obtenidos gracias al tesoro de los faraones. Este finalista respaldo financiero, además, se vio mejorado con la implantación de una reforma fiscal y monetaria que auguraba estabilidad financiera en los siguientes presupuestos de cada año. La obra de Augusto, y el apoyo de los territorios orientales a su causa, acabarían dotando al régimen de uno de los soportes ideológicos más carismáticos: la deificación del emperador.
La mirada al gobierno tardoantiguo focaliza su atención en dos personalidades singulares por su obra y consecuencias. El primero, Diocleciano, representa el reequilibrio de las maltrechas finanzas romanas en el siglo III, pero también la consolidación de un nuevo sistema de gobierno que modifica la estructura constitucional romana. Los cambios se advierten en la consideración que adopta la figura imperial ante el pueblo: el princeps da paso al dominus, mientras el Principado desaparece para constituir el nuevo paradigma político del Dominado. En consecuencia, los ciudadanos dejan de ser de tal consideración para convertirse en súbditos de su señor. A todo ello se une la creación de una nueva arquitectura de poder: la Tetrarquía, o gobierno de cuatro, acompañado de una profunda reforma provincial, con el fin de mejorar la compleja administración del Imperio. El segundo es Constantino, el emperador que acabará con la experiencia tetrárquica y retomará el gobierno unipersonal, amparándose en el cristianismo, que surgirá con enorme fuerza de su clandestinidad hasta alcanzar protagonismo religioso exclusivo. El cristianismo quedará vinculado finalmente a un nuevo modelo de gobierno monoteísta que abjurará de su jefatura religiosa pagana para someterse a las normas del nuevo culto. Al mismo tiempo, el poder imperial decrecerá en su tradicional liderazgo hasta el punto de derivar la dirección de los ejércitos en jefes militares procedentes, en muchos casos, de antiguos pueblos germánicos enfrentados a Roma.
Precisamente, el cristianismo, su heterogeneidad y sus disputas internas ocupan el espacio del siguiente capítulo. La caracterización del monoteísmo como problema político hay que buscarla en la dificultad para encajar una doctrina de carácter excluyente con cualquier otra, pues tal acción incluiría el reconocimiento de unas deidades que no existen. El cristianismo, a diferencia del politeísmo antiguo, no selecciona a su dios como el verdadero, pues ello implicaría el reconocimiento de la existencia de divinidades ajenas como ocurre con las posturas henoteístas tan en moda en los siglos III y IV de nuestra era. La contumacia del cristianismo es exclusivista e inamovible: solo hay un Dios. Concluye este apartado con el estudio de un nuevo espacio de poder que aparece como escenario cultual de la nueva religión: el templo cristiano. Desde la sinagoga a la basílica, observamos el recorrido de los distintos lugares en los que se reunían los primeros judeocristianos: el concepto de universalidad espacial promulgado por San Esteban, las cuevas capadocias y la discreta clandestinidad de las domus ecclesiae o los espacios abiertos. Todo ello al ritmo fijado por la permisividad o intransigencia de las autoridades civiles. Con la tolerancia del tetrarca Galerio, fruto de su fracasada política, y el gran paso de Constantino, aparece la basílica como lugar de reunión y culto. Un concepto arquitectónico tomado de la distribución espacial de la basílica tradicional romana, el edificio originalmente dedicado a la administración de justicia y al trato comercial, adornado con estatuas de divinidades entre las que no faltaban los emperadores, especialmente en el último gran ejemplo de ésta en Roma: la iniciada por Majencio y acabada por Constantino. Este diseño quedaba apartado de los ancestrales templos de los dioses paganos y pudo influir notablemente en su elección. A partir de Teodosio el templo cristiano se transforma en un espacio de «enorme simbolismo religioso y al mismo tiempo de no menos relevancia económica, política, jurídica y social».
El último capítulo nos lleva a un amplio recorrido por la ruta artística de la cultura mediterránea. Nuestro autor busca en ella las representaciones que se adaptan a la idea y al ejercicio del poder en cada estadio temporal. El protagonismo que otorga a los objetos iconográficos griegos se justifica porque en ellos se encuentra el paradigma inicial de la visión conceptual de la autoridad, pero también por la influencia determinante sobre el arte romano. El plano descriptivo de este apartado comienza con una visión general sobre los principales elementos que definieron la noción artística del poder en las sociedades antiguas, para pasar a continuación a la exposición de caracteres individuales, encajados cada cual en su tiempo y su obra con la ayuda de los perfiles literarios que ofrecen las fuentes, para finalizar con la iconografía cristiana y los problemas derivados de la divinidad en el fragor de la discusión eclesiástica sobre la naturaleza de Dios. Aquí pueden encontrarse análisis y conclusiones históricas de la iconografía del poder y la religión, desde las ancestrales culturas minoica y micénica hasta la Antigüedad tardía. El modo en que fueron vistos personajes singulares como los de la copa de Arcesilao y su escenografía, el grupo escultórico de los Tiranicidas y su compleja interpretación entre el motivo real del atentado y su aprovechamiento ideológico; pero también las imágenes de singulares gobernantes griegos, con un especial análisis del busto del tirano Periandro, el sugerente y complejo análisis del gran Alejandro —personaje muy bien conocido y tratado por Barceló en su monografía publicada en esta misma editorial—, los retratos numismáticos cartagineses, el Augusto de Prima Porta y la cuidadosa descripción analítica del arco de Constantino; finaliza con los retratos de Cristo, reflejando toda la indefinición teológica y la carga propagandística que requería visualizar a Dios. Este recorrido es una de las más originales aportaciones de esta obra, obligando al historiador a someter los conocimientos arqueológicos y artísticos a unas conclusiones que justifiquen las representaciones iconográficas como necesidades finalistas, más allá de la egocéntrica petulancia de alguna de ellas.
