El siglo más largo de Roma - Pedro Barceló - E-Book

El siglo más largo de Roma E-Book

Pedro Barceló

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Descuidada con demasiada frecuencia, la historia del imperio romano tardío resulta fundamental, sin embargo, para el entendimiento de la historia del mundo que habría de configurarse a partir del establecimiento de Bizancio y del inicio de la Edad Media. En la presente obra Pedro Barceló ofrece una admirable panorámica de un periodo del imperio tan decisivo como ignorado, tal es el que media entre los reinados de Constantino y Teodosio y que abarca el siglo IV. En ella se estudian los procesos más relevantes de este siglo, el "más largo de Roma", en cuyo centro se inserta el reinado de Constancio II, figura cuya biografía, rescatada de tratamientos generalmente hostiles por sus posicionamientos políticos, ideológicos o doctrinales, sirve de hilo conductor para un completo y penetrante análisis de la sociedad tardorromana, en la que habría de consolidarse una simbiosis entre Iglesia y Estado que marcaría de forma decisiva el rumbo de los siglos siguientes.

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Seitenzahl: 812

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Pedro Barceló

El siglo más largo de Roma

Una mirada a la vida y la época del emperador Constancio II

Índice

Prólogo

1. Constancio II: un regente subestimado

2. El reinado de Constantino: entre tradición e innovación

3. Bajo la influencia del padre: aprendiz de emperador

4. El legado de Constantino: reorientación

5. El reparto del poder: el congreso de Viminacio

6. Tiempo de consolidación: augusto de Oriente

7. El peso de la tradición: acerca del nexo entre política y religión

8. En torno a Atanasio de Alejandría

9. Entre disidencia eclesiástica y política exterior

10. Victoria sobre los usurpadores: augusto de todo el Imperio

11. Turbulencias antioquenas

12. Afianzamiento del poder

13. General y estadista: Constancio II en Occidente

14. Bajo los auspicios de Constancio II: el césar Juliano

15. El Imperio y sus vecinos

16. La usurpación de Juliano: una evolución previsible

17. Esplendor y nostalgia: Constancio II en Roma

18. Entre soldados y obispos: consolidación de la región danubiana

19. La cara oscura del imperialismo romano

20. Éxitos y reveses: defensa de la frontera oriental

21. Hacia la unidad de credo: espejismo de la concordia religiosa

22. Juliano, augusto: crónica de una ambición insaciable

23. El Imperator Christianissimus como modelo

24. El siglo «más largo» de la era imperial

Apéndice 1 En torno a Constantino

Apéndice 2 Génesis del espacio cultual cristiano

Apéndice 3 Disputas teológicas en el siglo V: los concilios de Éfeso y Calcedonia

Bibliografía

Índice de autores antiguos

Tabla cronológica

Notas

Créditos

Sebastián Albiol Vidalviro optimo, sodali fidelissimo,amico carissimo, hunc librum dat, donat,dedicat Pedro Barceló auctor.

Prólogo

En el prólogo de un libro que publiqué en el año 2013 sobre la evolución cultual del mundo tardoantiguo, el renombrado historiador Peter Brown, uno de los mejores conocedores de la materia, se refiere al siglo IV como uno de los «más largos en la historia de Europa»1. Con ello quiere resaltar que la era que media entre los reinados de Constantino y Teodosio es de una intensidad desbordante, llena de innovaciones, eventos trascendentales y cambios dignos de reseñar y analizar a fondo. Comparto plenamente esta convicción, en la que intentaré profundizar a través de las siguientes páginas, a lo largo de las cuales se estudiarán los procesos históricos más relevantes del siglo IV, en cuyo centro se inserta el reinado de Constancio II. Por eso el foco de interés del presente libro oscila en torno a la apreciación histórica que merece dicho emperador.

Pone en su punto de mira el trasfondo sociopolítico de su dilatada regencia y también las cuestiones religiosas más relevantes de su época. Quiere prestar la atención debida a un miembro relativamente desconocido, pero no por ello intrascendente, de la casa imperial constantiniana, dinastía que rigió durante tres generaciones los destinos del Estado en una época crucial, caracterizada por un cúmulo de realizaciones políticas, militares y religiosas de vital repercusión para la transformación del mundo antiguo. De forma paralela al hilo biográfico conductor de la obra, se pretenden dilucidar las facetas más significativas del panorama económico y cultual que confieren al quehacer político y a la cambiante sociedad tardorromana sus inconfundibles señas de identidad, al mismo tiempo que sientan las bases del devenir del Imperio Romano en su transición hacia Bizancio y la Edad Media.

Acometer semejante proyecto encierra la dificultad de que, hasta este momento, y al contrario de lo que ha sucedido con su predecesor Constantino o con su sucesor Juliano, no existe ningún compendio monográfico de envergadura sobre Constancio II que pueda servir como punto de partida metodológico, referencia, visión contrastiva o incluso como línea de orientación para el esbozo biográfico que a continuación se pretende diseñar. Al acometer aquí, no obstante, esta arriesgada tarea, soy consciente de las deficiencias inherentes a un trabajo de esta índole que, además, dada la escasez de las fuentes históricas disponibles, nunca podrá alcanzar el deseado grado de entereza y perfección. Pero pese a las lagunas de información a las que hay que enfrentarse a lo largo del empeño, también es evidente que cualquier aproximación histórica, tanto a la época como al casi olvidado regente Constancio II –que fue, a excepción de Augusto, el emperador que gobernó el tramo más largo de tiempo en la historia del Imperio Romano– es un postulado que pide a gritos ser abordado. Por eso su realización no precisa de ninguna justificación especial.

Me considero especialmente deudor de Wolfgang Hagl, mi antiguo y estimado colaborador, quien ha sido siempre para mí un valioso interlocutor; muchas de sus sugerencias han tomado cuerpo en este libro. Desearía asimismo expresar mi agradecimiento a Christoph Selzer, quien, como responsable de la redacción de Historia de la editorial Klett-Cotta, cuidó de manera ejemplar la publicación de la primera edición del libro en lengua alemana. Esta segunda versión en lengua española no hubiera podido ser realizada sin la desinteresada y valiosísima colaboración de Julián Espada, erudito y tenaz colega, que realizó una primera traducción del texto que posteriormente he podido ampliar y optimizar hasta alcanzar el estado actual. Llegado aquí, debo extender mi reconocimiento al no menos meritorio asesoramiento prestado tanto por Alejandro Cadenas como por David Hernández de la Fuente. Gracias al eficaz apoyo de estos loables colegas ha sido posible culminar la confección de esta aportación al estudio del siglo IV.

Esta primera edición en español no constituye una mera traducción del texto alemán redactado hace casi veinte años, sino que incorpora nuevas ideas y enfoques, aportando además significativas novedades en comparación con la versión anterior. En este sentido, se trata más bien de una obra distinta a pesar de que versa sobre el mismo tema. Introduce matices diferentes, abre en algunos casos perspectivas alternativas en lo referente a la interpretación de las fuentes utilizadas y la valoración de múltiples conceptos históricos, aborda nuevos espacios temáticos, amplia el contenido de los dossiers informativos y, cómo no, también proporciona al lector una bibliografía actualizada.

Igualmente quiero dar las gracias a mis entrañables amigos Sebastián Albiol y Juan José Ferrer por haber hecho posible la conclusión de este proyecto. Su presteza y disposición a colaborar en la publicación de esta obra es digna de alabar. Ambos han leído y revisado con dedicación y precisión, y desde ópticas distintas, el manuscrito antes de que entrara en prensa. Estoy plenamente convencido de que sus correcciones y consejos han contribuido a mejorar tanto la amenidad de la lectura como la calidad del presente libro, de cuyos errores y deficiencias soy yo el único responsable.

