Momentos singulares de la Antigüedad - Pedro Barceló - E-Book

Momentos singulares de la Antigüedad E-Book

Pedro Barceló

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Beschreibung

Siguiendo la estela de Stefan Zweig, Marianne y Pedro Barceló ofrecen aquí un recorrido por la historia del mundo clásico a través de una galería de temas, figuras y personajes mitológicos, literarios e históricos que se extienden en un arco cronológico desde la Grecia arcaica hasta la Edad Media bizantina. Desfilan por sus páginas personajes como Nerón, Heliogábalo o Diocleciano, mujeres apasionantes como Mesalina, Agripina o la reina Zenobia y figuras literarias como las que pululan por el "Satiricón" de Petronio o por los escritos de Séneca. Una constelación de historias individuales que iluminan el universo fascinante de la cultura clásica. Prólogo de David Hernández de la Fuente

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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Marianne y Pedro Barceló

Momentos singularesde la Antigüedad

Treinta y cinco episodios trágicos, divertidos y grotescos de la historia grecorromana

Traducción de Alejandro Cadenas Gonzálezy Lena Maria Hein

Prólogo de David Hernández de la Fuente

Índice

Prólogo, de David Hernández de la Fuente

A modo de introducción: en torno a Filemón y Baucis

1. Agamenón contra Aquiles: cherchez la femme

2. Las tentaciones de Odiseo

3. Hipoclides pierde los papeles bailando

4. Sobre la infalibilidad de los oráculos o la ceguera de Creso

5. Un reino por un caballo

6. Acerca del poder mágico de la música: el rapsoda Arión

7. Pitea enloquece a los atenienses

8. Sobre los entresijos del poder: la Atenas de Pericles

9. Lisístrata o el vano intento de hacer entrar en razón a los hombres

10. Un dilema: en torno a Sócrates

11. Alejandro Magno deshace el nudo gordiano

12. East meets West: Éumenes y el inicio la era helenística

13. Dido y Eneas o ¿puede el amor provocar el desastre?

14. Los pollos sagrados deciden una batalla naval

15. Arquímedes de Siracusa y la maldición de la ciencia

16. Sofonisba: en el punto de mira de la pasión

17. Cayo Popilio Lenas o el núcleo interno del poder

18. Nadie le quiere: Cayo Hostilio Mancino desnudo ante las puertas de Numancia

19. Peripecias romanas: el escándalo de la Bona Dea

20. El semidesnudo Catón o el destino de un moralista

21. Tito Pomponio Ático: un adinerado homme de lettres

22. Mesalina y su desmesurado afán de autorrealización

23. Venganza tardía: la «calabacificación» de Claudio

24. Un nuevo rico invita a la mesa: el banquete de Trimalción

25. Nerón, el divino joven y la Biblia

26. Agripina: maestra de la intriga, regente y nadadora excepcional

27. El poder de un clan femenino: Heliogábalo se convierte en emperador

28. Zenobia: una mujer en el trono imperial romano

29. Diocleciano: divide e impera como modelo de Estado

30. Las ambiciones desmedidas llevan a la ruina

31. Un alborotador causa estragos en Antioquía

32. Una voz que clama en el desierto: Juliano contra los galileos

33. Mujeres que de la noche a la mañana convierten a sus maridos al cristianismo

34. Sangre y violencia: una elección episcopal en Roma

35. Las enormes consecuencias de la caída de un caballo

Bibliografía

Créditos

Prólogo

En 1927, el escritor austriaco Stefan Zweig publicó una serie de momentos estelares de la humanidad —Sternstunden der Menschheit en su magnífico original alemán— que fue siendo ampliado sucesivamente hasta su edición definitiva en 1940, solo un par de años antes del suicidio de su autor. Zweig había querido recopilar una serie de episodios inolvidables de la historia, en concreto catorce, que englobaban desde la Antigüedad, con el asesinato de Cicerón, hasta su casi contemporaneidad, con las negociaciones del presidente estadounidense Wilson y la Sociedad de las Naciones en pos de la paz en Europa después de la Primera Guerra Mundial. ¡Qué irónico final para un libro que pretendía arrojar una luz literaria y atractiva sobre la historia, cuando ya por entonces las naciones más poderosas del mundo se desangraban una vez más en las trincheras de un nuevo conflicto planetario! No en vano la desesperación ante los derroteros de la Segunda Guerra Mundial llevó a Zweig a quitarse la vida en compañía de su esposa, convencido de que aquel mundo de ayer que era la civilización occidental se perdería para siempre ante los avances del Eje y la persecución del pueblo al que pertenecía. Sin embargo, la esencia del libro, como la de la civilización occidental —la belleza, la cultura y el bien—, habrían de prevalecer y, después de aquella noche oscura, los destellos de la humanidad prendieron de nuevo en una mecha renovada. Contribuyeron a ello personalidades como la de Zweig y otros grandes autores humanistas de la época de entreguerras —pienso en Thomas Mann, entre muchos otros— que supieron conservar la llama de la historia y la literatura que heredamos, de forma muy reconocible, de nuestros clásicos grecolatinos, renacentistas e ilustrados.