Finalmente, me gustaría añadir para los lectores una útil aclaración. Este libro no sigue una línea diacrónica, no es un manual de historia; su carácter monográfico y temático recoge conceptos analizados con suma pericia y expuestos con independencia unos de otros. De este modo, es posible comenzar y acabar su lectura donde mejor se estime o abrir las páginas de aquella trama o personaje que llame poderosamente la atención. Esta estructura le añade especial atractivo y permite aprovecharlo del modo más conveniente para cada cual. Sea como fuere, les garantizo la entrada a una descripción de pormenores del pasado que ampliarán su conocimiento del mundo antiguo y les dotarán de elementos de reflexión sobre el porqué ciertas actitudes personales y comportamientos socioculturales siguen presentes en la actualidad.
JUAN JOSÉ FERRER MAESTROUniversitat Jaume I
El presente estudio se basa en un libro publicado en 2019 en lengua alemana. Su intención no es otra que ofrecer a un amplio público una visión panorámica sobre las facetas más emblemáticas de la Antigüedad. Para confeccionar esta edición, sin embargo, no solo se ha efectuado una traducción del texto original, sino que se han actualizado contenidos, ampliado apartados e introducido algunos temas nuevos, teniendo en cuenta los intereses de los lectores de habla española. Su principal objetivo es realizar una serie de investigaciones y consignar novedosas aportaciones sobre diferentes evoluciones históricas que en su conjunto nos permiten dilucidar los factores determinantes que configuran las sociedades antiguas. En líneas generales se pretende aglutinar un cúmulo de descripciones, reflexiones y síntesis que versan sobre los aspectos más relevantes del quehacer político, económico, social, religioso y cultural de esta fascinante época de la historia universal.
Su enfoque metodológico se centra en observar una serie de casos concretos de carácter ejemplar que constituyen el marco temático del libro, a fin de acumular información y esclarecer los principales problemas que plantea el estudio de un remoto pasado, más cercano de lo que parece, respecto a nuestro entorno actual. A través de una mirada selectiva, se persigue una visión panorámica que facilite contestar los interrogantes presentes en el estudio de las constantes antropológicas que definen la esencia de las sociedades pretéritas. No obstante su carácter fragmentario, el análisis de los temas, eventos y personajes seleccionados puede proporcionar una visión global del polifacético mundo antiguo, prestando especial atención a aquellas líneas de continuidad cuya relevancia ha perdurado a través de los siglos.
Desde nuestra perspectiva actual, la revisión del pasado ofrece las claves para la comprensión del comportamiento humano en sus diferentes facetas históricas. Como ninguna otra época, la Antigüedad permite, gracias a la distancia que nos separa de ella, dilucidar sine ira cum studio la esencia de su profundo trasfondo histórico, por lo que resulta ser un excelente motivo de estudio a la hora de compararla con otras épocas. En este sentido, someteremos a una evaluación crítica las aportaciones que los estudiosos de las ciencias humanas, filósofos, literatos, teólogos e historiadores han ido acumulando a lo largo del tiempo al consignar los hechos decisivos, los logros, las gestas, los avances, las crisis y los conflictos generados durante la Antigüedad, teniendo en cuenta su carácter modélico como laboratorio del pasado, fuente de inspiración y expresión de la condición humana. De forma paralela, se desvelará su importancia como archivo inagotable de la memoria individual y colectiva, como foco catalizador de nuestro patrimonio cultural y como punto de partida del desarrollo de la civilización en épocas posteriores.
El concepto que guía la realización de la obra se basa, por un lado, en la convicción de que cualquier registro del pasado solo puede ofrecernos en el mejor de los casos fragmentos de la realidad y, por otro, en que no existen certezas absolutas acerca de su reconstrucción, por no decir reinvención. Asumiendo estos condicionamientos, se intentará descifrar una serie de aspectos nucleares que se generan en la Antigüedad y que siguen teniendo un significado concreto en nuestro propio horizonte de experiencias. Por ello, no se ofrece al lector un manual enciclopédico estructurado cronológicamente, sino una colección de impresiones extraídas de épocas pasadas, que giran en torno a los fenómenos antropológicos más decisivos que han mantenido un impacto continuado en el tiempo y en el espacio, desde su propia génesis hasta hoy en día. En consecuencia, la utilidad del estudio radica precisamente en el anclaje que nos vincula con los sucesos del pasado, pues estamos inevitablemente conectados a ellos y seguimos transitando por los mismos caminos que abrieron aquellos que nos precedieron.