Pedro Barceló

Potsdam-Vinaròs

1. Constancio II: un regente subestimado

Intentemos adentrarnos en el lejano mundo de unos viajeros provenientes del Oriente del Imperio Romano a finales del siglo IV. Imaginemos que unos nueve siglos después de su propia era resucitaran y visitaran a continuación los países del Mediterráneo occidental. Supongamos, en nuestro periplo imaginario, que llegasen a Córdoba, transitando por el magnífico puente que se tiende sobre el Betis, y que desde allí se encaminaran hacia el extenso patio interior de la mezquita de los Omeyas.

Con toda seguridad se llevarían una gran sorpresa al poner pie en el monumental edificio que tras la Reconquista había sido reconvertido en catedral del culto cristiano. Las líneas arquitectónicas de la imponente obra, así como el tipo de construcción, seguramente les resultarían familiares. Más tarde, sin embargo, al atravesar las extensas hileras de pilares que dominan el excepcional conjunto arquitectónico hasta transformarlo en una suerte de simétrico y frondoso bosque compuesto por elegantes columnas de piedra, su curiosidad inicial podría trocarse en confusión e incluso derivar en cierta incertidumbre o irritación.

Imaginémonos también que no hubieran tenido constancia del advenimiento del Islam y, por tanto, no pudieran adivinar la filiación originaria de la espectacular instalación que estaban recorriendo. Probablemente eso los llevaría a pensar que se encontraban en una basílica sobredimensionada con respecto a los usuales parámetros provinciales romanos. La mera falta de la decoración pertinente, así como la carencia de inscripciones que ensalzaran la magnificencia del donante o al titular de la imponente construcción, habrían acentuado, si cabe, su creciente perplejidad.

1. Vista interior de la Mezquita de Córdoba, antiguo lugar de culto musulmán, construido entre 785-990; después de 1236, convertido en catedral; obras de ampliación en el siglo XVI.

La observación de los diferentes elementos estilísticos del interior del edificio les permitiría probablemente, a pesar de las evidentes contradicciones, evocar numerosas asociaciones. Así, podemos intuir que nuestros viajeros encontrarían más gráciles los seculares capiteles corintios correspondientes al antiguo templo pagano que, por ejemplo, las toscas volutas visigodas originarias de la primitiva capilla cristiana del siglo VII. La amplitud del espacio visual, las proporciones del recinto, las arcadas sostenidas por un sinfín de columnas, los refinados efectos ópticos que confieren luminosidad y penumbra al interior, en suma, la fuerza sugestiva y la exorbitante superficie de la construcción les inducirían a sospechar que se encontraban en un recinto palacial o en un lugar sacro de gran relevancia.

En todo caso, nuestro grupo itinerante podría identificar la cruz fijada en un sitio visible como un símbolo cristiano y, con ello, catalogar el edificio como lugar de culto o acaso como majestuosa residencia de alguno de los grandes potentados de la era post-constantiniana adscritos a la nueva fe. Con anterioridad, Augusto el fundador de la monarquía romana, ya había erigido su vivienda en el Palatino en una inseparable relación arquitectónica con el santuario de Apolo, donado por él. La fusión del palacio con el templo ya databa de los comienzos del Imperio Romano, y en este punto muy poco había de cambiar en los tiempos siguientes.

Pero volvamos a nuestros asombrados viajeros: a pesar de algunas incongruencias, a la hora de calibrar la función del edificio, deberían saberse pisando terreno conocido. Ni por un momento habrían creído hollar un santuario de cualquiera de los numerosos dioses del culto tradicional en franca decadencia a lo largo de la segunda mitad del siglo IV. Esta conclusión no solo quedaría respaldada por la ausencia de estatuas o símbolos atribuibles a las múltiples deidades del culto pagano que solían ser veneradas en esta clase de templos. La monumentalidad, y también la contundencia que envuelve a todo el espectacular conjunto, les habrían trasmitido con seguridad la sensación de que ese grandioso recinto estaba dedicado a una divinidad en concreto, como la que encarnaba el dios de los cristianos, que como dios único no toleraba la sombra de otras divinidades. El hecho de que el edificio hubiese sido erigido en honor de Alá, como denominan los musulmanes a dios según la invocación de su profeta, es cosa que debe anotarse aquí al margen.

Apenas podemos imaginar otro lugar que en su totalidad se revele a la vez tan inequívoco y contradictorio como la mezquita de Córdoba. Precisamente en el contraste que evidencia esta dualidad se manifiesta uno de los fenómenos básicos del sentimiento vital de la Antigüedad tardía. Si quisiéramos encontrar un eslogan para traducir la compleja percepción que la incomparable edificación suscita, podríamos definirla como triunfo de la contradicción en un mundo de la uniformidad, o viceversa. La esencia de esta noción se sigue desprendiendo aún hoy en día del imponente templo construido a orillas del Betis, cuyo mensaje evoca un anuncio, que resulta imposible soslayar, de la verdad incuestionable que proclaman las dos religiones monoteístas implicadas respectivamente en la construcción y reutilización del edificio en cuestión. La fuerza de atracción y capacidad de expresión del conjunto arquitectónico no se ha resentido por ello. Se pueden imaginar otras evoluciones respecto de la utilización del templo excepto una que es decisiva en nuestro planteamiento: un regreso a las raíces, es decir, a la disposición prístina del recinto (concebido en origen como un lugar de culto pagano que aún proporciona en la actualidad el fundamento para la mezquita-catedral), queda definitivamente descartado en nuestra capacidad de imaginación: la irrupción del monoteísmo se revela en su relación con el politeísmo como baluarte de una transformación cultual irreversible. Es precisamente la atmósfera de exclusividad que envuelve a la mezquita-catedral la más nítida expresión de un sistema de creencias absolutas e indivisibles.

Llegados aquí se imponen límites a nuestra fantasía. Al percatarnos conscientemente de ello nos vemos obligados a rastrear la profunda huella histórica que se remonta hasta la dinastía constantiniana como punto de partida de la transformación religiosa que comienza en el mundo antiguo y que perdurará durante los siglos venideros. Al intentar recuperarla surge el interrogante de por qué y cómo pudieron los seguidores del dios único erradicar una tradición religiosa y cultual milenaria predominante en los siglos anteriores y que dotaba a la sociedad y al Estado de una alta cuota de estabilidad. El intento de explicarnos el desconcierto que experimentan nuestros viajeros de la Antigüedad tardía al caer en la cuenta del dualismo religioso que emana del santuario bético nos conduce así a la búsqueda de respuestas sobre esta crucial cuestión.

Durante el reinado del emperador Constancio II, núcleo central de la presente obra, no solo se consuma en rápidos pasos la transición del politeísmo al monoteísmo, sino también la implantación y consolidación del culto al dios cristiano protegido inicialmente por Constantino y secundado por sus sucesores, hacia la consumación de una simbiosis entre la Iglesia y el Estado.

La preferencia religiosa que desde el origen del Imperio de los Césares propagaba periódicamente el emperador de turno servía como resorte para cohesionar un frágil conglomerado político-territorial, a pesar de sus exorbitantes dimensiones, y siempre amenazado por disidencias políticas, sociales y religiosas. En este contexto se inserta la propuesta de Diocleciano al reavivar un esquema teológico de corte tradicional en torno al culto de Júpiter y Hércules con miras a reforzar su proyecto tetrárquico, cuya intención no era otra que estabilizar mediante un programa religioso, comúnmente aceptado, el contestado sistema político del Bajo Imperio.

Con la implantación del cristianismo todo cambia definitivamente. Las relaciones entre cultos incompatibles y el deseo de formular un nuevo soporte ideológico que concilie el área política con las nuevas teologías se convierten en cuestiones de Estado. También se plantea súbitamente la necesidad de unificar las disidencias dogmáticas, surgidas dentro de una Iglesia altamente segmentada, bajo un credo universalmente reconocido. Los sucesores de Constantino se encontrarán con un cúmulo de dificultades inherentes a la naturaleza de la nueva fe (cuestiones disciplinarias, desviaciones teológicas, rivalidades regionales, disidencias entre clérigos, etc.) que impedirá homogeneizar las diferentes posturas dogmáticas que dividían a un crecido número de comunidades cristianas diseminadas por la vasta geografía del Imperio. Aspiraban a una cristiandad unificada en la que todas las tendencias enfrentadas entre sí se pudieran aunar bajo el techo de una sola comunión de culto.