La idea de Zweig, a medio camino entre el ensayo y la narración, suponía una historiografía personal y sugerente que evocaba aquellos avances de la humanidad, pero también sus titubeos, sus fracasos y sus pasos en falso, con una serie de episodios que, a juicio de su autor, habían perfilado para siempre el devenir de nuestra historia. El gusto por la anécdota, por el detalle, por la pincelada impresionista en la historia, sin embargo, no se debe al malhadado novelista austriaco, pero tampoco es patrimonio exclusivo del siglo XX, que ha desarrollado diversas tendencias historiográficas, centradas en este gusto por la «pequeña historia», como la llamada «microhistoria italiana», la historia cultural o la historia de las mentalidades. No: en este caso, como tantas otras veces, cabe remontarse a la Antigüedad clásica. Al menos, al escritor griego de época romana Plutarco de Queronea. A él hemos de remitirnos, en último término, para encontrar la raigambre literaria e histórica del magnífico libro que tengo el gusto de prologar.

En el siglo II de nuestra era, como es sabido, debemos al polígrafo Plutarco una muy variada obra que abarca desde su serie de biografías —las famosas Vidas paralelas de grandes personajes griegos y romanos— hasta sus atractivos Moralia, una colección miscelánea, normalmente titulada Obras morales o de costumbres en castellano, que incluye opúsculos y excursos interesantísimos sobre astronomía, ciencias naturales, crítica literaria, religión o mitología. Es un autor indispensable para comprender su rica época, un siglo de transición que también es el del sabio gobernante Marco Aurelio, y el de Apuleyo, el precursor de la literatura posterior. Pero nos remitimos aquí a Plutarco y a su aproximación especialmente por el cambio de paradigma de su literatura ensayística —si cabe llamarla así, según Montaigne—, por la invención y el desarrollo de una historia muy personal, a modo de biografía, que a nuestro juicio se asemeja a un retrato impresionista a partir de pinceladas diversas, muy en el espíritu del libro que aquí se presenta.

Frente al gran fresco histórico de generales, batallas, grandes caudillos y gestas, Plutarco prefiere poner el foco más bien en lo particular, en el detalle que nos cuenta a veces mucho más del desarrollo histórico y de las mentalidades que el gran panorama. Así, en un conocido y mil veces citado pasaje programático que encabeza su magno proyecto de las Vidas paralelas (al comienzo de la biografía dedicada a Alejandro Magno), Plutarco explicita la preferencia por referir gestos, palabras, signos, guiños, escenas o mañas, en una fenomenología de las señales, en una inclinación hacia lo aparente que muchas veces es bastante más definitoria de un personaje, un suceso histórico o una época que el gran y prolijo libro del historiador tradicional. Como escritor —nos cuenta—, él prefiere con mucho la anécdota, pues

la manifestación de la virtud o maldad no siempre se encuentra en las gestas más famosas, sino que, por el contrario, frecuentemente una acción insignificante, una palabra o una humorada dan mejor prueba del carácter que las batallas en que hay millares de muertos, impresionantes despliegues de tropas y sitios de ciudades. […] Pues igual que los pintores tratan de captar las semejanzas en el rostro y en las expresiones de los ojos en las que se manifiesta el carácter, sin preocuparse prácticamente de las demás partes, así también a nosotros se nos ha de permitir que penetremos con preferencia en las señales del alma.

El símil referido a las artes plásticas para captar el carácter (ethos) a partir de la señal (semeion) externa o la manifestación me parece clave para entender la atracción suscitada por el libro que nos regalan ahora Marianne y Pedro Barceló con el título —que evidentemente homenajea a Zweig— de Momentos singulares de la Antigüedad. En él se recopilan, al modo plutarquiano, algunas claras señales, en forma de episodios, anécdotas y personajes singulares, que nos permiten obtener una percepción cabal del proceso histórico de la Antigüedad grecorromana que no está basado en la típica historia política o evenemencial, sino más bien en la sugerente concatenación de fragmentos que, abarcando todo el período en su longue durée, desde la época arcaica hasta la tardía, puede proporcionar una indeleble impresión de familiaridad.

En primer lugar, hay que elogiar la elección de los autores de este volumen a la hora de centrarse en este marco histórico y cultural para recopilar estos episodios. Huelga decir que la Antigüedad clásica sigue siendo percibida mayoritariamente como un momento fundacional de nuestra cultura, estética, poética y sentimental; es decir, no solo se trata del gran escenario de la política, invariablemente protagonizado por los grandes gobernantes, sino de una dimensión más bien espiritual —si queremos seguir la etimología alemana de las «humanidades» como Geisteswissenschaften— en la que, sin lugar a dudas, seguimos siendo deudores de la historia y la literatura de los griegos y los romanos, que entendemos como profundamente nuestras y, por ende, clásicas en el más amplio sentido. Para comprender quiénes somos en nuestro mundo occidental, en Europa y en las Américas, pero también en gran parte de Asia y África, hemos de mirar aún de forma invariable a los clásicos griegos y latinos y a su peripecia histórica, que es todavía leída y glosada con devoción pese a la patente decadencia de los estudios humanísticos en nuestros días, simbolizada por la pérdida de peso del griego y del latín en nuestros planes de estudio. Un libro como este, de nuevo, evidencia el interés intrínseco que posee hoy todo aquel mundo, que sigue poblando las mesas de las librerías, los anaqueles de las bibliotecas, las novedades en ficción y recreaciones cinematográficas y los anhelos de conocimiento del público general. Por eso digo que la elección es afortunada y, además, viene a romper una lanza precisamente por esta reivindicación del legado clásico en un momento complicado para este como es el actual.