Es obvio reconocer que el listado de temas que aparecen en este libro es impensable sin tener en cuenta las inclinaciones y los puntos de vista propios del autor. Su tratamiento conlleva afirmaciones, dudas, teorías, resultados e hipótesis que provienen del análisis de las cuestiones que nos aproximan a la complejidad y heterogeneidad de nuestro legado cultural. Este último aspecto cobra especial relevancia cuando nos referimos a las líneas de continuidad históricas generadas en el pasado y que siguen formando parte de nuestra esfera vital.
Los contenidos que serán objeto de debate proceden de la Antigüedad clásica, es decir, de situaciones y eventos relacionados con el quehacer de los helenos, persas, púnicos, judíos, romanos, iberos, celtas o germanos –por nombrar solo a los pueblos más conocidos–, que, vistos en su totalidad y a pesar de su heterogeneidad, se adscriben a una plataforma cultural común. Esta unidad civilizatoria se configura a través de una serie de normas y valores éticos, políticos, económicos, sociales y religiosos análogos, que, pese a sus diferentes matices, dan lugar en última instancia a un coherente entramado cultural. Esta relativa amalgama de mentalidades y modelos de vida interdependientes dentro del mundo antiguo resulta especialmente visible si observamos, por ejemplo, la esfera laboral basada en sistemas esclavistas que perdurarán durante siglos o en los procesos de producción en la sociedad grecorromana, caracterizados por una asombrosa homogeneidad y longevidad. Otro elemento que subraya el carácter unificador del mundo antiguo se manifiesta a través de la génesis y difusión de sus complejos sistemas cultuales, incluyendo los métodos de su instrumentalización para fines políticos. Donde de forma más evidente se percibe este intercambio de ideas es en el ámbito de la religión cristiana, en especial en su estructura espiritual y filosófica: la expansión de las comunidades cristianas es inimaginable sin tener en cuenta sus orígenes judíos, la contribución de la intelectualidad helenística y el pensamiento jurídico romano. Otra prueba acerca de la homogeneidad de las sociedades antiguas la detectamos en los proyectos constitucionales y las formas de gobierno que se desarrollan en Grecia y Roma. Aparte de estar fuertemente vinculados entre sí, constituyen la base de la arquitectura política e ideológica de los estados modernos. Estas claves civilizatorias demuestran por sí solas la capacidad integradora de la cultura antigua, así como su alto grado de afinidad y conexión interna. Por citar un ejemplo actual: los términos universalidad y globalización, en boca de todos hoy en día, no son novedosos, y menos aún, una creación propia de nuestros días. Sus antecedentes se remontan al espacio cultural generado por la civilización helenística y su ampliación y difusión a través del Imperio romano.
Siguiendo estas premisas, uno de los objetivos del estudio es dirimir las bases de la coexistencia entre las distintas comunidades que se desarrollan en esta época, al tiempo que se pretenden observar los aspectos relacionados con sus condiciones de vida y el significado de los espacios físicos como medios de expansión o limitación de sus respectivos territorios. Es en este contexto donde se reflexiona acerca de la tierra y el mar como escenarios naturales de la existencia humana y su incidencia en la evolución política, económica y social de un mundo bipolar. Otro aspecto que nos sirve como espejo del pasado lo constituye la interdependencia entre el mito y la historia dentro del ámbito de la memoria colectiva de una determinada sociedad, como instrumento de apropiación y concienciación del presente y el futuro. También se situarán en el punto de mira las tensas relaciones entre gobernantes y gobernados como paradigmas reivindicativos, símbolos de las pugnas que estallan con regularidad para acaparar poder individual o colectivo. Ligados a estos enfrentamientos se consignan altas cuotas de violencia, lo que se exterioriza de forma periódica a través de revueltas ciudadanas o endémicas guerras externas. Cambiando de enfoque y desde una óptica más amplia, se prestará atención a una serie de constantes antropológicas, tales como el carácter modélico del pasado para afrontar el presente, las consecuencias inherentes que se derivan del ejercicio del poder, la relevancia del culto para la cohesión social o la conveniencia de determinadas formas de gobierno. Al profundizar en estas cuestiones surgen nuevos interrogantes, como la conexión entre la guerra y la economía, el descubrimiento del bárbaro como estrategia de justificación de la propia identidad, los anhelos y necesidades espirituales de los individuos de los diferentes grupos étnicos, así como las propuestas que las heterogéneas comunidades de culto ofrecen a sus adeptos.