Por este motivo, a partir del reinado de Constantino, el mundo romano se verá inmerso, en el espacio de solo dos generaciones, en un denso proceso de cristianización y teologización del Estado. Sus fundamentos se transformarán de tal manera que no pocos coetáneos, al igual que nuestros viajeros ficticios, vivieron con vertiginosa perplejidad esta sorprendente metamorfosis. ¿Por qué evolucionó el Imperio hacia el monoteísmo desprendiéndose de un bagaje cultual que lo había apadrinado durante siglos? ¿Existían alternativas ante dicha encrucijada?

El hecho de que Constantino decidiera educar a sus hijos en el espíritu de la nueva fe será, visto con posterioridad, decisivo para la futura orientación política y religiosa de la Antigüedad tardía. Su previo acercamiento a Cristo (312, 326) había abonado ya el terreno para la futura evolución, pero serán finalmente las convicciones religiosas de sus sucesores las que convertirán una línea de transmisión histórica en una imparable vía de continuidad que redundará en la consolidación de un Estado cristiano. ¿Qué grado de participación podemos atribuir a Constancio II en el complejo proceso de transformación religiosa del Imperio? Con la intención de encontrar respuestas a este interrogante abordaremos a lo largo de las siguientes páginas un aspecto crucial de la época, en el que se imbrican a la vez la biografía del emperador y las corrientes políticas, intelectuales y espirituales mayoritarias del siglo IV.

Llegados a este punto, se impone advertir al lector sobre la deformación de la perspectiva histórica de la que son responsables las fuentes disponibles. La enorme cantidad de referencias procedentes de los diferentes autores cristianos que constituyen nuestra principal vía de información podría sugerir que gran parte de la vida política y privada de esta época giraba en torno a temas relacionados con la comunidad cristiana. Sin embargo, el presunto protagonismo que parece ejercer dicha doctrina en los avatares políticos está bastante alejado de la realidad. En la vida cotidiana de la mayoría de la población, el cristianismo desempeñaba un papel secundario. Las seculares tradiciones paganas dominaban el área privada y pública del Imperio, cuya población seguía básicamente siendo fiel a los cultos politeístas. No debemos olvidar que el cristianismo –que a partir del gobierno de Constantino se afianza progresivamente en el seno del Estado y de la sociedad tardorromana– era primordialmente la doctrina preferida de la casa imperial reinante.

Ninguna aproximación científica que intente dilucidar los temas centrales de la era que aquí nos ocupa (política religiosa, engranaje social, desarrollo económico, evolución militar, relaciones exteriores) puede pasar por alto a Constancio II. Su dilatado reinado (337-361) ya le hace acreedor de por sí de una alta cuota de interés para la investigación. El número de trabajos que se refieren a su gobierno es inabarcable. Pero en ellos son mayoritariamente aspectos parciales, en su mayoría relacionados con la historia de la Iglesia, los que han captado la atención de los estudiosos. Falta, ante todo, un enfoque decididamente global que abarque las múltiples facetas del reinado de este emperador2. Los motivos de esta laguna historiográfica son variados: la complicada y casi impenetrable naturaleza de las fuentes, el interés unilateral de la investigación por los vaivenes eclesiásticos de su era y, no pocas veces, una infravaloración de la importancia histórica de dicho emperador. Además, la actuación política de Constancio II se vio oscurecida y formalmente aplastada en la posterior reflexión historiográfica por el enorme interés que suscitaron su emblemático antecesor Constantino, al que la tradición eclesiástica otorgará el epíteto de Grande, y su no menos popular y novelesco sucesor Juliano, que, por su distanciamiento del cristianismo, será posteriormente tildado de apóstata3.

Ante estas circunstancias, queda fuera de duda la necesidad de una revisión de la figura de Constancio II que ponga en su punto de mira y de forma imparcial su gestión como titular del trono, evaluando su aportación genuina a la dirección y reforma de un Imperio que se mostraba especialmente amenazado por un sinfín de tensiones externas y problemas internos4 Precisamente este es el objetivo del presente estudio, que pretende recorrer la trayectoria vital del emperador no solo dando cuenta de la deformación de su memoria por la perspectiva centrada en las figuras de Constantino o Juliano, sino liberándolo asimismo del acoso al que ha sido sometido por parte de los historiadores y teólogos contrarios a sus posicionamientos políticos, ideológicos o doctrinales.

Constancio II ha recibido hasta hoy más críticas que reconocimientos, y su carácter se presenta ostensiblemente en términos negativos o contradictorios. Juicios como el siguiente son bastante frecuentes:

Constancio fue un político de gabinete suspicaz e insidioso, que rodeó a su entorno de un poder muchas veces pernicioso, especialmente a su praepositus sacri cubiculi, el eunuco Eusebio; lento en las decisiones, pero inflexible en la resolución cuando ya se había decidido; imbuido de una excesiva conciencia del poder5.

Diversos motivos han facilitado la construcción de esta clase de valoraciones críticas. Constancio II no solo debió asumir el legado de un emperador excepcional, cuyas realizaciones representaban una gravosa hipoteca para cualquier sucesor, sino que también tuvo en su contra a algunas de las más destacadas plumas de su tiempo, cuyos testimonios han perdurado de forma apodíctica hasta hoy. El renombrado Atanasio, Padre de la Iglesia, y el insigne historiador pagano Amiano Marcelino, sus contemporáneos, estaban, por diferentes motivos, enemistados con él, y no desperdiciaron la ocasión de criticar acerbamente su comportamiento y su estilo de gobierno, resaltando sus errores o minimizando sus méritos. Dado que prácticamente todo lo que sabemos sobre Constancio II procede de dichos autores, tratarlo con equidad se revela como una tarea harto difícil. La imagen que ofrecen sus detractores está impregnada de juicios de valor subjetivos y sumamente hostiles, la mayoría de las veces insostenibles, como podremos comprobar a lo largo de este estudio.

Atanasio de Alejandría fue desterrado varias veces de su sede episcopal por Constancio II y por este motivo lo atacó con virulencia. No se puede esperar de él veracidad histórica, objetividad o simplemente un tono ponderado. Como Atanasio lograra posteriormente erigirse en cabeza de la facción episcopal dominante del Imperio, aquellos autores eclesiásticos que se identificaron con él y su postura teológica (como, por ejemplo, Teodoreto) trataron, en consecuencia, a Constancio II con la misma animadversión y rechazo. Parecida incomprensión encontró el emperador en el erudito pagano que, siguiendo a Tácito, nos ha legado la obra histórica fundamental para el conocimiento del siglo IV: Amiano Marcelino fue un ferviente partidario de Juliano. Este, a su vez, originariamente un colaborador subordinado (césar) del augusto Constancio II, se convertirá por su ambición personal en su rival y adversario encarnizado. Además, como en la concepción histórica de Amiano Marcelino Juliano desempeña el papel de emperador modélico, para ensalzarlo y contrastarlo, Constancio II aparece descrito negativamente, como su polo opuesto6.

De estas particularidades se desprende que, tanto las escasas y controvertidas fuentes disponibles como el estado actual de la investigación condicionan notablemente los parámetros interpretativos de la biografía de este discutido emperador. Para confeccionarla sin prejuicios de ninguna índole se tiene que partir, pues, de la complejidad del tema, evaluando críticamente sus líneas de transmisión, así como confirmando o revisando los resultados parciales que derivan del análisis de las diferentes fases de su gestión. A partir de las muchas piezas sueltas que configuran el mosaico histórico de su gobierno, se pretende completar un retrato de su personalidad que lo abarque en todo su empeño y sus contradicciones y que, de forma paralela, analice todas las áreas de su actuación. Para ello hay que situarlo en la línea de continuidad de su predecesor, pero sin incidir en antagonismos estériles. Sus aciertos y sus despropósitos, sus éxitos y sus fracasos deben ser consignados con la mayor neutralidad posible, siendo enjuiciados y medidos con un baremo exento de criterios anacrónicos.