Así también se entiende la «Antigüedad» a la que remite el título del libro en ese sentido, un tanto restrictivo pero encomiable, que deriva de las llamadas «ciencias de la Antigüedad»; es decir, del surgimiento de la filología clásica y la historia antigua como disciplinas científicas entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX en el ámbito cultural y académico alemán. Ello no quiere decir, por supuesto, que se deje de lado o se desprecie la antigüedad egipcia, la oriental o las otras antigüedades, que serán objeto de estudio pormenorizado a partir del siglo XIX de forma también científica y académica. Pero, sobre los postulados clasicistas de Weimar y de autores como Winckelmann, Wolf o Niebuhr, entre otros, qué duda cabe de que nuestra Antigüedad es la clásica y que hemos de centrarnos en el mundo grecolatino, y en su amplia y a veces distorsionada o interesada recepción e interpretación, si queremos entender mejor nuestra propia cultura. Tales son los modelos que han inspirado no solo al mundo occidental anterior al siglo XIX sino, sobre todo y muy claramente, al que sucederá a las revoluciones burguesas que engendran las modernas sociedades democráticas de hoy, que han de seguir mirándose siempre en el espejo del mundo clásico, de su literatura y de su historia. La llamada Antigüedad clásica, que es toda la peripecia histórica de Grecia y Roma, tal y como fue concebida como base de las humanidades en las reformas pedagógicas que conducen a la modernidad, se muestra como un elemento fundamental para comprender el mundo de hoy, con parámetros ideológicos, culturales, literarios, estéticos y poéticos heredados directamente de la Antigüedad grecorromana. Por eso no podemos estar más de acuerdo con la elección de esta suerte de historia personal y sentimental que nos proponen los autores, a partir de elementos, episodios y figuras emblemáticas clave que se presentan entre Grecia y Roma sin solución de continuidad.

Haciendo un rápido repaso por los momentos singulares que presentan Marianne y Pedro Barceló en este libro, se trata de un recorrido por la historia del mundo clásico que sigue un orden cronológico, desde lo más antiguo hasta lo más reciente, a través de 35 episodios, más un capítulo a modo de introducción, con un mito romántico de amor hasta la muerte —el mito de Baucis y Filemón, tan bellamente glosado por el poeta mexicano Octavio Paz— que se me antoja muy simbólico en una pareja indisoluble y ejemplar como la que forman los autores. Los episodios tratan temas, motivos y figuras que abarcan desde la mitología hasta la literatura, como en el caso de los poemas homéricos o de Virgilio, y de ahí a la historia, como en la Atenas clásica de Pericles o la Roma de Catón. La épica tiene una especial presencia, como se advierte en la predilección por la Ilíada, la Odisea y la Eneida, pero también la historia mítica y, por supuesto, todos los mitos nacionales romanos, tanto como la religión, los oráculos, la literatura dramática o la historiográfica o la filosofía. El nudo gordiano entre la Antigüedad griega y la romana lo presenta, como no podría ser de otra manera, el mundo helenístico, representado por Alejandro Magno y sus epígonos, los llamados «diádocos», que son la bisagra sobre la que basculan ambas experiencias históricas, ambos mundos y ambas lenguas. Así se va avanzando desde Grecia —arcaica, clásica y helenística— hacia la época romana, en su larga duración también, con personajes históricos y literarios de hondo calado, desde la época republicana hasta la imperial, desde el Principado hasta el Dominado. Las calas que hacen los autores en la historia romana son fascinantes, desde el caso de Numancia en los momentos más tempranos, hasta el ascenso del cristianismo en el Bajo Imperio. Se incluye una galería amplísima de protagonistas: emperadores como Nerón, Heliogábalo o Diocleciano, mujeres apasionantes, como Mesalina, Agripina o la reina Zenobia, y figuras literarias como las que pululan por el Satiricón de Petronio o por los escritos de Séneca. Toda esta galería tan estimulante de escenas —entre mito, leyenda apócrifa y realidad histórica— se acompaña también de pertinentes comparaciones y reflexiones que tienen que ver con la condición humana en general o, en particular, con algunos casos notorios de la historia posterior y de nuestra contemporaneidad. Esto nos dará bastante que pensar, mucho para sonreírnos y aún más para meditar sobre aquel viejo adagio de la Biblia latina que dice nihil novum sub sole. Al final, el foco se centra en la siempre atractiva Antigüedad tardía, con la historia del Papado y los albores de la Edad Media bizantina, con los que se quiere poner punto final, de forma muy coherente, a este amplio recorrido que se ciñe a la perspectiva de la historia antigua de Grecia y Roma en sus grandes periodizaciones.

En fin, esta es la gran aventura, a partir de peripecias individuales, que se propone al lector en lo que sigue: un gran mosaico confeccionado a partir de pequeñas teselas, un fresco colectivo que se compone de escenas singulares y detalles particulares. Como gran parte de lo que hemos recibido del mundo antiguo está compuesto, precisamente, de una agregación de elementos y una conjunción de realidades más o menos demostrables con elementos legendarios y detalles anecdóticos o pintorescos, que son recogidos por una tradición oral o popular, creo que cabe detenerse con placer en estos momentos singulares de la Antigüedad. Evoca este libro, frente a la gran historia, la incidencia de estas escenas emblemáticas, estelares, como diría Zweig, o singulares, como apuntan Marianne y Pedro Barceló, de la «pequeña historia» en la reminiscencia colectiva, esa suerte de gran memoria cultural de la humanidad. A veces, como veremos en estas páginas, esta perspectiva nos ayuda sobremanera a deslindar lo mítico, lo apócrifo y lo legendario de lo histórico. En la medida en que algo ha sido mucho más recordado o celebrado, puede que haya que desconfiar acaso más, muy a propósito en esta era nuestra de las fake news. Precisamente por ello les recomiendo indagar en el sendero que nos propone este libro, discriminando verdad y ficción, a fin de seguir aprendiendo y disfrutando de esa suerte de educación sentimental que es la tradición del mundo clásico con su rico e inolvidable anecdotario. ¡Buen viaje!