Si pasamos revista a los apartados tratados en el libro, es evidente que además de los contenidos del repertorio clásico para el estudio de la Antigüedad (legislación solónica, Guerra del Peloponeso, relevancia de la esclavitud, juicio de Sócrates, Esparta, el mito de Alejandro, reformas de los Gracos, conquista de las Galias, limes, cristianismo y Estado romano…) también han sido incluidos en el listado otras cuestiones, quizás menos conocidas, pero no por ello menos importantes (Alalia, Numancia, el episodio de Pitea, Deyoces, Oriente y Occidente como variables antitéticas, polis tyrannos, Cincinato, enfrentamientos clericales…). También se pretenden resaltar y enfatizar en este contexto una serie de temas que han estado tradicionalmente al margen de la atención de los estudiosos, estimulando así la reflexión acerca de su relevancia para la comprensión de la Antigüedad (héroes anacrónicos, Dido y Eneas, politización del mar, legitimación del poder, culto imperial en el cristianismo…). No menos importante es el estudio de sus innovaciones institucionales (polis, tiranía, Cesarismo, Principado de Augusto, gobierno tardoantiguo, espacios sacros…), el registro de sus individuos más emblemáticos (Creso, Temístocles, Aníbal, Pompeyo, Fulvia, Pablo, Catón, Juliano, etc.), así como la valoración de un cúmulo de cuestiones controvertidas, cuyo análisis puede aportar nuevas perspectivas (mito democrático, califato o sociedad civil, tendencias fundamentalistas en el culto romano, erosión del poder imperial, controversia trinitaria, iconografía del poder…).
Se ha puesto especial hincapié en presentar los argumentos esgrimidos de forma concisa, razón por la cual, salvo contadas ocasiones, los epígrafes resultan relativamente breves teniendo en cuenta la complejidad de los temas que tratan. Además se procuran dilucidar determinadas cuestiones básicas para la comprensión de la Antigüedad desde puntos de vista contrapuestos, lo que conlleva la iteración de ciertos temas que aparecen en diversos capítulos del libro, pero enfocados de distinta manera. Este es el motivo por el que algunas cuestiones, eventos y personajes son abordados bajo diferentes rúbricas, que posibilitan esclarecer varias facetas de su excepcional relevancia. Esta aproximación metodológica también puede ser ampliada a otros aspectos susceptibles de ser tratados y estudiados a través de distintas épocas: por ejemplo, la evaluación de los discursos del poder a través de la historia de la Antigüedad, incluyendo su representación iconográfica, que se desarrolla en distintos capítulos del libro, constituyéndose en una suerte de hilo argumentativo conductor. Algo parecido puede decirse sobre la politización de la religión en época precristiana y cristiana, la mitificación de la historia como estrategia de justificación política o la evaluación del peso específico del individuo como elemento fundamental para la comprensión general de determinadas situaciones conflictivas y su decisiva incidencia en una serie de procesos históricos.
Con el fin de acercarnos al modus operandi de los autores antiguos, siempre orientados hacia las grandes personalidades, se ha intentado, pese a no renunciar a una revisión critica de su valor testimonial, retratar a las figuras más destacadas del mundo antiguo respetando los puntos de vista de las fuentes literarias o la perspectiva que nos proporciona la cultura material. El resultado de esta prospección es una visión diferenciada de estos individuos, como ilustra el último capítulo del libro. La óptica adoptada al respecto no sirve solo para entender a estos personajes como agentes históricos en toda su complejidad, sino también para incrementar la comprensión de su contexto histórico y la influencia que ejercieron en su respectiva época: Platón definió las bases del pensamiento y la filosofía griega, Cicerón impulsó la retórica latina, Pablo dio sentido y forma al cristianismo primitivo; en la esfera política, Pericles aparece como el sinónimo de la democracia ateniense, Alejandro y César personifican la forma más voraz del poder individual, Augusto representa la era imperial romana y Constantino simboliza la transformación religiosa del mundo antiguo. Basten estos ejemplos para ilustrar la indisoluble conexión entre las circunstancias estructurales que determinan los procesos históricos analizados y la esfera personal de los individuos que los protagonizan.
De forma consciente y progresiva se ha ido incorporando una relativa cantidad de testimonios procedentes de los autores antiguos (historiadores, tratadistas políticos, literatos, poetas, teólogos, etc.) al hilo argumentativo de la presente obra. Los pasajes elegidos ilustran, y al mismo tiempo documentan, situaciones, transformaciones históricas o acontecimientos particularmente significativos. Además, algunos de los textos citados revelan, a través de su lenguaje y enfoque, el espíritu de su época; por ello pueden contribuir adicionalmente a profundizar la comprensión de los hechos históricos a los que se refieren, al tiempo que nos permiten realizar una lectura crítica de sus respectivos contextos.
Si nos proponemos definir el carácter y las peculiaridades del método de trabajo seguido, se podría afirmar que los contenidos de los capítulos mantienen una posición equidistante entre la diversidad de su enfoque y su concepción unitaria. Su adición podría considerarse como una especie de almanaque, catálogo o panóptico de episodios seleccionados del riquísimo legado de la Antigüedad, que se caracterizan por su ejemplaridad, su relevancia y su singularidad. Los dosieres confeccionados entrañan una cierta complejidad debido a su carácter antitético. Intentan aglutinar el espectro más amplio posible de ópticas históricas que, aunque a veces parezcan ser controvertidas, constituyen un enunciado común. No obstante, a pesar de sus perspectivas a veces dispares, muchas de las interpretaciones históricas presentadas están cognitivamente más estrechamente entrelazadas entre sí de lo que a primera vista parece.