Para acercarnos debidamente a la época de Constancio II se requiere ante todo reconstruir la realidad histórica en la que se inserta su gobierno (capítulo 1). Por ese motivo iniciaremos nuestro relato con el estudio del Imperio creado por Constantino a fin de delimitar el marco de la acción política, religiosa y social de sus sucesores (capítulo 2). Como se verá, los primeros pasos de Constancio II bajo la égida de su padre y mentor no dejan atisbar aún las futuras coordenadas de su gobierno (capítulo 3). Solo el vacío de poder producido por la repentina desaparición de Constantino ofrecerá a Constancio II la oportunidad de acreditar su valía y desarrollar un perfil propio (capítulo 4). Con motivo del reparto del poder tras el congreso de Viminacio se sentarán las bases para hacer frente a las nuevas exigencias de un gobierno compartido entre los tres hijos de Constantino (capítulos 5, 6).

La crónica de estos años conduce a un escenario político dominado por rivalidades entre los hermanos, luchas por el poder, agitación religiosa, cismas teológicos, guerras fronterizas, tensiones sociales y apuros financieros, pero también esfuerzos por el consenso y la reforma del vapuleado sistema político. La dirección de la política religiosa obtiene en este contexto una especial relevancia a causa de la endémica disidencia eclesiástica por una parte y los esfuerzos de superarla por otra (capítulos 7, 8, 9).

Tras una encarnizada pugna con los usurpadores Vetranio y Magnencio, Constancio II cimentará su nueva base política como soberano de un Estado unificado (capítulo 10). Su ascenso al gobierno de todo el Imperio le obligará a acometer nuevas tareas que se desarrollarán preferentemente en las zonas fronterizas más amenazadas (capítulos 11, 12).

A continuación seguiremos sus pasos en la parte occidental del Imperio y sus intervenciones para proteger las provincias galas ante las invasiones germanas (capítulo 13). Contemplaremos la elevación de su primo Juliano al cesariato, es decir, como corregente en la dirección del Estado (capítulo 14), así como la importancia de los pueblos foráneos en el devenir de la política imperial (capítulo 15) y también la revuelta del césar contra las directrices de su primo Constancio II (capítulo 16).

Especial importancia cobra la estancia de Constancio II en Roma, como punto culminante de su presencia en Occidente (capítulo 17). En otro apartado se ponderarán críticamente los rasgos esenciales de la legislación, en la que la política eclesiástica adquiere una creciente relevancia. La última fase de su biografía quedará determinada, sobre todo, por los esfuerzos realizados en aras de la unificación religiosa del Imperio, así como por los desafíos en política exterior, en donde predomina la necesidad de estabilizar las fronteras del Danubio y del Éufrates (capítulos 18, 19, 20, 21) y, en fin, por la impugnación de su poder por parte del rebelde césar Juliano (capítulo 22).

El análisis de esta relación, harto conflictiva y cargada de componentes ideológicos y personales, es básico para entender el posicionamiento político de Constancio II. Su desenlace constituye, al mismo tiempo, el acto final en la biografía del emperador. En este contexto hay que resaltar que la pugna entre los dos últimos regentes de la dinastía constantiniana se dirimirá por igual en el campo político y religioso. Por última vez se impondrá, aunque solo sea temporalmente, el paganismo, hostilizado desde Constantino y protegido ahora sin fisuras por Juliano, desafiando así a una sociedad cada vez menos adicta a sus postulados.

Aunque tras la muerte de Constancio II el emperador Juliano activase enérgicamente la restauración de los cultos paganos, la fuerza de atracción de la Iglesia permaneció incólume pese a todos los esfuerzos por contrarrestarla. La impronta cristiana de gran parte del Imperio Romano, lograda merced a la tenacidad e iniciativa de Constancio II, perdurará a través de los siglos siguientes (capítulo 23). No solo por este motivo, su gobierno imprimirá su inconfundible sello a toda una época. En este contexto se inserta el balance de la centuria «larga» de la era imperial a modo de reflexión final acerca de las evoluciones históricas que definen al siglo IV, y que hacen de él una etapa decisiva para entender el panorama político y religioso de un mundo antiguo sumido en un profundo proceso de redefinición y transformación (capítulo 24).

Al final de la obra han sido incluidos tres apéndices dedicados a analizar con detenimiento algunos temas que guardan una estrecha relación con una serie de eventos e interrogantes que ya han sido puestos brevemente de relieve en las principales líneas argumentativas desarrolladas a lo largo del estudio. Motivos prácticos han requerido que se diluciden aparte a fin de agilizar así la lectura del libro. Proporcionan al lector una serie de informaciones y perspectivas adicionales que aspiran a contribuir a una mejor compresión de las corrientes históricas más relevantes que determinan las claves de la investigación llevada a cabo.

Visto el plan de trabajo expuesto, podemos volver de nuevo la atención a nuestros viajeros imaginarios a través del tiempo y del espacio que hemos abandonado en la mezquita de Córdoba. El impresionante monumento monoteísta de la capital bética puede ser leído ahora, en el marco del contexto evocado, como un testimonio elocuente que engloba y al mismo tiempo sintetiza estados de ánimo divergentes, evoluciones históricas contrapuestas y mentalidades antagónicas, factores todos ellos constitutivos de la arquitectura social, política y espiritual del siglo IV.

2. El reinado de Constantino: entre tradición e innovación

La evaluación del reinado de Diocleciano llevada a cabo por los eruditos, en el sentido de que remodeló la sociedad y el Estado de forma más determinante e intensa que cualquiera de sus predecesores, es de igual manera, y con mayor motivo, aplicable a Constantino, que secundó y profundizó un buen trecho del camino trazado por el fundador de la Tetrarquía7, e imprimió su inconfundible sello personal al devenir del Imperio Romano.

Con la elevación al trono de Diocleciano (284) comienza una nueva fase de la época imperial romana caracterizada por un sinfín de innovaciones respecto al ejercicio del poder. La más destacada la constituyó la elevación de Maximiano (286) a emperador plenipotenciario con el título de augusto, y el ascenso posterior de Constancio y Galerio (293) a puestos subordinados de césares de los augustos en funciones, con lo que Diocleciano creó un colegio de cuatro emperadores-regentes simultáneos. Aunque en el pasado la participación de varias personas en la dirección del Estado ya se había dado en contadas ocasiones (primero bajo Marco Aurelio y Lucio Vero), la Tetrarquía –pues con este término denominamos la reforma dioclecianea de pluralidad monárquica–, con su sistema de reparto de parcelas de dominio y competencias políticas, jurídicas y militares, supone una novedad constitucional. En la práctica, se configuraron dos esferas administrativas en Oriente y Occidente respectivamente, reservadas a los augustos regentes (Diocleciano y Maximiano), a los que les apoyaban sendos césares (Galerio y Constancio) en las labores de gobierno8. Mientras que los augustos, como titulares de la suprema potestad e investidos de la máxima autoridad, determinaban conjuntamente las directrices de la política, promulgaban leyes y tomaban decisiones sobre la guerra y la paz, los césares, a los que se les prometía en recompensa a su exitosa gestión la sucesión como augusto, se dedicaban a la administración de las provincias y cumplían ante todo la tarea de proteger las fronteras amenazadas del Imperio y preservarlas de las incursiones de los pueblos vecinos9.