David Hernández de la Fuente

A modo de introducción:en torno a Filemón y Baucis

La leyenda de Filemón y Baucis, cuya mejor versión es la transmitida por Ovidio, que actualiza este mito griego en sus Metamorfosis, se puede sintetizar en pocas frases: en una ocasión, Júpiter y su hijo Mercurio visitaron de incógnito una ciudad de Asia Menor, pero sus habitantes se mostraron muy hostiles con los forasteros y nadie quiso acogerlos en su casa. Tan solo Filemón y su esposa Baucis, una pareja de ancianos que vivían en una modesta choza en las afueras de la ciudad, recibieron hospitalariamente a los viajeros y les ofrecieron refugio y alojamiento.

Una inmejorable versión del ambiente amigable y relajado del encuentro nos la ofrece el famoso retablo de Rubens, una escena rebosante de armonía e intimidad. Mientras bebían vino, los anfitriones se dieron cuenta de que el contenido del ánfora no se acababa, por lo que la desconcertada pareja presintió que sus visitantes debían de ser criaturas especiales poseedoras de dones extraordinarios. Por eso, según la leyenda, la pareja de ancianos quiso sacrificar su único ganso para preparar una cena digna de sus invitados. Al cabo de cierto tiempo, los forasteros se revelaron finalmente como dioses e instaron al matrimonio a que les acompañara a un sitio alejado, pues querían preservarlos del castigo que iban a infligir a la población por su falta de hospitalidad. Desde un lugar resguardado, Filemón y Baucis pudieron ver cómo su ciudad se hundía en el suelo como consecuencia del mandato divino. Solo sobrevivió a la catástrofe su humilde morada, que resurgió entonces con un esplendor renovado transformándose en un magnífico santuario cubierto de oro y mármol. Cuando Júpiter, uno de los dioses, le preguntó a la pareja por sus deseos, Filemón y Baucis pidieron servir al templo hasta el final de sus días y luego, llegada su hora, morir ambos al mismo tiempo. La petición fue aceptada: pasaron allí el resto de su vida hasta que un día, ya muy ancianos, mientras conversaban en las escaleras del templo, se transformaron simultáneamente en dos árboles, un roble y un tilo. Así, a la pareja les fue concedida una dulce y apacible despedida de la vida.

El mensaje que subyace tras la leyenda de Filemón y Baucis es el del comportamiento ético del género humano hacia los forasteros, para destacar, en este caso, las acciones de aquellos individuos excepcionales que, sin pensar en los beneficios materiales, se dejan guiar por principios irreprochables. Ciertos rasgos de esta historia —inquietante por su violencia inherente, pero también conmovedora por su feliz epílogo— aparecen en diferentes versiones de las mitologías de otras culturas. La erradicación brutal de una población egoísta recuerda, por ejemplo, los episodios bíblicos de Sodoma y Gomorra y el papel desempeñado por el devoto Lot. También evoca algún pasaje de los Evangelios en los que se presta ayuda a los extranjeros, como el del buen samaritano. De estos ejemplos se infiere que tanto el enfoque de los relatos bíblicos como la narración de Ovidio se inscriben en un contexto cuyo interés se centra en el destino de los seres humanos y en su dependencia de los poderes sobrenaturales. En estrecha relación con este paradigma conceptual, asoma la amenaza del cruel desastre, que puede sobrevenir si se ignoran los mandatos divinos. También percibimos que el deseo de colmar una existencia plena es tan importante para los protagonistas como su mera supervivencia. En la leyenda de Filemón y Baucis, además, se añade otro aspecto: el anhelo de los hombres de envejecer con dignidad y de ser obsequiados con una muerte dulce que suponga el punto final a una vida feliz.

Pedro Pablo Rubens, Júpiter y Mercurio en casa de Filemón y Baucis, alrededor de 1625.