Los niveles estilísticos que ofrece el texto son fruto de la peculiaridad de su contenido, que no sigue una cronología estricta, y de la selección del material agrupado en torno a temas ampliamente diversificados. Esta diferencia en la redacción de los distintos epígrafes depende tanto del enfoque metodológico elegido como de la intención que ha guiado su elaboración. Además de pasajes descriptivos y narrativos, se incluyen una serie de hipótesis que, a través de una prosa diferente, presentan novedades y resultados provisionales sobre ciertas cuestiones abiertas. Estos últimos pasajes redactados en un estilo investigativo tienen por objeto ilustrar el terreno movedizo que transitamos al intentar comprender una serie de sucesos y fenómenos de la Antigüedad que, a primera vista, podrían parecer suficientemente aclarados. Al mismo tiempo, se pretende subrayar que algunas de las doctrinas establecidas, por muy seguras que puedan parecer, siempre precisan ser revisadas y corregidas.
Al valorar toda esta cantidad de cuestiones, temas e interrogantes relativos a la Antigüedad sobre los que no se pueden establecer criterios que los definan con certitud, puedo constatar un hecho muy claro: la valiosa ayuda por parte de mis colaboradores y doctorandos del Instituto de Historia de la Universidad de Potsdam. Recuerdo las interesantes conversaciones en cuyo transcurso se discutieron las características principales y el contenido de algunos capítulos del presente libro. Esta constante disposición al diálogo ha sido fundamental para que este trabajo pudiera tomar una forma definitiva. Quisiera expresar mi sincero agradecimiento a Niklas Engel, Eike Faber, Sandra Kaden, Mario Hensel, Almuth Lotz, Paul Peters, Virginia Poczesny, Matthias Sandberg y Matthias Zein por su competente colaboración. También recibí valiosas sugerencias por parte de Bertram Blum y Manfred Clauss, cuya cuidadosa lectura del manuscrito fue tan decisiva como la labor de Clemens Heucke y especialmente Daniel Zimmermann, responsables de la Wissenschaftliche Buchgesellschaft Darmstadt. Su estímulo y cooperación condujo a la publicación de la edición alemana del presente libro.
La realización de la edición española no hubiera sido posible sin la meritoria traducción del texto original efectuada por Lena Hein y Alejandro Cadenas González. También es de agradecer la cooperación prestada por mis amigos y colegas José Manuel Roldán Hervás, Juan José Ferrer Maestro y David Hernández de la Fuente. Sin su implicación en el proyecto y sus consejos, este libro que aquí presentamos nunca hubiera salido a la luz. Mi agradecimiento también va dirigido a Javier Setó, responsable del Libro de bolsillo de Alianza Editorial, con quien me une una larga amistad y que, como en ocasiones anteriores, se ha encargado de tutelar con su acostumbrada maestría esta edición. Por último quiero resaltar la eficiente labor de Jesús Peña por la esmerada revisión del texto y las ilustraciones del libro que aquí presentamos.
PEDRO BARCELÓPotsdam, Vinaròs
El presente capítulo gira en torno a la tierra y al mar como los condicionantes básicos de la existencia humana. Ambos determinan nuestra percepción del mundo y la apropiación del pasado, presente y futuro. Son elementos que siempre aparecen mutuamente vinculados y por ello mantienen una tensa e indisoluble conexión. En la Antigüedad, esta relación no resultaba muy diferente a como se nos presenta hoy en día, aunque sí se produce un cambio fundamental que se revela durante el siglo pasado a través de la adaptación de otro elemento: el aire, o mejor dicho, el conocimiento del espacio etéreo como otro ámbito más en el desarrollo del devenir de la humanidad. Con la inclusión de esta nueva plataforma natural se amplía y se modifica de manera sustancial la comprensión bipolar del mundo que había existido durante milenios. La tierra, el agua y el aire, como factores indispensables de la convivencia humana, nunca han estado libres del dominio humano. En este contexto las formas de creación de poder sobre y a través de estos tres elementos ofrecen una clave fundamental para el entendimiento del desarrollo político, social, económico y religioso que se ha generado sobre su base. Tanto ahora como en el pasado, la interacción entre la tierra y el mar determina las experiencias vitales más profundas de nuestra manera de ser.
Por eso los siguientes capítulos analizan la naturaleza de esa interacción, sus potencialidades, peligros y significados para la convivencia humana desde la Antigüedad hasta nuestros días. Pretendemos dilucidar la formación de células vitales (oikos, polis) como modelos del quehacer económico y cohesión social que al mismo tiempo ejemplifican la percepción de las zonas más alejadas de los paisajes culturales propios (Tarteso, Egipto y la India), y en cuyo contexto se inserta el tema de la expansión colonial. Observaremos también el establecimiento de zonas fronterizas (tratado de Asdrúbal, concepto de limes, contienda de Alalia) y nos ocuparemos de la inclusión de los territorios marginales de un nuevo mundo que se había hecho accesible al horizonte cultural mediterráneo gracias a las mejoras de la comunicación náutica (viajes de Hanón, Piteas y Nearco). Igualmente reflexionaremos sobre el desencanto y la pérdida de romanticismo que supuso el descubrimiento de regiones hasta entonces desconocidas, al ser integradas en el espacio nuclear del mundo conocido. Indagaremos los motivos que conducen a la formación y extensión de un dominio territorial y marítimo a través de los ejemplos de Cartago y Roma. Partiendo de la observación de la hegemonía naval ateniense (politización del mar), estudiaremos a continuación las modalidades que, a largo plazo, permitieron activar los recursos de poder tanto terrestres como marítimos, convirtiéndolos en instrumentos políticos determinantes. La respuesta a todos estos interrogantes posibilitará trazar líneas de continuidad desde el pasado hasta nuestros días, una relación que nos servirá para aclarar el carácter modélico de la Antigüedad.