La magnitud de los cambios realizados en el terreno de la organización administrativa del Imperio se aprecia ante todo en la pérdida de importancia de la ciudad de Roma como indiscutible centro político del mundo antiguo10. Las residencias imperiales situadas en las cercanías de las fronteras más conflictivas (Tréveris, York, Milán, Sirmio, Sérdica, Nicomedia o Antioquía) se convertirán en los nuevos focos de irradiación política. Sin embargo, una característica inequívoca de esta fase tardía del Imperio no es solo el traslado de los centros de decisión desde Italia a las zonas periféricas, sino también el cambio que se produce en las atribuciones del emperador como su más alto representante. A partir de la regencia de Augusto, el primer mandatario del Estado será considerado, al menos desde una perspectiva ideológica, como un princeps ligado a las tradiciones seculares de la res publica. A lo largo del siglo IV esta ecuación sufrirá un giro radical. Del princeps civitatis de cuño augusteo, término que evoca la idea de un gobierno compartido entre el monarca y el estamento senatorial, surge el concepto del dominus, tal como aparece reflejado en las inscripciones de la época (esta tendencia comienza ya a partir de Septimio Severo y se afianza definitivamente durante el reinado de Diocleciano), percibido por los demás como un todopoderoso señor que rige, ateniéndose exclusivamente a su propio criterio, los destinos del Imperio.

Este sensible cambio de imagen de la posición del emperador dentro del engranaje social y político del Estado, que le confiere un considerable sabor autocrático, conlleva notables repercusiones tanto en su entorno como en la manera de ser percibido por el resto de la población. Los ciudadanos orgullosos de su civitas romana pasan a convertirse en súbditos férreamente controlados por la administración y a merced de la autoridad estatal. Cuanto más alejado e intocable se hace el posicionamiento del emperador, tanto más se agranda la distancia con los gobernados. La nueva estructura de dominio refleja las variaciones surgidas en las bases económicas, sociales y legales del Estado tardoantiguo o del Bajo Imperio, por utilizar otro término con el que se suele designar esta fase de la historia romana. La articulación de la sociedad en honestiores y humiliores no es solo una característica económica y/o social, sino también legal. El tratamiento jurídico desigual ante las leyes, en función del rango social de cada uno, produjo un sistema escalonado de privilegios que no solo acrecentó, sino que dejó bien marcadas las distancias existentes entre los llamados potentes y la gran masa de la población dependiente de ellos11.

Pero aunque lo que retrospectivamente se identifica como un signo inequívoco de la época, como una unidad de acción entre Diocleciano y Constantino que lleva a designar el conjunto de medidas adoptadas a lo largo de él como dioclecianeas-constantinianas, es necesario constatar que, en el complejo proceso de reestructuración del organigrama estatal a principios del siglo IV, predomina la discontinuidad. Por ejemplo, el camino de Constantino hacia el trono distó mucho de ser directo. Después de la muerte de su padre Constancio I, la línea de sucesión tetrárquica quedó bruscamente interrumpida. Cuando los soldados estacionados en Britania lo elevaron tumultuariamente al trono (25 de julio de 306), se obviaron todas las cautelas que el sistema tetrárquico había previsto para semejante caso. El ejemplo pronto será imitado en Roma. Majencio (r. 306-312), hijo del tetrarca Maximiano, que había sido obligado a abdicar, también será capaz de ganarse el trono de Italia y África con la ayuda del ejército. La desmesurada cantidad de emperadores en funciones (Galerio, Severo, Licinio, Maximino, Maximiano, Constantino, Majencio) pone de manifiesto la cara oscura del sistema tetrárquico, así como la desunión reinante en el seno de las élites militares en el momento de producirse una previsible crisis de legitimidad tras la abdicación de Diocleciano y Maximiano y el inesperado fallecimiento de Constancio I. Esta se pone de manifiesto en las innumerables guerras civiles que durante casi dos decenios librarán los pretendientes al trono entre sí: Severo-Majencio, Galerio-Majencio (307); Maximiano-Constantino (310), Constantino-Majencio (312), Licinio-Constantino (317, 324). Como consecuencia de una ininterrumpida serie de convulsiones, el sistema tetrárquico se desplomará y las guerras solo tocarán a su fin tras la pugna final protagonizada por Constantino y Licinio (324). Al cabo de una encarnecida lucha de poderes, quedará establecida de forma definitiva la supremacía de la casa constantiniana. Constantino, vencedor en todas las guerras civiles en las que participó, al ser el regente que sobrevivió a todos los demás12 romperá los moldes del sistema tetrárquico de inspiración dioclecianea e inaugurará el reinado de su propia dinastía.

Con el nombre de Constantino se relacionan los decisivos cambios de dirección en el Imperio tardorromano. La reorganización del ejército y de la administración, la nueva concepción ideológica del gobierno imperial especialmente en lo referente al estatus de su primer mandatario, la fundación de Constantinopla y, sobre todo, la entrada en la escena política del mundo antiguo del cristianismo de la mano del mismísimo emperador constituyen las claves de este dilatado proceso de transformación y reforma de las estructuras del Estado13.

La teología tetrárquica era eminentemente política. Su aceptación requería el reconocimiento del principio de distribución de poderes dentro de un colegio de cuatro emperadores, a semejanza del equilibrio de atribuciones divinas que imperaba en el panteón politeísta (pax deorum), donde las diferentes deidades gozaban de derechos iguales entre sí. Frente a este sistema de competencias compartidas, en la activación del dios cristiano con fines políticos por parte de Constantino subyacía implícitamente la pretensión de optar por el poder supremo del Imperio sin tener que compartirlo con nadie.

La entrada en escena de la fe cristiana en el teatro de las luchas fratricidas por el poder será decisiva para la futura evolución del Imperio. Todo lo relacionado con el culto y la religión, componentes indisolubles desde antiguo de la res publica, experimentará una dinamización desconocida hasta entonces14. Con el auge del cristianismo se multiplicarán las posibilidades de un intenso debate abierto acerca de su bagaje doctrinal. De repente las disputas teológicas, la aplicación del derecho canónico o los conflictos disciplinarios que afectaban al clero cristiano dejarán de ser temas privados de una entidad cultual instalada al borde de la legalidad, pasando a convertirse en cuestiones de relevancia prioritaria para las instituciones públicas. Observamos aquí un notable cambio de ubicación: la comunidad cristiana abandona de repente la periferia y se afianza paulatinamente en el centro de gravitación de la sociedad y del Estado (véase apéndice número 2).

Al acercarse a Cristo, Constantino asumió la iniciativa religiosa adscribiendo a ella una novedosa vía de su quehacer político. Tras su victoria sobre Majencio (312), su posición con respecto a su divinidad protectora se caracterizará por la reverente deferencia que profesa a su nuevo aliado celestial15. Ya hacia el final del año 312 expresó su predilección por medio de un gesto altamente simbólico. Donó el solar perteneciente a las tropas de la guardia imperial (equites singulares Augusti) –acérrimos partidarios de Majencio, cuyo cuartel ordenó derruir– al obispo de Roma (véase apéndice número 1)16. Allí se erigirá la basílica de Letrán, que en el transcurso de los siglos se afirmará como centro neurálgico de la cristiandad occidental. A partir del año 324, cuando Constantino, tras deshacerse de Licinio, su último competidor, queda como el único regente en funciones, incentivará medidas filocristianas con renovado ímpetu, intensificando los privilegios concedidos a las comunidades cristianas y al clero, y acercando cada vez más la administración pública a la esfera cultual17. El panorama se vuelve más complejo cuando dirigimos nuestra mirada hacia la situación interna de una cristiandad sumida en disputas eclesiásticas de carácter dogmático. Los grupos disidentes de los donatistas, los arrianos y otros muchos más18, en constante enfrentamiento contra sus respectivos opositores, solo podrán ser reincorporados a la unidad cultual a duras penas gracias al tesón y la reconocida autoridad del emperador, mas este proceso de reconducción de minorías nunca llegará a apaciguar el panorama religioso general (véase apéndice número 3).