Precisamente este postulado ofrece un significado más profundo de lo que pudiera parecer a primera vista, si solo lo contemplamos de manera abstracta. Sirve al propósito de nuestro enfoque y, al mismo tiempo, ilumina la esperanza de que una reflexión sobre los textos que trataremos a continuación enriquezca tanto a los lectores como a nosotros mismos. Porque esta es la razón fundamental que persigue la presente obra. No queremos privar a otros —con sensibilidades y necesidades parecidas a las nuestras— de la viva emoción que hemos experimentado al seleccionar y elaborar los siguientes capítulos, sino permitirles que participen de esta conmovedora y a veces divertida reflexión sobre una amplia gama de temas cruciales de unas sociedades remotas en el tiempo, pero también muy cercanas a nosotros. Se trata de consignar sucesos que, más allá del horizonte de la experiencia histórica, contienen una profunda dimensión humana, revelan giros sorprendentes y, por último —pero no menos importante—, irradian un componente cómico o trágico, según el punto de vista que se adopte. Por decirlo de manera más informal, los temas expuestos pueden servir como una suerte de tapas previas al banquete, es decir, como una tabla de aperitivos que despierte el apetito del lector y le lleve a indagar más sobre la relevancia histórica y humana de los episodios elegidos. Sin renunciar tampoco al rigor científico, aspiramos principalmente a desarrollar una narrativa novedosa sobre algunos aspectos del mundo antiguo capaz de inspirar y estimular al lector y ayudarle a sumergirse en una de las etapas más apasionantes de la historia de la humanidad. En ningún caso se pretende aleccionar, sino más bien despertar la curiosidad hacia las actitudes, los comportamientos, los valores y la sabiduría de un mundo ya desaparecido y, con suerte, provocar alguna sonrisa sobre aquellos temas que podemos considerar eternamente humanos.

Los relatos recogidos en esta obra no tienen una intención didáctica premeditada ni siguen un orden histórico preconcebido; tampoco pretenden sistematizar la desbordante cantidad de material relativo a la Antigüedad. No es nuestra intención plantear un marco de interpretación semántico que se ajuste a una serie de puntos de vista determinados. La selección del material expuesto tiene como principal objetivo entretener al lector y, a través de su contenido, invitarle a profundizar en la comprensión de algunos de los acontecimientos más peculiares y relevantes de la Antigüedad clásica, cuyas constantes antropológicas eran tan válidas entonces como lo son hoy.

Nos centraremos en los diversos y complejos modelos de relación entre hombres y mujeres y en el difícil equilibrio entre la racionalidad, las emociones y las pasiones, como la avidez, el amor o el odio. Disertaremos sobre el éxito y el fracaso, la ambición y la codicia, los excesos y las transgresiones, las hazañas y los logros, así como sobre el trágico destino de algunos de sus protagonistas y su participación en epopeyas, escándalos, situaciones inverosímiles y juegos de vanidades. En varios capítulos se entrecruzan el mundo terrenal con el sobrenatural, y seremos testigos del anhelo de los individuos que nos han precedido por obtener seguridades y certidumbres eternas. Además, veremos cómo los poderes divinos interferirán repetidamente en el destino de los personajes más famosos de la Antigüedad, cuyos altibajos quedarán vívidamente reflejados en sus respectivas biografías. Tampoco faltará un toque de humor e ironía a la hora de comentar algunos episodios en los que quedarán plasmadas situaciones que podrán resultarnos extrañas desde nuestra perspectiva actual, un punto de vista que, naturalmente, no deja de ser subjetivo.

En última instancia, intentaremos aproximar al lector a contextos insólitos que le inciten a sorprenderse, asombrarse o incluso horrorizarse, situaciones que le hagan sacudir la cabeza o sonreír y que, en definitiva, pueda abordar con una buena dosis de imparcialidad y sosiego. Gran parte de los temas tratados pueden relacionarse con acontecimientos de nuestro mundo contemporáneo. En este sentido, esperamos que los lectores experimenten el mismo placer que nosotros al acercarse a la Antigüedad y que consideren la mirada hacia el pasado como un paso hacia delante, capaz de iluminar quizás una senda hacia el futuro.

1. Agamenón contra Aquiles:cherchez la femme

En comparación con los testimonios de la era micénica y los siglos oscuros (Dark Ages), las epopeyas homéricas nos permiten una comprensión mucho más diferenciada de las condiciones políticas, económicas y sociales del período arcaico. Es como si en una habitación en penumbras se encendiera de repente la luz, iluminando la parte correspondiente a la historia griega, que brillaría entonces con renovado esplendor. Sobre la base de la información proporcionada por Homero, podemos adelantar una evaluación bien fundada de las fuerzas motrices y las condiciones de vida de quienes protagonizan los episodios narrados. En ellos se ilustran con amplitud épica no solo sus apariciones públicas, sino también su privacidad, su mundo emocional y sus valores. Dichos personajes se acercan a nosotros, y eso nos afecta indudablemente, ya que nos reconocemos en ellos, a pesar de la gran distancia temporal existente. Esta circunstancia se advierte ya en los primeros versos de la epopeya que aluden a un episodio de la guerra de Troya. Se trata de un llamamiento extremadamente dramático, referente a una difícil disputa que podría llegar a poner en duda la cohesión de la expedición:

La cólera canta, diosa, de Aquiles hijo de Peleo, cólera funesta que un dolor infinito causó a los aqueos y tantas valerosas almas de héroes arrojó al Hades, haciéndolos presa de perros y de todas las aves. Se cumplía la voluntad de Zeus, desde que por primera vez se enfrentaron, tras una disputa, el Atrida, señor de guerreros, y el divino Aquiles1.