Habitamos en una pequeña porción, viviendo en torno al mar como hormigas o ranas en torno a una charca.
Platón, Fedón 109 b
El hombre es un ser terrestre y no acuático, dice una afirmación irrefutable sobre la naturaleza de nuestros congéneres1. Pero sería un error considerar la existencia humana algo que tan solo está ligado a la tierra como consecuencia de este razonamiento lógico, ya que la predominancia del espacio líquido que cubre la mayor parte de nuestro globo es abrumadora. Del mismo modo que los dioses míticos, supuestamente, descendían del cielo o surgían de los mares, la tierra y el agua también son parte esencial de la cosmovisión del mundo y de la complejidad de la naturaleza humana. Ambos elementos son más que mera materia. Los habitantes de nuestro planeta le deben su espacio vital a la fuerza de atracción y a la conjunción que obran estos elementos sobre su destino. Por eso la tierra y el mar no solo se muestran capaces de generar líneas divisorias naturales, sino que a su vez posibilitan la formación de los escenarios políticos que delinean el marco de la historia.
Los habitantes del mundo antiguo en su mayor parte no participaban de la sensación general que tenemos hoy en día de que el mundo no fuera lo suficientemente extenso, de que en muchos lugares existiese una considerable desproporción entre la demografía y el espacio. En general, desconocían la idea de que la esfera vital de la naturaleza estuviera limitada. En criterios de medición actuales, no faltaban territorios para el asentamiento de grupos poblacionales. Al contrario, había tierra de sobra. Sin embargo, no existían prácticamente regiones despobladas, como ya apuntan los textos épicos más antiguos, que nos muestran un repertorio de seres vivos de lo más variado que poblaban las zonas más inaccesibles del globo terráqueo: desde humanos convencionales hasta sirenas, amazonas, lestrigones y cíclopes, además de otras criaturas mágicas y extrañas.
Seguramente la tierra no siempre era sinónimo de fértiles parcelas de labor, la base vital para asegurar la subsistencia de los habitantes de un determinado territorio. De hecho, no existían demasiados campos aptos para la agricultura en Grecia que se encontraran cerca de lugares o entornos apropiados para su explotación. Sin embargo, siempre cabía la posibilidad de trasladar el hábitat donde se asentaba una comunidad, pasando de espacios que por diferentes razones eran difíciles de cultivar a nuevas zonas de asentamiento. Hubo un movimiento colonizador temprano que nos permite comprobar que esto fue efectivamente así. Pero la expansión del horizonte territorial no solo se produce como resultado de la navegación. Nuestros textos más antiguos también registran múltiples formas de expansión terrestre. Este tipo de trasvases poblacionales eran la norma a la hora de ampliar y crear un nuevo asentamiento o comunidad. Conseguir campos, pastos y tierras de cultivo en zonas deshabitadas o a costa de los vecinos era una forma inicial de creación de dominios territoriales. Por lo general, semejantes procesos de concentración estaban precedidos por la aglutinación de asentamientos dispersos en una unidad mayor. Por tanto, el control de la tierra constituía siempre la base de la realidad económica y social de una asociación política dotada de un cierto grado de organización. La posesión de la tierra era sinónimo de espacio vital, y al mismo tiempo, la fuente de poder prioritaria.
Curiosamente, la esfera acuática desempeñó en principio un papel menos importante en este sentido, aunque siempre hubiera estado muy presente en el mundo cultural mediterráneo2. El mar se utilizaba principalmente como reserva alimenticia y como medio de comunicación, y solo tras la colonización3 y el desarrollo del potencial marítimo ateniense4 el agua obtendrá su valor específico como pilar fundamental de las comunidades orientadas hacia el mar, que a su vez destacarán como las más populosas y dinámicas. Sin embargo, el espacio acuático también podía ser percibido como un medio tenebroso y amenazador. Pítaco de Mitilene (siglo VII a. C.), uno de los siete sabios de la Antigüedad, para subrayar y comparar las características de ambos elementos —acuático y terrestre—, sentenciará: «Confiable es la tierra, poco confiable el mar».