Con la muerte de Constantino, el precario equilibrio mantenido durante todo su gobierno entre las tendencias contrapuestas dentro del heterogéneo mundo cristiano se debilita sensiblemente. A partir de ese momento las disidencias doctrinarias se dirimirán de manera más abierta y beligerante que en el pasado. Las frecuentes discusiones teológicas derivarán en controversias políticas y en luchas por el control de una diócesis, de una determinada región o incluso de todo el Imperio19.

El curso de estos vaivenes nos muestra que la Iglesia había desempeñado un papel excepcional bajo el gobierno del a veces denominado “primer emperador cristiano”, lo que provenía en gran parte de la novedad de la situación. Constantino, autoproclamado su protector, la había vinculado estrechamente a su persona y a su familia. Movido por un profundo sentimiento de gratitud hacia el providencial personaje que fue capaz de poner fin a la persecución de los cristianos, el estamento clerical dirigente no quería o no podía admitir hasta qué punto Constantino, en su calidad de pontifex maximus y soporte del culto cristiano, se había constituido en su cabeza visible y su rector de hecho20. Su indiscutible autoridad impidió, a la sazón, clarificar la relación entre la Iglesia y el Estado.

A pesar de sus manifiestas simpatías hacia los cristianos, Constantino se consideraba primordialmente como el emperador de todos sus súbditos, fuera cual fuera su afiliación confesional. En este sentido promulgará una serie de medidas legislativas para fortalecer, por una parte, la unidad de credo entre los cristianos y, por otra parte, en favor de la armonía religiosa entre toda la población del Imperio, fuera esta pagana o cristiana. Desde el año 321, toda la ciudadanía aparecía en las celebraciones oficiales unificada por una festividad común, el día del dios Sol21. Para la mayoría de los soldados paganos se compuso una oración teísta, que también podían pronunciar los cristianos sin entrar en conflicto con sus propias creencias22. Por un lado, Constantino permitió que fuera erigida una estatua suya en la plaza del mercado de Constantinopla con el rostro del dios solar23, pero, por otro, ordenó alejar su imagen de varios templos paganos24.

Durante todo su reinado los intereses políticos prevalecerán siempre sobre las cuestiones del culto. Así, no es de extrañar que categorías político-militares tales como lealtad, obediencia o concordia determinaran la postura de Constantino en materia religiosa. Por este motivo, cualquier clase de disidencia cristiana será relegada progresivamente hacia el ámbito de la ilegalidad. Con todo, si las medidas adoptadas en temas relacionados con el culto25 pocas veces se mostraban inspiradas en el ideario cristiano, esto se debía a las numerosas consideraciones que debía tener en cuenta un regente que gobernaba un estado escindido en multitud de creencias de diferente índole. Más allá de la oportunidad política, existía ciertamente un ámbito en el que se reflejaban con claridad sus preferencias personales: la formación religiosa de sus propios hijos. En vista de la sobresaliente posición de la familia imperial, no se trataba de una mera cuestión privada, sino de un factor de interés público. Con el nombramiento de mentores cristianos para los príncipes imperiales, Constantino tomó una resolución de carácter trascendental26. Los motivos que le indujeron a adoptar semejante decisión permiten vislumbrar cómo imaginaba el futuro rol de su dinastía dentro de la maquinaria de la política religiosa del Imperio27.

2. Representación de Júpiter en bronce y mármol. 3, 5 m de altura. San Petersburgo, Hermitage.

3. Estatua monumental de Constantino. Aproximadamente 10 m de altura; reconstrucción a partir de los fragmentos existentes. Roma, Palazzo dei Conservatori.

¿Cuáles son los factores que definen la esencia del Imperio forjado por Constantino? La residencia imperial, ahora sacralizada (domus divina), cuya función había cambiado notablemente en el plano institucional, simbolizaba el centro de poder del Estado. Dicha sede se regía mediante un nuevo protocolo palacial introducido por Diocleciano y perfeccionado por sus sucesores28. El emperador, con quien los súbditos podían entrar en contacto a través del ritual de la adoratio (genuflexión ante el soberano), intentaba inculcar a su entorno el reconocimiento de su posición excepcional. Solo a condición de guardar un silencio reverencial (silentium), y con las manos cubiertas (manus velatae), se autorizaba a un súbdito a acercarse al trono. Este se emplazaba bajo un baldaquino diseñado suntuosamente, como en el sanctasanctórum de un templo, tras un cortinaje de púrpura (velum). Apartado del trato público y venerado con gran pompa y boato en el interior de palacio, el emperador de turno se veía despojado cada vez más de su inconfundible individualidad, de tal manera que le quedaba poco margen para desarrollar su propia privacidad29. Aparecía en público como una especie de icono, como símbolo del poder supremo, despojado de connotaciones particulares. A pesar de que disponemos de abundante información sobre los sucesores de Constantino, apenas sabemos algo concreto sobre su intimidad.

Al no existir testimonios directos, como en el caso de Juliano, que permitan acercarnos a su carácter, temperamento o estado de ánimo, las noticias que poseemos sobre la personalidad de los emperadores son extremadamente escasas. Desconocemos cómo se planteaban y cómo trataban las cuestiones fundamentales de su quehacer político en la misma medida que sus coetáneos fuera de los muros de palacio30. Sabemos que las decisiones de máximo relieve se adoptaban en el entorno del regente de turno, pero los procesos de debate que precedían a cualquier determinación y sus correspondientes consecuencias solo pueden ser reconstruidos a través del análisis de los resultados31.

Entre las reformas políticas más relevantes, hay que mencionar la separación entre el poder civil y el militar, que introdujo en una primera instancia Diocleciano y que se completó bajo el gobierno de Constantino y de sus hijos. El prefecto del pretorio (praefectus praetorio) fue eximido de sus funciones militares y se le confiaron exclusivamente tareas civiles. Los titulares de este cargo, primero cuatro y después tres, que gobernaban la prefectura de las Galias, Italia, Iliria y Oriente, eran considerados los más altos dignatarios del Imperio. Contra sus resoluciones, no había apelación posible. Excepto en asuntos militares, representaban al emperador, sobre todo en lo concerniente a la administración pública, a la justicia y al fisco, y, en este contexto, el aprovisionamiento del ejército era uno de sus principales cometidos32. Cada prefectura incluía diversas diócesis (vocablo que designaba una región administrativa del Imperio; en total eran doce) con su correspondiente vicario a la cabeza, las cuales se dividían a su vez en provincias, que eran regidas por gobernadores bajo el título de iudex, praeses o proconsul. De este ordenamiento quedará excluida primero Roma y después Constantinopla, cuyos máximos mandatarios (praefectus urbi) dependían directamente del emperador33.

A estas modificaciones básicas del organigrama administrativo corresponderán la reforma del aparato bélico, dividido en palatini, los contingentes de mayor combatividad, así como las unidades de élite y el resto de la tropa. También se abrirá las puertas a reclutas procedentes de los pueblos limítrofes (alamanes, francos, sármatas, godos, etc.), circunstancia que condujo a una cierta germanización del dispositivo militar. La nueva cúpula del ejército la formaban los magistri militum, subdivididos en magister peditum, comandante de la infantería, y magister equitum, comandante de las tropas de caballería. Junto a ellos también operaban altos mandos militares en la corte imperial (magistri militum praesentalis) y duces en las zonas fronterizas con peligro potencial34. La principal intención de la reforma militar fue singularizar y profesionalizar a un ejército separado del poder civil para adaptarlo a sus nuevas misiones, aportándole una mayor flexibilidad operativa y capacidad de reacción, lo que, por otra parte, llevó aparejado un notable incremento de su futura relevancia política en la dirección del Estado. La jefatura de la guardia imperial (scholae palatinae) la ostentaba el magister officiorum35.