Al comienzo de la Ilíada, una obra maestra literaria del arcaísmo griego, nos encontramos frente a la pasión indomable de un famoso guerrero que se había trasladado a Troya con sus compañeros para adquirir riquezas, fama y gloria inmortal. En la introducción a su epopeya, Homero, su creador, nos habla sobre la ira de un hombre ofendido. ¿Qué precedió a esta situación? Agamenón, líder del ejército heleno que asediaba Troya, había tenido una fuerte disputa con su más renombrado combatiente, Aquiles, debido a la cautiva Briseida. La situación, en la que los dos hombres pelean por una mujer en su afán por poseerla, nos es muy familiar. Agamenón arrebató la muchacha a Aquiles y la llevó a su tienda. Pero su autoridad sufrió las consecuencias de su acto, ya que Aquiles, a partir de ese momento, se negará a seguirlo en el combate, y el comandante en jefe será incapaz de persuadirlo para que reanude la lucha. El estado de ánimo de Aquiles es comprensible. Al apoderarse de la joven, Agamenón impone su preeminencia en el reparto del botín de guerra y, al mismo tiempo, mancilla públicamente el honor de un compañero de armas, ya que la muchacha se hallaba en poder de Aquiles cuando Agamenón forzó su entrega. Este trató de capear la situación ofreciendo a su rival un regalo a cambio del rapto de Briseida, nada menos que siete «populosas fortalezas»2, que Aquiles se negó obstinadamente a aceptar debido a su inquebrantable insistencia en el regreso de la joven cautiva. La reacción de Aquiles, razonable para nosotros hoy en día, fue difícil de transmitir a sus contemporáneos. El rechazar esa compensación tan generosa, tan solo por amor herido o por mero sentimentalismo, podría haber causado incomprensión. Ni siquiera el respetado Néstor tuvo éxito al tratar de mediar entre los dos gallos enzarzados en la pelea.

Briseida, esposa del hijo de un rey, había sido capturada por Aquiles en Lirneso durante una expedición de pillaje. Su esposo y sus hermanos sucumbieron en el combate, y entonces fue entregada a Aquiles como parte valiosa del saqueo. Según Patroclo, Aquiles incluso sopesó la idea de tomarla como esposa. Briseida, sin otra alternativa, no tuvo más remedio que someterse a su destino, pero su resignación no consigue ocultar la brutalidad de los acontecimientos que envolvieron su tragedia familiar. No obstante, la confrontación entre los caudillos griegos siguió su curso, y la desavenencia pública sobre el derecho de posesión de la cautiva Briseida entre Agamenón —el comandante del ejército— y Aquiles —a quien Agamenón consideraba tan solo un subordinado— culminará en una explosión de arrogancia y vanidad.

Pedro Pablo Rubens, Briseida devuelta a Aquiles por Néstor, alrededor de 1630.

Puede que a nosotros, lectores modernos, ilustrados e individualistas, nos atraiga el modo en que Aquiles rechazó la propuesta de Agamenón. Pero, como apuntábamos antes la reacción del héroe griego seguramente fuera difícilmente comprensible para los coetáneos. La firmeza de Aquiles, su sentimentalismo e incluso su posible amor por Briseida no podían rivalizar con el valor de la generosa oferta realizada por el comandante griego. ¿Valía más en una sociedad tan patriarcal una mujer esclava que las considerables riquezas ofrecidas por Agamenón al agraviado Aquiles? La respuesta es claramente afirmativa, ya que de otra forma todo el desarrollo de los acontecimientos no tendría sentido.

Difícilmente se puede concebir una representación de las pasiones humanas más intensa que la que Homero fue capaz de construir de manera inimitable en su obra épica. El instinto de posesión, la ambición, la vanidad herida, la codicia, el consenso, la conciencia de poder y muchas más emociones son el tema de los versos homéricos, que aún hoy atraen nuestra atención precisamente por abordar asuntos que nos resultan actuales. Como en toda gran literatura cuyo contenido se inspira en los fenómenos antropológicos más básicos, observamos en esta obra reflejos de nuestra propia realidad. Además, no deja de fascinarnos la magia de un mundo lleno de aventuras, maravillas, acciones dramáticas y figuras temerarias, un universo literario donde quedan recogidas todas las manifestaciones del modo de vida griego.

Conviene no olvidar que los dioses intervienen una y otra vez en el destino de los hombres, convirtiéndose así en parte integral de los acontecimientos. Este aspecto desempeñará un papel decisivo en el curso de la trama en torno a Agamenón. El conflicto generado por la posesión de Briseida constituye, en realidad, la segunda parte del drama que se desarrolla en el campamento griego a las puertas de Troya. También en la primera parte la protagonista fue una mujer, Criseida, hija de un sacerdote de Apolo, que fue raptada por Aquiles durante una de las pequeñas escaramuzas que rodearon el asedio de Troya. Criseida también fue entregada a Agamenón como parte del botín, y como en el caso de Briseida, el destino de esta noble —hija de un sacerdote y, por tanto, una rehén de mucha valía— será motivo de un gran conflicto. En esta ocasión, fueron otras las razones que pusieron en duda el curso de la guerra. El padre de Criseida no cejó en su intento de recuperar a su hija, exigió su devolución y pidió ayuda al dios Apolo:

¿Quién de los dioses los empujó a batirse en contienda? El hijo de Leto3 y de Zeus, que, encolerizado contra el rey, propagó por el ejército una plaga espantosa, haciendo que perecieran las tropas, porque el Atrida había ultrajado al sacerdote Crises. Este había acudido hasta las veloces naves de los aqueos con la intención de liberar a su hija; consigo portaba incontables rescates y en sus manos sujetaba, pendientes del cetro de oro, las cintas de Apolo, que hiere de lejos4.