Pero existen diversos puntos de contacto donde la tierra y el mar se enlazan o vinculan de manera especial y a partir de los cuales surgen unas áreas habitables con carácter propio: las islas. No sorprende que en los primeros escritos griegos sea justo una isla situada en el mar Jónico la que juega un papel decisivo como punto de partida y retorno de los turbulentos viajes del astuto Ulises, la figura emblemática de uno de los mejores poemas épicos de la literatura universal. Aún hoy, Ítaca queda grabada en la memoria colectiva de los pueblos mediterráneos como un nostálgico lugar de anhelo e inspiración por excelencia, como subrayan numerosos ejemplos en la poesía, las artes plásticas o la música; quizás la obra que mejor lo sintetiza es el magistral poema «Ithaka», de Constantino Kavafis, y su versión musical realizada por el compositor Lluís Llach5. El estudio de esta isla reviste un especial interés, ya que no nace de la imaginación poética de su creador, como muchos otros escenarios de la Odisea, sino que representa una realidad innegable, que se puede localizar, pisar y medir. Según los cálculos de Eberhard Ruschenbusch sobre la base del suelo cultivable, la superficie total de casi cien kilómetros cuadrados ofrecía un espacio habitable para asegurar el sustento de unas mil familias dedicadas a la agricultura, la ganadería y la explotación de los recursos marítimos6. El asentamiento más importante de la isla se reconoce como una comunidad fija y bien establecida (polis). Se puede demostrar en Ítaca la existencia de una plaza de mercado, un puerto y una asamblea popular, así como una estructura económica que evidencia las diferencias entre las familias con mayor estatus social con respecto a los artesanos, obreros asalariados libres, pescadores, campesinos, pastores y esclavos. En este microcosmo, el engranaje que conecta la tierra y el mar se articula como el elemento fundamental de la convivencia humana. Mientras que a través de Homero podemos saber qué ocurría dentro de la comunidad, los dramáticos viajes de Ulises —el habitante más famoso de la isla— nos enseñan de manera insistente el poder que el mar podía llegar a ejercer sobre el destino de las personas que estaban sometidas a su influencia. Nos referiremos más adelante a algunos de estos episodios7.
Pero era sobre todo la tierra la que (pre)determinaba las necesidades de las personas que vivían en la Antigüedad y el modo en que podían satisfacerlas. La Guerra Lelántica, que se inserta en el cambio del siglo VIII al VII a. C., muestra lo duro que podía llegar a ser la lucha por adueñarse de parcelas de cultivo. Este conflicto, que como podemos comprobar, aconteció en una zona neurálgica del mundo griego, puede ser considerado como la primera gran confrontación armada por la posesión de un territorio concreto que tuvo lugar tras la legendaria Guerra de Troya. Sin embargo, las implicaciones bélicas de la época arcaica parecen estar más relacionadas con disputas aristocráticas que con conflictos entre estados enemistados. Esta contienda fue reflejo de esa realidad, una guerra que duró décadas y en la que múltiples aristócratas del mundo griego tomaron partido por Eretria o Calcis —ciudades de la isla de Eubea— dependiendo de los intereses, las oportunidades o la amistad existentes entre ellos8. Se puede observar cómo se dedicó un monumento conmemorativo al noble tesálico Cleómaco, partidario de Calcis, y también se le otorgaron honores póstumos a Anfidamo de Calcis, caído en el campo de batalla, que culminaron con un certamen literario en el que Hesíodo participó e incluso llegó a ganar un premio9. También se celebraron ceremonias fúnebres en honor a los caídos por Eretria, como confirman las excavaciones relacionadas con este conflicto entre irreconciliables vecinos10.
Mapa 1. Ática y Eubea
El hecho de que no surgiera un indiscutible núcleo de poder central monárquico en Grecia se explica a partir de la interacción del hombre con el paisaje: individualidad, conciencia aristocrática de clase y una estrecha vinculación con la ciudad de origen eran elementos más fuertes que la necesidad de unificarse políticamente. Además, otras características específicas griegas como la accidentada orografía del país que tendía hacia la segmentación espacial, el sistema económico, la orientación hacia el mar y la ausencia de una amenaza exterior —lo que podría haber marcado el camino hacia la aglutinación de fuerzas en un mundo extremadamente atomizado— están también relacionadas con estas tendencias hacia el individualismo y la segregación.
Más allá de la visión aristocrática del conflicto lelántico que ha determinado el punto de vista de nuestras fuentes, la disputa fue principalmente una dilatada y tenaz competición por las parcelas de cultivo y los pastos de la Llanura lelántica. La victoria en esta contienda habría significado una enorme ventaja para el vencedor, pues sus recursos económicos aumentarían de forma notable debido a que las tierras adquiridas ayudarían a fortalecer su posición dominante. A los nobles de Calcis se les llamaba hippobotai (‘criadores de caballos’), una denominación que recuerda los sugerentes epítetos de los poemas homéricos.
La campiña lelántica era considerada una de las zonas más fructíferas del Egeo, y por tanto, quien la controlaba y cultivaba se aseguraba el futuro del propio oikos y de la polis. A través de las escasas fuentes disponibles sabemos que el conflicto se dilató enormemente y que su resultado fue incierto, quizás, ni siquiera hubo un vencedor claro al final. Lo que desde luego sí produjo este duradero enfrentamiento fue el inmenso agotamiento del potencial económico y humano de las partes implicadas, ya que después de la extenuante contienda, ni Calcis ni Eretria desempeñaron un papel político digno de mención en el Egeo, a pesar de contar con unas posiciones geográficas ventajosas. Este conflicto nos ofrece una lección histórica: por lo general, esta clase de retos bélicos solo sirven para vulnerar y perjudicar a los participantes, ya que al final únicamente se contabilizan perdedores. La Guerra Lelántica, como conflicto de larga duración en el que participó la mitad de Grecia, se nos presenta como una especie de anticipo de otro enfrentamiento igual de largo, pero por supuesto mucho más grande y sangriento, que se saldará con un final negativo similar, y que hacia finales del siglo V a. C. empujará al mundo griego al borde del abismo: la Guerra del Peloponeso11.