No menos importancia adquirirá la multiplicación del número de funcionarios públicos, reclutados para dar respuesta a las necesidades cambiantes de la administración de una comunidad política sumida en un profundo proceso de transformación. Mediante la concesión del título de comes y la creación de nuevos cargos senatoriales, el emperador intentará vincular la aristocracia a su corte, centro de gravedad del Estado36, cuyo núcleo más relevante lo constituía su propia residencia. Incluso los dormitorios de la pareja imperial eran custodiados, según la tradición oriental, por legiones de eunucos (cubicularii), cuyo supervisor (praepositus sacri cubiculi) se equiparaba en rango con los máximos dignatarios de la corte37. Por su proximidad al soberano algunos de ellos lograron alcanzar una gran influencia sobre los respectivos emperadores.

Otra modificación afectó a la remodelación del antiguo consilium principis, que pasó a denominarse sacrum consistorium38. Este consejo de regencia, con el quaestor sacri palatii a la cabeza, congregaba a los más altos cargos de la administración de la corte y del Estado, constituyendo una especie de gabinete gubernamental permanente39. Actuaba como un órgano consultivo que asesoraba al emperador en todo lo referente a la dirección del Imperio. Igualmente nueva era la dignidad del magister officiorum, del que dependían los múltiples cargos de la corte, los diferentes despachos y negociados, así como la guarnición de palacio como ya se ha apuntado. Sus funciones abarcaban, además, la supervisión del correo público, las fábricas de armas y los agentes in rebus, un servicio de información e inteligencia que actuaba en casos de crisis o de alta traición40.

También hay que resaltar la reestructuración de las instituciones fiscales. A partir de Constancio II se las denominará sacrae largitiones, pues las partidas presupuestarias más importantes estaban integradas por donaciones imperiales que iban a parar a soldados y cargos de la administración junto a provisiones naturales regulares con motivo de determinados aniversarios imperiales. El comes sacrarum largitionum ejercía la función de ministro de hacienda del Imperio. Junto a él figuraba el comes rerum privatarum, que se ocupaba de la gestión del voluminoso patrimonio del emperador, comprendiendo especialmente la de los predios públicos41. Nos podemos formar una idea bastante exacta de la organización burocrática de la sociedad tardorromana y de sus instituciones por medio de la notitia dignitatum, que se puede fechar alrededor del año 430. Se trata de una especie de manual oficial que recoge un listado de los máximos cargos civiles y militares, especificando sus tareas y su dotación, y en el que igualmente se reseña el dispositivo bélico del Imperio42.

En su calidad de comandante supremo, juez y legislador, el emperador de turno reunía el máximo poder en sus manos. Sin embargo, las modalidades para utilizar sus teóricamente ilimitadas competencias de hecho dependían de la predisposición a colaborar por parte de las fuerzas socialmente relevantes. ¿De qué servía tener todo el poder si el estamento militar perseguía otros fines que los de su comandante en jefe, o si las ciudades responsables de la recaudación de impuestos mostraban poca inclinación a cooperar con la corte, o si los obispos a título individual –o sínodos episcopales como representantes de una región– se posicionaban decididamente contra la política religiosa imperial censurándola y minando de esta manera el prestigio del primer hombre del Estado?

Por estos motivos, la corte imperial se esforzaba en incrementar su influencia sobre los grupos de presión determinantes. Mantener la lealtad de la tropa, ejercer un férreo control sobre la administración y conseguir que la jerarquía eclesiástica consensuara la política religiosa con la corte eran las premisas imprescindibles para garantizar la efectividad del gobierno. Ante todo, era necesario desbaratar las tendencias disociadoras dentro de los estamentos militar y clerical. Solo la consecución de la concordia interna a través de una unidad de acción podía facilitar a la larga la gobernabilidad del extenso y complejo Imperio, amenazado en sus fronteras y expuesto periódicamente a múltiples convulsiones domésticas (usurpaciones, revueltas campesinas, tumultos urbanos, controversias religiosas, etc.). Lograr la cohesión interna se convertirá en el objetivo prioritario de todo el quehacer político. Si esta no se podía establecer por la vía de la cooperación voluntaria, se acudía a reglamentaciones jurídicas, o incluso a la fuerza y la intimidación para conseguirlo.

En última instancia se utilizaba el aparato coercitivo de la administración. Son justamente esta clase de medidas las que han distorsionado la imagen del Imperio tardorromano, confiriéndole una dudosa reputación, diríase que a caballo ente lo amenazante y lo opresivo. El intervencionismo estatal se manifestaba especialmente en una serie de leyes restrictivas plagadas de prohibiciones y efectos represivos. También se ponía de relieve en los decretos imperiales que instaban reiteradamente a la Iglesia a la unidad de credo, los cuales nunca dejaron de suscitar resistencia y rechazo. El posicionamiento de la burocracia palacial en política social y económica se percibe igualmente en un cúmulo de ordenanzas intimidatorias promulgadas con el objetivo de preservar el potencial militar del Imperio e incrementar la capacidad financiera de sus ciudades, pero que a menudo producían justo el efecto contrario. En este resbaladizo terreno, los esfuerzos de la corte orientados a hacer efectivo su monopolio de poder se veían contrarrestados una y otra vez por las numerosas fuerzas centrífugas existentes tanto en la esfera económica y social como en el plano local y regional.

Con todo, y pese a los reveses sufridos, el gobierno imperial podía atribuirse una serie de éxitos dignos de reseña. En materia monetaria, se creó, mediante la introducción del solidus, una moneda reconocida y utilizada en todo el Imperio, con lo que se alcanzó un alto nivel de difusión y estabilidad43. En política exterior también se consiguieron aceptables índices de seguridad. Por medio de diversas demostraciones de fuerza en la región renana y danubiana, fue posible asegurarse además la colaboración de tropas auxiliares germánicas y sármatas44. La política oriental, sin embargo, precisaba aún de una regulación estable. En los últimos años de su reinado, Constantino proyectará una acción militar de gran envergadura contra la monarquía persa, que, sin embargo, no podrá llevarse a cabo debido a su repentina muerte45. La protección del Imperio, a la vista de la enorme extensión de sus fronteras y del número creciente de belicosos pueblos limítrofes, era una ardua tarea de difícil solución que solo podía verse resuelta si se lograba una unidad de acción concertada. Cualquier fragmentación interna, agravada por el peligro de sediciones o guerras civiles, suponía un gran trauma para la política exterior romana46.

Un rasgo característico de la sociedad de la época constantiniana es la brecha cada vez más acusada en el binomio formado por productores y consumidores. La corte imperial, las grandes aglomeraciones urbanas, la extensa burocracia y el ejército consumen la casi totalidad de los excedentes producidos en las regiones rurales por encima de las propias necesidades de subsistencia. Los miembros de las aristocracias locales (curiales, decuriones) son los responsables de recaudar las cada vez más exigentes obligaciones tributarias, que se saldan de forma creciente en forma de prestaciones en especie47. En vista de la pobreza notoria de amplias capas de la población, la antaño posición honorífica de los decuriones se trocará de hecho en una condición sometida a una presión onerosa, porque debían avalar con su patrimonio particular las cantidades estipuladas por el fisco. Si se daba el caso de que los habitantes de una determinada ciudad o villorrio no podían responder a la demanda fiscal del gobierno, eran los decuriones los responsables de agotar todas las posibilidades coercitivas y, en última instancia, si no había otro remedio, estaban obligados a satisfacerla de su propio peculio. Y lo que es más: para garantizar el presupuesto del Estado, la administración imperial no supo instrumentar otra solución que declarar hereditario el estamento curial48. Con esta medida, las élites urbanas, sobre las que otrora descansaran el espíritu innovador y la iniciativa de la economía, se vieron forzadas a convertirse en un grupo coercitivo, quedando así desmotivadas y condenadas a la inmovilidad. Esto sucedió más bien por el estancamiento de la producción y, por tanto, no fue de ningún modo el resultado de un premeditado planteamiento socio-económico para sanear las vapuleadas finanzas públicas. No obstante, tanto en el ámbito rural como en el urbano sobrevivían múltiples grupos sociales que lograban acaparar recursos y riquezas que les permitían mantener un tren de vida acomodado49.