Agamenón amenazó al sacerdote, quien dirigió sus plegarias a Apolo pidiéndole venganza. El dios escuchará la súplica de su servidor lanzando flechas al campamento griego y causando numerosas víctimas entre los asaltantes. Para apaciguar la ira del dios, Agamenón se verá obligado a devolver a Criseida a su padre, razón por la cual reclamará a la prisionera de Aquiles, Briseida, como compensación. Se observa aquí que la presión ejercida por las fuerzas sobrenaturales desatará, y luego apaciguará, la crisis desencadenada por el robo de Criseida. Serán las decisiones tomadas a partir de entonces por los personajes humanos, guiados por su ensimismamiento, las que reflejarán la falta de perspicacia que a punto estuvo de dar al traste con toda la expedición. Como hemos visto, Agamenón exigió a su mejor guerrero su posesión más valiosa, Briseida, para paliar la pérdida de Criseida. Aquiles obedeció, pero esa decisión apartará del proyecto común griego al héroe, que más adelante reaccionará ante la demanda de su comandante con insubordinación. Solo después de recuperar a Briseida, y para vengar la muerte de su camarada Patroclo, volverá Aquiles al campo de batalla.

Visto desde una perspectiva más amplia, la Ilíada ilustra cómo una serie de atractivas mujeres (caso de Helena, causante de la guerra, Criseida o Briseida) caen en las garras de hombres «ávidos de honor y proezas» que las consideran primordialmente objetos de valor. A las mujeres se les asigna un papel pasivo en la epopeya, mientras que los hombres son los actores principales y determinan en última instancia su destino. En cambio, la Odisea —sobre la que hablaremos en el capítulo siguiente— presenta un panorama bien diferente. En este caso será Odiseo, protagonista del poema épico, quien se verá atrapado una y otra vez en las redes de personajes femeninos que le impiden reencontrarse con Penélope, su mujer. Odiseo nunca quiso abandonar a su esposa, por lo que en un principio se había negado a participar en la empresa troyana de Agamenón fingiendo haber perdido la razón. A diferencia de Aquiles —quien hasta el incidente con Briseida había participado con entusiasmo en todos los episodios bélicos que rodearon la guerra de Troya—, Odiseo aparece empujado por los inescrutables altibajos de su destino. Los numerosos enredos y aventuras en los que se ve involucrado en el transcurso de sus viajes sugieren una imagen heterogénea de su personalidad no exenta de contradicciones. La complejidad del carácter de Odiseo, no obstante, contrasta fuertemente con el enfoque unidimensional que dispensa Homero a la mayoría de los personajes de la Ilíada. Bernard Zimmermann lo señala con acierto:

El Aquiles de la Ilíada, cuyo comportamiento está determinado por un rígido código de nobleza y honor, se contrapone en la Odisea con un ser humano casi moderno, polifacético y de múltiples capas, características estas de Odiseo que ya se advierten en la Ilíada. Odiseo es la antítesis de Aquiles, pero también es su sucesor, pues es él, y no Áyax, cuyo comportamiento es comparable al de Aquiles, quien recibe las armas del difunto Aquiles por parte de los jefes del ejército5.

En las epopeyas homéricas se manifiesta el sistema de valores y la actitud ante la vida de las élites griegas. El carácter autorreferencial inherente a las alabanzas que se prodiga a los protagonistas de los poemas deja entrever la cara oculta de una profunda crisis que, al resaltar sus contrastes, nos resulta más reconocible. Los nobles, seguros de sí mismos, tenían en baja estima a todos aquellos que quedaban fuera de su inalcanzable estatus aristocrático, marcaban distancias con ellos y hacían sus rituales y su forma de vida cada vez más exclusivos. Los artesanos, los campesinos y los comerciantes eran ignorados o despreciados al considerar que pertenecían a grupos sociales marginales, incapaces de participar en las gestas de una vida heroica.

El héroe homérico, con sus propios valores, contrastaba con los signos de disolución que mostraba el orden tradicional. Anteponía la ética guerrera, la lucha por la fama, el honor y su individualidad al espíritu solidario de la naciente polis, es decir: la comunidad ciudadana. Lo que parecía una postura unilateral en los poemas homéricos no era otra cosa que el intento —condenado de antemano al fracaso— de ignorar la realidad social y política de los siglos VIII y VII a. C. Al transmitir esta tensión, Homero abordó sutilmente una experiencia antropológica básica que, siglos más tarde, será puesta de relieve de manera incomparable por el Quijote de Cervantes en su proverbial batalla contra los molinos de viento. Paul Ingendaay ha encontrado al respecto una ingeniosa metáfora que ilustra la esencia de esta obra pionera:

Es más que una novela, es más bien una sustancia líquida que se ha filtrado en las capas culturales del mundo y que ha cambiado la calidad del agua para siempre6.

Lo que se afirma con razón para Cervantes no es menos cierto para Homero, el maestro de la iluminación épica del mundo.