El pueblo debe luchar por la ley como por sus murallas.
Heráclito, Fragmento 111
La unidad básica de la vida social y la actividad económica en la Grecia arcaica era el oikos, que estaba formado por el grupo familiar junto a los esclavos, viviendas, almacenes y tierras, y en caso de las clases sociales más altas, sus partidarios y seguidores. Como unidad económica, el oikos funcionaba mediante un sistema central autárquico que satisfacía las necesidades de aquellos que lo conformaban. Prácticamente, no había necesidad de traer ningún producto de fuera, ya que el bienestar material estaba mayormente basado en la propiedad de la tierra y del ganado, así como en la acumulación de provisiones y bienes valiosos, como metales, armas o telas de lujo, que servían para el trueque de mercancías dentro del mismo estrato social. El intercambio de regalos que los nobles solían ejercer entre ellos no se consideraba por otra parte comercio sino una expresión de aprecio y estima recíproca dentro del contexto de la hospitalidad que regía las normas del ampliamente aceptado consenso aristocrático. La predominante ética aristocrática de la sociedad griega arcaica también conocía otra manera de aumentar su riqueza: la adquisición de bienes a través de botines de guerra. La subsiguiente apropiación violenta de tierras, pastos, bienes, ganados y personas ofrecía además a los aristócratas el espacio adecuado para competir por el poder y la fama.
Ya en los poemas homéricos aparecen claras alusiones al menosprecio que suscitaban otras maneras de adquisición de bienes materiales, como el trueque o la artesanía. Se infravaloraba tanto el trabajo dependiente como cualquier tipo de actividad laboral que tuviera un propósito básico de subsistencia, exceptuando el campesinado libre, ya que iban en contra de los ideales de la ética militar y el ocio aristocrático. Esta concepción del trabajo tuvo un efecto que fue más allá del mundo homérico: siempre determinó la escala de valores de las sociedades posteriores. Heródoto de Halicarnaso ya observó un trasvase cultural entre los pueblos del Oriente Próximo y los helenos desde los tiempos más antiguos. El historiador nos ofrece un comentario bastante instructivo sobre las opiniones que imperaban en su propia época al respecto (siglo V a. C.):
Tienen por nobles a quienes se abstienen de ejercer profesiones manuales y, principalmente, a quienes están consagrados al arte de la guerra. Sea como fuere, esta costumbre la han adoptado todos los griegos y, principalmente, los lacedemonios, siendo, en cambio, los corintios quienes menos desprecian a los artesanos12.
Incluso en mayor medida que los versos homéricos, centrados en la vida de las élites sociales, el poema de carácter cotidiano Trabajos y días del campesino beocio Hesíodo es la obra que mejor refleja la cruda realidad económica y social de la mayoría de la población en la era arcaica. Las condiciones de vida estaban basadas en una agricultura de subsistencia, centrada en el cultivo del trigo, la cebada, la producción de vino y aceite, así como en distintas formas de opresión que los potentados locales ejercían sobre los campesinos dependientes de ellos. Tanto Homero como Hesíodo dan testimonio de la importancia fundamental de la tierra como base para cualquier actividad económica y como barómetro del prestigio social dependiendo del grado de posesión de la misma, circunstancia que apenas se verá modificada en el futuro.
En la vida cotidiana de los griegos, el alcance del ámbito de acción del oikos se diferencia sustancialmente del de la polis. El oikos, como esfera privada cerrada, estaba sujeto al poder de determinadas personas, mientras que en la polis, como espacio público, cada uno podía opinar sobre los asuntos públicos a través de debates, votaciones y reglas aceptadas por los implicados en los procesos de decisión13. El oikos era propiedad de ciertos individuos; la polis pertenecía a toda la ciudadanía.
La zona principal de asentamientos griegos —desde el sur de la península Balcánica hasta la costa occidental de Asia Menor, incluyendo las islas y archipiélagos del Egeo— estaba repleta de poleis. Este espacio que oscilaba entre la tierra firme, las islas y el mar estaba delimitado al norte por la Calcídica tracia y el Quersoneso, y al sur por la isla de Creta. Sus áreas geográficas históricamente más relevantes eran por un lado la región de Jonia —situada en Asia Menor, al este del Egeo— y la península Ática, poblada también por jonios, y por otro, los territorios de Beocia y Tesalia, que lindaban al norte con Épiro y Macedonia, y donde había población eolia. Los paisajes más famosos del Peloponeso eran Acaya, Élide y la Argólida en el norte, y Mesenia y Laconia en el sur. El Egeo, con su variado conjunto de islas y archipiélagos, constituía un elemento de separación y al mismo tiempo de unión de estas extensas regiones, ricas en contrastes. Su extraordinaria diversidad determinaba las circunstancias de vida de la gente como ningún otro factor.