La presión fiscal originaba respuestas drásticas y también deseos de liberación. Por este motivo, los miembros de las aristocracias locales intentaban desligarse de las obligaciones que los gravaban, abjurando de su posición social o solicitando la incorporación al servicio del Estado, del ejército o de la Iglesia. Contra esta amplia tendencia a rehuir esas responsabilidades intervinieron las autoridades imperiales por la vía jurídica. No hay tema más frecuente en la legislación del siglo IV que los edictos de carácter prohibitivo que amenazan a los decuriones con sanciones en el supuesto de que quieran abandonar su ordo50. En la práctica, sin embargo, permanecieron claramente sin efecto, pues de lo contrario no hubiera hecho falta reiterarlos con tanta frecuencia. La legislación imperial en esta materia resultó contraproducente. Sus constantes exigencias y amenazas eran, como se puede imaginar, bastante inadecuadas para generar un clima social distendido capaz de crear confianza en el futuro.

A través de regulaciones e intervenciones estatales, las autoridades intentaban incentivar el ciclo económico, que hasta aquel momento se había mantenido en vigor gracias a la iniciativa privada. Para asegurar la actividad de determinados sectores de la producción y de los servicios básicos, se crearon gremios profesionales cuyos miembros quedaron adscritos hereditariamente a ellos (sociedades de transportistas, panaderos, artesanos, etc.)51. La restricción en la libre elección de profesión y la obligación de los hijos de seguir el oficio de sus padres, vistas en su conjunto, no trajeron consigo ninguna revitalización, sino más bien un estancamiento de la actividad profesional. Un sistema de economía dirigida que, en vez de estimular la innovación, amenazaba con represalias, no era el más adecuado para reactivar la productividad e incrementar la cuota de bienestar. De todas formas, sería un error dibujar un panorama tremendista de un sistema económico sacudido continuamente por una crisis tras otra. Existen suficientes ejemplos regionales que desmienten la tesis de un Imperio agonizante sumido en un callejón sin salida. Observamos que, a pesar de que en amplias zonas se puede constatar un decrecimiento de la actividad económica, otras experimentan una significativa revitalización52.

Con todo, la desaceleración general de la dinámica económica afectará de forma directa a la estructura social del Imperio. La brecha entre pobres y ricos se acentuará cada vez más53. Esta evolución, sin embargo, afectaba más al campo que a la ciudad. En él, la mayoría de la población vivía de la agricultura. Trabajaba en los latifundios, que pertenecían al emperador, a la aristocracia senatorial o a los decuriones acomodados. Un ejército de pequeños arrendatarios (coloni) en trance de perder su libertad de movimiento al quedar de manera progresiva ligados a la gleba se concentraba en extensas propiedades54. Dado que tenían que procurar la alimentación para el resto de la población, estaban asimismo constantemente expuestos a la creciente presión fiscal. Las voces de aquellos que querían escapar de la insoportable situación en la que se veían atrapados se multiplicaban, y para conseguirlo estaban dispuestos a renunciar incluso a su libertad. No pocos coloni aceptarán voluntariamente la esclavitud para asegurarse así, por lo menos, un sustento mínimo que les permita sobrevivir55. Pero junto a la ingente presión económica y social coexistían focos de esperanza, junto a la recesión generalizada se pueden detectar también cuotas de recuperación.

La afirmación consciente de la propia individualidad en lo relacionado con la esfera sacra, frente al retraimiento vigente en eras anteriores, constituye un ejemplo elocuente de la persistencia de una viva dinámica social. En todos los ámbitos y estamentos de la sociedad se percibe un notable aumento de la sensibilidad humana frente a lo sobrenatural. También podemos consignar cómo mujeres y hombres de esta época recurren a las más variadas formas de espiritualidad para manifestar su posicionamiento personal con el más allá. Serán los eremitas los que llevarán a cabo este principio de acercamiento a la esfera divina de la manera más insólita y radical. Mediante una renuncia manifiesta a la vida cotidiana, el monacato sentará las bases para una concienciación renovadora de la vida pública. En la soledad del desierto, en el anonimato de la gran ciudad, en las barberías y en las academias, en los estamentos sacerdotales y en el mismo trono imperial, encontramos por todas partes personas a la búsqueda del poder sobrenatural y de lo divino56.

Como en tiempos similares de crisis, la literatura y la producción artística en general experimentan a la sazón un notable empuje. De ello se beneficiarán los ámbitos académicos de las grandes ciudades, así como aquellos círculos de personas adscritas a determinadas regiones en plena fase de auge cultural. Los protagonistas de estos procesos seguían siendo, gracias a su formación, los miembros de las élites paganas. Las obras de Porfirio de Tiro y Eunapio de Sardes nos permiten disponer de una excelente documentación sobre los cánones de la enseñanza superior en las diferentes escuelas filosóficas, los métodos y los temas que se debatían en los círculos intelectuales de la época57. Entre aquellos destacaban los componentes del estamento senatorial y de las aristocracias municipales de las grandes ciudades58. Paralelamente se constata un incremento progresivo del clero cristiano que se incorpora con presteza al discurso cultural de la época. Por un lado, una gran parte de la producción intelectual permanece ligada a la tradición, pero por otro se generan nuevas formas de expresión influidas por el ideario cristiano, cuyas obras suscitan una creciente demanda y una aceptación cada vez más generalizada59.

El prestigio de las renombradas escuelas retóricas de Alejandría, Antioquía, Atenas y Roma permanece inalterable. Con estas, empero, compiten una serie de florecientes centros de aprendizaje en núcleos urbanos tales como Constantinopla60, Autun, Arlés, Burdeos, Tréveris, Sirmio, Nicomedia, Tesalónica, Éfeso, etc., que en su calidad de residencias imperiales o pujantes sedes episcopales adquieren un creciente reconocimiento como focos de referencia cultural. Eruditos paganos de la categoría de Libanio61 o Temistio62 gozan de amplia estima y reconocimiento en todo el Imperio. En torno a ellos se agrupan multitud de discípulos, pues una sólida formación retórica constituía el requisito indispensable para ingresar en la administración pública o en la corte imperial63. Unidad y diversidad concurrían en los más prestigiosos centros educativos y de formación intelectual, tanto de inspiración cristiana como de tradición pagana64. Junto a la irradiación a lo largo del Imperio de las tradicionales academias de la predominante cultura grecorromana se abren paso novedosos talleres de enseñanza de ámbito regional dedicados al cultivo de la cultura propia. Maestros y discípulos de estas escuelas toman conciencia de la pertenencia a su país de origen. Se consideran cada vez más egipcios, panonios, galos, sirios, etc.. En Atenas, los cursos se imparten ateniéndose al origen de sus participantes65.

Tampoco la Iglesia quedará atrás en esta novedosa esfera de segmentación cultural. Su doctrina se impartirá igualmente en la lengua de los creyentes de los diferentes países y etnias. No tardan en multiplicarse los encargos de traducciones de la Biblia al gótico, copto, armenio, etc.66. Por otra parte, la historiografía continúa siendo del dominio de autores mayoritariamente paganos (Amiano Marcelino, Aurelio Víctor, Eutropio, etc.). Se agudiza en este ámbito una tendencia hacia la confección de compendios abreviados. Sin embargo, no tardará en irrumpir el novedoso género literario de la historia eclesiástica, inaugurado por Eusebio de Cesarea, donde se puede observar un giro hacia nuevos horizontes literarios67. Los oradores profesionales de la corte imperial ven surgir en los obispos, que cada vez logran acaparar mayor audiencia, una seria competencia. Los escritos doctrinales cristianos, las homilías y los sermones pastorales se afirman cada vez más al lado de los panegíricos de la época clásica68.

Para expresarlo en una breve fórmula, el Imperio constantiniano nos muestra en la cúspide un soberano enérgico, rodeado de una aureola divina y venerado mediante un ritualizado protocolo palaciego69