1. Homero, Ilíada 1, 1-7. Traducción de Óscar Martínez García (Alianza Editorial, 2013).

2. Homero, Ilíada 9, 149, op. cit.

3. Leto fue una amante de Zeus con quien había engendrado a Apolo.

4. Homero, Ilíada 1, 8-15. Traducción de Óscar Martínez García, op. cit.

5. B. Zimmermann, Mythos Odysseus. Texte von Homer bis Günter Kunert, p. 170, Leipzig, 2004. Traducción propia.

6. FAZ (Frankfurter Allgemeine Zeitung), del 17 de abril de 2016.

2. Las tentaciones de Odiseo

En contraposición a la Ilíada, el protagonismo de las mujeres es bastante más notorio en la Odisea, cuya narración se centra en las luchas y la competencia entre unos hombres ávidos de conseguir fama eterna y sumar botines. Sin embargo, quienes piensan que solo los hombres constituyen la fuerza motriz de las epopeyas del pasado están equivocados. Ya en los textos de Heródoto, el excelso cronista del final de la era arcaica, se puede observar que ambos géneros, protagonizan múltiples procesos históricos de manera conjunta. En el prólogo de su obra, Heródoto nos cuenta que los fenicios provocaron el antagonismo entre Oriente y Occidente al secuestrar a Ío, la hija de un monarca griego, y llevarla a Egipto. Como consecuencia, los griegos raptaron a la princesa fenicia Europa y la condujeron a la parte del mundo que pronto recibiría su nombre. Es en esta dinámica de envidias, codicia y robos de nobles damas extranjeras en la que se enmarca la gran proeza troyana: el secuestro de la reina espartana Helena, considerada la mujer más bella de su tiempo, y su partida hacia Asia. Como es bien sabido, este acto desencadenó una memorable e inolvidable guerra que aún hoy en día estimula nuestra fantasía. A pesar de que la mayoría de las mujeres del mundo homérico son retratadas desde una perspectiva masculina y están definidas por sus respectivas parejas, Homero configura a algunas de sus protagonistas femeninas como seres inconfundibles y de gran determinación personal.

Entonces ¿cuál es el patrón que subyace tras esta secuencia de retos y secuestros? Para los autores antiguos estas mujeres poseían un aura especial y eran capaces de irradiar su singular energía a los demás. No eran consideradas solo objetos del deseo masculino, sino que también se revelan como elementos constitutivos para la conformación de la identidad de sus respectivos pueblos. Lo que resulta más significativo dentro de esta dinámica bidireccional es que los perjudicados por dicha cadena de raptos no pudieron asumir el peso de su pérdida y, en consecuencia, surge una dialéctica de venganzas y reparaciones de la que se derivan nuevos enredos que, a su vez, reconducen los acontecimientos por caminos insospechados. Es en este contexto donde se inscribe el destino de Odiseo: su regreso a Ítaca desde Troya, adonde se había desplazado para vengar el robo de Helena, se presenta cada vez más inquietante y pleno de complejidad. Las estaciones de su largo viaje se revelan como un panóptico de pruebas que el héroe debe superar para regresar a su punto de partida, donde desde hace años le espera su esposa Penélope, cortejada groseramente en su ausencia por aquellos que querían desposeer a Odiseo del gobierno de Ítaca. Pero ¿cuánto tiempo será capaz de resistir a las veleidades del azar? Al vagar por el tiempo y el espacio en un camino repleto de tentaciones y de autodescubrimiento, el personaje principal de la epopeya aparece como un hombre empujado por las inescrutables fuerzas del destino hacia un periplo de incierto rumbo. Un patrón narrativo que han seguido después muchas otras figuras de la literatura universal, como el Egmont de Goethe, cuando en su búsqueda de sentido y orientación confiesa:

Como azotados por invisibles espíritus, los caballos del sol del tiempo arrastran consigo el ligero carro de nuestro destino; y a nosotros no nos queda más que mantener firmes las riendas, con esforzado ánimo, y tan pronto a derecha como a izquierda, apartar las ruedas, aquí de una piedra, allá de un precipicio. Adónde se va, ¿quién lo sabe? Apenas recuerda uno de dónde viene7.

La epopeya homérica gira en torno a las andanzas de Odiseo y se construye a base de elementos esenciales, como el regreso a las raíces, la superación de los peligros que se interponen en el camino, la persecución inquebrantable de una serie de claros objetivos, la escucha de la brújula interior y, con relación a todo ello, la búsqueda de la propia identidad, un aspecto que se hace especialmente visible en el episodio de Polifemo. El involuntario encuentro con la extraña figura del gigantesco cíclope tuerto, hijo de Poseidón, que vivía de manera solitaria en una enorme caverna rodeado de sus ovejas, resultará una de las pruebas más difíciles impuestas a Odiseo. El héroe y sus hombres habían tropezado accidentalmente con la cueva del cíclope y tuvieron que presenciar cómo el gigante devoraba cruelmente a varios de sus compañeros. En su desesperación, Odiseo recurrió a un artificio fruto de su astucia para salir del aprieto: tras haber bebido vino, el gigante borracho se quedó dormido, momento que aprovecharon Odiseo y el resto de supervivientes para cegarle y poder escapar. Para ello tuvieron que colgarse del vientre de las ovejas que vivían con el gigante y confundirse con ellas para que el monstruo no los atrapara a tientas. El cíclope había preguntado a Odiseo por su nombre y este se había presentado como ‘Nadie’ (oudeis, en griego), estrategia que ahora le sería de mucha utilidad, pues cuando el héroe huyó de la pesadilla de la cueva burlándose de la descomunal criatura, el cegado Polifemo pidió ayuda a sus compañeros sin conseguir ningún éxito. Su apelación a la solidaridad comunitaria de los cíclopes resultó ineficaz, ya que a la pregunta sobre quién le había cegado, solo pudo responder: «Nadie me ha cegado». Lo que a primera vista tan solo parece una maniobra de distracción del «astuto» Odiseo, en realidad profundiza en la cuestión de su verdadera identidad.